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SIGNAMENTO

TIERRA

TIERRA

Me confía Guillermo Fernández Rojano en su dedicatoria que vivimos entre palabras y deseos. Es verdad, pero también navegamos entre dolores, placeres y esperanzas.

Los seres humanos, así, en general, nunca antes hemos vivido más y mejor, más en número y en años, con más ocasiones de desarrollar satisfactoriamente nuestros poderes en actividades alegres. Y sin embargo, cunde el desánimo, en un verdadero cataclismo de los espíritus y aquelarre de las pieles.

Del ateísmo filántrópico, hemos pasado al nihilismo inhumano, o animalista, como renunciando ya para siempre al fantástico y soberano bien celestial.

Tras leer, releer y meditar la correctísima prosa poética y los medidos versos de su trilogía Tierra (Órcera, Jaén, MMXV), he buscado sin éxito un antónimo de "sublimación". Una categoría estética que sirva para describir la expresión “llanuras secas manchadas de huertas”, en contraste con “planicies encarnadas enjoyadas de hortales esmeraldinos”; o “cielo blanco encharcado de golondrinas”, en vez de “cielo estrellado de golondrinas”. Por supuesto, que las huertas manchen las llanuras y las golondrinas encharquen el cielo no es precisamente una sublimación de la realidad, sino su humillación, o, dicho más intelectualmente su crítica corrosiva. Y es esta más bien la perspectiva que adopta nuestro poeta.

Si una vez la poesía asumió la función de elevar, alabar o enaltecer la condición humana y el milagro de la realidad, hoy más bien asume la función contraria: denunciar, humillar o denigrar, sin compasión ni piedad, sin autoestima de nuestra condición, lo que somos e incluso lo que aspiramos a ser. Parece que hayamos vuelto al valle de lágrimas medieval, desde la exaltación de la belleza natural y del homo microcosmos renacentista.

Y no obstante, contradictoria o paradójicamente, la poesía, por nihilista y desesperada que sea, es necesariamente expresión "idealizada", sublimada, pues el poeta nihilista no se entrega a la nada si escribe (pues espera quien escribe y de lo que escribe que sea leído y contestado), más bien la glorifica, la nada o el manicomio de este mundo cruel.

 ***

A Manicomio de Dios, el primer libro de la trilogía de Guillermo Fdez. Rojano, podríamos añadirle el subtítulo de Libro de las maldiciones. Si uno acepta la visión del mundo que nos ofrece título y contenido (que bien ilustrarían los más tremendos iconos de El Bosco), igual puede preguntarse si no será nuestro planeta el infierno de otro mundo, o tal vez su purgatorio. Si no seremos almas perdidas para un cielo inalcanzable y cuyo destino no es más que el gusaneje de ese barro y aquel polvo del que sin duda también procedemos.

Para conjurar la compulsión minimalista e hipnótica de sus catáforas he encartado entre sus páginas una estampa de la Madonna della Salute que se venera en la Iglesia de la Santa María Magdalena en Roma.

En el manicomio de Guillermo no falta alguna escena pintoresca, como la de esa anciana que golpea con una maza, sin ira ni compasión, sombras, vejaciones, nombres, pérdidas de nada…, y luego barre las cáscaras para mantener el fuego encendido.

Desde luego, es posible hurgar, en ese contradictorio antónimo de lo sublime poético sin caer en lo vulgar, quizá sea ese el arte de Guillermo. Arte de la crueldad, ejercida también consigo mismo. ¿Cómo, si no, íbamos a estar en un manicomio divino?

“La anciana que no conoció varón dedica su vela de veinticuatro horas a combatir la impudicia con canela y agua de rosas, acariciando heridas que suplieron a la penetración, trenzando en su lengua rezos y culebras” (pg. 45).

En sus semblanzas, imaginarias o hiperrealistas, siempre habrá alguna que identifiques como prójima:

“El hombre que pasea su perro enano los domingos a mediodía. No sabe si llueve, si goza, si hay un objetivo para la tarde que no sea esperar la noche”.

