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SIGNAMENTO

Cuando Herodes la tierra

Cuando Herodes la tierra

Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

La cacharrería de consumo en que se está deshaciendo poco a poco  el prodigioso impulso mecánico que infló la guerra, las tres grandes guerras, facilita el escape, la fuga del alma. La técnica se ha impuesto  sobre el arte, pero cumple más o menos parecida función mental: el artificio nos sigue ofreciendo un derivativo al hastío. Es el  mismo plan de evasión a paraísos perdidos que concibieron muchos artistas en el final del siglo anterior, incapaces de sufrir por más tiempo la chabacanería de la época: el pesado fardo de la conciencia, la vulgaridad de lo real, la banalidad del mal. Parecida fuga hacia espacios virtuales y tiempos imaginarios, favorecida por la absenta, el opio, los ansiolíticos o el ciberespacio, los videojuegos, los comecocos o las redes sociales.

J.‑K. Huysmans perfiló a la perfección ese movimiento en su depravada y exquisita novela de 1884. En Al revés, Jean des Esseintes, el refinado, sifilítico y aristocrático libertino, impotente ya para disiparse entre los vicios capitales reales, decide intelectualizar la voluptuosidad y refugiarse en excéntri­cas utopías y eternidades estéticas: en el hieratismo místico y sádico de Gustave Moreau o en las visiones simbolistas  de Odilon Redon, en el reino sutil de las fragancias paganas, de las flores exóticas -flores del mal bodelerianas- y en la litera­tura religiosa de la Decadencia, como un gusano lúcido recogido en su crisálida y con la mirada vuelta hacia el sinuoso vuelo de la mariposa del alma, esa flor efímera que enraíza en las entretelas del corazón y despega hacia paraísos artificiales.

Con una conexión wifi a la Red de redes (Magna Malla Mundial) y una tableta o un smartphone a mano, aislarse y explorar los confines del cielo y del infierno le hubiera salido a Des Essein­tes menos costoso y bastante más cómodo. El mundo al revés se ofrece en la pura virtualidad etérea de las sombras, en el cósmico espejo infográfico. La Metafísica invisible de la Tecnología ha sustituido en el último "fin du siècle" a la gran Metafísica del Arte romántica del XIX, como un vasto conjuro contra el "spleen"; una metafísica que va impregnándolo todo con su inmensa telaraña que cubre el mundo de hilos: autovías, caminos, veredas y trampas invisibles. La misma estructura de nuestra conciencia será remodelada para consonar con la de los nuevos medios de telecomunicación, porque siempre acabamos convirtiéndonos en lo que hemos creado.

Los cambios en la tecnología de la comunicación producen tres tipos de efectos: a) modifican la estructura de los intereses  (las cosas en las que se piensa), b) el carácter de los símbolos  (las cosas con las que se piensa), y c) la naturaleza de la comuni­dad (la zona en que se desarrollan los pensamientos).

La máquina es algo más que las ideas con que fue construida. Una vez en funcionamiento, descubriremos con sorpresa u horror que tiene ideas propias; que es capaz de modificar nuestros hábitos y cambiar  nuestra manera de ser. ¿Fue el capitalismo el que produjo el reloj o fue el reloj mecánico el que produjo esa nueva economía que transforma el tiempo en oro?  

Abandonad toda esperanza; no hay retorno, ni escape de la Red. Hace mucho tiempo  que la Naturaleza dejó de ser nuestro nicho "natural". Hemos  construido nuestro propio medio, nuestro paraíso y nuestro infierno. Nuestras enfermedades epocales no son ya ataques del medio natural, sino del hábitat tecnológico en que bullimos incómodos. Hace tiempo, Ernesto Sábato escribía en Hombres y engrana­jes: "No es nada difícil que enfermedades modernas como el cáncer sean esencialmente debidas al desequilibrio que la técnica y la sociedad moderna han producido entre el hombre y su medio". Tampoco hay que entonar salmodias apocalípticas por ello; siempre  hemos existido en crisis, a pique de desaparecer, al borde mismo de la nada (nuestro gran invento), al límite de la naturaleza y al margen de la Providencia y el Azar, no menos misteriosa la una que el otro. La enfermedad misma  es un poderoso acicate. El dolor produce conciencia; la concien­cia, lucidez; mientras que la seguridad y el placer embotan los  sentidos; a fin de cuentas, puede haber tanta sabiduría en el dolor como en el placer...

