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Literatura

Lady Barberina

Lady Barberina

En la pasada feria del libro fui incapaz de resistirme a la compra de algunos ejemplares de las primorosas ediciones preparadas por Treviana, ¡y eso que ya no tengo donde meter más libros!: un ejemplar de la Confesiones de San Agustín; una insólita obra de Jaime Balmes, Cartas a un escéptico en materia de religión; Lady Barberina de Henry James; y Obra suspendida de Evelyn Waugh. Libritos en pequeño formato negro con guardas rojas, impresos en Ulm, Alemania, con un papel que es una delicia para el tacto y un balduque también rojo para señalar… Los conseguí en un puesto callejero, a un precio irrisorio.

Acabo de terminar Lady Barberina (1884, 2009), una novelita que casi se lee de un tirón, perfectamente demodé, escrita para un público tan selecto como cursi, y con preocupaciones tan sofisticadas, nada vulgares, que hoy, en la “crisis de los todos”, seguramente ya ni existe, o se esconde en algún sótano o, mejor, en una buhardilla.

Su encanto es el de los mundos que se acaban, de los cuales aún podemos disfrutar por ese espectro gentil que dejan en la buena literatura, como sabemos de la identidad de la libélula por la nerviación y el tinte que mancha las celdas de sus alas. De aquellas refinadas formas solo nos quedan estos florilegios. 

Hermano menor del también famoso psicólogo y filósofo pragmatista William James, el tema de esta obra de Henry fue lugar común en muchas otras: el contraste entre la psicología de la rancia aristocracia inglesa y la fresca ambición de la alta burguesía usamericana, ayuna de la pátina que va dejando en los cuadros el pasado. Dinero y dinámicos recursos, frente a los postines sagrados de la historia. Todo muy anglosajón y distinguido, como si los de abajo –trabajadores y criados- no existiesen, mientras los de arriba sostienen largas conversaciones y observaciones vertidas en un lenguaje tan elegante, que aún introduce galicismos como signo de finas maneras, importadas de los salones ilustrados de la douce France.

El narrador, consciente como el protagonista del misceláneo carácter de las motivaciones humanas, relata con irónica afectación de espectador desinteresado les rapports entre ciudadanos norteamericanos y nobles súbditos ingleses.

Uno se queda con las ganas de descubrir qué es lo que el doctor Jackson Lemon admira con tanto fervor en Lady Barb, la cual siempre permanece distante como una bella obra de arte en su vitrina anticacos. Hija de Lord Canterville, Jackson Lemon quiere a Lady Barberina para sí, como quien se empeña en adquirir la carísima propiedad de una obra de arte, y está dispuesto a pagar cualquier precio para conseguirla. Ni es un tonto ni es un cualquiera, sino un exitoso médico norteamericano que une a su talento profesional su condición de multimillonario.

Lady Barb es su hándicap o su capricho, la guinda del pastel de su biografía. La clave está en el mismo inicio de la obra, una escenografía de caballeros y damas rutilantes en Hyde Park, en el apogeo de la temporada alta: salud, belleza, vanidad, soberbia, riqueza, títulos, ociosidad, convenciones sociales y apaños…

Al final, Lady Barberina resulta un verdadero chasco, una barby sin sustancia, como una esfinge de cartón piedra o un artículo de lujo al que no es posible encontrar utilidad alguna, salvo quizá, la meramente reproductiva. Incapaz de cambiar o adaptarse a otro círculo social que no sea el de su clase, castiga con el látigo de su indiferencia y cierto silencio de superioridad a quienes verá siempre por debajo, adiestrada como está en la perfecta corrección de simulación y autocontrol, de las convenciones que le sirven de corsé (contra las que no obstante se rebelará su hermana Agatha). Pero Lady Barb pertenece por completo al nosotros de un clan, de un mundo congelado en ámbar y clausurado, y al que al fin regresa, incapaz de encontrar interés en el nuevo mundo, o sea, huida de las igualadoras, y a sus ojos escandalosamente vulgares, propuestas norteamericanas.

Es probable que Henry James haya puesto mucho en esta obrita de la fascinación ambigua que él mismo sintió por la Inglaterra victoriana, sus complejos modales y su rancia aristocracia, pues acabó tomando esa nacionalidad, cosa que nunca le perdonaron sus críticos más mordaces.  

Mejor un duelo de esperanzas

Mejor un duelo de esperanzas

En los conflictos históricos no suele haber malos ni buenos, al contrario que en las antiguas películas del Lejano Oeste. Pero la guerra es tan atroz, tan mala –como decía Erasmo- que la hacen “mejor” los peores. Respecto a la guerra incivil española, era hora de que algún escritor ecuánime pusiera lo obvio, con todas sus contradicciones, en claro. Es lo que ha hecho Andrés Trapiello con Ayer no más.

