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MIELES DE AVISPA

MIELES DE AVISPA

Los cuentos de José Viñals contenidos en Miel de avispa gustarán y hasta emocionarán fácilmente a quienes se hayan criado en aldea, pueblo, ciudades pequeñitas que devienen pronto campo, esas comunidades en las que todo el mundo conoce a todo el mundo. Tiene el español-argentino de Viñals, además, el encanto de un deje indiano o criollo, pero no abusa de localismos y es maestro del diálogo.

Sus personajes son entrañables, gentes sencillas que confiesan con gracia su quereres y fobias, sus manías y ensueños. Se contradicen como todos nosotros y se expresan en hipérboles poéticas. Hablando de poderes adivinatorios, oraculares y sibilinos...

“las mujeres sueñan hasta que las desvirgan, después ya no sueñan más. No se sabe de ninguna mujer que siga soñando después de desvirgada. Bah, sueñan otra clase de sueños, no de esos que se cumplen”.

Algunos de estos personajes pueblerinos son “gente muy sin pensamiento”, pero de sentires sutiles y almas grandes. En los cuentos de Viñals hay palomas con nombre propio: Severina, que es la paloma más vieja que puede haber en el mundo si exceptuamos la del Espíritu Santo, que es eterna, objeto puro, que diría Meinong. Las palomas han hallado fácil acomodo en los medios urbanos, su extrema abundancia puede convertirse en problema sanitario y plaga, y es porque faltan depredadores con plumas en pueblos y ciudades, o porque no habitan aquí comadrejas degolladoras, rapaces o córvidos que saqueen sus nidos o devoren sus huevos. La vida sana pide equilibrio, que no sobre una especie a expensas de otras.

En el mundo donde se ingiere eventualmente "miel de avispa" (sustancia que vuelve loca a la gente), quedan todavía caballos de tiro y carros ligeros llamados sulky. El hombre llano también filosofa:

“Las creencias y la maldad son iguales de grandes. ¿Y sabe por qué? Por la gran desocupación que hay y los pensamientos que se tiene cuando no se tiene trabajo”.

Ya lo dijo Séneca Cordobés: el ocio sin las letras es ruina del alma… “Es mucha la maldad, grande y ociosa es y es enseñada con todos la maldad" –dice Ismael Acebedo, al que la malicia popular acusa en falso testimonio de tratar con la perra… Y es que el humano solo no puede ser porque se vuelve rabioso o demente por la soledad. A Ismael le gusta cansarse bien antes de irse a dormir, “para no tener imaginaciones ni creencias”.

En un pueblo en el que todo el mundo echa la siesta quedan al menos tres sujetos en alerta, conciencias tabernarias, vigilantes y discutidoras porque...

“si en un pueblo no hay, aunque más no sea, tres personas que se ocupen de filosofía, cualquier pueblo, por rico que sea, se va a la ruina”.

En todos sitios hay gente pa’tó, gente rara y, aún en los pueblos, hay jovencitas capaces de cortarse la uñas de los pies con los dientes. Esto lo ha visto Celso Palau con un prismático que se compró para espiar a sus potenciales novias y sorprender sus defectos. No suelta el prismático y merodea en todos sitios con él.

Hay también, y esto parece imposible, quien nació rubio y blanco y muy alabado y admirado por ello, hasta que un día se hizo tumulto de mujeres visitadoras, que de tanto querer alzar al nene de ojos azul cielo y cabellos dorados se confundieron y lo cambiaron por otro y por eso ahora es negro. El sujeto en cuestión, transmutado racialmente, lo acepta bien porque 

“el hombre rubio es más delicado para el frío y se enferma más fácil y hay que cuidarlo más y es menos sufrido para el hambre".

También hay santos para rubios y santos para negros: Santa Eulogia y San Benito son santos de negros; Santa Magdalena y San Enrique, de rubios…

“Y la única ventaja es que el principal, o sea, San Jesús, es más para negros que para rubios”.

Reconoce el sujeto que de no haber sido cambiado cuando chico, hubiese llorado mucho más, porque “tiene velocidad de sentimientos, como gato”.

En los pueblos hay quien se hace famoso por sus sonrisas, con veinte tipos de sonrisas diferentes, contadas. Es el caso de Miguel Almonacid, que era también negro serio, pero de siempre, aunque con ojos glaucos; y quien, por ser ensimismado como veneno e insinuante como víbora, se entrenaba en pensar para tener cada día mejores ideas y más felices. O ese era otro que Miguel; ya no me acuerdo.

El mundo de este Viñals es el de las "chacras" argentinas, granjas que nada tienen que ver con esos supuestos centros de energía vital que son las "chakras" orientales. Este “chacra” americana procede del quechua, con el significado de tierra cultivada. Es cierto que en el mundo rural los olores son energías y no se reprimen tanto como en las urbes superpobladas, donde pueden asquear fácil de tanto aprieto en tranvía o metro. El joven declara sentir el aroma natural de mujer en flor como el mejor de todos los olores conocidos, e inventa, excitado por tales feromonas, un piropo refinadísimo, al donaire de la bella que le guiña un ojo:

“—Eh, Piba –le suelta—, no me apagues el farol que no tengo buena luz para leer”.

Personajes extravagantes que declaran pasado del autor, en que tal vez concibió obras de teatro en que a la Virgen de Fátima no le sale el milagro y lo ensaya y lo ensaya y al final se tiene que ir a trabajar a un cabaré. Cuando republicó estos relatos de Miel de avispa, José Viñals, que cuenta con doble nacionalidad hispano-argentina, vivía en Torredonjimeno (Jaén), pero la primera edición de Miel de avispa había sucedido en 1982. En el 2000 obtuvo Viñals el Premio Jaime Gil de Biedma por su poemario Transmutaciones.

También resulta poético referir a esa gente que se ama tratándose de usté, como en siglos pasados, respetuosamente de usté se enamoriscan sin que importe la diferencia de edades. Guardan distancias y así la confianza da meno asco, de usté, a pesar de la intensidad con que sus cuerpos buscan fusión de almas, como se figura y representa en el baile cuerpo a cuerpo:

“En verdad era un gusto de alegría verlos revoleando las patas a toda furia, él con uniforme de la banda, ella con vestido de seda estampada color morado, que se los llevaban la música y el viento”.

No importó la diferencia de edad (ella mucho mayor), que llamaba curiosidad morbosa de la canalla y alentaba comentarios malévolos, porque “la gente opina por opinar; de misterios de amor o de sufrimiento no sabe nada”. Hablando de bailes: se elogia el fostro, “mejor que el tango, que la milonga, que la ranchera, que el pasodoble, que la zamba”.

Raro y sobresaliente es también el caso del viejo Adolfo que se resistía a morir mientras no viese nevar por cuarta vez en el pueblo. Adolfo fue hombre de ideas que llevaba a hechos. Fue famosa la invención de su Máquina de Gorjear, que quiso regalar al pueblo pero que acabó vendiendo a un circo para comprarse un sombrero de lujo que le hacía ojo.

Pero emociona sobre todo el relato de “Santita”, pues refiere a una virgen menesterosa y perspicaz que cura en el pueblo de palabra y obra, aunque sin hacer milagros. Nació tarde de madre cincuentona, abandonadas hija y madre por el padre de Santita, la cual muy despierta escribe autodidacta a pluma: papelitos de liar cigarros que el enfermado debe armar sin leer y fumar en familia para sanar, quemando con los papelitos barba de choclo (de mazorca), hojas de saúco y semillas molidas de amapolas que es mezcla inocente de espíritu liviano. Santita, la jovencísima sanadora…

“es protegida de su Virgen y camina de bien en bien, solitaria de cielo, y es consagrada de respeto y nunca llora de penuria ni de compadecimiento ni de ninguna tristeza porque su corazón es transparente y no ácido ni dolorido y no tiene pasión de moneda ni de intendencia y así ni se pinta ni se embadurna ni se envanece y es clara.”

