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La Trilogía celestial de C. S. Lewis

La Trilogía celestial de C. S. Lewis

“Todo lo creado parece carecer de plan para la mente ensombrecida, porque hay más planes de los que ella busca”

                                                  C. S. Lewis. Perelandra.

 

 Mucha gente cree que una visión religiosa del mundo es del todo incompatible con una perspectiva científica. Dicha presunta incompatibilidad depende de hasta dónde llevemos nuestra fe. Me refiero tanto a la fe en una forma de religiosidad como a la fe en una perspectiva científica. Admitir la pluralidad de credos –incluso en ciencia- amplía la tolerancia y reduce el antagonismo entre el objetivismo científico y el subjetivismo religioso. Ningún discurso, por científico que sea, está libre de creencias, aunque sólo sean las cardinales de que lo que se dice supone una aproximación a la verdad, la suposición de que no se miente, la hipóteis de que no se engaña.

Newton y Einstein, dos de los mayores científicos de todos los tiempos, fueron  profundamente religiosos. Históricamente, la relación entre ciencia y religión, desde luego, no ha sido fácil. En cierto sentido es verdad que la ciencia, llamada hasta el siglo XVIII “filosofía” (lógica, filosofía natural y ética) nació de la crítica de una religión poética, de la superación del mito como exclusiva explicación de las cosas por causas trascendentes y fantásticas (Eolo provocando el viento, Zeus lanzando rayos…). Pero la racionalización de la naturaleza, y luego la del orden social, no eliminaron para nada el poder de lo imaginario. No hay pensamiento, por abstracto o general que sea, que no se apoye en imágenes y símbolos. Por el contrario, la razón acabó creando sus propios mitos, entre ellos, el de que la Razón lo es todo. Para Lewis:

 Nuestra mitología se basa en una realidad más sólida de lo que soñamos, pero también está a una distancia casi infinita de esa base (...). La mitología era lo que era: destellos de vigor celestial y belleza cayendo en una jungla de suciedad e imbecilidad (Perelandra, pg. 122)

 Sólo Dios (Maleldil) ve a cualquier criatura como es realmente. Pero ningún ser humano se conformará jamás con su parcial e imperfecta experiencia. Además, como advirtió Kant, es indecente partir de la realidad para definir el mundo moral. Los hechos no nos dicen nada sobre los deberes. Lo que sucede, lo que somos, lo que hacemos, no puede ni debe ser todo. Los eventos no son auténticos y los actos no son justos a no ser que concuerden con cierto ideal conceptual, con cierta ilusión imaginaria. Y la frontera entre los ideales y las ilusiones míticas es imprecisa.

El bien y el mal, como referentes puros o modelos ideales, no son desde luego potencias de este mundo, donde se dan mezclados. Dante, Tomás Moro o Milton traspasaron los límites de la experiencia terrenal cuando crearon sus ficciones, que pueden invocarse como precedentes de la ciencia ficción moderna. No obstante, debemos distinguir entre fantasía religiosa y especulación científica. Si hoy las Metamorfosis de Ovidio o las obras de Dante pueden parecernos “ciencia ficción” es porque hemos perdido la fe en el sistema teológico en que se basaban. Todo lo más podemos ver alegorías, en lo que para nuestros antepasados eran explicaciones plausibles.

Podríamos figurarnos la religión y la ciencia como dos esferas separadas: la primera trataría de los símbolos del espíritu; la segunda, del análisis de la materia. Sin embargo, como diría Lewis, no adoramos a Dios porque sea un espíritu -el Diablo es también un espíritu-, lo adoramos porque es bueno y sabio, una meta regulativa que da sentido moral al universo. Es discutible que la ciencia deba forzosamente ser materialista o que tenga que concebir el universo como una máquina ciega. Paralelamente, no hay necesidad racional alguna de que la religión tenga que ser espiritualista, de hecho se ha expresado históricamente en formas mágicas y materialistas de culto.

Pero desde el mecanicismo del barroco, cuando la naturaleza se imaginaba como un colosal reloj, la ciencia se hizo cada vez más materialista e inmanentista, hasta prescindir del todo del Supremo Relojero, y arrastró consigo a la literatura, alejándola de la fantasía y de la epopeya religiosa, hacia el naturalismo del XIX. Pero el péndulo de la ciencia ha vuelto a oscilar desde el materialismo y el determinismo, a la indeterminación y el energetismo. El azar reaparece como un diablo juguetón en el fondo de los procesos naturales. La cadena de las causas ya no parece tan férrea y acerada, y de nuevo la literatura de ficción se vuelve metafísica, y hasta religiosa. No es casual que mientras el naturalismo agonizaba, la ciencia ficción creciera vigorosamente, extendiéndose hasta el terreno tradicional de la épica religiosa. Un ejemplo modélico es Star Maker (Hacedor de estrellas) de Olaf Stapledon, autor al que cita y admira Lewis, aun sin compartir su filosofía.

Tal vez la ciencia había debilitado las creencias tradicionales del hombre occidental, pero no había podido dotar a este mismo hombre de un conjunto de valores, más allá de la ascética objetivista que dirige la investigación científica. En su versión de tecnociencia, lo que aportaba –lo estamos viendo- se subordinaba a los valores burgueses de la comodidad y el consumismo, y a un utilitarismo depredador, guerrero, dominador y destructivo. La ciencia ficción constituyó el lugar donde se podían criticar los pies de barro de este Frankenstein, de este moderno Prometeo inventado por el ser humano. En la literatura se podían presentar valores superiores, aristocráticos, de forma especulativa y en consonancia o contraste con el saber probado. Se trata de un movimiento metafísico y filosófico que usa el modelo de la “ciencia-ficción” como anticiencia-ficción. Su máximo paladín fue Clive Staples Lewis (1898-1963), un extraordinario filólogo y crítico literario.

 

 Acabo de apurar su “trilogía del espacio” o “trilogía de Ramson”, de la que no dejan de publicarse ediciones en inglés y otras lenguas. La primera novela de la serie, Más allá del planeta silencioso (Out of the Silent Planet, 1938), me produjo el efecto general de un cuento de hadas, pacifista y ecológico. El protagonista, el profesor y filólogo Random, es secuestrado y conducido a Marte (Malacandra). Descubrirá que este planeta tiene poco del dios de la guerra que le está asociado. Es más bien una muestra de coexistencia armónica de especies inteligentes distintas, cuya filosofía contrasta con la de los humanos “torcidos”: los dos secuestradores,  vencidos por un ansia de codicia y dominio tan irrefrenable como destructora.

Lo mejor de Perelandra (Perelandra, 1943), la segunda novela de la trilogía, son las descripciones de ese mundo preadánico e inmaculado que el autor sitúa en Venus, cuya superficie está ocupada por un océano punteado de islas flotantes y dinámicas. En este relato se hace aún más clara la perspectiva humanista y cristiana de Lewis, que reinterpreta los principales hitos del cristianismo (paraíso, pecado, redención) en clave cosmogónica. El malo, el profesor Weston, está dominado por la idea de que la humanidad, una vez corrompido el planeta donde se originó, debe buscar a cualquier precio en el espacio exterior un medio para sembrar su voluntad de poder y su codicia esquilmadora. Lewis habla del “dulce veneno del falso infinito”, según el cual la naturaleza, telúrica o sideral, puede ser obligada a sustentar, en todas partes y para siempre, el tipo de vida contenido en los genitales de nuestra especie.

La dicotomía o antítesis hombre/naturaleza aparece como anticientífica y el emergentismo evolucionista parece eliminar cualquier necesidad de consideración moral… Dice Weston:

 Comprendí de inmediato que no podía admitir ninguna grieta, ninguna discontinuidad, en el despliegue del proceso cósmico. Me convertí en un creyente convicto de la evolución emergente. Todo es uno. La materia prima de la mente, el dinamismo que tiende inconsciente hacia un fin, está presente desde un principio (…). El espectáculo majestuoso de esta tendencia ciega, desarticulada hacia un fin, empujando hacia arriba, siempre hacia arriba en una unificación infinita de logros diferenciados hacia una complejidad siempre creciente de organización, hacia la espontaneidad y la espiritualidad, arrolló toda mi antigua concepción de un deber hacia el hombre como tal. En sí mismo el hombre es nada.

  “La evolución emergente”, privada de sentido y espíritu, de propósito y valor, deviene nihilismo. Sin embargo, Weston postula el espíritu y a Dios, pero sólo como una ambición de la soberbia humana, como el fin de su evolución ciega. He aquí un espiritualismo, basado en el monismo evolucionista, aparentemente científico, y que acaba en un antihumanismo militante, antitético al humanismo cristiano de Lewis, quien en estos relatos opera, sobre todo, como un moralista. Por eso distingue entre los acontecimientos y la superior dignidad del humano. Sabe que la ficción puede ponerse al servicio de una moraleja seria y que el determinismo, en cualquiera de sus especies, es una forma errónea de elección metafísica, que acabará inspirando formas diabólicas de comportamiento, como las del INEC, esa “horrible fortaleza” de la tercera novela de la serie.

Lo importante es la distinción entre el bien y el mal. Y lo importante es la responsabilidad humana, su capacidad para elegir el bien, a pesar de la tentación del mal. El inmoralismo vitalista, de corte nietzscheano (aunque Lewis no cita jamás a Nietzsche, como Platón no citó nunca a Demócrito), muy de moda en la época en que Lewis publica Perelandra, es llevado por éste al absurdo. Dice Weston:

-…El mundo salta hacia adelante a través de los grandes hombres y la grandeza siempre trasciende el simple moralismo. Cuando el salto se ha efectuado, nuestro “diabolismo”, como usted lo llama, se convierte en la moral de la etapa siguiente; pero mientras lo estamos ejecutando, nos llaman criminales, herejes, blasfemos…

-¿Hasta dónde llega? Seguiría obedeciendo a la Fuerza-de-la-Vida si descubriera que está incitándolo a matarme?

