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Literatura

Murakami: una atmósfera tranquila

Murakami: una atmósfera tranquila

Cuando empecé a leer a Haruki Murakami (Sauce ciego, mujer dormida, 1983) me pregunté: ¿estos son los cuentos del famoso Murakami? ¿Por qué se ha convertido en un bestselista internacional? Sí, ciertamente, algunas de sus comparaciones resultaban originales: “una sonrisa pálida como un atardecer brumoso”, “las arenas movedizas del tiempo”. Algunas de sus descripciones, tan patéticas como poéticas: “Dentro de mi cabeza hay un cuchillo clavado en diagonal en la mórbida carne de mis recuerdos”; o bien, con un toque surreal: “en un bol amasé las sombras del tiempo ya vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua hirviendo y le eché una pizca de sal”… Pero todo eso me parecía insuficiente para explicar tanto crédito. Los asuntos me parecían triviales; las conversaciones, anodinas.

Poco a poco me fui dando cuenta de cómo lo banal podía ir siendo símbolo, quedando así sublimado. Enseguida, el estilo de Murakami (Kioto, 1949) te va envolviendo como una atmósfera tranquila. Te das cuenta de que su sencillez es hija de una estudiada, meticulosa elaboración, y sus relatos tienen la autenticidad de lo vivido, de lo soñado o de lo delirado. Tal vez eso explique por qué usa el material de algunos de sus cuentos más tempranos para integrarlos luego en sus obras mayores… Es el caso, por ejemplo de “La luciérnaga”, que luego reaparece en Tokio blues como uno de sus episodios.

Sus historias, tristes y hermosas, son vividas por seres que tienen dificultades para gozar con relaciones satisfactorias, para tomar por real la vida cotidiana o para dar por ficticios sus sueños y pesadillas. No hay prisa ni apremios en este ambiento que, en Tokio blues, rinde homenaje al Thomas Mann de la Montaña mágica, así como en otras partes a Kafka, o a los clásicos norteamericanos.

Su éxito internacional puede estar en relación con la cultura cosmopolita de sus personajes principales, amigos de la música de los Beatles y del jazz clásico, tanto como de Bach o Mozart, bebedores de coca-cola, cerveza o güisqui, o, cuando más sofisticados…: “pidió un Tío Pepe con Perrier” (Después del terremoto). Subjetividades deslocalizadas. Alguna narración puede trascurrir en una isla griega, otra en un pueblecito de Italia y una tercera en un enclave turístico del Pacífico usamericano. No obstante, en Tokio blues. Norwegian Wood (1987), la narración no pierde un fuerte color local, esto es, japonés.

Es posible que el ritmo hipnótico de esta prosa tenga que ver con el sincopado del jazz, que tanto gusta a Murakami. Hay honradez, modestia, soledad y escepticismo en esta voz que se compadece de unas personalidades siempre al límite de la normalidad o de la locura. La claridad de estilo contrasta con el enigma de lo que pasa. Y el amor resulta allí tan imposible como romántico.

No tengo ni idea de japonés, pero las traducciones que he leído, de Lourdes Porta Fuentes, deben de ser muy buenas cuando no me lo recuerdan para nada: correctas e idiomáticas.

 

Lo fantástico

Lo fantástico

“Al borde de las cosas que no comprendemos del todo, inventamos relatos fantásticos para aventurar hipótesis o para compartir con otros los vértigos de nuestra perplejidad”

Adolfo Bioy Casares

¿Qué es lo fantástico? David Roas en Tras los límites de lo real (Madrid, 2011) se embarca en un ensayo de dilucidación de esta categoría, referida sobre todo al dominio de la literatura. "Una definición de lo fantástico" -reza el subtítulo.

Como la cosa –lo fantástico- comprende en su ser ese no ser de lo que ella no es (que diría Hegel), para saber qué es lo fantástico hay que saber también qué es lo real, es decir, aquello que lo fantástico no es.

Lo real y lo fantástico, desde luego, no se distinguen por que lo real sea algo así como lo inmediato presente o lo que se aparece inmediatamente (la aparición del fenómeno), pues tanto lo real como lo fantástico son construcciones culturales, aunque naturalmente motivadas.

Para Roas, lo que caracteriza esencialmente a lo fantástico es el conflicto entre lo real y lo imposible.

Tras el desencantamiento del mundo producido por el racionalismo, el experimentalismo racionalista, la economía política, el individualismo posesivo, el ateísmo filantrópico y el materialismo histórico…, ¿cómo pudo perdurar e incluso resurgir una literatura fantástica? En una época en que los burgueses se ríen de los espectros como los burgueses americanos se burlan del fantasma escocés en el cuento de Wilde, ¿cómo pudo perdurar el sentido de lo sobrenatural? Es simple: la emoción de lo sobrenatural fue expulsada de la vida y de la naturaleza, los genios abandonaron rápidamente las ermitas y los cenobios, se transformaron en sujetos de sociedades de intercambio de bienes y servicios, así que lo sublime, la emoción de lo sobrenatural se refugió en la literatura.

En los primeros años del XVIII, se divulga el tratado De lo sublime del Pseudo-Longino. La categoría de lo sublime, contrapuesta por Kant a la de lo bello, abarcará lo extraordinario, lo maravilloso y lo sorprendente, haciendo del terror una elevada pasión estética. Lo infinito, o la apariencia de lo infinito, impone sus delicias horrorosas, su pánico imaginario ante una fenomenología de lo negativo y lo oscuro. El Romanticismo se apropiará de lo onírico, lo visionario, lo sentimental, lo macabro, lo terrorífico y lo nocturno, para devolvérnoslo como otredad ignorada y sublime. No todo es lógico, ni todo se deja reducir al principio de razón suficiente, ni todo es explicable. El universo no es una máquina, sino algo más misterioso y menos racional. La realidad tiene un lado más oscuro que el racional-empirismo de la ciencia, simplemente, olvida.

Ya en la segunda mitad del XVIII surge en Inglaterra la novela gótica. Goethe llama a esa región desconocida lo demoníaco. El cuento fantástico irá más lejos que la novela gótica con Hoffmann, Poe, Maupassant…

Incluso después de la mecánica cuántica se hallará un lugar para la literatura fantástica. ¿No será la mecánica cuántica uno de sus géneros? ¿No será la física cuántica un relato fantástico? Por lo menos, ha revelado la naturaleza paradójica e indeterminada de la realidad. El mundo newtoniano de las certezas ya queda lejos, porque la probabilidad y el azar cobran ahora en la cosmología y en el atomismo un papel fundamental. Si varias realidades pueden coexistir simultáneamente, como las superposiciones de estados cuánticos de las partículas subatómicas, no vivimos en el uni-verso sino en “multi-versos”. Es imaginable la coexistencia de infinitas realidades paralelas en las que la energía y las partículas vibren a frecuencias diferentes… La naturaleza misma acaba por concebirse de un modo extraño, increíble, fantástico, si no absurdo. ¿O no es absurdo que el gato de Shrödinger esté al mismo tiempo muerto y vivo? ¿No será el objeto una construcción mental del sujeto como afirman las neurociencias? ¿Qué, si el mundo no es más que una proyección de nuestros delirios! Los filósofos constructivistas (N. Goodman, J. Bruner, P. Watzlawick) postulan que la realidad no existe antes de la conciencia que tenemos de ella. No hay "realidad real", sino representaciones sociales de la realidad.

La cibercultura ha popularizado esas historias cuyos protagonistas viven inmersos en entornos engañosos, luchando con simulacros, como en la mesiánica Matrix (1999-2003)…

En conclusión, la realidad ha dejado de ser una realidad ontológicamente estable y única, y ha pasado a contemplarse como una convención, una construcción, un modelo creado por los seres humanos (o por las máquinas), un simulacro (Baudrillard): un compuesto de constructos tan ficticios como la propia literatura.

