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SIGNAMENTO

TRÉBOLES ABSTRACTOS DE VIÑALS

TRÉBOLES ABSTRACTOS DE VIÑALS

Flamencos de cristal

“Camino del absurdo, clama razón la vida”

Dice Guillermo Fernández Rojano que, en el Limbo de tontería que habitamos, de vez en cuando nace un alucinado y dice No: que nuestro espacio natural, la tierra, es infierno, en el que Paraíso es retrete, bar y alcoba, o sea, los servicios comunales de Infierno. Exagera, como todos los poetas, al decir que poesía es fermento de todas las manifestaciones orgánicas e inorgánicas de la flora y la fauna que pueblan el planeta y de las que pueblan a cada uno de los seres que lo habitan; el hombre y la mujer entre otros. Aunque esta opinión tal vez la hubiese podido compartir Juan Larrea, que pensaba la historia, la natural y la artificial, como aventura de Imaginación Poética. Yo creo que hay muchas funciones físicas o químicas que pueden realizarse sin palabras, y que no por eso han de carecer de sentido. Sentidos más perfectos que palabras, sentidos que son como los silencios de los cuartetos de Beethoven.

Cuando traza esas hipérboles, refiere el vate Rojano al libro de José Viñals (quien fuera su amigo): Animales, amores, parajes y blasfemias, seguido de Cielo (Germania, Alzira 2000), en cuya introducción nos habla de ese que Viñals convierte en letanía y de esa inmensa vagina de espesura lingüística donde el poeta invita al placer erótico y a cierto desmadre, obsequiándonos con ligeras mostraciones escatológicas (“cada uno su mierda y su infinito”), las que cabía esperar de quien sólo se tiene por cuerpo y corazón, aunque mencione "alma", más raramente espíritu. Ríe Viñals con mueca fugitiva la escasez de sentido, pero aún se conmueve con la cruzada de los niños contada por Marcel Schwob, que convirtió el episodio y mito medieval de 1212, “el cortejo de los niños descalzos”, en una de las obras cumbres del simbolismo francés (La Croisade des enfants, 1896)… Los niños “hablan de noche con los ángeles”. (Nos detendremos en decir que Jorge Luis Borges —declarado admirador de Schwob— citó a Schwob como modelo supremo de síntesis narrativa. Literato superior).

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José Sebastián Viñals Correas nació en Argentina en 1930 y ha residido en España desde 1970. Vivió en Torredonjimeno (Jaén) y entregó su alma en Málaga, en noviembre del 2009. No hubo género literario que su fértil facundia argentina no cultivase. Fue hijo de emigrantes, de padre barcelonés del que heredó mayúscula de nombre propio, José, y madre extremeña, Laureana Correas, nacida en Losar de la Vera (Cáceres). Casó con la artista del tapiz Martha Beatriz Guzmán a la que dedicó gran parte de su obra poética y valióle de musa constante en su producción:“En el tapiz del unicornio es diurna la hora, incomprensiblemente”.

Es relevante saber que Viñals Creció en un entorno humilde y rural, lo que impregnó profundamente su imaginario mítico, telúrico y torrencial con los términos y labores del campo. Vinculado a la postvanguardia, entre 1970 y 1972 residió en Bogotá (Colombia), donde dirigió revistas y suplementos culturales, más tarde su vinculación con la geografía andaluza y sus círculos poéticos fue especialmente entrañable e intensa. A lo largo de su carrera recibió importantes reconocimientos literarios:  entre ellos, el Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma por su obra Milagro a milagro (2000) y el Premio Nacional de Poesía Villafranca del Bierzo en el mismo año por su poemario Transatlántico / Transversales.

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 En los “Celos” del argentino reespañolizado aparece hasta “el puñal de Casiano”. (Fue Manuel Casiano Fernández célebre orfebre y joyero que elaboró preseas y puñales procesionales para imágenes marianas). Como los puñales que simbolizan los siete dolores de una Madre, siete son también las emociones que entusiasman a las vírgenes de Viñals. Sus dioses son más paganos que cristianos… Su fauno tiene pezuñas azules, dientes de plata y un fueguecillo fatuo en la garganta. Ama sin tregua. Escribe Viñals que de la preñez de Fauno nacen poetas menores sin dioses, o con “dioses de perfil podrido”, díscolos de lengua, que se arraciman en sombras con malsanas e incestuosas tendencias a copular con madres. Únicamente rinden tributo y devoción venérea a la hembra amada: “En Tu nombre, como creyente de Tu nombre sin tretas, Novia perfecta, inacabable, me pongo de rodillas”.

El irracionalismo, tal vez sea una maldición, no afloja desde los simbolistas… Clama razón la vida, pero la misma razón…

 “tiene términos, fronteras razonables; la sinrazón, el sueño de las contradicciones y la vaga esperanza de la sintaxis y el descubrimiento… No lo penséis ya más, una y otra son una, tristes, complementarias. O, si queréis, pensadlo: da lo mismo. Por el camino de la razón también se llega a la locura. A la locura, digo, cuyos supremos sacerdotes meten la nariz en el dedo, y en el sembrado flotante de nenúfares hocican con el culo. Flor a la flor, aroma a la fragancia, ornamento al hedor, mierda a la vida”.

Nada más lejos de la cursilería que la prosa poética de Viñals…

“Tu labio negro. Tus ojeras moradas… Tu pelo de ala de parduzco murciélago. Tus tetas blancas con venillas azules. El almidón gastado de la bata, la descalcez del pie…”

Se puede decir que el autor milita contra la cursilería:

“Luego vendrá la primavera con su carita de muñeca de porcelana edulcorada, y con ojuelos de cristal redondo tratará de mirarme de hito en hito. Pero yo le diré: Señora mía, dije que no había tiempo, y no había tiempo. Haga el favor, ahueque, me repugnan las flores”.

Hace pausas breves para “peer contra la noche”, aunque exalte a la amada atribuyéndole las propiedades de la célebre Colombina de la Commedia dell’Arte, participándole sus “celos de idiota”, de Arlequín veneciano “negro para la muerte, blanco para el delirio y el ignoto placer de las conversaciones delicadas”. Es Colombina palomita ingeniosa, realista, sirvienta astuta, aguda, pragmática, independiente, a la que nuestro poeta confunde con un modelo de Modigliani, con “carnaciones de nácares dulcísimos”. Al final la figura cómica es mera máscara.

CIELOS TELÚRICOS

El Cielo del poeta es el de un hombre irreligioso que busca en las alturas lo que en ellas no halla, y se conforma con hociquear el lucero celestial que su amiga luce en la frente, “tonto de cielo, engullido por el azul y acaso por el mar”, menos mal que…

“uno es carne de cielo, si se quiere. Carne de cielo…, insecto luminoso, de ida macho, de regreso hembra, temblador, abusivo, silbador, de intestino largo sin circunvoluciones, llorón, bestial, mancha oscura en el sexo, fulgor en la cabeza”.

Una antropología de menestoridad para un ateísmo blasfemo, que no le impide jurar, es decir poner a Dios por testigo, por la sagrada boca de sus nietos, mientras recuerda la hermosura terrible y los ángeles de la Elegía de Rilke. Pero la elevación del poeta hispano siempre acaba en anticlímax:

“Carne de cielo, papilla alimentaria de alimañas celestes. Pero ¿qué cielo? Extensión funeraria, caldo para los júbilos, espacio romo para un coito de perros”.

Son “Deyecciones” de una soteriología desesperada…

“Seremos los Intactos, los insignificantes fragmentos de boñiga de la vaca celeste, la que da leche eterna de sus ubres de palo. Hijastros de la vaca yo y el cielo”…

No se hace ilusiones, el pobre, acerca de su destino, humano demasiado humano. Se describe como “un golondrino supurante en la axila de dios, un pedo entre los astros”… Cree Viñals que dios es plano o “treta de los labios”. Llama Cielo a lo que otros llaman memoria y otros alma, y otros vínculo con dios, y otros asiento de los astros, y otros espacio para el pájaro y sus circunvoluciones y sus caprichos y sus vértigos. Y lo peor de la Memoria es que acaba siendo olvido.

Y por eso, seguramente, pide auxilio, que le echen una mano...

“para salir de esta inmundicia, de esta hermosa cloaca, de esta exquisita fetidez humana”… “¡Cuán hermoso es el mundo! ¡Qué fea la garganta de las necesidades! Dame tu miel escuálida, tu leche diminuta”.

