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Filosofía general

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

(Sobre el libro de Martín Ruiz Calvente: A más Ciencia, más Filosofía, Jaén 2019)

 Sócrates acaba de salvar su pellejo de hoplita en la batalla de Potidea (432 A. C.) y vuelve con todos los honores a Atenas, y con ganas de filosofar, esto es, de intercambiar razones sobre lo bueno y lo bello, a ser posible con el más guapo por fuera y por dentro, parece ser que la palma en kalokagathía (belleza y bondad) le corresponde al agraciado Cármides, hijo de Glaucón, quien fue tío por parte de madre de Platón, que es el que escribe el diálogo muchos años después de la batalla, diálogo de juventud en que cuenta esto y que lleva por nombre: Cármides.

 En un gimnasio se preguntan los tertulianos por lo que hace honradas a las personas, por la excelencia típicamente socrática, la virtud que llama el tábano de Atenas sophrosýne: sensatez, cordura o templanza. Discuten amigablemente, con sensato sosiego y tranquilidad, si la sensatez es un tipo de saber y en qué consistiría. Parece que la sensatez ensimisma y hasta hace más tímido al sensato, se determina al fin como ese conocimiento que exige el mandamiento apolíneo: “conócete a ti mismo”, pues es sensato quien conoce sus límites. Surge así en la historia de la filosofía occidental, nada más y nada menos que el problema de la conciencia reflexiva, ética, que se pregunta por el bien común, más allá del interés particular en que se centra toda la intención del idiota (etimológicamente “idiotez” significa en griego clásico precisamente eso: la incapacidad para pensar el bien común, el interés civil general).

 Todos los demás saberes lo son de algo. Sabe el zapatero hacer zapatos, el médico de enfermedades y remedios, el matemático de números... Pero es evidente que el conocimiento no sólo es razón y discurso, sino también poder. El médico engañado por su mujer puede usar sus conocimientos para envenenar a los adúlteros amantes, y el matemático emplear su ingenio calculando qué cantidad de combustible debe tener una bomba para matar a más gente. No olvidemos nunca que el país con más recursos tecno-científicos en la cuarta década del siglo XX fue precisamente la Alemania de Hitler, muchos de sus sabios repatriados a prisa norteamericanos huyendo de la persecución de su etnia judía.

 Nace con ello la Ciencia del bien y del mal, la Ética, que, como el mismo Sócrates inventado por Platón nos hace ver en el Cármides, es la ciencia más difícil y la más problemática, repleta como está de dilemas y aporías, un saber in fieri, como escribe Martín Ruiz Calvente, en desarrollo incesante. Su principal cuestión moral es: qué debemos hacer con el saber, porque es evidente que la tecno-ciencia pone los medios, cada vez más potentes y sofisticados, pero no los fines, y la tecnología se puede usar lo mismo para un roto que para un cosido, para asesinar que para sanar, para liberar que para alienar, para humanizar que para cosificar. A este respecto, uno recuerda la definición kantiana de la filosofía como relación de todos los saberes a los fines esenciales de la razón humana. Y esos fines no pueden salir de otro sitio sino de la concepción humanista que prima salud (física y mental), libertad y dignidad de las personas. De la cultura artística y literaria, de los relatos edificantes, mayormente, en los que se forma el carácter de las personas.

 He vuelto al Cármides urgido por la lectura de A más ciencia, más filosofía, el libro de mi compañero de la Quinta del Mochuelo Martín Ruiz Calvente, Jaén 2019. Bien fundada y documentada obra que plantea, desde una óptica no positivista ni reduccionista, contraria al cientifismo, la histórica cuestión del conflicto y la colaboración entre saberes y facultades. Hoy sabemos que los progresos científicos dependen de la economía y de decisiones políticas. Por desgracia, han sido los apremios de las guerras los que han impulsado muchas veces las innovaciones técnicas. Así nació el telescopio para ver al enemigo antes de que el adversario nos viera, o la geometría renacentista para medir las órbitas de los proyectiles, a fin de hacerlos más destructivos. Así nació la Internet (Wold Wide Wet, Magna Malla Mundial), como Red civil de comunicación global, de la telemática militar Arpanet.

 Para comprender la historia de la ciencia es indispensable contar con su contexto epocal, político y social. (Esta era la orientación de aquella asignatura: CTS, Ciencia, Tecnología y Sociedad, que se impartió durante uno de los sucesivos e inestables planes diseñados por nuestros políticos, planes que duran lo mismo que sus inestables mayorías, incapaces como son de llegar a consensos sensatos, pero bien capaces de volver locos a profesores y alumnos). Y es evidente que cada innovación técnica plantea problemas filosóficos relativos a su uso y a las consecuencias de sus usos. El libro de Martín contiene precisos datos sobre las innovaciones técnicas y sus aplicaciones, desde la humilde cremallera o el bolígrafo, hasta la biotecnología, la epigenética, la domótica y las Tics.

 Comte creyó que el Mito fue superado definitivamente por la Filosofía, igual que ésta ha sido trascendida por la Ciencia. Exageraba o se equivocaba. La tecno-ciencia por sí misma es ciega respecto a la cuestión del origen y de la finalidad, del bien y del mal. El mito la acompaña y ella misma suscita mitos. Y el mito edificante, la alegoría, la fábula, son valiosos instrumentos didácticos y hasta propedéuticos y heurísticos. Toda ciencia supone una apuesta metafísica por la Verdad, por la Razón y la Experiencia sensible, a favor de la duda metódica y la objetividad intersubjetiva, una lógica y una epistemología, y hasta una ética que incluye la modestia como virtud. Así pues, la Filosofía y su apuesta por la razón (su vigilia y su sueño), no sólo está antes de las tecno-ciencias, sino también durante y después de ellas, como señala el libro de Martín. Las tecno-ciencias pueden y deben ser evaluadas, sobre todo en su uso y por sus consecuencias. No es reaccionario volver al botijo si es menos venenoso y contaminante que la botella de plástico.

 Por otra parte, ya se ha visto que la interdisciplinariedad es fértil, como el mestizaje, que ideas surgidas en un campo de investigación pueden resultar útiles en otro. La misma idea de Consiliencia, de colaboración entre saberes y facultades, en lugar de enfrentamiento, como enseña el libro de Martín, procede de un biólogo especialista en hormigas: E. Wilson. Y hemos de apostar por un currículum educativo flexible y por la consiliencia entre artes, humanidades y ciencias, aún las llamadas "duras". Es absurdo que un literato desprecie el cálculo o que un físico no pueda disfrutar de las satisfacciones, consuelos y revelaciones que proporciona el arte.

 El libro de Martín contiene una relación exhaustiva de instituciones mundiales dedicadas a la investigación y el avance de las ciencias, muchos de sus enlaces telemáticos, así como una crítica de aquellas que las parasitan burocráticamente (no se puede confundir el Estado del bienestar con el bienestar del Estado y el engorde mastodóntico y sectario o nepotista de sus instituciones); valiosos testimonios de grandes personalidades de la ciencia: Cajal, Einstein o Severo Ochoa; a la par que pruebas de su modesta y entregada faena como profesor de secundaria y periodista de ideas en el Diario Jaén; útiles sugerencias para plantear la enseñanza de la Filosofía en discusión fecunda e inagotable con la Tecno-ciencia más actual, que más decisivamente incluso que en otras épocas determina nuestras actitudes, nuestras prácticas y nuestras concepciones del mundo, pues hasta para la conservación, restauración o explotación sostenible de la naturaleza, loables fines éticos, es ya imprescindible el concurso de las técnicas.

 

LA FILOSOFÍA DE POE

LA FILOSOFÍA DE POE

Cayetano Aranda conoce el incontestable vínculo entre Filosofía y Arte o, como él dice: “el profundo parentesco entre experiencia literaria y pensamiento moderno, entre filosofía y literatura”. Un matrimonio fértil, aunque no siempre bien avenido. De hecho, en nuestra época, la Lógica filosófica engaña a su novio de toda la vida, Arte, con una madura engreída: Matemática, señora aparentemente gélida, pero muy intuitiva y segura de sí misma. El mismo Poe reflexionó con justeza (en La carta robada) sobre los límites del pensar matemático: “Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general…”.

Pura Filosofía nació de los versos de Parménides, ¿por qué no iba también a anidar como un cuervo azabache en los versos de Edgardo Allan Poe? De hecho, el poeta y también filósofo Paul Valéry considera a Poe inventor de varios géneros: el cuento científico, el poema cosmogónico moderno, la novela policíaca…; así como el introductor de estados morbosos en la literatura. Y esa obsesión de Filosofía por Ser, ¿acaso no es un morbo específico de cerebros hiperfetados?

Por supuesto que es precursor de la mal llamada “Ciencia ficción”, que más bien debería llamarse en castellano Ficción científica, y es indudable el vínculo de Poe con la literatura gótica inglesa, pero a pesar de ello tiene razón Cayetano cuando, insistiendo en el difícil encasillamiento de la obra poeana en el género de Literatura Fantástica, género repleto de vampiros, duendes y hadas…, insinúa que todo gran autor crea su propio género. “Sostengo que la teoría de los géneros literarios…, se pierde y extravía en el caso de Poe”. Es ciertamente un caso extraordinario y, por lo mismo, clásico, pero la Teoría Literaria tiene la obligación y la necesidad de comparar y asociar lo similar a lo fantástico, aunque se matice unas veces en alegórico, otras en maravilloso, o se llame cuento de terror o narración de lo siniestro, etc., so pena de acabar en la verdad de Perogrullo: “Poe es Poe”. Sin cajones de sastre y categorías –ya lo vio Kant- no hay ciencia que valga.

A este respecto, compruebo que en su excelente Antología de la literatura fantástica (Edhasa, Barcelona 1991), J. L. Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo incluyen un relato de Poe: La verdad sobre el caso de M. Valdemar. No es para menos. ¡Ah! El mundo y la razón ya son de por sí fantásticos, misteriosos. Esto último, tras ensayar inútilmente reducir todo a hechos probados, lo reconoció incluso el gran asceta del siglo XX, Ludwig Wittgenstein… Los cuentos de Poe se recogen a veces en inglés bajo el título Weird Tales, o sea, Cuentos de lo extraño, aunque también vale la traducción de weird por bizarro, sobrenatural, raro (queer, término de moda para definir por ejemplo una sexualidad ambigua, que renuncia a las etiquetas). David Roas explica en su ensayo Tras los límites de lo real, cómo tras el desencantamiento burgúes e ilustrado del mundo, el sentido de lo fantástico y sobrenatural se refugió en la literatura. 

Estas y otras ideas las recoge o me las sugiere Cayetano Aranda Torres en su exhaustivo estudio sobre Poe: Una lectura filosófica de E. A. Poe (Editorial Círculo Rojo, 2015). Como ahí se dice, Poe desde luego fue algo más que un fiel heredero de la tradición romántica europea. Fue también –como reconoció sobre todo Baudelaire- el precursor de una nueva estética de la que yo mamé muy joven..., ¡fue el traducido autor de mi primer libro, el primero que compré con mis dineros allá por mis soñadoras soledades de adolescente!: Las aventuras de Arthur Gordon Pym...

Poe, por asignarle una primera excelencia solidaria, reconoció –como Ambrosio Bierce, otro norteamericano literariamente "maldito"- quienes iban a ser las víctimas de una sociedad que todo lo sacrificará en aras del triunfo económico, a la vez que cantaba la crónica de su propia autodestrucción vital, más como “apocalíptico” que como “integrado” en el nuevo orden.