Por eso, la narrativa postmoderna rechaza el contrato mimético con la “realidad” y busca ser una realidad autosuficiente que ya no requiere la confirmación de un mundo exterior para existir o funcionar, como un puro experimento verbal que puede tener sentido aunque reduzca al mínimo sus referencias reales.

Ante estos nuevos paradigmas de lo real, lo fantástico debe seguir proponiendo su conflicto entre lo real y lo imposible, desmintiendo los esquemas de interpretación de la realidad y el yo, como el médico que borra la circunferencia de Clinio Malabar (personaje de Leopoldo Lugones), un loco que sólo puede vivir seguro dentro de los límites de una circunferencia que dibuja sin cesar a su alrededor. Temblamos de horror si alguien pone en duda nuestro orden de realidad. Lo fantástico desestabiliza esos límites que nos dan seguridad, el círculo de tiza que nos “protege”, como al loco Malabar, de lo desconocido.

Roas distingue lo fantástico de lo maravilloso. La amenaza de lo imposible no se plantea en esa literatura del “Érase una vez…”, como los cuentos de hadas o El Señor de los Anillos, en los que todo es posible. Lo imposible se vuelve familiar. Pero en la verdadera literatura fantástica lo ominoso (unheimlich, lo tenebroso o inquietante) se produce cuando aparece como real lo que teníamos por mera fantasía. Acontecimientos extraordinarios, numinosos, no es lo mismo que acontecimientos imposibles.

El realismo mágico, sin embargo, plantea la coexistencia no problemática de lo real  y lo sobrenatural, una situación que se consigue mediante un proceso de naturalización y de persuasión que confiere estatus de verdad a lo no existente, hasta que los fenómenos prodigiosos son presentados como si fueran algo corriente, lo que distingue al realismo mágico tanto de la literatura maravillosa como de la fantástica (basada en el enfrentamiento problemático entre lo real y lo imposible).

En lo pseudofantástico se acaba racionalizando lo sobrenatural, o bien la presencia de esto no es más que una excusa para la sátira grotesca o alegórica, o para la lección moral. Roas establece tres grandes grupos de narraciones pseudofantásticas:

a) Las novelas góticas en que se explican los efectos terroríficos que sacuden a los protagonistas mediante trucos mecánicos (Ann Radcliffe),

b) El gótico sobrenatural de Lewis, al servicio de una alegoría iniciática y moralizante.

c) Lo fantasmático en que se recrea la atmósfera de fenómenos psicopatológicos.

El humor negro o lo absurdo resultan categorías limítrofes de lo fantástico. Pero la risa exige una distancia entre el lector y lo narrado, y de este modo desaparece la necesaria identificación empática que exige lo fantástico. Como afirmó Bergson, para reír es necesaria “una anestesia momentánea del corazón”. En el caso de lo grotesco (esperpéntico, cómico y terrible) la distancia es intensificada por la hipérbole y la deformación. No obstante, en la narrativa fantástica actual se está produciendo una sorprendente fusión de lo fantástico con la ironía y la parodia.

Roas distingue el miedo de la angustia. Temor, espanto, pavor, terror…, son especies de miedo; mientras que la inquietud, la ansiedad, la melancolía…, son formas de la angustia. El primero tiene por objeto lo conocido, el segundo lo desconocido. La angustia se vive como una espera dolorosa ante un peligro tanto más temible por cuanto no está claramente definido, como un sentimiento global de inseguridad que resulta incluso más difícil de soportar que el miedo.

Lo fantástico desfamiliariza lo real y produce miedo metafísico o terror cósmico, como en los relatos de Lovecraft. Todo relato fantástico provoca esa inquietud en el receptor. Lo fantástico tiene que ver con los miedos colectivos que atenazan a los seres humanos, con todo aquello que escapa a los límites de la razón. Evidentemente, ante un público escéptico, culto y poco asustadizo, los autores han de afinar el ingenio para dar miedo, ese que tiene que ver con que nuestras convicciones sobre lo real ya no funcionen.

Puede que lo que distingue a lo fantástico romántico de lo fantástico contemporáneo sea que en la actualidad lo fantástico irrumpe como lo anormal en un mundo aparentemente normal, pero no para mostrar la evidencia de lo sobrenatural, sino más bien para postular la posible anormalidad de la realidad, para revelar que nuestro mundo no funciona como creemos, lo fantástico puede devenir así una categoría profundamente subversiva, pues dibuja el perfil de la alteridad, de lo no dicho o no visto por la cultura, contrapuesto a la ideología del momento histórico.

Entre los diversos aspectos que definen la poética fantástica de los autores actuales, Roas analiza cuatro que considera esenciales: a) la yuxtaposición conflictiva de órdenes de realidad, b) las alteraciones de la identidad (la divisibilidad del “yo” ya no se discute); c) el recurso de darle voz al Otro, de convertir en narrador al ser que está más allá de lo real; y d) la combinación de lo fantástico y el humor.

Entre el elenco de autores que cultivan la literatura fantástica en España cita a Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Félix J. Palma, Care Santos, Ignacio Ferrando, Jon Bilbao, Patricia Esteban Erlés, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Miguel Ángel Zapata, y a sí mismo, David Roas. A todos ellos los considera herederos de los grandes maestros: Cristina Fernández Cubas, José María Merino o Juan Jose Millás.

Las flores de Baudelaire

Las flores de Baudelaire

"Il est des parfums frais comme des chairs d'enfants,/ Doux comme les hautbois, verts comme les prairies,/ - Et d'autres, corrompus, riches et triomphants,// Ayant l'expansion des choses infinies,/ Comme l'ambre, le musc, le benjoin et l'encens,/ Qui chantent les transports de l'esprit et des sens"

                      Charles Baudelaire

Amena, austera, cosmopolita, nada maniquea, ambientada en el Bilbao de 1917, al socaire de la guerra mundial de las trincheras, Las flores de Baudelaire -novela de Gonzalo Garrido- no se cae de las manos. Avalada por Eduardo Mendoza, prevalece en ella el interés social, histórico y psicológico, sobre las florituras de estilo; y la trama policíaca -de aires "negros" y melancólicos- sobre cualquier prurito poético.

Celebro la defensa intempestiva del toreo, una de las aficiones del protagonista, el fotógrafo e investigador privado Alfredo Maldonado, agnóstico y krausista, distanciado física y moralmente de su mujer, intolerante y pacata. Nuestro héroe -que cuenta la historia en primera persona- entiende la tauromaquia como arte en movimiento y como una disciplina artística en la que la inteligencia y la fuerza se enlazan en un baile de poder y de sumisión hasta la muerte.

Resultan pertinentes y ajustadas las alusiones a la idiosincrasia nacional, a esa que –desdichadamente- no pasa de moda, cuando describe el carácter de uno de los personajes honestos de la novela, el policía Rincón: “Poseía ese sentimiento tan hispano de insolidaridad, de incapacidad de sumar esfuerzos en busca de un objetivo común beneficioso para todos. Prefería mil veces el fracaso al éxito compartido”. Así como la breve disección de uno de los problemas históricos del país vasco, tal vez una de las claves para comprender sus trágicos avatares recientes, pues aquellos polvos trajeron estos lodos:

 “En el País Vasco, la ciudad y el campo se habían enfrentado desde antiguo. La gente rural se sentía agredida por las ideas liberales de los burgueses y por su estilo de vida ostentoso. Y éstos despreciaban la rusticidad de aquéllos y las limitaciones que ponían al crecimiento de la ciudad y al comercio, principal fuente de riqueza. Intereses contrapuestos estaban en liza. Eran dos mundos dándose la espalda que habían sembrado una cultura de incomprensión y rechazo y a los que únicamente los unía su extremado catolicismo.