Se entrega a veces Viñals, como Pérez Estrada, a la venganza, mediante la crueldad poética: las atontadas mariposas del otoño,

“la verdosa oruga ciega de la vid ¿a qué aparece con su cara boba? ¿Qué busca en el conjunto tibio de mis libros?”… “Hay tantos bichos exagerados…”.

Y se asimila a un gallo de corral con los instintos agotados: “Ya ni siquiera canto al sol, que era mi rito matutino”.

El libro que aquí voy terminando de comentar contiene una serie dedicada a distintas ciudades: La Habana, Granada, Barcelona, Bogotá, Lisboa, Buenos Aires… Y Madrid, una estampa que facilita en uno de sus párrafos la salivación del lector:

“En el cristal ultramarino están Madrid y un jamón de Jabugo, Madrid y pimentón dulce o picante, Madrid y bacalao, Madrid y bota de vino de otras tierras, y Madrid y mi casa, Madrid y el cielo, Madrid y la fragancia, y el Madrid ciego de los albañales junto a la tan panzuda vasija de la miel de romero, o el lomo en orza, o la solemne nuez moscada.”

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Futuros inciertos

Tampoco muestra Viñals fe en el futuro…

“Si es que hay futuro, si no se trata de meras invenciones o coartadas, sea para matar o bien para estar muerto”.

Enfréntate con su poesía, lector atento, si te van las delicias de lo indirecto, las visiones invertidas, los reflejos…, de quien se rompe la crisma contra el mundo, pero al fin se muere “en las complejas iluminaciones del cielo y la belleza”...

Esta será la ruta:

“Camino de ti donde todo termina, donde todo comienza. Camino de la planta de tus pies donde se inicia mi jardín civilizado. Camino de tu paciencia donde tengo yo mi urdimbre y mi cadena. Camino de tu cielo donde desaparezco como un obús celeste, mitad luz, mitad ebriedad lenta de intemperie y de luna, de fulgor y bactracio”.

A él, como a nosotros, el gardellino, jilguero veneciano de Vivaldi, aun nos contamina con sus absurdas ganas de estar vivos, cantando para un presente que será siempre futuro.

Reconoce que ceniza sobre papel son sus poemas, sin costuras (inconsútiles), polvillo gris en cada libro suyo, mas polvo enamorado, que brilla endemoniado, polvo de conversaciones viejas más la certeza melancólica del olvido.

Su estandarte es un caballo violeta con las crines doradas.

Nota

El curioso lector puede leer en este mismo blog nuestro comentario critico sobre el excelente libro de cuentos de José Viñals Miel de avispa: 

https://signamemento.blogia.com/2026/062201-mieles-de-avispa.php

ILustración: máscara veneciana de Colombina

PERSONAS DE ROJANO

PERSONAS DE ROJANO

He conocido a los anómalos, pintorescos o estrambóticos personajes de Guillermo Fernández Rojano (Personae, 2026) en su Taller clandestino de las letras. Los figura o inventa de muchas clases, condiciones y épocas...

El poeta romántico August Schwender (1869-1958) existió realmente, pero no conocemos a quién quería disparar, ni si sería a él mismo. Comparecen en sus páginas también amas de casa, madres de familia como la poco gentil Leonarda Cianciulli, cuyas intenciones son maternales, salvar a su hijo de las balas del enemigo, sólo que para ello tuvo que hacer jabón con los restos mortales de dos o tres inocentes vecinas a las que asesinó. Creía que sacrificándoles a otros seres humanos, las potencias celestiales u obscuras salvarían a su cachorro. Puro atavismo.

Y es que –como dice Rojano‒, las creencias, indecisiones y peligros son neutralizados fácilmente por el ímpetu de supervivencia, esa energía que Spinoza llamó conatus o esa fuerza primitiva y activa a la que Leibniz llamó “mónada”, energía o entelequia que percibe y apetece. Desear y conseguir, that’s the question! Devorar o ser devorado, that’s the question!. Sobre todo deseamos seguir siendo, aunque sea a pesar de otros o en otros.  Esa energía toma hoy en los febriles hijos e hijas de la prisa, es decir, en nuestra modernidad, el modo patológico de la ansiedad, ansiedad que Rojano define como un temor sin motivo.

Nuestros antepasados del Paleolítico inferior rumiaban otros motivos balbuciendo una jerga elemental que sólo el sueño –o la pesadila‒ podría descifrar, recuperando con ello una memoria ancestral, recuerdos remotos de antepasados que sobreviven ocultos dentro de nosotros, como coleópteros diminutos bajo la hojarasca.

No he podido decidir aún sin Rojano ama o desama los puentes, a los que dedica cuentos y versos. Habla mucho de ellos, dice, verbigracia, que se inventaron para quienes creen en obstáculos insalvables, se dejan llevar por las medidas o tienen miedo de no llegar a donde sea: a Durango desde Sinaloa, por ejemplo. Se ve que Rojano ha viajado mucho.

Fue Eduardo Chicharro Briones (1905-1964) quien convirtió en icono postista al “pequeño hombre que fuma”, que Rojano resucita para que anuncie los saltos mortales y tirabuzones del diablo por nuestros territorios mundanos, porque el mundo se desliza a lo largo de los mil doscientos kilómetros de la espina dorsal del demonio, que no era para Platón sino un intermediario (algo metaxy), un puente entre los dioses y los humanos. Por supuesto ese daimon socrático tiene poco con ver con el Maligno cristiano, emparentado éste con aquel que desafió a Yavé y gustaba asumir perfil rastrero de Serpiente. No le pidas consejos a Satán; quiere quedarse con tu alma.

El alma del demonio cristiano es experta en caer donde el agua corre a hilitos de luz, las espigas son la medida del silencio y la inmundicia humana aún sigue evaporándose, según poetiza Rojano, y eso gracias a la descodificación cuántica, al entrelazamiento de iones, que consiente tales saltos mortales, los del diablo y los del autor de PERSONAE.

Resucita también a Filipo II (no confundir con nuestro Felipe II). Rojano refiere al padre de Alejandro que llamamos Magno o el Grande, macedón borrachín que no mandó edificar ningún Escorial, Filipo II de Macedonia es descrito por Demógenes como rey rudo, de temperamento fuerte, aficionado a la caza y nada moderado ni en el comer ni en el beber. No obstante, no era ningún tonto y llamó a Aristóteles, hijo del médico de su padre el rey Amintas III de Macedonia, educado en la Academia de Platón, para que se hiciese cargo de la educación del joven Alejandro. El sabio estagirita le enseñó al príncipe retórica, pero también música y canto, artes estas de las que Filipo se burlaba por parecerle cosa de afeminados.

(Tengo que consultar si es cierto que Platón recoge en su Carta XIII su afición a la pelota –hecho al que alude Rojano de pasada‒. Según este, el Divino ateniense saluda y pide al tirano de Siracusa Dionisio que salude “a los compañeros de pelota en cuyas espinillas tantos recuerdos dejé”. No puedo fiarme mucho del autor de Personae porque inventa bastante, eso sí, a partir de acaecimientos confirmados por los historiadores. ¿De verdad era Platón faltón en la cancha? No me lo puedo creer).

Rojano llama Aristógeno a Ἀριστόξενος (354-300) reconocido filósofo de Tarento ( colonia griega de Τάρας), quien fue también músico y teórico de la música de la escuela peripatética. Su padre Espíntaro había sido discípulo de Sócrates. A Aristóxeno o Aristógeno no le gustó que Aristóteles nombrara a Teofrasto como su sucesor en la dirección del Liceo. Se dice que consiguió curar con la dulce melodía de su flauta a un hombre que había enloquecido por el sonido violento de una trompeta. Rojano le atribuye al flautista un fantástico sueño para describir la modernidad: una caída al vacío desde el puente más alto del mundo, un vacío que una voz seductora de mujer describe como fértil: “una inundación de ser en el ser, una caída hacia arriba”. Sí, se puede caer hacia arriba. Con el progreso de la tecnología, y otros que le acompañan como el de la infertilidad femenina y masculina, se puede decir con acierto que estamos cayendo hacia arriba. Aristógeno, mientras soñaba revelaciones luminosas o sombrías, roncaba como hombre humilde y sabio con sensibilidad para la música. La música –dice Rojano‒ actúa como elemento de absorción y transformación de las frecuencias negativas en positivas.