Escritor vigoroso y profundo, Poe nos pinta el devenir de seres singulares (omnia praeclara rara!), fantasmas de la melancolía, en historias con un fin sorprendente que cuestiona el orden natural del mundo, y Cayetano le supone –al menos en cierto sentido- legítimo heredero tanto de la catarsis aristotélica como de la sublimidad idealista. Maestro de lo siniestro (en griego, deinón), del espanto terrible que provoca que lo amistoso se vuelva enemigo, que lo familiar extrañe, que lo querido se vuelva odioso, la magia de Poe está precisamente en ese volver verosímil lo increíble, en ese convertir lo fantástico en real y lo imaginario en cotidiano. Su arte desarma nuestros mecanismos de defensa contra lo irracional, igual que el cuervo posa su recalcitrante Nevermore! sobre la cabeza de la diosa de la moderación y la prudencia: Sagrada Virgen Atenea.

Sí, ciertamente la escritura resultó, para esta alma atormentada y lúcida, poderosa expresión de un síndrome de melancolía, angustia y desesperación, un conjuro contra los propios demonios, una estrategia para no dimitir del deseo, un resucitar en el pensamiento de (genitivo subjetivo y objetivo) la amada muerta. Poe fundó una estética de la ausencia, de lo perdido que nunca retorna, de lo humano que ya no es sino resto mortal emparedado, dentro de una mazmorra o de un féretro y, en fin, una poética de la incertidumbre, de nuestra problemática conciliación con la muerte. Y Cayetano se empeña con razonables motivos en demostrar que fue también un filósofo “en grado sumo”.

Su narrativa se ocupa de fenómenos que escapan al conocimiento metódico de la ciencia normal, pero sin recurrir a procedimientos místicos ni taumatúrgicos, sin renunciar al racionalismo hasta allí donde la razón ya no tiene nada que hacer, hasta su límite explicativo, o hasta el reconocimiento de que las abstracciones resultan impotentes para afrontar el misterio de la realidad, su diversidad incoherente, pues coherente del todo sólo es la identidad del Uno con el Uno, como intuyó Plotino. Se trata de una original simbiosis entre lo misterioso y el imperativo ilustrado de dar cuenta y razón de ello, aun desde el sentido común. Aunque la voluntad quiera reducir las cualidades a objetos, el entendimiento es sensible a efectos sutiles e inmateriales; tales son las Ideas, entre las cuales Belleza ocupa un lugar privilegiado. Todo el romanticismo tardío (incluyo a Nietzsche) es un esteticismo, una exaltación de ese esplendor que no sólo encontramos en el Cielo, sino, muchas veces, y por desgracia ética que no estética, en las simas profundas del Océano o en los calabozos del Infierno. Aunque la construyamos con el intelecto, la belleza no es un mero invento, sino un efecto real del dinamismo cognoscitivo, un efecto tanto de lo terrible como de lo hermoso. “¡Espíritu que moras allí donde,/ en el profundo cielo/ …lo terrible y hermoso / en belleza compiten!”, escribe Poe.

Cayetano desmenuza la cosmogonía poética de Poe, tan cercana en muchos aspectos a la metafísica de los presocráticos, o a la interpretación que hemos venido haciendo de ella desde el romanticismo tardío, con ese descubrimiento de la máxima consistencia del origen, del poder absoluto del arcano primigenio (arjé, αρχή), con la tensión natural que impone hacia la simetría, la vuelta originaria y circular al uno indiferenciado… Si la vida -como suponía H. Spencer- es un proceso de diversificación creciente, de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo heterogéneo, la muerte es un proceso inverso, una gravitación que fuerza a lo diverso a sucumbir y retornar a lo primitivo-primordial, a ese unus que reúne lo versum: la unidad de la diversidad.

Los admiradores y fans de Poe encontrarán en esta obra un tapiz finamente elaborado con los grandes temas de la literatura del bostoniano: la extraña y entraña de la belleza femenina, la excentricidad romántica, su morbosa o tétrica nocturnidad, el sublime regusto del horror, la penumbra que invita a la reflexión, la analogía –tan amada por los surrealistas- entre lo material y lo inmaterial, lo físico y lo metafísico y, en fin, la domesticación artística y sublime de lo bizarro, lo terrible, lo espantoso, lo siniestro...

La obra incluye sendas versiones de un cuento de Poe y su famoso poema El cuervo, un capítulo de su relación con el cine y una cuidada bibliografía. 

HUMANISMO NARCISISTA

HUMANISMO NARCISISTA

Manuel Calvo (Sevilla 1972) es un joven valiente. Ha escrito un ameno libro con el espectacular título (ahora todo es "espectacular", incluso el cesped de los estadios):Del superhombre a Dios. Filosofía para la felicidad (o viceversa, dependiendo de si miramos la portada o la primera página), Almuzara 2016.

¿Un libro valiente, o tal vez temerario? Me lo topé en el anaquel de los libros de autoayuda en la librería de El Corte Inglés de Granada, donde me había refugiado en una tarde de calor y boda. ¡Injusto lugar para un animoso libro de introducción a la filosofía práctica!

Manuel Pimentel Siles introduce el ensayo. Y eso no deja de ser una casualidad de esas que encantaban a los surrealistas porque hallaban en sus azares significativas revelaciones sobre el insondable fondo de sus almas. La casualidad es que a finales de la primavera me topé con un libro de Manuel Pimentel de la misma editorial (Almuzara), tan ilustrado como ameno sobre las Leyendas de Tartessos en el almacén de un amigo, antiguo editor (El Olivo). 

Como me fascinan las culturas antiguas del Mediterráneo, lo devoré en un periquete. También he devorado en un par de sentadas el libro de Manuel Calvo, lo que confirma que no se cae de las manos ni exige un gran esfuerzo, lo cual confirma mi sospecha de que es un excelente profesor, capaz de hacerse entender con facilidad y gusto por su alumnado.

Para su propuesta moral, vagamente ética, se inspira en los clásicos de la filosofía: Parménides, Platón, Aristóteles, Hegel, Sartre, Ortega, pero también en Homero, más en concreto en el concepto de héroe homérico, pero sobre todo en ese sofista, poeta y profeta, que conquistó por igual el corazón de nazis y ácratas, y que ha acabado por integrarse con naturalidad en los manuales de historia de la filosofía, me refiero a Nietzsche, quien postuló la santidad de la Tierra y de la Vida, viendo en la Voluntad de Poder su genuina y trágica esencia.

Manuel parte de una cosmología congruente con la astrofísica actual, la de la "Gran Explosión", admitiendo la sorprendente maravilla (o "milagro" en sentido etimológico) de que de lo inerte proceda lo vivo, y de lo vivo emerja lo consciente; o ese otro prodigio, del todo inimaginable, de que, según Feynman, un sistema físico no sólo tenga una historia, esto es, no sólo sucedan en él eventos en un sentido espacio-temporal, sino que contenga también todas las historias posibles. Que pueda existir algo como un agujero negro, en que no pase el tiempo, ya resulta bastante increíble...

Manuel Calvo admite igualmente que no solo de pan vive el hombre. O sea, que para ser felices necesitamos algo más que salud, dinero y amor. El arranque del libro puede ser muy útil desde el punto de vista de la didáctica de la filosofía en las enseñanzas medias. Alude a encuestas que practica con sus alumnos y a las discusiones que, con la intención de ampliar sus horizontes vitales, pueden generarse a partir de ellas."Nuestro dinero -explica- no es más que una forma refinada y sutil de tener todo aquello que un animal desearía".

En la dilucidación del concepto de felicidad, se parte del sabio Estagirita: "la felicidad no es sino lograr realizar la propia naturaleza, actualizar nuestras propias potencialidades". Y está claro que los humanos, además de los consabidos bienes: salud, dinero y amor, también deseamos -o deberíamos desear- virtud, sabiduría y sensibilidad. Pone énfasis como aquél en la práctica, en los hábitos saludables.

Se muestra el autor sutil cuando describe la influencia de Kant en las posiciones de Hawking respecto a la idea de Dios o el destino del alma. O cuando describe el Big-Bang, no como un estado físico, sino como un postulado teórico, hipotético, ideal... "Algo más cercano al mundo inteligible de Platón que al mundo sensible defendido por Hawking".

Tras referir con elocuencia al portento que es la vida, el autor explica la emergencia de la conciencia desde el concepto de antipatía. Me ha sorprendido que afirme categóricamente que sea la antipatía la que nos hace humanos, pues opina es la antipatía lo que nos lleva al "egoísmo" (de ego), al egoísmo de decir "yo", a esesaberse siendo y pensando que es propio de la conciencia reflexionante. Así, el ser humano pudo romper "la triste simpatía animal" con el entorno para enfrentarse conscientemente a su circunstancia.

Por lo tanto el ser humano cometió la proeza original (no el pecado) de distinguirse del medio físico en que vivía adquiriendo una particular dignidad. Esa particular distancia que nos permite hacer de la realidad, incluida la realidad que somos, objeto de conocimiento y deleite estético.

Ni por asomo una antropología tan optimista como la de Manuel Calvo tendrá en cuenta el papel del dolor y la frustración en el surgimiento de la compasión y la conciencia. Soslaya igualmente la íntima relación entre el origen del lenguaje y autoconciencia.

La sombra del vitalismo nietzscheano y el existencialismo sartriano planean sobre toda la segunda parte de la obra: La apología del formidable y valeroso héroe homérico; la simple y alegórica epistemología nietzscheana, tan fantástica, del camello, el león y el niño; la apoteosis de la voluntad de poderío como afán de superación y realización de nuestras dispopsiciones naturales; la libertad sin más límites que la libertad ajena (autonomía kantiana hipertrofiada).

Todo eso está muy bien, si esta voluntad de poderío (prefiero esta traducción de der Wille zur Macht) se interpreta como voluntad de empoderamiento, emprendimiento y libertad. Pero es preciso hacer juegos malabares para hacer del vitalismo nietzscheano un principio ético inocuo, bondadoso, decente o, si quiera, útil.

¿Cómo evitar que este niño que balbucea una nueva moral, desde la voluntad inalienable de desplegar todas sus potencialidades egoístas, tras haberse sacudido tradición, autoridad y ley, cual magnífico león, se convierta en un esteta que asesina por aburrimiento o capricho (cfr. La Soga de Hitchcock)?

Nos libraremos, como Epicuro, del miedo a los dioses, a la muerte y a la propia vida, libres de todo sentimiento de culpa, valientes como Odiseo, pero entonces, ¿no nos entregaremos al libertinaje más autodestructivo y animalesco?

Manuel Calvo hace un valiente alegato a favor de las gracias de Lucifer, "el ángel encargado de llevar la luz", reescribiendo la venerable mitología semita como si Lucifer fuera su auténtico Prometeo, facilitándoles a los hombres el alimento precioso del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, la fruta prohibida: placeres, verdades, sabiduría. En este nuevo imaginario que se nos propone, sacrificio, sufrimiento y penitencia pasan a ser tan reprobables como despreciables. Aunque matiza: "El superhombre no es satánico, pues no adora ni siquiera a Lucifer". Entonces, ¿a quien adora el divinal superhombre de Manuel Calvo? A sí mismo. Porque él superhombre divinal es "el ojo de Dios". Nada hay ya sobre el hombre que no sea el poder propio y su ilusión por hacer cosas y emprender hazañas.

"Si Dios no existe, hay que inventarlo", escribió Voltaire, autor del Cándido. A quienes, como Manuel Calvo, exclaman, con toda candidez: ¡La vida es lo santo!, yo les propondría la lectura de un buen manual de parasitología, un paseo por un psiquiátrico, una tarde en un geriátrico, una caminata por cualquier jungla... Decir que la vida hay que disfrutarla es una trivialidad, pero la realidad es que muchos están privados de hacerlo, aún por naturaleza.

