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“Por mí que no quede”

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Domingo Henares & Julián Marías

En Mis encuentros con Julián Marías, Domingo Henares rinde un emocionante y emocionado homenaje a su maestro, con el que se trató durante más de veinticinco años, desde 1977. Le describe como “una persona enormemente correcta y sabia, cortés en demasía y ocurrente, amable, generoso y de una extraordinaria memoria”.

Muy bien documentado, con facsímiles de cartas del gran filósofo de la Escuela de Madrid[1], el filósofo de Puente Génave (Jaén), albaceteño de adopción, cuenta sus veintidós encuentros con Marías, dejando testimonio también de algunas de las conferencias y artículos que dedicó a su obra y filosofía.

Domingo Henares decidió hacer su tesis doctoral sobre un filósofo vivo, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas, porque -como prefería Platón- uno puede así preguntar directamente a la fuente por el caudal del río de su pensamiento. Por las palabras de Miguel Cruz Hernández, que Domingo menciona a modo de preámbulo (citando una entrevista de mi amiga Ana Azanza), tal decisión de dedicar su principal trabajo de doctorando a Marías estuvo tal vez inspirada, tanto en la admiración que sentía por la obra de aquel a quien llama con veneración “maestro”, como por el hecho, injustísimo, de que éste hubiera sido tan poco reconocido en España, en la inmediata guerra civil y aún mucho después, cuando ya su obra era internacionalmente tenida en cuenta. Un lujo que en un país como el nuestro no nos deberíamos permitir. Pero lo que llamó Unamuno nuestro “papanatismo”, nuestra tendencia a despreciar lo propio cuando es mejor, en beneficio de lo forastero aunque sea simplemente bueno –y a veces, ni siquiera- es tan secular como recalcitrante.

Está pasando incluso con los jugadores de fútbol. Se pagan grandes sumas por estrellas exóticas, y los nuestros –capaces de conquistar la copa del mundo- han de buscar trabajo fuera o vegetan en el banquillo.

Así, apenas prestamos atención a un hombre cuya Historia de la Filosofía –diáfana y ecuánime- se ha reeditado más de treinta veces, que publicó más de setenta libros de metafísica y ensayo, al que suspendieron injustamente su tesis doctoral por su talante republicano[2] y al que los progres –tan ramplones ellos- han negado reconocimiento intelectual por su condición de cristiano. No fue caso único. Laín Entralgo y Aranguren también defendieron la compatibilidad del cristianismo con la “filosofía de la circunstancia”.

Es como si los españoles se negaran a tolerar su diversidad y a tomar conciencia de sí mismos. Aquí, ya se sabe, si uno no padece lo que Ortega llamó “hemiplejia cerebral”, si uno no es ni de derechas ni de izquierdas, si uno, como Julián Marías y los buenos toreros, no mueve los pies de la arena, entonces puede ser empalado por cualquiera de las dos sectas (las dos Españas de Machado hielan el corazón); o, peor, uno debe exiliarse exterior y/o interiormente, condenado al ostracismo y al olvido. “¡Eso te pasa por sensato, esto por tibio!”. “Eso por carecer de espíritu fratricida y beligerante que es lo que aquí mola cantidubi-dubi-da”.

Uno se queda solo por preferir la conversación constructiva a la polémica estéril, lo que no deja de ser paradójico.

Uno tendría siempre que arder o estar helado, y a veces las dos cosas, en este país de dogmáticos. De hecho, mientras era considerado un importante maestro en América y en la vieja Europa, Julián Marías era ninguneado y vetado en la universidad española. En ella –según testimonio recogido por el propio Henares del maestro- “corrió una especie de consigna: Si Marías ocupa la cátedra de Metafísica vacante por la jubilación de Ortega, vuelve a España la República. Fue una conjura que nada tenía de intelectual, acaudillada por Calvo Serer (…). El ministro de Educación, Ruiz-Giménez, lejos de darle un toque de atención, nombró como ministro del tribunal a Calvo Serer”.

Marías vivió de su trabajo como escritor y conferenciante durante toda su vida, de forma sencilla y sin padecer resentimiento o ansia de venganza, alcanzó a ser aristócrata en la plazuela, como Ortega, desde su página de ABC, y en EL PAÍS[3], en el que le dejaron expresarse un rato. Alcanzó con la transición cierto reconocimiento público como senador de designación real, siendo por fin nombrado catedrático extraordinario de la UNED (1980), y premiado con el Príncipe de Asturias (al alimón con Indro Montanelli) en 1996. También, como con Emilio Lledó o con Muguerza, hubo que recurrir al expediente de la UNED, al no pertenecer a las “familias” y “sectas propietarias” de las cátedras de nuestra nepotista universidad[4].

Estudiado por Harold Raley (La visión responsable), por Juan Solés Planas (El pensamiento de Julián Marías), cincuenta y siete importantes escritores reconocieron su labor intelectual en el homenaje publicado por Espasa Calpe en 1984, entre ellos, sabios de la talla de Laín Entralgo, Gregorio Salvador, Lázaro Carreter, Dámaso Alonso, José Luis Abellán, Rosa Chacel o José Luis Pinillos…

Domingo Henares leyó su tesis en 1986 y la publicó en Albacete (1991), con el título de Hombre y Sociedad en Julián Marías. El propio Julián Marías estuvo en su tribunal de doctorado y en la presentación del libro.

