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SIGNAMENTO

LA TÍA TULA

LA TÍA TULA

La tía Tula, Gertrudis, peca de pura virtud. Todos los excesos, malos; por eso se dice, tal vez, “de bueno, tonto”. Su espíritu tutela, vigila, secuestra, enlaza, encarcela, ata al animal que somos… Podría decirse que ese ángel que cabalga a su pantera es tan tenaz y grave, tan serio, que se hace pesado, o tan riguroso como el imperativo kantiano que no deja cancha para jugar con deseo ni con incentivos. El deber, carnero ahorcado, frena al capricho, cabra que tira al monte. El ángel manda tanto en la bestia que esta no osa hacer presas por su cuenta y riesgo. A mí, la Señorita Tula me recuerda a una amiga cuyo carácter, tan fuerte, asfixia su temperamento.

Podría decirse que la tía Tula deconstruye la pasión para reducirla a cuidados maternales. Doctora de El Cuidatoriado (cfr. María Ángeles Durán), es también su guardiana o, por decirlo más bravamente, su sargento chusquero, siempre dispuesta a quitarse un gusto de la boca para que sus hijos putativos, es decir, sus sobrinos, no pasen hambre. Gertrudis ha fraguado una teoría sobre los amores:

“Hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre”

Hay un amor de libro o de teatro, en el que se oye la cursilada esa de “yo te amo”. Mas en la vida de carne y sangre y hueso (el unamuniano homúnculo que padece el sueño de la inmortalidad) lo que no extraña porque entraña es el “¡te quiero!”, y hasta resulta más entrañable todavía el silencio, que puede expresarse en todos los idiomas, y calla lo de “te quiero”, porque lo obra.

Pasa lo mismo con la oración, la verdadera no es la del maculla-jaculatorias, la del traga-novenas ni la del engulle-rosarios, sino la del “¡hágase tu voluntad!”. Podríamos nosotros hablar de la aceptación de la realidad como verdad irrefutable. Y si es una realidad trágica, como suele suceder, la consideración de que no hay mal que por bien no venga o que los caminos del Señor son inescrutables para nosotros, nos permite granjearnos esa serenidad que otorga la fe, incluso como mera religación a la verdadera Realidad.

La tía Tula es una laboriosa virgen madre, valga el oxímoron, una sublime abeja obrera (esta analogía disuelve el oxímoron). En el prólogo, Unamuno briega, forzando bastante las cosas, por acercar su figura a Antígona “la anarquista”, a Abisag, la generosa sunamita que calienta el lecho del rey David, a Teresa de Ávila y a Don Quijote. Don Miguel reconoció que su prólogo es un petacho; no es necesario enraizar a Gertrudis en la tradición de la Alta literatura para reconocer la nobleza ingeniosa de su creación. De hecho, la tía Tula escarba en otras raíces y fondos, digamos, más entomológicos; sí, en las fraternidades de los insectos sociales, en la sororidad de las abejas hermanas que cuidan de la reina, de los zánganos y de las sobrinas, pues

“No cabe negar que el varón hereda femenidad [sic] de su madre y la mujer virilidad de su padre… ¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas”.

Sorprende el uso que Unamuno hace de la palabra "sororidad", hoy tan de moda, que subraya diciendo que tal fue la de la admirable Antígona, santa del paganismo helénico, hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices...

“...y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y los tiranos de la tierra".

Yo no creo que Creonte fuera tan malo. Tenía sus razones para defender la ley escrita, la que otorga seguridad civil... Pero lo que me interesa señalar aquí es que Gertrudis, la tía Tula, representa el espíritu de la colmena, aunque esta tenga menores dimensiones, las de un clan de urbanícolas:

“¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y la meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: ‘¡Cállate, zángano!’. Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas  resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.” (capítulo 24).

Gertrudis brizaba la pasión de Ramiro para adormecerla. La mecía, la acunaba. Abría las ventanas del cuarto del cuñado porque olía a hombre, y ese olor atraía sus carnes y distraía su espíritu maternal, abejil. Ella no podía ser objetivo de un zángano. Por eso, o por que le da miedo el bruto que hay en cada hombre, ha huido del hombre. A ella no le tocaba, porque no había sido elegida reina-abeja, porque no había sido tan hermosa físicamente como su hermana Rosa, “flor de carne que se abría a flor de cielo, a toda luz y todo viento” (cap.1), por eso se conservaba doncella, virgen y maternal, pues cabe vivir sin mancharse, “cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas” (Ibidem). Tal vez esa era una tercera vía, una posibilidad elegible, para una mujer inteligente en un mundo –la novela es de 1920- en que la carrera de una mujer era el matrimonio o el convento.

Gertrudis es una buena cristiana, pero su interpretación de los sacramentos es sui generis, su moral es más kantiana que católica, se nutre de la tradición popular: “el onceno, no estorbar”. En el capítulo 17 expresa sus dudas de que el cristianismo haya redimido la suerte de las mujeres... O remedio del pecado o animal doméstico o… Esto es lo que puede elegir una hembra. Por eso el cristianismo, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres –se decía Gertrudis-: “Masculino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre está en “He aquí la criada del Señor, hágase en mí según tu palabra” y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. “Y llamarle mujer y no madre” –piensa la tía Tula con reproche. Y se santigua temblorosa por miedo a haber blasfemado de pensamiento.

A Gertrudis le gusta elegir, pero no le place ser elegida. Tula dice a su hermana Rosa que tiene que querer mucho a su esposo, porque es su deber. Su gravedad es nórdica, aunque se lea en el abismo de sus ojos tristes y negrísimos. Le gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño. Y a pesar de su celibato elegido piensa que el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos. Un afán educativo al que entrega vida y alma. Ella es toda maternidad, pero maternidad de espíritu. Por eso, cuando pasa una temporada en el campo  acaba reconociendo su alma urbanita y los animales se le antojan otras tantas serpientes del paraíso. Gertrudis se pregunta si no es soberbia esa pretensión del espíritu de situarse por encima de la carne…

“¿No es la triste pasión solitario del armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero? No lo sé…, no lo sé…”.

***

En 1964, durante el nacional-catolicismo, Miguel Picazo llevó el argumento de Unamuno al cine. La tía Tula de Picazo fue la película más mutilada por la censura franquista de su historia. Los censores llegaron incluso a eliminar una escena en que Tula se queda en combinación y se aplica desodorante frente al espejo. La visión de la axila de Aurora Bautista (en el papel de Gertrudis) debió parecerles peligrosamente lúbrica a los inquisidores de entonces. He escogido un fotograma de dicha escena para adornar esta crítica.

 

EL MANCO DEL UNICORNIO

EL MANCO DEL UNICORNIO

Sobre la ficción histórica En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán

El capitán Juan de Olid, que fue escudero del Condestable Iranzo, acabó cansadísimo, desdentado y manco, manco por causas diferente al cochino motivo de Orencio el guitarrista#mce_temp_url#, pues el de Olid fue enviado como emisario del rey Enrique IV a tierras de negros, por detrás de las tierras de moros, y perdió la extremidad sirviendo a su majestad. Preso al fin del rey de Portugal, se ganó la confianza de sus guardianes contándoles sus aventuras en tierras africanas cuando buscaba el unicornio.

En su arresto portugués, Juan tomó confianza con la tabernera de los soldados, una viuda madura llamada Leonor, la cual, aunque no era ni guapa ni bien configurada por Natura, “andando en su trato luego pareció hermosa”, porque el roce hace el cariño. No importó que la Tabarta, como le llamaban los lusos, tuviese algo de bigote y el rostro estragado por una vida larga y dura, el caso es que fue para Juan de Olid más dulce que la miel porque en aquellos pechos generosos podía consolar las tristezas de los amores perdidos y el recuerdo de los compañeros que el tiempo y sus violencias se habían llevado, y a su calor se dormía cada noche como si fuera niño, y Leonor le consolaba con la ternura de sus manos ásperas del mucho laborar y Juan se las besaba como a señora y dueña, y le hacía requiebros en verso castellano, que mucho gustaba a ella oírlos, y ella decíale otros al capitán español en la suave parla portuguesa “que es sutil como seda en rostro de doncella”.

Esto cuenta Juan Eslava Galán en su novela En busca del unicornio. Y es que la lengua de nuestros vecinos del poniente, la que Fernando Pessoa aquilató con sus desasosiegos líricos y excursos dramáticos, y aún con su ficción de banquero anarquista, debiera ofrecerse en los institutos como segunda lengua, a la par que el gallego y el catalán, desligándonos en lo posible del neocolonialismo anglosajón. Mas el Márketin impera, sirena hechicera del mercado global.

Juan de Olid es capitán de la expedición que el rey Enrique IV manda a África en busca del cuerno del unicornio al que la magia de la época, o la superstición, atribuye virtudes rejuvenecedoras y afrodisíacas formidables. En su relativamente cómodo confinamiento en el castillo de Sagres, Juan se hace el tonto con sus guardas (cosa que sólo pueden hacer voluntariamente los inteligentes), y dichos soldados, para matar el tedio de las horas de vigilancia, animaban al castellano a contar sus aventuras africanas… Habla Juan de Olid, narrador de toda las historia:

“Y lo que más a gusto oían era lo referente a cómo se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres [sic] para que los llevara adonde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África”.

Los portugueses llaman a Juan de Olid “el manco de los güesos” porque quiere cumplir su promesa de enterrar los restos del franciscano fray Jordi de Monserrate, compañero sabio de fatigas, que guarda en un saco, en un convento de su orden, como sucederá en La Rábida. Contaría Juan a sus guardas, como había dicho antes (capítulo IX) que “las negras tienen sus partes más prietas y calientes por dentro y les huelen no a pescado pasado, como a las blancas, sino más bien a cecina de carnero rancia”. También reconoce que, en general, “las partes de los negros son más luengas que las de los cristianos y aun que las de los moros”, constatación empírica con la que él y sus compañeros hubieron no poco pesar.

