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SIGNAMENTO

Cartas de un Maestro

Cartas de un maestro. Sobre la educación en la sociedad y en la escuela actual. José Penalva Buitrago. Biblioteca Nueva, Madrid, 2008

 

Rescatar a la educación del despotismo de las ideologías, la burocracia, el psicologismo, el pedagogismo y, en fin, las pseudociencias, va a ser como limpiar los establos de Augias: labor hercúlea. Todo el mundo cree entender de educación sin haber leído antes a los verdaderos educadores de la humanidad y, en algunos casos, sin tener siquiera una educación. Y todo el mundo culpa al magisterio y al profesorado si el “sistema” no funciona, y sin embargo, gracias al voluntarismo de maestros y profesores queda algo de educación pública, bastante, más incluso de lo que creen en el fondo los políticos.

Todos corremos de un lado a otro para realizarnos, hacer carrera, triunfar, ser felices o pagar la hipoteca… A los niños –y a los viejos- los hemos arrojado a los pies de los monitores desde los cuales se les halaga diciéndoles que tienen derecho a todo en un mundo en el que sobra con pagar un curso multimedia para aprender inglés, y basta darle patadas a un balón para ser un ídolo, o es suficiente acostarse con un famoso torero para alcanzar la fama, esa hermana bastarda y espectacular de la gloria... En este mundo mediático en que se impone la lógica de la apariencia y del espectáculo, virtual y más falso que una onza de chocolate, al maestro y a la profesora no pueden tocarle más roles específicos que el de hacer de aguafiestas... Obligan a madrugar, a concentrar las facultades, a olvidar la adulación del mentiroso, a mirarse en el espejo de la realidad, en el que soy uno de tantos, y lo que es peor: mandan hacer los deberes, cuando se me ha convencido de que no tengo más que derechos…

A la Educación no le faltan en España expertos y asesores, técnicos de despacho y cursillo, teóricos de relumbrón, diseñadores de consignas, inspectores e inspectoras, burócratas y editoriales. Lo que obviamente falta es reconocimiento para los que en ello estamos, toreando para sombra y para sol, enfrentándonos a los todavía no educados todos los días. Ya lo he dicho, todos vamos a lo nuestro, y la educación es no rentable, sus resultados no sirven para ganar las próximas elecciones, sólo cuentan a medio y largo plazo.

Con una legislación que ni siquiera reconoce la obligación del alumnado de obedecer al maestro y al profesor, y con unos educadores (me refiero muy especialmente a los que de verdad dan el pecho, no a los que están mirando), desacreditados por los Medios, tratados como reaccionarios, insolidarios o perezosos por sus gobernantes, o como meros instrumentos técnicos, o como vulgares proletarios que sólo se mueven por dinero y vacaciones, es un milagro que el fracaso social no convierta del todo el sistema educativo en un infierno, o que queden licenciados y doctores brillantes, dispuestos a jugarse la salud, e incluso la integridad física, en las aulas.

Donde hay poder, o abuso de poder, siempre se halla por fortuna alguna resistencia. El autor del libro que comento rompe una lanza a favor de los profesionales de la educación, reivindicando su protagonismo, a la par que los valores autónomos, trascendentes, humanistas y clásicos de la educación. Dicho en plata: 1) el educador no tiene que servir a la sociedad actual ni al político de turno, sino a la humanidad, es un funcionario de la humanidad en general, porque no es el sistema educativo el que tiene que adaptarse (o corromperse) según las tendencias sociales, sino las tendencias sociales las que deben ser corregidas desde los valores de la educación; 2) los principales valores de la educación no son la utilidad económica, ni la adaptación al medio, sino la verdad científica y el bien común: el conocimiento y civilización; 3) La educación es imposible sin disciplina, porque la libertad es imposible sin autocontrol, sin tamplanza, coraje, prudencia y sentido de la justicia (virtudes seculares -no religiosas- completamente olvidadas). O dicho de otro modo, no es posible educar al que no quiere ser educado, a quien no tiene la voluntad de mejorarse, bien porque prefiere la mentira y el placer inmediato, bien porque ya se cree sabio y perfecto, y ni siquiera reconoce -como Sócrates- al imbécil que lo habita.

Sin tecnicismos de brujo ni pedanterías de meritorio, José Penalva Buitrago cuenta que lo principal es que los niños crezcan en humanidad, lo mejor es sacar de cada uno lo mejor de lo que tiene, pero tal cosa es imposible sin esfuerzo, sin sacrificio y aversión a la mentira. El esfuerzo y la curiosidad cuentan más que cualquier técnica emotiva o cognitiva, conductista o contructivista.

La tesis del libro es que “la raíz del fracaso” está en una errónea consideración de la figura del profesor. Yo diría más bien que el meollo del problema está en la “desconsideración” generalizada hacia el profesor, su pérdida de autoridad (reconocimiento social).

Las Cartas del apócrifo maestro de Penalva se dirigen a una madre (sobre la disciplina), a un padre (sobre la familia y su principalísima función educadora), a un profesor “innovador”, a una adolescente (sobre el efecto perturbador de las pasiones), a una antigua alumna, a un sindicalista, a un investigador, a un constructivista y a un “comisario inspector”. Acaban con una hermoso canto a la esperanza.

Los niños sin disciplina confunden fácilmente su capricho con su opinión y su opinión con la razón. El constructivismo quiere que construyamos sobre una razón previa, del todo inexistente. Los padres y madres consentidores –con la complicidad de la tele, claro- fabrican tiranos y déspotas, dispuestos a sacarnos los ojos si no admitimos que sus ganas y su (mal) gusto son el criterio universal del juicio. Nada de fortaleza de carácter, nada de rebeldía auténtica: débiles pajarracos consumistas, aburridos siempre porque no tienen nada dentro para el tiempo, carentes de ilusiones, de fe, de amor y de esperanza. Tendrían que ser solidarios, pues se les ha enharinado en “solidaridad” desde la escuela infantil, tendrían que ser pacíficos, porque han celebrado el "día de la paz" en verbenas públicas, pero ni siquiera son capaces de sentir compasión, no tienen experiencia de la carencia y la violencia espectacular "les pone". Sólo les importa hacer lo que les da la gana. O sea, que no son libres ni autónomos, sino esclavos de su gana. Unas ganas que ni siquiera son suyas, pues han sido producidas industrialmente a domicilio y a bajo coste, por la Internacional Publicitaria.

¡Claro que hay que respetar la voluntad del niño!, como piden los psico-dema-peda-gogos… Pero ¡cuando tenga una voluntad! Nadie que sea esclavo de sus caprichos –y de las consignas publicitarias que cifran la felicidad en tener y no en ser, y la alegría en conducir un coche tuneado, en lugar de en ser capaz de disfrutar de los placeres de la lectura, la investigación y el arte noble… “Sólo el hombre que consigue dominar sus pasiones puede disfrutar realmente de la vida, porque es libre de querer y buscar lo que lo engrandece”. Por eso no hay más puerta de entrada a la libertad que la disciplina (la virtud propia del discípulo).

Es difícil que los niños respeten al maestro sin el respaldo de los padres y de los políticos. Los maestros han sido reducidos por los políticos a enseñantes, técnicos que aplican recetas que otros dictan –los teóricos y “científicos” de la educación, escaqueados de la tiza-  y que suelen quedar en jerigonzas psicopedagógicas y consignas políticas. Hay que negar la premisa mayor: la educación no es una ciencia –y mucho menos una “ciencia pura”-; es una práctica cívica, una artesanía y, en el mejor de los casos, un arte, una poiética  (una actividad inventiva, en parte creadora).

Muchos padres y madres están convencidos de que enseñar no es trabajar, y que los profesores no buscan más que sueldo seguro y largas vacaciones. La administración refuerza este punto de vista ofreciendo estímulos económicos si se mejoran los resultados académicos o buscando ampliar el horario lectivo (de guardería). Pero además, los padres también han perdido autoridad sobre los hijos y revierten su impotencia hacia sus profesores. Ellos no tienen tiempo que dedicarles –tienen que pagar la hipoteca, competir, triunfar en sus oficios y profesiones- así que -para eso pagan impuestos- tiene que haber técnicos cualificados que les eduquen a los hijos (se los guarden), mientras ellos trabajan o ven la tele, igual que un operario embute chorizos en una fábrica, aplicando un algoritmo exacto. Se olvidan que es imposible educar sin la existencia de un fuerte vínculo personal. La voluntad puede mover, pero es el ejemplo el que arrastra. Si los niños ven que en su casa reina un individualismo tan extremo que cada uno sólo busca lo suyo, lo que le gusta, su capricho, el placer inmediato, de nada sirve lo que diga la maestra o la profesora, repetirán el modelo que han visto en casa, ¿dónde y cómo se hallará entonces el compromiso comunitario, el diálogo responsable, el acuerdo vinculante, la responsabilidad compartida?…

Pero los políticos les han convencido de que ellos tienen derecho a dejar toda la responsabilidad de la educación de sus hijos a los especialistas contratados por el Estado. No tiene importancia que consintamos que en casa los hijos hablen un "cheli" de monosílabos, a base de un tercio de tacos, un tercio de insultos, un tercio de amenazas…, ya le enseñará a hablar correctamente el profe o la profe de lengua, a quien se tutea con descaro y de quien se espera motivación como si fuese un payaso mediático, en lugar de instrucción. Ya le enseñarán en la escuela a pedir las cosas por favor o a agradecer lo que se recibe gratuitamente… a eso le enseñará el maestro en su clase de educación para la ciudadanía, tal vez. Lo padres confunden su responsabilidad educativa –que no pueden atender porque ya se sabe que están muy ocupados comprando la felicidad en el super o trabajando para pagar la hipoteca- con el “derecho social” a tener guarderías, derecho que se prolonga hasta los dieciséis años, o más.

Como ha explicado Marina, lo cierto es que de nada sirve que nos tiremos los trastos a la cabeza y los profes culpemos a los políticos, los políticos a la coyuntura, los padres a los profes, los profes a los padres… Lo cierto es que la “tribu completa” ha de comprometerse en esto de la educación. Maestros y profesores complementan a los padres, pero no pueden sustituirlos. Deben hacer frente común si quieren que la generación emergente crezca en salud, conocimiento, alegría, inventiva y humanidad. Todos vamos en el mismo barco.

