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Filosofía general

RACIONERO Y BARDELÁS (Por una nueva conciencia)

RACIONERO Y BARDELÁS (Por una nueva conciencia)

Tuve la suerte de conocer personalmente a Luis Racionero (1940-2020) cuando residía en una masía del Alto Ampurdan; reposaba eventualmente del mundanal ruido "siguiendo la escondida senda de los pocos sabios que en el mundo han sido". Aquella oportunidad se dio gracias a mi providencial relación con Jordi Nadal, actual director de Plataforma editorial, que hoy publica al genial pedagogo Gregorio Luri, y sigue siendo corresponsal amigo. Fue Jordi quien ajustó la cita con Racionero y el teniente de artillería Fernando Poveda quien la facilitó, pues Jordi y un servidor cumplían servicio de armas en la Séptima compañía del Campamento de Instrucción de Reclutas de San Clemente de Sasebas (Gerona), cuyo segundo oficial era Fernando, al que Dios tenga en su Valhalla o Salón de los Caídos.

No recuerdo de qué se habló en aquella mesa ampurdanesa con su sobremesa; sí, que se celebró junto al fuego de una chimenea bien provista de leños y brasas en aquella masía que no sé si se llamaba Cinc Claus (Cinco llaves), o si ese era el nombre de la que habitaba el teniendo Poveda con sus grandes daneses, sus potros, sus aves de cetrería y su vetusta ama de llaves. Recuerdo la austeridad de sus pareces blancas. En la amplia sala del hogar, además de unas cuantas sillas y una mesa sólida pero sencilla, no había más que una estantería de pino con libros. Fernando había cocinado para el evento un conejo cazado por él mismo y aromatizado con hierbas recolectadas en noches de plenilunio. Nuestro teniente tenía cierta tendencia al esoterismo neorromántico, ¡gran admirador de Dalí y de Oscar Wilde!

Aquella comida tuvo --como el buen jamón-- sus chorreras, pues Luis Racionero nos invitó al pase, en un cinema de Figueras, de un corto cinematográfico que había presentado en distintos festivales y certámenes sobre Leonardo y el Andrógino. Lo dirigió hacia 1976-1977. Exploraba la estética del gran genio italiano de Vinci, autor que le obsesionó durante toda su vida. Sobre Leonardo da Vinci escribió varios libros, el más conocido La sonrisa de la Gioconda. El documental de Racionero no obtuvo Palma de Oro en Cannes (tampoco aspiraba a tanto), pero sí un reconocimiento significativo y --en Huesca-- el premio Jinete Ibérico (1982). En otra ocasión también realizó un corto sobre Jerónimo Bosch. "Ensayos fílmicos" los llamaba, cuando al cine extendía su interés por las filosofías del underground, las contraculturas y las doctrinas herméticas u orientales.

Creo que mi interés por el pensar y el discernir de Luis Racionero tuvo que ver con la asignatura de "Literatura y cultura de masas" que cursé en la facultad de Hispánicas de Granada con el malogrado profesor no-numerario (penene) José Ignacio Moreno (1948-1999), amante moderno --y desesperado-- de utopías antisistema. "El amante moderno" se llamó un libro de versos que le publicó Luis García Montero (su alumno, primero) a José Ignacio antes de que abandonase del todo la universidad y se tirara a las vías del tren enloquecido por adicciones que no quiso o no pudo evitar, (¡pobre Carmen!).

Creo que me marcó el estudio del libro de Racionero Las filosofías del underground, obra que resultó finalista del prestigioso premio de ensayo de la editorial Anagrama y esta publicó en 1977. Es un libro que ofrece mucho más de lo que enuncia su título, pues introduce "filosofías individualistas" más o menos ácratas: de Blake, Byron, Hesse; orientales: zen, yoga, taoímo; y también las propuestas psicodélicas tan de moda en los sesenta y setenta del siglo pasado: Castaneda y don Juan, verbigracia.

En su capítulo seis pone Racionero a dialogar a Platón y a Patanjali (enigmático codificador del Yoga anterior al siglo IV d. C.). Contrapone aquí la verdad producida científicamente a la verdad experimentada o vivida. H. G. Wells, profeta secular y arquitecto de nuestra imaginación contemporánea, dijo que la Razón (bautizada por el Logos griego) había llegado "al final de su viaje", a su término, y quizá expresaba así el sentir de una generación que anhelaba un uso más total de todas las facultades mentales.

Recientemente, Silvia Bardelás ha propuesto también una comprensión o conocimiento de la vida más amplio del que ofrece la lógica formal ("árida sabiduría"): una sensibilidad estética y alternativa a la racionalidad clasificadora, abstracta y dominadora..., una "conciencia nueva" más atenta a quiénes somos que a lo que somos, más enérgica que objetivadora. 

Silvia Bardelás (Una conciencia nueva, Acantilado, 2026) reclama una inteligencia sensible que nos reconecte con la naturaleza (recordemos el "pensar el sentimiento y el sentir el pensamiento" de Unamuno). Según la autora, la desconexión de la naturaleza, de la realidad y de nosotros mismos por un exceso de abstracción es síntoma indudable de un "mundo agotado", otra señal de agotamiento o de exhaustividad es la imposibilidad de sentirnos vinculados a nada, de lo que se sigue una falta de compromiso con la vida y con su reproducción, en un Occidente envejecido en el que ninguna idea transmite ya una emoción tan fuerte como para conseguir verdaderos cambios regeneradores, porque son ideas abstractas las que circulan y se ofrecen a "la razón autónoma", que se ha erigido, como tecnocracia avasalladora, separada de la sensibilidad (que Bardelás no confunde con la sensiblería). Sometidos estamos, por desgracia, a una lógica ajena al hecho de existir, a consignas que parten de ideologías cerradas que cercenan en sus lechos de Procusto la posibilidad de pensar algo nuevo, anulando la creatividad, esa energía íntima y espiritual. 

Lo virtual ha sustituido a lo real con sus sucedáneos de experiencias auténticas y la crítica (hipercrítica) se ha apoderado del arte, que se ha vuelto, él también, demasiado conceptual. El materialismo de la ciencia ha renunciado al sentido, el nihilismo se ha hecho fuerte donde el cálculo utilitario ha acabado con la singularidad de las cosas. El mismo concepto de materia --nos recuerda Silvia-- es una abstracción de madera (la hyle aristotélica). Bardelás reclama con razón una racionalidad que mantenga y amplíe la potencia de la experiencia sensible, su energía creadora. Pero recuperar la inocencia de la mirada y del sentir infantil, la ingenuidad con la que se habló del espíritu en anteriores edades, no va a ser tarea fácil, atados como estamos a esta maquinaria de producción y consumo en que nos consumimos, obedientes al poder como zombis.

Se impone un esfuerzo de consiliencia entre el saber probado y útil que se les supone a las ciencias duras y a la tecnociencia, y las sabidurías que exploran la posibilidad de sentido (tanto artísticas como religiosas), esas que fascinaron al maestro Racionero, que garantizaren una renovada sensibilidad estética que Bardelás describe muy bien en su libro, asociada a la pregunta de quiénes somos:

"El sentimiento que acompaña al conocimiento estético es extático porque nos indica que estamos en un lugar verdadero. Sin palabras, sin conceptos, nos muestra algo de nosotros mismos que pertenece a ese insondable fondo de la intimidad. Y lo más emocionante de la intimidad es que es el espacio donde la individualidad desaparece. Cuando decimos que la eficacia del ser humano se sustenta en su capacidad de agruparse y de trabajar en grupo, estandarizado, estamos hablando de eso, de eficacia, sin embargo, en la definición más personal que lleva al júbilo de la vivencia íntima, desaparece el yo atomizado, pero no aparece una coletividad normalizada, lo que aparece es el abismo de lo desconocido, la ilimitación de posibilidades, la certeza absoluta de que siempre habrá algo nuevo por conocer donde todas las singularidades tienen cabida" (Ibidem, pg. 45).