Ni los unos ni los otros se empeñaron seriamente en consolidar la democracia en España en los años treinta del siglo pasado. Prefirieron matarse. Si unos estetizaban la política o la absorbían en la religión y el mito, otros politizaban la estética, pero el fin era el mismo: el totalitarismo.

No hubo una posición claramente progresista y otra claramente reaccionaria. Y desde luego, los republicanos, los demócratas fueron demasiado escasos. Ya sabía Aristóteles que sin una clase media fuerte la democracia no se sostiene. Las conductas se volvieron criminales sin solución de continuidad y la República estalló por todas sus costuras. Pero no es cierto que la guerra fuese una fatalidad, ni un azar del destino ni un destino del azar. En los dos bandos hubo quienes la deseaban y esos acabarn por llevarse el gato al agua y ya se sabe lo poco que les gusta a los gatos que los bañen. Los que encendieron la mecha, prefiriendo el fuego a las razones. Vengar injusticias seculares, defender derechos y privilegios, no con la persuasión, sino con las armas. Unamuno se percataba de ello en mayo del 36, en una carta que cita el autor de Ayer no más: anarquistas y fascistas afilaban ya sus espadas. “Y uno y otro [anarquismo y fascismo] en una forma peor que de barbarie, de estupidez” -escribe el vasco agonista.

 “La transformación de la doctrina cristiana o de la utopía del paraíso socialista en eslóganes de violencia despertó en muchos el deseo de asesinato y la seducción de la represión colectiva, y los instintos fratricidas alentados por los padres acabaron también siendo instintos parricidas, que revolvieron a sus hijos contra ellos”.

Eso piensa el atormentado protagonista e historiador de la novela. El cual llega a sospechar que si unos reprimieron y cometieron más fechorías que los otros fue, simplemente, porque pudieron. Si los otros hubiesen podido, sin duda lo hubieran hecho parecido. Recuérdense si no las purgas y las deportaciones masivas de pueblos enteros perpetradas por Stalin. En ambas retaguardias se cometieron excesos de lesa humanidad… “La retaguardia –escribe Trapiello- es por definición tenebrosa”.

Es curioso que hoy algunos saquen a la calle la bandera republicana como símbolo de la resistencia o el derecho al desagravio del bando que perdió la guerra: “durante la guerra por cada bandera republicana había veinte de la Cnt, de la Fai, del Poum, del Pce, de la Ugt, de cualquier partido menos de la República; esto fue algo que les chocó incluso a los fascistas cuando tomaban una posición y se apoderaban de alguna: en el frente republicano no había banderas republicanas”…

Por otra parte, “las verdaderas aspiraciones de los republicanos más centrados: subsidio de desempleo, seguridad social, jubilaciones, matrimonios civiles y divorcios, aborto e igualdad entre hombre y mujeres han quedado cumplidas y rebasadas en muchos casos en esta monarquía”… Y durante el final de la dictadura, en los años del aperturismo. Monarquía, por cierto, que ha jurado respetar un Pacto en el que se afirma, en sus primeras líneas, que el verdadero Soberano es el Pueblo, monarca que, por tanto, reina pero no gobierna, cosa que muchos olvidan.

Desde luego, hay que recordar. La historia es -decía Ortega- el tesoro de los errores. Y es difícil recordar sine ira cuando se ha sido víctima de una terrible injusticia, cuando han matado a tu padre delante de ti o le han encerrado por años sin un juicio justo. Pero no tiene justificación que afecten resentimiento quienes no vivieron aquellos atropellos, y rasquen en el estiércol de la historia con fines propagandistas e con intereses torticeros, como hace la desagradable y maquiavélica Mariví de la novela de Trapiello.

Nada más triste, después de tantos años, que resucitar aquel horror con una “guerra de esquelas”, en que los azules exhiben las de las víctimas del “terror rojo”, y los rojos las de las víctimas franquistas. Por supuesto, tanto la mala como la buena memoria pueden ser un obstáculo para el buen pensamiento. Un buen pensamiento sería el que estuviese gobernado por el afán de conciliación y la voluntad de paz, antes que por el afán de venganza y la búsqueda de un nuevo enfrentamiento, como si España no pudiera dejar de ser jamás aquel “país ineficiente entre dos guerras civiles” del que habló con íntima tristeza don Antonio Machado, cuyo hermano, por cierto, cayó en el otro bando. Traigo igualmente aquí a colación -como Trapiello- el epitafio que adorna la tumba de don Manuel Azaña en Montauban, de un Azaña descorazonado porque era muy consciente de que se habían y se estaban cometiendo fechorías en nombre de la República:

 “Paz, Piedad, Perdón”

 La transición fue posible –Trapiello recoge esta reflexión de Fernando Savater- precisamente por el acuerdo tácito de todas las fuerzas políticas de pasar página… Es inútil querer desenterrar, no ya a los muertos, sino a la propia Guerra Civil para que ahora, por fin, ganen “los buenos”…

Todos fueron culpables, menos, quizá, los tibios, los que tuvieron la suerte de escaparse a tiempo, como algunos líderes liberales, o los que, pudiendo dar rienda suelta a sus malos instintos y ejercer la crueldad con la fuerza en la mano, omitieron hacerlo. El que se comprometió hasta las cachas, muy fácilmente pudo mancharse las manos de sangre, por acción u omisión. Es lo que pasa cuando la razón de la fuerza sustituye a la fuerza de las razones, y la persuasión se subordina a la amenaza y la violencia. De esos, seguramente, de los que pudiendo hacer el mal lo evitaron, hubo también bastantes en ambos bandos y en todas las zonas. Pero el mal es más vistoso y espectacular que el bien. 

Pasada la guerra, todos han querido justificarla en nombre de los más altos ideales: la Libertad, la Justicia Social, la Religión, la Unidad de España… Pero ninguna idea, ningún ideal, valen lo que la vida de un solo hombre. Lo cierto es que “muchos lucharon en el lado bueno con las peores razones, y otros en el lado malo con los mejores propósitos”. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido pedir responsabilidades a los suyos, sino a los contrarios. Es la justificación del Mal a la que aludió Hannah Arendt, filósofa esta a la que se cita varias veces en este libro-novela, pero también libro-ensayo, y muy ajustado y crítico con el programa político de la “Memoria Histórica”.

Dice Hannah Arendt:

“El que se venga no desea perdonar, sino poder hacer lo mismo que le han hecho a él, o sea, reproducir el mal, igual que el que perdona renuncia necesariamente a vengarse, porque también él habría podido ser culpable”.

La memoria hay que cultivarla, desde luego, porque el olvido crece solo. Pero, ¿no servirá la “memoria histórica” al propósito de refundar el mito de una España superior a otra? Para todos nosotros, los hechos acaban por ser interpretaciones, y estas pueden hacerse bajo el peso de una fantasía halagüeña, una ficción que nos retrate como ángeles, y pinte como demonios a los que no piensan como nosotros. La Historia (la historiografía) es siempre una reconstrucción incompleta y problemática de lo que ya no es, y es un hecho que la memoria colectiva deforma el pasado. Omitimos por naturaleza lo que no nos conviene recordar y alimentamos fácilmente ambiciones ilegítimas y deseos destructivos de venganza a base de reproches.

Si nos acercamos demasiado al bosque, solo vemos árboles. La verdadera inteligencia requiere distancia, ascético control de las emociones, ese que nos permite “atinar a saber en qué punto el pasado debe olvidarse para que su peso no sepulte el presente, porque una paz verdadera es imposible sin el olvido”. También el perdón requiere del olvido. Por eso la frase esa de “perdono, pero no olvido” me resulta tan ladina. Al menos, para perdonar es necesaria la voluntad de olvidar el mal que nos causaron.

Puede que -como insinúa Trapiello- a veces sea preferible la paz a la verdad y que otras veces lo sea la justicia a la paz. Sin duda, discernir esto, resulta de lo más difícil.

 

El Castillo Blanco

El Castillo Blanco

Tiene razón Orhan Pamuk cuando dice que hasta la hormiga más pequeña acarrea su sombra, aguantándola paciente como si llevase tras de sí a su gemela. El protagonista de El Castillo Blanco (1986), un instruido veneciano apresado por los turcos en el siglo XVII, tiene que lidiar con su doble otomano y musulmán. No se convertirá a la fe de Mahoma. Pero acabará cediéndole al Maestro turco buena parte de su destino. ¿Es el destino el que se disfraza de azar, o el azar el que se disfraza de destino?

El doble nos aterroriza con el hechizo de su extraño parecido. Pamuk, entre dos culturas, como su Estambul natal, explora el famoso tema de los gemelos, de los sosias, de los que ocupan el lugar de otro… ¿Metáfora de la admiración que cierto Oriente siente por Occidente, y de la fascinación que el segundo siente por el primero, su extraño, quizá, pero también su complementario?

El doble: un tópico de la literatura universal y de la psicología racional. Un doble perfecto ya no es una copia, sino el mismo original, pero entonces ya no es un doble, me sustituye. En esta época de selfies (autorretratos episódicos, máscaras fugaces), en la que todo el mundo busca una copia que mejore su original (tal vez porque es muy difícil ser original en mitad de la estandarización global), buscamos un parecer que trascienda el ser, un estar apareciendo que nos redima, mariposas efímeras, espectros congelados.

