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ZABARRA Y LA LITERATURA HISPANO-HEBREA

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“Me han combatido los necios porque amé la inteligencia”

Yosef Zabarra

 Yosef ben Meir ben Zabarra (o Sabarra o Sabara) nació hacia 1140 y falleció hacia 1200. Fue un judío barcelonés, médico políglota y científico, experto en el Talmud, autor del Libro de las delicias o Libro de los entretenimientos (Séfer Saasuim), considerado uno de los mejores maqamas (prosas rimadas) jamás escritas. Escribió también un poema didáctico sobre anatomía, un tratado en prosa sobre Los aspectos de la orina, más sátiras que se han perdido. El Libro de los entretenimientos se imprimió por primera vez en Constantinopla en 1577, la primera traducción al español fue la magnífica edición de Marta Forteza-Rey para Editora Nacional (1983), con la que aquí me oriento.

 Como el Libro del buen amor, El libro de los entretenimientos tiene forma autobiográfica. Está dedicado a Seset Benbeniste, miembro de una de las más importantes familias judías de la época, médico como Zabarra y consejero de los reyes de Aragón Alfonso II y Pedro II. La obra de Zabarra compila cuentos, aforismos, sentencias, reflexiones y poesía lírica. Su estilo mosaico recoge y engarza expresiones literales de la Biblia con un argumento fantástico: la peregrinación del autor con un demonio venido de lejos: Enán.

Árabes y judíos se hacían un verdadero lío con los textos que les legó la antigua cultura griega cuando citan a Esculapio, Hipócrates el piadoso, Platón, Diógenes o Aristóteles…, pero los más ilustres e ilustrados se esforzaron por rescatar lo que sentían como un saber superior, añejo antes que caduco. Así, por ejemplo se atribuye a Aristóteles la siguiente afirmación de que cinco cosas son perdidas o sin fundamento: “la lluvia sobre el vino, una vela a la luz del sol, una doncella desposada con quien no puede hacer el amor, guisos exquisitos colocados delante de un borracho, y favores hechos a quien no los reconoce” (cap. VIII).

Maqama es un término árabe que significa lugar, el sitio en el que se reunían los varones de pie para hablar y comentar sus asuntos: de ahí el sentido de narración, aventuras, comentarios morales o científicos, lucimiento verbal y erudito. Por supuesto, en la traducción se pierde el efecto significante del virtuosismo lingüístico, poético, juegos de palabras y hasta palíndromos, pero a pesar de ello el texto es ameno y no pierde su gracia vetusta y el eco misterioso de un tiempo periclitado, porque “el hombre es hijo de su tiempo”. Se sabe que en Al-Ándalus se escribieron maqamas desde el siglo XI, única forma narrativa que se desarrolló en la literatura árabe, tenemos las maqamas zaragozanas escritas por Abu Tahir al-Saraqusti (m. 1143) en las que emplea un lenguaje enigmático, y las de Abu Amir ben García, un vasco que fue secretario de Muyahid de Denia (Maqamas y Risalas andaluzas, Fernando de la Granja, Madrid, 1976).

 La presencia de los judíos en nuestra península es muy antigua. En las expediciones de los fenicios a la península ibérica ya participaban “hombres del rey Salomón” y es muy probable que en las colonias que establecieron en el litoral Mediterráneo hubiese israelitas. Pero la llegada más numerosa debió de producirse con la destrucción en el año 70 de Jerusalen y su templo, con la Diáspora (exilio). La situación de los judíos después de la invasión de los bárbaros del Norte fue lamentable, los godos convertidos al catolicismo con Recaredo impusieron a los judíos la elección entre la conversión obligatoria al cristianismo o la expulsión. No extraña que los invasores musulmanes hallaran leales auxiliares en los judíos. Se sabe que en la batalla de Guadalete uno de los caudillos más destacados de las tropas árabes, Kaula al-Yahudi, era de origen judío. A fin de cuentas, musulmanes y judíos reconocían un antepasado común en Abraham, como ramas de un mismo tronco semita. Bajo el dominio musulmán, pronto prosperaron centros de población y cultura judía en Lucena o Granada. Algunos califas de Córdoba tomaron a judíos como médicos, consejeros y ministros, por su alto nivel cultural. Tras siglos de convivencia, los judíos hicieron suya la incipiente literatura árabe, así como su lengua. Las formas poéticas árabes influyeron en la poesía hebraico-española, sobre todo en la profana.

