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La maldición de Adán

La maldición de Adán

Rafael Bellón Barrios. La maldición de Adán. Ed. “El genio maligno”, Granada 2008.

 

Primera, precoz obra, de un jovencísimo universitario ubetense. Una colección de artículos iconoclastas, cultos, sofisticados, de un moralismo paradójico que ronda la sátira. Tienen por ventaja una prosa ágil, sugerente, a veces demasiado rotunda, casi siempre interrogadora, reflexiva, lírica, melancólica...

La obrita posee valor añadido para quienes vivan en Úbeda o hayan estudiado humanidades en Granada, pues podrán comprender el alcance concreto de los nombres y episodios, humanes y desmanes, que en ellos se refieren y critican.

¡Muy recomendable para melómanos! En estos artículos hallarán magistrales descripciones de las óperas de Wagner o la música de Mozart: “de luz septembrina y de lascivia adolescente; de niebla primaveral y de ternura juguetona; de dulce absolución de los pecados que no cometemos y de tierno, licuante encuentro con las personas que perdemos de vista o que no llegamos a conocer”… También podrá encontrar el curioso musicólogo interesantes comentarios sobre la música popular: música de plenitud, como la bossa-nova; o de la carencia: como el flamenco, el blues o el tango.

En “Contra los poetas”, el autor arremete contra los poetas solipsistas, descreídos y trepas, contra el poeta neurótico y/o mala persona, “parodia de hombre con parodias de sentimientos”. Propone por ello que devolvamos el cetro de la cultura a los sabios, a los eruditos. Hay cierta “gótica” pulsión en esta pugna autolesiva o autoinvalidante. A fin de cuentas, todos los poetas exageran, y el mismo autor tiene mucho de poeta.

Aguda reivindicación de autores injustamente olvidados o elididos: Eugenio d’Ors, Aquilino Duque, Pedro Cerezo… El autor explota hasta el esperpento el contraste entre la alta cultura en que se mueve como pez en el agua y las trompetas “apocalípticas” o las sombras sicotrópicas de la cultura de masas, como un náufrago obligado a capear sus juveniles ardores en la caverna platónica de cualquier discoteca.

Como buen platónico, niega que la actualidad de los Media, y su “conjunto dispar de acontecimientos vagos y pintorescos” sea la realidad: “Un campesino se entera de que un tal Ibarretxe tiene orejas de murciélago y se siente muy feliz de ser vasco. Son cosas que no tienen nada que ver con la vida de uno y que constituyen simplemente una manera de evasión mucho más aburrida desde luego que las novelas de Stevenson o Ridder Haggard”.

Frente a los ídolos de la tribu progresí, traza el “elogio de lo pijo” o canta la belleza de la pasión semanasantera (¿podríamos escapar de la idolatría?). Frente a los ídolos de la tribu nacional, se pregunta por su incapacidad para entender las maravillas del fútbol. Frente a los ídolos de la carpa juvenil, ensaya la blasfemia: el rock ha sido una maldición para la música popular; el divo del rock, “ese ser a medio camino entre el diletante, la eminencia parda, el bardo adolescente y el loco caligulesco”. No obstante, fiel a su edad en esto, declara al botellón como “el acto civil más hermoso desde que se inventó la noche de San Juan”.

Juega Rafael Bellón con interesantes paradojas, como esa de que nuestros mayores fueran al cura a confesar gratis los pecados que cometían, mientras que nosotros vamos al psicoanalista para confesar pagando los pecados que no cometemos.

Como aficionado a la antropología social, reflexiona con particular agudeza sobre la prensa del corazón, la del esplendor y la de la miseria, y sobre las causas de su éxito; cuestiona muy compasivamente la indignidad de la prostitución; divide a los articulistas en dos: aquellos que escriben “homilías progres” y aquellos que escriben “españoladas campanudas”; y define a los frikis, con los que se siente solidario, como la “triste y poco dionisíaca fermentación de una vendimia que sólo dio uvas pasas”, neuróticos marginados entre los que él mismo se incluye autocompasivamente.

Luce su capacidad para la sinopsis de una travesía alucinada en “Fandangos de Copenhague”, sobre su viaje por la babel en que se ha convertido la globalizada Europa. Me ha parecido particularmente interesante su alegato sobre el sentido del dolor. Aunque sólo puedo admitir como una licencia poética eso de que el masoquismo nos haga independientes y libres, o sea, como una exageración,  comparto el desdén del autor por ese orgullo hedonista que ahora se alía con el ateísmo en torpes proclamas de autobús en nuestra atontada sociedad analgésica, porque el placer es sólo “una luz que alarga la sombra de sus obstáculos. Mientras el dolor es una sombra que deja ver la luz de los placeres”… ¡“Que no nos obliguen a gozar, por favor”!

Estos breves y sugestivos ensayos no se caen de las manos, se leen de un tirón, son una muestra fresca de un periodismo de ideas que cultivaron Ortega y d’Ors, y hoy siguen cultivando con solvencia y éxito Marina o Savater, un periodismo tan preclaro como raro. Parecen describir la tensión entre un poeta y un erudito en ciernes, entre un creador y un sabio, entre un estudioso solitario y algo atrabiliario, y un ciudadano de pro, educador y moralista. A mí estas aparentes antítesis siempre me parecen integrables, compatibles, pero admito que esas guerras interiores suelen ser padres y madres de nuevas obras. La tendencia juvenil a dogmatizar se mide aquí muy seriamente ya con la reflexión y la duda.