Al lado del héroe homérico que vuelve a casa y salda cuentas con los pretendientes de Penélope exterminándoles en un baño cruento de sangre, está el héroe trágico, aquel que, a pesar de su buena fe, acaba sacándose los ojos porque no quiere ver las fatídicas e inevitables consecuencias de sus actos. Quiero decir con esto que la naturaleza no es madre, sino madrastra, y que todo panteísmo peca de optimismo naturalista y, por tanto de optimismo antropológico.

Cuando Manuel Calvo parafrasea a Nietzsche diciendo de la culpa que es "ese veneno inoculado desde la infancia por los débiles que emponzoña las conciencias de la gente y las empuja por la senda de la infelicidad" (pg 135), tendría también que recordar que los mejores ejemplos de seres humanos sin sentimientos de culpa son ciertos psicópatas y asesinos en serie, y que precisamente porque somos libres somos culpables de lo que hacemos mal. Los excesos de valentía se pagan, muchas veces los pagan otros, no el "valiente". Como decía otro gran héroe trágico, Hamlet, es el miedo el que nos hace prudentes. La enfermedad, la muerte, la impotencia, el desamor..., son hechos temibles, y tan vitales como naturales. No temer lo que merece ser temido no es de cobardes, sino de imprudentes. Lo siento, pero tenía razón Platón: "el bien no es el placer", porque hay placeres crueles, perversos, injustos, indignos, o sea, malos. Lo cual, por supuesto, no significa que no sean buenos muchos placeres, y superiores -como reconoce el autor- los del espíritu.

Manuel Calvo nos llama al orgullo de postularnos como divinales. Eso no está mal, y nos halaga, lo que da poder de persuasión a cualquier retórica. A cambio nos pide que desterremos la humildad como una falsa virtud. Tal hicieron ya los averroístasleyendo muy fielmente a Aristóteles. En efecto, si humildad significa la disposición a ser humillado o la heteronomía y dependencia más rancia respecto a una autoridad cualquiera: la de una iglesia, la de un partido, la de una secta..., ¡pues qué duda cabe que la humildad es una falta de autoestima, y resulta despreciable! Pero reinvindicar un poco de modestia, al menos en mitad de esta cultura narcisista en la que cualquiera se cree dios, tampoco estaría mal. Es cierto que la autoestima -como ya viera Aristóteles, la filo-autía, está en el origen de la verdadera amistad (filía), pero estudios recientes han probado que el exceso de autoestima, la autoestima injustificada, o sea, el narcisismo, puede ser tan nefasto como su ausencia.

No todos tenemos madera de superhéroes. Ni falta que hace. De hecho, no quiero ni debo tener, ni por un momento, la actitud del héroe homérico. Aquiles monta en cólera porque Agamenón le roba a Briseida, puro botín de guerra. Y cuando muere su amado Patroclo, Aquiles manda sacrificar a un montón de prisioneros troyanos en la pila funeraria de su amigo. Odiseo es astuto como un zorro y no duda en mentir si le conviene. No se andaban con chiquitas los héroes homéricos cuando se trataba de imponer su "voluntad de poder".

Del natural, universal y estimable afán de superación, tan encomiable, a la voluntad de poder esteticista, nietzcheana, o narcisista, hay un largo trecho. Si negamos que el bien tenga algo que ver con sacrificarse y controlar los impulsos, entonces el crimen que deseamos está justificado, y no hay humano que no haya querido y podido alguna vez cometer un crimen. Sin ir más lejos, yo me sacrifico todos los días no soltándole a la cara a cierta vecina lo imbécil que me parece. Cierto, la humildad no puede ser fuente de todo valor moral, pero tampoco el orgullo y mucho menos la voluntad de poder. El orgullo de Aquiles causó miles de bajas, también entre sus próximos.

Es cierto que Manuel Calvo matiza el "orgullo de héroe" que nos propone: "un orgullo que no necesita necesariamente ser mostrado a los demás", un "orgullo anónimo". La verdad es que no sé muy bien qué orgullo sería ese que ni siquiera se muestra en las relaciones sociales. Su posición respecto a la voluntad de poder y el orgullo me recuerdan la falacia del falso escocés. Si achacamos a un cristiano los crímenes comentidos por el cristianismo, se defiende falazmente diciendo que no fue el cristianismo sino un falso cristianismo, un pseudocristianismo, quien los cometió; lo mismo con respecto al comunismo. La verdad es que hay en Nietzsche exageraciones que justifican una interpretación "de rebaño", una interpretación racista. Lo mismo que hay en San Pablo motivos para diseñar con su doctrina una iglesia machista, según el propio Manuel Calvo explica.

A pie de página, el autor reconoce que cuando Nietzsche refuta la metafísica tradicional propone en su lugar una nueva (poco racional por cierto y más bien mitográfica). Pero esta ontología metafísica de que "todo lo que existe, existe por sí", y esta antropología metafísica de que "sólo dependemos de nosotros mismos" (pg. 146) me parece del todo insostenible. Más fácil que refutar la primera tesis sería defender la contraria, pues en realidad todo cuanto vemos que existe, todo evento natural, es contingente y depende de otros eventos para ser; lo mismo que en lógica, cualquier proposición que enuncie un hecho real es indeterminada, o sea, incierta.

Respecto a la segunda tesis, la de una ética que emane de nuestra exclusiva y libérrima voluntad, lo cierto es que somos dependientes, que nuestra libertad es limitada, que la autonomía es un ideal, una meta regulativa -como diría Kant-, pero que en la práctica hemos de aceptar fuentes ajenas de la moral y de la ley, distintas de la propia conciencia, distintas de la propia voluntad de poderío. Porque mi gusto muchas veces no es criterio de lo justo. Primero, porque al lado de la buena conciencia, hay una "falsa buena conciencia" y nuestra capacidad para autoengañarnos es considerable. Segundo, porque el valor de la libertad no es un valor absoluto. Ninguno lo es, sino que hay que conciliarlo con otros valores. De hecho, muchas veces preferimos menos libertad a cambio de más seguridad o justicia (virtud esta que brilla por su ausencia en el libro de Manuel Calvo).

Puede que el universo se exprese a través de mí. Pero no cualquier expresión mía es por ello buena, ni mucho menos divina. La idea panteísta (hegeliana) de que Dios es el mundo en proceso dialéctico, que ya existía en el Big-Bang ("feto de Dios") sólo como proyecto, o la idea de que nos hacemos más que humanos por parir y alimentar a Dios y otorgarle continuidad existencial y sabiduría (entendida esta al modo orteguiano como suma de perspectivas parciales) me parece una teodicea muy original y, para ser del todo sincero, un poco narcisista y extravagante.

No obstante, es meritorio el esfuerzo por tramar una visión del mundo coherente, humanista, respetuosa con el saber probado, clara y razonada, sobre hombros de los clásicos.  

 

“Por mí que no quede”

“Por mí que no quede”

Domingo Henares & Julián Marías

En Mis encuentros con Julián Marías, Domingo Henares rinde un emocionante y emocionado homenaje a su maestro, con el que se trató durante más de veinticinco años, desde 1977. Le describe como “una persona enormemente correcta y sabia, cortés en demasía y ocurrente, amable, generoso y de una extraordinaria memoria”.

Muy bien documentado, con facsímiles de cartas del gran filósofo de la Escuela de Madrid[1], el filósofo de Puente Génave (Jaén), albaceteño de adopción, cuenta sus veintidós encuentros con Marías, dejando testimonio también de algunas de las conferencias y artículos que dedicó a su obra y filosofía.

Domingo Henares decidió hacer su tesis doctoral sobre un filósofo vivo, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas, porque -como prefería Platón- uno puede así preguntar directamente a la fuente por el caudal del río de su pensamiento. Por las palabras de Miguel Cruz Hernández, que Domingo menciona a modo de preámbulo (citando una entrevista de mi amiga Ana Azanza), tal decisión de dedicar su principal trabajo de doctorando a Marías estuvo tal vez inspirada, tanto en la admiración que sentía por la obra de aquel a quien llama con veneración “maestro”, como por el hecho, injustísimo, de que éste hubiera sido tan poco reconocido en España, en la inmediata guerra civil y aún mucho después, cuando ya su obra era internacionalmente tenida en cuenta. Un lujo que en un país como el nuestro no nos deberíamos permitir. Pero lo que llamó Unamuno nuestro “papanatismo”, nuestra tendencia a despreciar lo propio cuando es mejor, en beneficio de lo forastero aunque sea simplemente bueno –y a veces, ni siquiera- es tan secular como recalcitrante.

Está pasando incluso con los jugadores de fútbol. Se pagan grandes sumas por estrellas exóticas, y los nuestros –capaces de conquistar la copa del mundo- han de buscar trabajo fuera o vegetan en el banquillo.

Así, apenas prestamos atención a un hombre cuya Historia de la Filosofía –diáfana y ecuánime- se ha reeditado más de treinta veces, que publicó más de setenta libros de metafísica y ensayo, al que suspendieron injustamente su tesis doctoral por su talante republicano[2] y al que los progres –tan ramplones ellos- han negado reconocimiento intelectual por su condición de cristiano. No fue caso único. Laín Entralgo y Aranguren también defendieron la compatibilidad del cristianismo con la “filosofía de la circunstancia”.

Es como si los españoles se negaran a tolerar su diversidad y a tomar conciencia de sí mismos. Aquí, ya se sabe, si uno no padece lo que Ortega llamó “hemiplejia cerebral”, si uno no es ni de derechas ni de izquierdas, si uno, como Julián Marías y los buenos toreros, no mueve los pies de la arena, entonces puede ser empalado por cualquiera de las dos sectas (las dos Españas de Machado hielan el corazón); o, peor, uno debe exiliarse exterior y/o interiormente, condenado al ostracismo y al olvido. “¡Eso te pasa por sensato, esto por tibio!”. “Eso por carecer de espíritu fratricida y beligerante que es lo que aquí mola cantidubi-dubi-da”.

Uno se queda solo por preferir la conversación constructiva a la polémica estéril, lo que no deja de ser paradójico.

Uno tendría siempre que arder o estar helado, y a veces las dos cosas, en este país de dogmáticos. De hecho, mientras era considerado un importante maestro en América y en la vieja Europa, Julián Marías era ninguneado y vetado en la universidad española. En ella –según testimonio recogido por el propio Henares del maestro- “corrió una especie de consigna: Si Marías ocupa la cátedra de Metafísica vacante por la jubilación de Ortega, vuelve a España la República. Fue una conjura que nada tenía de intelectual, acaudillada por Calvo Serer (…). El ministro de Educación, Ruiz-Giménez, lejos de darle un toque de atención, nombró como ministro del tribunal a Calvo Serer”.

Marías vivió de su trabajo como escritor y conferenciante durante toda su vida, de forma sencilla y sin padecer resentimiento o ansia de venganza, alcanzó a ser aristócrata en la plazuela, como Ortega, desde su página de ABC, y en EL PAÍS[3], en el que le dejaron expresarse un rato. Alcanzó con la transición cierto reconocimiento público como senador de designación real, siendo por fin nombrado catedrático extraordinario de la UNED (1980), y premiado con el Príncipe de Asturias (al alimón con Indro Montanelli) en 1996. También, como con Emilio Lledó o con Muguerza, hubo que recurrir al expediente de la UNED, al no pertenecer a las “familias” y “sectas propietarias” de las cátedras de nuestra nepotista universidad[4].

