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Literatura

Más allá del más allá

Más allá del más allá

He conseguido olvidarme del soporte electrónico y leer en tinta digital, en un ebook ultraligero, una colección del Poul Anderson más genuino. 

Poul Anderson nació en 1926, norteamericano de padres escandinavos. Consiguió ser un reputado escritor de ficción científica en un año sabático que le duró una vida, ganador de varios premios Hugo y Nébula, eso no le impidió ser miembro de la Sociedad del Anacronismo Creativo, en cuyos torneos medievales logró distinguirse. Viajero y aventurero, historiador de talla, doctorado en física (1948), construyó numerosas epopeyas espaciales, especulaciones verosímiles y fabulosas. Falleció en California en 2001 de un cáncer de próstata.

La editorial Martínez Roca editó en 1982 su colección de relatos Beyond the Beyond (1969) con el título, poco apropiado, de Lo mejor de Poul Anderson. La serie está unida por un escenario peculiar, los confines del espacio en que se ha extendido y multiplicado la raza humana contactando con otras culturas, o diversificando las propias, de ahí su título original.

No me extraña que se hayan lanzado acusaciones de plagio contra el guión de Avatar -la celebérrima película de James Cameron- en relación a una novela de Anderson, la que ilustra esta entrada. El relato "Memoria", incluido en la traducción de Martínez Roca, antes citada, me trajo enseguida la película al magín. También allí, Torrek, su protagonista, un terrestre disfrazado de nativo en un planeta remoto, caza a un ave prodigiosa en un nido perdido, en lo alto de un fiordo, como una especie de ritual de iniciación y una prueba de valor. Torrek -o el humano que se oculta en él- preferirá al fin la vida simple de los extraterrestres, al mundo deshumanizado de los imperialistas terráqueos, invasores del espacio. La épica no es incompatible con la lírica en la prosa clara, dialogada y firme, de Anderson, ni siquiera la aventura y el idilio son incompatibles con la reflexión profunda. Algunos botones de muestra:

"La historia demuestra tan concluyentemente como nuestras ecuaciones que la libertad no es una condición 'natural' del hombre. En el mejor de los casos, supone un estado metafísico que con mucha facilidad deriva en la tiranía. Ésta se impone unas veces desde el exterior, gracias a los bien organizados ejércitos de un conquistador, otras proviene del interior..., a través de la voluntad de los hombres que ceden sus derechos a la imagen paterna, al dirigente todopoderoso, al estado absoluto".

 A veces, nada mejor que alejarse para poder ver el conjunto, los grandes fenómenos de masas:

"Naturalmente, el gobierno unificado produjo en la Tierra un tipo de ciudadano de buenas tragaderas. Su vida está tan regulada que su principal libertad reside en la fantasía, bien alimentada por los sensibilizadores y la publicidad. Tal vez para el terrestre medio, esos trillados y viejos espectáculos sean más reales y significativos que su propia vida. De cualquier manera, no supone un gran esfuerzo infundir terror a la manada. Así consiguieron nuestros abuelos implantar el Gran Timo".

En "El hombre sensible" un instituto secreto de expertos ha conseguido hallar la fórmula soñada por Pitágoras: el número del alma humana. Una secuencia de algoritmos supercomplejos permitirá hacer funcionar la sociedad como una máquina, programando al dedillo los cambios sociales mediante una ingeniería exacta. Queda el suspense de si una sociedad así no sería el peor de los totalitarismos, un totalitarismo sin salida dirigido por una aristocracia de tecnócratas. ¿No estaremos ya en ello? Tampoco faltan en la literatura de Anderson alusiones cultas, por ejemplo, al Micromegas de Voltaire. Esta épica espacial sólo parece anticuada por lo "políticamente incorrecto" que resulta que fumen algunos de los protagonistas futuristas de sus relatos, anacrónica por el poco respeto que se le tiene al igualitarismo de género, pero pertenece sin duda a la época dorada de la ciencia ficción y a la gran literatura clásica del XX.  

De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

“Muchos españoles se quejan de la crisis económica, pero no saben nada de lo que tienen. Dicen que, para la Navidad este año, y por motivo de la crisis, los niños sólo van a recibir un promedio de siete regalos cada uno, y la gente gastará menos en lotería (…). No, la gente no valora lo que tiene, no saben lo afortunados que son. Pelean contra el gobierno, los partidos políticos pelean entre sí; ¿por qué no se juntan para trabajar y sacar adelante al país?”

 El testimonio es de Susana, una paraguaya afincada en Úbeda. Ella, entre una decena más de hispanoamericanos, ofrecen en el último libro de Jon Lindsay Miles una visión distinta de lo que nos es cercano y familiar. Desde las Américas a Jaén, o From the Americas to Jaén. El libro es bilingüe y también quiere ser usado como material didáctico, pues su autor se gana la vida como profesor de su lengua nativa. Él mismo, nacido en Gran Bretaña, es un inmigrante en Úbeda, y procedía de abuelos inmigrantes que escogieron Londres como destino, ucranianos de origen, durante el período post-revolucionario bolchevique. Estos detalles los escribe en el Epílogo de su libro, añadiéndose así, como uno más, al plantel de inmigrantes.

Es la segunda vez que me enfrento a un texto de Jon Lindsay Miles, pero esta vez lo he hecho de forma más gustosa. Y no es porque su primer libro no fuera excelente, seguramente ese fue el problema, que su inglés es demasiado rico para mi primitivo conocimiento de esa lengua, el caso es que no pude terminarlo y sólo puede desentrañar, con ayuda de un diccionario, sus ricas descripciones del Barrio de San Nicolás, del barrio de los ceramistas y de la Redonda de Miradores de la capital de La Loma. Me refiero a Along the Way. Walking in Úbeda (Immigrant Press, 2009). En sus primeras páginas, Jon hace una extraña descripción del campo andaluz:

 “El campo andaluz is a countryside unlike any in England, rather untidy and always dusty-looking even where there’s enough water to grow a little grass. The underlying sandstone is always at the surface, in the stones and broken rubble of its (often exposed) bedrock, and the occasional white building visible on the hills east of town does little to recover the imagined romance of the south of Spain one sees on television in London. But it’s a landscape I like, this dry land under the sun; its barren places offer a silence that suits me.”

También yo adoro ese silencio poblado del campo andaluz cuando no lo matan los generadores, las sopladoras o los todo-terreno.

