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DESPOJOS DEL OCÉANO

DESPOJOS DEL OCÉANO

Sobre el personaje dramático e histórico de Calígula

Leí muy jovencito el Calígula de Albert Camus y el teatro de Sartre, a mi juicio más relevante que su obra filosófica. A raíz de la muerte de su hermana y amante Drusila, el emperador Gayo César Calígula se hunde en la locura y el nihilismo. Se trata de una sublimación dramática, el emperador se da cuenta de que "los hombres mueren y no son felices", y que el mundo, tal como está, es intolerable, así que deviene un tirano metafísico.

Existencialismo puro, de más quilates en el teatro que en el discurso teórico. Los crímenes de Calígula y sus asesinatos aleatorios resultan experimentos filosóficos destinados a demostrar a la gente, aristócratas y burgueses, la inconsistencia de sus valores y la falta de sentido de la vida.

El escape de la auto-divinización resulta un camino hacia la desesperación y la soledad absoluta, la del poderoso, humano demasiado humano. El poder corrompe, y si es absoluto, corrompe absolutamente.

Pero creo que lo que me dejó huella entonces no fue la lectura del teatro existencialista, sino la interpretación del personaje de Camus por José María Rodero, la cual le valió el premio al mejor actor en el Festival de Teatro de Alicante en 1983. Me parece recordar una versión televisiva en el gran programa Estudio I, cuando la televisión pública no se había convertido todavía en espejo de inmundicia y chabacanería.

Hace unos días he saltado del Calígula personaje imaginario, "bicho ejemplar" y antihéroe existencial, al personaje histórico descrito por Suetonio en sus Vidas de los doce césares: un perverso polimorfo tan engreído que llega a compararse con el divino Platón, el indigno hijo de Germánico. Este, padre de Calígula, fue tan respetado y querido que el día que murió se apedrearon los templos, los bárbaros consensuaron una tregua y algunos reyes menores se cortaron la barba y rasuraron las cabezas de sus esposas en señal de máximo luto.

Muy al contrario que el padre, el hijo heredó un temperamento cruel, ávido de contemplar sufrimientos y suplicios, y amigo de orgías y adulterios. Dice Suetonio que "amplificaba sus monstruosos actos con la brutalidad de sus palabras", por lo que le reprocha "adiatrepsía", término que a veces se ha considerado sinónimo de la ataraxia estoica (serenidad o imperturbabilidad) pero que en este caso se identifica peor con la desfallatez del insensible, del que ni se inmuta ante la injusticia y el dolor ajeno, mas "presto al arte de la elocuencia". Cuando su abuela Antonia le daba algunos consejos, Calígula respondió: "Recuerda que me está permitido todo y contra todos".

Calígula estaba desquiciado, paranoico, esquizoide, ¡como una chota! ¿El poder absoluto le volvió loco?, ¿el miedo a ser envenenado?, ¿el incestuoso amor por Drusila? Según el retrato de Suetonio, el emperador, Gayo César, que no sabía nadar, conversaba con el mar en sueños. En la campaña de Britania...,

"como si estuviera dispuesto a dar por concluida la guerra, formó la línea de combate en la costa del Océano y dispuso las ballestas y las máquinas de guerra sin que nadie supiese o se hiciera una idea de qué estaba dispuesto a iniciar. Entonces, de repente, ordenó que se recogieran conchas y se llenasen los cascos y los mantos y dijo que eran ’los despojos del Océano que eran ofrecidos al Capitolio y al Palacio’. Mandó construir una torre altísima como señal de su victoria, desde la cual, como el Faro de Alejandría, el fuego iluminara por la noche el curso de los navíos."

Le gustaba vestir extravagante, a menudo se doraba la barba y sostenía un rayo o un caduceo como insignias divinas, o se vestía de Venus. "Igualmente portaba la coraza de Alejandro Magno, que había tomado de su sepulcro"... Sorprende este dato, pues nadie sabe hoy dónde se hallaba el sepulcro del príncipe macedonio... Alejandro Magno murió en Babilonia en 323 a.C. Sus restos fueron embalsamados en un ataúd de oro y luego en un sarcófago de arcilla lleno de miel para su conservación. Ptolomeo I Soter trasladó sus restos a Menfis y luego reposaron en Alejandría donde su tumba (Soma) fue lugar de peregrinación y visitada por los grandes líderes y emperadores: Julio César, Augusto (se dice que rompió parte de la nariz del cuerpo momificado), Calígula (que robaría según el testimonio de Suetonio la coraza) y Caracalla. Tras la visita de Caracalla en el 215 d. C., no se sabe cómo ni por qué, la tumba desapareció, fue destruida o sus escombros se hallan enterrados bajo las sucesivas capas de la ciudad nueva...

El insensato Calígula se permitió decir de Séneca que componía meras piezas de salón, como arena sin cal, discursos sin consistencia. Se ejercitó en artes violentas y espectaculares, como gladiador y auriga, al mismo tiempo que cantor y bailarín. Su guardia germánica estaba también compuesta por gladiadores tracios. Mandó contruir para su caballo Incitado una cuadra de mármol con pesebre de marfil. Y se dice que tenía la intención de concederle un consulado. Convirtió la corte en un lupanar y humilló a los mejores, si no acabó con ellos por envidia.

Tardaron en concebir el propósito de matarlo, mató a todos los que pudo sospechando que lo harían, porque el odio no siempre puede ocultarse, y al fin, un tal Quérea le apuñaló por la espalda y en el cuello , Cornelio Sabino le atravesó el pecho y acabaron con él, causándole treinta heridas. Algunos se ensañaron con sus partes pudendas. Su guardia germánica mató a algunos de los conjurados...

"Vivió veintinueve años y estuvo al frente del imperio tres años, diez meses y ocho días".

Cuando sus hermanas volvieron del exilio sus restos fueron exhumados, incinerados y sepultadas sus cenizas. Su mujer Cesonia fue traspasada por la espada de un centurión y su hija estampada contra una pared, seguramente sin culpa alguna. Los conjurados ni siquiera habían decidido a quien otorgarían el poder. Suetonio hace constar la casualidad de que todos los Césares que tubieron el nombre de "Gayo" como nombre de pila hubieron muerto pasados a cuchillo.


DESUBLIMACIÓN HEROICA

DESUBLIMACIÓN HEROICA

Sobre Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada,                novela de 1996.