Comparto el punto de vista de Penalva respecto al más básico y elemental de los valores que han de presidir la cotidianidad educativa: la alegría… una jovialidad esperanzada, una confianza cordial, este es el clima que ha de reinar en el aula y sin el cual la educación no es posible. Si el profesor está amargado o se siente inseguro contagiará esas emociones, si siente entusiasmo por su disciplina será fácil que la contagie a algunos, si no a la mayoría. Y este clima, que es una especie de promesa de amistad (no amistad de hecho, pues maestro y discípulo no son iguales), es inasequible si hay niños y niñas encerrados/as allí a la fuerza, obligatoriamente, y empeñados/as en reventar la clase o imponer su despotismo nada ilustrado, como ya lo imponen en casa, donde cuentan con esclavos que les proveen de todo. Estos niños y niñas aprenderían más ayudando en las tareas domésticas, en el negocio familiar, o aprendiendo un oficio (esto lo añado yo), que obligados a aprender lo que creen que no necesitan…

Penalva afirma que no se debe desvincular la figura del educador de la del investigador: “la existencia de asesores pedagógicos de centros obra contra los verdaderos referentes de la profesionalidad, en la medida en que perpetúa la escisión “expertos externos” y “profesores”. Los políticos dicen que consultan a los profesores porque les pasan circulares para que rellenen casillas o encuestas con preguntas “selectas” (seleccionadas según sus intereses: los de los políticos, que suelen ser electorales)… Pues bien –se pregunta Penalva- “¿cuántos profesores pidieron la necesidad de asesores psico-pedagógicos? Esto no ha salido de la mente de los profesores. Es más, el asesoramiento externo es percibido por el profesor como una des-calificación profesional; su trabajo en el aula es juzgado por personas (orientadores) que, aunque están en los centros, no están en las aulas y no conocen los problemas reales, proyectando una serie de esquemas teóricos de colaboración”.  Dicho más sencillamente, el autor denuncia el divorcio entre reformas educativas y práctica educativa: el divorcio brutal entre la teoría educativa y la realidad de la educación.

Los “expertos” sostienen que si los profesores colaboraran con ellos se renovarían positivamente las prácticas educativas. Confían inocentemente en la “neutralidad científica” de sus recetas, de sus refritos psicopedagógicos (importados la mayor parte de las veces en malas traducciones, de países en los que ya han caducado), ¡como si la ciencias que incorporan lo humano a su objeto pudiesen prescindir de valores!… Su formación filosófica y su conocimiento de la historia de la educación suele ser insuficiente, cuando no muy deficiente: no han leído a los clásicos ni entienden que los seres humanos ni son máquinas computadoras, ni son animales que se muevan sólo por refuerzos externos, sino que aspiran a ser personas.

Por eso tal vez no comprenden que no se puede separar el método de su objetivo o  finalidad, ni los valores de los procedimientos y de los contenidos: pues “el cómo se enseña no se puede separar de qué se enseña”. Valores, por supuesto, pero también contenidos. Por mucho que la sociedad cambie, hay contenidos universales, atesorados progresivamente durante siglos y que no se conservan si no se los actualiza, aplica y recrea, como los mismos valores democráticos, que no sobrevivirán si no se conserva la capacidad de diálogo, si el lenguaje y la comunicación son sustituidos por el ruido. Me hubiera gustado que el autor se refiriera aquí al injusto desprecio de la memoria (músculo de la inteligencia), injusto desprecio de la gramática y de la tabla de multiplicar, injusto desprecio de la erudición…

La última raíz del humano –admite Penalva- es el deseo, así que no hay que destruirlo, sino sublimarlo: como autosuperación y voluntad de sentido. Los textos de Penalva tienen una vena lírica nada despreciable, y en ella se oyen –como un bajo continuo- los ecos inmortales del divino Platón: el viejo dilema entre una ética del poder, hedonista y utilitaria; y una ética de la educación (la propuesta por Sócrates en el Gorgias) que no mira sino hacia el Bien común como un horizonte utópico, pero razonable y posible, y exigible como un imperativo de justicia para la dignidad humana. Esta “segunda travesía” tiene su propia lógica y desprecia las satisfacciones menudas, haciendo virtud de la espera (¿o acaso no es la paciencia la virtud específicamente educativa, mucho mejor que la tolerancia, tan manida y sobrevalorada?).

Es ingenuo creer que la educación pueda mejorarse sólo a base de leyes, reformas incesantes, a gusto del consumidor o del partido que gobierna: “La fuerza de la ley, aun siendo necesaria, no es lo que vivifica a la sociedad”. Así como no es más justo quien más usa la palabra justicia, ni más igualitario quien aspira a igualar por abajo: “Los pobres tienen su cultura y hay que respetarla, dirán algunos, pero ¿cómo voy a respetar sus supersticiones, sus costumbres violentas y demás vicios sociales? ¿Cómo voy a respetar la política del cacique local, que con una mano le daba la ayuda social y con la otra le sumía en la dependencia y en el servilismo? El profesor debe estar con los más necesitados. Sí. El problema es cómo estar con ellos y no adaptarse a ellos. La educación verdadera les exige que se adapten a los verdaderos valores, saberes e ideales” (pg. 102)… Pero ¿qué sucede si no quieren?, ¿si se les regalan los libros y los pierden?, ¿si se les ofrece el duro camino de ascenso hacia la verdad y prefieren los placeres inmediatos que ofrecen la velocidad, el sexo y las drogas?

Un intelectual orgánico no puede esgrimir que sea preferible la ciencia que ha hecho una elite intelectual a lo largo de los siglos, a los rituales de iniciación de las bandas callejeras… Por eso el educador ni puede ni debe ser un intelectual orgánico. Tiene sus creencias, desde luego, pero ha de intentar lo de Julio Caro Baroja: creer poquito y sin faltarle el respeto a nadie, para que no se le vea el plumero. Su principal creencia ha de ser aquella que compartían tanto los grandes sofistas como Platón: que es posible siempre que el ser humano se haga mejor –por baja que sea su condición social o por inepto que haya nacido, según el oscuro azar de los genes-, que –una vez se domina la gramática- siempre será posible que el ser humano crezca en humanidad mediante la conversación amistosa y el diálogo constructivo (retórica y dialéctica), o sea, asistiendo a clase, atendiendo al profesor, preguntando, respondiendo, ejercitándose y estudiando…

El relativismo –al menos el más extremoso- es obviamente contrario a la educación. Si todas las opiniones valen lo mismo, si todos los pareceres y gustos son igual de respetables, entonces la administración bien podría ahorrarse nuestros sueldos (el argumento está ya en los diálogos de Platón). En educación, ni la opinión pública, ni el voto de la mayoría pueden ser la medida de todas las cosas. De hecho, la estructura académica, igual que la estructura profesional de un hospital, no puede ser democrática, sino que ha de ser "aristocrática", en el sentido etimológico de este término. En la Academia tiene que mandar el que sabe, lo cual –desde luego- no quiere decir que no tenga que dar razón de lo que hace, a los padres, a los alumnos, y a la administración, que a fin de cuentas es la que paga. Precisamente, la autoridad docente demuestra que sabe porque decide lo que hace por razones educativas, y no por caprichos personales o intereses particulares o sectarios.

La tolerancia es un valor, por supuesto, pero en educación lo es mayor el compromiso con valores universales (bien, verdad, belleza, justicia, humanidad). Los profesores no podemos ni debemos hacernos cómplices de lo intolerable: el desprecio a la verdad, la chabacanería, la violencia verbal, el despotismo de los caprichos, la arbitraridad de los deseos egoístas… Sin voluntad de verdad, de no equivocarse ni equivocar, no es posible ni “diálogo comunitario” ni puede existir “cultura del diálogo”. En nombre de un rusonianismo barato (y según Penalva, incluso mal informado de la obra de Rousseau), se olvida que por naturaleza, los seres humanos prefieren muchas veces, sobre todo si son niños, la mentira halagüeña, a la verdad, sobre todo si la verdad ofende a la vanidad y ofrece una imagen desfavorecedora de nosotros mismos.

“Conócete a ti mismo; o sea, apaga el monitor y confiesa lo poco que sabes y lo ansioso y ególatra que el monitor te ha vuelto” –tal debiera ser la versión actual del antiguo imperativo apolíneo. El problema no es tanto que los niños lleguen a las escuelas e institutos con nada de educación, asilvestrados, sino que llegan con una mala educación producto de técnicas de adiestramiento y persuasión previstas para adiestrar animales irracionales y depredadores crueles, que es lo que somos sin buena educación, reduciéndoles a consumidores conformistas. Para comprobarlo sólo es necesario encender la tele en los momentos de máxima audiencia o darse un garbeo por lo barrios bajos de la red de redes. Creer que los ordenadores van a resolverlo todo, que es suficiente con otorgar acceso universal a Internet, es la peor de las irresponsabilidades mercantiles y una bárbara estupidez demagógica. El problema no es el acceso a la información –todos tenemos demasiada ya a nuestro alcance-, sino la selección de la información o la producción de información propia. Y no puede haber buena selección sin criterio, ni criterio sin voluntad, ni voluntad sin ideales (ilusiones racionales). No hay creatividad sin nobles creencias.

La “pedagogía del abandono”, de dejar al niño suelto, olvida que la integridad, las virtudes y la excelencia, no son modos espontáneos de ser, y que un ser humano abandonado a sí mismo acaba siendo un ser humano sin principios, esclavo de estímulos exteriores y de pasiones interiores, puede que autodestructivas. Poner orden en los deseos requiere una dirección ideal, atención y respeto a la autoridad del maestro, porque el maestro no mira hacia sí mismo, sino hacia aquello que nos mejora. De hecho, los alumnos y alumnas no son conscientes de sus potencialidades hasta que el profesor se las muestra. Son capaces de razón, pero precisamente porque su pensamiento todavía está dominado por el deseo y la fantasía carecen de la aptitud para ordenarse racionalmente y han de ser dirigidos por otra inteligencia madura. Obedeciendo a quien comprende mejor cuál es su bien que él mismo, el alumno adquiere el dominio de sí mismo, entonces sí podrá empezar a construirse autónomamente, pero la autonomía –como la libertad- no es aquí un punto de partida, sino un punto de llegada, un ideal, un fin de fines.

El maestro es el eje de la enseñanza. “Dadme al maestro –decía Giner de los Ríos- y os abandono la organización, el local, los medios materiales, cuantos factores, en suma, contribuyen a auxiliar su función. Él se dará arte para suplir la insuficiencia o los vicios de cada uno de ellos” (cit. pg. 137). Ninguna herramienta puede sustituir el valor de su ejemplo, su vínculo personal con el alumno/a, como una promesa de amistad verdadera. Y no es sólo el profesor ni la profesora quienes deben adaptarse al rasero mental del alumnado, sino el alumnado, también, el que debe escalar su propia excelencia animado a ello por el profesor, pero mediante un esfuerzo propio. Lo que vale cuesta.