Mientras he tenido la oportunidad de hacer de cicerone por estos cerros jiennenses, por los que se perdió Alvar Fáñez, siempre me ha gustado adoptar ese extraño punto de vista que suele ofrecerte el forastero. Es como si uno alquilara sus ojos para ver de manera nueva lo que ya casi no mira por ser su panorama de todos los días. Se acaba siendo del todo insensible al horizonte al que se está habituado, incluyendo en esto los sonidos, la música del paisaje, por ejemplo el jolgorio de los vencejos en primavera o el ruido de las campanas durante todo el año, incluso si ese horizonte es tan impresionante como el de los miles de olivos alineados, sobre la curva de ballesta que traza del Alto Guadalquivir, y hasta las montañas azules de Mágina o Cazorla. Y luego están las pequeñas cosas, esas que tampoco vemos y que conforman el horizonte del prójimo humano. He aquí la descripción de una “typically modern Ubetense woman”:

 “Her body begins at her White high-heeled slingback shoes, and her pristine slacks form a white skin over her knees, thighs and hips; a large white shoulder-bag hangs against the horizontal red and navy stripes of her white polo shirt, and her tanned arms are crossed in front of her. But it’s her tumbling hair that’s the giveaway; it will be as subtly coloured and perfectly polished when she’s five or fifteen or thirty years older.”

["Su cuerpo comienza en sus zapatos blancos de tacón alto  y sus pantalones inmaculados forman una piel blanca sobre sus rodillas, muslos y caderas; un gran bolso blanco cuelga en bandolera contra el rojo horizontal y las rayas azul marino de su polo blanco, y sus brazos bronceados se cruzan por encima de todo. Pero es el pelo suelto lo que la delata; estará tan sutilmente coloreado como perfectamente arreglado cuando tenga cinco, quince o treinta años más”].

 Confío en que mi traducción no le parezca al autor demasiado atrevida o mala del todo. Hay demasiado blanco en una acuarela así, pero no es de extrañar que la luz de Andalucía sorprenda e incluso asuste a los nórdicos que se atreven a vivir aquí, mientras que uno la soporta bastante bien, incluso sin gafas de sol y hasta en verano. El cuerpo humano se hace a casi todo. Somos el animal cosmopolita.

En su segundo libro de Immigrant Press (2011), Jon Lindsay hace de periodista o, como él mismo dice, de “mediador” del discurso que se le reveló en el tête à tête con los inmigrantes sudamericanos que accedieron a contarle su historia. Ofreció a cada entrevistado la oportunidad de leerla, una vez interpretada, y de cambiar así cualquier detalle antes de publicarla. Me he enterado por el prólogo –y la mejor prueba de esto es el propio libro- de que testimonio (escrito así también en la versión original inglesa) es categoría de género literario, surgido tras la revolución cubana como medio político de presentación de la biografía y las experiencias de un sujeto subalterno o marginado. Jon Lindsay cita también, como ejemplares del género, los testimonios femeninos producidos en la India, centrados en experiencias de maltrato o tortura.

En su Epílogo, el autor explica los motivos que le llevaron a escribirlo. Le preguntan frecuentemente por qué se estableció en una provincia rural del noreste de Andalucía y explica que encontró aquí buena acogida y amistad. Pero la pregunta sobre por qué dejó su hogar le hizo pensar en las razones que tendrían o darían otros inmigrantes establecidos en Jaén. Así que tomó la decisión de preguntárselo él mismo y empezó con los que dejaron atrás su hogar en América. Deja al lector el trabajo de sacar sus propias conclusiones.

Ortega o Ricoeur han puesto de manifiesto la estructura narrativa de la personalidad humana. Los seres humanos no tenemos sólo vida, sino que somos sobre todo biografía. En cierto sentido profundo, somos cuentos, el que nos contamos a nosotros mismos y a otros para dar coherencia a nuestras vivencias. Sin ese sentido, desesperamos, nos desmoralizamos.

Tengo para mí que ese género del testimonio es sin duda una clase de épica contemporánea, ¡existencias épicas las de estas mujeres y hombres, obligados a buscar fuera de su tierra un mejor sentido para sus vidas o, simplemente, una vida más segura! Estremecen las palabras de Elvira, una colombiana, cuyo relato constituye la parte central de la obra: “Con quien mejor relación tenía en mi familia era con mi hermano Octavio, que sólo me intentó matar dos veces”. Claro que el tal Octavio había pasado cinco años en una prisión de Holanda por tráfico de cocaína.

Me pregunto si yo hubiera tenido el coraje de "Elvira", para dejarlo todo atrás y lanzarme a luchar por la supervivencia en un país extraño. Se extraña de recuperar íntegro el bolso que dejó olvidado en un autobús de línea, “¿cree que habríamos recuperado todo si esto nos hubiera pasado en Colombia?”, pregunta. Elvira –y esto debe de ser tristísimo- acaba reconociendo que confiaría más en un español que en un colombiano, y tras aguantar diversas humillaciones, de compatriotas y de españoles en distintas poblaciones de Jaén, acabará encontrando un hogar en la Calle Pastores de Úbeda.

En general, es consolador que hablen de los españoles más bien que mal. Pero en todas partes, supongo, hay más gente buena que mala, si no, ninguna sociedad funcionaría. Sin embargo, algunos comentarios delatan cierta penuria espiritual con la que transigimos aquí. El desprecio de los compañeros de estudios en los colegios, que tildan a sus hijos de “sudacas”. Un ecuatoriano telefonea a otro dispuesto a seguir su vuelo hacia España: “No vengas –le dice-, aquí la gente quiere más a sus perros que a sus familias”.

Álvaro, un colombiano, encontró trabajo en una discoteca en la España del 2000. Habla con su pareja colombiana, que quiere seguirle a la península con los niños, ésta cuenta: “Me advirtió que la cultura entre los jóvenes en España era distinta, que la mayoría fuman y salen mucho a beber. –No traigas a los niños –me dijo”.

Miriam, dominicana, describe así la vida en España y la frágil moral de los españoles:

 “A mi parecer, los jóvenes están algo deprimidos en comparación con los de la isla [Santo Domingo]. Se ve en los mayores también. Si algo no sale bien, la gente se desanima. Dicen que a pesar de todas las circunstancias en los países pobres, la gente se siente más satisfecha. Valoran las cosas más, cuando compran un nuevo par de zapatillas de deporte, por ejemplo. Aquí en Europa tenéis de todo y no valoráis nada”.

Yolanda, nicaragüense, que huye del gobierno Sandinista, afirma:

“los españoles no me han tratado mal, pero debo decir que son por lo general sosos. No demuestran ni la simpatía ni el cariño de los nicaragüenses o la gente de Costa Rica. Cuando me ingresaron en el hospital de Madrid, nadie me visitó”.

Sin embargo –una de cal y otra de arena- tiene otra visión de la juventud española:

“Lo que me gusta mucho de España es que los jóvenes piensan de una manera distinta sobre el futuro. Piensan en la prosperidad, en contraste con los de las generaciones mayores que sufrieron más en el pasado. Este tipo de prosperidad y la actitud para conseguirla no existe en Nicaragua, no es posible. Los jóvenes españoles hacen sus planes para encontrar trabajo, estudiar una carrera, comprar un coche y luego una casa. Me gusta este tipo de actitud, enfocar la vida como un reto. También aprenden más sobre quién es su pareja antes de casarse” (pg. 147). 

Siempre hay motivos para la esperanza.