Abejas

Abejas

Abeja, Claire Preston, editorial Melusina, 2008. Título original: Bee, Londres, 2004.

(Es posible encontrar en Internet una muestra de la edición original inglesa en http://books.google.es/).

A pesar de su título, este libro no trata sino secundariamente de las abejas, y se interesa sobre todo por nuestro modo de pensarlas, de apreciarlas y de mitificarlas, desde la antigüedad hasta nuestros días. Es un libro tan elegante, erudito y melancólico como una conversación académica y un té con pastas en la galería acristalada de una antigua casa inglesa, en otoño. Bien documentado, con su cronología, sus rigurosas notas, sus agradecimientos, sus referencias digitales, sus créditos fotográficos, ¡y su índice analítico!, ¡ese que tanto echo de menos en multitud de apresurados libros españoles!

No faltan en la obra algunas paradojas mordaces, un poco misántropas, de fino humor inglés. Así cuando se nos recuerda que la abeja es más antigua que los apicultores y que ya evidenciaba un sorprendente “comportamiento civil” antes de que los hombres hubieran desarrollado nada parecido a una organización social. En efecto, cuando el humano se convirtió en “animal político”, primero robó miel a las abejas silvestres, luego las mató en sus nidos para robarles los productos de su trabajo y, por fin, aprendió a sustraerles sus pertenencias “civilizadamente”, dejándolas vivir y reproducirse. Por último, provocó problemas ecológicos manipulándolas genéticamente.

La autora –de la que me ha sido imposible encontrar referencia alguna en la Red- hace todo un repaso de la mitología de la abeja y sus productos. La abeja figura en multitud de mitos originarios, alimentando a los dioses en su infancia, asociada al folclore y la teología, muchas veces, vinculada simbólicamente a la imagen de lo divino. El antropólogo Lévi Strauss situó muy acertadamente a las abejas y la miel en la transición entre naturaleza y cultura, ¡en ese espacio tan peligroso como inestable, en el que nos jugamos nuestro equilibrio y nuestra felicidad!

Para la tradición occidental, la miel, además de un alimento y una medicina, representa la elocuencia, la inmortalidad y el placer. La autora recuerda la leyenda de Platón, abandonado de niño en el monte Himeto, cerca de Atenas. El nene sobrevivió porque las abejas depositaron miel en sus labios, y por eso sus palabras resultaron ser luego tan dulces como persuasivas. También se dice del poeta Píndaro que se alimentaba con la miel que las abejas ponían en su boca mientras dormía, y la misma leyenda se extiende en la tradición cristiana a San Basilio, San Ambrosio de Milán (340-397) y San Bernardo de Claraval (1090-1153). Los dos últimos recibieron el título de doctor mellifluus (maestros de los que mana la miel), a causa de la dulzura de su retórica.

Hoy sabemos que la salud de los ecosistemas puede parcialmente medirse por la de las abejas, tal vez esa sea la intuición contenida en el mito de la Tierra Prometida o de la Jerusalén Celestial, cuyas fuentes manan miel. También el Corán promete ríos de miel en su paraíso.

Pero aunque hayan inspirado a los filósofos estoicos o hedonistas, nada menos hedonista ni autónomo que una abeja. “Una sola abeja no es abeja”.  Miembro de la orden de los Himenóptera, sección Aculeata (con aguijón), la abeja pertenece a una de las 20.000 especies que integran la superfamilia Apoidea (las otras dos superfamilias de Aculeata incluyen a avispas y hormigas, avispas que perdieron su aguijón). Apoidea incluye todos los insectos “sociales” o “políticos” -con excepción de las termitas, que pertenecen a otro orden-, es decir pertenecen a los insectos que forman comunidades de producción, reproducción y extensión.

Contra lo que se cree, la mayoría de las especies de abejas no son animales sociales. Las que sí lo son pertenecen a las subfamilias Apinae y Meliponinae (éstas últimas, abejas sin aguijón, ya domesticadas por los mayas). De todas ellas, la más conocida es Apis mellifera, presente natural o artificialmente en todo el planeta. Este nombre, acuñado por Linneo en 1758, se presta a confusión porque las abejas no buscan o transportan miel, sino que la producen en su saco, mezclando el néctar con enzimas propias, y la almacenan en su colmena. Linneo quiso rectificar el nombre llamándola millifica (fabricante de miel) en lugar de mellifera (portadora), pero sigue usándose el más antiguo de los dos, según inflexible ley taxonómica.

Apis mellifera es originaria de Eurasia, puede que de Afganistán y sus alrededores, pero las tradiciones apícolas orientales son más pobres que las occidentales, tal vez porque los europeos y nórdicos tienen que ser más golosos. La especie ha medrado con éxito en todas las zonas templadas del planeta, especialmente en América y Oceanía. A diferencia de otros miembros de Apoidea que tienen exoesqueletos quitinosos, lisos y brillantes, las abejas son peludas para poder capturar el polen de las flores. Obreras y reinas tienen aguijones capaces de inyectar veneno, pero el de la abeja, al contrario que el de la avispa, es dentado, lo que explica que no pueda extraerlo de sus víctimas sin desgarrarse interiormente y fallecer.