Hay expertos en hablar mal de lo que aman, no pueden reconocerlo, o lo reconocen a duras penas, como se esconde un defecto congénito oculto por la ropa. Caso sonado fue el de Menéndez Pelayo que dedica una extraordinaria y eruditísima obra maestra a quienes consideraba almas perdidas, los heterodoxos, que es forma fina de llamar a los herejes.

Un caso más reciente es el de Juan Manuel de Prada y su monumental novela Las máscaras de la tragedia. Uno acaba por coger cariño, por puro roce, al desalmado protagonista que señala a la tremebunda galería de bohemios y no tan bohemios que pululan como ánimas en pena por sus páginas: toda la intelectualidad literaria de principios del siglo pasado, los del 98, los del 15, los del 27... Desde Valle-Inclán meando sangre en plena calle de los madriles de antaño, hasta Sánchez Mazas, favorito de José Antonio y padre de Ferlosio.

De Prada, muy bien documentado, los ha leído a todos y los convierte en marionetas a las que maneja como esperpentos de sus filias y fobias, propósitos que disimula tras las máscaras en un ejercicio extraordinario de desublimación o deconstrucción animalesca, escatológica y hasta nauseabunda. No falla la expresión, sino todo lo contrario, muchas veces asquea.

Fuera de discusión el extraordinario talento narrativo del autor al que repugnan los adjetivos imprevisibles, por lo que puede llamar a la "luna leprosa" y a las estrellas "escupitajos de Dios" o describir "la luz andrajosa del amanecer, esa luz que duele como un remordimiento de conciencia" (sobre todo después de una noche de farra y malevaje, como diría un argentino, o de juerga, como diría un andaluz); o puede referir al "martirologio cristiano"... "En esa mitología modesta, siempre hay un arcángel que rescata del burdel a una virgen, cuando ya los libertinos están a punto de profanarla"; o llamar a la famosa Puera de Alcalá "mamarrachada neoclásica".

Se trata de una ficción demasiado verosímil, a veces, con un fondo hiperrealista que saca partido al contraste entre lo realmente sucedido y su hipérbole, entre la idealización literaria y la sensualidad perversa de un oportunista tan diabólico como su protagonista, Fernando Navales.

Quien quiera aproximarse a las posibles o acreditadas rarezas de la relación entre Ramón Gómez de la Serna y Colombine, y a las extravagancias de un puñado de plumíferos de nombre reconocido y con ficha en Wikipedia, no tiene más que acudir a las páginas de este vasto escenario de títeres en el que la bondad no es necesaria para escribir y la literatura puede pasar por una forma de delincuencia, si no bella, por lo menos grata, allí donde las vanguardias --con excepción de unos pocos hombres valiosos-- demolieron tiranías para que una fauna inepta y confundiera el quehacer poético con el terrorismo o la fabricación de salchichas (o de retretes), melenudos o perrosflautas capaces de convertir cualquier mamarrachada en un himno dadá.

De sus páginas, aunque cuente como exorcismo, no está ausente esa propiedad tan específica de nuestra trágica especie: la crueldad. Así describe el protagonista su encuentro con el hijo de un colega y contrincante literario, Gálvez, al que acabará plagiando...

"Pepito me trepaba a las rodillas, con torpeza de osezno, y se sentaba sobre mis muslos, pidiéndome que le hiciera el caballito, pero yo noté el calor blando que albergaba en los pañales, el mojón de mierda que amenazaba con ensuciarme los pantalones, y lo aparté de una patada."

Para el padre de la criatura --para Gálvez y me creo que también para De Prada-- la literatura es un sacerdocio, una forma de herejía, una enfermedad para fanáticos y no un mero jueguecito. Por eso en la cabeza le empezó a zumbar, "como una abeja sin aguijón, el rumor sagrado de la literatura".

Tal vez por debajo de las máscaras, que no les favorecen, perseveren en el oficio auténticos héroes. No obstante, para quien quiera ver a estos héroes sometidos a las más puras necesidades humanas, "demasiado humanas", es decir, bajas y nobles pasiones, virtudes y vicios, no tiene más que hincarle el diente a este voluminoso engendro, digno también de perdurar como crónica de costumbres cuando el fin de la bohemia, señalado con el sórdido velatorio de Alejandro Sawa; o histórica, pintura del crimen de Canalejas o de la estética de José Antonio, fundador de Falange "organización subalterna compuesta por pipiolos, apréndices de cacique y versificadores sin audacia", tan amigos del papanatismo místico como los libertarios.

El héroe del título es Gálvez, un tipo de complicada psicología, marcada por el hierro de la desmesura, siempre en difícil equilibrio entre la infamia y el alarde, la degradación de la venganza y la magnanimidad del perdón...

"Quizá todo héroe precise máscaras y afeites, disfraces y fingimientos, para sobrevivir en un mundo de hombres demasiado planos y rudimentarios."

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

Sobre una novela de Raúl del Pozo

Conocí primero a Raúl del Pozo, el periodista y escritor conquense, por la contundencia de su prosa en su columna de El Independiente. Este verano ha caído en mis manos su novela No es elegante matar a una mujer descalza (1999), que se lee de un tirón. Me ha encantado sobre todo por su vena castiza y por lo lejos que se halla del lenguaje políticamente correcto, incluso por el título, que hoy tal vez escandalizara a la izquierda puritana o al moralismo woke.

Montero González, prologuista en la edición que manejo (Biblioteca El Mundo) llama a Raúl del Pozo "novelista directo" porque "va al coño sin pasar antes por las tetas", expresión que indignará hoy a más de una y de uno, tipos con pieles sensibilísimas.

Nuestro novelista ha aprendido velocidad de persecución automovilística de los maestros norteamericanos del género negro: Hammett y Chandler. Recuerde el lector la versión cinematográfica de aquella novela de Dashiell Hammet, El halcón Maltés, con Bogart y Mary Astor; aun siendo buena la peli, la novela siempre resulta más rica, pues requiere una atención más extensa temporalmente y concentrada; la literatura pide más imaginación al receptor que el cine...

Raúl del Pozo elimina cualquier tipo de retórica inútil que ralentice la acción y dispara frases como un pistolero de la mafia. Sin embargo, su libro está escrito en español, no en usamericano, y en él cabe una sombra viva de nuestra tradición picaresca y un estilo particular que desciende al lenguaje del bar, del hampa y a la jerga barriobajera. El protagonista es un madero exalcohólico con nombre de güisqui, JB (Juan Belalcázar). 