El relativismo del todo vale es pues un enemigo a batir porque es contrario a la educación que tiene por fuerza que ser conservadora, conservadora de la cultura civilizada (arte, ciencia, democracia), de la mejor tradición clásica,  para que el hombre nuevo sea capaz de crear una sociedad nueva y mejor sobre cimientos sólidos, ofrecidos por una tradición a la que no se puede acceder sin los rigores de la gramática. Así “el verdadero educador, como creador social, tiene su patria más allá. El único rey al que sirve  no es de este mundo o, mejor dicho, no tiene ningún dueño a quien servir en este mundo. Sólo puede resistir a los poderes de este mundo si refiere su hogar… más allá, en su conciencia” (pg. 106) (…). “El cambio real de sociedad no viene por la política, sino por “la educación” en sentido estricto (…), el cambio educativo vía BOE (o BOJA) es ineficaz, porque las leyes son incapaces de llegar a convertir la mentalidad profesional. Las normas formales son ineficaces ante las tendencias informales” (pg. 107).

Otro error que Penalva critica con dureza es el de trasplantar el modelo empresarial al ámbito educativo. Una escuela ni es, ni puede, ni debe ser una empresa. La comparación de los alumnos con clientes y de los profesores con obreros, o funcionarios, no sólo es reductiva, sino ofensiva. Culpar al profesorado del “fracaso social” y de la exclusión de los menos favorecidos es el colmo de la insidia, de la infamia. No puede extrañar que muchos profesores acaben desmoralizados cuando la administración renuncia a cualquier compromiso pedagógico en los medios de comunicación que maneja, mientras les vuelve la espalda a los educadores y los acusa de negligentes o reaccionarios.

La devolución al profesor de sus señas de identidad pasan por 1) que sean los mismos educadores los que piensen la práctica docente; 2) hacer interna al propio cuerpo profesional docente la comunidad de investigación educativa; y 3) otorgar verdadera autonomía educativa al cuerpo profesional de docentes.

O sea, algo tan elemental como autoridad racional y considerado respeto para una función tan imprescindible como sagrada.

 

Estructuras de la vida humana

Estructuras de la vida humana

 
El hombre (varón o mujer) no es para Julián Marías una realidad primera, sino una realidad radicada. Esto quiere decir que es algo que encuentro en algo previo y radical: "mi vida". El hombre, como el mundo, se dan en mi vida.

El hombre es un conjunto de estructuras empíricas que estudia la antropología filosófica.
 
Buscando sentido, puedo interpretar o teorizar (contemplar) la realidad de mi vida. Lo que obtengo por análisis es un marco de posibilidades necesarias, un conjunto de requisitos, o sea, de condiciones sin las cuales mi vida sería imposible ("condiciones trascendentales" en el lenguaje kantiano, o sea, que hacen posible la realidad de mi vida), "ineluctables", las llama Javier San Martín, o sea, contra las que no puedo luchar: corporeidad, sensibilidad, mundanidad, temporalidad, futurición, creencias, ideas, sociabilidad, historicidad... y estructura empírica .
Según Marías, la máxima condensación de esta estructura analitica de la vida humana la ofrece Ortega en su célebre tesis de 1914: "yo soy yo y mi circunstancia". La dos condiciones de existencia del yo ejecutivo son pues la circunstancia, como marco, escenario o mundo; y el yo (ese "segundo yo" de la tesis categórica), como quién, proyecto, pretensión o programa vital.
Resumiendo. La E. analítica es el conjunto de requisitos que descubro por análisis de mi vida (que es algo previo) en el que todo lo demás se radica, pues "mi vida" es realidad radical.
¿Cúáles son estos requisitos previos y dados? Los repito.
Corporeidad, sensibilidad, mundaneidad, temporalidad, futurición (capacidad anticipadora y proyectiva), creencias (en que me hallo ya instalado), ideas, socialidad, historicidad... ¡y estructura empírica! La estructura empírica es un requisito o ingrediente de la estructura analítica.
No puedo ser sin cuerpo, de ahí que las condiciones analíticas de mi vida sean trascendentales (condiciones de posibilidad). Puedo decidir desarrollar mis biceps levantando pesas, o mi memoria, pero no puedo decidir existir sin cuerpo ni sin memoria... [¿no sería también la representabilidad, imaginación y memoria, condición trascendental de mi existencia?]
 
¿Qué es la estructura empírica de la vida humana? Julián Marías pone un ejemplo: Cervantes, si leemos su biografía en una enciclopedia, se dice que quedó manco en Lepanto, que tuvo relaciones con una mujer, que de viejo escribió el Persiles, dando por supuesto: 1) que tenía dos brazos, 2) que era varón varonil, 3) que envejecía activo... no son requisitos tan amplios como la temporalidad, la sexualidad o la corporalidad, pero tampoco son contenidos azarosos o casuales, funcionan como supuestos de cada vida concreta y son previos a la singularización o concreción individual. Podríamos decir que son propiedades particulares de esta biografía, o de ésta, o de ésta, o sea, que son realidades circunstanciales que existen disyuntivamente (o...o...o): la vida humana es ésta, o ésta, o ésta. Y tiene que ser una de ellas.
Marías compara los elementos de la Estructura empírica con el aristotélico Ídion (de donde viene el término español "idio-sincrasia") o con el proprium de los latinos, o sea con la propiedad, como característica que tienen todos los individuos de una especie y sólo ellos, característica necesaria aunque no esencial (como la capacidad de reír o el bipedismo en el hombre). Admitiendo su proximidad, rechaza la idea porque ídion se refiere a propiedades de cosas, y aquí no se trata de una cosa sino de vida humana que no es cosa alguna sino una realidad dramática que es, al mismo tiempo, el área o ámbito en que se dan las cosas. Además, frente al carácter de "nota" que tiene el proprium, hablamos de una estructura, de un orden complejo...
La estructura empírica no es un requisito, pero pertenece de hecho a las vidas humanas en las cuales empíricamente la descubro y de una manera estable, aunque no necesariamente permanente. Le pertenece un cierto apriorismo, no respecto a las vidas posibles, sino respecto a las vidas reales. La vida humana es "así", aunque pudiera en principio no serlo. Este "así" tiene un carácter estructural y configurador.
La E. empírica es el campo de posible variación humana en la historia. La estructura analítica se articula de hecho en formas estables y duraderas, pero en principio variables, en las cuales se realiza.
Pongamos varios ejemplos: la temporalidad es un requisito analítico, pero la longevidad, o mejor, la esperanza de vida es un compomente estructural empírico. No es lo mismo vivir con una esperanza de vida de 40 años que con una esperanza de vida de 75 u 80, como sucede en la actualidad en muchos países. Los cambios estructurales de longevidad que están produciéndose en las sociedades avanzadas introducen variaciones insólitas en la totalidad de la vida humana.
¡No digamos en la corporeidad! con la posibilidad efectiva y empírica de introducir mecanismos cibernéticos en el interior de órganos, estirar la piel, curar la miopía...
Otro ejemplo: el requisito de circunstancialidad mundana. Cuando el hombre puso el pie en la Luna, la estructura empírica del mundo cambió para los hombres. El "mundo" ya no podría ser más lo que había sido, puesto que el "allí" de la Luna, pasó a ser un "aquí".
Marías concluye que entiende por Antropología la ciencia de la estructura empírica (antropología filosófica), mientras que la teoría de la vida humana como realidad radical sería la Metafísica.
 
Fuente
Julián Marías. Antropología Metafísica. Capítulo X. Alianza, 1970, 1998, Madrid. Nota bene: Ilustro la entrada con la misma estampa de Durero que sirve de portada al libro de Marías

LOS TRES ESTADOS DEL YO

LOS TRES ESTADOS DEL YO

 El primer mandamiento del humanismo debiera ser: “No tomarás en vano tu nombre propio”. Es lo que nos recomienda Juan David García Bacca (Antropología y ciencia contemporáneas, Anthropos, 1983). En nuestros días, único es cualquiera, y para confirmarlo se escriben los nombres de las personas con minúscula, en los créditos, en los apodos de las redes sociales de internet.

La negación del yo revierte a su afirmación, pues es el yo quien niega. Ya lo vio San Agustín, antes que Descartes: si fallor, sum. La verdad de yo es tan concreta como el aire que respira. No hay manera de aniquilarla. Aunque uno pueda encogerse de hombros –como Hume- cuando se pregunta por su propia esencia, o describirla como un teatro de fenómenos mentales. Por más que el yo pueda ser tan inesencial como menesteroso de contenidos ajenos, ahí está, tozudo, como soporte de todo cuanto pasa.

Una de sus propiedades paradójicas es que al yo todo se le convierte en universal cuando piensa o cuando habla, pero en realidad el verdadero nombre del yo es tan secreto que no se puede hablar de él en singular, so pena de hablar de El Singular, en universal. Tiempo y espacio real son determinados por la existencia del yo, aquí y ahora. El yo funciona como atmósfera en que todo lo otro, colores, sonidos, pensamientos… está sumergido. Existe como mí y en forma de mí, por esto mismo –aclara oscuramente García Bacca- el yo se empapa, impregna y embebe en cada cosa en particular y no queda aparte de ninguna.

Pues bien, como el agua, que puede darse sólida, líquida y gaseosa, el yo puede encontrarse en tres estados: el de uno cualquiera, el de particular y el de individuo.

Por mucho que mi cuerpo sea mío, su crecimiento y erosión difícilmente se pliega a mi arbitrio (¡ojalá!), sometido como está a leyes físicas y biológicas, es un cuerpo de tantísimos, es por eso, en rigor de realidad, un universal. Y deja de ser mío no porque yo lo abandone, sino porque me deja a mí, el muy ingrato, por su base fisicoquímica se deshace tanto que –bien a pesar mío- dejará de ser mío. El cuerpo de cada uno es un cuerpo cualquiera, tratado, como uno cualquiera, según leyes universales.

Es consistente por tanto que una época como la nuestra, cuyos sujetos se piensan sólo como cuerpos, escriba el nombre propio con minúsculas. Consistente y triste.

Mejor se impone el yo en el estado de particular. Los seres humanos poseen además de propiedades físicas, cualidades morales, religiosas, científicas, literarias, políticas, etc. Como particulares, deben ser miembros de un de una institución, partidarios de una opción política, fieles de una religión… ¿Cómo impone el yo su mismidad a la religión, al arte, a la ciencia, a la política? Estas realidades culturales se dejan hasta cierto punto poseer en forma personal, particular, y entonces puedo hablar de mi religión, mi arte, mi conocimiento…

El yo tiene que ser, por fuerza, uno cualquiera, debe ser un particular, y –esto es lo más grande- puede ser un individuo. A partir del Renacimiento, el yo moderno cree poder ser dentro del orden o estado individual. No todos desde luego, pueden llegar a ser políticos eminentes, artistas originales, inventores o reformadores religiosos… El Renacimiento se caracterizó, según García Bacca, por la exigencia de que el máximo número posible de seres humanos se ponga en estado individual.

Pero el dominio de la estadística disminuye al ascender de la categoría de cualquiera a la de particular y a la de individuo. El número de individuos ha crecido, pero no se cuentan por millones, como el número de buenos ciudadanos, buenos fieles, buenos particulares, mas se cuentan sin nombres propios o llevando en vano el nombre propio.