Según Luis Racionero, Platón puso a Europa en un viaje mental del que no ha salido todavía y hay razones para pensar que tal viaje ha llevado a nuestra civilización por derroteros peligrosos. Fiel en gran medida al eleatismo, Platón hizo de la Idea realidad estática, arquetipo eterno e inmutable del ser representado físicamente sólo por el logos y el mathema (el saber calculador y abstracto). Pero la abstracción mata la presencia viva de lo concreto, una presencia que más bien corre y fluye arrolladora, como el río de Heráclito.

Para Patanjali es preciso tener la valentía de soltar el ego (ese individualismo hiperbólico que denuncia igualmente Bardelás) y afrontar que sólo existe una realidad cambiando perpetuamente sus formas, es decir, sucesos sin fin fluyendo en la eternidad. Por eso, para la concentración del Yoga, todo conocimiento es autorreconocimiento, como el juego de la luz sobre el agua, pero es preciso que "la mente deje de concebirse a sí misma como agente conocedor". Este hacer desaparecer del plano de la contemplación los estereotipos heredados de la tradición y arrastrados por los nombres nombre y su significación abstracta, recuerdan a la epojé fenomenológica. Se trata de entrar en lo que Patanjali llama "contemplación no-argumentativa", propia de la meditación oriental, que nos lleva a un estado en el cual el pensamiento es autorreproductor y sobre la cosa misma.

El Yoga pretende la acomodación de los sentidos al modo de ser o naturaleza de la mente, mientras que el racionalismo griego pretendía acomodar la mente a la naturaleza de los sentidos mediante el cálculo de pesos y medidas, mediante la clasificación en géneros y especies. Con ello se pierden las potencialidades más creativas de la mente, aunque se gane en dominio lógico y manipulación utilitaria.

Lo peor de esa defensa platónica de lo estático e inmutable, que según Racionero origina una neurosis cultural de la que el Occidente todavía no se ha curado, es que no puede saltar fuera de sus reglas (podríamos reducir estas al Principio de identidad y su tautología), incapaz de captar lo suprarracional: intuición, emoción, imaginacióin, subconsciente, etc. El racionalismo no explica la realidad, su reducción al absurdo podemos seguirla en el sueño racional de la Escolástica, un pensamiento lógico que se muerde la cola en un círculo especulativo vano.

El logicismo se ha alimentado durante siglos de bipolaridades verdadero/falso, bueno/malo, bello/feo. Pero "la noche empieza a mediodía", dice Chunag-Tzu. La misma dialéctica hegeliana quiso comprender cómo lo que es engendra lo que no es mostrando que el objetivismo racionalista no es el único modo de conocimiento. Arte y Mito ofrecen también modos complementarios de edificación cultural. Hay que recordar a Heráclito, porque fórmulas y nombres son "como potes de arcilla que pierden agua" (el mismo Platón cita y no desecha del todo esta posición dinámica en el Crátilo). Por los nombres se escapa el flujo real de lo cambiante, por eso los chinos idearon pinturas, idiogramas para representar sucesos y tipos de acción, antes que sustancias. "En principio fue la acción", sentenció Goethe; un referente del sustantivo como cosa aislada no existe en la naturaleza, repite Racionero. La cosa no es más que el punto de encuentro de diversas y complejas acciones. Los nombres, para nuestra seguridad, ponen diques y pilares en la corriente cambiante de la realidad.

Tiene razón Silvia Bardelás al reclamar reflexión urgente sobre quiénes somos (no sólo cuerpos, sino también almas) y al proponer una dieta de "virtualidad digital" que nos grajee una sensibilidad renovada que nos devuelva la conexión con el prójimo (empatía con el otro y con nuestra propia intimidad): una "conciencia nueva" que nos reintegre el cordón umbilical que --como al gigante Anteo-- nos asegura a la Madre Tierra y nos repone profundamente en el misterio de lo real.

EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Sobre El árbol de la ciencia (1911) de Pío Baroja

Estudié muchos de los ensayos que publicó Baroja a lo largo de su dilatada carrera literaria: Desde los tempranos El tablado de Arlequín (1904), Nuevo tablado de Arlequín (1917), La caverna del humorismo (1919), Momentum catastrophicum (1919)..., hasta los Pequeños ensayos de 1943, aunque también los volúmenes de sus memorias, bajo el título Desde la última vuelta del camino (1944-1949) contienen muchas reflexiones filosóficas.

Ahora he terminado de leer su aclamada novela El árbol de la ciencia (1911), que ha sido durante años lectura obligatoria para estudiantes de bachillerato, y me doy cuenta de que tal vez la más profunda dialéctica (en sentido platónico) del escritor vasco esté contenida en este dramático relato, sobre todo en los diálogos entre su protagonista Andrés Hurtado (alter ego del escritor, dado el carácter autobiográfico de la novela), y su tío y mentor, el médico veterano Iturrioz (contrafigura según se cree de su tío Justo Goñi). No me ha extrañado, tras su lectura, que Baroja hiciese su tesis doctoral sobre el dolor. A muchos de sus personajes les duele el alma...

El título forma parte del gran dilema metafísico que se explica en la historia. El protagonista duda entre pensamiento y acción, conceptos que ilustra en las figuras alegóricas de El Árbol de la Vida y El Árbol del Bien y del Mal, figuras metafóricas del Paraíso bíblico. Andrés (tal vez el nombre tenga que ver con su general significado de "hombre") ha de escoger entre el Instinto vital que es lucha por la vida y afán de poderío (nietzscheano, biologicista), y la Conciencia ética…, no está del todo claro si la ciencia, que parece construirse sobre un interés utilitario, cae en el árbol vital o en el árbol moral… En cualquier caso es evidente la influencia del positivismo cientifista en el pensar de Baroja, que también es consciente de los riesgos deshumanizadores del cientifismo.

Iturrioz está convencido de que el instinto vital que nos permite sobrevivir requiere de la ficción, de la ilusión y de la fe, para afirmarse, y de que el estado de conciencia, por el contrario, compromete la vida, porque a más comprender, menos desear y cuando la apetencia por conocer se despierta en los individuos el instinto de vivir languidece…

“El hombre cuya necesidad es conocer es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros.”

Este quijotismo iluso es también el del interés egoísta y el de la mentira. Dios prohibió a Adán comer del árbol del conocimiento, pero le animó -según el médico veterano- a devorar el de la vida:

“Sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”.

En efecto, el mismo impulso hacia el progreso genera multitud de nuevos males. El anhelo de perfección puede condenarnos al desastre, como la sensación de fracaso moral que embarga una y otra vez al protagonista ante el espectáculo de los vicios, las miserias y las insuficiencias humanas y, más general aún, el fracaso nacional de la guerra del 98, que pone en tela de juicio la vanidad de todos.

En su opinión, Kant apartó las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de la ciencia (árbol determinista, mecanicista, agnóstico). Y otro “oso del norte”, Schopenhauer, aparta después lo que queda para que la vida aparezca obscura, ciega, potente y jugosa, pero sin justicia, sin bondad, sin finalidad, sin sentido, dominada por una Voluntad anónima y ciega. El resultado es el nihilismo metafísico.