Toda la acción de la novela parece suceder en esa hora intempestiva y obscena en la que se cruzan los trasnochadores con los trabajadores, los primeros pueden ser pícaros que se ganan la vida con oficios extrambóticos: cicerone espontáneo, extra de cine, paseador de perros, acompañante de moribundos, portero de puticlub, reventa, alabardero de pega... No obstante, sucede que...

"la afición a las cosas modernas se ha llevado el mito, el arte y la creencia, y ahora los pícaros se han transformado en mensajeros o porteadores de pizzas". 

Los personajes de No es elegante matar... no se callan ni boutades ni pullas cuando echan al esófago mostos fermentados y espirituosos en los bares madrileños. Consta que noticias como pistas para resolver crímenes vuelan, preferentemente, por los mostradores y veladores de los bares. Allí se habla de todo: in vino veritas: "Platón, Mozart y Napoleón eran pequeñitos, y alguno de ellos, maricón" --murmura el Media Hostia, riguroso juez del caso--; el caso de la hermosa y misteriosa eslava asesinada hace veinte años y cuyo cuerpo momificado aparece en un trastero.

La novela hace memoria sobre los años de la transición, cuando se cometió el crimen de la checoslovaca, asesinato que quedó impune y ha prescrito y, más concretamente, aquel año en que se aprobó la Constitución, aquellos días en que el "santuario francés" servía de burladero a los mamarrachos bolcheviques de ETA. El jefe de la policía de finales de siglo sabe que "la policía es de derechas y necesaria" y está enterado de que no siempre puede usar los procedimientos ortodoxos, pero no tiene ya nada que ver con Harry el Sucio. Se contiene, democratiza.

Raúl del Pozo nos sumerge de golpe --diría incluso que brutalmente-- en un realismo suburbano, en el que hay chaperos sirviendo de chóferes a diplomáticos a los que les cabe un titanic (por donde la espalda pierde su casto nombre), traveros que matan a la madre de su maromo..., un mundo en el que no todos los gayos son espíritus angelicales y, tras la caída del muro de Berlín, "el comunismo busca las sobras en los cubos de basura". JB, el Humphry Bogart de la novela, buen sabueso y perfectamente apolítico, piensa que los que decían servir a la comunidad en realidad se servían a sí mismos. Nunca participó en operaciones parapoliciales (alusión a la guerra sucia contra ETA), pero recuerda aquel tiempo turbulento del 78 cuando mataban un día sí, otro también, a guardias civiles y a policías con abundantes e irreparables "daños colaterales"... "La miseria, senda de la vileza" (es el título de uno de los capítulos).

La procedencia de la víctima, una monumental, culta y políglota checa, rubia de ojos azul claro, huida del comunismo después de la entrada en Praga de los tanques rusos, confirma la evolución y decepción del que fue redactor de Mundo Obrero (Raúl del Pozo) en los setenta y escribió en el Interviu de los ochenta: El socialismo son "colas, policía secreta y nada en la nevera". Da tristeza recordar cómo a la disolución de aquella "prensa del Estado" ha seguido, hoy, en 2025, la consolidación de una nueva "prensa del Estado" al servicio del poder (verdadera industria madrileña, la del oportunismo y el poder, según se cuenta en la novela).

El autor maneja con soltura la hipérbole esperpentizadora, que facilita la extrañeza estética. Del Arco --periodista-- habría conseguido entrevistar a Indira Gandhy haciéndose pasar por mendigo hindú en una fila de indigentes, y se vistió de enfermero para, al lado del quirófano, asistir al primer trasplante de corazón. En sus relatos de sucesos, Del Arco profundizaba en la psicología del criminal y hasta buscaba las orejas perdidas en los accidentes de coche...

Por su parte, uno de los sospechosos, que conspiró como anarquista de la CNT clandestina contra el Régimen del General, niño rico, Jesus Aguilar Alonso, de apodo "Jesucristo" por sus melenas progres y redentorismo juvenil, se llevó unas hostias de los grises en la Puerta del Sol, como haciendo el máster para mandar luego, él mismo acaba a final de siglo bien situado, casado con señorona, de dandi libertino con aficiones sadomasoquistas; para Aguilar, la máxima desgracia no es la miseria, sino el bostezo (anacrónica víctima del esplín bodeleri-ano). 

La víctima, Dúrsila Nézval, aunque frígida alcohólica (de champán), representó para Jesús Aguilar, el ácrata que acabamos de describir, "la abulia de los ángeles" y "el pudor de la belleza". Aguilar es descrito también --pienso que irónicamente-- como "uno de esos señores que no tienen la moral de los esclavos, como dice el filósofo" [Nietzsche]. En realidad, se trata de un hijo de "la casta": 

 "muy pasado de todo, un crápula que sabía usar el látigo y la toalla mojada y que tenía la fascinación, como todos los libertinos, por el culo" ("se puede festejar a Venus en más de un templo").

Venía de la progresía, cuando fútbol y toros eran cosas de franquistas; se había metido LSD, "que es la bomba atómica del cerebro" y "fumó toda la mierda que pudo". En los años 70 había escrito un panfleto en el que afirmaba que "en una revolución la máxima violencia equivale a la máxima humanidad".

Corren tipos por estas páginas a los que tras un derrame ("triquitriqui", hemorragia cerebral) les da por decir la verdad. En aquellos tiemos del 78 en los que la política iba devorándolo todo, años de tensión, de terror de ultraizquierda y de ultraderecha, la batalla ideológica se daba en la calle, "tiempo de las pancartas y de los pareados" en que Madrid bullía y todo el mundo pegaba carteles en las esquinas, cuando salían de la clandestinidad y volvían del exilio los que vivieron escondidos, con ganas de regresar para comer callos y para subir en los ascensores del régimen (y en las reparaciones de la Transición). ¡Tiempo de quimeras! y de La Abeja Maya.

En el setenta y siete "los comunistas dejaron de ser ilegales; y las adúlteras y los culeadores" --esto nos lo recuerda La Pavana, portero y drag-queen avant la lettre, pelo de henna y tacones--. Para este gayo gay, extraficante de drogas blandas, los jueces son "cucarachas", los abogados "grajos" y los gitanos, gitanos, que los hay de ciudad y "de relente". (Todavía no habían inventado estos, para llamar a los "sudacas" con desprecio ingenioso, lo de "payoponis"). 

