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La perfecta casada de Wolitzer

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Meg Wolitzer. La esposa.Traducción de Enrique de Hériz.Rocaeditorial, Barna, 2004.

 El arranque de esta novela, trepidante, duro, ágil y atrevido, promete más de lo que luego ofrece. Después, la narración se vuelve algo plana y reiterativa. Al final, la autora te regala una sorpresa poco creíble.

A la esposa perfecta, protagonista de la historia, el escritor Joseph Castleman, nacionalmente famoso e internacionalmente considerado, se lo debe todo.La esposa ha sacrificado una carrera independiente y una vida propia por el bien de su marido y de sus hijos.

Espero que la Wolitzer no pretenda generalizar su dictum de que todos los hombres, y muy especialmente los intelectuales, somos niños grandes. El implícito y explícito feminismo de la obra, que reniega de la “literatura femenina” y denuncia la especial dificultad que tuvo y tiene la mujer para acceder al "cotarro" en el mundo de la Literatura con mayúscula, pone el acento sin embargo en la esencial masculinidad de la gran tradición literaria. Lo cual no deja de ser un tanto contradictorio.

Desde luego, eso armoniza con el complejo perfil psicológico de la protagonista, que, siendo alumna, se enamora del profe universitario, y luego ejerce de abnegada y burlada esposa, la misma que narra en primera persona y que -muy femenina a pesar de todo-, no sabe muy bien lo que quiere, o, si lo sabe, no toma las decisiones pertinentes, o, si las toma, lo hace demasiado tarde o no las lleva a efecto en absoluto.

También tiene su enjundia y justificación la sátira de la vanidad literaria, presente de cabo a rabo en la novela, el vedetismo de los novelistas famosos, su charlatanería, su alcoholismo, muy usamericano, la envidia y competencia por obtener los máximos galardones.

No puedo comprender cómo el crítico Lorrie Moore pudo afirmar que se trata de una novela "alegre". Para mí, hay mucha amargura tanto en su fuerte inicio como en su melancólico e hiperbóreo final. Perfecta y complaciente esposa hasta el acabose, su tono es de principio a fin el del desencanto, pero jamás revelará secreto alguno que rebaje la categoría de su marido. Me recuerda a esas esposas tradicionales que insultan o golpean a su marido pero no consienten que ninguna otra mujer haga lo mismo.

Quizá sea esa misma amargura la que da que pensar sobre un papel, el de esposa leal y madre atentísima, tan maltratado socialmente y tan distorsionado (baste ver las imágenes que aparecen en Google si pones la palabrita "esposa" en la celda). Lo de "mi señora", lo de "la dueña" parece haberse perdido en un pasado casi medieval. Una esposa, hoy, o es "sierva maltratada" o "vampiresa" roba-hijos y roba-bienes, tras una separación traumática. La mayoría de los esposos y esposas no tienen nada que ver con estos espectaculares extremos, por supuesto. Pero nuestra sociedad lo es del espectáculo. Los elogios de la perfecta esposa genérica, universal, se envuelven –también en la novela- en escépticos estereotipos y sarcástica retórica. Ellas no parecen poder vivir bien ni con ellos ni sin ellos.

Me han encantado la traducción y la edición (he detectado con prurito profesional sólo una errata), en buen papel y con una letra tipo Aldus que es una auténtica delicia. Esto también cuenta. Tal vez cuente cada día más, cuando se abaratan y multiplican las ediciones digitales. 

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