Y sin embargo triunfa el narcisismo, triunfa el egoísmo…

El egoísmo –nos previene el filósofo- no es tan sólo un feo vicio; es irrealizable, se queda en pura tentación o intención. Esto es así porque el proyecto filosófico de ser yo, un ente dotado de singularidad, de unicidad, únicamente se puede mantener en la esfera personal: de yo a yo, de yo a tú, de yo a otro; pero no en la esfera del yo frente a objetos.

La experiencia de quedarse uno a solas consigo mismo –maldición del egoísta- es la más desagradable experiencia que pueda darse. La soledad es la locura. Nadie puede ser perfectamente yo por mucho que acaricie esa idea. Hemos de admitir que podemos ser yo individual, debemos ser yo particulares y, sin evasión posible, somos uno de tantos, uno cualquiera. Si intentamos transformar todo en originalidad, en yo, hay que tener presente la frase orteguiana: “La dosis de personalidad se mide por la dosis de soledad que uno puede aguantar”. ¿Cuánta soledad podemos aguantar los modernos, asediados por radios, televisiones, ruidos, agobiados por la superpoblación, acostumbrados a la emoción segura de la canalla en el estadio…

“Me temo –concluye García Baccca- que podamos aguantar y nos dejen aguantar muy pequeña dosis de soledad; y seamos, por ello, los modernos, de muy pequeña personalidad”

Contra Heidegger

Contra Heidegger

Contra Heidegger

 

A pesar del título de esta entrada, no creo que pensar sea siempre pensar-contra -como sostienen Gustavo Bueno y sus epígonos más contumaces. Con uno de ellos discutía en 2001, en el espacio electrónico Symploké. Le comentaba que Nietzsche me parecía hoy un poeta sobrevalorado, un sofista muy expresivo al que se ha investido injustamente con el hábito del filósofo, mientras que contra Heidegger he pensado siempre que se trataba de un pensador mitificado por el papanatismo hispánico, dentro del complejo filogermánico.

La obra de Heidegger me ha perseguido siempre, he debido hacer trabajos sobre ella en la facultad, estudiarla en cursos de doctorado, me ha caído como un rayo divino en oposiciones de cátedra que he suspendido, y ello a pesar de que he sentido sin remedio un prejuicio instintivo antiheideggeriano. Cada vez estoy más convencido de que ese prejuicio es perfectamente saludable. Toda esa jerigonza pseudofilológica me ha parecido -incluso como filólogo-, y me sigue pareciendo hoy, muy vana, a la vez que peligrosa, inventiva, tal vez, pero culpablemente soberbia y tendenciosa.

Pero por dotar a mi prevención de un respaldo académico resumiré aquí la espléndida crítica de Jaspers:

1) El primer Heidegger era cientifista. Su superación del cientifismo no fue constructiva ni integradora. Su abandono de toda ciencia le llevó a un pensamiento que escapaba de todo control intelectual.

2) Como Hegel, y como el cientifismo, Heidegger acentuó el significado del concepto, en el horizonte de un lenguaje que sólo se preocupa de sí mismo, buscando el arte sin ser arte. El lenguaje se desprende así de las cosas llevando a "innumerables artificiosidades", a "extrañas figuras verbales", y a ocasionales "violencias".

El tan elogiado diálogo de la filosofía con la poesía en Heidegger no es más que un ademán lingüístico que sustituye a la penetración, un ensimismamiento cuchicheante. Sobre el pensamiento, en la línea de Nietzsche, se extiende una fatal estetificación. Ama la pose del poder, pero borra toda amabilidad en el decir.

3) Se trata de una filosofía que presume de verse exenta de todo deber de verificación y confrontación dialéctica, un dogmatismo irresponsable, que huye además de su confrontación con la propia vida, con la propia existencia.

4) No es de extrañar por ello que adolezca de una frágil conciencia metodológica, que no distingue entre descripción, estructuración y valoración.

5) El Heidegger maduro niega la indispensabilidad de las ciencias modernas para el filosofar. De este modo abandona una "condición de la dignidad humana", que subyace en el sentido de la ciencia, a saber: que el hombre no está abandonado a los poderes anónimos, a los demonios, ni al destino ni a la magia, y que no sólo percibe lo que no puede cambiar. Quien elude la ciencia "se ve obligado a hablar" demoníacamente de ella y de la técnica, satanizándolas.

6) Con el abandono radical de las ciencias Heidegger abandona también el pensamiento que las hace posibles: la filosofía como metafísica lógicamente fundada, que determinó el pensamiento de Occidente desde Platón a Nietzsche. La novedad de su pensamiento sólo atrae por su carácter profético, enigmático. Ni siquiera inventa como Nietzsche, una fundamentación fantástica, mitológica.

7) En realidad, este pensamiento es una forma moderna de gnosis, una forma de magia, como el lacanismo, como una parte importante del foucaultonianismo, como la deconstrucción derridiana, y muy probablemente (todo esto lo añado yo) como ciertas interpretaciones beatas del último Wittgenstein. El físico Alan Sokal se ha mofado con motivo de algunas de estas "posmoderneces".

Se trata de un pensar que desemboca en el irracionalismo del pronunciamiento, en donde la filosofía se pervierte en una política del secreto, se corrompe en un lenguaje esotérico que ampara privilegios de brujo, infalibilidades de papas encastillados académicamente con el pretexto de que conservan el arcano de una verdad y reparten un poder exclusivo, aristocrático, para “iniciados”: la filosofía como justificación para maleantes y depredadores simbólicos.

         8) Su artificiosidad acrítica armoniza con su ausencia de compromiso metafísicamente fundado: evasión del presente, olvido de sí mismo ante el saber gnóstico del ser, ante la magia de lo incontrolable, la voluntad nihilista de destrucción unida a una "actitud básica de lo dictatorial". Se construye así un tipo ideal y negativo de pensador, cuya magia gnóstica conduce directamente al nacionalsocialismo.

 

Quien esto enunció o argumentó (aunque la paráfrasis sea mía) en sus Notas sobre Heidegger, o sea Karl Jaspers, esperó durante dos decenios una palabra de Heidegger por la que éste, admitiendo su fracaso, se distanciase públicamente del fascismo con la misma libertad con que antes lo había abrazado, habiendo demostrado que no tenía dificultades en desacreditar a los adversarios teóricos (círculos liberales weberianos) con muletillas antisemitas, muletillas que podían y de hecho significaron para algunos el fin de sus carreras.

Jaspers aguardó en vano, bien porque Heidegger no quiso admitir que se hubiese equivocado apoyando aquella locura, bien porque ni siquiera se enteró de que se había equivocado.

A pesar de ello, en el otoño del 45, Karl Jaspers envió el primer número de "Wandlung" a Heidegger, con la esperanza de que éste diera señales de vida. Heidegger permaneció mudo y ni siquiera acusó recibo. Sin embargo, Heidegger animó a finales del 45 a una comisión universitaria de Friburgo, el denominado "Comité de limpieza" (no de sangre, desde luego) a que pidiera a Jaspers un dictamen acerca de él, muy probablemente porque esperaba que una palabra de Jaspers le sacase de sus dificultades.

Cuando pudo hacerlo, Jaspers propuso que se diera a Heidegger una pensión personal para que pudiese continuar su trabajo filosófico, aunque aprobó la destitución de su cátedra "durante algunos años". Nada resentido, Jaspers intervino en varias ocasiones a su favor, exponiendo los méritos de su antiguo amigo.

Todo eso no le impidió a Heidegger acusar a Jaspers de plagio, en un escrito para el admirable escritor Ernst Jünger.

 

Registro estos dictámenes y estas noticias, ahora como entonces, pensando, amigo, también en clave jovial y vitalista, que de poco vale un pensamiento que no esté complicado con los valores principales de nuestra vida.

        

Bibliografía

Karl Jaspers. Notas sobre Heidegger, Mondadori, Madrid, 1990

Amor Universal

Amor Universal

 

                    

              

              LA IDEA DEL AMOR UNIVERSAL

              De León Hebreo a Lovejoy

 

 

                                   "Ethos anthropoi demon"

                                      Heráclito

 

 

     "EL AMOR COMIENZA EN LA BELLEZA Y TERMINA EN EL PLACER"

 

     El género literario del tratado sobre el amor comienza con Ficino y termina con el aburrido didactismo de la con­trarreforma, disuelto en manuales para cónyuges católicos y  en idearios sacramentales. La única obra que puede conside­rarse tan original como el De Amore de Ficino son lo Diálo­gos de amor de León Hebreo. Toda la producción posterior es deudora de uno al menos de esos tratados. El amor es considerado en ellos como una fuerza universal a la que se contempla en virtud de su orientación impulsiva hacia lo bueno y lo hermoso. Estos objetos propios del amor son captados mediante las facultades humanas espirituales y corporales, ora la imaginativa e intelectual, ora la sensi­ble y placentera, muy especialmente a través de la vista y el oído.

     Las obras de Ficino y de León Hebreo marcan profundamen­te la sensibilidad cultural del Renacimiento. Sus poéticas iluminarán la base iconográfica de las obras de los principa­les artistas de la época: Botticelli, Miguel Angel, Rafael, Tiziano, como han puesto de manifiesto los conocidos trabajos de Panofsky y Gombrich…

     En su Commentarium in Convivium Platonis (De Amore), Ficino había afirmado que todo el universo se mueve por amor, por un deseo innato de atracción, por un principio de afinidad. La naturaleza entera resplandece en una armonía gigantesca. En torno a Dios, el Bien supremo, se mueve los cuatro círculos: entendimiento, alma, naturaleza, materia. Tenemos el Bien en el centro y la Belleza en el círculo. Estos trascendentales ideales son en verdad dos aspectos de un mismo Ser, como dos caras de un prisma perfecto. Uno, el Bien, es la perfección interior del ser mismo; la Belleza, por su parte, es perfección exterior o, como León Hebreo nos recuerda, la hermosura es "gracia formal, que deleita y mueve a amar a quien la comprende". "Lo hermoso es más aparente que lo bueno. Y lo bueno más existente que lo hermoso" (III, 173ss.,IG). Son dos partes de un mismo proceso: La bondad se ofrece a la sensibilidad y el deseo por medio de su divino resplandor, que es belleza. Pero la Bondad es el fundamento verdadero del crecimiento de la rosa, más que su hermosura efímera.

