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SIGNAMENTO

BOCA DE ASNO

BOCA DE ASNO

Hace algo menos de tres lustros, Guillermo Fernández Rojano, escritor del Santo Reino, me escribía desde Orcera, donde no sé si se siguen criando podencas santas y aceites afrutadísimos. De mi edad, el poeta estudió filología semítica y se doctoró en hispánicas. Obtuvo el primer premio "Gabriel Celaya" en 1998.

Entonces me enviaba una cuidada edición de su poemario Boca de asno, con breve y jugoso prólogo de José Viñals (Germania, 1999). Ahora repaso aquellos versos, en general amargos como el corazón de una alcaucil crudo o la grasa de aceituna picual. Giran en torno al material óseo que soporta nuestros otoñales dolores. El bardo recomienda:

Aférrate a la vida de tu sueño

recorre su laberinto, disfruta

también el éxtasis inconmensurable

de no volver, de estar al borde constantemente.

Es una razón fronteriza (como la descrita por Eugenio Trías) en delirio vanguardista, la que articula un lenguaje así, reinvindicando, muy paradójicamente, una vida sin memoria. Menos mal que parece haber puerta de escape de nuestras angustias, pues 

Ves a alguien que sonríe y aprovechas

para meterte dentro de su cuerpo.

Ya eres feliz, ya amas, ya no estás contigo.

Escribir para agarrarse a algo que tenga forma, proclamando la catástrofe de todo. Y la blasfemia, oración nihilista, a un dios "que colecciona prepucios / y se emborracha de delitos". Al que todavía se agradece su "ética delirante" y una "risa suficiente".

Guillerno aporta una sardónica reflexión de filólogo en su poema "Tautos":

Sólo la palabra

cuyo significado desconocemos

es la que podemos comprender

sin ningún género de dudas.

La palabra es sin duda "el lugar de la mentira", tanto si nos acaricia por dentro, como si nos revienta el alma, palabra envenenada, palabra que tergiversa el paisaje convirtiéndolo en impudicia.

Como a los curas, a los poetas no les cuesta mucho contradecirse. Así, este se lamenta, desde un espacio superpuesto, de que el dolor pueda ser mudo; y desde el por detrás del espacio, del vacío que le llena por dentro; o se queja de la aburrida felicidad del mundo.

Menos mal que ha visto el citado vacío poblarse de presagios. Mas me temo que sean funestos.

Muy pocas concesiones hay en estos poemas a la melodía, más bien poseen sus versos un ritmo de campanas tocando a difunto, a golpe de badajo de anáfora.

Cruje y se desliza una sombra en el espejo, la de un -no sabemos si mayestático- que a veces se queja y a veces habla rumano, amada o amante, pero que nos promete un goce que solo es "la rebelión de todos los miembros a permanecer unidos", un placer que consume.

Sí, la nieve se mezcla aquí con la pedrería fugaz de las cerezas en estación incierta: el eros con el thanatos, la saliva con la ceniza. Resulta pobre la esperanza de que el dolor no sea superior a la vida, si ni tan siquiera la música es superior a la vida, pues...

¿Qué música ha sido capaz de reparar

el verdadero dolor que nos mantiene vivos?

El dolor es tema principal de todo esto, el dolor ¿hecho tiempo?, ¿eso somos? El tiempo, hecho dolor, ¿eso acabamos siendo? Nuestra esencia, esa duración real de pasillo a condena capital.

Esta afirmación del dolor como soporte de la vida me recuerda la afirmación del filósofo y piloto Manuel Fernández de Liencres en su Apertura para un mejor desconocimiento del hombre (2010). Recordaba allí en sus postrimerías como algunos teólogos explicaban la cruz del Cristo por la necesidad de Dios de igualarse en dolor y en angustia a sus criaturas. ¿No será el dolor consecuencia directa de Su imperfección creadora? ¿Se trata entonces de una imperfección sin límites? -se preguntaba Manuel, mientras ansiaba también como poeta "medir por su sombra cada estrella".