No faltan en la novela de Raúl del Pozo observaciones psicológicas agudas como la de que las fobias dicen más de una persona que los análisis de su pensamiento. El protagonista, Juan Belalcázar (JB) es amigo de setas y de parajes agrestes, solitarios, amante de la pesca y del silencio del bosque, y ya no está para trasnochar por la ruta de la movida madrileña donde la basca se mete pastillas o piña colada hasta que están ciegos y luego se bajan a comprar un condón a los váteres y se lo hacen allí mismo o en la capota de los coches. Así que para completar sus pesquisas...

"rastreará por los ambientes de camarones y mariposas, por los baretos de copas, al alba, cuando más vivos están los animales de rapiña."

JB se toma muy en serio la investigación aunque el crimen haya prescrito, y es que cuando se acaba la curiosidad viene la muerte, y queremos seguir viviendo. Tal vez JB haya leído a Charles Baudelaire. Con una frase del poeta maldito se adorna la anteportada de la novela de Raúl del Pozo Page (nacido en 1936, premios González-Ruano y Mariano de Cavia, entre otros muchos, y todavía activo):

"¡Qué oficio tan duro es ser "una mujer hermosa!"

En 2020 Jesús Úbeda y Julio Valdeón han publicado biografía novelada de Raúl del Pozo titulada No le des más whisky a la perrita, con prólogo de Carlos Alsina. La biografía es género que el autor de la novela aquí comentada también cultivó, trazando la de Massiel y Bernabéu, ambas en 1972, y la del Cordobés (en 1980 con Diego Bardón).


DÍAS DE GLORIA Y MUERTE

DÍAS DE GLORIA Y MUERTE

¿Quien ha dicho que el Kitsch tiene por fuerza que ser pretencioso y de mal gusto? Si algunas de sus características básicas son la mezcla de estilos, el anacronismo formal, la reivindicación de lo inusual y excéntrico, no hay inconveniente en considerar la serie La vida breve, creada por Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, buen kitsch y -más allá del tópico- cabe proclamarla muy lejos del kitsch malo y pretencioso. La vida breve ha cursado por Movistar en seis capítulos de poco más de media hora: escatológica, irreverente, descarada..., ¡y kitsch!, pero divertida y excelentemente bien interpretada y escenografiada. Una gamberrada histórica sobre el motivo de la abdicación de Felipe V y el brevísimo reinado de su hijo Luis I, las conspiraciones cortesanas, el eco de guerras lejanas y la enrevesada diplomacia internacional de la época.

Si en lugar de una desublimación de la monarquía borbónica, como la de esta comedia disparatada, que quita al trasero real el calzón de seda para que sólo quede caca de lux y las caricaturas del ansioso, del payaso goloso, del rey neurótico (magistralmente interpretado por Javier Gutiérrez) o los esperpentos de la ramera dientona o de la princesa lúbrica..., si en lugar de reírse, uno quiere transportarse al séptimo cielo..., si uno quiere vogar artísticamente por otra dimensión, la de la altura barroca en lugar de la de la bajura rococó, y con el mismo pretexto histórico pero en clave (nunca mejor dicho) sublimada y celestial, incluso arcangelical, entonces habrá de oír, con el placer del buen y exigente entendedor, del melómano ilustrado y amigo de lo cromático, las dos misas que dedicó José de Torres (1670-1738) a Luis I el Breve, cuyo reinado por muerte imprevista duró 7 meses, es decir 229 días.

El 10 de enero, el medio francés Felipe V, hipocondríaco, melancólico, de salud mental delicada (tales son los efectos de la endogamia), primer rey Borbón de las Españas, abdicó en su hijo, que gozaba, mejor que el padre, del favor del pueblo por haber nacido aquí, hablar perfecto español y ser sencillo de costumbres y afable. También fue gran amante de la caza (afición con que le ridiculiza la serie cinematográfica).

José de Torres, de origen humilde, alcanzó por méritos propios la categoría de Maestro de la Real Capilla en 1718 y dedicó al Bien Amado y malogrado rey Luis I sendas misas, una para la coronación y otra de difuntos, compuestas una muy próxima a la otra. El pobre Ludovicus I Primus Rex Hispaniae murió solo, su mujer, una prima francesa, chiquilla díscola y tal vez bipolar, que tenía la manía de limpiar los ventanales de palacio desnuda, era el único personaje familiar próximo en su agonía (viruela y tabardillo). Enterraron sus restos rápidamente por su estado de putrefacción y por el calor asfixiante de Madrid en esos días (3 de septiembre de 1724).

Ambas misas son obras maestras que ofrecen un interesante contraste de espíritu (gloria y muerte). Han sido grabadas conjuntamente, interpretadas en la Parroquia de El Salvador de Requena (Valencia) en septiembre de 2001 y editadas por la Sociedad Española de Musicología, bajo la dirección artística de Marisa Sparza. Con el título de Días de gloria y muerte, el proyecto discográfico fue dirigido por Rosario Álvarez, bajo la responsabilidad musicológica de Begoña Lolo. Dirigió la orquesta y el doble coro Josep R. Gil-Tàrrega.

De lo ridículo a lo sublime, o de la serie a las misas. Tal vez resultan buenas y entretenidas perspectivas complementarias.

LA TÍA TULA

LA TÍA TULA

La tía Tula, Gertrudis, peca de pura virtud. Todos los excesos, malos; por eso se dice, tal vez, “de bueno, tonto”. Su espíritu tutela, vigila, secuestra, enlaza, encarcela, ata al animal que somos… Podría decirse que ese ángel que cabalga a su pantera es tan tenaz y grave, tan serio, que se hace pesado, o tan riguroso como el imperativo kantiano que no deja cancha para jugar con deseo ni con incentivos. El deber, carnero ahorcado, frena al capricho, cabra que tira al monte. El ángel manda tanto en la bestia que esta no osa hacer presas por su cuenta y riesgo. A mí, la Señorita Tula me recuerda a una amiga cuyo carácter, tan fuerte, asfixia su temperamento.

Podría decirse que la tía Tula deconstruye la pasión para reducirla a cuidados maternales. Doctora de El Cuidatoriado (cfr. María Ángeles Durán), es también su guardiana o, por decirlo más bravamente, su sargento chusquero, siempre dispuesta a quitarse un gusto de la boca para que sus hijos putativos, es decir, sus sobrinos, no pasen hambre. Gertrudis ha fraguado una teoría sobre los amores:

“Hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre”

Hay un amor de libro o de teatro, en el que se oye la cursilada esa de “yo te amo”. Mas en la vida de carne y sangre y hueso (el unamuniano homúnculo que padece el sueño de la inmortalidad) lo que no extraña porque entraña es el “¡te quiero!”, y hasta resulta más entrañable todavía el silencio, que puede expresarse en todos los idiomas, y calla lo de “te quiero”, porque lo obra.

