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SIGNAMENTO

El conde duque de Olivares

El conde duque de Olivares

Almudena de Arteaga. El desafío de las damas (La verdad sobre la muerte del conde duque de Olivares), Ediciones Martínez Roca, Madrid 2006.

La escritora esculpe en esta novela el vaciado de la figura tan odiada, pero seguramente necesaria (en sentido hegeliano) del Conde Duque de Olivares (Roma, 1587-Toro,1645), valido del rey Felipe IV. La novelista construye un escenario de época bien decorado por el que deambulan conspirando señoras y colipoterras de alta gama como la Calderona, con el sarcasmo de Quevedo al fondo, y cuyo lenguaje, con un cuidado toque arcaico, nos regala esa pátina que hace verosímil y cronológico el relato.

Sin duda, nos ofrece con ello un ameno e ilustrativo “paseo por los senderos de nuestra historia”, palabras estas entrecomilladas que la autora tuvo la amabilidad de dedicarme de puño y letra en una dedicatoria. Tuve la suerte de poder charlar unos instantes con Almudena antes de que comenzara la mesa redonda que puso fin al Certamen de novela histórica que este año (2013) se ha venido celebrando en Úbeda.

No creo que don Gaspar de Guzmán lo tuviera nada fácil en aquel siglo en que el imperio español, ya sin remedio, declinaba. La novela de Almudena no es maniquea, si bien Felipe IV aparece tan extremadamente distraído y mujeriego como pusilánime.

Escribe Antonio Domínguez Ortiz[1] que cuando Felipe III murió dejó, a un inexperimentado sucesor de 16 años, un conflicto bélico imprevisible y un Tesoro exhausto. Pero el nuevo rey tenía una personalidad atrayente, culto y competente artísticamente. Mecenas como sus predecesores, depositó en Velázquez su confianza y convirtió a Rubens en un diplomático a su servicio.

Aunque “fue con diferencia el más laborioso de nuestros reyes del siglo XVII y siempre estuvo bien informado de los asuntos de gobierno”, el gran historiador reconoce que Felipe IV fue un juguete de su valido: el conde duque de Olivares. Y le reprocha, como al resto de los Austrias, no haberse decidido a ser un rey español, desligándose para ello de los embrollados asuntos del centro y norte de Europa.

En efecto, la obsesión por mantener la integridad territorial del imperio en el que no se ponía el sol esquilmó los recursos económicos y humanos peninsulares. Pero resultaba difícil renunciar a jugar un papel hegemónico allende las fronteras de la península cuando las molestias por los sacrificios requeridos pesaba menos que el orgullo de una nación que paseaba armas y tecnología, genio e idioma, por todo el mundo, y comprobaba que sus novelistas, dramaturgos, teólogos y aventureros, eran internacionalmente tan famosos y valorados como sus reales de plata.

A don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares y duque de Sanlúcar la Mayor, no le faltó energía.  Consagró todas sus fuerzas a conservar a su rey como el señor más poderoso de la tierra. Si no aceptó sobornos, sí acumuló numerosos cargos estatales, colocando en puestos clave a familiares y amigos, no tanto por nepotismo, sino para asegurarse las palancas del Poder y aislar al rey de cualquier influencia que no fuese la suya. Sus mezquinas venganzas, contra Lerma, Uceda, Osuna, y contra D. Rodrigo Calderón (al que Domínguez Ortiz describe como “intrigante y corrompido”), cuya ejecución suscitó piedad popular, son el leitmotiv de la contravenganza ideada por las damas que conspiran contra el favorito en la novela de Almudena.

Las iniciativas políticas de Olivares, aunque no dieron grandes resultados, estuvieron bien encaminadas a sanear Castilla: evitar la ruina de su agricultura, limitar el lujo y el amontonamiento de parásitos y oportunistas en la Corte, economizar gastos de la Casa Real, fomentar industrias y atraer a extranjeros útiles. Aunque su principal empeño siguió siendo el imperialista. Olivares ya no emprendió nuevas conquistas, pero sí quiso mantener, casi a cualquier precio, la categoría de España como potencia hegemónica en el mundo, para ello ensayó cuanto pudo reforzar el poder real y la solidez central del Estado, sin demasiado éxito. En 1640 se produciría el ocaso del imperio y la rebelión de Portugal y Cataluña.

Sobre esta última, que por entonces no tenía más de medio millón de almas y era fundamentalmente pobre y analfabeta, escribe Domínguez Ortiz:

 “Esta Cataluña rural y menestral, cerrada y arcaica, de nobles bandoleros y curas trabucaires es la antítesis de la actual, lo que demuestra que la permanencia de caracteres nacionales es un mito”.