Me atrevo a conjeturar que el Dueño del Manicomio sea ese mayúsculo Psicópata de la pg. 39:

“Al hombre que sujeta una larva transparente con los dedos no le queda aliento para defenderse. Bajo el mandato del Psicópata entrega el aire antes de convertirlo en palabra”.

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¿Hermetismo, cubismo? Molina Damiani, al comentar la obra de Guillermo, habla de una "despresurización del neorromanticismo de los decadentes", como si los decadentes viajaran en un avión vintage asaltado por sutiles críticos. Desde luego, poco romanticismo puede hallarse en la impiedad más absoluta, aunque sí, desde luego, corrección formal y belleza estilística, y migajas de autocompasión.

Sí queda romanticismo en la denuncia de la moderna creencia en el progreso (“las plagas del progreso y del retroceso”) o en el desdén hacia “el zapateo hueco de las ideologías”, lo que yo no veo -al contrario que Damiani, al menos en esta trilogía- es una denuncia de la postmoderna deshumanización de las masas y de los pactos neofeudales entre legisladores y delincuentes: “La negra luz de nuestra historia” (sentencia el crítico).

Lúgubre, tétrico, grotesco, son sin duda categorías románticas que cuadran a ciertas estampas de Guillermo:

“La que respira sin oxígeno y se tapa la boca. Se zambulle en el agua y habla con el ahogado de la casa de enfrente, con la piedra ovalada que alguien dejó en el río como ofrenda. Saca la lengua, atrapa una araña roja, contamina a los reunidos en su fúneral” (pg. 63).

"Sórdido" es categoría muy suya, del realismo hispano, manejada genialmente por Quevedo, y que cuadra bien a alguno de estos cromos, muy dados al larvario y el detritus de enterramiento:

“El que penetra la corteza terrestre y remueve la tierra sobrante buscando las lombrices de la sabiduría…”.

He sentido la tentación de poner nombre común a alguno de sus retratos, por ejemplo, "Del fanático" o "Del doctrinario":

“El que se esfuerza por calzar las garras de las aves de presa, condensar el mundo en un principio indestructible, irrechazable, sencillo de aplicar, fácil de entender, complejo desde la oscuridad, ya que a medida que perfora delicadamente el tálamo, las zonas de satisfacción aumentan su densidad” (pg. 56).

Tal vez la desesperanza se nutra aquí de un íntimo moralismo incapaz de aceptar el mal como recurso del bien, un moralismo tan serio que no drena su contrariedad frente a la tragedia del mundo a través del humor y la distancia. Fíjense en esta memorable descripción que llamaré "Del soberbio (o del narcisismo postmoderno)":

“El hombre pequeño que habla a grandes zancadas con voz grave ha comprendido la intensidad de la existencia. Vanidoso idealista ha decidido crear una tierra de libertad a la que pondrá su nombre, sin hacerle el honor a ningún hombre –y esto lo recalca bien con la maza- de poner su nombre, sino hacerse el honor a sí mismo con el suyo. Y no solo con su nombre se honra, sino con cada gesto, con cada manifestación de su voz, con cada mirada de desprecio a los que pasan y lo saludan inclinando la cabeza”.

Confieso que usaré –no plagiaré- alguna de las semblanzas de Manicomio de Dios para mi proyecto de una sátira de tendencia cínica (en el sentido del cinismo antiguo y venerable) sobre el parasitismo social que padecemos, social, moral, profesional, político, económico, sentimental, empresarial, sindical, etc. Un estudio que pergeño por analogía con el parasitismo de protozoos, bacterias, gusanos, insectos y ácaros:

“La que se despierta en mitad de la noche gritando sin aire, se abraza y exige ser abrazada y confisca el oxígeno del otro, una voz que la alivie, y mata por el abrazo de aire tan pesado que deshace su pecho” (86).

A continuación, una descripción del psicoanalista (me parece que es lacaniana, la moza inspirada a la que Guillermo refiere) que me mola cantidá, que usaré como arma arrojadiza contra alguna adversaria dialéctica en Google+:

“El que se esconde en los pliegues de su sombra y golpea con la maza de la razón contra los rostros de sus sueños, los mide con brújula reglada y compás templado, los niega como síntomas, echa cal en las heridas, los cubre con una tonelada de coartadas metódicas, cascotes y broza residuales de la estirpe por cuya sangre fue bendecido y envenenado” (87).

