RACIONERO Y BARDELÁS (Por una nueva conciencia)
Tuve la suerte de conocer personalmente a Luis Racionero (1940-2020) cuando residía en una masía del Alto Ampurdan; reposaba eventualmente del mundanal ruido "siguiendo la escondida senda de los pocos sabios que en el mundo han sido". Aquella oportunidad se dio gracias a mi providencial relación con Jordi Nadal, actual director de Plataforma editorial, que hoy publica al genial pedagogo Gregorio Luri, y sigue siendo corresponsal amigo. Fue Jordi quien ajustó la cita con Racionero y el teniente de artillería Fernando Poveda quien la facilitó, pues Jordi y un servidor cumplían servicio de armas en la Séptima compañía del Campamento de Instrucción de Reclutas de San Clemente de Sasebas (Gerona), cuyo segundo oficial era Fernando, al que Dios tenga en su Valhalla o Salón de los Caídos.
No recuerdo de qué se habló en aquella mesa ampurdanesa con su sobremesa; sí, que se celebró junto al fuego de una chimenea bien provista de leños y brasas en aquella masía que no sé si se llamaba Cinc Claus (Cinco llaves), o si ese era el nombre de la que habitaba el teniendo Poveda con sus grandes daneses, sus potros, sus aves de cetrería y su vetusta ama de llaves. Recuerdo la austeridad de sus pareces blancas. En la amplia sala del hogar, además de unas cuantas sillas y una mesa sólida pero sencilla, no había más que una estantería de pino con libros. Fernando había cocinado para el evento un conejo cazado por él mismo y aromatizado con hierbas recolectadas en noches de plenilunio. Nuestro teniente tenía cierta tendencia al esoterismo neorromántico, ¡gran admirador de Dalí y de Oscar Wilde!
Aquella comida tuvo --como el buen jamón-- sus chorreras, pues Luis Racionero nos invitó al pase, en un cinema de Figueras, de un corto cinematográfico que había presentado en distintos festivales y certámenes sobre Leonardo y el Andrógino. Lo dirigió hacia 1976-1977. Exploraba la estética del gran genio italiano de Vinci, autor que le obsesionó durante toda su vida. Sobre Leonardo da Vinci escribió varios libros, el más conocido La sonrisa de la Gioconda. El documental de Racionero no obtuvo Palma de Oro en Cannes (tampoco aspiraba a tanto), pero sí un reconocimiento significativo y --en Huesca-- el premio Jinete Ibérico (1982). En otra ocasión también realizó un corto sobre Jerónimo Bosch. "Ensayos fílmicos" los llamaba, cuando al cine extendía su interés por las filosofías del underground, las contraculturas y las doctrinas herméticas u orientales.
Creo que mi interés por el pensar y el discernir de Luis Racionero tuvo que ver con la asignatura de "Literatura y cultura de masas" que cursé en la facultad de Hispánicas de Granada con el malogrado profesor no-numerario (penene) José Ignacio Moreno (1948-1999), amante moderno --y desesperado-- de utopías antisistema ("El amante moderno" se llamó un libro de versos que le publicó Luis García Montero (su alumno, primero) a José Ignacio antes de que abandonase del todo la universidad y se tirara a las vías del tren enloquecido por adicciones que no quiso o no pudo evitar, ¡pobre Carmen!
Creo que me marcó el estudio del libro de Racionero Las filosofías del underground, obra que resultó finalista del prestigioso premio de ensayo de la editorial Anagrama y que publicó en 1977. Es un libro que ofrece mucho más de lo que enuncia su título, pues introduce "filosofías individualistas" más o menos ácratas, de Blake, Byron, Hesse; orientales: zen, yoga, taoímo; y también las propuestas psicodélicas tan de moda en los sesenta y setenta del siglo pasado: Castaneda y don Juan, verbigracia.