***

¡Qué alegría sentí al descubrir el nombre de mi amigo, el profesor y articulista José Luis Buendía López, como prologuista de la edición para EL MUNDO (2001), a la que sólo hay que reprochar la pequeñez de su letra. De su medio paisano (Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, en 1948) dice Buendía que “luce el garbo narrativo en vena y lo adoba con una erudición que tira de espaldas”. Se nota que Buendía fue amigo de la buena mesa y castiza culinaria, ¡ay, aquellas comidas que organizaba en la ciudad del Condestable Iranzo con los amigos correctores de los exámenes de Selectidad, allá, por el siglo pasado! A la edición que comento, libre de erratas, sólo hay que reprocharle la pequeñez de su letra,

En busca del unicornio es una amenísima ficción histórica bien ambientada y por tanto verosímil en el mágico siglo XV, ese en el que acaba una época preseuntamente obscura (yo diría nebulosa) y empieza tímida e ilusionadamente otra que llamarán los historiadores Renacimiento. Narra los avatares de un escudero del Condestable de Castilla, próximos a la compleja personalidad del histórico Condestable Miguel Lucas de Iranzo, hombre de origen humilde y amigo íntimo del rey Enrique IV, cuya Crónica del Condestable… (de autor anónimo) es fuente fundamental para entender el reinado del hermanastro (por parte de padre) de Isabel la Católica, así como la vida en la frontera de Jaén, frontera con el Reino musulmán de Granada que desaparecerá en 1492. El Condestable Iranzo fue gobernador de Jaén y dicha crónica se interrumpe abruptamente en la primavera de 1471, quince meses antes del asesinato de Iranzo en 1473.

Juan Eslava utiliza este vacío histórico hasta el viaje de Colón, que salió de Palos el 3 de agosto de 1492, para insertar en él la exótica y pintoresca misión de Juan de Olid. De este modo ‒como dice Buendía‒ traslada la página seca de la historia, que conoce como nadie por razones de su oficio de historiador, al jardín jugoso de la narrativa, que es su pasión. Y eso con una gracia meridional en que lo trágico se salpimenta con humor. Amenidad, ambientación adecuada, verosimilitud, como consecuencia del uso de un español dinámico que conjuga su actualidad con la pátina de oportunos arcaísmos léxicos y sintácticos, todas estas virtudes acreditan justísimo el premio Planeta que obtuvo en 1987 por este bien trabado libro de viajes y aventuras, cargado de emociones por las que el personaje Juan de Olid, que tan próximo acaba por hacérsenos, acaba disuelto como todos nosotros en su devenir biográfico, “solo y sin camino”.


EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Sobre El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja

Estudié muchos de los ensayos que publicó Baroja a lo largo de su dilatada carrera literaria: Desde los tempranos El tablado de Arlequín (1904), Nuevo tablado de Arlequín (1917), La caverna del humorismo (1919), Momentum catastrophicum (1919)..., hasta los Pequeños ensayos de 1943, aunque también los volúmenes de sus memorias, bajo el título Desde la última vuelta del camino (1944-1949) contienen muchas reflexiones filosóficas.

Ahora he terminado de leer su aclamada novela El árbol de la ciencia (1911), que ha sido durante años lectura obligatoria para estudiantes de bachillerato, y me doy cuenta de que tal vez la más profunda dialéctica (en sentido platónico) del escritor vasco esté contenida en este dramático relato, sobre todo en los diálogos entre su protagonista Andrés Hurtado (alter ego del escritor, dado el carácter autobiográfico de la novela), y su tío y mentor, el médico veterano Iturrioz (contrafigura según se cree de su tío Justo Goñi). No me ha extrañado, tras su lectura, que Baroja hiciese su tesis doctoral sobre el dolor. A muchos de sus personajes les duele el alma...

El título forma parte del gran dilema metafísico que se explica en la historia. El protagonista duda entre pensamiento y acción, conceptos que ilustra en las figuras alegóricas de El Árbol de la Vida y El Árbol del Bien y del Mal, figuras metafóricas del Paraíso bíblico. Andrés (tal vez el nombre tenga que ver con su general significado de "hombre") ha de escoger entre el Instinto vital que es lucha por la vida y afán de poderío (nietzscheano, biologicista), y la Conciencia ética…, no está del todo claro si la ciencia, que parece construirse sobre un interés utilitario, cae en el árbol vital o en el árbol moral… En cualquier caso es evidente la influencia del positivismo cientifista en el pensar de Baroja, que también es consciente de los riesgos deshumanizadores del cientifismo.

Iturrioz está convencido de que el instinto vital que nos permite sobrevivir requiere de la ficción, de la ilusión y de la fe, para afirmarse, y de que el estado de conciencia, por el contrario, compromete la vida, porque a más comprender, menos desear y cuando la apetencia por conocer se despierta en los individuos el instinto de vivir languidece…

“El hombre cuya necesidad es conocer es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros.”

Este quijotismo iluso es también el del interés egoísta y el de la mentira. Dios prohibió a Adán comer del árbol del conocimiento, pero le animó -según el médico veterano- a devorar el de la vida:

“Sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”.

En efecto, el mismo impulso hacia el progreso genera multitud de nuevos males. El anhelo de perfección puede condenarnos al desastre, como la sensación de fracaso moral que embarga una y otra vez al protagonista ante el espectáculo de los vicios, las miserias y las insuficiencias humanas y, más general aún, el fracaso nacional de la guerra del 98, que pone en tela de juicio la vanidad de todos.

En su opinión, Kant apartó las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia (árbol determinista, mecanicista, agnóstico). Y otro “oso del norte”, Schopenhauer, aparta después lo que queda para que la vida aparezca obscura, ciega, potente y jugosa, pero sin justicia, sin bondad, sin finalidad, sin sentido, dominada por una Voluntad anónima y ciega. El resultado es el nihilismo metafísico.

A Andrés Hurtado no le convence el escape del cinismo burgués, representado por Julio Aracil. Cuando sus amigos discuten sobre las condiciones sociales y políticas de una España decadente a punto de perder sus últimas provincias ultramarinas, Aracil replica:

“Dejad esas cosas; tan estúpido es ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése ‒y señalaba uno‒ y una mujer como aquella.”

Aracil acabará prostituyendo a su esposa, con la que se ha casado por conveniencia, para escalar la pirámide social de la época. Sin embargo, Hurtado no envidia sus "logros", conserva un cierto romanticismo o idealismo moral. No le convence la actitud indigna de Aracil, pero tampoco el epicureísmo utilitario de su mentor Iturrioz que, por utilidad, salva la fe y la superstición. Para Andrés, la fe que no es mera conciencia de nuestra fuerza, la fe que es superstición o falsa conciencia ("ideología", diríamos desde una perspectiva marxiana) abre la puerta a todas las locuras humanas. Censura a todas las religiones del libro y muy especialmente a la tradición semítica.

El pesimismo de Schopenhauer, “consejero chusco y divertido”, sobrevuela toda la novela, aunque Baroja es un espíritu demasiado independiente para casarse con ningún profeta o gurú. Así, ser inteligente constituye una desgracia (una vez más, los frutos del árbol de la ciencia son incompatibles con los del árbol de la vida), estar despierto y sensible al mal real constituye una desdicha, especialmente en un país donde mandan los peores, un reino de brutos e inquisidores, la España de los caciques (“ratones” liberales o “mochuelos” conservadores), tirios y troyanos sólo pendientes de sus intereses, donde la felicidad proviene de la inconsciencia o de la locura (quijotesca, santurrona o bohemia). Lo peor es que en la vida ni hay ni puede haber justicia porque...

“la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales”.

Hay, ciertamente, entre los humanos, gentes como el hermano Juan, el sabio don Cleto o el bohemio Villasús, gentes que se abstienen de combatir…, el mismo Andrés Hurtado, indignado, tanto con la sociedad como con la naturaleza, acaba por tirar la toalla trágicamente.

El eco de Schopenhauer también está presente  en la breve teoría del amor (Parte VI, capítulo IX) que determina su práctica mediante dos procedimientos: alopático y hemeopático. La alopatía amorosa se basa en la neutralización de contrarios. Es la naturaleza que busca el equilibrio juntando al gordo con la flaca, al bajito con la espigada, al intelectual o al artista con la analfabeta o con la fulana, por eso el moreno busca la rubia y la morena al rubio, el introvertido a la extravertida o viceversa.  Es, según Baroja, el procedimiento de los tímidos, de aquellos que desconfían de sí mismos.

En la erótica hemeopática, por el contrario, el semejante se cura con el semejante, se trata de una estrategia propia de los satisfechos con su físico o con su psíquico. Con estas premisas, cabe deducir que si vemos a un gordo, moreno y chato con una rubia delgada y nariguda es que no tienen confianza en sí mismos.

El médico explica a su novia Lulú el amor en general como confluencia del instinto fetichista y el sexual. Usando el vocabulario freudiano podríamos hablar de una sublimación:

“sobre el cuerpo de la persona elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad”… “A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie”.

