PAÍS DE VICEVERSAS
Sobre la fina sátira de Julio Camba
Es una pena que contemos en España con tan pocos literatos de buen humor, literatos de sal fina, no se sal gorda, y eso que el Quijote, por mucho que se lo quiera y pueda hipostasiar metafísicamente, fue sobre todo un libro para reír y para burlarse del entusiasmo humano, como sostuvo el avispado judío Enrique Heine.
Ejemplar humorista de periódico fue Julio Camba (1884-1962), prácticamente coetáneo de Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), gran humorista también, maestro Camba de la sátira elegante y natural de Villanueva de Arosa (Pontevedra). Las crónicas de Camba no buscan la carcajada ni el absurdo, pero sí dan que pensar con una ironía reposada, la de un escéptico mundano y airoso capaz de sorprendernos con la paradojas cotidianas en que nos desempeñamos y despeñamos.
Observador cosmopolita de prosa concisa y ágil, sabemos por él –y por Juan Belmonte– que los toros, como buenos herbívoros, son mansos, y que si en la plaza amorcan e intentan matar a veces a los toreros, es por la misma razón en virtud de la cual los toreros tratan –también a veces– de matar a los toros: para entretener al público. Hoy casi todo –incluso la política– pertenece a la industria del entretenimiento.
Celebrando a Juan Antonio, extraordinario escultor que murió con treinta años, afirma:
“El caso de un muchacho que no sigue los cánones oficiales, ni adula a los ministros y que triunfa por sus propios méritos, tiene, forzosamente, que constituir para ella [la juventud] un ejemplo desmoralizador” (en La Rana viajera, ed. Calleja, Madrid 1920).
¡Qué triste que podamos entender perfectamente el sarcasmo en este país cainita, de nepotes y de cultura sectaria y subvencionada.
La afectación de modestia se lleva bien con la ironía:
“Si yo me hago la ilusión de ser leído por alguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez en cuando me envían músicas insultantes a propósito de unos artículos.”
Camba se describe a sí mismo como un “proletario de levita” o “de gabán” y llama a España “País de las viceversas” porque las instituciones y costumbres parecen funcionar al revés de cómo tendrían que hacerlo. Una frontera, por ejemplo, es paso en lugar de límite –digo esto por ilustrar el mote del perspicaz periodista con la invasión contemporánea e inexplicada de Ceuta.
“País de las viceversas” porque los organismos que se crean en España para solucionar problemas, en vez de resolver, los crean; las leyes que se dictan, en lugar de proteger al ciudadano honrado, le complican la vida; el papeleo se vuelve grotesco (ahora, también virtual). Camba, cosmopolita, estaba muy viajado por Inglaterra, Usamérica, Alemania…, así que descubría por contraste en España la constante de la chapuza y la arbitrariedad ácrata que nos distingue, que podríamos llamar “cuántica”, porque a veces el efecto precede a la causa y el sentido común camina hacia atrás, ¡por eso somos el “País de las viceversas”!
Es creativa su propuesta de que los humanos se asocien por temperamentos, mejor que por raza o religión. Le parece más científico. Así, cuando terminase la Primera gran guerra podría iniciarse una intercontinental, un conflicto de biliosos contra linfáticos, ¡no hay que decir que serían biliosos los que iniciarían las hostilidades! Trágica profecía vestida de jocosa bufonada.
Atrevida es su conjetura de que los idiomas no tienen tanta importancia como se les supone en el mundo literario, porque si lo decisivo fuera el idioma, los iberoamericanos leerían libros españoles antes que originales o traducciones de otros países o en otras lenguas, pero son otras razones más fuertes que el idioma lo que les atrae hacia países de hablas distintas. Nuestro mismo presidente acaba de recomendar, en red social, lectura sobre la IA, ¡en inglés!
Camba tiene serias sospechas de que, si Virgilio viviese hoy, cantaría la trilladora mecánica y propone trasladar el grandioso botafumeiro, inventado para descontaminar la catedral del Apóstol, al Congreso de diputados, donde mejoraría el ambiente o, por lo menos, taparía con sus inciensos las miasmas que por allí circulan. También podría usarlo el gobierno para darse olor de santidad durante los balances de situación o del estado, delicado, de la nación.
