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SIGNAMENTO

RACIONERO Y BARDELÁS (Por una nueva conciencia)

RACIONERO Y BARDELÁS (Por una nueva conciencia)

Tuve la suerte de conocer personalmente a Luis Racionero (1940-2020) cuando residía en una masía del Alto Ampurdan; reposaba eventualmente del mundanal ruido "siguiendo la escondida senda de los pocos sabios que en el mundo han sido". Aquella oportunidad se dio gracias a mi providencial relación con Jordi Nadal, actual director de Plataforma editorial, que hoy publica al genial pedagogo Gregorio Luri, y sigue siendo corresponsal amigo. Fue Jordi quien ajustó la cita con Racionero y el teniente de artillería Fernando Poveda quien la facilitó, pues Jordi y un servidor cumplían servicio de armas en la Séptima compañía del Campamento de Instrucción de Reclutas de San Clemente de Sasebas (Gerona), cuyo segundo oficial era Fernando, al que Dios tenga en su Valhalla o Salón de los Caídos.

No recuerdo de qué se habló en aquella mesa ampurdanesa con su sobremesa; sí, que se celebró junto al fuego de una chimenea bien provista de leños y brasas en aquella masía que no sé si se llamaba Cinc Claus (Cinco llaves), o si ese era el nombre de la que habitaba el teniendo Poveda con sus grandes daneses, sus potros, sus aves de cetrería y su vetusta ama de llaves. Recuerdo la austeridad de sus pareces blancas. En la amplia sala del hogar, además de unas cuantas sillas y una mesa sólida pero sencilla, no había más que una estantería de pino con libros. Fernando había cocinado para el evento un conejo cazado por él mismo y aromatizado con hierbas recolectadas en noches de plenilunio. Nuestro teniente tenía cierta tendencia al esoterismo neorromántico, ¡gran admirador de Dalí y de Oscar Wilde!

Aquella comida tuvo --como el buen jamón-- sus chorreras, pues Luis Racionero nos invitó al pase, en un cinema de Figueras, de un corto cinematográfico que había presentado en distintos festivales y certámenes sobre Leonardo y el Andrógino. Lo dirigió hacia 1976-1977. Exploraba la estética del gran genio italiano de Vinci, autor que le obsesionó durante toda su vida. Sobre Leonardo da Vinci escribió varios libros, el más conocido La sonrisa de la Gioconda. El documental de Racionero no obtuvo Palma de Oro en Cannes (tampoco aspiraba a tanto), pero sí un reconocimiento significativo y --en Huesca-- el premio Jinete Ibérico (1982). En otra ocasión también realizó un corto sobre Jerónimo Bosch. "Ensayos fílmicos" los llamaba, cuando al cine extendía su interés por las filosofías del underground, las contraculturas y las doctrinas herméticas u orientales.

Creo que mi interés por el pensar y el discernir de Luis Racionero tuvo que ver con la asignatura de "Literatura y cultura de masas" que cursé en la facultad de Hispánicas de Granada con el malogrado profesor no-numerario (penene) José Ignacio Moreno (1948-1999), amante moderno --y desesperado-- de utopías antisistema ("El amante moderno" se llamó un libro de versos que le publicó Luis García Montero (su alumno, primero) a José Ignacio antes de que abandonase del todo la universidad y se tirara a las vías del tren enloquecido por adicciones que no quiso o no pudo evitar, ¡pobre Carmen!

Creo que me marcó el estudio del libro de Racionero Las filosofías del underground, obra que resultó finalista del prestigioso premio de ensayo de la editorial Anagrama y que publicó en 1977. Es un libro que ofrece mucho más de lo que enuncia su título, pues introduce "filosofías individualistas" más o menos ácratas, de Blake, Byron, Hesse; orientales: zen, yoga, taoímo; y también las propuestas psicodélicas tan de moda en los sesenta y setenta del siglo pasado: Castaneda y don Juan, verbigracia.

En su capítulo seis pone Racionero a dialogar a Platón y a Patanjali (enigmático codificador del Yoga anterior al siglo IV d. C.). Contrapone aquí la verdad producida científicamente a la verdad experimentada o vivida. H. G. Wells, profeta secular y arquitecto de nuestra imaginación contemporánea, dijo que la Razón (bautizada por el Logos griego) había llegado "al final de su viaje", a su término, y quizá expresaba así el sentir de una generación que anhelaba un uso más total de todas las facultades mentales.

Recientemente, Silvia Bardelás ha propuesto también una comprensión o conocimiento de la vida más amplio del que ofrece la lógica formal ("árida sabiduría"): una sensibilidad estética y alternativa a la racionalidad clasificadora, abstracta y dominadora..., una "conciencia nueva" más atenta a quiénes somos que a lo que somos, más enérgica que objetivadora. 

Silvia Bardelás (Una conciencia nueva, Acantilado, 2026) reclama una inteligencia sensible que nos reconecte con la naturaleza (recordemos el pensar el sentimiento y el sentir el pensamiento de Unamuno). Según la autora, la desconexión de la naturaleza, de la realidad y de nosotros mismos por un exceso de abstracción es síntoma indudable de un "mundo agotado", otro síntoma de agotamiento o de exhaustividad es la imposibilidad de sentirnos vinculados a nada, de lo que se sigue una falta de compromiso con la vida y con su reproducción, en un Occidente envejecido en el que ninguna idea transmite ya una emoción tan fuerte como para conseguir verdaderos cambios regeneradores, porque son ideas abstractas las que circulan y se ofrecen a la razón autónoma, que se ha erigido, como técnocracia, separada de la sensibilidad (que Bardelás no confunde con la sensiblería). Sometidos estamos, por desgracia, a una lógica ajena al hecho de existir, a consignas que parten de ideologías cerradas que cercenan en sus lechos de Procusto la posibilidad de pensar algo nuevo, anulando la creatividad, esa energía íntima y espiritual. 

Lo virtual ha sustituido a lo real con sus sucedáneos de experiencias auténticas y la crítica (hipercrítica) se ha apoderado del arte, que se ha vuelto, él también, conceptual. El materialismo de la ciencia ha renunciado al sentido, el nihilismo se ha hecho fuerte donde el cálculo utilitario ha acabado con la singularidad de las cosas. El mismo concepto de materia --nos recuerda Silvia-- es una abstracción de madera (la hyle aristotélica). Bardelás reclama con razón una racionalidad que mantenga y amplíe la potencia de la experiencia sensible, su energía creadora. Pero recuperar la inocencia de la mirada y del sentir infantil, la ingenuidad con la que se habló del espíritu en anteriores edades, no va a ser tarea fácil, atados como estamos a esta maquinaria de producción y consumo en que nos consumimos, obedientes al poder como zombis.