La obra de Almudena ofrece también un dramatis personae que confirma y afina la realidad histórica de sus damas protagonistas, cuya perspectiva intrahistórica brinda notable motivo para la ilustración y el deleite, invitándonos a profundizar en nuestra común memoria histórica. Lo dijo Ortega: la historia es "el tesoro de los errores". Ojalá sepamos aprender de ellos.

No me extraña que algunos críticos centroeuropeos consideren que la mejor novela histórica del presente se anda escribiendo en español. Seguramente están en lo cierto.

 


[1] El Antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias. Alianza, Madrid, 1976. § 17, 18.

Rosa cándida

Rosa cándida

Audur Ava Ólafsdóttir.

La primera letra de, en el nombre de esta islandesa, lleva una especie de cruz en su hampa, un trazo que parte la cresta del grafema. No he podido encontrar un símbolo así en los caracteres especiales de mi programa Word de tratamiento de textos. El islandés es una lengua germánica septentrional relacionada con el feroés y los dialectos noruegos de quienes la empezaron a habitar esta isla lejana en el siglo IX. El mundo nórdico, “la últimaThule” de los medievales, parece así el fin del mundo, el extremo hiperbóreo de Europa, donde no paran de soplar galernas y barren el volcánico país continuos temporales. Allí es muy difícil que crezca algo, pero la vida se abre paso si se la cuida lo suficiente.

La autora de Rosa cándida es profesora de historia del arte en Reikiavik y directora del museo de la universidad de Islandia.

“Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres ser feliz un año, cásate; si quieres ser feliz toda la vida, métete a jardinero”, sentendia un proverbio persa. El protagonista de Rosa Cándida (Alfaguara, 2011) tiene un nombre impronunciable y podría hacer suyo el sentido de ese proverbio. Su padre le llama cariñosamente Lobbi, Addi, Dabbi. Y a pesar del consejo paterno de que estudie en la universidad algo relacionado con la botánica o las ciencias de la vida, a pesar de sus excelentes notas y de su talento para el latín y los idiomas, Lobbi decide ser jardinero. Una vocación que le viene de su madre, fallecida en un accidente de tráfico, hada madrina de un jardín y un invernadero que es envidia de todos, en un mundo inhóspito, rocoso y helado.

En la novela no pasa nada del otro mundo. Una hija accidental, un viaje a otro país para rastaurar el jardín de un monasterio con una rosaleda legendaria, una operación de apendicitis, un viaje de mil kilómetros a través de bosques espesos e inacabables, el contacto con una enfermera, con una amiga del colegio y con una chica desconocida que habla otra lengua.

Rosa Cándida (Afleggjarinn, en su título original, 2007) obtuvo el premio Fjöruverdlaun (esa de lleva también un trazo en su cresta), especializado en literatura femenina. Tengo mis dudas de que exista algo así como “literatura femenina”. Prefiero hablar de buena y mala literatura. Además, esta novela ha sido descrita precisamente como une "ode à la sensibilité masculine". Y no importa que sea precisamente una mujer la que exponga así, con literaria maestría y aparente sencillez, algunas de nuestras posibilidades menos reconocidas.

  Además, la novela cuenta no tanto cómo se sienten las mujeres, sino como se siente un nuevo tipo de varón que debe aprender a cocinar, a vestir y lavar a su niña, a tener en condiciones la casa si quiere conservar a su pareja, así como los temores y deseos de su padre viudo, setentón, con un hijo autista y otro veinteañero a punto de saltar del nido, pero sobre todo los de un joven nórdico, pelirrojo, que debe y decide hacer compatible su amor por las rosas y la jardinería con sus imprevistas responsabilidades familiares…

Un joven que desarrolla su sensibilidad de adulto, al margen de estereotipos y convenciones, ofreciendo así un nuevo paradigma masculino en el que hay que negociar las faenas domésticas según las circunstancias. Alguien que contempla la compleja emotividad femenina desde la perplejidad y la fascinación:

 Es evidente que aquí vive una mujer: todo está lleno de trastos inútiles, candelabros, tapetes de encaje, incienso, cojines, libros y fotos, que he de tener cuidado para no mover de su sitio… Cap. 10.

 Las mujeres tienen memoria de elefante y son muy sensibles al poder de todo lo insólito que pueda haber sucedido en sus familias a lo largo de los últimos doscientos años… Cap. dieciocho.

 Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco… Cap. 60.

El protagonista concluye:

 Ser hombre es poderle decir a una mujer que no tiene de qué preocuparse. Cap. 50.

  La delicada, compleja interacción, muchas veces silenciosa, entre los personajes, sus almas y sus cuerpos, constituye la interesante sustancia de esta obra exótica y encantadora, en la que todo el mundo es bueno, como rosas cándidas (flores de un rosal sin espinas), incluido por supuesto el prior del monasterio, el padre Tomás, discreto bebedor, políglota y cinéfilo.