Anota la autora que la abeja tiene un cerebro excepcionalmente grande para ser insecto (1 mg), con ganglios nerviosos ventrales que controlan sus actividades motoras y que le permiten, aun decapitada, seguir volando, caminando y picando. Como en muchos insectos, los machos poseen ojos más grandes para poder localizar a la abeja reina en pleno vuelo, asirla y  fecundarla.

Las abejas emiten sonidos a través de los espiráculos del tórax, y aunque no tengan oído, no sabemos bien cómo, estos sonidos o vibraciones les sirven de vehículo de comunicación, así como los aleteos y los movimientos de danza descubiertos y estudiados por Karl von Frisch. Sus dos antenas poseen potentes órganos sensoriales para el tacto y a los olores. Se sabe que son muy sensibles a los campos eléctricos, lo que explica su agitación antes de una tormenta. Perciben el campo magnético de la tierra y emplean este conocimiento para orientarse en vuelo y construir colmenas, habiéndose demostrado que su capacidad de constructoras y reproductoras no se ve afectada por la ingravidez.

A diferencia de las carnívoras u omnívoras avispas, que pueden picar y morder repetidas veces, las abejas se alimentan únicamente de miel elaborada con néctar, polen y agua, así como con las secreciones azucaradas de otros insectos. El polen, muy rico en proteínas, alimenta a las abejas jóvenes y a las larvas. Además de miel, las abejas fabrican otros alimentos como la jalea real o la leche de abeja, destinada a la alimentación de las larvas.

La reina es atendida permanentemente por un séquito de obreras, encargadas de alimentarla, asearla y mantener constante la temperatura y humedad de su habitáculo, para que pueda realizar eficazmente su única función: poner huevos. Los zánganos sólo sirven para aparearse con la reina y cuando esto sucede son expulsados de la colmena y condenados a morir de inanición.

Todas las obreras son constructoras, nodrizas, fabricantes de polen, cereras, guardianas, porteras y exploradoras, según su edad o grado de desarrollo. La reina puede llegar a los cuatro o cinco años, las obreras rara vez viven más de cuatro o cinco semanas en verano, y un par de meses si han nacido fuera de temporada y están destinadas a invernar. Una colmena artificial de melíferas puede albergar entre 40.000 y 100.000 individuos, todas descendientes de una sola reina. En estado natural, son menos numerosas.

La reina virgen realiza un solo vuelo nupcial que le proporciona, una vez fecundada por los zánganos, suficiente esperma para toda su vida reproductiva. Cuando regresa al nido pone un millar de huevos por día, depositados en celdas de cera construidas por las obreras. Una sola abeja ya desarrollada puede producir la mitad de su propio peso en cera. Cada día eclosionan centenares de larvas destinadas a convertirse en obreras infértiles, pero sólo unas pocas larvas son criadas como reinas, cuando la reina muere, es infértil o se lleva consigo un enjambre. Los escasos huevos no fertilizados resultan zánganos.

Las abejas más agresivas de todas son las subsaharianas, que atacan masivamente a los intrusos. A mitad del siglo XX, la imagen de la laboriosa y pacífica abeja empieza a ser sustituida por el mito de la “abeja asesina”. Esto se debe a un hecho histórico. El genetista brasileño Warwick Kerr quiso mejorar la producción de miel en América del Sur, y se le ocurrió mezclar a la subespecie africana Apis mellifera scutellata con la abeja melífera occidental, pensando que obtendría un híbrido más pacífico que la abeja africana pero tan productivo como la occidental. En 1956 importó abejas de África del Sur y Tanzania. Pero los híbridos “africanizados” se escaparon y manifestaron más el comportamiento de sus ancestros africanos que de sus pacíficos ancestros occidentales, mostrándose más aptas para reproducirse y enjambrar a toda velocidad que para producir miel, así que su territorio empezó a crecer de forma constante, hibridizando además a las abejas occidentales americanas. La “africanizadas” en 1975 ya estaban en la Guayana francesa, en 1986 llegaron al sur de Méjico, y en 1990 al sur de Tejas. En 2002 había colonias de abejas africanizadas en el sur de California, Nevada, Arizona y Nuevo Méjico. Los científicos piensan que avanzarán más hacia el este y norte de estos territorios, hasta que el clima les detenga, ya que son incapaces de almacenar suficiente miel para sobrevivir a los meses de invierno.

La imaginación popular se ha encargado de exagerar los problemas que estas abejas han causado. Su veneno no es más potente que el de las nuestras, pero atacan en grupo y son capaces de perseguir un kilómetro a los depredadores, aunque el ataque a humanos ha sido muy raro han adquirido la reputación de “abejas asesinas”.

De este modo, la imagen tradicional de laboriosidad comunitaria y pacífica de las abejas, símbolo de la fraternidad republicana, ha cambiado. Contribuyó también a ello el que en la era postindustrial el “espíritu de la colmena” simbolizara también el comportamiento desalmado de la masa o de la turba popular, el terror del enjambre irreflexivo, enceguecido y violento, que de manera impredecible puede atacar al individuo indefenso, o resulta fácil de alienar por el poder fanático de un tirano. La colmena, como una nación desprovista de imaginación y fantasía.

Lo cierto es que su función polinizadora es tan importante que si las abejas desaparecieran de nuestro entorno desaparecería la tierra tal y como la conocemos hoy. En el libro de Claire Preston se recoge el poema de Linda Pastan que imagina esta eventualidad: “La biografía de la abeja/ está escrita en la miel/ y se acerca su final.// Pronto el zumbido/ monódico del verano/ callará/ del todo;// las flores, mitigadas,/ arderán/ por última vez/ antes de apagarse”.