Pasa lo mismo con la oración, la verdadera no es la del maculla-jaculatorias, la del traga-novenas ni la del engulle-rosarios, sino la del “¡hágase tu voluntad!”. Podríamos nosotros hablar de la aceptación de la realidad como verdad irrefutable. Y si es una realidad trágica, como suele suceder, la consideración de que no hay mal que por bien no venga o que los caminos del Señor son inescrutables para nosotros, nos permite granjearnos esa serenidad que otorga la fe, incluso como mera religación a la verdadera Realidad.

La tía Tula es una laboriosa virgen madre, valga el oxímoron, una sublime abeja obrera (esta analogía disuelve el oxímoron). En el prólogo, Unamuno briega, forzando bastante las cosas, por acercar su figura a Antígona “la anarquista”, a Abisag, la generosa sunamita que calienta el lecho del rey David, a Teresa de Ávila y a Don Quijote. Don Miguel reconoció que su prólogo es un petacho; no es necesario enraizar a Gertrudis en la tradición de la Alta literatura para reconocer la nobleza ingeniosa de su creación. De hecho, la tía Tula escarba en otras raíces y fondos, digamos, más entomológicos; sí, en las fraternidades de los insectos sociales, en la sororidad de las abejas hermanas que cuidan de la reina, de los zánganos y de las sobrinas, pues

“No cabe negar que el varón hereda femenidad [sic] de su madre y la mujer virilidad de su padre… ¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas”.

Sorprende el uso que Unamuno hace de la palabra "sororidad", hoy tan de moda, que subraya diciendo que tal fue la de la admirable Antígona, santa del paganismo helénico, hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices...

“...y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y los tiranos de la tierra".

Yo no creo que Creonte fuera tan malo. Tenía sus razones para defender la ley escrita, la que otorga seguridad civil... Pero lo que me interesa señalar aquí es que Gertrudis, la tía Tula, representa el espíritu de la colmena, aunque esta tenga menores dimensiones, las de un clan de urbanícolas:

“¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y la meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: ‘¡Cállate, zángano!’. Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas  resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.” (capítulo 24).

Gertrudis brizaba la pasión de Ramiro para adormecerla. La mecía, la acunaba. Abría las ventanas del cuarto del cuñado porque olía a hombre, y ese olor atraía sus carnes y distraía su espíritu maternal, abejil. Ella no podía ser objetivo de un zángano. Por eso, o por que le da miedo el bruto que hay en cada hombre, ha huido del hombre. A ella no le tocaba, porque no había sido elegida reina-abeja, porque no había sido tan hermosa físicamente como su hermana Rosa, “flor de carne que se abría a flor de cielo, a toda luz y todo viento” (cap.1), por eso se conservaba doncella, virgen y maternal, pues cabe vivir sin mancharse, “cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas” (Ibidem). Tal vez esa era una tercera vía, una posibilidad elegible, para una mujer inteligente en un mundo –la novela es de 1920- en que la carrera de una mujer era el matrimonio o el convento.

Gertrudis es una buena cristiana, pero su interpretación de los sacramentos es sui generis, su moral es más kantiana que católica, se nutre de la tradición popular: “el onceno, no estorbar”. En el capítulo 17 expresa sus dudas de que el cristianismo haya redimido la suerte de las mujeres... O remedio del pecado o animal doméstico o… Esto es lo que puede elegir una hembra. Por eso el cristianismo, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres –se decía Gertrudis-: “Masculino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre está en “He aquí la criada del Señor, hágase en mí según tu palabra” y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. “Y llamarle mujer y no madre” –piensa la tía Tula con reproche. Y se santigua temblorosa por miedo a haber blasfemado de pensamiento.

A Gertrudis le gusta elegir, pero no le place ser elegida. Tula dice a su hermana Rosa que tiene que querer mucho a su esposo, porque es su deber. Su gravedad es nórdica, aunque se lea en el abismo de sus ojos tristes y negrísimos. Le gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño. Y a pesar de su celibato elegido piensa que el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos. Un afán educativo al que entrega vida y alma. Ella es toda maternidad, pero maternidad de espíritu. Por eso, cuando pasa una temporada en el campo  acaba reconociendo su alma urbanita y los animales se le antojan otras tantas serpientes del paraíso. Gertrudis se pregunta si no es soberbia esa pretensión del espíritu de situarse por encima de la carne…

“¿No es la triste pasión solitario del armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero? No lo sé…, no lo sé…”.

***

En 1964, durante el nacional-catolicismo, Miguel Picazo llevó el argumento de Unamuno al cine. La tía Tula de Picazo fue la película más mutilada por la censura franquista de su historia. Los censores llegaron incluso a eliminar una escena en que Tula se queda en combinación y se aplica desodorante frente al espejo. La visión de la axila de Aurora Bautista (en el papel de Gertrudis) debió parecerles peligrosamente lúbrica a los inquisidores de entonces. He escogido un fotograma de dicha escena para adornar esta crítica.

 

EL MANCO DEL UNICORNIO

EL MANCO DEL UNICORNIO

Sobre la ficción histórica En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán

El capitán Juan de Olid, que fue escudero del Condestable Iranzo, acabó cansadísimo, desdentado y manco, manco por causas diferente al cochino motivo de Orencio el guitarrista#mce_temp_url#, pues el de Olid fue enviado como emisario del rey Enrique IV a tierras de negros, por detrás de las tierras de moros, y perdió la extremidad sirviendo a su majestad. Preso al fin del rey de Portugal, se ganó la confianza de sus guardianes contándoles sus aventuras en tierras africanas cuando buscaba el unicornio.

En su arresto portugués, Juan tomó confianza con la tabernera de los soldados, una viuda madura llamada Leonor, la cual, aunque no era ni guapa ni bien configurada por Natura, “andando en su trato luego pareció hermosa”, porque el roce hace el cariño. No importó que la Tabarta, como le llamaban los lusos, tuviese algo de bigote y el rostro estragado por una vida larga y dura, el caso es que fue para Juan de Olid más dulce que la miel porque en aquellos pechos generosos podía consolar las tristezas de los amores perdidos y el recuerdo de los compañeros que el tiempo y sus violencias se habían llevado, y a su calor se dormía cada noche como si fuera niño, y Leonor le consolaba con la ternura de sus manos ásperas del mucho laborar y Juan se las besaba como a señora y dueña, y le hacía requiebros en verso castellano, que mucho gustaba a ella oírlos, y ella decíale otros al capitán español en la suave parla portuguesa “que es sutil como seda en rostro de doncella”.