-Sí.

-¿O a vender Inglaterra a los alemanes?

-Sí.

-¿O a publicar falsedades como investigación seria en un periódico científico?

-Sí.

-¡Dios lo ayude!

 

El Rey y la Reina de Perelandra son el análogo al Adán y Eva de la Tierra en un mundo virginal en el que el sabor y el olor de los frutos resulta inigualable… Desde Venus, planeta que representará tanto el amor virginal como el impulso fecundador o la caridad cristiana, los prejuicios terrenales se muestran débiles y las principales verdades del cristianismo pueden ser reinterpretadas como certezas. Lo que era mito en un mundo podía ser realidad en algún otro… La triple distinción que separa a la verdad del mito y a ambos de los hechos aparece entonces como puramente terrestre (pg. 86), y como una consecuencia del “pecado original”:

  Carne y uña con la desgraciada división entre el alma y el cuerpo que resultó de la Caída. Incluso en la Tierra los sacramentos existían como un recordatorio permanente de que la división no era ni sana ni definitiva. La Encarnación había sido el principio de su desaparición.

La venida del “Dios hecho Hombre” no habría tenido ningún sentido en un mundo libre de pecado como Perelandra. Sin embargo lo que había pasado en la Tierra (Tellus), cuando Maleldil (Dios) nació como hombre en Belén, había alterado el universo para siempre… Cuando Eva cayó, Dios no era Hombre. Aún no había convertido a los hombres en miembros de Su cuerpo: desde entonces lo había realizado, y de allí en adelante Él salvaba y sufría a través de ellos. Maleldil usa por ello al protagonista para salvar a Perelandra del diablo. “Ramson”, su nombre, significa “rescate”. Uno puede considerar lo acontecido en la Tierra como una simple preparación para la epopeya del enfrentamiento y la victoria del Bien sobre el Mal en los mundos nuevos, de los eldila (ángeles buenos, espíritus planetarios) sobre los espíritus sombríos. Los ángeles son nuestros hermanos mayores, y las bestias nuestros bufones, servidores y compañeros de juego. Así Ransom se ve obligado a subir al mundo metafísico, para actuar lo que la filosofía sólo piensa.

En torno a sus peleas con el diablo –íncubo del científico inmoralista- en las oscuras cavernas de Perelandra, Elvin Ransom de Leicester, el filólogo de Cambridge (alter ego de Lewis), reflexiona sobre la coincidencia última entre predestinación y libertad, pero también sobre interesantes cuestiones, hoy à la page, como las relaciones entre género y lenguaje… Para Ramson, el hecho de que las montañas sean femeninas y los árboles masculinos no es un fenómeno puramente morfológico. Pero tampoco es el género una extensión imaginativa del sexo.

 Nuestros ancestros no hicieron que las montañas fueran femeninas porque proyectaran en ellas las características de las hembras. El verdadero proceso es a la inversa. El género es una realidad, y una realidad más fundamental que el sexo. El sexo es, de hecho, meramente la adaptación a la vida orgánica de una polaridad fundamental que divide a todos los seres creados. El sexo hembra es sencillamente una de las cosas que tiene género femenino; hay muchas otras, y lo masculino y lo femenino nos salen al encuentro en planos de la realidad donde la distinción entre macho y hembra sencillamente no tendría sentido. Lo masculino no es la esencia del macho atenuada, ni lo femenino la de la hembra. Por el contrario, el macho y la hembra de las criaturas orgánicas son reflejos bastante tenues y empañados de lo masculino y lo femenino. Las funciones reproductivas, las diferencias de vigor y tamaño, en parte exhiben, pero en parte también confunden y tergiversan, la polaridad verdadera (pg. 121). 

En la tercera novela de la trilogía, Lewis jugará con la idea de una pluralidad de géneros, desconocidos en Tellus, más allá de la dualidad masculino/femenino. El modelo de familia sigue siendo el cristiano, donde se aprecia la fertilidad y se valora la humildad y hasta la obediencia como un ingrediente que garantiza la continuidad de la relación, pero también se perciben la humildad y la obediencia como necesidades eróticas, si bien la primera de estas virtudes olvidadas se extiende también al varón. De hecho, es el protagonista Mark el que está a punto de descarriarse, mientras que su pareja, Jane, representa el instinto del bien y el poder sobrenatural de la videncia. Su reconciliación sella el final de la trilogía. Sin embargo, en Perelandra (la que algunos críticos consideran la novela más conseguida de Lewis), que constituye una versión fantástica o actualizada de la historia de Adán y Eva, el diablo evita tentar al varón, y ataca a la hembra de la especie con argumentos en los que algunos críticos reconocen acentos del feminismo actual. En Esa horrible fortaleza, se riñe a la pareja protagonista por no haber querido, por egoísmo, tener hijos…

La “horrible fortaleza” es una alegoría contra los peligros del objetivismo y el materialismo de la tecnociencia, peligros éticos y políticos. Una corporación tecnocientífica pretende hacerse con el poder en Inglaterra, bajo el dictado de los poderes de la noche (macrobios). Por supuesto, el INEC (Instituto Nacional de Experimentos Coordinados) se presenta como apolítico, “el verdadero poder lo es siempre”, manipulan la prensa y quieren resucitar al mago Merlín, al que consideran –erróneamente- un potencial aliado.

Es legítimo y bueno para la humanidad que la tecnociencia combata la enfermedad, construya trenes ultrarrápidos o cure el cáncer, pero el fideísmo tecnocientífico traspasa sus límites cuando pretende desenraizar al humano de la Naturaleza, como si ésta, en lugar de una misteriosa madre a la que debemos respeto y cuidado, fuera la escala de mano por la que hemos trepado y que podemos arrojar luego de un puntapié.

Este tipo de anticiencia- ficción tendrá luego su continuación en las poéticas fábulas de Ursula K. Le Guin, aunque ésta las elabore más desde posiciones ecológicas y antropológicas que teológicas. Lewis critica muy especialmente el cientifismo en su pretensión de explicar y manipular la conducta humana, pues la acción humana es el punto donde materia y espíritu se encuentran. El verdadero enemigo de la religión en el XX es el conductismo porque –opina Lewis- la aplicación de la teoría conductista al comportamiento humano lo envilece porque supone que unos científicos carentes de valores manipulan valores de los demás. En That Hideous Strength (1945), el tercer volumen de la trilogía, publicada cuando todavía la pesadilla del nazismo abrumaba a Europa, la corporación maléfica y científica que amenaza con apoderarse de Inglaterra pretende: estirilizar a los incapaces, liquidar a las razas inferiores, crianza selectiva y “educación auténtica”, entendiendo por tal la que no se anda con tonterías y hace del paciente lo que quiere de manera infalible, por mucho que él o sus padres se opongan…

 Desde luego al principio tendría que ser mayormente psicológica. Pero acabaremos por pasar al condicionamiento bioquímico y a la manipulación directa del cerebro (cap. 2).  

 Los conductistas de la novela de Lewis están literalmente poseídos por “macrobios” demoníacos, mientras que sus enemigos, dirigidos por el doctor Random, son siervos de Dios y obran por inspiración suya. Entre los buenos, Lewis resucita nada más y nada menos que al sabio Merlin (Merlinus Ambrosius), en una alianza entre los valores tradicionales, arcaicos, y el humanismo cristiano. La cuestión ética es el recelo de Lewis frente a una moral secular que haga frívolamente borrón y cuenta nueva respecto a la de las religiones tradicionales, pues piensa que los humanos, sin el consuelo y el estímulo de la fe, somos incapaces de ordenarnos razonablemente hacia un fin definitivo, sea la Verdad, la Belleza, la Justicia o el Bien.

Las ciencias han desesperado de la bondad y se han torcido hacia la voluntad de poderío. Si bien –reconoce Lewis- los balbuceos acerca del élan vital y las escaramuzas sobre el pansiquismo parecían encaminadas a la restauración del Anima Mundi de la magia antigua, la soberbia científica no acepta ningún freno, ¡como si el acto de ahogar las repugnancias morales fuese la esencia misma del “progreso”!

Sin embargo, los científicos desquiciados de Belbury (INEC) no renuncian a buscar una alianza con los poderes de la magia antigua, representados por Merlín, puesto que no creen ya en un universo racional y nada les resulta demasiado obsceno, ya que sostienen que toda moralidad es producto subjetivo de la situación física y económica del humano. El progreso representa así para Lewis la encarnación del infierno, un infierno terrenal en que la Naturaleza pasa a ser esclava de la voluntad de dominación. La guerra contribuye diabólicamente a ello, explica Frost, uno de los iniciados de la corporación maléfica:

el efecto de la guerra moderna es eliminar tipos retrógrados, al mismo tiempo que pone a salvo la tecnocracia y aumenta su intervención en los asuntos públicos…

En este programa de “superación de la naturaleza”, incluso el cuerpo tiene que desaparecer, pues sólo una décima parte de él será necesaria para albergar al cerebro. Así tenemos un individuo que es pura cabeza, como la grotesca testa parlante del asesino Alcasan, y a una raza humana convertida en tecnocracia…

En cierto sentido, los científicos del INEC son "postmodernos". Merlín redivivo, que se alía con los buenos, representa un primer estadio. Para el druida cada operación de la Naturaleza es una especie de contacto personal, “como reñir a un chiquillo o dar un latigazo a un caballo”. Después viene el hombre moderno para el cual la Naturaleza es algo muerto, una máquina con que trabajar y que despedaza a su antojo si no le sirve. Finalmente tenemos a la gente del Instituto, que toma el punto de vista del hombre moderno pero desea incrementar su poder apelando a la ayuda de los espíritus extranaturales y antinaturales. A la postre, los estados por debajo de la razón y los estados por encima de ella tienen, por su común contraste con la vida cotidiana, cierta semejanza superficial.