Misterios segureños

Misterios segureños

El secreto del monte Salfaraf es una amena y breve fábula montada sobre la bien disciplinada imaginación histórica y los excelentes conocimientos y observaciones "de campo" que su autor, Manuel Martínez Moreno, tiene de las tierras de Segura, pues es natural de Segura de la Sierra (Jaén). Antes de esta novelita, Manuel Martínez ha publicado una bella guía de su pueblo, y un viaje por las Sierras de Segura adobado con sus leyendas (El crimen de la Cumbre, 2009).

Un musulmán, Ibn Al Jatib, convertido a la fuerza al cristianismo y bautizado como Rui Díaz describe el señorío batallador de Don Rodrigo Manrique, Comendador de Segura, su captor y protector.
El relato incluye, como regalo al lector extraño, distraído o forastero, las inmortales Coplas a la muerte de su padre, del hijo del Comendador Rodrigo, el universal poeta Jorge Manrique, que tan prematuramente fue herido de muerte en 1479 combatiendo a favor de Isabel de Castilla, en las peleas de sucesión contra los partidarios de Juana la Beltraneja. Esas coplas de pie quebrado, fúnebres como el repique funeral de una campana (Azorín) constituyen un monumento de la literatura clásica universal, y debemos sentirnos muy orgullosos de que fuesen inspiradas en nuestras sierras de Jaén.

Por cierto, que otro ilustre e ilustrado serrano, Domingo Henares Martínez, ha probado -a mi juicio con argumentos tan verosímiles como plausibles- el nacimiento jiennense de don Jorge Manrique, pues su madre, doña Mencía de Figueroa, prima hermana del Marqués de Santillana, nació en Orcera, o en Beas de Segura, y se hace increíble que, embarazada, fuera a parir a Castilla la Vieja (Paredes de Nava, Palencia) para volver luego, estando los caminos como estaban.

El versátil autor de El Secreto del Monte Arafat, director de la Universidad Popular de Úbeda, nada por aguas superficiales y profundas, y toca distintos registros: el divulgativo, el etnográfico, el popular, el castizo, el histórico, el erudito, el fantástico, para expresar el amor y la fascinación que siente por sus sierras y las gentes de sus sierras, fascinación que comparto:

"La gente a menudo se cree que en la sierra solo se crían setas y guízcanos, o que estas tierras solo dan jamones serranos y serranas jamonas, e ignora que, los montes a los que hoy solamente se mira para ir de caza, albergaron en otro tiempo tesoros indescriptibles de nuestra cultura de los que, si les prestáramos algo de atención, podríamos aprender mucho, tesoros que hablan del pasado y del presente, como voces que yacen en el fondo de una orza, a la espera de que alguien las quiera oír".

No sé si alguien querrá oír esas voces, pero sin duda Manuel las ha sabido hacer sonar en su cerámica orza literaria, con limpia sencillez y sobrie prosa serrana.

Uno de los leitmotiv del relato es el lugar central que ocupaba, en la cartografía -real o imaginaria, no lo sé- manejada por los caballeros templarios, Segura de la Sierra, como vértice del que nacían tanto el Guadalquivir, hacia la vertiente Atlántica, como el Guadalimar, hacia la Mediterránea. El monte Salfaraf, al sur de Segura, cruce de caminos y campo de batallas, sería uno de esos lugares con genio, depositarios de viejos tesoros escondidos en cavernas milenarias, como emblemas de todas las heterodoxias y religiones excluidas: la judía, la musulmana, el esoterismo templario, y la forma mágica y estelar de emplazarse sus viejas y semidestruidas torres de defensa, castillos y atalayas, dependería de icónicos símbolos que vinculan la tierra con el cielo y armonizan las creencias e ideales de los humanos.

Otro interesente tema de la novela, este más histórico, es la toma de la ciudad granadina de Huéscar por fuerzas procedentes sobre todo de Segura, de la Loma de Úbeda y del campo de Montiel, a principios del invierno de 1434. Se adivina que el hecho está bien documentado, y las descripciones de esa ruta imposible y hermosísima, como de otro mundo, que conecta la Sierra de Segura y Cazorla, por Pontones y Santiago de la Espada, con la altiplanicie de la sierra granadina de la Sagra y Huéscar. La última vez que viajé por esos cotos y parajes, que parecen de otro mundo, era otoño y ya nevaba, y temimos quedarnos a mitad de puerto.

En fin, el libro, publicado por Gráficas La Paz de Torredonjimeno, con bonita y variada tipografía, bella portada (diseñada por David Martínez Mulero), útil ilustración y hermoso dibujo de Juan Martos de la Casa, es un regalo para el que ama las Serranías orientales de Jaén, para el historiador o para el turista curioso.

Presente continuo

Presente continuo

Más cuentos de Medardo Fraile

Los cuentos de Medardo Fraile -madrileño con decisivas raíces ubetenses- están protagonizados por personajes corrientes pero extraordinarios. Son corrientes porque no son nada del otro mundo sino muy de éste, resultan siempre más bondadosos que malvados, más pobres que ricos, y sus vidas van pasando a la velocidad con que devoras las páginas de Antes del futuro imperfecto (ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2010). Son personajes extraordinarios por varias razones: llevan nombres arcaicos y sonoros: Kelele, Carmelo, Oria, Eloy, Ciriaco, Otaola, Saturio, Parmenio, Leoncia, Bonifacio, Fuencisla… Desgraciadamente, ¡ya no hay gusto para estos nombres!, será porque “el mundo se encallece y afea cada día más”, o porque se americaniza o gregariza sin remedio, y sin que nos demos cuenta, tan papanatas somos. La asignación de estos nombres no tiene nada de casual:

“Yo he creído siempre que hay nombres, los que no han sido desvirtuados por repetición exhaustiva, que fuerzan al que los lleva a un destino más o menos relacionado con algún personaje relevante que se llamaba igual. Nombres como Benjamín, David, Sara, Lázaro, Beltrán o Ananías no pueden alojarse en cuerpos condenados a una vida vulgar”.

La realidad “parece” desmentir esta tesis; a fin de cuentas..., ¡uno no resucita porque se llame Lázaro!, pero la filosofía parda de Emilia, la mujer de uno de los narradores de estas historias, explica las comillas de ese “parece”:

“las pienses tú o no las pienses, unas cosas pasan y otras no, pero las que no pasan también las llevamos dentro, también nos pasan… Tenlo en cuenta…”.

Es cierto: las ideas promueven sentimientos y emociones, y las ecomiciones y afectos motivan acciones. Los personajes son también extraordinarios porque singulares –especie única- son cada hombre y cada mujer de carne y hueso, nosotros, quienes nacemos, vivimos y morimos, pero sobre todo morimos, como subrayaba Unamuno.

