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La dignidad del periodismo. Ryszard Kapuschinski

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Mi descubrimiento de la obra de Ryszard Kapuscinski (tbn. RK, desde ahora) fue remoralizador, estimulante. El negocio de los medios masivos de comunicación y la política han rebajado el periodismo a maledicencia y propaganda. Obviamente, el periodismo pudo y podría ser otra cosa. La obra de RK así lo confirma. RK realizó durante toda su vida (1932-2007) un periodismo digno. Cubrió como corresponsal casi treinta guerras, escribió casi tantos libros, enfermó de malaria, arriesgó su vida.

Mi primer contacto con su obra fue El Imperio (1993), un trepidante reportaje del viaje realizado por su autor, de aquí para allá, por los confines y el corazón de la antigua Unión Soviética entre 1989 y 1991. En esos años en que “el Imperio” presentaba ya síntomas de derrumbe, RK visitó quince repúblicas y habló con cientos de sus ciudadanos acerca de la experiencia del terror de Estado y la dictadura comunista. La obra refiere también a experiencias más antiguas (1939-1967) vividas por quien –como ciudadano polaco- se educó tras el “telón de acero”.

Pero el libro es más que un reportaje periodístico. La sencillez de su prosa de cronista, cronista de una catástrofe cósmica o –por lo menos- mundial, atenta al acontecimiento, convierte la anécdota en categoría. Nos hace pensar en aquella vieja interpretación de la filosofía como narración de viajeros, que han aprendido que el mundo es plural, que las culturas son muchas, abandonando el horizonte reducido de su aldea… La obra es también una reflexión sobre la historia reciente que aporta una prospectiva inquietante de algunos de nuestros más acuciantes problemas:

“El XX no sólo es el siglo de los totalitarismos y de las guerras mundiales sino también la mayor época de descolonización en toda la historia: en el mapa del mundo aparecen más de cien países nuevos, continentes enteros conquistan la independencia, al menos formal. Nace el tercer mundo y comienza una gran explosión demográfica: la población de los países poco desarrollados crece a un ritmo tres veces superior que la de los países ricos, fenómeno que da lugar a un sinfín de problemas que serán motivo de preocupación en el siglo XXI.

»El mismo proceso de expansión del Tercer Mundo, que había causado el desmoronamiento de los imperios coloniales de Inglaterra, Francia y Portugal, ya se dejaba sentir también en el interior del último imperio colonial de la tierra: la URSS. A finales de los años ochenta, cuando la población no rusa de este Estado constituía casi la mitad del total de sus habitantes, el noventa y cinco por ciento de la élite del poder lo formaban rusos o rusificados representantes de las minorías nacionales. Sólo era cuestión de tiempo que dichas minorías, cada vez más conscientes de tal estado de cosas, empezasen a formular reivindicaciones de emancipación”.

Ryszard Kapuscinski cita también a autores perfectamente desconocidos para nosotros, como el filósofo ruso Vladímir Soloviov: “La contraposición de las dos culturas, la oriental y la occidental, ya se dibujó nítidamente en el comienzo mismo de la historia de la humanidad. Mientras Oriente construía los fundamentos de su cultura sobre una obediencia incondicional del hombre a una fuerza suprema, a lo sobrenatural, en Occidente, por el contrario, el hombre dependía de su propio ingenio, que lo alentaba a acometer toda clase de empresas creadoras”.

Ulises frente a Jomeini. La libertad del examen racional (skeptomai, de donde escepticismo) frente al totalitarismo de la verdad dictada por el Innombrable; ciudadano frente a súbdito (sub-dictum). Oriente siempre corre el riesgo de abismarse en la tiranía, Occidente, el riesgo de abismarse en el nihilismo.

El mismo libro de RK debería ser una prueba a contrario de lo que él llama “la terrible inutilidad del sufrimiento”, pues si bien es cierto que sólo el amor deja su obra, también lo puede hacer movido por la compasión. Su autor nos previene: “Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes: La primera es la plaga del nacionalismo. La segunda es la plaga del racismo. Y la tercera es la plaga del fundamentalismo religioso. Las tres tienen un mismo rasgo, un denominador común: la irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una mente tocada por cualquiera de estas plagas”.

En esta obra se cuentan tremendas catástrofes ecológicas promovidas por la planificación imperial y el interés ruso, como la destrucción del Mar de Aral, en el Turquestán. Stalin reprimió a ingentes masas del campesinado de Asia Central, y sustituyó al clero musulmán por la inteligencia rusa del Centro y los rusificados locales, burócratas y activistas políticos. Luego, los cerebros del Kremlin decidieron que había que convertir las fértiles vegas de los ríos que nutren el mar de Aral en un inmenso campo de algodón para que no faltara este material a la industria textil soviética, donde imperaba un sutil equilibrio de siglos, hecho de biodiversidad, donde crecían nogales, grosellas, albaricoqueros, prados para el ganado, arrozales o campos de trigo, y en primavera vistosas flores… ahora sólo crecería el algodón que el imperio necesitaba. “Aviones y helicópteros sobrevolaban aquellos pueblecitos hundidos en el algodón, tirando sobre ellos aludes de abonos químicos: nubarrones de pesticidas tóxicos. La gente se ahogaba, no tenía con qué respirar, se quedaba ciega”… Millones de personas trabajando a la fuerza y por miedo.

Crónica del miedo, una emoción más antigua y fuerte que el odio. Las aguas del Syr-daria y del Amu-daria, que nutrían el mar de Aral fueron despilfarradas, a lo largo de más de tres mil kilómetros, desparramadas por los campos de algodón de un desierto infinito, y el mar se convirtió en un lodazal pestilente. Pueblos como Muinak, antaño de pescadores, se levantan ahora en medio del desierto, un desierto de tres millones de hectáreas, el mar se retiró setenta, ochenta kilómetros, es tal vez la mitad de lo que fue, la mitad de la gente ha tenido que marcharse, y muchos de los que quedan están enfermosm las ventiscas y tormentas de arena remueven los venenos que los ríos arrastraron hasta el mar.

Le hablé a mi amigo X de la impresión que me causó este libro. Y tuvo el detalle de regalarme Ébano, un reportaje de África, ese continente tan fascinante como miserable. Me gustó. Y hace poco me regalé con la lectura de Viajes con Herodoto (2004), obra otoñal, mitad reportaje periodístico y viajero (China, India, otra vez África), mitad comentario de los libros del historiador griego, como un homenaje del autor a su arcano maestro.

RK ha probado que el periodismo puede ser otra cosa próxima a la gran Literatura, la clásica e inmortal, excelente literatura la de este infatigable periodista, muy justamente premiado con el Príncipe de Asturias.

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22/06/2009 09:51 José Biedma López Enlace permanente. Periodismo No hay comentarios. Comentar.


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