Montero Ríos fue un eminente político gallego; protagonista durante la Restauración borbónica, presidente del gobierno en 1905, que encabezó la delegación española que firmó el Tratado de París en 1898. Camba lo caricaturiza como paradigma del caciquismo gallego, tal que “porquero de electores”. Hoy, nuestros políticos no sólo aspiran a guiar rebaños internos, sino también externos, dirigiéndolos suave y halagüeñamente al redil de la urna clientelar en presunto honor a un abuelo o bisabuelo exiliado. Nuestra partitocracia todavía se parece demasiado a aquella ficción democrática donde los caudillos políticos actúan como pastores de una masa dócil y sometida, en lugar de servir decentemente al ciudadano como competentes gestores de la hacienda pública, esa que saquean sin consideración.
No podía faltar un artículo de elogio a la vieira, esa almeja, exquisitez culinaria, símbolo venéreo (pectem veneris) y emblema sagrado. Afirma sagaz que el estómago es alma del escritor y que él, si mal comiese, “con un poco de acidez o de flatulencia… haría una literatura triste y perdería lectores”.
Cita el oso de Heinrich Heine, Atta Troll, modelo negativo de revolucionario filisteo y de mesías panfletario, bienintencionado y moralista pero rígido, sin gracia e inculto, que Heine contrapone a la libertad absoluta que solicita para el arte. Un vasco acaba dando caza a Atta Troll, el oso pirenaico, que acaba convertido en alfombra en el salón de una elegante dama parisina. Por suerte, y por desgracia, las ideas acaban teniendo consecuencias, de aquellos polvos estos lodos, de aquel nominalismo esta doctrina de la posverdad como anticipó Richard M. Weaver en su celebérrimo ensayo de 1948, y como nos advierte Camba: “el camino de una idea, desde que nace hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso”.
A propósito del vascuence o más bien de su exagerada pretensión de independencia y originalidad absoluta respecto de otras lenguas, sus observaciones son sabrosas:
"Mientras los vascos españoles le llaman al tenedor “tenedoróa”, los vascos franceses le dicen “fourchetóa”".
A nosotros, esto nos parece un buen ejemplo de apropiación idiosincrásica de la circunstancia, como exigía la ética orteguiana del héroe aventurero, mas a Julio Camba el chacolí le dejaba un regusto ferruginoso, seguro que prefería el albariño. Pero tampoco le hace ascos al vino vascón; adonde fueres, lo que vieres. Y mira un rótulo: “Calle de Echembarrena” y otra placa nomencladora que decía 'Echembarrena kalia', y cuando a Camba le dijeron que el segundo cartel estaba en vascuence, él se reservó unas dudas “bastante serias".
– Sí, don Julio, nada más serio y respetable que la duda, y mucho menos peligrosa que la certeza. ¡No lo dude!
“’Oguía’ que significa pan, le desconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado de hogaza”.
Querer desenraizar un vínculo tan importante –pensamos nosotros– no puede resultar muy sano. Cita de pasada, reticente, a Mourlane Michelena (1885/1888-1955), nos enteramos, por pura curiosidad, de que este iruñes, erudito mordaz de pensamiento reaccionario e hispanista, colaboró en la letra del himno falangista: “Cara al sol” y fue director del diario Arriba. Habrá vascos que digan que ellos no tuvieron nada que ver con la rebelión militar o con el régimen franquista, pero uno recuerda el protagonismo de los vascos en la gestión del INI (Instituto Nacional de Industria durante la dictadura) y también tiene memoria histórica para el camino que siguieron hacia el norte determinados recursos de capital y de trabajo barato.
Leyendo a Julio Camba uno puede dudar, con motivo, de que las ideas que se fabrican y pagan en las universidades sean necesariamente mejores que las ocurrencias –a veces geniales – que surgen en casas particulares, en talleres, en gabinetes privados o en la terraza de un bar de Pontevedra que mira al mar. La ironía de Camba es a veces profética: Se pregunta en 1920 por qué no fabricamos “máquinas de pensar” como sí se fabricaban ya “máquinas de calcular”... ¡En ello estamos un siglo después! Y asustados del frankenstein que hemos inventado, con el riesgo de que, dejando el pensar a las máquinas, nos volvamos perfectamente idiotas. De paso, y siguiendo el ejemplo de Torres Quevedo que había diseñado una máquina para jugar ajedrez, podríamos –dice el satírico cronista–, y con más facilidad, hacer una máquina que estudie la cuestión catalana y alquilársela a los señores diputados, por ver si la resuelven de una vez en beneficio de España.