Como profesor y como filósofo (o aprendiz de filósofo), estos cuentos me tocan las entretelas del corazón. Los de su parte primera, “Antes del futuro imperfecto”, están ingeniados sobre recuerdos de las aulas por las que transcurrió la infancia y adolescencia de Medardo en la primera mitad del siglo XX (hace nada), esas aulas que olían “mezclado, suave, dulce, a lápiz, a pis añejo e inocente, a jabón seco en el pebetero de las orejas”… Aquellas aulas en las que la disciplina se suponía y el alumnado aguantaba consciente, y hasta atento, chaparrones de ocho horas. Y campaban por sus respetos profesores aburridísimos, como siempre, y otros u otras que enamoraban al personal sin necesidad de power points ni tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Como la señorita Oria, que enamoró a sus alumnos para el latín con cuatro búcaros de Talavera y una docena de rosas.

El profesor de filosofía don Jenaro Seco era un hombre que daba que pensar, y un día, a la pregunta de un alumno sobre si la Filosofía hacía al hombre feliz, sus ojillos se encendieron como ascuas:

“La Filosofía, señor Antolín, hace al hombre más sabio y puede usted decir que el sabio sabe evitar la infelicidad mejor que el resto de los mortales”.

“-O sea, que no es del todo feliz…

“-Cálmese… No sea usted, no sean ustedes vehementes… La vehemencia es el suicidio del deseo… Recuérdenlo”.

La moraleja de este cuento es ingrata para la Filosofía:

“Imagine usted –sigue don Jenaro- que la tortuga de que hablaba Zenón es la felicidad, y Aquiles la persigue convencido de que la alcanzará, pero no la alcanza…”

Pero si para ser filósofo había que ser como don Jenaro, viejo y calvo...

“preferíamos ser cualquier cineasta guapo con cabeza de chorlito y buenas gachís. Y la vida nos fue dando la razón: Aquiles alcanzó a la tortuga, como los policías alcanzan a los ladrones…”.

La diatriba contra la vehemencia de don Jenaro revela un rasgo de la personalidad del autor, don Medardo Fraile, tan original como inédito en nuestra piel de toro: Medardo es un español, muy español, pero de temperamento más bien melancólico. Ni colérico ni sanguíneo, sino algo flemático y bastante melancólico, de esos a los que podrían haber fusilado en una de nuestras guerras civiles por tibios, por no caer ni de uno ni de otro bando, por dudar de casi todo o tener creencias propias (lo cual viene a ser lo mismo), o por no ser hemipléjicos cerebrales (como decía Ortega de los que se definían como de derechas o de izquierdas). No es de extrañar que Medardo -aun “fuera de sí”-, como confiesa que anduvo por allí al final de su libro, haya hecho vida familiar en las nórdicas y frías latitudes de Escocia. Le delatan sus ojos azules, tristes y sagaces, de niño travieso o de sátiro inocente, y los ojos son el espejo del alma. Su mirada de soñador y su dominio del lenguaje, que usa con una transparencia y sobriedad ejemplar, le permiten explotar el juego del cuento, como nadie lo ha sabido hacer durante las últimas décadas, a fin de cuentos –como él mismo señala- el juego no es sino una forma peculiar del sueño. Y alguno de sus últimos relatos, ultrabrevísimos, tienen algo de experimento onírico, como “Retales”.

Es difícil no sentirse entrañadamente solidario de aquel profesor de literatura que un día se ha dejado los modelos en casa y pone por dictado a los alumnos un texto propio, y siente cómo, al apresurarse éstos por borrarlo al final de la clase, la pizarra se convierte en una fosa negra para sus intimidades y sueños…

“Se quedó un buen rato frente a la pizarra, buscando con angustia una brizna de palabra suya, media palabra, nada…”.

La angustia del profesor es también la angustia del escritor Medardo, o del filólogo don Anselmo (“Postrimerías”), o del lector atento por hacer perdurar sus frases, sus escritos, sus lecturas, sus amoríos o sus sueños.

Las descripciones de los personajes son tan escuetas como magistrales:

“Cosme era un fulano enteco con una voz cavernosa y seca oliente a nicotina como si hablaran sus huesos en lugar de él”.

Este peluquero, Cosme, resultará un héroe anónimo, o sea una buena persona, que acaba cerrando su barbería por no callar o largar a un viejo tristón y delgaducho que se planta en ella a mendigar atención y desahogar las odiseas de su vida de paria y exiliado.

En “Amor”, un relato en verdad poético, se contrapone la filosofía especulativa a la filosofía de las cosas. El protagonista, Parmenio, acaba sustituyendo la primera por la segunda para encontrar a su media naranja. Tras aburrir a su primera novia con preguntas metafísicas e inquietudes existenciales…

“Cuando conoció a Acacia resucitó de nuevo y manso, tembloroso, totalmente domado por el perfume de ella, le dijo:

“-He visto una rosa cuando atravesaba el parque, le he arrancado un pétalo y era como tu piel…

“Y otro día:

“-Quiero que florezcas a mi lado año tras año, Acacia…

“Y una filosofía de cosas se fue enredando en sus vidas, sin que ninguno de ellos acertara a expresarla.”

Sin llegar nunca a pedantes, algunos personajes resultan sentenciosos y sabios, como el tío Alberto de uno de los protagonistas o el corresponsal de Obdulia, en “Carta de un encuentro”:

“Pero en la vida ganamos perdiendo y perdemos ganando”.

Ramón, el corresponsal, que vive casado en Francia, le ofrece a Obdulia –viuda con quien tuvo su historia de jóvenes- un noviazgo platónico que resucite ya en el otoño de la vida el sueño del amor, “para sentir la vida”, un noviazgo basado en el respeto. Se cita à propos a Simone de Beauvoir:

“cuando se respeta profundamente a alguien se rehúsa forzar su alma sin su consentimiento”.

La frase podría servir de lema para un curso de prevención del maltrato...

Aunque Medardo nunca abandona del todo el realismo, un realismo que a veces propone auténticos enigmas en los eventos que narra, alguno de sus últimos cuentos sorprende por su delirante fantasía, próxima a la de un Stanislaw Lem, como en “Culturalia”, relato en que un escritor venezolano, Fermín Onrubia, solicitaba, en un opúsculo perdido, un premio Nobel de Literatura para Sócrates, quien, como se sabe, no escribió nada. El opúsculo incluía una correspondencia ficticia pero muy notable entre la Academia Sueca, y Pericles y su amante Aspasia. Allí sale a la luz la “incorrección política de Platón” y la posibilidad de ser escritor sin escribir, escribiendo con la vida, pues a fin de cuentas...

“las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra”…

Es una suerte para todos nosotros que Medardo Fraile no se encuentre entre ellas, aunque no estaría de más que su bohonomía y su humor amable influyeran mucho más en lo que nos pasa.