El desprecio había originado las guerras carlistas y el abandono del vascuence por la burguesía como idioma de relación social, que había acogido al castellano por culto y refinado. Al poco, surgieron movimientos políticos de índole nacionalista, que defendían las ideas conservadoras del campo, contra las corrientes liberalizadoras de la ciudad, y que crecieron en tamaño y fuerza.

Esta fragmentación, alentada por unos y otros, había provocado la radicalización de las posiciones. Cada parte tenía su grupo de adeptos, con su simbología, su lengua y sus valores morales. Eran grupos banderizos, cerrados, compactos, en donde las adhesiones eran totales y las ambigüedades se consideraban traiciones. En tierra de nadie quedaba una parte de la sociedad, indiferente a esas controversias y que deseaba una convivencia pacífica y centrada en sus quehaceres diarios y en la satisfacción de sus necesidades básicas”.

 No falta en la novela una alusión a la financiación extranjera, británica, del movimiento sabiniano.

 “Muchas potencias estaban deseando que España hundiese sus rodillas ante la emergencia de nuevos imperios. Nada mejor para ello que el fomento de la secesión. Inglaterra ya había tenido una buena experiencia con Portugal, a la que había alimentado durante siglos, y Alemania lo estaba intentando en Irlanda apoyando la revuelta de los católicos…”.

 Divide y vencerás.

 La España que rememora Gonzalo Garrido ha dejado en manos de otros países el desarrollo tecnológico (recordemos el “¡que inventen ellos!” unamuniano) y debe comprar la tecnología fuera. Esa dependencia es la ocasión que aprovecha Klaus Krüger, un austriaco, para introducir en Bilbao los nuevos procesos fabriles y convertirse en un empresario todopoderoso, ayudado por el papanatismo que nos caracteriza, pues los empresarios y políticos locales creían, por principio, que todo lo de fuera era mejor que lo de dentro. El asesinato de su nieta, una disminuida psíquica, es el "caso" que pone en marcha la investigación. 

Como sigue sucediendo en gran medida hoy, los partidos políticos eran  más bien un teatro que encubría y disimulaba la vieja y endogámica “microfísica del poder” –por usar una expresión foucaultiana-: el caciquismo, el compadreo, el amiguismo, el nepotismo, el clientelismo… Incluso las cualificaciones profesionales valen menos que estas decisivas acreditaciones de ser el sobrino del fulanico o el cuñado de menganico:

 “Si alguien deseaba trabajar, al margen de sus cualificaciones, debía buscar unos padrinos que lo bendijesen y negociasen su entrada en el mundo laboral”

 “Estos abusos estaban cambiando con la venida de los nuevos aires democráticos que resquebrajaban la armonía de poder que detentaba la clase dirigente y los obligaba, en contra de sus hábitos anteriores, a disimularse en partidos de nuevo cuño. La llegada del socialismo con su marchamo marxista, junto con un nacionalismo envalentonado y un republicanismo anticlerical, empezaban a dejar huella en las tranquilas aguas de la Restauración”

 Y como ha sucedido tantas veces en la historia: “Los problemas de España no habían sido resueltos, sino aplazados”… Los poderosos usaban los nuevos partidos para seguir ostentando el poder personal, sin interés democrático alguno “aunque, con sabiduría de generaciones, eran conscientes de la necesidad de adecuarse a las últimas tendencias y de legitimar sus comportamientos caciquiles por medio de la democracia formal”. En este contexto, la política no es más que la vía más lógica para trepar más rápido, ganar dinero fácil, adquirir protagonismo, subir por la escalera de las vanidades…

En cierto sentido, el mundo descrito por Gonzalo Garrido como marco de su historia policíaca se parece demasiado al presente, incluso incurre en algún anacronismo. No creo, por ejemplo, que existiese la carrera de “económicas” a principios del XX; si acaso, la de “profesor mercantil”.

En mitad de una investigación que va ganando interés a medida que se complica, tampoco faltan alusiones al estado de la enseñanza superior, donde el infértil quijotismo teórico se da la mano con las viejas actitudes despóticas, medievales, en una Universidad de Deusto controlada por la Compañía de Jesús.

Este comentario se mantiene en los márgenes. Del asesinato de la niña y de su resolución por parte del curioso fotógrafo Alfredo Maldonado no hablaré, para no fastidiarle la intriga, ágil y cinematográfica -a la que no falta cierto aliciente sentimental- al posible lector. 

 


Estreno de Stanislaw Lem

Estreno de Stanislaw Lem

El hospital de la transfiguración es una novela tan redonda, melancólica y trágica, que resulta difícil creer que fuese terminada por alguien con veintisiete años, alguien que tiene toda la vida por delante. Cuando por fin la censura comunista lo consintió, fue la primera publicada por Stanislaw Lem, en 1956, ocho años después de que su autor la terminara, sin duda uno de los más importantes escritores polacos -si no el mejor- del último siglo.

El tono e incluso el estilo de esta obra están muy lejos del humor cáustico y la especulación estelar, distante y desenfadada, de las obras de ciencia ficción y crítica inteligente que más tarde conquistaron el mundo de las letras, y sin embargo se nota en germen, al final de algún capítulo, cierto atisbo de humor, como una chispa en mitad de una profunda, sombría y desangelada reflexión sobre la condición humana: el hombre como proyecto inconcluso, la extrañeza de los insectos como máquinas vivientes, las limitaciones del materialismo y la desesperación amoral del nihilismo, el valor de la igualdad y la desigualdad, la revolución y la filantropía, el sentido de la historia, la complejidad del cosmos, la miseria humana, la relación entre la demencia y el arte, la idiotez del especialista y, por fin y destruyéndolo todo, el gran interrogante que crea sobre nuestro ser y nuestro destino la barbarie nazi, con la que se cierra la obra.

Menos mal que a la noche aún entra por el ventanuco de una choza incólume un tenue rayo de esperanza, como posibilidad de un renacer y un intentarlo de nuevo, tras un borrón y cuenta nueva, y gracias al tierno y consolador abrazo de una mujer enigmática: la doctora Nosilewska.    

La obra comienza por un funeral y termina en el infierno de un holocausto: los alemanes exterminando sin compasión a los pacientes de un manicomio, para convertirlo en un hospital de la SS. Como su acción transcurre en el aparente aislamiento de un hospital psiquiátrico, es deudora por momentos de La montaña mágica, publicada por Thomas Mann en 1924, y a la que el autor menciona una vez-, nos recuerda las extrañas cavernas y las atmósferas alucinadas de Kafka, aunque también se hallan en ella referencias a la tradición lírica polaca y a los autores clásicos universales.

El poeta Sekulowski, uno de sus personajes centrales –principal interlocutor de su protagonista, Stefan Trzyniecki-, podría haberse sentado a la mesa de Hans Castorp, haber intentado seducir a Madame Chauchat con su labia poética, o departido interminablemente con Settembrini, discutiendo sobre lo humano y lo divino, allá en las alturas, en el sanatorio para tuberculosos soñado por Mann. Sus reflexiones sobre el arte y la locura, breves y directas, poéticas y terribles, dan mucho que pensar.