No fue este el caso del profesor Frederick Fredrickson, especialista en arqueología, al que volvieron loco los restos óseos de una joven del Neolítico. Su cerebro entró en cortocircuito y escribió en seco con la pluma de cuervo del Barón Corvo un ritual sadomasoquista que él mismo, en una reencarnación anterior, habría realizado con una espina dorada (recordemos la que Machado sentía no seguir padeciendo en el corazón clavada), cometido sobre el cuerpo hermoso de Irina, joven de veintidós años con un tatuaje flamígero en el muslo derecho, un as negro de picas en el glúteo izquierdo y dos anillos en el clítoris. Tres días duró el incendio sensual, infernal y morboso, semen y sangre, placer y dolor extremos e insensatos. Mientras Irina agonizaba por las numerosas heridas que iba causándole el profesor con la aguda espina, Frederick contemplaba el gran vacío anterior a la creación del universo… Olvidemos estas extravagantes alucinaciones, el feo cajón de arañas del profe nórdico y la letra seca de su pluma de cuervo...

Más interesante es la historia de Julius Boring empeñado en un proyecto malvado: cómo molestar a los mejores amigos, provocándoles las emociones más podridas de la humanidad sin vernos afectados. ¡No se puede ser más miserable! Hay gente pa’tó, y muchos sacan por internet entradas para las calderas de Pedro Gotero (o Botero).

Meno mal que enseguida, a vuela pluma, trae a colación Rojano, sin venir mucho a cuento, que la madre de Kant, Anna Regina Reuter, nacida en Núremberg, era hija de un fabricante alemán de sillas de montar. (Todavía recuerdo la cara que se le puso a un profesor de instituto de Hamburgo, especialista en Filosofía, cuando me oyó decir a los alumnos que la familia paterna de Kant procedía de Escocia. Cara de pocos amigos, si hubiera tenido entonces a mano un cuchillo me habría apuñalado. ¡Los alemanes pueden ser tan chovinistas como los francesas, o más!). Vale nombrar al padre y a la madre. Los padres son tan importantes como las madres, aunque estén menos presentes, menos a mano de sus crías, sus retoños sólo necesitan sentirlos proximos, creer que sus padres puedan acudir en una urgencia, que puedan contar con ellos. Kant no hubiera sido el mismo que conocemos e ilustró el mundo sin el pietismo que le inspiró e inculcó Regina de pequeño, piedad cristiana, educación severa que activó en él un pensamiento independiente y crítico de rechazo de la cobardía y la pereza que engendran aquiescencia frente a tiranos y abusones, y fomentan una comodidad enfermiza. ¡Lo que tenemos hoy, por no hacerle caso a Enmanuel!, porque la razón aún no ha sido hallada y las lenguas que intentaron darle sentido, como declara Rojano, adolecían de valor.

***

Rojano adorna el arranque de la segunda parte de su PERSONAE con una larga cita de Jorge Luis Borges, al que tuvo la suerte de conocer personalmente y con el que departió durante unos días en un hotel de Ginebra, roma de Calvino. Cuenta en esta segunda parte la historia de la hermana Remigia, de origen galorromano por parte de padre y andaluza por parte de madre. Ella, como Meleagro de Gádara, saltan de unas edades a otras como quien se va de vacaciones a la costa o a la sierra... ¡Ay, si se pudiese saltar el tiempo como se salta el espacio! Tendríamos trenes temporales de alta velocidad para experimentar qué se siente en una cacería de mamuts, en una fiesta de gladiadores o en una orgía alejandrina. En general, creo que preferiría transportarme al futuro, porque ofrece más sorpresas, puede que desagradables. El futuro descansa en las rodillas de los dioses, mientras que del pasado tenemos una idea basada en indicios, por lo menos aproximada.

Los personajes de Rojano saltan desde el Egeo de la época de Safo o de Alejandro al presente siglo XXI, a la aldea de Los Maguillos, lugar rústico y perdido en las Sierras de Arugas y Zenabres, que no sé si son montes inventados, pero que sin duda han de estar abandonados o muy poco poblados en los altos del Segura, cerca de los Campos de Hernán Pelea, por ejemplo, esa extraordinaria y altísima planicie con clima propio. Por allí --contaba mi padre-- se refugió un empresario extorsionado por ETA para evitar los saqueos de la banda mafiosa y fanática de paletos asesinos. Un vasco exiliado por el totalitarismo nacionalista, como tantos. En esos parajes no es imposible que una paisana lleve el nombre helenístico de Apolonia, el precioso de Balbina o el rotundo de Remigia, la cual Remigia llegó a muy vieja, hasta el punto de que tenía ya ganas de que el Señor la recogiera porque a esas carnes de ancianidades amojamadas les duele andar y les pesa hasta el aire que respiran. Lo sé bien por mi madre que está para cumplir los noventa y tres y todavía se vale por sí misma gracias a Dios para lo elemental, pero muchas tardes dice lo que Balbina, que ya no sabe que hace acá, que ya no hay nadie fuera de nosotros que la conozca, porque su marido y amigos han palmado. Duele vivir a esas edades, sobre todo si duermes sola y de noche. Remigia predecía la llegada de tormentas por el dolor de sus huesos y adivinaba los abortos espontáneos de fetos mal concebidos. Pesaba menos que la ropa gris y negra con que vestía. Vivía en un mundo que se acaba, un mundo en el que un águila puede llevarse a un pollo delante de tus narices, la garduña entra una noche en el gallinero y decapita a treinta gallinas y una vaca cae en una ciénaga que se la traga entera mientras te mira con sus ojazos trágicamente.

Meneagro de Gádara, hijo de Éukrates, antólogo y compositor de epigramas, tuvo una segunda oportunidad con Balbina en los altos de Los Maguillos, adonde acudió haciéndose pasar por un buhonero y vendiendo hojas escritas por acreditados poetas de la Antigüedad clásica. Y se hizo a aquella vida dura de establos, viñas, terrones, bosques y olivar, donde no hay más calor en invierno que el que se extrae de la leña quemada en el hogar y donde el sol, para la Virgen de agosto, cuando las chicharras te laceran los oídos con sus celos interminables, cae con mala leche. El Meleagro de Rojano apura la vida malamente, atándose una soga al cuello, con un tosco cigarro entre los labios, mientras los últimos versos de un epigrama surgen con toda claridad en su mente.

 

 

VENGANZA CRUEL

VENGANZA CRUEL

Tan incorrecta políticamente resultó en 1946 la primera novela de Boris Vian (Escupiré sobre vuestra tumba) como resulta hoy, aunque por distintas razones, porque el autor describe con pasmosa verosimilitud y excepcional economía de medios el funcionamiento de la mente de un libertino cuyo único propósito es la venganza criminal y sádica.

Es comprensible que el autor tradujera la novela negra y de horror usamericana, pura acción, automóviles, velocidad, disparos..., aunque la de Boris Vian añade sexo explícito, casi porno (a distancia del de Henri Miller), sin la menor delicadeza, lejos de la sensibilidad poética de Anaïs Nin. Dice en el prefacio que Vernon Sullivan (supuesto autor autobiográfico de la novela, pseudónimo de Vian) usa un vocabulario menos descarnado, más próximo a la tradición erótica latina... No lo creo.

La novela fue prohibida en Francia en 1949 cuando ya el malditismo simbolista y el humor libertario de la bohemia parisina se consumía en últimas e infernales brasas. En España, fue Juan García Hortelano quien tradujo a Boris Vian. Lo sé por el prólogo de Rosa Pereda (2002). Y el escupitajo vengativo del francés contra el racismo (?) circuló por el sistema digestivo semiclandestino de una minoría de literatos y críticos de la España nacional-católica.

Se puede denunciar una situación como la discriminacion racial usamericana con inusual crueldad; es lo que acreditan estas rotundas y trepidantes, desvongonzadas y violentas páginas, con sus diálogos como disparos de revólver y sinestesias de ron y bourbon de Kentucky.