     Ficino introduce la espiritualidad en la percepción de la belleza natural. El amante vacila entre la mente y el tacto, duda entre los bajos sentidos y la razón. Pero el terreno del amante platónico es la vista,la imaginación: el spiritus. La mirada, espejo del alma, es incorpórea en sí misma. La imaginación, la fantasía, es la facultad que transforma las imágenes sensibles en otras más puras, per­feccionando las carencias y deformaciones existentes en el amado, mediante un progresivo movimiento de elevación, idealización o sublimación, regulado por el deseo de Dios (cfr. De Amore, Disc, 1º, III, y Disc. 6º, XVIII y XIX). El amor es la forma que se da la mente incendiada por esa aspiración a la perfección, por ese anhelo de hermosura infinita o -como dice León Hebreo- es el "afecto voluntario de gozar con unión la cosa estimada por buena" (I,7,IG). El papel de la imaginación es fundamental, porque cubre el hiato entre lo particular y lo universal, entre la sensibi­lidad y el conocimiento. Allí se realiza el salto del reino animal al humano.

     León Hebreo fue sin duda el intérprete hispánico más puro del neoplatonismo renacentista. Menéndez Pelayo dedica encendidos elogios al judío hispano en su Historia de las ideas estéticas en España, y trascribe el apellido de la familia de León Hebreo “Abarbanel”, en las páginas que le dedica en La filosofía platónica en España, III, en sus Ensayos de crítica filosófica (CSIC, Santander, 1948). Yehuda había nacido en Lisboa. José Luis Abellán, en su Historia crítica del pensamiento español, (vol. 2), trascribe el nombre de familia “Abravanel”.

     León Hebreo renueva la erótica de Platón buscando armonizarla con otras tradiciones (el rea­lismo peripatético, la teología y la mística judaica), y dotándola de una trascendencia ontológica considerable. Creemos que Menéndez Pelayo estuvo muy acertado al reconocer en el Armonismo el factor común de todos los grandes esfuer­zos de la metafícica española, desde Aben Gabirol y Lulio, pasando por Sabunde, hasta León Hebreo o Fox Morcillo. Se malinterpreta a veces dicho armonismo como "eclecticismo" o como falta de originalidad y de vigor metafísico, cuando en realidad subyace a todos estos esfuerzos el mismo impulso ontológico abierto en lo teórico por Parménides: la apuesta por la exis­tencia y el descubrimiento (verdad) del Ser, desde el supuesto de la unidad de la razón, añadidos esta apuesta y este supuesto al reconocimiento del valor de las diversas perspec­tivas descubiertas para el conocimiento y la comprensión por las diferentes escuelas. Su conciliación o acuerdo es una garantía de verdad y el mentado "eclecticismo" con que se las recrea no es otra cosa sino el afán de universalidad que es propiedad esencial de la auténtica filosofía y su ambi­ción suprema. Dicha voluntad de armonía y de concordia, de acuerdo y conciliación, es a la par un positivo efecto del sentido crítico frente al epigonismo crédulo y servil, y una prueba de libertad e independencia intelectual frente al gregarismo de las escuelas.

     Por eso los Diálogos de León Hebreo no pueden ser patrimonializados por ninguna confesión concreta ni por ninguna nación. Este ecumenismo, este cosmopolitismo ofrece uno de sus mayores encantos. Constituyen una monumental enciclopedia del mejor saber de su tiempo, originalmente concertada en una philo­graphía universal en que se "cohonestan" el platonismo del Banquete y del Timeo con oportunas mediaciones aristotéli­cas, sobre todo procedentes del peripatetismo árabe..., con la Cábala judaica, la Fons vitae de Aben Gabirol (el Avice­brón escolástico, a quien cupo el mérito de redactar la primera obra de metafísica estricta concebida en España)..., o con la Guía de perplejos de Maimónides y la sabiduría bíblica.

     Los Diálogos de amor forman parte de lo que Leibniz y Huxley llamaron Filosofía Perenne, lo que en ellos ha quedado irremediablemente superado por el tiempo, como el geocentrismo, o las especulaciones astrológicas y el animis­mo de los cuerpos celestes, queda salvado por el vivo senti­miento de la belleza con que se expone y el interés poético y simbólico de las alegorías, y por el ingenio y finura poética con que se las interpreta. El mismo geocentrismo de León Hebreo no puede ser ya confundido con el geocentrismo medieval. El verdadero centro de la concepción medieval del mundo era el Infierno; en el sentido espacial, el mundo medieval era literalmente diabolicocéntrico. La cosmografía geocéntrica propia del Medievo servía para la humillación del humano y no para su exaltación...

     León Hebreo deseaba restaurar aquella originaria inspi­ración en que la Metafísica y la Poesía, la Ciencia y el Arte, se confundían en una sola sabiduría universal. Una “Filografía” es una descripción de los efectos universales del Amor. En ella se enseña que esa fuerza magnética que mantie­ne unido al todo es la que mueve incluso a la materia prima, pues la materia, como un "meretriz", apetece sin cesar y per se ser abrazada por nuevas formas. El Amor es ese espíritu vivificante que penetra el mundo, poniendo justicia y armo­nía y enlazando en orden todas las cosas del universo, sean corpóreas o incorpóreas:

     «Verdaderamente -dice Sofía al final del 2º diálogo- el amor en el mundo no sólo es común a todas las cosas, sino que, aún más, es necesario, ya que nadie puede ser feliz sin amor». Así, «el mundo espiritual se une al corporal gracias al amor»... «El amor es un espíritu vivificante que penetra el mundo entero y es un vínculo que une a todo el universo» (186-7,DR(1)).

     Como ya hemos dicho, los diálogos de Judas Abrabanel, que tal vez fueran compuestos en Génova, precedieron e influyeron en los diversos libros de platonismo erótico-recreativo publicados en Italia y España desde la primera mitad del XVI: en los Asolani del cardenal Bembo, el El Cortesano de Castiglione, Nuncio de Clemente VII en España entre 1525y 1529, fecha de su muerte, en el tratado Del amor divino, natural y humano del botánico Cristóbal de Acosta, en el de Francisco de Aldana (Tratado de amor en modo platóni­co), en la Apología en alabanza del amor de Carlos Montesa, quien también tradujo la obra de León Hebreo, aunque su versión resulte menos elegante y clásica que la del Inca Garcilaso.

     En fin, esta filografía o disciplina amatoria fue una especie de filosofía popular en España e Italia durante todo el siglo XVI. Por un lado alcanza su expresión más alta en la bellísima oda de Fray Luis de León al músico ciego Salinas o en la teopatía mística de San Juan de la Cruz (2);  por otro lado encuentra su expresión más popular en la poesía erótica de Camoens, Herrera o Cervantes (en libro IV de la Galatea y en el prólogo de la primera parte del Quijote, con alusión directa). Seguramente, y por motivos obvios, la influencia del judío se confesaba menos que otras más "ortodoxas", aunque estuvieran penetradas por un paganismo tan flagrante como las del humanismo florenti­no, pero no por ello resultaba ser menor.

 

     EL PRINCIPIO DE PLENITUD

 

     Hace unos sesenta y cinco años, Arthur O. Lovejoy (1873-1962) pronunció en Harvard (Massachussett) unas famo­sas conferencias sobre la historia en una gran idea, que se han publicado en español con el título de La Gran Cadena del Ser (Icaria, Barcelona, 1983). En la segunda de estas charlas Lovejoy enfatizaba el hecho de que Occidente no sólo debe a Platón la forma, fraseología y dialéctica características del pensamiento "ultramundano" , sino que el platonismo también aportó la forma, fraseología y dialéctica características de la tendencia contraria: un tipo exuberante de inmanentismo o emanantismo… lo que Lovejoy llama "esta­mundaneidad".

     Lovejoy entiende por "ultramundaneidad" la creencia o el supuesto metafísico de que tanto lo genuinamente "real" como lo verdaderamente bueno tienen características esencia­les radicalmente antitéticas de todo lo que se encuentra  en la vida natural el hombre, o en el curso originario de la experien­cia humana, por normal, inteligente o afortunada que ésta sea. Desde esta perspectiva ultramundana, el resplandor de la pura y divina belleza del supremo Bien no podría devenir visión natural para un ojo sensible, ni realizarse en verdad en la existencia terrenal e histórica de los hombres, aquí abajo, `in hac lachrymarum valle’, como se dice en la Celestina, parte de defunción y último canto de cisne del ultramundanismo medieval hispano.

     Pero la misma suposición de que lo Perfecto es el prin­cipio generador de todo y el productor de conocimiento, pro­por­ciona a Platón la necesaria razón lógica de la existen­cia de este mundo, y ni siquiera se detiene en la afirmación de la necesidad y el valor de la existencia de todas las clases concebibles de seres finitos, temporales, imperfectos y corpó­reos. Así, aquel Dios más-allá-de-la-existencia, que, como Fin de todo deseo y de todo amor, nos ofrece la meta regu­la­tiva de nuestras acciones y su ideal inteligible, es también el Origen de las criaturas que lo desean y, por consi­guiente, también resplandece en cada una de ellas, ofre­ciéndose­nos  en la finitud de la "estamundaneidad", en una escala de gradaciones que llegan hasta lo más bajo de la mate­ria prime­ra, para ascender en belleza hasta los mismos cielos. "Te harás como dios en la medida de  tus fuer­zas­", es el imperativo cate­górico que se deriva de esta idea.

     La "ultramundaneidad" supone un exagerado dualismo, psico-somático en lo antropológico, maniqueo en lo ético, que equipara el mundo de la generación al puro no-ser (¡algo que nunca hizo Platón!, para quien el mundo visible era un orbe intermediario entre el ser auténtico de la idea y la inescrutable nada), y abre un abismo entre cielos y tierra, entre sensibilidad y entendimiento; mientras que la inter­pretación gradualista, "estamundana", busca poderes mediadores que comuniquen y sirvan de puente entre lo corpó­reo y perecedero y lo incorpóreo y eterno. Así, entre el mundo incorpóreo y el corpóreo media la imaginación, como enlace entre los sentidos y la inteligencia, que hace posi­ble la opinión verdadera; o el diálogo racional, como ascen­sión filosófica a la verdad (dialéctica), buscando el mutuo acuerdo; o la sublimación del amor como transformación perfectiva del amante en el amado.

     Nosotros estamos convencidos de que ésta interpretación estamundana, que preferimos llamar gradualista, de la teoría de las ideas es más fiel al pensamiento genuino de Platón, y mucho más coherente con el naturalismo clásico griego (hilozoísta o inmanentista). Platón jamás afirmó que el mundo sensible fuese una ilusión o una mentira. El dualismo ultramundano, nihilista respecto a la naturaleza, resultó de la apropiación, en parte maniquea, en parte cristiana, del neoplatonismo, perceptible, por ejemplo, en el segundo San Agustín.