Así, Sekulowski describe al ser humano como efecto de una rarísima casualidad…

 “Cientos de miles de ardides sujetan ese rarísimo salto de energía que, como un relámpago, desgarra la materia persistente y ordenada: un lazo en el espacio, arrastrándose en medio de un paisaje vacío, pero ¿para qué? ¿Para que el cielo pueda encontrar su confirmación en el ojo de alguien? En el ojo, ¿comprende? ¿No se ha parado nunca a pensar por qué las nubes y los árboles, de color dorado en otoño, pardos en invierno, todo ese paisaje marcado por las estaciones del año, por qué todo nos golpea con su belleza como con un martillo? ¿Con qué derecho sucede así? Si debiéramos ser negro polvo interestelar, jirones de la nebulosa de Orión, la norma es el bramido de las estrellas, el diluvio de meteoritos, el vacío, la oscuridad, la muerte…”.

 Para Sekulowski, la lectura literaria es un intento de olvido; la escritura, un intento de salvación… “como todo”. Cada uno de nosotros, una posibilidad transformada en necesidad. Recoge con gusto la sentencia inimaginable de su amigo médico: “Yo, que una vez fui un espermatozoide y un óvulo…”. Mucho más allá de la vida en el psiquiátrico, más allá de los bosques que rodean el manicomio, los políticos quedan muy al fondo… demasiado tontos para que el poeta pueda prever sus acciones racionalmente, demasiado locos para que resulten afables…

 “Se acerca la época de los enanos acuartelados, de la música en lata, de los cascos que no dejan ver las estrellas. Y dicen que después vendrá la igualdad y la hermandad, pero ¿por qué la igualdad, ¿por qué la libertad? ¡Si precisamente de la desigualdad surgen escenas visionarias y de la desesperación el fuego creador!”

 Desde la óptica egocéntrica y destructiva de Sekulowski, entre la lucidez desesperada, el entusiasmo estético y la locura, la filantropía aparece como algo propio de vírgenes diplomadas a las que se les han agostado las hormonas, y las teorías revolucionarias como aquello a lo que se han dedicado cuatro rebeldes que destacaban entre los bien alimentados, ya que “los indigentes no tienen tiempo para semejantes asuntos”. Y la historia, dominada por el poder del más fuerte, siempre gana, siempre tiene razón y deja al margen a los que no se adaptan. Por eso, para Sekulowski, los manicomios destilan el espíritu de la época.

 “Todas las deformaciones, las jorobas psíquicas y las excentricidades están tan diluidas en la sociedad que resulta difícil percibirlas, pero aquí, concentradas, revelan claramente el rostro de los tiempos que vivimos. Los manicomios son los museos de las almas…”

 Para Marglewski, médico del hospital en el que el poeta Sekulowski se ha recluido voluntariamente, el genio está asociado necesariamente a la demencia. Balzac es un psicópata maniático; Baudelaire, un histérico; Chopin, un neurasténico; Dante, un esquizoide; Goethe, un alcohólico; y Hölderlin, un esquizofrénico… No extraña que Marglewski describa en una conferencia una forma de locura que consiste en la nostalgia de la locura, una depresión patológica por no poder disfrutar ya de las alucinaciones de la demencia. Sin embargo, para su colega Stefan, nuestro protagonista, las grandes obras no nacen gracias a la demencia sino a pesar de ella.

En el Viejo Mundo, una y otra vez, parecemos destinados a elegir entre formas nobles de sufrimiento, mientras que los norteamericanos, muy contentos de sí mismos, se muestran incapaces de dedicar un minuto a la metafísica: “¡No tienen tiempo para entender la crueldad de las Cosas!”.

El arte, por su parte, no tiene nada que ver ni con la belleza ni con la fealdad, sino con las cosas bien hechas. Y así, por más que un chapucero intente pintar a la mujer más bella del mundo, el resultado será un adefesio; pero Van Gohg pinta un orinal y el resultado nos tira de espaldas. El arte desentraña al hombre, desvela el resplandor del mundo, el eterno paso del tiempo, la katharsis…

La perspectiva de Sekulowski es la de la panspermia de Anaxágoras:  

 “todo está en todo. Las estrellas más lejanas influyen en la orla del cáliz de una flor. El rocío de la mañana contiene la neblina de la noche pasada. Todo está entrelazado por una omnipresente dependencia. No hay nada que pueda librarse del poder de todo lo demás”.

 El hombre mismo captura en sí la belleza del mundo entero sometido a miles de leyes mágicas, pero como una esbelta escultura arrastrada hacia el fondo de un estercolero. Toda esa fina arquitectura de huesos, fibras, sentidos y nervios, resulta completamente inútil y, al fin, es el mismo cuerpo el que nos mata. La analogía del cáncer resulta aquí oportuna: “Un tumor es como un pequeño brote que crece en una célula que se rebela”.

El poeta aparece como el mejor interlocutor de este joven Stanislaw Lem, tal vez como un alter ego del protagonista, que a su vez lo es del autor y, seguramente, Sekulowski sea una fuerte tentación para el pensar del genial polaco, Una tentación narcisista, atea, materialista, relativista, una tentación que es castigada en la novela, como si ésta fuese una catarsis y una superación del nihilismo. Pues el poeta –representante de la desesperación más existencialista- delata a los pacientes escondidos y al final es ejecutado por los alemanes, como un frenético más, mientras el protagonista llora por el mucho mal que ha contemplado, en brazos de su compañera. 

Nota: Añadiré que la edición de Impedimenta (Madrid, 2008) es elegante y cómoda para el lector, la traducción directa del original polaco, pero hubiera merecido una revisión final que corrigiera ciertos lapsos.

El oráculo de Noctiluca

El oráculo de Noctiluca

Llevaba años buscando tiempo para leer a Jesús Maeso de la Torre, primo de mi compañero y sobresaliente músico, Jerónimo Maesso (cuyo apellido ha conservado la doble ese). De rey mago, he regalado su obra Al Garzal, el viajero de los dos orientes, 2008 (2003), la que el autor me ha confesado que considera como su mejor novela, con la intención de que un familiar me la regresara cortésmente para leerla, una vez “usada”. Leo poca novela en verdad, y sobre todo ficción científica y en verano. Había comprado en una librería de segunda mano (la única que conozco en España, regentada por una nórdica en la calle San Miguel de Torremolinos) la novela Tartessos, en una edición especial que hizo ABC en 2006. El autor considera esta novela como primeriza.

Quién lo diría, porque Tartessos me enganchó desde el principio. Puede que contenga alguna pequeña imperfección formal, ¿qué obra de arte está libre de ellas?, como la reiteración del verbo “comparecer” o el galicismo “arribar”, pero la novela, aparte de amenísima, está escrita en un español magnífico y resulta un extraordinario alarde de ficción y reconstrucción histórica verosímil –o tal vez habrá que decir proto-histórica, porque por entonces la historiografía, propiamente dicha, aún tendría que esperar a los viajes de Herodoto de Halicarnaso-. Más meritoria resulta la reconstrucción de Maeso por cuanto de la gran y primera civilización ibérica, del legendario reino de Gerión y de los fantásticos Gargoris y Habis, mitificado por los escritores helenos, o sea del Reino del Ocaso, más allá de las columnas de Hércules, sabemos muy poco.

Tartessos es también un extraordinario libro de viajes: por el mar Exterior, la ruta secreta del estaño, hasta la tenebrosa Albión; por el saco del Mediterráneo, que surcaban las galeras helenas, los piratas etruscos, los mercaderes fenicios, hasta las asombrosas islas egeas y la codiciada costa de Asia Menor, esas gloriosas Mileto y Éfeso de las que, unas generaciones después, emergerán, frescas, críticas y decididas, la ciencia y la filosofía; y por el Tertis (Guadalquivir) hasta sus fuentes al Este, hasta las minas de Cástulo, en las montañas argénteas, allá por los finales del siglo VII y principios del VI a. C.