Bien triste es que corran malos tiempos para las abejas, pues los traslados masivos de estos animales para la polinización de vastos cultivos ha propagado plagas que las diezman; están expuestas a la agresión de los insecticidas; pero la peor amenaza es el monocultivo.

Para Maurice Maeterlinck (La vida de las abejas, 1901), el “genio de la colmena” nos enseña las virtudes del trabajo ardiente y desinteresado, la misma lección que nos ha trasmitido desde los tiempos de Hesíodo que apunta al principio menos visible y más vasto: el del futuro. Las abejas insisten con su decorosa conducta comunitaria, en que aprendamos a mirar más allá de nuestros intereses a corto plazo.

Para la autora, la abeja esculpida por Bernini y rota por el descuido o el energumenismo humano en la Fontana degli Api de Roma, resulta un símbolo descorazonador sobre nuestro mundo presente, un símbolo inquietante sobre el porvenir de las abejas, y el de nosotros mismos.

Viaje a las hormigas

Viaje a las hormigas

Viaje a las hormigas. Una historia de exploración científica de Bert Hölldobles y Edward O. Wilson, construida por sus autores sobre la monumental monografía The Ants (1990). Título original: Journey to the Ants. A Story of Scientific Exploration.

La versión española de la editorial crítica obtuvo un merecido premio al mejor libro de divulgación científica de 1996.

 

Hay otros mundos pero están es éste. El tópico se aplica bien aquí. Hay otros mundos con tal de que observemos con cuidado dónde pisamos, con tal de que nos detengamos a pensar en esos seres diminutos a los que despreciamos: las hormigas, pero cuya biomasa es cuantitativamente tan grande como la de esa especie que se llama vanidosamente sapiens-sapiens. Ya, yaLengua fuera… Las hormigas han vivido en la Tierra más de diez millones de sus generaciones; nosotros hemos existido sólo durante cien mil generaciones humanas. Y ellas apenas han tenido que evolucionar para sobrevivir durante los dos últimos millones de años. La desaparición de la humanidad (que actúa como una fuerza geofísica perturbadora) permitiría que los sistemas que ahora deterioramos se recuperasen rápidamente y floreciesen. En caso de extinción de las hormigas, el efecto biológico sería exactamente el contrario: catastrófico, los ecosistemas terrestres se marchitarían a medida que los servicios de estos insectos (diseminadores, limpiadores, exterminadores...) se redujeran.

Las hormigas son esas especies de avispas superevolucionadas que como nosotros hacen de la dependencia e inmadurez de sus crías el núcleo de su vida social. La reina sólo copula una vez, pero puede guardar los espermatozoides en animación suspendida durante años en una especie de “banco de esperma”, un saco oval situado al costado del extremo de su abdomen. En algunas especies, las hormigas reina son tan bravas que ellas mismas se arrancan las 4 alas para mejor cavar su nido y vincularse ya definitivamente a la tierra. Dependiendo más de condiciones ambientales que genéticas, la reina abrirá o cerrará los túbulos que conducen los espermatozoides hasta sus óvulos. Normalmente los mantiene abiertos y sólo nacen hembras, que o bien carecen de ovarios, o, si los tienen, son estériles. Si los óvulos no son fecundados entonces nacen machos, zánganos holgazanes que son como misiles volantes portadores de esperma. Sus hermanas amazonas los toleran por su capacidad de transmitir los genes de la colonia.

Dependiendo del desarrollo de la colonia, la cantidad y calidad del alimento o el estado físico de la reina madre, nacerán –en condiciones propicias- reinas vírgenes, o sea, hembras que alcanzarán la "entelequia" [diría Aristóteles] de la capacidad completa de reproducción y vuelo. Al parecer, las reinas saludables segregan ciertas sustancias que impiden a las larvas desarrollarse en reinas. La reina actúa así como soberana, no sólo “decidiendo” el sexo de sus retoños, sino también su casta.

La colonia es una familia, o sea, un superorganismo, cuyo "corazón" es la reina, tanto en el sentido hereditario como fisiológico. El linaje va de la reina madre a la reina hija, y de ésta a la reina nieta. Las hermanas estériles son los apéndices, la boca, el tubo digestivo, los ojos, el cuerpo del superorganismo... También ejercen un tipo de control último, “decidiendo” que hermanas vivirán y cuáles no. Ellas propagan sus propios genes a través de sus hermanas reinas: "altruismo interesado" [cfr. El gen egoísta de R. Dawkins]. Si la reina madre muere prematuramente, las obreras son capaces de crear una sustitución, pues algunos de los huevos y jóvenes larvas que sobreviven son capaces de desarrollarse en reinas si se les suministra una dieta adecuada. En algunas especies, las obreras también poseen ovarios y, si la colonia agoniza, unas cuantas de ellas ponen huevos no fecundados que se desarrollan en machos, pero la endogamia implica un elevado riesgo de muerte y esterilidad, pues las formas endogámicas son menos adaptables a los cambios del medio ambiente.