Santita socorre al pueblo, gratuita como tormenta, como sol, curando y diciendo la buenaventura de los sucesos y el saber y los trabajos. Se mueve descalza para sentir la tierra y por debajo de ella presiente el bullir de aguas en flujo seguro y constante, por las que circulan y transcurren grandes peces, río adentro que es lo mismo que una corriente de coraje, la que en el pueblo falta.

Viñals añade a cada cuento un breve acápite, en uno de ellos explica, hacia el final, cómo en el cementerio de Corralito, el pueblo, está enterrado su padre, español, panadero y anarquista, que lo dejó huérfano a los tres años, y del que sabe que leía libros, cantaba bien, tocaba la guitarra y jugaba ajedrez.

(Ilustración. Foto de José Biedma López. Delta unguiculata en yedra, La Esperilla, 28 de agosto 2009).

CRÍTICA AMBIGUA DEL PROPIETARIADO

CRÍTICA AMBIGUA DEL PROPIETARIADO

Sobre Los desposeídos de Úrsula K. Le Guin. Una utopía ambigua. Minotauro, Barcelona, 1999. 

Título original: The Dispossessed (1974)

  El mismo título es ambiguo. "Los desposeídos", en el sentido de aquellos que han dejado de estar poseídos por la propiedad, pero también, en el sentido de aquellos que han sido deshauciados, exiliados de su planeta.

   Estos desposeídos son sin duda los habitantes de Anarres, el planeta gemelo de Urras. Cada planeta hace de luna del otro...

"En Anarres no tenemos nada más que nuestra libertad... No tenemos leyes excepto el principio único de la ayuda mutua. No tenemos gobierno excepto el principio único de la libre asociación. No tenemos naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Tampoco tenemos otras cosas. No poseemos, compartimos. No somos prósperos. Ninguno de nosotros es rico. Ninguno de nosotros es poderoso."

   Los anarresti han fundado una sociedad ácrata. Desde luego, no es una sociedad perfecta; de hecho, el protagonista, Shevek, un físico matemático de Anarres, descubre dolorosamente cómo el poder está presente y cristaliza en prejuicios e inercias anquilosantes. Tras generaciones de aislamiento, Shevek visita Urras, un mundo que se parece demasiado al nuestro y que describe con la inocencia extrañada de un sobrio y solidario ácrata.

   Como siempre, en las obras de Ursula K. Le Guin, la atención cabalga suavemente en una prosa ágil, aparentemente sencilla, pero muy atenta a ciertas sutilezas emotivas y sensuales:

"Un canturreo le vibraba en los oídos, pero no era la orquesta, sino ese sonido que le sale a uno cuando trata de no llorar."

   La especulación política se entreteje a veces con reflexiones de calado filosófico sobre la temporalidad, la libertad e incluso el número ("puente entre lo racional y lo percibido, entre la psique y la materia"). El ideario político de Anarres remite a criterios éticos, ecológicos. Así, el principio de economía orgánica de los anarresti --enunciado por una mujer legendaria, Odo-- afirma: "Todo exceso es excremento"... "El excremento retenido envenena el cuerpo".

  En Urras, sin embargo:

"no hay nada que uno pueda hacer en que no intervenga el lucro, y el miedo de perder, y el ansia de poder."

   El problema --en estos mundos imaginarios como en el nuestro-- suele ser el de la reconciliación entre el orden social y la libertad e iniciativa de cada quisque, por eso la libertad es paradójica o recurrente:

   «Palat no había conocido esa maldición de la diferencia. Nada lo distinguía de los demás, de todos los otros, para quienes la vida comunitaria era un hecho natural. Quería a Shevek, pero no podía enseñarle qué es la libertad, ese reconocimiento de la soledad de cada individuo, que sólo la libertad puede trascender.»

   El propietariado, la clase dominante del Estado más poderoso de Urras, no es ninguna caricatura de nuestros yupis. Por supuesto, la escritora no reduce el grave problema de la elección entre estado social, liberal o sociedad comunitaria, a una dialéctica maniquea o simplona, aunque es evidente la simpatía de la autora por la sobriedad societaria de los Anarrasti, más bien que por el lujo excrementicio de los Urrasti.

  Shevek se asusta y sorprende no obstante de lo que halla...

  «No pudo obligarse a entender cómo funcionaban los bancos y todo lo demás, pues las operaciones del capitalismo eran para él tan absurdas como los ritos de una religión primitiva, tan bárbaras, tan elaboradas, tan innecesarias. En un sacrificio humano a una deidad podía haber al menos una belleza equívoca y terrible; en los ritos de los cambistas, en los que la codicia, la pereza y la envidia eran los únicos móviles de la conducta humana, aún lo terrible parecía trivial. Shevek observaba esta mezquindad monstruosa con desprecio, y sin interés. No admitía, no podía admitir, que en realidad lo asustaba».

    El mercantilismo y la compulsión consumistas son admirablemente descritas gracias a esta distanciación que supone la mirada compasiva y sabia de Shevek como "esa calle pesadilla" en que las personas no tienen otra relación con las cosas más que la "posesión". Yo hubiera traducido aquí "propiedad" en lugar de "posesión", pues la posesión ya comporta algún género de compromiso personal.

   Pronto, Shevek descubre el verdadero mecanismo oculto del propietariado, lo que permite que la gente aguante esta pérdida de recursos, este derroche de energías y de tiempo:

"Piensan que si la gente posee muchas cosas se contentará con vivir en una cárcel."

   Shevek no está en Urras para hacer proselitismo, por el contrario, ha viajado a este planeta porque se había quedado como físico sin interlocutores válidos en el propio (los urrasti esperan de él una teoría física revolucionaria y utilitaria), pero a su pesar, se convertirá en la voz del malestar y su descripción de la educación en Anarres se convierte en propaganda:

   «Ini y Aevi escucharon fascinados la descripción de un programa de estudios que incluía agricultura, carpintería, recuperación de aguas servidas, imprenta, plomería, reparación de caminos, dramaturgia, y todas las demás ocupaciones de la comunidad adulta, y la declaración de Shevek de que nunca se castigaba a nadie, por ningún motivo.»

 Hay buena filosofía en las páginas de LOS DESPOSEÍDOS, al lado de situaciones tan elusivas, tan de lirismo contenido como gustan a la autora:

  «La luna les iluminaba los brazos y los pechos desnudos. La pelusa débil, leve de la cara de Takver la envolvía en una tenue aureola; el cabello y las sombras eran negros. Shevek le acarició el brazo plateado con la mano de plata, maravillado por la tibieza del tacto en esa luz fría.

         -Si puedes ver una cosa completa -dijo-, siempre te parece hermosa. Los planetas, las vidas... Pero de cerca, un mundo es tierra y piedras. Y día a día, la vida es un trabajo duro, te cansas, te pierdes. Necesitas distancia, intervalo. Para ver qué hermosa es la vida, hay que contemplarla desde la altura de la muerte.

         -Eso está muy bien para Urras. Dejémosla allí y que sea la luna... ¡yo no la quiero! Pero no me alzaré sobre la tumba para mirar la vida desde arriba y decir: "¡Qué maravillosa!" Quiero verla toda en el centro mismo, aquí, ahora. Me importa un bledo la eternidad.

         -No tiene nada que ver con la eternidad -dijo Shevek, sonriendo, un delgado y velludo hombre de plata y sombra-. Todo cuanto necesitas para ver la totalidad de la vida, es verla como mortal. Yo moriré, tú morirás; ¿cómo podríamos amarnos si no fuera así? El sol se apagará, ¿qué otra cosa lo mantiene brillante?

