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Literatura

EL MANCO DEL UNICORNIO

EL MANCO DEL UNICORNIO

Sobre la ficción histórica En busca del unicornio, de Juan Eslava Galán

El capitán Juan de Olid, que fue escudero del Condestable Iranzo, acabó cansadísimo, desdentado y manco, manco por causas diferente al cochino motivo de Orencio el guitarrista#mce_temp_url#, pues el de Olid fue enviado como emisario del rey Enrique IV a tierras de negros, por detrás de las tierras de moros, y perdió la extremidad sirviendo a su majestad. Preso al fin del rey de Portugal, se ganó la confianza de sus guardianes contándoles sus aventuras en tierras africanas cuando buscaba el unicornio.

En su arresto portugués, Juan tomó confianza con la tabernera de los soldados, una viuda madura llamada Leonor, la cual, aunque no era ni guapa ni bien configurada por Natura, “andando en su trato luego pareció hermosa”, porque el roce hace el cariño. No importó que la Tabarta, como le llamaban los lusos, tuviese algo de bigote y el rostro estragado por una vida larga y dura, el caso es que fue para Juan de Olid más dulce que la miel porque en aquellos pechos generosos podía consolar las tristezas de los amores perdidos y el recuerdo de los compañeros que el tiempo y sus violencias se habían llevado, y a su calor se dormía cada noche como si fuera niño, y Leonor le consolaba con la ternura de sus manos ásperas del mucho laborar y Juan se las besaba como a señora y dueña, y le hacía requiebros en verso castellano, que mucho gustaba a ella oírlos, y ella decíale otros al capitán español en la suave parla portuguesa “que es sutil como seda en rostro de doncella”.

Esto cuenta Juan Eslava Galán en su novela En busca del unicornio. Y es que la lengua de nuestros vecinos del poniente, la que Fernando Pessoa aquilató con sus desasosiegos líricos y excursos dramáticos, y aún con su ficción de banquero anarquista, debiera ofrecerse en los institutos como segunda lengua, a la par que el gallego y el catalán, desligándonos en lo posible del neocolonialismo anglosajón. Mas el Márketin impera, sirena hechicera del mercado global.

Juan de Olid es capitán de la expedición que el rey Enrique IV manda a África en busca del cuerno del unicornio al que la magia de la época, o la superstición, atribuye virtudes rejuvenecedoras y afrodisíacas formidables. En su relativamente cómodo confinamiento en el castillo de Sagres, Juan se hace el tonto con sus guardas (cosa que sólo pueden hacer voluntariamente los inteligentes), y dichos soldados, para matar el tedio de las horas de vigilancia, animaban al castellano a contar sus aventuras africanas… Habla Juan de Olid, narrador de toda las historia:

“Y lo que más a gusto oían era lo referente a cómo se ayuntan las negras y a qué partes de mujer tienen y a si las dichas partes son más duras y calientes que las de las blancas y al gusto con que se ofrecen a los blancos. Y hacían muchas chanzas sobre esto y uno de nombre Barrionuevo, cabo de ellos, me decía que el día menos pensado iban a botar una galeota y me iban a nombrar almirante de los guardas de Segres [sic] para que los llevara adonde las negras estaban. Y que íbamos a alcanzar fama en la labor de empreñar y repoblar a todas las negras del África”.

Los portugueses llaman a Juan de Olid “el manco de los güesos” porque quiere cumplir su promesa de enterrar los restos del franciscano fray Jordi de Monserrate, compañero sabio de fatigas, que guarda en un saco, en un convento de su orden, como sucederá en La Rábida. Contaría Juan a sus guardas, como había dicho antes (capítulo IX) que “las negras tienen sus partes más prietas y calientes por dentro y les huelen no a pescado pasado, como a las blancas, sino más bien a cecina de carnero rancia”. También reconoce que, en general, “las partes de los negros son más luengas que las de los cristianos y aun que las de los moros”, constatación empírica con la que él y sus compañeros hubieron no poco pesar.

***

¡Qué alegría sentí al descubrir el nombre de mi amigo, el profesor y articulista José Luis Buendía López, como prologuista de la edición para EL MUNDO (2001), a la que sólo hay que reprochar la pequeñez de su letra. De su medio paisano (Juan Eslava Galán nació en Arjona, Jaén, en 1948) dice Buendía que “luce el garbo narrativo en vena y lo adoba con una erudición que tira de espaldas”. Se nota que Buendía fue amigo de la buena mesa y castiza culinaria, ¡ay, aquellas comidas que organizaba en la ciudad del Condestable Iranzo con los amigos correctores de los exámenes de Selectidad, allá, por el siglo pasado! A la edición que comento, libre de erratas, sólo hay que reprocharle la pequeñez de su letra,

En busca del unicornio es una amenísima ficción histórica bien ambientada y por tanto verosímil en el mágico siglo XV, ese en el que acaba una época preseuntamente obscura (yo diría nebulosa) y empieza tímida e ilusionadamente otra que llamarán los historiadores Renacimiento. Narra los avatares de un escudero del Condestable de Castilla, próximos a la compleja personalidad del histórico Condestable Miguel Lucas de Iranzo, hombre de origen humilde y amigo íntimo del rey Enrique IV, cuya Crónica del Condestable… (de autor anónimo) es fuente fundamental para entender el reinado del hermanastro (por parte de padre) de Isabel la Católica, así como la vida en la frontera de Jaén, frontera con el Reino musulmán de Granada que desaparecerá en 1492. El Condestable Iranzo fue gobernador de Jaén y dicha crónica se interrumpe abruptamente en la primavera de 1471, quince meses antes del asesinato de Iranzo en 1473.

Juan Eslava utiliza este vacío histórico hasta el viaje de Colón, que salió de Palos el 3 de agosto de 1492, para insertar en él la exótica y pintoresca misión de Juan de Olid. De este modo ‒como dice Buendía‒ traslada la página seca de la historia, que conoce como nadie por razones de su oficio de historiador, al jardín jugoso de la narrativa, que es su pasión. Y eso con una gracia meridional en que lo trágico se salpimenta con humor. Amenidad, ambientación adecuada, verosimilitud, como consecuencia del uso de un español dinámico que conjuga su actualidad con la pátina de oportunos arcaísmos léxicos y sintácticos, todas estas virtudes acreditan justísimo el premio Planeta que obtuvo en 1987 por este bien trabado libro de viajes y aventuras, cargado de emociones por las que el personaje Juan de Olid, que tan próximo acaba por hacérsenos, acaba disuelto como todos nosotros en su devenir biográfico, “solo y sin camino”.


BICHOS EJEMPLARES

BICHOS EJEMPLARES

No sé si fue la amabilísima y culta Bárbara Spano, consultora literaria de Europa Ediciones, quien redactó la descripción de mis Bichos ejemplares (Teratografía humanaria), en cualquier caso quien lo hiciese acertó o, por lo menos, supo aproximarse al estar o ser de esta colección de relatos y fábulas, que no redacté bajo el motivo de una intención del todo consciente...

Dice así la contraportada del libro:

<< Bichos ejemplares es un bestiario literario, tan erudito como juguetón, que explora los márgenes de lo humano y disecciona, con humor, ironía y profundidad filosófica, figuras mitológicas, personajes históricos, criaturas legendarias y delirios contemporáneos.

>> Estas teratografías humanarias, en las que lo anómalo revela verdades más nítidas que lo normal, muestran lo extraordinario en sus formas más sublimes o grotescas, en un desfile de seres imposibles que, entre carcajadas y reflexiones, devuelven el espejo deformante y revelador de la experiencia humana. >>

Tal presentación me parece ideal, "ideal" no sólo en el sentido de perfecta, sino también en el sentido de exagerada idealización, pues la "profundidad filosófica" del libro es discutible, aunque tampoco hablaría yo de "superficialidad", pues siempre sugiere lo escrito más de lo que dice. Más que a instruir o responder preguntas dramáticas (las que suele plantear la gran filosofía), el libro procura entretener dando al mismo tiempo que pensar...