En su capítulo seis pone Racionero a dialogar a Platón y a Patanjali (enigmático codificador del Yoga anterior al siglo IV d. C.). Contrapone aquí la verdad producida científicamente a la verdad experimentada o vivida. H. G. Wells, profeta secular y arquitecto de nuestra imaginación contemporánea, dijo que la Razón (bautizada por el Logos griego) había llegado "al final de su viaje", a su término, y quizá expresaba así el sentir de una generación que anhelaba un uso más total de todas las facultades mentales.
Recientemente, Silvia Bardelás ha propuesto también una comprensión o conocimiento de la vida más amplio del que ofrece la lógica formal ("árida sabiduría"): una sensibilidad estética y alternativa a la racionalidad clasificadora, abstracta y dominadora..., una "conciencia nueva" más atenta a quiénes somos que a lo que somos, más enérgica que objetivadora.
Silvia Bardelás (Una conciencia nueva, Acantilado, 2026) reclama una inteligencia sensible que nos reconecte con la naturaleza (recordemos el pensar el sentimiento y el sentir el pensamiento de Unamuno). Según la autora, la desconexión de la naturaleza, de la realidad y de nosotros mismos por un exceso de abstracción es síntoma indudable de un "mundo agotado", otro síntoma de agotamiento o de exhaustividad es la imposibilidad de sentirnos vinculados a nada, de lo que se sigue una falta de compromiso con la vida y con su reproducción, en un Occidente envejecido en el que ninguna idea transmite ya una emoción tan fuerte como para conseguir verdaderos cambios regeneradores, porque son ideas abstractas las que circulan y se ofrecen a la razón autónoma, que se ha erigido, como técnocracia, separada de la sensibilidad (que Bardelás no confunde con la sensiblería). Sometidos estamos, por desgracia, a una lógica ajena al hecho de existir, a consignas que parten de ideologías cerradas que cercenan en sus lechos de Procusto la posibilidad de pensar algo nuevo, anulando la creatividad, esa energía íntima y espiritual.
Lo virtual ha sustituido a lo real con sus sucedáneos de experiencias auténticas y la crítica (hipercrítica) se ha apoderado del arte, que se ha vuelto, él también, conceptual. El materialismo de la ciencia ha renunciado al sentido, el nihilismo se ha hecho fuerte donde el cálculo utilitario ha acabado con la singularidad de las cosas. El mismo concepto de materia --nos recuerda Silvia-- es una abstracción de madera (la hyle aristotélica). Bardelás reclama con razón una racionalidad que mantenga y amplíe la potencia de la experiencia sensible, su energía creadora. Pero recuperar la inocencia de la mirada y del sentir infantil, la ingenuidad con la que se habló del espíritu en anteriores edades, no va a ser tarea fácil, atados como estamos a esta maquinaria de producción y consumo en que nos consumimos, obedientes al poder como zombis.
Se impone un esfuerzo de consiliencia entre el saber probado y útil que se les supone a las ciencias duras y a la tecnociencia, y las sabidurías que exploran la posibilidad de sentido (tanto artísticas como religiosas), esas que fascinaron al maestro Racionero, que garantizaren una renovada sensibilidad estética que Bardelás describe muy bien en su libro, asociada a la pregunta de quiénes somos:
"El sentimiento que acompaña al conocimiento estético es extático porque nos indica que estamos en un lugar verdadero. Sin palabras, sin conceptos, nos muestra algo de nosotros mismos que pertenece a ese insondable fondo de la intimidad. Y lo más emocionante de la intimidad es que es el espacio donde la individualidad desaparece. Cuando decimos que la eficacia del ser humano se sustenta en su capacidad de agruparse y de trabajar en grupo, estandarizado, estamos hablando de eso, de eficacia, sin embargo, en la definición más personal que lleva al júbilo de la vivencia íntima, desaparece el yo atomizado, pero no aparece una coletividad normalizada, lo que aparece es el abismo de lo desconocido, la ilimitación de posibilidades, la certeza absoluta de que siempre habrá algo nuevo por conocer donde todas las singularidades tienen cabida" (Ibidem, pg. 45).