Los monjes, más interesados por los libros, se han olvidado del jardín, con su rosaleda en la que florecieron centenares de especies de rosas, algunas rarísimas, más que en ninguna otro jardín del mundo. Pero, tras el trabajo del jardinero protagonista, descubren lo saludable que es salir y disfrutar de su jardín, que acabarán pensando en abrir la público e incluso al turismo.

Todos los personajes parecen nadar en una burbuja pacificada y mística (como la rosa de ocho pétalos que el protagonista quiere plantar en el jardín remoto), en la que los iconos religiosos adquieren un nuevo sentido y valor, al margen de los viejos dogmas, un sentido que se confunde con el de la infancia de Flora Sol, la hija del protagonista, una vida que florece, a pesar de los intereses diversos de los protagonistas, contra el viento y la marea del individualismo al uso, y en mitad de una sociedad envejecida.

“Por mí que no quede”

“Por mí que no quede”

Domingo Henares & Julián Marías

En Mis encuentros con Julián Marías, Domingo Henares rinde un emocionante y emocionado homenaje a su maestro, con el que se trató durante más de veinticinco años, desde 1977. Le describe como “una persona enormemente correcta y sabia, cortés en demasía y ocurrente, amable, generoso y de una extraordinaria memoria”.

Muy bien documentado, con facsímiles de cartas del gran filósofo de la Escuela de Madrid[1], el filósofo de Puente Génave (Jaén), albaceteño de adopción, cuenta sus veintidós encuentros con Marías, dejando testimonio también de algunas de las conferencias y artículos que dedicó a su obra y filosofía.

Domingo Henares decidió hacer su tesis doctoral sobre un filósofo vivo, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas, porque -como prefería Platón- uno puede así preguntar directamente a la fuente por el caudal del río de su pensamiento. Por las palabras de Miguel Cruz Hernández, que Domingo menciona a modo de preámbulo (citando una entrevista de mi amiga Ana Azanza), tal decisión de dedicar su principal trabajo de doctorando a Marías estuvo tal vez inspirada, tanto en la admiración que sentía por la obra de aquel a quien llama con veneración “maestro”, como por el hecho, injustísimo, de que éste hubiera sido tan poco reconocido en España, en la inmediata guerra civil y aún mucho después, cuando ya su obra era internacionalmente tenida en cuenta. Un lujo que en un país como el nuestro no nos deberíamos permitir. Pero lo que llamó Unamuno nuestro “papanatismo”, nuestra tendencia a despreciar lo propio cuando es mejor, en beneficio de lo forastero aunque sea simplemente bueno –y a veces, ni siquiera- es tan secular como recalcitrante.

Está pasando incluso con los jugadores de fútbol. Se pagan grandes sumas por estrellas exóticas, y los nuestros –capaces de conquistar la copa del mundo- han de buscar trabajo fuera o vegetan en el banquillo.

Así, apenas prestamos atención a un hombre cuya Historia de la Filosofía –diáfana y ecuánime- se ha reeditado más de treinta veces, que publicó más de setenta libros de metafísica y ensayo, al que suspendieron injustamente su tesis doctoral por su talante republicano[2] y al que los progres –tan ramplones ellos- han negado reconocimiento intelectual por su condición de cristiano. No fue caso único. Laín Entralgo y Aranguren también defendieron la compatibilidad del cristianismo con la “filosofía de la circunstancia”.

Es como si los españoles se negaran a tolerar su diversidad y a tomar conciencia de sí mismos. Aquí, ya se sabe, si uno no padece lo que Ortega llamó “hemiplejia cerebral”, si uno no es ni de derechas ni de izquierdas, si uno, como Julián Marías y los buenos toreros, no mueve los pies de la arena, entonces puede ser empalado por cualquiera de las dos sectas (las dos Españas de Machado hielan el corazón); o, peor, uno debe exiliarse exterior y/o interiormente, condenado al ostracismo y al olvido. “¡Eso te pasa por sensato, esto por tibio!”. “Eso por carecer de espíritu fratricida y beligerante que es lo que aquí mola cantidubi-dubi-da”.

Uno se queda solo por preferir la conversación constructiva a la polémica estéril, lo que no deja de ser paradójico.

Uno tendría siempre que arder o estar helado, y a veces las dos cosas, en este país de dogmáticos. De hecho, mientras era considerado un importante maestro en América y en la vieja Europa, Julián Marías era ninguneado y vetado en la universidad española. En ella –según testimonio recogido por el propio Henares del maestro- “corrió una especie de consigna: Si Marías ocupa la cátedra de Metafísica vacante por la jubilación de Ortega, vuelve a España la República. Fue una conjura que nada tenía de intelectual, acaudillada por Calvo Serer (…). El ministro de Educación, Ruiz-Giménez, lejos de darle un toque de atención, nombró como ministro del tribunal a Calvo Serer”.