Para mí, leer bien, entendiendo y recreando personalmente lo que se lee, tiene incluso más mérito que escribir correctamente, divirtiendo, entreteniendo o informando a los demás. Decía Ortega que leer es "faena utópica", ya que entender completamente un texto, sobre todo si es un buen texto, un texto clásico, es faena imposible, por varias razones: primera, que el autor dice menos de lo que quiere decir; y segundo: que siempre da a entender más de lo que se propone. Incluso puede ser que lo que dijo cobre nuevos significas para nuevos contextos. Pasa con la famosa Alegoría de la caverna de Platón, es perfecta para relacionarla con el mundo televisivo y monitorizado en que vegetamos hoy en día, conveniente y confortablemente maniatados a los medios masivos de comunicación y a ese simulacro de realidad que llamamos "actualidad".

En 1940, Ortega afirmaba en una conferencia de Buenos Aires que "el lenguaje no cubre nunca con exactitud la idea; por tanto, toda expresión es metáfora, el lógos mismo es frase"... ¿No será también el lenguaje o lógos otra prisión similar o análoga a la cavernosa vivienda subterránea concebida por Platón en su República? Se dice que Dionisio I, el tirano amigo y enemigo de Platón, tenía encerrados a su prisioneros atenienses en una caverna siracusana, en realidad una cantera (hoy visitable) de la que se habían extraído los pétreos materiales para la construcción del anfiteatro, y que escuchaba desde su trono lo que aquellos encarcelados decían... También El Gran Hermano vigila hoy lo que colgamos en redes, enredados como estamos en potentes plataformas comunicativas, objetos de propagandas y publicidades...

***

Como Bárbara Spano, también mi amigo y colega Antonio de Lara, ha tenido la amabilidad y al parecer el buen gusto de leer mis Bichos ejemplares. Me halaga lo que ha dicho de ellos, y como también me parece razonable y justo su dictamen, lo vierto aquí a modo de crítica benevolente...

<< Es un libro estupendo, de magnífico título y disfrute lento. "Bicho" tiene un significado ambivalente, de rechazo y cariño. El subtítulo todavía es más sugestivo. La RAE no hace suficiente justicia al término "teratología" ("teratografía" no aparece), que en su procedencia griega, ’τέρας’ significa más prodigio que monstruo. Y para colmo se añade un neologismo, "humanaria". Esto ya indica que el libro es profundamente humanista y filosófico, aunque libre de la jerga de escuela. Hay detrás de los insectos y no sólo de ellos, retratos humanos. Por otra parte, la profusion de ilustraciones permite establecer un diálogo (no me atrevo a decir dialéctica) entre ellas y el texto escrito.>>

¡El Dios o la Diosa o los dioses te bendigan, amigo! Desde antiguo es común en literatura y patrimonio de la humanitas la magia del monstruo: "η μαγεία Τέρας".

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Tampoco a mi hermano, que es hematólogo, se le ha caído de las manos mi colección de fabulillas. Dice de las fábulas de mis Bichos ejemplares que le han gustado sobre todo las inventadas y menos las eruditas, aunque algunas las he recreado con todo cuidado adaptándolas al tiempo...

Bendito seas tú también, igualmente Antonio, humanista y médico, gran lector de Thomas Mann y de Stefan Zweig, geniales librepensadores, de entre lo mejor de Europa. Bueno, hermano, he seguido el consejo de nuestro Baltasar Gracián, inmortal sabio aragonés, receta o máxima que adorna y nutre ella sola la página once del libro y que reproduzco aquí como homenaje al "Maestro de los peros":

"Es munición de discretos la cortesana gustosa erudición"

Entiéndase cortés o amable, en vez de "cortesana". ¡Y todos contentos!

Ya digo en la entrevista#mce_temp_url# a que me sometió la inteligente Ginevra Grasso que creo haber evitado caer en pedantería en la elaboración de mis Bichos, aunque a veces, no en su humorístico fingimiento... Ojalá tenga razón Ginevra y este ejercicio de "pensamiento lateral" exprese el zumbido de la vida (de artrópodos hermanados como humanos) bajo una lupa literaria que halla en lo anómalo verdades más claras que en lo habitual o normalizado.

Enlaces a la obra:

https://youtu.be/pIoD913ZU00?si=k76Dl8Dh7cVl_8wB

https://www.europabookstore.es/productos/bichos-ejemplares-teratografia-humanaria-jose-biedma-lopez/

https://www.amazon.es/ejemplares-Teratografia-humanar%C3%ADa-EDIFICAR-UNIVERSOS/dp/B0F6479SSC

TRÍBADA FALSARIA Y CONFUSA

TRÍBADA FALSARIA Y CONFUSA

Tríbada pasa por anómala novela, si es que se puede llamar "novela" al relato breve de un fracaso sentimental seguido de una serie redundante, pretendidamente polifónica, de comentarios obsesivos sobre el sentido, o más bien el sinsentido de lo acaecido: las vicisitudes emocionales y escarceos bisexuales de una hermosa boticaria de provincias que no cree en Dios. Para mayor extravagancia, Tríbada (o sea, "Lesbiana" con arcaísmo griego, vulgo "tortillera" o "bollera"), lleva por subtítulo Theologiae Tractatus y gasta obscuras pretensiones metafísicas. Para mí que por debajo de los interminables comentarios se esconde, pero asoma su tremenda cabeza, un Tratado gnóstico-cristiano contra el mundo, el demonio y la carne, completamente extemporáneo y, no obstante, obra de arte de alta cultura, elaborada en un español impecable (nunca mejor dicho), espinosista, que rescata términos en desuso y propende a convertir muchos verbos en transitivos, pero que huye al mismo tiempo de cualquier pedantería o academicismo, siendo como es claro, preciso y rotundo.

Literatura escrita desde el pasmo y la desesperanza nihilistas en el advenimiento de la sociedad del bienestar en trance de descristianización, por una conciencia profundamente cristiana pero ajena ya a cualquier ortodoxia. Gonzalo Sobejano dijo de esta enorme e ilustre rareza que podría definirse como un comentario inacabable a un caso de conciencia y que en ello estriba su singularidad.

No sólo de Damiana (la boticaria que abandona a Daniel tras ocho años de convivencia amorosa, por una mujer) se quiere hacer un mito, también de su amante o marida, Lucía, algo más joven. A Lucía, encarnación del mal, se la llama de todo, desde abortón, bollera, coima verrionda, chancro, feróstica, huera, íncuba, lamecricas... y así hasta la Y griega de "yuntada de Damiana". La relación completa de nombres por orden alfabético sirve de prólogo a la "novela", igual que la relación exhaustiva de nombres de Damiana, antes que aquella: "afán sin remedio", "ajobada de Lucía", "andorrera", "avecilla", y así hasta los quinientos nombres que acaban en la última letra del abecedario con "zozobra", "zurrido intestinal" y "zurrona". Estas listas recuerdan la letanías marianas, muy en contraste, casi en blasfemia de ellas.

Según su valedor Gonzalo Sobejano (también lo fueron Aranguren y Tierno Galván), Tríbada aspira a crear el mito de la Concupiscencia Transgresora bajo el ejemplar de la persona que se entrega a la gana desde el tedio de su insuficiente ser. Pretende que las mujeres inclinadas hacia la ajena vulva acaben por llamarse "damianas". No creo que lo consiga, pero la intención es lo que cuenta. La contienda entre Daniel, Lucía y Damiana (triángulo amoroso) es interpretada por un Anónimo Primero de la Escuela de Murcia como contienda entre Dios y el Demonio, como alegoría del conflicto entre el Bien y el Mal, entre Lo bello y Lo feo, entre Lo verdadero y Lo falsario.