Se impone un esfuerzo de consiliencia entre el saber probado y útil que se les supone a las ciencias duras y a la tecnociencia, y las sabidurías que exploran la posibilidad de sentido (tanto artísticas como religiosas), esas que fascinaron al maestro Racionero, que garantizaren una renovada sensibilidad estética que Bardelás describe muy bien en su libro, asociada a la pregunta de quiénes somos:

"El sentimiento que acompaña al conocimiento estético es extático porque nos indica que estamos en un lugar verdadero. Sin palabras, sin conceptos, nos muestra algo de nosotros mismos que pertenece a ese insondable fondo de la intimidad. Y lo más emocionante de la intimidad es que es el espacio donde la individualidad desaparece. Cuando decimos que la eficacia del ser humano se sustenta en su capacidad de agruparse y de trabajar en grupo, estandarizado, estamos hablando de eso, de eficacia, sin embargo, en la definición más personal que lleva al júbilo de la vivencia íntima, desaparece el yo atomizado, pero no aparece una coletividad normalizada, lo que aparece es el abismo de lo desconocido, la ilimitación de posibilidades, la certeza absoluta de que siempre habrá algo nuevo por conocer donde todas las singularidades tienen cabida" (Ibidem, pg. 45).

Según Luis Racionero, Platón puso a Europa en un viaje mental del que no ha salido todavía y hay razones para pensar que tal viaje ha llevado a nuestra civilización por derroteros peligrosos. Fiel en gran medida al eleatismo, Platón hizo de la Idea realidad estática, arquetipo eterno e inmutable del ser representado físicamente sólo por el logos y el mathema (el saber calculador y abstracto). Pero la abstracción mata la presencia viva de lo concreto, una presencia que más bien corre y fluye arrolladora, como el río de Heráclito.

Para Patanjali es preciso tener la valentía de soltar el ego (ese individualismo hiperbólico que denuncia igualmente Bardelás) y afrontar que sólo existe una realidad cambiando perpetuamente sus formas, es decir, sucesos sin fin fluyendo en la eternidad. Por eso, para la concentración del Yoga, todo conocimiento es autorreconocimiento, como el juego de la luz sobre el agua, pero es preciso que "la mente deje de concebirse a sí misma como agente conocedor". Este hacer desaparecer del plano de la contemplación los estereotipos heredados de la tradición y arrastrados por los nombres nombre y su significación abstracta, recuerdan a la epojé fenomenológica. Se trata de entrar en lo que Patanjali llama "contemplación no-argumentativa", propia de la meditación oriental, que nos lleva a un estado en el cual el pensamiento es autorreproductor y sobre la cosa misma.

El Yoga pretende la acomodación de los sentidos al modo de ser o naturaleza de la mente, mientras que el racionalismo griego pretendía acomodar la mente a la naturaleza de los sentidos mediante el cálculo de pesos y medidas, mediante la clasificación en géneros y especies. Con ello se pierden las potencialidades más creativas de la mente, aunque se gane en dominio lógico y manipulación utilitaria.

Lo peor de esa defensa platónica de lo estático e inmutable, que según Racionero origina una neurosis cultural de la que el Occidente todavía no se ha curado, es que no puede saltar fuera de sus reglas (podríamos reducir estas al Principio de identidad y su tautología), incapaz de captar lo suprarracional: intuición, emoción, imaginacióin, subconsciente, etc. El racionalismo no explica la realidad, su reducción al absurdo podemos seguirla en el sueño racional de la Escolástica, un pensamiento lógico que se muerde la cola en un círculo especulativo vano.

El logicismo se ha alimentado durante siglos de bipolaridades verdadero/falso, bueno/malo, bello/feo. Pero "la noche empieza a mediodía", dice Chunag-Tzu. La misma dialéctica hegeliana quiso comprender cómo lo que es engendra lo que no es mostrando que el objetivismo racionalista no es el único modo de conocimiento. Arte y Mito ofrecen también modos complementarios de edificación cultural. Hay que recordar a Heráclito, porque fórmulas y nombres son "como potes de arcilla que pierden agua" (el mismo Platón cita y no desecha del todo esta posición dinámica en el Crátilo). Por los nombres se escapa el flujo real de lo cambiante, por eso los chinos idearon pinturas, idiogramas para representar sucesos y tipos de acción, antes que sustancias. "En principio fue la acción", sentenció Goethe; un referente del sustantivo como cosa aislada no existe en la naturaleza, repite Racionero. La cosa no es más que el punto de encuentro de diversas y complejas acciones. Los nombres, para nuestra seguridad, ponen diques y pilares en la corriente cambiante de la realidad.

Tiene razón Silvia Bardelás al reclamar reflexión urgente sobre quiénes somos (no sólo cuerpos, sino también almas) y al proponer una dieta de "virtualidad digital" que nos grajee una sensibilidad renovada que nos devuelva la conexión con el prójimo (empatía con el otro y con nuestra propia intimidad): una "conciencia nueva" que nos reintegre el cordón umbilical que --como al gigante Anteo-- nos asegura a la Madre Tierra y nos repone profundamente en el misterio de lo real.

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

Flannery O’Connor inventó el "gótico sureño", con desgarrado barniz teológico. Sus cuentos renuncian al final feliz para sacudirnos con el detino trágico de la realidad terrenal, a través de lo grotesco, de lo sórdido y de lo irremediable: la existencia del mal.

Los buenos fracasan, y tampoco son tan buenos como ellos se creen. Los desvelos de los redentores y de los idealistas provocan más males que agencian remedios. De poco sirve la compasión, pero roguemos al menos misericordia, a Dios o al Diablo, ¡a saber quién de verdad es el protagonista de este entuerto de Creación!... Sin ir más lejos, conoce un hombre cuya mujer fue "envenená" (sic) por un chico "al qu’habían adoptao por pura bondá". La traducción (de Céline-Albin Faivre en la edición de Cuentos completos que he disfrutado) busca ser fiel al uso dialectal, sureño, del inglés de la autora...

Y es que las cosas siempre pueden ir a peor. La mayoría de sus personajes, aunque sean de los que charlan sin parar y hablan para pensar en lugar de hablar porque han pensado, viven --como decía Heráclito que vivían sus contemporáneos-- como dormidos, igual que zombis. El único modo de que despierten es mediante choque traumático. De ahí el valor de la violencia, del accidente, de la enfermedad, como epifanía. En el momento de la fatalidad desdichada el personaje recibe la gracia, dolorosamente, pero que le permite a sí mismo ser tal cual es. No hay salvación sin sufrimiento.