Ocurriendo en un Estambul que se edificó sobre las melancólicos ruinas de Constantinopla, hay cierto y apropiado bizantinismo aquí, cierto trillar sobre lo ya trillado (Cervantes, Shakespeare, Kafka); la relación reversible amo-esclavo (Hegel, Losey). El juego con el doble recuerda esos dibujos de Escher en que el pájaro negro acaba transformado en pájaro blanco, y viceversa. Al final, un bucle infinito, como dos espejos de Borges, uno enfrente del otro, que retratan al retratado, que retrata al retratado…, ad libitum. El bucle de una obsesión compulsiva.

¿Qué tipo de neurosis nos impulsa a contar lo vivido? Tal vez todos los escritores quieran ser otros y por eso crean personajes con la sustancia imaginaria de sus existencias. Tal vez todos los pueblos se miren en el espejo sublimado de otros a los que temen o admiran, o busquen su identidad contra el espejo deformado de aquel al que odian. ¿Será verdad que cuanto más claramente sufrimos la soledad, más atraídos nos sentimos también por el mal? La buena literatura puede servirnos entonces de conjuro. Un buen relato –nos enseña Pamuk- debe tener un comienzo de cuento infantil, el desarrollo terrorífico de una pesadilla, y un final amargo, como el desvanecimiento irremediable y el olvido definitivo de una encantadora melodía.

Para evitar el mal, no basta con rezar oraciones que no se entienden ya, para que todo sea como antes. Dios ha creado inigualables maravillas para doblegar el orgullo humano y denunciar nuestra estupidez, como una peste que diezma a la población o dos hermanos gemelos perfectamente iguales. Y sin embargo, a muchos aprovechará saber que la vida no es solo una espera, sino algo que se puede disfrutar. Y se debe. "Los muertos mueren y las sombras pasan -escribió nuestro Antonio Machado-, lleva quien deja y vive el que ha vivido". 

Para no quedarnos solos, a merced del diablo, uno se cuenta a sí mismo historias cuyos pormenores no sabe si proceden de recuerdos o de sueños. Nada que ver con la petulancia vulgar de esos estúpidos satisfechos de sus vidas, del mundo y de sí mismos. Únicamente las gacelas y los gorriones pueden ser felices sin pensar en quiénes son, en quiénes pueden llegar a ser, y sin que ese enigma les perturbe.

Como a un sultán, a todos nos gustan las historias y el juego de tulipanes que se abren en el jardín de nuestras memorias. Pero nadie es imprescindible en palacio, ni el mejor astrólogo del sultanato, ni siquiera el visir tiene su cabeza a salvo, menos que muchos, el visir. Y por eso, tal vez, unos hombres puedan ocupar el lugar de otros. En cierto sentido, esto es una prueba de que somos iguales en todas partes. Quizá por eso busquemos con tanto ahínco lo extraño y lo sorprendente, contra el agotador aburrimiento, cuando todo nos parece o nos da igual. Pero es preferible buscar lo bizarro fuera de nosotros mismos, pues pensar mucho en quienes somos nos hace desdichados. A pesar de lo mucho que nos complace soñar la vida y, para poseerlos de nuevo, los sueños que perdimos, lo que hemos sido y somos.

Es triste descubrir de qué manera los buenos van siendo tragados lentamente por el mal al que se enfrentan, cómo el pecador busca al pecador para vengar su vergüenza. Ver cómo el resentimiento les cambia. Menos mal que la monstruosa máquina que vamos construyendo para asaltar el castillo blanco de nuestros enemigos se hundirá en un lodazal polaco, y para siempre. 

Rosa cándida

Rosa cándida

Audur Ava Ólafsdóttir.

La primera letra de, en el nombre de esta islandesa, lleva una especie de cruz en su hampa, un trazo que parte la cresta del grafema. No he podido encontrar un símbolo así en los caracteres especiales de mi programa Word de tratamiento de textos. El islandés es una lengua germánica septentrional relacionada con el feroés y los dialectos noruegos de quienes la empezaron a habitar esta isla lejana en el siglo IX. El mundo nórdico, “la últimaThule” de los medievales, parece así el fin del mundo, el extremo hiperbóreo de Europa, donde no paran de soplar galernas y barren el volcánico país continuos temporales. Allí es muy difícil que crezca algo, pero la vida se abre paso si se la cuida lo suficiente.

La autora de Rosa cándida es profesora de historia del arte en Reikiavik y directora del museo de la universidad de Islandia.

“Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres ser feliz un año, cásate; si quieres ser feliz toda la vida, métete a jardinero”, sentendia un proverbio persa. El protagonista de Rosa Cándida (Alfaguara, 2011) tiene un nombre impronunciable y podría hacer suyo el sentido de ese proverbio. Su padre le llama cariñosamente Lobbi, Addi, Dabbi. Y a pesar del consejo paterno de que estudie en la universidad algo relacionado con la botánica o las ciencias de la vida, a pesar de sus excelentes notas y de su talento para el latín y los idiomas, Lobbi decide ser jardinero. Una vocación que le viene de su madre, fallecida en un accidente de tráfico, hada madrina de un jardín y un invernadero que es envidia de todos, en un mundo inhóspito, rocoso y helado.

En la novela no pasa nada del otro mundo. Una hija accidental, un viaje a otro país para rastaurar el jardín de un monasterio con una rosaleda legendaria, una operación de apendicitis, un viaje de mil kilómetros a través de bosques espesos e inacabables, el contacto con una enfermera, con una amiga del colegio y con una chica desconocida que habla otra lengua.

Rosa Cándida (Afleggjarinn, en su título original, 2007) obtuvo el premio Fjöruverdlaun (esa de lleva también un trazo en su cresta), especializado en literatura femenina. Tengo mis dudas de que exista algo así como “literatura femenina”. Prefiero hablar de buena y mala literatura. Además, esta novela ha sido descrita precisamente como une "ode à la sensibilité masculine". Y no importa que sea precisamente una mujer la que exponga así, con literaria maestría y aparente sencillez, algunas de nuestras posibilidades menos reconocidas.

  Además, la novela cuenta no tanto cómo se sienten las mujeres, sino como se siente un nuevo tipo de varón que debe aprender a cocinar, a vestir y lavar a su niña, a tener en condiciones la casa si quiere conservar a su pareja, así como los temores y deseos de su padre viudo, setentón, con un hijo autista y otro veinteañero a punto de saltar del nido, pero sobre todo los de un joven nórdico, pelirrojo, que debe y decide hacer compatible su amor por las rosas y la jardinería con sus imprevistas responsabilidades familiares…

Un joven que desarrolla su sensibilidad de adulto, al margen de estereotipos y convenciones, ofreciendo así un nuevo paradigma masculino en el que hay que negociar las faenas domésticas según las circunstancias. Alguien que contempla la compleja emotividad femenina desde la perplejidad y la fascinación:

 Es evidente que aquí vive una mujer: todo está lleno de trastos inútiles, candelabros, tapetes de encaje, incienso, cojines, libros y fotos, que he de tener cuidado para no mover de su sitio… Cap. 10.

 Las mujeres tienen memoria de elefante y son muy sensibles al poder de todo lo insólito que pueda haber sucedido en sus familias a lo largo de los últimos doscientos años… Cap. dieciocho.

 Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco… Cap. 60.

El protagonista concluye:

 Ser hombre es poderle decir a una mujer que no tiene de qué preocuparse. Cap. 50.

  La delicada, compleja interacción, muchas veces silenciosa, entre los personajes, sus almas y sus cuerpos, constituye la interesante sustancia de esta obra exótica y encantadora, en la que todo el mundo es bueno, como rosas cándidas (flores de un rosal sin espinas), incluido por supuesto el prior del monasterio, el padre Tomás, discreto bebedor, políglota y cinéfilo.

Los monjes, más interesados por los libros, se han olvidado del jardín, con su rosaleda en la que florecieron centenares de especies de rosas, algunas rarísimas, más que en ninguna otro jardín del mundo. Pero, tras el trabajo del jardinero protagonista, descubren lo saludable que es salir y disfrutar de su jardín, que acabarán pensando en abrir la público e incluso al turismo.

Todos los personajes parecen nadar en una burbuja pacificada y mística (como la rosa de ocho pétalos que el protagonista quiere plantar en el jardín remoto), en la que los iconos religiosos adquieren un nuevo sentido y valor, al margen de los viejos dogmas, un sentido que se confunde con el de la infancia de Flora Sol, la hija del protagonista, una vida que florece, a pesar de los intereses diversos de los protagonistas, contra el viento y la marea del individualismo al uso, y en mitad de una sociedad envejecida.

Yan Lianke y la aldea Ding

Yan Lianke y la aldea Ding

Yan Lianke tiene mi edad. Entró en el ejército chino con veinte años (1978), licenciado en ciencias políticas y literatura es sin duda uno de los grandes escritores chinos contemporáneos. En la actualidad trabaja como catedrático de literatura en la Universidad del Pueblo de China. Ha sido propuesto al Premio Príncipe de Asturias y al Nobel. Es coautor del libro español más leído en China, según algunas encuestas: El viaje a Xibanya (Viaje a España), en el que un puñado de autores, entre ellos dos mujeres, reflejan su particular visión de las tierras de Quijote hacia 2009. Al parecer, en su viaje por la piel de toro, España les pareció un país menos "exótico" de lo que esperaban. En el relato de Lianke, uno de sus paisanos elige España para suicidarse pero acaba contagiándose de las ganas de vivir de los españoles.