Sé muy bien que los nuevos medios admiten un uso constructivo y útil y pueden proveer deliciosas y legítimas satisfacciones. Pero también van a multiplicar de forma inaudita, e inédita hasta ayer mismo, la cantidad de nuevos fastidios producidos por el poder despiadado de las pequeñas contrariedades, que son incluso más desastrosas para los caracteres bien templados que las grandes.

Escribir en un ordenador es como hacer signos matemáticos en la arena o escribir en el aire. A través de las infovías telefónicas puedes conectar con todos, pero, para todos, tu entidad no es superior a la de una mota de polvo en un rayo de luz. Ni siquiera tienes ya cuerpo: únicamente nombre de usuario y clave. ¡Ojo con tocar la tecla que no debes, o se te puede ir al diablo todo el  trabajo y hasta tu identidad cibernética! El Maligno tiene por supuesto acceso a todos los circuitos, directorios y archivos, como Dios. Conoce tus más secretas intenciones.

Es curioso que una red nacida para la telecomunicación de secretos oficiales y oficiosos acabe convertida también en pista de circo y salón de bellezas alquiladas, pero ese parece haber sido, sin solución, el porvenir de los códigos elitistas: extrin­fugarse y adocenarse. En las nuevas redes se reproducen y multi­plican todos los géneros de peces y todas las especies de basura,  sin riesgos, sin carne, sin espinas, inodoros e insípidos, puros como imágenes cristalinas, irreales como espíritus luminosos: mariposas de diseño, almas virtuales atrapadas en una vasta Red.

In Cold Blood

In Cold Blood

¿Puede pasar un reportaje por una novela? Desde luego. Es el caso de A sangre fría, que Truman Capote escribió tras cinco años de intensa investigación y cuyo argumento se ha llevado varias veces a la pantalla. La he leído en la excelente traducción de Jesús Zulaika para Anagrama (Barcelona, 2007). Creo que los reportajes periodísticos de Ryszard Kapuściński (Imperio, Ébano…) contienen más poesía y ficción que esta notable obra del escritor de Nueva Orleans con la que renovó tanto la novela ("novela testimonio") como el periodismo ("reportaje novelado") creando, por así decirlo, un subgénero mixto.

No es la poesía de las grandes praderas sureñas lo que le interesa al autor de In Cold Blood (Nueva york, 1965). “Non fiction novel” –dijo de ella Truman Capote-. La realidad supera a la ficción, estremeciéndonos la mera descripción de los salvajes hechos, ante su dimensión trágica. Una excelente familia de Kansas, trabajadora, cívica y cristiana, es asesinada el 15 de noviembre de 1959 por un puñado de dólares, una radio y unos prismáticos.

Lo sorprendente de la “novela” es que acabamos familiarizándonos más con los asesinos, -con la trivialidad del mal, que diría Hannah Arendt-, que con el terrible destino de las víctimas. A "Capote" (nombre artístico tomado por Truman Streckfus Persons, 1924-1984, de su padrastro cubano) le criticaron por haberse implicado demasiado personalmente con uno de los asesinos, Perry Smith. La acusación seguramente resultaba más maliciosa aún dada la condición homosexual del autor. Sin embargo, al final, y teniendo en cuenta los antecedentes familiares, psicológicos y sociales de los dos desgraciados que les roban la vida a los honrados y civilizados granjeros, todo se explica, pero nada se justifica. O solo, tal vez, se justifica bien que Dick y Perry sean ahorcados cinco años y pico después de sus horrendos crímenes, tras apelar sin éxito a los tribunales.

La descripción y penetración psicológica en los personajes es magistral. El Sr. Clutter, por ejemplo, poseía una impávida seguridad en sí mismo que lo hacía especial, pero que, al mismo tiempo que generaba respeto, limitaba un tanto el afecto que le profesaban sus semejantes. Los Clutter, bien integrados y sobresalientes en su comunidad, pertenecen a un mundo que contrasta vivamente con el de nómados desarraigados al que pertenecen sus asesinos.