         -¡Ah, tu charla, tu maldita filosofía!

         -¿Charla? No es charla. No es razón. Es el tacto de la mano, estoy tocando la totalidad, la tengo. ¿Cuál es la luz de la luna, cuál es Takver? ¿Cómo voy a temer a la muerte? Cuando la tengo, cuando tengo en mis manos la luz...

         -Hablas como un propietario -musitó Takver.

         -Corazón amado, no llores.

         -No estoy llorando. Tú estás llorando. Estas son tus lágrimas.

         -Tengo frío. La luz de la luna es fría.

         -Acuéstate.

         Un estremecimiento le recorrió el cuerpo a Shevek cuando ella lo abrazó.

         -Tengo miedo, Takver -murmuró.

         -Hermano, alma querida, silencio.

         Durmieron abrazados esa noche, muchas noches.»

   La vinculación profunda entre el amor y la muerte, la infinitud y la finitud, la eternidad y la nada, el ser y el devenir, en una sola frase: "Yo moriré, tú morirás; ¿cómo podríamos amarnos si no fuera así?". La auténtica fusión de las almas se expresa en ese detalle breve y hermoso de no saber de quién son las lágrimas... 

   Un aspecto particularmente interesante de la crítica de Ursula al propietariado está en el tratamiento del dimorfismo sexual en la cultura de Urras. Aparentemente, se trata de una cultura agresiva y machista, y las mujeres carecen de poder político o son tratadas como inferiores. Gracias a la excitante Vea, Shevek descubre que las cosas no son exactamente así:

    «-Quiero saber si una mujer urrasti se contenta con ser siempre inferior.

         -¿Inferior a quién?

         -A los hombres.

         -¡Oh, eso! ¿Qué le hace pensar que soy inferior?

         -Al parecer, en la sociedad de ustedes los hombres se ocupan de todo. La industria, las artes, la administración del gobierno, las decisiones. Y durante toda la vida ustedes llevan el apellido del padre y el apellido del esposo. Los hombres van a la escuela y ustedes no; ellos son siempre los maestros, los jueces, la policía, el gobierno, ¿no es así? ¿Por qué permiten que lo dominen todo? ¿Por qué no hacen lo que se les antoja?

         -Es lo que hacemos. Las mujeres hacen exactamente lo que se les antoja. Y no tienen que ensuciarse las manos, ni usar cascos de bronce, o pasarse las horas gritando en el Directorio.

         -¿Pero qué es lo que hacen ustedes?

         -¿Qué hacemos? Gobernar a los hombres, naturalmente. Y sabe una cosa, no corremos peligro diciéndolo, porque ellos no lo creen. Dicen: ¡jua, jua, qué mujercita tan graciosa!, y te dan una palmadita en la cabeza, y se van con un tintineo de medallas, muy satisfechos.

         -¿Y también ustedes se sienten satisfechas?

         -En verdad yo sí.

         -No lo creo.

         -Porque no está de acuerdo con los principios de usted. Los hombres siempre tienen teorías, y las cosas han de acomodarse a las teorías.

         -No se trata de ninguna teoría; es porque veo que usted no está contenta. Que es una mujer inquieta, insatisfecha, peligrosa.

         -¡Peligrosa! -Vea rió, radiante.- ¡Que cumplido tan maravilloso! ¿Por qué soy peligrosa, Shev?

         -Bueno, porque sabe que a los ojos de los hombres usted es una cosa, un objeto que se posee, que se compra y se vende. Y sólo piensa en engañar al propietario, en vengarse...

         Ella le puso la manita sobre la boca. -Calle -dijo-. Sé que no quiere ser grosero. Le perdono. Pero ya basta y sobra.

         Esta hipocresía enfureció a Shevek, y también la idea de que quizá la había ofendido de veras. Aún sentía en los labios el roce fugaz de la mano de Vea.

         -¡Lo siento! -dijo.

         -No, no. ¿Cómo va a comprender, viniendo de la Luna? Y además, usted no es más que un hombre. Le diré una cosa, sin embargo. Si a una de esas "hermanas", allá en la Luna, le da usted la oportunidad de sacarse las botas, de tomar un baño de aceite y depilarse, de ponerse un par de sandalias bonitas, y una gema en el ombligo, y perfume, se sentirá encantada. ¡Y a usted le encantaría! ¡Claro que le encantaría! Pero no lo harán, pobrecitos, con esas teorías que tienen. ¡Todos hermanos y hermanas y nada de diversión!» 

  Shevek comprende perfectamente la relación entre la temporalidad y la responsabilidad:

    «La filosofía del tiempo implica una ética. Pues nuestro sentido del tiempo nos permite separar la causa y el efecto, los medios y los fines. El bebé, nuevamente, el animal, ellos no ven la diferencia entre lo que hacen ahora y lo que ocurrirá porque lo hacen. Ellos no pueden hacer una polea, o una promesa. Nosotros podemos. Advirtiendo la diferencia entre el ahora y el no ahora, podemos relacionarlos. Y ahí entra la moral. La responsabilidad. Decir que por medios malos puedo obtener fines buenos equivale exactamente a decir que si tiro de la cuerda de esta polea levantaré el peso de aquella otra. Romper una promesa es negar la realidad del pasado; y negar por lo tanto la esperanza de un futuro real. Si tiempo y razón son funciones recíprocas, si nosotros somos criaturas temporales, entonces será mejor que lo sepamos, y tratemos de aprovecharlo lo mejor posible. De actuar de modo responsable.»

   Odo lo dijo toda su vida: "Los medios son el fin" (295). Todo humanismo inserta un canto a la voluntad:

"La frustración de la voluntad le había enseñado a ver la fuerza que había en ella. Ningún imperativo social o ético podía igualársele. Ni siquiera el hambre era capaz de contenerla. Cuanto menos tenía, más absoluta era la necesidad de ser."

         Sin embargo, la acracia sólo es posible cuando las necesidades básicas están satisfechas:

   «Era fácil compartir cuando había comida suficiente, o apenas la suficiente, para seguir viviendo. ¿Pero cuando no la había? Entonces entraba en juego la fuerza; la fuerza se convertía en derecho; en poder, y la herramienta del poder era la violencia, y su aliado más devoto, el ojo que no quiere ver.» 

 Tal vez por eso...

"Las mujeres embarazadas no tienen moral."

  En fin, una sugestiva y estimulante ficción, demasiado real, pero notablemente esperanzadora, como la mejor tradición de la literatura humanística.

  

MALICIAS NARRADAS POR ANTONIO LINDE

MALICIAS NARRADAS POR ANTONIO LINDE

Antonio Linde se ha descartado del tarot del pensar abstracto para convertirse en relator de eventos concretos, de ficciones breves y sorprendentes que él llama “maliciosas”. ¿Será porque no suelen acabar bien? Bueno, también la vida –como decía Gala– acaba siempre fatal. Su español es tan eficaz como la secuencia cinematográfica de una persecución de autos por las calles de San Francisco. Recuerda la sustancia activa de las novelas negras de Hammett o Chandler.

Sus personajes no son héroes. Pasó el tiempo de los héroes; nadie se aventura ya a sufrir contra el destino y algún héroe posmoderno, como la influencer narcisista de uno de estos relatos que comento, puede llegar a dar pena y apagarse pronto como rosa de Ronsard… La pobre “tenía tantos seguidores virtuales [no necesariamente virtuosos] que no había sitio ni tiempo para alguien de carne y hueso”.

