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Las puertas del Cielo

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A finales del siglo XXI, Neol Vorst, un tipo brillante y algo neurótico, vio que la cultura de la Tierra se fragmentaba y decaía. La gente se entregaba a las drogas y a cientos de otros vicios deplorables, y vio que las viejas religiones habían perdido su fuerza. Era el momento adecuado para fundar un credo nuevo: sintético y ecléctico, que prescindiera del misticismo milagrero e infantil de las antiguas religiones y lo reemplazara por un nueva forma de misticismo maduro y científico…

Se trata del arranque del argumento de una buena novela de Robert Silverberg, de esas que no se te caen de las manos ni necesitas confeccionar y estudiar un glosario para entenderlas, con los personajes necesarios y una historia creíble: Las puertas del cielo (Grijalbo, Barcelona, 1991, tradución de Open the sky, 1967). La obra está dedicada a uno de los maestros del género, Frederik Pohl.

Me gustaría saber qué cerca está la utopía y liturgia de los “vorsters” de la fe de los adeptos a la controverida Iglesia de la Cienciología. Aunque en España hemos pasado de unas decenas de mezquitas a miles en pocos años, también contamos ya con más de una docena de “templos” de la nueva religión de origen usamericano. Por lo poco que sé, me parece más razonable el ofrecimiento de Neol Vorst, que el de L. Ron Hubbard...

En la novela de Silverberg, La Hermandad de la Radiación Inmanente ostenta en sus capillas, como símbolo sagrado de su religión, la radiación azul, inocua pero muy espectacular, producida por pequeños reactores Cerenkov sumergidos en agua. Su liturgia mueve a la unidad y rinde culto a los elementos básicos de la física atómica. Su Letanía Electromagnetica, “Franjas del espectro”, reza así:

Demos gracias por la luz, que se extiende más allá de nuestra visión.

Humillémonos ante el calor.

Bendigamos la energía que nos santifica…

 La letanía bendice a Balmer, por darnos las longitudes de onda, a Hertz, al que agradece sus ondas medias de radio, bendice a las microondas y  a los rayos infrarrojos…

Las promesas de esta nueva religión son simples: la inmortalidad del cuerpo en este mundo, mediante la inversión en bioingeniería (laboratorios en Santa Fe, California), y la expansión de la humanidad por las estrellas, gracias a la telekinesis, promovida biológicamente mediante la eugenesia de “espers”, humanos mutantes con aptitudes mentales especiales…

Los vorsters no le adjudicaban propiedades sobrenaturales al fuego azul de sus reactores, “pero eran un instrumento simbólico útil, un foco de los sentimientos religiosos, más atrayente que la crucifixión, más dramático que las Tablas de la Ley”. El caso es que en dos generaciones la religión del Fuego Azul se impone y extiende por todas las clases sociales hasta controlar la Tierra.

La Radiación Inmanente lo tiene difícil sin embargo en Marte, cuyos pioneros, que han trabajado duramente para convertir el planeta en habitable, son escépticos, hombres de acción y utilitaristas redomados. Por su parte, en Venus, que ha dado lugar a una nueva especie de homínidos con branquias y piel azul, los misioneros de Vorst son martirizados, pero en ese planeta, entre las clases inferiores, se extiende como una mancha de aceite una secta herética, fundada por un disidente de la Radiacion Inmanente, David Lázaro: la iglesia de la Armonía trascendente, cuyos sacerdotes y misioneros visten túnica verde en lugar de azul y ofrecen un mito capaz de rendir los corazones y los espíritus, y no sólo el toma y daca de la inmortalidad en el cuerpo actual: “paga tu diezmo y tal vez vivirás para siempre”…

Luego nos enteramos de que el fundador de la Radiación Inmanente, el maquiavélico Vorst, que se conserva activo sobrepasando el siglo y medio de vida gracias a trasplantes y biotecnología, ha pergeñado la misma herejía que ahora, aparentemente, combate, a sabiendas de que su religión tenía un corte demasiado racional, seglar y falto de poesía:

 Falta un Cristo naciendo en el pesebre, un Abraham sacrificando a Isaac, un destello de humanidad, un…

 El golpe de efecto maestro es la resurrección de Lázaro, cuyo cuerpo fue enterrado en una cápsula hermética, como un feto flotando en conservantes y nutrientes, en un desierto de Marte. Cuando el cuerpo del hereje es descubierto, la Hermandad Vorst ya cuenta con tecnología adecuada para resucitar a Lázaro, mientras que los armonistas, que han conseguido hacerse fuertes en su misión en Venus, son capaces de teletransportar colonos a los planetas de otras estrellas. Ambos credos funden sus liturgias, y Vorst, el fundador, parte como misionero hacia otros mundos, mientras que Lázaro se hace cargo de la religión unificada.