     Según Lovejoy, es en el Timeo, el libro que lleva Platón en la mano en "La Escuela de Atenas" de Rafael, donde el ateniense emprende el definitivo viaje de regreso desde aquella región supraceleste del ser absoluto incondicionado, ultramundano, hacia la serie completa de los efectos en que se manifiesta (parousía) su ser real en el mundo sensible. De este modo, el amor vivifica la naturaleza entera como imagen sensible de Dios. El Demiurgo utiliza todas las clases para formar un mundo, pues forma parte de la natura­le­za de las ideas el manifestarse en existencias concretas, como forma parte del ser de las cosas sensibles su partici­pación en la luz. De no ser así, la conexión entre el kosmos noetós y el kosmos horatós, y la participación (méthexis) del segundo respecto del primero, resultarían incomprensibles. De este "descenso" del platonismo, después del ascenso (anábasis) de la República, resulta el principio de pleni­tud: la necesidad de todos los grados posibles de imperfec­ción. Las sombras en que se difunde según una infinita diversidad de grados. El mundo de las ideas en sí no era más que un orden de posibilidades al que le faltaba la gracia de la existencia. Esa gradualidad infinita de las sombras es mucho más que la pura nada de la infernal oscuridad medieval.

     El alejandrinismo y el neoplatonismo helenísticos habían sabido sacar místico partido de este principio. Así «el mundo es una especie de Vida que se extiende sobre un inmenso espacio, en el que cada una de las partes tiene su propio lugar dentro de la serie, todas ellas distintas y, no obstante y al mismo tiempo, continuas, y lo precedente nunca que por completo absorbido en lo que le sigue» (Plotino. Enéadas. V,2,1-2). Cuando Macrobio en el siglo V resume la doctrina de Plotino, emplea para referirse a la misma idea una metáfora que habrá de repetirse durante siglos: «el observador atento descubriría una conexión entre las últimas partes, desde el Dios Supremo hasta las últimas escorias de las cosas, mutuamente ligadas entre sí y sin ninguna brecha. Y ésta es la cadena de oro..., que Dios descolgó desde los cielos hasta la tierra» (Comentario al sueño  de Escipión, I, 14, 159).

     Es posible espiar en la obra de Abelardo un eco, anticipadamente espinocista, del principio de plenitud. En efecto, una de las herejías de las que fue acusado por Bernardo de Claraval consistía en enseñar «que Dios no debía impedir males, puesto que gracias a su beneficencia todo lo que sucede ocurre de la mejor manera posible» (13). Pedro Lombardo, en el  Liber Sententiarum, que fue un manual para teólogos durante siglos, condenó el razonamiento de Abelardo con una curiosa refutación que aclara las inevitables consecuencias panteístas de la posición que hemos llamado «gradualista» o «estamundana»: Sostener que el universo es tan bueno que no podría ser mejor equivale a «igualar la criatura a su Creador», que es el único a quien se puede adscribir legítimamente la perfección; no obstante, si se admite que el mundo es imperfecto, de ahí se deduce que hay posibilidades del ser y del bien que no se han realizado y que «Dios podría haber hecho otras cosas y cosas mejores que las que ha hecho» (lib. 4,I,dist.44,2). Desde entonces se  reconoció que era inadmisible aceptar el optimismo metafísico radical, implicado en el principio de plenitud, con el principio de «razón suficiente» que lógicamente lo sustentaba: todo lo existente podría ser explicado y/o justificado, todo lo posible lógico ha existido, existe o existirá verdaderamente.

     La posición de Tomás de Aquino será tan sutil como ambigua. Para Lovejoy, el Doctor Angélico elude abrazar el principio de plenitud sólo por inconsecuencia, puesto que sostiene que el poder divino comprende no sólo efectos  «diversos», sino una infinitud de efectos, a la vez que lo concibe como Causa Suprema verísima, nobilísima y óptima (4ª Vía). Era imposible que el Aquinate hubiera conseguido concentrar, sin caer en inconsecuencia, el «ultramundanismo» medieval y católico, con el «estamundanismo» naturalista, racionalista y pagano, que apuntaba ya en el averroísmo de su época, y cuyo triunfo él mismo preparó. No había manera de que la búsqueda de la perfección, definida absolutamente por el dualismo como lo contrario del mundo creado, pudiera armonizarse fácticamemte con la imitación de una Bondad que se complace en la diversidad y se manifiesta a sí misma en la emanación de lo múltiple a partir de lo Uno, y en las infinitas posibilidades de la creación, de un mundo que es imagen eterna de su Creador.

     El primer programa, el ultramundano, claramente dominante durante la Edad Media y procedente de la interpretación dualista y maniquea de Platón, exigía la pérdida de todo «apego a las criaturas» y culminaba en la contemplación extática de la indivisible Esencia Divina, hallando su continuación moderna en la mística contrarreformista y de modo sobresaliente y originalísimo en San Juan de la Cruz. El otro camino, ya apuntado prematuramente durante el sarampión del averroísmo, el estamundano, acaba triunfando con el humanismo del XV y el XVI, animando a los hombres a participar, a su manera finita, en la pasión o expansión creadora de Dios, a colaborar conscientemente en los procesos mediante los cuales se realiza la diversidad de las cosas, la "completud" del universo. Encontrará su expresión beatífica en ese gozo esteticista con que el sujeto renacentista contempla desinteresadamente en la Naturaleza el esplendor de la creación, igual que en la investigación científica de los detalles de la infinita variedad de los cuerpos naturales. La actividad del artista creador, y autocreador, será entonces el modo de vida humana más parecido al divino. Sobre la semejanza de Dios y el hombre en el acto creativo se basará la idea del artista como genio, concepción que ha perdurado hasta nuestro tiempo, aun degenerada en la originalidad sin canon o en la figura actual del artista-productor de la industria cultural.

     "En esto consiste ciertamente -escribe Marsilio Ficino- toda la fecundidad del alma, en que en su seno brilla la luz eterna de Dios, completamente llena de las razones y las ideas de todas las cosas, y hacia la cual el alma, cuando quiere, se vuelve por la pureza de su vida y por la máxima aplicación al estudio, y vuelta a aquélla, resplandece por las chispas de las ideas"(De Amore, disc. 6º, cap. XIII). Por su parte, León Hebreo, cuando describe la doble capacidad amatoria del alma, vuelta como la luna hacia el sol del entendimiento o hacia la oscuridad de la tierra, no se conforma con decir que el amor del entendimiento divino es superior al corpóreo, sino que propone la templanza como una moderación que consiste en un ten con ten, un obrar teniendo en cuenta ambos amores: El alma ama el mundo inferior a ella "para hacerlo perfecto al imprimir en él la belleza que tomó del entendimiento, deseara parir esta belleza en el mundo corporal, o como si tomara la simiente de dicha belleza para hacerla germinar en el cuerpo, o como el artífice toma los modelos de la belleza intelectual para esculpirlos en los cuerpos; esto no solamente le ocurre al alma del mundo, sino que lo mismo le sucede al alma del hombre con su entendimiento en el mundo pequeño."...

     Lo pequeño, en fin, también puede ser hermoso.

     Al principio del De revolutionibus orbium, Copérnico presenta los trabajos del hombre de ciencia como una forma de ascender por esta escala que nos eleva desde la belleza sensible a la belleza en sí... La dedicación a las ciencias naturales no se justifica porque se ocupen de las obras del Dios Creador, sino porque "ellas nos llevan, como un vehículo, a la contemplación del bien supremo". Esta misma concepción ya había sido expuesta por el español Raimundo Sabunde en su Theología Naturalis o Liber creaturarum (1480?), muy conocida en los albores de la edad moderna por la versión de Montaigne.

     León Hebreo, en el primero de su Diálogos, desarrolla la distinción entre el amor y el deseo, y distingue, siguiendo la  Ética a Nicómaco de Aristóteles, entre el amor deleitable, el útil y el honesto. Filón (el amante) presenta a Sofía (la amada) la perfección del amor honesto como amor a Dios y en Dios, porque el amor se realiza en el Bien, y Dios es la suprema bondad. La verdadera felicidad se encuentra pues en conocer y amar a Dios. Pero, para completar la relación de Lovejoy cuando investiga históricamente el desarrollo del optimismo virtual al que hemos llamado principio de plenitud metafísico (o de "completud" lógica), nos interesa mucho más reparar en el contenido del segundo diálogo, el cual versa sobre la universalidad del amor. No podemos entender que Lovejoy soslaye los Diálogos de amor en su historia de la idea "estamundana", mientras reconoce la importancia del pensamiento judío renacentista y de la tradición cabalística en la recombinación moderna del idealismo platónico, que ya no otorga un valor superior al Motor Inmóvil, sino, antes bien, al incansable principio activo que se manifiesta en transformación, devenir y diversificación. No obstante, en La gran cadena del ser, Lovejoy explicó cómo el principio de plenitud se transforma en Giordano Bruno en la noción de la "infinidad de los mundos", y sin embargo no reparó en León Hebreo, que es una de las fuentes inmediatas del italiano.

 

     EXPANSIÓN Y RETORNO

 

     El amor ata el cielo y la tierra como una gran cadena doble, como una fuerza bipolar que desciende desde las causas a los efectos y asciende desde los efectos a las causas. Al amor divino se refiere León Hebreo en el tercero de sus diálogos, no en el sentido del deseo de perfección propio de los mortales, sino del amor de Dios para con nosotros y "para todas las cosas que ha criado". Este amor de Dios no puede reducirse a la carencia ni puede haber nacido de la Penuria, ni debe suponer el reconocimiento de alguna falta, "porque Dios es sumamente perfecto, y nada le falta". Por consiguiente, o bien es un amor libre de deseo o, mejor, lo que sucede es que el amor divino no es deseo de perfección para sí, sino el deseo de que todas las cosas por Él producidas lleguen a ser perfectas, "mayormente de aquella perfección que ellas pueden conseguir, mediante sus propios actos y obras", como sería en los hombres por sus obras virtuosas y por su sabiduría (III, 166, IG).

     A León Hebreo se le plantea en este punto un grave dilema, o bien admite con Platón que Dios, al ser perfecto, no ama y que el amor, precisamente por suponer deseo e imperfección, no es Dios, sino un poder intermediario entre lo sensible y lo inteligible, lo mortal y lo inmortal, esto es, un Gran Demon, o bien, si admite un dios deseante y amoroso, limita su perfección haciéndole depender de la posible y deseable perfección de sus criaturas.

     En última instancia, en León Hebreo, como en Spinoza (otra ilustre inteligencia judía de origen ibérico), el mismo amor intelectual del alma por Dios no es más que una manifestación, una apocatástasis, un retorno, del amor de Dios a sí mismo, pues Dios "es un verdadero padre que engendra hijos, y después que los ha engendrado los mantiene con toda diligencia". Pero en León Hebreo la creación no implica necesidad racional alguna, ni fatalidad lógica, sino que es prueba de amor divino, un amor que ya no se determina como pasión por lo hermoso y apropiable, sino por lo puramente bueno en su universalidad. De esta manera, "amando Dios la perfección de sus criaturas, ama la perfección relativa de su operación, en la cual el defecto de la cosa obrada induciría sombra de defecto, y la perfección de ella ratificará la perfección de su divina operación: de donde dicen los antiguos, que el hombre justo hace perfecto el resplandor de la divinidad, y el inicuo lo mancha". Así que... "amando Dios la perfección, ama la perfección de su divina acción: y la falta, que se le presupone, no es en su esencia, sino en la sombra de la relación del Creador a la criatura: que pudiendo ser maculado por defecto de sus criaturas, desea su inmaculada perfección con la deseada perfección de su criaturas" (171-172,IG).