 

Siempre existen excepciones. La diminuta hormiga Faraón ha infestado las paredes de las habitaciones humanas de todo el mundo y posee reinas que sólo duran tres meses. Las colonias producen reinas continuamente, que se aparean con sus hermanos y primos en el interior del nido. Con esta estrategia las colonias son potencialmente inmortales. A veces, un grupo se separa y se aleja de otro acompañado por una o más reinas fértiles. Así han viajado de polizones en equipajes y cargamentos hasta hospitales de Londres o casas de Chicago, sin tener que dispersar a sus reinas y machos con vuelos nupciales. Las colonias con múltiples reinas fértiles pueden crecer hasta un tamaño enorme (millones de obreras). Las hormigas rojas y negras del género Formica pueden formar así superorganismos cuyo tamaño es teóricamente ilimitado, pues mientras que algunas reinas vírgenes regresan al mismo nido una vez que se han apareado, unas pocas emigran y establecen nuevos nidos. Una de estas supercolonias de Formica lugubris, cartografiada en 1980 ¡cubría 25 hectáreas! Pero la mayor sociedad animal registrada hasta la fecha la descubrieron Seigo Higashi y Katsusuke Yamauchi, una colonia de Formica yessensis se extendía en 1979 a lo largo de 270 hectáreas de la costa de Ishikari, en Hokkaido, con un total estimado de 306 millones de obreras y un millón de reinas, que vivían en 45.000 nidos interconectados. Como los imperios, estos casos son bastantes raros en la naturaleza.

Los aportes de los autores han sido decisivos en el campo de la comunicación hormiguil, basado sobre todo en múltiples feromonas con significados distintos. Algunas, como las hormigas tejedoras, han llegado muy cerca de emplear la sintaxis en su lenguaje químico, incluso modulan la intensidad de otras señales primarias compuestas de tacto y sonido para formar frases significativas. La mayoría de las especies son prácticamente ciegas, pero son máquinas de feromonas que emplean entre 10 y 20 “palabras” y “frases” químicas: atracción, alimento, reclutamiento, alarma, identificación de castas, reconocimiento de larvas, discriminación entre propias y extrañas, etc. Al lado de las hormigas, los humanos somos animales “microsmáticos”, capaces de diferenciar sólo unos pocos olores.

Pero no hay que idealizar a las hormigas. “Superan con mucho a los seres humanos en maldad organizada”; nuestra especie es, en comparación, dócil y apacible. “El objetivo de la política exterior de las hormigas puede resumirse como sigue: agresión incesante, conquista territorial y aniquilación genocida de las colonias vecinas siempre que sea posible”. Muchas especies de hormigas entablan guerras con colonias de su propia especie o con especies extrañas. Otras practican el parasitismo y el esclavismo. Y no es rara la guerra civil entre grupos de obreras partidarias de distintas reinas rivales.

En el Oligoceno, hace 25 a 40 millones de años, las hormigas ya habían proliferado en todo el mundo para convertirse en uno de los insectos más abundantes, como demuestran especímenes bien conservados en ámbar del Báltico. Hace 90 millones de años, todavía eran indistinguibles de sus hermanas las avispas. Sphecomyrma freyi –hormiga-avispa, un ejemplar encontrado en el ámbar de Nueva Jersey- medía 5 mm. de longitud y poseía un aguijón bien desarrollado con el que tal vez se defendió de los dinosaurios. Como las avispas, también las hormigas recogen dos tipos principales de alimento: néctar y presas (insectos) para dárselas principalmente a las larvas. Las avispas solitarias que inventaron las hermandades cooperativas de hembras cambiaron un poco su anatomía y se convirtieron en las primeras hormigas verdaderas. Actualmente hay más de 300 géneros que comprenden varios miles de especies.

¿Cuál es la clave de la cooperación? Los miembros del orden de los himenópteros (abejas, avispas y hormigas) heredan el sexo mediante haplodiploidía: los huevos fecundados, que son diploides (poseen dos juegos de cromosomas), se convierten en hembras; los huevos no fecundados, que son haploides (un solo juego de cromosomas), se convierten en machos, de lo cual resulta (como ya vio Hamilton) que las madres comparten la mitad de los genes con sus hijas, pero las hermanas comparten las tres cuartas partes de sus genes entre sí. Este parentesco excepcionalmente cercano entre hermanas se debe al hecho de que su padre procedía de un huevo no fecundado, por lo que sólo aporta un juego de cromosomas que obtuvo de su madre. De ahí se sigue que todos los espermatozoides que una avispa, hormiga o abeja dan a sus hijas son idénticos, por lo tanto las hermanas están más próximas genéticamente entre sí que en otras especies de animales, por lo que es más provechoso que un animal así críe a sus hermanas (con las que comparte tres cuartas partes de sus genes) que a sus hijas (con las que sólo compartiría la mitad). Que se preocupen poco por los zánganos se explica precisamente porque sólo comparten con ellos una cuarta parte de sus genes… Por lo que están más interesadas en invertir en nuevas reinas que en nuevos machos.

Hortelanas, hilanderas, ganaderas, parásitas degeneradas, las hay de todas clases y también sufren el engaño de diversos coleópteros capaces de imitar el olor a establo de la colonia o el aroma atractivo de una larva de hormiga, pero moscas, avispas, milpiés, ácaros, pececillos de plata y otros animales también explotan su laboriosidad fabulosa, aprovechándose de la simplicidad de sus códigos de comunicación.