Nuestro universo se ha vuelto en efecto tan virtual que hay que andar kilómetros para encontrar un diario de papel y ha devenido mundo tan telegénico y digital que ya no huele a nada. Ver es otra cosa que tocar, aunque "dígito" tenga que ver con dedo, las relaciones han perdido conexión y con-tacto. Espiamos el sueño efímero de las sombras a la espera del sueño eterno. ‘Res est forma fugax’. Tal vez podamos prolongar la vida, en las tinieblas de los Mass Media, en sus restrictivas actualidades, si soportamos el mordisco obsceno de una vampiresa metida en carnes e imprevista, de exóticos ojos malvas, como la que resucita Linde en mitad de una gatada.

A Linde como a mí nos llaman la atención las libélulas, grandes cazadoras de alas membranosas, hialinas, con ojos compuestos por miles de omatidios, insectos de “reflejos tornalunados” (subraya Linde), insectos tan feroces y delicados como nuestras vidas. Sí, puede que las balas trazadoras con que se matan los eslavos en guerras indecentes –como todas lo son– vuelen en la noche como libélulas supersónicas capaces de apagar toda vida que encuentren en su trayectoria.

Algunos relatos de Antonio Linde me regalan en tierra adentro el aroma del mar, como romero (ros marinus) de jardines de Funkytown, ese universo de enclaves en la Costa del Sol donde habitaron antiguos pueblos de pescadores y hortelanos, mundo perdido y oculto bajo el armazón, abrazado y asfixiado por el cristal y el hormigón de todo lo moderno y nuevo, sobre el altozano rocoso agujereado por las olas de los tiempos, o mordido por cuevas artificiales, sitios obscuros donde se agitan y bullen presos platónicos de todas las nacionalidades, que allí acuden a drogarse, a bailar y a frotarse unos contra otros buscando éxtasis y más éxtasis. Todo muy flow entre gente muy lovely en vacación incesante…, hasta que dan con un loco o con un “emparanoyado”, que es como hoy llamaríamos clínicamente a los cobardes si transigiéramos con la terminología impune de la clínica. ¡Hay tantos! Como dice Foster Wallace (paradigma de narrador posmoderno usamericano), nuestras actitudes, si no están condicionadas por el amor, lo están necesariamente por el miedo.

Las adicciones, ¡hay tantas!, son recurso ineludible para aquellos que no soportan la realidad a secas. Adicciones a drogas estimulantes o a doctrinas enajenantes, que nos sacuden o adormilan o nos dejan catatónicos. Hay que contar con una naturaleza que es amoral y Linde se burla de quienes no aceptan la existencia del mal o la violencia de las gaviotas. Y es que –como dice Echeverría– conocemos muy bien el mal y muy mal el bien.

Tal vez se compadezca nuestro autor de aquellos que creen que la vida está hecha para quemarla “a espita abierta”. Aunque la vida no se pueda conservar, ni por mucho que nos sometamos a regímenes saludabilísimos o cuidemos de nuestro oportuno descanso y nos castiguemos en gimnasios exigentes, pues nuestra vida ha sido diseñada con obselescencia programada como los electrodomésticos, y la gracia no está en conservarla, sino en gastarla con buen gusto, sirviéndonos para ello de las clásicas y estoicas artes de la sensata moderación (sophrosyne), estrategias que hicieron las delicias del último Foucault (el cuerdo), métodos que desprecia el libertino, enfangado como se pierde en orgías y bacanales autodestructivas.

Gracias a Linde he aprendido qué es el ghosting: práctica en que una persona rompe con otra de golpe o se corta una relación íntima desapareciendo uno de los partícipes como fantasma (ghost). Perdono los anglicismos de estos cuentos porque no hay más remedio que usarlos si queremos dar naturalidad a nuestro discurso playero. Y esto lo consigue Linde con creces. Dejo aquí constancia de que no es fácil mostrarse natural como él lo consigue; no hay sofisticación mayor que la naturalidad, según Oscar Wilde.

También el confinamiento que sufrimos por el maldito sinovirus y alguna de sus más trágicas consecuencias sirven a Linde de motivo narrativo (“Confinada”). Ni faltan detalles de buen estilo expresivo: “se oían los estertores codiciosos de la digestión de una máquina tragaperras”. Uno de estos relatos trata magia de aparecido en bar de pueblo. Quien habla y parece normal y hasta considerado puede resultar ser un mal bicho, como aquel chico atento que le ayudaba con las bolsas de la compra a la señora del segundo y a quien no temblaba el pulso cuando asestaba tiro en la nuca al concejal españolista. El mejor parecido de nuestros vecinos y la chica más simpática pueden ser eventualmente asesinos sin escrúpulos, terroristas sin entrañas, tan eficaces en su depredación (política o sexual) como cualquier caimán en su cenagoso y pestilente pantano.

Algunas miradas al pasado --a los crímenes del padrecito Stalin o a la machista educación del franquismo-- sirven de anécdota que Linde hábilmente eleva a categoría en pocas páginas con una admirable economía de recursos. Aprecio mucho la brevedad precisa de estos "relatos maliciosos" que Linde ha publicado bajo el título de Me dijeron que habías muerto, inquietante crónica de una distópica epidemia psíquica (Punto cero, 2025).

En “El profesor Duchaporte” podrá hallar cualquier atenta lectora un ejercicio de metaliteratura que a la vez revela la dramática conexión entre vida y escritura, escritura que funciona como espejo artístico de nuestra extraña existencia, propia de sensibles entidades semirracionales. Me apesadumbra algo pensar con Agustín Fernández Mallo que "escribir sea como haber muerto", porque "sólo la muerte pasa la vida a limpio y a esa distancia es capaz de reescribirla. Por eso sólo el escritor es quien narra el mundo de los vivos desde el mundo de los muertos" (Proyecto Nocilla). Confirma estas aseveraciones el que sean muchos quienes, dando testimonio y hasta moraleja, la palman en estos cuentos de Antonio Linde.

En “Sala Omega” consigue Linde precavernos con la anticipación de vidas alargadas biotecnológicamente en una conquista estéril de parciales y decrépitas inmortalidades. ¿De verdad seremos más felices si logramos vivir ciento veinte años con “calidad de vida”? El envejecimiento de “neohumanes” y de la población en general, ¿no supondrá el colapso de los servicios sanitarios?; el colapso demográfico, ¿no implicará recortes y un autoritarismo en que el Estado nos ordene cómo hemos de vivir y de morir?

Estoy de acuerdo con Linde en la profecía que cierra su excelente colección de relatos: los insectos heredarán la tierra.

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

Flannery O’Connor inventó el "gótico sureño", con desgarrado barniz teológico. Sus cuentos renuncian al final feliz para sacudirnos con el detino trágico de la realidad terrenal, a través de lo grotesco, de lo sórdido y de lo irremediable: la existencia del mal.

Los buenos fracasan, y tampoco son tan buenos como ellos se creen. Los desvelos de los redentores y de los idealistas provocan más males que agencian remedios. De poco sirve la compasión, pero roguemos al menos misericordia, a Dios o al Diablo, ¡a saber quién de verdad es el protagonista de este entuerto de Creación!... Sin ir más lejos, conoce un hombre cuya mujer fue "envenená" (sic) por un chico "al qu’habían adoptao por pura bondá". La traducción (de Céline-Albin Faivre en la edición de Cuentos completos que he disfrutado) busca ser fiel al uso dialectal, sureño, del inglés de la autora...

Y es que las cosas siempre pueden ir a peor. La mayoría de sus personajes, aunque sean de los que charlan sin parar y hablan para pensar en lugar de hablar porque han pensado, viven --como decía Heráclito que vivían sus contemporáneos-- como dormidos, igual que zombis. El único modo de que despierten es mediante choque traumático. De ahí el valor de la violencia, del accidente, de la enfermedad, como epifanía. En el momento de la fatalidad desdichada el personaje recibe la gracia, dolorosamente, pero que le permite a sí mismo ser tal cual es. No hay salvación sin sufrimiento.