En el marco de las complejas relaciones políticas y mercantiles de la época, con la Persia de Asurbanipal presionando sobre la gran metrópoli cananea de Tiro y ansiando tragarse las ricas colonias jonias de Asia Menor, y con Cartago, la esmeralda de Pigmalión -fundación fenicia en las costas africanas que disputará a Roma la hegemonía del Mediterráneo-, Jesús Maeso elabora una bella, romántica y dramática trama de conspiraciones y tiernas amistades, que no pierde su suspense e interés hasta el final, a medias feliz, a medias melancólico.

La civilización del Ocaso, así como su rey, el magnánimo e inteligente Argantonio, aparecen magistralmente sublimados:

 “Los tartesios se significaban entre los pueblos del mar por su inclinación a los lujos, a los banquetes opíparos y sobre todo por la liberalidad de sus costumbres y la sensualidad sin trabas… Se vanagloriaban de cuidar sus cuerpos, los relicarios de sus almas inmortales, con la pulcritud del aseo y el ejercicio, de venerar a los ancianos por su sabiduría, y a las mujeres, por atesorar la misteriosa encarnación del enigma de la vida. Insignes gastrónomos, cada ágape solía derivar en una desenfrenada bacanal donde disfrutaban sin cortapisas de la existencia, dando rienda suelta a sus emociones y libérrimos sentimientos… Sus proveedores fenicios, los dotaban de los más exóticos lujos orientales, que eran pagados magnánimamente con ríos de plata. Odiaban el tedio, rechazaban la imposición severa de los moralizadores, y amaban el sesteo de las fiestas de sus divinidades luminosas, los juegos de destreza atlética y sobre todo se entregaban a los ritos sagrados de la muerte de los toros de Poseidón, donde ensalzaban a los burladores y retribuían de camino a sus dioses, ofreciéndoles su sangre.”

 El noble Hiarbas, joven justo, intolerante con la falsedad, fidelísimo a la palabra dada, creía en el destino aunque no en el azar, pues temía las inexorables fuerzas del cielo. Refinado orfebre, pentarca de los Metales en Turpa (la ciudad tartesia apostada frente a la fenicia Gadir), protagoniza la fábula, respeta los más ancestrales ritos de su pueblo, entre los cuales se cuenta el sacrificio del toro… Recuerda así las palabras de su padre, Kulkas, el herrero y fundidor de plata de Egelasta.

 “Degollar a un animal es propio de matarifes incivilizados, hijo, pero los tartesios expresamos nuestro valor inmolando con respeto a la más poderosa de las bestias creada por Poseidón. Rondamos al toro como la hembra corteja al amante, que da su sangre por la vida y danzamos ante sus ojos reduciéndolo con la seducción. Así honramos al dios, a nuestros antepasados y a nosotros mismos, y es el destino ineluctable el que decide quién debe morir y quién debe vivir tras el sagrado ritual, su sangre derramada nos vivifica y alienta. No mostramos crueldad y sí admiración, pues barbarie sería no concederle ninguna posibilidad para defender su vida. ¿Existe algo más bello y honesto, hijo mío?”

 En Egipto, en Creta y en otras partes, también se jugaba y bailaba festivamente con el toro, de hecho, la fiesta que algunos renegados o tradicionalistas a macha martillo llaman "nacional" ha resultado ser bastante internacional, en el pasado y en el presente. Pero en el Tartessos de Jesús Maeso el ritual del toro adquiría -tenía que hacerlo- épicos tintes homéricos.

Hay en toda la obra de Maeso un eco de profundas lecturas clásicas, de erudito historiador y degustador de textos con solera. También, la poética y cercana descripción de un paisaje natural que, como gaditano adoptivo y viajero impenitente, domina. Remedios antiguos, culinaria mediterránea, hábitos y complementos de las distintas razas y pueblos, especias, dulces y salsas, la lectura resulta un regalo para los sentidos y su descuidada memoria…

El autor resucita la sabiduría de un pensamiento mítico-religioso, supersticioso y trágico, que apenas se asoma todavía a la racionalidad presocrática, un pensar que parirá las frutas maduras de la astronomía y las matemáticas, pero que todavía se halla aferrado a un sentir dominado por dioses y diosas de la luz y la oscuridad, por misteriosas y terroríficas fuerzas de los cielos y los mares, la tierra y los infiernos, por un temor conjurado por augurios de sacerdotes y oráculos de pitonisas viperinas y "colocadas", una religiosidad que combina la prostitución sagrada con el enigma trágico, y la recomendación moral con la revelación inspirada y el sacrificio humano. No extrañe que Jesús Maeso se confiese con una mentalidad religiosa, aunque poco afecta a clérigos, jerarquías y rigores dogmáticos. Desde luego, sé de buena tinta que está muy vinculado a la religiosidad popular (su padre, el querido y respetado Marcos, fundó una importante cofradía penitencial en su ciudad natal, Úbeda)… Sibilas y curanderas, y una compasión frente a la esclavitud de profunda raíz cristiana, adquieren en esta excelente obra un protagonismo especial: jóvenes cuyas almas se alimentan de insospechadas armonías, gratitud y venganza, rencores y miedos, deseo, amor y amistad, y galeotes que suplican a sus dioses por que los liberen de una vez de una existencia sin esperanza.

 Gracias al Primer Certamen Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Úbeda” he podido por fin conocer a Jesús Maeso "en persona", pues ha venido generosamente a mi instituto, el Francisco de los Cobos, a pronunciar una conferencia, un lujo éste que ha sido posible gracias a la mediación de un antiguo alumno particularmente emprendedor: Pablo Lozano Antonelli, organizador del evento.

A Jesús Maeso de la Torre no sólo me une el interés por la lectura de sus ya numerosas obras, sino también cordiales y venerables vínculos de paisanaje, que se remontan a nuestros ancestros, en una ciudad como Úbeda, que aun ostentando el título de “ciudad” concedido por medievales reyes, tiene todavía mucho de pueblo. Tras casi haber concluido de devorar con gusto y provecho su Tartessos, el trato con su persona no ha desmerecido para nada el trato con la calidad de su prosa, más bien todo lo contrario. Su vitalismo y jovialidad son los mismos de la voz en off que ya conozco, como señor de sus formidables historias y demiurgo de aventuras posibles en mundos paralelos. Formidable y llano comunicador, Maeso, con un timbre de voz muy radiofónico, es capaz de ganarse la atención del público más difícil: los adolescentes de un instituto de enseñanza media; y mejor aún: capaz de animarlos alegremente a usar de esa "fuente inagotable de placeres" que puede llegar a ser la lectura, cuando como él, se ha aprendido verdadera y apasionadamente a leer, que es también un saber escuchar la voz de vivos y atender el rumor intemporal de los muertos. Desde luego, prueba con ello sus "tablas" de buen maestro y educador. Y ese aspecto educativo me parece a mí que tampoco me resultará desdeñable en sus estupendas novelas históricas. También animan a escribir, la autonomía y el merecido reconocimiento que él ha ganado con mucho oficio.

Le quedo muy agradecido por su intervención, y por las cordiales palabras que me ha dedicado en las guardas de sus libros: Tartessos y El lazo púrpura de Jerusalén (Mondadori, 2008). Tuvo la gentileza de regalarme un ejemplar de esta última obra, cuyas aventuras transcurren en la época de las Cruzadas (como historiador, Maeso reconoce su predilección por la Edad Media). Tras leerlas, las guardaré como tesoros de mi biblioteca. 

Nota bene: La foto que ilustra esta entrada retrata al novelista Jesús Maeso y al autor de la misma en el acto que en ella se comenta (21-XI-2012).