Casi al final de la obra, Wither, uno de los perversos jerarcas del INEC, reflexiona sobre su biografía intelectual:

 Hacía ya tiempo que había dejado de creer en el convencimiento. Lo que fue en su lejana juventud una mera repugnancia estética a las realidades cuando éstas eran demasiado crudas o vulgares, fue profundizándose y ensombreciéndose año tras año, hasta llegar a ser una negación fija de todo lo que era en algún grado diferente de él mismo. Había pasado de Hegel a Hume, luego a través del Pragmatismo, de éste a través del Positivismo Lógico, para llegar finalmente al vacío completo.

El materialismo y del utilitarismo, sobre todo aplicados a la interpretación de la conducta humana, son reducidos al absurdo por Lewis, durante la agonía desesperada de otro de los jerarcas del Instituto. El tal Frost creía –primero teóricamente- que todo cuanto aparece en la mente como motivo o intención es simplemente un subproducto de lo que el cuerpo hace. Y esta convicción teórica acabó llevándola a la práctica: incesantemente actuaba sin motivo, hacía lo que hacía sin saber por qué, con la mente como mera espectadora. Ni siquiera comprendía por qué tenía que existir tal espectador y se resentía de su existencia, “incluso asegurándose a sí mismo que el resentimiento era también un simple fenómeno químico”:

 Lo más cercano a la humana pasión que existía todavía en él era una especie de fría furia contra todos los que creían en la mente. ¡No podía tolerar aquella ilusión! No existían, no debían existir seres como el hombre.

 Frost muere descubriendo que ni la misma muerte puede curarle del todo de la ilusión de ser un alma.

El moralismo de Lewis es tolerante con la diferencia:

Desde luego, hay reglas universales a las cuales toda bondad debe conformarse. Pero esto es sólo la gramática de la virtud. No es allí donde reside la verdadera savia. Si no hace iguales dos briznas de hierba, ¡cuánto menos iguales dos santos, dos naciones, dos ángeles! Toda la obra de sanar a Tellus [el planeta Tierra] depende del cuidado de esta pequeña chispa, de la encarnación de este fantasma, que vive todavía en todo ser real y es diferente en cada uno.

 Pero no se muestra tan tolerante con las veleidades teóricas de los intelectuales y compañeros académicos que intentan demostrar la imposibilidad de la ética, aunque la practiquen, como el profesor nietzscheano de La Soga de Alfred J. Hitchcock que predica a sus alumnos el inmoralismo, pero no piensa jamás que éstos puedan obrar de acuerdo a sus teorías justificandose estéticamente un asesinato, por amor al arte.

La globalización es ya un hecho en la trilogía de Lewis: el veneno procede de Occidente, pero se ha extendido por todas partes. Ramsom pinta así el panorama de la alienación o desnaturalización del ser humano:

 Doquiera que fueses hallarías las máquinas, las ciudades atestadas, los tronos vacíos, los falsos escritos, los lechos estériles; hombres enloquecidos por falsas promesas y amargados por verdaderas miserias, adorando los trabajos de hierro de sus propias manos, separados de su madre la Tierra y de su Padre el Cielo.

 La trilogía concluye con una verdadera apoteosis de espíritus planetarios, celestiales: Mercurio (Viritrilbia), Marte (Malacandra, Mavors, Tyr), Venus (Perelandra)… y hasta Saturno (Lurga)… que acuden en ayuda de los buenos para acabar con la “horrenda fortaleza” mediante un castigo ejemplar. Los componentes del INEC representan en el presente de la novela lo mismo que aquellos que acabaron con Jesús. Mark, el protagonista, que es ateo, lo comprende cuando le imponen, como prueba iniciática para su ingreso en el INEC, la blasfemia de pisar una imagen del Cristo:

El cristianismo podía ser una tontería, pero no había duda de que aquel Hombre [Jesús de Nazaret] había vivido y fue ejecutado por los miembros de Belbury de su época. Y aquello, como comprendió súbitamente, explicaba por qué aquella imagen, aun no siendo en sí para él la imagen de lo Recto y lo Normal, estaba, no obstante, en oposición al pervertido Belbury. Era la imagen de lo que ocurría cuando lo Recto se encontraba con lo Pervertido, una imagen de lo que lo Pervertido hizo a lo Recto.

 

 Bibliografía

  • Clive Staples Lewis. Trilogía de Ramson I: Más allá del planeta silencioso. II: Perelandra. Buenos Aires, 1973. Y III: Esa horrible fortaleza, Orbis, Buenos Aires, 1986.  
  • Robert Scholes & Eric S. Rabkin. La ciencia ficción. Historia, ciencia, perspectiva. Taurus, Madrid, 1982.

El transhumanismo de Greg Egan

El transhumanismo de Greg Egan

Si no es la mejor antología de ciencia ficción de los últimos veinte años, reconozcamos al menos que constituye una excelente colección de cuentos de anticipación. Me refiero a Axiomático, de Greg Egan (Arrakis ficción, Granada, 2011). Sergio Mars, quien comenta brevemente al final de la antología la obra del autor australiano, se refiere a su planteamiento como transhumanismo: la reflexión en torno al ser humano cuando, en un futuro inminente, éste empieza a dejar de serlo para convertirse en otra cosa, en un salto evolutivo que ya no está presidido por las leyes de la biología, sino por las posibilidades de la ingeniería biológica.

Estos poderes de la biotecnología abren un campo inmenso para la ética: problemas, dilemas, decisiones de consecuencias difícilmente previsibles. Se trata de una responsabilidad terrible. Piénsese en la selección embrionaria de caracteres con fines eugenésicos, o en la fabricación de niños-mascotas con caducidad programada, o en la producción de quimeras con fines esteticistas, como el leopardo-mujer del cuadro de Khnopff que ilustra esta entrada ("la caricia").

Se trata de ciencia ficción dura, y los conocimientos científicos de Egan son sólidos, está a la última. La perspectiva de Egan es más bien distópica o antiutópica, crítica y reflexiva (a través de los personajes), nada optimista, pero no tecnofóbica. Digamos -citando la autoridad de Habermas- que todo conocimiento tiene su interés y que el conocimiento técnico tiene también el suyo, que es legítimo, pues nos permite trascender las limitaciones naturales. Egan valora fríamente las ventajas y los prejuicios que causarían ciertas posibles invenciones ofrecidas ya por nuestro horizonte histórico.

¿Qué es lo que nos convierte en esencialmente humanos? Tal vez la mente. ¿Y no podría duplicarse ésta en una estructura más permanente y estable que la masa de glándulas, neuronas y glías que en la actualidad le sirven de efímero y deficiente soporte? Si la mente no es más que un sistema de bits y qubits sujetos a un conjunto especial de reglas de transformación, el soporte biológico resulta irrelevante. De ahí la "copia" que aparece en varios relatos, "la joya Ndoli", un dispositivo que tras un periodo de entrenamiento es capaz de replicar, como un doble perfecto, un cerebro personal. En algún momento, "la joya" sustituye al cerebro orgánico antes de que éste empiece a entrar en decadencia, garantizando así su continuidad en el tiempo. Dándose cuenta de sus implicaciones filosóficas, así habla uno de los personajes de Egan:

A los diecinueve, a pesar de estar estudiando económicas, me matriculé en un curso de filosofía. Pero aparentemente el departamento de filosofía no tenía nada que decir sobre el Dispositivo Ndoli, conocido habitualmente como "la joya" (...). Hablaban de Platón, Descartes y Marx, hablaban de San Agustín y -cuando se sentían especialmente modernos y atrevidos- de Sartre, pero si habían oído hablar de Gödel, Turing, Hamsum o Kim, se negaban a admitirlo. Por pura frustración, en un ensayo sobre Descartes, propuse que la idea de que la consciencia humana era un "software" que podía "implementarse" igual de bien sobre un cerebro orgánico o sobre un cristal óptico era en realidad un retroceso al dualismo cartesiano: escribiendo "software" en lugar de "alma". Mi tutor superpuso una línea roja, perfecta, diagonal y luminosa sobre cada párrafo que trataba de esa idea, y escribió en el margen (con letras Times verticales, en negrita y de veinte puntos, con un parpadeo desdeñoso de dos hercios): ¡IRRELEVANTE!

Si no somos más que sistemas de información, sería posible escanear y representar tales sistemas en un mundo paralelo, digital, virtual... Las especulaciones de Egan sirven al propósito de reflexionar sobre la naturaleza del yo y de la identidad personal. ¿Sería congruente considerar como humana una entidad constituida por información pura?

Loraine: No quiero que un ordenador me imite después de mi muerte. ¿De qué me serviría a mí?

