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SE NOS EXTRAVIÓ JOSÉ LUIS BUENDÍA

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José Luis Buendía escogió el título de Extravíos para su colección de artículos periodísticos. Ensayitos de hondura como pase natural bien dado, de Manzanares o de Finito, periodismo de ideas al hilo de la Actualidad pero sin caer ni en su estrés ni en su idolatría, en los que atiende a “lo que pasa en la calle” desde una perspectiva humanista, esto es, ecuménica, nada provinciana ni pueblerina, universal, atenta, entrañada y comprometida en la inalienable dignidad humana, que no se sustenta en lo que el hombre es sino en sus posibilidades, en lo que puede y debe llegar a ser. Grande fue su humanidad facunda, fecunda, docente, civilizadora y letrada.

 “Soy de los que piensan (…) que la cultura es uno de los pocos vehículos con los que cuenta la condición humana para afianzarse como tal, especializando su condición pensante respecto a la de otros semovientes (…). Me sumo a la idea humanista de que el pensamiento, bien adiestrado por el riego cultural, nos hace más libres y dignos, a la par que reafirmo el viejo axioma liberal de que las ideas, por el mero hecho de serlo, no delinquen, por lo que no tiene sentido que ningún poder desde la sombra trate de pastorearlas en ninguna dirección, ya que, cualquiera que se tomara, serviría mejor a los intereses de ese poder que las guía, antes que al desarrollo integral de la persona”.

 “Desarrollo integral de la persona”. Esto recuerda mucho la idea de Democracia de María Zambrano: aquella sociedad en la cual no sólo está permitido, sino exigido, el ser persona. Pero lo viviente -y las sociedades son cosa viva- nunca se actualiza del todo. Gran persona, José Luis, enredado, extraviado y aventurado en el esfuerzo de llegar a ser él mismo.

Como liberal, José Luis Buendía critica el interés de los gobiernos por dirigir la cultura (ese “lujo al que se viste de harapos”), creando ministerios específicos, delegaciones, negociados, concejalías o institutos ad hoc, para usarlos con el único fin de mantener clientelas y colocar nepotes, contratando y subvencionando a ideólogos sectarios, escritorzuelos de cuarto de baño, artistas de poco monta y estómagos agradecidos que ven en esta oportunidad de subirse al carro de los que mandan la solución a sus frustraciones personales. Cultura piramidal y tutelada que produce cantidades ingentes de publicaciones que nadie lee o proyectos costosamente estériles.

Como amigo, José Luis tuvo la amabilidad de dedicarme su libro de 1999 con unas palabras cariñosas de reconocimiento a mis escritos filosóficos, donde agradece su claridad. En su prólogo señala el título escogido, Extravíos, en referencia no sólo a sus meditaciones como posible desorden de un caminar sin orientación fija (afectación de humildad), sino al extravío de estas tierras, Jaén y Andalucía, “que nos han llevado a ocupar un lugar muy diferente al que por justicia nos corresponde”.

Echo de menos en el libro un índice con los títulos de los artículos. Su temática es tan variada como los hechos que comenta. Con prosa culta pero no pedante, algo barroca como candelabro semanasantero, fija José Luis su atención sobre todo en las víctimas, en los humildes, en las personas de corazón limpio, como en esa camarera con nombre de flor, en ese cándido y laborioso Rafalito, un tanto disminuido en lo intelectual, pero que porta agua y escalera en las procesiones de Semana Santa, sintiéndose útil a la comunidad, como Cireneo ayudando al Salvador con la cruz…, o en ese soldado que se vuelve loco y dispara a sus compañeros, o en ese médico “especialista en humanidad”, o en esas seis prostitutas que se hacen cargo de los seis niños abandonados por su madre, relato verdadero.

Una prosa fundamentalmente poética, plena de referencias literarias, mas tan bien enraizada en las honduras del cantar popular, que tanto gustaba a José Luis como la tauromaquia. Así refiere a los cantaores y guitarristas flamencos, a “estas músicas sin parangón, bañadas de soles atávicos y metidas, como un avispero, en las venas de razas muy distintas”. O describe a Rosario (Charo) López desgranando una bulería por soleá: “No debía de quererte”, “como un torero que confirmara la alternativa de su pena en la plaza de las emociones ajenas”… “De esa catarsis abrasadora, sólo podrá redimirnos el rejonazo certero de otro cante”.

El timbre de estos excelentes y cuidados escritos es intensamente emocional. Y ello me conmueve tanto como la grata reminiscencia de la persona a la que conocí y a la que debo muchos buenos ratos. Corresponsal fiel,  José Luis fue responsable del excelente proyecto que se llevó a cabo por medio de suplementos semanales, el de una Enciclopedia de Andalucía que es obra de referencia hoy en cualquier buena biblioteca pública. Le debo agradecimiento por lo bien que allí me trató cuando empezaba yo a publicar sátiras, cuentecillos, poemas y manuales educativos.

Ahora que nos falta, recuerdo su gesto, su humor, su enfervorizada protesta en el coso de San Nicasio, al que siempre acudía en los festejos de la feria de San Miguel, su reparo por la baja calidad del ganado bravo: ¡cabras desmochadas!, gritaba, respetuoso siempre con los toreros (¡ponte tú!), gran conocedor de las suertes, sobre las que escribió en abundancia.

Añoro su papel de patriarca de las letras cuando profes de todas las provincias nos juntábamos en el tórrido Jaén para corregir exámenes de Selectividad y él encargaba la comida –recia y bien regada- en un castizo restaurante de la capital del Santo Reino, solidario con los maestros de Instituto de Secundaria, aun siendo él de Universidad. Lo recuerdo asociado al recuerdo de Ramón Poblaciones, que además de profesor de literatura y padre ejemplar debutó como novillero, y al de la también fallecida Carmen Orzáez con la que compartí mesa y mantel en Villacarrillo durante dos o tres cursos de feliz diáspora.

Fue en una de aquella "ligaíllas" que echamos en Úbeda o Jaén, no lo sé, seguramente con nuestro común amigo Rafael Bellón Zurita, cronista de Úbeda, cuando José Luis me contó una de sus experiencias, que me sirvió luego para componer un cuento integrado en Criaturas de luz de luna. La experiencia de ese intelectual insobornable al que un politicastro pueblerino, antiguo condiscípulo, invita a dar una conferencia en su pueblo natal, pero se olvida de publicitarla o de buscar público atento y, a última hora, conduce a la “Casa de cultura” a los habitantes de un siquiátrico.

Por ninguna cosa se ha de llorar, dijo el filósofo, si no es por la pérdida del amigo, porque todas las otras cosas están "en las arcas" (digamos hoy en los supermercados) y sólo el amigo mora en las entrañas. Se nos fue José Luis, pero dejó rastro, pisada, traza, reliquia, prosa lírica, como su hermoso homenaje a Juan de la Cruz.

Además de sus Extravíos me queda el desgarrón de su ausencia, su gesto de buena persona, sus hábitos de tolerancia propios de gran conversador, su sensibilidad romántica y un tanto trágica como el mejor cande jondo, su fina melancolía y sus cartas, a las que –si Dios me da fuerzas y tiempo- volveré algún día para convertirlas en símbolo y señal de perenne solidaridad en la luz de los buenos sentimientos.

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