Estudiado por Harold Raley (La visión responsable), por Juan Solés Planas (El pensamiento de Julián Marías), cincuenta y siete importantes escritores reconocieron su labor intelectual en el homenaje publicado por Espasa Calpe en 1984, entre ellos, sabios de la talla de Laín Entralgo, Gregorio Salvador, Lázaro Carreter, Dámaso Alonso, José Luis Abellán, Rosa Chacel o José Luis Pinillos…

Domingo Henares leyó su tesis en 1986 y la publicó en Albacete (1991), con el título de Hombre y Sociedad en Julián Marías. El propio Julián Marías estuvo en su tribunal de doctorado y en la presentación del libro.

A parte del anecdotario de la relación y correspondencia entre el discípulo y el maestro, de los encuentros y excursiones anuales con motivo del cumpleaños de Marías (17 de Junio), organizados por la Asociación de Amigos de Julián Marías, con sabrosas confesiones sobre lo que el maestro consideraba esencial de su pensamiento y el retrato de su admirable actitud amistosa, el libro contiene una interesante síntesis final sobre su particular modo de ser cristiano y filósofo, filósofo y cristiano, de un modo muy poco medieval, por cierto (también los católicos más cavernícolas le intentaron enmendar la plana). Algo muy congruente si se piensa filosofía y cristianismo sin prejuicios, y se radica la perspectiva metafísica, vital e histórica, en la noción trascendente de persona (personalismo vital).

 “la realidad más importante de este mundo, a la vez la más misteriosa y elusiva, y clave de toda comprensión efectiva: la persona humana”

J. Marías. Persona. Alianza, 1996.

 Por cierto que en uno de sus primeros encuentros, Henares le suelta al maestro que la verdadera fuente de su pensamiento es más Unamuno que Ortega, a lo que Marías responde: “Puede que lleve usted razón”. De todos modos es innegable la relación del pensamiento de Marías con la razón vital e histórica orteguiana. “Se ha hecho usted discípulo mío, cuando he dejado yo de ser su maestro”, le dijo Ortega a Marías. Y cuando volvió de su exilio después de la guerra incivil, en sus conversaciones con Julián, Ortega gustaba decir “nuestra filosofía”. Pero Marías se niega a simplificaciones fáciles y advierte que “para ser orteguiano es imprescindible no repetir a Ortega”. Ortega supuso para Marías una orientación. José Gaos confesó que Marías le sucedió en el discipulado de Ortega. “Insigne y lúcido continuador de Ortega” (Gilberto Freyre), Ferrater Mora escribe en su Diccionario de Filosofía (1971): “ha desarrollado muchos de los temas de Ortega sólo iniciados o insinuados en los escritos o en las enseñanzas orales de éste”.

Me gusta mucho que a Domingo Henares “no se le vea el plumero” en esta obra, y guarde para su intimidad, con discreción y entre paréntesis, sus particulares convicciones para el futuro, o sea su presunta fe religiosa, si es que la tiene. Él sólo –y es mucho- da cumplimiento con gratitud a la voluntad del maestro, quien le insistió, al leer el borrador de su tesis: “haga usted más hincapié en mi cristianismo”.

Henares reconoce que nunca le había parecido Julián Marías un pensador cristiano. No veía en él una “fe que busca entender” ni un “creo para comprender”, todo lo más se ajustaría a Marías la frase ‘non fides quaerens intellectum, quia simul’: fe y entendimiento en el mismo plano temporal. Sin embargo, es obvio, porque don Julián mismo lo deja escrito, que la filosofía de Marías está bajo la carpa del cristianismo[5], pues para él Cristo representaba el pléroma, la plenitud de los tiempos, el cumplimiento cabal de las profecías.

Faceta suyas como la de crítico de cine tampoco merecen ser olvidadas. Pero lo importante para mí es que “fue capaz de convertir el ensimismamiento intelectual en amor, en felicidad, en sentido y en proyecto” (A. López Sidro), añadiendo bastante verdad (autenticidad) y claridad a la inteligibilidad de su tiempo y de su patria.



[1] Esta expresión fue inventada por Julián Marías quien se convirtió también en su mejor propagandista.

[2] A Julián Marías (1914-2005) le suspendieron en 1942 su tesis La filosofía del padre Gratry, dirigida por García Morente.

[3] “La crítica que Julián Marías iba haciendo al borrador de nuestra Constitución le costó la salida del periódico más influyente de entonces, El PAÍS, donde escribía” (pg. 44). Como muestra, estas palabras: “España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de la palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años” (El PAÍS, 15-I-1978).

[4] Al escribir esto pretende con ello negar que haya en ella catedráticos y profesores de mérito, pero sí afirmar que los de más mérito se han visto vetados precisamente por su independencia.

[5] Julián Marías fue miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, de ahí su proximidad con el Papa: “La Iglesia tiene que ser puramente religiosa, ocuparse de temas religiosos. Y se lo dije al Papa…”. (JM entrevistado por “La Nación”, 20-VIII-1998).

Semblanza, obra y aforismos de Emilio L. Medina

Semblanza, obra y aforismos de Emilio L. Medina

Emilio López Medina nació en Jódar (Jaén) en febrero de 1946, sobre tierra agreste y dura de Sierra Mágina, fértil en espartales y marco natural de añejos romances medievales, tierra de frontera, sierra grande y mágica en cuyos secretos rincones, altos calares, bosques y despeñaderos, medran –según dicen- más especies de fauna y flora que en todo el Reino Unido.

 Estudió Filosofía en la universidad de Valencia. De sus preocupaciones por la lógica matemática y su incompatibilidad con la lógica dialéctica nació su primer libro Fundamentos de una Lógica Simbólica de la Contradicción (Pentalfa, Oviedo, 1982).

 Emilio ha cultivado también la literatura. Con su drama Faustino obtuvo en 1984 el Segundo Premio “Plaza Mayor” de Teatro de la Casa de España en París. El propio autor define esta obra como “sueño teológico de una noche de difuntos en un solo acto, bastante largo, en el que no hay sexo, pero sí violencia”. Se trata, claro está, de una alegre broma satírica. Faustino, el protagonista, es un opositor que se ha dado a la bebida porque no aprueba las oposiciones. Su novia y sus amigos deciden darle un buen susto en una Noche de Difuntos en que, vestidos de seres sobrenaturales, le someten a juicio sumarísimo. Se trata de un esperpento conceptual concebido para que la sátira y la risa penetren en las ideas aparentemente más profundas y sublimes.

 Cuando leí Faustino, hace ya muchos años, recuerdo que me impresionó mucho la admirable facilidad con que Emilio juega en esta obra con los diversos registros léxicos, desde el sermón vulgar al culto y refinado, con expresiones tradicionales y otras creadas por el propio autor. Y, por debajo del más universal discurso de los lugares comunes de la gran cultura, sentí la castiza sencillez del sabio socarrón, tan fino y escéptico, como el buen pueblo machadiano. Tan bondadoso.

 Sus trabajos más académicos, aparecidos en revistas especializadas alcanzaron su expresión final en la obra: Prima Philosophia Ordine Geometrico Meditata. Elementos de materialismo metafísico (PPU, Barcelona, 1989). Este tratado metafísico (tan original en una época tan poco propicia a ellos) es el resultado de aplicar a los hallazgos elementales de la meditación cartesiana el rigor de la lógica moderna. El resultado es una amplia cadena de deducciones que evocan las maneras de Spinoza –autor este a quien homenagea con su título.

La tesis central de la Prima Philosophia lópezmedinana es que toda realidad puede reducirse a Espacio como principio constitutivo e inmanente, arcano de lo existente:

 «El espacio es, por tanto, una categoría anterior al Tiempo (y a las cosas y los fenómenos). El Tiempo es posterior al Espacio (y a las cosas y fenómenos, puesto que el Tiempo sólo es la percepción del devenir de éstos en el Espacio...). El Tiempo, pues, no es una categoría elemental o fundamental de la Realidad, sino que es una categoría derivada. El Espacio es la categoría primigenia.» (pg. 113).

He tenido el placer de poder discutir con Emilio esta prioridad que le atribuye al espacio sobre el tiempo, y no es cuestión de volver a hacerlo aquí. Sólo diré que el argumento de Emilio se basa sobre todo en que «mientras que el Espacio puede concebirse en sí mismo, en ausencia de seres, el Tiempo no puede concebirse en sí mismo, en ausencia de seres. Se puede pensar un Espacio vacío, pero no un Tiempo vacío» (pg. 112).

Creo que Emilio soslaya que “vacío” es otro nombre del Espacio, la pura abstracción del espacio, o sea, un espacio sin ser. Igual se puede pensar un tiempo ayuno de sucesos (movimientos), una pura presencia eterna, como el Ser de Parménides... En cualquier caso, y aunque pueda no estar de acuerdo con las conclusiones, acepto sin embargo que sean perfectamente legítimas de acuerdo con las tesis racionalistas (cartesianas) de las que Emilio expresamente parte. En este sentido, es posible que la obra bien trabada de Emilio López Medina ponga de manifiesto un desequilibrio materialista del propio dualismo cartesiano, un espacialismo al que estaría abocado per se.

 De 1997 es su tesis doctoral: El sistema filosófico de Balmes (Oikos-tau, Barcelona, 1997), en que describe la metafísica de este admirable y olvidado filósofo, con gran claridad y rigor, como un intento de Filosofía Realista.

 «Balmes asume plenamente que una filosofía realista, después de la aparición del idealismo psicológico y sobre todo del kantismo, no puede serlo ya al viejo estilo de la Escolástica y ni siquiera de Descartes, sino que ha de renovar y variar sus presupuestos, aceptando la carga que corresponde al sujeto en el proceso del conocer» (pg. 23).

 Desde el punto de vista lópezmedinano:

«El Espacio-Extensión es el campo donde se dirime la Filosofía o, en otras palabras, el punto de inflexión que marcaría un tipo u otro de filosofía. De manera que... la batalla de Balmes contra el idealismo de Kant va a librarse donde lógicamente sólo podría ser librada: en el problema del Espacio» (pg. 26).

 El trabajo de Emilio salda una deuda que la historiografía española reciente ha contraído con este gran pensador -tan injustamente olvidado en nuestros programas académicos-, al que Tierno Galván consideró introductor de la metodología de la duda en el pensamiento español, y Menéndez Pelayo definió como el verdadero introductor de la filosofía moderna en España. Emilio salva el equívoco de la descalificación de Balmes como un mero y tardío escolástico: “simplemente hace una filosofía cristiana nueva, asumiendo los planteamientos modernos”... “llega incluso a criticar muchos presupuestos de Kant (por ejemplo, las Categorías) por su analogía o su inspiración en la filosofía escolástica (en el caso ejemplificado de las Categorías, como inspiradas en el Entendimiento Agente, respecto del cual éstas no serían, según el filósofo catalán, más que un sustitutivo de la función de mediación que el Entendimiento Agente cumpliría en el proceso del conocer, mediación que tanto en un caso como en otro, sería una creación filosófica absolutamente superflua y, como tal, ficticia...» (pgs. 28-30).

En los aspectos filosóficos clásicos, el pensamiento de Balmes –a juicio de nuestro acreditado intérprete- no tiene nada de conservador, su realismo metacrítico fue acusado de afrancesado por el integrismo católico español y de conservador por los sectores revolucionarios, lo que prueba el talante moderado y conciliador de Balmes.

«Siquiera fuese por el intento de pretender levantar una réplica a la Crítica de la Razón Pura, y más en 1845, a los cuarenta y un años de la muerte de Kant, ya sería digna de consideración esta filosofía» (pg.32).