David: No desprecies las imitaciones... La vida está compuesta de imitaciones. Cada órgano de tu cuerpo es reconstruido constantemente a su propia imagen. Toda célula que se divide muere y se reemplaza a sí misma con impostoras. Tu cuerpo no contiene ni uno solo de los átomos con los que naciste... entonces, ¿qué te dota de identidad? Es un patrón de información, no un algo físico. Y si un ordenador empezase a imitar tu cuerpo, en lugar del cuerpo imitándose a sí mismo, la única diferencia sería que el ordenador cometería menos errores

¿Cuáles son las implicaciones de la mecánica cuántica en el concepto de responsabilidad y libre albedrío? En "Órbitas inestables en el espacio de las mentiras", un grupo de vagabundos lucha por su libertad, deambulando entre "núcleos atractores de creencias" entre las que cuentan tanto las supersticiones religiosas como el humanismo o el cientifismo. Los miembros de este grupo se creen libres porque su escepticismo les ha evitado caer bajo la influencia de algún "atractor". Sin embargo, queda también la duda de que su misma actitud responda a fuerzas ajenas a su voluntad, a un atractor de confesión escéptica. Dudar de la propia duda, es lo que nos parece proponer el autor, y sin que ésta nos inmovilice.

Las fantasías de Egan, como cápsulas alucinantes, como las nanomáquinas con que sueña y sirven para alterar por un tiempo la arquitectura del pensamiento con fines recreativos, resultan inocuas, pero marean y asustan: ofrecen inquietantes posibilidades al diseño especulativo de inmediatos futuros, tan sofisticados como transhumanos y aterradores.     

Más allá del más allá

Más allá del más allá

He conseguido olvidarme del soporte electrónico y leer en tinta digital, en un ebook ultraligero, una colección del Poul Anderson más genuino. 

Poul Anderson nació en 1926, norteamericano de padres escandinavos. Consiguió ser un reputado escritor de ficción científica en un año sabático que le duró una vida, ganador de varios premios Hugo y Nébula, eso no le impidió ser miembro de la Sociedad del Anacronismo Creativo, en cuyos torneos medievales logró distinguirse. Viajero y aventurero, historiador de talla, doctorado en física (1948), construyó numerosas epopeyas espaciales, especulaciones verosímiles y fabulosas. Falleció en California en 2001 de un cáncer de próstata.

La editorial Martínez Roca editó en 1982 su colección de relatos Beyond the Beyond (1969) con el título, poco apropiado, de Lo mejor de Poul Anderson. La serie está unida por un escenario peculiar, los confines del espacio en que se ha extendido y multiplicado la raza humana contactando con otras culturas, o diversificando las propias, de ahí su título original.

No me extraña que se hayan lanzado acusaciones de plagio contra el guión de Avatar -la celebérrima película de James Cameron- en relación a una novela de Anderson, la que ilustra esta entrada. El relato "Memoria", incluido en la traducción de Martínez Roca, antes citada, me trajo enseguida la película al magín. También allí, Torrek, su protagonista, un terrestre disfrazado de nativo en un planeta remoto, caza a un ave prodigiosa en un nido perdido, en lo alto de un fiordo, como una especie de ritual de iniciación y una prueba de valor. Torrek -o el humano que se oculta en él- preferirá al fin la vida simple de los extraterrestres, al mundo deshumanizado de los imperialistas terráqueos, invasores del espacio. La épica no es incompatible con la lírica en la prosa clara, dialogada y firme, de Anderson, ni siquiera la aventura y el idilio son incompatibles con la reflexión profunda. Algunos botones de muestra:

"La historia demuestra tan concluyentemente como nuestras ecuaciones que la libertad no es una condición 'natural' del hombre. En el mejor de los casos, supone un estado metafísico que con mucha facilidad deriva en la tiranía. Ésta se impone unas veces desde el exterior, gracias a los bien organizados ejércitos de un conquistador, otras proviene del interior..., a través de la voluntad de los hombres que ceden sus derechos a la imagen paterna, al dirigente todopoderoso, al estado absoluto".

 A veces, nada mejor que alejarse para poder ver el conjunto, los grandes fenómenos de masas:

"Naturalmente, el gobierno unificado produjo en la Tierra un tipo de ciudadano de buenas tragaderas. Su vida está tan regulada que su principal libertad reside en la fantasía, bien alimentada por los sensibilizadores y la publicidad. Tal vez para el terrestre medio, esos trillados y viejos espectáculos sean más reales y significativos que su propia vida. De cualquier manera, no supone un gran esfuerzo infundir terror a la manada. Así consiguieron nuestros abuelos implantar el Gran Timo".

En "El hombre sensible" un instituto secreto de expertos ha conseguido hallar la fórmula soñada por Pitágoras: el número del alma humana. Una secuencia de algoritmos supercomplejos permitirá hacer funcionar la sociedad como una máquina, programando al dedillo los cambios sociales mediante una ingeniería exacta. Queda el suspense de si una sociedad así no sería el peor de los totalitarismos, un totalitarismo sin salida dirigido por una aristocracia de tecnócratas. ¿No estaremos ya en ello? Tampoco faltan en la literatura de Anderson alusiones cultas, por ejemplo, al Micromegas de Voltaire. Esta épica espacial sólo parece anticuada por lo "políticamente incorrecto" que resulta que fumen algunos de los protagonistas futuristas de sus relatos, anacrónica por el poco respeto que se le tiene al igualitarismo de género, pero pertenece sin duda a la época dorada de la ciencia ficción y a la gran literatura clásica del XX.  

De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

“Muchos españoles se quejan de la crisis económica, pero no saben nada de lo que tienen. Dicen que, para la Navidad este año, y por motivo de la crisis, los niños sólo van a recibir un promedio de siete regalos cada uno, y la gente gastará menos en lotería (…). No, la gente no valora lo que tiene, no saben lo afortunados que son. Pelean contra el gobierno, los partidos políticos pelean entre sí; ¿por qué no se juntan para trabajar y sacar adelante al país?”

 El testimonio es de Susana, una paraguaya afincada en Úbeda. Ella, entre una decena más de hispanoamericanos, ofrecen en el último libro de Jon Lindsay Miles una visión distinta de lo que nos es cercano y familiar. Desde las Américas a Jaén, o From the Americas to Jaén. El libro es bilingüe y también quiere ser usado como material didáctico, pues su autor se gana la vida como profesor de su lengua nativa. Él mismo, nacido en Gran Bretaña, es un inmigrante en Úbeda, y procedía de abuelos inmigrantes que escogieron Londres como destino, ucranianos de origen, durante el período post-revolucionario bolchevique. Estos detalles los escribe en el Epílogo de su libro, añadiéndose así, como uno más, al plantel de inmigrantes.

Es la segunda vez que me enfrento a un texto de Jon Lindsay Miles, pero esta vez lo he hecho de forma más gustosa. Y no es porque su primer libro no fuera excelente, seguramente ese fue el problema, que su inglés es demasiado rico para mi primitivo conocimiento de esa lengua, el caso es que no pude terminarlo y sólo puede desentrañar, con ayuda de un diccionario, sus ricas descripciones del Barrio de San Nicolás, del barrio de los ceramistas y de la Redonda de Miradores de la capital de La Loma. Me refiero a Along the Way. Walking in Úbeda (Immigrant Press, 2009). En sus primeras páginas, Jon hace una extraña descripción del campo andaluz:

 “El campo andaluz is a countryside unlike any in England, rather untidy and always dusty-looking even where there’s enough water to grow a little grass. The underlying sandstone is always at the surface, in the stones and broken rubble of its (often exposed) bedrock, and the occasional white building visible on the hills east of town does little to recover the imagined romance of the south of Spain one sees on television in London. But it’s a landscape I like, this dry land under the sun; its barren places offer a silence that suits me.”

También yo adoro ese silencio poblado del campo andaluz cuando no lo matan los generadores, las sopladoras o los todo-terreno.

Mientras he tenido la oportunidad de hacer de cicerone por estos cerros jiennenses, por los que se perdió Alvar Fáñez, siempre me ha gustado adoptar ese extraño punto de vista que suele ofrecerte el forastero. Es como si uno alquilara sus ojos para ver de manera nueva lo que ya casi no mira por ser su panorama de todos los días. Se acaba siendo del todo insensible al horizonte al que se está habituado, incluyendo en esto los sonidos, la música del paisaje, por ejemplo el jolgorio de los vencejos en primavera o el ruido de las campanas durante todo el año, incluso si ese horizonte es tan impresionante como el de los miles de olivos alineados, sobre la curva de ballesta que traza del Alto Guadalquivir, y hasta las montañas azules de Mágina o Cazorla. Y luego están las pequeñas cosas, esas que tampoco vemos y que conforman el horizonte del prójimo humano. He aquí la descripción de una “typically modern Ubetense woman”:

 “Her body begins at her White high-heeled slingback shoes, and her pristine slacks form a white skin over her knees, thighs and hips; a large white shoulder-bag hangs against the horizontal red and navy stripes of her white polo shirt, and her tanned arms are crossed in front of her. But it’s her tumbling hair that’s the giveaway; it will be as subtly coloured and perfectly polished when she’s five or fifteen or thirty years older.”

["Su cuerpo comienza en sus zapatos blancos de tacón alto  y sus pantalones inmaculados forman una piel blanca sobre sus rodillas, muslos y caderas; un gran bolso blanco cuelga en bandolera contra el rojo horizontal y las rayas azul marino de su polo blanco, y sus brazos bronceados se cruzan por encima de todo. Pero es el pelo suelto lo que la delata; estará tan sutilmente coloreado como perfectamente arreglado cuando tenga cinco, quince o treinta años más”].

 Confío en que mi traducción no le parezca al autor demasiado atrevida o mala del todo. Hay demasiado blanco en una acuarela así, pero no es de extrañar que la luz de Andalucía sorprenda e incluso asuste a los nórdicos que se atreven a vivir aquí, mientras que uno la soporta bastante bien, incluso sin gafas de sol y hasta en verano. El cuerpo humano se hace a casi todo. Somos el animal cosmopolita.