Aunque Yan Lianke ha sido muy premiado en China, ello no ha impedido que El sueño de la aldea Ding, así como otras obras suyas, hayan sido vetadas allí. El Partido Único se habrá dado por aludido. Pero El sueño de la aldea Ding (Automática editorial, Madrid, 2013) sobresale como un precioso símbolo de una tragedia social y familiar en gran medida universal: la desaparición de la vida tradicional, rural, sus costumbres y sus principios, a favor del crecimiento desenfrenado de las ciudades y su "progresista modernez".

La novela incluye también una conmovedora historia de amor: la de Lingling y Ding Liang, en la que el amor parece, al menos por unos días, y a pesar de la letal enfermedad, ganarle la partida a la convención y a la muerte.

La prosa de Yan Lianke ha logrado una versión española muy idiomática gracias al espléndido trabajo de la ubetense Belén Cuadra Mora, que ha traducido diréctamente del chino. Debo a su abuela Paquita el descubrimiento de este formidable artista de la novelística cosmopolita de nuestro tiempo. Desde aquí se lo agradezco.

La prosa de El sueño de la aldea Ding tiene un ritmo muy especial en el que las reiteraciones, la narración en cursiva de los sueños, el paisaje poético y la rotunda sencillez de los diálogos, marcan el compás, un compás comparable al de una marcha fúnebre, lenta, imparable, solemne, como la sucesión de las estaciones o la caída de las hojas en otoño. 

La voz narrativa es la de un niño muerto, Xiao Qiang. Pero el verdadero protagonista de la historia, visionario y justiciero al fin, es el bedel y casi maestro de la escuela de la aldea, el abuelo Ding Shuiyang, cuyo "daimon" o voz interior, que percibimos más por sus gestos que por sus palabras, es la de un mundo tan simple y honrado como comunitario, un mundo desolado injustamente por la avaricia de unos pocos (y el principal, su propio hijo), que, involuntariamente, han contagiado a los campesinos el Sida, promoviendo la compraventa masiva de sangre. 

De todas formas, no hay maniqueísmo en la novela, ni malos ni buenos, sólo ambiciones, pasiones y sentimientos humanos, demasiado humanos, y una insobornable búsqueda de dignidad en mitad de la pobreza y la epidémica catástrofe...

El autor, en un epílogo emocionado, acaba pidiendo perdón al lector por el dolor que la novela transmite. En verdad sería insoportable si ese dolor no quedara maravillosamente sublimado por tan memorable belleza.

El mundo de Yesod

El mundo de Yesod

Es fácil formarse una visión idealizada de la Italia del Renacimiento, en ese microcosmos en el que convivieron el poderoso Miguel Ángel con el dulce Rafael, el platónico Ficino con el aristotélico Pomponazzi. Una parte importante de la magia que destila el salto del XV al XVI estriba en el mestizaje cultural de su expresión artística, mezcla de paganismo y cristianismo, de superstición e incipiente ciencia, aristocracia medieval y renovadas energías burguesas, de lo salaz a lo sublime y de lo ideal a lo terrenal, y vuelta a empezar.

Las Memorias de un enano gnóstico de David Madsen, 1995 (Muchnik editores, 2001, trad. Ramón Buenaventura) vuelcan la carga de la época que reconstruyen hacia un “gore” grotesco, mordaz y obsceno, pero no dejan por ello de ser literariamente deslumbrantes, psicológica y filosóficamente sugestivas. Lo terrorífico se confunde ahí con lo sagrado, la crueldad o el éxtasis báquico con el misterio genuino. Sus personajes parecen deslumbrados, atormentados y, por fin, despedazados por la pasión de las ménades o la seducción de Yesod: símbolo del mundo de las inquietudes irracionales, de los estremecimientos en la boca del estómago, de las tripas agitadas por el miedo, en el escenario lunar donde las revelaciones son transmitidas por susurros de los espectros de cristianos sacrificados, devorados por bestias feroces, en el coso mil veces ensangrentado del Coliseo romano.

La recreación histórica de la época del papa Médicis la hace su chambelán más estrafalario: un enano cheposo procedente del Trastévere romano, despreciado por su madre, fulana alcohólica, y vendido por un fanático inquisidor al propietario de un circo itinerante de monstruos desdichados.