A Andrés Hurtado no le convence el escape del cinismo burgués, representado por Julio Aracil. Cuando sus amigos discuten sobre las condiciones sociales y políticas de una España decadente a punto de perder sus últimas provincias ultramarinas, Aracil replica:

“Dejad esas cosas; tan estúpido es ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése ‒y señalaba uno‒ y una mujer como aquella.”

Aracil acabará prostituyendo a su esposa, con la que se ha casado por conveniencia, para escalar la pirámide social de la época. Sin embargo, Hurtado no envidia sus "logros", conserva un cierto romanticismo o idealismo moral. No le convence la actitud indigna de Aracil, pero tampoco el epicureísmo utilitario de su mentor Iturrioz que, por utilidad, salva la fe y la superstición. Para Andrés, la fe que no es mera conciencia de nuestra fuerza, la fe que es superstición o falsa conciencia ("ideología", diríamos desde una perspectiva marxiana) abre la puerta a todas las locuras humanas. Censura a todas las religiones del libro y muy especialmente a la tradición semítica.

El pesimismo de Schopenhauer, “consejero chusco y divertido”, sobrevuela toda la novela, aunque Baroja es un espíritu demasiado independiente para casarse con ningún profeta o gurú. Así, ser inteligente constituye una desgracia (una vez más, los frutos del árbol de la ciencia son incompatibles con los del árbol de la vida), estar despierto y sensible al mal real constituye una desdicha, especialmente en un país donde mandan los peores, un reino de brutos e inquisidores, la España de los caciques (“ratones” liberales o “mochuelos” conservadores), tirios y troyanos sólo pendientes de sus intereses, donde la felicidad proviene de la inconsciencia o de la locura (quijotesca, santurrona o bohemia). Lo peor es que en la vida ni hay ni puede haber justicia porque...

“la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas, microbios, animales”.

Hay, ciertamente, entre los humanos, gentes como el hermano Juan, el sabio don Cleto o el bohemio Villasús, gentes que se abstienen de combatir…, el mismo Andrés Hurtado, indignado, tanto con la sociedad como con la naturaleza, acaba por tirar la toalla trágicamente.

El eco de Schopenhauer también está presente  en la breve teoría del amor (Parte VI, capítulo IX) que determina su práctica mediante dos procedimientos: alopático y hemeopático. La alopatía amorosa se basa en la neutralización de contrarios. Es la naturaleza que busca el equilibrio juntando al gordo con la flaca, al bajito con la espigada, al intelectual o al artista con la analfabeta o con la fulana, por eso el moreno busca la rubia y la morena al rubio, el introvertido a la extravertida o viceversa.  Es, según Baroja, el procedimiento de los tímidos, de aquellos que desconfían de sí mismos.

En la erótica hemeopática, por el contrario, el semejante se cura con el semejante, se trata de una estrategia propia de los satisfechos con su físico o con su psíquico. Con estas premisas, cabe deducir que si vemos a un gordo, moreno y chato con una rubia delgada y nariguda es que no tienen confianza en sí mismos.

El médico explica a su novia Lulú el amor en general como confluencia del instinto fetichista y el sexual. Usando el vocabulario freudiano podríamos hablar de una sublimación:

“sobre el cuerpo de la persona elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad”… “A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie”.

Esta idea de que es la especie y no el individuo quien manda en el amor y que, por tanto, el individuo es engañado por los intereses de la especie para que se sacrifique en beneficio de ella (hoy diríamos siguiendo a Dawkins que en beneficio de los genes) está en Schopenhauer. El amor es, en el fondo, un engaño de la naturaleza, ¡como la vida misma, esa anomalía física! El placer sexual, el más intenso de los placeres, no es más que un señuelo que facilita el que nos sacrifiquemos por la especie. De nuevo el dilema trágico: el Árbol de la vida se alimenta de mentiras y de engaños, mientras que el Árbol del conocimiento, el de la ciencia, arrolla al hombre y lo desilusiona reduciéndolo a mono bípedo y astuto.

Para Iturrioz, el ser humano en su estado natural es –como para Hobbes- un canalla; idiota y egoísta. Pero, para ser egoísta, hay que saber; igual que para protestar, hay que discurrir. El sabio mentor de Andrés cree que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas juntas.

El ejemplo cruel de cómo la naturaleza ampara la desigualdad lo ofrecen las abejas…

“Tú sabes cómo se hacen las abejas obreras; se encierra a la larva en un alvéolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva esta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre”.

Más terrible aún es la anécdota que cuenta Iturrioz, vivida por él mismo en la zafra de Cuba. Uno de los chinos que trabajaba en ella no pudo evitar ser arrastrado a la máquina que trituraba cañas de azúcar, el capataz blanco gritó que parasen la máquina, pero el maquinista no lo oyó y el chino desapareció en sus fauces y fue convertido en una sabana de sangre y huesos machacados, Los blancos que presenciaban la escena quedaron consternados; “en cambio, los chinos y los negros se reían. Tenían espíritus de esclavos”.

La anécdota elevada a categoría antropológica más bien ilustra el distinto valor que las culturas otorgan a la vida humana individual. El problema es que Andrés no es capaz de aceptar esta situación en que la araña acaba con la hormiga y la cigarra se sale con la suya… “‒ Me indigna todo esto ‒exclama-.” Pero no por ello se cree superior, su verdadero ideal –y seguramente el de Baroja‒ es la libertad entendida como independencia…

“‒ El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su indenpendencia. Se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad” (VI., I.).

Y más vale morir de pie que vivir arrodillado.

RAZÓN DEL AFORISMO

RAZÓN DEL AFORISMO

<< Un brujo sin humor es un vulgar sacerdote, 

 un filósofo sin humor es un peligroso enemigo >>

Barón de Hakeldama: La miseria iluminada

En alusión al melancólico príncipe de Éfeso, Heráclito, tildado de llorón porque no pudo bañarse dos veces en el mismo río, José Luis Trullo dirige en Sevilla la colección φιλεῖ que aspira a concitar la reflexión en torno a la naturaleza del aforismo, Naturaleza a la que en general gusta esconderse, según el Efesio. El aforismo se consolida hoy en España como ese género literario que filosofa sin renunciar al arte, en Mester de Brevería –si me permiten el neologismo.

Emilio López Medina, decano del aforismo español, disciplina con la que ha venido dominando a siete bestias, siete, ha publicado otro librito interesante: Origen y razón del aforismo (2025) en el que reflexiona sobre la razón de ser del susodicho. Trata en su primera parte del origen, asociado al genio de los legendarios Siete sabios de la Grecia antigua, de cómo estos formularon sus sentencias, muchas con forma de imperativo o mandamiento sagrado (“Conócete a ti mismo”), pero fundadas en la razón natural y relativas a la virtud cívica, siempre en busca de la verdad y de la excelencia (“todo con medida”).La palabra “aforismo” fue empleada por Hipócrates (460-370 a. C.), abuelo de la medicina empírica, en un sentido muy diferente al más amplio que le concedemos hoy, el de sentencia sabia o frase que da que pensar; es voz derivada del griego ‘horos’ (marcar) y ‘apo’ (fuera), es decir, marcar fueradelimitar un concepto; con ella, los sanitarios hipocráticos aludían a lo que nosotros llamamos hoy definición, refiriendo concretamente a un hecho o a una regla para la práctica de la Medicina.