Uno corre el peligro de que se le estropee el cutis o de salir con un corte en el pellejo por discutir con el barbero y las aceras urbanas de O’Connor (de vida retirada, rural, entre pavos reales y gallinas retrógradas) están llenas de gentes que se afanan de un lado a otro, como pollos sin cabeza o insectos en las puertas de un hormiguero, "con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos".

El dios de O’Connor merece como Hacedor del mundo que se le conteste con un Libro de Reclamaciones, porque

"podía ir por ahí poniéndote cosas delante de las narices, obligándote a perseguirlas toda la tarde para nada".

Ese "para nada" delata el nihilismo existencial que sirve de atmósfera moderna a la protesta de Flannery (enferma crónica de Lupus) y parece liberar a la autora de toda ilusión, para entregarse así a la frialdad quirúrgica de sus descripciones hiperrealistas o a un "realismo de distancias" (Susana Miró). Y, sin embargo, atenta a la fuerza atractiva y repulsiva de la religión. Uno de sus personajes dice profesar un gran respeto por la religión aunque, naturalmente, "no cree que sea verdad".

Estamos marcados por el conocimiento porque hemos comido del Árbol de la ciencia del Bien y del Mal. No somos inocentes. Sabemos lo que es el pecado. Sólo quien lo sabe puede cometerlo. Muchos llevamos --como los personajes de Flannery-- el grito encerrado en el interior: discapacitados, bipolares, huérfanos, necrófilas, personas desplazadas, terratenientes intolerantes..., los personajes grotescos de O’Connor sirven como espejo de la deformidad del alma moderna: falsos profetas, intelectuales progres y ateos que se creen superiores moralmente o matronas sureñas obsesionadas con las apariencias en la Georgia rural, estancada y polvorienta, un lugar "obsesionado por Cristo" antes que cristiano, donde la religión choca constantemente con el pragmatismo moderno.

"La vida es así, las cosas iban pasando una detrás de otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja"

La escritora no juzga a sus personajes, son las acciones y su entorno los que los que les castigan y frustran sin remedio. Todos parecen misfits: parias, desajustados, inadaptados. Su prosa limpia, directa, está cargada de simbolismo, de sutilezas que merecen relectura y que describen ricamente las complejas relaciones humanas:

"Las caras de los niños eran como dos platillos dispuestos a ambos lados para recoger las sonrisas que ella dejaba escapar a raudales"

Lo bueno parece integrar lo dudoso:

"En Enoch, la virtud de la esperanza se componía de dos partes de suspicacia y una parte de lascivia"

Nos creemos inmortales porque vivir es una costumbre tan arraigada en nosotros que no podemos concebir otra situación. Su ironía sobre la modernidad roza el sarcasmo:

"-- Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida --dijo--, si no l’importa dormir en ese coche. -- Señora --dijo él con una sonrisa de satisfacción--, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes! -- No estaban tan avanzados como nosotros --repuso la anciana."

Nota bene

Más sobre el pensamiento y la escritura de Flannery O’Connor en Ateneas: 

https://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2021/05/flannery-oconnor-en-sus-anos-de.html

DESPOJOS DEL OCÉANO

DESPOJOS DEL OCÉANO

Sobre el personaje dramático e histórico de Calígula

Leí muy jovencito el Calígula de Albert Camus y el teatro de Sartre, a mi juicio más relevante que su obra filosófica. A raíz de la muerte de su hermana y amante Drusila, el emperador Gayo César Calígula se hunde en la locura y el nihilismo. Se trata de una sublimación dramática, el emperador se da cuenta de que "los hombres mueren y no son felices", y que el mundo, tal como está, es intolerable, así que deviene un tirano metafísico.

Existencialismo puro, de más quilates en el teatro que en el discurso teórico. Los crímenes de Calígula y sus asesinatos aleatorios resultan experimentos filosóficos destinados a demostrar a la gente, aristócratas y burgueses, la inconsistencia de sus valores y la falta de sentido de la vida.

El escape de la auto-divinización resulta un camino hacia la desesperación y la soledad absoluta, la del poderoso, humano demasiado humano. El poder corrompe, y si es absoluto, corrompe absolutamente.

Pero creo que lo que me dejó huella entonces no fue la lectura del teatro existencialista, sino la interpretación del personaje de Camus por José María Rodero, la cual le valió el premio al mejor actor en el Festival de Teatro de Alicante en 1983. Me parece recordar una versión televisiva en el gran programa Estudio I, cuando la televisión pública no se había convertido todavía en espejo de inmundicia y chabacanería.

Hace unos días he saltado del Calígula personaje imaginario, "bicho ejemplar" y antihéroe existencial, al personaje histórico descrito por Suetonio en sus Vidas de los doce césares: un perverso polimorfo tan engreído que llega a compararse con el divino Platón, el indigno hijo de Germánico. Este, padre de Calígula, fue tan respetado y querido que el día que murió se apedrearon los templos, los bárbaros consensuaron una tregua y algunos reyes menores se cortaron la barba y rasuraron las cabezas de sus esposas en señal de máximo luto.

Muy al contrario que el padre, el hijo heredó un temperamento cruel, ávido de contemplar sufrimientos y suplicios, y amigo de orgías y adulterios. Dice Suetonio que "amplificaba sus monstruosos actos con la brutalidad de sus palabras", por lo que le reprocha "adiatrepsía", término que a veces se ha considerado sinónimo de la ataraxia estoica (serenidad o imperturbabilidad) pero que en este caso se identifica peor con la desfallatez del insensible, del que ni se inmuta ante la injusticia y el dolor ajeno, mas "presto al arte de la elocuencia". Cuando su abuela Antonia le daba algunos consejos, Calígula respondió: "Recuerda que me está permitido todo y contra todos".

Calígula estaba desquiciado, paranoico, esquizoide, ¡como una chota! ¿El poder absoluto le volvió loco?, ¿el miedo a ser envenenado?, ¿el incestuoso amor por Drusila? Según el retrato de Suetonio, el emperador, Gayo César, que no sabía nadar, conversaba con el mar en sueños. En la campaña de Britania...,

"como si estuviera dispuesto a dar por concluida la guerra, formó la línea de combate en la costa del Océano y dispuso las ballestas y las máquinas de guerra sin que nadie supiese o se hiciera una idea de qué estaba dispuesto a iniciar. Entonces, de repente, ordenó que se recogieran conchas y se llenasen los cascos y los mantos y dijo que eran ’los despojos del Océano que eran ofrecidos al Capitolio y al Palacio’. Mandó construir una torre altísima como señal de su victoria, desde la cual, como el Faro de Alejandría, el fuego iluminara por la noche el curso de los navíos."