EL REINO DE LAS LIBÈLULAS

EL REINO DE LAS LIBÈLULAS

Se publicaron mil ejemplares de este librito. Me alegra saber que Mimo Libros de Jaèn ofrece uno de ellos con la siguiente descripciòn: 

El reino de las libèlulas. Gráficas Úbeda. Autor. 1999. In 8º mayor, 86pp-2h. Rústica editorial ilustrada. Biografía del autor al final de texto. Muy buen ejemplar. [PRIMERA EDICION]. Nº de ref. de la librería 28427.

A siete euros con gastos de envìo. No està mal. El autor, o sea un servidor, no ganò nada dinerario con su publicaciòn, al contrario que con otros cuentos, algunos inèditos, que han obtenido modestos galardones, como "Inocente encelado entre palomas", un relato sobre un disminuido llamado Migue, con el que ganè cien mil de las antiguas pesetas en un certamen convocado en Cantabria, y que duerme el sueño de los justos en una carpeta de mi ordenador llamada "Sueños".

En realidad, los mil ejemplares de El reino fueron el pago en especie por la venta -sobre todo a mis alumnos- de Imàgenes e Ideas (Gràficas Ùbeda, 1997), una introducciòn a la filosofìa desde la crìtica de la publicidad que estoy revisando en la actualidad para su reediciòn por Alegorìa en Sevilla. Me enorgullece decir que esta obra fue solicitada por la universidad de Mèjico, de donde proceden la mayorìa de los internautas de mis blogs...

A Medardo Fraile le gustò mi relato, la crònica de lo que en su momento me pareciò memorable de mi mili, aunque no la de todo lo recordable. El juicio de Medardo -indiscutible maestro del relato corto- y su irònico y generoso pròlogo me animaron por fin a publicarlo. Que yo sepa, saliò sòlo con tres o cuatro erratas, que corregìa de mi puño y letra cada vez que regalaba el libro a un amigo o a un familiar, de esos que te guardan afecto, te agradecen el regalo, pero difìcilmente te leen o comentan tus escritos. Una parte de su ediciòn se la entreguè, para su distribuciòn (la distribuciòn lo es todo), a Josè Miguel (ahora no recuerdo su apellido), el dueño de la editorial El Olivo, a cambio de algunos libros de sus colecciones, sobre todo breves obras de referencia para mi biblioteca de profesor de instituto. No sè si se han vendido aquellos ejemplares de El reino de las libèlulas, ni dònde han acabado, espero que no en un trapero, como sucediò con el nutrido resto de la ediciòn de El libro de los cien lapos, que rescatè gracias a la amistad y generosidad del trapero.

Uno de los ùltimos ejemplares de que dispongo se lo he mandado a Salvador Solè Soriano, extraordinario fotògrafo tambièn, en un justo intercambio de narraciones cortas. Èl me habìa mandado cuentos magnìficos, como Tiempo de Isjevos o Gou-Goroo el muy imbècil, que merecen ser publicados, para ser leìdos y analizados. Pero el editor que conozco en Barcelona està màs interesado en publicar libros de autoayuda que relatos fantàsticos, aunque èstos sean buenos y hasta edificantes. No se lo reprocho. Es un empresario, ademàs de un buen amigo, y tiene que vivir, da trabajo, paga impuestos...

El caso es que Salvador se lee cuanto le mando, comenta mis fotos -mucho màs rùsticas que las suyas- y lo critica con una sinceridad de colega antiguo. Y es esto lo que un escritor ansìa: lectores respondones y francos. Asì que añado a esta entrada su juicio sobre El reino...

 

Encuentro que "El reino de las libélulas" está escrito con gran vigor y los retratos psicológicos me parecen coloristas hasta el almodovarismo, aunque obviamente se trata de otro estilo y muy otros personajes. Todo el peso del texto recae en dibujar los caracteres de los personajes y algunos trazos de las relaciones entre ellos. El situar el marco histórico antes, durante y después del 23-F, permite enmarcar el momento social. Las grandes virtudes que le encuentro a esa novelita es la viveza de tus descripciones, el ingenio y la poesía humanista que en ella derrochas, el desparpajo en la jerga militar - que tan bien transmite su idiosincrasia a medio camino entre lo mitológico-épico y lo cazurro-palurdo - y la construcción literaria sólida y de amplia sonoridad. Como defectos (que quizás solo lo sean a mi parecer) citaría la sobre-adjetivación, que espesa el fluir de la lectura, y la ausencia de un discurso narrativo ya que el asunto del 23-F solo aparece en las últimas páginas y el resto es un cuadro pscológico-costumbrista, eso sí, magníficamente trazado. Como yo mismo tengo algún texto donde me propuse conscientemente que no sucediese nada ("Aquí, tan lejos" y "Planeta muerto") considero que la ausencia, o la debilidad, del argumento, sobre todo si es intencional, no alcanza el rango de defecto.

Involución

Involución

“Las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas… El mundo ya no era un lugar para el pensamiento. Era un lugar para la vegetación, para lo vegetal. Era un invernáculo”

Brian W. Aldiss

 Hallo en una conferencia de Norman Brown una interesante referencia a Hegel. En la Fenomenología del espíritu del filósofo alemán, la vida y el conocimiento de Dios se describen como el amor jugando consigo mismo. Esta idea sería del todo trivial si no se añadiera el rigor, el dolor, la paciencia y la obra de la negación. La negación garantiza la dinámica del mundo, la sustitución de unos seres por otros: la muerte y la resurrección, porque la negación es también síntesis, negación de sí misma y por tanto afirmación.

Como aún creemos en el progreso -y algunos hasta en el progreso automático- ponemos el peso en la innovación, pero nos olvidamos del todo de la importancia de la conservación, incluso de la urgencia del mantenimiento y la restauración. Esto es particularmente cierto en España, país especialista en proyectar obras que se malogran. Construimos cosas que luego se deterioran o desaparecen rápidamente. Insistimos en el crecimiento, pero nos olvidamos de que, para adaptarse, a veces hay que simplificarse, menguar en lugar de crecer; no queremos ver que lo pequeño y simple puede ser también hermoso, incluso más hermoso que la complejidad artificiosa y el gigantismo estéril.

Pasa lo mismo con la idea de evolución. No sólo las ciencias naturales, sino también las humanas han sido fecundadas por esta importante idea, uno de cuyos precedentes -y tal vez no el menos importante- fue precisamente el concepto de superación implícito en la dialéctica del idealismo absoluto de Hegel. Lo nuevo supera a lo viejo, esto es, lo trasciende y conserva. Unas formas superan a otras, unas formas de vida niegan y se sobreponen a las antiguas, pero nada se pierde, lo nuevo conserva lo viejo, incluso se reconcilia con ello en el tiempo.

Sin embargo, una vez más, para que la razón se reconcilie consigo misma se hace preciso saltar, desde la idea de evolución, a la idea contradictoria –o será mejor decir, contraria-: la idea de involución. Brian W. Aldiss la explota magistralmente en una de sus novelas ya clásicas: Invernáculo (Buenos Aires, Minotauro; título original: Hot House, 1962).

