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Filosofía general

ARS LONGA

ARS LONGA

... Vita brevis. 

Tal vez porque la vida es breve y el arte apunta al infinito, no lo comprendemos del todo. Nos conmueve. Eso, seguro.

Una foto del ángel de Salzillo decoraba en un marco barato la habitación de invitados de mi abuela. Sentía que aquel icono velaba mi sueño. En el despachito de mi abuelo Agustín colgaba un tapiz con una escena bucólica que representaba a un pastor que conducía sus ovejas de vuelta a la aldea en que humeaba una chimenea... Mirarlo me transportaba a otros mundos, tal vez a un pasado en el que me parecía haber vivido. En el auditorio de la facultad de Medicina de Granada cerré los ojos y me elevé transportado a un mundo de transparencias diamantinas, gracias al genio del clavecinista Rafael Puyana. En Saint-Germain-des-Près oí por unos francos, a la luz de las velas y en sillas de enea, las celestiales melodías de la música religiosa de Vivaldi. También sentí en Praga el escalofrío del llamado "síndrome de Stendhal" escuchando, donde se había estrenado, el Don Giovanni de Mozart...

No quiero cansar al lector describiendo mis vivencias estéticas, que sin duda han marcado mi vida anímica emocionándola, experiencias que me han estremecido dando curso o flujo al caudal de mis sentimientos. Einfühlung, se llama en alemán esa empatía o endopatía que despierta la obra artística en el espectador avisado. La idea es muy antigua y procede del venerable Aristóteles, que ya hablaba de la compasión y de la katarsis que produce la obra de arte en las mentes de los espectadores.

María Jesús Godoy refiere a la moderna teoría de la EINFÜHLUNG en su artículo de Teorías contemporáneas del arte y la literatura, obra coral y enciclopédica que ha publicado la editorial tecnos (Madrid, 2021), coordinada por Leopoldo La Rubia, Nemesio G. C. Puy y Francisco Larubia-Prado. Sin duda una buena obra de referencia para comprender el arte contemporáneo y las ideas que lo acompañan y/o justifican.

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Con pan y vino se anda el camino, pero no sólo de pan vive el hombre. Está el paseo y, como insinuaba Lessing, el que va de paseo ya no tiene camino, o hace camino al andar -como cantó Machado-. Y es que el Arte es una dimensión clave de lo propiamente humano, un pilar valioso de la cultura, como la tecnociencia o la religión. Hegel creía que religión, filosofía y arte tratan de lo mismo, de lo absoluto. Pero lo absoluto es inaccesible, sólo conocemos sus expresiones contingentes. Sabemos que en aquellas cuevas de Altamira o Lascaut vivían seres humanos porque representaban animales que podían convocarse pero no comerse. Simulacros o imitaciones... Mímesis, tituló Valeriano Bozal uno de sus libros sobre estética y manifestaciones artísticas. El hombre es un mono que imita y crea, con gran perfección, aunque no siempre.

Mas la imitación, la emulación de la belleza natural no agota las funciones del arte, que son variadísimas. En su artículo sobre "El arte como realización de la verdad...", Ciriaco Morón añade (en el libro cuya portada ilustra esta entrada) algunas más: su relación con la educación, el prodesse et delectare de Horacio, pues el maestro no sólo ha de pronunciar verdades, sino que ha de vestirlas bien haciéndolas amables y atractivas. Pero el arte ha tenido y tiene también una función religiosa: obras, iconos que son objeto de veneración, máscaras apotropaicas, joyas o estampas que obran como amuletos...

Arte y mito se relacionan íntimamente. Nuestro amigo y colega Antonio Ramón Navarrete dedicó un precioso libro a la profusión de "La mitología en los palacios españoles" (UNED, Jaén 2005). El arte expresa nuestra intimidad demónica, el genio que nos habita, tal vez pueda, al manifestarse exteriormente en la obra, desatar y echar fuera a los diablos que perturban o atormentan al artista. Sirve de conjuro. Es también un laboratorio de experimentación sensorial y sensual, creador de mundos alternativos, es juego, consuelo, viático y fármaco terapéutico..., ¡todo eso y más!

Artista experimental fue Juana Francés (Altea 1924-1990), miembro fundadora, pero ensombrecida, del grupo El Paso, con Canogar, Millares, Feito, Antonio Saura..., grupo que hizo mucho por la renovación de las artes plásticas en España a fines de los años cincuenta del pasado siglo. Única mujer del grupo, se casó con el escultor aragonés Pablo Serrano. Sé de ella por Leopoldo La Rubia... Y se lo agradezco.

En fin, los seres humanos no sólo soportamos el conato de existir y perseverar en ser, sino que también queremos vivir bien ¡y bonito!, como dicen los hispanoamericanos. "Vivir bonito" contemplando lo neto, propio, lo que es bello. Y a veces, lo que necesitamos es que nos maravillen, que nos sorprendan y hasta que nos escandalicen. Sea la paradoja porque el arte suele ser paradojal al ir contra la opinión consuetudinaria, al hacerse vanguardia contra la tradición: Una contemplación desinteresada es también de interés, porque nos activa, nos ilusiona. Y la ilusión -lo dijo Ortega- es tónico de la voluntad. Nos hace ver las cosas de otra manera.

Por mucho que el arte se deshumanice, se vuelva abstracto, ininteligible, chocante, pura performance, fuente urinaria y hasta mierda de artista o vómito de Narciso..., el libro coordinado por La Rubia nos invita mejor y más a su comprensión sacándonos del esplín de la indiferencia. Lo presentamos el Día del Libro en Libros prohibidos, bajo la hospitalidad de su dueño José Carlos Moral.

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¿Para qué sirve el arte? Lo cierto es que el arte se queda en poca cosa si sirve para algo. Igual que lo verdaderamente bueno, no puede comprarse ni venderse. Los griegos, no obstante, inventaron el sujeto racional y tenían una sola palabra téchne (τέχνη) que los escolásticos tradujeron por arte y técnica, tanto para referirse a lo que es útil como para referir a lo que, producido por el hombre, agrada, complace. "La belleza es el resplandor del bien", escribió el neoplatónico Marsilio Ficino en De amore. Tampoco el amor sublimado sirve para gran cosa, y hasta enferma. Y Rilke reparó en que la belleza podía ser destructiva, y terrible su ángel.

No creo que hayamos nunca separado del todo la técnica y la ciencia, del arte. Los epistemólogos reconocen que valores estéticos como la sencillez o la armonía valen como criterios de verdad. El arte es largo y la vida breve, ni la artesanía se agota imitando el genio diversificador o fractal de la naturaleza, madre y madrasta. Jamás es simple imitación, si vale. Aunque empezar por copiar a los clásicos esté bien. "Lo que no es tradición es plagio", decía Eugenio d’Ors, al que echamos en falta en la enciclopedia antes citada. 

Sostengo que la buena educación exige formación estética y tiene ella misma mucho de arte, y poco habrá aprendido un discípulo que no es capaz de ir más allá de su maestro. A Teorías contemporáneas del arte y la literatura le faltan unos índices de temas y autores, pero es una obra de referencia oportuna y valiosa.

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

“El gargallo garlante solía recordar además

 que enigma es el anagrama de imagen”

Julián Ríos. Poundemonium, 1986.

Eugenio D’Ors (1882-1954), original escritor, fue también un notabilísimo filósofo al que algunos desprecian por haber ostentado la Dirección General de Bellas Artes después de nuestra guerra incivil. Como dejó escrito Laín Entralgo, D’Ors difícilmente podía ser “el” intelectual de la España de Franco, y menos todavía “el” mandarín de la cultura retrógrada del nuevo régimen, “para ello le sobraban inteligencia a la europea, ironía expansiva y orsianismo doctrinario”. Por eso fue expulsado de la secretaría del Instituto de España que él mismo había inventado. Tras su nombramiento –tardío- como catedrático de Ciencia de la cultura, D’Ors, autor de La ben plantada (1911), se retiró a su Cataluña como quien cierra el círculo de su existencia, pues con el seudónimo de Xènius había sido también relevante en el noucentisme y la revigorización de la cultura catalana, después de Verdaguer y Maragall.

