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Murakami: una atmósfera tranquila

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Cuando empecé a leer a Haruki Murakami (Sauce ciego, mujer dormida, 1983) me pregunté: ¿estos son los cuentos del famoso Murakami? ¿Por qué se ha convertido en un bestselista internacional? Sí, ciertamente, algunas de sus comparaciones resultaban originales: “una sonrisa pálida como un atardecer brumoso”, “las arenas movedizas del tiempo”. Algunas de sus descripciones, tan patéticas como poéticas: “Dentro de mi cabeza hay un cuchillo clavado en diagonal en la mórbida carne de mis recuerdos”; o bien, con un toque surreal: “en un bol amasé las sombras del tiempo ya vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua hirviendo y le eché una pizca de sal”… Pero todo eso me parecía insuficiente para explicar tanto crédito. Los asuntos me parecían triviales; las conversaciones, anodinas.

Poco a poco me fui dando cuenta de cómo lo banal podía ir siendo símbolo, quedando así sublimado. Enseguida, el estilo de Murakami (Kioto, 1949) te va envolviendo como una atmósfera tranquila. Te das cuenta de que su sencillez es hija de una estudiada, meticulosa elaboración, y sus relatos tienen la autenticidad de lo vivido, de lo soñado o de lo delirado. Tal vez eso explique por qué usa el material de algunos de sus cuentos más tempranos para integrarlos luego en sus obras mayores… Es el caso, por ejemplo de “La luciérnaga”, que luego reaparece en Tokio blues como uno de sus episodios.

Sus historias, tristes y hermosas, son vividas por seres que tienen dificultades para gozar con relaciones satisfactorias, para tomar por real la vida cotidiana o para dar por ficticios sus sueños y pesadillas. No hay prisa ni apremios en este ambiento que, en Tokio blues, rinde homenaje al Thomas Mann de la Montaña mágica, así como en otras partes a Kafka, o a los clásicos norteamericanos.

Su éxito internacional puede estar en relación con la cultura cosmopolita de sus personajes principales, amigos de la música de los Beatles y del jazz clásico, tanto como de Bach o Mozart, bebedores de coca-cola, cerveza o güisqui, o, cuando más sofisticados…: “pidió un Tío Pepe con Perrier” (Después del terremoto). Subjetividades deslocalizadas. Alguna narración puede trascurrir en una isla griega, otra en un pueblecito de Italia y una tercera en un enclave turístico del Pacífico usamericano. No obstante, en Tokio blues. Norwegian Wood (1987), la narración no pierde un fuerte color local, esto es, japonés.

Es posible que el ritmo hipnótico de esta prosa tenga que ver con el sincopado del jazz, que tanto gusta a Murakami. Hay honradez, modestia, soledad y escepticismo en esta voz que se compadece de unas personalidades siempre al límite de la normalidad o de la locura. La claridad de estilo contrasta con el enigma de lo que pasa. Y el amor resulta allí tan imposible como romántico.

No tengo ni idea de japonés, pero las traducciones que he leído, de Lourdes Porta Fuentes, deben de ser muy buenas cuando no me lo recuerdan para nada: correctas e idiomáticas.

 

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