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Rosa cándida

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Audur Ava Ólafsdóttir.

La primera letra de, en el nombre de esta islandesa, lleva una especie de cruz en su hampa, un trazo que parte la cresta del grafema. No he podido encontrar un símbolo así en los caracteres especiales de mi programa Word de tratamiento de textos. El islandés es una lengua germánica septentrional relacionada con el feroés y los dialectos noruegos de quienes la empezaron a habitar esta isla lejana en el siglo IX. El mundo nórdico, “la últimaThule” de los medievales, parece así el fin del mundo, el extremo hiperbóreo de Europa, donde no paran de soplar galernas y barren el volcánico país continuos temporales. Allí es muy difícil que crezca algo, pero la vida se abre paso si se la cuida lo suficiente.

La autora de Rosa cándida es profesora de historia del arte en Reikiavik y directora del museo de la universidad de Islandia.

“Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres ser feliz un año, cásate; si quieres ser feliz toda la vida, métete a jardinero”, sentendia un proverbio persa. El protagonista de Rosa Cándida (Alfaguara, 2011) tiene un nombre impronunciable y podría hacer suyo el sentido de ese proverbio. Su padre le llama cariñosamente Lobbi, Addi, Dabbi. Y a pesar del consejo paterno de que estudie en la universidad algo relacionado con la botánica o las ciencias de la vida, a pesar de sus excelentes notas y de su talento para el latín y los idiomas, Lobbi decide ser jardinero. Una vocación que le viene de su madre, fallecida en un accidente de tráfico, hada madrina de un jardín y un invernadero que es envidia de todos, en un mundo inhóspito, rocoso y helado.

En la novela no pasa nada del otro mundo. Una hija accidental, un viaje a otro país para rastaurar el jardín de un monasterio con una rosaleda legendaria, una operación de apendicitis, un viaje de mil kilómetros a través de bosques espesos e inacabables, el contacto con una enfermera, con una amiga del colegio y con una chica desconocida que habla otra lengua.

Rosa Cándida (Afleggjarinn, en su título original, 2007) obtuvo el premio Fjöruverdlaun (esa de lleva también un trazo en su cresta), especializado en literatura femenina. Tengo mis dudas de que exista algo así como “literatura femenina”. Prefiero hablar de buena y mala literatura. Además, esta novela ha sido descrita precisamente como une "ode à la sensibilité masculine". Y no importa que sea precisamente una mujer la que exponga así, con literaria maestría y aparente sencillez, algunas de nuestras posibilidades menos reconocidas.

  Además, la novela cuenta no tanto cómo se sienten las mujeres, sino como se siente un nuevo tipo de varón que debe aprender a cocinar, a vestir y lavar a su niña, a tener en condiciones la casa si quiere conservar a su pareja, así como los temores y deseos de su padre viudo, setentón, con un hijo autista y otro veinteañero a punto de saltar del nido, pero sobre todo los de un joven nórdico, pelirrojo, que debe y decide hacer compatible su amor por las rosas y la jardinería con sus imprevistas responsabilidades familiares…

Un joven que desarrolla su sensibilidad de adulto, al margen de estereotipos y convenciones, ofreciendo así un nuevo paradigma masculino en el que hay que negociar las faenas domésticas según las circunstancias. Alguien que contempla la compleja emotividad femenina desde la perplejidad y la fascinación:

 Es evidente que aquí vive una mujer: todo está lleno de trastos inútiles, candelabros, tapetes de encaje, incienso, cojines, libros y fotos, que he de tener cuidado para no mover de su sitio… Cap. 10.

 Las mujeres tienen memoria de elefante y son muy sensibles al poder de todo lo insólito que pueda haber sucedido en sus familias a lo largo de los últimos doscientos años… Cap. dieciocho.

 Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco… Cap. 60.

El protagonista concluye:

 Ser hombre es poderle decir a una mujer que no tiene de qué preocuparse. Cap. 50.

  La delicada, compleja interacción, muchas veces silenciosa, entre los personajes, sus almas y sus cuerpos, constituye la interesante sustancia de esta obra exótica y encantadora, en la que todo el mundo es bueno, como rosas cándidas (flores de un rosal sin espinas), incluido por supuesto el prior del monasterio, el padre Tomás, discreto bebedor, políglota y cinéfilo.

Los monjes, más interesados por los libros, se han olvidado del jardín, con su rosaleda en la que florecieron centenares de especies de rosas, algunas rarísimas, más que en ninguna otro jardín del mundo. Pero, tras el trabajo del jardinero protagonista, descubren lo saludable que es salir y disfrutar de su jardín, que acabarán pensando en abrir la público e incluso al turismo.

Todos los personajes parecen nadar en una burbuja pacificada y mística (como la rosa de ocho pétalos que el protagonista quiere plantar en el jardín remoto), en la que los iconos religiosos adquieren un nuevo sentido y valor, al margen de los viejos dogmas, un sentido que se confunde con el de la infancia de Flora Sol, la hija del protagonista, una vida que florece, a pesar de los intereses diversos de los protagonistas, contra el viento y la marea del individualismo al uso, y en mitad de una sociedad envejecida.

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