En su segundo libro de Immigrant Press (2011), Jon Lindsay hace de periodista o, como él mismo dice, de “mediador” del discurso que se le reveló en el tête à tête con los inmigrantes sudamericanos que accedieron a contarle su historia. Ofreció a cada entrevistado la oportunidad de leerla, una vez interpretada, y de cambiar así cualquier detalle antes de publicarla. Me he enterado por el prólogo –y la mejor prueba de esto es el propio libro- de que testimonio (escrito así también en la versión original inglesa) es categoría de género literario, surgido tras la revolución cubana como medio político de presentación de la biografía y las experiencias de un sujeto subalterno o marginado. Jon Lindsay cita también, como ejemplares del género, los testimonios femeninos producidos en la India, centrados en experiencias de maltrato o tortura.

En su Epílogo, el autor explica los motivos que le llevaron a escribirlo. Le preguntan frecuentemente por qué se estableció en una provincia rural del noreste de Andalucía y explica que encontró aquí buena acogida y amistad. Pero la pregunta sobre por qué dejó su hogar le hizo pensar en las razones que tendrían o darían otros inmigrantes establecidos en Jaén. Así que tomó la decisión de preguntárselo él mismo y empezó con los que dejaron atrás su hogar en América. Deja al lector el trabajo de sacar sus propias conclusiones.

Ortega o Ricoeur han puesto de manifiesto la estructura narrativa de la personalidad humana. Los seres humanos no tenemos sólo vida, sino que somos sobre todo biografía. En cierto sentido profundo, somos cuentos, el que nos contamos a nosotros mismos y a otros para dar coherencia a nuestras vivencias. Sin ese sentido, desesperamos, nos desmoralizamos.

Tengo para mí que ese género del testimonio es sin duda una clase de épica contemporánea, ¡existencias épicas las de estas mujeres y hombres, obligados a buscar fuera de su tierra un mejor sentido para sus vidas o, simplemente, una vida más segura! Estremecen las palabras de Elvira, una colombiana, cuyo relato constituye la parte central de la obra: “Con quien mejor relación tenía en mi familia era con mi hermano Octavio, que sólo me intentó matar dos veces”. Claro que el tal Octavio había pasado cinco años en una prisión de Holanda por tráfico de cocaína.

Me pregunto si yo hubiera tenido el coraje de "Elvira", para dejarlo todo atrás y lanzarme a luchar por la supervivencia en un país extraño. Se extraña de recuperar íntegro el bolso que dejó olvidado en un autobús de línea, “¿cree que habríamos recuperado todo si esto nos hubiera pasado en Colombia?”, pregunta. Elvira –y esto debe de ser tristísimo- acaba reconociendo que confiaría más en un español que en un colombiano, y tras aguantar diversas humillaciones, de compatriotas y de españoles en distintas poblaciones de Jaén, acabará encontrando un hogar en la Calle Pastores de Úbeda.

En general, es consolador que hablen de los españoles más bien que mal. Pero en todas partes, supongo, hay más gente buena que mala, si no, ninguna sociedad funcionaría. Sin embargo, algunos comentarios delatan cierta penuria espiritual con la que transigimos aquí. El desprecio de los compañeros de estudios en los colegios, que tildan a sus hijos de “sudacas”. Un ecuatoriano telefonea a otro dispuesto a seguir su vuelo hacia España: “No vengas –le dice-, aquí la gente quiere más a sus perros que a sus familias”.

Álvaro, un colombiano, encontró trabajo en una discoteca en la España del 2000. Habla con su pareja colombiana, que quiere seguirle a la península con los niños, ésta cuenta: “Me advirtió que la cultura entre los jóvenes en España era distinta, que la mayoría fuman y salen mucho a beber. –No traigas a los niños –me dijo”.

Miriam, dominicana, describe así la vida en España y la frágil moral de los españoles:

 “A mi parecer, los jóvenes están algo deprimidos en comparación con los de la isla [Santo Domingo]. Se ve en los mayores también. Si algo no sale bien, la gente se desanima. Dicen que a pesar de todas las circunstancias en los países pobres, la gente se siente más satisfecha. Valoran las cosas más, cuando compran un nuevo par de zapatillas de deporte, por ejemplo. Aquí en Europa tenéis de todo y no valoráis nada”.

Yolanda, nicaragüense, que huye del gobierno Sandinista, afirma:

“los españoles no me han tratado mal, pero debo decir que son por lo general sosos. No demuestran ni la simpatía ni el cariño de los nicaragüenses o la gente de Costa Rica. Cuando me ingresaron en el hospital de Madrid, nadie me visitó”.

Sin embargo –una de cal y otra de arena- tiene otra visión de la juventud española:

“Lo que me gusta mucho de España es que los jóvenes piensan de una manera distinta sobre el futuro. Piensan en la prosperidad, en contraste con los de las generaciones mayores que sufrieron más en el pasado. Este tipo de prosperidad y la actitud para conseguirla no existe en Nicaragua, no es posible. Los jóvenes españoles hacen sus planes para encontrar trabajo, estudiar una carrera, comprar un coche y luego una casa. Me gusta este tipo de actitud, enfocar la vida como un reto. También aprenden más sobre quién es su pareja antes de casarse” (pg. 147). 

Siempre hay motivos para la esperanza.

Misterios segureños

Misterios segureños

El secreto del monte Salfaraf es una amena y breve fábula montada sobre la bien disciplinada imaginación histórica y los excelentes conocimientos y observaciones "de campo" que su autor, Manuel Martínez Moreno, tiene de las tierras de Segura, pues es natural de Segura de la Sierra (Jaén). Antes de esta novelita, Manuel Martínez ha publicado una bella guía de su pueblo, y un viaje por las Sierras de Segura adobado con sus leyendas (El crimen de la Cumbre, 2009).

Un musulmán, Ibn Al Jatib, convertido a la fuerza al cristianismo y bautizado como Rui Díaz describe el señorío batallador de Don Rodrigo Manrique, Comendador de Segura, su captor y protector.
El relato incluye, como regalo al lector extraño, distraído o forastero, las inmortales Coplas a la muerte de su padre, del hijo del Comendador Rodrigo, el universal poeta Jorge Manrique, que tan prematuramente fue herido de muerte en 1479 combatiendo a favor de Isabel de Castilla, en las peleas de sucesión contra los partidarios de Juana la Beltraneja. Esas coplas de pie quebrado, fúnebres como el repique funeral de una campana (Azorín) constituyen un monumento de la literatura clásica universal, y debemos sentirnos muy orgullosos de que fuesen inspiradas en nuestras sierras de Jaén.

Por cierto, que otro ilustre e ilustrado serrano, Domingo Henares Martínez, ha probado -a mi juicio con argumentos tan verosímiles como plausibles- el nacimiento jiennense de don Jorge Manrique, pues su madre, doña Mencía de Figueroa, prima hermana del Marqués de Santillana, nació en Orcera, o en Beas de Segura, y se hace increíble que, embarazada, fuera a parir a Castilla la Vieja (Paredes de Nava, Palencia) para volver luego, estando los caminos como estaban.

El versátil autor de El Secreto del Monte Arafat, director de la Universidad Popular de Úbeda, nada por aguas superficiales y profundas, y toca distintos registros: el divulgativo, el etnográfico, el popular, el castizo, el histórico, el erudito, el fantástico, para expresar el amor y la fascinación que siente por sus sierras y las gentes de sus sierras, fascinación que comparto:

"La gente a menudo se cree que en la sierra solo se crían setas y guízcanos, o que estas tierras solo dan jamones serranos y serranas jamonas, e ignora que, los montes a los que hoy solamente se mira para ir de caza, albergaron en otro tiempo tesoros indescriptibles de nuestra cultura de los que, si les prestáramos algo de atención, podríamos aprender mucho, tesoros que hablan del pasado y del presente, como voces que yacen en el fondo de una orza, a la espera de que alguien las quiera oír".

No sé si alguien querrá oír esas voces, pero sin duda Manuel las ha sabido hacer sonar en su cerámica orza literaria, con limpia sencillez y sobrie prosa serrana.

Uno de los leitmotiv del relato es el lugar central que ocupaba, en la cartografía -real o imaginaria, no lo sé- manejada por los caballeros templarios, Segura de la Sierra, como vértice del que nacían tanto el Guadalquivir, hacia la vertiente Atlántica, como el Guadalimar, hacia la Mediterránea. El monte Salfaraf, al sur de Segura, cruce de caminos y campo de batallas, sería uno de esos lugares con genio, depositarios de viejos tesoros escondidos en cavernas milenarias, como emblemas de todas las heterodoxias y religiones excluidas: la judía, la musulmana, el esoterismo templario, y la forma mágica y estelar de emplazarse sus viejas y semidestruidas torres de defensa, castillos y atalayas, dependería de icónicos símbolos que vinculan la tierra con el cielo y armonizan las creencias e ideales de los humanos.

Otro interesente tema de la novela, este más histórico, es la toma de la ciudad granadina de Huéscar por fuerzas procedentes sobre todo de Segura, de la Loma de Úbeda y del campo de Montiel, a principios del invierno de 1434. Se adivina que el hecho está bien documentado, y las descripciones de esa ruta imposible y hermosísima, como de otro mundo, que conecta la Sierra de Segura y Cazorla, por Pontones y Santiago de la Espada, con la altiplanicie de la sierra granadina de la Sagra y Huéscar. La última vez que viajé por esos cotos y parajes, que parecen de otro mundo, era otoño y ya nevaba, y temimos quedarnos a mitad de puerto.