D’Ors nos dejó en herencia un anecdotario jugoso que supo elevar a categorías útiles para la comprensión de eso que Dilthey llamó Las ciencias del espíritu, para la comprensión de la religión, del arte, la filosofía, la cultura y el hombre, nuestra curiosa y singular especie, empeñada en ajardinar la naturaleza en cuadrantes de cultura e historia. Se atrevió D’Ors con la “filosofía pura”, indagando sobre los radicales de la vida y la realidad. En mi opinión, su libro El secreto de la Filosofía (1947) merecería mucha más atención académica de la que se le presta.

Respecto de la cultura, D’Ors diferenció dos modos cardinales de la actividad creadora humana, que con terminología gnóstica llamó eones: el eón de lo clásico y el eón de lo barroco. Aclaro que los gnósticos entendían por eón (de ηώς: aurora) cada una de las inteligencias eternas, de un sexo u otro o de ambos, que en conjunto integran la plenitud de la divinidad suprema de la que emanan. Evidentemente D’Ors resta alcance al concepto; más estéticos que metafísicos son sus “eones”. En el eón de lo clásico la invención se somete a norma y razón y toma el mundo como cosmos, es decir, como totalidad ordenada y sistema armónico. El eón barroco representa la anarquía, la pasión y el caos. Un ejemplo reciente es la “presunta novela” de Julián Ríos titulada Larva con su cola de Poundemonium. No se trata de una novela porque no es relato, sino explosión del relato que salta y revienta en una babel de interjecciones, asociaciones involuntarias y muñecas rusas que esconden juegos de palabras para filólogos, como original expresión del barroquismo en situación postmoderna.

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”, escribió Pascal. “La razón tiene sentires que el corazón no palpita”, replica D’Ors. Frente a las raisons du coeur, las passions de la raison. El mismo Descartes tuvo que echar marcha atrás y renegar del estoicismo ortodoxo reconociendo en su Tratado de las pasiones del alma dedicado a la princesa Isabel de Bohemia que, una vez domesticadas, las pasiones son tanto más útiles cuanto más intensas y que de su juego depende la felicidad de la vida, más decisivamente que del espíritu de geometría.

Condicionados por la circunstancia y su situación en el mundo, pero movidos por su libertad, los hombres (mujeres y varones) van creando su multiforme obra en esa aventura en el tiempo a que llamamos historia: leyes, instituciones, edificios, teoremas, sinfonías…, pero también insidias, prisiones, artefactos de tortura, guerras, revoluciones, tiranías…, esa cambiante multiformidad puede ser mentalmente ordenada según la mayor o menor prevalencia que en la forma y sentido de cada obra alcance uno u otro de los dos “eones”: el de lo clásico y el de lo barroco. Este esquema –comenta Laín Entralgo en Más de cien españoles, 1981- es insuficiente para construir una teoría de la historia y de la cultura, pero enriquece el acervo categorial del intérprete, pues ya sabemos que ni los conceptos sin intuiciones ni las intuiciones (sensibles) sin conceptos proporcionan verdadero conocimiento.

El modelo de lo clásico ha sido dilucidado magistralmente por el filósofo alemán Gadamer (1900-2002). Se trata de un concepto normativo que merece estatuto en las ciencias del espíritu. Hegel había concebido lo clásico como un concepto estilístico y descriptivo, el de una armonía relativamente efímera de mesura y plenitud, que media entre la rigidez arcaica y la disolución barroca. Para Gadamer (1900-2002), lo clásico es verdadera categoría histórica pues designa un modo característico de ser de la cultura humana en el tiempo: la realización de una conservación que, en una confirmación constantemente renovada, hace posible la existencia de algo que es verdad.

La validez de lo clásico tiene para mentes de distintas épocas un valor vinculante. Lo clásico se destaca a diferencia de los tiempos cambiantes y los gustos efímeros como una conciencia de lo permanente e imperecedero. Por eso lo clásico es una especie de presente intemporal que consuela con su conservación del valor en medio de la incesante ruina del tiempo. Lo clásico se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo y resulta tan elocuente que dice algo a cada presente.

En la comprensión de lo clásico hay siempre algo más que la reconstrucción histórica del mundo pasado al que perteneció la obra. Nuestra comprensión contiene siempre al mismo tiempo la conciencia de la propia pertenencia a ese mundo, como si reviviéramos vidas pasadas. Y con esto se corresponde también la pertenencia de la obra a nuestro propio mundo. Esto es lo que lamentablemente desconoce –o no quiere ver- la crítica historicista que reduce las producciones artísticas a ideologías temporales, sin esperar en la pervivencia ilimitada de lo clásico. En la tradición clásica, el pasado y el presente se hallan en continua mediación (Gadamer, Verdad y método, 1975).

El tiempo, testigo insobornable, pone a cada uno en su sitio. A Eugenio D’Ors en el papel de clásico del pensamiento español y catalán, altura que le corresponde por derecho propio.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

Moralizar con gracia y sin acritud no es fácil. Irene Vallejo lo consigue en su excelente colección de ensayitos Alguien habló de nosotros (Contraseña, Zaragoza 2017). Esta jovencísima escritora (Zaragoza, 1979), doctora en filología clásica, logra un discurso culto y edificante, bienhumorado y preciso, exento de pedantería. Profesa la "Filología" en el sentido más noble y romántico del término, como un humanismo intemporal pero bien nutrido de pensares, historias y lenguas, mostrando cómo nuestros miedos y esperanzas relucen en el uso que damos a ciertas palabras o en el modo en que ellas han vivido y evolucionado para servir a nuestro afán desesperado de comunicación.

Bien cimentada por la cultura clásica eleva a sus sabios, sus mitos, sus héroes trágicos y sus anécdotas, a la categoría de ejemplos éticos, útiles guías para una vida digna, libre, sana y jovial, actualizándolos, devolviéndoles la palabra porque “hablan de nosotros”, murmuran el tesoro de sus experiencias a nuestro atribulado y distraído magín, como presencias reales que nos devuelven el sentido de la vida civilizada y de su bien común.

Si yo todavía ejerciera como profe de filosofía, creo que emplearía con provecho este librito, mucho más denso y profundo de lo que aparenta en una ligera lectura, como valiosa Introducción a la filosofía perenne o como un manual óptimo para la Educación de la ciudadanía, porque enseña deleitando y dando qué pensar, para usar la razón en conversación amistosa, en lugar –como ella misma dice- de empeñarnos en poseerla, polemizando, quejándonos o armando bronca.

Sin caer en el extremo conceptista de su paisano Gracián, la prosa de Irene es de una sobriedad y economía  admirables, muy propia de la mejor tradición gnómica, pues aúna claridad expresiva y profundidad conceptual. Orilla a veces la prosa poética y sin caer en el ripio ofrece curiosas aliteraciones como colofón de cada articulillo y panacea para la memoria, o como ingeniosos juegos de palabras y sabrosas sinopsis:

“Nos toca elegir entre solidaridad o soledad”, “fastos nefastos”, “la comida alimenta la comedia”, “el dulce señuelo de los sueños”, “la mirada se posa y por fin reposa”, “nunca deberíamos confundir amar con amarrar”, “Amor: ciencia de la inocencia”, “las palabras son valiosas si son valerosas”, “nada hay mudo en el mundo”. Orfeo perdió a Euridice en los infiernos porque el amante “miró atrás”, Eróstrato  buscó “la fama por el camino de la infamia”. Caudales, que quiso presumir de mujer exhibiéndola desnuda, “perdió el poder por no tener pudor”. Y, recordando el nudo gordiano que Alejandro cortó con su espada, se afirma con rotundidad: “Dar un tajo puede ser un atajo”.