 El régimen de tolerancia religiosa y libertad de los reinos de taifas se rompió con la llegada de los bereberes almorávides, gentes fanatizadas que ni siquiera entendían bien el árabe. Muchos judíos tuvieron que emigrar. Y algo parecido ocurrió después de la invasión de los almohades, pues estos prohibieron en sus dominios toda religión que no fuera la islámica. La mayoría de los mozárabes (cristianos) y judíos optaron por emigrar hacia los Estados cristianos del norte de la Península. Otros como Maimónides fingieron una conversión al Islam, aunque eso le supuso al gran sabio judío cordobés cambiar a menudo de residencia para evitar la delación.

 En Cataluña, que entonces formaba parte de la Septimania, los reyes francos concedieron a las aljamas judías bastantes privilegios. Dada la intransigencia de los almohades, el centro de literatura hispano-hebraica se desplazó desde Al-Ándalus hacia Toledo y Barcelona. En los reinos de Castilla y Aragón muchos judíos ejercerán como almojarifes (recaudadores de impuestos), contables y administradores de rentas, alfaquíes (doctores de la ley), secretarios de correspondencia, intérpretes, astrólogos, médicos… Los Ibn Susan en Castilla y los Ibn Seset e Ibn Rabalia en Aragón se transmitieron sus cargos en la Corte durante generaciones. San Fernando de Castilla y Jaime I de Aragón mostraron su gratitud a sus leales y competentes funcionarios judíos. Fueron judíos los que vertieron al romance durante la época de Alfonso el Sabio las obras orientales enriqueciendo nuestro idioma con arabismos.

 Durante el XIII y el XIV se mantuvo la influencia de la literatura oriental, el exemplo 42 de El Conde Lucanor, obra del infante don Juan Manuel, plagia el relato de La lavandera y el demonio que aparece en el Libro de los entretenimientos de Zabarra. Y en el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita abundan los ecos de las maqamas árabes y hebreas, un juego parecido de intenciones sensuales y espirituales, de móviles religiosos y profanos, de seriedad y picardía. Todo ello a pesar de la presión integrista, ya que en el siglo XIII, la vigilancia de la Iglesia contra los judíos se fue extremando como consecuencia de la aparición de la herejía cátara y del panteísmo psicológico de los filósofos musulmanes que influyó a los judíos. Nace la Inquisición y la misión represiva de dominicos y franciscanos. A la Inquisición acudieron incluso judíos tradicionalistas en busca de apoyo contra los ataques a su fe de la filosofía maimonista, lo que explica un auto de fe contra las obras de Maimónides en Montpellier (1232). Por una parte, muchos conversos judaicos experimentaron un celo de neófito, y otros, judíos relapsos, volvían a su fe tras fingir su conversión, todo ello enrarecía la convivencia social. En 1391 se produjo la espantosa matanza y saqueo de la aljama de Sevilla, a la que siguieron las de casi todas las aljamas de Levante, Cataluña, Mallorca y Castilla. Hay que añadir que los monarcas españoles muchas veces hacían lo que podían para disminuir el antisemitismo, no tanto por motivos humanitarios sino por el provecho que sacaban de la población hebrea.

 Como dijimos, con la llegada de los almohades, los escritores hebreos andaluces emigraron a las comunidades judías del sur de Francia, el Languedoc y la Provenza, donde a fines del XII había una intensa vida cultural. La maqamas anteriores a la que nos ocupa combinaban enseñanzas morales con fábulas y alegorías filosóficas, unas son misóginas mientras que también las hay que hacen el elogio de las mujeres usando la prosa rimada. El más clásico de los escritores hispano-hebráicos es Yehudah ben Salomón al-Harizí (1170-1235), cuyas maqamas son más lúdicas que moralistas.

 El libro de los entretenimientos debió escribirse cuando Zabarra volvió a Barcelona, antes de 1194. La relación del protagonista con el pícaro Enan es ambigua. Enan es un demonio tan humano que algunos críticos piensan que se trata de un desdoblamiento de personalidad, pues ambos personajes se llaman Yosef (José) y la relación del autor con el demonio puede decirse que es de amor-odio, de atracción y repulsión. El entretenimiento y la comicidad jovial se mezclan con la moralina más rancia y muchas veces contradictoria. El tono general es sentencioso: “plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada”, “la persona harta pisotea el panal de miel”, “el vino quita la ropa en tiempo de frío”. Todo el capítulo VII es una relación de “sentencias agradables que he recogido de libros árabes”, “gentiles palabras”, o sea “paganas”.