La misma descripción puede servir de ornato a un ensayo que describa la plaga desublimadora del psicoanálisis aplicado.

También puede uno usar alguno de estos microrrelatos como didáctico ejemplo de lo que puede llegar a ser el surrealismo más tétrico y tenebroso:

“Los que, arrimados contra las tapias de los cementerios, no imaginaban dónde irían a parar sus huesos, aún no saben adónde deben ir y vagan bajo tierra, deshuesados, preguntándole a las lombrices”.

“Largas y espesas madejas de tenebrosa bruma...” –parece que estoy oyendo a Cadalso.

 ***

Así en la tierra, segundo libro de la trilogía, parodia la noticia periodística y la crónica histórica, pero ambas se disuelven en negros augurios, lúgubres presagios, espantosas contingencias, dejándonos en suspenso al no ascender nunca desde la anécdota hasta la categoría, desde la tierra al sublime cielo. Me ha gustado menos que Manicomio de Dios, aunque reconozco la originalidad de la fórmula.

Del último libro, de versos, toma su nombre la trilogía que comentamos: Tierra. No esperes, curioso lector, ningún consuelo de él. Su lectura me ha traído a las mientes los caprichos, los desastres de la guerra, los disparates de Goya.

Tremendo poeta, en palabra melancólica, un sobresaliente artesano del lenguaje. Y añejo colega de fechorías periodísticas, complice de soledades en plazuelas provincianas.

CERCANÍAS

CERCANÍAS

Cuando aquel sábado quisimos entrar en el castillo, dos hermosas serranillas ya granadas nos convidaron con un libro de poemas, como quien regala dulces. Al Arcipreste de Hita le hubiera encantado la idea. Y yo sostengo que el autor del Libro de Buen Amor nació en Alcalá la Real, y que por estos pagos del Santo Reino las persiguió con gracia y caballerescos modales. Entiéndase bien que no las acosaba ni las maltrataba, sino que primero las halagaba y luego las rendía. También él cayó una vez, hipnotizado por los andares de una tal doña Endrina, que con saetas de amor hería cuando sus ojos alzaba.

El obsequio resultó ser un magnífico libro, ligero pero grande, de un poeta andaluz: Ángel Mendoza (Puerto de Santa María, 1969). El vate había ganado merecidamente el Premio de poesía "Arcipreste de Hita 2001", que otorga el Ayuntamiento de Alcalá, ciudad que ha sabido reconstruir como un hermoso parque arqueológico, monumental y turístico su fortaleza de la Mota. La edición ha sido cuidada por Pre-textos (Valencia, 2002). Desde aquel sábado, el librillo no se me ha caído de las manos.

Suena clara, sincera y noble, la nostálgica voz de este poeta, contenida y coloquial, bien medida, a veces rimada, jamás con ripios. Su obra, Cercanías, se divide en "Días", "Sueños" y "Páginas". Y tal vez hubiera podido también llamarse Lejanías, porque bastantes poemas ofrecen un flash back sentimental hacia una infancia y juventud que ya pasó. Algún poema cuenta una historia, un cuento en el que más tarde o más temprano se involucra la experiencia sentimental del autor, pues ahora el capitán Garfio es un hombre sin manos que... "ya no toca el mundo / ni aprieta el corazón de las mujeres / ni acaricia sus noches".

Hallo igual en sus versos finas ocurrencias metafísicas: "Lo mismo que ese libro que dejo a la mitad, / perdido para siempre. / Ciertos días nos pasan, y nunca sé decir / de qué silencio vienen". Que "siempre llegue una tarde sin amor" es, sin dudarlo, "un triste argumento para el corazón". O se oyen ecos del melancólico Heráclito: "El tiempo es un niño que nos roba la fruta / y escapa con los cielos del verano". La poesía, ¿oficio de melancólicos?.