Marías vivió de su trabajo como escritor y conferenciante durante toda su vida, de forma sencilla y sin padecer resentimiento o ansia de venganza, alcanzó a ser aristócrata en la plazuela, como Ortega, desde su página de ABC, y en EL PAÍS[3], en el que le dejaron expresarse un rato. Alcanzó con la transición cierto reconocimiento público como senador de designación real, siendo por fin nombrado catedrático extraordinario de la UNED (1980), y premiado con el Príncipe de Asturias (al alimón con Indro Montanelli) en 1996. También, como con Emilio Lledó o con Muguerza, hubo que recurrir al expediente de la UNED, al no pertenecer a las “familias” y “sectas propietarias” de las cátedras de nuestra nepotista universidad[4].

Estudiado por Harold Raley (La visión responsable), por Juan Solés Planas (El pensamiento de Julián Marías), cincuenta y siete importantes escritores reconocieron su labor intelectual en el homenaje publicado por Espasa Calpe en 1984, entre ellos, sabios de la talla de Laín Entralgo, Gregorio Salvador, Lázaro Carreter, Dámaso Alonso, José Luis Abellán, Rosa Chacel o José Luis Pinillos…

Domingo Henares leyó su tesis en 1986 y la publicó en Albacete (1991), con el título de Hombre y Sociedad en Julián Marías. El propio Julián Marías estuvo en su tribunal de doctorado y en la presentación del libro.

A parte del anecdotario de la relación y correspondencia entre el discípulo y el maestro, de los encuentros y excursiones anuales con motivo del cumpleaños de Marías (17 de Junio), organizados por la Asociación de Amigos de Julián Marías, con sabrosas confesiones sobre lo que el maestro consideraba esencial de su pensamiento y el retrato de su admirable actitud amistosa, el libro contiene una interesante síntesis final sobre su particular modo de ser cristiano y filósofo, filósofo y cristiano, de un modo muy poco medieval, por cierto (también los católicos más cavernícolas le intentaron enmendar la plana). Algo muy congruente si se piensa filosofía y cristianismo sin prejuicios, y se radica la perspectiva metafísica, vital e histórica, en la noción trascendente de persona (personalismo vital).

 “la realidad más importante de este mundo, a la vez la más misteriosa y elusiva, y clave de toda comprensión efectiva: la persona humana”

J. Marías. Persona. Alianza, 1996.

 Por cierto que en uno de sus primeros encuentros, Henares le suelta al maestro que la verdadera fuente de su pensamiento es más Unamuno que Ortega, a lo que Marías responde: “Puede que lleve usted razón”. De todos modos es innegable la relación del pensamiento de Marías con la razón vital e histórica orteguiana. “Se ha hecho usted discípulo mío, cuando he dejado yo de ser su maestro”, le dijo Ortega a Marías. Y cuando volvió de su exilio después de la guerra incivil, en sus conversaciones con Julián, Ortega gustaba decir “nuestra filosofía”. Pero Marías se niega a simplificaciones fáciles y advierte que “para ser orteguiano es imprescindible no repetir a Ortega”. Ortega supuso para Marías una orientación. José Gaos confesó que Marías le sucedió en el discipulado de Ortega. “Insigne y lúcido continuador de Ortega” (Gilberto Freyre), Ferrater Mora escribe en su Diccionario de Filosofía (1971): “ha desarrollado muchos de los temas de Ortega sólo iniciados o insinuados en los escritos o en las enseñanzas orales de éste”.

Me gusta mucho que a Domingo Henares “no se le vea el plumero” en esta obra, y guarde para su intimidad, con discreción y entre paréntesis, sus particulares convicciones para el futuro, o sea su presunta fe religiosa, si es que la tiene. Él sólo –y es mucho- da cumplimiento con gratitud a la voluntad del maestro, quien le insistió, al leer el borrador de su tesis: “haga usted más hincapié en mi cristianismo”.

Henares reconoce que nunca le había parecido Julián Marías un pensador cristiano. No veía en él una “fe que busca entender” ni un “creo para comprender”, todo lo más se ajustaría a Marías la frase ‘non fides quaerens intellectum, quia simul’: fe y entendimiento en el mismo plano temporal. Sin embargo, es obvio, porque don Julián mismo lo deja escrito, que la filosofía de Marías está bajo la carpa del cristianismo[5], pues para él Cristo representaba el pléroma, la plenitud de los tiempos, el cumplimiento cabal de las profecías.