 “Un muchacho perverso, cuya madre era una ramera, estaba lanzando piedras.

Dijo Diógenes: ‘No arrojes más, no sea que hieras a tu padre’”

 “En todo viaje o desplazamiento hay bendición o salvación”, así que incluso andar con un demonio por el mundo se impone como una ingrata obligación del conocimiento, un deber gnóstico. Está claro que el demonio no es tonto, sino más bien ingenioso: “No podrás saber el secreto de mi nombre hasta que andes en mi compañía” –le dice Enan, que acabará confesando su veterana alcurnia demoníaca, su parentesco con tan famosos demonios como Satán…. Es imposible que Zabarra no le reconozca ninguna virtud a Enan, pues en todo caso se apartaría de él, dado que “la separación del necio es mejor que la compañía del sabio”.

 No faltan observaciones de buen fisiólogo: “las cualidades espirituales van a la zaga de la naturaleza del cuerpo y de los miembros”, en un esfuerzo por deducir el carácter de la corformación física. Se espigan en el texto hermosas metáforas: “no he encontrado escorias en la plata de su afecto”, “la noche ha extendido sus alas y la aurora parpadea”; o hipérboles muy andaluzas: “Lloró de tal manera que con sus lágrimas casi limpió sus mejillas”. El trato a las mujeres resulta ambivalente: “toda las mujeres son cazadoras de almas”, “todo su amor depende de su placer y de su necesidad momentánea”, pero “hay mujeres sabias e inteligentes, virtuosas y fieles”.

 Se cita a menudo a Sócrates como filósofo “teólogo”, epíteto común en los textos árabes, y como racionalista domesticador de las pasiones. A este respecto es conveniente escuchar el consejo del prójimo, porque es desapasionado. El fin moralizante está muy claro: “Por tres cualidades se conoce al hombre: en su comportamiento con el prójimo, la sobriedad en la comida y su amor a todos los hombres”. Un cosmopolitismo con futuro. Interesantes resultan las advertencias prácticas: “No tomes veneno confiando en el antídoto”, “en la paciencia reposa el espíritu”, “no digas ‘cuando tenga tiempo estudiaré’, pues quizás no tengas tiempo”. Se llevan mal la sabiduría y la vanagloria y “tampoco luce la sabiduría en los seres violentos o feroces”: "el que hace de la sabiduría una corona para su cabeza, hace de la humildad una suela para su sandalia" (R. Yishaq Ben Eliezer).

Los historiadores de la ciencia podrán encontrar en la maqama de Zabarra buena documentación sobre los conocimientos anatómicos, dietéticos y médicos de finales del siglo XII, mezclados con suspersticiones étnicas como la consideración de la sangre menstrual como corrupta, o con extravagantes explicaciones especulativas sobre la polución nocturna, el control de la orina o el porqué de que los bastardos suelan salir más listos que los legítimos: “Mejor es bastardo humilde que bien nacido insolente”.

 Los últimos capítulos adoptan un tono satírico y profético, sobre una ciudad imaginaria que Zabarra desea abandonar, “lugar de pecado y delito”, donde todo el mundo golpea a todo el mundo mediante el azote de la calumnia, “para encender el fuego del odio y excitar el espíritu de la envidia”, donde los ignorantes difaman a los instruidos “sin tener en cuenta sus propias imperfecciones y defectos”:

 “A la derecha se levanta la canalla, a izquierda se alzan los ignorantes, el mozo ataca al anciano, el villano al noble, y el sabio depende del necio”

 Zabarra abandona la ciudad del demonio porque “No puedo morar más en una ciudad donde sólo se honra al necio y al ignorante, mientras que en la ciudad a la que quiero volver vive un anciano dotado de espíritu profético”.

Este anciano resulta ser el gran príncipe R. Seset Benveniste al que está dedicado el libro. Y Zabarra hace confesión de fe. Apuesta por la piedad y la humildad como virtudes religiosas principales: “La huella de la humildad es el temor de Dios” y “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Será la piedad la que conduzca a la resurrección de los muertos, según está escrito: “He aquí que Yo haré penetrar el espíritu en vosotros y reviviréis” (Ex. 37,5).

 Como comenta Marta Forteza-Rey en su magnífica edición, el autor trata de equilibrar al final con su erudición talmúdica el aspecto laico de la obra. Concluirá en oración:

“Que Dios nos haga merecedores de ser contados entre los justos y de tener la muerte de los rectos; que nos dé nuestra parte con sus siervos, según su mucha misericordia. Amén”.

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