El futuro en que se mueven los personajes de esta novela no es un futuro inmediato, sino remoto. El alejamiento del presente facilita la verosimilitud de la fantasía. En ese tiempo, se acerca el día en que el sol se convertirá en una nova, entonces se tragará todo el sistema de planetas y asteroides que gravitan en torno a su radiación. La radiación solar ha crecido tanto que el crecimiento de la vegetación ha adquirido una supremacía indiscutible, los pocos y dispersas tribus de humanos que sobreviven, cinco veces más pequeños que sus antepasados, tienen la piel verdosa y se enfrentan a continuos peligros en el plano medio de la selva, el más seguro, enfrentando los acosos de una vegetación voraz, animada y violenta: lianas que se han vuelto serpientes enormes, matorrales que se han convertido en aves, plantas que se comportan como enormes artrópodos. La rotación de la Tierra sobre sí misma ha cesado, y toda la parte iluminada del planeta es un inmenso bosque, mientras que la superficie en sombra es un desierto, salvo la frontera crepuscular a la que son arrojadas, como por efecto de la marea que sigue a una tormenta feroz, los desechos de la vida que no se adapta a las condiciones crueles de la jungla. Entre nuestro planeta y su  luna, unos inmensos monstruos aracnoides de origen vegetal, los traveseros, han colgado sus enormes telas, colonizando así el espacio intermedio.  

En Invernáculo, las plantas dominan la Tierra de tal manera que obligan al resto de formas de vida a extinguirse o a buscar refugio en la zona crepuscular, donde los rayos del sol colorean las montañas pero dejan los valles en penumbra u obscuridad total. Los humanos no tuvieron más remedio que regresar a la vida arborícola de la que procedían. Un surrealista o involucionado delfín (Sodal Ye, un “trapacarráceo”) transportado en las espaldas de una raza decadente y parasitado por un hongo inteligente (una descendiente de la “morilla”) hace de surrealista profeta final:

  Crecimiento es simetría, simetría hacia arriba y abajo, y lo que llamamos decadencia es en verdad la segunda etapa del crecimiento. Un mismo proceso…, el proceso de la involución, que os hunde en el verdor original…

 Mientras que muchos vegetales han crecido y evolucionado hasta parecer animales y desarrollar algo funcionalmente similar a un sistema nervioso, algunas de las razas humanas que protagonizan la historia apenas saben hablar o han perdido del todo el don de la palabra, los principales en el cuento, pertenecientes a la banda de la matriarca Lily-yo, echan de menos palabras olvidadas que permitían en el pasado expresar matices que ahora se oscurecen o pierden. Esta idea de que en circunstancias adversas vale sobre todo el instinto de supervivencia y se echa el telón para el espectáculo civilizatorio y civilizador de la razón y la  inteligencia es recurrente en otras obras de Aldiss, por ejemplo en Barbagris (1965).

Sin duda, la experiencia como militar de Aldiss, de las selvas de Birmania y Sumatra, países en los que vivió hasta el fin de la segunda guerra mundial, debieron de inspirar las magníficas descripciones de ese mundo- jungla de Invernáculo.

El crecimiento vegetal ha aislado a las criaturas inteligentes, salvo a los “sodales”, que en los océanos han podido mantenerse en contacto unos con otros, de modo que no han perdido la visión de conjunto (ese conocimiento “sinóptico” al que Platón llamó dialéctica). Los sodales han descubierto que el mundo está a punto de acabar. Pero este fin no es más que un nuevo principio. Los incendios que se levantan como columnas desde las zonas más calientes son el efecto de una fuerza llamada involución… El que ilustra a los humanoides de la novela es un hongo (ese tercer género tan descuidado), a través de la boca de un pez:

 Hace muchísimo tiempo los hombres, vuestros remotos antepasados, descubrieron que la vida nacía y se desarrollaba, por así decir, de una partícula de fertilidad: de una ameba que sirvió de puerta de entrada a la vida, como el ojo de una aguja; del otro lado estaban los aminoácidos y el mundo de la naturaleza inorgánica. Y descubrieron, además, que ese complejo mundo inorgánico procedía de una sola partícula, un átomo primario.

Los hombres llegaron a conocer y comprender estos extraordinarios procesos de crecimiento. Pero los sodales descubrieron además que el proceso de crecimiento incluye lo que los hombres llamaban decadencia: que la naturaleza no sólo tiene que construir para destruir, también tiene que destruir para construir… (…)

Al principio, todas las formas de vida de este sistema solar estaban confundidas entre sí, y al parecer se transformaban en otras nuevas. Llegaron a la Tierra desde el espacio como motas, como chispas, en los días de la era cámbrica. Luego esas formas evolucionaron en animales, vegetales, reptiles, insectos… todas las variedades y especies que inundaron el mundo, muchas de ellas hoy extinguidas.

 Se extinguieron porque la vida no sólo evoluciona, sino que la naturaleza también involuciona. Las formas evolucionan hasta distinguirse más y más, pero también involucionan hasta que empiezan a confundirse, pues nunca dejaron de ser un todo interdependiente, viviendo unas de otras, hasta que se funden unas con otras.

En la novela de Aldiss aparecen personajes como los guatapanzas, serviles y sentimentales, dependientes de un gran árbol al que están unidos por largas colas, ¿son humanos o vegetales? Otros como los “pieles ásperas” apenan tiene lenguaje articulado, gruñen, gimen y aúllan, más que hablan, ¿son animales o humanos?

Los niños ferinos, estudiados por la ciencia, retratados por el cine, ¿fueron humanos o animales? En Invernáculo aparecen seres vivos que se reproducen como las plantas, cazan como los animales y emigran como pájaros… ¿cómo incluirlos en nuestra actual clasificación?

Cada nueva generación en ese inmenso bosque donde hierve la muerte y la vida es menos definida que la anterior, la vida ya no tiende a la consciencia sino a la inconsciencia, hacia lo infinitesimal: hacia la partícula embrionaria. De este modo, la Tierra acabará siendo una nueva placenta en la que se gestará un semillero que, tras la muerte del sol, facilitará la emigración de la vida a otros mundos donde puedan general nuevos brotes de diferenciación primero y de reunificación y reconciliación después…

 Las mareas galácticas llevarán las esporas de la vida a otro sistema, del mismo modo que una vez las trajeron aquí. Ya habéis visto que el proceso está en marcha, en las verdes columnas de luz que extraen vida de las selvas. El calor aumenta sin pausa, y el proceso de involución se acelera.

Las puertas del Cielo

Las puertas del Cielo

A finales del siglo XXI, Neol Vorst, un tipo brillante y algo neurótico, vio que la cultura de la Tierra se fragmentaba y decaía. La gente se entregaba a las drogas y a cientos de otros vicios deplorables, y vio que las viejas religiones habían perdido su fuerza. Era el momento adecuado para fundar un credo nuevo: sintético y ecléctico, que prescindiera del misticismo milagrero e infantil de las antiguas religiones y lo reemplazara por un nueva forma de misticismo maduro y científico…

Se trata del arranque del argumento de una buena novela de Robert Silverberg, de esas que no se te caen de las manos ni necesitas confeccionar y estudiar un glosario para entenderlas, con los personajes necesarios y una historia creíble: Las puertas del cielo (Grijalbo, Barcelona, 1991, tradución de Open the sky, 1967). La obra está dedicada a uno de los maestros del género, Frederik Pohl.

Me gustaría saber qué cerca está la utopía y liturgia de los “vorsters” de la fe de los adeptos a la controverida Iglesia de la Cienciología. Aunque en España hemos pasado de unas decenas de mezquitas a miles en pocos años, también contamos ya con más de una docena de “templos” de la nueva religión de origen usamericano. Por lo poco que sé, me parece más razonable el ofrecimiento de Neol Vorst, que el de L. Ron Hubbard...

En la novela de Silverberg, La Hermandad de la Radiación Inmanente ostenta en sus capillas, como símbolo sagrado de su religión, la radiación azul, inocua pero muy espectacular, producida por pequeños reactores Cerenkov sumergidos en agua. Su liturgia mueve a la unidad y rinde culto a los elementos básicos de la física atómica. Su Letanía Electromagnetica, “Franjas del espectro”, reza así:

Demos gracias por la luz, que se extiende más allá de nuestra visión.