     De este modo, la unión de Dios y el mundo depende, ya no del esfuerzo divino, sino de la criatura. "Dios no desea su unión con las criaturas, como hacen los demás amantes, sino que desea la unión de sus criaturas con su divinidad" (172-173, IG).

     Desde luego, es difícil evitar oír ecos panteístas en los textos de León Hebreo, como un correlato teológico inevitable del principio metafísico de plenitud y completud; pero su extraordinaria sutileza dialéctica le evitan caer en la absorción espinocista de Dios en la Naturaleza. Como dice José L. Abellán, más que un panteísmo explícito, hay una evidente oscilación entre el monismo emanantista de raíz neoplatónica y el trascendentalismo judeocristiano.

     Mejor todavía lo explicó Suzanne Damiens: "Sin duda, León Hebreo ha resistido a la tentación del panteísmo, ya que sostenía la relativa independencia de las criaturas respecto del Creador, lo que da al trabajo de salvación, que las criaturas más inteligentes pueden realizar, un sentido de conquista personal, permitiendo al mismo tiempo que veamos en Dios, con más facilidad que en Spinoza, un Dios "persona" cuyo amor no es una necesidad estricta, sino que representa un acto de generosidad y de paternidad conforme a la caridad cristiana" (“Amour et intellect chez León L’Hebreu”, Toulouse, 1971).

     Si el armonismo es el contenido voluntario del humanismo, al que la ilustración de Kant llamará "buena voluntad", la clave del humanismo está precisamente en esta identificación de la dignidad del hombre con la oportunidad práctica de modificar y elegir su suerte, mejorando su destino, obrando con amor, retornando el mismo Amor que le produjo, devolviendo a Dios su generosidad creadora y gratuita labor, a la vez que se diviniza en su acción reproductora...

     Porque, ante la adversa fortuna, sólo la excelencia salva, y en el carácter del hombre, en esa doble naturaleza espiritual en que realiza su personalísima diferencia, radica su esperanza.                      

         

Nota bene

 

(1) Para las citas de los Diálogos de Amor de León Hebreo seguimos dos ediciones, la facsímil de La traduzion del Indio de los tres Diálogos…, hecha en casa de Pedro Madrigal, Madrid, MDXC (Sevilla, 1989), con introducción y notas de Miguel de Burgos Núñez. Hemos modernizado algo el texto y añadido para esta edición las siglas IG. La edición moderna de David Romano (Tecnos, 1986), introducida y anotada por Andrés Soria Olmedo la citamos DR. Los Dialoghi D’Amore fueron publicados en Roma en 1535 en italiano florentino. Se ha especulado con una primitiva edición en español o latín, pero no hay prueba de ello.

(2)v. J. Biedma “Hermenéutica del amor y la felicidad en la mística de San Juan de la Cruz”, Rev. San Juan de la Cruz, 2ª etapa, año X, nº 13-1994/1, pgs. 73-88.  

Ecos de Hegel

Ecos de Hegel

...en Juan Ramón

Readaptación poética del totalitarismo del espíritu. Panteísmo misticista de la conciencia o como queráis llamarlo; una hermosura más fresca que una tarde de mayo en la corola de un lirio:

     «Como en sueños, yo soñaba una cosa que era otra. Pero si yo no estoy aquí con mis cinco sentidos, ni el mar ni el viento son viento ni mar; no están gozando viento y mar si no los veo, si no los digo y lo escribo que lo están. Nada es la realidad sin el Destino de una conciencia que la realiza. Memoria son los sueños, pero no voluntad ni intelijencia. ¿No es verdad, ciudad grande de este mundo? ¿No es verdad, di, ciudad de la unidad posible, donde vivo? ¿No es verdad la posible unidad, aunque no gusten los desunidos por Color o por Destino, por Color que es Destino?»...

     «Allí la vida está más cerca de la muerte, la vida que es la muerte en movimiento, porque es la eternidad de lo creado, el nada más, el todo, el nada más y el todo confundidos; el todo por la escala del amor en los ojos hermosos que se anegan en sus aguas mismas, unos en otros, grises o negros como los colores del nardo y de la rosa; allí el canto del mirlo libre y la canaria presa, los colores de la lluvia en el sol, que corona la tarde, sol lloviendo.»

Poéticas formas en el Logos

Razón y creación confundidas

Trascendencia antidogmática

Trascendencia antidogmática

FUGACIDAD Y MISTERIO

En el número 12 (mayo 2001) de los CUADERNOS DE LA DIÁSPORA editados por la Asociación Marcel Légaut aparece una Invitación a la Lectura de Vaclav Havel y una Selección de Fragmentos del intelectual checo. Vaclav Havel, de formación autodidacta, fue influido por filósofos como Masaryk (1850-1937) y Jan Patocka (1907-1977). Este último había sido
discípulo de Husserl y fue maestro de Havel, jugando un papel decisivo en la publicación de la Carta 77, esa declaración emblemática de la resistencia a la ocupación soviética y a la ideología comunista, en la que Patocka escribió: "debe existir algo que fundamentalmente sea no-técnico y no instrumental".

En sus textos, Vaclav Havel se muestra muy poco dogmático pero fundamentalmente abierto a la trascendencia: "El ’sentido’ es para mí, más bien, un horizonte presentido, algo que no es: no lo entiendo en absoluto como algo tangible, denominable y concreto. Mi ’experiencia del mundo’ parece convencerme continuamente de la misteriosa multiformidad y de la infinita ’fugacidad’ del orden del ser".

ANTIDOGMATISMO

No es de extrañar que con estos presupuestos Havel se muestre partidario de un "pluralismo del saber". Su denuncia del dogmatismo y sus alienaciones es explícita: "Cuanto mayor es la esclavitud y el dogmatismo con que alguien se entrega a un sistema ideológico consumado, tanta mayor certeza hay de que entierra todas sus oportunidades de pensar y de descubrir en
libertad, y que aniquila la aventura de la mente: en la práctica, empieza a servir al ’orden de la muerte’".

Sin embargo, la denuncia del lecho de Procusto del sectarismo dogmático no debe arrastrarnos hacia el nihilismo. Hay en el pensamiento de Havel una sana abertura el Ideal Absoluto: "el contacto continuo con ese misterio nos convierte en seres humanos"... "cualquier persona que no sucumbe al ser-ahí es creyente". No obstante, "la fe, como estado de espíritu, no se puede ’materializar’ en algo acabado y dado de una vez y para siempre, que nunca más presentará problema alguno y a lo que uno no tendrá sino que servir, sin tener que volver, una y otra vez, a las preguntas elementales. Una materialización
parecida deja de ser fe en tanto que orientación hacia el ser, para convertirse en apego, en una orientación hacia los entes, las cosas y los objetos (por más abstractos que éstos sean), y, finalmente, en una forma disfrazada de sucumbir al ser-ahí".

Un ontologismo con resonancias heideggerianas, pero decidamente humanista. Havel predica la "responsabilidad hacia el todo". Especialmente relevante resulta hoy para nosotros su definición del...

FANATISMO.

"Es, precisamente, esa fe materializada, mistificada, fetichizada y, por eso, alienada". Se trata de un "error extraordinariamente atractivo para una mente perezosa, para un carácter débil y para cualquiera que, aunque se
opone visceralmente a apartarse del ser, al mismo tiempo sufre una falta total de coraje intelectual y moral (incluyendo el coraje de ir solo contra todo el mundo y renunciar a las ventajas de la posesión de ideas multitudinarias)"... "De esta manera el ser se ve sustituido... por una maqueta de sí mismo". "Cuanto más fanática es una persona, con tanta mayor facilidad cambia los objetos de su ’fe’". El fanático corta la cabeza a todo lo que trasciende o elude el proyecto dado, se le resiste o no puede ser explicado por él. El fin acaba justificando los medios. "La conexión entre el entusiasmo infantil, el racionalismo falto de ingenio y la violencia despiadada es harto conocida"...

"En otras palabras, un fanático es el que, sin darse cuenta de ello, sustituye el amor de Dios por el amor de su propia religión; el amor de la verdad y la justicia, por el de la ideología o doctrina o secta que prometen garantizar todo eso de manera definitiva; el amor de la gente, por el de un proyecto que afirma que sólo él puede servir a la humanidad".

LA REVOLUCIÓN EXISTENCIAL

"El hombre es la única criatura capaz de llevar a cuestas -de manera casi ’absurda’- lo que no tiene nada que ver con su ser ahí inmediato (o, al menos, no hasta un punto comparable con la medida de su afectación). Esta transgresión de todos los horizontes de la utilidad determinable se deriva directamente -al parecer- de su ’diferencialidad’ en cuanto ’ser separado’,
es decir, de su capacidad de experimentar el ser no sólo como la existencia de algo (útil o amenazador), sino también como algo que establece, conecta y une la existencia de todo, y por medio de lo cual, de hecho, a uno le acaba afectando cuanto existe"...

"El foco, o la matriz, digamos, de esta autotrascendencia humana es, y siempre fue, la existencia de los demás, experimentada, directa o indirectamente, de un sinfín de maneras...: sólo por medio del ’tú’ (el primer ’tú’, por supuesto, es la madre), sólo por medio del ’nosotros’ puede el ’yo’ convertirse en sí mismo: ése es el territorio de sus primeras
experiencias. En la proximidad y el afecto de los demás reconoce, por primera vez, su hogar". La utopía de Vaclav Havel apunta al "renacimiento de las relaciones humanas elementales", más que en la dirección de un socialismo, cuya
palabra y utopía se utilizaron en su país como una maza.

PALABRAS SOBRE LA PALABRA

En la Feria del Libro de Frankfurt, en 1989, agradeciendo un "Premio de la Paz" otorgado por los libreros, el actor Maximilian Schell leyó un discurso de Vaclav Havel, porque las autoridades prohibieron a Havel salir de Checoslovaquia.
En ese discurso se refiere a la ambivalencia de las palabras: "Al lado de una palabra que estimula a las personas con su libertad y veracidad, hay una palabra que hipnotiza y fanatiza, una palabra frenética, falsa, falaz, peligrosa y mortal. Una palabra-flecha". "La palabra es una fenómeno enigmático, ambiguo, ambivalente, engañoso. Puede ser un rayo de luz allí donde reina la oscuridad o una flecha mortal. Y lo peor es que ahora puede ser lo primero y, tan sólo un instante después, lo contrario, e incluso ambas cosas a la vez".