  

El humanismo del Doctor Zhivago

El humanismo del Doctor Zhivago

Mi padre me llevó a ver Doctor Zhivago cuando todavía ni el bozo me sombreaba el labio superior; a una segunda sesión del Cinema Central, creo. Bajo el guiño cómplice de las estrellas, mientras comíamos pipas sin sentirlo, aquella película de David Lean (1965) revelaba divinos misterios sobre la superioridad del amor sobre la violencia. Me enamoré sin remedio de Julie Christie, o sea, de su personaje Lara (Larisa Fiódorovna). Y durante años, la espalda desnuda y perlada de sudor de una mujer, creo que la de Geraldine Chaplin en el papel de Tonia, amiga y esposa de Yuri Andréyevich, fue un referente en el despertar o el ensoñar de mis emociones masculinas.

El Círculo de Lectores ha publicado recientemente la primera traducción directa, del ruso al español, de la magnífica novela de Borís Pasternak, escrita muchos años antes de que fuese publicada en Italia, a finales de 1957, tras salir de Rusia clandestinamente. Borís Pasternak recibió el Nobel de Literatura en 1958, pero renunció a él para no tener que abandonar la Unión Soviética, a pesar de su distancia con el comunismo oficial y tras sufrir críticas y amenazas.

Además de narrador, Pasternak fue filósofo y poeta. Fácilmente puede verse en el protagonista de su novela un alterego del autor. El médico Zhivago es también poeta y ha sido muy influido por la filosofía de su tío materno Nikolái Nikoláyevich Vedeniapin, sacerdote secularizado, espíritu libre con un noble sentido de la igualdad para con todas las criaturas vivientes, y enemigo de cualquier especie de gregarismo nacionalista o partidista, al que considera “refugio de la mediocridad”.

El tío Kolia piensa que el hombre no vive en la naturaleza, sino en la historia, fundada por Cristo, y que el Evangelio es su fundamento. Pero ¿qué es la historia? Es el establecimiento de trabajos seculares destinados a elucidar progresivamente el enigma de la muerte y lograr su superación en el futuro. Su clave está en el amor al prójimo, “esa suprema forma de energía viva que colma el corazón del hombre y exige expansionarse y ser consumida”.

Los principales elementos constitutivos del hombre moderno son -según esta visión- la idea de la libre individualidad y la idea de la vida como sacrificio. Los antiguos ignoraban la historia en este sentido. “Sólo después de Cristo los siglos y las generaciones han respirado con libertad. Sólo después de Él dio inicio la vida en la posteridad, y el hombre no muere ya en la calle, arrojado en una cuneta, sino en su casa, en la historia, en el momento álgido de una actividad consagrada a superar la muerte”.

Cierto vitalismo naturalista impregna toda la novela de Pasternak, en la que la nieve, los ríos, los bosques, los ruiseñores y hasta los lobos, no son meros eventos o criaturas naturales, sino símbolos, porque todo cuanto acontece en la tierra donde se entierran los muertos acontece también en otro lugar, en aquel que unos llaman reino de Dios, otros historia, y unos terceros de manera diferente… Pero este vitalismo y esta sublimación de la naturaleza no se degrada –como en Nietzsche- en un esteticismo retórico y soberbio. Tolstoy pensaba que “cuanto más persigue un hombre la belleza, más se aleja del bien”. Sin embargo,  el tio Kolia, a partir del alma del cristianismo, desarrolla una nueva concepción del arte. Piensa que si la fiera que duerme en el hombre se pudiera contener mediante amenazas de cárcel o de castigos eternos, el emblema supremo de la humanidad sería un domador de circo con la fusta y no un predicador dispuesto a sacrificarse a sí mismo (Cristo). Pero lo que durante siglos ha elevado al hombre por encima de las bestias no ha sido el bastón, sino la música: la fuerza irrefutable de la verdad desarmada, la atracción de su ejemplo, el ejemplo de Jesús:

“Hasta ahora se consideraba que lo principal del Evangelio eran las máximas y las reglas morales comprendidas en los mandamientos, pero para mí lo más importante es que Cristo habla con parábolas extraídas de la vida diaria, explicando la verdad a la luz de la cotidianidad. En la base de todo esto yace el pensamiento de que aquello que une a los mortales es inmortal y que la vida es simbólica porque está llena de significado”.

 La llegada de Cristo al mundo antiguo, a la Roma superpoblada, es descrita por Nicolái Nikoláyevich de este modo:

 “Roma era un mercadillo de dioses tomados en préstamo y de pueblos conquistados, una aglomeración a dos niveles, en la tierra y en el cielo, una porquería, un nudo triple apretado sobre sí mismo, como una obstrucción intestinal. Dacios, hérulos, escitas, sármatas, hiperbóreos, pesadas ruedas sin radios, ojos flotando en grasa, bestialidad, dobles papadas, peces alimentados con la carne de esclavos de vasta cultura, emperadores analfabetos. En el mundo había más hombres que los que habría más tarde, estaban apretujados en los pasillos del Coliseo y sufrían.

“Y he aquí que en aquel amasijo de mal gusto de mármol y oro llegó él, ligero y vestido de luz, ostentosamente humano, intencionalmente provincial, galileo, y desde ese instante los pueblos y los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre, el hombre carpintero, el hombre agricultor, el hombre pastor en medio de su rebaño de ovejas en la puesta de sol, el hombre que no estaba en absoluto orgulloso de su nombre, el hombre del que se habla con reconocimiento en todas las canciones de cuna de las madres y en todas las galerías de cuadros del mundo”.

Para Gordon -el amigo judío del doctor Zhivago-, el cristianismo, así entendido, volvió anticuado el concepto de nación o de pueblo…

“Puedo entender todavía qué sentido tenía la palabra ‘pueblo’ en tiempos de César, para hablar de los pueblos galo, suevo, ilirio. Pero desde entonces es sólo una invención que existe para que sobre ella puedan pronunciar discursos los zares, los políticos y los reyes: el pueblo, mi pueblo… ¿Cómo se puede hablar de pueblos en la era cristiana? En ese modo de existencia pensado con el corazón y en esa nueva forma de relaciones entre los hombres que se llama reino de Dios no hay pueblos, sino individuos. El cristianismo, el misterio del individuo, es precisamente lo que hay que conferir a los hechos a fin de que éstos adquieran un significado para el hombre”.

 Es curioso y doloroso para Gordon, hebreo de origen, pensar así, porque sabe que:

  “la idea nacional ha impuesto a los judíos la necesidad abrumadora de ser y seguir siendo un pueblo, y nada más que un pueblo, por los siglos de los siglos, cuando, gracias a una fuerza salida de sus filas, el mundo entero se liberó de esa humillante tarea. ¡Qué cosa tan asombrosa! ¿Cómo ha podido suceder? Esa fiesta, esa liberación de la diablura de la mediocridad, ese vuelo por encima de la estupidez cotidiana, todo eso nació en la tierra de ellos, hablaba en su lengua y pertenecía a su tribu… ¿Cómo pudieron dejar que se les escapara un alma de una belleza y una fuerza tan devoradoras?... ¿Por qué razón son tan ociosamente faltos de talento los escritores amantes del pueblo, sea cual sea su nacionalidad?”