Humillémonos ante el calor.

Bendigamos la energía que nos santifica…

 La letanía bendice a Balmer, por darnos las longitudes de onda, a Hertz, al que agradece sus ondas medias de radio, bendice a las microondas y  a los rayos infrarrojos…

Las promesas de esta nueva religión son simples: la inmortalidad del cuerpo en este mundo, mediante la inversión en bioingeniería (laboratorios en Santa Fe, California), y la expansión de la humanidad por las estrellas, gracias a la telekinesis, promovida biológicamente mediante la eugenesia de “espers”, humanos mutantes con aptitudes mentales especiales…

Los vorsters no le adjudicaban propiedades sobrenaturales al fuego azul de sus reactores, “pero eran un instrumento simbólico útil, un foco de los sentimientos religiosos, más atrayente que la crucifixión, más dramático que las Tablas de la Ley”. El caso es que en dos generaciones la religión del Fuego Azul se impone y extiende por todas las clases sociales hasta controlar la Tierra.

La Radiación Inmanente lo tiene difícil sin embargo en Marte, cuyos pioneros, que han trabajado duramente para convertir el planeta en habitable, son escépticos, hombres de acción y utilitaristas redomados. Por su parte, en Venus, que ha dado lugar a una nueva especie de homínidos con branquias y piel azul, los misioneros de Vorst son martirizados, pero en ese planeta, entre las clases inferiores, se extiende como una mancha de aceite una secta herética, fundada por un disidente de la Radiacion Inmanente, David Lázaro: la iglesia de la Armonía trascendente, cuyos sacerdotes y misioneros visten túnica verde en lugar de azul y ofrecen un mito capaz de rendir los corazones y los espíritus, y no sólo el toma y daca de la inmortalidad en el cuerpo actual: “paga tu diezmo y tal vez vivirás para siempre”…

Luego nos enteramos de que el fundador de la Radiación Inmanente, el maquiavélico Vorst, que se conserva activo sobrepasando el siglo y medio de vida gracias a trasplantes y biotecnología, ha pergeñado la misma herejía que ahora, aparentemente, combate, a sabiendas de que su religión tenía un corte demasiado racional, seglar y falto de poesía:

 Falta un Cristo naciendo en el pesebre, un Abraham sacrificando a Isaac, un destello de humanidad, un…

 El golpe de efecto maestro es la resurrección de Lázaro, cuyo cuerpo fue enterrado en una cápsula hermética, como un feto flotando en conservantes y nutrientes, en un desierto de Marte. Cuando el cuerpo del hereje es descubierto, la Hermandad Vorst ya cuenta con tecnología adecuada para resucitar a Lázaro, mientras que los armonistas, que han conseguido hacerse fuertes en su misión en Venus, son capaces de teletransportar colonos a los planetas de otras estrellas. Ambos credos funden sus liturgias, y Vorst, el fundador, parte como misionero hacia otros mundos, mientras que Lázaro se hace cargo de la religión unificada.

 

 En su Sitio de Ciencia Ficción, Francisco J. Suñer Iglesias ofrece una excelente crítica de esta novela de Silverberg. Alaba la sencillez de los recursos empleados, la habilidad con que Silverberg, mediante elipsis, extiende el tiempo de su narración más de cien años, pero censura el recurso facilón a los Deus ex machina (los “espers” con poderes especiales). Enfatiza sobre todo la verosimilitud con que se plantea la posibilidad de que una nueva religión, partiendo de la nada, pero congruente con los nuevos poderes desatados por la tecnociencia, se haga con los poderes mundanos en poco tiempo…

El credo de la Armonía Trascendente, que acaba triunfando en Venus, es descrito así: Cristianismo maquillado, unas gotas de Islam, una pizca de budismo puesto al día, todo ello encajado en una estructura copiada sin el menor recato de Vorst (misticismo tecnocientífico): fórmulas mágicas mezcladas con reactores de cobalto, una letanía del espectro y los electrones, una gran dosis de espiritualidad adornada, y la promesa de una vida larga, si no eterna. Lázaro disiente del fundador por la facilidad con que Vorst confraterniza y negocia con los poderes públicos, pues pronto Radiación Inmanente empezó a introducir hombres y mujeres en los parlamentos, a comprar bancos, empresas públicas, hospitales y compañías de seguros.

Tras su triunfo, el fundador Vorst, con indudables dotes proféticas, idolatrado por sus fieles, aunque lúcido y consciente de sus limitaciones, reflexiona sobre su triunfo:

 Vio como podía remodelar el mundo, más aún, vio cómo había remodelado el mundo. Después, todo se redujo a empezar, a fundar las primeras capillas, a improvisar los rituales del culto, a rodearse de los talentos científicos necesarios para alcanzar sus objetivos. ¿Existia un toque de paranoia en su determinación, unas gotas de Hitler, un matiz de Napoleón, un hálito de Gengis Jan [sic]? Tal vez. A Vorst le complacía considerarse un fanático, e incluso un megalómano. Un megalómano frío, racional y triunfador. No había querido detenerse ante nada para alcanzar sus fines, y era lo bastante precog [profeta, vidente, precognitivo] para saber que los iba a alcanzar.

 ¿Por qué es verosímil la historia? ¿Qué hace que un alto funcionario de las Naciones Unidas de la Tierra (Reynolds Kirby), con una formación racionalista y escéptica, busque consuelo en la religiosidad de la Radiación Inmanente? Busca una alternativa que dé sentido a su vida, más allá de la “Cámara de la Nada” en que distrae sus ocios. Busca también amor, incluso en sus formas menos equitativas y más olvidadas: piedad, compasión, obediencia, humildad, adoración…

La novela sirve como pretexto para la reflexión sobre las relaciones entre el hombre, la ciencia y la religión, igual para un seminario que plantee la necesaria dimensión religiosa de la emotividad humana como para otro que discuta la esencia maníacodepresiva de la religiosidad. ¿Qué relación guarda la religiosidad con la sociabilidad, con la cohesión social? ¿Hasta qué punto aguantan los humanos el individualismo nihilista y desligado? ¿Qué valor psicológico tiene la fe compartida, la “religación” zubiriana, la comunión litúrgica y ritual, en la conservación o recuperación del sentido de seguridad o en la restauración de la seguridad de sentido? ¿Pueden los seres humanos vivir sin esperanzas trascendentes? ¿Qué relación guarda la religión con el poder político?

 

Al funcionario de las Naciones Unidas, con cuyos ojos vemos el mundo superpoblado y decadente de la Tierra al principio de la novela, le importa un bledo la “Unidad Celestial” que propone la secta del Fuego Azul… Kirby describe una miserable capilla vorster, a donde no tiene más remedio que acompañar a un poderoso marciano –ávido de novedades terráqueas- en misión diplomática…:

 La unidad fundamental de todas las cosas no significaba nada para él. Este lugar sólo podía atraer a los cansados, a los neuróticos, a los hambrientos de novedades, a los que pagaban gustosamente una buena cantidad para que les cortases las orejas y les hendiesen la nariz. El hecho de que hubiera estado casi a punto de sumarse a los demás comulgantes ante el altar daba la medida de su propia desesperación.

 Y sin embargo no nos sorprende que al final de la novela Kirby se haya transformado en el vicario supremo de la Iglesia reunificada bajo la figura resucitada de Lázaro, mientras que el marciano que se reía del Fuego Azul en su juventud tolera el vorsterismo en Marte, consciente de su extraordinaria fuerza política y económica…