¿Se quiere elevar a Damiana y Lucía a sendos mitos negativos de la vaciedad de las relaciones humanas en la sociedad hedonista, tras la muerte de Dios? En ciertos capítulos, Espinosa extiende su sátira a "la fea burguesía", especialmente a los "mandarines" pendantes y academicistas, pero más allá de las interioridades psicológicas o las miserias sociológicas, se apunta a ultimidades: creer o no creer en Dios, apostar o no apostar por la trascendencia y la dignidad humana, o gozar a tope en la contingente inmanencia como cerdo en lodazal. En cualquier caso, el Cielo permanece invisible o lejanísimo, como borrado por el objetivismo y la acción, el bulle bulle de viajes, festejos y ligoteos.

Si el contraejemplo de Damiana es lamentable, pues se trata de la atea que conjura el tedio con sexo efímero y placeres mundanos y acaba en "buscona de méntulas" tras enfriarse su romance con Lucía, tampoco es mejor la posición de María Ordóñez, profesora casada con profesor mediocre, baluarte de familia bien avenida, bien pagada y representada. María, que sufre miedo general, ve la inmensa zozobra de Damiana Palacios (a la que se apoda "tríbada falsaria"), la boticaria que se hunde en el descrédito social con la modista Lucía, "bollera manifestada" y "encelada en Damiana", y María dijo a Romualdo, su marido: "¿Ves en qué acaban los amoríos y las espontaneidades?". A lo que Romualdo repuso: "Sí, vida mía". Ambos son lo que hoy llamaríamos "progres", "seres sin fisuras", pero, al contrario que Damiana, que frica y succiona a su aire y se engrifa tiesa o viste de garzón con su marida, al contrario que la Tríbada que naufraga al dejarse llevar por sus impulsos, María aparece vestida de buena mujer y esposa; lleva sobre su pecho una imagen del Crucificado y el símbolo del materialismo dialéctico, pues pertenece a esas Comisiones Políticas que potegen su salario...

"La contradicción entre las doctrinas queda englobada en los intereses de María, instancia más alta que las ideas".  

Aunque en sus páginas los comentarios se atribuyen a distintos personajes, dicha ficción no cuela y sólo se oye una voz, con distintas máscaras, pues todos sus cartas, explicaciones, aclaraciones, interpretaciones, exégesis, opiniones, disquisiciones, ilustraciones, escolios y hasta poemas, lucen unidad de estilo. Y es precisamente su estilo lo más atrayente del libro, su extraña, peculiar y fascinante originalidad. No cambia el estilo de los testimonios, aunque sí su contenido, la diversidad caleidoscópica de sus perspectivas. La mayoría de los personajes apoyan a Daniel y reprochan la temeraria, vana o libertina actitud de Damiana, pero también los hay tolerantes y hasta defensores, como Juan Ginés, profesor de Universidad que "se comprometió a escribir un libro una vez que hubiese adquirido un diccionario de la lengua".

Juana, enamorada de Daniel hasta el autosacrificio y la autoinmolación, que pone su dicha en consolar y recuperar a Daniel (con el que tuvo romance juvenil), ahora abandonado por la tríbada Damiana tras ocho años de relación, recoge en una de sus patéticas cartas un poema que Daniel ha dedicado a una amiga común muerta, Josefa, en el que se pregunta por el sentido que encierran los "ruidos de la Creación" y cómo "la magnificiencia de la nada / está manchada / por la obra del Demiurgo". Recuerda a Laotsé, pero también a los más pesimistas de los gnósticos, el dictamen de que...

"Quienes se afanan, / llevados del mal caminan; / nadie merece redención. / ¿Por qué no concluye / esta sucesión interminable? // La conciencia aterra, / el instinto empavorece, / el juicio es lunático. / Desde la piedra al bípedo / existe una fea acaecencia, / entregada, sin duda, al Maligno: / la Naturaleza y la Historia, / sarna de concupiscencias, / son, abiertamente, sus dones / horripilantes emanaciones. // El ser no es bueno, / ni bello ni verdadero, todo sobra."

Ni Ciorán -cómico del pesimismo- se atreve a tanto quejío, a tanto trágico lamento. No hay sino la vaga comicidad cruel del sarcasmo en este desprecio del mundo (estercolero) y de la carne (gusarapo perdido en el vientre del tiempo) que despliega Espinosa en su Tríbada. Si la mundo natural como la historia se ensamblan en un valle y una sierra de lágrimas, el Demiurgo que diseña y estimula semejante atrocidad se parece demasiado al Diablo, "Dios en la náusea"...

"Satanás tiene que ser, de alguna forma, ciego o sordo; de ahí la lejanía y el asco con que enjuicia necesariamente. Es pura objetividad el Rey de los Terrores, y, desde luego, el más impersonal crítico de la Obra. Por el contrario, Dios es una subjetividad absoluta: por eso no puede sentir la náusea".

Por eso, para ser hijo de Dios -le escribe Juana a su idolatrado Daniel- se precisa recobrar la subjetividad y despegarse de la ansiedad, prisa y rabia en que vivimos entre zozobras. La naturaleza del propio Satanás no es perversa, lo son sus acciones, pues sólo Dios podría ser en todo caso perverso. Esta es opinión de Daniel -oculto victimado de la obra-. Sin embargo, Juana anima a su amor a pensar, "al menos como recurso sedante, que el mal no existe, aunque asome en los hechos." Para Daniel no cabe ni el perdón ni el arrepentimiento porque "es la acción la que configura la esencia del ser". Juana, que representa la bondad, absuelve y perdona sin exigir compunción: hemos de resignar la cólera.

Si Daniel afirma que el mundo es la cara del Maligno, transparentado en las cosas, no obstante Juana, su propicio ángel de la guarda, anima a su amado a aceptar lo que la Voluntad quiere (eco de Schopenhauer): comprensión y tolerancia. Pero es la misma Juana, fea de ojos preciosos, la que afirma que el dolor y la necesidad son propios del ser, así como el miedo, y reprocha al doliente que la visión del mal (las bajas fricaciones de Damiana y sus mentiras) le embelese. El Infierno es caso descriptible porque trasluce aquí abajo, mientras que el Cielo se define indescriptible.

"Nadie narra del infierno sin ser también infierno; tampoco nadie lee, con provecho, del infierno, sin hacerse infierno".

Habitamos tinieblas, acusándonos unos a otros. Por eso es el infierno la total realidad de esta irrealidad que es el mundo. Para Daniel, iluminado por el odio a la tríbada, un muerto es superior a un vivo porque no cobra dietas ni adula dictadores ni come ostras:

"En el cadáver habita Dios mejor que en la conciencia, la más repugnante comparecencia de la Creación".

Podemos volver la espalda al misterio, o podemos abrazarlo, pero no destruirlo. Si alguien llegara a explicar el misterio, desaparecería la Creación; igual ocurriría si lográramos arrancar el mal del mundo, porque el mal es la diferencia entre Dios y la obra. Ni Dios ni el mundo tienen explicación. Tampoco el amor, ante esto sólo cabe el pasmo y la resignación. El verdadero conocimiento es vivencia, no reflexión; el misterio se percibe. Espinosa -dice Sobejano- no niega el misterio, lo reconoce y lo cerca sin cesar, pero su pensamiento quiere ser iluminación intelectiva y purificación moral, terco esfuerzo de la razón humana en busca del bien, la verdad y la belleza.

Mas tampoco el espíritu es garantía de salvación si se apasiona y no tolera ni comprende.

"Tolerar o comprender no son conclusiones del espíritu, sino de la consecuencia de vivir, de la desgana de ser o del aburrimiento de existir".

Damiana "discurría por aburrimiento y se aburría al discurrir" -comenta Juana. No desdeña Espinosa las definiciones esencialistas que tanto ansiaba Sócrates sin hallarlas (aporéticamente) y viene a pelo la de La soledad, uno de los demonios de Damiana, prima hermana de Aburrimiento, y quizá lo peor:

"Soledad es la congoja que sentimos de no ser reconocidos por la palabra, por la actitud, y, sobre todo, por la mirada de otro."