Le gustaba vestir extravagante, a menudo se doraba la barba y sostenía un rayo o un caduceo como insignias divinas, o se vestía de Venus. "Igualmente portaba la coraza de Alejandro Magno, que había tomado de su sepulcro"... Sorprende este dato, pues nadie sabe hoy dónde se hallaba el sepulcro del príncipe macedonio... Alejandro Magno murió en Babilonia en 323 a.C. Sus restos fueron embalsamados en un ataúd de oro y luego en un sarcófago de arcilla lleno de miel para su conservación. Ptolomeo I Soter trasladó sus restos a Menfis y luego reposaron en Alejandría donde su tumba (Soma) fue lugar de peregrinación y visitada por los grandes líderes y emperadores: Julio César, Augusto (se dice que rompió parte de la nariz del cuerpo momificado), Calígula (que robaría según el testimonio de Suetonio la coraza) y Caracalla. Tras la visita de Caracalla en el 215 d. C., no se sabe cómo ni por qué, la tumba desapareció, fue destruida o sus escombros se hallan enterrados bajo las sucesivas capas de la ciudad nueva...

El insensato Calígula se permitió decir de Séneca que componía meras piezas de salón, como arena sin cal, discursos sin consistencia. Se ejercitó en artes violentas y espectaculares, como gladiador y auriga, al mismo tiempo que cantor y bailarín. Su guardia germánica estaba también compuesta por gladiadores tracios. Mandó contruir para su caballo Incitado una cuadra de mármol con pesebre de marfil. Y se dice que tenía la intención de concederle un consulado. Convirtió la corte en un lupanar y humilló a los mejores, si no acabó con ellos por envidia.

Tardaron en concebir el propósito de matarlo, mató a todos los que pudo sospechando que lo harían, porque el odio no siempre puede ocultarse, y al fin, un tal Quérea le apuñaló por la espalda y en el cuello , Cornelio Sabino le atravesó el pecho y acabaron con él, causándole treinta heridas. Algunos se ensañaron con sus partes pudendas. Su guardia germánica mató a algunos de los conjurados...

"Vivió veintinueve años y estuvo al frente del imperio tres años, diez meses y ocho días".

Cuando sus hermanas volvieron del exilio sus restos fueron exhumados, incinerados y sepultadas sus cenizas. Su mujer Cesonia fue traspasada por la espada de un centurión y su hija estampada contra una pared, seguramente sin culpa alguna. Los conjurados ni siquiera habían decidido a quien otorgarían el poder. Suetonio hace constar la casualidad de que todos los Césares que tubieron el nombre de "Gayo" como nombre de pila hubieron muerto pasados a cuchillo.


DESUBLIMACIÓN HEROICA

DESUBLIMACIÓN HEROICA

Sobre Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada,                novela de 1996.

Hay expertos en hablar mal de lo que aman, no pueden reconocerlo, o lo reconocen a duras penas, como se esconde un defecto congénito oculto por la ropa. Caso sonado fue el de Menéndez Pelayo que dedica una extraordinaria y eruditísima obra maestra a quienes consideraba almas perdidas, los heterodoxos, que es forma fina de llamar a los herejes.

Un caso más reciente es el de Juan Manuel de Prada y su monumental novela Las máscaras de la tragedia. Uno acaba por coger cariño, por puro roce, al desalmado protagonista que señala a la tremebunda galería de bohemios y no tan bohemios que pululan como ánimas en pena por sus páginas: toda la intelectualidad literaria de principios del siglo pasado, los del 98, los del 15, los del 27... Desde Valle-Inclán meando sangre en plena calle de los madriles de antaño, hasta Sánchez Mazas, favorito de José Antonio y padre de Ferlosio.

De Prada, muy bien documentado, los ha leído a todos y los convierte en marionetas a las que maneja como esperpentos de sus filias y fobias, propósitos que disimula tras las máscaras en un ejercicio extraordinario de desublimación o deconstrucción animalesca, escatológica y hasta nauseabunda. No falla la expresión, sino todo lo contrario, muchas veces asquea.

Fuera de discusión el extraordinario talento narrativo del autor al que repugnan los adjetivos imprevisibles, por lo que puede llamar a la "luna leprosa" y a las estrellas "escupitajos de Dios" o describir "la luz andrajosa del amanecer, esa luz que duele como un remordimiento de conciencia" (sobre todo después de una noche de farra y malevaje, como diría un argentino, o de juerga, como diría un andaluz); o puede referir al "martirologio cristiano"... "En esa mitología modesta, siempre hay un arcángel que rescata del burdel a una virgen, cuando ya los libertinos están a punto de profanarla"; o llamar a la famosa Puera de Alcalá "mamarrachada neoclásica".

Se trata de una ficción demasiado verosímil, a veces, con un fondo hiperrealista que saca partido al contraste entre lo realmente sucedido y su hipérbole, entre la idealización literaria y la sensualidad perversa de un oportunista tan diabólico como su protagonista, Fernando Navales.

Quien quiera aproximarse a las posibles o acreditadas rarezas de la relación entre Ramón Gómez de la Serna y Colombine, y a las extravagancias de un puñado de plumíferos de nombre reconocido y con ficha en Wikipedia, no tiene más que acudir a las páginas de este vasto escenario de títeres en el que la bondad no es necesaria para escribir y la literatura puede pasar por una forma de delincuencia, si no bella, por lo menos grata, allí donde las vanguardias --con excepción de unos pocos hombres valiosos-- demolieron tiranías para que una fauna inepta y confundiera el quehacer poético con el terrorismo o la fabricación de salchichas (o de retretes), melenudos o perrosflautas capaces de convertir cualquier mamarrachada en un himno dadá.

De sus páginas, aunque cuente como exorcismo, no está ausente esa propiedad tan específica de nuestra trágica especie: la crueldad. Así describe el protagonista su encuentro con el hijo de un colega y contrincante literario, Gálvez, al que acabará plagiando...

"Pepito me trepaba a las rodillas, con torpeza de osezno, y se sentaba sobre mis muslos, pidiéndome que le hiciera el caballito, pero yo noté el calor blando que albergaba en los pañales, el mojón de mierda que amenazaba con ensuciarme los pantalones, y lo aparté de una patada."

Para el padre de la criatura --para Gálvez y me creo que también para De Prada-- la literatura es un sacerdocio, una forma de herejía, una enfermedad para fanáticos y no un mero jueguecito. Por eso en la cabeza le empezó a zumbar, "como una abeja sin aguijón, el rumor sagrado de la literatura".