Fue otro médico, Galeno, quien en el siglo II-III de nuestra era extendió su significación: “El aforismo es una fuente de doctrina que brevemente declara la propiedad de las cosas”. El aforismo se abrirá, pues, a la ironía, a la paradoja, a la ocurrencia humorística e incluso a la lírica. Emilio López Medina cita en su ensayito sobre la génesis y evolución del aforismo a Epicuro, a Gracián (adepto a los epigramas satíricos de Marcial, su remoto paisano) y a su admirado Nietzsche…, todos ellos grandes maestros del "aforismo". Considera a esta expresión más amplia y menos austera que "la sentencia", por lo que también las sentencias (y apotegmas, adagios, proverbios,dichos aureos, refranes...) pueden ser considerados aforismos. La RAE delimita el aforismo como “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”, lo cual elevaría el aforismo por encima del proverbio o del refrán, a no ser que consideremos también como ciencia y oficio..., el decisivo arte de vivir.

El aforismo es versátil y también se ve impregnado a veces de exaltación dramática o de poesía, por lo que resulta difícil dividir entre aforismos de índole filosófica y aforismos de índole poética, pues tanto la filosofía como la poesía pueden tomar forma sentenciosa o aforística. En segundo lugar, el librito que comento nos regala una breve, pero sesuda ponencia, en la que López Medina reflexiona sobre “la razón aforística”, como buscando una preceptiva que nos permita decidir en qué consiste la verdad de los aforismos. Y es que la razón –como el ser de Aristóteles– se dice y funciona de muchas maneras… Tenemos a Kant por "cartógrafo de la razón", pues trazó el mapa con sus diversas regiones, incluso dejando espacio para el mar de La Fe. El filósofo prusiano distinguió entre el uso teórico ocientífico y el uso trascendental o lógico que nos aclara cómo es posible el anterior; reconoce también otras dos razones prácticas, una que busca la felicidad (pragmática)y otra la dignidad (razón ética); además, no contento con ellas, Kant escribe su Tercera crítica, la del Juicio, para explicar cómo juzgamos sobre lo bonito, lo bello, lo sublime, lo hermoso de ver y de gustar, etc…; y hasta añade un criterio de razón para lo religioso, hallando incluso razonable postular, dentro de ciertos límites, la espontaneidad creadora de la Libertad,la Inmortalidad del alma y la existencia del Soberano Bien (Dios). Y todavía así –añado yo–, Kant se quedó corto, pues le faltaron al menos dos críticas: una de la Razón comunicativa (una pragmática social) y otra de la Razón técnica, que hoy llamamos precisamente razón tecno-lógica.

Pues el caso es que Emilio nos habla en su librito también de esta razón menor, que presume incluida en las anteriores: la razón aforística, que él con rigor analítico piensa como no analítica, sino que más bien se trataría de una razón sintética y hasta meta-sintética, una como intuición de fundamento inductivo derivada de la experiencia vital (razón vital e histórica, orteguiana), próxima a la razón suficiente leibniciana y al método analógico, una especie de razón común vivencial y biográfica, constructora de conocimientos, razón flexiva, asertiva (y por eso más existencial que esencial), inexacta y de expresión breve o brevísima. López Medina pone ejemplos sabrosos para aclararnos todos estos aspectos de La Razón Aforística (uso aquí las “Mayúsculas honoríficas” de Agustín Gª Calvo). El librito contiene además un rico comentario sobre la Traducción de San Jerónimo de la famosa afirmación sanjuanista: “En el principio era el Logos…, y el Logos era Dios”. Jerónimo tradujo el semánticamente riquísimo Logos helenístico del Nuevo Testamento gnóstico, que no sólo refiere a la palabra y reglas de la razón, sino también a las leyes del orden real…, el eximio traductor vertió el Logos de San Juan por Verbum, es decir, tradujo Logos por Palabra, con lo que –según la exégesis de Emilio– individualizó y separó el concepto Dios respecto de la carga de realidad que portaba el término original Logos. Culminaba así la escisión paulatina de la idea original del Logos entre la lógica de la palabra y la lógica de la realidad, y que incluía y significaba ambas. La filosofía subsiguiente ensayaría la difícil reunificación (adecuación, coincidencia, verificación, isomorfismo…) de ambas lógicas, la del pensamiento y la del mundo.

Origen y razón del aforismo se corona con un manojo de aforismos que tratan del aforismo y la filosofía, a los que podríamos llamar “metaforismos” o aforismos de segundo orden. Añadiré aquí a los usos de la razón aforística predominantes, el filosófico y el poético (zambraniano), una tercera pata para su necesario sostén: el uso lúdico de la razón aforística. Si el aforismo aspira a revelarnos el sentido profundo de tales o cuales experiencias vitales, también juega a ocultarnos la mano que lo escribe, como esa que metió el conejo en la chistera y que es distinta de la que lo saca para sorprendernos y maravillarnos en el escenario. El juego de ocultar para mostrar o mostrar para ocultar, el disimulo de toda escenografía inventada por la escritura (Francisco J Ramor), es privilegiada imitación del pensamiento, “su monumento” –como dijo Platón.

El aforismo como juego de palabras, alarde de ingenio creador o invención de neologismos, cumple también una función iluminadora, como los “parapensares” de Miguel Agudo Orozco, función que Carlos Edmundo de Ory asignó a sus “aerolitos”, con los que el aforista pretende a veces azuzar las conciencias adormecidas o, mediante un delirio inventado, facilitar el vuelo de nuestra imaginación tal que suelen hacer las famosas greguerías de Ramón, carentes por completo, al contrario que muchos de los aforismos de Emilio, de una bendita función moralizadora o edificante. Salvador Dalí también cultivó el aforismo –mayormente oral y provocativo– en este sentido que igualmente podríamos llamar lúdico:

“Pienso que la vida debe ser una fiesta continua. Estoy contra Descartes porque era un señor que pensaba. Yo no pienso nunca: juego”.

A los aforismos de Emilio tampoco le han faltado nunca las francas y juguetonas razones de la ironía y del buen humor... "Quien sabe decir, sabe sentir" –nos dejó escrito Cervantes.

LA ELEGANCIA DE TERESA (NUMEN ORSIANO)

LA ELEGANCIA DE TERESA (NUMEN ORSIANO)

(Las páginas señaladas pertenecen a la traducción de Rafael Marquina con dibujos de Rosario de Velasco como el que sirve de ilustración a esta entrada; editorial Éxito, Barcelona 1954)

La Bien Plantada es una “extraña novela” de Eugenio d’Ors, escrita y publicada en 1911. La llamo "extraña" porque está más cerca del ensayo lírico o de la poesía de pensamiento que de lo que tradicionalmente llamamos novela. La obra se publicó originalmente en catalán en la sección "Glosari" del diario La Veu de Catalunya. Se editó en un único volumen al año siguiente y se reeditó en 1936. Alcanzó rápido éxito y fue considerada una de las más representativas del noucentisme catalán (“nou-“ con el sentido de nueve y nuevo). La crítica destacó su carácter filosófico y su representación de valores como el preciosismo, el clasicismo, la laboriosidad y la fecundidad maternal.

La Bien Plantada se llama Teresa y es elevada por Eugenio d’Ors más que a símbolo, a numen regenerador de la cultura mediterránea, cultura pensada como "eón" intemporal. Su figura conserva una divina impasibilidad lunaria. De natural mesura y buen juicio, cuando la vemos aparecer la paz nos inunda el pecho: ¡tan sencilla, tal delicada, tan señora! Con su invención, Xenius (pseudónimo del autor) aspira a curarnos de romanticismos decimonónicos, con el antídoto del ideal clásico. Ella es instinto y medida, inteligencia y cultura. “Teresa corresponde al neoclasicismo” (pg. 35).