Boris Vian (cuya foto ilustra este artículo) no vivió ni cuarenta años, pero bulló intensamente y le dio tiempo a mucho: ingeniero de carrera, músico, escritor de vanguardia, guionista de cine, poeta, letrista para Brassens y Juliette Gréco. Sus letras, para centenares de canciones, mezclan el humor negro, la sátira social, el antimilitarismo y una profunda melancolía. Verbigracia, Le Déserteur (1954), que fue prohibida en la radio francesa por "atentar contra la moral pública".

Efectivamente, Escupiré sobre vuestra tumba pone en solfa la inocencia (cuyo símbolo es el hermano Tom, maestro de escuela y negro religioso), al que describe así su hermano Lee Anderson:

"A Tom le quedaban en la cabeza demasiados prejuicios de bondad y divinidad. Era demasiado honesto Tom, y eso acabaría por perderle. Creía que haciendo el bien se cosechaba el bien, y en cambio esto sólo ocurre por casualidad. Lo único que importaba era vengarse, y vengarse de la manera más implacable posible."

Es la "odiosa humildad" impuesta por los blancos la que pone --según Lee-- palabras de piedad en los labios de Tom. Lee Anderson, en contraste con su hermano Tom, es un héroe trágico de la impiedad, un héroe expresamente revanchista, cruel, sádico, lúbrico y malvado, lo cual, disfrazado de blanco, lo vuelve estéticamente irresistible para pálidas y sensuales doncellas con posibles, deseosas de emociones intensas...

EL SOLANO DE ALDECOA

EL SOLANO DE ALDECOA

“En la huida no hay camino, sino rastro”

Ignacio Aldecoa

 

El mundo que describió Ignacio Aldecoa en 1956 ya no existe. Fue maestro indiscutido del neorrealismo, pero la realidad cambia y en los últimos tiempos acelera sus impulsos de renovación hasta hacernos sufrir vértigo. En aquellas tabernas de los cincuenta que el autor describe se bebía vino, y no cerveza; coñac, y no güisqui; aguardiente de orujo…; se comían bocadillos de sardinas, con mucha miga para sopar el aceite. Años de escaseces. Por aquel entonces, andaban todavía recueros por los caminos dirigiendo asnillos como el Platero de JuanRamón, y eran raros los tractores en los campos. Abundaban en España los pueblos (en Andalucía, pueblos grandes, más pobres en Castilla), la España rural era más densa que la urbana, los ganados, las huertas, las tierras de pan y de aceite eran decisivas para la subsistencia de las gentes…, escaseaban las fábricas.

En la novela de Ignacio Aldecoa (1925-1969) Con el viento solano, el destino toma la figura de aire maligno, ese solano que alienta el fondo de los campos y que en julio lo quema todo en la meseta, que hace que se peguen las moscas ojeras a los párpados de las bestias y las moscas culeras a los años de las mulas, el solano maligno que levanta la hierba espigonera, seca y quebradiza, dándole gallardía abrileña y que hace secar las lengüecillas de culebras y lagartos sedientos en balates y majanos, mientras los alacranes corren a la sombra de piedra en piedra y las arañas refuerzan sus telas vencidas por el polvo. El solano hace volar en garabato a la avispilla y da la bocanada cálida y húmeda de la tormenta, desde la amarillez remota. Pasa, a veces, cargado con los humildes aromas de la tierra y trae, otras veces, ese dulce y pegajoso olor de tormenta que Antonio Carvajal quiere que llamemos “humuvia” y que el diccionario llama “petricor”. El solano –dice Aldecoa— hace pelear a los machos cabríos y es como huelgo de diablo fino.

El viento solano es el símbolo del fatal impulso que arrastra al gitano Sebastián al desastre: al asesinato y a la huida desesperada, en busca de una familia que no le acoge, es decir, lo peor que puede pasarle a un calé que fue “jaque”… Porque “la fatalidad rige el destino de los hombres” (Mario Camus), como si todos fuésemos víctimas del destino, más que del mal vino. El crimen hará a Sebastián, paradójicamente, mejor persona de lo que era: pendenciero, violento, caprichoso, dominador, susceptible, cruel… En su huida hacia ninguna parte verá el mundo y a las personas de otro modo, se cruzará con almas nobles, como Roque, que le darán lecciones de vida.

¡Memorable, el personaje del faquir de feria!, ¡la bohonomía de Roque!, quien recorre el mundo con una maleta de artefactos del oficio, en la que atesora un libro de vidas de santos que le regaló una señora cuando lo ingresaron por perforación de estómago en el hospital, cosa que suele pasar a quien muerde vasos y traga sables. Roque sabe que vive de milagro. Es generoso y bastante feliz porque se conforma como Sócrates con lo necesario, gusta del trato con los otros y sabe que "el dinero sobrante" es mal compañero. También Sebastián, el gitano prófugo, se enternece a la vista de aquel hombrecillo desnutrido y alegre, soñador y religioso…, aquel hombrecillo que daba la cara al mundo, valiente como pocos, pero que igualmente sabe que las fieras gustan y son aplaudidas en el circo porque el público espera que se coman al domador. “El público es así. ¡Qué gente!”. Ese mundo de domadores y adivinas de feria tampoco existe ya.

Conmueve también el personaje del viejo señor Cabeda, expresidiario y trotamundos, convencido de que el Paraíso no fue otra cosa que una larga y buena siesta y que a Adán lo despertó la mujer y perdió con esa vigilia que le impuso Eva la ciencia del dormir. Aparejador de candilillos de verbena, el viejo filósofo opina que las especies que se extinguen suelen ser las fuertes. Por lo tanto, lo mejor para pervivir es ser débil, por eso las moscas jamás desaparecerán y son moscas desde los orígenes, en cambio los dinosaurios son piezas de museo.

Me parece admirable la voluntad de estilo de Ignacio Aldecoa, su estudiado manierismo literario, no percibo raro que coquetease con postistas en las tertulias de aquellas mitades obscuras del siglo pasado; fumador y bebedor indomable, murió prematuramente con cuarenta y cuatro años, su viuda tomó su apellido como nombre literario: Josefina (Rodríguez) Aldecoa, también excelente escritora, y notable pedagoga.

Ignacio Aldecoa, de origen vitoriano, poetiza magistralmente el verano manchego en estrofas anafóricas:

“A las cuatro canta la cigarra la nana amarilla, que es como el crepitar de la hoguera del sol. A las cuatro se despluma el gallo bajo las alas, quemado del piojillo rabiado de calor. A las cuatro la mula parda tiene una momentánea rebeldía con el carretero y tira de las varas con una fuerza de máquina loca y quisiera arrancarse el sifué y necesita tres trallazos para acompasarse. A las cuatro la carretera es una línea de piedra hojaldre que la apisonadora machaca. A las cuatro la urraca descansa para la aventura de la fresca. Donde la mosca zumba, está atenta la araña. Donde el polvo reposa, traza su suave estela el pececillo de pared. Donde duerme el amo, duerme el can, siesta profunda y sueño malo. Y peca la moza de sueño turbio y peca el vago con un crimen de dinero, de mucho dinero, para cultivar el descanso.”

(El sifué es una sobrecincha que se coloca sobre el lomo de las caballerías para sujetar la manta o la silla parando por debajo de la barriga del animal)

En la Biblioteca de EL MUNDO, prologa Mario Camus la novela de Aldecoa que hemos comentado. Camus creó una película en 1966 con Antonio Gades como Sebastián, el gitano protagonista de Con el viento solano. En el rodaje compareció Ignacio Aldecoa en numerosas ocasiones, incluso se emocionó viendo hablar a sus personajes.

UN MUNDO PARA JULIUS

UN MUNDO PARA JULIUS

Tras su reciente fallecimiento, he querido rendir homenaje al escritor peruano y cosmopolita Alfredo Bryce Echenique leyendo su novela Un mundo para Julius. He aquí un breve comentario.

¿Puede alguien descubrir la absoluta frivolidad de los muy ricos sin juzgarla? ¿Es posible mirar con inocencia el descuido interesado y egoísta de los millonarios? ¿Aceptar extremas desigualdades sin indignación? Mire usted, durante siglos se aceptó la esclavitud como una condición natural, se supuso la condición semianimal de ciertas razas... La conciencia moral tiene su historia.

Y ya se sabe que el siervo acaba adoptando la mentalidad de su señor. Servir las costumbres de la oligarquía peruana, limeña, de los años sesenta del siglo pasado como espectáculo magnífico, irónico, tierno y humorístico a la vez, es lo que hizo Alfredo Bryce Echenique en su monumental Un mundo para Julius que fue su primera novela, publicada en 1970.