Esto cuenta Juan Eslava Galán en su novela En busca del unicornio. Y es que la lengua de nuestros vecinos del poniente, la que Fernando Pessoa aquilató con sus desasosiegos líricos y excursos dramáticos, y aún con su ficción de banquero anarquista, debiera ofrecerse en los institutos como segunda lengua, a la par que el gallego y el catalán, desligándonos en lo posible del neocolonialismo anglosajón. Mas el Márketin impera, sirena hechicera del mercado global.

Juan de Olid es capitán de la expedición que el rey Enrique IV manda a África en busca del cuerno del unicornio al que la magia de la época, o la superstición, atribuye virtudes rejuvenecedoras y afrodisíacas formidables. En su relativamente cómodo confinamiento en el castillo de Sagres, Juan se hace el tonto con sus guardas (cosa que sólo pueden hacer voluntariamente los inteligentes), y dichos soldados, para matar el tedio de las horas de vigilancia, animaban al castellano a contar sus aventuras africanas… Habla Juan de Olid, narrador de toda las historia:

“Y lo que más a gusto oían era lo referente a cómo se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres [sic] para que los llevara adonde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África”.

Los portugueses llaman a Juan de Olid “el manco de los güesos” porque quiere cumplir su promesa de enterrar los restos del franciscano fray Jordi de Monserrate, compañero sabio de fatigas, que guarda en un saco, en un convento de su orden, como sucederá en La Rábida. Contaría Juan a sus guardas, como había dicho antes (capítulo IX) que “las negras tienen sus partes más prietas y calientes por dentro y les huelen no a pescado pasado, como a las blancas, sino más bien a cecina de carnero rancia”. También reconoce que, en general, “las partes de los negros son más luengas que las de los cristianos y aun que las de los moros”, constatación empírica con la que él y sus compañeros hubieron no poco pesar.

***

¡Qué alegría sentí al descubrir el nombre de mi amigo, el profesor y articulista José Luis Buendía López, como prologuista de la edición para EL MUNDO (2001), a la que sólo hay que reprochar la pequeñez de su letra. De su medio paisano (Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, en 1948) dice Buendía que “luce el garbo narrativo en vena y lo adoba con una erudición que tira de espaldas”. Se nota que Buendía fue amigo de la buena mesa y castiza culinaria, ¡ay, aquellas comidas que organizaba en la ciudad del Condestable Iranzo con los amigos correctores de los exámenes de Selectidad, allá, por el siglo pasado! A la edición que comento, libre de erratas, sólo hay que reprocharle la pequeñez de su letra,

En busca del unicornio es una amenísima ficción histórica bien ambientada y por tanto verosímil en el mágico siglo XV, ese en el que acaba una época preseuntamente obscura (yo diría nebulosa) y empieza tímida e ilusionadamente otra que llamarán los historiadores Renacimiento. Narra los avatares de un escudero del Condestable de Castilla, próximos a la compleja personalidad del histórico Condestable Miguel Lucas de Iranzo, hombre de origen humilde y amigo íntimo del rey Enrique IV, cuya Crónica del Condestable… (de autor anónimo) es fuente fundamental para entender el reinado del hermanastro (por parte de padre) de Isabel la Católica, así como la vida en la frontera de Jaén, frontera con el Reino musulmán de Granada que desaparecerá en 1492. El Condestable Iranzo fue gobernador de Jaén y dicha crónica se interrumpe abruptamente en la primavera de 1471, quince meses antes del asesinato de Iranzo en 1473.

Juan Eslava utiliza este vacío histórico hasta el viaje de Colón, que salió de Palos el 3 de agosto de 1492, para insertar en él la exótica y pintoresca misión de Juan de Olid. De este modo ‒como dice Buendía‒ traslada la página seca de la historia, que conoce como nadie por razones de su oficio de historiador, al jardín jugoso de la narrativa, que es su pasión. Y eso con una gracia meridional en que lo trágico se salpimenta con humor. Amenidad, ambientación adecuada, verosimilitud, como consecuencia del uso de un español dinámico que conjuga su actualidad con la pátina de oportunos arcaísmos léxicos y sintácticos, todas estas virtudes acreditan justísimo el premio Planeta que obtuvo en 1987 por este bien trabado libro de viajes y aventuras, cargado de emociones por las que el personaje Juan de Olid, que tan próximo acaba por hacérsenos, acaba disuelto como todos nosotros en su devenir biográfico, “solo y sin camino”.


EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Sobre El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja

Estudié muchos de los ensayos que publicó Baroja a lo largo de su dilatada carrera literaria: Desde los tempranos El tablado de Arlequín (1904), Nuevo tablado de Arlequín (1917), La caverna del humorismo (1919), Momentum catastrophicum (1919)..., hasta los Pequeños ensayos de 1943, aunque también los volúmenes de sus memorias, bajo el título Desde la última vuelta del camino (1944-1949) contienen muchas reflexiones filosóficas.

Ahora he terminado de leer su aclamada novela El árbol de la ciencia (1911), que ha sido durante años lectura obligatoria para estudiantes de bachillerato, y me doy cuenta de que tal vez la más profunda dialéctica (en sentido platónico) del escritor vasco esté contenida en este dramático relato, sobre todo en los diálogos entre su protagonista Andrés Hurtado (alter ego del escritor, dado el carácter autobiográfico de la novela), y su tío y mentor, el médico veterano Iturrioz (contrafigura según se cree de su tío Justo Goñi). No me ha extrañado, tras su lectura, que Baroja hiciese su tesis doctoral sobre el dolor. A muchos de sus personajes les duele el alma...

El título forma parte del gran dilema metafísico que se explica en la historia. El protagonista duda entre pensamiento y acción, conceptos que ilustra en las figuras alegóricas de El Árbol de la Vida y El Árbol del Bien y del Mal, figuras metafóricas del Paraíso bíblico. Andrés (tal vez el nombre tenga que ver con su general significado de "hombre") ha de escoger entre el Instinto vital que es lucha por la vida y afán de poderío (nietzscheano, biologicista), y la Conciencia ética…, no está del todo claro si la ciencia, que parece construirse sobre un interés utilitario, cae en el árbol vital o en el árbol moral… En cualquier caso es evidente la influencia del positivismo cientifista en el pensar de Baroja, que también es consciente de los riesgos deshumanizadores del cientifismo.