Eso confesaba el ubetense, mientras Rojano alababa también a la rosa por su espina, sufriendo la mundana mordida de una boca de asno, mientras Manuel además pedía -para su alma desmandada- "muerte en el pico de una golondrina".

 

El nombre del mundo es bosque

El nombre del mundo es bosque

Ursula K. Leguin, la escritora norteamericana de ciencia ficción, ganó en 1973 el prestigioso premio Hugo con su novela corta El nombre del mundo es bosque. Luego la amplió con otra del mismo título en 1976. La traducción al español de Matilde Horne para la editorial Minotauro (1986) se la presté este verano a Tania Poyuelo, una estudiante aventajada de griego clásico.

Tania me ha pasado un breve y jugoso comentario que tengo el gusto de publicar aquí:

En esta obra de Úrsula K. Le Guin podemos ver la invasión de otro planeta por los terráqueos. Estos destruyen sus bosques y los athsianos, los habitantes de este planeta, cambian. 

 

Ellos son muy pacifistas, gente que no guarda rencor a nadie. Pero el odio hacia los terráqueos y ver la forma de actuar de estos los hace cambiar. Pasan de ser gente que no haría daño ni a una mosca a matar a miles y miles de personas. Nace el odio en ellos.
Esto es un claro ejemplo de como el odio nos puede cambiar a todos. Da igual que seamos muy tranquilos, que no seamos violentos o que queramos mucho a una persona, que si comenzamos a sentir odio, somos capaces de las cosas más atroces. Así de simple. Esto está en nuestra naturaleza y no podemos cambiarlo.
Así que cuando salga en las noticias que alguien ha hecho una cosa atroz y todos sus vecinos salgan diciendo que es muy raro, que era una persona muy buena, muy tranquila..., no os alarméis. El ser humano tiene sentimientos, sí, pero hay algunos que le cuesta controlarlos, como el odio; y además, es el animal que ha cometido y que comete las mayores barbaries. 

 

Héroes, bestias y mártires de España

Héroes, bestias y mártires de España

A sangre y fuego, Libros del Asteroide, Barcelona 2013.

De los relatos de Manuel Chaves Nogales no se puede decir que sean fantásticos. Más bien sorprende la trepidante crudeza de su realismo, al que no falta emoción contenida, sobrio lirismo e incluso moraleja filosófica. Se nota en ellos el genio del periodista neutral, adicto a la descripción objetiva de los hechos, del periodista que no se casa con nadie y mantiene sus distancias frente a todos, muy particularmente frente a fanáticos y bandidos, esos que disfrazan sus vicios con el trapo del amor a la patria o el pretexto de una ideología totalitaria.

Su marco es la guerra civil española, la que intentó parar y de la que huyó para que no le fusilaran por tibio, o para no tener que matar en nombre de uno de sus -ismos. Si la primera víctima de toda guerra es la verdad, la segunda es la libertad. A sangre y fuego debió ser compuesto, según nos cuenta la introductora María Isabel Cintas, en la celeridad de su partida al exilio y se publicó por primera vez en una editorial chilena, en 1937. Uso para esta entrada parte de su subtítulo: Héroes, Bestias y Mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. La edición que yo manejo añade dos más de estos extraordinarios relatos, bien fundados en lo que sin duda sucedió.

La perspectiva de un intelectual liberal como Chaves Nogales resulta tan refrescante como insólita. Vio clara el lamentable y absurdo horror de una guerra que no ganaría ninguno de los bandos y perdería sobre todo la población civil, porque España, a la postre, no sería nunca ni comunista ni fascista. Vio claro el miedo a la libertad de ambos bandos cainitas.

En el prólogo se define a sí mismo como antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pues se negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sólo reconocía un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”…

“Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”

Lamenta, en fin, esa “terrible e ininteligible selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores”. Y prevé lo que sucedería aquí una vez que las grandes potencias hubieran dirimido sus diferencias a bombardeo y cañonazo, a golpes en cara ajena:

“Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo…, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra”.