Aunque se pretende símbolo racial, subyace en su naturaleza cierta aspiración universalista. De hecho, nació en Asunción, capital de Paraguay, en las Américas hispanas. Es por tanto híbrida y "providencial extranjería", pues para que una sangre se renueve es preciso un poco de otra sangre –escribe el autor. “Milagro y naturalidad son en ella una misma cosa y “a su alrededor sólo puede darse concordia y benigna avenencia”. D’Ors compara su audacia tranquila con la de Raimundo Sibiude (o Sibiuda) en su Teología natural y alude también al Canto espiritual (sic) de Juan de la Cruz, en el que Maravall vio “la eternidad de lo sublime” (54).

Teresa representa el “eterno femenino” (Ewig-weibliche) que en El secreto de la Filosofía (1947) adquiere la categoría de eón, concepto que toma D’Ors de la filosofía alejandrina con el significado de fenómeno histórico que se reitera como constante histórica (Lección VI)… “porque las mujeres son los palpitantes canales por donde llega a lo futuro la sangre ancestral y toda su gracia infinita” (55). En cada uno de los dichos lacónicos de Teresa encuentra Xenius lección de catalaneidad auténtica, de patriotismo mediterráneo y de espíritu clásico: claridad y seguridad tranquila.

El símbolo de la Bien Plantada es un árbol: “Por las raíces bajas, el árbol está bien plantado en la tierra. Por las raíces altas está bien plantado en el aire y en el cielo”… “Así nuestra Teresa bebe la noble savia de todos los muertos de su Raza, que es la nuestra, y de su cultura”, aun célibe pero con novio, desearía tener criaturas suyas (73s, 75); desea como platónica esencial engendrar en la belleza. Rinde así pleitesía a lo general vivo, una categoría (D’Ors va siempre de la anécdota a la categoría porque piensa que el filósofo es "especialista en ideas generales" y se tiene por tal), y la Bien Plantada es también categoría porque escucha bajo la tierra la voz de los muertos; o en los aires, la voz de sus futuros como escogida para “restaurar la Raza”.

Pasa sus vacaciones en un pueblecillo de marina a pocos kilómetros de Barcelona donde todo el mundo se conoce y donde reina como representación de la Cultura y la Tradición. D’Ors confía en el culto a la Bien Plantada para recuperar lo que de clásico hay en nosotros, frente a la furia ibérica (de la que también participa lo catalán) y frente a aquellas abominadas fuerzas de descomposición que por mal nombre llaman “romanticismo” (105), una caída desde el cielo de las cosas inmortales a las cenizas de natura, pues es Natura la escoria que se desprende de los ideales cuando se elevan atrevidísimos al cielo, residuo y escombro que dejaron las ideas mientras ascendían.

Anuncia D’Ors en esta insólita novela la resurrección de Pan, paradójico representante, a la vez, del pluralismo y la mesura que revelan "las ancestrales lecciones armoniosas":

“En breve será hecha la luz, y los hombres reconocerán nuevamente que más que en toda la bárbara ciencia que habéis aprendido hay verdad y sabiduría en una sonrisa de Sócrates o en una voladora y encantadora metáfora de Platón, el divino. El gusto irá haciendo cada día más amada la moderación y decaerá así el culto impropio del Becerro, y los hombres serán menos tiránicamente movidos por el apetito del logro, y se dará su justo precio al ocio exquisito y al sagrado juego y a las formas acabadas y a la ironía (…).

“Mientras tanto, que cada uno desvele y cultive aquello que en él hay de angélico, esto es: el ritmo puro y la suprema unidad de la vida; lo que declarado quiere decir: la elegancia. Aconsejaron los últimos románticos: Haz tu propia vida como un poema. La Bien Plantada aconseja mejor: Haz tu propia vida como la elegante demostración de un teorema matemático”.

Xenius se comprometerá a hacer de misionero del evangelio de Teresa. No manchará su alba túnica socrática ni siquiera acompañándose de retóricos, heteras y libertinos. Conservará a pesar de todos la serenidad, los valores de la contemplación, una ironía rica en indulgencias “y una misma majestad y prudente juicio y mesura”.

“Tú has de ser ejemplo de calma y no serás infiel al sentido de la proporción” –le escribe epistolarmente Teresa a modo de despedida–… “Solamente a precio de esta contención podrás anunciar mi palabra. Ve, pues, e instruye a las gentes, bautizándolas novecentistas en nombre de Teresa” (109).

***

La Bien Plantada formará con Gualba, la de mil voces (1981), La verdadera historia de Lidia de Cadaqués (1954) y Sijé (1981) la tetralogía novelística del maestro: “Las Oceánidas”. Se las ha considerado novelas mitológicas o míticas, porque sus personajes son símbolos. Teresa simboliza la musa-ángel, lo platónico, el arquetipo o ideal de perfección; Gualba sería lo instintivo, lo incestuoso y presocrático; Sijé, la misteriosa sirena, el devenir temporal; y por fin, Lidia, la sibila-bruja. Carlos D’Ors –nieto de Eugenio– presenta a Teresa como arquetipo estético botticelliano, mientras que Lidia figuraría como numen goyesco; Sijé, como tintorettiano; y Gualba, como numen rembrandtiano.

Es evidente el interés e inclinación orsiana por la estética y dentro de ella por lo clásico. Se ha dicho que Eugenio D’Ors repartía diplomas de clasicismo. Según él, dos fenómenos socioculturales acreditaban el clasicismo de un autor: que se le atribuyen obras apócrifas y, segundo, la interiorización de sus ideas por parte de las gentes, sin acordarse estas de quien las puso en circulación. Y es que la cultura se adopta y vive de modo inconsciente.

D’Ors pensaba que los mitos, heredados o inventados, no tienen por qué obrar en prejuicio de la razón, sin embargo prueban que la cultura desborda los límites de la conciencia individual para inscribirse en una sobreconsciencia (concepto seguramente tomado de Bergson), es decir, eso que queda cuando uno ya no se acuerda de lo estudiado. Porque la cultura abarca además de lo pensado lo incorporado inconscio (por decirlo con un adjetivo de Giner de los Ríos). El individuo adopta sin saberlo, y a veces sin entenderlo, el músculo mental a la sabiduría acumulada (“Todo lo que no es tradición es plagio”, en la célebre fórmula orsiana, pues, quien renueva, también rememora). En opinión de Mercè Rius, notable estudiosa del autor catalán, este escribió su novela más famosa para expresar todo esto y así forjó uno de sus mitos más queridos:

“Teresa es un nombre castellano. Allá [en Castilla] es un nombre místico, ardiente, amarillo, áspero […] Pero llega el mismo nombre a nuestra tierra [Catalunia], y de pasarlo por la boca de otra manera adquiere otro sabor. Un sabor a un mismo tiempo dulce y casero, caliente y substancioso con el de la torta azucarada.”

(Mercè Rius anota que en la edición catalana dice “Allí dalt és un nom adust, encès, groc, ascètic, aspre”. En la versión de Marquina desapareció el “adusto”, y “ascético” se sustituyó por místico. La edición crítica a partir del Glosari restituye el original “biliós” –bilioso– en lugar de “ascètic”).