¿Cómo sintió y sufrió, un hombre que compartía este humanismo, este individualismo cristiano, la guerra, la revolución bolchevique, la guerra civil?

Con resignación y esperanza, haciendo el bien donde podía, curando a los enfermos y heridos, como médico regular o como médico partisano, viviendo un amor prohibido pero predestinado, imposible de evitar, con Lara, “la criatura más pura del mundo”, a la que el golfo de Komarovski pudo tal vez seducir unos meses, pero sin poder corromperla jamás, y cuyo esposo la dejó abandonada con su hija para convertirse en el intachable y temible comisario militar Strélnikov, que acabará suicidándose en Varíkino.

La metafísica y la antropología del doctor Zhivago suponen que la misma vida que vivimos es ya resurrección, sin que nos demos cuenta. No hay que darle tanta importancia como le damos a la conciencia del propio yo, en realidad ésta es un veneno si no la usamos bien. Es verdad que es una luz que ilumina el camino ante nosotros, para que no tropecemos: “La conciencia son los faros encendidos delante de una locomotora en marcha. Dirija la luz hacia el interior y se producirá una calamidad”. No somos conscientes de nuestra sustancia corporal, del funcionamiento de nuestros riñones, de nuestro hígado, porque la conciencia se manifiesta hacia el exterior, en los actos, en la obra de nuestras manos, en la familia, en los demás… “El alma del hombre es precisamente el hombre presente en los otros hombres”.

Uno de los primeros títulos de la novela, cuya escritura se remonta a 1946, fue: “No habrá muerte”, título extraído del Apocalipsis de Juan Evangelista (21,4). “No habrá muerte –explica el doctor, como si se tratase de un conjuro, ante el lecho de la moribunda Anna Ivánovna- porque lo que fue ya ha pasado”… “No habrá muerte porque esto ya lo vimos, es viejo y aburre, y ahora es preciso algo nuevo, y lo nuevo es la vida eterna”.

Obligado a militar en un grupo de partisanos, las arengas revolucionarias cansan al doctor, los torrentes de palabras superfluas, inconsistentes, oscuras, “justo eso de lo que la vida ansía liberarse”. Frente a esa cháchara hipócrita de los comisarios comunistas, “mediocremente elevada y tenebrosa”, Yuri busca el refugio en el aparente mutismo de la naturaleza, en la ausencia de palabras durante un trabajo largo y obstinado, en el silencio de un sueño profundo, en la verdadera música y en el quieto contacto de los corazones…

Poético romanticismo en mitad del horror, de la guerra, de la penuria, del cainismo, del canibalismo, del terror. La verdadera libertad no es la de las palabras y las reivindicaciones, sino la caída del cielo, en contra de lo esperado. La libertad por casualidad, por equivocación.

Frente a la revolución con que soñaban las clases medias –a las que pertenecen por ambiente y educación el autor y su protagonista- , la revolución bolchevique de 1917, nacida de la guerra, una revolución de soldados, aparece primero como una necesaria simplificación de la vida, incluso como una necesaria erradicación “de la delicadeza de sentimientos superfluos”. Incluso el tío Kolia, referente filosófico de la adolescencia de Yuri, se vuelve bolchevique. Una nueva esperanza se eleva tras siglos de servilismo e injusticias. Pero, tras la grandiosidad y la eternidad del momento, la dictadura del proletariado acabará dejándole helado el corazón al doctor Zhivago, porque “ya no hay personas honestas ni amigos. Ni siquiera gente competente”.

El Moscú soviético le expulsará de su seno hacia los Urales, la familia huye del hambre, con el sueño idílico de cultivar la tierra, viviendo de sus manos. Ni los rojos, ni los blancos ni los verdes, le convencen. “Pertenecer a un determinado tipo es la muerte del hombre”. Si, por el contrario, a uno no saben cómo catalogarlo, si uno está libre de sí mismo, “ha obtenido una partícula de inmortalidad”…

De marxista, pues, nada de nada. Pasternak lo deja claro:

 “El marxismo es demasiado poco dueño de sí mismo para ser una ciencia. Las ciencias, por lo general, son equilibradas. ¿Marxismo y objetividad? No conozco una corriente más replegada en sí misma y más alejada de los hechos que el marxismo. Todos están preocupados en verificar sus ideas por la experiencia, pero quienes tienen el poder, en virtud de la leyenda sobre su propia infalibilidad, dan la espalda a la verdad con todas sus fuerzas. La política no me dice nada. No me gustan las personas indiferentes a la verdad… Yo era un ferviente partidario de la revolución, pero ahora creo que, con la violencia, nunca se podrá lograr nada. El bien se atrae con el bien”.

 Luego está el culto a la personalidad, esos líderes políticos a quienes la fatuidad había extirpado todo signo de vida y de humanidad. El odio de los necios al espíritu y el desprecio a los intelectuales, la inhumanidad convertida en conciencia de clase, la barbarie como modelo de firmeza proletaria. “Entonces a la tierra rusa llegó la mentira. La principal desgracia, la raíz del mal futuro, fue la pérdida de la confianza en el valor del propio criterio” –dice Lara.

Huyendo de todos, y temiendo la muerte, Lara y el doctor Zhivago harán nido en Varíkino. Allí un abismo les separa del resto del mundo, la aversión compartida a todo lo que de fatalmente típico tenía el hombre contemporáneo: la exaltación afectada, la animación ruidosa y la mortal ausencia de inspiración…

En la soledad de Varíkino escribirá Yuri sus mejores poemas, tras la marcha dolorosa de su amor. Luego, la decadencia, el apoyo de Marina, su tercera pareja, hija de su antiguo portero, y de la que aún tiene dos hijos… Y un ataque al corazón en un tranvía moscovita que rueda a duras penas… Fin trágico dulcificado por la salvación de su obra poética, consagrada en una novela idealista, romántica, histórica, inspirada por un humanismo cristiano muy ruso y original, pero universalizable, como el sentido del deber y de la belleza, a la que el doctor Zhivago definió agradecidamente como la felicidad de poseer una forma, felicidad que debemos al resplandor de Dios.

 

A la sombra del granado

A la sombra del granado

 -La verdad no puede contradecir a la verdad, ¿no es cierto, Zuhayr?

-Por supuesto, no podría ser de otra manera. Está escrito en el Alcorán, ¿verdad?

-¿Y por eso es cierto?

-Bueno…, quiero decir… Escúchame, anciano, hoy no he venido aquí a discutir blasfemias.

-Entonces te haré otra pregunta: ¿es lícito unir lo que conocemos a través de la razón con aquello que nos dicta la tradición?

-Supongo que sí.

-¡Lo supones! ¿Es que no os enseñan nada hoy en día? ¡Condenados tontos! Te planteo un dilema que ha confundido a nuestros teólogos durante siglos, y lo único que se te ocurre decir es “supongo que sí”. No es una buena respuesta. En mis tiempos se enseñaba a los jóvenes a ser más rigurosos. ¿No has leído las obras de Ibn Rushd, uno de nuestros grandes pensadores, y un gran hombre a quien los cristianos de Europa llaman Averroes? Debes de haber leído sus libros. Había por lo menos cuatro en la biblioteca de tu padre.

