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BOCA DE ASNO

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Hace algo menos de tres lustros, Guillermo Fernández Rojano, escritor del Santo Reino, me escribía desde Orcera, donde no sé si se siguen criando podencas santas y aceites afrutadísimos. De mi edad, el poeta estudió filología semítica y se doctoró en hispánicas. Obtuvo el primer premio "Gabriel Celaya" en 1998.

Entonces me enviaba una cuidada edición de su poemario Boca de asno, con breve y jugoso prólogo de José Viñals (Germania, 1999). Ahora repaso aquellos versos, en general amargos como el corazón de una alcaucil crudo o la grasa de aceituna picual. Giran en torno al material óseo que soporta nuestros otoñales dolores. El bardo recomienda:

Aférrate a la vida de tu sueño

recorre su laberinto, disfruta

también el éxtasis inconmensurable

de no volver, de estar al borde constantemente.

Es una razón fronteriza (como la descrita por Eugenio Trías) en delirio vanguardista, la que articula un lenguaje así, reinvindicando, muy paradójicamente, una vida sin memoria. Menos mal que parece haber puerta de escape de nuestras angustias, pues 

Ves a alguien que sonríe y aprovechas

para meterte dentro de su cuerpo.

Ya eres feliz, ya amas, ya no estás contigo.

Escribir para agarrarse a algo que tenga forma, proclamando la catástrofe de todo. Y la blasfemia, oración nihilista, a un dios "que colecciona prepucios / y se emborracha de delitos". Al que todavía se agradece su "ética delirante" y una "risa suficiente".

Guillerno aporta una sardónica reflexión de filólogo en su poema "Tautos":

Sólo la palabra

cuyo significado desconocemos

es la que podemos comprender

sin ningún género de dudas.

La palabra es sin duda "el lugar de la mentira", tanto si nos acaricia por dentro, como si nos revienta el alma, palabra envenenada, palabra que tergiversa el paisaje convirtiéndolo en impudicia.

Como a los curas, a los poetas no les cuesta mucho contradecirse. Así, este se lamenta, desde un espacio superpuesto, de que el dolor pueda ser mudo; y desde el por detrás del espacio, del vacío que le llena por dentro; o se queja de la aburrida felicidad del mundo.

Menos mal que ha visto el citado vacío poblarse de presagios. Mas me temo que sean funestos.

Muy pocas concesiones hay en estos poemas a la melodía, más bien poseen sus versos un ritmo de campanas tocando a difunto, a golpe de badajo de anáfora.

Cruje y se desliza una sombra en el espejo, la de un -no sabemos si mayestático- que a veces se queja y a veces habla rumano, amada o amante, pero que nos promete un goce que solo es "la rebelión de todos los miembros a permanecer unidos", un placer que consume.

Sí, la nieve se mezcla aquí con la pedrería fugaz de las cerezas en estación incierta: el eros con el thanatos, la saliva con la ceniza. Resulta pobre la esperanza de que el dolor no sea superior a la vida, si ni tan siquiera la música es superior a la vida, pues...

¿Qué música ha sido capaz de reparar

el verdadero dolor que nos mantiene vivos?

El dolor es tema principal de todo esto, el dolor ¿hecho tiempo?, ¿eso somos? El tiempo, hecho dolor, ¿eso acabamos siendo? Nuestra esencia, esa duración real de pasillo a condena capital.

Esta afirmación del dolor como soporte de la vida me recuerda la afirmación del filósofo y piloto Manuel Fernández de Liencres en su Apertura para un mejor desconocimiento del hombre (2010). Recordaba allí en sus postrimerías como algunos teólogos explicaban la cruz del Cristo por la necesidad de Dios de igualarse en dolor y en angustia a sus criaturas. ¿No será el dolor consecuencia directa de Su imperfección creadora? ¿Se trata entonces de una imperfección sin límites? -se preguntaba Manuel, mientras ansiaba también como poeta "medir por su sombra cada estrella".

Eso confesaba el ubetense, mientras Rojano alababa también a la rosa por su espina, sufriendo la mundana mordida de una boca de asno, mientras Manuel además pedía -para su alma desmandada- "muerte en el pico de una golondrina".

 

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