En fin, el libro, publicado por Gráficas La Paz de Torredonjimeno, con bonita y variada tipografía, bella portada (diseñada por David Martínez Mulero), útil ilustración y hermoso dibujo de Juan Martos de la Casa, es un regalo para el que ama las Serranías orientales de Jaén, para el historiador o para el turista curioso.

Presente continuo

Presente continuo

Más cuentos de Medardo Fraile

Los cuentos de Medardo Fraile -madrileño con decisivas raíces ubetenses- están protagonizados por personajes corrientes pero extraordinarios. Son corrientes porque no son nada del otro mundo sino muy de éste, resultan siempre más bondadosos que malvados, más pobres que ricos, y sus vidas van pasando a la velocidad con que devoras las páginas de Antes del futuro imperfecto (ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2010). Son personajes extraordinarios por varias razones: llevan nombres arcaicos y sonoros: Kelele, Carmelo, Oria, Eloy, Ciriaco, Otaola, Saturio, Parmenio, Leoncia, Bonifacio, Fuencisla… Desgraciadamente, ¡ya no hay gusto para estos nombres!, será porque “el mundo se encallece y afea cada día más”, o porque se americaniza o gregariza sin remedio, y sin que nos demos cuenta, tan papanatas somos. La asignación de estos nombres no tiene nada de casual:

“Yo he creído siempre que hay nombres, los que no han sido desvirtuados por repetición exhaustiva, que fuerzan al que los lleva a un destino más o menos relacionado con algún personaje relevante que se llamaba igual. Nombres como Benjamín, David, Sara, Lázaro, Beltrán o Ananías no pueden alojarse en cuerpos condenados a una vida vulgar”.

La realidad “parece” desmentir esta tesis; a fin de cuentas..., ¡uno no resucita porque se llame Lázaro!, pero la filosofía parda de Emilia, la mujer de uno de los narradores de estas historias, explica las comillas de ese “parece”:

“las pienses tú o no las pienses, unas cosas pasan y otras no, pero las que no pasan también las llevamos dentro, también nos pasan… Tenlo en cuenta…”.

Es cierto: las ideas promueven sentimientos y emociones, y las ecomiciones y afectos motivan acciones. Los personajes son también extraordinarios porque singulares –especie única- son cada hombre y cada mujer de carne y hueso, nosotros, quienes nacemos, vivimos y morimos, pero sobre todo morimos, como subrayaba Unamuno.

Como profesor y como filósofo (o aprendiz de filósofo), estos cuentos me tocan las entretelas del corazón. Los de su parte primera, “Antes del futuro imperfecto”, están ingeniados sobre recuerdos de las aulas por las que transcurrió la infancia y adolescencia de Medardo en la primera mitad del siglo XX (hace nada), esas aulas que olían “mezclado, suave, dulce, a lápiz, a pis añejo e inocente, a jabón seco en el pebetero de las orejas”… Aquellas aulas en las que la disciplina se suponía y el alumnado aguantaba consciente, y hasta atento, chaparrones de ocho horas. Y campaban por sus respetos profesores aburridísimos, como siempre, y otros u otras que enamoraban al personal sin necesidad de power points ni tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Como la señorita Oria, que enamoró a sus alumnos para el latín con cuatro búcaros de Talavera y una docena de rosas.

El profesor de filosofía don Jenaro Seco era un hombre que daba que pensar, y un día, a la pregunta de un alumno sobre si la Filosofía hacía al hombre feliz, sus ojillos se encendieron como ascuas:

“La Filosofía, señor Antolín, hace al hombre más sabio y puede usted decir que el sabio sabe evitar la infelicidad mejor que el resto de los mortales”.

“-O sea, que no es del todo feliz…

“-Cálmese… No sea usted, no sean ustedes vehementes… La vehemencia es el suicidio del deseo… Recuérdenlo”.

La moraleja de este cuento es ingrata para la Filosofía:

“Imagine usted –sigue don Jenaro- que la tortuga de que hablaba Zenón es la felicidad, y Aquiles la persigue convencido de que la alcanzará, pero no la alcanza…”

Pero si para ser filósofo había que ser como don Jenaro, viejo y calvo...

“preferíamos ser cualquier cineasta guapo con cabeza de chorlito y buenas gachís. Y la vida nos fue dando la razón: Aquiles alcanzó a la tortuga, como los policías alcanzan a los ladrones…”.

La diatriba contra la vehemencia de don Jenaro revela un rasgo de la personalidad del autor, don Medardo Fraile, tan original como inédito en nuestra piel de toro: Medardo es un español, muy español, pero de temperamento más bien melancólico. Ni colérico ni sanguíneo, sino algo flemático y bastante melancólico, de esos a los que podrían haber fusilado en una de nuestras guerras civiles por tibios, por no caer ni de uno ni de otro bando, por dudar de casi todo o tener creencias propias (lo cual viene a ser lo mismo), o por no ser hemipléjicos cerebrales (como decía Ortega de los que se definían como de derechas o de izquierdas). No es de extrañar que Medardo -aun “fuera de sí”-, como confiesa que anduvo por allí al final de su libro, haya hecho vida familiar en las nórdicas y frías latitudes de Escocia. Le delatan sus ojos azules, tristes y sagaces, de niño travieso o de sátiro inocente, y los ojos son el espejo del alma. Su mirada de soñador y su dominio del lenguaje, que usa con una transparencia y sobriedad ejemplar, le permiten explotar el juego del cuento, como nadie lo ha sabido hacer durante las últimas décadas, a fin de cuentos –como él mismo señala- el juego no es sino una forma peculiar del sueño. Y alguno de sus últimos relatos, ultrabrevísimos, tienen algo de experimento onírico, como “Retales”.

Es difícil no sentirse entrañadamente solidario de aquel profesor de literatura que un día se ha dejado los modelos en casa y pone por dictado a los alumnos un texto propio, y siente cómo, al apresurarse éstos por borrarlo al final de la clase, la pizarra se convierte en una fosa negra para sus intimidades y sueños…

“Se quedó un buen rato frente a la pizarra, buscando con angustia una brizna de palabra suya, media palabra, nada…”.

La angustia del profesor es también la angustia del escritor Medardo, o del filólogo don Anselmo (“Postrimerías”), o del lector atento por hacer perdurar sus frases, sus escritos, sus lecturas, sus amoríos o sus sueños.

Las descripciones de los personajes son tan escuetas como magistrales:

“Cosme era un fulano enteco con una voz cavernosa y seca oliente a nicotina como si hablaran sus huesos en lugar de él”.

Este peluquero, Cosme, resultará un héroe anónimo, o sea una buena persona, que acaba cerrando su barbería por no callar o largar a un viejo tristón y delgaducho que se planta en ella a mendigar atención y desahogar las odiseas de su vida de paria y exiliado.

En “Amor”, un relato en verdad poético, se contrapone la filosofía especulativa a la filosofía de las cosas. El protagonista, Parmenio, acaba sustituyendo la primera por la segunda para encontrar a su media naranja. Tras aburrir a su primera novia con preguntas metafísicas e inquietudes existenciales…

“Cuando conoció a Acacia resucitó de nuevo y manso, tembloroso, totalmente domado por el perfume de ella, le dijo:

“-He visto una rosa cuando atravesaba el parque, le he arrancado un pétalo y era como tu piel…

“Y otro día:

“-Quiero que florezcas a mi lado año tras año, Acacia…

“Y una filosofía de cosas se fue enredando en sus vidas, sin que ninguno de ellos acertara a expresarla.”

Sin llegar nunca a pedantes, algunos personajes resultan sentenciosos y sabios, como el tío Alberto de uno de los protagonistas o el corresponsal de Obdulia, en “Carta de un encuentro”:

“Pero en la vida ganamos perdiendo y perdemos ganando”.

Ramón, el corresponsal, que vive casado en Francia, le ofrece a Obdulia –viuda con quien tuvo su historia de jóvenes- un noviazgo platónico que resucite ya en el otoño de la vida el sueño del amor, “para sentir la vida”, un noviazgo basado en el respeto. Se cita à propos a Simone de Beauvoir:

“cuando se respeta profundamente a alguien se rehúsa forzar su alma sin su consentimiento”.

La frase podría servir de lema para un curso de prevención del maltrato...

Aunque Medardo nunca abandona del todo el realismo, un realismo que a veces propone auténticos enigmas en los eventos que narra, alguno de sus últimos cuentos sorprende por su delirante fantasía, próxima a la de un Stanislaw Lem, como en “Culturalia”, relato en que un escritor venezolano, Fermín Onrubia, solicitaba, en un opúsculo perdido, un premio Nobel de Literatura para Sócrates, quien, como se sabe, no escribió nada. El opúsculo incluía una correspondencia ficticia pero muy notable entre la Academia Sueca, y Pericles y su amante Aspasia. Allí sale a la luz la “incorrección política de Platón” y la posibilidad de ser escritor sin escribir, escribiendo con la vida, pues a fin de cuentas...

“las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra”…

Es una suerte para todos nosotros que Medardo Fraile no se encuentre entre ellas, aunque no estaría de más que su bohonomía y su humor amable influyeran mucho más en lo que nos pasa.

  

El humanismo del Doctor Zhivago

El humanismo del Doctor Zhivago

Mi padre me llevó a ver Doctor Zhivago cuando todavía ni el bozo me sombreaba el labio superior; a una segunda sesión del Cinema Central, creo. Bajo el guiño cómplice de las estrellas, mientras comíamos pipas sin sentirlo, aquella película de David Lean (1965) revelaba divinos misterios sobre la superioridad del amor sobre la violencia. Me enamoré sin remedio de Julie Christie, o sea, de su personaje Lara (Larisa Fiódorovna). Y durante años, la espalda desnuda y perlada de sudor de una mujer, creo que la de Geraldine Chaplin en el papel de Tonia, amiga y esposa de Yuri Andréyevich, fue un referente en el despertar o el ensoñar de mis emociones masculinas.