Por sus páginas, además de héroes y bestias de todos los colores y extracciones sociales, pasean personajes históricos como Malraux o Durruti. Y la diversidad de la grey hispana, donde no falta la alusión a  señoritos rojos y a obreros católicos partidarios del orden nacional. No falta el humor, atroz humor negro, en alguno de estos vibrantes relatos, como en el titulado “Los guerreros marroquíes”. Uno de esos feroces africanos, vanguardia de las tropas de Franco, de avanzadilla por el monte, se pierde y es capturado por una patrulla de cabreros milicianos. Malherido lo conducen al pueblo serrano, donde forman espectáculo.

El moro, para salvar su vida, cierra la mano que antes levantaba extendida y grita sin cesar “¡Moro estar rojo, no matar, moro estar rojo!”. En el pueblo serrano le miran como a una alimaña más rara aún que la cabra hispánica. Van a hacerle una foto y le ponen contra una tapia, y él, que no ha visto jamás una cámara de fotos, cree que van a matarle. Pero no. Reunido el comité revolucionario, someten al moro a un interrogatorio del que no sacan nada en claro. Luego de lo cual se entabla un largo debate sobre qué debe hacerse con el prisionero. Los delegados republicanos son partidarios de que sea conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creen que lo lógico es dejarlo en completa libertad, para que se redima de su pasada servidumbre como digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas piensan que hay que curarle primero y luego inscribirle en las milicias para que luche contra los rebeldes, eso sí, debidamente vigilado. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos aglomerados en la plaza exige unánimemente que se le entrege el prisionero para darse la satisfacción de matarlo. “Era lo menos que se podía pedir”.

Mientras tanto, en la casa de socorro operan y curan al moro, el médico de campaña y las enfermeras solícitas ponen en ello un loable celo humanitario que hace sonreír de gratitud al guerrero africano. Así que ya no siente ningún recelo cuando le colocan delante de la tapia. Sonríe ingenuamente a los milicianos. Imagina que van a retratarle otra vez. No tiene tiempo de maravillarse cuando éstos se echan los fusiles a la cara y le acribillan.

Y concluye Manuel Chaves Nogales: “A estas horas, el alma en pena del moro Mohamed debe de andar vagando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntarle: ‘¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?’”.

Lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y del genio español en estos relatos terribles, si conmovedores y desolados a veces, otras heroicos.

La noche del Océano de María Lorenzo

La noche del Océano de María Lorenzo

María Lorenzo nació en Torrevieja en 1977, doctora en Bellas Artes, enseña animación en la Universidad de Valencia. Destacan sus cortometrajes en ese campo: Retrato de D. (2004), La flor carnivora (2009), El gato baila con su sombra (2012), y La noche del Océano (2014). Un de los picto-gramas de esta última obra adorna este artículo.

Su hermana, Encarnación Lorenzo, responsable del magnífico blog Ateneas (sobre mujeres culturalmente relevantes e injustamente olvidadas), y Tinieblas en el corazón (Pensar la antropología), me pidió un comentario sobre el cortometraje de María, halagándome con la idea de que soy experto en ciencia ficción. Bueno, me gusta la literatura fantástica y la sci-fi, pero tampoco me tengo por un experto en ello, además es discutible que el relato de Robert Barlow pertenezca a ese subgénero, más bien lo encuadraría yo en el más general de literatura fantástica. El conflicto entre lo real y lo fantástico aparecen en el relato y en el corto suavizados, lo que hace que lo imposible acabe resultándonos verosímil, clave esta de toda narración que pretenda absorber al lector o al espectador...

He visto por segunda vez el cortometraje de María Lorenzo. Es una delicia. Poético, melancólico, muy plástico, con esa pincelada tan musical y suelta que para nada olvida su base artesanal y pictórica, que para nada renuncia a mostrarse como artificio, acompañado todo ello por una excelente banda sonora de Armando Bernabeu Lorenzo... 