Hoy se antoja una obra delicada y graciosamente incorrecta desde una perspectiva política, es decir, de izquierdas, perspectiva del poder público por excelencia por mucho que su "relato" se deshaga cada vez más como una máscara hipócrita, precisamente "incorrecta políticamente" porque en esta novela no se habla para nada de política, aunque eso sí, se describe toda una economía del poder social, micropolítica en sentido foucaultiano, la dialéctica cotidiana del poder y del deseo en un espejo formidable e implacable.

La perspectiva dominante o directa es la del del niño Julius, huérfano prematuro de padre y abandonado por la madre, infante que se acoge a los de abajo buscando en ellos la ternura y el cariño que no le brindan los de arriba, los que manejan coches caros, visten fino y mueven dinero, disfrutan pero no aman. Una cándida aceptación del mundo tal y como es, tal y como se lo encuentra un niño con orejotas como alfajores-voladores, acogido por el servicio bien pagado pero que a nadie importa es lo que ofrece este novelón.

La reina más hermosa de la frivolidad con clase y distinción es Susan, su  madre, nieta de ingleses, educada en Londres, incapaz de amar del todo, exquisita hedonista seleccionadora de lujos y de obras de arte, dócil al imperio de su segundo marido, un dandi prepontente y divertido, exponentes arquetípicos y modélicos ambos de la oligarquía limeña más snob y occidentalizada. Dicen que Bryce Echenique se sirvió de una tía suya para inventar el atractivo personaje de Susan, la que ejerce como seductora oficial en los salones limeños.

Los sirvientes encarnan el mundo andino, indígena y mestizo, cuya cuna está allí, al fondo, en las nieblas y penurias de las sierras, migrantes de los años cincuenta y sesenta. Es el mundo de abajo, el que labora y sirve. Estos no usan anglicismos ni términos afrancesados, sino un español influido por el quechua que los de arriba contemplan con displicencia. Pero la oposición entre los de arriba y los de abajo no es un conflicto como en las novelas de José María Arguedas (recuerdo la formidable El Zorro de arriba y zorro de abajo, 1971), sino un sistema de dominación y dependencia sutil y paternalista.

Julius se refugia en los barrios bajos de la servidumbre buscando allí el afecto que su clase le niega. Hay personajes intermedios como el mayordomo Carlos, ya “acriollado” porque sabe como moverse en Lima y mira a los recién llegados por encima del hombro. Vilma es la hermosa chola, principal fuente de calor humano para el niño Julius, mientras su madre, ausente, divina con ese mechón que le cae sobre la cara como un signo de suprema elegancia europea, brilla en los cócteles de la alta sociedad limeña. Vilma, la guapa y jovencísima chola, es quien le escucha y protege en las soledades del inmenso palacio. Vilma es también el símbolo del alma bella, la chica acosada sexualmente por el hermano mayor de Julius. En lugar de castigar al acosador, la familia despacha a Vilma, dejando con ello a Julius desamparado como daño colateral.

Al final de la novela, Julius descubre el trágico destino de su antigua nana, pues Vilma, tras ser despedida, quedó embarazada y perdió a su bebé… Es el fin de la inocencia, una violenta expulsión del mundo idealizado de la niñez tras el contacto brutal con las injusticias del mundo.

La oralidad trepidante del estilo de Bryce Echenique, su admirable sentido del humor y generoso dominio de la lengua le han señalado como el mejor cronista de la vida peruana de los sesenta y, si no el mejor, uno de los mejores exponentes del neorrealismo urbano literario hispanoamericano. Me reservo la oportunidad de redescubrirlo como excelente cuentista.

En 2021, la joven directora y escritora limeña Rossana Díaz Costa presentó una película sobre el guión de la novela de Alfredo Bryce Echenique.

MIELES DE AVISPA

MIELES DE AVISPA

Los cuentos de José Viñals contenidos en Miel de avispa gustarán y hasta emocionarán fácilmente a quienes se hayan criado en aldea, pueblo, ciudades pequeñitas que devienen pronto campo, esas comunidades en las que todo el mundo conoce a todo el mundo. Tiene el español-argentino de Viñals, además, el encanto de un deje indiano o criollo, pero no abusa de localismos y es maestro del diálogo.

Sus personajes son entrañables, gentes sencillas que confiesan con gracia su quereres y fobias, sus manías y ensueños. Se contradicen como todos nosotros y se expresan en hipérboles poéticas. Hablando de poderes adivinatorios, oraculares y sibilinos...

“las mujeres sueñan hasta que las desvirgan, después ya no sueñan más. No se sabe de ninguna mujer que siga soñando después de desvirgada. Bah, sueñan otra clase de sueños, no de esos que se cumplen”.

Algunos de estos personajes pueblerinos son “gente muy sin pensamiento”, pero de sentires sutiles y almas grandes. En los cuentos de Viñals hay palomas con nombre propio: Severina, que es la paloma más vieja que puede haber en el mundo si exceptuamos la del Espíritu Santo, que es eterna, objeto puro, que diría Meinong. Las palomas han hallado fácil acomodo en los medios urbanos, su extrema abundancia puede convertirse en problema sanitario y plaga, y es porque faltan depredadores con plumas en pueblos y ciudades, o porque no habitan aquí comadrejas degolladoras, rapaces o córvidos que saqueen sus nidos o devoren sus huevos. La vida sana pide equilibrio, que no sobre una especie a expensas de otras.

En el mundo donde se ingiere eventualmente "miel de avispa" (sustancia que vuelve loca a la gente), quedan todavía caballos de tiro y carros ligeros llamados sulky. El hombre llano también filosofa:

“Las creencias y la maldad son iguales de grandes. ¿Y sabe por qué? Por la gran desocupación que hay y los pensamientos que se tiene cuando no se tiene trabajo”.

Ya lo dijo Séneca Cordobés: el ocio sin las letras es ruina del alma… “Es mucha la maldad, grande y ociosa es y es enseñada con todos la maldad" –dice Ismael Acebedo, al que la malicia popular acusa en falso testimonio de tratar con la perra… Y es que el humano solo no puede ser porque se vuelve rabioso o demente por la soledad. A Ismael le gusta cansarse bien antes de irse a dormir, “para no tener imaginaciones ni creencias”.

En un pueblo en el que todo el mundo echa la siesta quedan al menos tres sujetos en alerta, conciencias tabernarias, vigilantes y discutidoras porque...

“si en un pueblo no hay, aunque más no sea, tres personas que se ocupen de filosofía, cualquier pueblo, por rico que sea, se va a la ruina”.

En todos sitios hay gente pa’tó, gente rara y, aún en los pueblos, hay jovencitas capaces de cortarse la uñas de los pies con los dientes. Esto lo ha visto Celso Palau con un prismático que se compró para espiar a sus potenciales novias y sorprender sus defectos. No suelta el prismático y merodea en todos sitios con él.

Hay también, y esto parece imposible, quien nació rubio y blanco y muy alabado y admirado por ello, hasta que un día se hizo tumulto de mujeres visitadoras, que de tanto querer alzar al nene de ojos azul cielo y cabellos dorados se confundieron y lo cambiaron por otro y por eso ahora es negro. El sujeto en cuestión, transmutado racialmente, lo acepta bien porque 

“el hombre rubio es más delicado para el frío y se enferma más fácil y hay que cuidarlo más y es menos sufrido para el hambre".

También hay santos para rubios y santos para negros: Santa Eulogia y San Benito son santos de negros; Santa Magdalena y San Enrique, de rubios…

“Y la única ventaja es que el principal, o sea, San Jesús, es más para negros que para rubios”.

Reconoce el sujeto que de no haber sido cambiado cuando chico, hubiese llorado mucho más, porque “tiene velocidad de sentimientos, como gato”.

En los pueblos hay quien se hace famoso por sus sonrisas, con veinte tipos de sonrisas diferentes, contadas. Es el caso de Miguel Almonacid, que era también negro serio, pero de siempre, aunque con ojos glaucos; y quien, por ser ensimismado como veneno e insinuante como víbora, se entrenaba en pensar para tener cada día mejores ideas y más felices. O ese era otro que Miguel; ya no me acuerdo.