Tal vez por debajo de las máscaras, que no les favorecen, perseveren en el oficio auténticos héroes. No obstante, para quien quiera ver a estos héroes sometidos a las más puras necesidades humanas, "demasiado humanas", es decir, bajas y nobles pasiones, virtudes y vicios, no tiene más que hincarle el diente a este voluminoso engendro, digno también de perdurar como crónica de costumbres cuando el fin de la bohemia, señalado con el sórdido velatorio de Alejandro Sawa; o histórica, pintura del crimen de Canalejas o de la estética de José Antonio, fundador de Falange "organización subalterna compuesta por pipiolos, apréndices de cacique y versificadores sin audacia", tan amigos del papanatismo místico como los libertarios.

El héroe del título es Gálvez, un tipo de complicada psicología, marcada por el hierro de la desmesura, siempre en difícil equilibrio entre la infamia y el alarde, la degradación de la venganza y la magnanimidad del perdón...

"Quizá todo héroe precise máscaras y afeites, disfraces y fingimientos, para sobrevivir en un mundo de hombres demasiado planos y rudimentarios."

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

Sobre una novela de Raúl del Pozo

Conocí primero a Raúl del Pozo, el periodista y escritor conquense, por la contundencia de su prosa en su columna de El Independiente. Este verano ha caído en mis manos su novela No es elegante matar a una mujer descalza (1999), que se lee de un tirón. Me ha encantado sobre todo por su vena castiza y por lo lejos que se halla del lenguaje políticamente correcto, incluso por el título, que hoy tal vez escandalizara a la izquierda puritana o al moralismo woke.

Montero González, prologuista en la edición que manejo (Biblioteca El Mundo) llama a Raúl del Pozo "novelista directo" porque "va al coño sin pasar antes por las tetas", expresión que indignará hoy a más de una y de uno, tipos con pieles sensibilísimas.

Nuestro novelista ha aprendido velocidad de persecución automovilística de los maestros norteamericanos del género negro: Hammett y Chandler. Recuerde el lector la versión cinematográfica de aquella novela de Dashiell Hammet, El halcón Maltés, con Bogart y Mary Astor; aun siendo buena la peli, la novela siempre resulta más rica, pues requiere una atención más extensa temporalmente y concentrada; la literatura pide más imaginación al receptor que el cine...

Raúl del Pozo elimina cualquier tipo de retórica inútil que ralentice la acción y dispara frases como un pistolero de la mafia. Sin embargo, su libro está escrito en español, no en usamericano, y en él cabe una sombra viva de nuestra tradición picaresca y un estilo particular que desciende al lenguaje del bar, del hampa y a la jerga barriobajera. El protagonista es un madero exalcohólico con nombre de güisqui, JB (Juan Belalcázar). 

Toda la acción de la novela parece suceder en esa hora intempestiva y obscena en la que se cruzan los trasnochadores con los trabajadores, los primeros pueden ser pícaros que se ganan la vida con oficios extrambóticos: cicerone espontáneo, extra de cine, paseador de perros, acompañante de moribundos, portero de puticlub, reventa, alabardero de pega... No obstante, sucede que...

"la afición a las cosas modernas se ha llevado el mito, el arte y la creencia, y ahora los pícaros se han transformado en mensajeros o porteadores de pizzas". 

Los personajes de No es elegante matar... no se callan ni boutades ni pullas cuando echan al esófago mostos fermentados y espirituosos en los bares madrileños. Consta que noticias como pistas para resolver crímenes vuelan, preferentemente, por los mostradores y veladores de los bares. Allí se habla de todo: in vino veritas: "Platón, Mozart y Napoleón eran pequeñitos, y alguno de ellos, maricón" --murmura el Media Hostia, riguroso juez del caso--; el caso de la hermosa y misteriosa eslava asesinada hace veinte años y cuyo cuerpo momificado aparece en un trastero.

La novela hace memoria sobre los años de la transición, cuando se cometió el crimen de la checoslovaca, asesinato que quedó impune y ha prescrito y, más concretamente, aquel año en que se aprobó la Constitución, aquellos días en que el "santuario francés" servía de burladero a los mamarrachos bolcheviques de ETA. El jefe de la policía de finales de siglo sabe que "la policía es de derechas y necesaria" y está enterado de que no siempre puede usar los procedimientos ortodoxos, pero no tiene ya nada que ver con Harry el Sucio. Se contiene, democratiza.

Raúl del Pozo nos sumerge de golpe --diría incluso que brutalmente-- en un realismo suburbano, en el que hay chaperos sirviendo de chóferes a diplomáticos a los que les cabe un titanic (por donde la espalda pierde su casto nombre), traveros que matan a la madre de su maromo..., un mundo en el que no todos los gayos son espíritus angelicales y, tras la caída del muro de Berlín, "el comunismo busca las sobras en los cubos de basura". JB, el Humphry Bogart de la novela, buen sabueso y perfectamente apolítico, piensa que los que decían servir a la comunidad en realidad se servían a sí mismos. Nunca participó en operaciones parapoliciales (alusión a la guerra sucia contra ETA), pero recuerda aquel tiempo turbulento del 78 cuando mataban un día sí, otro también, a guardias civiles y a policías con abundantes e irreparables "daños colaterales"... "La miseria, senda de la vileza" (es el título de uno de los capítulos).

La procedencia de la víctima, una monumental, culta y políglota checa, rubia de ojos azul claro, huida del comunismo después de la entrada en Praga de los tanques rusos, confirma la evolución y decepción del que fue redactor de Mundo Obrero (Raúl del Pozo) en los setenta y escribió en el Interviu de los ochenta: El socialismo son "colas, policía secreta y nada en la nevera". Da tristeza recordar cómo a la disolución de aquella "prensa del Estado" ha seguido, hoy, en 2025, la consolidación de una nueva "prensa del Estado" al servicio del poder (verdadera industria madrileña, la del oportunismo y el poder, según se cuenta en la novela).

El autor maneja con soltura la hipérbole esperpentizadora, que facilita la extrañeza estética. Del Arco --periodista-- habría conseguido entrevistar a Indira Gandhy haciéndose pasar por mendigo hindú en una fila de indigentes, y se vistió de enfermero para, al lado del quirófano, asistir al primer trasplante de corazón. En sus relatos de sucesos, Del Arco profundizaba en la psicología del criminal y hasta buscaba las orejas perdidas en los accidentes de coche...

Por su parte, uno de los sospechosos, que conspiró como anarquista de la CNT clandestina contra el Régimen del General, niño rico, Jesus Aguilar Alonso, de apodo "Jesucristo" por sus melenas progres y redentorismo juvenil, se llevó unas hostias de los grises en la Puerta del Sol, como haciendo el máster para mandar luego, él mismo acaba a final de siglo bien situado, casado con señorona, de dandi libertino con aficiones sadomasoquistas; para Aguilar, la máxima desgracia no es la miseria, sino el bostezo (anacrónica víctima del esplín bodeleri-ano). 

