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CUANDO ARDEN LOS LIBROS

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En 1947, Ray Bradbury era un desconocido. Escribió un relato que fue rechazado por varias revistas. Su título, Bright Phoenix (Fénix brillante). Tuvo que esperar a 1963 para que apareciese en un número de Fantasy & Science Fiction que le estuvo dedicado.

Fénix brillante es el germen de una extraordinaria novela de 1953, que dará pie a una excelente película de François Truffaut estrenada en 1966 y protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie (en el papel de una Clarisse de la que me enamoré sin remisión) y Cyril Cusack. El título de la novela de Bradbury, Fahrenheit 451, alude a la temperatura a que arden los libros.

Y de eso va la historia. Una distopía futura en la que los bomberos se dedican a quemar libros porque, según el totalitario gobierno, leer impide ser felices a los ciudadanos ya que les llena de angustia, pues al leer los hombres se muestran disconformes con sus rutinas y cuestionan su realidad.

La resistencia está formada por los hombres-libro, que viven apartados y conservan en su memoria las grandes obras maestras de la literatura universal. Algunos críticos consideran Fahrenheit 451 como una novela filosófica. Es también una advertencia profética. La destrucción de libros no cesa y ha sido una constante a lo largo de la historia, especialmente cuando la barbarie pugna por ocupar el trono decadente de una civilización que se derrumba. Recordemos la gran biblioteca de Alejandría que conservaba los tesoros de la civilización antigua. Tras distintos accidentes fue saqueada por los árabes. También los cristianos se han entregado a esta práctica salvaje. El Indéx librorum prohibitorum fue un incinerador de libros virtual. Y los nazis -es bien sabido- incurrieron también en un bibliocausto.

Según las estimaciones más optimistas, el setenta y cinco por ciento de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió. Tenemos los nombres de centenares de historiadores griegos, pero apenas poseemos las obras de tres de ellos del periodo clásico y algunas más pertenecientes a tiempos posteriores. Sólo conservamos siete de las noventa obras que escribió Esquilo. De las ciento veinte piezas dramáticas que se atribuyen a Sófocles sólo nos han llegado enteras siete tragedias y parte de un drama satírico (Los rastreadores). Eurípides, el tercero de los grandes trágicos griegos, debió de escribir cerca de noventa obras; de las cuales sólo nos han llegado dieciocho enteras. De los grandes sofistas conservamos bien poco; de filósofos de la talla de Epicuro o del primer estoicismo, casi nada…

Tiemblo pensando qué harían con nuestras bibliotecas –en papel o digitales- los salvajes que han hecho todo lo posible por acabar con los restos arqueológicos de aquella bella ciudad de la civilización helenística (madre del cristianismo) que fue Palmira. Fue precisamente cerca de Alepo, la ciudad que sufre hoy terribles bombardeos y toda la miseria de la guerra, donde los arqueólogos encontraron los primeros diccionarios bilingües escritos hacia el 2500 a. C.

Desde hace 55 siglos se escriben libros, ya nacieran en Egipto o en Mesopotamia como tablillas de arcilla, y luego rollos de papiro, piedras grabadas, placas de plomo, tomos de papel, archivos electrónicos de texto... Y desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes por distintos y desconocidos motivos. El inicio de la civilización, de la escritura y de los libros, es también el comienzo de las primeras destrucciones de libros. Lo cierto es que los libros no son destruidos como objetos físicos sino como vínculos de la memoria. Los biblioclastas son memoricidas, dogmáticos que se aferran a una concepción del mundo uniforme, irrefutable, acrítica, atemporal, simple y expresada como actualidad no corruptible. Destruyen en nombre de lo sagrado, a veces de un único libro sagrado.

Es un error atribuir las destrucciones siempre a la ignorancia fanática. Sin embargo -escribe Fernándo Báez[1]- cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión de mitos apocalípticos. Limpiar la memoria, purificarla con fuego es condición de un nuevo renacer. Descartes –tan seguro de su método- pidió una vez a sus lectores quemar los libros antiguos. El jovial David Hume no vaciló en exigir la supresión de todos los libros de metafísica. Lo futuristas en 1910 publicaron un manifiesto en que pedían acabar con todas las bibliotecas. Nabokov quemó un Quijote en el Memorial Hall ante más de seiscientos alumnos, y Martín Heidegger sacó de su biblioteca los libros de Edmund Husserl para que sus estudiantes de filosofía los quemaran en 1933. De los libros desaparecidos, se calcula que sólo un 40% se perdieron por causas naturales, el 60% restante ardió por voluntad humana.

El cuento de Bradbury Fénix brillante contiene en esencia la idea de su gran novela, y resulta memorable, aunque sólo sea por la frase que pronuncia el jefe de los bomberos libricidas:

 “¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente como ahora quemo libros?”

 Ya lo dejó escrito antes Heinrich Heine: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres” (Almansor, 1821).

El narrador es el bibliotecario que frente a la actitud fanática e iracunda del bombero censor muestra una serena voluntad estoica, la del que tiene un plan B para salvar la cultura. Así describe –como un Borges- su mundo ilustrado:

“Siempre había considerado mi biblioteca como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas… He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad”

Me resulta interesante añadir a esta breve reseña los autores cuyos nombres cita Bradbury en su cuento de 1947, tal vez como homenaje a la importancia que pudieron tener en su temprana formación estética: Demóstenes, Ismael, Keats, Platón, Einstein, Shakespeare, Lincoln, Poe, Freud, Isaías, Sócrates (que, como Jesús, no escribió nada).

 


[1] Historia universal de la destrucción de libros, Destino, Barcelona 2004.

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