 Tras ocuparse de Balmes, nuestro amigo ha publicado una extraordinaria colección de aforismos, género que ha cultivado desde antiguo: Pensamientos del que está de visita (BAAL, Cádiz, 2000).

 A continuación, ofrecemos al atento lector de Signamento una selección de los mismos:

 I. El hombre que nace y siente

 -Con el nacimiento, la materia organizada se convierte en devoradora de vida.

 -Sólo las mujeres saben el último saber: que la verdad no es siempre belleza, pero que la belleza es siempre la verdad.

 -Quizás el amor hacia una persona en su primera etapa no sea más que la intuición del placer que puede proporcionarnos. En su segunda, la identificación del placer que proporciona. Y en su tercera, si la hubiere, un agradecimiento por la amistad proporcionada en todo ello.

 -A mayor amor de sí mismo, menos necesidad de alguien.

 -Un gran amor suele acabar en muerte súbita. El pequeño amor no se extingue ni por agotamiento.

 -En el odio, el hombre engendra sobre todo violencia; la mujer, creatividad.

 -¡Hacer el coito con una mujer tan respetable y seria como su señora! ¿Habráse visto mayor aberración? Es usted un degenerado.

 -El matrimonio, la lucha diaria por proveer y levantar la casa y la familia, la convivencia forzada, continua y rutinaria es hasta tal punto determinantemente nefasta, que te impide ver qué maravillosa persona es tu esposa.

-La felicidad es tan difícil, que nos conformamos con su esperanza. La felicidad es la promesa de la felicidad.

 -Los placeres de la vida son el vino de los condenados a muerte.

 -Cada hombre, en el aspecto emocional, es un ser atado a un recuerdo.

 II. El hombre que comprende y ríe

 -La persona verdaderamente inteligente busca y comprende en las mismas cosas que quiere saber. Los demás preguntan respuestas.

 -Hay dos mentalidades o naturalezas intelectuales: Aquella a la que todo le parece normal y aquella a la que todo le parece anormal y sorprendente (incluso el milagro de vivir más de dos días). Esperad algo sólo de esta última.

 -La imaginación es el comienzo de la verdad porque es el principio de la explicación. Es el comienzo del progreso porque es el principio de lo posible.

 -Hasta las más sesudas obras filosóficas pueden confundir las ganas con la realidad: por ejemplo, la obra completa de aquél famoso francés-ginebrino que establecía que el hombre es bueno por naturaleza. La razón del motivo no es el motivo de la razón.

 -La persona superficial es un elemento necesario. Es el que dota a las ideas de superficie, es decir, de visibilidad. Por ello no estoy en contra de las obras de divulgación. Es más: creo que las verdaderas bases de las teorías, paradójicamente, se exponen en las obras de divulgación, porque en ellas hay que explicar las razones desnudadas de los “sobrepuestos” metalenguajes científicos sobre las que se elevan. En las obras de divulgación hay que volver a las preguntas primeras.

 -Lo malo es que hay tontos que estudian mucho. La mezcla, entonces, puede ser explosiva, pues en esta vida no hay nada más nefasto que un tonto con ideas. Y ello porque estos idiotas cultos y locuaces pueden presentar sus idioteces muy cultamente y envueltas en un atractivo y elocuente embalaje verbal: los más infelices son los inteligentes incultos o con dificultades de expresión, pues apenas podrán comunicar su razón o, al menos, atraer hacia ella. ¡Dios mío, líbranos de los tontos que saben mucho!

 -Con la ciencia, cada descubrimiento se torna en un nuevo nacimiento de las cosas. Pero ahora esta ciencia pone tales nacimientos al servicio del poder mercantil y sus ventas, y el científico es sólo alguien que investiga para una empresa... Ciencia, <em>ancilla negotii</em>.

 -Big-bang, agujeros negros, cuerdas espaciotemporales, paso a otros mundos por túneles cósmicos... Esta ciencia actual, tan modernísima, se está poniendo tan fantástica en la explicación del mundo, que ha conseguido que, comparativamente, sea menos fantástico creer en la existencia de Dios.

 -Cada época descubre un matiz del hombre, de la vida o de la naturaleza y lo enfatiza hasta convertirlo en básico.

 -Ciencia. El arte de dar una ley a la causalidad

 -Superstición. El arte de dar una ley a la casualidad.

 -La filosofía es la ciencia que no quiere renunciar a ser arte.

 -Todo un conjunto de errores reunidos, coordinados y coherentemente expuestos, constituyen un sistema filosófico. Parodiando a Joubert, podríamos decir que todos los errores serían buenos de decir si se dijeran juntos (o al menos habríamos montado un grandioso espectáculo).

 -Al final, la ciencia termina rapiñando la Naturaleza. Por lo menos, la Filosofía la deja como estaba.

 -Las verdades están obligadas a no perder su carácter ilusionante, porque nosotros estamos obligados a no perder la esperanza. Son ilusiones obligatorias.

 -Si la verdad está desnuda, con las paradojas ejercita la danza de los siete velos.

 -Nuestra época es tal que el grado máximo de sabiduría consiste, no como otrora en saber, sino en no dejarse convencer.

 -La última ilusión es creer que los demás están perdidos. Es la ilusión definitiva del fanático.

 -Cuando la pasión vocifera, la lógica queda afónica de miedo..., pero entonces se levanta el sastrecillo valiente del humor.

 -Cuando nos reímos de algo, ese algo queda por debajo de nosotros. Por ende, si nos reímos de nosotros mismos, nos superamos.

 -El sentido del humor no es tanto una capacidad, cuanto una predisposición intelectual (y por tanto, adquirible por el ejercicio de la voluntad). Una predisposición a ver el lado serio, triste y contradictorio de las cosas.

 -Las ideas son como los vientos. Llegan, te acarician –a veces te azotan- y, si no las embotellas en el momento, se escapan.

 -A veces con un pensamiento, con una frase, el día queda redimido.

 -Sobre el hombre no pueden hacerse teorías universales, sólo pueden hacerse aforismos.

 III. Elementos para una etología

 -Llegas a este mundo y te encuentras objetos y personas. Algunos eligen lo más fácil: amar los objetos.

 -Si desde la noche de los tiempos se está pidiendo amor al prójimo, ¿no será porque la forma natural de empatía con el prójimo no es el amor?

 -Cada hombre ve en el otro un saboteador de su persona.

 -El hombre es de naturaleza egoísta en todo tiempo, lugar y ocasión, excepto en una: cuando tiene necesidad de afecto. Y ello sólo porque otra persona puede proporcionárselo.

 -Más hermoso y satisfactorio que acumular poder es ser querido. ¿O tal vez quién busca poder busca sólo ser admirado como satisfacción perversa de no ser querido?... El éxito suele convertirse en un sustitutivo de la felicidad.

 -Principio del ambicioso: Lo demasiado de una cosa es la falta de alguna otra cosa.

 -Principio del virtuoso: Lo demasiado de una cosa es la falta en alguna otra cosa.

 -Primeramente, la cuestión estuvo en ser o no ser, eso fue en los tiempos de Shakespeare. Más tarde en tener o no tener, eso fue en los tiempos de Balzac. Después, hasta la invención de la tele, en estar o no estar. A partir de aquí, en aparecer o no aparecer (en ella).

 -El hombre que piensa que el destino no le gobierna hace que el destino no le gobierne.

 -Lo peor de todo es que la sociedad actual tienta al individuo con la perfección –el cuerpo perfecto, la salud, la educación y el trabajo perfectos- y le obliga, cuando no a serlo, a creerse perfecto o, en su defecto, despreciable.

 -El destino son nuestros deseos.

 -Para agradar, olvida tu sinceridad.

 -Parece que no, pero la honradez es, a la larga, el presupuesto de cualquier poder.

 -Cada día hay que regresar inocente a nuestra casa.

 -Una vez satisfecho el vientre y el bajo vientre, la siguiente pasión a satisfacer es la vanidad, que es la reina a la sombra de todas. (Eso si el sexo, en todo aquello que no sea descarga hormonal, no es también vanidad). E incluso, Her Nietzsche, la voluntad de poder tal vez no sea más que la voluntad de la vanidad –en sus formas más instintivas, más primitivas, más rudimentarias-. Los romanos, encarnación de la voluntad de poder, ponían un esclavo que iba recitándole al general triunfante: “Recuerda que sólo eres un hombre”.

 -Lo que menos perdona el hombre, menos incluso que el dolor físico o la esclavitud, es el desprecio y la humillación. Es más: El hombre olvida antes los amores habidos que las humillaciones recibidas.

 -Si Jesucristo no logró hacernos mejores, intentarlo los políticos (y los pedagogos) es una presunción que, más allá de la soberbia, raya no ya en la rebeldía teológica, sino en la tontería teológica.

 -Lo que a veces parece maldad no es más que pura incapacidad.

 -Se dice muchas veces del hombre que es un animal racional para contraponerlo a la bestia, cuando lo único que garantiza la expresión es que podría tratarse de un animal de bestialidad racional.

 -El ruido de sables frente al silencio de las vaginas. El estruendo de la destrucción frente al fru-frú de la creación...

 -El hombre, ese exterminador de todo lo que ve, de todo lo que bulle, os hablará, no obstante, de futuro.

 -La guerra más importante, aunque silenciosa, de la Humanidad es la que se libra entre los libros. ¡Qué grandioso espectáculo el gigantesco y universal fragor de las ideas!

 -El ejército invade; las costumbres, que van a su retaguardia, ocupan. El cañón vence, el canon conquista.

 -Los hombres son débiles, no tanto porque tengan un precio, cuanto porque tienen un temor. A un hombre íntegro se le podría destruir por ese su pequeño temor particular.

 -La justicia no puede reflejar plenamente la moral porque, por naturaleza, entiende más de derechos que de <em>deberes</em>.

 -Hay personas tan ligeras de cascos y tan frívolas que creen tener más virtudes que defectos.

 -Si alguna ventaja tiene la miseria es que suprime la creencia en los valores, sobre todo en los superfluos.

 -He aquí que el hombre, que vence todas sus necesidades (el hambre, la ignorancia, la enfermedad...), cada vez puede menos con una: la necesidad de diversión.

 -El problema de la economía es que se olvida de que ésta no es sólo una cuestión de dinero y bienes, no es una ciencia físico-matemática, sino, antes, de hombres: es una ciencia humana. Por ello, “cuanto más contamos, peor contamos, puesto que no contamos todo” (A. Sauvy).

 -Se tiende al lujo y al consumo para suplir la falta de imaginación. Sólo quien tiene imaginación puede vivir austeramente.

 -Llamamiento al hombre moderno: Alimente su espíritu. No se preocupe: el espíritu no engorda.

 -Uno de los milagros que más me maravilla de la vida moderna es que, a pesar de tener la barriga llena, la gente es disciplinada. Y es que la filosofía que ha asumido plenamente nuestra sociedad es la de llegar al máximo de bestialidad sin romper el orden público.

 -Adorar los bienes materiales es una cuestión indispensable para seguir trabajando. Y seguir trabajando es una cuestión indispensable para producir bienes materiales que adorar.

 -Si en algunos países se da una competencia feroz en el trabajo y los negocios, en otros se da una <em>incompetencia feroz</em>.

 -La mejor caridad es la calidad.

 -Ecologismo: Hasta ahora lo civilizado se caracterizaba por la capacidad de generar artificiosidad. Ahora por la capacidad de generar naturaleza. (Siempre la sombra de Rousseau).