La víctima, Dúrsila Nézval, aunque frígida alcohólica (de champán), representó para Jesús Aguilar, el ácrata que acabamos de describir, "la abulia de los ángeles" y "el pudor de la belleza". Aguilar es descrito también --pienso que irónicamente-- como "uno de esos señores que no tienen la moral de los esclavos, como dice el filósofo" [Nietzsche]. En realidad, se trata de un hijo de "la casta": 

 "muy pasado de todo, un crápula que sabía usar el látigo y la toalla mojada y que tenía la fascinación, como todos los libertinos, por el culo" ("se puede festejar a Venus en más de un templo").

Venía de la progresía, cuando fútbol y toros eran cosas de franquistas; se había metido LSD, "que es la bomba atómica del cerebro" y "fumó toda la mierda que pudo". En los años 70 había escrito un panfleto en el que afirmaba que "en una revolución la máxima violencia equivale a la máxima humanidad".

Corren tipos por estas páginas a los que tras un derrame ("triquitriqui", hemorragia cerebral) les da por decir la verdad. En aquellos tiemos del 78 en los que la política iba devorándolo todo, años de tensión, de terror de ultraizquierda y de ultraderecha, la batalla ideológica se daba en la calle, "tiempo de las pancartas y de los pareados" en que Madrid bullía y todo el mundo pegaba carteles en las esquinas, cuando salían de la clandestinidad y volvían del exilio los que vivieron escondidos, con ganas de regresar para comer callos y para subir en los ascensores del régimen (y en las reparaciones de la Transición). ¡Tiempo de quimeras! y de La Abeja Maya.

En el setenta y siete "los comunistas dejaron de ser ilegales; y las adúlteras y los culeadores" --esto nos lo recuerda La Pavana, portero y drag-queen avant la lettre, pelo de henna y tacones--. Para este gayo gay, extraficante de drogas blandas, los jueces son "cucarachas", los abogados "grajos" y los gitanos, gitanos, que los hay de ciudad y "de relente". (Todavía no habían inventado estos, para llamar a los "sudacas" con desprecio ingenioso, lo de "payoponis"). 

No faltan en la novela de Raúl del Pozo observaciones psicológicas agudas como la de que las fobias dicen más de una persona que los análisis de su pensamiento. El protagonista, Juan Belalcázar (JB) es amigo de setas y de parajes agrestes, solitarios, amante de la pesca y del silencio del bosque, y ya no está para trasnochar por la ruta de la movida madrileña donde la basca se mete pastillas o piña colada hasta que están ciegos y luego se bajan a comprar un condón a los váteres y se lo hacen allí mismo o en la capota de los coches. Así que para completar sus pesquisas...

"rastreará por los ambientes de camarones y mariposas, por los baretos de copas, al alba, cuando más vivos están los animales de rapiña."

JB se toma muy en serio la investigación aunque el crimen haya prescrito, y es que cuando se acaba la curiosidad viene la muerte, y queremos seguir viviendo. Tal vez JB haya leído a Charles Baudelaire. Con una frase del poeta maldito se adorna la anteportada de la novela de Raúl del Pozo Page (nacido en 1936, premios González-Ruano y Mariano de Cavia, entre otros muchos, y todavía activo):

"¡Qué oficio tan duro es ser "una mujer hermosa!"

En 2020 Jesús Úbeda y Julio Valdeón han publicado biografía novelada de Raúl del Pozo titulada No le des más whisky a la perrita, con prólogo de Carlos Alsina. La biografía es género que el autor de la novela aquí comentada también cultivó, trazando la de Massiel y Bernabéu, ambas en 1972, y la del Cordobés (en 1980 con Diego Bardón).


DÍAS DE GLORIA Y MUERTE

DÍAS DE GLORIA Y MUERTE

¿Quien ha dicho que el Kitsch tiene por fuerza que ser pretencioso y de mal gusto? Si algunas de sus características básicas son la mezcla de estilos, el anacronismo formal, la reivindicación de lo inusual y excéntrico, no hay inconveniente en considerar la serie La vida breve, creada por Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, buen kitsch y -más allá del tópico- cabe proclamarla muy lejos del kitsch malo y pretencioso. La vida breve ha cursado por Movistar en seis capítulos de poco más de media hora: escatológica, irreverente, descarada..., ¡y kitsch!, pero divertida y excelentemente bien interpretada y escenografiada. Una gamberrada histórica sobre el motivo de la abdicación de Felipe V y el brevísimo reinado de su hijo Luis I, las conspiraciones cortesanas, el eco de guerras lejanas y la enrevesada diplomacia internacional de la época.

Si en lugar de una desublimación de la monarquía borbónica, como la de esta comedia disparatada, que quita al trasero real el calzón de seda para que sólo quede caca de lux y las caricaturas del ansioso, del payaso goloso, del rey neurótico (magistralmente interpretado por Javier Gutiérrez) o los esperpentos de la ramera dientona o de la princesa lúbrica..., si en lugar de reírse, uno quiere transportarse al séptimo cielo..., si uno quiere vogar artísticamente por otra dimensión, la de la altura barroca en lugar de la de la bajura rococó, y con el mismo pretexto histórico pero en clave (nunca mejor dicho) sublimada y celestial, incluso arcangelical, entonces habrá de oír, con el placer del buen y exigente entendedor, del melómano ilustrado y amigo de lo cromático, las dos misas que dedicó José de Torres (1670-1738) a Luis I el Breve, cuyo reinado por muerte imprevista duró 7 meses, es decir 229 días.

El 10 de enero, el medio francés Felipe V, hipocondríaco, melancólico, de salud mental delicada (tales son los efectos de la endogamia), primer rey Borbón de las Españas, abdicó en su hijo, que gozaba, mejor que el padre, del favor del pueblo por haber nacido aquí, hablar perfecto español y ser sencillo de costumbres y afable. También fue gran amante de la caza (afición con que le ridiculiza la serie cinematográfica).

José de Torres, de origen humilde, alcanzó por méritos propios la categoría de Maestro de la Real Capilla en 1718 y dedicó al Bien Amado y malogrado rey Luis I sendas misas, una para la coronación y otra de difuntos, compuestas una muy próxima a la otra. El pobre Ludovicus I Primus Rex Hispaniae murió solo, su mujer, una prima francesa, chiquilla díscola y tal vez bipolar, que tenía la manía de limpiar los ventanales de palacio desnuda, era el único personaje familiar próximo en su agonía (viruela y tabardillo). Enterraron sus restos rápidamente por su estado de putrefacción y por el calor asfixiante de Madrid en esos días (3 de septiembre de 1724).