De Perry, el mejor representado de los criminales, un chico abandonado, medio indio y lisiado por un accidente de moto, se dice que “sin ser amable, era sentimental”. No carece de sentido estético y guarda celosamente los documentos que simbolizan sus principales vivencias. Él y Dick, su compinche, no tiene nada de tontos. No son malos por ignorantes. Razonan bien y son capaces de exponer su pensamiento con fluidez, oral y por escrito.

Como la ciencia, la narración de Capote parece asumir la objetividad como principio regulativo. Por supuesto, se trata solo de un ideal, de un desideratum. Sobresale allí una perspectiva privilegiada, la del detective Dewey, que se rompe la cabeza buscando pistas y tratando de resolver el crimen múltiple. Es un ejemplo de profesional abnegado, siempre dispuesto a sacrificar su ocio y a olvidarse de la familia para atrapar a los asesinos y proteger a la comunidad.

Cuando tenga todos los elementos y los conozca, acabará pensando que el crimen es un accidente psicológico, un acto virtualmente impersonal, como si a las víctimas las hubiese matado un rayo o arrastrado la corriente de un río desmadrado. Pero su psicologismo, muy propio de la época en que la obra fue escrita, no le impide horrorizarse con el terror y el sufrimiento que imagina soportaron las víctimas.

He aquí –a mi juicio- el mérito de la novela de Capote. Ofrece una exhaustiva explicación psicológica, pero no a costa de oscurecer con ella el fondo moral del asunto, no a costa de hacer pasar la explicación por una justificación ética. La explicación y el problema moral conviven en tensión, pero no como una alternativa excluyente.

Su reportaje ofrece al criminalista un buen esquema del perfil común del asesino múltiple: violencia extrema en la infancia, privaciones emocionales, falta de uno o de ambos progenitores, vida familiar caótica, trastornos en la estructura del afecto, disociación de la rabia y los actos violentos (“a sangre fría”), relaciones personales superficiales, soledad, aislamiento, nada de culpa, ni de remordimientos, ni de depresión…, sus víctimas como figuras claves en alguna configuración traumática del pasado, pérdida del contacto con la realidad, debilidad en el control de los impulsos…

Dewey acaba mirando al asesino sine ira, incluso con cierto sentimiento de piedad solidaria,

“porque la vida de Perry Smith no había sido un lecho de rosas sino una vida patética: un sombrío y solitario proceso de persecución de un espejismo tras otro”.

Sin embargo, ese sentimiento no se degrada en el sentimentalismo que lleva directamente a proclamar el "derecho a la reinserción" y sus corolarios de impunidad y rebajas penales, a los que aquí estamos tan malacostumbrados…

“El sentimiento de Dewey, sin embargo, no era tan profundo como para llevar aparejado el perdón o la clemencia. Esperaba ver a Perry y su compinche ahorcados: colgados por el cuello hasta morir”.

La furia absurda con que dos desalmados liquidan a una buena familia de un pueblecito de Kansas, en la que se encuentran una chica y un chico excelentes en la flor de la juventud, a cambio de nada, es el fruto siniestro de la desesperación del desenraizado, del que en nada valora la vida ajena porque menosprecia y siente como una pesada carga la suya propia.

Perry Smith puede tal vez ser un lunático, pero sabe lo que ha hecho: es culpable. Eliminar su culpa sería menoscabar la poca dignidad humana que le resta, tratarlo como una cosa, como un efecto de las circunstancias y no como causa suficiente y libre de sus actos. Y muere ejecutado como un hombre, sin buscar siquiera consuelo en las ilusiones de la religión. Sabe –como Willie-Jay, otro criminal del "corredor de la muerte"- que todos los crímenes son “variedades del robo”, incluido el asesinato, porque cuando matas a un ser humano le robas la vida.

Por eso, las últimas palabras de la novela constituyen un melancólico recuerdo de las víctimas, no de los criminales, y muy particularmente de una de ellas, Nancy Clutter, la joven querida por todos, inteligente, trabajadora y guapa, siempre dispuesta a ayudar a los demás, y a la que Perry destrozó el cráneo para esparcir su sangre y sus sesos por su lecho de doncella.

Por lo menos, es verdad, Perry evitó que su compinche, Dick Hickock, previamente, la violara.  