La noche del océano -el relato de Robert Barlow revisado por Lovecraft- nos habla de la fascinación del Océano, una fascinación en cierta medida autodestructiva, tanática. El Océano es un símbolo también de cierto ensimismamiento morboso, como el de quien queda hipnotizado por el sonido de su pulso o el ritmo de su respiración. En pequeñas dosis, desde luego, tales atenciones concentradas pueden servir para limpiar la mente, para desestresar. Son técnicas que explota la Meditación de estirpe oriental, y es lo que busca el protagonista en la soledad de una casita alquilada en la playa, alejándose así de las preocupaciones cotidianas.
Pero al buen tiempo sucede otro... La obsesión por las profundidades marinas y el impulso irresistible a dejar de ser en ellas o a entregarse a ese misterio tremendo, me trae a la memoria la suicida compulsión que sentía mi apreciadísima e hiperestésica Virginia Woolf, cuya obra más fascinante se titula precisamente Las olas... 
En un momento del relato, el protagonista habla de la mirada del Océano, en otro habla de esa masa inquietante de vida y muerte palpitante, imponente y amedrentadora, como si se tratase de una mente que reflexiona (como en Solaris de Lem). Se mira en él como en un espejo en el que aparecen las sombras ambiguas del origen y del final, del alfa y omega de la vida, al menos tal y como la sentimos y la entendemos ahora, desde nuestro diminuto observatorio terrenal.
Alguna vez oí que la composición química de nuestra sangre recuerda mucho la de ese caldo primordial, la de esa inmensa charca cenagosa en la que se criaron los embriones más simples de la vida organizada, de los que procedemos. ¿Parecida proporción de sales en nuestra sangre a la contenida en los océanos? No sé. Lo cierto es que al océano lo llevamos dentro, es nuestro fondo y tal vez también sea nuestro destino. A fin de cuentas, otros mamíferos han vuelto a él, como el hijo pródigo a la casa del padre.
También he oído que el pulso de la marea, ese ir y venir de las olas, que sirve de apropiado bajo continuo al cortometraje de María, relaja porque nos retrotrae al sonido del pulso de mamá, cuando medrábamos seguros en su vientre, al amparo y abrigo de tantos enemigos externos, por completo libres de dolor y de trabajo.
Las referencias al final de todos nosotros, a la muerte de la especie, al sol que declina, la tierra abandonada y las tinieblas que esperan su turno agazapadas en un rincón siniestro, no es nada esperanzadora, ni siquiera si se entrevé la continuidad de la vida en el útero marino, ese nicho en que todo se inició hace cuatro mil millones de años. Esa inquietud, desde luego, es muy propia del underground neorromántico de Lovecraft.

Cuando Herodes la tierra

Cuando Herodes la tierra

Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

La cacharrería de consumo en que se está deshaciendo poco a poco  el prodigioso impulso mecánico que infló la guerra, las tres grandes guerras, facilita el escape, la fuga del alma. La técnica se ha impuesto  sobre el arte, pero cumple más o menos parecida función mental: el artificio nos sigue ofreciendo un derivativo al hastío. Es el  mismo plan de evasión a paraísos perdidos que concibieron muchos artistas en el final del siglo anterior, incapaces de sufrir por más tiempo la chabacanería de la época: el pesado fardo de la conciencia, la vulgaridad de lo real, la banalidad del mal. Parecida fuga hacia espacios virtuales y tiempos imaginarios, favorecida por la absenta, el opio, los ansiolíticos o el ciberespacio, los videojuegos, los comecocos o las redes sociales.

