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SIGNAMENTO

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

GÓTICO SUREÑO USAMERICANO

Flannery O’Connor inventó el "gótico sureño", con desgarrado barniz teológico. Sus cuentos renuncian al final feliz para sacudirnos con el detino trágico de la realidad terrenal, a través de lo grotesco, de lo sórdido y de lo irremediable: la existencia del mal.

Los buenos fracasan, y tampoco son tan buenos como ellos se creen. Los desvelos de los redentores y de los idealistas provocan más males que agencian remedios. De poco sirve la compasión, pero roguemos al menos misericordia, a Dios o al Diablo, ¡a saber quién de verdad es el protagonista de este entuerto de Creación!... Sin ir más lejos, conoce un hombre cuya mujer fue "envenená" (sic) por un chico "al qu’habían adoptao por pura bondá". La traducción (de Céline-Albin Faivre en la edición de Cuentos completos que he disfrutado) busca ser fiel al uso dialectal, sureño, del inglés de la autora...

Y es que las cosas siempre pueden ir a peor. La mayoría de sus personajes, aunque sean de los que charlan sin parar y hablan para pensar en lugar de hablar porque han pensado, viven --como decía Heráclito que vivían sus contemporáneos-- como dormidos, igual que zombis. El único modo de que despierten es mediante choque traumático. De ahí el valor de la violencia, del accidente, de la enfermedad, como epifanía. En el momento de la fatalidad desdichada el personaje recibe la gracia, dolorosamente, pero que le permite a sí mismo ser tal cual es. No hay salvación sin sufrimiento.

Uno corre el peligro de que se le estropee el cutis o de salir con un corte en el pellejo por discutir con el barbero y las aceras urbanas de O’Connor (de vida retirada, rural, entre pavos reales y gallinas retrógradas) están llenas de gentes que se afanan de un lado a otro, como pollos sin cabeza o insectos en las puertas de un hormiguero, "con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos".

El dios de O’Connor merece como Hacedor del mundo que se le conteste con un Libro de Reclamaciones, porque

"podía ir por ahí poniéndote cosas delante de las narices, obligándote a perseguirlas toda la tarde para nada".

Ese "para nada" delata el nihilismo existencial que sirve de atmósfera moderna a la protesta de Flannery (enferma crónica de Lupus) y parece liberar a la autora de toda ilusión, para entregarse así a la frialdad quirúrgica de sus descripciones hiperrealistas o a un "realismo de distancias" (Susana Miró). Y, sin embargo, atenta a la fuerza atractiva y repulsiva de la religión. Uno de sus personajes dice profesar un gran respeto por la religión aunque, naturalmente, "no cree que sea verdad".

Estamos marcados por el conocimiento porque hemos comido del Árbol de la ciencia del Bien y del Mal. No somos inocentes. Sabemos lo que es el pecado. Sólo quien lo sabe puede cometerlo. Muchos llevamos --como los personajes de Flannery-- el grito encerrado en el interior: discapacitados, bipolares, huérfanos, necrófilas, personas desplazadas, terratenientes intolerantes..., los personajes grotescos de O’Connor sirven como espejo de la deformidad del alma moderna: falsos profetas, intelectuales progres y ateos que se creen superiores moralmente o matronas sureñas obsesionadas con las apariencias en la Georgia rural, estancada y polvorienta, un lugar "obsesionado por Cristo" antes que cristiano, donde la religión choca constantemente con el pragmatismo moderno.

"La vida es así, las cosas iban pasando una detrás de otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja"

La escritora no juzga a sus personajes, son las acciones y su entorno los que los que les castigan y frustran sin remedio. Todos parecen misfits: parias, desajustados, inadaptados. Su prosa limpia, directa, está cargada de simbolismo, de sutilezas que merecen relectura y que describen ricamente las complejas relaciones humanas:

"Las caras de los niños eran como dos platillos dispuestos a ambos lados para recoger las sonrisas que ella dejaba escapar a raudales"

Lo bueno parece integrar lo dudoso:

"En Enoch, la virtud de la esperanza se componía de dos partes de suspicacia y una parte de lascivia"

Nos creemos inmortales porque vivir es una costumbre tan arraigada en nosotros que no podemos concebir otra situación. Su ironía sobre la modernidad roza el sarcasmo:

"-- Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida --dijo--, si no l’importa dormir en ese coche. -- Señora --dijo él con una sonrisa de satisfacción--, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes! -- No estaban tan avanzados como nosotros --repuso la anciana."

Nota bene

Más sobre el pensamiento y la escritura de Flannery O’Connor en Ateneas: 

https://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2021/05/flannery-oconnor-en-sus-anos-de.html

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