Ambas misas son obras maestras que ofrecen un interesante contraste de espíritu (gloria y muerte). Han sido grabadas conjuntamente, interpretadas en la Parroquia de El Salvador de Requena (Valencia) en septiembre de 2001 y editadas por la Sociedad Española de Musicología, bajo la dirección artística de Marisa Sparza. Con el título de Días de gloria y muerte, el proyecto discográfico fue dirigido por Rosario Álvarez, bajo la responsabilidad musicológica de Begoña Lolo. Dirigió la orquesta y el doble coro Josep R. Gil-Tàrrega.

De lo ridículo a lo sublime, o de la serie a las misas. Tal vez resultan buenas y entretenidas perspectivas complementarias.

LA TÍA TULA

LA TÍA TULA

La tía Tula, Gertrudis, peca de pura virtud. Todos los excesos, malos; por eso se dice, tal vez, “de bueno, tonto”. Su espíritu tutela, vigila, secuestra, enlaza, encarcela, ata al animal que somos… Podría decirse que ese ángel que cabalga a su pantera es tan tenaz y grave, tan serio, que se hace pesado, o tan riguroso como el imperativo kantiano que no deja cancha para jugar con deseo ni con incentivos. El deber, carnero ahorcado, frena al capricho, cabra que tira al monte. El ángel manda tanto en la bestia que esta no osa hacer presas por su cuenta y riesgo. A mí, la Señorita Tula me recuerda a una amiga cuyo carácter, tan fuerte, asfixia su temperamento.

Podría decirse que la tía Tula deconstruye la pasión para reducirla a cuidados maternales. Doctora de El Cuidatoriado (cfr. María Ángeles Durán), es también su guardiana o, por decirlo más bravamente, su sargento chusquero, siempre dispuesta a quitarse un gusto de la boca para que sus hijos putativos, es decir, sus sobrinos, no pasen hambre. Gertrudis ha fraguado una teoría sobre los amores:

“Hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre”

Hay un amor de libro o de teatro, en el que se oye la cursilada esa de “yo te amo”. Mas en la vida de carne y sangre y hueso (el unamuniano homúnculo que padece el sueño de la inmortalidad) lo que no extraña porque entraña es el “¡te quiero!”, y hasta resulta más entrañable todavía el silencio, que puede expresarse en todos los idiomas, y calla lo de “te quiero”, porque lo obra.

Pasa lo mismo con la oración, la verdadera no es la del maculla-jaculatorias, la del traga-novenas ni la del engulle-rosarios, sino la del “¡hágase tu voluntad!”. Podríamos nosotros hablar de la aceptación de la realidad como verdad irrefutable. Y si es una realidad trágica, como suele suceder, la consideración de que no hay mal que por bien no venga o que los caminos del Señor son inescrutables para nosotros, nos permite granjearnos esa serenidad que otorga la fe, incluso como mera religación a la verdadera Realidad.

La tía Tula es una laboriosa virgen madre, valga el oxímoron, una sublime abeja obrera (esta analogía disuelve el oxímoron). En el prólogo, Unamuno briega, forzando bastante las cosas, por acercar su figura a Antígona “la anarquista”, a Abisag, la generosa sunamita que calienta el lecho del rey David, a Teresa de Ávila y a Don Quijote. Don Miguel reconoció que su prólogo es un petacho; no es necesario enraizar a Gertrudis en la tradición de la Alta literatura para reconocer la nobleza ingeniosa de su creación. De hecho, la tía Tula escarba en otras raíces y fondos, digamos, más entomológicos; sí, en las fraternidades de los insectos sociales, en la sororidad de las abejas hermanas que cuidan de la reina, de los zánganos y de las sobrinas, pues

“No cabe negar que el varón hereda femenidad [sic] de su madre y la mujer virilidad de su padre… ¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas”.

Sorprende el uso que Unamuno hace de la palabra "sororidad", hoy tan de moda, que subraya diciendo que tal fue la de la admirable Antígona, santa del paganismo helénico, hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices...

“...y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y los tiranos de la tierra".

Yo no creo que Creonte fuera tan malo. Tenía sus razones para defender la ley escrita, la que otorga seguridad civil... Pero lo que me interesa señalar aquí es que Gertrudis, la tía Tula, representa el espíritu de la colmena, aunque esta tenga menores dimensiones, las de un clan de urbanícolas:

“¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y la meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: ‘¡Cállate, zángano!’. Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas  resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.” (capítulo 24).

Gertrudis brizaba la pasión de Ramiro para adormecerla. La mecía, la acunaba. Abría las ventanas del cuarto del cuñado porque olía a hombre, y ese olor atraía sus carnes y distraía su espíritu maternal, abejil. Ella no podía ser objetivo de un zángano. Por eso, o por que le da miedo el bruto que hay en cada hombre, ha huido del hombre. A ella no le tocaba, porque no había sido elegida reina-abeja, porque no había sido tan hermosa físicamente como su hermana Rosa, “flor de carne que se abría a flor de cielo, a toda luz y todo viento” (cap.1), por eso se conservaba doncella, virgen y maternal, pues cabe vivir sin mancharse, “cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas” (Ibidem). Tal vez esa era una tercera vía, una posibilidad elegible, para una mujer inteligente en un mundo –la novela es de 1920- en que la carrera de una mujer era el matrimonio o el convento.

Gertrudis es una buena cristiana, pero su interpretación de los sacramentos es sui generis, su moral es más kantiana que católica, se nutre de la tradición popular: “el onceno, no estorbar”. En el capítulo 17 expresa sus dudas de que el cristianismo haya redimido la suerte de las mujeres... O remedio del pecado o animal doméstico o… Esto es lo que puede elegir una hembra. Por eso el cristianismo, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres –se decía Gertrudis-: “Masculino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre está en “He aquí la criada del Señor, hágase en mí según tu palabra” y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. “Y llamarle mujer y no madre” –piensa la tía Tula con reproche. Y se santigua temblorosa por miedo a haber blasfemado de pensamiento.

A Gertrudis le gusta elegir, pero no le place ser elegida. Tula dice a su hermana Rosa que tiene que querer mucho a su esposo, porque es su deber. Su gravedad es nórdica, aunque se lea en el abismo de sus ojos tristes y negrísimos. Le gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño. Y a pesar de su celibato elegido piensa que el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos. Un afán educativo al que entrega vida y alma. Ella es toda maternidad, pero maternidad de espíritu. Por eso, cuando pasa una temporada en el campo  acaba reconociendo su alma urbanita y los animales se le antojan otras tantas serpientes del paraíso. Gertrudis se pregunta si no es soberbia esa pretensión del espíritu de situarse por encima de la carne…

“¿No es la triste pasión solitario del armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero? No lo sé…, no lo sé…”.