Esta idea de que es la especie y no el individuo quien manda en el amor y que, por tanto, el individuo es engañado por los intereses de la especie para que se sacrifique en beneficio de ella (hoy diríamos siguiendo a Dawkins que en beneficio de los genes) está en Schopenhauer. El amor es, en el fondo, un engaño de la naturaleza, ¡como la vida misma, esa anomalía física! El placer sexual, el más intenso de los placeres, no es más que un señuelo que facilita el que nos sacrifiquemos por la especie. De nuevo el dilema trágico: el Árbol de la vida se alimenta de mentiras y de engaños, mientras que el Árbol del conocimiento, el de la ciencia, arrolla al hombre y lo desilusiona reduciéndolo a mono bípedo y astuto.

Para Iturrioz, el ser humano en su estado natural es –como para Hobbes- un canalla; idiota y egoísta. Pero, para ser egoísta, hay que saber; igual que para protestar, hay que discurrir. El sabio mentor de Andrés cree que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas juntas.

El ejemplo cruel de cómo la naturaleza ampara la desigualdad lo ofrecen las abejas…

“Tú sabes cómo se hacen las abejas obreras; se encierra a la larva en un alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva esta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre”.

Más terrible aún es la anécdota que cuenta Iturrioz, vivida por él mismo en la zafra de Cuba. Uno de los chinos que trabajaba en ella no pudo evitar ser arrastrado a la máquina que trituraba cañas de azúcar, el capataz blanco gritó que parasen la máquina, pero el maquinista no lo oyó y el chino desapareció en sus fauces y fue convertido en una sabana de sangre y huesos machacados, Los blancos que presenciaban la escena quedaron consternados; “en cambio, los chinos y los negros se reían. Tenían espíritus de esclavos”.

La anécdota elevada a categoría antropológica más bien ilustra el distinto valor que las culturas otorgan a la vida humana individual. El problema es que Andrés no es capaz de aceptar esta situación en que la araña acaba con la hormiga y la cigarra se sale con la suya… “‒ Me indigna todo esto ‒exclama-.” Pero no por ello se cree superior, su verdadero ideal –y seguramente el de Baroja‒ es la libertad entendida como independencia…

“‒ El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su indenpendencia. Se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad” (VI., I.).

Y más vale morir de pie que vivir arrodillado.

BICHOS EJEMPLARES

BICHOS EJEMPLARES

No sé si fue la amabilísima y culta Bárbara Spano, consultora literaria de Europa Ediciones, quien redactó la descripción de mis Bichos ejemplares (Teratografía humanaria), en cualquier caso quien lo hiciese acertó o, por lo menos, supo aproximarse al estar o ser de esta colección de relatos y fábulas, que no redacté bajo el motivo de una intención del todo consciente...

Dice así la contraportada del libro:

<< Bichos ejemplares es un bestiario literario, tan erudito como juguetón, que explora los márgenes de lo humano y disecciona, con humor, ironía y profundidad filosófica, figuras mitológicas, personajes históricos, criaturas legendarias y delirios contemporáneos.

>> Estas teratografías humanarias, en las que lo anómalo revela verdades más nítidas que lo normal, muestran lo extraordinario en sus formas más sublimes o grotescas, en un desfile de seres imposibles que, entre carcajadas y reflexiones, devuelven el espejo deformante y revelador de la experiencia humana. >>

Tal presentación me parece ideal, "ideal" no sólo en el sentido de perfecta, sino también en el sentido de exagerada idealización, pues la "profundidad filosófica" del libro es discutible, aunque tampoco hablaría yo de "superficialidad", pues siempre sugiere lo escrito más de lo que dice. Más que a instruir o responder preguntas dramáticas (las que suele plantear la gran filosofía), el libro procura entretener dando al mismo tiempo que pensar...

Para mí, leer bien, entendiendo y recreando personalmente lo que se lee, tiene incluso más mérito que escribir correctamente, divirtiendo, entreteniendo o informando a los demás. Decía Ortega que leer es "faena utópica", ya que entender completamente un texto, sobre todo si es un buen texto, un texto clásico, es faena imposible, por varias razones: primera, que el autor dice menos de lo que quiere decir; y segundo: que siempre da a entender más de lo que se propone. Incluso puede ser que lo que dijo cobre nuevos significas para nuevos contextos. Pasa con la famosa Alegoría de la caverna de Platón, es perfecta para relacionarla con el mundo televisivo y monitorizado en que vegetamos hoy en día, conveniente y confortablemente maniatados a los medios masivos de comunicación y a ese simulacro de realidad que llamamos "actualidad".

En 1940, Ortega afirmaba en una conferencia de Buenos Aires que "el lenguaje no cubre nunca con exactitud la idea; por tanto, toda expresión es metáfora, el lógos mismo es frase"... ¿No será también el lenguaje o lógos otra prisión similar o análoga a la cavernosa vivienda subterránea concebida por Platón en su República? Se dice que Dionisio I, el tirano amigo y enemigo de Platón, tenía encerrados a su prisioneros atenienses en una caverna siracusana, en realidad una cantera (hoy visitable) de la que se habían extraído los pétreos materiales para la construcción del anfiteatro, y que escuchaba desde su trono lo que aquellos encarcelados decían... También El Gran Hermano vigila hoy lo que colgamos en redes, enredados como estamos en potentes plataformas comunicativas, objetos de propagandas y publicidades...

***

Como Bárbara Spano, también mi amigo y colega Antonio de Lara, ha tenido la amabilidad y al parecer el buen gusto de leer mis Bichos ejemplares. Me halaga lo que ha dicho de ellos, y como también me parece razonable y justo su dictamen, lo vierto aquí a modo de crítica benevolente...

<< Es un libro estupendo, de magnífico título y disfrute lento. "Bicho" tiene un significado ambivalente, de rechazo y cariño. El subtítulo todavía es más sugestivo. La RAE no hace suficiente justicia al término "teratología" ("teratografía" no aparece), que en su procedencia griega, ’τέρας’ significa más prodigio que monstruo. Y para colmo se añade un neologismo, "humanaria". Esto ya indica que el libro es profundamente humanista y filosófico, aunque libre de la jerga de escuela. Hay detrás de los insectos y no sólo de ellos, retratos humanos. Por otra parte, la profusion de ilustraciones permite establecer un diálogo (no me atrevo a decir dialéctica) entre ellas y el texto escrito.>>

¡El Dios o la Diosa o los dioses te bendigan, amigo! Desde antiguo es común en literatura y patrimonio de la humanitas la magia del monstruo: "η μαγεία Τέρας".

***

Tampoco a mi hermano, que es hematólogo, se le ha caído de las manos mi colección de fabulillas. Dice de las fábulas de mis Bichos ejemplares que le han gustado sobre todo las inventadas y menos las eruditas, aunque algunas las he recreado con todo cuidado adaptándolas al tiempo...

Bendito seas tú también, igualmente Antonio, humanista y médico, gran lector de Thomas Mann y de Stefan Zweig, geniales librepensadores, de entre lo mejor de Europa. Bueno, hermano, he seguido el consejo de nuestro Baltasar Gracián, inmortal sabio aragonés, receta o máxima que adorna y nutre ella sola la página once del libro y que reproduzco aquí como homenaje al "Maestro de los peros":

"Es munición de discretos la cortesana gustosa erudición"

Entiéndase cortés o amable, en vez de "cortesana". ¡Y todos contentos!

Ya digo en la entrevista#mce_temp_url# a que me sometió la inteligente Ginevra Grasso que creo haber evitado caer en pedantería en la elaboración de mis Bichos, aunque a veces, no en su humorístico fingimiento... Ojalá tenga razón Ginevra y este ejercicio de "pensamiento lateral" exprese el zumbido de la vida (de artrópodos hermanados como humanos) bajo una lupa literaria que halla en lo anómalo verdades más claras que en lo habitual o normalizado.

Enlaces a la obra:

https://youtu.be/pIoD913ZU00?si=k76Dl8Dh7cVl_8wB

https://www.europabookstore.es/productos/bichos-ejemplares-teratografia-humanaria-jose-biedma-lopez/

https://www.amazon.es/ejemplares-Teratografia-humanar%C3%ADa-EDIFICAR-UNIVERSOS/dp/B0F6479SSC

TRÍBADA FALSARIA Y CONFUSA

TRÍBADA FALSARIA Y CONFUSA

Tríbada pasa por anómala novela, si es que se puede llamar "novela" al relato breve de un fracaso sentimental seguido de una serie redundante, pretendidamente polifónica, de comentarios obsesivos sobre el sentido, o más bien el sinsentido de lo acaecido: las vicisitudes emocionales y escarceos bisexuales de una hermosa boticaria de provincias que no cree en Dios. Para mayor extravagancia, Tríbada (o sea, "Lesbiana" con arcaísmo griego, vulgo "tortillera" o "bollera"), lleva por subtítulo Theologiae Tractatus y gasta obscuras pretensiones metafísicas. Para mí que por debajo de los interminables comentarios se esconde, pero asoma su tremenda cabeza, un Tratado gnóstico-cristiano contra el mundo, el demonio y la carne, completamente extemporáneo y, no obstante, obra de arte de alta cultura, elaborada en un español impecable (nunca mejor dicho), espinosista, que rescata términos en desuso y propende a convertir muchos verbos en transitivos, pero que huye al mismo tiempo de cualquier pedantería o academicismo, siendo como es claro, preciso y rotundo.

Literatura escrita desde el pasmo y la desesperanza nihilistas en el advenimiento de la sociedad del bienestar en trance de descristianización, por una conciencia profundamente cristiana pero ajena ya a cualquier ortodoxia. Gonzalo Sobejano dijo de esta enorme e ilustre rareza que podría definirse como un comentario inacabable a un caso de conciencia y que en ello estriba su singularidad.

