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Involución

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“Las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas… El mundo ya no era un lugar para el pensamiento. Era un lugar para la vegetación, para lo vegetal. Era un invernáculo”

Brian W. Aldiss

 Hallo en una conferencia de Norman Brown una interesante referencia a Hegel. En la Fenomenología del espíritu del filósofo alemán, la vida y el conocimiento de Dios se describen como el amor jugando consigo mismo. Esta idea sería del todo trivial si no se añadiera el rigor, el dolor, la paciencia y la obra de la negación. La negación garantiza la dinámica del mundo, la sustitución de unos seres por otros: la muerte y la resurrección, porque la negación es también síntesis, negación de sí misma y por tanto afirmación.

Como aún creemos en el progreso -y algunos hasta en el progreso automático- ponemos el peso en la innovación, pero nos olvidamos del todo de la importancia de la conservación, incluso de la urgencia del mantenimiento y la restauración. Esto es particularmente cierto en España, país especialista en proyectar obras que se malogran. Construimos cosas que luego se deterioran o desaparecen rápidamente. Insistimos en el crecimiento, pero nos olvidamos de que, para adaptarse, a veces hay que simplificarse, menguar en lugar de crecer; no queremos ver que lo pequeño y simple puede ser también hermoso, incluso más hermoso que la complejidad artificiosa y el gigantismo estéril.

Pasa lo mismo con la idea de evolución. No sólo las ciencias naturales, sino también las humanas han sido fecundadas por esta importante idea, uno de cuyos precedentes -y tal vez no el menos importante- fue precisamente el concepto de superación implícito en la dialéctica del idealismo absoluto de Hegel. Lo nuevo supera a lo viejo, esto es, lo trasciende y conserva. Unas formas superan a otras, unas formas de vida niegan y se sobreponen a las antiguas, pero nada se pierde, lo nuevo conserva lo viejo, incluso se reconcilia con ello en el tiempo.

Sin embargo, una vez más, para que la razón se reconcilie consigo misma se hace preciso saltar, desde la idea de evolución, a la idea contradictoria –o será mejor decir, contraria-: la idea de involución. Brian W. Aldiss la explota magistralmente en una de sus novelas ya clásicas: Invernáculo (Buenos Aires, Minotauro; título original: Hot House, 1962).

El futuro en que se mueven los personajes de esta novela no es un futuro inmediato, sino remoto. El alejamiento del presente facilita la verosimilitud de la fantasía. En ese tiempo, se acerca el día en que el sol se convertirá en una nova, entonces se tragará todo el sistema de planetas y asteroides que gravitan en torno a su radiación. La radiación solar ha crecido tanto que el crecimiento de la vegetación ha adquirido una supremacía indiscutible, los pocos y dispersas tribus de humanos que sobreviven, cinco veces más pequeños que sus antepasados, tienen la piel verdosa y se enfrentan a continuos peligros en el plano medio de la selva, el más seguro, enfrentando los acosos de una vegetación voraz, animada y violenta: lianas que se han vuelto serpientes enormes, matorrales que se han convertido en aves, plantas que se comportan como enormes artrópodos. La rotación de la Tierra sobre sí misma ha cesado, y toda la parte iluminada del planeta es un inmenso bosque, mientras que la superficie en sombra es un desierto, salvo la frontera crepuscular a la que son arrojadas, como por efecto de la marea que sigue a una tormenta feroz, los desechos de la vida que no se adapta a las condiciones crueles de la jungla. Entre nuestro planeta y su  luna, unos inmensos monstruos aracnoides de origen vegetal, los traveseros, han colgado sus enormes telas, colonizando así el espacio intermedio.  

En Invernáculo, las plantas dominan la Tierra de tal manera que obligan al resto de formas de vida a extinguirse o a buscar refugio en la zona crepuscular, donde los rayos del sol colorean las montañas pero dejan los valles en penumbra u obscuridad total. Los humanos no tuvieron más remedio que regresar a la vida arborícola de la que procedían. Un surrealista o involucionado delfín (Sodal Ye, un “trapacarráceo”) transportado en las espaldas de una raza decadente y parasitado por un hongo inteligente (una descendiente de la “morilla”) hace de surrealista profeta final:

  Crecimiento es simetría, simetría hacia arriba y abajo, y lo que llamamos decadencia es en verdad la segunda etapa del crecimiento. Un mismo proceso…, el proceso de la involución, que os hunde en el verdor original…