J.‑K. Huysmans perfiló a la perfección ese movimiento en su depravada y exquisita novela de 1884. En Al revés, Jean des Esseintes, el refinado, sifilítico y aristocrático libertino, impotente ya para disiparse entre los vicios capitales reales, decide intelectualizar la voluptuosidad y refugiarse en excéntri­cas utopías y eternidades estéticas: en el hieratismo místico y sádico de Gustave Moreau o en las visiones simbolistas  de Odilon Redon, en el reino sutil de las fragancias paganas, de las flores exóticas -flores del mal bodelerianas- y en la litera­tura religiosa de la Decadencia, como un gusano lúcido recogido en su crisálida y con la mirada vuelta hacia el sinuoso vuelo de la mariposa del alma, esa flor efímera que enraíza en las entretelas del corazón y despega hacia paraísos artificiales.

Con una conexión wifi a la Red de redes (Magna Malla Mundial) y una tableta o un smartphone a mano, aislarse y explorar los confines del cielo y del infierno le hubiera salido a Des Essein­tes menos costoso y bastante más cómodo. El mundo al revés se ofrece en la pura virtualidad etérea de las sombras, en el cósmico espejo infográfico. La Metafísica invisible de la Tecnología ha sustituido en el último "fin du siècle" a la gran Metafísica del Arte romántica del XIX, como un vasto conjuro contra el "spleen"; una metafísica que va impregnándolo todo con su inmensa telaraña que cubre el mundo de hilos: autovías, caminos, veredas y trampas invisibles. La misma estructura de nuestra conciencia será remodelada para consonar con la de los nuevos medios de telecomunicación, porque siempre acabamos convirtiéndonos en lo que hemos creado.

Los cambios en la tecnología de la comunicación producen tres tipos de efectos: a) modifican la estructura de los intereses  (las cosas en las que se piensa), b) el carácter de los símbolos  (las cosas con las que se piensa), y c) la naturaleza de la comuni­dad (la zona en que se desarrollan los pensamientos).

La máquina es algo más que las ideas con que fue construida. Una vez en funcionamiento, descubriremos con sorpresa u horror que tiene ideas propias; que es capaz de modificar nuestros hábitos y cambiar  nuestra manera de ser. ¿Fue el capitalismo el que produjo el reloj o fue el reloj mecánico el que produjo esa nueva economía que transforma el tiempo en oro?  

Abandonad toda esperanza; no hay retorno, ni escape de la Red. Hace mucho tiempo  que la Naturaleza dejó de ser nuestro nicho "natural". Hemos  construido nuestro propio medio, nuestro paraíso y nuestro infierno. Nuestras enfermedades epocales no son ya ataques del medio natural, sino del hábitat tecnológico en que bullimos incómodos. Hace tiempo, Ernesto Sábato escribía en Hombres y engrana­jes: "No es nada difícil que enfermedades modernas como el cáncer sean esencialmente debidas al desequilibrio que la técnica y la sociedad moderna han producido entre el hombre y su medio". Tampoco hay que entonar salmodias apocalípticas por ello; siempre  hemos existido en crisis, a pique de desaparecer, al borde mismo de la nada (nuestro gran invento), al límite de la naturaleza y al margen de la Providencia y el Azar, no menos misteriosa la una que el otro. La enfermedad misma  es un poderoso acicate. El dolor produce conciencia; la concien­cia, lucidez; mientras que la seguridad y el placer embotan los  sentidos; a fin de cuentas, puede haber tanta sabiduría en el dolor como en el placer...

Sé muy bien que los nuevos medios admiten un uso constructivo y útil y pueden proveer deliciosas y legítimas satisfacciones. Pero también van a multiplicar de forma inaudita, e inédita hasta ayer mismo, la cantidad de nuevos fastidios producidos por el poder despiadado de las pequeñas contrariedades, que son incluso más desastrosas para los caracteres bien templados que las grandes.

Escribir en un ordenador es como hacer signos matemáticos en la arena o escribir en el aire. A través de las infovías telefónicas puedes conectar con todos, pero, para todos, tu entidad no es superior a la de una mota de polvo en un rayo de luz. Ni siquiera tienes ya cuerpo: únicamente nombre de usuario y clave. ¡Ojo con tocar la tecla que no debes, o se te puede ir al diablo todo el  trabajo y hasta tu identidad cibernética! El Maligno tiene por supuesto acceso a todos los circuitos, directorios y archivos, como Dios. Conoce tus más secretas intenciones.