También Juana clama en sus cartas a Daniel que la nombre, que la reconozca, que la traiga a su pensamiento... Mas, lo peor del aburrimiento es que ni siquiera hay pecado que lo extermine, así que, a pesar de sus correrías sexuales con ambos sexos, Damiana acabará aburrida...

"La tríbada amustiada y cosa ajada, sin marida ni amores, en su isla, contempla el mar al caer de la tarde, y, como centauro viejo, piensa en las cosas de la juventud transcurrida. El viento, que es eternidad, cimbrea los juncos // Como las hojas caen en el otoño, con ese hermoso color dorado y seco, así cayeron las alegrías y bellas disposiciones de la que tuvo por orgullo llevar sobre el rostro la señal de la raza. Sin color ni fulgor, la mujer es, ahora, un arco enteco de impresionantes ruinas: la verdad sin seducción."

Cuán presto se va el placer y cómo, tras acordado, da dolor, que diría Manrique. Las Damianas y Lucías aparecen envueltas en la fea burguesía y copartícipes de muchos de sus hábitos y gustos: viaje, casita de verano, disipación, consumismo, lo moderno, los intereses, falsos valores, automóviles, copeo, idiomas, frases hechas, el ir viviendo... Pero al final son más de uno los que prefieren a la Tríbada e incluso a Lucía, antes que "a las honradas señoras y buenos padres y esposos". 

Espinosa, más atrabiliario que Sócrates e incluso que Heráclito, escribe "más allá de la plácida bondad del ánimo irónico", más allá de la desesperación, pues el desespero lamenta la pérdida de un bien determinado, mientras que la desesperanza llora la ausencia total de bienes. Por eso es la tristeza la que castiga y suplicia las horras aventuras con sus cuyos y las triviales y cansadas fricaciones con su Lucía de la boticaria cuarentona. Sorprende la belleza poética de estas tremebundas sátiras.

Puede leerse a veces el mal como locura voluntaria, tal la opinión de Josefina sobre la Tríbada:

"A veces enloquecemos con el fin de hurtar a la razón la vigilancia que sobre nuestros secretos anhelos y apetitos ejerce; en tal caso, la demencia actúa como manto que oculta nuestros empeños, apartándolos del juicio y sus advertencias."

Tal sería el caso de Damiana, entregada a cuyos que la desmerecen, enloquecida a propósito para poder obrar mal. En contraste con ella, las confidencias íntimas de Juana adquieren un valor poético indudable.

Tiene razón Gonzalo Sobejano: Gracias a la desproporción entre la exigua cantidad del texto narrativo y la vastísima extensión de las glosas acerca de lo pensado y sentido por los espectadores (ni Damiana ni Lucía hablan, salvo por lo que otros dicen que han dicho o sentido), Espinosa consigue un efecto de extrañación o desfamiliarización muy original con el que consigue atraer y regenerar la atención de sus receptores, con este modelo de "novela-comentario", tan metaliterario, consigue compensar la extemporaneidad e incorrección política de su diatriba, pues sin duda, de ser famosa, la inquisición woke la cancelaría, ya que Espinosa no se corta a la hora de usar expresiones vulgares para referir a la homofilia femenina. Y, no obstante, apenas hay sexualidad explícita en esta obra, sí descalificaciones brutales de las maneras sáficas, si bien puestas en boca de Juana:

"Representan la coquetería y el melindre convertidos figuras gomorrosas... Repiten el maniquí de las nefandarias de nuestros tiempos, tan a la moda existen, y la contemplación de esta exagerada actualidad produce tristeza y sensación de abrazo con la nada."

Y un poco más adelante:

"¡Qué solas existen las fricadoras! Son narcisismo, y el narcisismo, querido mío [a Daniel], resulta abdicación y escasez, la conciencia adorando la mímica del yo e inciensando el vacío. No puede haber, no puede haber en el mundo una bollera que emita pensamiento. Lo absolutamente femenino es penuria."

Juana parece aquí (IV-2) hacerse cómplice del odio que siente su adorado Daniel por Damiana, que tras un romance de ocho años, lo ha abandonado por la modista Lucía, que milita garzona y virago con charla desafiante y matraquista. Recuerda que su amado definió el odio como obsesión que nos liga a una persona, seno del mal que hemos situado en ella.

"Odiar, por tanto, es estar atrapado por un daño que emana de otro, según nuestra voluntad y creencia. No podemos odiar una nada."

Sin querer, enaltecemos con nuestro odio al odiado "¿Serías capaz de aborrecer a Damiana si la percibieras grasa y palpitación de tripería?" -le espeta Juana al "hater", al que goza eco y reclamo. Lo que desencadena el delirio colérico de Daniel no es el dato del rechazo de un hombre por parte de una mujer que se siente atraída eróticamente por otra, sino el adivinar el tribadismo con vivencia sin otra finalidad que la de su propio contestatario alarde (u orgullo).

En su sexta carta, repite Juana palabras de otra epístola de Daniel en que este describe su odio como furia agresiva contra la tríbada (a la que llegó a pegar por su ansia de crica y la desfachatez de sus mentiras), describe tal odio como simpático y sagrado, nacido de la visión de lo puramente demoníaco y en acto, aun sabiendo que encierra "mengua de mi ser"...

"Si la desnucara y troceara, no me libraría del tósigo que en mí ha colocado, porque el odio no concluye con el ensañamiento".

Daniel aún conserva la lucidez de comprender que "el odio transporta a la espiral sin fin de la locura", odio que alimentan los celos de "la hombra nefanda" de mamas bamboleantes, sobrantes, buscona de muchachitas y bigarda de Damiana, "los celos son angustia de lo irreal y no descrito", por ello anima Juana a Daniel para que se cuente: pues "en cuanto describimos, convertimos los incidentes en algo que también pertenece a quien lo escucha".

En cualquier caso -concluye Montoya-Espinosa- las criaturas que dañan a Daniel (homo absconditus) no son el mal, ni siquiera malignas; prestan sus actos a la necesidad o al azar que han dispuesto el martirio del hombre, "y de la forzosa o casual circunstancia son instrumento ignorante y ciego". El hombre victimado, interior, en la execrable calamidad que es el mundo, aposentado en la congoja, inquiere sin cesar, quiere saber, y esa es también la última fuente de su desdicha (finis operae).

***

Sobejano establece una forzada analogía entre el Quijote y Tríbada. La novela de Cervantes cuenta los episodios de un cincuentón enloquecido por la lectura de libros de caballería, mientras Tríbada es el episodio tardío de un cuarentón adementado por la infidelidad homoerótica de su esbelta y bien formada, sofisticada y libérrima boticaria, Damiana, su uvita falsaria y luego confusa. Por supuesto, el crítico sabe que la locura de don Alonso Quijano es ingenua, activadora y cómica; la rabia de Daniel es paralizadora y trágica. La derrota frente a Lucía le deja inerme, en vilo, a la intemperie de lo incomprensible, traicionado por una persona que le amaba y se aleja, de pronto, hacia una relación que le parece absurda y sórdida. Es verdad que en ambos casos se trata de un sacar los pies del plato, de un delirar (mas ¿no hace María Zambrano del delirio también una forma de conocimiento?). En ambas novelas -escribe Sobejano- lo que importa no es lo que sucede, sino cómo experimentan lo sucedido los protagonistas y espectadores. En la de Espinosa, el comentario (COMENTO) cobra mayúsculo relieve frente a la narración del suceso, más de dos tercios de las páginas del libro, que incluyen las 62 cartas amorosísimas y confortadoras (algo senequistas) de Juana.

Damiana, tras su traición, pretende negar la evidencia ("tríbada falsaria") y probada ya su mentira, mientras practica el placer venéreo con mujeres y hombres (tríbada confusa) pretende que su conducta no requiere asombro, explicación ni justificación. Los comentarios expresan ansia de explicarse sentimientos y comportamientos insólitos y, por demás, fugaces...