Hallamos también aquí, y no sólo porque lleve ese título una parte, muchas referencias a los valores creativos y consoladores de los sueños. No extraña que el poeta haya titulado uno de sus poemas con el nombre de la filósofa malagueña María Zambrano, quien se atrevió a trocar el famoso cogito cartesiano en un "sueño, luego existo".

El sueño salva o no las apariencias: "Las miradas de sueño" y "los sueños de las miradas", el "sueño remoto" y el "sueño sin raíz"... Tal vez por poeta soñador, aun Ángel, deteste los cielos rasos, pues los aborregados, los adornados por nubes y hasta esos terribles, turbios y tormentosos de los entretiempos, incitan mejor a soñar o a escudriñar, como querían los surrealistas, el objeto final de nuestros deseos.

Aunque se confiesa amigo del Tiempo, no deja de lamentar con rotundos quejíos las facturas -en vejez y muertes- que "el tiempo y sus matones" nos hacen a todos pagar. Como profeta lamenta esa perspectiva de soledad, de edad ligera, de acabose en el hondo océano de la fosa ("Proyecto", "Inviernos").

Tras la desilusión de un amor que no pudo ser, el maestro se permite ofrecernos una recomendación: "no ofrezcas el amor a quien pasó de largo". Pero esa añoranza que deja lo que no pudo ser se compensa felizmente con el sabor de los amores cumplidos en "Astronomía": 

"Porque cruza el amor con brillo de cometa,

hoy celebro este cielo

de mirarte y saber lo infinito tan cerca,

lo imposible tan cierto"

El fin final buscado, la meta a la que aspira el poeta (platónico o sanjuanista) es Luz, luz presentida. La luz es la última esperanza tras el túnel mundano, y tal vez sea por ello por lo que eleva el poeta su gratitud deísta ("Oración") a la verdadera protagonista de la caverna platónica, la escasa claridad de ese enorme útero mundano que a todos nos contiene. Como en la prisión de Segismundo, hay que acabar reconociendo que "En todo lo que existe, y en todo lo que existes / hay luz de calabozo".

Pero esa caverna es también la morriña de aquella ternura de la niñez en que el poeta se refugia, como quien retorna a aquel paisaje de la infancia, a aquel pulso de olas, que se rememora en muchos de sus versos. Así, cuando recuerda navidades pasadas, esperando ahora un "regalo prodigioso, un retorno sin heridas". O cuando se enternece mirando el álbum de cartón con futbolistas de la "Liga 78-79": "que me miran igual que me han mirado siempre, / que no saben que nunca soy el mismo". También dedica uno de sus poemas a los "Dibujos animados", con un fin inquietante de cadáveres de cucarachas bajo el armario...

Me emocionó principalmente el poema "Poética", a pesar de su tono nihilista: "la certeza de que tanto es nada". Al parecer del vate, sólo nos redime la suerte de poderlo contar. Y es aquí donde, no sin ironía, el poeta espera, gracias a sus canciones y lectores, ser "otro en los otros más allá de la muerte", para que este "rumor de Noche" no signifique nada (o igual signifique nada).

El héroe profundo, el alterego del autor, es un "niño antiguo" que recorre solo un bosque poblado de ruidos inciertos, un niño que esquiva sus miedos "con la vela encendida de su voz temblorosa".

Excelente poeta -me sentencia en sueños el Arcipreste.

BOCA DE ASNO

BOCA DE ASNO

Hace algo menos de tres lustros, Guillermo Fernández Rojano, escritor del Santo Reino, me escribía desde Orcera, donde no sé si se siguen criando podencas santas y aceites afrutadísimos. De mi edad, el poeta estudió filología semítica y se doctoró en hispánicas. Obtuvo el primer premio "Gabriel Celaya" en 1998.

Entonces me enviaba una cuidada edición de su poemario Boca de asno, con breve y jugoso prólogo de José Viñals (Germania, 1999). Ahora repaso aquellos versos, en general amargos como el corazón de una alcaucil crudo o la grasa de aceituna picual. Giran en torno al material óseo que soporta nuestros otoñales dolores. El bardo recomienda:

Aférrate a la vida de tu sueño

recorre su laberinto, disfruta

también el éxtasis inconmensurable

de no volver, de estar al borde constantemente.