***

En 1964, durante el nacional-catolicismo, Miguel Picazo llevó el argumento de Unamuno al cine. La tía Tula de Picazo fue la película más mutilada por la censura franquista de su historia. Los censores llegaron incluso a eliminar una escena en que Tula se queda en combinación y se aplica desodorante frente al espejo. La visión de la axila de Aurora Bautista (en el papel de Gertrudis) debió parecerles peligrosamente lúbrica a los inquisidores de entonces. He escogido un fotograma de dicha escena para adornar esta crítica.

 

EL MANCO DEL UNICORNIO

EL MANCO DEL UNICORNIO

Sobre la ficción histórica En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán

El capitán Juan de Olid, que fue escudero del Condestable Iranzo, acabó cansadísimo, desdentado y manco, manco por causas diferente al cochino motivo de Orencio el guitarrista#mce_temp_url#, pues el de Olid fue enviado como emisario del rey Enrique IV a tierras de negros, por detrás de las tierras de moros, y perdió la extremidad sirviendo a su majestad. Preso al fin del rey de Portugal, se ganó la confianza de sus guardianes contándoles sus aventuras en tierras africanas cuando buscaba el unicornio.

En su arresto portugués, Juan tomó confianza con la tabernera de los soldados, una viuda madura llamada Leonor, la cual, aunque no era ni guapa ni bien configurada por Natura, “andando en su trato luego pareció hermosa”, porque el roce hace el cariño. No importó que la Tabarta, como le llamaban los lusos, tuviese algo de bigote y el rostro estragado por una vida larga y dura, el caso es que fue para Juan de Olid más dulce que la miel porque en aquellos pechos generosos podía consolar las tristezas de los amores perdidos y el recuerdo de los compañeros que el tiempo y sus violencias se habían llevado, y a su calor se dormía cada noche como si fuera niño, y Leonor le consolaba con la ternura de sus manos ásperas del mucho laborar y Juan se las besaba como a señora y dueña, y le hacía requiebros en verso castellano, que mucho gustaba a ella oírlos, y ella decíale otros al capitán español en la suave parla portuguesa “que es sutil como seda en rostro de doncella”.

Esto cuenta Juan Eslava Galán en su novela En busca del unicornio. Y es que la lengua de nuestros vecinos del poniente, la que Fernando Pessoa aquilató con sus desasosiegos líricos y excursos dramáticos, y aún con su ficción de banquero anarquista, debiera ofrecerse en los institutos como segunda lengua, a la par que el gallego y el catalán, desligándonos en lo posible del neocolonialismo anglosajón. Mas el Márketin impera, sirena hechicera del mercado global.

Juan de Olid es capitán de la expedición que el rey Enrique IV manda a África en busca del cuerno del unicornio al que la magia de la época, o la superstición, atribuye virtudes rejuvenecedoras y afrodisíacas formidables. En su relativamente cómodo confinamiento en el castillo de Sagres, Juan se hace el tonto con sus guardas (cosa que sólo pueden hacer voluntariamente los inteligentes), y dichos soldados, para matar el tedio de las horas de vigilancia, animaban al castellano a contar sus aventuras africanas… Habla Juan de Olid, narrador de toda las historia:

“Y lo que más a gusto oían era lo referente a cómo se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres [sic] para que los llevara adonde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África”.

Los portugueses llaman a Juan de Olid “el manco de los güesos” porque quiere cumplir su promesa de enterrar los restos del franciscano fray Jordi de Monserrate, compañero sabio de fatigas, que guarda en un saco, en un convento de su orden, como sucederá en La Rábida. Contaría Juan a sus guardas, como había dicho antes (capítulo IX) que “las negras tienen sus partes más prietas y calientes por dentro y les huelen no a pescado pasado, como a las blancas, sino más bien a cecina de carnero rancia”. También reconoce que, en general, “las partes de los negros son más luengas que las de los cristianos y aun que las de los moros”, constatación empírica con la que él y sus compañeros hubieron no poco pesar.

***

¡Qué alegría sentí al descubrir el nombre de mi amigo, el profesor y articulista José Luis Buendía López, como prologuista de la edición para EL MUNDO (2001), a la que sólo hay que reprochar la pequeñez de su letra. De su medio paisano (Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, en 1948) dice Buendía que “luce el garbo narrativo en vena y lo adoba con una erudición que tira de espaldas”. Se nota que Buendía fue amigo de la buena mesa y castiza culinaria, ¡ay, aquellas comidas que organizaba en la ciudad del Condestable Iranzo con los amigos correctores de los exámenes de Selectidad, allá, por el siglo pasado! A la edición que comento, libre de erratas, sólo hay que reprocharle la pequeñez de su letra,

En busca del unicornio es una amenísima ficción histórica bien ambientada y por tanto verosímil en el mágico siglo XV, ese en el que acaba una época preseuntamente obscura (yo diría nebulosa) y empieza tímida e ilusionadamente otra que llamarán los historiadores Renacimiento. Narra los avatares de un escudero del Condestable de Castilla, próximos a la compleja personalidad del histórico Condestable Miguel Lucas de Iranzo, hombre de origen humilde y amigo íntimo del rey Enrique IV, cuya Crónica del Condestable… (de autor anónimo) es fuente fundamental para entender el reinado del hermanastro (por parte de padre) de Isabel la Católica, así como la vida en la frontera de Jaén, frontera con el Reino musulmán de Granada que desaparecerá en 1492. El Condestable Iranzo fue gobernador de Jaén y dicha crónica se interrumpe abruptamente en la primavera de 1471, quince meses antes del asesinato de Iranzo en 1473.

Juan Eslava utiliza este vacío histórico hasta el viaje de Colón, que salió de Palos el 3 de agosto de 1492, para insertar en él la exótica y pintoresca misión de Juan de Olid. De este modo ‒como dice Buendía‒ traslada la página seca de la historia, que conoce como nadie por razones de su oficio de historiador, al jardín jugoso de la narrativa, que es su pasión. Y eso con una gracia meridional en que lo trágico se salpimenta con humor. Amenidad, ambientación adecuada, verosimilitud, como consecuencia del uso de un español dinámico que conjuga su actualidad con la pátina de oportunos arcaísmos léxicos y sintácticos, todas estas virtudes acreditan justísimo el premio Planeta que obtuvo en 1987 por este bien trabado libro de viajes y aventuras, cargado de emociones por las que el personaje Juan de Olid, que tan próximo acaba por hacérsenos, acaba disuelto como todos nosotros en su devenir biográfico, “solo y sin camino”.