"Todos los talantes, caracteres, empeños y deseos, pasan y mueren, a la nada van. Sólo el mar, esa miseria, permanece".

En este "Tratado de teología", Dios importa como finalidad, por quimérica que fuere, lo que dignifica al hombre y le urge a dar razón ante sí y ante el otro de aquello que hace, sin dejarse sumir en la gana, en la arbitrariedad, en la facticidad, en el azar. "Aún si todo fuese azar, el hombre debe vivirlo como necesidad libre, como elección responsable. Así lo entienden Daniel y Juana y sus amigos, y así no lo entienden Damiana y Lucía ni su cortejo de parásitos" -así resume Gonzalo Sobejano la lección de esta novela sorprendente, rica en aforismos, definiciones y sentencias, vividas de conciencia a conciencia. Por ejemplo:

"Defines la crueldad como vistosidad innecesaria, añadida al daño (...) "Impudicia es la descarada mostración del sometimiento a la necesidad" (IV-12).

Son también muy interesantes las reflexiones sobre el languaje y la palabra, "el lenguaje puede resultar más terrible que toda acción, el infierno es palabra". El lenguaje hace grande lo pequeño.

"Lo verdaderamente inefable no es aquello que viene grande a la dicción, sino lo que le viene pequeño (...) ¿Quién podría decir los sucesos que son menos que el decir? Sólo la emoción directa de ver y oír, nos manifiesta la verdadera realidad."

Es sobre lo visto y oído que trata la espiral recurrente de estos jugosos comentarios. "Pensamiento encauzado a través del arte" -así definió el autor La tríbada falsaria en 1981,  primera parte de esta Tríbada que nosotros hemos manejado, publicada por la Editoria regional de Murcia en 1986 y que incluye "La tríbada Confusa" como segunda parte.

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SEMBLANZA de Miguel Espinosa

Miguel Espinosa Gironés nació en Caravaca de la Cruz (Murcia), el 4 de octubre de 1926. Estudió Derecho en Murcia, donde residió la mayor parte de su vida. Trabajó profesionalmente en comercio exterior y como asesor jurídico de varias empresas. No fue un escritor popular, pero su obra ha sido reconocida por la crítica y en el ámbito académico. Muchas de sus obras fueron publicadas años después de haber sido escritas o póstumamente. Falleció en Murcia el 1 de abril de 1982 a causa de un infarto.

OBRAS

  • Reflexiones sobre Norteamérica (1957) (originalmente "Las Grandes Etapas de la Historia Americana")

  • Escuela de Mandarines (1974) (Premio Ciudad de Barcelona)

  • La tríbada falsaria (1980)

  • La tríbada confusa (publicada póstumamente en 1984)

  • Tríbada. Theologiae Tractatus (edición conjunta de "La tríbada falsaria" y "La tríbada confusa", publicada póstumamente en 1987)

  • Asklepios, el último griego (publicada póstumamente en 1985)

  • La fea burguesía (1990)

  • Canciones y decires (2004)

  • Historia del Eremita (2012)

  • Cartas a Mercedes (2017)

También dejó obras inéditas como "Prometeo encadenado", "Conversaciones con Europeus" o "Forma y Revelación del Mundo". Gonzalo Sobejano tiene por épica Escuela de Mandarines, la primera novela de Espinosa; por dramática, Tríbada; y por lírica, Asklepios, el último griego, a la que dedicó atención en Insula (Marzo 1985).

MALABARISMOS DE JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN

MALABARISMOS DE JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN

Cábalas y Cuentos desobedientes

La Cábala o Kábala es una tradición mística judía que busca descubrir las dimensiones ocultas de Dios y de su creación a través de interpretaciones esotéricas de las Biblia hebrea (Tanaj), jugando con los valores numéricos de sus letras hebreas (gematría) y con otros símbolos. Los dígitos son clave en su sistema de comprensión. Aunque sus orígenes son antiquísimos y están asociados a diversas teosofías del Medio Oriente (Siria y Persia), al mazdeísmo, al parsismo, al maniqueísmo…, la Cábala no se ordenó hasta los tiempos medios y fue un judío español, Moisés de León, quien la sistematizó en el Zohar, escrito del siglo XIII.

Tanto en la Cábala como en la Gnosis, la eternidad se identifica con un Dios oculto o Padre ignoto (Páter agnostos) del que emanan espíritus buenos y maléficos (devas). Me consta que estas “quisicosas” gustan a Josefina Martos Peregrín, la escritora de Cuentos Desobedientes (2024), cincuenta relatos cortos, ni uno más ni uno menos, en los que las gatas piensan, los animales se conjuran y hermanan con las flores, los muertos resucitan para demostrar que existe el más allá, los que aman mucho recuerdan bastante y no suelen anticipar la vejez, Caperucita sueña con ser loba esteparia sin lograrlo, niños avispados se plantean dilemas morales, entes de razón maduros se pelean con su sombra…, y hasta deambulan por estas páginas bichos raros, como “miraciagos” de mortal aguijón y una bicha diabla en busca del éxtasis, sueños que se traga el sumidero urbano “como desaparece lo visible devorado siempre por lo invisible”…

Mas en “Tiempo al tiempo” sostiene la autora que Ícaro, el temerario hijo de Dédalo, no murió por querer volar demasiado alto, sino que tuvo la suerte, cuando cayó al mar, de que una sirena se prendara de su apostura y besara sus carnes morenas, siendo así que curó sus heridas con bálsamo de perlas y emplastos de lava recién fundida. Revela Josefina que “se amaron, procrearon y dieron inicio a una estirpe de criaturas apasionadas por deseos imposibles”. Sucedió tánto porque los griegos nunca creyeron en la esterilidad de los híbridos, y por eso poblaron el mundo con formas mixtas, fecuntas y extravagantes.

 Algunos de estos relatos tan bien contados se elevan en angelical vuelo de prosa poética (“Música en vuelo”), otros reivindican la existencia real de ogros y brujas perversas, la existencia del Mal, nada banal (“Dicen que no existen”). No falta una diatriba contra pedantes engreídos, esos “estúpidos adulterados por el estudio” (Unamuno) que enseñan los “entresijos del remilgo” y “amerengan el gesto” y se agotan en las universidades "escalando pedestales para nada", con enpaque grandilocuente, y que acaban asemejándose a los políticos, con quienes comparten secretamente la máxima de tapar un error con otro mayor. Engreimiento y nula capacidad autocrítica también emparenta a ambos gremios, como su continuo afán por pasmar al prójimo y su extremado gusto por el disfraz y la máscara. ¡Pobrecitos!, se lamenta nuestra autora, pues no los envidia, antes los compadece: ¡Bastante tienen con ser como son!

En su Introducción, Josefina Martos cuenta entre otros esoterismos que el número siete es número que propicia la introspección y la sabiduría. En verdad, Josefina no acepta más reglas que las del juego, de ahí que esta colección añade a sus relatos unos curiosos malabarismos en su segunda parte.

Aventurismos y Rescates

El juego es una cosa seria, no solo en la infancia, ¿acaso no somos el animal que puede seguir jugando hasta las ultimidades de la vida? Y tal vez aún después. El juego –como dice Josefina– requiere pasión y acatamiento del código. Me resultan éticamente sospechosos los que no quieren jugar o no saben perder en el juego; y necios quienes juegan por dinero y no por el placer de jugar, el de medir y medirse en el juego.