 -En realidad, lo que tratan de conseguir las buenas formas es la negación de la naturaleza. Lo cual demuestra que, en cuanto que casi todo el mundo está de acuerdo en ellas, casi todo el mundo está de acuerdo en que la naturaleza debe ser negada.

 -La cara más terrible del hoy es el ayer por el que ha llegado a ser: la Historia.

 -Si no tienen una música superior a la de Mozart, me importa un pito cualquier civilización extraterrestre. Bueno..., me lo pensaría si tuvieran mejor medicina. Pero en cuestión de cacharros, coches y otros objetos, lo tengo muy claro: que se los metan en el culo (si lo hubieren y les cupieren)... Las cosas me interesan como si ya estuviese muerto: es decir nada. Sólo cuando empiezan a molestarme, empiezan a importarme.

 -Después de oír a Bach y comparar, se abre ante mí la evidencia de cuánto hemos perdido, de cuánto ha perdido la Humanidad y la cultura. ¿Cómo se puede decir que progresamos? Progresarán las máquinas, como acabamos de decir, pero no el Hombre. Y la Música es su constatación más expresiva.

-De todos modos, el impulso mayor que puede recibir el progreso de una sociedad es el de aquel instinto de los padres de que sus hijos sean mejores que ellos.

IV. ...Pero la creación

 -Los hombres realistas no tienen más que un mundo, los hombres idealistas tienen dos, pero los creadores tienen todos los mundos que quieran.

-“La Música ofrece a las pasiones la posibilidad de gozar de sí mismas”. Más que un medio de masturbación espiritual, como insinúa Nietzsche, la Música ofrece a los sentimientos y pasiones individuales la ocasión de afirmarlos como Verdad, como Absoluto.

-Una obra de arte es una inexactitud tratada con métodos exactos o armónicos. Es decir, una idealidad.

-Por lo menos hay que tener el buen gusto de desear el buen gusto.

V. El hombre solo

 -Decididamente, lo mejor no llega sin esfuerzo; pero lo peor, aun sin esfuerzo.

 -Mientras no se confíe un secreto, el amor y la amistad se mantienen verdes.

 -Se es siempre un niño para alguien.

 -El llanto es el vómito de la psique.

 -Los idiotas comprenden el placer, pero no alcanzan a identificar el dolor ajeno.

 -Se puede amar al prójimo y no querer tenerlo al lado.

 -El hábito es la transformación de lo ocasional en permanente y estable.

 -Inicialmente se hace una cosa por necesidad, enseguida por deber, luego por costumbre, y finalmente por gusto.

 -El hábito es una segunda naturaleza que tiene como objeto maniatar y ponerle bridas a la primera, y evitar que se desboque. Con el hábito, la voluntad ha sido vencida por la inteligencia. La inteligencia ha inventado una estrategia para llegar a la resolución de problemas y ha logrado poner la voluntad, y hasta el mismo cuerpo, a su servicio.

 -Antes por los salteadores, ahora por los accidentes de tráfico, el viajar siempre es igual. ¿Por qué, si no, nos desean un buen viaje? Porque a priori se supone que es algo peligroso y una tortura. Antes los hombres arriesgaban sus vidas sólo en ocasiones insoslayables e importantes (en una guerra, por ejemplo), ahora por huir (de sí).

 -Soy muy ambicioso: quiero la rutina, quiero la normalidad.

 -La juventud es la edad en que se exige cuentas a la vida de todo lo que nos debe. La madurez es la edad en que se sabe cuánto le debemos a la vida.

 -En nuestra vida real, el texto que uno se aprende o se promete seguir acaba siempre por desaparecer bajo la interpretación.

 VI. El hombre y la muerte

 -La desgracia viene tan a punto, puedes esperarla con tanta seguridad, que no merece la pena ni esperarla. El pesimismo es el optimismo de la sabiduría.

 -Nuestro cuerpo es una bomba que en cualquier instante puede estallar. Un monstruo dormido que puede despertar rugiendo en cualquier momento y que se devorará a sí mismo. Vivir es servir a un cuerpo enfermo o amenazado.

 -Antes el hombre se enfrentaba a las guerras, a la degollina, a la esclavitud, al pillaje... Ahora se enfrenta a los análisis de orina.

 -El enamorado y el enfermo creen todo lo que necesitan creer.

 -La mejor relación que puedes tener con tu cuerpo, como enemigo que es, está en no notarlo, que no se acuerde de ti.

 -Que el dolor sea un bien, un motivo de purificación y perfección ante Dios, eso no se lo cree ni Dios... Pero ¿cómo es posible tener ese concepto, no ya de Dios, sino de cualquier ser?

 -Pensar que Dios existe es de tontos. Pensar que Dios no existe es de idiotas.

 -Yo, por mi parte, hoy creo en Dios; mañana no sé.

 -A pesar de todo, parece como si Dios no se defendiera de las críticas. Parece como indefenso.

 -Las religiones son las gestoras del miedo, y los sacerdotes sus administradores.

 -Algo que no existe, algo que no es mientras se vive, la muerte, la no vida, es curiosamente lo que condiciona absolutamente nuestra vida.

 -La muerte de un individuo es, para la Naturaleza, un detalle insignificante; para el individuo es la muerte de toda la Naturaleza.

 -Es demasiado fácil amar al muerto.

 -Los templos son los mayores monumentos elevados a nuestra ignorancia sobre el mundo.

 -Aquí está el cementerio... El cementerio, esa réplica a la ciudad a la que se adjunta, esperando paciente y silenciosamente la mudanza del personal que está de visita en la ciudad, que está de visita en la Vida.

Y hasta aquí, los aforismos de EMILIO LÓPEZ MEDINA

Presentación y selección de José Biedma para Opinatio/Tabularium (lamentablemente desaparecida de la Red), levemente corregida para Signamento. Úbeda, Octubre de 2002/ julio 2011.

Post datum

Hace poco, Emilio ha escrito un libro de aforismos sore EL DOLOR, al que seguirán otros seis, como siete bestias, publicados por Octaedro.

 

Keyserling: el arte de filosofar

Keyserling: el arte de filosofar

A pesar de la gran popularidad que su obra y personalidad alcanzó en España, donde sin duda fue tenido muy en cuenta por Ortega, o en Argentina y en Méjico, la filosofía del conde lituano-alemán Herman Graf Keyserling ha sido casi olvidada.

Una noche de insomnio me puse a releer mis notas sobre Keyserling (Könno 1880-Innsbruck 1946), tomadas de La angustia del mundo. Esta obrita no aparece en el elenco que ofrece mi Larousse. La leí de prestado, tal vez de la biblioteca municipal, creo que pertenecía a la famosa colección Austral.

Me he encontrado con jugosas frases en torno al Sentido (Sinn), ámbito que el filósofo contrapone al fenoménico, objeto de la ciencia y la técnica.

¿Paráfrasis?, ¿citas?, ¿síntesis personales? Las pongo en la Red por si incitan a alguna reflexión o comentario:

 - El sentido es algo cambiante y mecánicamente imperceptible, como la expresión de un rostro o la ejecución de un músico...

 - El valor espiritual de un discurso  no depende sólo de la corrección lógica, sino también del arte, que sabe hacer convergir todos los medios de expresión disponibles hacia la evocación del sentido viviente, que es una meta tanto más inaccesible a toda expresión convencional cuanto aquél [el sentido viviente] es más vivo, vasto y profundo.

Keiserling, casado con Goedela von Bismarck, fue un extraordinario viajero, uno de sus libros más leídos fue precisamente Diario de viaje de un filósofo (1919). Cosmopolita, viajó mucho por Oriente pero también por América. Su nombre -me enteré por la Internet- aparece en la letra de un tango. Fue amigo y admirador de Tagore, y el aprecio fue recíproco. En Buenos Aires se dejó deslumbrar por Victoria Ocampo, a la que "tiró los tejos". Ella le rechazó con elegancia. 

K. pensaba que el único tema filosófico es el de las relaciones del espíritu con la naturaleza, o del mundo con Dios. Para K., filosofar es un auténtico arte. El pensamiento trabaja con las leyes del pensamiento y los datos científicos, exactamente como el músico con los sonidos.

A pesar de su europeísmo, Keyserling estaba convencido de que la cultura del futuro uniría los aspectos técnológicos y dominadores de la cultura occidental con los aspectos místicos y espirituales dominantes en la cultura oriental, en un fondo común.

Emparentada con la filosofía vitalista de Nietzsche y Spengler, con el espiritualismo de Schelling, el intuicionismo de Bergson, el historicismo de Dilthey o el ingenio analítico de Simmel, su prosa clara es expresión de una filosofía antiacadémica, antiintelectualista. Aunque algunos críticos le consideren un autor "mesiánico" y algo ególatra, sus fuentes últimas son el magisterio nada despreciable de Platón y Kant.

Expulsado de estonia por los bolcheviques, Fundó una Schule der Weisheit, una "Escuela de sabiduría", en Darmstadt, bajo el mecenazgo del gran duque de Hesse (1920), escuela que luego fue cerrada por el régimen nazi.

Keyserling apela a la fuerza del sentimiento, pero conserva los valores espirituales, amenazados por la civilización mecánica y la cultura de masas.

Viajó por España, donde impartió conferencias en 1926 (en la Residencia de Estudiantes) y en 1930. Consideró a España una "virgen prometedora", más africana que europea, pero, por eso mismo, España es reservorio de valores que en el norte se han perdido, y esperanza restauradora del pueblo europeo. Hernán Cortés, Torquemada o Felipe II le parecen al lituano tipos genuinamente africanos. Caracteriza al pueblo español como dinámico, intrépido e idealista.

 

Manirrotismo cósmico

Manirrotismo cósmico

Despilfarro de estrellas
Manuel Fdez. de Liencres. Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre, Úbeda, 2010

La creación, o la evolución, o ambos acontecimientos y procesos, son poco, nada económicos. Para los cosmólogos científicos viene a ser una especie de paradoja, relacionada con las leyes de la termodinámica: ¿por qué ese derroche de energía en producir diversidad, diferenciación, complejidad creciente? ¿Por qué un universo frío y caliente, cuando sería más económico que fuese tibio?

Explique usted, si puede, desde una perspectiva técnico-funcional la cola del pavo real, el cuerno del rinoceronte, el cascabel de la serpiente, la conciencia del ser humano, el arte del Greco, la mancha azul-cielo caudal de la Satyrium spini de la foto.

Y vayámonos al mundo de la cultura, enraizado -no lo olvidemos- en nuestra propia naturaleza, complementario de ella... ¿Para qué sirven hoy las sinfonías de Beethoven?

Bueno, responderá el lector, para que ofrezcan al oído un vibrante, armónico, melodioso espectáculo... A eso voy, que el universo parece organizarse también, como percibió Nietzsche, como una función dramática, unas veces cómica, otras trájica, como un espectáculo.

¿Qué espectador tan inmenso pudo ofrecerse un espectáculo tan vasto como inhumano? Nace una supernova. Aplauso. Explota una supernova. Aplauso. Espectador o espectadores tan imperfectos -los que supuso Nietzsche- que no sólo gozan creando o viendo crecer, sino también borrando de la existencia o viendo cómo las estructuras hermosas se derrumban.
No sólo nosotros estamos aquejados de una tendencia perversa al despilfarro, al manirrotismo, también la vida en particular, y el universo en general. ¿A qué si no esas aparatosas corolas de las flores, concebidas algunas como un teatro para los insectos polinizadores? ¿y esos dibujos y metalizados de los insectos? La evolución, ¿actuando con intenciones de orfebre? El creador, ¿metido a dibujante? Un equiseto puede reproducirse perfectamente sin hojas y sin flores, por esporas, y ahí los tienes, desde el tiempo de los dinosaurios y desde antes, medrando en las humedades. Tanto alarde de pétalos de rosa o de dalia cuesta lo suyo.