 Mientras que muchos vegetales han crecido y evolucionado hasta parecer animales y desarrollar algo funcionalmente similar a un sistema nervioso, algunas de las razas humanas que protagonizan la historia apenas saben hablar o han perdido del todo el don de la palabra, los principales en el cuento, pertenecientes a la banda de la matriarca Lily-yo, echan de menos palabras olvidadas que permitían en el pasado expresar matices que ahora se oscurecen o pierden. Esta idea de que en circunstancias adversas vale sobre todo el instinto de supervivencia y se echa el telón para el espectáculo civilizatorio y civilizador de la razón y la  inteligencia es recurrente en otras obras de Aldiss, por ejemplo en Barbagris (1965).

Sin duda, la experiencia como militar de Aldiss, de las selvas de Birmania y Sumatra, países en los que vivió hasta el fin de la segunda guerra mundial, debieron de inspirar las magníficas descripciones de ese mundo- jungla de Invernáculo.

El crecimiento vegetal ha aislado a las criaturas inteligentes, salvo a los “sodales”, que en los océanos han podido mantenerse en contacto unos con otros, de modo que no han perdido la visión de conjunto (ese conocimiento “sinóptico” al que Platón llamó dialéctica). Los sodales han descubierto que el mundo está a punto de acabar. Pero este fin no es más que un nuevo principio. Los incendios que se levantan como columnas desde las zonas más calientes son el efecto de una fuerza llamada involución… El que ilustra a los humanoides de la novela es un hongo (ese tercer género tan descuidado), a través de la boca de un pez:

 Hace muchísimo tiempo los hombres, vuestros remotos antepasados, descubrieron que la vida nacía y se desarrollaba, por así decir, de una partícula de fertilidad: de una ameba que sirvió de puerta de entrada a la vida, como el ojo de una aguja; del otro lado estaban los aminoácidos y el mundo de la naturaleza inorgánica. Y descubrieron, además, que ese complejo mundo inorgánico procedía de una sola partícula, un átomo primario.

Los hombres llegaron a conocer y comprender estos extraordinarios procesos de crecimiento. Pero los sodales descubrieron además que el proceso de crecimiento incluye lo que los hombres llamaban decadencia: que la naturaleza no sólo tiene que construir para destruir, también tiene que destruir para construir… (…)

Al principio, todas las formas de vida de este sistema solar estaban confundidas entre sí, y al parecer se transformaban en otras nuevas. Llegaron a la Tierra desde el espacio como motas, como chispas, en los días de la era cámbrica. Luego esas formas evolucionaron en animales, vegetales, reptiles, insectos… todas las variedades y especies que inundaron el mundo, muchas de ellas hoy extinguidas.

 Se extinguieron porque la vida no sólo evoluciona, sino que la naturaleza también involuciona. Las formas evolucionan hasta distinguirse más y más, pero también involucionan hasta que empiezan a confundirse, pues nunca dejaron de ser un todo interdependiente, viviendo unas de otras, hasta que se funden unas con otras.

En la novela de Aldiss aparecen personajes como los guatapanzas, serviles y sentimentales, dependientes de un gran árbol al que están unidos por largas colas, ¿son humanos o vegetales? Otros como los “pieles ásperas” apenan tiene lenguaje articulado, gruñen, gimen y aúllan, más que hablan, ¿son animales o humanos?

Los niños ferinos, estudiados por la ciencia, retratados por el cine, ¿fueron humanos o animales? En Invernáculo aparecen seres vivos que se reproducen como las plantas, cazan como los animales y emigran como pájaros… ¿cómo incluirlos en nuestra actual clasificación?

Cada nueva generación en ese inmenso bosque donde hierve la muerte y la vida es menos definida que la anterior, la vida ya no tiende a la consciencia sino a la inconsciencia, hacia lo infinitesimal: hacia la partícula embrionaria. De este modo, la Tierra acabará siendo una nueva placenta en la que se gestará un semillero que, tras la muerte del sol, facilitará la emigración de la vida a otros mundos donde puedan general nuevos brotes de diferenciación primero y de reunificación y reconciliación después…

 Las mareas galácticas llevarán las esporas de la vida a otro sistema, del mismo modo que una vez las trajeron aquí. Ya habéis visto que el proceso está en marcha, en las verdes columnas de luz que extraen vida de las selvas. El calor aumenta sin pausa, y el proceso de involución se acelera.