No sólo de Damiana (la boticaria que abandona a Daniel tras ocho años de convivencia amorosa, por una mujer) se quiere hacer un mito, también de su amante o marida, Lucía, algo más joven. A Lucía, encarnación del mal, se la llama de todo, desde abortón, bollera, coima verrionda, chancro, feróstica, huera, íncuba, lamecricas... y así hasta la Y griega de "yuntada de Damiana". La relación completa de nombres por orden alfabético sirve de prólogo a la "novela", igual que la relación exhaustiva de nombres de Damiana, antes que aquella: "afán sin remedio", "ajobada de Lucía", "andorrera", "avecilla", y así hasta los quinientos nombres que acaban en la última letra del abecedario con "zozobra", "zurrido intestinal" y "zurrona". Estas listas recuerdan la letanías marianas, muy en contraste, casi en blasfemia de ellas.

Según su valedor Gonzalo Sobejano (también lo fueron Aranguren y Tierno Galván), Tríbada aspira a crear el mito de la Concupiscencia Transgresora bajo el ejemplar de la persona que se entrega a la gana desde el tedio de su insuficiente ser. Pretende que las mujeres inclinadas hacia la ajena vulva acaben por llamarse "damianas". No creo que lo consiga, pero la intención es lo que cuenta. La contienda entre Daniel, Lucía y Damiana (triángulo amoroso) es interpretada por un Anónimo Primero de la Escuela de Murcia como contienda entre Dios y el Demonio, como alegoría del conflicto entre el Bien y el Mal, entre Lo bello y Lo feo, entre Lo verdadero y Lo falsario.

¿Se quiere elevar a Damiana y Lucía a sendos mitos negativos de la vaciedad de las relaciones humanas en la sociedad hedonista, tras la muerte de Dios? En ciertos capítulos, Espinosa extiende su sátira a "la fea burguesía", especialmente a los "mandarines" pendantes y academicistas, pero más allá de las interioridades psicológicas o las miserias sociológicas, se apunta a ultimidades: creer o no creer en Dios, apostar o no apostar por la trascendencia y la dignidad humana, o gozar a tope en la contingente inmanencia como cerdo en lodazal. En cualquier caso, el Cielo permanece invisible o lejanísimo, como borrado por el objetivismo y la acción, el bulle bulle de viajes, festejos y ligoteos.

Si el contraejemplo de Damiana es lamentable, pues se trata de la atea que conjura el tedio con sexo efímero y placeres mundanos y acaba en "buscona de méntulas" tras enfriarse su romance con Lucía, tampoco es mejor la posición de María Ordóñez, profesora casada con profesor mediocre, baluarte de familia bien avenida, bien pagada y representada. María, que sufre miedo general, ve la inmensa zozobra de Damiana Palacios (a la que se apoda "tríbada falsaria"), la boticaria que se hunde en el descrédito social con la modista Lucía, "bollera manifestada" y "encelada en Damiana", y María dijo a Romualdo, su marido: "¿Ves en qué acaban los amoríos y las espontaneidades?". A lo que Romualdo repuso: "Sí, vida mía". Ambos son lo que hoy llamaríamos "progres", "seres sin fisuras", pero, al contrario que Damiana, que frica y succiona a su aire y se engrifa tiesa o viste de garzón con su marida, al contrario que la Tríbada que naufraga al dejarse llevar por sus impulsos, María aparece vestida de buena mujer y esposa; lleva sobre su pecho una imagen del Crucificado y el símbolo del materialismo dialéctico, pues pertenece a esas Comisiones Políticas que potegen su salario...

"La contradicción entre las doctrinas queda englobada en los intereses de María, instancia más alta que las ideas".  

Aunque en sus páginas los comentarios se atribuyen a distintos personajes, dicha ficción no cuela y sólo se oye una voz, con distintas máscaras, pues todos sus cartas, explicaciones, aclaraciones, interpretaciones, exégesis, opiniones, disquisiciones, ilustraciones, escolios y hasta poemas, lucen unidad de estilo. Y es precisamente su estilo lo más atrayente del libro, su extraña, peculiar y fascinante originalidad. No cambia el estilo de los testimonios, aunque sí su contenido, la diversidad caleidoscópica de sus perspectivas. La mayoría de los personajes apoyan a Daniel y reprochan la temeraria, vana o libertina actitud de Damiana, pero también los hay tolerantes y hasta defensores, como Juan Ginés, profesor de Universidad que "se comprometió a escribir un libro una vez que hubiese adquirido un diccionario de la lengua".

Juana, enamorada de Daniel hasta el autosacrificio y la autoinmolación, que pone su dicha en consolar y recuperar a Daniel (con el que tuvo romance juvenil), ahora abandonado por la tríbada Damiana tras ocho años de relación, recoge en una de sus patéticas cartas un poema que Daniel ha dedicado a una amiga común muerta, Josefa, en el que se pregunta por el sentido que encierran los "ruidos de la Creación" y cómo "la magnificiencia de la nada / está manchada / por la obra del Demiurgo". Recuerda a Laotsé, pero también a los más pesimistas de los gnósticos, el dictamen de que...

"Quienes se afanan, / llevados del mal caminan; / nadie merece redención. / ¿Por qué no concluye / esta sucesión interminable? // La conciencia aterra, / el instinto empavorece, / el juicio es lunático. / Desde la piedra al bípedo / existe una fea acaecencia, / entregada, sin duda, al Maligno: / la Naturaleza y la Historia, / sarna de concupiscencias, / son, abiertamente, sus dones / horripilantes emanaciones. // El ser no es bueno, / ni bello ni verdadero, todo sobra."

Ni Ciorán -cómico del pesimismo- se atreve a tanto quejío, a tanto trágico lamento. No hay sino la vaga comicidad cruel del sarcasmo en este desprecio del mundo (estercolero) y de la carne (gusarapo perdido en el vientre del tiempo) que despliega Espinosa en su Tríbada. Si la mundo natural como la historia se ensamblan en un valle y una sierra de lágrimas, el Demiurgo que diseña y estimula semejante atrocidad se parece demasiado al Diablo, "Dios en la náusea"...

"Satanás tiene que ser, de alguna forma, ciego o sordo; de ahí la lejanía y el asco con que enjuicia necesariamente. Es pura objetividad el Rey de los Terrores, y, desde luego, el más impersonal crítico de la Obra. Por el contrario, Dios es una subjetividad absoluta: por eso no puede sentir la náusea".

Por eso, para ser hijo de Dios -le escribe Juana a su idolatrado Daniel- se precisa recobrar la subjetividad y despegarse de la ansiedad, prisa y rabia en que vivimos entre zozobras. La naturaleza del propio Satanás no es perversa, lo son sus acciones, pues sólo Dios podría ser en todo caso perverso. Esta es opinión de Daniel -oculto victimado de la obra-. Sin embargo, Juana anima a su amor a pensar, "al menos como recurso sedante, que el mal no existe, aunque asome en los hechos." Para Daniel no cabe ni el perdón ni el arrepentimiento porque "es la acción la que configura la esencia del ser". Juana, que representa la bondad, absuelve y perdona sin exigir compunción: hemos de resignar la cólera.

Si Daniel afirma que el mundo es la cara del Maligno, transparentado en las cosas, no obstante Juana, su propicio ángel de la guarda, anima a su amado a aceptar lo que la Voluntad quiere (eco de Schopenhauer): comprensión y tolerancia. Pero es la misma Juana, fea de ojos preciosos, la que afirma que el dolor y la necesidad son propios del ser, así como el miedo, y reprocha al doliente que la visión del mal (las bajas fricaciones de Damiana y sus mentiras) le embelese. El Infierno es caso descriptible porque trasluce aquí abajo, mientras que el Cielo se define indescriptible.

"Nadie narra del infierno sin ser también infierno; tampoco nadie lee, con provecho, del infierno, sin hacerse infierno".

Habitamos tinieblas, acusándonos unos a otros. Por eso es el infierno la total realidad de esta irrealidad que es el mundo. Para Daniel, iluminado por el odio a la tríbada, un muerto es superior a un vivo porque no cobra dietas ni adula dictadores ni come ostras:

"En el cadáver habita Dios mejor que en la conciencia, la más repugnante comparecencia de la Creación".

Podemos volver la espalda al misterio, o podemos abrazarlo, pero no destruirlo. Si alguien llegara a explicar el misterio, desaparecería la Creación; igual ocurriría si lográramos arrancar el mal del mundo, porque el mal es la diferencia entre Dios y la obra. Ni Dios ni el mundo tienen explicación. Tampoco el amor, ante esto sólo cabe el pasmo y la resignación. El verdadero conocimiento es vivencia, no reflexión; el misterio se percibe. Espinosa -dice Sobejano- no niega el misterio, lo reconoce y lo cerca sin cesar, pero su pensamiento quiere ser iluminación intelectiva y purificación moral, terco esfuerzo de la razón humana en busca del bien, la verdad y la belleza.

Mas tampoco el espíritu es garantía de salvación si se apasiona y no tolera ni comprende.

"Tolerar o comprender no son conclusiones del espíritu, sino de la consecuencia de vivir, de la desgana de ser o del aburrimiento de existir".

Damiana "discurría por aburrimiento y se aburría al discurrir" -comenta Juana. No desdeña Espinosa las definiciones esencialistas que tanto ansiaba Sócrates sin hallarlas (aporéticamente) y viene a pelo la de La soledad, uno de los demonios de Damiana, prima hermana de Aburrimiento, y quizá lo peor:

"Soledad es la congoja que sentimos de no ser reconocidos por la palabra, por la actitud, y, sobre todo, por la mirada de otro."