Zuhayr se sentía avergonzado, humillado.

-Los estudié de tal forma que no pude sacar ninguna conclusión positiva de ellos. Mi maestro decía que Ibn Rushd era un hombre ilustrado, pero también un hereje.

-Los ignorantes sólo pueden difundir ignorancia. Esa acusación es falsa. Ibn Rushd era un gran filósofo, lleno de talento. A mi modo de ver, estaba equivocado, pero no por las razones que te dio ese estúpido que contrataron para que te enseñara teología. Para resolver la supuesta contradicción entre razón y tradición, aceptó las enseñanzas de los místicos, con sus significados aparentes y sus significados ocultos. Sin embargo, aunque es cierto que las apariencias y la realidad no son siempre la misma cosa, Ibn Rushd insistió en que las interpretaciones alegóricas eran el corolario inevitable de la verdad. Es una pena, pero no creo que al afirmar eso se haya basado en motivos fundados.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Zuhayr, molesto-. Tal vez creyó que era la única forma de extender el conocimiento y sobrevivir.

-Era absolutamente sincero –afirmó al-Zindiq con una certeza propia de su edad-. En una ocasión dijo que el peor día de su vida fue aquel en que llevó a su hijo a la mezquita para las plegarias del viernes y una multitud los echó. No le afectó sólo la humillación, sino también la convicción de que las pasiones de la gente sin instrucción acabarían ahogando la religión más moderna del mundo. En cuanto a mí, creo que Ibn Rushd no era suficientemente hereje. Aceptó la idea de que el universo está al servicio de Dios –Zuhayr comenzó a temblar-. ¿Tienes frío, chico?

 

La idea de un universo desligado del Creador hace temblar a Zuhayr, que acabará echándose al monte (Las Alpujarras), en el levantamiento contra la autoridad cristiana de Granada.

A la sombra del Granado (Madrid, 2005), la novela histórica de Tariq Alí, cuenta la situación que se produce en Al-andalus unos años después de la toma de Granada por las tropas de Isabel y Fernando (1492). La historia de una familia de terratenientes musulmanes en el clima del eclipse de una civilización mestiza: la andalusí,así como el terrible trilema que se les plantea a muchos señores andalusíes al filo del cambio de siglo: inclinar la cabeza y convertirse al cristianismo, abandonar la tierra en la que habían trabajado, jugado, luchado y amado durante ocho siglos, o retirarse a las montañas para resistir y pelear.

Lo peor de la novela –a mi juicio- es el perfil fanático, tan simple como siniestro, que se le atribuye a Cisneros, al que se hace directamente responsable de una terrible y masiva quema de libros musulmanes en la Granada de 1499. ¡Menos mal que por lo menos accede a salvar los de medicina y astronomía, eso sí, requisados para la futura biblioteca de Alcalá! Frente al Cisneros reprimido y obsesionado por la “pureza de sangre”, se idealiza un pasado andalusí, tolerante e integrador, en que convivirían las tres culturas sin conflictos durantes siglos, y en el que el único problema y la razón de su debilidad y postrer derrota sería la incapacidad de los señores andalusíes para mantenerse unidos frente al "bárbaro" del norte.

Sobre este mito de "las tres culturas" conviviendo en paz, o sobre el otro de la superior "tolerancia" de la cultura musulmana peninsular sobre la cristiana, puede leerse en línea mi artículo "La filosofía y el mito andalusí", donde también se alude a la filosofía poítica, califal y totalitaria, de Averroes.

Tariq Alí es una interesante personalidad cosmopolita, un activista de izquierdas, redactor de New Left Review, director de cine, ensayista y novelista. Y ve en las religiones un sistema de opresión institucionalizado: “La historia está llena de jóvenes tontos que se emborrachan con la religión y se precipitan a luchar contra los infieles” (cap. VIII). Desde luego, las religiones han sido también eso, ¡y muchas más cosas! De origen paquistaní, pero formado en Oxford, Tariq Alí fue uno de los diecinueve firmantes del Manifiesto de Porto Alegre (Brasil, 2005). El protagonista intelectual de la novela, me parece una especie de alter-ego del escritor y se hace llamar Al-Zindiq, el escéptico. Su biblioteca manuscrita se salva y viaja a Fez, si no recuerdo mal...

En The Shadow of the Pomegranate Tree (1992) -que he leído en traducción de Maria Eugenia Ciocchini (1993)-, y en el bando cristiano, el antagonista de Cisneros es don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, capitán general de Granada. Don Íñigo tiene amigos entre la nobleza andalusí, no tiene inconveniente en vestirse con ropas moriscas, y es partidario de cumplir lo acordado en los términos de la rendición, respetando al vencido. Al final, no tendrá más remedio que elegir, contra su conciencia, la violencia de la represión y su ruptura con el mundo andalusí, que irremediablemente se eclipsa.

La novela está llena de alusiones a la vida cotidiana de los terratenientes agrícolas andalusíes, a su organización patriarcal y económica. El Banu Hudayl es el indiscutible protagonista y víctima trágica de la historia, con sus leyendas heroicas, sus historias de amores -lícitos e ilícitos-, sus pasiones oscuras y sus renuncias lúcidas. Las recetas de la cocina antigua, los productos de la huerta intensiva, se asocian a los “zajal”, poémas estróficos populares de trasmisión oral, o a los comentarios sobre la poética de Ibn Hazm...

Para quienes hemos vivido y andado mucho por esos paisajes de Gharnata y Las Alpujarras granadinas, la novela tiene un valor doblado. Muy entretenida y documentada, aunque algo maniquea, como casi todos los cuentos con que se mece la cuna del ser humano...

El conformista

El conformista

Matanza y melancolía, así tendría que haberse llamado la novela de Moravia o la película de Bernardo Bertolucci.

Yo no creo que Marcello Clerici mereciera morir como lo mata Alberto Moravia al final de su novela. Tampoco Edipo, ni Yocasta, merecieron su suerte. ¿Quién la merece? 

Para mí, “El conformista” tendrá siempre la finísima cara de Jean Louis Trintignant, esos rasgos suaves, finos, esa mirada elegante y distante, esa sonrisa contenida, aristocrática. También Giulia, su mujer, instintiva y salvaje, inocente y vital, tendrá siempre las formas exuberantes de Stefania Sandrelli, con ese precioso hoyuelo en la barbilla y esa mueca de niña caprichosa. Una pantera con piel de cebra.

Cuando Bernardo Bertolucci  adaptó para el cine en 1969 la novela de Alberto Moravia (1951) escogió para hacer de mujer del profesor Quadri a una jovencísima Dominique Sanda, que sin embargo supo hacer de maestra de ceremonias en la célebre escena del baile con Stefania Sandrelli. Entonces me pareció una mujer fatal, ambigua e inteligente. Hoy me parece casi una niña en la entrevista que le hizo la televisión francesa en 1971, en la que reprime deliciosamente una sonrisa abierta y pícara, seductora, consciente de su propio encanto, mientras habla seriamente de su carrera con un timbre suave y grave, en un francés transparente.