No desdeña ni la duda metódica ni el preguntar socrático ni las estimulantes paradojas que tanto gustaban a los estoicos, como esta en que oigo ecos de Cernuda: “Nunca somos más libres que cuando decidimos a quien nos encadenamos”, y eso en constante actitud asertiva: “Si vemos sombras es porque alguna luz brilla cerca”. “Todos somos únicos, y eso es precisamente lo que tenemos en común”.

La conexión con el mundo antiguo, o bíblico, y el acervo de su sabiduría proverbial está humorística e irónicamente garantizada, a fin de cuentas, y hasta que llegue el transhumano, el Superhombre o la Supermujer, la naturaleza humana conservará sus constantes emocionales y sus principales desvaríos desde la cromañona que nos parió. ¡Ojo!, que también “en la antigua Grecia las competencias divinas estaban muy bien transferidas”.

La crítica al abigarrado mundo tecnológico de la Aldea global se mantiene equilibrada entre la integración y el apocalipsis, ese mundo de las redes, de prisas, ruidos y consumo compulsivo que parece favorecer todo lo privado, menos la vida privada. Ni desdeña Irene Vallejo la definición del "populismo" reconocimiento sus orígenes romanos, o defender la fragilidad de la democracia, o examinar el “efecto google” de relajación memorística, pues recordamos mejor dónde encontrar un dato que el mismo dato, crítica esta que actualiza la de Platón a la escritura: “monumento del saber”, más que saber propio.

Todos los grandes temas de la filosofía práctica, y sus mejores mentores, incluido Lao Tsé, desfilan por el libro en estas amenas y nutritivas píldoras de sabiduría cosmopolita, tan recomendables para una formación libre del espíritu libre, que no desdeña las humanidades, porque “si disminuye entre los ciudadanos el interés por cuestionar, lo sustituyen intereses cuestionables” y porque “sólo nos protegemos si nos entretejemos”. Ese "entretejerse" ampara y contiene el hacer nuestras todas las edades gracias a la lectura de los clásicos. Como se está viendo.

La edición, impecable.

INSULTANDO A SÓCRATES

INSULTANDO A SÓCRATES

Ya en vida, Aristófanes difamó a Sócrates en su obra Las nubes. En ella pinta al tábano de Atenas como un charlatán sin escrúpulos, como un sofista ridículo fundador de una escuela, el Pensatorio, en la que enseña a los jóvenes a aparentar llevar razón sin tenerla y a simular la práctica justa injustamente; y para más inri, el Sócrates de Aristófanes es caricatura de un naturalista ateo que se empeña en ofrecer una explicación materialista de los fenómenos atmosféricos, sin aceptar el concurso de la divinidad, lo que no le impide rezar a las Nubes.

I. S. Stone en un ensayo de 1988, El juicio de Sócrates, trata también mal al fundador de la mayéutica. La animadversión contra Sócrates no es nueva ni un vicio exclusivo de poetas melancólicos que para defenderse de su ingénita debilidad reinventan "la sofistería de la fortaleza", aguda expresión acuñada por Unamuno para referirse a Nietzsche en su ensayo ¿Qué es la verdad? (1906), sino que también arremeten contra el marido de Jantipa ciertos "periodistas de la filosofía" como Stone, delectantes que ejercen de historiadores de las ideas en sus ratos libres y que, al contrario que aquellos vates vitalistas, no han sido capaces de sostener ni por un momento la mirada de la esfinge.

Así por ejemplo el libro de I. F. Stone demuestra lo fácil que resulta comercializar un enfoque "original" de la vida de Sócrates haciendo un uso selectivo y tendencioso de las fuentes al servicio de una visión unilateral del platonismo, rebajado este a "espartanismo fascista". Stone se inspira supuestamente en un irrefrenable amor por la Democracia, para ensalzar el espíritu de tolerancia y libertad de la ateniense, que, según él, estuvo muy acertada al ejecutar por impiedad al maestro de Platón.

Stone no tiene ningún reparo en negar la persecución ateniense de Protágoras como una tontería inventada por Cicerón, Plutarco y Diógenes Laercio; o la de Anaxágoras, como una superchería de Diodoro Sículo; y para insultar a Sócrates "merecidamente ejecutado" bendice la caricatura cómica del muy conservador Aristófanes o concede un exagerado crédito a la Apología escrita por el orador griego Libanio en el siglo IV después de Cristo (después de Cristo y no antes, como repite erróneamente ¡y por dos veces! la edición de Mondadori, en sus pgs. 35 y 225).

Dice Stone que el mito de Prometeo tal y como lo presenta Protágoras personifica las premisas básicas de una sociedad democrática, pero olvida que su exposición se la debemos precisamente a Platón, en el diálogo que le dedica al gran sofista de Abdera. Menosprecia la importancia de la noción de libertad de palabra (parresía) en la obra de Platón y olvida la importante discusión del Gorgias sobre la igualdad (tò íson, 488-489); reduce la sociedad ideal de Platón a una sociedad de castas y llega a hacer afirmaciones tan peregrinas como la de que "Critias perdió la vida en el esfuerzo de poner el ideal platónico en marcha" (pg. 179), dando por seguro que dicho ideal existió bastante antes de la muerte de Sócrates...

 Si bien muchos sabios cristianos como Justino o Erasmo elogiaron a Sócrates considerándolo precursor de la doctrina de salvación de Jesús, y hasta le consideraron santo (se dice que Erasmo rezaba: “Santo Sócrates, ruega por nosotros”), otros, más fideístas que humanistas, se percataron pronto del papel corrosivo de la dialéctica socrática, la cual, con su continuo y tozudo preguntar, gracias a su ironía, no deja dogma indemne, incluido el dogma “democrático”, o, mejor, la superstición populista de que la voz del pueblo es la voz de Dios. El Sócrates platónico deja claro en el Critón que él se considera hijo de las Leyes de Atenas, y que está por consiguiente dispuesto a acatarlas incluso si ellas mandan que él sea ejecutado con cicuta.

El daimon íntimo, la divinidad interior, los dioses interiorizados por Sócrates como voz de la conciencia personal, son la única instancia moral que reconoce el humanismo intelectualista fundado por el gran maestro de Platón, verdadero padre de la muy exigente Ética occidental, que afirma que nunca conviene ser injusto, ni siquiera contando con el respaldo de la masa y aunque resulte agradable o útil. Y es desde ahí, desde el socratismo, desde donde la democracia moderna ha legitimado, por ejemplo, la objeción de conciencia en el trato civil con las armas.

 

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

(Sobre el libro de Martín Ruiz Calvente: A más Ciencia, más Filosofía, Jaén 2019)

 Sócrates acaba de salvar su pellejo de hoplita en la batalla de Potidea (432 A. C.) y vuelve con todos los honores a Atenas, y con ganas de filosofar, esto es, de intercambiar razones sobre lo bueno y lo bello, a ser posible con el más guapo por fuera y por dentro, parece ser que la palma en kalokagathía (belleza y bondad) le corresponde al agraciado Cármides, hijo de Glaucón, quien fue tío por parte de madre de Platón, que es el que escribe el diálogo muchos años después de la batalla, diálogo de juventud en que cuenta esto y que lleva por nombre: Cármides.