Propuesta romántica vs. desublimación indecente

Propuesta romántica vs. desublimación indecente

A la luz crepuscular de la música de Rachmaninoff

La penúltima reacción contra los excesos racionalistas de la modernidad fue el romanticismo. Aunque el empuje de aquella tormenta también estuvo transido del pretencioso egotismo del “yo pienso”, que aspira a reducir el ser a su representación subjetiva, sus manifestaciones más ricas y tardías, Nietzsche o Rachmaninoff, expresan, por un lado, la belleza de mundos aristocráticos que se agotan y, por otro, valores clásicos y, por tanto, perennes y restaurables.

Conmovedoras melodías, verbigracia, aportan su sentido principal a la música romántica. Esas “historias” sentimentales, inefables pero comunicadas, serán explotadas luego, sin refinamiento ni virtuosismo, por las baladas comerciales, o se disiparán, machacadas por las aventuras matemáticas, el énfasis rítmico, o la búsqueda de novedades cromáticas de la horrísona música à la page, tan pedante y vacía como un poliedro de hielo vestido de chaqué.

Con Rachmaninoff, la crítica se equivocó al reprocharle su “retraso” estético o técnico; ¡como si el arte fuera una especie de competición de innovaciones y/o extravagancias! El buen arte no tiene por qué darse prisa, pues apunta a lo eterno. Artistas como Mendelssohn o Rachmaninoff se hubieran podido solidarizar hoy con la estadounidense “Fundación por un largo ahora” (Long Now Foundation) o con la austriaca Sociedad por la Desaceleración del Tiempo o, en general, con el Movimiento Slow que desafía el culto a la velocidad, ese que ha convertido a la Fórmula Uno en un paradigma de los tiempos que corren y a la culinaria en el arte ejemplar, productor de innovaciones tan efímeras y etéreas como devorables.

Con Rachmaninoff, como con la película Doctor Zhivago, la crítica se equivocó y el público acertó. El tiempo es un testigo insobornable, y los conciertos del ruso son interpretados, grabados y aplaudidos globalmente.

Restaurar cierto romanticismo en educación puede que no nos libre de la crisis de ideales e ilusiones creadoras que padecemos, ni nos salve del tráfico de armas, el desequilibrio internacional o el cambio climático. Pero puede servir como paliativo fuerte contra el desinterés, como terapia contra la depresión y la apatía, que tan fácilmente aqueja a nuestros jóvenes. No porque la elevación romántica permita eliminar sus causas, sino porque puede contribuir a paliar o transformar creativamente sus efectos mediante la sublimación.

Marcuse habló de la desublimación represiva que imponen las sociedades consumistas a sus “hombres y mujeres unilaterales”, a fin de convertir y resolver pronto todo deseo en acción consumidora. Los deseos rinden, pero no crecen ni se enriquecen imaginativamente, en una sociedad mediática que los crea industrialmente a la vez que los satisface masivamente. Parodiando el título de la comedia...

“Por qué llamarle amor (sublimación inmaterial) si su génesis material está en el sexo (materia consumible)”.

Ni se compra ni se vende el cariño verdadero, pero el sexo sí. De ahí que acabe imponiéndose la instrucción sexual, en lugar de la sublimación sentimental. Culturalmente, sin embargo, lo importante no es el sexo, que practican mejor las ratas (y con probada eficacia reproductiva, por cierto), sino lo que hacemos sublimando el sexo, en su simbólica ideal y civilizatoria. Lo eterno es su soneto de amor, las médulas que gloriosamente ardieron en él, son esas las que tendrán sentido, las del polvo enamorado, y no las del polvo real que echase Quevedo, si es el que el pobre lo echó: "Polvo eres...".

Todo esto lo he pensado después de que se me saltasen las lágrimas con dos de los temas melódicos del Segundo Concierto para Piano de Rachmaninoff (1901), que sigue siendo su obra más popular, y que no oía desde hace años, antes de una larga convalescencia que me ha tenido alejado de las órficas sublimidades de la buena música, divino lenguaje. El autor lo compuso tras una grave depresión que le tuvo inactivo. Es un maravilloso ejercicio de sublimación que toca y deshace las defensas de cualquier corazón sensible. Sublimar la tristeza o la melancolía, la frustración, el dolor o la soledad, es uno de los caminos más nobles para superar sus consecuencias paralizantes o funestas.  