Faceta suyas como la de crítico de cine tampoco merecen ser olvidadas. Pero lo importante para mí es que “fue capaz de convertir el ensimismamiento intelectual en amor, en felicidad, en sentido y en proyecto” (A. López Sidro), añadiendo bastante verdad (autenticidad) y claridad a la inteligibilidad de su tiempo y de su patria.



[1] Esta expresión fue inventada por Julián Marías quien se convirtió también en su mejor propagandista.

[2] A Julián Marías (1914-2005) le suspendieron en 1942 su tesis La filosofía del padre Gratry, dirigida por García Morente.

[3] “La crítica que Julián Marías iba haciendo al borrador de nuestra Constitución le costó la salida del periódico más influyente de entonces, El PAÍS, donde escribía” (pg. 44). Como muestra, estas palabras: “España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de la palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años” (El PAÍS, 15-I-1978).

[4] Al escribir esto pretende con ello negar que haya en ella catedráticos y profesores de mérito, pero sí afirmar que los de más mérito se han visto vetados precisamente por su independencia.

[5] Julián Marías fue miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, de ahí su proximidad con el Papa: “La Iglesia tiene que ser puramente religiosa, ocuparse de temas religiosos. Y se lo dije al Papa…”. (JM entrevistado por “La Nación”, 20-VIII-1998).

Yan Lianke y la aldea Ding

Yan Lianke y la aldea Ding

Yan Lianke tiene mi edad. Entró en el ejército chino con veinte años (1978), licenciado en ciencias políticas y literatura es sin duda uno de los grandes escritores chinos contemporáneos. En la actualidad trabaja como catedrático de literatura en la Universidad del Pueblo de China. Ha sido propuesto al Premio Príncipe de Asturias y al Nobel. Es coautor del libro español más leído en China, según algunas encuestas: El viaje a Xibanya (Viaje a España), en el que un puñado de autores, entre ellos dos mujeres, reflejan su particular visión de las tierras de Quijote hacia 2009. Al parecer, en su viaje por la piel de toro, España les pareció un país menos "exótico" de lo que esperaban. En el relato de Lianke, uno de sus paisanos elige España para suicidarse pero acaba contagiándose de las ganas de vivir de los españoles.

Aunque Yan Lianke ha sido muy premiado en China, ello no ha impedido que El sueño de la aldea Ding, así como otras obras suyas, hayan sido vetadas allí. El Partido Único se habrá dado por aludido. Pero El sueño de la aldea Ding (Automática editorial, Madrid, 2013) sobresale como un precioso símbolo de una tragedia social y familiar en gran medida universal: la desaparición de la vida tradicional, rural, sus costumbres y sus principios, a favor del crecimiento desenfrenado de las ciudades y su "progresista modernez".

La novela incluye también una conmovedora historia de amor: la de Lingling y Ding Liang, en la que el amor parece, al menos por unos días, y a pesar de la letal enfermedad, ganarle la partida a la convención y a la muerte.

La prosa de Yan Lianke ha logrado una versión española muy idiomática gracias al espléndido trabajo de la ubetense Belén Cuadra Mora, que ha traducido diréctamente del chino. Debo a su abuela Paquita el descubrimiento de este formidable artista de la novelística cosmopolita de nuestro tiempo. Desde aquí se lo agradezco.

La prosa de El sueño de la aldea Ding tiene un ritmo muy especial en el que las reiteraciones, la narración en cursiva de los sueños, el paisaje poético y la rotunda sencillez de los diálogos, marcan el compás, un compás comparable al de una marcha fúnebre, lenta, imparable, solemne, como la sucesión de las estaciones o la caída de las hojas en otoño. 

La voz narrativa es la de un niño muerto, Xiao Qiang. Pero el verdadero protagonista de la historia, visionario y justiciero al fin, es el bedel y casi maestro de la escuela de la aldea, el abuelo Ding Shuiyang, cuyo "daimon" o voz interior, que percibimos más por sus gestos que por sus palabras, es la de un mundo tan simple y honrado como comunitario, un mundo desolado injustamente por la avaricia de unos pocos (y el principal, su propio hijo), que, involuntariamente, han contagiado a los campesinos el Sida, promoviendo la compraventa masiva de sangre. 

De todas formas, no hay maniqueísmo en la novela, ni malos ni buenos, sólo ambiciones, pasiones y sentimientos humanos, demasiado humanos, y una insobornable búsqueda de dignidad en mitad de la pobreza y la epidémica catástrofe...

El autor, en un epílogo emocionado, acaba pidiendo perdón al lector por el dolor que la novela transmite. En verdad sería insoportable si ese dolor no quedara maravillosamente sublimado por tan memorable belleza.