El Círculo de Lectores ha publicado recientemente la primera traducción directa, del ruso al español, de la magnífica novela de Borís Pasternak, escrita muchos años antes de que fuese publicada en Italia, a finales de 1957, tras salir de Rusia clandestinamente. Borís Pasternak recibió el Nobel de Literatura en 1958, pero renunció a él para no tener que abandonar la Unión Soviética, a pesar de su distancia con el comunismo oficial y tras sufrir críticas y amenazas.

Además de narrador, Pasternak fue filósofo y poeta. Fácilmente puede verse en el protagonista de su novela un alterego del autor. El médico Zhivago es también poeta y ha sido muy influido por la filosofía de su tío materno Nikolái Nikoláyevich Vedeniapin, sacerdote secularizado, espíritu libre con un noble sentido de la igualdad para con todas las criaturas vivientes, y enemigo de cualquier especie de gregarismo nacionalista o partidista, al que considera “refugio de la mediocridad”.

El tío Kolia piensa que el hombre no vive en la naturaleza, sino en la historia, fundada por Cristo, y que el Evangelio es su fundamento. Pero ¿qué es la historia? Es el establecimiento de trabajos seculares destinados a elucidar progresivamente el enigma de la muerte y lograr su superación en el futuro. Su clave está en el amor al prójimo, “esa suprema forma de energía viva que colma el corazón del hombre y exige expansionarse y ser consumida”.

Los principales elementos constitutivos del hombre moderno son -según esta visión- la idea de la libre individualidad y la idea de la vida como sacrificio. Los antiguos ignoraban la historia en este sentido. “Sólo después de Cristo los siglos y las generaciones han respirado con libertad. Sólo después de Él dio inicio la vida en la posteridad, y el hombre no muere ya en la calle, arrojado en una cuneta, sino en su casa, en la historia, en el momento álgido de una actividad consagrada a superar la muerte”.

Cierto vitalismo naturalista impregna toda la novela de Pasternak, en la que la nieve, los ríos, los bosques, los ruiseñores y hasta los lobos, no son meros eventos o criaturas naturales, sino símbolos, porque todo cuanto acontece en la tierra donde se entierran los muertos acontece también en otro lugar, en aquel que unos llaman reino de Dios, otros historia, y unos terceros de manera diferente… Pero este vitalismo y esta sublimación de la naturaleza no se degrada –como en Nietzsche- en un esteticismo retórico y soberbio. Tolstoy pensaba que “cuanto más persigue un hombre la belleza, más se aleja del bien”. Sin embargo,  el tio Kolia, a partir del alma del cristianismo, desarrolla una nueva concepción del arte. Piensa que si la fiera que duerme en el hombre se pudiera contener mediante amenazas de cárcel o de castigos eternos, el emblema supremo de la humanidad sería un domador de circo con la fusta y no un predicador dispuesto a sacrificarse a sí mismo (Cristo). Pero lo que durante siglos ha elevado al hombre por encima de las bestias no ha sido el bastón, sino la música: la fuerza irrefutable de la verdad desarmada, la atracción de su ejemplo, el ejemplo de Jesús:

“Hasta ahora se consideraba que lo principal del Evangelio eran las máximas y las reglas morales comprendidas en los mandamientos, pero para mí lo más importante es que Cristo habla con parábolas extraídas de la vida diaria, explicando la verdad a la luz de la cotidianidad. En la base de todo esto yace el pensamiento de que aquello que une a los mortales es inmortal y que la vida es simbólica porque está llena de significado”.

 La llegada de Cristo al mundo antiguo, a la Roma superpoblada, es descrita por Nicolái Nikoláyevich de este modo:

 “Roma era un mercadillo de dioses tomados en préstamo y de pueblos conquistados, una aglomeración a dos niveles, en la tierra y en el cielo, una porquería, un nudo triple apretado sobre sí mismo, como una obstrucción intestinal. Dacios, hérulos, escitas, sármatas, hiperbóreos, pesadas ruedas sin radios, ojos flotando en grasa, bestialidad, dobles papadas, peces alimentados con la carne de esclavos de vasta cultura, emperadores analfabetos. En el mundo había más hombres que los que habría más tarde, estaban apretujados en los pasillos del Coliseo y sufrían.

“Y he aquí que en aquel amasijo de mal gusto de mármol y oro llegó él, ligero y vestido de luz, ostentosamente humano, intencionalmente provincial, galileo, y desde ese instante los pueblos y los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre, el hombre carpintero, el hombre agricultor, el hombre pastor en medio de su rebaño de ovejas en la puesta de sol, el hombre que no estaba en absoluto orgulloso de su nombre, el hombre del que se habla con reconocimiento en todas las canciones de cuna de las madres y en todas las galerías de cuadros del mundo”.

Para Gordon -el amigo judío del doctor Zhivago-, el cristianismo, así entendido, volvió anticuado el concepto de nación o de pueblo…

“Puedo entender todavía qué sentido tenía la palabra ‘pueblo’ en tiempos de César, para hablar de los pueblos galo, suevo, ilirio. Pero desde entonces es sólo una invención que existe para que sobre ella puedan pronunciar discursos los zares, los políticos y los reyes: el pueblo, mi pueblo… ¿Cómo se puede hablar de pueblos en la era cristiana? En ese modo de existencia pensado con el corazón y en esa nueva forma de relaciones entre los hombres que se llama reino de Dios no hay pueblos, sino individuos. El cristianismo, el misterio del individuo, es precisamente lo que hay que conferir a los hechos a fin de que éstos adquieran un significado para el hombre”.

 Es curioso y doloroso para Gordon, hebreo de origen, pensar así, porque sabe que:

  “la idea nacional ha impuesto a los judíos la necesidad abrumadora de ser y seguir siendo un pueblo, y nada más que un pueblo, por los siglos de los siglos, cuando, gracias a una fuerza salida de sus filas, el mundo entero se liberó de esa humillante tarea. ¡Qué cosa tan asombrosa! ¿Cómo ha podido suceder? Esa fiesta, esa liberación de la diablura de la mediocridad, ese vuelo por encima de la estupidez cotidiana, todo eso nació en la tierra de ellos, hablaba en su lengua y pertenecía a su tribu… ¿Cómo pudieron dejar que se les escapara un alma de una belleza y una fuerza tan devoradoras?... ¿Por qué razón son tan ociosamente faltos de talento los escritores amantes del pueblo, sea cual sea su nacionalidad?”

¿Cómo sintió y sufrió, un hombre que compartía este humanismo, este individualismo cristiano, la guerra, la revolución bolchevique, la guerra civil?

Con resignación y esperanza, haciendo el bien donde podía, curando a los enfermos y heridos, como médico regular o como médico partisano, viviendo un amor prohibido pero predestinado, imposible de evitar, con Lara, “la criatura más pura del mundo”, a la que el golfo de Komarovski pudo tal vez seducir unos meses, pero sin poder corromperla jamás, y cuyo esposo la dejó abandonada con su hija para convertirse en el intachable y temible comisario militar Strélnikov, que acabará suicidándose en Varíkino.

La metafísica y la antropología del doctor Zhivago suponen que la misma vida que vivimos es ya resurrección, sin que nos demos cuenta. No hay que darle tanta importancia como le damos a la conciencia del propio yo, en realidad ésta es un veneno si no la usamos bien. Es verdad que es una luz que ilumina el camino ante nosotros, para que no tropecemos: “La conciencia son los faros encendidos delante de una locomotora en marcha. Dirija la luz hacia el interior y se producirá una calamidad”. No somos conscientes de nuestra sustancia corporal, del funcionamiento de nuestros riñones, de nuestro hígado, porque la conciencia se manifiesta hacia el exterior, en los actos, en la obra de nuestras manos, en la familia, en los demás… “El alma del hombre es precisamente el hombre presente en los otros hombres”.

Uno de los primeros títulos de la novela, cuya escritura se remonta a 1946, fue: “No habrá muerte”, título extraído del Apocalipsis de Juan Evangelista (21,4). “No habrá muerte –explica el doctor, como si se tratase de un conjuro, ante el lecho de la moribunda Anna Ivánovna- porque lo que fue ya ha pasado”… “No habrá muerte porque esto ya lo vimos, es viejo y aburre, y ahora es preciso algo nuevo, y lo nuevo es la vida eterna”.

Obligado a militar en un grupo de partisanos, las arengas revolucionarias cansan al doctor, los torrentes de palabras superfluas, inconsistentes, oscuras, “justo eso de lo que la vida ansía liberarse”. Frente a esa cháchara hipócrita de los comisarios comunistas, “mediocremente elevada y tenebrosa”, Yuri busca el refugio en el aparente mutismo de la naturaleza, en la ausencia de palabras durante un trabajo largo y obstinado, en el silencio de un sueño profundo, en la verdadera música y en el quieto contacto de los corazones…

Poético romanticismo en mitad del horror, de la guerra, de la penuria, del cainismo, del canibalismo, del terror. La verdadera libertad no es la de las palabras y las reivindicaciones, sino la caída del cielo, en contra de lo esperado. La libertad por casualidad, por equivocación.

Frente a la revolución con que soñaban las clases medias –a las que pertenecen por ambiente y educación el autor y su protagonista- , la revolución bolchevique de 1917, nacida de la guerra, una revolución de soldados, aparece primero como una necesaria simplificación de la vida, incluso como una necesaria erradicación “de la delicadeza de sentimientos superfluos”. Incluso el tío Kolia, referente filosófico de la adolescencia de Yuri, se vuelve bolchevique. Una nueva esperanza se eleva tras siglos de servilismo e injusticias. Pero, tras la grandiosidad y la eternidad del momento, la dictadura del proletariado acabará dejándole helado el corazón al doctor Zhivago, porque “ya no hay personas honestas ni amigos. Ni siquiera gente competente”.