Es una razón fronteriza (como la descrita por Eugenio Trías) en delirio vanguardista, la que articula un lenguaje así, reinvindicando, muy paradójicamente, una vida sin memoria. Menos mal que parece haber puerta de escape de nuestras angustias, pues 

Ves a alguien que sonríe y aprovechas

para meterte dentro de su cuerpo.

Ya eres feliz, ya amas, ya no estás contigo.

Escribir para agarrarse a algo que tenga forma, proclamando la catástrofe de todo. Y la blasfemia, oración nihilista, a un dios "que colecciona prepucios / y se emborracha de delitos". Al que todavía se agradece su "ética delirante" y una "risa suficiente".

Guillerno aporta una sardónica reflexión de filólogo en su poema "Tautos":

Sólo la palabra

cuyo significado desconocemos

es la que podemos comprender

sin ningún género de dudas.

La palabra es sin duda "el lugar de la mentira", tanto si nos acaricia por dentro, como si nos revienta el alma, palabra envenenada, palabra que tergiversa el paisaje convirtiéndolo en impudicia.

Como a los curas, a los poetas no les cuesta mucho contradecirse. Así, este se lamenta, desde un espacio superpuesto, de que el dolor pueda ser mudo; y desde el por detrás del espacio, del vacío que le llena por dentro; o se queja de la aburrida felicidad del mundo.

Menos mal que ha visto el citado vacío poblarse de presagios. Mas me temo que sean funestos.

Muy pocas concesiones hay en estos poemas a la melodía, más bien poseen sus versos un ritmo de campanas tocando a difunto, a golpe de badajo de anáfora.

Cruje y se desliza una sombra en el espejo, la de un tú -no sabemos si mayestático- que a veces se queja y a veces habla rumano, amada o amante, pero que nos promete un goce que solo es "la rebelión de todos los miembros a permanecer unidos", un placer que consume.

Sí, la nieve se mezcla aquí con la pedrería fugaz de las cerezas en estación incierta: el eros con el thanatos, la saliva con la ceniza. Resulta pobre la esperanza de que el dolor no sea superior a la vida, si ni tan siquiera la música es superior a la vida, pues...

¿Qué música ha sido capaz de reparar

el verdadero dolor que nos mantiene vivos?

El dolor es tema principal de todo esto, el dolor ¿hecho tiempo?, ¿eso somos? El tiempo, hecho dolor, ¿eso acabamos siendo? Nuestra esencia, esa duración real de pasillo a condena capital.

Esta afirmación del dolor como soporte de la vida me recuerda la afirmación del filósofo y piloto Manuel Fernández de Liencres en su Apertura para un mejor desconocimiento del hombre (2010). Recordaba allí en sus postrimerías como algunos teólogos explicaban la cruz del Cristo por la necesidad de Dios de igualarse en dolor y en angustia a sus criaturas. ¿No será el dolor consecuencia directa de Su imperfección creadora? ¿Se trata entonces de una imperfección sin límites? -se preguntaba Manuel, mientras ansiaba también como poeta "medir por su sombra cada estrella".

Eso confesaba el ubetense, mientras Rojano alababa también a la rosa por su espina, sufriendo la mundana mordida de una boca de asno, mientras Manuel además pedía -para su alma desmandada- "muerte en el pico de una golondrina".

 

El nombre del mundo es bosque

El nombre del mundo es bosque

Ursula K. Leguin, la escritora norteamericana de ciencia ficción, ganó en 1973 el prestigioso premio Hugo con su novela corta El nombre del mundo es bosque. Luego la amplió con otra del mismo título en 1976. La traducción al español de Matilde Horne para la editorial Minotauro (1986) se la presté este verano a Tania Poyuelo, una estudiante aventajada de griego clásico.

Tania me ha pasado un breve y jugoso comentario que tengo el gusto de publicar aquí:

En esta obra de Úrsula K. Le Guin podemos ver la invasión de otro planeta por los terráqueos. Estos destruyen sus bosques y los athsianos, los habitantes de este planeta, cambian. 