Las  prestidigitaciones verbales de Josefina son de dos clases: los aventurismos, textos con palabras que, como su título, contienen las cinco vocales y los Rescates. Estos tejemanejes con palabras tienen su tradición literaria, experimental y próxima al Surrealismo y a la Patafísica. Su piedra angular es la restricción, la limitación voluntaria como estímulo creativo. Su antecedente histórico en el Taller de literatura potencial, movimiento iniciado en París en 1960 bajo el liderazgo del escritor Raymond Queneau y del matemático François Le Lionnais. Diré de paso que algunos autores españoles, antes que Josefina, tuvieron relación con el humorismo subversivo del taller OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), tal el caso de Joan Miró y Fernando Arrabal, este último ha sido miembro activo del Collège de Pataphysique y nombrado "Transcendente Sátrapa". Su obra, caracterizada por el humor negro, lo absurdo, la provocación y la exploración de temas tabúes, se alinea claramente con los principios patafísicos. En la actualidad Enrique Vila-Matas ha mostrado una sensibilidad próxima a la metaliteratura y al espíritu humorístico de la patafísica.

Otra habilidad que debemos agradecer a Josefina es la de recuperar en sus “Rescates” hermosas palabras olvidadas, “vocablos arqueológicos” que le “chalan”. Me he propuesto mandarle a Mónica Fernández-Aceytuno, escritora, bióloga y académica de la naturaleza, aquellas expresiones que refieren a realidades naturales y medioambientales. Mónica lleva años recopilando con gracia las voces olvidadas del campo nuestro y de nuestro horizonte natural, ese “campo de sentido” –que diría Markus Gabriel– en el que habitamos incómodos sin darnos mucha cuenta de que es nuestro útero verdadero, sin pararnos a contemplar sus enigmas, admirados y agradecidos.

Palabras como “zarzaganillo”, diminutivo de zarzagán, que es el viento cierzo que causa tempestades o provoca un “argavieso”, que es un turbión o aguacero fuerte, de esos que producen el “barrujo”, acumulación de hojas secas de pino que suelen cubrir el suelo de los pinares. Allí donde entre montes corta el “congosto” (desfiladero) que conviene dar de lado como “alcorce” (atajo). Nombres que son alhajas para el poeta barroco, como “neomenia”, primer día de la luna nueva, que usa Josefina como título de su quinto “rescate”.

No se muestra la autora “saturnina”, sino más bien inventiva, satírica, algo melancólica a veces, pero también jovial en sus sofisticados juegos malabares. Me permitiré aquí reproducir dos de sus “aventurismos” para diversión y solaz del lector inteligente:

CAPERUCITOS ROJOS

Abrenuncio de los republicanos que comunistean mientras configúranse un auténtico pijoestatus, de su entusiasmo discurseador, de sus cachiruleos y buhonerías, de sus alusiones a la depuración, fusiladores desubicados, aburridores de la concurrencia, caperucitos cabecihuecos.

Bien cumplimentado sea su infernáculo y a ellos los burocratice un dictadorzuelo freudiano y regulativo, urticáceo y curialesco.

 

EL DESEO

Eufrasio, el butifarrero, a la cincuentona teutónica, que recién había enviudado, persuasivo le dijo:

– Vuestra volumetría en desnudación quisiera.

Ella, irresoluta pero sin ruborizarse:

– Lengüilargo sois.

– Y presunciosa vos.

– Y vos demasiado barbiluengo.

– Sea, pero ¿copularéis conmigo?

– Lunaciones habrá y se verá…

– ¿Así me torturaréis?

– Andá a hacer abluciones, que ya me estáis aburriendo!

– Culihermosa, si con vos no interactúo, pulverizado me veo.

 

MONELLE Y SCHWOB

MONELLE Y SCHWOB

SINOUSÍA

Una ramerilla consuela al intelectual arruinado. No sólo le murmura al oído, también le instruye... Le anima a destruir cosas para hacer lugar a las almas, revelando que los escombros del bien y de mal son similares. Toda creación proviene de la destrucción. Es lástima, es horror, que para lograr la bondad superior haya que aniquilar la bondad inferior, pero no es posible hacer una tortilla sin romper un huevo. Toda construcción está hecha de ruinas.

Monelle, la pequeña prostituta, habla de la (trans)formación y de cómo las almas desechan las formas antiguas, así como las serpientes sus viejas pieles. Un nuevo dios sustituye el viejo. Es el dios del momento; manda que dejes ir a tu yo al capricho del instante, porque todo pensar y decir es contradicción. Sus susurros figuran el nadismo simbólico, su esplín.

Todo deseo que dura, ¿no desespera? Por eso hay que pagar para que nos llegue pronto el producto de los grandes almacenes. Mata el deseo, no esperes, que no crezca.

"Toda sinceridad que dura es mentira" –confiesa con franqueza Monelle. Sin embargo, ¡ay!, todo momento, pauta de lo eterno, es a la vez cuna y ataúd.

"Sé como las rosas: ofrece tus pétalos para que los arranquen las voluptuosidades y las pisoteen los dolores. // Que todo éxtasis esté en ti agonizante y que toda voluptuosidad desee morir. // Que todo dolor sea en ti como el paso de un insecto que va a volar. No te cierres sobre el insecto roedor. No te enamores de esos cárabos negros".

Ningunos tan pioneros en primavera como los escarabajos de sudario, mejores voladores de lo que podría parecer a la vista de sus élitros primeros, endurecidos. ¡No te enamores tampoco de las cetonia dorada, aunque fascinase a Jung!

Impera Monelle y nos recuerda el mandato senequista: "No resistas a la naturaleza", o la naturaleza te arrastrará. "Considera toda cosa incierta como viviente y toda cosa segura como muerta".

¿Cómo sabe tanto esta joven furcia? Su alma se ha fundido con la de Marcel Schwob. Llamemos a esa fusión de almas  Sinousía. ¿La jovencita es devota del Amor fati? Sólo anhelante infantil de asombros. Tal vez por eso pide que reflexionemos sobre el crecimiento de nuestras uñas (mejor que sobre lo que contienen las de la mujer violada que arañó a la bestia). Y desecha el mandamiento délfico, por eso dice: "no te conozcas a ti mismo..., olvídate de ti mismo". Mas llama la atención sobre lo que importa, ese momento de plenitud, tras el cual Monelle queda en silencio y triste, pues ha de regresar al seno de la noche.

Las hermanas de Monelle protagonizan relatos significativos, facetas de su espíritu, de su infancia perdida, de su infructuosa campaña de sentido. Egoísta, voluptuosa, perversa, decepcionada como quien espera arrivar al País de los milagros y, salvaje, enamorada fiel, predestinada, soñadora...

Como Marjolaine, que es hija de un padre narrador y constructor de sueños que le deja como heredad siete cántaros de arcilla descoloridos sobre el hogar, que ella supone llenos de misterios dichosos y de genios poderosos. No deja de admirar estas piezas que dejó su padre al morir por todo legado, semejantes a un arco-iris hueco, que tal vez contuvieren frutos de rubí, ciruelas de amatista, cerezas de granate, membrillos de topacio, racimos de ópalo y bayas de diamantes. Pudiere ser que la enigmática Lilith hubiera volcado todo el cielo del Paraíso en el último de los cántaros...

La nodriza anima una y otra vez a que Marjolaine case con Juan, un chico honrado que la pretende, pero la soñadora espera a un príncipe. "Cásate con Juan y lo harás príncipe" –dice el ama sagaz. La joven se negaba y durante el día le parecía oír gemir y cantar los sueños que contenían los siete cántaros. Y durante la noche arrojaba granos de arena sobre esas tinajas para conjurar sus secretos.

Juan dejó de visitarla y la nodriza murió. Marjolaine envejeció... Hasta que...

"una noche de luna llena la soñadora se levantó y cogió un martillo como una asesina. Golpeó furiosamente los seis primeros cántaros; por su frente corría un sudor de angustia. Los recipientes crujieron y se abrieron: estaban vacíos. Vaciló frente al cántaro en que Lilith había volcado el Paraíso violeta; luego, lo asesinó como a los otros. Entre los despojos rodó una rosa seca y gris de Jericó. Cuando Marjolaine quiso hacerla florecer, se dehizo en polvo".