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gravatar.comAutor: Salvador Solé Soriano

Es de esas novelas con personalidad propia, quizás debido a la fantasía desbocada que la anima y al tratamiento minimalista pero vigoroso de sus personajes. A mí me oxigena el despliegue imaginativo pero también me gusta que dicha exuberancia se sostenga gracias a una dosis suficiente de verosimilitud. La depredación desaforada que ostenta la selva me ha resultado inverosímil de principio a fin y - más grave - tal abuso de los lances violentos lleva a cansar, a insensibilizar; desaparece la sorpresa y uno ya sabe que, en cada página, alguien se va a comer a alguien de las maneras más improbables que se puedan imaginar. Eso mantiene el ritmo - y no te duermes, desde luego - pero el efecto va perdiendo filo y casi llega a mecanizarse. Que en medio de todo ello sobrevivan durante millones de años los seres humanos, por mucho que se hayan convertido en ardillas listas, tampoco me parece verosímil. Que, ya al principio, los humanos caigan como moscas, a razón de dos muertes por día en un grupo de diecisiete individuos, demuestra fehacientemente que la especie humana no hubiese sobrevivido en semejante entorno. Ese hecho me contamina de incoherencia toda la novela.
Por otro lado, me divierten las mil formas que Aldiss le confiere a las plantas, sus recursos de supervivencia, sus simbiosis, su semi-inteligencia... Lo del baniano único me encantó y me pareció menos improbable que el resto de adaptaciones. Lo de viajar a la luna en la vaina cristalina de una planta deja en mantillas al Varón de Münchhausen volando sobre la bala de cañón. El tamaño de los traveseros será épico pero biológicamente parece un chiste, y más aun su supervivencia fuera de la atmósfera. Estos juicios míos están sesgados por mi vocación científica hacia la biología y pienso que se pueden conseguir grandes cosas sin cargarse tan flagrantemente lo que sabemos de las plantas, la evolución, etc... Debo admitir que el resultado de ese despliegue de desinhibición - incluso y también respecto a las leyes elementales de la gravitación, la termodinámica, etc... (con lo poco que yo sé al respecto...) - proporciona un entretenidísimo catálogo de maravillas que, de otro modo, quizás no fuera posible. El acabóse es "la morilla" pero, para cuando ésta aparece en escena, uno ya se traga cualquier cosa; la opción sería no tragarse ninguna, pero si vas al baile, baila. Eso sí, no se me escapa que ese hongo es una ingeniosa reedición de la serpiente diabólica del bíblico paraíso cristiano y dicha versión me parece acertada y creativa.
Respecto al argumento; las aventuras de Gren son la base sobre la que Aldiss construye una alocada teoría - a la cual no priva de su metafísica - que, personalmente, me dejó un tanto frío ya que lo último que le hubiese recomendado hacer, si había fumado tanta yerba, es introducir un remedo de racionalidad en el asunto. No obstante, considero un acierto que las aventuras y las depredaciones sirvan a una finalidad más transcendente, aunque dicha trascendencia la hallo a medio camino entre lo difuso y lo críptico.
Un rasgo que me cautivó fue la desinhibición sexual de los personajes; me pareció uno de los aciertos más realistas y maduros de todo el cuento ya que, además, Aldiss se abstiene de aburrir con disertaciones morales y el efecto es, a mis ojos, excelente. También me gustó cómo había estructurado las relaciones sociales de los humanos: su versión material del alma, sus ritos funerarios que, en efecto, los llevan más allá. Esa calidad en los aspectos psicológicos, antropológicos y hasta religiosos de la narración choca con la aparente ignorancia sobre el resto de fenómenos físicos y biológicos de los que hace gala Aldiss en esta novela. Siempre en mi opinión, esa fuerte asimetría es una de las principales características que hace de "Invernáculo" un texto singular.
Encuentro que esa novela es marcadamente cinematográfica, ahora que los efectos especiales se sobran para dar vida a mundos fantásticos, tal como se vio en "Avatar". Y su guión, aun con los peros que le opongo, mejor que la mayoría de lo que se ve en pantalla dentro del género. Aunque hace falta poco para superar en calidad los frutos de la enfermedad americana de los guiones en el cine fantástico.

En conclusión; me alegra haber leído esa novelita, a pesar de hacerlo en un pdf con problemas ortográficos que resultan tan misteriosos como abundantes. ¡Gracias, José!
Salvador Solé Soriano

Fecha: 26/08/2012 09:46.


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