 En un gimnasio se preguntan los tertulianos por lo que hace honradas a las personas, por la excelencia típicamente socrática, la virtud que llama el tábano de Atenas sophrosýne: sensatez, cordura o templanza. Discuten amigablemente, con sensato sosiego y tranquilidad, si la sensatez es un tipo de saber y en qué consistiría. Parece que la sensatez ensimisma y hasta hace más tímido al sensato, se determina al fin como ese conocimiento que exige el mandamiento apolíneo: “conócete a ti mismo”, pues es sensato quien conoce sus límites. Surge así en la historia de la filosofía occidental, nada más y nada menos que el problema de la conciencia reflexiva, ética, que se pregunta por el bien común, más allá del interés particular en que se centra toda la intención del idiota (etimológicamente “idiotez” significa en griego clásico precisamente eso: la incapacidad para pensar el bien común, el interés civil general).

 Todos los demás saberes lo son de algo. Sabe el zapatero hacer zapatos, el médico de enfermedades y remedios, el matemático de números... Pero es evidente que el conocimiento no sólo es razón y discurso, sino también poder. El médico engañado por su mujer puede usar sus conocimientos para envenenar a los adúlteros amantes, y el matemático emplear su ingenio calculando qué cantidad de combustible debe tener una bomba para matar a más gente. No olvidemos nunca que el país con más recursos tecno-científicos en la cuarta década del siglo XX fue precisamente la Alemania de Hitler, muchos de sus sabios repatriados a prisa norteamericanos huyendo de la persecución de su etnia judía.

 Nace con ello la Ciencia del bien y del mal, la Ética, que, como el mismo Sócrates inventado por Platón nos hace ver en el Cármides, es la ciencia más difícil y la más problemática, repleta como está de dilemas y aporías, un saber in fieri, como escribe Martín Ruiz Calvente, en desarrollo incesante. Su principal cuestión moral es: qué debemos hacer con el saber, porque es evidente que la tecno-ciencia pone los medios, cada vez más potentes y sofisticados, pero no los fines, y la tecnología se puede usar lo mismo para un roto que para un cosido, para asesinar que para sanar, para liberar que para alienar, para humanizar que para cosificar. A este respecto, uno recuerda la definición kantiana de la filosofía como relación de todos los saberes a los fines esenciales de la razón humana. Y esos fines no pueden salir de otro sitio sino de la concepción humanista que prima salud (física y mental), libertad y dignidad de las personas. De la cultura artística y literaria, de los relatos edificantes, mayormente, en los que se forma el carácter de las personas.

 He vuelto al Cármides urgido por la lectura de A más ciencia, más filosofía, el libro de mi compañero de la Quinta del Mochuelo Martín Ruiz Calvente, Jaén 2019. Bien fundada y documentada obra que plantea, desde una óptica no positivista ni reduccionista, contraria al cientifismo, la histórica cuestión del conflicto y la colaboración entre saberes y facultades. Hoy sabemos que los progresos científicos dependen de la economía y de decisiones políticas. Por desgracia, han sido los apremios de las guerras los que han impulsado muchas veces las innovaciones técnicas. Así nació el telescopio para ver al enemigo antes de que el adversario nos viera, o la geometría renacentista para medir las órbitas de los proyectiles, a fin de hacerlos más destructivos. Así nació la Internet (Wold Wide Wet, Magna Malla Mundial), como Red civil de comunicación global, de la telemática militar Arpanet.

 Para comprender la historia de la ciencia es indispensable contar con su contexto epocal, político y social. (Esta era la orientación de aquella asignatura: CTS, Ciencia, Tecnología y Sociedad, que se impartió durante uno de los sucesivos e inestables planes diseñados por nuestros políticos, planes que duran lo mismo que sus inestables mayorías, incapaces como son de llegar a consensos sensatos, pero bien capaces de volver locos a profesores y alumnos). Y es evidente que cada innovación técnica plantea problemas filosóficos relativos a su uso y a las consecuencias de sus usos. El libro de Martín contiene precisos datos sobre las innovaciones técnicas y sus aplicaciones, desde la humilde cremallera o el bolígrafo, hasta la biotecnología, la epigenética, la domótica y las Tics.

 Comte creyó que el Mito fue superado definitivamente por la Filosofía, igual que ésta ha sido trascendida por la Ciencia. Exageraba o se equivocaba. La tecno-ciencia por sí misma es ciega respecto a la cuestión del origen y de la finalidad, del bien y del mal. El mito la acompaña y ella misma suscita mitos. Y el mito edificante, la alegoría, la fábula, son valiosos instrumentos didácticos y hasta propedéuticos y heurísticos. Toda ciencia supone una apuesta metafísica por la Verdad, por la Razón y la Experiencia sensible, a favor de la duda metódica y la objetividad intersubjetiva, una lógica y una epistemología, y hasta una ética que incluye la modestia como virtud. Así pues, la Filosofía y su apuesta por la razón (su vigilia y su sueño), no sólo está antes de las tecno-ciencias, sino también durante y después de ellas, como señala el libro de Martín. Las tecno-ciencias pueden y deben ser evaluadas, sobre todo en su uso y por sus consecuencias. No es reaccionario volver al botijo si es menos venenoso y contaminante que la botella de plástico.

 Por otra parte, ya se ha visto que la interdisciplinariedad es fértil, como el mestizaje, que ideas surgidas en un campo de investigación pueden resultar útiles en otro. La misma idea de Consiliencia, de colaboración entre saberes y facultades, en lugar de enfrentamiento, como enseña el libro de Martín, procede de un biólogo especialista en hormigas: E. Wilson. Y hemos de apostar por un currículum educativo flexible y por la consiliencia entre artes, humanidades y ciencias, aún las llamadas "duras". Es absurdo que un literato desprecie el cálculo o que un físico no pueda disfrutar de las satisfacciones, consuelos y revelaciones que proporciona el arte.

 El libro de Martín contiene una relación exhaustiva de instituciones mundiales dedicadas a la investigación y el avance de las ciencias, muchos de sus enlaces telemáticos, así como una crítica de aquellas que las parasitan burocráticamente (no se puede confundir el Estado del bienestar con el bienestar del Estado y el engorde mastodóntico y sectario o nepotista de sus instituciones); valiosos testimonios de grandes personalidades de la ciencia: Cajal, Einstein o Severo Ochoa; a la par que pruebas de su modesta y entregada faena como profesor de secundaria y periodista de ideas en el Diario Jaén; útiles sugerencias para plantear la enseñanza de la Filosofía en discusión fecunda e inagotable con la Tecno-ciencia más actual, que más decisivamente incluso que en otras épocas determina nuestras actitudes, nuestras prácticas y nuestras concepciones del mundo, pues hasta para la conservación, restauración o explotación sostenible de la naturaleza, loables fines éticos, es ya imprescindible el concurso de las técnicas.

 

LA FILOSOFÍA DE POE

LA FILOSOFÍA DE POE

Cayetano Aranda conoce el incontestable vínculo entre Filosofía y Arte o, como él dice: “el profundo parentesco entre experiencia literaria y pensamiento moderno, entre filosofía y literatura”. Un matrimonio fértil, aunque no siempre bien avenido. De hecho, en nuestra época, la Lógica filosófica engaña a su novio de toda la vida, Arte, con una madura engreída: Matemática, señora aparentemente gélida, pero muy intuitiva y segura de sí misma. El mismo Poe reflexionó con justeza (en La carta robada) sobre los límites del pensar matemático: “Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general…”.

Pura Filosofía nació de los versos de Parménides, ¿por qué no iba también a anidar como un cuervo azabache en los versos de Edgardo Allan Poe? De hecho, el poeta y también filósofo Paul Valéry considera a Poe inventor de varios géneros: el cuento científico, el poema cosmogónico moderno, la novela policíaca…; así como el introductor de estados morbosos en la literatura. Y esa obsesión de Filosofía por Ser, ¿acaso no es un morbo específico de cerebros hiperfetados?