AVENTURA INACABADA

AVENTURA INACABADA

Evelyn Waugh es conocido popularmente como autor de la novela que dio pie a la famosa serie Retorno a Brideshead, que su novela Obra suspendida prefigura. Nació en Londres en 1903 y murió en Somerset en 1966. Fue corresponsal de guerra y se casó dos veces. De su primera mujer –también de nombre Evelyn- se divorció en 1930, el mismo año que se convirtió al catolicismo. Con su segunda mujer, Laura Herbert, tuvo cuatro hijos. Al varón, nacido en 1950, le pusieron Septimus.

De espíritu aventurero, viajó por todo el mundo. Durante la segunda guerra mundial estuvo destinado en Yugoslavia. Su prosa, estilizada y mordaz, juega con una sensibilidad muy particular bajo la capa del humor negro. Retrata a la clase dominante británica, y sus semblanzas, a pesar de su ironía crítica, resultan fascinantes. Reticente con la modernidad, Evelyn Waugh puede ser por ello considerado un referente de la postmodernidad.

Obra suspendida fue escrita en 1939 con un epílogo de 1941, y su traducción fue publicada por Treviana en 2009. Inacabada, ha sido considerada, no obstante, su obra más enigmática. Waugh pensaba que sus dos capítulos conformaban sus mejores páginas. Ignacio Peyró dice que quintaesencian su narrativa: finura satírica, humorismo, soltura, intensidad emocional, rumor de una solemnidad de fondo, destilada belleza de mundos que concluyen...

La inconclusión de la novela tiene un sentido trascendente. Explica su autor en el epílogo:

Nuestra historia, como mi novela, quedó inconclusa, un montón de cuartillas olvidadas en el fondo de un cajón…

¿No son, cualquiera de nuestras vidas, historias inconclusas, relatos sin terminar? Puede que en esta apertura de la biografía moral hallemos –como Kant- razones para la esperanza, como un glorioso fin para una danza, un objetivo trascendente al que apunta la razón universal. Nuestras vidas no serían entonces las estelas en el mar machadianas, sino flechas lanzadas más allá de las nubes, hacia un destino que desconocemos o que solo alcanzamos a vislumbrar.

Describiendo a su padre, pintor extemporáneo, artesano de la copia, el protagonista nos habla del valor defensivo de lo que la gente llama «la frontera de la locura». En la novela no falta un sujeto en el límite abismal de esa frontera delirante: Atwater, el joven conductor que atropella al padre del protagonista y que luego, a pesar de ello, le pide ayuda con una lógica lunática. Acabará prosperando gracias al conflicto bélico. A fin de cuentas, ¿no es la guerra una locura colectiva?

Es paradójico que un escritor exprese amargura y desconfianza hacia el lenguaje, el medio en el que medra y existe. Waugh afirma que ningún provecho aporta depender de la expresión verbal, pues al final nada queda. Cuando se vuelca, no es menos agudo el sufrimiento, y sí más duradero. También sorprende que un converso católico refiera –aun irónicamente- a la posible relación entre masoquismo y virginidad… Todas estas contradicciones dan a su obra un sentido bizarro.

El núcleo de la narración es una platónica relación amorosa entre un escritor maduro y una mujer casada con su mejor amigo, una relación que cristaliza en una amistad con fecha de caducidad. Así describe el protagonista la belleza de su amada:

Este tipo de belleza no dependía de una luz adecuada, ni de un peinado acertado, ni de las ocho horas de sueño profundo, sino de un secreto interior.

Ese secreto puede ser una emoción o un sentimiento que la amada atesora de otro. Un efecto del que no somos causa. En el caso concreto que señala el autor, los celos del marido.

Algunas de las afirmaciones de Waugh resultarían hoy políticamente incorrectas, porque el relativismo antropológico se ha convertido en dogma de fe progresista –valga la contradicción-. Así, señala que «el hombre civilizado» no conoce esas rápidas inflexiones de alegría y tristeza que sufren los salvajes. En 1939 era posible escribir esto sin que a uno le tildasen de etnocéntrico o imperialista.

El don Juan de Balzac

El don Juan de Balzac

El don Juan Belvidero de Balzac se divierte en un palacio de Ferrara con el príncipe d’Este y siete cortesanas graciosísimas. Su padre, un poderoso comerciante orientalista, le ha malcriado a conciencia y yace agónico. En su lecho de muerte, Bartolomeo Belvidero, propietario de un elixir de la vida eterna, pide a su hijo que frote con él su cadaver una vez fallecido, pero don Juan, tras probar con un ojo para reventárselo enseguida, se niega a resucitar al anciano, conservando el elixir para sí.

