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Lady Barberina

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En la pasada feria del libro fui incapaz de resistirme a la compra de algunos ejemplares de las primorosas ediciones preparadas por Treviana, ¡y eso que ya no tengo donde meter más libros!: un ejemplar de la Confesiones de San Agustín; una insólita obra de Jaime Balmes, Cartas a un escéptico en materia de religión; Lady Barberina de Henry James; y Obra suspendida de Evelyn Waugh. Libritos en pequeño formato negro con guardas rojas, impresos en Ulm, Alemania, con un papel que es una delicia para el tacto y un balduque también rojo para señalar… Los conseguí en un puesto callejero, a un precio irrisorio.

Acabo de terminar Lady Barberina (1884, 2009), una novelita que casi se lee de un tirón, perfectamente demodé, escrita para un público tan selecto como cursi, y con preocupaciones tan sofisticadas, nada vulgares, que hoy, en la “crisis de los todos”, seguramente ya ni existe, o se esconde en algún sótano o, mejor, en una buhardilla.

Su encanto es el de los mundos que se acaban, de los cuales aún podemos disfrutar por ese espectro gentil que dejan en la buena literatura, como sabemos de la identidad de la libélula por la nerviación y el tinte que mancha las celdas de sus alas. De aquellas refinadas formas solo nos quedan estos florilegios. 

Hermano menor del también famoso psicólogo y filósofo pragmatista William James, el tema de esta obra de Henry fue lugar común en muchas otras: el contraste entre la psicología de la rancia aristocracia inglesa y la fresca ambición de la alta burguesía usamericana, ayuna de la pátina que va dejando en los cuadros el pasado. Dinero y dinámicos recursos, frente a los postines sagrados de la historia. Todo muy anglosajón y distinguido, como si los de abajo –trabajadores y criados- no existiesen, mientras los de arriba sostienen largas conversaciones y observaciones vertidas en un lenguaje tan elegante, que aún introduce galicismos como signo de finas maneras, importadas de los salones ilustrados de la douce France.

El narrador, consciente como el protagonista del misceláneo carácter de las motivaciones humanas, relata con irónica afectación de espectador desinteresado les rapports entre ciudadanos norteamericanos y nobles súbditos ingleses.

Uno se queda con las ganas de descubrir qué es lo que el doctor Jackson Lemon admira con tanto fervor en Lady Barb, la cual siempre permanece distante como una bella obra de arte en su vitrina anticacos. Hija de Lord Canterville, Jackson Lemon quiere a Lady Barberina para sí, como quien se empeña en adquirir la carísima propiedad de una obra de arte, y está dispuesto a pagar cualquier precio para conseguirla. Ni es un tonto ni es un cualquiera, sino un exitoso médico norteamericano que une a su talento profesional su condición de multimillonario.

Lady Barb es su hándicap o su capricho, la guinda del pastel de su biografía. La clave está en el mismo inicio de la obra, una escenografía de caballeros y damas rutilantes en Hyde Park, en el apogeo de la temporada alta: salud, belleza, vanidad, soberbia, riqueza, títulos, ociosidad, convenciones sociales y apaños…

Al final, Lady Barberina resulta un verdadero chasco, una barby sin sustancia, como una esfinge de cartón piedra o un artículo de lujo al que no es posible encontrar utilidad alguna, salvo quizá, la meramente reproductiva. Incapaz de cambiar o adaptarse a otro círculo social que no sea el de su clase, castiga con el látigo de su indiferencia y cierto silencio de superioridad a quienes verá siempre por debajo, adiestrada como está en la perfecta corrección de simulación y autocontrol, de las convenciones que le sirven de corsé (contra las que no obstante se rebelará su hermana Agatha). Pero Lady Barb pertenece por completo al nosotros de un clan, de un mundo congelado en ámbar y clausurado, y al que al fin regresa, incapaz de encontrar interés en el nuevo mundo, o sea, huida de las igualadoras, y a sus ojos escandalosamente vulgares, propuestas norteamericanas.

Es probable que Henry James haya puesto mucho en esta obrita de la fascinación ambigua que él mismo sintió por la Inglaterra victoriana, sus complejos modales y su rancia aristocracia, pues acabó tomando esa nacionalidad, cosa que nunca le perdonaron sus críticos más mordaces.  

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