Sin embargo, lamenta que el día que los españoles razonemos con cerebros artificiales confeccionados al por mayor, perderemos nuestra variedad, tan pintoresca. “Pero acaso sea precisamente esto lo que nos esté haciendo falta”. Menos pintoresquismo y un poco más de sensatez y sentido común… Constantes que no cambian y debieran cambiar, ¡y viceversa!
Camba atribuye a un anónimo comunicante las siguientes informaciones sobre la gran industria electoral:
“Cuando llegan las elecciones es como si llegara una cosecha milagrosa… Hay quien vende su voto por dos duros. Hay quien lo da a cambio de una comida, de un paseo en automóvil o de un cigarro puro. Hay quien vota por amistad, y hay algo mucho peor aún: hay quien vota por convicciones políticas. Y así se explica el que se presenten candidatos hombres que no tienen donde caerse muertos.”
Lucidez cruel, tan cruel que Camba la atribuye a ese comunicante al que le parece perfectamente legítimo que los diputados cobren, pero también que empiecen por pagar a sus electores... Y
“mientras haya gentes que voten de balde, yo no podré creer que el derecho a votar represente para el pueblo conquista alguna”.
Refiriendo al engaño de las crisis de gobierno, advierte:
“Yo no ayudaré ya nunca a echar abajo a ningún gobierno, como no me garanticen que luego no van a sustituirlo por otro.”
No se hace pues ilusiones de que las cosas mejoren cuando caiga el gobierno, porque entonces nuestro presupuesto de gastos se verá además gravado con unas cuantas y gravosas cesantías más. A las “cesantías” añadimos hoy las “puertas giratorias”. No hay esperanza para un escepticismo de tal calibre. Aunque, si los gobiernos son “un mal necesario” por lo menos deberíamos exigir que las crisis duren un poco más (como pasaba en Italia, antes de la Meloni).
“Una crisis de tres o cuatro días no compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos ministros que parecen lapas”.
La comparación con el marisco es muy propia de alguien que nació en las Rías Bajas. En aquellos años, comenta el gallego, para ser ministro se iba haciendo necesario ser catalán.
Discute la tesis de que el bolchevismo, tan en auge entonces, fuera enfermedad. No lo es, porque
“las enfermedades sólo ponen en peligro a los enfermos, y el bolchevismo constituye un peligro únicamente para aquellos que no son bolchevikis [sic]”.
Puede que las distintas sectas políticas representen deficiencias mentales imposibles de combatir. Se habla muy mal del capital, y puede que el dinero sea una cosa muy mala, sobre todo para aquellos que no lo manejan, pero Camba confiesa que a él le ha parecido siempre cosa milagrosa el dinero, dado que no puede ni imaginar el proceso por el que un duro se transforma en patata. Toda la cuestión social se reduce a una cosa: que el hombre no quiere trabajar y es preciso que trabaje. Pretender establecer el trabajo colectivo como base de la sociedad futura es un absurdo, porque la civilización es, precisamente, una lucha desesperada del humano para no tener que trabajar.
Por eso se han inventado las máquinas, para ello se han canalizado ríos y domesticado animales, para que animales, ríos y robotes trabajen por nosotros. –¡Lo que inventan los hombres pa’ no trabajar! –decía el baturro del cuento, viendo como el pintor copiaba en su lienzo el paisaje.
La paradoja es lo mucho que laboramos para no tener que laborar. Por eso los obreros hacen bien en exigir que todo el mundo trabaje. De ese modo tocaremos a menos trabajo y el sacrificio se atenuará. Sin embargo, Camba prevé que, mientras en nuestra sociedad uno puede soñar con librarse de trabajar –con jubilarse, por ejemplo–, en la sociedad futura esa esperanza no la tendrá ya nadie. El mal será menor, pero lo hará parecer mayor su carácter ineludible…
“... Hasta que unas máquinas maravillosas nos lo hagan todo… y mientras no se den cuenta de que las explotamos”.