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanza joven a despreciar el mundo y a manejarlo, para su placer, a su antojo. Su felicidad no es la del burgués, sino la del noble libertino que se apodera de la existencia, como un mono de una nuez, para quitarle rápido los vulgares envoltorios y disfrutar su pulpa.

No se dedica a ningún tipo de liderazgo político o ideológico, convencido de que las almas pequeñas difícilmente creen en las grandes, y de que es difícil cambiar el porvenir con la calderilla de nuestras ideas pasajeras.

Así que, en lugar de andar con la cabeza en las nubes, se tiende, entre galopada y duelo, para secar a besos el labio fresco, tierno, húmedo y perfumado de las mujeres. Como la muerte, don Juan lo devora todo sin perdón y su tránsito deja huellas funestas. «Yo a los palacios subí, a las cabañas bajé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí» -según los versos de Zorrilla.

Pero el don Juan de Balzac no conoce más sino el amor que el escritor francés llama «oriental», de fáciles y largos placeres. Ama a las mujer en las mujeres, al contrario que el marido fiel, que ama a las mujeres en la mujer. Y por eso se entrega a la más profunda seducción de la ironía. Cuando sus queridas suben al cielo en el éxtasis del lecho, él las sigue grave, expansivo, «tan sincero como un estudiante alemán»; pero dice ‘yo’, cuando su amante ebria y delirante exclama ‘nosotros’.

Es un ególatra impenitente. Pero Balzac halla algo de satírico en su sencillez y algo de jovial en sus lágrimas, porque sabe llorar como esas mujeres que le sacan cuantos caprichos conciben a sus maridos. Para don Juan, el universo es él mismo. Amarra su barca a cualquier orilla, pero, dejándose conducir, sólo llega a donde quiere.

Su conversación con el papa Julio II no tiene desperdicio. Moviéndose entre almas católicas como un tiburón alrededor de un banco de sardinas, cuanto más vive, más duda, pues observa que las personas de verdad buenas, delicadas, generosas, justas, prudentes y valerosas, apenas obtienen consideración en nuestra sociedad, y que por nadie somos tan tiernamente amados como por las mujeres en quienes pensamos poco. Por eso, y por puro cálculo egoísta, cuando envejece marcha a Andalucía donde se casa con una Inés educada en colegio de monjas, virgen y supervirtuosa, que le dará un hijo, Philippe Belvidero, tan virtuoso como la madre, «español tan conscientemente religioso como impío era su padre; en virtud quizás del adagio: a padre avaro, hijo pródigo».

El final resulta tan fantástico como siniestro, extrambótico..., diabólico; «gore», según diríamos hoy.

 Bibliogafía

Honoré de Balzac. Cuentos filosóficos. «El elixir de larga vida». Ed. corregida y actualizada por Belén Saborido Palomo, 2012. Ediciones de la isla de Siltolá, Sevilla.

EL CHICO SIN COLOR DE MURAKAMI

EL CHICO SIN COLOR DE MURAKAMI

A veces la desgracia se nutre de malentendidos. Tsukuro Tazaki, el chico sin color de H. Murakami, fue apartado de su grupo de amigos y no supo por qué. La angustia de ignorar el motivo de que le despreciasen así y una terrible sensación de abandono le transformaron.

Los años de peregrinación del chico sin color -Tusquets, Barcelona 2013-,  me ha parecido lo mejor de cuanto he leído del cosmopolita japonés. Su novela más acabada. Y sin embargo todo en ella parece quedar como en suspenso, como una hoja caída bailando en el aire, sobre todo la soledad melancólica pero esperanzada del personaje principal. Al fondo, como en otros relatos del aspirante al Nobel, una hermosa pianista malograda, con alto cuello de garza -que con saetas de amor fiere cuando los sus ojos alza..., como la doña Endrina del Arcipreste.