Por supuesto que es precursor de la mal llamada “Ciencia ficción”, que más bien debería llamarse en castellano Ficción científica, y es indudable el vínculo de Poe con la literatura gótica inglesa, pero a pesar de ello tiene razón Cayetano cuando, insistiendo en el difícil encasillamiento de la obra poeana en el género de Literatura Fantástica, género repleto de vampiros, duendes y hadas…, insinúa que todo gran autor crea su propio género. “Sostengo que la teoría de los géneros literarios…, se pierde y extravía en el caso de Poe”. Es ciertamente un caso extraordinario y, por lo mismo, clásico, pero la Teoría Literaria tiene la obligación y la necesidad de comparar y asociar lo similar a lo fantástico, aunque se matice unas veces en alegórico, otras en maravilloso, o se llame cuento de terror o narración de lo siniestro, etc., so pena de acabar en la verdad de Perogrullo: “Poe es Poe”. Sin cajones de sastre y categorías –ya lo vio Kant- no hay ciencia que valga.

A este respecto, compruebo que en su excelente Antología de la literatura fantástica (Edhasa, Barcelona 1991), J. L. Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo incluyen un relato de Poe: La verdad sobre el caso de M. Valdemar. No es para menos. ¡Ah! El mundo y la razón ya son de por sí fantásticos, misteriosos. Esto último, tras ensayar inútilmente reducir todo a hechos probados, lo reconoció incluso el gran asceta del siglo XX, Ludwig Wittgenstein… Los cuentos de Poe se recogen a veces en inglés bajo el título Weird Tales, o sea, Cuentos de lo extraño, aunque también vale la traducción de weird por bizarro, sobrenatural, raro (queer, término de moda para definir por ejemplo una sexualidad ambigua, que renuncia a las etiquetas). David Roas explica en su ensayo Tras los límites de lo real, cómo tras el desencantamiento burgúes e ilustrado del mundo, el sentido de lo fantástico y sobrenatural se refugió en la literatura. 

Estas y otras ideas las recoge o me las sugiere Cayetano Aranda Torres en su exhaustivo estudio sobre Poe: Una lectura filosófica de E. A. Poe (Editorial Círculo Rojo, 2015). Como ahí se dice, Poe desde luego fue algo más que un fiel heredero de la tradición romántica europea. Fue también –como reconoció sobre todo Baudelaire- el precursor de una nueva estética de la que yo mamé muy joven..., ¡fue el traducido autor de mi primer libro, el primero que compré con mis dineros allá por mis soñadoras soledades de adolescente!: Las aventuras de Arthur Gordon Pym...

Poe, por asignarle una primera excelencia solidaria, reconoció –como Ambrosio Bierce, otro norteamericano literariamente "maldito"- quienes iban a ser las víctimas de una sociedad que todo lo sacrificará en aras del triunfo económico, a la vez que cantaba la crónica de su propia autodestrucción vital, más como “apocalíptico” que como “integrado” en el nuevo orden.

Escritor vigoroso y profundo, Poe nos pinta el devenir de seres singulares (omnia praeclara rara!), fantasmas de la melancolía, en historias con un fin sorprendente que cuestiona el orden natural del mundo, y Cayetano le supone –al menos en cierto sentido- legítimo heredero tanto de la catarsis aristotélica como de la sublimidad idealista. Maestro de lo siniestro (en griego, deinón), del espanto terrible que provoca que lo amistoso se vuelva enemigo, que lo familiar extrañe, que lo querido se vuelva odioso, la magia de Poe está precisamente en ese volver verosímil lo increíble, en ese convertir lo fantástico en real y lo imaginario en cotidiano. Su arte desarma nuestros mecanismos de defensa contra lo irracional, igual que el cuervo posa su recalcitrante Nevermore! sobre la cabeza de la diosa de la moderación y la prudencia: Sagrada Virgen Atenea.

Sí, ciertamente la escritura resultó, para esta alma atormentada y lúcida, poderosa expresión de un síndrome de melancolía, angustia y desesperación, un conjuro contra los propios demonios, una estrategia para no dimitir del deseo, un resucitar en el pensamiento de (genitivo subjetivo y objetivo) la amada muerta. Poe fundó una estética de la ausencia, de lo perdido que nunca retorna, de lo humano que ya no es sino resto mortal emparedado, dentro de una mazmorra o de un féretro y, en fin, una poética de la incertidumbre, de nuestra problemática conciliación con la muerte. Y Cayetano se empeña con razonables motivos en demostrar que fue también un filósofo “en grado sumo”.

Su narrativa se ocupa de fenómenos que escapan al conocimiento metódico de la ciencia normal, pero sin recurrir a procedimientos místicos ni taumatúrgicos, sin renunciar al racionalismo hasta allí donde la razón ya no tiene nada que hacer, hasta su límite explicativo, o hasta el reconocimiento de que las abstracciones resultan impotentes para afrontar el misterio de la realidad, su diversidad incoherente, pues coherente del todo sólo es la identidad del Uno con el Uno, como intuyó Plotino. Se trata de una original simbiosis entre lo misterioso y el imperativo ilustrado de dar cuenta y razón de ello, aun desde el sentido común. Aunque la voluntad quiera reducir las cualidades a objetos, el entendimiento es sensible a efectos sutiles e inmateriales; tales son las Ideas, entre las cuales Belleza ocupa un lugar privilegiado. Todo el romanticismo tardío (incluyo a Nietzsche) es un esteticismo, una exaltación de ese esplendor que no sólo encontramos en el Cielo, sino, muchas veces, y por desgracia ética que no estética, en las simas profundas del Océano o en los calabozos del Infierno. Aunque la construyamos con el intelecto, la belleza no es un mero invento, sino un efecto real del dinamismo cognoscitivo, un efecto tanto de lo terrible como de lo hermoso. “¡Espíritu que moras allí donde,/ en el profundo cielo/ …lo terrible y hermoso / en belleza compiten!”, escribe Poe.

Cayetano desmenuza la cosmogonía poética de Poe, tan cercana en muchos aspectos a la metafísica de los presocráticos, o a la interpretación que hemos venido haciendo de ella desde el romanticismo tardío, con ese descubrimiento de la máxima consistencia del origen, del poder absoluto del arcano primigenio (arjé, αρχή), con la tensión natural que impone hacia la simetría, la vuelta originaria y circular al uno indiferenciado… Si la vida -como suponía H. Spencer- es un proceso de diversificación creciente, de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo heterogéneo, la muerte es un proceso inverso, una gravitación que fuerza a lo diverso a sucumbir y retornar a lo primitivo-primordial, a ese unus que reúne lo versum: la unidad de la diversidad.

Los admiradores y fans de Poe encontrarán en esta obra un tapiz finamente elaborado con los grandes temas de la literatura del bostoniano: la extraña y entraña de la belleza femenina, la excentricidad romántica, su morbosa o tétrica nocturnidad, el sublime regusto del horror, la penumbra que invita a la reflexión, la analogía –tan amada por los surrealistas- entre lo material y lo inmaterial, lo físico y lo metafísico y, en fin, la domesticación artística y sublime de lo bizarro, lo terrible, lo espantoso, lo siniestro...

La obra incluye sendas versiones de un cuento de Poe y su famoso poema El cuervo, un capítulo de su relación con el cine y una cuidada bibliografía. 

HUMANISMO NARCISISTA

HUMANISMO NARCISISTA

Manuel Calvo (Sevilla 1972) es un joven valiente. Ha escrito un ameno libro con el espectacular título (ahora todo es "espectacular", incluso el cesped de los estadios):Del superhombre a Dios. Filosofía para la felicidad (o viceversa, dependiendo de si miramos la portada o la primera página), Almuzara 2016.

¿Un libro valiente, o tal vez temerario? Me lo topé en el anaquel de los libros de autoayuda en la librería de El Corte Inglés de Granada, donde me había refugiado en una tarde de calor y boda. ¡Injusto lugar para un animoso libro de introducción a la filosofía práctica!