El mundo de este Viñals es el de las "chacras" argentinas, granjas que nada tienen que ver con esos supuestos centros de energía vital que son las "chakras" orientales. Este “chacra” americana procede del quechua, con el significado de tierra cultivada. Es cierto que en el mundo rural los olores son energías y no se reprimen tanto como en las urbes superpobladas, donde pueden asquear fácil de tanto aprieto en tranvía o metro. El joven declara sentir el aroma natural de mujer en flor como el mejor de todos los olores conocidos, e inventa, excitado por tales feromonas, un piropo refinadísimo, al donaire de la bella que le guiña un ojo:

“—Eh, Piba –le suelta—, no me apagues el farol que no tengo buena luz para leer”.

Personajes extravagantes que declaran pasado del autor, en que tal vez concibió obras de teatro en que a la Virgen de Fátima no le sale el milagro y lo ensaya y lo ensaya y al final se tiene que ir a trabajar a un cabaré. Cuando republicó estos relatos de Miel de avispa, José Viñals, que cuenta con doble nacionalidad hispano-argentina, vivía en Torredonjimeno (Jaén), pero la primera edición de Miel de avispa había sucedido en 1982. En el 2000 obtuvo Viñals el Premio Jaime Gil de Biedma por su poemario Transmutaciones.

También resulta poético referir a esa gente que se ama tratándose de usté, como en siglos pasados, respetuosamente de usté se enamoriscan sin que importe la diferencia de edades. Guardan distancias y así la confianza da meno asco, de usté, a pesar de la intensidad con que sus cuerpos buscan fusión de almas, como se figura y representa en el baile cuerpo a cuerpo:

“En verdad era un gusto de alegría verlos revoleando las patas a toda furia, él con uniforme de la banda, ella con vestido de seda estampada color morado, que se los llevaban la música y el viento”.

No importó la diferencia de edad (ella mucho mayor), que llamaba curiosidad morbosa de la canalla y alentaba comentarios malévolos, porque “la gente opina por opinar; de misterios de amor o de sufrimiento no sabe nada”. Hablando de bailes: se elogia el fostro, “mejor que el tango, que la milonga, que la ranchera, que el pasodoble, que la zamba”.

Raro y sobresaliente es también el caso del viejo Adolfo que se resistía a morir mientras no viese nevar por cuarta vez en el pueblo. Adolfo fue hombre de ideas que llevaba a hechos. Fue famosa la invención de su Máquina de Gorjear, que quiso regalar al pueblo pero que acabó vendiendo a un circo para comprarse un sombrero de lujo que le hacía ojo.

Pero emociona sobre todo el relato de “Santita”, pues refiere a una virgen menesterosa y perspicaz que cura en el pueblo de palabra y obra, aunque sin hacer milagros. Nació tarde de madre cincuentona, abandonadas hija y madre por el padre de Santita, la cual muy despierta escribe autodidacta a pluma: papelitos de liar cigarros que el enfermado debe armar sin leer y fumar en familia para sanar, quemando con los papelitos barba de choclo (de mazorca), hojas de saúco y semillas molidas de amapolas que es mezcla inocente de espíritu liviano. Santita, la jovencísima sanadora…

“es protegida de su Virgen y camina de bien en bien, solitaria de cielo, y es consagrada de respeto y nunca llora de penuria ni de compadecimiento ni de ninguna tristeza porque su corazón es transparente y no ácido ni dolorido y no tiene pasión de moneda ni de intendencia y así ni se pinta ni se embadurna ni se envanece y es clara.”

Santita socorre al pueblo, gratuita como tormenta, como sol, curando y diciendo la buenaventura de los sucesos y el saber y los trabajos. Se mueve descalza para sentir la tierra y por debajo de ella presiente el bullir de aguas en flujo seguro y constante, por las que circulan y transcurren grandes peces, río adentro que es lo mismo que una corriente de coraje, la que en el pueblo falta.

Viñals añade a cada cuento un breve acápite, en uno de ellos explica, hacia el final, cómo en el cementerio de Corralito, el pueblo, está enterrado su padre, español, panadero y anarquista, que lo dejó huérfano a los tres años, y del que sabe que leía libros, cantaba bien, tocaba la guitarra y jugaba ajedrez.

(Ilustración. Foto de José Biedma López. Delta unguiculata en yedra, La Esperilla, 28 de agosto 2009).

CRÍTICA AMBIGUA DEL PROPIETARIADO

CRÍTICA AMBIGUA DEL PROPIETARIADO

Sobre Los desposeídos de Úrsula K. Le Guin. Una utopía ambigua. Minotauro, Barcelona, 1999. 

Título original: The Dispossessed (1974)

  El mismo título es ambiguo. "Los desposeídos", en el sentido de aquellos que han dejado de estar poseídos por la propiedad, pero también, en el sentido de aquellos que han sido deshauciados, exiliados de su planeta.

   Estos desposeídos son sin duda los habitantes de Anarres, el planeta gemelo de Urras. Cada planeta hace de luna del otro...

"En Anarres no tenemos nada más que nuestra libertad... No tenemos leyes excepto el principio único de la ayuda mutua. No tenemos gobierno excepto el principio único de la libre asociación. No tenemos naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Tampoco tenemos otras cosas. No poseemos, compartimos. No somos prósperos. Ninguno de nosotros es rico. Ninguno de nosotros es poderoso."

   Los anarresti han fundado una sociedad ácrata. Desde luego, no es una sociedad perfecta; de hecho, el protagonista, Shevek, un físico matemático de Anarres, descubre dolorosamente cómo el poder está presente y cristaliza en prejuicios e inercias anquilosantes. Tras generaciones de aislamiento, Shevek visita Urras, un mundo que se parece demasiado al nuestro y que describe con la inocencia extrañada de un sobrio y solidario ácrata.

   Como siempre, en las obras de Ursula K. Le Guin, la atención cabalga suavemente en una prosa ágil, aparentemente sencilla, pero muy atenta a ciertas sutilezas emotivas y sensuales:

"Un canturreo le vibraba en los oídos, pero no era la orquesta, sino ese sonido que le sale a uno cuando trata de no llorar."

   La especulación política se entreteje a veces con reflexiones de calado filosófico sobre la temporalidad, la libertad e incluso el número ("puente entre lo racional y lo percibido, entre la psique y la materia"). El ideario político de Anarres remite a criterios éticos, ecológicos. Así, el principio de economía orgánica de los anarresti --enunciado por una mujer legendaria, Odo-- afirma: "Todo exceso es excremento"... "El excremento retenido envenena el cuerpo".

  En Urras, sin embargo:

"no hay nada que uno pueda hacer en que no intervenga el lucro, y el miedo de perder, y el ansia de poder."

   El problema --en estos mundos imaginarios como en el nuestro-- suele ser el de la reconciliación entre el orden social y la libertad e iniciativa de cada quisque, por eso la libertad es paradójica o recurrente:

   «Palat no había conocido esa maldición de la diferencia. Nada lo distinguía de los demás, de todos los otros, para quienes la vida comunitaria era un hecho natural. Quería a Shevek, pero no podía enseñarle qué es la libertad, ese reconocimiento de la soledad de cada individuo, que sólo la libertad puede trascender.»

   El propietariado, la clase dominante del Estado más poderoso de Urras, no es ninguna caricatura de nuestros yupis. Por supuesto, la escritora no reduce el grave problema de la elección entre estado social, liberal o sociedad comunitaria, a una dialéctica maniquea o simplona, aunque es evidente la simpatía de la autora por la sobriedad societaria de los Anarrasti, más bien que por el lujo excrementicio de los Urrasti.

  Shevek se asusta y sorprende no obstante de lo que halla...

  «No pudo obligarse a entender cómo funcionaban los bancos y todo lo demás, pues las operaciones del capitalismo eran para él tan absurdas como los ritos de una religión primitiva, tan bárbaras, tan elaboradas, tan innecesarias. En un sacrificio humano a una deidad podía haber al menos una belleza equívoca y terrible; en los ritos de los cambistas, en los que la codicia, la pereza y la envidia eran los únicos móviles de la conducta humana, aún lo terrible parecía trivial. Shevek observaba esta mezquindad monstruosa con desprecio, y sin interés. No admitía, no podía admitir, que en realidad lo asustaba».