Un caso sorprendente de parásito social  lo ofrece Teleutomyrmex schneideri, una de las hormigas más raras del mundo, que vive exclusivamente como huésped de otra especie de hormiga, Tetramorium caespitum en los Alpes franceses y suizos. El parásito carece de castas y depende por completo de las obreras del patrón. Las reinas son diminutas y pasan la mayor parte de su tiempo montadas sobre el dorso de sus patrones (ectoparasitismo). Naturalmente, poseen los estigmas del parásito: cuerpo débil y degenerado, cerebro y cordón nervioso simplificado. Los adultos sólo saben aparearse, volar distancias cortas, adherirse a sus patrones y mendigar, así como engañar al patrón produciendo señales químicas que les permiten ser aceptadas como familiares. Sin sus patrones, mueren enseguida.

Allí donde hay hormigas, sus especies han negociado con los insectos que se alimentan de plantas: pulgones, cochinillas, chinches u orugas de mariposas (licénidas y riodínidas). Estos animalillos ofrecen regalos en forma de secreciones azucaradas a las hormigas a cambio de su protección. Las hormigas ahuyentan a las avispas y moscas parásitas que de otro modo inyectarían sus huevos en el cuerpo de los pulgones, y expulsan a las larvas de crisopas, escarabajos y otros depredadores. Los rebaños de pulgones “trofobiontes” se hacen grandes bajo la protección de las hormigas,  a veces sus tutores los trasladan de un lugar a otro. Algunas hormigas incluso les construyen casas de papel masticado, o los llevan al interior de su colonia como miembros adoptivos. Las obreras del género Lasius mezclan los huevos de los pulgones con los suyos propios, dedicándoles las mismas atenciones que a sus propias crías. Esta simbiosis, llamada trofobiosis (vida de alimentación, en griego), ha tenido un gran éxito en los ecosistemas terrestres y ha contribuido mucho a la dominancia numérica de las hormigas y de  sus pupilos.

Poca gente sabe que de esa ligamaza (en inglés honeydew, ‘rocío de miel’) que secretan los pulgones para compensar a las hormigas por sus cuidados, elaborada a partir del floema que absorben de las plantas, recolectada por las abejas, está hecha la mayor parte de la miel que consumimos los humanos. O sea, que uno de nuestros alimentos favoritos es excremento de insectos elaborado en el tubo digestivo de otros insectos. En el caso de las orugas de las mariposas licénidas y riodínidas, regalan a las hormigas una ligamaza que fabrican en glándulas especiales. En la “niña catalana” (Lysandra hispana), la secreción contiene cantidades de fructosa, sucrosa, trehalosa y glucosa, cantidades menores de proteína y metionina (un aminoácido). Con eso, estas orugas ofrecen a las hormigas algo semejante a una “dieta equilibrada”.

Algunas especies de hormigas están entre los seres más extraños de la naturaleza. Baten todos los records, por ejemplo, el movimiento de cierre de las mandíbulas de Odontomachus bauri es el movimiento anatómico más rápido de cualquier estructura anatómica hallada por el momento en la tierra: entre un tercio de milisegundo y un milisegundo completo, más rápido que el salto de un colémbolo (4 milisegundos), la respuesta de huida de una cucaracha (40 milisegundos), el golpe de “zarpa” anterior de una mantis (42 milisegundos), el disparo de la lengua de un estafilínido (1-3 milisegundos) o el salto de una pulga (0,7-1,2 milisegundos).

 

Al contrario que nosotros, que podemos estudiarlas, las hormigas no son conscientes de la existencia humana. Sus extraños cerebros tripartitos procesan información recibida de unos pocos centímetros alrededor de su cuerpo, sólo recuerdan unos pocos minutos u horas de tiempo pasado, pero sin ellas la vida en este planeta sería otra cosa, más pobre y aburrida.

 

  

Mentes, Cerebros y Ciencia

Mentes, Cerebros y Ciencia

John Searle. Mentes, cerebros y ciencia (Cátedra, Madrid, 1985). Título original: Minds, Brains and Science. The 1984 Reith Lectures.

Como debe un filósofo, Searle plantea en estos breves textos, nacidos de un ciclo de conferencias, una cuestión muy general: la relación de los seres humanos con el resto del universo. Puede sonar pretencioso. Pero el problema es más próximo: hay cuatro rasgos de los fenómenos mentales que han hecho que parezcan imposibles de encajar dentro de nuestra concepción "científica" y materialista del mundo:

1) La conciencia, que es el hecho central de la existencia específicamente humana, puesto que sin ella ni el amor, ni el humor, ni el lenguaje, ni el derecho tendrían existencia ni sentido.

2) La intencionalidad, el rasgo que hace que nuestros estados mentales refieran a cosas que no son ellos mismos. Y cuando decimos estados mentales no referimos sólo a intenciones, sino a creencias, deseos, aversiones, sentimientos, emociones, etc.

3) La subjetividad, marcado por hechos tales como que yo puedo sentir mis dolores y tú no puedes.

4) La causación mental. Nuestros pensamientos causan efectos sobre el mundo físico o, al menos, eso creemos, y esa creencia también causa efectos...

Esos cuatro rasgos son rasgos reales de nuestras vidas, de nuestras existencias biológicas.

Searle pretende resolver el problema mente-cuerpo proponiendo dos tesis:

1) Todos los fenómenos mentales, conscientes o inconscientes, sensibles o intelectuales... están efectivamente causados por procesos acaecidos en el cerebro y en el resto del sistema nervioso.

2) Todos los fenómenos mentales son rasgos del cerebro y/o del sistema nervioso.