Iturrioz está convencido de que el instinto vital que nos permite sobrevivir requiere de la ficción, de la ilusión y de la fe, para afirmarse, y de que el estado de conciencia, por el contrario, compromete la vida, porque a más comprender, menos desear y cuando la apetencia por conocer se despierta en los individuos el instinto de vivir languidece…

“El hombre cuya necesidad es conocer es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros.”

Este quijotismo iluso es también el del interés egoísta y el de la mentira. Dios prohibió a Adán comer del árbol del conocimiento, pero le animó -según el médico veterano- a devorar el de la vida:

“Sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”.

En efecto, el mismo impulso hacia el progreso genera multitud de nuevos males. El anhelo de perfección puede condenarnos al desastre, como la sensación de fracaso moral que embarga una y otra vez al protagonista ante el espectáculo de los vicios, las miserias y las insuficiencias humanas y, más general aún, el fracaso nacional de la guerra del 98, que pone en tela de juicio la vanidad de todos.

En su opinión, Kant apartó las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia (árbol determinista, mecanicista, agnóstico). Y otro “oso del norte”, Schopenhauer, aparta después lo que queda para que la vida aparezca obscura, ciega, potente y jugosa, pero sin justicia, sin bondad, sin finalidad, sin sentido, dominada por una Voluntad anónima y ciega. El resultado es el nihilismo metafísico.

A Andrés Hurtado no le convence el escape del cinismo burgués, representado por Julio Aracil. Cuando sus amigos discuten sobre las condiciones sociales y políticas de una España decadente a punto de perder sus últimas provincias ultramarinas, Aracil replica:

“Dejad esas cosas; tan estúpido es ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése ‒y señalaba uno‒ y una mujer como aquella.”

Aracil acabará prostituyendo a su esposa, con la que se ha casado por conveniencia, para escalar la pirámide social de la época. Sin embargo, Hurtado no envidia sus "logros", conserva un cierto romanticismo o idealismo moral. No le convence la actitud indigna de Aracil, pero tampoco el epicureísmo utilitario de su mentor Iturrioz que, por utilidad, salva la fe y la superstición. Para Andrés, la fe que no es mera conciencia de nuestra fuerza, la fe que es superstición o falsa conciencia ("ideología", diríamos desde una perspectiva marxiana) abre la puerta a todas las locuras humanas. Censura a todas las religiones del libro y muy especialmente a la tradición semítica.

El pesimismo de Schopenhauer, “consejero chusco y divertido”, sobrevuela toda la novela, aunque Baroja es un espíritu demasiado independiente para casarse con ningún profeta o gurú. Así, ser inteligente constituye una desgracia (una vez más, los frutos del árbol de la ciencia son incompatibles con los del árbol de la vida), estar despierto y sensible al mal real constituye una desdicha, especialmente en un país donde mandan los peores, un reino de brutos e inquisidores, la España de los caciques (“ratones” liberales o “mochuelos” conservadores), tirios y troyanos sólo pendientes de sus intereses, donde la felicidad proviene de la inconsciencia o de la locura (quijotesca, santurrona o bohemia). Lo peor es que en la vida ni hay ni puede haber justicia porque...

“la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales”.

Hay, ciertamente, entre los humanos, gentes como el hermano Juan, el sabio don Cleto o el bohemio Villasús, gentes que se abstienen de combatir…, el mismo Andrés Hurtado, indignado, tanto con la sociedad como con la naturaleza, acaba por tirar la toalla trágicamente.

El eco de Schopenhauer también está presente  en la breve teoría del amor (Parte VI, capítulo IX) que determina su práctica mediante dos procedimientos: alopático y hemeopático. La alopatía amorosa se basa en la neutralización de contrarios. Es la naturaleza que busca el equilibrio juntando al gordo con la flaca, al bajito con la espigada, al intelectual o al artista con la analfabeta o con la fulana, por eso el moreno busca la rubia y la morena al rubio, el introvertido a la extravertida o viceversa.  Es, según Baroja, el procedimiento de los tímidos, de aquellos que desconfían de sí mismos.

En la erótica hemeopática, por el contrario, el semejante se cura con el semejante, se trata de una estrategia propia de los satisfechos con su físico o con su psíquico. Con estas premisas, cabe deducir que si vemos a un gordo, moreno y chato con una rubia delgada y nariguda es que no tienen confianza en sí mismos.

El médico explica a su novia Lulú el amor en general como confluencia del instinto fetichista y el sexual. Usando el vocabulario freudiano podríamos hablar de una sublimación:

“sobre el cuerpo de la persona elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad”… “A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie”.

Esta idea de que es la especie y no el individuo quien manda en el amor y que, por tanto, el individuo es engañado por los intereses de la especie para que se sacrifique en beneficio de ella (hoy diríamos siguiendo a Dawkins que en beneficio de los genes) está en Schopenhauer. El amor es, en el fondo, un engaño de la naturaleza, ¡como la vida misma, esa anomalía física! El placer sexual, el más intenso de los placeres, no es más que un señuelo que facilita el que nos sacrifiquemos por la especie. De nuevo el dilema trágico: el Árbol de la vida se alimenta de mentiras y de engaños, mientras que el Árbol del conocimiento, el de la ciencia, arrolla al hombre y lo desilusiona reduciéndolo a mono bípedo y astuto.

Para Iturrioz, el ser humano en su estado natural es –como para Hobbes- un canalla; idiota y egoísta. Pero, para ser egoísta, hay que saber; igual que para protestar, hay que discurrir. El sabio mentor de Andrés cree que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas juntas.

El ejemplo cruel de cómo la naturaleza ampara la desigualdad lo ofrecen las abejas…

“Tú sabes cómo se hacen las abejas obreras; se encierra a la larva en un alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva esta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre”.

Más terrible aún es la anécdota que cuenta Iturrioz, vivida por él mismo en la zafra de Cuba. Uno de los chinos que trabajaba en ella no pudo evitar ser arrastrado a la máquina que trituraba cañas de azúcar, el capataz blanco gritó que parasen la máquina, pero el maquinista no lo oyó y el chino desapareció en sus fauces y fue convertido en una sabana de sangre y huesos machacados, Los blancos que presenciaban la escena quedaron consternados; “en cambio, los chinos y los negros se reían. Tenían espíritus de esclavos”.

