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PASIONES ESCRITAS

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Sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

De la Elegía a Ramón Sijé, Miguel Hernández.

Luis Cernuda, en sus Consideraciones provisionales sobre la poesía española contemporánea, describe cómo la pasión avasalla los versos de Miguel Hernández. Cuenta cómo pasó de un folklorismo latente a cultivar la tendencia barroca (en Perito en lunas).

Cernuda considera el barroquismo, plaga de la literatura española; como el esteticismo, lo es de la inglesa; el academicismo, de la francesa; y la pedantería, de la alemana.

Recuerda de qué manera Miguel Hernández se ganó la vida ayudando a José M. Cossío en la preparación de la obra Los toros en la poesía española, y alude a las dos grandes amistades e influencias de Hernández: Neruda y Aleixandre. Aunque Lorca le ninguneó, “a Lorca también debió algo” –dice Cernuda.

***

Miguel Hernández muestra de qué extraña manera, de una vida brevísima, estrellada contra la guerra, dura, aprisionada y desesperada de ausencias, puede surgir una obra excelente cuando sobra el talento. “No hay mal que por bien no venga”. Como dice el poeta, lo primero que vio fue una herida y fue nutrido con un zumo de espada loca y homicida, y con leche de tueras, amargos purgantes del todo inmerecidos.

Sus versos –dice Cernuda- despiertan quizá una simpatía que incluso se antepone a la consideración de su valor poético. Cernuda lo pinta más de poeta que de artista, “fogoso y de retórica pronta”, al extremo contrario de un Garcilaso. Y es que para Cernuda, “la destrucción y la muerte, sea bajo tal o cual pretexto, no se pueden cantar ni mucho menos glorificar”. Y sin embargo, se pregunta extrañado cómo es posible que la poesía se pusiera de moda con la guerra.

Emociones a flor de muerte, bajo "el resplandor de los dientes que acechan".

La poesía de Miguel Hernández fue evolucionando hacia la sencillez del lenguaje hablado y el tono directo. Sus mejores poemas –según Manolo Madrid- fueron los últimos. Esos que apenas pudo garabatear con lápiz en papel higiénico o de estraza y que su esposa, Josefina Manresa, quesadeña, sacaba ocultos, como sacros misterios, de la cárcel. Los póstumos del Cancionero y romancero de ausencias, o los de El hombre acecha.

 ***

Manuel Expósito me convocó para una tertulia televisiva, que comparase a San Juan de la Cruz con Miguel Hernández. Y se celebró en el oratorio de San Juan de la Cruz en Úbeda, a salvo del horno en que se habían convertido las calles en este fin de primavera infernal. Allí tuve la oportunidad de conocer a Fernando Donaire, estudioso del cine de Almodóvar, prior de los carmelitas descalzos de Úbeda, y autor de un libro sobre Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, que tuvo la amabilidad de regalarme: De luz y de sombra (Monte Carmelo, 2013).

En la tahona donde lideraba la tertulia poética su neocatólico amigo Ramón Sijé, le prestaron los clásicos a Miguel Hernández. Y entre ellos, sin duda, los tres poemas por los que Juan de la Cruz se ha consagrado como uno de los más grandes, si no el mayor: Cántico, Noche y Llama.

Similar tragedia de incomprensión de sus contemporáneos y aún paisanos o correligionarios, de extemporaneidad, y de ausencias del Amado o de la amada. Sendas voces ardientes y puras. Teopatía mística del de Fontiveros; vitalismo trágico del de Orihuela.

Sólo el amor nos salva y queda en nada, o sólo en sexo, sin la virtualidad creadora del Verbo. Ya lo explicó Sócrates en el Banquete platónico, el amor es una poética, su erótica simbólica, tansustanciada, liberada de la carne en el místico, mas estéril en lo mundano; el amor fértil, nostálgico de carne, de besos, de melosos humores y del abrazo de la esposa viva, de la sonrisa del hijo muerto, del llanto del hijo hambriento, en Miguel.

Esperanza y fe, tras dejar todo cuidado olvidado entre azucenas; de la esperanza a la desesperación del que se sabe condenado sin remedio... "Como el toro he nacido para el luto". El amor es un entusiasmo que salva si se recibe en estado de gracia, como un don, como un duende. Iluminación.

Naturalismo panteísta en Hernández, donde la contemplación de la belleza del campo contrasta brutalmente con el sudor del trabajo y con la sangre que hizo crecer los olivos: el arrullo de la reja, los andamios de las flores, la alegría de abotonado hielo ensangrentado con que truena abriéndose la sandía, donde los lirios sirven de orinales del relente...

Aunque las aladas almas de las rosas vistan también al almendro de nata, el campo de Miguel es muy diferente de los bosques, riveras e ínsulas extrañas por donde correteó la gacela adamando. Allí, en mitad de esas "arenas de pana torturada", cielo o abismo nihilista, campo de batalla, donde el poeta ha re-querido al amigo, al compañero prematuramente ido, al camarada con el que se compartieron ilusiones, pretensiones y sueños.

Subjetivismo abnegado del místico; comunitarismo liberal del poeta republicano. En ambos casos, la sublime elevación supone un tremendo sacrificio. En esa apuesta le va al poeta la vida. Es la vida del inocente cordero que destila su savia redentora en pasiones estéticas, intelectualizadas. En ambos casos, los indicios y señales de la unión conyugal conllevan un sentido que la trascienden, que la superan.

Enorme ese Miguel que reniega del hambre... en sus versos finales, porque el hambre nos vuelve fieras, nos nivela con esos tiburones "que entienden la vida por un botín sangriento", nos regresa a la pezuña, al dominio del colmillo...

"Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera

hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.

Yo, animal familiar, con esta sangre obrera

os doy la humanidad que mi canción presiente"

"Hambre", de El hombre acecha.

Nota bene

Al lector curioso que quiera seguir la tertulia televisada sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz, celebrada al final de la primavera de 2017 en el Oratorio de San Juan de la Cruz de los frailes carmelitas en Úbeda: 

https://www.youtube.com/watch?v=I6Dqhrl9WUQ&sns=em


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