Es curioso que una red nacida para la telecomunicación de secretos oficiales y oficiosos acabe convertida también en pista de circo y salón de bellezas alquiladas, pero ese parece haber sido, sin solución, el porvenir de los códigos elitistas: extrin­fugarse y adocenarse. En las nuevas redes se reproducen y multi­plican todos los géneros de peces y todas las especies de basura,  sin riesgos, sin carne, sin espinas, inodoros e insípidos, puros como imágenes cristalinas, irreales como espíritus luminosos: mariposas de diseño, almas virtuales atrapadas en una vasta Red.

In Cold Blood

In Cold Blood

¿Puede pasar un reportaje por una novela? Desde luego. Es el caso de A sangre fría, que Truman Capote escribió tras cinco años de intensa investigación y cuyo argumento se ha llevado varias veces a la pantalla. La he leído en la excelente traducción de Jesús Zulaika para Anagrama (Barcelona, 2007). Creo que los reportajes periodísticos de Ryszard Kapuściński (Imperio, Ébano…) contienen más poesía y ficción que esta notable obra del escritor de Nueva Orleans con la que renovó tanto la novela ("novela testimonio") como el periodismo ("reportaje novelado") creando, por así decirlo, un subgénero mixto.

No es la poesía de las grandes praderas sureñas lo que le interesa al autor de In Cold Blood (Nueva york, 1965). “Non fiction novel” –dijo de ella Truman Capote-. La realidad supera a la ficción, estremeciéndonos la mera descripción de los salvajes hechos, ante su dimensión trágica. Una excelente familia de Kansas, trabajadora, cívica y cristiana, es asesinada el 15 de noviembre de 1959 por un puñado de dólares, una radio y unos prismáticos.

Lo sorprendente de la “novela” es que acabamos familiarizándonos más con los asesinos, -con la trivialidad del mal, que diría Hannah Arendt-, que con el terrible destino de las víctimas. A "Capote" (nombre artístico tomado por Truman Streckfus Persons, 1924-1984, de su padrastro cubano) le criticaron por haberse implicado demasiado personalmente con uno de los asesinos, Perry Smith. La acusación seguramente resultaba más maliciosa aún dada la condición homosexual del autor. Sin embargo, al final, y teniendo en cuenta los antecedentes familiares, psicológicos y sociales de los dos desgraciados que les roban la vida a los honrados y civilizados granjeros, todo se explica, pero nada se justifica. O solo, tal vez, se justifica bien que Dick y Perry sean ahorcados cinco años y pico después de sus horrendos crímenes, tras apelar sin éxito a los tribunales.

La descripción y penetración psicológica en los personajes es magistral. El Sr. Clutter, por ejemplo, poseía una impávida seguridad en sí mismo que lo hacía especial, pero que, al mismo tiempo que generaba respeto, limitaba un tanto el afecto que le profesaban sus semejantes. Los Clutter, bien integrados y sobresalientes en su comunidad, pertenecen a un mundo que contrasta vivamente con el de nómados desarraigados al que pertenecen sus asesinos.

De Perry, el mejor representado de los criminales, un chico abandonado, medio indio y lisiado por un accidente de moto, se dice que “sin ser amable, era sentimental”. No carece de sentido estético y guarda celosamente los documentos que simbolizan sus principales vivencias. Él y Dick, su compinche, no tiene nada de tontos. No son malos por ignorantes. Razonan bien y son capaces de exponer su pensamiento con fluidez, oral y por escrito.

Como la ciencia, la narración de Capote parece asumir la objetividad como principio regulativo. Por supuesto, se trata solo de un ideal, de un desideratum. Sobresale allí una perspectiva privilegiada, la del detective Dewey, que se rompe la cabeza buscando pistas y tratando de resolver el crimen múltiple. Es un ejemplo de profesional abnegado, siempre dispuesto a sacrificar su ocio y a olvidarse de la familia para atrapar a los asesinos y proteger a la comunidad.