También Juana clama en sus cartas a Daniel que la nombre, que la reconozca, que la traiga a su pensamiento... Mas, lo peor del aburrimiento es que ni siquiera hay pecado que lo extermine, así que, a pesar de sus correrías sexuales con ambos sexos, Damiana acabará aburrida...

"La tríbada amustiada y cosa ajada, sin marida ni amores, en su isla, contempla el mar al caer de la tarde, y, como centauro viejo, piensa en las cosas de la juventud transcurrida. El viento, que es eternidad, cimbrea los juncos // Como las hojas caen en el otoño, con ese hermoso color dorado y seco, así cayeron las alegrías y bellas disposiciones de la que tuvo por orgullo llevar sobre el rostro la señal de la raza. Sin color ni fulgor, la mujer es, ahora, un arco enteco de impresionantes ruinas: la verdad sin seducción."

Cuán presto se va el placer y cómo, tras acordado, da dolor, que diría Manrique. Las Damianas y Lucías aparecen envueltas en la fea burguesía y copartícipes de muchos de sus hábitos y gustos: viaje, casita de verano, disipación, consumismo, lo moderno, los intereses, falsos valores, automóviles, copeo, idiomas, frases hechas, el ir viviendo... Pero al final son más de uno los que prefieren a la Tríbada e incluso a Lucía, antes que "a las honradas señoras y buenos padres y esposos". 

Espinosa, más atrabiliario que Sócrates e incluso que Heráclito, escribe "más allá de la plácida bondad del ánimo irónico", más allá de la desesperación, pues el desespero lamenta la pérdida de un bien determinado, mientras que la desesperanza llora la ausencia total de bienes. Por eso es la tristeza la que castiga y suplicia las horras aventuras con sus cuyos y las triviales y cansadas fricaciones con su Lucía de la boticaria cuarentona. Sorprende la belleza poética de estas tremebundas sátiras.

Puede leerse a veces el mal como locura voluntaria, tal la opinión de Josefina sobre la Tríbada:

"A veces enloquecemos con el fin de hurtar a la razón la vigilancia que sobre nuestros secretos anhelos y apetitos ejerce; en tal caso, la demencia actúa como manto que oculta nuestros empeños, apartándolos del juicio y sus advertencias."

Tal sería el caso de Damiana, entregada a cuyos que la desmerecen, enloquecida a propósito para poder obrar mal. En contraste con ella, las confidencias íntimas de Juana adquieren un valor poético indudable.

Tiene razón Gonzalo Sobejano: Gracias a la desproporción entre la exigua cantidad del texto narrativo y la vastísima extensión de las glosas acerca de lo pensado y sentido por los espectadores (ni Damiana ni Lucía hablan, salvo por lo que otros dicen que han dicho o sentido), Espinosa consigue un efecto de extrañación o desfamiliarización muy original con el que consigue atraer y regenerar la atención de sus receptores, con este modelo de "novela-comentario", tan metaliterario, consigue compensar la extemporaneidad e incorrección política de su diatriba, pues sin duda, de ser famosa, la inquisición woke la cancelaría, ya que Espinosa no se corta a la hora de usar expresiones vulgares para referir a la homofilia femenina. Y, no obstante, apenas hay sexualidad explícita en esta obra, sí descalificaciones brutales de las maneras sáficas, si bien puestas en boca de Juana:

"Representan la coquetería y el melindre convertidos figuras gomorrosas... Repiten el maniquí de las nefandarias de nuestros tiempos, tan a la moda existen, y la contemplación de esta exagerada actualidad produce tristeza y sensación de abrazo con la nada."

Y un poco más adelante:

"¡Qué solas existen las fricadoras! Son narcisismo, y el narcisismo, querido mío [a Daniel], resulta abdicación y escasez, la conciencia adorando la mímica del yo e inciensando el vacío. No puede haber, no puede haber en el mundo una bollera que emita pensamiento. Lo absolutamente femenino es penuria."

Juana parece aquí (IV-2) hacerse cómplice del odio que siente su adorado Daniel por Damiana, que tras un romance de ocho años, lo ha abandonado por la modista Lucía, que milita garzona y virago con charla desafiante y matraquista. Recuerda que su amado definió el odio como obsesión que nos liga a una persona, seno del mal que hemos situado en ella.

"Odiar, por tanto, es estar atrapado por un daño que emana de otro, según nuestra voluntad y creencia. No podemos odiar una nada."

Sin querer, enaltecemos con nuestro odio al odiado "¿Serías capaz de aborrecer a Damiana si la percibieras grasa y palpitación de tripería?" -le espeta Juana al "hater", al que goza eco y reclamo. Lo que desencadena el delirio colérico de Daniel no es el dato del rechazo de un hombre por parte de una mujer que se siente atraída eróticamente por otra, sino el adivinar el tribadismo con vivencia sin otra finalidad que la de su propio contestatario alarde (u orgullo).

En su sexta carta, repite Juana palabras de otra epístola de Daniel en que este describe su odio como furia agresiva contra la tríbada (a la que llegó a pegar por su ansia de crica y la desfachatez de sus mentiras), describe tal odio como simpático y sagrado, nacido de la visión de lo puramente demoníaco y en acto, aun sabiendo que encierra "mengua de mi ser"...

"Si la desnucara y troceara, no me libraría del tósigo que en mí ha colocado, porque el odio no concluye con el ensañamiento".

Daniel aún conserva la lucidez de comprender que "el odio transporta a la espiral sin fin de la locura", odio que alimentan los celos de "la hombra nefanda" de mamas bamboleantes, sobrantes, buscona de muchachitas y bigarda de Damiana, "los celos son angustia de lo irreal y no descrito", por ello anima Juana a Daniel para que se cuente: pues "en cuanto describimos, convertimos los incidentes en algo que también pertenece a quien lo escucha".

En cualquier caso -concluye Montoya-Espinosa- las criaturas que dañan a Daniel (homo absconditus) no son el mal, ni siquiera malignas; prestan sus actos a la necesidad o al azar que han dispuesto el martirio del hombre, "y de la forzosa o casual circunstancia son instrumento ignorante y ciego". El hombre victimado, interior, en la execrable calamidad que es el mundo, aposentado en la congoja, inquiere sin cesar, quiere saber, y esa es también la última fuente de su desdicha (finis operae).

***

Sobejano establece una forzada analogía entre el Quijote y Tríbada. La novela de Cervantes cuenta los episodios de un cincuentón enloquecido por la lectura de libros de caballería, mientras Tríbada es el episodio tardío de un cuarentón adementado por la infidelidad homoerótica de su esbelta y bien formada, sofisticada y libérrima boticaria, Damiana, su uvita falsaria y luego confusa. Por supuesto, el crítico sabe que la locura de don Alonso Quijano es ingenua, activadora y cómica; la rabia de Daniel es paralizadora y trágica. La derrota frente a Lucía le deja inerme, en vilo, a la intemperie de lo incomprensible, traicionado por una persona que le amaba y se aleja, de pronto, hacia una relación que le parece absurda y sórdida. Es verdad que en ambos casos se trata de un sacar los pies del plato, de un delirar (mas ¿no hace María Zambrano del delirio también una forma de conocimiento?). En ambas novelas -escribe Sobejano- lo que importa no es lo que sucede, sino cómo experimentan lo sucedido los protagonistas y espectadores. En la de Espinosa, el comentario (COMENTO) cobra mayúsculo relieve frente a la narración del suceso, más de dos tercios de las páginas del libro, que incluyen las 62 cartas amorosísimas y confortadoras (algo senequistas) de Juana.

Damiana, tras su traición, pretende negar la evidencia ("tríbada falsaria") y probada ya su mentira, mientras practica el placer venéreo con mujeres y hombres (tríbada confusa) pretende que su conducta no requiere asombro, explicación ni justificación. Los comentarios expresan ansia de explicarse sentimientos y comportamientos insólitos y, por demás, fugaces...

"Todos los talantes, caracteres, empeños y deseos, pasan y mueren, a la nada van. Sólo el mar, esa miseria, permanece".

En este "Tratado de teología", Dios importa como finalidad, por quimérica que fuere, lo que dignifica al hombre y le urge a dar razón ante sí y ante el otro de aquello que hace, sin dejarse sumir en la gana, en la arbitrariedad, en la facticidad, en el azar. "Aún si todo fuese azar, el hombre debe vivirlo como necesidad libre, como elección responsable. Así lo entienden Daniel y Juana y sus amigos, y así no lo entienden Damiana y Lucía ni su cortejo de parásitos" -así resume Gonzalo Sobejano la lección de esta novela sorprendente, rica en aforismos, definiciones y sentencias, vividas de conciencia a conciencia. Por ejemplo:

"Defines la crueldad como vistosidad innecesaria, añadida al daño (...) "Impudicia es la descarada mostración del sometimiento a la necesidad" (IV-12).

Son también muy interesantes las reflexiones sobre el languaje y la palabra, "el lenguaje puede resultar más terrible que toda acción, el infierno es palabra". El lenguaje hace grande lo pequeño.

"Lo verdaderamente inefable no es aquello que viene grande a la dicción, sino lo que le viene pequeño (...) ¿Quién podría decir los sucesos que son menos que el decir? Sólo la emoción directa de ver y oír, nos manifiesta la verdadera realidad."

Es sobre lo visto y oído que trata la espiral recurrente de estos jugosos comentarios. "Pensamiento encauzado a través del arte" -así definió el autor La tríbada falsaria en 1981,  primera parte de esta Tríbada que nosotros hemos manejado, publicada por la Editoria regional de Murcia en 1986 y que incluye "La tríbada Confusa" como segunda parte.