    El mercantilismo y la compulsión consumistas son admirablemente descritas gracias a esta distanciación que supone la mirada compasiva y sabia de Shevek como "esa calle pesadilla" en que las personas no tienen otra relación con las cosas más que la "posesión". Yo hubiera traducido aquí "propiedad" en lugar de "posesión", pues la posesión ya comporta algún género de compromiso personal.

   Pronto, Shevek descubre el verdadero mecanismo oculto del propietariado, lo que permite que la gente aguante esta pérdida de recursos, este derroche de energías y de tiempo:

"Piensan que si la gente posee muchas cosas se contentará con vivir en una cárcel."

   Shevek no está en Urras para hacer proselitismo, por el contrario, ha viajado a este planeta porque se había quedado como físico sin interlocutores válidos en el propio (los urrasti esperan de él una teoría física revolucionaria y utilitaria), pero a su pesar, se convertirá en la voz del malestar y su descripción de la educación en Anarres se convierte en propaganda:

   «Ini y Aevi escucharon fascinados la descripción de un programa de estudios que incluía agricultura, carpintería, recuperación de aguas servidas, imprenta, plomería, reparación de caminos, dramaturgia, y todas las demás ocupaciones de la comunidad adulta, y la declaración de Shevek de que nunca se castigaba a nadie, por ningún motivo.»

 Hay buena filosofía en las páginas de LOS DESPOSEÍDOS, al lado de situaciones tan elusivas, tan de lirismo contenido como gustan a la autora:

  «La luna les iluminaba los brazos y los pechos desnudos. La pelusa débil, leve de la cara de Takver la envolvía en una tenue aureola; el cabello y las sombras eran negros. Shevek le acarició el brazo plateado con la mano de plata, maravillado por la tibieza del tacto en esa luz fría.

         -Si puedes ver una cosa completa -dijo-, siempre te parece hermosa. Los planetas, las vidas... Pero de cerca, un mundo es tierra y piedras. Y día a día, la vida es un trabajo duro, te cansas, te pierdes. Necesitas distancia, intervalo. Para ver qué hermosa es la vida, hay que contemplarla desde la altura de la muerte.

         -Eso está muy bien para Urras. Dejémosla allí y que sea la luna... ¡yo no la quiero! Pero no me alzaré sobre la tumba para mirar la vida desde arriba y decir: "¡Qué maravillosa!" Quiero verla toda en el centro mismo, aquí, ahora. Me importa un bledo la eternidad.

         -No tiene nada que ver con la eternidad -dijo Shevek, sonriendo, un delgado y velludo hombre de plata y sombra-. Todo cuanto necesitas para ver la totalidad de la vida, es verla como mortal. Yo moriré, tú morirás; ¿cómo podríamos amarnos si no fuera así? El sol se apagará, ¿qué otra cosa lo mantiene brillante?

         -¡Ah, tu charla, tu maldita filosofía!

         -¿Charla? No es charla. No es razón. Es el tacto de la mano, estoy tocando la totalidad, la tengo. ¿Cuál es la luz de la luna, cuál es Takver? ¿Cómo voy a temer a la muerte? Cuando la tengo, cuando tengo en mis manos la luz...

         -Hablas como un propietario -musitó Takver.

         -Corazón amado, no llores.

         -No estoy llorando. Tú estás llorando. Estas son tus lágrimas.

         -Tengo frío. La luz de la luna es fría.

         -Acuéstate.

         Un estremecimiento le recorrió el cuerpo a Shevek cuando ella lo abrazó.

         -Tengo miedo, Takver -murmuró.

         -Hermano, alma querida, silencio.

         Durmieron abrazados esa noche, muchas noches.»

   La vinculación profunda entre el amor y la muerte, la infinitud y la finitud, la eternidad y la nada, el ser y el devenir, en una sola frase: "Yo moriré, tú morirás; ¿cómo podríamos amarnos si no fuera así?". La auténtica fusión de las almas se expresa en ese detalle breve y hermoso de no saber de quién son las lágrimas... 

   Un aspecto particularmente interesante de la crítica de Ursula al propietariado está en el tratamiento del dimorfismo sexual en la cultura de Urras. Aparentemente, se trata de una cultura agresiva y machista, y las mujeres carecen de poder político o son tratadas como inferiores. Gracias a la excitante Vea, Shevek descubre que las cosas no son exactamente así:

    «-Quiero saber si una mujer urrasti se contenta con ser siempre inferior.

         -¿Inferior a quién?

         -A los hombres.

         -¡Oh, eso! ¿Qué le hace pensar que soy inferior?

         -Al parecer, en la sociedad de ustedes los hombres se ocupan de todo. La industria, las artes, la administración del gobierno, las decisiones. Y durante toda la vida ustedes llevan el apellido del padre y el apellido del esposo. Los hombres van a la escuela y ustedes no; ellos son siempre los maestros, los jueces, la policía, el gobierno, ¿no es así? ¿Por qué permiten que lo dominen todo? ¿Por qué no hacen lo que se les antoja?

         -Es lo que hacemos. Las mujeres hacen exactamente lo que se les antoja. Y no tienen que ensuciarse las manos, ni usar cascos de bronce, o pasarse las horas gritando en el Directorio.

         -¿Pero qué es lo que hacen ustedes?

         -¿Qué hacemos? Gobernar a los hombres, naturalmente. Y sabe una cosa, no corremos peligro diciéndolo, porque ellos no lo creen. Dicen: ¡jua, jua, qué mujercita tan graciosa!, y te dan una palmadita en la cabeza, y se van con un tintineo de medallas, muy satisfechos.

         -¿Y también ustedes se sienten satisfechas?

         -En verdad yo sí.

         -No lo creo.

         -Porque no está de acuerdo con los principios de usted. Los hombres siempre tienen teorías, y las cosas han de acomodarse a las teorías.

         -No se trata de ninguna teoría; es porque veo que usted no está contenta. Que es una mujer inquieta, insatisfecha, peligrosa.

         -¡Peligrosa! -Vea rió, radiante.- ¡Que cumplido tan maravilloso! ¿Por qué soy peligrosa, Shev?

         -Bueno, porque sabe que a los ojos de los hombres usted es una cosa, un objeto que se posee, que se compra y se vende. Y sólo piensa en engañar al propietario, en vengarse...

         Ella le puso la manita sobre la boca. -Calle -dijo-. Sé que no quiere ser grosero. Le perdono. Pero ya basta y sobra.

         Esta hipocresía enfureció a Shevek, y también la idea de que quizá la había ofendido de veras. Aún sentía en los labios el roce fugaz de la mano de Vea.

         -¡Lo siento! -dijo.

         -No, no. ¿Cómo va a comprender, viniendo de la Luna? Y además, usted no es más que un hombre. Le diré una cosa, sin embargo. Si a una de esas "hermanas", allá en la Luna, le da usted la oportunidad de sacarse las botas, de tomar un baño de aceite y depilarse, de ponerse un par de sandalias bonitas, y una gema en el ombligo, y perfume, se sentirá encantada. ¡Y a usted le encantaría! ¡Claro que le encantaría! Pero no lo harán, pobrecitos, con esas teorías que tienen. ¡Todos hermanos y hermanas y nada de diversión!» 

  Shevek comprende perfectamente la relación entre la temporalidad y la responsabilidad:

    «La filosofía del tiempo implica una ética. Pues nuestro sentido del tiempo nos permite separar la causa y el efecto, los medios y los fines. El bebé, nuevamente, el animal, ellos no ven la diferencia entre lo que hacen ahora y lo que ocurrirá porque lo hacen. Ellos no pueden hacer una polea, o una promesa. Nosotros podemos. Advirtiendo la diferencia entre el ahora y el no ahora, podemos relacionarlos. Y ahí entra la moral. La responsabilidad. Decir que por medios malos puedo obtener fines buenos equivale exactamente a decir que si tiro de la cuerda de esta polea levantaré el peso de aquella otra. Romper una promesa es negar la realidad del pasado; y negar por lo tanto la esperanza de un futuro real. Si tiempo y razón son funciones recíprocas, si nosotros somos criaturas temporales, entonces será mejor que lo sepamos, y tratemos de aprovecharlo lo mejor posible. De actuar de modo responsable.»

   Odo lo dijo toda su vida: "Los medios son el fin" (295). Todo humanismo inserta un canto a la voluntad:

"La frustración de la voluntad le había enseñado a ver la fuerza que había en ella. Ningún imperativo social o ético podía igualársele. Ni siquiera el hambre era capaz de contenerla. Cuanto menos tenía, más absoluta era la necesidad de ser."