Hoy mismo padecemos una crisis provocada por nuestro manirrotismo, porque -como decía mi abuelo- hemos estirado los pies más allá de lo que puede cubrir la manta, ¡y nos hemos quedado hasta con el culo al aire! Entre la avaricia de los bancos, la avaricia de los constructores, la pretensión gastona del público en general, nunca satisfecho con lo que tiene, y la temeridad de unos y otros, hemos gastado lo que no teníamos y muchos ya no pueden pagar lo que le adeudan a otros, que le adeudan a otros, y no sabemos cuando tocaremos el fondo mendaz de lo que se debe.

Y ahí tienes, pisos que no necesitamos, coches que no son necesarios, potingues venenosos y superfluos, animales de compañía que se comen al niño acompañante, lujos inútiles y hasta peligrosos.

El filósofo Manuel Fdez. de Liencres, en sus sugestivos Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre (Úbeda, 2010), eleva a la categoría de teoría cosmológica esta tendencia vital y antropológica y acuña para ello la poética expresión: "Despilfarro de estrellas": "Porque hemos observado sin gran esfuerzo que en el Universo material y en el Mundo biológico reina la abundancia, la profusión, la prodigalidad, el despilfarro en suma. Hay millones de galaxias, de sistemas solares, de estrellas, de satélites. Y para engendrar un solo bicho o una sola planta se desperdician cientos de miles de semillas, de simientes... ¿A qué viene tanto manirrotismo?" -se pregunta el filósofo.

M. Fernández de Liencres propone una hipótesis a modo de explicación: La hipótesis de la imperfección creadora. A nuestro pensador le parece evidente que si el mundo se mueve y los seres que en él habitan aspiran y expiran es porque el mundo, o al menos nuestro mundo, está fundamentalmente desequilibrado. En efecto, un objeto en perfecto equilibrio -como el huevo macizo de Parménides- no se movería jamás. Incluso la ciudad, la gran ciudad, fabricada a la medida del hombre para poder satisfacer sus menores caprichos, padece de desequilibrio, pues no puede vivir de sus propias fuerzas y está obligada a depender de la no-ciudad, del campo, más cercano a la Naturaleza.

Precisamente porque todo surge del Desequilibrio Creador, nuestro universo no es nada lógico, aunque sus entes se ajusten al llamado por Fdez. Liencres Principio de Complementariedad, según el cual, las partes de un objeto, sea el que fuere, son distintas pero complementarias, "no son anárquicas ni independientes sino que se necesitan unas a otras para ser un objetivo".

El título de la obra es ambiguo, porque el autor no pretende que ampliemos nuestra ignorancia sobre el hombre, sólo que la mejoremos. Esto es, aún aceptando que el ser humano es la cosa más paradójica y extraña del mundo, una cosa que -citando a Teresa de Jesús- no puede estar siempre en un mismo ser, al reflexionar sobre el ser humano nuestra incomprensión sobre lo que somos puede hacerse algo más lúcida: "cuando se escribe sobre lo que no se entiende queda siempre la sensación de haber aprendido algo" (pg. 46).

En cualquier caso, el ser humano se proyecta desde su base física y animal más allá de sí mismo. Apoya esto el dictamen humanista de Juan de la Cruz: "Un solo pensamiento del Hombre vale más que todo el Universo". Parece ser que, a pesar de la estructura "psicofantástica" de nuestra mente, "habría que defender al Hombre y reconocer su valentía ante la tragedia y sus duros esfuerzos para idealizar la Realidad y para trascender lo que no es otra cosa que un galimatías físico-matemático".

Estos Apuntes, que no aspiran a ser sino ocurrencias de alguien -y esto lo digo yo- que ha vivido, pensado, pintando y reflexionado mucho, terminan con esta conclusión:

"El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, son incomprensibles. El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, no tienen por qué ser comprendidos. Vivamos y dejemos vivir en paz. Y esperemos. ESPEREMOS"

Y como colofón, un soneto que parece contradecir esta última razón de esperanza, y que termina con este bonito terceto:

Y pues que la razón ya se reclina
pediré para mi alma desmandada
muerte en el pico de una golondrina 

Moral y religión. Kolakowski

Moral y religión. Kolakowski

Necesidad de la religión y del tabú

 

En su obra Si Dios no existe…, el filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927-2009), con generosa claridad, puso de manifestó aquello que tanto le cuesta reconocer al racionalismo ilustrado, incluso en sus figuras más irracionales o pedantes: la imaginación y la emoción, particularmente la idea de Dios y el sentimiento de la fe, son imprescindibles en la orientación ética de nuestra conducta.

El sentido –o la búsqueda de sentido- no se puede reducir al formalismo de la ley (Kant) ni al formalismo de la comunicación entre hipotéticos iguales (Habermas).

Ya conocía a Kolakowski por el muy ingenioso: Conversaciones con el diablo, que publicó en 1979 Monteávila editores. Cuando leí Si Dios no existe… el libro debía de haber sido recién editado por Tecnos (1995). Me ha agradado, más que sorprendido, que Carlos Gómez le dedique una importante mención al “alegato de Kolakowski” en el capítulo 8, “Ética y religión” de La aventura de la moralidad (Alianza, 2007), obra con pretensiones de manual universitario de Ética.

  Kolakowski usa la frase de Dostoievski (“si Dios no existe, todo está permitido”) para explicar la necesaria raíz religiosa o sagrada de la moralidad. La concepción de la fe del filósofo polaco es también ilustrada, deísta. La fe, en un sentido tan general como mínimo, es la confianza en Dios, o sea, la confianza en que el universo genera la cantidad mínima de mal, ,la confianza en que, en última instancia, “no hay mal que por bien no venga”, es decir, que “lo que es, es bueno”. La fe, en este sentido vago de confianza en el Bien, tiene que preceder a todo razonamiento. Se trata de un acto de compromiso moral con la verdad y el valor.

Todo el mundo alberga una disposición oculta o incluso una compulsión semiconsciente a buscar un orden en el gigantesco montón de basura que llamamos historia de la humanidad. Esta compulsión revela el vínculo real de la mente con el fundamento eterno del significado. Es una opción ontológica creer que lo Eterno manifiesta su presencia real constituyendo, a lo largo de la historia, un término de referencia en el entendimiento que el ser humano tiene de sí mismo. “Si el curso del universo y de los asuntos humanos no tiene un sentido relacionado con la eternidad no tiene ningún sentido” (pg. 157).

Pero la investigación filosófica es incapaz de producir, sustituir o siquiera estimular el acto de fe…, pues la fe no es un acto de asentimiento intelectual a ciertos enunciados, sino un compromiso moral que implica, en un todo indivisible, el asentimiento intelectual y una confianza infinita, inmunes a la refutación empírica. Por otra parte, un creyente debe admitir que Dios no puede ser una hipótesis empírica. Un creyente tiene hoy que admitir a) que su interés por Dios va más allá del interés científico por el conocimiento de las leyes de la naturaleza, b) que aun suponiendo la capacidad explicativa de la existencia de un ser absoluto, estaríamos muy alejados del Dios de los creyentes; amigo y padre, y c) cualquier explicación racional sobre la existencia o esencia de lo divino sería de muy dudosa utilidad, dadas las insuperables dificultades para comprender la idea de creación: seguiríamos sin poder tender un puente entre el ser absoluto y la criatura finita.

La fe es científicamente inútil. Lo único que puede mostrar la teodicea es la no contradictoriedad de la idea de un mundo gobernado por una providencia benevolente y todopoderosa y, sin embargo y a la vez, un mundo que contiene tanto mal (errores, injusticias) como el nuestro. Esa teodicea entrañaría para Kolakowski cierto escepticismo ( o agnosticismo), pues supondría que, en cualquier caso, nunca podremos saber cómo no es autocontradictorio el mundo. “El infinito es por naturaleza incomprensible” (Orígenes). En este sentido, y a pesar de la distinta estructura lógica de sus argumentos, Tomás de Aquino está de acuerdo con Descartes: los dos percibían la imposibilidad de un mundo que revirtiese sobre sí mismo.

“Dios existe” es un juicio existencial sintético y analítico al mismo tiempo. ¿Hay otro juicio que pueda ser existencial, sintético y analítico a un tiempo?: tal vez, “algo existe”, porque su contradictorio, “nada existe” es absurdo.

Aunque Dios no pueda ser abarcado por el conocimiento, la teodicea no es por ello un entretenimiento para mentes ociosas, sino que resulta imprescindible para quienes se nieguen a admitir que “todo es por nada”, que todos nuestros sufrimientos y esfuerzos por salir adelante o mejorar las cosas perecerán para siempre en el vacío, sin dejar ni huella.

En efecto, “Si Dios no existe, todo es permisible”, no vale sólo como norma moral, sino también como principio epistemológico. Por “verdad” entiende el polaco la propiedad de una aserción que la hace adecuada con independencia de quien la pronuncie y de que alguien la sepa… Sólo es posible el uso legítimo del concepto “verdad”, o la creencia de que puede incluso predecirse justificablemente “la verdad” de nuestro conocimiento, si suponemos que existe una mente absoluta. Podemos definir la verdad, ciertamente, mediante la referencia a criterios de eficacia, pero tal definición sin ser autocontradictoria es arbitraria, aceptarla requiere también un acto de fe. Somos incapaces de crear un absoluto epistemológico porque nuestra inteligencia es finita, aunque la ciencia podría seguir siendo eficaz sin suponer metafísicamente que contiene verdad. No obstante, también sería legítimo preguntarnos, eficaz ¿para qué? Para el polaco, tampoco es posible fundar la certeza en un ego trascendental (Descartes, Kant, Husserl)… en definitiva, “es vano perseguir una certeza sin Dios” (pg. 88). “Dios o un nihilismo cognoscitivo, no hay término medio” (90).

Por otra parte, la verdad no es convertible con el bien, al menos para nosotros: “no puede excluirse a priori que la verdad, y no digamos toda la verdad, sea dañina para las criaturas imperfectas y que en algunos casos sea bueno para nosotros estar mal informados…”, la verdad puede entrar en conflicto con otros bienes.

El mal moral no es simple sufrimiento (malum poenae), sino mala voluntad (malum culpae). Es ingenuo creer que basta que una norma sea universalizable (Kant) o pueda ser admitida -o lo sea de hecho- por todos, en un diálogo racional igualitario libre de coacción (Habermas) para que los seres humanos piensen que es irracional saltársela o para que no se la salten en absoluto cuando les conviene. Podemos creer –lo vemos todos los días- que una norma es buena en general, pero no para mí, según qué casos.  “No soy en absoluto inconsecuente si prefiero que otra gente siga reglas que yo no quiero cumplir” (pg. 190).

Y es ingenuo también creer que el hombre es digno per se, que debemos tratar a los demás con la debida dignidad porque sí, “porque yo lo valgo”, como dicen las proclamas publicitarias, mientras vemos todos los días la propensión irreductible del ser humano hacia el comportamiento indigno.

La idea de la dignidad humana sólo puede enraizarse en el orden de lo sagrado, como en el mito cristiano según el cual el humano es imagen de Dios. “La dignidad humana no puede validarse dentro de un concepto naturalista del hombre” (pp. 214-215). Ya sabemos a qué horror puede llevarnos una ética basada en la “lucha por la vida”, la "supervivencia de los más aptos" o el privilegio evolutivo de los más fuertes, los mejor armados, etc.

