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En un mundo mejor

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Susanne Bier ofrece en su película Haevnen (Venganza) una reflexión hermosa, edificante y narrativamente redonda sobre la violencia.

No es un secreto que la aptitud para la violencia y el ejercicio de la crueldad, respecto de nuestros mismos congéneres, nos caracteriza como especie. Y no sólo en momentos de extrema necesidad y miseria. Al parecer, en nuestra historia natural (filogenia), nuestra supervivencia no sólo ha dependido de nuestra capacidad para oponernos a los enemigos naturales de otras especies competidoras, sino que también han contado como competidores naturales nuestros congéneres. The Struggle for life tal vez explique lo que somos, pero no justifica lo que hacemos y no es -como diría Kant- muy racional tener lo que somos (nuestra naturaleza) por principio empírico de lo que debemos ser. Dicho más claramente, ser natural es poco decente. Es aquí donde estriba "la rareza" ejemplar de ese médico que marcha voluntariamente a exponer su vida y salvar gratuitamente la de otros -incluso si no lo merecen- en el infierno de África.

Por naturaleza, los seres humanos disfrutamos con la venganza. ¿Por eso será la venganza un "placer de dioses"? ¿O porque a ellos solos les esté reservada éticamente?

"Venganza" es el título original de la película de la directora danesa. Y Susanne Bier viene a decirnos que "venganza" nunca será lo mismo que "justicia". Además, puede que nuestros motivos para la venganza sean por completo imaginarios, como los del joven protagonista de En un mundo mejor (sorprendente traducción de la película  de marras al castellano), quien reprocha a su padre, injustamente, la muerte de cáncer de su madre.  

La muerte prematura, injustificable, de un ser querido puede llenarnos de rabia, de furia contenida, que podemos descargar en quien menos lo merece. La capacidad para no dar rienda suelta y arbitraria a dicha cólera, contra nuestro prójimo inocente, es algo que tiene que ser aprendido. El caso es que nadie es bueno o digno éticamente por naturaleza, al contrario de lo que una vez pretendió Rousseau. Ni bueno ni malo. Por naturaleza, somos más bien violentos, o podemos llegar a serlo. Basta para ello que sintamos el dolor del mundo como propio y no le hallemos la menor explicación, como suele ser el caso.

Pero bajo nuestras civilizadas sociedades del bienestar, más o menos opulentas y sofisticadas, subyacen las mismas miserables y diabólicas tendencias que arrastramos como predisposiciones, impuestas por nuestros programas genéticos. En Copenhague puede ser la vileza de un acosador escolar. En el entorno de un campamento de refugiados del África subsahariana, puede ser un demonio sin escrúpulos, un cacique tribal que abre los vientres de las mujeres embarazadas de las aldeas vecinas, para resolver apuestas sobre el sexo de los no natos con sus guerrilleros armados y drogados (o fanatizados).

La moraleja es simple. La violencia es propia de imbéciles. Ni siquiera sirve de contrapeso contra la misma violencia, porque siempre se producen daños colaterales. Los efectos perversos de la violencia, sus no previstos horrores.

Los fondos paisajísticos que sirven de marco a la narración resultan extraordinarios, tan terrenales como celestiales, una delicia estética. Una música bien simple y una interpretación del todo sobresaliente. Y no sólo la de los actores consumados, sino muy particularmente la de los dos actores jóvenes que hacen de amigos adolescentes.

Tras el nudo humano demasiado humano de la tempestad resentida, la calma del happy end ofrece un colchón de plumas para la serenidad, la amistad, el amor y la esperanza.

Muy recomendable como objeto de disfrute y entretenimiento, pero también como instrumento de reflexión y reconstrucción.

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