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SEMBLANZA de Miguel Espinosa

Miguel Espinosa Gironés nació en Caravaca de la Cruz (Murcia), el 4 de octubre de 1926. Estudió Derecho en Murcia, donde residió la mayor parte de su vida. Trabajó profesionalmente en comercio exterior y como asesor jurídico de varias empresas. No fue un escritor popular, pero su obra ha sido reconocida por la crítica y en el ámbito académico. Muchas de sus obras fueron publicadas años después de haber sido escritas o póstumamente. Falleció en Murcia el 1 de abril de 1982 a causa de un infarto.

OBRAS

  • Reflexiones sobre Norteamérica (1957) (originalmente "Las Grandes Etapas de la Historia Americana")

  • Escuela de Mandarines (1974) (Premio Ciudad de Barcelona)

  • La tríbada falsaria (1980)

  • La tríbada confusa (publicada póstumamente en 1984)

  • Tríbada. Theologiae Tractatus (edición conjunta de "La tríbada falsaria" y "La tríbada confusa", publicada póstumamente en 1987)

  • Asklepios, el último griego (publicada póstumamente en 1985)

  • La fea burguesía (1990)

  • Canciones y decires (2004)

  • Historia del Eremita (2012)

  • Cartas a Mercedes (2017)

También dejó obras inéditas como "Prometeo encadenado", "Conversaciones con Europeus" o "Forma y Revelación del Mundo". Gonzalo Sobejano tiene por épica Escuela de Mandarines, la primera novela de Espinosa; por dramática, Tríbada; y por lírica, Asklepios, el último griego, a la que dedicó atención en Insula (Marzo 1985).

MEMORIA DE SANGRE DERRAMADA

MEMORIA DE SANGRE DERRAMADA

José Rodríguez Expósito es doctor en Bellas Artes por la universidad de Sevilla. Ha ejercido como profesor y catedrático en distintos institutos de la provincia de Jaén. Además de su obra plástica, escribe excelentes poemas y canciones que ha publicado bajo el título Primeros hálitos de la tierra #mce_temp_url#. También en Amazon, puede encontrarse su trabajo sobre La expresión fantástica de las gárgolas de la Casa de las Torres de Úbeda#mce_temp_url#.

En 1995, se publicó El libro de los cien lapos#mce_temp_url#, en edición numerada de mil ejemplares. Cada uno de estos "lapos" (sátiras, fábulas y crónicas de sociedad) fue ilustrado con un dibujo de José Rodríguez. Uno de aquellos bosquejos refería a  los crímenes racistas de ETA y del nacionalismo cómplice, cuando el texto ironizaba sobre las fantasías y prejuicios del fanatismo canalla, aquellas extorsiones y violencias asesinas que mandaron al exilio a un montón de buenos vascos inhábiles para comulgar con ruedas de molino y, a la tumba, a muchos servidores españoles del orden, condenando a sus familias a un dolor eterno, tal bosquejo ha servido como base del cuadro posterior que adorna la cabecera de este artículo.
El artista, José Rodríguez, nos ha explicado sus motivos y elementos, tal descripción enriquece su sentido y valor estético. Copio a continuación las palabras del maestro: 
No está bien normalizar el legado de una memoria nefanda e ignominiosa de la violencia y del terror. La sangre derramada sí es para recordarla siempre.
Aparecen al fondo los montes vascos, como Aitzgorri. La perspectiva se rompe en parte, por el tamaño del corte sagital del cráneo y el tamaño de los habitantes, que la habitan e incluso hacen una vida normal dentro y fuera de ella. También la sombra chorrea, pero ya no como proyección de la sombra, sino independientemente. Hay quien escala el cráneo deportivamente, y hay un abuelo con su nieto en brazos que le da la espalda. En lo alto de la cima del cráneo (zona parietal), hay una inquietante semilla de nuez que muestra una tímida planta de nogal y alguien que la mira tranquilamente recostado en su asiento.
 
El PNV siempre ha sido condescendiente con la banda ETA. Como una simbiosis, el uno ha necesitado de la otra por una especie de toma y daca de servicios históricos y políticos por la independencia y el trato favorable. Como el pájaro desparasitador que le limpia la boca al hipopótamo o al cocodrilo y por eso éstos no cierran la boca. Los necesitan. Decía Arzallus: "alguien tiene que mover el nogal para que otros recojan las nueces.... Así justificaban el terror de ETA. "Son unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta", decían.

En el fondo, la semilla de la nuez de nogal está presente en el cuadro... En el fondo de una corteza cerebral de un cráneo, que perteneció a un ser humano asesinado, o a un guardia civil, o a un hijo o hija de guardia civil.

Hace poco, Marlaska sacó a un etarra convicto con 25 asesinados en su haber. Ya está en la calle, como un héroe, sin arrepentimiento alguno.

LO BARROCO

LO BARROCO

Eugenio D’Ors rehabilitó y redefinió el barroco cuando se entendía por "barroco" algo peyorativo, un estilo histórico denostado, considerado inferior al clasicismo o una degeneración de este. D’Ors hizo de "lo barroco" un "eón estético", es decir, una "constante histórica". Su lección cambió la percepción del barroco internacionalmente, no sólo en España. 

Ya no se veía como una degeneración del clasicismo, como un exceso de mal gusto, limitado a una época específica (siglos XVII y XVIII) y limitado sólo a las artes plásticas. Las ideas del genial filósofo catalán fueron expuestas en Lo Barroco en 1936, pero se habían ido gestando mucho antes a partir de los coloquios de Pontigny, desde 1920.

No había que decir del barroco que fuera sólo un estilo, sino que consistía en una actitud del espíritu humano, una constante universal que se manifiesta en diferentes épocas y culturas. El barroco dialoga en la historia con lo clásico, si este representa el orden, la claridad, la contención, la razón y la búsqueda de perfección y armonía, lo barroco representa la complejidad, la tensión, el movimiento, la inestabilidad, la desmesura, la ambigüedad y la contradicción. D’Ors asocia esta actitud a la vitalidad, la pasión y la capacidad para unir opuestos.

Según esta visión, lo barroco, como categoría filosófica, no se limita al arte del siglo XVII. De él pueden encontrarse manifestaciones artísticas en la antigüedad, en el gótico, en el romanticismo, en el simbolismo e incluso en vanguardias tan modernas como el surrealismo. Con ello, D’Ors deshistoriza y universaliza el concepto de lo barroco como "eón estético", lo revaloriza sus obras y creaciones como manifestación legítima del espíritu humano con valor artístico y expresivo.

Su dualidad clásico/barroco se convirtió desde la publicación y divulgación de su obra en una herramienta útil para la crítica e historiografía del arte. Dado el amplio legado del barroco español, es evidente que su pensamiento ha significado un incentivo para el estudio y la puesta en valor de dicha herencia y patrimonio.

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El disco que ilustra esta entrada fue para mí una puerta valiosa para el descubrimiento del barroco musical, que tantas alegrías y emociones me proporcionaría desde mi más temprana juventud. Durante el barroco la música instrumental pudo ya competir en jerarquía con la vocal, ganó fuerza, emoción profunda y prestigio intelectual. 

Los luthiers del XVII y del XVIII fabricaron prodigiosos instrumentos, hoy legendarios como los fabricados por los grandes lutieres de Cremona: Antonio Stradivari y Gioseppe Guarneri. Violines que hablaban y cantaban, algunos de los cuales se han conservado como joyas hasta nuestros días: sonatas, sinfonías, conciertos o suites fueron sólo nombres que referían a la manera de ejecutar dichos instrumentos.

El veneciano Giovanni Legrenzi (1626-1690), quien probablemente fue maestro de su paisano Antonio Vivaldi, escribió también óperas y oratorios. Más conocido nos resulta hoy Arcangelo Corelli (1653-1713) con sus maravillosos concerti grossi, uno de los cuales se oye todos los años por Navidad. Se considera a Corelli el primer clásico del violín y cuya influencia en "El Cura pelirrojo" (Vivaldi) es indiscutible. El año que Corelli murió compuso Vivaldi su Opus 4, La Stravaganza, claramente inspirada en Arcangelo, el cual se hubo dedicado sólo a la música instrumental.

Napolitano fue Francesco Durante (1664-1755), quien se dedicó preferentemente a la música coral sacra. De Durante fueron contemporáneos Tommaso Albinoni (1671-1750), autor del celebérrimo Adagio, y Francesco Manfredini (1680-1718), gran virtuoso del violín.

Con la grabación de la Orquesta de Cámara Leos Janácek comenzaron mis deliquios con la música del barroco. A mediados de los setenta del siglo pasado, mi maestro, el filólogo Andrés Castillo me introdujo en las maravillas del latín de Virgilio y en las ternezas y apasionamientos de Dido y Eneas, a la vez que me ofrecía una escala anímica segura para escalar las sublimidades de Haendel, faltarían aún muchos años para que descubriera el encanto de la música religiosa de Vivaldi a la luz de las velas en la perfecta acústica de la Iglesia de Saint-Germain-de-Près.

La carátula del disco está sobriamente adornada con un cuadro de Monserrat Gudiol. El vinilo incluye cuatro encantadores conciertos de los autores que he citado y una sonata de Legrenzi.

ESTE ES MI CUERPO

ESTE ES MI CUERPO

Hay libros que son obras de arte. Luce esa medalla el que editó y presentó Carlos Rodríguez Estacio con la prosa poética de Miguel Florián e ilustraciones originales de Rafaela Gómez. Se titula Este es mi cuerpo (Alegoría, Sevilla 2012). Entiendo a título de paradoja que su texto se introdujese con una cita de los Hechos de los Apóstoles: ‘Hoc est corpus meum’, expresión latina que cuajó en nombre.