La Bien Plantada personifica la cultura catalana buscando extender su radio, en el tiempo, hacia el pasado (clasicismo) y el futuro (noucentisme) y, geográficamente, dándole una amplitud mediterránea. Figura Teresa una “idea-fuerza” (en el sentido que dio a este concepto Alfred Fouillée),  como las de civilidad o Unidad de Europa, que tanto gustaron a Xenius, tanto como el principio de orden, que integró para él los de razón suficiente y acción creadora.

ARS LONGA

ARS LONGA

... Vita brevis. 

Tal vez porque la vida es breve y el arte apunta al infinito, no lo comprendemos del todo. Nos conmueve. Eso, seguro.

Una foto del ángel de Salzillo decoraba en un marco barato la habitación de invitados de mi abuela. Sentía que aquel icono velaba mi sueño. En el despachito de mi abuelo Agustín colgaba un tapiz con una escena bucólica que representaba a un pastor que conducía sus ovejas de vuelta a la aldea en que humeaba una chimenea... Mirarlo me transportaba a otros mundos, tal vez a un pasado en el que me parecía haber vivido. En el auditorio de la facultad de Medicina de Granada cerré los ojos y me elevé transportado a un mundo de transparencias diamantinas, gracias al genio del clavecinista Rafael Puyana. En Saint-Germain-des-Près oí por unos francos, a la luz de las velas y en sillas de enea, las celestiales melodías de la música religiosa de Vivaldi. También sentí en Praga el escalofrío del llamado "síndrome de Stendhal" escuchando, donde se había estrenado, el Don Giovanni de Mozart...

No quiero cansar al lector describiendo mis vivencias estéticas, que sin duda han marcado mi vida anímica emocionándola, experiencias que me han estremecido dando curso o flujo al caudal de mis sentimientos. Einfühlung, se llama en alemán esa empatía o endopatía que despierta la obra artística en el espectador avisado. La idea es muy antigua y procede del venerable Aristóteles, que ya hablaba de la compasión y de la katarsis que produce la obra de arte en las mentes de los espectadores.

María Jesús Godoy refiere a la moderna teoría de la EINFÜHLUNG en su artículo de Teorías contemporáneas del arte y la literatura, obra coral y enciclopédica que ha publicado la editorial tecnos (Madrid, 2021), coordinada por Leopoldo La Rubia, Nemesio G. C. Puy y Francisco Larubia-Prado. Sin duda una buena obra de referencia para comprender el arte contemporáneo y las ideas que lo acompañan y/o justifican.

***

Con pan y vino se anda el camino, pero no sólo de pan vive el hombre. Está el paseo y, como insinuaba Lessing, el que va de paseo ya no tiene camino, o hace camino al andar -como cantó Machado-. Y es que el Arte es una dimensión clave de lo propiamente humano, un pilar valioso de la cultura, como la tecnociencia o la religión. Hegel creía que religión, filosofía y arte tratan de lo mismo, de lo absoluto. Pero lo absoluto es inaccesible, sólo conocemos sus expresiones contingentes. Sabemos que en aquellas cuevas de Altamira o Lascaut vivían seres humanos porque representaban animales que podían convocarse pero no comerse. Simulacros o imitaciones... Mímesis, tituló Valeriano Bozal uno de sus libros sobre estética y manifestaciones artísticas. El hombre es un mono que imita y crea, con gran perfección, aunque no siempre.

Mas la imitación, la emulación de la belleza natural no agota las funciones del arte, que son variadísimas. En su artículo sobre "El arte como realización de la verdad...", Ciriaco Morón añade (en el libro cuya portada ilustra esta entrada) algunas más: su relación con la educación, el prodesse et delectare de Horacio, pues el maestro no sólo ha de pronunciar verdades, sino que ha de vestirlas bien haciéndolas amables y atractivas. Pero el arte ha tenido y tiene también una función religiosa: obras, iconos que son objeto de veneración, máscaras apotropaicas, joyas o estampas que obran como amuletos...

Arte y mito se relacionan íntimamente. Nuestro amigo y colega Antonio Ramón Navarrete dedicó un precioso libro a la profusión de "La mitología en los palacios españoles" (UNED, Jaén 2005). El arte expresa nuestra intimidad demónica, el genio que nos habita, tal vez pueda, al manifestarse exteriormente en la obra, desatar y echar fuera a los diablos que perturban o atormentan al artista. Sirve de conjuro. Es también un laboratorio de experimentación sensorial y sensual, creador de mundos alternativos, es juego, consuelo, viático y fármaco terapéutico..., ¡todo eso y más!

Artista experimental fue Juana Francés (Altea 1924-1990), miembro fundadora, pero ensombrecida, del grupo El Paso, con Canogar, Millares, Feito, Antonio Saura..., grupo que hizo mucho por la renovación de las artes plásticas en España a fines de los años cincuenta del pasado siglo. Única mujer del grupo, se casó con el escultor aragonés Pablo Serrano. Sé de ella por Leopoldo La Rubia... Y se lo agradezco.

En fin, los seres humanos no sólo soportamos el conato de existir y perseverar en ser, sino que también queremos vivir bien ¡y bonito!, como dicen los hispanoamericanos. "Vivir bonito" contemplando lo neto, propio, lo que es bello. Y a veces, lo que necesitamos es que nos maravillen, que nos sorprendan y hasta que nos escandalicen. Sea la paradoja porque el arte suele ser paradojal al ir contra la opinión consuetudinaria, al hacerse vanguardia contra la tradición: Una contemplación desinteresada es también de interés, porque nos activa, nos ilusiona. Y la ilusión -lo dijo Ortega- es tónico de la voluntad. Nos hace ver las cosas de otra manera.

Por mucho que el arte se deshumanice, se vuelva abstracto, ininteligible, chocante, pura performance, fuente urinaria y hasta mierda de artista o vómito de Narciso..., el libro coordinado por La Rubia nos invita mejor y más a su comprensión sacándonos del esplín de la indiferencia. Lo presentamos el Día del Libro en Libros prohibidos, bajo la hospitalidad de su dueño José Carlos Moral.

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¿Para qué sirve el arte? Lo cierto es que el arte se queda en poca cosa si sirve para algo. Igual que lo verdaderamente bueno, no puede comprarse ni venderse. Los griegos, no obstante, inventaron el sujeto racional y tenían una sola palabra téchne (τέχνη) que los escolásticos tradujeron por arte y técnica, tanto para referirse a lo que es útil como para referir a lo que, producido por el hombre, agrada, complace. "La belleza es el resplandor del bien", escribió el neoplatónico Marsilio Ficino en De amore. Tampoco el amor sublimado sirve para gran cosa, y hasta enferma. Y Rilke reparó en que la belleza podía ser destructiva, y terrible su ángel.

No creo que hayamos nunca separado del todo la técnica y la ciencia, del arte. Los epistemólogos reconocen que valores estéticos como la sencillez o la armonía valen como criterios de verdad. El arte es largo y la vida breve, ni la artesanía se agota imitando el genio diversificador o fractal de la naturaleza, madre y madrasta. Jamás es simple imitación, si vale. Aunque empezar por copiar a los clásicos esté bien. "Lo que no es tradición es plagio", decía Eugenio d’Ors, al que echamos en falta en la enciclopedia antes citada. 

Sostengo que la buena educación exige formación estética y tiene ella misma mucho de arte, y poco habrá aprendido un discípulo que no es capaz de ir más allá de su maestro. A Teorías contemporáneas del arte y la literatura le faltan unos índices de temas y autores, pero es una obra de referencia oportuna y valiosa.

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

“El gargallo garlante solía recordar además

 que enigma es el anagrama de imagen”

Julián Ríos. Poundemonium, 1986.