El mundo de Yesod

El mundo de Yesod

Es fácil formarse una visión idealizada de la Italia del Renacimiento, en ese microcosmos en el que convivieron el poderoso Miguel Ángel con el dulce Rafael, el platónico Ficino con el aristotélico Pomponazzi. Una parte importante de la magia que destila el salto del XV al XVI estriba en el mestizaje cultural de su expresión artística, mezcla de paganismo y cristianismo, de superstición e incipiente ciencia, aristocracia medieval y renovadas energías burguesas, de lo salaz a lo sublime y de lo ideal a lo terrenal, y vuelta a empezar.

Las Memorias de un enano gnóstico de David Madsen, 1995 (Muchnik editores, 2001, trad. Ramón Buenaventura) vuelcan la carga de la época que reconstruyen hacia un “gore” grotesco, mordaz y obsceno, pero no dejan por ello de ser literariamente deslumbrantes, psicológica y filosóficamente sugestivas. Lo terrorífico se confunde ahí con lo sagrado, la crueldad o el éxtasis báquico con el misterio genuino. Sus personajes parecen deslumbrados, atormentados y, por fin, despedazados por la pasión de las ménades o la seducción de Yesod: símbolo del mundo de las inquietudes irracionales, de los estremecimientos en la boca del estómago, de las tripas agitadas por el miedo, en el escenario lunar donde las revelaciones son transmitidas por susurros de los espectros de cristianos sacrificados, devorados por bestias feroces, en el coso mil veces ensangrentado del Coliseo romano.

La recreación histórica de la época del papa Médicis la hace su chambelán más estrafalario: un enano cheposo procedente del Trastévere romano, despreciado por su madre, fulana alcohólica, y vendido por un fanático inquisidor al propietario de un circo itinerante de monstruos desdichados.

La compleja política internacional de la época, en la que las grandes potencias mueven sus piezas de ajedrez en el avispero de una Italia dividida, es contemplada desde el ojo del huracán en el que el papa emite sin cesar bulas que pretende vender a buen precio en los países germánicos para pagar sus guerras, ejercer su megalómano mecenazgo artístico y terminar las obras de la basílica de San Pedro, bulas que permiten pecar con impunidad, bulas que incluso perdonan por anticipado pecados aún no cometidos.

Si la novela comienza describiendo el ano supurante de Su Santidad el papa León X, tratado con pis de virgen por su médico de cabecera, así como su afición a los catamitos (nombre romano de los ganímedes raptados para solaz del Divino Guey Celestial), el Lutero escandalizado por la inflación de bulas y el alejamiento jerárquico de la pobreza evangélica no sale mejor parado: “un campesino hijo de campesinos, grande, deslenguado y apestando a pis”, un monje obcecado, loco, torturado por el desdén del padre terrenal, que sublima en desdén del Padre eterno.

Giuseppe Amadonelli, Peppe, el apócrifo autor de estas memorias, profesa la fe gnóstica. Este credo de origen oriental, helenístico, extrae fuerza del indudable hecho de que este mundo nuestro es tan injusto como imperfecto. La consecuencia que el gnosticismo extrae de la inconsistencia lógica y ética del mundo aparente es que no ha podido ser creado por un dios omnipotente y bueno. Por tanto, nuestro universo físico es obra del Diablo. El Supremo Poder Bueno creó el espíritu; el poder malo creó la materia.

A Peppe, el gnosticismo le parece la única doctrina capaz de explicar la miseria de su condición personal: un espíritu inocente y piadoso atrapado en un cuerpo maldito y lamentable. La existencia corpórea, la carne y el sexo, son malos, y el mundo terrenal es el infierno. En el fondo se trata de una fe optimista, porque si esto de aquí es el infierno y no obstante nuestra alma es inmortal, meta-física, nada puede irnos en el futuro peor que ya nos está yendo con tal de que despreciemos esta carne nuestra y las seducciones que nos brindan las mundanas ilusiones.

La bella joven que introduce al enano en la secta gnóstica, Laura, muere quemada en la hoguera y, como la Beatrice del Dante, será el único ideal y el verdadero amor de su vida. Su relación con Laura deparará al enano un sorprendente final casi feliz tras el asesinato de León X, tan dichoso como lo pueda ser la existencia de un enano en un mundo que cree creado por el mismísimo Satán.

Madsen juega inteligente y hasta piadosamente con la blasfemia erudita, así cuando refiere a los escritos de San Agustín como "rapsodias misantrópicas del santo obispo de Cartago”. Giovanni de Médicis, el papa León X, sucesor del papa guerrero Julio II y protector del enano gnóstico, es descrito de este modo: gordo, sensual, mimado, ulceroso, infantil, ridículo, pero tremendamente fascinante, un pedorro enamorado del arte más noble tanto como de ciertos placeres prohibidos, que se convierte en la piedra angular de la existencia de su protagonista, lo que no impide a Peppe la deslealtad más absoluta cuando se trata de salvar el culo, ese mismo que tanto desprecia como gnóstico... Y es que los personajes resultan tan contradictorios en sus decisiones y delirios como nosotros, y por tanto verosímiles.