Uno corre el peligro de que se le estropee el cutis o de salir con un corte en el pellejo por discutir con el barbero y las aceras urbanas de O’Connor (de vida retirada, rural, entre pavos reales y gallinas retrógradas) están llenas de gentes que se afanan de un lado a otro, como pollos sin cabeza o insectos en las puertas de un hormiguero, "con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos".

El dios de O’Connor merece como Hacedor del mundo que se le conteste con un Libro de Reclamaciones, porque

"podía ir por ahí poniéndote cosas delante de las narices, obligándote a perseguirlas toda la tarde para nada".

Ese "para nada" delata el nihilismo existencial que sirve de atmósfera moderna a la protesta de Flannery (enferma crónica de Lupus) y parece liberar a la autora de toda ilusión, para entregarse así a la frialdad quirúrgica de sus descripciones hiperrealistas o a un "realismo de distancias" (Susana Miró). Y, sin embargo, atenta a la fuerza atractiva y repulsiva de la religión. Uno de sus personajes dice profesar un gran respeto por la religión aunque, naturalmente, "no cree que sea verdad".

Estamos marcados por el conocimiento porque hemos comido del Árbol de la ciencia del Bien y del Mal. No somos inocentes. Sabemos lo que es el pecado. Sólo quien lo sabe puede cometerlo. Muchos llevamos --como los personajes de Flannery-- el grito encerrado en el interior: discapacitados, bipolares, huérfanos, necrófilas, personas desplazadas, terratenientes intolerantes..., los personajes grotescos de O’Connor sirven como espejo de la deformidad del alma moderna: falsos profetas, intelectuales progres y ateos que se creen superiores moralmente o matronas sureñas obsesionadas con las apariencias en la Georgia rural, estancada y polvorienta, un lugar "obsesionado por Cristo" antes que cristiano, donde la religión choca constantemente con el pragmatismo moderno.

"La vida es así, las cosas iban pasando una detrás de otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja"

La escritora no juzga a sus personajes, son las acciones y su entorno los que los que les castigan y frustran sin remedio. Todos parecen misfits: parias, desajustados, inadaptados. Su prosa limpia, directa, está cargada de simbolismo, de sutilezas que merecen relectura y que describen ricamente las complejas relaciones humanas:

"Las caras de los niños eran como dos platillos dispuestos a ambos lados para recoger las sonrisas que ella dejaba escapar a raudales"

Lo bueno parece integrar lo dudoso:

"En Enoch, la virtud de la esperanza se componía de dos partes de suspicacia y una parte de lascivia"

Nos creemos inmortales porque vivir es una costumbre tan arraigada en nosotros que no podemos concebir otra situación. Su ironía sobre la modernidad roza el sarcasmo:

"-- Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida --dijo--, si no l’importa dormir en ese coche. -- Señora --dijo él con una sonrisa de satisfacción--, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes! -- No estaban tan avanzados como nosotros --repuso la anciana."

Nota bene

Más sobre el pensamiento y la escritura de Flannery O’Connor en Ateneas: 

https://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2021/05/flannery-oconnor-en-sus-anos-de.html

DESUBLIMACIÓN HEROICA

DESUBLIMACIÓN HEROICA

Sobre Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada,                novela de 1996.

Hay expertos en hablar mal de lo que aman, no pueden reconocerlo, o lo reconocen a duras penas, como se esconde un defecto congénito oculto por la ropa. Caso sonado fue el de Menéndez Pelayo que dedica una extraordinaria y eruditísima obra maestra a quienes consideraba almas perdidas, los heterodoxos, que es forma fina de llamar a los herejes.

Un caso más reciente es el de Juan Manuel de Prada y su monumental novela Las máscaras de la tragedia. Uno acaba por coger cariño, por puro roce, al desalmado protagonista que señala a la tremebunda galería de bohemios y no tan bohemios que pululan como ánimas en pena por sus páginas: toda la intelectualidad literaria de principios del siglo pasado, los del 98, los del 15, los del 27... Desde Valle-Inclán meando sangre en plena calle de los madriles de antaño, hasta Sánchez Mazas, favorito de José Antonio y padre de Ferlosio.

De Prada, muy bien documentado, los ha leído a todos y los convierte en marionetas a las que maneja como esperpentos de sus filias y fobias, propósitos que disimula tras las máscaras en un ejercicio extraordinario de desublimación o deconstrucción animalesca, escatológica y hasta nauseabunda. No falla la expresión, sino todo lo contrario, muchas veces asquea.

Fuera de discusión el extraordinario talento narrativo del autor al que repugnan los adjetivos imprevisibles, por lo que puede llamar a la "luna leprosa" y a las estrellas "escupitajos de Dios" o describir "la luz andrajosa del amanecer, esa luz que duele como un remordimiento de conciencia" (sobre todo después de una noche de farra y malevaje, como diría un argentino, o de juerga, como diría un andaluz); o puede referir al "martirologio cristiano"... "En esa mitología modesta, siempre hay un arcángel que rescata del burdel a una virgen, cuando ya los libertinos están a punto de profanarla"; o llamar a la famosa Puera de Alcalá "mamarrachada neoclásica".

Se trata de una ficción demasiado verosímil, a veces, con un fondo hiperrealista que saca partido al contraste entre lo realmente sucedido y su hipérbole, entre la idealización literaria y la sensualidad perversa de un oportunista tan diabólico como su protagonista, Fernando Navales.

Quien quiera aproximarse a las posibles o acreditadas rarezas de la relación entre Ramón Gómez de la Serna y Colombine, y a las extravagancias de un puñado de plumíferos de nombre reconocido y con ficha en Wikipedia, no tiene más que acudir a las páginas de este vasto escenario de títeres en el que la bondad no es necesaria para escribir y la literatura puede pasar por una forma de delincuencia, si no bella, por lo menos grata, allí donde las vanguardias --con excepción de unos pocos hombres valiosos-- demolieron tiranías para que una fauna inepta y confundiera el quehacer poético con el terrorismo o la fabricación de salchichas (o de retretes), melenudos o perrosflautas capaces de convertir cualquier mamarrachada en un himno dadá.

De sus páginas, aunque cuente como exorcismo, no está ausente esa propiedad tan específica de nuestra trágica especie: la crueldad. Así describe el protagonista su encuentro con el hijo de un colega y contrincante literario, Gálvez, al que acabará plagiando...

"Pepito me trepaba a las rodillas, con torpeza de osezno, y se sentaba sobre mis muslos, pidiéndome que le hiciera el caballito, pero yo noté el calor blando que albergaba en los pañales, el mojón de mierda que amenazaba con ensuciarme los pantalones, y lo aparté de una patada."

Para el padre de la criatura --para Gálvez y me creo que también para De Prada-- la literatura es un sacerdocio, una forma de herejía, una enfermedad para fanáticos y no un mero jueguecito. Por eso en la cabeza le empezó a zumbar, "como una abeja sin aguijón, el rumor sagrado de la literatura".

Tal vez por debajo de las máscaras, que no les favorecen, perseveren en el oficio auténticos héroes. No obstante, para quien quiera ver a estos héroes sometidos a las más puras necesidades humanas, "demasiado humanas", es decir, bajas y nobles pasiones, virtudes y vicios, no tiene más que hincarle el diente a este voluminoso engendro, digno también de perdurar como crónica de costumbres cuando el fin de la bohemia, señalado con el sórdido velatorio de Alejandro Sawa; o histórica, pintura del crimen de Canalejas o de la estética de José Antonio, fundador de Falange "organización subalterna compuesta por pipiolos, apréndices de cacique y versificadores sin audacia", tan amigos del papanatismo místico como los libertarios.