La compleja política internacional de la época, en la que las grandes potencias mueven sus piezas de ajedrez en el avispero de una Italia dividida, es contemplada desde el ojo del huracán en el que el papa emite sin cesar bulas que pretende vender a buen precio en los países germánicos para pagar sus guerras, ejercer su megalómano mecenazgo artístico y terminar las obras de la basílica de San Pedro, bulas que permiten pecar con impunidad, bulas que incluso perdonan por anticipado pecados aún no cometidos.

Si la novela comienza describiendo el ano supurante de Su Santidad el papa León X, tratado con pis de virgen por su médico de cabecera, así como su afición a los catamitos (nombre romano de los ganímedes raptados para solaz del Divino Guey Celestial), el Lutero escandalizado por la inflación de bulas y el alejamiento jerárquico de la pobreza evangélica no sale mejor parado: “un campesino hijo de campesinos, grande, deslenguado y apestando a pis”, un monje obcecado, loco, torturado por el desdén del padre terrenal, que sublima en desdén del Padre eterno.

Giuseppe Amadonelli, Peppe, el apócrifo autor de estas memorias, profesa la fe gnóstica. Este credo de origen oriental, helenístico, extrae fuerza del indudable hecho de que este mundo nuestro es tan injusto como imperfecto. La consecuencia que el gnosticismo extrae de la inconsistencia lógica y ética del mundo aparente es que no ha podido ser creado por un dios omnipotente y bueno. Por tanto, nuestro universo físico es obra del Diablo. El Supremo Poder Bueno creó el espíritu; el poder malo creó la materia.

A Peppe, el gnosticismo le parece la única doctrina capaz de explicar la miseria de su condición personal: un espíritu inocente y piadoso atrapado en un cuerpo maldito y lamentable. La existencia corpórea, la carne y el sexo, son malos, y el mundo terrenal es el infierno. En el fondo se trata de una fe optimista, porque si esto de aquí es el infierno y no obstante nuestra alma es inmortal, meta-física, nada puede irnos en el futuro peor que ya nos está yendo con tal de que despreciemos esta carne nuestra y las seducciones que nos brindan las mundanas ilusiones.

La bella joven que introduce al enano en la secta gnóstica, Laura, muere quemada en la hoguera y, como la Beatrice del Dante, será el único ideal y el verdadero amor de su vida. Su relación con Laura deparará al enano un sorprendente final casi feliz tras el asesinato de León X, tan dichoso como lo pueda ser la existencia de un enano en un mundo que cree creado por el mismísimo Satán.

Madsen juega inteligente y hasta piadosamente con la blasfemia erudita, así cuando refiere a los escritos de San Agustín como "rapsodias misantrópicas del santo obispo de Cartago”. Giovanni de Médicis, el papa León X, sucesor del papa guerrero Julio II y protector del enano gnóstico, es descrito de este modo: gordo, sensual, mimado, ulceroso, infantil, ridículo, pero tremendamente fascinante, un pedorro enamorado del arte más noble tanto como de ciertos placeres prohibidos, que se convierte en la piedra angular de la existencia de su protagonista, lo que no impide a Peppe la deslealtad más absoluta cuando se trata de salvar el culo, ese mismo que tanto desprecia como gnóstico... Y es que los personajes resultan tan contradictorios en sus decisiones y delirios como nosotros, y por tanto verosímiles.

No sabemos quién es David Madsen, el autor de esta heterodoxa y escatológica crónica de "lo humano demasiado humano": amor, odio, crueldad, obcecación, obsesión soteriológica, afán de venganza, deseo de placer infinito, desprecio y gusto por la carne, interminables comilonas, orgías clandestinas, autos sacramentales de dolor y fuego, procesiones paganas, dionisíacas, en honor del Supremo Pontífice, Vicario de Cristo y Portador de las llaves de Pedro... "La casa del libro" afirma que se trata del seudónimo usado para su carrera literaria por un filósofo, teólogo y terapeuta. En la solapa de la edición de Muchnik que he disfrutado se describe a Madsen como “filósofo inglés apasionado por la teología”.     

Riña de gatos

Riña de gatos

He terminado la novela de Eduardo Mendoza, Riña de Gatos (Madrid 1936). Es atrevida por el marco histórico que escoge para su trama: el revuelto Madrid en el que se preludia la guerra incivil. Por el escenario ficticio pero verosímil de la novela pasean los fundadores de Falange, los conspiradores contra la República, incluido el general Franco, el decrépito populacho de la “famélica legión”, la rancia aristocracia castellana y el mismísimo don Manuel Azaña, como figuras de un sainete cómico.