¿Cómo fue la palabra de Marx? Proyectó luz, pero también fue el germen de todos los terribles Gulags posteriores. ¿Y la de Cristo? Incluso el cristianismo más puro llevaba implícita alguna cosa que también abrió la caja de los truenos y el espacio a los horrores. Toda acción importante encontró su arranque en la esfera de la palabra, pero precisamente por eso, tal vez sea la desconfianza hacia las palabras y la conciencia del horror que puede gestarse en su interior la misión más propia del intelectual.

La tarea moral pasa por renunciar a la arrogancia que nos caracterizó históricamente, haciéndonos creer que comprendíamos a la naturaleza y podíamos hacer de ella lo que quisiésemos, o que éramos propietarios de la razón y podíamos planear una vida feliz para todo el mundo, eliminando a quienes no se sintiesen seducidos por nuestros planes. Pero Havel siente que aquella Palabra que había al principio de todo no era la palabra del hombre...

EL DESAFÍO DE LA POSTMODERNIDAD

Vivimos un periodo de transición que mezcla y combina culturas o enfrenta una pluralidad de mundos intelectuales y espirituales; una época en que todos los sistemas de valores, aparentemente consistentes, colapsan. Lentamente, emerge un nuevo significado. El dramaturgo Havel nos ofrece una imagen: "Para mí, el símbolo de esta nueva situación es la imagen de un beduino subido a un camello, vestido con ropas tradicionales pero con unos tejanos debajo, transistor en su mano y un soporte para la Coca-Cola en la giba del camello".

La civilización tecnológica es posiblemente la primera que en la historia humana se extiende al mundo entero "y une todas las sociedades humanas de manera firme, sometiéndolas a un destino común y global". No obstante, la relación con el mundo que la ciencia moderna fomentó y diseñó parece haber agotado ahora su potencial. En este mundo postmoderno,
casi todo es posible y casi nada es cierto. "Los conflictos culturales aumentan y son, comprensiblemente, más
peligrosos que en cualqueir momento anterior de la historia. El final de la era del nacionalismo ha sido catastrófico. Armados con las mismas armas supermodernas, a menudo procedentes de los mismos fabricantes, y seguidos de cerca por cámaras de televisión, los miembros de varios grupos tribales viven en guerra unos con otros. De día trabajamos con estadísticas y por la noche consultamos a los astrólogos y nos dejamos asustar por los vampiros y las novelas de misterio. El abismo entre lo racional y lo espiritual, lo externo y lo interno, lo objetivo y lo subjetivo, lo técnico y lo moral, lo universal y lo único, es cada vez más profundo."

CUANDO NADA ES CIERTO CONVIENE APOSTAR POR LA TRASCENDENCIA

La conciencia de que no estamos solos ni sólo para nosotros, sino que formamos parte integral de entidades más altas, es el factor común de todas las religiones. El imperativo del respeto universal de los derechos humanos no significa nada si no deriva del respeto hacia el milagro del Ser, del universo, de la naturaleza y de nuestra existencia. "Sólo alguien que se somete a la autoridad del orden universal y de la creación, que valora el derecho a formar parte de él y a participar en él, puede valorarse a sí mismo y a sus conciudadanos de manera genuina, y, por lo tanto, puede ser capaz de honrar sus propios derechos también."

"Trascendencia como única alternativa a la extinción. La Declaración de la Independencia afirma que el Creador concedió al hombre el derecho a la libertad. Y parece como si el hombre no pudiera llevar a cabo dicha libertad si olvida a Aquél que le dotó de ella"... "Los hombres deben venerar en Dios alguna cosa que les sobrepasa".


El diagnóstico de Havel recuerda el de Kolakowski: la crisis espiritual del mundo contemporáneo deriva del hecho de que el hombre actual ha perdido el respeto por una autoridad superior, digamos que supraterrena. Por tanto, no puede menos que perder el respeto a toda autoridad terrestre, tanto la de su prójimo, como, a fin de cuentas, la de sí mismo. Se trata de un
problema filosófico y no político.

Miscelánea y declinaje

Miscelánea y declinaje

Antes del 2002 me sumé a una lista de libros en la que también concursaba mi teleamigo Carlos Salinas, garantía de finura, de educada distancia y de seriedad irónica. Carlos et moi somos bibliófilos o conservadores de libros, como aquellos personajes de la novela Farenheit ? (?= siempre me he resistido a saber con exactitud la temperatura a la que arde el papel)... el papel como los bosques, se acaban, como seguramente la cultura del libro.

Has de saber, amigo, que el hecho de ser un bibliófilo no me parece ya ninguna ventaja, ni siquiera me ha parecido nunca una excelencia o virtud. Es más bien una manía, bastante insana, por cierto, propensa a causar fístulas sacrocosígeas y atrofias musculares, y puede que costosa también, particularmente si uno se aficiona a los libros antiguos o a las primeras ediciones. A mi juicio, el libro ha estado demasiado sacralizado, al menos en nuestra cultura. Hay una beatería del libro, como también una beatería del cuadro... ¿"Libros sagrados"? En principio fue el Logos o el Verbum... esa frase del Evangelio de Juan no significa otra cosa sino que en principio fue la Acción (y cito a Goethe, ¡cuánta pedantería libresca!).

 Pues bien, decía entonces, en 2002, para la lista de libros-leídos: 

 "Últimamente me disperso demasiado, pero he vuelto desde el monitor a lo que Borges llamaba "el ámbito ordenado de los libros", con renovadas energías...  Seguramente es posible darse a conocer por medio de las lecturas. Tal vez uno pueda conocerse mejor a sí mismo reflexionando sobre el porqué lee lo que lee. Uno es también -o sobre todo- lo que busca. Aspiraré así a conocerme mejor a mí mismo, aprovechando esta presentación para describir los libros que andan [¿los libros andan?, más bien reposan como el arpa de Bécquer, esperando un oído, como interlocutores pacientes], abiertos como frutos maduros, frutos secos de invierno -mejor que como flores-, por mi biblioteca y mesita de noche":

Biblioteca:

 - Volúmenes 3 y 4 de las Obras Completas de Ortega (mi mujer me las viene regalando por navidad, tomo a tomo, año a año). He trabajado el escrito de Ortega sobre Kant y un apéndice a El tema de nuestro tiempo.
 - Breton: Nadja. No puedo terminar esta traducción de Cátedra... lleva en el estante un montón de meses. Tampoco me atrevo a restituirla a su sitio. ¡Me faltan veinte páginas! Dejé inconclusa también la revisión de la traducción de L’amour fou; me desanimó que la publicase otra en Alianza. Quería que mi traducción ("nuestra", más bien pues me ayudó el catedrático Luis Diosdado) fuese la primera en castellano. De todos modos tengo que decidirme a concluirla y, tal vez, la publicará la UNED con mis comentarios críticos, algún día. Si me decido a terminar su revisión.
 - Jaspers. Filosofía de la existencia. He releído algunas páginas sobre Realidad. Estoy trabajando en un informe sobre los trascendentales. Casi estoy obsesionado con él. Complementa el que le mandé a Carlos sobre las categorías.
 - Jaspers. Origen y meta de la historia. Proyecto para los próximos días: una síntesis de la crítica a la técnica que hace Jaspers en esta obra. Tal vez la trabaje con mis alumnos.
 - Fundamentos de Contabilidad. Ángel Muñoz Merchante. Se trata de utilizar este manual para interpretar el balance de la cooperativa oleícola de la que soy tesorero.
 - María Zambrano. Claros del bosque. Mi correspondencia con Lourdes Rensoli, muy zambraniana ella, ha hecho que relea algunas hermosas -y demasiado crípticas y conceptistas- páginas de esta obra. Definitivamente he demorado la primitiva intención de escribir sobre ella.
 - El sueño consumista. Un informe didáctico de la Junta de Andalucía, para formar la conciencia crítica, sobre tópicos "apocalípticos"...
 - Leibniz. Discurso sobre la teología natural de los chinos. Trad. e introducción de Lourdes Rensoli. La introducción me está pareciendo muy interesante, correctísima, aunque tal vez demasiado erudita, si es que puede haber un colmo de la erudición.
 - Gustavo Bueno. Televisión. Apariencia y Verdad. Está virgen. Gustavo es demasiado escolástico (escolástico inverso o converso).                                                                                                                                                                                                         
- Cerca de la Matemática. Un manual de Alhambra, logicista, que estoy trabajando para intentar comprender ciertos pasajes sobre Cantor del reciente libro de...
 - Jesús Mosterín. Los lógicos. Ahora estoy a vueltas con Gödel.
 - Antonio Pasquali. Comprender la comunicación. Me ha sorprendido la fuerza teórica de este venezolano. Encontré alguna entrevista suya en Internet. De este libro me han interado sobre todo las adaptaciones al estudio de la comunicación que hace de las categorías kantianas de relación (subsistencia, causalidad, comunidad).
 - Kant. Crítica de la razón pura. Al cabo de los años he tenido que reconocer que es preferible esta edición de Ribas (Alfaguara) a la de mi paisano Manuel García Morente (Porrúa). Ha formado parte de las referencias para el informe sobre los trascendentales. ¡Kant es un gigante de la reflexión!

 Mesita de noche:

- Ciencia Ficción. Cuarta selección. Bruguera. Un viejo libro propiedad de una persona ya fallecida. Me lo ha prestado la hija del finado;  su padre, farmacéutico, era, como yo, muy aficionado a este género de épica fantástica.
 - Gene Wolfe: la quinta cabeza de Cerbero. Curiosa novela futurista con toques surrealistas y poéticos. Hecha como de tres piezas. Creo que no pasaré de la segunda.
 Michael Perelman. El fin de la economía. Muy interesante y, a mi juicio, acertada, su tesis de que la matemática juega en la economía como una retórica academicista, siendo bastante inútil -al menos en sus formas más sofisticadas- en la práctica empresarial, simplemente, porque nuestras decisiones en general no son racionales. Hay también aquí una fuerte
técnica de la creencia básica de la ciencia económica clásica: la excelencia del mercado libre y de la libre competencia (que no sé por qué se traduce por "competición"). El mercado dejado a su irracionalidad es simplemente ruinoso para la dignidad de las personas y la riqueza de las naciones.

Nota:  La comedia humana, la obra completa de Balzac fue publicada por la Editora Lorenzana, Barcelona, 1969. Yo tengo el tomo VI porque me lo apropié de la biblioteca de mi tío Fernando (Rip), bajo el principio de que "los libros son para quien los lee". No por casualidad, tal volumen contiene "El tío Goriot".

Declinatio: Ahora -como el arpa de Bécquer-, sólo reposan dos libros en el atril de la biblioteca, y uno en la mesita de noche. Me cuesta concentrarme, y me he vuelto un lector más lento de lo que siempre fui.

 Saludos
 José Biedma