El héroe del título es Gálvez, un tipo de complicada psicología, marcada por el hierro de la desmesura, siempre en difícil equilibrio entre la infamia y el alarde, la degradación de la venganza y la magnanimidad del perdón...

"Quizá todo héroe precise máscaras y afeites, disfraces y fingimientos, para sobrevivir en un mundo de hombres demasiado planos y rudimentarios."

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

ABULIA DE ÁNGEL & PUDOR DE BELLEZA

Sobre una novela de Raúl del Pozo

Conocí primero a Raúl del Pozo, el periodista y escritor conquense, por la contundencia de su prosa en su columna de El Independiente. Este verano ha caído en mis manos su novela No es elegante matar a una mujer descalza (1999), que se lee de un tirón. Me ha encantado sobre todo por su vena castiza y por lo lejos que se halla del lenguaje políticamente correcto, incluso por el título, que hoy tal vez escandalizara a la izquierda puritana o al moralismo woke.

Montero González, prologuista en la edición que manejo (Biblioteca El Mundo) llama a Raúl del Pozo "novelista directo" porque "va al coño sin pasar antes por las tetas", expresión que indignará hoy a más de una y de uno, tipos con pieles sensibilísimas.

Nuestro novelista ha aprendido velocidad de persecución automovilística de los maestros norteamericanos del género negro: Hammett y Chandler. Recuerde el lector la versión cinematográfica de aquella novela de Dashiell Hammet, El halcón Maltés, con Bogart y Mary Astor; aun siendo buena la peli, la novela siempre resulta más rica, pues requiere una atención más extensa temporalmente y concentrada; la literatura pide más imaginación al receptor que el cine...

Raúl del Pozo elimina cualquier tipo de retórica inútil que ralentice la acción y dispara frases como un pistolero de la mafia. Sin embargo, su libro está escrito en español, no en usamericano, y en él cabe una sombra viva de nuestra tradición picaresca y un estilo particular que desciende al lenguaje del bar, del hampa y a la jerga barriobajera. El protagonista es un madero exalcohólico con nombre de güisqui, JB (Juan Belalcázar). 

Toda la acción de la novela parece suceder en esa hora intempestiva y obscena en la que se cruzan los trasnochadores con los trabajadores, los primeros pueden ser pícaros que se ganan la vida con oficios extrambóticos: cicerone espontáneo, extra de cine, paseador de perros, acompañante de moribundos, portero de puticlub, reventa, alabardero de pega... No obstante, sucede que...

"la afición a las cosas modernas se ha llevado el mito, el arte y la creencia, y ahora los pícaros se han transformado en mensajeros o porteadores de pizzas". 

Los personajes de No es elegante matar... no se callan ni boutades ni pullas cuando echan al esófago mostos fermentados y espirituosos en los bares madrileños. Consta que noticias como pistas para resolver crímenes vuelan, preferentemente, por los mostradores y veladores de los bares. Allí se habla de todo: in vino veritas: "Platón, Mozart y Napoleón eran pequeñitos, y alguno de ellos, maricón" --murmura el Media Hostia, riguroso juez del caso--; el caso de la hermosa y misteriosa eslava asesinada hace veinte años y cuyo cuerpo momificado aparece en un trastero.

La novela hace memoria sobre los años de la transición, cuando se cometió el crimen de la checoslovaca, asesinato que quedó impune y ha prescrito y, más concretamente, aquel año en que se aprobó la Constitución, aquellos días en que el "santuario francés" servía de burladero a los mamarrachos bolcheviques de ETA. El jefe de la policía de finales de siglo sabe que "la policía es de derechas y necesaria" y está enterado de que no siempre puede usar los procedimientos ortodoxos, pero no tiene ya nada que ver con Harry el Sucio. Se contiene, democratiza.

Raúl del Pozo nos sumerge de golpe --diría incluso que brutalmente-- en un realismo suburbano, en el que hay chaperos sirviendo de chóferes a diplomáticos a los que les cabe un titanic (por donde la espalda pierde su casto nombre), traveros que matan a la madre de su maromo..., un mundo en el que no todos los gayos son espíritus angelicales y, tras la caída del muro de Berlín, "el comunismo busca las sobras en los cubos de basura". JB, el Humphry Bogart de la novela, buen sabueso y perfectamente apolítico, piensa que los que decían servir a la comunidad en realidad se servían a sí mismos. Nunca participó en operaciones parapoliciales (alusión a la guerra sucia contra ETA), pero recuerda aquel tiempo turbulento del 78 cuando mataban un día sí, otro también, a guardias civiles y a policías con abundantes e irreparables "daños colaterales"... "La miseria, senda de la vileza" (es el título de uno de los capítulos).

La procedencia de la víctima, una monumental, culta y políglota checa, rubia de ojos azul claro, huida del comunismo después de la entrada en Praga de los tanques rusos, confirma la evolución y decepción del que fue redactor de Mundo Obrero (Raúl del Pozo) en los setenta y escribió en el Interviu de los ochenta: El socialismo son "colas, policía secreta y nada en la nevera". Da tristeza recordar cómo a la disolución de aquella "prensa del Estado" ha seguido, hoy, en 2025, la consolidación de una nueva "prensa del Estado" al servicio del poder (verdadera industria madrileña, la del oportunismo y el poder, según se cuenta en la novela).

El autor maneja con soltura la hipérbole esperpentizadora, que facilita la extrañeza estética. Del Arco --periodista-- habría conseguido entrevistar a Indira Gandhy haciéndose pasar por mendigo hindú en una fila de indigentes, y se vistió de enfermero para, al lado del quirófano, asistir al primer trasplante de corazón. En sus relatos de sucesos, Del Arco profundizaba en la psicología del criminal y hasta buscaba las orejas perdidas en los accidentes de coche...

Por su parte, uno de los sospechosos, que conspiró como anarquista de la CNT clandestina contra el Régimen del General, niño rico, Jesus Aguilar Alonso, de apodo "Jesucristo" por sus melenas progres y redentorismo juvenil, se llevó unas hostias de los grises en la Puerta del Sol, como haciendo el máster para mandar luego, él mismo acaba a final de siglo bien situado, casado con señorona, de dandi libertino con aficiones sadomasoquistas; para Aguilar, la máxima desgracia no es la miseria, sino el bostezo (anacrónica víctima del esplín bodeleri-ano). 

La víctima, Dúrsila Nézval, aunque frígida alcohólica (de champán), representó para Jesús Aguilar, el ácrata que acabamos de describir, "la abulia de los ángeles" y "el pudor de la belleza". Aguilar es descrito también --pienso que irónicamente-- como "uno de esos señores que no tienen la moral de los esclavos, como dice el filósofo" [Nietzsche]. En realidad, se trata de un hijo de "la casta": 

 "muy pasado de todo, un crápula que sabía usar el látigo y la toalla mojada y que tenía la fascinación, como todos los libertinos, por el culo" ("se puede festejar a Venus en más de un templo").

Venía de la progresía, cuando fútbol y toros eran cosas de franquistas; se había metido LSD, "que es la bomba atómica del cerebro" y "fumó toda la mierda que pudo". En los años 70 había escrito un panfleto en el que afirmaba que "en una revolución la máxima violencia equivale a la máxima humanidad".

Corren tipos por estas páginas a los que tras un derrame ("triquitriqui", hemorragia cerebral) les da por decir la verdad. En aquellos tiemos del 78 en los que la política iba devorándolo todo, años de tensión, de terror de ultraizquierda y de ultraderecha, la batalla ideológica se daba en la calle, "tiempo de las pancartas y de los pareados" en que Madrid bullía y todo el mundo pegaba carteles en las esquinas, cuando salían de la clandestinidad y volvían del exilio los que vivieron escondidos, con ganas de regresar para comer callos y para subir en los ascensores del régimen (y en las reparaciones de la Transición). ¡Tiempo de quimeras! y de La Abeja Maya.