Según Luis Racionero, Platón puso a Europa en un viaje mental del que no ha salido todavía y hay razones para pensar que tal viaje ha llevado a nuestra civilización por derroteros peligrosos. Fiel en gran medida al eleatismo, Platón hizo de la Idea realidad estática, arquetipo eterno e inmutable del ser representado físicamente sólo por el logos y el mathema (el saber calculador y abstracto). Pero la abstracción mata la presencia viva de lo concreto, una presencia que más bien corre y fluye arrolladora, como el río de Heráclito.
Para Patanjali es preciso tener la valentía de soltar el ego (ese individualismo hiperbólico que denuncia igualmente Bardelás) y afrontar que sólo existe una realidad cambiando perpetuamente sus formas, es decir, sucesos sin fin fluyendo en la eternidad. Por eso, para la concentración del Yoga, todo conocimiento es autorreconocimiento, como el juego de la luz sobre el agua, pero es preciso que "la mente deje de concebirse a sí misma como agente conocedor". Este hacer desaparecer del plano de la contemplación los estereotipos heredados de la tradición y arrastrados por los nombres nombre y su significación abstracta, recuerdan a la epojé fenomenológica. Se trata de entrar en lo que Patanjali llama "contemplación no-argumentativa", propia de la meditación oriental, que nos lleva a un estado en el cual el pensamiento es autorreproductor y sobre la cosa misma.
El Yoga pretende la acomodación de los sentidos al modo de ser o naturaleza de la mente, mientras que el racionalismo griego pretendía acomodar la mente a la naturaleza de los sentidos mediante el cálculo de pesos y medidas, mediante la clasificación en géneros y especies. Con ello se pierden las potencialidades más creativas de la mente, aunque se gane en dominio lógico y manipulación utilitaria.
Lo peor de esa defensa platónica de lo estático e inmutable, que según Racionero origina una neurosis cultural de la que el Occidente todavía no se ha curado, es que no puede saltar fuera de sus reglas (podríamos reducir estas al Principio de identidad y su tautología), incapaz de captar lo suprarracional: intuición, emoción, imaginacióin, subconsciente, etc. El racionalismo no explica la realidad, su reducción al absurdo podemos seguirla en el sueño racional de la Escolástica, un pensamiento lógico que se muerde la cola en un círculo especulativo vano.
El logicismo se ha alimentado durante siglos de bipolaridades verdadero/falso, bueno/malo, bello/feo. Pero "la noche empieza a mediodía", dice Chunag-Tzu. La misma dialéctica hegeliana quiso comprender cómo lo que es engendra lo que no es mostrando que el objetivismo racionalista no es el único modo de conocimiento. Arte y Mito ofrecen también modos complementarios de edificación cultural. Hay que recordar a Heráclito, porque fórmulas y nombres son "como potes de arcilla que pierden agua" (el mismo Platón cita y no desecha del todo esta posición dinámica en el Crátilo). Por los nombres se escapa el flujo real de lo cambiante, por eso los chinos idearon pinturas, idiogramas para representar sucesos y tipos de acción, antes que sustancias. "En principio fue la acción", sentenció Goethe; un referente del sustantivo como cosa aislada no existe en la naturaleza, repite Racionero. La cosa no es más que el punto de encuentro de diversas y complejas acciones. Los nombres, para nuestra seguridad, ponen diques y pilares en la corriente cambiante de la realidad.
Tiene razón Silvia Bardelás al reclamar reflexión urgente sobre quiénes somos (no sólo cuerpos, sino también almas) y al proponer una dieta de "virtualidad digital" que nos grajee una sensibilidad renovada que nos devuelva la conexión con el prójimo (empatía con el otro y con nuestra propia intimidad): una "conciencia nueva" que nos reintegre el cordón umbilical que --como al gigante Anteo-- nos asegura a la Madre Tierra y nos repone profundamente en el misterio de lo real.