Manuel Pimentel Siles introduce el ensayo. Y eso no deja de ser una casualidad de esas que encantaban a los surrealistas porque hallaban en sus azares significativas revelaciones sobre el insondable fondo de sus almas. La casualidad es que a finales de la primavera me topé con un libro de Manuel Pimentel de la misma editorial (Almuzara), tan ilustrado como ameno sobre las Leyendas de Tartessos en el almacén de un amigo, antiguo editor (El Olivo). 

Como me fascinan las culturas antiguas del Mediterráneo, lo devoré en un periquete. También he devorado en un par de sentadas el libro de Manuel Calvo, lo que confirma que no se cae de las manos ni exige un gran esfuerzo, lo cual confirma mi sospecha de que es un excelente profesor, capaz de hacerse entender con facilidad y gusto por su alumnado.

Para su propuesta moral, vagamente ética, se inspira en los clásicos de la filosofía: Parménides, Platón, Aristóteles, Hegel, Sartre, Ortega, pero también en Homero, más en concreto en el concepto de héroe homérico, pero sobre todo en ese sofista, poeta y profeta, que conquistó por igual el corazón de nazis y ácratas, y que ha acabado por integrarse con naturalidad en los manuales de historia de la filosofía, me refiero a Nietzsche, quien postuló la santidad de la Tierra y de la Vida, viendo en la Voluntad de Poder su genuina y trágica esencia.

Manuel parte de una cosmología congruente con la astrofísica actual, la de la "Gran Explosión", admitiendo la sorprendente maravilla (o "milagro" en sentido etimológico) de que de lo inerte proceda lo vivo, y de lo vivo emerja lo consciente; o ese otro prodigio, del todo inimaginable, de que, según Feynman, un sistema físico no sólo tenga una historia, esto es, no sólo sucedan en él eventos en un sentido espacio-temporal, sino que contenga también todas las historias posibles. Que pueda existir algo como un agujero negro, en que no pase el tiempo, ya resulta bastante increíble...

Manuel Calvo admite igualmente que no solo de pan vive el hombre. O sea, que para ser felices necesitamos algo más que salud, dinero y amor. El arranque del libro puede ser muy útil desde el punto de vista de la didáctica de la filosofía en las enseñanzas medias. Alude a encuestas que practica con sus alumnos y a las discusiones que, con la intención de ampliar sus horizontes vitales, pueden generarse a partir de ellas."Nuestro dinero -explica- no es más que una forma refinada y sutil de tener todo aquello que un animal desearía".

En la dilucidación del concepto de felicidad, se parte del sabio Estagirita: "la felicidad no es sino lograr realizar la propia naturaleza, actualizar nuestras propias potencialidades". Y está claro que los humanos, además de los consabidos bienes: salud, dinero y amor, también deseamos -o deberíamos desear- virtud, sabiduría y sensibilidad. Pone énfasis como aquél en la práctica, en los hábitos saludables.

Se muestra el autor sutil cuando describe la influencia de Kant en las posiciones de Hawking respecto a la idea de Dios o el destino del alma. O cuando describe el Big-Bang, no como un estado físico, sino como un postulado teórico, hipotético, ideal... "Algo más cercano al mundo inteligible de Platón que al mundo sensible defendido por Hawking".

Tras referir con elocuencia al portento que es la vida, el autor explica la emergencia de la conciencia desde el concepto de antipatía. Me ha sorprendido que afirme categóricamente que sea la antipatía la que nos hace humanos, pues opina es la antipatía lo que nos lleva al "egoísmo" (de ego), al egoísmo de decir "yo", a esesaberse siendo y pensando que es propio de la conciencia reflexionante. Así, el ser humano pudo romper "la triste simpatía animal" con el entorno para enfrentarse conscientemente a su circunstancia.

Por lo tanto el ser humano cometió la proeza original (no el pecado) de distinguirse del medio físico en que vivía adquiriendo una particular dignidad. Esa particular distancia que nos permite hacer de la realidad, incluida la realidad que somos, objeto de conocimiento y deleite estético.

Ni por asomo una antropología tan optimista como la de Manuel Calvo tendrá en cuenta el papel del dolor y la frustración en el surgimiento de la compasión y la conciencia. Soslaya igualmente la íntima relación entre el origen del lenguaje y autoconciencia.

La sombra del vitalismo nietzscheano y el existencialismo sartriano planean sobre toda la segunda parte de la obra: La apología del formidable y valeroso héroe homérico; la simple y alegórica epistemología nietzscheana, tan fantástica, del camello, el león y el niño; la apoteosis de la voluntad de poderío como afán de superación y realización de nuestras dispopsiciones naturales; la libertad sin más límites que la libertad ajena (autonomía kantiana hipertrofiada).

Todo eso está muy bien, si esta voluntad de poderío (prefiero esta traducción de der Wille zur Macht) se interpreta como voluntad de empoderamiento, emprendimiento y libertad. Pero es preciso hacer juegos malabares para hacer del vitalismo nietzscheano un principio ético inocuo, bondadoso, decente o, si quiera, útil.

¿Cómo evitar que este niño que balbucea una nueva moral, desde la voluntad inalienable de desplegar todas sus potencialidades egoístas, tras haberse sacudido tradición, autoridad y ley, cual magnífico león, se convierta en un esteta que asesina por aburrimiento o capricho (cfr. La Soga de Hitchcock)?

Nos libraremos, como Epicuro, del miedo a los dioses, a la muerte y a la propia vida, libres de todo sentimiento de culpa, valientes como Odiseo, pero entonces, ¿no nos entregaremos al libertinaje más autodestructivo y animalesco?

Manuel Calvo hace un valiente alegato a favor de las gracias de Lucifer, "el ángel encargado de llevar la luz", reescribiendo la venerable mitología semita como si Lucifer fuera su auténtico Prometeo, facilitándoles a los hombres el alimento precioso del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, la fruta prohibida: placeres, verdades, sabiduría. En este nuevo imaginario que se nos propone, sacrificio, sufrimiento y penitencia pasan a ser tan reprobables como despreciables. Aunque matiza: "El superhombre no es satánico, pues no adora ni siquiera a Lucifer". Entonces, ¿a quien adora el divinal superhombre de Manuel Calvo? A sí mismo. Porque él superhombre divinal es "el ojo de Dios". Nada hay ya sobre el hombre que no sea el poder propio y su ilusión por hacer cosas y emprender hazañas.

"Si Dios no existe, hay que inventarlo", escribió Voltaire, autor del Cándido. A quienes, como Manuel Calvo, exclaman, con toda candidez: ¡La vida es lo santo!, yo les propondría la lectura de un buen manual de parasitología, un paseo por un psiquiátrico, una tarde en un geriátrico, una caminata por cualquier jungla... Decir que la vida hay que disfrutarla es una trivialidad, pero la realidad es que muchos están privados de hacerlo, aún por naturaleza.

Al lado del héroe homérico que vuelve a casa y salda cuentas con los pretendientes de Penélope exterminándoles en un baño cruento de sangre, está el héroe trágico, aquel que, a pesar de su buena fe, acaba sacándose los ojos porque no quiere ver las fatídicas e inevitables consecuencias de sus actos. Quiero decir con esto que la naturaleza no es madre, sino madrastra, y que todo panteísmo peca de optimismo naturalista y, por tanto de optimismo antropológico.