Es decir, los cerebros causan mentes y las mentes son rasgos del cerebro. Naturalmente, para admitir esto necesitamos un concepto de causación sofisticado y la distinción micro-macro para el cerebro. Así -aunque no sea muy elegante- podemos decir "este cerebro tiene sed", pero no podemos decir que ninguna neurona particular tenga sed. Aunque, en realidad, siento y experimento que soy yo quien tiene sed. La conciencia, la intencionalidad, la subjetividad y la causación mental son hechos científicos objetivos, propiedades reales de nuestros cerebros, aunque no podamos explicarlos exhaustivamente reduciéndolos a lo micro. Si estos hechos van en contra de cierta definición de la ciencia, entonces debemos abandonar esa definición, pues, por ejemplo, es un hecho que mi intento consciente de levantar el brazo causa el levantamiento del brazo.

La mente y el cerebro interactúan aunque no sean dos cosas distintas. El fisicalismo ingenuo (que reduce todo a las propiedades y relaciones de las partículas físicas) y el mentalismo ingenuo (que defiende la existencia sustantiva de la mente) son coherentes entre sí y ambos son verdaderos. Parece como si la mente y el cerebro sólo fueran una misma cosa si bien contemplada desde dos perspectivas distintas.

¿Pueden los computadores pensar? Es el problema de la segunda conferencia de Searle. La tesis "fuerte" de la Inteligencia Artificial (IA) es: la mente es al cerebro lo que el programa es al hardware del ordenador. A este respecto, como ejemplo de afirmaciones exageradas, Searle cita a Marvin Minski y a John McCarthy. El primero afirmó que la próxima generación de ordenadores será tan inteligente que tendremos suerte si nos mantienen en torno a la casa como animalitos domésticos. El segundo, que los termostatos tienen creencias.

Ambos olvidan que tener una mente es algo más que tener procesos formales o sintácticos. Nuestros estados mentales no son pura sintaxis, sino que tienen contenido. La mente tiene una semántica. El autor refiere a su célebre experimento mental de "la caja china". Que una máquina ofrezca outputs con traducciones del chino (inputs) no significa que una parte de ella o la totalidad de la máquina comprendan el chino. Esto no significa desde luego que, en algún sentido, nosotros mismos no seamos máquinas y que algunos de nuestros procesos mentales no sean de algún modo mecánicos. Lo que significa es que la mente no es reducible a la máquina, y el pensamiento humano no es totalmente computable. Por muy sofisticada que sea una simulación mecánica o computacional de procesos mentales, dicha simulación no incluye procesos mentales ni los duplica. Simular no es duplicar. A juicio de Searle toda la falacia de la "IA fuerte" descansa en la negación de la vida mental como un hecho real. Para que un mecanismo causara una mente tendría que tener poderes causales parecidos a los del cerebro. Por el momento, no se da el caso.

En el capítulo 3, Searle arremete contra la ciencia cognitiva y -de paso- contra la gramática de Chomsky. La tesis de Searle es fácil de enunciar: la mente funciona a veces como un ordenador, pero no es un ordenador. Detrás del comportamiento causal de una mente no tiene por qué haber un algoritmo, una teoría o una regla, como sucede en el caso de los ordenadores. "No tenemos ninguna buena razón para suponer que además del nivel de nuestros estados mentales y del nivel de nuestra neurofisiología se está desarrollando algún cálculo inconsciente". Por ejemplo, cuando reconocemos un rostro no aplicamos un patrón... Las neuronas no teorizan. Como metáfora del cerebro, el computador no es ni mejor ni peor que otras metáforas anteriores: la hidrológica, la de la máquina de vapor (que tanto influyeron en el modelo freudiano), la de la centralita telefónica...

En el cuarto capítulo, Searle contrasta la acción humana con otros eventos naturales. Primero, porque las acciones propiamente humanas no son reducibles a movimientos corporales (el mismo movimiento podría corresponder a un movimiento de danza o a una convulsión). Segundo, las acciones parecen tener descripciones preferentes. Si estoy dando un paseo por el campo, todo lo demás que sucede resulta impertinente respecto al sentido de mi acción intencional. Tercero, cada persona está en una posición especial para saber lo que está haciendo. Y cuarto, los principios mediante los cuales comprendemos y explicamos nuestras acciones forman parte de ellas mismas.

Las acciones humanas son intencionales por tres motivos: son sobre algo (su contenido), además tienen un "modo psicológico" o "tipo", y además causan efectos. Dicho de un modo clásico: son voluntarias y afectan a la realidad (externa e interna). La teoría de la acción ha de distinguir entre acciones espontáneas y acciones voluntarias, en las cuales se da algún tipo de premeditación, planificación y causación intencional. La premeditación es del tipo de razonamiento práctico, sobre cómo decidir mejor entre deseos en conflicto. Por supuesto, la fuerza motriz que está por detrás de la acción humana y animal en general es el deseo. Las creencias nos ayudan a calcular cómo satisfacer mejor nuestros deseos. Además, conviene también tener presente a la hora de estudiar la estructura de la acción humana que nadie tiene nunca sólo una intención. "La malla total de la intencionalidad solamente funciona en contraste con un background [origen, fondo, antecedentes] de capacidades humanas que no son, ellas mismas, estados mentales".

