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FRESCO OLOR A SILENCIO

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Dice mi amigo Modesto Modales que a Patria, la novela bestselista de Fernando Aramburu (Tusquets, 2016) le sobran trescientas páginas. Lo ha dicho con su habitual vehemencia. ¡Y a mí que se me ha hecho corta! Me la he bebido, como otros de mi familia antes que yo. Pero Modesto sabe mucho de Literatura; ha leído bibliotecas y bibliotecas. Sostiene que la novela actual está alienada desde hace décadas por el formato que le imponen: en primer lugar, los editores que te dicen: “Juan, si quieres el premio P –es un decir- tienes que añadirle a tu borrador ochenta páginas que transcurran en el Caribe"…; en segundo lugar, la novela contemporánea ha acabado ajustada al corsé que le imponen los ordenadores, los procesadores de textos telemáticos. Párrafos y capítulos iguales, tantas o cuantas palabras…

A mí, Patria, la verdad, me ha dejado un buen sabor de boca. Frases cortas, estilo periodístico y ese juego de pronombres que te identifica a la vez que te distancia de un personaje, todo en el mismo párrafo y sin que te des ni cuenta. Alguna de sus frases merece un “trino”, que es como deberíamos llamar al tweet: “A Joxian se le notaba como un orgullo de tener un hijo que se portaba igual que una cabra”.

¿Hiperrealismo? A veces he pensado que a la novela le faltaba poesía. Pero mi juicio era equivocado, y es que lo entrañable del relato está en lo que sucede, en la banalidad de lo trágico, en la tozudez de los personajes o en sus angustias justificadas por los hechos. En la narración más que en su forma. Aunque no falta alguna atrevida sinestesia, como la que sirve de título a esta entrada.

Así por ejemplo, cuando Aramburu cuenta cómo el Txato –el empresario vasco asesinado- le calentaba la cama a Bittori, su mujer, “un hábito que no nacía de acuerdo alguno entre ellos”… (pg. 149). Aunque la novela es nada sentenciosa, resulta posible rescatar algún aforismo rotundo: “la soledad ayuda a los hombres a volverse serenos y reflexivos”. Pero, ¿quién aguanta la soledad cuando lo que prima es el olor a establo? ¡Es tan difícil soportar la presión de aquellos que consideramos amigos e iguales! ¡Es tan fácil dejarse conducir por el rebaño al fanatismo y al crimen! Somos una especie gregaria. El ambiente pueblerino en el que tanto cuentan las insidiosas envidias, el qué dirán, hasta el qué pensarán, resulta tan agobiante como ineludible.

Cuando uno ya parece saberlo todo, la cosa se complica y la narración mantiene su interés… ¿Qué pasará, en qué acabará todo?, se pregunta el lector. A Luisela, que lo ha leído de cabo a rabo, le ha parecido sorprendente el final. No pienso aquí reventárselo a nadie.

Escribir sin odio contra el lenguaje del odio tiene su mérito ético, social e histórico. Aunque convenga no olvidar, sobre todo para no repetir errores funestos, también la desmemoria cura, mas no el olvido “tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias”.

Héroes de pacotilla, soldados de chichaynabo, asesinos banales como los pintó Hannah Arendt, pobres chicos y madres engañados en una sociedad que se somete a sí misma al terror y la división, al desvarío en nombre de un sueño imposible.

Es muy probable que esta notable novela signe en el tiempo la derrota literaria de ETA. Así lo esperamos.

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