Si el hombre es el supremo legislador en cuestiones de bien y mal, tanto si entendemos por “hombre” la conciencia individual o una comunidad que “pacta” un orden civil, entonces no tiene fundamento para respetarse a sí mismo, salvo quizá una conveniencia práctica que podría consistir, a veces, o cuando nadie nos ve, en saltarnos las normas pactadas o engañar a la propia conciencia con pretextos… “Nunca hay escasez de argumentos en apoyo de cualquier doctrina en la que uno quiera creer, por los motivos que sea” (pg. 19): Ley del cuerno de la abundancia -llama el autor a este principio.

Así pues, la idea de dignidad sólo puede basarse en la autoridad de una mente indestructible.

Kolakowski parece haber aprendido bien la lección de Hume: “No asentimos a las creencias morales diciéndonos ‘esto es verdad’ sino sintiéndonos culpables si dejamos de acatarlas”. Las motivaciones morales funcionan porque somos capaces de sentirnos culpables. Y la culpa no es más que la ansiedad –o la vergüenza- que sigue a la transgresión de un tabú. A fin de cuentas, como explicó Freud, el tabú es la forma más primitiva –o genuina- de conciencia moral. En el fondo, los tabúes, al menos en su naturaleza psicológica, no difieren mucho del imperativo categórico de Kant, que trabaja de manera compulsiva rechazando toda motivación consciente, todo interés y todo gusto natural por el placer o la felicidad.

La capacidad de experimentar culpa no procede de la asunción de que uno u otro juicio de valor, v. gr. “la envidia es mala”, sean correctos, ni puede identificarse con el miedo al castigo legal. Es una especie de acto existencial que consiste en preguntarse por el lugar de uno en el orden cósmico. La conciencia de culpa es un sentimiento de temor reverente ante una acción nuestra que ha perturbado la armonía del mundo, una angustia que sigue a la trasgresión de un tabú y que sumerge el mundo en un caos de amenaza e incertidumbre.

¿Es posible una sociedad humana sin tabúes?

Para Kolakowski el ateísmo prometeico, que supone que la capacidad humana de autocreación es ilimitada, es una ilusión pueril: o elegimos un mundo dotado de sentido –guiado por Dios- o un mundo absurdo en el que cualquier tipo de acción estaría justificada porque la elegimos libremente. En el mismo sentido, también Charles Taylor rechaza un mundo moral en que los valores sean simplemente hijos de la elección creativa e individualista. La presencia de valores en sí, de cosas, relaciones e ideales que son buenas independientemente de que yo las elija, o de que nosotros las elijamos, igual que –en negativo- la presencia de tabúes, es el pilar inamovible de cualquier sistema moral viable y un componente integral de la vida religiosa.

Un "tabú" es un vínculo necesario que enlaza el culto de la realidad eterna con el conocimiento del bien y del mal. La religión y la moralidad son una lealtad viva a un orden de tabúes, más que una serie de enunciados sobre el cielo o el infierno o un código de declaraciones normativas.

Resulta patética la incapacidad de los filósofos para –sin tener en cuenta lo dicho más arriba- encontrar un enlace entre juicios descriptivos y normativos (falacia naturalista): las motivaciones morales no funcionan porque extraigamos preceptos de conceptos, aunque se demostrara que el juicio “mentir es malo” es tan verdadero como el teorema de Tales, nada me impediría seguir mintiendo, a no ser mi capacidad para sentirme culpable.

 

El legado Cristianismo

El cristianismo fue para Kolakowski “resultado del encuentro de dos civilizaciones, un doloroso compromiso entre Atenas y Jerusalén” (pg. 60). La convergencia final del Bien o el Uno neoplatónico con el Dios judío y cristiano se hizo necesaria por la necesidad histórica, no lógica, de traducir el mito original al lenguaje filosófico griego y de transformar la Biblia en una historia metafísica. Era una condición para el éxito del cristianismo… pero esta síntesis nunca ha sido satisfactoria. La imagen de un Dios padre tierno y misericordioso no corresponde a una entidad metafísica. El ser absoluto no puede estar sujeto a afectos. Los teólogos no podían casar el caudillo airado del Antiguo Testamento con el Padre amante de Jesús y el Uno de Plotino.

La Iglesia se habría desintegrado si hubiera hecho demasiadas concesiones a Atenas, si no se hubiese negado, clara y obstinadamente, a borrar el límite entre el acto de fe y el acto de asentimiento intelectual; “si no se hubiese definido por criterios que no admitían distinción alguna entre la cultura de las élites y la de los pobres de espíritu”. El antiintelectualismo provocador de Pablo o el credo quia absurdum de Tertuliano nunca han desaparecido del cristianismo, pero su significado ha dependido del contexto histórico.

El fideísmo contendría un elemento de verdad: ni el saber ni la sofisticación hacen mejor la fe cristiana de nadie. La soberbia (hybris) de los muy educados ha sido siempre severamente castigada en todas las iglesias cristianas. Pascal resumió la cuestión diciendo que la religión cristiana, aunque es sabia por tener muchos milagros y profecías para demostrar su vigor, es, por lo mismo, necia, porque no son ésas las cosas que hacen creer a los creyentes; sólo la cruz lo hace.

La cruz, el símbolo de un Dios que sufre y que decide compartir plenamente el destino humano tiene, por lo menos, dos significados:

1. Afirma la creencia en una ley de justicia cósmica que funciona como un mecanismo homeostático: para restablecer el equilibrio perturbado por la fuerza destructora del mal hace falta sufrimiento. El sacrificio tiene sentido en la medida en que llena el vacío que un acto malvado ha abierto en la masa del ser.

2. Reconoce nuestra debilidad: la raza humana necesita que una persona divina compense las enormes deudas en que ha incurrido; al faltarle fuerza para exonerarse, confiesa así su flaqueza moral.

Toda religión es conciencia de la insuficiencia humana y se la vive en la admisión de nuestra fragilidad. Sin embargo, en el mismo acto de comprender su debilidad, la humanidad afirma su grandeza y su dignidad: la humanidad es un tesoro tan precioso a los ojos de Dios que merece el descenso del divino Hijo al mundo de la carne y el dolor, así como la muerte humillante que Él acepta para la curación del hombre. En la figura del Redentor cristalizan los aspectos gloriosos y las ruinas de la existencia humana, la vergonzosa miseria y la infinita dignidad del hombre es el Jesús de los villancicos y de la pintura popular, un invencible protector celestial y, no obstante, un pobre como cada uno de nosotros.

Frente a la crítica anticristiana de Nietzsche, Kolakowski opone un fuerte argumento ad hominem: Si los vencedores tienen razón por definición, una vez que se glorifica la inocencia del proceso natural y la “rectitud” de la fuerza, entonces los cristianos resultaron vencedores. Pues si los “lastimosos y resentidos” cristianos consiguieron imponer sus principios al mundo, no demostraron con ello una “fragilidad envidiosa”, sino una fuerza y una vitalidad considerables.

A la pregunta de si el cristianismo es un humanismo, Kolakowski responde que la respuesta depende de qué entendamos por “humanismo”. Si éste es una doctrina según la cual no hay límites a la autoperfectibilidad humana o que las personas pueden definir arbitrariamente los criterios del bien y mal, entonces el cristianismo es antihumanista. Además, está por ver si un humanismo (o antropocentrismo) tan radical que presupone que la raza humana no halla criterios prefijados o externos, sino que los crea a su gusto, produzca una comunidad humana más pacífica y justa que la que propició el cristianismo. Por el contrario, los últimos ensayos por desencadenar al ser humano de la tiranía imaginaria de Dios han producido esclavitudes más siniestras que las que nunca haya estimulado el cristianismo.

 

En la mística ve Kolakowski el núcleo inmutable de la vida religiosa. Mientras que el protestantismo consideró el misticismo como una desviación peligrosa o una reliquia del gnosticismo pagano; después de la reforma, la Iglesia romana se mostró más capaz de asimilar fenómenos místicos pues podía enclavarlos dentro de las órdenes religiosas, tolerándo la diversidad religiosa, eso sí, con tal de que el místico distinguiese entre Dios y el alma, y no usase la contemplación como pretexto para la desobediencia o la inmoralidad.

El aristotelismo se convirtió para el cristianismo en un vehículo intelectual por el cual éste se deslizaría en la senda de la secularización y del olvido. La crisis modernista reveló drásticamente el choque entre las pretensiones de la teología natural (teodicea) y la marcha victoriosa del "cientifismo", entendiendo por tal una ideología que reduce el valor cognoscitivo a la aplicación de métodos científicos. Sin embargo, la ciencia es una esquematización conveniente de datos empíricos en forma de construcciones teóricas cuyo valor manipulativo y predictivo es mayor que el cognoscitivo; y por su parte, la verdad religiosa no puede embutirse en formas intelectuales, porque el único acceso a la verdad religiosa es una experiencia privada. De ahí la separación radical entre ciencia y religión.

Con la crisis modernista la Iglesia experimentó pérdidas inmensas. Al mostrarse incapaz de asumir la modernidad fue perdiendo el control sobre la vida cultural y repeliendo a las clases cultas.

Los intentos tardomedievales de separar lo sagrado de lo profano, pretendían liberar la ciencia de la teología; las tendencias análogas de los tiempos modernos persiguen lo contrario: defender lo sagrado de la rapacidad de lo profano, afirmar los derechos de la vida religiosa dentro de una cultura que ha canonizado su propia secularidad o convertido en dogma el agnosticismo y el laicismo.

Sin embargo, lo religioso ha cumplido una función social imprescindible: desde lo sagrado, el egoísmo, la individualidad (y el individualismo disolvente) aparecen como una patología del ser. La idea de participación mística era el modo en que se grababa y se consolidaba la autoridad y la supremacía del “Todo” social en las mentes de los individuos. En nuestro mundo secularizado, la mayor parte de los creyentes siguen ligados, aunque sea por un hilo muy fino, a la tradición religiosa.

Kolakowski piensa que el modo en que las personas perciben y describen los hechos en términos morales es un aspecto de su participación en el reino de lo sagrado y que entre no creyentes es el residuo de un determinado legado religioso que comparten por haber sido educados en una determinada civilización. El lenguaje religioso carece de la universalidad de los lenguajes matemáticos, científicos o musicales, pues el culto real está siempre ligado a una determinada cultura y a una determinada comunidad religiosa. Parece pues difícil que quepa acuerdo en materia de religión.

Moral y religión son lógicamente independientes, pero los criterios morales no pueden ser validados en último término sin recurrir al depósito de la sabiduría trascendente, de lo que se seguiría que los ateos deben sus virtudes, bien a una tradición religiosa que han logrado conservar en parte, o a un don de Dios.

Una valiosa advertencia

No hay razón para esperar que en una sociedad en la que se hayan eliminado todos los tabúes y donde se haya esfumado la conciencia de culpa, sólo la coerción legal pueda impedir el desmoronamiento de la vida comunitaria y la disolución de los vínculos humanos no obligatorios. De hecho, una sociedad sin tabúes no ha existido nunca. Bien es verdad que éstos pueden seguir operando durante mucho tiempo por la fuerza inerte de la tradición, después de desaparecer las creencias religiosas en que se sustentaban.

Es indudable que desde el XVII hemos progresado hacia un orden legal-racional que sustituye al orden sagrado de los tabúes, pero no sabemos si esa sustitución podrá ser absoluta. Kolakowski cree que tenemos buenas razones para conjeturar que el papel de los tabúes en las relaciones sociales es sustancial y que una cultura sin tabúes es como un círculo cuadrado.