Paradoja o, si se prefiere, incongruencia, porque el Cristianismo olvidó su origen semita y el judaísmo del que nació como su más caritativa y prometedora herejía proponiendo como salvación la resurrección de los cuerpos y no la del alma separada de la carne y, no obstante, la iglesia oficial acabó asimilando muy radicalmente el dualismo pitagórico heredado por el neoplatonismo, el cual, insistiendo en que somos dos cosas, alma y cuerpo, y no unidad psicosomática, despreció la Carne, a la que consideró “enemiga del alma” junto al Diablo y al Mundo.

De chico, ya me preguntaba por qué le carne era enemiga del alma si andaba tan escasa en la mesa de las familias trabajadoras de los años sesenta del siglo pasado, luego descubrí que la carne era otra cosa y tenía sobre todo que ver con el bajo vientre de bípedos implumes. Con este repudio de los cuerpos, que había que "mortificar" (siniestro verbo arcaico), apostó así el Cristianismo, amalgamado con el Idealismo platónico, por una etérea salvación del alma liberada del cuerpo, como si esta pudiera ser algo sin la materia de la que emerge o en la que figura. Plotino, excelso neoplatónico, se avergonzaba de tener [ser] cuerpo, ¿acaso no es asqueroso tener que cagar todos los días?, ¿y no es una chapuza imperdonable que el ducto de residuos excrementicios esté junto al jardín de juegos placenteros, hogar de méntulas, cricas, vulvas y androceos?

De todos modos, hace bien Miguel Florián en rebelarse contra las exageraciones de Plotino y los cilicios de las beatas. ¡Celebremos que somos cuerpos!, nos sugieren sus hermosas y lúcidas palabras. Aceptemos que somos animales de animales, entidades orgánicas que son memoria de miríadas de seres, de todo cuanto se reunió y ordenó maravillosamente hasta dar en mí. Somos teatros completos, ciudades consumadas, reminiscencias palpitantes de tiempos remotísimos.  

 “Memoria dichosa porque permanece, porque le es posible recorrer, en un solo instante, axial, el espacio curvado de los siglos. Más allá de mi cuerpo nada alcanzo”.

Florián nos recuerda que Jesús mismo creyó en la resurrección de la carne, es decir, imaginó un tiempo en donde la carne y el espíritu se conciliaran. Su promesa es la de un cuerpo renovado. Y es el cuerpo el que sueña con su eterna juventud, es esa masa complejísima la que envuelve y sostiene mi conciencia. Rememorando la famosa película Ordet (La palabra, Carl Theodor Dreyer, 1955), ensaya Miguel una oración somática:

“No nos des, Señor, otro cuerpo que éste. No nos hurtes nuestro pequeño cuerpo, este territorio donde la dicha adquiere la justa dimensión del hombre. Cuando nos resucites, hazlo a un mundo idéntico a este mundo. No queremos un alma descarnada, una conciencia de humo que a nada puede asirse, ni un paraíso donde no cabe la sed ni la palabra.”

Creo que a Unamuno le hubiese gustado esta plegaria porque imaginó y rogó a Dios un Paraíso de recuperación de momentos felices y de repetición de vivencias mundanas… Me pregunto qué valor tendría la cerveza y su trago refrescante y veraniego si no existiese la sed... “Un alma -sentencia el poeta Florián- es un cuerpo que se sabe” y “la carne es el lugar donde el deseo habita”. No habría placer de comer si no hubiese hambre...

A este respecto y sobre el valor del hambre, me gusta contar esta anécdota: “Me da alegría mirar como comes ese tocino veteado, Juan, al verte cómo lo cortas ansioso sobre el pan, con tanto apetito” –dijo el señorito al jornalero, mientras recorría el tajo en el olivar, caballero a la hora del almuerzo-. “Déjenos el hambre, señorito, ¡que el hambre es nuestra!” –respondió Juan, que era pobre, pero despabilado y gracioso. Por mucho que el hambre tenga la misma raíz enigmática que el sexo, es obvio que su satisfacción es más segura, continua y duradera. No obstante, para evitar intoxicaciones, recomendemos oler la ostra antes de devorarla.

Miguel Florián es receptivo al canto de las Sirenas, como el héroe Ulises lo fue. Mas sin dejarse desbaratar por ellas, pues las malandrinas helénicas, no peces sino pajarracos, buscaban extraviar al hombre porque aborrecían su permanente aventura, su moverse temerario de aquí para allá en peligrosos lances y desafíos. Lo femenino –sostiene Florián- es telúrico y germinal, como árbol que crece hacia lo hondo, mientras gravita lo masculino hacia lo aéreo como ramaje que busca extenderse en el espacio desnudo, aunque es obvio que uno y otro colaboran al mismo fin, la aparición redonda de humanos frutos, cachorros capaces de decir No.

Sedentarismo femenino, nomadismo masculino…, puede, y pensando en general. Los sexos colaboraban, ay, ¿colaboran hoy menos?, pues se los ve enfrentados, tampoco se empeñan ya Sirenas, como antes, en lograr su propósito, el de reducir al hombre a sus sedentarias y plácidas ítacas. ¿Tanto escasean las circes y nausicas, las calipsos y penélopes? No lo creo, aunque se disfracen de hécates, artemisas y ateneas. Vivir es convivir. En la canción sirenil encuentra el atento oyente...

“la voz originaria con la que se construyen mundos, el sonido magmático de las aguas primordiales (la metáfora creadora que en su cábala pretende el lenguaje poético)”.

Este año celebramos  el centenario de una obra excepcional, La deshumanización del arte (1925) de Ortega y Gasset. En ella dice el Maestro que la metáfora es un instrumento mental imprescindible y llama a la poesía “álgebra superior de las metáforas”. Florián domina el mathema de esta combinatoria algebraica y por eso se empeña en resolver la ecuación que supone el mito del adivino Tiresias, único mortal al que se consintió conservar la memoria en el Hades, junto al saber y la inteligencia (si es que no son lo mismo). Tuvo Tiresias también el privilegio de vivir con ambos sexos sucesivamente. Sucedió cuando se tropezó con dos serpientes apareándose. Cayó en el gesto violento de golpearlas con su bastón y quedó transformado en hembra. Las serpientes en aquellos tiempos poseían, como Casandra, el don de la presciencia. Tiresias perdió la vista por ver a Atenea desnuda, según cuenta Apolodoro en su Biblioteca. Por haberla sorprendido en cueros, la diosa, tapándole los ojos con sus manos, cegó al sabio.

También Apolo cegaba a los poetas para devolverles la mirada interior y por eso se cuenta de Homero que era invidente. Y es que hay deslumbres que hieren y hasta anulan la visión física, como ruidos que rompen tímpanos. ¿Cómo podría la inteligencia soportar el encuentro con la Verdad? Esa visión metafísica nos dejaría lelos del todo.

A Tiresias le hicieron una pregunta la mar de comprometedora: Que quién goza más yogando (“haciendo el amor”, como dicen los cursis) si el varón o la mujer, si la hembra o el macho humanos. “Si el placer tuviera diez partes, los hombres gozarían sólo de una y las mujeres de nueve”, respondió Tiresias con gran indignación de Hera. ¿Por qué molestó a Hera esta respuesta? Florián tiene su teoría: la mujer prefiere no reconocer ante el varón su ventaja erótica. Yo creo, como sugiere J. A. Marina, que fue la mujer, que fue Safo de Lesbos quien inventó el arte erótico, y que por eso emparenta en su génesis con el nacimiento de la lírica, por la misma razón, Don Juan habla a las mujeres en verso. No les habla, les canta, así consigue ponerlas a bailar si quiera una semana.

Tiresias nos ofrece un ejemplo clásico de cómo el dolor puede acompañar al conocimiento o ser efecto suyo, ¡la pesadez de la conciencia! Él mismo le suelta a Edipo: “Cuán terrible es ser sabio si la sabiduría no reporta provecho a quien la tiene”. Es preferible no enterarse de ciertos hechos, sobre todo si has copulado –sin saberlo- con tu madre y has matado –sin saber que lo era- a tu padre. Tales coyundas y trances arrastran consecuencias “antigónicas”.

Saberlo todo tampoco nos convendría, porque “los humanes” (como decía Mosterín para evitar el sexismo) necesitamos de misterios, los soñamos, los ideamos, nos precipitamos sin querer en sus abismos, nos dejamos fascinar dulcemente por sus ecos. Uno de esos misterios que ha inspirado maravillosas arias operísticas (sobre todas la de Glück, que me hace llorar) es por qué Orfeo miró a Eurídice antes de abandonar el tenebroso reino de Plutón, con lo que tuvo que dejar a su esposa en los ínferos, por lo que Eurídice, oh mísera, murió dos veces… Para mí que fue un problema de ansiedad: tanto amaba a Eurídice que Orfeo no pudo dominar su impaciencia. No tuvo contención suficiente. ¿O fue que temió no verla? Platón creía que Orfeo no confiaba en los dioses y temía que estos le engañasen, que no fuera Eurídice la que escapaba tras él, sino sólo un espectro, una sombra de su queridísima esposa. Platón tilda al músico de cobarde por no haber tenido el arrojo de morir. Según Pausanias -primer autor de guías turísticas-, Orfeo creyó que el alma de Eurídice le seguía, pero al volverse comprobó que no era cierto. En definitiva, ella no le siguió jamás.

