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SIGNAMENTO

EL SOLANO DE ALDECOA

EL SOLANO DE ALDECOA

“En la huida no hay camino, sino rastro”

Ignacio Aldecoa

 

El mundo que describió Ignacio Aldecoa en 1956 ya no existe. Fue maestro indiscutido del neorrealismo, pero la realidad cambia y en los últimos tiempos acelera sus impulsos de renovación hasta hacernos sufrir vértigo. En aquellas tabernas de los cincuenta que el autor describe se bebía vino, y no cerveza; coñac, y no güisqui; aguardiente de orujo…; se comían bocadillos de sardinas, con mucha miga para sopar el aceite. Años de escaseces. Por aquel entonces, andaban todavía recueros por los caminos dirigiendo asnillos como el Platero de JuanRamón, y eran raros los tractores en los campos. Abundaban en España los pueblos (en Andalucía, pueblos grandes, más pobres en Castilla), la España rural era más densa que la urbana, los ganados, las huertas, las tierras de pan y de aceite eran decisivas para la subsistencia de las gentes…, escaseaban las fábricas.

En la novela de Ignacio Aldecoa (1925-1969) Con el viento solano, el destino toma la figura de aire maligno, ese solano que alienta el fondo de los campos y que en julio lo quema todo en la meseta, que hace que se peguen las moscas ojeras a los párpados de las bestias y las moscas culeras a los años de las mulas, el solano maligno que levanta la hierba espigonera, seca y quebradiza, dándole gallardía abrileña y que hace secar las lengüecillas de culebras y lagartos sedientos en balates y majanos, mientras los alacranes corren a la sombra de piedra en piedra y las arañas refuerzan sus telas vencidas por el polvo. El solano hace volar en garabato a la avispilla y da la bocanada cálida y húmeda de la tormenta, desde la amarillez remota. Pasa, a veces, cargado con los humildes aromas de la tierra y trae, otras veces, ese dulce y pegajoso olor de tormenta que Antonio Carvajal quiere que llamemos “humuvia” y que el diccionario llama “petricor”. El solano –dice Aldecoa— hace pelear a los machos cabríos y es como huelgo de diablo fino.

El viento solano es el símbolo del fatal impulso que arrastra al gitano Sebastián al desastre: al asesinato y a la huida desesperada, en busca de una familia que no le acoge, es decir, lo peor que puede pasarle a un calé que fue “jaque”… Porque “la fatalidad rige el destino de los hombres” (Mario Camus), como si todos fuésemos víctimas del destino, más que del mal vino. El crimen hará a Sebastián, paradójicamente, mejor persona de lo que era: pendenciero, violento, caprichoso, dominador, susceptible, cruel… En su huida hacia ninguna parte verá el mundo y a las personas de otro modo, se cruzará con almas nobles, como Roque, que le darán lecciones de vida.

¡Memorable, el personaje del faquir de feria!, ¡la bohonomía de Roque!, quien recorre el mundo con una maleta de artefactos del oficio, en la que atesora un libro de vidas de santos que le regaló una señora cuando lo ingresaron por perforación de estómago en el hospital, cosa que suele pasar a quien muerde vasos y traga sables. Roque sabe que vive de milagro. Es generoso y bastante feliz porque se conforma como Sócrates con lo necesario, gusta del trato con los otros y sabe que "el dinero sobrante" es mal compañero. También Sebastián, el gitano prófugo, se enternece a la vista de aquel hombrecillo desnutrido y alegre, soñador y religioso…, aquel hombrecillo que daba la cara al mundo, valiente como pocos, pero que igualmente sabe que las fieras gustan y son aplaudidas en el circo porque el público espera que se coman al domador. “El público es así. ¡Qué gente!”. Ese mundo de domadores y adivinas de feria tampoco existe ya.

Conmueve también el personaje del viejo señor Cabeda, expresidiario y trotamundos, convencido de que el Paraíso no fue otra cosa que una larga y buena siesta y que a Adán lo despertó la mujer y perdió con esa vigilia que le impuso Eva la ciencia del dormir. Aparejador de candilillos de verbena, el viejo filósofo opina que las especies que se extinguen suelen ser las fuertes. Por lo tanto, lo mejor para pervivir es ser débil, por eso las moscas jamás desaparecerán y son moscas desde los orígenes, en cambio los dinosaurios son piezas de museo.

Me parece admirable la voluntad de estilo de Ignacio Aldecoa, su estudiado manierismo literario, no percibo raro que coquetease con postistas en las tertulias de aquellas mitades obscuras del siglo pasado; fumador y bebedor indomable, murió prematuramente con cuarenta y cuatro años, su viuda tomó su apellido como nombre literario: Josefina (Rodríguez) Aldecoa, también excelente escritora, y notable pedagoga.

Ignacio Aldecoa, de origen vitoriano, poetiza magistralmente el verano manchego en estrofas anafóricas:

“A las cuatro canta la cigarra la nana amarilla, que es como el crepitar de la hoguera del sol. A las cuatro se despluma el gallo bajo las alas, quemado del piojillo rabiado de calor. A las cuatro la mula parda tiene una momentánea rebeldía con el carretero y tira de las varas con una fuerza de máquina loca y quisiera arrancarse el sifué y necesita tres trallazos para acompasarse. A las cuatro la carretera es una línea de piedra hojaldre que la apisonadora machaca. A las cuatro la urraca descansa para la aventura de la fresca. Donde la mosca zumba, está atenta la araña. Donde el polvo reposa, traza su suave estela el pececillo de pared. Donde duerme el amo, duerme el can, siesta profunda y sueño malo. Y peca la moza de sueño turbio y peca el vago con un crimen de dinero, de mucho dinero, para cultivar el descanso.”

(El sifué es una sobrecincha que se coloca sobre el lomo de las caballerías para sujetar la manta o la silla parando por debajo de la barriga del animal)

En la Biblioteca de EL MUNDO, prologa Mario Camus la novela de Aldecoa que hemos comentado. Camus creó una película en 1966 con Antonio Gades como Sebastián, el gitano protagonista de Con el viento solano. En el rodaje compareció Ignacio Aldecoa en numerosas ocasiones, incluso se emocionó viendo hablar a sus personajes.

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