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El bokononismo

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Si leí Matadero cinco (1969), no me acuerdo. Muchos la consideran la obra maestra de Vonnegut. Sé que disfruté del humor ácido de Dios le bendiga, Mr. Rosewater (God Bless You, Mr. Rosewater, o Pearls Before Swine, 1965), aunque no me acuerdo para nada de su argumento. El autor, el norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007), probablemente perdió definitivamente su fe en el género humano después de haber sufrido, como prisionero de guerra, el bombardeo de Dresde.

Que una universidad –como la de Chicago- acepte la novela Cuna de gato (Cat’s Cradle, 1963) como “tesina” para conceder la maestría en antropología a su autor me deja alucinado. Me parece una muestra extraordinaria de tolerancia. Es lo bueno del sistema usamericano: admiten la parodia de sí mismos. Cuna de gato no es un ensayo sobre el ser humano sino una descalificación global del mismo, una sátira posmoderna y demoledora, irreverente y cínica. De ahí la gracia, el humor negro de su “trama enloquecida, que se descontrola hasta acabar como el rosario de la aurora” (Julián Díez).

Cat’s Cradle es el nombre que usan los anglosajones para referirse a un “juego de cuerda” que los argentinos llaman “juego de hamacas” (véase la ilustración de esta entrada). En el caso que nos ocupa, el juego sirve de metáfora, pues la estructura de las hilos –como los de la vida- no ofrece nada que se parezca a una "cuna de gato", sino un montón de equis, como incógnitas existenciales sin solución. La novela de Vonnegut es una sátira perfectamente libre de adornos retóricos. Los seres humanos somos así, nos dice Vonnegut: un desastre sin paliativos. Y la madurez –según sentencia Bokonon- es una decepción amarga que no tiene remedio, a menos que se diga que la risa es el remedio para todo.

El ausente leitmotiv de la novela es un científico ficticio, coinventor de la bomba atómica y ganador del premio Nobel: Félix Hoenikker. Dejó tres hijos putativos: una giganta con cara de caballo, genio del clarinete, Ángela; un manitas rebelde, Frank; y un enano sensible, Newt. El narrador es un periodista atribulado que quiere escribir un libro sobre el día que USA tiró la bomba atómica sobre Hiroshima.

El fallecido científico Hoenikker, sin duda genial en lo suyo, aparece a través de las entrevistas recabadas como un inútil completo para las relaciones humanas, una inteligencia deforme, un niño grande e irresponsable, sólo atento a los problemas de la ciencia pura. Presionado por un mandamás del ejército USA, acaba inventando un producto para que los marines no se atasquen en el lodo, el resultado es el hielo-nueve que solidifica el agua a temperatura ambiente y sólo se licúa a casi cincuenta grados, un arma capaz de destruir a todo ser vivo, por contacto, transformándolo en una estatua muerta. El resultado será el fin del mundo, convertida la Tierra en un estéril planeta helado.

Desde el principio, el narrador confiesa su bokononismo. La religión de Bokonon es el colmo del descreimiento: irreverente, nihilista y cínica. En sus libros, Bokonon empieza diciendo que todo cuanto se diga allí –como en cualquier otra religión- es mentira. Pero tácitamente, su presupuesto es que el ser humano no puede vivir de la verdad. Miss Faust, un personaje secundario al que el protagonista entrevista para su novela lo expone claramente:

 -El doctor Breed siempre me dice que lo más importante en el caso del doctor Hoenikker era la verdad.

-Parece no estar usted de acuerdo.

-No sé si estoy de acuerdo o no. Es sólo que me cuesta comprender cómo la verdad, por sí misma, puede ser bastante para una persona.

Miss Faust ya estaba madura para el bokononismo.

Los personajes esperpénticos de Vonnegut son más listos de lo que parece. Resultan ridículos pero lo suficientemente lúcidos para percatarse de la ridiculez de sus congéneres. Un  presuntuoso, patriotero e intolerante fabricante de bicicletas puede ser un excelente cocinero, desde cuya perspectiva los intelectuales aparecen como “cagalibros”, que “andan por ahí buscando vías nuevas para que todo el mundo sea feliz”.

El bokononismo recuerda posiciones propias del helenismo, del ocaso del mundo antiguo: una esperanza para los desesperados, un fatalismo (como el estoico) que ofrece serenidad en lugar de esperanza, un cosmopolitismo distanciado del militarismo y del poder político que ponen la ciencia bajo sus tenebrosas pretensiones de dominio: “No hagáis ningún caso del César. El César no tiene la menor idea de lo que realmente pasa”.

También su maniqueísmo resulta crepuscular: “Bokonon tenía la creencia de que se podía desarrollar una buena sociedad oponiendo el bien al mal, y manteniendo la tensión elevada entre ambas fuerzas constantemente”. Por eso, el profeta añade glamur a la religión que funda confabulándose con el tirano para que éste la prohíba.

Nada es lo que parece, ni siquiera el tirano de San Lorenzo, una república bananera paupérrima, desde donde irradiará el efecto apocalíptico del hielo-nueve.

El fundador del bokononismo, llamado Bokonon en San Lorenzo, pero de joven Lionel Boyd Johson, se educó en colegios episcopalianos y “debido a su gran interés por el boato de la religión organizada, parece que de joven fue un juerguista”. Por eso en su Decimocuarto Calipso (poema religioso) nos invita a cantar con él:

 Cuando yo era joven,/ era muy alegre y ruin./ Bebía y perseguía a las chicas/ igual que de joven San Agustín./ San Agustín llegó a ser santo./ O sea, que si yo llego a tanto,/ por favor, mamá, que no te dé un desmayo.

 El núcleo del  bokanonismo es un providencialismo tan simple como éste: “Johson había llegado a convencerse de que algo intentaba hacerle llegar a alguna parte por algún motivo”. En San Lorenzo, Bokonon y su colega McCabe intentaron mejorar la condición económica de la población aborigen. Pero…

 Cuando ya era evidente que ninguna reforma en el gobierno o en la economía harían a la gente menos miserable, la religión se convirtió en el único instrumento de la esperanza. El enemigo del pueblo era la verdad, porque la verdad era algo horrible, de modo que Bokonon se asignó la tarea de proporcionarle al pueblo mentiras cada vez mejores.

El bokononismo es una especie de humanismo desangelado, alimentado por el terror. Así, el castillo de San Lorenzo plantea la pregunta que plantean todos esos montones de piedras: “¿Cómo pudieron hombres canijos mover piedras tan grandes?”. La respuesta: fue el terror ciego lo que movió piedras tan grandes. Se trata de una filantropía negativa: “¿Qué puede esperar un hombre sensato de los hombres del planeta dadas las experiencias del último millón de años?” –es el título de El decimocuarto libro de Bokonon. No lleva mucho tiempo leerlo, porque el contenido del libro, que responde a la pregunta de su título, consiste en una palabra y un punto: “Nada.”.

La cruel paradoja del pensamiento de Bokonon es las desgarradora necesidad de mentir acerca de la realidad, y la desgarradora imposibilidad de mentir acerca de esa misma realidad:

 Enanito, enanito, con qué guiños y contoneos se pasea

pues sabe que la altura de un hombre la dan sus esperanzas e ideas.    

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