En el setenta y siete "los comunistas dejaron de ser ilegales; y las adúlteras y los culeadores" --esto nos lo recuerda La Pavana, portero y drag-queen avant la lettre, pelo de henna y tacones--. Para este gayo gay, extraficante de drogas blandas, los jueces son "cucarachas", los abogados "grajos" y los gitanos, gitanos, que los hay de ciudad y "de relente". (Todavía no habían inventado estos, para llamar a los "sudacas" con desprecio ingenioso, lo de "payoponis"). 

No faltan en la novela de Raúl del Pozo observaciones psicológicas agudas como la de que las fobias dicen más de una persona que los análisis de su pensamiento. El protagonista, Juan Belalcázar (JB) es amigo de setas y de parajes agrestes, solitarios, amante de la pesca y del silencio del bosque, y ya no está para trasnochar por la ruta de la movida madrileña donde la basca se mete pastillas o piña colada hasta que están ciegos y luego se bajan a comprar un condón a los váteres y se lo hacen allí mismo o en la capota de los coches. Así que para completar sus pesquisas...

"rastreará por los ambientes de camarones y mariposas, por los baretos de copas, al alba, cuando más vivos están los animales de rapiña."

JB se toma muy en serio la investigación aunque el crimen haya prescrito, y es que cuando se acaba la curiosidad viene la muerte, y queremos seguir viviendo. Tal vez JB haya leído a Charles Baudelaire. Con una frase del poeta maldito se adorna la anteportada de la novela de Raúl del Pozo Page (nacido en 1936, premios González-Ruano y Mariano de Cavia, entre otros muchos, y todavía activo):

"¡Qué oficio tan duro es ser "una mujer hermosa!"

En 2020 Jesús Úbeda y Julio Valdeón han publicado biografía novelada de Raúl del Pozo titulada No le des más whisky a la perrita, con prólogo de Carlos Alsina. La biografía es género que el autor de la novela aquí comentada también cultivó, trazando la de Massiel y Bernabéu, ambas en 1972, y la del Cordobés (en 1980 con Diego Bardón).


LA TÍA TULA

LA TÍA TULA

La tía Tula, Gertrudis, peca de pura virtud. Todos los excesos, malos; por eso se dice, tal vez, “de bueno, tonto”. Su espíritu tutela, vigila, secuestra, enlaza, encarcela, ata al animal que somos… Podría decirse que ese ángel que cabalga a su pantera es tan tenaz y grave, tan serio, que se hace pesado, o tan riguroso como el imperativo kantiano que no deja cancha para jugar con deseo ni con incentivos. El deber, carnero ahorcado, frena al capricho, cabra que tira al monte. El ángel manda tanto en la bestia que esta no osa hacer presas por su cuenta y riesgo. A mí, la Señorita Tula me recuerda a una amiga cuyo carácter, tan fuerte, asfixia su temperamento.

Podría decirse que la tía Tula deconstruye la pasión para reducirla a cuidados maternales. Doctora de El Cuidatoriado (cfr. María Ángeles Durán), es también su guardiana o, por decirlo más bravamente, su sargento chusquero, siempre dispuesta a quitarse un gusto de la boca para que sus hijos putativos, es decir, sus sobrinos, no pasen hambre. Gertrudis ha fraguado una teoría sobre los amores:

“Hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre”

Hay un amor de libro o de teatro, en el que se oye la cursilada esa de “yo te amo”. Mas en la vida de carne y sangre y hueso (el unamuniano homúnculo que padece el sueño de la inmortalidad) lo que no extraña porque entraña es el “¡te quiero!”, y hasta resulta más entrañable todavía el silencio, que puede expresarse en todos los idiomas, y calla lo de “te quiero”, porque lo obra.

Pasa lo mismo con la oración, la verdadera no es la del maculla-jaculatorias, la del traga-novenas ni la del engulle-rosarios, sino la del “¡hágase tu voluntad!”. Podríamos nosotros hablar de la aceptación de la realidad como verdad irrefutable. Y si es una realidad trágica, como suele suceder, la consideración de que no hay mal que por bien no venga o que los caminos del Señor son inescrutables para nosotros, nos permite granjearnos esa serenidad que otorga la fe, incluso como mera religación a la verdadera Realidad.

La tía Tula es una laboriosa virgen madre, valga el oxímoron, una sublime abeja obrera (esta analogía disuelve el oxímoron). En el prólogo, Unamuno briega, forzando bastante las cosas, por acercar su figura a Antígona “la anarquista”, a Abisag, la generosa sunamita que calienta el lecho del rey David, a Teresa de Ávila y a Don Quijote. Don Miguel reconoció que su prólogo es un petacho; no es necesario enraizar a Gertrudis en la tradición de la Alta literatura para reconocer la nobleza ingeniosa de su creación. De hecho, la tía Tula escarba en otras raíces y fondos, digamos, más entomológicos; sí, en las fraternidades de los insectos sociales, en la sororidad de las abejas hermanas que cuidan de la reina, de los zánganos y de las sobrinas, pues

“No cabe negar que el varón hereda femenidad [sic] de su madre y la mujer virilidad de su padre… ¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas”.

Sorprende el uso que Unamuno hace de la palabra "sororidad", hoy tan de moda, que subraya diciendo que tal fue la de la admirable Antígona, santa del paganismo helénico, hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano Polinices...

“...y por confesar su fe de que las leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y los tiranos de la tierra".

Yo no creo que Creonte fuera tan malo. Tenía sus razones para defender la ley escrita, la que otorga seguridad civil... Pero lo que me interesa señalar aquí es que Gertrudis, la tía Tula, representa el espíritu de la colmena, aunque esta tenga menores dimensiones, las de un clan de urbanícolas:

“¿Herencia? Se transmite por herencia en una colmena el espíritu de las abejas, la tradición abejil, el arte de melificación y de la fábrica del panal, la abejidad, y no se transmite, sin embargo, por carne y por jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron transmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición del arte de las abejas de la fábrica del panal y el laboreo de la miel y la cera, es, pues, colateral y no de transmisión de carne, sino de espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las abejas y la estudió y la meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: ‘¡Cállate, zángano!’. Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, un sentido de largas y profundas  resonancias. Sentido que sus hermanos adivinaban.” (capítulo 24).

Gertrudis brizaba la pasión de Ramiro para adormecerla. La mecía, la acunaba. Abría las ventanas del cuarto del cuñado porque olía a hombre, y ese olor atraía sus carnes y distraía su espíritu maternal, abejil. Ella no podía ser objetivo de un zángano. Por eso, o por que le da miedo el bruto que hay en cada hombre, ha huido del hombre. A ella no le tocaba, porque no había sido elegida reina-abeja, porque no había sido tan hermosa físicamente como su hermana Rosa, “flor de carne que se abría a flor de cielo, a toda luz y todo viento” (cap.1), por eso se conservaba doncella, virgen y maternal, pues cabe vivir sin mancharse, “cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas” (Ibidem). Tal vez esa era una tercera vía, una posibilidad elegible, para una mujer inteligente en un mundo –la novela es de 1920- en que la carrera de una mujer era el matrimonio o el convento.