La obra contiene finos análisis de sentimientos corrientes y desgraciados, como los celos, «la prisión más desesperanzadora del mundo. Porque es una prisión en la que el preso se confina a sí mismo». Pero el tema central de la novela es la amistad, su encanto, la burbuja de seguridad que crea a su alrededor, su necesidad, su pérdida, su nostalgia, sus inconscientes y vergonzantes fondos. Los personajes refieren sus razones al protagonista en un hermoso lenguaje universitario, mas sin innecesarias pedanterías, mientras suena, como en un sueño, con carga erótica, «Le mal du pays» de Franz Liszt.

Aunque no se trata de una novela filosófica, uno puede hallar aquí interesantes disquisiciones sobre el valor vital de la lógica. Haida, el compañero de natación del chico sin color, afirma: «cuando se avanza en un razonamiento, las hipótesis se vuelven cada vez más frágiles y, por lo tanto, las conclusiones a las que se llega son poco fiables»

Como en un ciprés, cuya línea principal conduce a una cima en crecimiento, de abajo arriba, el hilo narrativo posee también alguna rama horizontal sin concluir, que no llega a darle deformidad al «enhiesto surtidor de sombra y sueño» de don Dámaso, parece más bien un borrador de futuras narraciones, o un enigma que se ofrece a la imaginación del lector y para cuya solución se sugieren distintas posibilidades. Tal es el caso del misterioso pianista de jazz, Midorikawa, quien explica que «cada ser humano tiene su propio color, que siempre lo acompaña en forma de un halo alrededor de su cuerpo. Como un aura», y que él tiene el «superpoder» de ver esos colores. Su lección final: «utiliza el hilo de la lógica para coser a tu cuerpo, lo mejor que puedas, aquello que merece la pena vivir».

Murakami raramente usa metáforas y apenas recurre a comparaciones. Cuando estas aparecen suelen ser muy originales:

«Vivimos en una época de apatía generalizada. Tenemos al alcance muchísima información sobre los demás. Si uno se lo propone, puede obtenerla con facilidad. Sin embargo, realmente no sabemos nada de nadie».

Lo que al fin comprende Tsukuro en una remota casa de campo, a la orilla de un lago finlandés, cerca de la casa natal de Sibelius, es que «los corazones humanos no se unen solo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad.»

Espero de una novela que los tiempos muertos y los actos infructuosos sean sustituidos por episodios emocionantes y significativos. El detalle más cotidiano y sencillo, como el sonido que hace una taza de café de porcelana al caer sobre el platillo, puede ser muy significativo pues delata el estado de ánimo del que la usa. El relato de Murakami cuida con virtuosismo preciosista y muy oriental esos detalles.

Para lectores a los que les guste leer despacio, conscientes de cada palabra que descifren. Sin aspiraciones de descubrir otros mundos, sino más bien con amplia aceptación de este, ya de por sí bastante inquietante y misterioso, bello y melancólico.

Ya es mucho aspirar al Nobel.

 

 

Espadas vorpalinas

Espadas vorpalinas

A finales de los setenta me enamoré de los cuentos supercortos de Fredric Brown, ágiles y humorísticos, con finales sorprendentes, redondos y vitaminosos como una mandarina, pura acción, muy americanos. Le consideraba un autor de ciencia ficción.

Mire usted por donde, en el kiosco del hospital en el que yacía convaleciente mi padre, unos días antes del chupinazo de San Fermín, hallo una novela negra que consideran “la obra cumbre” del norteamericano. Tras haberla disfrutado, pensé que esto de “la obra cumbre” resulta un poco exagerado, un reclamo de la contraportada para animar su compra.

Sin duda, es un notable ejercicio literario, el que hizo Brown para la construcción de esta novela que podríamos llamar “negra” o “policíaca”. Aunque en su foto, el jefe de policía no sale precisamente favorecido. Me ha sorprendido el interesante retrato moral de sus principales personajes, sobre todo del protagonista: un solitario cincuentón, buena persona, propietario de un periódico provinciano que nunca da grandes noticias. Tiene mucho de antihéroe, en parte porque piensa que para hacerse famoso hay que ser un cabrón, y él prefiere llevar una vida sosegada y pasar por “pringao”. Se considera a sí mismo un “fracasado de primera”.

