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MINIMALISMO NEGRO

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La recomendación me vino de uno de los tertulianos de RNE. En un programa de debate cultural que resultó muy interesante y donde salió a relucir la controvertida figura del poeta ultraísta y excepcional periodista César González Ruano, quien engañó y vendió a judíos durante la segunda guerra mundial, e intentó engañar también a la Gestapo que le metió en la cárcel y, no contento con escribir más de 300.000 artículos, también escribió novelas, dramas, y fue biógrafo de Baudelaire y de Mata-Hari.

También se habló en aquella tertulia de Borges y del París de la ocupación nazi, donde la resistencia brilló más bien por su ausencia y donde se habían exiliado importantes representantes de la intelectualidad española que han escrito sobre aquellos años, entre ellos el enorme periodista y narrador Manuel Chaves Nogales, que luego saltó al Reino Unido.

Al final del radiofónico programa, los tertulianos recomendaron lecturas para el verano. Presté atención a una de sus recomendaciones, una novela negra: La chica de Kyushu (1961) de Seicho Matsumoto (1909-1992), traducida por Marina Bornas para Libros del Asteroide (2017).

Su estructura narrativa me ha recordado la del bolero de Ravel. Como si uno fuera un niño, se siente seguro oyendo la repetición de lo mismo, la circunstancias de un par de crímenes, los detalles de sus escenarios, desde la perspectiva de un manojo de personajes entre los cuales se celebra la trama con la simplicidad de una tragedia clásica.

Pero, muy al contrario que en las de Eurípides, los personajes apenas reflexionan a lo grande. No he encontrado en toda la novela un solo aforismo, una sola idea abstracta subrayable, ni una sola generalización memorable o tuiteable. Apenas un par de metáforas y un par de comparaciones. El fondo paisajístico queda resuelto en un leve brochazo de cielo, árbol, edificio, portal o calle.

No sé si esto es más bien un mérito en un género en el que lo que importa es la narración de los hechos. Novela negra minimalista. La novelita gana interés a medida que uno avanza. Todo lo que importa es lo que sucedió, lo que sucede y lo que sucederá. Sus detalles. El final tal vez sea lo mejor, un fin trágico que no pienso reventar aquí. No se cae de las manos, aunque no la tengo por obra maestra.

Particularmente pintoresca resulta la relación de los clientes de un bar de copas con las camareras que no son chicas de alterne, sino otra cosa que recuerda el geishato, madres, incluso abuelas putativas. Cero sexo y cero violencia, salvo la de los crímenes de autor incógnito.

Una frase de Séneca –seguramente añadida por la editorial, que ha cuidado todos los detalles- sirve de colofón:

“Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”.

Deberían colgarla de lema, inscrita en metal noble, a la entrada de nuestro ministerio de Justicia. E implementarla.

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