Cuando tenga todos los elementos y los conozca, acabará pensando que el crimen es un accidente psicológico, un acto virtualmente impersonal, como si a las víctimas las hubiese matado un rayo o arrastrado la corriente de un río desmadrado. Pero su psicologismo, muy propio de la época en que la obra fue escrita, no le impide horrorizarse con el terror y el sufrimiento que imagina soportaron las víctimas.

He aquí –a mi juicio- el mérito de la novela de Capote. Ofrece una exhaustiva explicación psicológica, pero no a costa de oscurecer con ella el fondo moral del asunto, no a costa de hacer pasar la explicación por una justificación ética. La explicación y el problema moral conviven en tensión, pero no como una alternativa excluyente.

Su reportaje ofrece al criminalista un buen esquema del perfil común del asesino múltiple: violencia extrema en la infancia, privaciones emocionales, falta de uno o de ambos progenitores, vida familiar caótica, trastornos en la estructura del afecto, disociación de la rabia y los actos violentos (“a sangre fría”), relaciones personales superficiales, soledad, aislamiento, nada de culpa, ni de remordimientos, ni de depresión…, sus víctimas como figuras claves en alguna configuración traumática del pasado, pérdida del contacto con la realidad, debilidad en el control de los impulsos…

Dewey acaba mirando al asesino sine ira, incluso con cierto sentimiento de piedad solidaria,

“porque la vida de Perry Smith no había sido un lecho de rosas sino una vida patética: un sombrío y solitario proceso de persecución de un espejismo tras otro”.

Sin embargo, ese sentimiento no se degrada en el sentimentalismo que lleva directamente a proclamar el "derecho a la reinserción" y sus corolarios de impunidad y rebajas penales, a los que aquí estamos tan malacostumbrados…

“El sentimiento de Dewey, sin embargo, no era tan profundo como para llevar aparejado el perdón o la clemencia. Esperaba ver a Perry y su compinche ahorcados: colgados por el cuello hasta morir”.

La furia absurda con que dos desalmados liquidan a una buena familia de un pueblecito de Kansas, en la que se encuentran una chica y un chico excelentes en la flor de la juventud, a cambio de nada, es el fruto siniestro de la desesperación del desenraizado, del que en nada valora la vida ajena porque menosprecia y siente como una pesada carga la suya propia.

Perry Smith puede tal vez ser un lunático, pero sabe lo que ha hecho: es culpable. Eliminar su culpa sería menoscabar la poca dignidad humana que le resta, tratarlo como una cosa, como un efecto de las circunstancias y no como causa suficiente y libre de sus actos. Y muere ejecutado como un hombre, sin buscar siquiera consuelo en las ilusiones de la religión. Sabe –como Willie-Jay, otro criminal del "corredor de la muerte"- que todos los crímenes son “variedades del robo”, incluido el asesinato, porque cuando matas a un ser humano le robas la vida.

Por eso, las últimas palabras de la novela constituyen un melancólico recuerdo de las víctimas, no de los criminales, y muy particularmente de una de ellas, Nancy Clutter, la joven querida por todos, inteligente, trabajadora y guapa, siempre dispuesta a ayudar a los demás, y a la que Perry destrozó el cráneo para esparcir su sangre y sus sesos por su lecho de doncella.

Por lo menos, es verdad, Perry evitó que su compinche, Dick Hickock, previamente, la violara.  

Propuesta romántica vs. desublimación indecente

Propuesta romántica vs. desublimación indecente

A la luz crepuscular de la música de Rachmaninoff

La penúltima reacción contra los excesos racionalistas de la modernidad fue el romanticismo. Aunque el empuje de aquella tormenta también estuvo transido del pretencioso egotismo del “yo pienso”, que aspira a reducir el ser a su representación subjetiva, sus manifestaciones más ricas y tardías, Nietzsche o Rachmaninoff, expresan, por un lado, la belleza de mundos aristocráticos que se agotan y, por otro, valores clásicos y, por tanto, perennes y restaurables.

