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In Cold Blood

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¿Puede pasar un reportaje por una novela? Desde luego. Es el caso de A sangre fría, que Truman Capote escribió tras cinco años de intensa investigación y cuyo argumento se ha llevado varias veces a la pantalla. La he leído en la excelente traducción de Jesús Zulaika para Anagrama (Barcelona, 2007). Creo que los reportajes periodísticos de Ryszard Kapuściński (Imperio, Ébano…) contienen más poesía y ficción que esta notable obra del escritor de Nueva Orleans con la que renovó tanto la novela ("novela testimonio") como el periodismo ("reportaje novelado") creando, por así decirlo, un subgénero mixto.

No es la poesía de las grandes praderas sureñas lo que le interesa al autor de In Cold Blood (Nueva york, 1965). “Non fiction novel” –dijo de ella Truman Capote-. La realidad supera a la ficción, estremeciéndonos la mera descripción de los salvajes hechos, ante su dimensión trágica. Una excelente familia de Kansas, trabajadora, cívica y cristiana, es asesinada el 15 de noviembre de 1959 por un puñado de dólares, una radio y unos prismáticos.

Lo sorprendente de la “novela” es que acabamos familiarizándonos más con los asesinos, -con la trivialidad del mal, que diría Hannah Arendt-, que con el terrible destino de las víctimas. A "Capote" (nombre artístico tomado por Truman Streckfus Persons, 1924-1984, de su padrastro cubano) le criticaron por haberse implicado demasiado personalmente con uno de los asesinos, Perry Smith. La acusación seguramente resultaba más maliciosa aún dada la condición homosexual del autor. Sin embargo, al final, y teniendo en cuenta los antecedentes familiares, psicológicos y sociales de los dos desgraciados que les roban la vida a los honrados y civilizados granjeros, todo se explica, pero nada se justifica. O solo, tal vez, se justifica bien que Dick y Perry sean ahorcados cinco años y pico después de sus horrendos crímenes, tras apelar sin éxito a los tribunales.

La descripción y penetración psicológica en los personajes es magistral. El Sr. Clutter, por ejemplo, poseía una impávida seguridad en sí mismo que lo hacía especial, pero que, al mismo tiempo que generaba respeto, limitaba un tanto el afecto que le profesaban sus semejantes. Los Clutter, bien integrados y sobresalientes en su comunidad, pertenecen a un mundo que contrasta vivamente con el de nómados desarraigados al que pertenecen sus asesinos.

De Perry, el mejor representado de los criminales, un chico abandonado, medio indio y lisiado por un accidente de moto, se dice que “sin ser amable, era sentimental”. No carece de sentido estético y guarda celosamente los documentos que simbolizan sus principales vivencias. Él y Dick, su compinche, no tiene nada de tontos. No son malos por ignorantes. Razonan bien y son capaces de exponer su pensamiento con fluidez, oral y por escrito.

Como la ciencia, la narración de Capote parece asumir la objetividad como principio regulativo. Por supuesto, se trata solo de un ideal, de un desideratum. Sobresale allí una perspectiva privilegiada, la del detective Dewey, que se rompe la cabeza buscando pistas y tratando de resolver el crimen múltiple. Es un ejemplo de profesional abnegado, siempre dispuesto a sacrificar su ocio y a olvidarse de la familia para atrapar a los asesinos y proteger a la comunidad.

Cuando tenga todos los elementos y los conozca, acabará pensando que el crimen es un accidente psicológico, un acto virtualmente impersonal, como si a las víctimas las hubiese matado un rayo o arrastrado la corriente de un río desmadrado. Pero su psicologismo, muy propio de la época en que la obra fue escrita, no le impide horrorizarse con el terror y el sufrimiento que imagina soportaron las víctimas.

He aquí –a mi juicio- el mérito de la novela de Capote. Ofrece una exhaustiva explicación psicológica, pero no a costa de oscurecer con ella el fondo moral del asunto, no a costa de hacer pasar la explicación por una justificación ética. La explicación y el problema moral conviven en tensión, pero no como una alternativa excluyente.

Su reportaje ofrece al criminalista un buen esquema del perfil común del asesino múltiple: violencia extrema en la infancia, privaciones emocionales, falta de uno o de ambos progenitores, vida familiar caótica, trastornos en la estructura del afecto, disociación de la rabia y los actos violentos (“a sangre fría”), relaciones personales superficiales, soledad, aislamiento, nada de culpa, ni de remordimientos, ni de depresión…, sus víctimas como figuras claves en alguna configuración traumática del pasado, pérdida del contacto con la realidad, debilidad en el control de los impulsos…

Dewey acaba mirando al asesino sine ira, incluso con cierto sentimiento de piedad solidaria,

“porque la vida de Perry Smith no había sido un lecho de rosas sino una vida patética: un sombrío y solitario proceso de persecución de un espejismo tras otro”.

Sin embargo, ese sentimiento no se degrada en el sentimentalismo que lleva directamente a proclamar el "derecho a la reinserción" y sus corolarios de impunidad y rebajas penales, a los que aquí estamos tan malacostumbrados…

“El sentimiento de Dewey, sin embargo, no era tan profundo como para llevar aparejado el perdón o la clemencia. Esperaba ver a Perry y su compinche ahorcados: colgados por el cuello hasta morir”.

La furia absurda con que dos desalmados liquidan a una buena familia de un pueblecito de Kansas, en la que se encuentran una chica y un chico excelentes en la flor de la juventud, a cambio de nada, es el fruto siniestro de la desesperación del desenraizado, del que en nada valora la vida ajena porque menosprecia y siente como una pesada carga la suya propia.

Perry Smith puede tal vez ser un lunático, pero sabe lo que ha hecho: es culpable. Eliminar su culpa sería menoscabar la poca dignidad humana que le resta, tratarlo como una cosa, como un efecto de las circunstancias y no como causa suficiente y libre de sus actos. Y muere ejecutado como un hombre, sin buscar siquiera consuelo en las ilusiones de la religión. Sabe –como Willie-Jay, otro criminal del "corredor de la muerte"- que todos los crímenes son “variedades del robo”, incluido el asesinato, porque cuando matas a un ser humano le robas la vida.

Por eso, las últimas palabras de la novela constituyen un melancólico recuerdo de las víctimas, no de los criminales, y muy particularmente de una de ellas, Nancy Clutter, la joven querida por todos, inteligente, trabajadora y guapa, siempre dispuesta a ayudar a los demás, y a la que Perry destrozó el cráneo para esparcir su sangre y sus sesos por su lecho de doncella.

Por lo menos, es verdad, Perry evitó que su compinche, Dick Hickock, previamente, la violara.  

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