Tiene razón el poeta, gustamos de fatalidades y a los mortales nos encanta recordar lo insólito, lo extraño, lo anómalo, y por eso pensamos que la ciencia nos agua la fiesta y nos “desencanta” el mundo, porque reduce lo maravilloso a necesidad racional o suficiente, porque somete a normal lo paranormal. Y sin embargo, no es tan raro ni tan increíble que las miradas –como la de Medusa- maten; si no matan, no cabe duda de que hay miradas que hieren y otras que envenenan. Enrique de Villena escribió un célebre Tratado sobre la fascinación o el aojamiento en 1425, es decir, sobre “el mal de ojo”. Hoy casi nadie cree en esas malignas proezas, pero ¡son tantos los amantes enfermados por la mirada desdeñosa de la amada! La fascinación del seductor es un hecho cierto, el más grande, el mismísimo Diablo.

También los olores cuentan, sobre todo los feromónicos. Florián lamenta con razón que hemos sacrificado los sentidos del contacto a los de la distancia (vista y oído). Censuramos los olores personales con desodorantes. Está mal visto oler a uno mismo, incluso si su aroma expresa trabajo honrado.

A través de Florián, de Platón y de su marioneta de ventrílocuo, Sócrates el hechicero, sentimos en nuestra alma el gancho encantador de la maga Diótima desengañándonos e ilustrándonos a la vez al desvelarnos que Eros, Amor, no es un dios (el más hermoso y antiguo, según Hesíodo) , sino un demonio o un ángel; en todo caso, un ser intermedio entre lo humano y lo divino, hijo de Penuria y de Ingenio.  Por eso el seducido es un poseso o un apasionado, entusiasmado y maniático… Es la pasión –dice Florián- una especial forma negativa de estar en que consiste la carencia. Amamos porque estamos faltos. Ama quien reconoce su insuficiencia, por eso da vergüenza mostrar que amamos.

 En el autoerotismo ve Florián una forma enmascarada de narcisismo y en la pornografía, su auxiliar masturbatorio, un puritanismo obsceno. Hay no obstante, en el erotismo, cuya frontera con la pornografía es borrosa (como ejemplo, analizado por Florián, ponemos nosotros El imperio de los sentidos de Nagisa Oshima), un componente transgresor, subrayado por Bataille y por los sadistas (uno de ellos, Federico Nietzsche). De ahí el legítimo temor que provoca la naturaleza destructora de la pasión amorosa o la estupefacción que causa la adición compulsiva al sexo, en cuya labor colabora notoriamente la poderosa industria porno que atiborra a adultos y jóvenes de carnalidad genital enlatada. Florián le llama “sexo light” y sugiere su finalidad de desexualizarnos, pues la sexualidad sana tiene poco que ver con la pornografía.

Joyce incluyó en el erotismo hiperrealista y hasta vulgar de su UIises aquellos aspectos que la pornografía censura: pedos, mocos, cicatrices, deformidades, pelelas, menstruos, etc. Marcuse habló de “desublimación represiva”, como una representada, simulada y falseada carnalidad que se nos impone, que se exhibe y espectaculariza a cambio de pasta, porque se puede traficar con este simulacro, pero no con el verdadero amor, pues ni se compra ni se vende el cariño verdadero, aunque los cuerpos sean las páginas en que se lea el deseo, el goce, la ternura -según dejó escrito mi tocayo. En nuestra sociedad, hasta lo más íntimo, la sexualidad, se ha rebajado a espectáculo (cfr. Guy Debos, profético distopista) en celebraciones y corrales de un infierno devaluado, mediocre, tibio, fatalmente doméstico. Todos los velos de misterio se han rajado en los templos yermos, reemplazados por los Supermercados.

Allí el ídolo procesiona desnudo, no hace falta que la inocencia del niño nos denuncie su impúdica exhibición. Y sin embargo, está prohibido tocar. Noli me tangere. Prohibido pisar el césped. El tacto, el olfato, son despreciados en beneficio de los sentidos de la distancia, la vista y el oído. Queda el gusto que se sublima en el I like virtual, que no virtuoso, y se cultiva en exagerados concursos culinarios. Proliferan imágenes en ubicuos monitores y ruidos por doquier, pero hacemos del contacto una liturgia ocasional, por mucho que ya Aristóteles nos advirtiera de que “lo gustable es una cierta clase de lo tangible”.

Arriesga bastante en su juicio Florián al afirmar que “la vista es una pobre alternativa al tacto”… “Ver, pero no tocar, así reza la dichosa frasecita que vemos en las estanterías, y parece también colgar del cuello de los hombres y mujeres”. Reconoce, eso sí, que la percepción visual (eidos) en tanto que fragmenta y distingue funda las bases de nuestra racionalidad. La vista es teórica; apolínea, no dionisíaca”.

Arriesga aún más cuando sexualiza el sentido del tacto como eminentemente femenino, substrato de nuestra especie, y la vista como marcadamente masculina. Aunque es cierto que los hombres se dejan engañar mejor que las mujeres por la cosmética, no hay que olvidar que a las mujeres se las seduce, sobre todo, por el oído. Todavía recuerdo como a mi abuela se le abrían las carnes oyendo cantar a Rafael.

Las mujeres muestran cuerpo con más facilidad que los varones varoniles. Refiere Florián a la pudibundez del macho moderno, tan desatento a la hora de mostrar su cuerpo, a no ser en la playa o en el deporte. La mujer es más pródiga en mostrarse, salvo que sea musulmana, claro, y no se lo consientan, ni dejar flotar cabellos. Halla la mujer en el espejo su franco aliado. Pocas son las que no se miran en los escaparates, incluso tapadas hasta los ojos. Hay quien dice que la vanidad es propensión femenina y el orgullo, propensión masculina… Pero hablar en general es equivocarse, porque todas las universalizaciones categóricas, tan inevitables porque ayudan a comprender y prevenir, son arbitrarias.

Lo cierto es que seguimos siendo niños y nos es necesario tocar para no sabernos solos. Tocar y que nos toquen, algunos necesitan comprar el contacto, otros venderlo. Seamos tolerantes y compasivos con unas y con otros. “No me toques” –le dijo Jesús resucitado a María Magdalena (Juan 20:17). Miremos que la traducción del griego original (μὴ μoυ ἅπτoυ, mè mu haptu) es más matizada que un simple "no me toques";  sugiere una acción que se prolonga, como "no me retengas", "suéltame" o “no te cuelgues de mí”. María quiere a Jesús (tal vez su esposo más que amigo o maestro) en este mundo, pero Jesús escapa al celestial, a los Cielos del Padre. Tal vez lo que propone sea un contacto meramente espiritual. María siente hambre de amor, un fenómeno físico, corporal. “Cuánto me gustas”, “qué rica estás”, “te comería a besos”…, dice el amante a la amada, la abuela al nieto. ¿Es el amor una antropofagia larvada? Algo hay de esto. Denis de Rougemont estaba convencido de que la “sexualidad es un hambre”…

“La lascivia es sed atávica, glotonería, urgencia de apropiarse de lo otro, de desmenuzarlo y disgregarlo en nuestras fauces para que pueda –por una misteriosa alquimia- transformarse en material nutriente, carne ya de nuestra carne. De esta primacía de lo metabólico arranca el pensamiento de Anaxágoras, cuando afirma que ‘en todo hay parte de todo’. Si, como quiere la Termonidámica, el mundo es una totalidad cerrada en donde los seres van paulatinamente mutándose unos en otros, es preciso que en cada uno de ellos permanezca alguna huella del resto”.

De sobra sabemos –confiesa Florián- que vivimos de la muerte ajena. Si no nos alimentásemos de otras vidas, sucumbiríamos pronto… El amor aspira a mucho, a una fusión de cuerpos, dos que se hacen una sola carne. Y el fenómeno se realiza y complace en los hijos. Tal vez la aspiración –como proclamó el Aristófanes del Banquete platónico- sea recuperar la unidad perdida, restaurar la originaria beatitud del Andrógino. Los griegos rendían culto al que nacía anómalamente con dos sexos, al hermafrodita. Queremos hacernos como lo que amamos, buscamos esa plenitud, permitiendo el acceso y entrando en otros cuerpos.

Vale, celebre usted todo lo que quiera su cuerpo, cuídelo, manténgalo en forma porque usted es su cuerpo, sus gozosas posibilidades deportivas o amatorias, pero al fin se impone la realidad de su menesterosidad, de su imperfección, de su temporalidad. Envejece, caduca, ha sido fabricado con fatídica y programada obsolescencia. Va siendo doloroso e incluso costoso mantenerlo trémulo, caliente y sano. Se arruga, se deforma, artritis o artrosis, problemas de tensión, gripes, epidemias... Ya los estoicos se percataron de que nacemos tocados de muerte, que cada día que paso lo voy muriendo, porque cada día pretérito es de la muerte. La enfermedad puede ofrecer al niño el paraíso de un día sin escuela, pero es el estatus quo del viejo, del anciano achacoso. Todo anciano sufre molestias, dolencias, si no falla esto, falla lo otro... Si el cuerpo es casa, padece goteras. Sí, lo siento, la indisposición, la enfermedad, es la embajadora famélica de la muerte…

“De la noche a la mañana el polvo dorado de las hadas no pudo sostenernos en el vacío, y nos hicimos mayores. Cada vez más mayores”.

¿No será la vida la enfermedad del ser? ¿No será la salud plena incompatible con ese extraño orden en el desorden que es la vida, tan efímera, tan inestable? ¡Menos mal que la muerte, como la nada, es impensable! La esencia de la enfermedad es tan misteriosa como la de la vida.

Reconozcamos en cualquier caso, que “no hay diques entre la carne y el espíritu”, que no somos dos cosas, sino una sola, tan misteriosa, que no sabemos ni de dónde el hambre ni para qué el amor y que “hay más razón en tu cuerpo que en la más elevada sabiduría”. Al sentar esto, Zaratustra no exageraba.