Conmovedoras melodías, verbigracia, aportan su sentido principal a la música romántica. Esas “historias” sentimentales, inefables pero comunicadas, serán explotadas luego, sin refinamiento ni virtuosismo, por las baladas comerciales, o se disiparán, machacadas por las aventuras matemáticas, el énfasis rítmico, o la búsqueda de novedades cromáticas de la horrísona música à la page, tan pedante y vacía como un poliedro de hielo vestido de chaqué.

Con Rachmaninoff, la crítica se equivocó al reprocharle su “retraso” estético o técnico; ¡como si el arte fuera una especie de competición de innovaciones y/o extravagancias! El buen arte no tiene por qué darse prisa, pues apunta a lo eterno. Artistas como Mendelssohn o Rachmaninoff se hubieran podido solidarizar hoy con la estadounidense “Fundación por un largo ahora” (Long Now Foundation) o con la austriaca Sociedad por la Desaceleración del Tiempo o, en general, con el Movimiento Slow que desafía el culto a la velocidad, ese que ha convertido a la Fórmula Uno en un paradigma de los tiempos que corren y a la culinaria en el arte ejemplar, productor de innovaciones tan efímeras y etéreas como devorables.

Con Rachmaninoff, como con la película Doctor Zhivago, la crítica se equivocó y el público acertó. El tiempo es un testigo insobornable, y los conciertos del ruso son interpretados, grabados y aplaudidos globalmente.

Restaurar cierto romanticismo en educación puede que no nos libre de la crisis de ideales e ilusiones creadoras que padecemos, ni nos salve del tráfico de armas, el desequilibrio internacional o el cambio climático. Pero puede servir como paliativo fuerte contra el desinterés, como terapia contra la depresión y la apatía, que tan fácilmente aqueja a nuestros jóvenes. No porque la elevación romántica permita eliminar sus causas, sino porque puede contribuir a paliar o transformar creativamente sus efectos mediante la sublimación.

Marcuse habló de la desublimación represiva que imponen las sociedades consumistas a sus “hombres y mujeres unilaterales”, a fin de convertir y resolver pronto todo deseo en acción consumidora. Los deseos rinden, pero no crecen ni se enriquecen imaginativamente, en una sociedad mediática que los crea industrialmente a la vez que los satisface masivamente. Parodiando el título de la comedia...

“Por qué llamarle amor (sublimación inmaterial) si su génesis material está en el sexo (materia consumible)”.

Ni se compra ni se vende el cariño verdadero, pero el sexo sí. De ahí que acabe imponiéndose la instrucción sexual, en lugar de la sublimación sentimental. Culturalmente, sin embargo, lo importante no es el sexo, que practican mejor las ratas (y con probada eficacia reproductiva, por cierto), sino lo que hacemos sublimando el sexo, en su simbólica ideal y civilizatoria. Lo eterno es su soneto de amor, las médulas que gloriosamente ardieron en él, son esas las que tendrán sentido, las del polvo enamorado, y no las del polvo real que echase Quevedo, si es el que el pobre lo echó: "Polvo eres...".

Todo esto lo he pensado después de que se me saltasen las lágrimas con dos de los temas melódicos del Segundo Concierto para Piano de Rachmaninoff (1901), que sigue siendo su obra más popular, y que no oía desde hace años, antes de una larga convalescencia que me ha tenido alejado de las órficas sublimidades de la buena música, divino lenguaje. El autor lo compuso tras una grave depresión que le tuvo inactivo. Es un maravilloso ejercicio de sublimación que toca y deshace las defensas de cualquier corazón sensible. Sublimar la tristeza o la melancolía, la frustración, el dolor o la soledad, es uno de los caminos más nobles para superar sus consecuencias paralizantes o funestas.