A finales de los setenta, Dominique Sanda se convertiría en una de las más hermosas y sutiles actrices del mundo con un papel central, como una guinda sobre un pastel, en un puñado de excelentes películas europeas.

Marcello Clerici, el Conformista, es una víctima de las circunstancias. Su padre acaba loco, su madre, a la que nunca le ha interesado en serio la maternidad, liada con un jovencito al que mantiene y rodeada de pequineses. De chico, los compañeros se burlan de Marcello por sus modales sensibles, y un chófer, Lino, intenta abusar de él a cambio de una pistola, con la que Marcello cree haberle asesinado. Toda su vida expiará este crimen imaginario. Hay en El conformista como una referencia lejana a un cristianismo crepuscular… Giulia, en el epílogo, comparada a Eva, expulsada del Paraíso pequeño-burgués, tras la caída de Mussolini.

Marcello lucha melancólicamente por una normalidad que debe conquistar al precio más alto: el precio de la complicidad con el régimen fascista. Pero, en realidad, Marcello no cree en nada, o en casi nada, es un héroe existencialista, un funcionario que, simplemente, cumple con su deber. No me extraña que la primera novela de Moravia  (Gli indifferenti, 1929) sea considerada como un buen ejemplo de esta tendencia existencialista.

La novela El conformista podría haberse titulado Matanza y melancolía, palabras que obsesionan al padre orate del protagonista, en el siquiátrico en el que acaba recluido. Nace de esa visión trágica de una Europa, madre de la civilización, engolfada en el canallismo y la barbarie, en dos terribles guerras civiles; nace de “la desolación de los desiertos en los que el hombre va en pos de su propia sombra y se siente perseguido y culpable”. Y no hay solución: entregarse a la fatalidad de un orden en el que no se cree, pero que es a fin de cuentas orden, normalidad, familia... o entregarse a "la torpe paz ofrecida por la naturaleza indulgente".

Marcello es un enigma para todos, menos para Moravia, que disecciona con delicadeza quirúrgica las causas de su gélido comportamiento: su miedo a la libertad. Miedo a la anormalidad, a la diferencia. Lo que ansía Marcello sobre todas las cosas –y no puede conseguir jamás- es ser uno más, huir de la soledad, de la locura a la que nos lleva sin remedio esa misma soledad. Por eso lucha denodadamente contra la repugnancia y el desapego. De pronto, la hermosa frente de una prostituta, o la luminosa frente de Lina, la mujer de Quadri, parecen ofrecer una tabla de salvación, pero se trata de un promesa vana: la prostituta se entrega por dinero al primero que la compra; y a Lina (Dominique Sanda, en la ficción de Bertolucci) le gustan las mujeres y odia al funcionario fascista bajo el que se oculta Marcello.

A Marcello le fastidia el triunfalismo con que la prensa italiana anuncia la victoria de Franco, le repugna la corrupción del fascismo italiano, pero con todo, ha elegido su camino hacia la normalidad, y la normalidad en ese momento es esa especie de locura, ese patrioterismo hueco al que tiene por fuerza que conservarse fiel. Él no es un fanático, sino un siervo trágico de los ídolos tribales -o nacionales- de la historia. Entre el fanatismo y el servilismo no queda más que la indiferencia, una indiferencia que expulsa contradictoriamente de sí –a cada paso- la duda.

Es trágico ver a la inteligencia teniendo que comulgar con ruedas de molino; es trágico ver a la sensibilidad debiendo transigir sin remedio con la ordinariez, pero eso es lo que debe hacer Marcello a cada instante para buscar la normalidad y la respetabilidad de ser uno de tantos.

Marcello profesa un existencialismo kantiano, actúa como si creyera, frente al fascio y frente a la iglesia romana. Ansía redimirse a través de las costumbres vulgares, cumpliendo inmejorablemente lo que se le ordena, pero no puede evitar a cada paso la sensación de extravío: ¿de dónde vengo?, ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿quiénes son éstos que me acompañan?...

“Este extravío no le hacía sufrir, al contrario, le complacía como un sentimiento que le resultaba familiar y que tal vez constituía el fondo mismo de su ser más íntimo. ‘Eso’, pensó fríamente, ‘¡yo soy como aquel fuego, allá lejos, en la noche… arderé con fuerza y me apagaré sin razón, sin consecuencias… un punto de destrucción suspendido en la oscuridad'”.

Quedan eso sí, los rescoldos que se conservan en el interior de ese fuego, así como la chispa que lo enciende sin cesar, algo más antiguo que la realidad del amor, el deseo:

“El deseo no era en realidad sino la ayuda, decisiva y poderosa, que la naturaleza prestaba a algo que ya existía antes de ella y sin ella”.

Ese furor que se transforma en ideas y sentimientos lejanísimos, debido a una misteriosa y espiritual alquimia, y que ya no parece servir ni estar marcado por el sello de la necesidad.

No somos meros juguetes de la necesidad, de la fatalidad. Escogemos, sí, pero ese escoger deja en nosotros una melancolía teñida de remordimiento, que provoca el recuerdo de las cosas que hubieran podido ser y a las que, al escoger, era preciso por fuerza renunciar.

Nadie puede conformarse hasta el punto de volverse otro. Pero esa angustia sartriana de elegir, se traduce en Moravia en una romántica y simpar melancolía.

Ovejas eléctricas

Ovejas eléctricas


Dicen que Philip K. Dick acabó convencido de que nuestra época era el eco agónico del imperio romano. La globalización no sería sino un efecto necesario del imperialismo. Pero Philip K. Dick acabó creyendo también que él era la proyección mental de un martir cristiano. En cualquier caso, sus replicantes son extrañamente inferiores a las recreaciones cinematográficas de Ridley Scott en esa obra maestra que es Blade Runner.

Para mí, más preocupante aún que la ambigüedad y la simbiosis hombre-máquina -o mujer-máquina (la cirugía estética funciona como burka de la femineidad occidental)- es la anticipación magistral o profecía del poder espectacular que cobrarían los publicistas ("creativos") en nuestra época, descrita por Frederik Pohl en La guerra de los mercaderes. Mentes cuyas necesidades, deseos y adicciones son producidos y modificados industrialmente, mediante mecanismos cada vez más poderosos, subliminales e insidiosos.

Estamos de acuerdo con Andrés Ibáñez: es una pena que la extraordinaria imaginación de Philip Kinched Dick (1928-1982) sobrepase con mucho su nerviosa y descuidada prosa. Esto se nota sobre todo en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), que sirvió de pretexto a Ridley Scott para su genial Blade Runner. Esta obra trasciende el conflicto entre lo natural y lo artificial y, en cierto sentido, lo supera.