No sabemos quién es David Madsen, el autor de esta heterodoxa y escatológica crónica de "lo humano demasiado humano": amor, odio, crueldad, obcecación, obsesión soteriológica, afán de venganza, deseo de placer infinito, desprecio y gusto por la carne, interminables comilonas, orgías clandestinas, autos sacramentales de dolor y fuego, procesiones paganas, dionisíacas, en honor del Supremo Pontífice, Vicario de Cristo y Portador de las llaves de Pedro... "La casa del libro" afirma que se trata del seudónimo usado para su carrera literaria por un filósofo, teólogo y terapeuta. En la solapa de la edición de Muchnik que he disfrutado se describe a Madsen como “filósofo inglés apasionado por la teología”.     

Riña de gatos

Riña de gatos

He terminado la novela de Eduardo Mendoza, Riña de Gatos (Madrid 1936). Es atrevida por el marco histórico que escoge para su trama: el revuelto Madrid en el que se preludia la guerra incivil. Por el escenario ficticio pero verosímil de la novela pasean los fundadores de Falange, los conspiradores contra la República, incluido el general Franco, el decrépito populacho de la “famélica legión”, la rancia aristocracia castellana y el mismísimo don Manuel Azaña, como figuras de un sainete cómico.

La novela fue premio Planeta en 2010 y es muy entretenida. Está escrita con esa cachaza de humor compasivo tan característica del autor, que se ha documentado bien y no incurre en el maniqueísmo, tan à la page, de pintar a reaccionarios malísimos y republicanos buenísimos. La psicología de los personajes adquiere profundidad, a pesar del trazo impresionista, goyesco, tan goyesco como el detalle de cartón para tapiz que adorna esta entrada.

El protagonista es un crítico inglés amante de Velázquez, que viaja a Madrid para tasar un cuadro que no se sabrá hasta el final si es o no es un Velázquez. La reflexión sobre los males históricos de España, los cuadros del gran artista y la especulación sobre las circunstancias en que los pintaba, añaden interés a la lectura.

La perspectiva del autor, próxima a la del intelectual inglés apolítico, permite una narración entre divertida, estoica y distanciada, de la crítica situación por la que atrevesaba la Segunda República. Al final, resultan más caricaturescos los espectadores ingleses de su colapso, que las figuras atrapadas en él, que ostentan un perfil inteligente y atormentado, entre melodramático y trágico, sumidos en sus tremendas contradicciones personales, que son también las de la España del momento.

He sorprendido algún anacronismo menor. No se trata de una obra maestra, pero Riña de gatos da que pensar y que prevenir, y ha nutrido bien mi postre de ocio veraniego.

La perfecta casada de Wolitzer

La perfecta casada de Wolitzer

Meg Wolitzer. La esposa.Traducción de Enrique de Hériz.Rocaeditorial, Barna, 2004.

 El arranque de esta novela, trepidante, duro, ágil y atrevido, promete más de lo que luego ofrece. Después, la narración se vuelve algo plana y reiterativa. Al final, la autora te regala una sorpresa poco creíble.

A la esposa perfecta, protagonista de la historia, el escritor Joseph Castleman, nacionalmente famoso e internacionalmente considerado, se lo debe todo.La esposa ha sacrificado una carrera independiente y una vida propia por el bien de su marido y de sus hijos.

Espero que la Wolitzer no pretenda generalizar su dictum de que todos los hombres, y muy especialmente los intelectuales, somos niños grandes. El implícito y explícito feminismo de la obra, que reniega de la “literatura femenina” y denuncia la especial dificultad que tuvo y tiene la mujer para acceder al "cotarro" en el mundo de la Literatura con mayúscula, pone el acento sin embargo en la esencial masculinidad de la gran tradición literaria. Lo cual no deja de ser un tanto contradictorio.

Desde luego, eso armoniza con el complejo perfil psicológico de la protagonista, que, siendo alumna, se enamora del profe universitario, y luego ejerce de abnegada y burlada esposa, la misma que narra en primera persona y que -muy femenina a pesar de todo-, no sabe muy bien lo que quiere, o, si lo sabe, no toma las decisiones pertinentes, o, si las toma, lo hace demasiado tarde o no las lleva a efecto en absoluto.

También tiene su enjundia y justificación la sátira de la vanidad literaria, presente de cabo a rabo en la novela, el vedetismo de los novelistas famosos, su charlatanería, su alcoholismo, muy usamericano, la envidia y competencia por obtener los máximos galardones.