A parte del anecdotario de la relación y correspondencia entre el discípulo y el maestro, de los encuentros y excursiones anuales con motivo del cumpleaños de Marías (17 de Junio), organizados por la Asociación de Amigos de Julián Marías, con sabrosas confesiones sobre lo que el maestro consideraba esencial de su pensamiento y el retrato de su admirable actitud amistosa, el libro contiene una interesante síntesis final sobre su particular modo de ser cristiano y filósofo, filósofo y cristiano, de un modo muy poco medieval, por cierto (también los católicos más cavernícolas le intentaron enmendar la plana). Algo muy congruente si se piensa filosofía y cristianismo sin prejuicios, y se radica la perspectiva metafísica, vital e histórica, en la noción trascendente de persona (personalismo vital).

 “la realidad más importante de este mundo, a la vez la más misteriosa y elusiva, y clave de toda comprensión efectiva: la persona humana”

J. Marías. Persona. Alianza, 1996.

 Por cierto que en uno de sus primeros encuentros, Henares le suelta al maestro que la verdadera fuente de su pensamiento es más Unamuno que Ortega, a lo que Marías responde: “Puede que lleve usted razón”. De todos modos es innegable la relación del pensamiento de Marías con la razón vital e histórica orteguiana. “Se ha hecho usted discípulo mío, cuando he dejado yo de ser su maestro”, le dijo Ortega a Marías. Y cuando volvió de su exilio después de la guerra incivil, en sus conversaciones con Julián, Ortega gustaba decir “nuestra filosofía”. Pero Marías se niega a simplificaciones fáciles y advierte que “para ser orteguiano es imprescindible no repetir a Ortega”. Ortega supuso para Marías una orientación. José Gaos confesó que Marías le sucedió en el discipulado de Ortega. “Insigne y lúcido continuador de Ortega” (Gilberto Freyre), Ferrater Mora escribe en su Diccionario de Filosofía (1971): “ha desarrollado muchos de los temas de Ortega sólo iniciados o insinuados en los escritos o en las enseñanzas orales de éste”.

Me gusta mucho que a Domingo Henares “no se le vea el plumero” en esta obra, y guarde para su intimidad, con discreción y entre paréntesis, sus particulares convicciones para el futuro, o sea su presunta fe religiosa, si es que la tiene. Él sólo –y es mucho- da cumplimiento con gratitud a la voluntad del maestro, quien le insistió, al leer el borrador de su tesis: “haga usted más hincapié en mi cristianismo”.

Henares reconoce que nunca le había parecido Julián Marías un pensador cristiano. No veía en él una “fe que busca entender” ni un “creo para comprender”, todo lo más se ajustaría a Marías la frase ‘non fides quaerens intellectum, quia simul’: fe y entendimiento en el mismo plano temporal. Sin embargo, es obvio, porque don Julián mismo lo deja escrito, que la filosofía de Marías está bajo la carpa del cristianismo[5], pues para él Cristo representaba el pléroma, la plenitud de los tiempos, el cumplimiento cabal de las profecías.

Faceta suyas como la de crítico de cine tampoco merecen ser olvidadas. Pero lo importante para mí es que “fue capaz de convertir el ensimismamiento intelectual en amor, en felicidad, en sentido y en proyecto” (A. López Sidro), añadiendo bastante verdad (autenticidad) y claridad a la inteligibilidad de su tiempo y de su patria.



[1] Esta expresión fue inventada por Julián Marías quien se convirtió también en su mejor propagandista.

[2] A Julián Marías (1914-2005) le suspendieron en 1942 su tesis La filosofía del padre Gratry, dirigida por García Morente.

[3] “La crítica que Julián Marías iba haciendo al borrador de nuestra Constitución le costó la salida del periódico más influyente de entonces, El PAÍS, donde escribía” (pg. 44). Como muestra, estas palabras: “España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de la palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años” (El PAÍS, 15-I-1978).

[4] Al escribir esto pretende con ello negar que haya en ella catedráticos y profesores de mérito, pero sí afirmar que los de más mérito se han visto vetados precisamente por su independencia.

[5] Julián Marías fue miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, de ahí su proximidad con el Papa: “La Iglesia tiene que ser puramente religiosa, ocuparse de temas religiosos. Y se lo dije al Papa…”. (JM entrevistado por “La Nación”, 20-VIII-1998).

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gravatar.comAutor: susana gomez

Me parece estupendo. Además sabemos que hay muchos poetas,la mayoría,los más leídos y conocidos suelen ser filósofos y esa labor es bien difícil.

Fecha: 08/12/2013 20:29.


gravatar.comAutor: Ana

Julián Marías ha contado porqué nunca fue catedrático y porqué le suspendieron la tesis
http://www.opuslibros.org/nuevaweb/modules.php?name=News&file=article&sid=3665

Fecha: 01/06/2014 17:52.


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