La novela fue premio Planeta en 2010 y es muy entretenida. Está escrita con esa cachaza de humor compasivo tan característica del autor, que se ha documentado bien y no incurre en el maniqueísmo, tan à la page, de pintar a reaccionarios malísimos y republicanos buenísimos. La psicología de los personajes adquiere profundidad, a pesar del trazo impresionista, goyesco, tan goyesco como el detalle de cartón para tapiz que adorna esta entrada.

El protagonista es un crítico inglés amante de Velázquez, que viaja a Madrid para tasar un cuadro que no se sabrá hasta el final si es o no es un Velázquez. La reflexión sobre los males históricos de España, los cuadros del gran artista y la especulación sobre las circunstancias en que los pintaba, añaden interés a la lectura.

La perspectiva del autor, próxima a la del intelectual inglés apolítico, permite una narración entre divertida, estoica y distanciada, de la crítica situación por la que atrevesaba la Segunda República. Al final, resultan más caricaturescos los espectadores ingleses de su colapso, que las figuras atrapadas en él, que ostentan un perfil inteligente y atormentado, entre melodramático y trágico, sumidos en sus tremendas contradicciones personales, que son también las de la España del momento.

He sorprendido algún anacronismo menor. No se trata de una obra maestra, pero Riña de gatos da que pensar y que prevenir, y ha nutrido bien mi postre de ocio veraniego.

La perfecta casada de Wolitzer

La perfecta casada de Wolitzer

Meg Wolitzer. La esposa.Traducción de Enrique de Hériz.Rocaeditorial, Barna, 2004.

 El arranque de esta novela, trepidante, duro, ágil y atrevido, promete más de lo que luego ofrece. Después, la narración se vuelve algo plana y reiterativa. Al final, la autora te regala una sorpresa poco creíble.

A la esposa perfecta, protagonista de la historia, el escritor Joseph Castleman, nacionalmente famoso e internacionalmente considerado, se lo debe todo.La esposa ha sacrificado una carrera independiente y una vida propia por el bien de su marido y de sus hijos.

Espero que la Wolitzer no pretenda generalizar su dictum de que todos los hombres, y muy especialmente los intelectuales, somos niños grandes. El implícito y explícito feminismo de la obra, que reniega de la “literatura femenina” y denuncia la especial dificultad que tuvo y tiene la mujer para acceder al "cotarro" en el mundo de la Literatura con mayúscula, pone el acento sin embargo en la esencial masculinidad de la gran tradición literaria. Lo cual no deja de ser un tanto contradictorio.

Desde luego, eso armoniza con el complejo perfil psicológico de la protagonista, que, siendo alumna, se enamora del profe universitario, y luego ejerce de abnegada y burlada esposa, la misma que narra en primera persona y que -muy femenina a pesar de todo-, no sabe muy bien lo que quiere, o, si lo sabe, no toma las decisiones pertinentes, o, si las toma, lo hace demasiado tarde o no las lleva a efecto en absoluto.

También tiene su enjundia y justificación la sátira de la vanidad literaria, presente de cabo a rabo en la novela, el vedetismo de los novelistas famosos, su charlatanería, su alcoholismo, muy usamericano, la envidia y competencia por obtener los máximos galardones.

No puedo comprender cómo el crítico Lorrie Moore pudo afirmar que se trata de una novela "alegre". Para mí, hay mucha amargura tanto en su fuerte inicio como en su melancólico e hiperbóreo final. Perfecta y complaciente esposa hasta el acabose, su tono es de principio a fin el del desencanto, pero jamás revelará secreto alguno que rebaje la categoría de su marido. Me recuerda a esas esposas tradicionales que insultan o golpean a su marido pero no consienten que ninguna otra mujer haga lo mismo.

Quizá sea esa misma amargura la que da que pensar sobre un papel, el de esposa leal y madre atentísima, tan maltratado socialmente y tan distorsionado (baste ver las imágenes que aparecen en Google si pones la palabrita "esposa" en la celda). Lo de "mi señora", lo de "la dueña" parece haberse perdido en un pasado casi medieval. Una esposa, hoy, o es "sierva maltratada" o "vampiresa" roba-hijos y roba-bienes, tras una separación traumática. La mayoría de los esposos y esposas no tienen nada que ver con estos espectaculares extremos, por supuesto. Pero nuestra sociedad lo es del espectáculo. Los elogios de la perfecta esposa genérica, universal, se envuelven –también en la novela- en escépticos estereotipos y sarcástica retórica. Ellas no parecen poder vivir bien ni con ellos ni sin ellos.

Me han encantado la traducción y la edición (he detectado con prurito profesional sólo una errata), en buen papel y con una letra tipo Aldus que es una auténtica delicia. Esto también cuenta. Tal vez cuente cada día más, cuando se abaratan y multiplican las ediciones digitales.