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HOMBRE MENGUANTE

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Alegorías de Richard Matheson

En 1954 apareció su ya clásica novela Soy leyenda, una original historia en la que el mundo sufre una pandemia de vampirismo y un solo hombre debe enfrentarse a ella. Al final, una vampira mutante ejerce también de vampiresa y engaña al protagonista Robert Neville, que sucumbe víctima de una nueva raza vampírica que dominará la tierra.

Al final de la novela Neville se sentirá ya como un monstruo, como un normal, rodeado como está por todos sitios por esta especie nueva especie dominante. Antes de ser sacrificado, al protagonista le quedará al menos el consuelo de quedar en la memoria histórica de los vampiros como el último hombre, ¡será leyenda!, de ahí el título original I Am Legend[1]. La obra no deja de animar al lector con su suspense, y de sorprenderlo con giros imprevistos del argumento.

Las escenas del protagonista tratando de combatir su soledad haciéndose con la confianza de un perro resultan entrañables.

Por un lado, es interesante el esfuerzo del protagonista por racionalizar lo que está sucediendo. Consigue un microscopio y descubre la raíz vírica de la pandemia vampírica. Intenta explicarse la invisibilidad subjetiva de los vampiros en los espejos, su asco al ajo o su temor a las cruces.

“¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?”.

Un vampiro judío se mostraría indiferente ante la cruz (tal es el caso de la vampiresa que seduce y engaña al protagonista) y reaccionaría negativamente ante el sello de Salomón, la estrella de David o el candelabro de siete brazos.

Y de otro lado, resulta también interesante cómo el autor consigue hacer verosímil lo increíble, el mismo protagonista reflexiona sobre su experiencia sorprendiéndose de lo fácil que nuestro siquismo hace ordinario lo extraordinario, por habituación. Y tal vez sea este el caso de nuestra realidad cotidiana, que sólo maravilla a las mentalidades filosóficas y científicas, pero cuyos milagros, empezando por la gravedad, dejan del todo indiferente al común de los mortales. Incluso “un horror acumulado termina por convertirse en costumbre”.

Al parecer, Soy leyenda no ha suscitado importantes versiones cinematográficas, sino más bien chapuceras, aunque tal vez merezca una buena.

 ***

 En el relato Desde lugares sombríos, Matheson se centra en el caso de un neoyorquino joven que sufre alucinaciones terribles tras haber sido maldecido y hechizado por un brujo zulú cuando viajaba con su mujer por África.

El autor pinta la excitante escena de una afroamericana, la doctora Lurice Howell, inteligente profesora de antropología, culta y civilizada, ejerciendo de bruja ngombo y practicando semidesnuda un complejo ritual de magia ju-ju. Con la inestimable ayuda de un afrodisíaco, entra tras el frenesí de una danza zulú en un éxtasis báquico de celo salvaje.

El punto de vista racional del narrador -padre de la mujer y de Peter y suegro por tanto de la víctima del hechizo- da verosimilitud al cuento. Las magníficas descripciones de Matheson otorgan un enorme poder sugestivo a las creencias exóticas y un notable interés erótico a toda la escena. Allí Lurice aparece como una diosa pagana que redime de sus obsesiones al marido de una amiga neoyorkina mediante un rito ancestral.

 Acero es un relato bastante patético. Dos pobres diablos intentan salir adelante haciendo combatir a un robot anticuado. Este falla más que una escopeta de corchos, se les estropea antes del combate, y uno de los socios se hace pasar por máquina para sufrir casi hasta la muerte contra un modelo mecánico más evolucionado.

La misma idea de disfrazarse de máquina para sobrevivir resulta metafísicamente tan sugerente como éticamente repulsiva. Y sin embargo, en nuestra tecno-civilización, ser un “maquinón” o actuar como un “maquinón” empieza a ser considerado como algo moralmente bueno.

 En Nacido de hombre y de mujer, Matheson asume la perspectiva de un monstruo infantil, al que sus progenitores mantienen encadenado y que acaba concibiendo vengarse de los mismos:

 “Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para debajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo…”.

 En 1957 Richard Matheson adaptó para el cine su novela El hombre menguante, de la que resultó una película de culto: El increíble hombre menguante. Aún recuerdo la viva impresión que me causó en mi más tierna infancia.

Todos estos relatos del maestro de la ciencia ficción y la literatura fantástica pueden desde luego interpretarse como advertencias respecto a la pérdida de valor de la condición humana. Las filosofías postmodernas no han hecho -en algunos y famosos casos- sino dotar de aparente justificación al antihumanismo, al desprecio por el sujeto personal. Hombres menguados.

 

 



[1] He leído la traducción de Jaime Bellavista para Minotauro, Buenos Aires, 1971.

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