El Moscú soviético le expulsará de su seno hacia los Urales, la familia huye del hambre, con el sueño idílico de cultivar la tierra, viviendo de sus manos. Ni los rojos, ni los blancos ni los verdes, le convencen. “Pertenecer a un determinado tipo es la muerte del hombre”. Si, por el contrario, a uno no saben cómo catalogarlo, si uno está libre de sí mismo, “ha obtenido una partícula de inmortalidad”…

De marxista, pues, nada de nada. Pasternak lo deja claro:

 “El marxismo es demasiado poco dueño de sí mismo para ser una ciencia. Las ciencias, por lo general, son equilibradas. ¿Marxismo y objetividad? No conozco una corriente más replegada en sí misma y más alejada de los hechos que el marxismo. Todos están preocupados en verificar sus ideas por la experiencia, pero quienes tienen el poder, en virtud de la leyenda sobre su propia infalibilidad, dan la espalda a la verdad con todas sus fuerzas. La política no me dice nada. No me gustan las personas indiferentes a la verdad… Yo era un ferviente partidario de la revolución, pero ahora creo que, con la violencia, nunca se podrá lograr nada. El bien se atrae con el bien”.

 Luego está el culto a la personalidad, esos líderes políticos a quienes la fatuidad había extirpado todo signo de vida y de humanidad. El odio de los necios al espíritu y el desprecio a los intelectuales, la inhumanidad convertida en conciencia de clase, la barbarie como modelo de firmeza proletaria. “Entonces a la tierra rusa llegó la mentira. La principal desgracia, la raíz del mal futuro, fue la pérdida de la confianza en el valor del propio criterio” –dice Lara.

Huyendo de todos, y temiendo la muerte, Lara y el doctor Zhivago harán nido en Varíkino. Allí un abismo les separa del resto del mundo, la aversión compartida a todo lo que de fatalmente típico tenía el hombre contemporáneo: la exaltación afectada, la animación ruidosa y la mortal ausencia de inspiración…

En la soledad de Varíkino escribirá Yuri sus mejores poemas, tras la marcha dolorosa de su amor. Luego, la decadencia, el apoyo de Marina, su tercera pareja, hija de su antiguo portero, y de la que aún tiene dos hijos… Y un ataque al corazón en un tranvía moscovita que rueda a duras penas… Fin trágico dulcificado por la salvación de su obra poética, consagrada en una novela idealista, romántica, histórica, inspirada por un humanismo cristiano muy ruso y original, pero universalizable, como el sentido del deber y de la belleza, a la que el doctor Zhivago definió agradecidamente como la felicidad de poseer una forma, felicidad que debemos al resplandor de Dios.

 

A la sombra del granado

A la sombra del granado

 -La verdad no puede contradecir a la verdad, ¿no es cierto, Zuhayr?

-Por supuesto, no podría ser de otra manera. Está escrito en el Alcorán, ¿verdad?

-¿Y por eso es cierto?

-Bueno…, quiero decir… Escúchame, anciano, hoy no he venido aquí a discutir blasfemias.

-Entonces te haré otra pregunta: ¿es lícito unir lo que conocemos a través de la razón con aquello que nos dicta la tradición?

-Supongo que sí.

-¡Lo supones! ¿Es que no os enseñan nada hoy en día? ¡Condenados tontos! Te planteo un dilema que ha confundido a nuestros teólogos durante siglos, y lo único que se te ocurre decir es “supongo que sí”. No es una buena respuesta. En mis tiempos se enseñaba a los jóvenes a ser más rigurosos. ¿No has leído las obras de Ibn Rushd, uno de nuestros grandes pensadores, y un gran hombre a quien los cristianos de Europa llaman Averroes? Debes de haber leído sus libros. Había por lo menos cuatro en la biblioteca de tu padre.

Zuhayr se sentía avergonzado, humillado.

-Los estudié de tal forma que no pude sacar ninguna conclusión positiva de ellos. Mi maestro decía que Ibn Rushd era un hombre ilustrado, pero también un hereje.

-Los ignorantes sólo pueden difundir ignorancia. Esa acusación es falsa. Ibn Rushd era un gran filósofo, lleno de talento. A mi modo de ver, estaba equivocado, pero no por las razones que te dio ese estúpido que contrataron para que te enseñara teología. Para resolver la supuesta contradicción entre razón y tradición, aceptó las enseñanzas de los místicos, con sus significados aparentes y sus significados ocultos. Sin embargo, aunque es cierto que las apariencias y la realidad no son siempre la misma cosa, Ibn Rushd insistió en que las interpretaciones alegóricas eran el corolario inevitable de la verdad. Es una pena, pero no creo que al afirmar eso se haya basado en motivos fundados.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Zuhayr, molesto-. Tal vez creyó que era la única forma de extender el conocimiento y sobrevivir.

-Era absolutamente sincero –afirmó al-Zindiq con una certeza propia de su edad-. En una ocasión dijo que el peor día de su vida fue aquel en que llevó a su hijo a la mezquita para las plegarias del viernes y una multitud los echó. No le afectó sólo la humillación, sino también la convicción de que las pasiones de la gente sin instrucción acabarían ahogando la religión más moderna del mundo. En cuanto a mí, creo que Ibn Rushd no era suficientemente hereje. Aceptó la idea de que el universo está al servicio de Dios –Zuhayr comenzó a temblar-. ¿Tienes frío, chico?

 

La idea de un universo desligado del Creador hace temblar a Zuhayr, que acabará echándose al monte (Las Alpujarras), en el levantamiento contra la autoridad cristiana de Granada.

A la sombra del Granado (Madrid, 2005), la novela histórica de Tariq Alí, cuenta la situación que se produce en Al-andalus unos años después de la toma de Granada por las tropas de Isabel y Fernando (1492). La historia de una familia de terratenientes musulmanes en el clima del eclipse de una civilización mestiza: la andalusí,así como el terrible trilema que se les plantea a muchos señores andalusíes al filo del cambio de siglo: inclinar la cabeza y convertirse al cristianismo, abandonar la tierra en la que habían trabajado, jugado, luchado y amado durante ocho siglos, o retirarse a las montañas para resistir y pelear.

Lo peor de la novela –a mi juicio- es el perfil fanático, tan simple como siniestro, que se le atribuye a Cisneros, al que se hace directamente responsable de una terrible y masiva quema de libros musulmanes en la Granada de 1499. ¡Menos mal que por lo menos accede a salvar los de medicina y astronomía, eso sí, requisados para la futura biblioteca de Alcalá! Frente al Cisneros reprimido y obsesionado por la “pureza de sangre”, se idealiza un pasado andalusí, tolerante e integrador, en que convivirían las tres culturas sin conflictos durantes siglos, y en el que el único problema y la razón de su debilidad y postrer derrota sería la incapacidad de los señores andalusíes para mantenerse unidos frente al "bárbaro" del norte.

Sobre este mito de "las tres culturas" conviviendo en paz, o sobre el otro de la superior "tolerancia" de la cultura musulmana peninsular sobre la cristiana, puede leerse en línea mi artículo "La filosofía y el mito andalusí", donde también se alude a la filosofía poítica, califal y totalitaria, de Averroes.

Tariq Alí es una interesante personalidad cosmopolita, un activista de izquierdas, redactor de New Left Review, director de cine, ensayista y novelista. Y ve en las religiones un sistema de opresión institucionalizado: “La historia está llena de jóvenes tontos que se emborrachan con la religión y se precipitan a luchar contra los infieles” (cap. VIII). Desde luego, las religiones han sido también eso, ¡y muchas más cosas! De origen paquistaní, pero formado en Oxford, Tariq Alí fue uno de los diecinueve firmantes del Manifiesto de Porto Alegre (Brasil, 2005). El protagonista intelectual de la novela, me parece una especie de alter-ego del escritor y se hace llamar Al-Zindiq, el escéptico. Su biblioteca manuscrita se salva y viaja a Fez, si no recuerdo mal...

En The Shadow of the Pomegranate Tree (1992) -que he leído en traducción de Maria Eugenia Ciocchini (1993)-, y en el bando cristiano, el antagonista de Cisneros es don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, capitán general de Granada. Don Íñigo tiene amigos entre la nobleza andalusí, no tiene inconveniente en vestirse con ropas moriscas, y es partidario de cumplir lo acordado en los términos de la rendición, respetando al vencido. Al final, no tendrá más remedio que elegir, contra su conciencia, la violencia de la represión y su ruptura con el mundo andalusí, que irremediablemente se eclipsa.

La novela está llena de alusiones a la vida cotidiana de los terratenientes agrícolas andalusíes, a su organización patriarcal y económica. El Banu Hudayl es el indiscutible protagonista y víctima trágica de la historia, con sus leyendas heroicas, sus historias de amores -lícitos e ilícitos-, sus pasiones oscuras y sus renuncias lúcidas. Las recetas de la cocina antigua, los productos de la huerta intensiva, se asocian a los “zajal”, poémas estróficos populares de trasmisión oral, o a los comentarios sobre la poética de Ibn Hazm...

Para quienes hemos vivido y andado mucho por esos paisajes de Gharnata y Las Alpujarras granadinas, la novela tiene un valor doblado. Muy entretenida y documentada, aunque algo maniquea, como casi todos los cuentos con que se mece la cuna del ser humano...