Apostaría a que ese personaje de Doc Stoeger tiene mucho de Fredric Brown. Siempre sucede, desde luego; el escritor no puede inventar sino sobre el tapiz recordado de lo vivido. F. Brown (Cincinati, 1906-1972) se ganó la vida como corrector de pruebas de imprenta, y seguro que fue una buena persona. Sin duda, también gran lector y bebedor empedernido, como Doc Stoeger, el cual se ve envuelto involuntariamente en una trama delirante de asesinatos y gansterismo.

La noche a través del espejo es el título que ha escogido para esta novela, su traductora, Susana Corral. Night of the Jabberwock (1950), en título original. Jabberwock es un personaje del más famoso disparate poético inventado por Lewis Carroll. No deja de ser paradójico que este género literario del absurdo o del sinsentido floreciera en la ordenadísima y puritana Inglaterra victoriana. Por algún sitio tenía que escapar el vapor de la caldera represiva... Edward Lear sirvió de antecedente a Carroll, sus Limeriks tienen, al decir de sus críticos, una gracia solo superada por el Jabberwocky de Carroll y su secuela, A la caza del snark. Estos desvaríos literarios fueron precursores de la posterior literatura del absurdo y de la subversión del lenguaje de Joyce, que tanto se aprecia hoy (académicamente). A Carroll le hubiera hecho mucha gracia que se le apuntase en los libros como precedente de cualquier género de subversión. ¿Cuál es la frontera entre subversión y perversión?

En español, y en esta misma línea creativa, hay que citar el genio memorable de Julio Cortázar, creador de cronopios y famas. Se levanta una realidad aparentemente objetiva aprovechando los valores acústicos de unos significantes tan anticonvencionales como sugestivos. Se provoca de paso un efecto perturbador mezclando afecciones contrarias: seriedad heroica con humor trivial, terror con ridículo. Palabras que no están en el diccionario suenan como palabras verdaderas, circulan como falsas monedas que pasan por auténticas, y ellas solas hacen surgir significados imaginarios en la mente del oyente, o del lector que escucha su original eco interno en un bosque de extrañas asociaciones.

Ni que decir tiene que la traducción aquí es –como diría Ortega- pura pretensión, pura utopía, un imposible a la vez que un desafío, que debemos emprender sabiendo de antemano que solo cabe un menor o mayor grado de acercamiento al efecto original, el cual siempre se nos escapará en lo traducido, aunque lo traducido puede provocar otros efectos distintos de los que provoca el original, puede que hasta mejores. La copia puede mejorar el original, cosa que sucede muy fácilmente con la tecnología actual.

“Galimatazo” es el título que pone a su versión Jaime de Ojeda, en su espléndida traducción de Alicia a través del espejo (Alianza). Lo justifica porque jabber significa en inglés hablar mucho y confusamente, farfullar. He aquí su primera estrofa:

Brillaba, brumeando negro, el sol 

Agiliscosos giroscaban los limazones

Banerrando por los váparas lejanas;

Mimosos se fruncían los borogobios

Mientras el momio rantas murgiflaba.

 

Su original:

 

 Twas brillig, and the slithy toves

Did gyre and gimble in the wabe:

All mimsy were the borogoves,

And the mome raths outgrabe.

 

Y la versión de Susana Carral para la cita de F. Brown en La noche a Través del Espejo:  

 Pentelleaba el sol y los escurrosos tovos

Jugoneaban aspeando la matambecida:

Amagados manerían los borogovos

Y las cerdidas rantas pantimecían.

El reverendo Dodgson (Lewis Carroll) reprodujo por primera vez en 1855 la primera parte del Jabberwocky. Según sus explicaciones, “los borogobios” pertenecen a una especie extinta de loro, desprovisto de alas, con pico torcido hacia arriba. Anidan al pie de los relojes de sol, se alimentan de ternera y hacen muecas de profundo malestar.

¿Son o no son de otro planeta? ¿A qué grupo social aludía esta caricatura en la imaginación portentosa de Carroll?

Contrastan, desde luego, con el rutinario realismo en que se desenvuelve la trama de la novela de Fredric Brown (Cincinati 1906-1972). Toda ella acción y burbon, copa tras copa (como en Bajo el volcán de Malcoln Lowry), como en las novelas negras de Dashiell Hammett. Pero no haré de spoiler (como llama ahora al que revienta un argumento), sólo añadiré que los relatos de Carroll y de Brown siempre acaban bien.

En ellos triunfa la inocencia, ¡como Dios manda!