En el capítulo 5 Searle explica por qué las perspectivas y argumentos de las ciencias sociales en ningún caso pueden reducirse al modelo de explicación-predicción de las ciencias naturales. Nosotros jamás aceptaríamos la generalización (estadística) como explicación de nuestra propia conducta. El conocimiento de las regularidades puede ser útil, pero en absoluto puede explicar la conducta personal. No hay rasgo alguno que todas las conductas humanas tengan en común. Además, para un buen número de fenómenos sociales y psicológicos el concepto que nombra el fenómeno es, él mismo, un constituyente del fenómeno. Para que alguien cuente con el dinero, por ejemplo, hace falta que tenga una serie de creencias sobre lo que significan esos trozos de papel más o menos brillantes o coloreados. Tales términos, "dinero", "matrimonio", "sindicato", "religión", "revolución"..., tienen un género particular de autorreferencialidad.

Imaginemos el modelo reductivista propuesto por la neurociencias cuando asumen una metafísica fuertemente materialista... De hecho "Dinero" puede ser cualquier cosa que la gente use como o piense que es dinero, sean conchas de caracol, trozos de metal, o lucecitas en forma de dígito en la pantalla de un ordenador. Las actitudes que tomamos hacia estas cosas no están constreñidas por los rasgos físicos de los fenómenos en cuestión. Del hecho de que el dinero pueda tener un rango indefinido de formas físicas se sigue que puede tener un rango infinito de efectos estimulativos sobre nuestro sistema nervioso, constituiría un verdadero milagro que todos ellos produjesen exactamente el mismo efecto neurofisiológico sobre el cerebro.

En conclusión: las ciencias naturales y sociales son discontinuas porque los fenómenos sociales tienen un importante aspecto mental y porque la mente tiene también un importante papel creativo en dichas disciplinas. "El modo en que lo mental afecta a lo físico impide el que haya jamás una ciencia estricta de lo mental".

Es ilegítimo extrapolar el modelo de la etología animal al comportamiento humano. Si bien es posible suponer estados mentales conscientes en ciertos animales, carecen de la autorreferencialidad que va emparejada con el tener lenguajes humanos e instituciones sociales. La economía, por ejemplo, no puede nunca ser una ciencia independiente del contexto histórico, y lo mismo pasa con la lingüística; la cola que encuaderna sus tratados es la intencionalidad humana.

Por último, el capítulo sexto y último trata la questio disputata de la libertad o libre albedrío. Searle desea mantener tanto sus concepciones del sentido común como sus creencias científicas, y reconoce que cuando llega al problema de la libertad no es capaz de conciliar las dos. No cree que el indeterminismo en física al nivel de las partículas o subpartículas sirva de apoyo al indeterminismo metafísico: que no podamos conocer con determinación absoluta qué sucede ahí abajo sin afectarlo, no significa que exista la libertad en el universo, más bien parece como si todo lo que sabemos sobre física nos forzase a una negación de la libertad.

Y sin embargo tenemos la experiencia de la libertad, al sentir, pongamos por caso, que nuestra conducta no es predecible al cien por cien, en el sentido en que pueda serlo la de los objetos que ruedan hacia abajo por un plano inclinado. Lo prueba el hecho de que siempre somos capaces de falsear cualesquiera predicciones que alguien pudiera tomarse la molestia de hacer sobre nuestra conducta.

Típico enigma filosófico: de un lado, un montón de fuertes argumentos nos llevan a la conclusión de que el libre albedrío no tiene lugar en el universo, nuestra conducta nos parece libre simplemente porque desconocemos la complejidad de causas que la determinan. Por otro, una serie de argumentos igualmente poderosos basados en nuestra experiencia nos fuerzan a pensar que somos libres, pues la ética y el derecho tienen algún sentido para nosotros. Tenemos que admitir que la libertad humana existe al menos como "una esquinita del mundo determinado", aquella esquina de donde ciertos géneros de fuerza y compulsión están ausentes. ¡Parece como si tuviéramos que contener alguna entidad que fuese capaz de hacer que las moléculas se desviasen de sus trayectorias! A esta posición le podemos llamar "compatibilismo". Pero el problema que plantea el compatibilismo es que no responde a la pregunta: ¿podríamos haber actuado de otra manera, permaneciendo idénticas todas las demás condiciones?, de una manera que sea coherente con nuestra creencia en nuestro propio libre albedrío.

El caso es que no sólo hay causación de abajo arriba, de las moléculas a los estados mentales, sino también de arriba abajo, es decir, de los estados intencionales a las moléculas. Pero la causación de arriba abajo funciona solamente porque los eventos mentales, para empezar, están fundados en las leyes de la neurofisiología, o sea, porque se da una causacíón de abajo arriba... Círculo vicioso.

¿Por qué nos es imposible abandonar la creencia en el libre albedrío? Porque está ligada esencialmente a la conciencia. Es decir, a la experiencia de ocuparnos en acciones humanas, intencionales, subjetivas, voluntarias. La experiencia de la libertad es un componente esencial de cualquier caso en que se actúa con una intención.

Searle ensaya un tipo de compatibilismo aceptable, basado en la convicción de que el determinismo psicológico es falso, así es posibloe un compatibilismo que haga compatible el libertarismo psicológico y el determinismo físico, basándose en que la distinción apariencia/realidad no puede aplicarse a la existencia de la conciencia, pues si me parece que soy consciente entonces soy consciente [de esta manera emerge de su tumba el ángel cartesiano].

En conclusión: nuestra concepción mentalista común de nosotros mismos es perfectamente consistente con nuestra concepción de la naturaleza como un sistema físico.