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Muy diferente de Marjolaine fue, como insensible, la princesa Morgana, que no cesaba de mirarse en los espejos. No amaba a nadie y deseaba amarse a sí misma; cuando miraba a otros, en sus miradas se observaba a sí misma, aunque sabía que los dobles amenazan de muerte, que del espejo de Ilsée salió otra Ilsée que mató a la anterior, pero ella no teme a su imagen, pues, cándida y velada, la crueldad y la voluptuosidad le son desconocidas. Las pesadas capas de azogue no muestran a Morgana como es en realidad. Ella quiere reconocerse del todo para amarse infinitamente.

Los agrománticos de su país le fabricaron un espejo negro y líquido (black mirror) en el que Morgana ve una posada blanca que guarda un espejo definitivo, con tres ventanas. De una de ellas cuelga un gran anillo de bronce...

No acabaríamos estas anotaciones si relatáramos las vicisitudes del largo viaje que la princesa hizo a Occidente con un cortejo nutrido y buena bolsa, en una litera cuyas paredes interiores estaban cubiertas de espejos preciosos. 

Por fin, tras muchas penalidades y frustraciones, a la entrada de un desierto descubrió la Posada del anillo. En su interior se había cometido un crimen sacrílego. Tras derribar un tabique, Morgana descubrió una fuente de cobre batido, llena de sangre líquida que cotempló con ardorosa mirada...

Nadie sabe qué vio la princesa en el espejo de la sangre, pero con el tiempo se la llamó Morgana la Roja, famosa cortesana y terrible degolladora de hombres.

***

Monelle, sublimada por el genio simbolista de Marcel Schwob, escritor de escritores, como carcelera y como enfermera, duerme con los labios entreabiertos sin cesar de pronunciar buenas palabras. Cuando el escritor la vio por primera vez, en sus ojos de agua se movían los pensares como sombras de plantas. Tejía su capullo como un gusanillo con lo que amaba, pequeña urna sedosa en la que se acurrucaba contra lo invisible.

Schwob (1867-1905), adorado por los surrealistas, maestro de la estética simbolista, enfermizo y extravagante al que servía un criado chino... Apollinaire le describe rodeado de perritos pequineses, ya mayor, como un Napoleón derrotado. Enorme erudito, excelente traductor de Shakespeare, se miraba en François Villon, alma rebelde del siglo XV, pícaro de pluma de oro, el poeta mendigo que sentía predilección por los marginados, humildes, descastados...

Por eso Schwob desea un Reino Rojo en el que todas las prostitutas sean libres y muchas jovencitas se harten de golosinas y de lujuria. Un país en el que mujeres de ojos ennegrecidos lloran sobre embarcaciones cargadas de opio y varios piratas entierran en islas remotas cofres cargados de esmeraldas. Lo malo es que amanece y clarea..., y despierta en medio de las tinieblas de un Reino Regro poblado de reyes que se creen reyes y que lo obscurecen con sus obras y mandatos.

Pero Monelle exige un Reino Blanco que su inocencia conoce. Así que Marcel olvida y su inteligencia se torna profundamente cándida y pregunta dónde está la llave del Reino Blanco. Sin embargo, la que le hablaba dentro de su cabeza permanece taciturna. Resucitada como Louvette nos hace saber que "ha llegado el tiempo en que la mentira ocupa el lugar de la verdad" y nos estimula a ser felices con las mentiras enseñando la ignorancia, la ilusión y el asombro del niño recién nacido.

Entre muchos niños blancos, Louvette cuenta el arte de asombrarse sin parar con cada florecilla que brota, nueva, en los campos verdes...

"Para nosotros, todo deseo es nuevo y no deseamos sino el momento feliz"

A pesar de la tentación de entregarse por completo al olvido, en el último momento Louvette recordó y reconoció a Marcel...,

"prefiriendo amar y sufrir, vino a mí con su blanco vestido y los dos huimos a través del campo."

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El Libro de Monelle se publicó en 1894. La obra (1894) fue consecuencia de la muerte de Louise, prostituta ocasional, de la cual Monelle es encarnación literaria. Schwob la trató durante años. La conoció con doce y Lousie murió de tuberculosis con 25, en 1893.

Schwob compuso una serie de cuentos para ella, que se fueron volviendo más obscuros con la agravación de su enfermedad, son las prosas proféticas de tiembre profético que conforman el libro, abierto en su final, que he citado, a un atisbo de esperanza.

EL MONO AZUL

EL MONO AZUL

Conocía a Aquilino Duque Gimeno (1931-2021) por sus ensayos, publicados bajo el título de El suicidio de la modernidad (1984). Me sorprendió su hábil empeño en nadar contracorriente y la rotundidad categórica de sus juicios: "El nihilismo de la juventud respondona se ha disuelto en el hedonismo de la burguesía permisiva". Su revisión crítica de la cultura contemporánea no deja títere con cabeza y ha sido acusada de reaccionaria: "Para el pueblo la libertad es el derecho a orar, para la masa el derecho a embestir y para el hombre el derecho a pensar". Parafrasea en esto a don Antonio Machado que habló de esa "España inferior que ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza"... Aquilino matiza:"El pueblo nunca ora y embiste a la vez; cuando embiste no ora y cuando ora no embiste".

Su denuncia del "fetichismo igualitario" y chabacano me pareció entonces acertada: "La sed de instrucción es por sí una sed aristocrática". Sevillano y cosmopolita, Aquilino explicaba cómo hoy se tergiversa a Nietzsche para no irritar a los borregos del rebaño socialista ni a las ovejas del cristiano, y por eso se lo convierte en precursor del rebaño anarco-hedonista.

Es interesante su tesis sobre las bombas atómicas lanzadas por Usamérica. Según Aquilino no fueron lanzadas para obligar al Japón a rendirse, cosa que ya desde abril intentaba el Emperador nipón a través de su embajador en Moscú, sino para hacer de la victoria en el Pacífico una victoria exclusivamente americana, pues ya Stalin pensaba intervenir y reclamar a costa de Japón lo que había obtenido a costa de Alemania...

"Las bombas atómicas fueron, pues, dos advertencias a Rusia, dos recordatorios del poderío militar norteamericano en el enfrentamiento que fatalmente se avecinaba entre la patria del socialismo y la del capitalismo."

Aquilino Duque es un autor incómodo tanto por su inteligencia como por la contundencia hiperbólica de su prosa, tan andaluza. No se casa con nadie, es un lobo solitario que armoniza la ironía socrática con la guasa andaluza, llevándola a veces al sarcasmo. Adopta la distancia del erudito con una severidad moral inusual, por ejemplo cuando compara la decadencia de Roma con la de las democracias actuales, según las causas señaladas por Gibbon: el descrédito de la dignidad y santidad del hogar familiar y el aumento de divorcios; el aumento de los impuestos y su gasto en pan y circo (o subvenciones y espectáculo); la obsesión por el placer y el carácter brutal de los deportes; la acumulación demencial de armamento con el enemigo ya dentro; la descomposición de la religión...

Aquilino piensa por su cuenta y riesgo, ácido e inconformista.

Espigué luego algún poema suyo:

<< Realidades

No es posible que todo salga bien. / La vida es lucha y el pasado un cuento / contado por un tonto. / Uno acierta una vez de cada cien, / y no por ser más rápido o más lento / se sale antes o se llega pronto. // La gente es lo que es; no nos hagamos / con ella muchas ilusiones, / que para llamar jefes a los amos / se han inventado las revoluciones. // ¿La fe? Sí, por supuesto. / Y la esperanza. Y el amor. / Y andar por esos mundos con lo puesto, / y ser buen perdedor >>

Y hete aquí que desmantelando la biblioteca de mi cuñado Nicolás Trillo, que en paz descanse, he encontrado una novela del autor sevillano El mono azul (1974) que fue finalista del Premio Nadal y galardonada con el Premio nacional de Literatura. Umbral dijo de esta que es "resumen de la mejor prosa española", al menos de aquella, de la de su tiempo, está por ver que la de este siglo sea mejor.

