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Stabat Mater

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Colecciono versiones musicales del Stabat Mater. Me conmueven esas composiciones que expresan, en clave cristiana, el dolor universal de la madre ante el hijo perdido. Palestrina, Pergolesi, Vivaldi, Giovanni Felice Sances, Giuseppe Tartini,  Girolamo Abos, Agostino Steffani, Gioacchino Rossini, Antonin Dvorak, Verdi..., hasta Francis Poulenc… Pocos músicos relevantes se han olvidado de poner letra a la famosa oración medieval que algunos atribuyen a Jacopone da Todi. Al parecer, el joven Mozart compuso, ¡con doce años!, una versión para cuatro voces que se ha perdido.  

Buscando un texto adecuado para “ilustrar” la preciosa estatua The pregnant woman de Merrion Square (Danny Osborne), me topo con un extraordinario poema de Pablo Neruda, de esa joya surrealista que es Residencia en la tierra:

Oh madre oscura, hiéreme 

Con diez cuchillos en el corazón 

Hacia ese lado, hacia ese tiempo claro,

Hacia esa primavera sin cenizas

.................................................

La sangre tiene dedos y abre túneles

Debajo de la tierra.

La sangre -escribe María Zambrano-, metáfora asociada a la del corazón, ha tenido también sus adoradores ebrios, como Santa Catalina de Siena, adoradora de la sangre de Cristo, de quien dice estar embriagada. Pero su irrupción en la cultura y en la historia suele ser catastrófica: "Se presenta en las pesadillas de los neuróticos, en los insomnios sin diagnóstico, en el arte de pretensiones más revolucionarias y destructoras, como el surrealista"

Pero también, buscando poemas sobre la maternidad, me topo con la poesía de la chilena Gabriela Mistral. Al lado del dolor que siente la madre por el hijo muerto en los Stabat Mater, está el sufrimiento de la madre frustrada. Ninguna “poetisa había expresado antes el dolor de la esterilidad como ella” (Julio Saavedra Molina). Privado yo mismo de la experiencia de la maternidad, me resta preguntar con la poetisa: “Cuéntame cómo nace y cómo viene su cuerpecillo, entrabado todavía con mis vísceras”.

La creación poética, ¿sublimación en lo espiritual de una maternidad imposible en lo físico? Apenas resignada a la desolación de la infecundidad, la idea fija del hijo motiva un quejido de protesta profunda:

¡Bendito pecho mío en que a mis gentes hundo

Y bendito mi vientre en que mi raza muere!

La cara de mi madre ya no irá por el mundo

Ni su voz sobre el viento, trocada en miserere!

(Poema del hijo)

Giuseppe D’Angelo se refiere en un intesante artículo al ilimitado instinto maternal de la poetisa chilena (Lucila Godoy Alcayaga) en su poesía, que se revela en imágenes relativas a la fecundidad humana o telúrica, y en su afecto por los niños, vinculado en lo biográfico a sus experiencias como maestra por las aldeas de los Andes, pues los niños representan la fuerza genuina y renovadora de este mundo infecto:

Manitas de los niños

Que al granado se tienden.

Por vosotros las frutas

Se encienden

El sueño del hijo, la religión del hijo, como símbolo de la fecundidad deseada por su femineidad frustrada (“surtidor abandonado”, “surtidor enmudecido”).

Como en María Zambrano, la entraña se eleva a categoría poética, una entraña que anhela razón fecundante, razón seminal, germen poético. Y que es, en su origen, mero vacío: “todo organismo vivo persigue poseer un vacío, un hueco dentro de sí, verdadero espacio vital, triunfo de su asentamiento en el espacio…” (Claros del bosque, V, I).

En su análisis de la gran metáfora del corazón, María Zambrano explica que lo primero que sentimos en la vida del corazón es su condición de oscura cavidad, de recinto hermético, de víscera, de entraña. Así “el corazón es el símbolo y representación máxima de todas las entrañas de la vida, la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva, y su nobleza”.

Pero la nobleza del corazón consiste en su apertura, en su abrirse, en su ser interioridad que se ofrece para seguir siendo interioridad, sin anularla. Aquí hallamos la definición zambraniana de intimidad. Desde luego, hay seres con entrañas en lo ínfimo de la jerarquía de la vida; sienten para sí, pero su sentir no se abre, ni tan siquiera irradia. El corazón es víscera más noble que la mera entraña. Aunque, al contrario que el pensamiento, resulta incapaz de liberarse y de vivir independiente y solitario. El pensamiento logra así cierta superioridad frente al corazón, pero no se trata de una superioridad heroica, porque nunca arriesga, ni padece, porque al liberarse de la vida nada tiene que temer de la muerte.

María Zambrano reivindica una “ciencia del corazón”, una ciencia viviente que no alcanza ni la impasibilidad ni la independencia del pensamiento, porque el corazón, pasivo y dependiente, extrema en sus actividades estas condiciones, llenándose de padecimiento y servidumbre, esclavizándose a su acción máxima, que es el amor.

Tienen las entrañas sus limitaciones: no pueden llegar a la palabra, pues –al contrario que la palabra- las entrañas no pueden salir del tiempo, no pueden poner asueto en su trabajo que marca el ritmo de la vida. El latir de la entraña aspira sin embargo a ser oído de algún modo, para no llenarse de rencor, “pues el rencor nace de lo que no logra, trabajando siempre, ser escuchado” (Hacia un saber sobre el alma, Alianza, Madrid, 1987, pgs. 59-69).

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