Eugenio D’Ors (1882-1954), original escritor, fue también un notabilísimo filósofo al que algunos desprecian por haber ostentado la Dirección General de Bellas Artes después de nuestra guerra incivil. Como dejó escrito Laín Entralgo, D’Ors difícilmente podía ser “el” intelectual de la España de Franco, y menos todavía “el” mandarín de la cultura retrógrada del nuevo régimen, “para ello le sobraban inteligencia a la europea, ironía expansiva y orsianismo doctrinario”. Por eso fue expulsado de la secretaría del Instituto de España que él mismo había inventado. Tras su nombramiento –tardío- como catedrático de Ciencia de la cultura, D’Ors, autor de La ben plantada (1911), se retiró a su Cataluña como quien cierra el círculo de su existencia, pues con el seudónimo de Xènius había sido también relevante en el noucentisme y la revigorización de la cultura catalana, después de Verdaguer y Maragall.

D’Ors nos dejó en herencia un anecdotario jugoso que supo elevar a categorías útiles para la comprensión de eso que Dilthey llamó Las ciencias del espíritu, para la comprensión de la religión, del arte, la filosofía, la cultura y el hombre, nuestra curiosa y singular especie, empeñada en ajardinar la naturaleza en cuadrantes de cultura e historia. Se atrevió D’Ors con la “filosofía pura”, indagando sobre los radicales de la vida y la realidad. En mi opinión, su libro El secreto de la Filosofía (1947) merecería mucha más atención académica de la que se le presta.

Respecto de la cultura, D’Ors diferenció dos modos cardinales de la actividad creadora humana, que con terminología gnóstica llamó eones: el eón de lo clásico y el eón de lo barroco. Aclaro que los gnósticos entendían por eón (de ηώς: aurora) cada una de las inteligencias eternas, de un sexo u otro o de ambos, que en conjunto integran la plenitud de la divinidad suprema de la que emanan. Evidentemente D’Ors resta alcance al concepto; más estéticos que metafísicos son sus “eones”. En el eón de lo clásico la invención se somete a norma y razón y toma el mundo como cosmos, es decir, como totalidad ordenada y sistema armónico. El eón barroco representa la anarquía, la pasión y el caos. Un ejemplo reciente es la “presunta novela” de Julián Ríos titulada Larva con su cola de Poundemonium. No se trata de una novela porque no es relato, sino explosión del relato que salta y revienta en una babel de interjecciones, asociaciones involuntarias y muñecas rusas que esconden juegos de palabras para filólogos, como original expresión del barroquismo en situación postmoderna.

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”, escribió Pascal. “La razón tiene sentires que el corazón no palpita”, replica D’Ors. Frente a las raisons du coeur, las passions de la raison. El mismo Descartes tuvo que echar marcha atrás y renegar del estoicismo ortodoxo reconociendo en su Tratado de las pasiones del alma dedicado a la princesa Isabel de Bohemia que, una vez domesticadas, las pasiones son tanto más útiles cuanto más intensas y que de su juego depende la felicidad de la vida, más decisivamente que del espíritu de geometría.

Condicionados por la circunstancia y su situación en el mundo, pero movidos por su libertad, los hombres (mujeres y varones) van creando su multiforme obra en esa aventura en el tiempo a que llamamos historia: leyes, instituciones, edificios, teoremas, sinfonías…, pero también insidias, prisiones, artefactos de tortura, guerras, revoluciones, tiranías…, esa cambiante multiformidad puede ser mentalmente ordenada según la mayor o menor prevalencia que en la forma y sentido de cada obra alcance uno u otro de los dos “eones”: el de lo clásico y el de lo barroco. Este esquema –comenta Laín Entralgo en Más de cien españoles, 1981- es insuficiente para construir una teoría de la historia y de la cultura, pero enriquece el acervo categorial del intérprete, pues ya sabemos que ni los conceptos sin intuiciones ni las intuiciones (sensibles) sin conceptos proporcionan verdadero conocimiento.

El modelo de lo clásico ha sido dilucidado magistralmente por el filósofo alemán Gadamer (1900-2002). Se trata de un concepto normativo que merece estatuto en las ciencias del espíritu. Hegel había concebido lo clásico como un concepto estilístico y descriptivo, el de una armonía relativamente efímera de mesura y plenitud, que media entre la rigidez arcaica y la disolución barroca. Para Gadamer (1900-2002), lo clásico es verdadera categoría histórica pues designa un modo característico de ser de la cultura humana en el tiempo: la realización de una conservación que, en una confirmación constantemente renovada, hace posible la existencia de algo que es verdad.

La validez de lo clásico tiene para mentes de distintas épocas un valor vinculante. Lo clásico se destaca a diferencia de los tiempos cambiantes y los gustos efímeros como una conciencia de lo permanente e imperecedero. Por eso lo clásico es una especie de presente intemporal que consuela con su conservación del valor en medio de la incesante ruina del tiempo. Lo clásico se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo y resulta tan elocuente que dice algo a cada presente.

En la comprensión de lo clásico hay siempre algo más que la reconstrucción histórica del mundo pasado al que perteneció la obra. Nuestra comprensión contiene siempre al mismo tiempo la conciencia de la propia pertenencia a ese mundo, como si reviviéramos vidas pasadas. Y con esto se corresponde también la pertenencia de la obra a nuestro propio mundo. Esto es lo que lamentablemente desconoce –o no quiere ver- la crítica historicista que reduce las producciones artísticas a ideologías temporales, sin esperar en la pervivencia ilimitada de lo clásico. En la tradición clásica, el pasado y el presente se hallan en continua mediación (Gadamer, Verdad y método, 1975).

El tiempo, testigo insobornable, pone a cada uno en su sitio. A Eugenio D’Ors en el papel de clásico del pensamiento español y catalán, altura que le corresponde por derecho propio.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

Moralizar con gracia y sin acritud no es fácil. Irene Vallejo lo consigue en su excelente colección de ensayitos Alguien habló de nosotros (Contraseña, Zaragoza 2017). Esta jovencísima escritora (Zaragoza, 1979), doctora en filología clásica, logra un discurso culto y edificante, bienhumorado y preciso, exento de pedantería. Profesa la "Filología" en el sentido más noble y romántico del término, como un humanismo intemporal pero bien nutrido de pensares, historias y lenguas, mostrando cómo nuestros miedos y esperanzas relucen en el uso que damos a ciertas palabras o en el modo en que ellas han vivido y evolucionado para servir a nuestro afán desesperado de comunicación.

Bien cimentada por la cultura clásica eleva a sus sabios, sus mitos, sus héroes trágicos y sus anécdotas, a la categoría de ejemplos éticos, útiles guías para una vida digna, libre, sana y jovial, actualizándolos, devolviéndoles la palabra porque “hablan de nosotros”, murmuran el tesoro de sus experiencias a nuestro atribulado y distraído magín, como presencias reales que nos devuelven el sentido de la vida civilizada y de su bien común.

Si yo todavía ejerciera como profe de filosofía, creo que emplearía con provecho este librito, mucho más denso y profundo de lo que aparenta en una ligera lectura, como valiosa Introducción a la filosofía perenne o como un manual óptimo para la Educación de la ciudadanía, porque enseña deleitando y dando qué pensar, para usar la razón en conversación amistosa, en lugar –como ella misma dice- de empeñarnos en poseerla, polemizando, quejándonos o armando bronca.

