MALICIAS NARRADAS POR ANTONIO LINDE
Antonio Linde se ha descartado del tarot del pensar abstracto para convertirse en relator de eventos concretos, de ficciones breves y sorprendentes que él llama “maliciosas”. ¿Será porque no suelen acabar bien? Bueno, también la vida –como decía Gala– acaba siempre fatal. Su español es tan eficaz como la secuencia cinematográfica de una persecución de autos por las calles de San Francisco. Recuerda la sustancia activa de las novelas negras de Hammett o Chandler.
Sus personajes no son héroes. Pasó el tiempo de los héroes; nadie se aventura ya a sufrir contra el destino y algún héroe posmoderno, como la influencer narcisista de uno de estos relatos que comento, puede llegar a dar pena y apagarse pronto como rosa de Ronsard… La pobre “tenía tantos seguidores virtuales [no necesariamente virtuosos] que no había sitio ni tiempo para alguien de carne y hueso”.
Nuestro universo se ha vuelto en efecto tan virtual que hay que andar kilómetros para encontrar un diario de papel y ha devenido mundo tan telegénico y digital que ya no huele a nada. Ver es otra cosa que tocar, aunque "dígito" tenga que ver con dedo, las relaciones han perdido conexión y con-tacto. Espiamos el sueño efímero de las sombras a la espera del sueño eterno. ‘Res est forma fugax’. Tal vez podamos prolongar la vida, en las tinieblas de los Mass Media, en sus restrictivas actualidades, si soportamos el mordisco obsceno de una vampiresa metida en carnes e imprevista, de exóticos ojos malvas, como la que resucita Linde en mitad de una gatada.
A Linde como a mí nos llaman la atención las libélulas, grandes cazadoras de alas membranosas, hialinas, con ojos compuestos por miles de omatidios, insectos de “reflejos tornalunados” (subraya Linde), insectos tan feroces y delicados como nuestras vidas. Sí, puede que las balas trazadoras con que se matan los eslavos en guerras indecentes –como todas lo son– vuelen en la noche como libélulas supersónicas capaces de apagar toda vida que encuentren en su trayectoria.
Algunos relatos de Antonio Linde me regalan en tierra adentro el aroma del mar, como romero (ros marinus) de jardines de Funkytown, ese universo de enclaves en la Costa del Sol donde habitaron antiguos pueblos de pescadores y hortelanos, mundo perdido y oculto bajo el armazón, abrazado y asfixiado por el cristal y el hormigón de todo lo moderno y nuevo, sobre el altozano rocoso agujereado por las olas de los tiempos, o mordido por cuevas artificiales, sitios obscuros donde se agitan y bullen presos platónicos de todas las nacionalidades, que allí acuden a drogarse, a bailar y a frotarse unos contra otros buscando éxtasis y más éxtasis. Todo muy flow entre gente muy lovely en vacación incesante…, hasta que dan con un loco o con un “emparanoyado”, que es como hoy llamaríamos clínicamente a los cobardes si transigiéramos con la terminología impune de la clínica. ¡Hay tantos! Como dice Foster Wallace (paradigma de narrador posmoderno usamericano), nuestras actitudes, si no están condicionadas por el amor, lo están necesariamente por el miedo.
Las adicciones, ¡hay tantas!, son recurso ineludible para aquellos que no soportan la realidad a secas. Adicciones a drogas estimulantes o a doctrinas enajenantes, que nos sacuden o adormilan o nos dejan catatónicos. Hay que contar con una naturaleza que es amoral y Linde se burla de quienes no aceptan la existencia del mal o la violencia de las gaviotas. Y es que –como dice Echeverría– conocemos muy bien el mal y muy mal el bien.
Tal vez se compadezca nuestro autor de aquellos que creen que la vida está hecha para quemarla “a espita abierta”. Aunque la vida no se pueda conservar, ni por mucho que nos sometamos a regímenes saludabilísimos o cuidemos de nuestro oportuno descanso y nos castiguemos en gimnasios exigentes, pues nuestra vida ha sido diseñada con obselescencia programada como los electrodomésticos, y la gracia no está en conservarla, sino en gastarla con buen gusto, sirviéndonos para ello de las clásicas y estoicas artes de la sensata moderación (sophrosyne), estrategias que hicieron las delicias del último Foucault (el cuerdo), métodos que desprecia el libertino, enfangado como se pierde en orgías y bacanales autodestructivas.
Gracias a Linde he aprendido qué es el ghosting: práctica en que una persona rompe con otra de golpe o se corta una relación íntima desapareciendo uno de los partícipes como fantasma (ghost). Perdono los anglicismos de estos cuentos porque no hay más remedio que usarlos si queremos dar naturalidad a nuestro discurso playero. Y esto lo consigue Linde con creces. Dejo aquí constancia de que no es fácil mostrarse natural como él lo consigue; no hay sofisticación mayor que la naturalidad, según Oscar Wilde.
También el confinamiento que sufrimos por el maldito sinovirus y alguna de sus más trágicas consecuencias sirven a Linde de motivo narrativo (“Confinada”). Ni faltan detalles de buen estilo expresivo: “se oían los estertores codiciosos de la digestión de una máquina tragaperras”. Uno de estos relatos trata magia de aparecido en bar de pueblo. Quien habla y parece normal y hasta considerado puede resultar ser un mal bicho, como aquel chico atento que le ayudaba con las bolsas de la compra a la señora del segundo y a quien no temblaba el pulso cuando asestaba tiro en la nuca al concejal españolista. El mejor parecido de nuestros vecinos y la chica más simpática pueden ser eventualmente asesinos sin escrúpulos, terroristas sin entrañas, tan eficaces en su depredación (política o sexual) como cualquier caimán en su cenagoso y pestilente pantano.
Algunas miradas al pasado --a los crímenes del padrecito Stalin o a la machista educación del franquismo-- sirven de anécdota que Linde hábilmente eleva a categoría en pocas páginas con una admirable economía de recursos. Aprecio mucho la brevedad precisa de estos "relatos maliciosos" que Linde ha publicado bajo el título de Me dijeron que habías muerto, inquietante crónica de una distópica epidemia psíquica (Punto cero, 2025).
En “El profesor Duchaporte” podrá hallar cualquier atenta lectora un ejercicio de metaliteratura que a la vez revela la dramática conexión entre vida y escritura, escritura que funciona como espejo artístico de nuestra extraña existencia, propia de sensibles entidades semirracionales. Me apesadumbra algo pensar con Agustín Fernández Mallo que "escribir sea como haber muerto", porque "sólo la muerte pasa la vida a limpio y a esa distancia es capaz de reescribirla. Por eso sólo el escritor es quien narra el mundo de los vivos desde el mundo de los muertos" (Proyecto Nocilla). Confirma estas aseveraciones el que sean muchos quienes, dando testimonio y hasta moraleja, la palman en estos cuentos de Antonio Linde.
En “Sala Omega” consigue Linde precavernos con la anticipación de vidas alargadas biotecnológicamente en una conquista estéril de parciales y decrépitas inmortalidades. ¿De verdad seremos más felices si logramos vivir ciento veinte años con “calidad de vida”? El envejecimiento de “neohumanes” y de la población en general, ¿no supondrá el colapso de los servicios sanitarios?; el colapso demográfico, ¿no implicará recortes y un autoritarismo en que el Estado nos ordene cómo hemos de vivir y de morir?
Estoy de acuerdo con Linde en la profecía que cierra su excelente colección de relatos: los insectos heredarán la tierra.
0 comentarios