Gertrudis es una buena cristiana, pero su interpretación de los sacramentos es sui generis, su moral es más kantiana que católica, se nutre de la tradición popular: “el onceno, no estorbar”. En el capítulo 17 expresa sus dudas de que el cristianismo haya redimido la suerte de las mujeres... O remedio del pecado o animal doméstico o… Esto es lo que puede elegir una hembra. Por eso el cristianismo, y a pesar de la Magdalena, es religión de hombres –se decía Gertrudis-: “Masculino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre está en “He aquí la criada del Señor, hágase en mí según tu palabra” y en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. “Y llamarle mujer y no madre” –piensa la tía Tula con reproche. Y se santigua temblorosa por miedo a haber blasfemado de pensamiento.

A Gertrudis le gusta elegir, pero no le place ser elegida. Tula dice a su hermana Rosa que tiene que querer mucho a su esposo, porque es su deber. Su gravedad es nórdica, aunque se lea en el abismo de sus ojos tristes y negrísimos. Le gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño. Y a pesar de su celibato elegido piensa que el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no vestirlos. Un afán educativo al que entrega vida y alma. Ella es toda maternidad, pero maternidad de espíritu. Por eso, cuando pasa una temporada en el campo  acaba reconociendo su alma urbanita y los animales se le antojan otras tantas serpientes del paraíso. Gertrudis se pregunta si no es soberbia esa pretensión del espíritu de situarse por encima de la carne…

“¿No es la triste pasión solitario del armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero? No lo sé…, no lo sé…”.

***

En 1964, durante el nacional-catolicismo, Miguel Picazo llevó el argumento de Unamuno al cine. La tía Tula de Picazo fue la película más mutilada por la censura franquista de su historia. Los censores llegaron incluso a eliminar una escena en que Tula se queda en combinación y se aplica desodorante frente al espejo. La visión de la axila de Aurora Bautista (en el papel de Gertrudis) debió parecerles peligrosamente lúbrica a los inquisidores de entonces. He escogido un fotograma de dicha escena para adornar esta crítica.

 

EL MANCO DEL UNICORNIO

EL MANCO DEL UNICORNIO

Sobre la ficción histórica En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán

El capitán Juan de Olid, que fue escudero del Condestable Iranzo, acabó cansadísimo, desdentado y manco, manco por causas diferente al cochino motivo de Orencio el guitarrista#mce_temp_url#, pues el de Olid fue enviado como emisario del rey Enrique IV a tierras de negros, por detrás de las tierras de moros, y perdió la extremidad sirviendo a su majestad. Preso al fin del rey de Portugal, se ganó la confianza de sus guardianes contándoles sus aventuras en tierras africanas cuando buscaba el unicornio.

En su arresto portugués, Juan tomó confianza con la tabernera de los soldados, una viuda madura llamada Leonor, la cual, aunque no era ni guapa ni bien configurada por Natura, “andando en su trato luego pareció hermosa”, porque el roce hace el cariño. No importó que la Tabarta, como le llamaban los lusos, tuviese algo de bigote y el rostro estragado por una vida larga y dura, el caso es que fue para Juan de Olid más dulce que la miel porque en aquellos pechos generosos podía consolar las tristezas de los amores perdidos y el recuerdo de los compañeros que el tiempo y sus violencias se habían llevado, y a su calor se dormía cada noche como si fuera niño, y Leonor le consolaba con la ternura de sus manos ásperas del mucho laborar y Juan se las besaba como a señora y dueña, y le hacía requiebros en verso castellano, que mucho gustaba a ella oírlos, y ella decíale otros al capitán español en la suave parla portuguesa “que es sutil como seda en rostro de doncella”.

Esto cuenta Juan Eslava Galán en su novela En busca del unicornio. Y es que la lengua de nuestros vecinos del poniente, la que Fernando Pessoa aquilató con sus desasosiegos líricos y excursos dramáticos, y aún con su ficción de banquero anarquista, debiera ofrecerse en los institutos como segunda lengua, a la par que el gallego y el catalán, desligándonos en lo posible del neocolonialismo anglosajón. Mas el Márketin impera, sirena hechicera del mercado global.

Juan de Olid es capitán de la expedición que el rey Enrique IV manda a África en busca del cuerno del unicornio al que la magia de la época, o la superstición, atribuye virtudes rejuvenecedoras y afrodisíacas formidables. En su relativamente cómodo confinamiento en el castillo de Sagres, Juan se hace el tonto con sus guardas (cosa que sólo pueden hacer voluntariamente los inteligentes), y dichos soldados, para matar el tedio de las horas de vigilancia, animaban al castellano a contar sus aventuras africanas… Habla Juan de Olid, narrador de toda las historia:

“Y lo que más a gusto oían era lo referente a cómo se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres [sic] para que los llevara adonde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África”.

Los portugueses llaman a Juan de Olid “el manco de los güesos” porque quiere cumplir su promesa de enterrar los restos del franciscano fray Jordi de Monserrate, compañero sabio de fatigas, que guarda en un saco, en un convento de su orden, como sucederá en La Rábida. Contaría Juan a sus guardas, como había dicho antes (capítulo IX) que “las negras tienen sus partes más prietas y calientes por dentro y les huelen no a pescado pasado, como a las blancas, sino más bien a cecina de carnero rancia”. También reconoce que, en general, “las partes de los negros son más luengas que las de los cristianos y aun que las de los moros”, constatación empírica con la que él y sus compañeros hubieron no poco pesar.

***

¡Qué alegría sentí al descubrir el nombre de mi amigo, el profesor y articulista José Luis Buendía López, como prologuista de la edición para EL MUNDO (2001), a la que sólo hay que reprochar la pequeñez de su letra. De su medio paisano (Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, en 1948) dice Buendía que “luce el garbo narrativo en vena y lo adoba con una erudición que tira de espaldas”. Se nota que Buendía fue amigo de la buena mesa y castiza culinaria, ¡ay, aquellas comidas que organizaba en la ciudad del Condestable Iranzo con los amigos correctores de los exámenes de Selectidad, allá, por el siglo pasado! A la edición que comento, libre de erratas, sólo hay que reprocharle la pequeñez de su letra,

En busca del unicornio es una amenísima ficción histórica bien ambientada y por tanto verosímil en el mágico siglo XV, ese en el que acaba una época preseuntamente obscura (yo diría nebulosa) y empieza tímida e ilusionadamente otra que llamarán los historiadores Renacimiento. Narra los avatares de un escudero del Condestable de Castilla, próximos a la compleja personalidad del histórico Condestable Miguel Lucas de Iranzo, hombre de origen humilde y amigo íntimo del rey Enrique IV, cuya Crónica del Condestable… (de autor anónimo) es fuente fundamental para entender el reinado del hermanastro (por parte de padre) de Isabel la Católica, así como la vida en la frontera de Jaén, frontera con el Reino musulmán de Granada que desaparecerá en 1492. El Condestable Iranzo fue gobernador de Jaén y dicha crónica se interrumpe abruptamente en la primavera de 1471, quince meses antes del asesinato de Iranzo en 1473.

Juan Eslava utiliza este vacío histórico hasta el viaje de Colón, que salió de Palos el 3 de agosto de 1492, para insertar en él la exótica y pintoresca misión de Juan de Olid. De este modo ‒como dice Buendía‒ traslada la página seca de la historia, que conoce como nadie por razones de su oficio de historiador, al jardín jugoso de la narrativa, que es su pasión. Y eso con una gracia meridional en que lo trágico se salpimenta con humor. Amenidad, ambientación adecuada, verosimilitud, como consecuencia del uso de un español dinámico que conjuga su actualidad con la pátina de oportunos arcaísmos léxicos y sintácticos, todas estas virtudes acreditan justísimo el premio Planeta que obtuvo en 1987 por este bien trabado libro de viajes y aventuras, cargado de emociones por las que el personaje Juan de Olid, que tan próximo acaba por hacérsenos, acaba disuelto como todos nosotros en su devenir biográfico, “solo y sin camino”.