 

 En su Sitio de Ciencia Ficción, Francisco J. Suñer Iglesias ofrece una excelente crítica de esta novela de Silverberg. Alaba la sencillez de los recursos empleados, la habilidad con que Silverberg, mediante elipsis, extiende el tiempo de su narración más de cien años, pero censura el recurso facilón a los Deus ex machina (los “espers” con poderes especiales). Enfatiza sobre todo la verosimilitud con que se plantea la posibilidad de que una nueva religión, partiendo de la nada, pero congruente con los nuevos poderes desatados por la tecnociencia, se haga con los poderes mundanos en poco tiempo…

El credo de la Armonía Trascendente, que acaba triunfando en Venus, es descrito así: Cristianismo maquillado, unas gotas de Islam, una pizca de budismo puesto al día, todo ello encajado en una estructura copiada sin el menor recato de Vorst (misticismo tecnocientífico): fórmulas mágicas mezcladas con reactores de cobalto, una letanía del espectro y los electrones, una gran dosis de espiritualidad adornada, y la promesa de una vida larga, si no eterna. Lázaro disiente del fundador por la facilidad con que Vorst confraterniza y negocia con los poderes públicos, pues pronto Radiación Inmanente empezó a introducir hombres y mujeres en los parlamentos, a comprar bancos, empresas públicas, hospitales y compañías de seguros.

Tras su triunfo, el fundador Vorst, con indudables dotes proféticas, idolatrado por sus fieles, aunque lúcido y consciente de sus limitaciones, reflexiona sobre su triunfo:

 Vio como podía remodelar el mundo, más aún, vio cómo había remodelado el mundo. Después, todo se redujo a empezar, a fundar las primeras capillas, a improvisar los rituales del culto, a rodearse de los talentos científicos necesarios para alcanzar sus objetivos. ¿Existia un toque de paranoia en su determinación, unas gotas de Hitler, un matiz de Napoleón, un hálito de Gengis Jan [sic]? Tal vez. A Vorst le complacía considerarse un fanático, e incluso un megalómano. Un megalómano frío, racional y triunfador. No había querido detenerse ante nada para alcanzar sus fines, y era lo bastante precog [profeta, vidente, precognitivo] para saber que los iba a alcanzar.

 ¿Por qué es verosímil la historia? ¿Qué hace que un alto funcionario de las Naciones Unidas de la Tierra (Reynolds Kirby), con una formación racionalista y escéptica, busque consuelo en la religiosidad de la Radiación Inmanente? Busca una alternativa que dé sentido a su vida, más allá de la “Cámara de la Nada” en que distrae sus ocios. Busca también amor, incluso en sus formas menos equitativas y más olvidadas: piedad, compasión, obediencia, humildad, adoración…

La novela sirve como pretexto para la reflexión sobre las relaciones entre el hombre, la ciencia y la religión, igual para un seminario que plantee la necesaria dimensión religiosa de la emotividad humana como para otro que discuta la esencia maníacodepresiva de la religiosidad. ¿Qué relación guarda la religiosidad con la sociabilidad, con la cohesión social? ¿Hasta qué punto aguantan los humanos el individualismo nihilista y desligado? ¿Qué valor psicológico tiene la fe compartida, la “religación” zubiriana, la comunión litúrgica y ritual, en la conservación o recuperación del sentido de seguridad o en la restauración de la seguridad de sentido? ¿Pueden los seres humanos vivir sin esperanzas trascendentes? ¿Qué relación guarda la religión con el poder político?

 

Al funcionario de las Naciones Unidas, con cuyos ojos vemos el mundo superpoblado y decadente de la Tierra al principio de la novela, le importa un bledo la “Unidad Celestial” que propone la secta del Fuego Azul… Kirby describe una miserable capilla vorster, a donde no tiene más remedio que acompañar a un poderoso marciano –ávido de novedades terráqueas- en misión diplomática…:

 La unidad fundamental de todas las cosas no significaba nada para él. Este lugar sólo podía atraer a los cansados, a los neuróticos, a los hambrientos de novedades, a los que pagaban gustosamente una buena cantidad para que les cortases las orejas y les hendiesen la nariz. El hecho de que hubiera estado casi a punto de sumarse a los demás comulgantes ante el altar daba la medida de su propia desesperación.

 Y sin embargo no nos sorprende que al final de la novela Kirby se haya transformado en el vicario supremo de la Iglesia reunificada bajo la figura resucitada de Lázaro, mientras que el marciano que se reía del Fuego Azul en su juventud tolera el vorsterismo en Marte, consciente de su extraordinaria fuerza política y económica…

 

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