No puedo comprender cómo el crítico Lorrie Moore pudo afirmar que se trata de una novela "alegre". Para mí, hay mucha amargura tanto en su fuerte inicio como en su melancólico e hiperbóreo final. Perfecta y complaciente esposa hasta el acabose, su tono es de principio a fin el del desencanto, pero jamás revelará secreto alguno que rebaje la categoría de su marido. Me recuerda a esas esposas tradicionales que insultan o golpean a su marido pero no consienten que ninguna otra mujer haga lo mismo.

Quizá sea esa misma amargura la que da que pensar sobre un papel, el de esposa leal y madre atentísima, tan maltratado socialmente y tan distorsionado (baste ver las imágenes que aparecen en Google si pones la palabrita "esposa" en la celda). Lo de "mi señora", lo de "la dueña" parece haberse perdido en un pasado casi medieval. Una esposa, hoy, o es "sierva maltratada" o "vampiresa" roba-hijos y roba-bienes, tras una separación traumática. La mayoría de los esposos y esposas no tienen nada que ver con estos espectaculares extremos, por supuesto. Pero nuestra sociedad lo es del espectáculo. Los elogios de la perfecta esposa genérica, universal, se envuelven –también en la novela- en escépticos estereotipos y sarcástica retórica. Ellas no parecen poder vivir bien ni con ellos ni sin ellos.

Me han encantado la traducción y la edición (he detectado con prurito profesional sólo una errata), en buen papel y con una letra tipo Aldus que es una auténtica delicia. Esto también cuenta. Tal vez cuente cada día más, cuando se abaratan y multiplican las ediciones digitales. 

Murakami: una atmósfera tranquila

Murakami: una atmósfera tranquila

Cuando empecé a leer a Haruki Murakami (Sauce ciego, mujer dormida, 1983) me pregunté: ¿estos son los cuentos del famoso Murakami? ¿Por qué se ha convertido en un bestselista internacional? Sí, ciertamente, algunas de sus comparaciones resultaban originales: “una sonrisa pálida como un atardecer brumoso”, “las arenas movedizas del tiempo”. Algunas de sus descripciones, tan patéticas como poéticas: “Dentro de mi cabeza hay un cuchillo clavado en diagonal en la mórbida carne de mis recuerdos”; o bien, con un toque surreal: “en un bol amasé las sombras del tiempo ya vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua hirviendo y le eché una pizca de sal”… Pero todo eso me parecía insuficiente para explicar tanto crédito. Los asuntos me parecían triviales; las conversaciones, anodinas.

Poco a poco me fui dando cuenta de cómo lo banal podía ir siendo símbolo, quedando así sublimado. Enseguida, el estilo de Murakami (Kioto, 1949) te va envolviendo como una atmósfera tranquila. Te das cuenta de que su sencillez es hija de una estudiada, meticulosa elaboración, y sus relatos tienen la autenticidad de lo vivido, de lo soñado o de lo delirado. Tal vez eso explique por qué usa el material de algunos de sus cuentos más tempranos para integrarlos luego en sus obras mayores… Es el caso, por ejemplo de “La luciérnaga”, que luego reaparece en Tokio blues como uno de sus episodios.

Sus historias, tristes y hermosas, son vividas por seres que tienen dificultades para gozar con relaciones satisfactorias, para tomar por real la vida cotidiana o para dar por ficticios sus sueños y pesadillas. No hay prisa ni apremios en este ambiento que, en Tokio blues, rinde homenaje al Thomas Mann de la Montaña mágica, así como en otras partes a Kafka, o a los clásicos norteamericanos.

Su éxito internacional puede estar en relación con la cultura cosmopolita de sus personajes principales, amigos de la música de los Beatles y del jazz clásico, tanto como de Bach o Mozart, bebedores de coca-cola, cerveza o güisqui, o, cuando más sofisticados…: “pidió un Tío Pepe con Perrier” (Después del terremoto). Subjetividades deslocalizadas. Alguna narración puede trascurrir en una isla griega, otra en un pueblecito de Italia y una tercera en un enclave turístico del Pacífico usamericano. No obstante, en Tokio blues. Norwegian Wood (1987), la narración no pierde un fuerte color local, esto es, japonés.

Es posible que el ritmo hipnótico de esta prosa tenga que ver con el sincopado del jazz, que tanto gusta a Murakami. Hay honradez, modestia, soledad y escepticismo en esta voz que se compadece de unas personalidades siempre al límite de la normalidad o de la locura. La claridad de estilo contrasta con el enigma de lo que pasa. Y el amor resulta allí tan imposible como romántico.

No tengo ni idea de japonés, pero las traducciones que he leído, de Lourdes Porta Fuentes, deben de ser muy buenas cuando no me lo recuerdan para nada: correctas e idiomáticas.