Sin caer en el extremo conceptista de su paisano Gracián, la prosa de Irene es de una sobriedad y economía  admirables, muy propia de la mejor tradición gnómica, pues aúna claridad expresiva y profundidad conceptual. Orilla a veces la prosa poética y sin caer en el ripio ofrece curiosas aliteraciones como colofón de cada articulillo y panacea para la memoria, o como ingeniosos juegos de palabras y sabrosas sinopsis:

“Nos toca elegir entre solidaridad o soledad”, “fastos nefastos”, “la comida alimenta la comedia”, “el dulce señuelo de los sueños”, “la mirada se posa y por fin reposa”, “nunca deberíamos confundir amar con amarrar”, “Amor: ciencia de la inocencia”, “las palabras son valiosas si son valerosas”, “nada hay mudo en el mundo”. Orfeo perdió a Euridice en los infiernos porque el amante “miró atrás”, Eróstrato  buscó “la fama por el camino de la infamia”. Caudales, que quiso presumir de mujer exhibiéndola desnuda, “perdió el poder por no tener pudor”. Y, recordando el nudo gordiano que Alejandro cortó con su espada, se afirma con rotundidad: “Dar un tajo puede ser un atajo”.

No desdeña ni la duda metódica ni el preguntar socrático ni las estimulantes paradojas que tanto gustaban a los estoicos, como esta en que oigo ecos de Cernuda: “Nunca somos más libres que cuando decidimos a quien nos encadenamos”, y eso en constante actitud asertiva: “Si vemos sombras es porque alguna luz brilla cerca”. “Todos somos únicos, y eso es precisamente lo que tenemos en común”.

La conexión con el mundo antiguo, o bíblico, y el acervo de su sabiduría proverbial está humorística e irónicamente garantizada, a fin de cuentas, y hasta que llegue el transhumano, el Superhombre o la Supermujer, la naturaleza humana conservará sus constantes emocionales y sus principales desvaríos desde la cromañona que nos parió. ¡Ojo!, que también “en la antigua Grecia las competencias divinas estaban muy bien transferidas”.

La crítica al abigarrado mundo tecnológico de la Aldea global se mantiene equilibrada entre la integración y el apocalipsis, ese mundo de las redes, de prisas, ruidos y consumo compulsivo que parece favorecer todo lo privado, menos la vida privada. Ni desdeña Irene Vallejo la definición del "populismo" reconocimiento sus orígenes romanos, o defender la fragilidad de la democracia, o examinar el “efecto google” de relajación memorística, pues recordamos mejor dónde encontrar un dato que el mismo dato, crítica esta que actualiza la de Platón a la escritura: “monumento del saber”, más que saber propio.

Todos los grandes temas de la filosofía práctica, y sus mejores mentores, incluido Lao Tsé, desfilan por el libro en estas amenas y nutritivas píldoras de sabiduría cosmopolita, tan recomendables para una formación libre del espíritu libre, que no desdeña las humanidades, porque “si disminuye entre los ciudadanos el interés por cuestionar, lo sustituyen intereses cuestionables” y porque “sólo nos protegemos si nos entretejemos”. Ese "entretejerse" ampara y contiene el hacer nuestras todas las edades gracias a la lectura de los clásicos. Como se está viendo.

La edición, impecable.

INSULTANDO A SÓCRATES

INSULTANDO A SÓCRATES

Ya en vida, Aristófanes difamó a Sócrates en su obra Las nubes. En ella pinta al tábano de Atenas como un charlatán sin escrúpulos, como un sofista ridículo fundador de una escuela, el Pensatorio, en la que enseña a los jóvenes a aparentar llevar razón sin tenerla y a simular la práctica justa injustamente; y para más inri, el Sócrates de Aristófanes es caricatura de un naturalista ateo que se empeña en ofrecer una explicación materialista de los fenómenos atmosféricos, sin aceptar el concurso de la divinidad, lo que no le impide rezar a las Nubes.

I. S. Stone en un ensayo de 1988, El juicio de Sócrates, trata también mal al fundador de la mayéutica. La animadversión contra Sócrates no es nueva ni un vicio exclusivo de poetas melancólicos que para defenderse de su ingénita debilidad reinventan "la sofistería de la fortaleza", aguda expresión acuñada por Unamuno para referirse a Nietzsche en su ensayo ¿Qué es la verdad? (1906), sino que también arremeten contra el marido de Jantipa ciertos "periodistas de la filosofía" como Stone, delectantes que ejercen de historiadores de las ideas en sus ratos libres y que, al contrario que aquellos vates vitalistas, no han sido capaces de sostener ni por un momento la mirada de la esfinge.

Así por ejemplo el libro de I. F. Stone demuestra lo fácil que resulta comercializar un enfoque "original" de la vida de Sócrates haciendo un uso selectivo y tendencioso de las fuentes al servicio de una visión unilateral del platonismo, rebajado este a "espartanismo fascista". Stone se inspira supuestamente en un irrefrenable amor por la Democracia, para ensalzar el espíritu de tolerancia y libertad de la ateniense, que, según él, estuvo muy acertada al ejecutar por impiedad al maestro de Platón.

Stone no tiene ningún reparo en negar la persecución ateniense de Protágoras como una tontería inventada por Cicerón, Plutarco y Diógenes Laercio; o la de Anaxágoras, como una superchería de Diodoro Sículo; y para insultar a Sócrates "merecidamente ejecutado" bendice la caricatura cómica del muy conservador Aristófanes o concede un exagerado crédito a la Apología escrita por el orador griego Libanio en el siglo IV después de Cristo (después de Cristo y no antes, como repite erróneamente ¡y por dos veces! la edición de Mondadori, en sus pgs. 35 y 225).

Dice Stone que el mito de Prometeo tal y como lo presenta Protágoras personifica las premisas básicas de una sociedad democrática, pero olvida que su exposición se la debemos precisamente a Platón, en el diálogo que le dedica al gran sofista de Abdera. Menosprecia la importancia de la noción de libertad de palabra (parresía) en la obra de Platón y olvida la importante discusión del Gorgias sobre la igualdad (tò íson, 488-489); reduce la sociedad ideal de Platón a una sociedad de castas y llega a hacer afirmaciones tan peregrinas como la de que "Critias perdió la vida en el esfuerzo de poner el ideal platónico en marcha" (pg. 179), dando por seguro que dicho ideal existió bastante antes de la muerte de Sócrates...

 Si bien muchos sabios cristianos como Justino o Erasmo elogiaron a Sócrates considerándolo precursor de la doctrina de salvación de Jesús, y hasta le consideraron santo (se dice que Erasmo rezaba: “Santo Sócrates, ruega por nosotros”), otros, más fideístas que humanistas, se percataron pronto del papel corrosivo de la dialéctica socrática, la cual, con su continuo y tozudo preguntar, gracias a su ironía, no deja dogma indemne, incluido el dogma “democrático”, o, mejor, la superstición populista de que la voz del pueblo es la voz de Dios. El Sócrates platónico deja claro en el Critón que él se considera hijo de las Leyes de Atenas, y que está por consiguiente dispuesto a acatarlas incluso si ellas mandan que él sea ejecutado con cicuta.

El daimon íntimo, la divinidad interior, los dioses interiorizados por Sócrates como voz de la conciencia personal, son la única instancia moral que reconoce el humanismo intelectualista fundado por el gran maestro de Platón, verdadero padre de la muy exigente Ética occidental, que afirma que nunca conviene ser injusto, ni siquiera contando con el respaldo de la masa y aunque resulte agradable o útil. Y es desde ahí, desde el socratismo, desde donde la democracia moderna ha legitimado, por ejemplo, la objeción de conciencia en el trato civil con las armas.