         Sin embargo, la acracia sólo es posible cuando las necesidades básicas están satisfechas:

   «Era fácil compartir cuando había comida suficiente, o apenas la suficiente, para seguir viviendo. ¿Pero cuando no la había? Entonces entraba en juego la fuerza; la fuerza se convertía en derecho; en poder, y la herramienta del poder era la violencia, y su aliado más devoto, el ojo que no quiere ver.» 

 Tal vez por eso...

"Las mujeres embarazadas no tienen moral."

  En fin, una sugestiva y estimulante ficción, demasiado real, pero notablemente esperanzadora, como la mejor tradición de la literatura humanística.

  

MALICIAS NARRADAS POR ANTONIO LINDE

MALICIAS NARRADAS POR ANTONIO LINDE

Antonio Linde se ha descartado del tarot del pensar abstracto para convertirse en relator de eventos concretos, de ficciones breves y sorprendentes que él llama “maliciosas”. ¿Será porque no suelen acabar bien? Bueno, también la vida –como decía Gala– acaba siempre fatal. Su español es tan eficaz como la secuencia cinematográfica de una persecución de autos por las calles de San Francisco. Recuerda la sustancia activa de las novelas negras de Hammett o Chandler.

Sus personajes no son héroes. Pasó el tiempo de los héroes; nadie se aventura ya a sufrir contra el destino y algún héroe posmoderno, como la influencer narcisista de uno de estos relatos que comento, puede llegar a dar pena y apagarse pronto como rosa de Ronsard… La pobre “tenía tantos seguidores virtuales [no necesariamente virtuosos] que no había sitio ni tiempo para alguien de carne y hueso”.

Nuestro universo se ha vuelto en efecto tan virtual que hay que andar kilómetros para encontrar un diario de papel y ha devenido mundo tan telegénico y digital que ya no huele a nada. Ver es otra cosa que tocar, aunque "dígito" tenga que ver con dedo, las relaciones han perdido conexión y con-tacto. Espiamos el sueño efímero de las sombras a la espera del sueño eterno. ‘Res est forma fugax’. Tal vez podamos prolongar la vida, en las tinieblas de los Mass Media, en sus restrictivas actualidades, si soportamos el mordisco obsceno de una vampiresa metida en carnes e imprevista, de exóticos ojos malvas, como la que resucita Linde en mitad de una gatada.

A Linde como a mí nos llaman la atención las libélulas, grandes cazadoras de alas membranosas, hialinas, con ojos compuestos por miles de omatidios, insectos de “reflejos tornalunados” (subraya Linde), insectos tan feroces y delicados como nuestras vidas. Sí, puede que las balas trazadoras con que se matan los eslavos en guerras indecentes –como todas lo son– vuelen en la noche como libélulas supersónicas capaces de apagar toda vida que encuentren en su trayectoria.

Algunos relatos de Antonio Linde me regalan en tierra adentro el aroma del mar, como romero (ros marinus) de jardines de Funkytown, ese universo de enclaves en la Costa del Sol donde habitaron antiguos pueblos de pescadores y hortelanos, mundo perdido y oculto bajo el armazón, abrazado y asfixiado por el cristal y el hormigón de todo lo moderno y nuevo, sobre el altozano rocoso agujereado por las olas de los tiempos, o mordido por cuevas artificiales, sitios obscuros donde se agitan y bullen presos platónicos de todas las nacionalidades, que allí acuden a drogarse, a bailar y a frotarse unos contra otros buscando éxtasis y más éxtasis. Todo muy flow entre gente muy lovely en vacación incesante…, hasta que dan con un loco o con un “emparanoyado”, que es como hoy llamaríamos clínicamente a los cobardes si transigiéramos con la terminología impune de la clínica. ¡Hay tantos! Como dice Foster Wallace (paradigma de narrador posmoderno usamericano), nuestras actitudes, si no están condicionadas por el amor, lo están necesariamente por el miedo.

Las adicciones, ¡hay tantas!, son recurso ineludible para aquellos que no soportan la realidad a secas. Adicciones a drogas estimulantes o a doctrinas enajenantes, que nos sacuden o adormilan o nos dejan catatónicos. Hay que contar con una naturaleza que es amoral y Linde se burla de quienes no aceptan la existencia del mal o la violencia de las gaviotas. Y es que –como dice Echeverría– conocemos muy bien el mal y muy mal el bien.

Tal vez se compadezca nuestro autor de aquellos que creen que la vida está hecha para quemarla “a espita abierta”. Aunque la vida no se pueda conservar, ni por mucho que nos sometamos a regímenes saludabilísimos o cuidemos de nuestro oportuno descanso y nos castiguemos en gimnasios exigentes, pues nuestra vida ha sido diseñada con obselescencia programada como los electrodomésticos, y la gracia no está en conservarla, sino en gastarla con buen gusto, sirviéndonos para ello de las clásicas y estoicas artes de la sensata moderación (sophrosyne), estrategias que hicieron las delicias del último Foucault (el cuerdo), métodos que desprecia el libertino, enfangado como se pierde en orgías y bacanales autodestructivas.

Gracias a Linde he aprendido qué es el ghosting: práctica en que una persona rompe con otra de golpe o se corta una relación íntima desapareciendo uno de los partícipes como fantasma (ghost). Perdono los anglicismos de estos cuentos porque no hay más remedio que usarlos si queremos dar naturalidad a nuestro discurso playero. Y esto lo consigue Linde con creces. Dejo aquí constancia de que no es fácil mostrarse natural como él lo consigue; no hay sofisticación mayor que la naturalidad, según Oscar Wilde.

También el confinamiento que sufrimos por el maldito sinovirus y alguna de sus más trágicas consecuencias sirven a Linde de motivo narrativo (“Confinada”). Ni faltan detalles de buen estilo expresivo: “se oían los estertores codiciosos de la digestión de una máquina tragaperras”. Uno de estos relatos trata magia de aparecido en bar de pueblo. Quien habla y parece normal y hasta considerado puede resultar ser un mal bicho, como aquel chico atento que le ayudaba con las bolsas de la compra a la señora del segundo y a quien no temblaba el pulso cuando asestaba tiro en la nuca al concejal españolista. El mejor parecido de nuestros vecinos y la chica más simpática pueden ser eventualmente asesinos sin escrúpulos, terroristas sin entrañas, tan eficaces en su depredación (política o sexual) como cualquier caimán en su cenagoso y pestilente pantano.

Algunas miradas al pasado --a los crímenes del padrecito Stalin o a la machista educación del franquismo-- sirven de anécdota que Linde hábilmente eleva a categoría en pocas páginas con una admirable economía de recursos. Aprecio mucho la brevedad precisa de estos "relatos maliciosos" que Linde ha publicado bajo el título de Me dijeron que habías muerto, inquietante crónica de una distópica epidemia psíquica (Punto cero, 2025).

En “El profesor Duchaporte” podrá hallar cualquier atenta lectora un ejercicio de metaliteratura que a la vez revela la dramática conexión entre vida y escritura, escritura que funciona como espejo artístico de nuestra extraña existencia, propia de sensibles entidades semirracionales. Me apesadumbra algo pensar con Agustín Fernández Mallo que "escribir sea como haber muerto", porque "sólo la muerte pasa la vida a limpio y a esa distancia es capaz de reescribirla. Por eso sólo el escritor es quien narra el mundo de los vivos desde el mundo de los muertos" (Proyecto Nocilla). Confirma estas aseveraciones el que sean muchos quienes, dando testimonio y hasta moraleja, la palman en estos cuentos de Antonio Linde.

En “Sala Omega” consigue Linde precavernos con la anticipación de vidas alargadas biotecnológicamente en una conquista estéril de parciales y decrépitas inmortalidades. ¿De verdad seremos más felices si logramos vivir ciento veinte años con “calidad de vida”? El envejecimiento de “neohumanes” y de la población en general, ¿no supondrá el colapso de los servicios sanitarios?; el colapso demográfico, ¿no implicará recortes y un autoritarismo en que el Estado nos ordene cómo hemos de vivir y de morir?

Estoy de acuerdo con Linde en la profecía que cierra su excelente colección de relatos: los insectos heredarán la tierra.