La anécdota elevada a categoría antropológica más bien ilustra el distinto valor que las culturas otorgan a la vida humana individual. El problema es que Andrés no es capaz de aceptar esta situación en que la araña acaba con la hormiga y la cigarra se sale con la suya… “‒ Me indigna todo esto ‒exclama-.” Pero no por ello se cree superior, su verdadero ideal –y seguramente el de Baroja‒ es la libertad entendida como independencia…

“‒ El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su indenpendencia. Se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad” (VI., I.).

Y más vale morir de pie que vivir arrodillado.

BICHOS EJEMPLARES

BICHOS EJEMPLARES

No sé si fue la amabilísima y culta Bárbara Spano, consultora literaria de Europa Ediciones, quien redactó la descripción de mis Bichos ejemplares (Teratografía humanaria), en cualquier caso quien lo hiciese acertó o, por lo menos, supo aproximarse al estar o ser de esta colección de relatos y fábulas, que no redacté bajo el motivo de una intención del todo consciente...

Dice así la contraportada del libro:

<< Bichos ejemplares es un bestiario literario, tan erudito como juguetón, que explora los márgenes de lo humano y disecciona, con humor, ironía y profundidad filosófica, figuras mitológicas, personajes históricos, criaturas legendarias y delirios contemporáneos.

>> Estas teratografías humanarias, en las que lo anómalo revela verdades más nítidas que lo normal, muestran lo extraordinario en sus formas más sublimes o grotescas, en un desfile de seres imposibles que, entre carcajadas y reflexiones, devuelven el espejo deformante y revelador de la experiencia humana. >>

Tal presentación me parece ideal, "ideal" no sólo en el sentido de perfecta, sino también en el sentido de exagerada idealización, pues la "profundidad filosófica" del libro es discutible, aunque tampoco hablaría yo de "superficialidad", pues siempre sugiere lo escrito más de lo que dice. Más que a instruir o responder preguntas dramáticas (las que suele plantear la gran filosofía), el libro procura entretener dando al mismo tiempo que pensar...

Para mí, leer bien, entendiendo y recreando personalmente lo que se lee, tiene incluso más mérito que escribir correctamente, divirtiendo, entreteniendo o informando a los demás. Decía Ortega que leer es "faena utópica", ya que entender completamente un texto, sobre todo si es un buen texto, un texto clásico, es faena imposible, por varias razones: primera, que el autor dice menos de lo que quiere decir; y segundo: que siempre da a entender más de lo que se propone. Incluso puede ser que lo que dijo cobre nuevos significas para nuevos contextos. Pasa con la famosa Alegoría de la caverna de Platón, es perfecta para relacionarla con el mundo televisivo y monitorizado en que vegetamos hoy en día, conveniente y confortablemente maniatados a los medios masivos de comunicación y a ese simulacro de realidad que llamamos "actualidad".

En 1940, Ortega afirmaba en una conferencia de Buenos Aires que "el lenguaje no cubre nunca con exactitud la idea; por tanto, toda expresión es metáfora, el lógos mismo es frase"... ¿No será también el lenguaje o lógos otra prisión similar o análoga a la cavernosa vivienda subterránea concebida por Platón en su República? Se dice que Dionisio I, el tirano amigo y enemigo de Platón, tenía encerrados a su prisioneros atenienses en una caverna siracusana, en realidad una cantera (hoy visitable) de la que se habían extraído los pétreos materiales para la construcción del anfiteatro, y que escuchaba desde su trono lo que aquellos encarcelados decían... También El Gran Hermano vigila hoy lo que colgamos en redes, enredados como estamos en potentes plataformas comunicativas, objetos de propagandas y publicidades...

***

Como Bárbara Spano, también mi amigo y colega Antonio de Lara, ha tenido la amabilidad y al parecer el buen gusto de leer mis Bichos ejemplares. Me halaga lo que ha dicho de ellos, y como también me parece razonable y justo su dictamen, lo vierto aquí a modo de crítica benevolente...

<< Es un libro estupendo, de magnífico título y disfrute lento. "Bicho" tiene un significado ambivalente, de rechazo y cariño. El subtítulo todavía es más sugestivo. La RAE no hace suficiente justicia al término "teratología" ("teratografía" no aparece), que en su procedencia griega, ’τέρας’ significa más prodigio que monstruo. Y para colmo se añade un neologismo, "humanaria". Esto ya indica que el libro es profundamente humanista y filosófico, aunque libre de la jerga de escuela. Hay detrás de los insectos y no sólo de ellos, retratos humanos. Por otra parte, la profusion de ilustraciones permite establecer un diálogo (no me atrevo a decir dialéctica) entre ellas y el texto escrito.>>

¡El Dios o la Diosa o los dioses te bendigan, amigo! Desde antiguo es común en literatura y patrimonio de la humanitas la magia del monstruo: "η μαγεία Τέρας".

***

Tampoco a mi hermano, que es hematólogo, se le ha caído de las manos mi colección de fabulillas. Dice de las fábulas de mis Bichos ejemplares que le han gustado sobre todo las inventadas y menos las eruditas, aunque algunas las he recreado con todo cuidado adaptándolas al tiempo...

Bendito seas tú también, igualmente Antonio, humanista y médico, gran lector de Thomas Mann y de Stefan Zweig, geniales librepensadores, de entre lo mejor de Europa. Bueno, hermano, he seguido el consejo de nuestro Baltasar Gracián, inmortal sabio aragonés, receta o máxima que adorna y nutre ella sola la página once del libro y que reproduzco aquí como homenaje al "Maestro de los peros":

"Es munición de discretos la cortesana gustosa erudición"

Entiéndase cortés o amable, en vez de "cortesana". ¡Y todos contentos!

Ya digo en la entrevista#mce_temp_url# a que me sometió la inteligente Ginevra Grasso que creo haber evitado caer en pedantería en la elaboración de mis Bichos, aunque a veces, no en su humorístico fingimiento... Ojalá tenga razón Ginevra y este ejercicio de "pensamiento lateral" exprese el zumbido de la vida (de artrópodos hermanados como humanos) bajo una lupa literaria que halla en lo anómalo verdades más claras que en lo habitual o normalizado.

Enlaces a la obra:

https://youtu.be/pIoD913ZU00?si=k76Dl8Dh7cVl_8wB

https://www.europabookstore.es/productos/bichos-ejemplares-teratografia-humanaria-jose-biedma-lopez/

https://www.amazon.es/ejemplares-Teratografia-humanar%C3%ADa-EDIFICAR-UNIVERSOS/dp/B0F6479SSC