El mono azul retrata la vida de un círculo de personas, de arriba y de abajo, jornaleros y señoritos, antes y durante la guerra civil española. Me ha dejado prendado la trajedia de Tobalo, un pastor que esculpe en sus ocios figurillas de animales con navaja y corcho, contento con su suerte y fiel a sus señores, al que su salvaje hermano integra en el frente rojo y que, por ver a su madre, deserta y se pasa a la zona "nacional" y al fin es fusilado sin contemplaciones, sin la piedad y el perdón que pidió Azaña al final de sus días...

El mono azul es un símbolo. Cuando estalla el conflicto incivil la ciudad (Sevilla) se llena de camisas de diversos colores y circular por ella es jugar a la ruleta, a la rusa, pues no se sabe el color que priva en cada barrio y te juegas la vida en ello, "afortunadamente había una prenda ambigua, genérica, el mono azul, válida para tirios y troyanos". Era pues el mono azul...

"uniforme común de vendedores y vencidos, prenda que igualaba y nivelaba al que iba a matar y al que iba a morir y al que no sabía su suerte y que en todo caso no quería ensuciarse sus mejores ropas. El mono azul era el hábito de una cofradía, de una hermandad, de una fraternidad de víctimas y victimarios. No importaba que se rompiera o se manchara; era a la vez mortaja y traje de faena, y el que lo llevaba sentía como si al despojarse con su ropa de paisano, de sus escrúpulos civiles, dejara de ser quien era para ser otro, un hombre nuevo, el de la nueva era o la España nueva...".

La guerra es para Aquilino el disparate por antonomasia. Ya Erasmo decía que es tan mala que la hacen mejor lo peores, como el oportunista y cruel hermano de Tobalo que le arrastra a la matanza, o el falangista estúpido que gallea y pistolea para olvidar sus impotencias y que no hace nada por el inocente Tobalo, al que colocan un mono azul para fusilarlo.

– "¡Quiera Dios que en España nadie tenga que ponerse más un mono azul!" –acaba diciendo el protagonista Ignacio. Ni para salvar la vida ni para perderla.

(Ilustración generada por Copilot, Bing IA)

CEREZAS RUBÍ DE GABRIEL MIRÓ

CEREZAS RUBÍ DE GABRIEL MIRÓ

"¡Adónde huye nuestra piedad!"

"¿Señor, es que duerme siempre en nuestras entrañas una hez abyecta de crueldades?"

Gabriel Miró. Las cerezas del cementerio, 1910.

 

La obra de Gabriel Miró (1879-1930) encuadrada en la generación novecentista, supera el viejo realismo decimonónico, lo trasciende a través de un lirismo descriptivo y narrativo originalísimo, muy personal.

Poco importa que el decadente mundo del caciquismo, universo rural de patricios y siervos, amos y criados, con la burla amable hacia el clero, aún sirva de marco a sus tramas novelescas, en las que importan sobre todo las relaciones personales, en cuya comunicación doméstica e íntima renace y se explora la hiperestesia romántica.

Miró no escribe novela de tesis social. Se ocupa de de sentimientos complejos y encontrados, de la belleza y de la fealdad, de la piedad y de la crueldad. Fue víctima el escritor alicantino de una injusta crítica de Ortega, quien también dificultó su acceso a la Academia, y cuya candidatura presentó Azorín. Valle-Inclán y Juan Ramón contradijeron al gran filósofo y defendieron la calidad de la obra de Miró, que hoy merece ser tenido por un clásico. Y no sólo por su novela El obispo leproso, que escandalizó al integrismo católico más reaccionario.

En el caso de Las cerezas del cementerio esta mística de amores, a la mujer eterna y a la naturaleza -madre o madrina o madrastra-  toma la figura del señorito levantino Félix Valdivia y de sus arrebatos con una mujer mayor malcasada, Beatriz, y una prima. En el misticismo naturalista (acaso de inspiración nietzscheana) de Miró se oyen también los ecos de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Gabriel Miró es un fino estilista, un orfebre de la lengua, sobre todo en las descripciones de luces, ambientes camperos y paisajes interiores, entendiendo por tales paisajes igualmente los estados de ánimo y las ánimas de sus personajes. Estudió la psicología de su época (cita a Binet).

Se entrega en esta obra, primera novela de su madurez literaria, a un afiligranado regodeo estético. Narrador omnisciente, Miró no se conforma con emplear un léxico rico, para cada cosa su nombre preciso, sea hierba o mueble, como gálbulos se llaman los frutos de los cipreses y plato macerina el que contiene una jícara para el chocolate en su centro..., sino que también rescata nombres castizos y hasta se permite emplear verbos procedentes del latín sin registro oficial como "bauvear", e. d., quejarse los perros.

La lechuza (glaux, en griego) ve en lo obscuro con ojos fosforescentes, es decir "glaucos". Emblema de la Sabiduría, pajarraco de Atenea son la lechuza o el mochuelo. Dijo don Miguel de Unamuno que Gabriel Miró tenía una mirada glauca, de mochuelo... Lo comprobó en una visita que hicieron juntos al monasterio de Poblet. Porque la mirada clara y serena del escritor levantino ilumina cuanto mira con luz difusa, interiorista.

"Ilumina con sus ojos el ámbito tenebroso en que se mueve".

El de las figuras que hiñe, que amasa como si fueran paisajes (Unamuno. Prólogo a Las cerezas del cementerio).

Nota bene

Sobre esta novela escribió También Juan Poz en su bitácora (blog): "Diario de un artista desencajado".

Sobre la desafortunada crítica de Ortega cfr. "De cómo Ortega malentendió a Miró", Guillermo Laín Corona; https://revistas.uned.es/index.php/EPOS/article/view/17383

 

 

LIBRE Y DESDICHADO

LIBRE Y DESDICHADO

¿Cómo podemos recordar que se nos ha olvidado algo?

Con esta extraña pregunta de difícil respuesta acaba la curiosa novela, y muy traducida a otros idiomas, de Félix de Azúa Historia de un idiota contada por él mismo (1986).

Boga su autor con independencia, como la que le ha hecho abandonar las columnas del periódico convertido en hoja parroquial de la secta política en el poder.

El protagonista se embarca en una trágica investigación sobre la felicidad, a la que buca en el amor, en la especulación filosófica, en la creación artística. La conclusión es negativa. Es el miedo a la insignificancia lo que nos mueve locamente a buscar la felicidad, el miedo a la muerte, pero de esta trágica experiencia de no hallarla se sigue una interesante moraleja: Hay que prestar atención a lo que se ENCUENTRA y no a lo que se BUSCA.

Novela de ideas, de humor, de formación y generacional, el ingenio de Azúa brilla y tiene algo que ver con el cabreo o con la angustia elegante del desengañado, del que no confía en panaceas eróticas ni en utopías políticas.

Algunos críticos, como Josan Hatero tienen está Historia de un idiota... por la mejor obra de Azúa. Es difícil que su despiadada comicidad te deje indiferente, y no obstante hay también en ella ciertos arrebatos poéticos. No por casualidad Félix de Azúa fue uno de los Novísimos de la famosa antología editada por J. M. Castellet, de lo cual se burla también el "Idiota", cuyos sarcasmos delatan la incomunicación del hombre contemporáneo, las paradojas del poder y la miseria de los famosos.

La investigación sobre el contenido de la felicidad a la que se entrega el Idiota acaba concluyendo con que a los humanes sólo nos interesa lo negativo:

"Mundos felices, sociedades felices, humanidad feliz, cultura de la felicidad; este es el contenido de la guerra, de la explotación, de la estafa, de la destrucción. Estás son las banderas de brillantes colores que preceden a las columnas de esclavos camino de su exterminio".

El protagonista abomina del contenido de la felicidad, ese cebo con el que nos engatusa el aspirante a tirano. Prefiere considerarse un hombre LIBRE Y DESDICHADO, eso sí, ¡con la capacidad de asombro intacta!