Cuando Manuel Calvo parafrasea a Nietzsche diciendo de la culpa que es "ese veneno inoculado desde la infancia por los débiles que emponzoña las conciencias de la gente y las empuja por la senda de la infelicidad" (pg 135), tendría también que recordar que los mejores ejemplos de seres humanos sin sentimientos de culpa son ciertos psicópatas y asesinos en serie, y que precisamente porque somos libres somos culpables de lo que hacemos mal. Los excesos de valentía se pagan, muchas veces los pagan otros, no el "valiente". Como decía otro gran héroe trágico, Hamlet, es el miedo el que nos hace prudentes. La enfermedad, la muerte, la impotencia, el desamor..., son hechos temibles, y tan vitales como naturales. No temer lo que merece ser temido no es de cobardes, sino de imprudentes. Lo siento, pero tenía razón Platón: "el bien no es el placer", porque hay placeres crueles, perversos, injustos, indignos, o sea, malos. Lo cual, por supuesto, no significa que no sean buenos muchos placeres, y superiores -como reconoce el autor- los del espíritu.

Manuel Calvo nos llama al orgullo de postularnos como divinales. Eso no está mal, y nos halaga, lo que da poder de persuasión a cualquier retórica. A cambio nos pide que desterremos la humildad como una falsa virtud. Tal hicieron ya los averroístasleyendo muy fielmente a Aristóteles. En efecto, si humildad significa la disposición a ser humillado o la heteronomía y dependencia más rancia respecto a una autoridad cualquiera: la de una iglesia, la de un partido, la de una secta..., ¡pues qué duda cabe que la humildad es una falta de autoestima, y resulta despreciable! Pero reinvindicar un poco de modestia, al menos en mitad de esta cultura narcisista en la que cualquiera se cree dios, tampoco estaría mal. Es cierto que la autoestima -como ya viera Aristóteles, la filo-autía, está en el origen de la verdadera amistad (filía), pero estudios recientes han probado que el exceso de autoestima, la autoestima injustificada, o sea, el narcisismo, puede ser tan nefasto como su ausencia.

No todos tenemos madera de superhéroes. Ni falta que hace. De hecho, no quiero ni debo tener, ni por un momento, la actitud del héroe homérico. Aquiles monta en cólera porque Agamenón le roba a Briseida, puro botín de guerra. Y cuando muere su amado Patroclo, Aquiles manda sacrificar a un montón de prisioneros troyanos en la pila funeraria de su amigo. Odiseo es astuto como un zorro y no duda en mentir si le conviene. No se andaban con chiquitas los héroes homéricos cuando se trataba de imponer su "voluntad de poder".

Del natural, universal y estimable afán de superación, tan encomiable, a la voluntad de poder esteticista, nietzcheana, o narcisista, hay un largo trecho. Si negamos que el bien tenga algo que ver con sacrificarse y controlar los impulsos, entonces el crimen que deseamos está justificado, y no hay humano que no haya querido y podido alguna vez cometer un crimen. Sin ir más lejos, yo me sacrifico todos los días no soltándole a la cara a cierta vecina lo imbécil que me parece. Cierto, la humildad no puede ser fuente de todo valor moral, pero tampoco el orgullo y mucho menos la voluntad de poder. El orgullo de Aquiles causó miles de bajas, también entre sus próximos.

Es cierto que Manuel Calvo matiza el "orgullo de héroe" que nos propone: "un orgullo que no necesita necesariamente ser mostrado a los demás", un "orgullo anónimo". La verdad es que no sé muy bien qué orgullo sería ese que ni siquiera se muestra en las relaciones sociales. Su posición respecto a la voluntad de poder y el orgullo me recuerdan la falacia del falso escocés. Si achacamos a un cristiano los crímenes comentidos por el cristianismo, se defiende falazmente diciendo que no fue el cristianismo sino un falso cristianismo, un pseudocristianismo, quien los cometió; lo mismo con respecto al comunismo. La verdad es que hay en Nietzsche exageraciones que justifican una interpretación "de rebaño", una interpretación racista. Lo mismo que hay en San Pablo motivos para diseñar con su doctrina una iglesia machista, según el propio Manuel Calvo explica.

A pie de página, el autor reconoce que cuando Nietzsche refuta la metafísica tradicional propone en su lugar una nueva (poco racional por cierto y más bien mitográfica). Pero esta ontología metafísica de que "todo lo que existe, existe por sí", y esta antropología metafísica de que "sólo dependemos de nosotros mismos" (pg. 146) me parece del todo insostenible. Más fácil que refutar la primera tesis sería defender la contraria, pues en realidad todo cuanto vemos que existe, todo evento natural, es contingente y depende de otros eventos para ser; lo mismo que en lógica, cualquier proposición que enuncie un hecho real es indeterminada, o sea, incierta.

Respecto a la segunda tesis, la de una ética que emane de nuestra exclusiva y libérrima voluntad, lo cierto es que somos dependientes, que nuestra libertad es limitada, que la autonomía es un ideal, una meta regulativa -como diría Kant-, pero que en la práctica hemos de aceptar fuentes ajenas de la moral y de la ley, distintas de la propia conciencia, distintas de la propia voluntad de poderío. Porque mi gusto muchas veces no es criterio de lo justo. Primero, porque al lado de la buena conciencia, hay una "falsa buena conciencia" y nuestra capacidad para autoengañarnos es considerable. Segundo, porque el valor de la libertad no es un valor absoluto. Ninguno lo es, sino que hay que conciliarlo con otros valores. De hecho, muchas veces preferimos menos libertad a cambio de más seguridad o justicia (virtud esta que brilla por su ausencia en el libro de Manuel Calvo).

Puede que el universo se exprese a través de mí. Pero no cualquier expresión mía es por ello buena, ni mucho menos divina. La idea panteísta (hegeliana) de que Dios es el mundo en proceso dialéctico, que ya existía en el Big-Bang ("feto de Dios") sólo como proyecto, o la idea de que nos hacemos más que humanos por parir y alimentar a Dios y otorgarle continuidad existencial y sabiduría (entendida esta al modo orteguiano como suma de perspectivas parciales) me parece una teodicea muy original y, para ser del todo sincero, un poco narcisista y extravagante.

No obstante, es meritorio el esfuerzo por tramar una visión del mundo coherente, humanista, respetuosa con el saber probado, clara y razonada, sobre hombros de los clásicos.  

 

“Por mí que no quede”

“Por mí que no quede”

Domingo Henares & Julián Marías

En Mis encuentros con Julián Marías, Domingo Henares rinde un emocionante y emocionado homenaje a su maestro, con el que se trató durante más de veinticinco años, desde 1977. Le describe como “una persona enormemente correcta y sabia, cortés en demasía y ocurrente, amable, generoso y de una extraordinaria memoria”.

Muy bien documentado, con facsímiles de cartas del gran filósofo de la Escuela de Madrid[1], el filósofo de Puente Génave (Jaén), albaceteño de adopción, cuenta sus veintidós encuentros con Marías, dejando testimonio también de algunas de las conferencias y artículos que dedicó a su obra y filosofía.

Domingo Henares decidió hacer su tesis doctoral sobre un filósofo vivo, lo cual tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas, porque -como prefería Platón- uno puede así preguntar directamente a la fuente por el caudal del río de su pensamiento. Por las palabras de Miguel Cruz Hernández, que Domingo menciona a modo de preámbulo (citando una entrevista de mi amiga Ana Azanza), tal decisión de dedicar su principal trabajo de doctorando a Marías estuvo tal vez inspirada, tanto en la admiración que sentía por la obra de aquel a quien llama con veneración “maestro”, como por el hecho, injustísimo, de que éste hubiera sido tan poco reconocido en España, en la inmediata guerra civil y aún mucho después, cuando ya su obra era internacionalmente tenida en cuenta. Un lujo que en un país como el nuestro no nos deberíamos permitir. Pero lo que llamó Unamuno nuestro “papanatismo”, nuestra tendencia a despreciar lo propio cuando es mejor, en beneficio de lo forastero aunque sea simplemente bueno –y a veces, ni siquiera- es tan secular como recalcitrante.

Está pasando incluso con los jugadores de fútbol. Se pagan grandes sumas por estrellas exóticas, y los nuestros –capaces de conquistar la copa del mundo- han de buscar trabajo fuera o vegetan en el banquillo.

Así, apenas prestamos atención a un hombre cuya Historia de la Filosofía –diáfana y ecuánime- se ha reeditado más de treinta veces, que publicó más de setenta libros de metafísica y ensayo, al que suspendieron injustamente su tesis doctoral por su talante republicano[2] y al que los progres –tan ramplones ellos- han negado reconocimiento intelectual por su condición de cristiano. No fue caso único. Laín Entralgo y Aranguren también defendieron la compatibilidad del cristianismo con la “filosofía de la circunstancia”.

Es como si los españoles se negaran a tolerar su diversidad y a tomar conciencia de sí mismos. Aquí, ya se sabe, si uno no padece lo que Ortega llamó “hemiplejia cerebral”, si uno no es ni de derechas ni de izquierdas, si uno, como Julián Marías y los buenos toreros, no mueve los pies de la arena, entonces puede ser empalado por cualquiera de las dos sectas (las dos Españas de Machado hielan el corazón); o, peor, uno debe exiliarse exterior y/o interiormente, condenado al ostracismo y al olvido. “¡Eso te pasa por sensato, esto por tibio!”. “Eso por carecer de espíritu fratricida y beligerante que es lo que aquí mola cantidubi-dubi-da”.

Uno se queda solo por preferir la conversación constructiva a la polémica estéril, lo que no deja de ser paradójico.

Uno tendría siempre que arder o estar helado, y a veces las dos cosas, en este país de dogmáticos. De hecho, mientras era considerado un importante maestro en América y en la vieja Europa, Julián Marías era ninguneado y vetado en la universidad española. En ella –según testimonio recogido por el propio Henares del maestro- “corrió una especie de consigna: Si Marías ocupa la cátedra de Metafísica vacante por la jubilación de Ortega, vuelve a España la República. Fue una conjura que nada tenía de intelectual, acaudillada por Calvo Serer (…). El ministro de Educación, Ruiz-Giménez, lejos de darle un toque de atención, nombró como ministro del tribunal a Calvo Serer”.

Marías vivió de su trabajo como escritor y conferenciante durante toda su vida, de forma sencilla y sin padecer resentimiento o ansia de venganza, alcanzó a ser aristócrata en la plazuela, como Ortega, desde su página de ABC, y en EL PAÍS[3], en el que le dejaron expresarse un rato. Alcanzó con la transición cierto reconocimiento público como senador de designación real, siendo por fin nombrado catedrático extraordinario de la UNED (1980), y premiado con el Príncipe de Asturias (al alimón con Indro Montanelli) en 1996. También, como con Emilio Lledó o con Muguerza, hubo que recurrir al expediente de la UNED, al no pertenecer a las “familias” y “sectas propietarias” de las cátedras de nuestra nepotista universidad[4].

Estudiado por Harold Raley (La visión responsable), por Juan Solés Planas (El pensamiento de Julián Marías), cincuenta y siete importantes escritores reconocieron su labor intelectual en el homenaje publicado por Espasa Calpe en 1984, entre ellos, sabios de la talla de Laín Entralgo, Gregorio Salvador, Lázaro Carreter, Dámaso Alonso, José Luis Abellán, Rosa Chacel o José Luis Pinillos…

Domingo Henares leyó su tesis en 1986 y la publicó en Albacete (1991), con el título de Hombre y Sociedad en Julián Marías. El propio Julián Marías estuvo en su tribunal de doctorado y en la presentación del libro.

A parte del anecdotario de la relación y correspondencia entre el discípulo y el maestro, de los encuentros y excursiones anuales con motivo del cumpleaños de Marías (17 de Junio), organizados por la Asociación de Amigos de Julián Marías, con sabrosas confesiones sobre lo que el maestro consideraba esencial de su pensamiento y el retrato de su admirable actitud amistosa, el libro contiene una interesante síntesis final sobre su particular modo de ser cristiano y filósofo, filósofo y cristiano, de un modo muy poco medieval, por cierto (también los católicos más cavernícolas le intentaron enmendar la plana). Algo muy congruente si se piensa filosofía y cristianismo sin prejuicios, y se radica la perspectiva metafísica, vital e histórica, en la noción trascendente de persona (personalismo vital).

 “la realidad más importante de este mundo, a la vez la más misteriosa y elusiva, y clave de toda comprensión efectiva: la persona humana”

J. Marías. Persona. Alianza, 1996.

 Por cierto que en uno de sus primeros encuentros, Henares le suelta al maestro que la verdadera fuente de su pensamiento es más Unamuno que Ortega, a lo que Marías responde: “Puede que lleve usted razón”. De todos modos es innegable la relación del pensamiento de Marías con la razón vital e histórica orteguiana. “Se ha hecho usted discípulo mío, cuando he dejado yo de ser su maestro”, le dijo Ortega a Marías. Y cuando volvió de su exilio después de la guerra incivil, en sus conversaciones con Julián, Ortega gustaba decir “nuestra filosofía”. Pero Marías se niega a simplificaciones fáciles y advierte que “para ser orteguiano es imprescindible no repetir a Ortega”. Ortega supuso para Marías una orientación. José Gaos confesó que Marías le sucedió en el discipulado de Ortega. “Insigne y lúcido continuador de Ortega” (Gilberto Freyre), Ferrater Mora escribe en su Diccionario de Filosofía (1971): “ha desarrollado muchos de los temas de Ortega sólo iniciados o insinuados en los escritos o en las enseñanzas orales de éste”.

Me gusta mucho que a Domingo Henares “no se le vea el plumero” en esta obra, y guarde para su intimidad, con discreción y entre paréntesis, sus particulares convicciones para el futuro, o sea su presunta fe religiosa, si es que la tiene. Él sólo –y es mucho- da cumplimiento con gratitud a la voluntad del maestro, quien le insistió, al leer el borrador de su tesis: “haga usted más hincapié en mi cristianismo”.

Henares reconoce que nunca le había parecido Julián Marías un pensador cristiano. No veía en él una “fe que busca entender” ni un “creo para comprender”, todo lo más se ajustaría a Marías la frase ‘non fides quaerens intellectum, quia simul’: fe y entendimiento en el mismo plano temporal. Sin embargo, es obvio, porque don Julián mismo lo deja escrito, que la filosofía de Marías está bajo la carpa del cristianismo[5], pues para él Cristo representaba el pléroma, la plenitud de los tiempos, el cumplimiento cabal de las profecías.

Faceta suyas como la de crítico de cine tampoco merecen ser olvidadas. Pero lo importante para mí es que “fue capaz de convertir el ensimismamiento intelectual en amor, en felicidad, en sentido y en proyecto” (A. López Sidro), añadiendo bastante verdad (autenticidad) y claridad a la inteligibilidad de su tiempo y de su patria.



[1] Esta expresión fue inventada por Julián Marías quien se convirtió también en su mejor propagandista.

[2] A Julián Marías (1914-2005) le suspendieron en 1942 su tesis La filosofía del padre Gratry, dirigida por García Morente.

[3] “La crítica que Julián Marías iba haciendo al borrador de nuestra Constitución le costó la salida del periódico más influyente de entonces, El PAÍS, donde escribía” (pg. 44). Como muestra, estas palabras: “España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de la palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años” (El PAÍS, 15-I-1978).

[4] Al escribir esto pretende con ello negar que haya en ella catedráticos y profesores de mérito, pero sí afirmar que los de más mérito se han visto vetados precisamente por su independencia.

[5] Julián Marías fue miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, de ahí su proximidad con el Papa: “La Iglesia tiene que ser puramente religiosa, ocuparse de temas religiosos. Y se lo dije al Papa…”. (JM entrevistado por “La Nación”, 20-VIII-1998).