 

Ellos son muy pacifistas, gente que no guarda rencor a nadie. Pero el odio hacia los terráqueos y ver la forma de actuar de estos los hace cambiar. Pasan de ser gente que no haría daño ni a una mosca a matar a miles y miles de personas. Nace el odio en ellos.
Esto es un claro ejemplo de como el odio nos puede cambiar a todos. Da igual que seamos muy tranquilos, que no seamos violentos o que queramos mucho a una persona, que si comenzamos a sentir odio, somos capaces de las cosas más atroces. Así de simple. Esto está en nuestra naturaleza y no podemos cambiarlo.
Así que cuando salga en las noticias que alguien ha hecho una cosa atroz y todos sus vecinos salgan diciendo que es muy raro, que era una persona muy buena, muy tranquila..., no os alarméis. El ser humano tiene sentimientos, sí, pero hay algunos que le cuesta controlarlos, como el odio; y además, es el animal que ha cometido y que comete las mayores barbaries. 

 

Héroes, bestias y mártires de España

Héroes, bestias y mártires de España

A sangre y fuego, Libros del Asteroide, Barcelona 2013.

De los relatos de Manuel Chaves Nogales no se puede decir que sean fantásticos. Más bien sorprende la trepidante crudeza de su realismo, al que no falta emoción contenida, sobrio lirismo e incluso moraleja filosófica. Se nota en ellos el genio del periodista neutral, adicto a la descripción objetiva de los hechos, del periodista que no se casa con nadie y mantiene sus distancias frente a todos, muy particularmente frente a fanáticos y bandidos, esos que disfrazan sus vicios con el trapo del amor a la patria o el pretexto de una ideología totalitaria.

Su marco es la guerra civil española, la que intentó parar y de la que huyó para que no le fusilaran por tibio, o para no tener que matar en nombre de uno de sus -ismos. Si la primera víctima de toda guerra es la verdad, la segunda es la libertad. A sangre y fuego debió ser compuesto, según nos cuenta la introductora María Isabel Cintas, en la celeridad de su partida al exilio y se publicó por primera vez en una editorial chilena, en 1937. Uso para esta entrada parte de su subtítulo: Héroes, Bestias y Mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. La edición que yo manejo añade dos más de estos extraordinarios relatos, bien fundados en lo que sin duda sucedió.

La perspectiva de un intelectual liberal como Chaves Nogales resulta tan refrescante como insólita. Vio clara el lamentable y absurdo horror de una guerra que no ganaría ninguno de los bandos y perdería sobre todo la población civil, porque España, a la postre, no sería nunca ni comunista ni fascista. Vio claro el miedo a la libertad de ambos bandos cainitas.

En el prólogo se define a sí mismo como antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pues se negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sólo reconocía un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”…

“Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”

Lamenta, en fin, esa “terrible e ininteligible selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores”. Y prevé lo que sucedería aquí una vez que las grandes potencias hubieran dirimido sus diferencias a bombardeo y cañonazo, a golpes en cara ajena:

“Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo…, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra”.

Por sus páginas, además de héroes y bestias de todos los colores y extracciones sociales, pasean personajes históricos como Malraux o Durruti. Y la diversidad de la grey hispana, donde no falta la alusión a  señoritos rojos y a obreros católicos partidarios del orden nacional. No falta el humor, atroz humor negro, en alguno de estos vibrantes relatos, como en el titulado “Los guerreros marroquíes”. Uno de esos feroces africanos, vanguardia de las tropas de Franco, de avanzadilla por el monte, se pierde y es capturado por una patrulla de cabreros milicianos. Malherido lo conducen al pueblo serrano, donde forman espectáculo.

El moro, para salvar su vida, cierra la mano que antes levantaba extendida y grita sin cesar “¡Moro estar rojo, no matar, moro estar rojo!”. En el pueblo serrano le miran como a una alimaña más rara aún que la cabra hispánica. Van a hacerle una foto y le ponen contra una tapia, y él, que no ha visto jamás una cámara de fotos, cree que van a matarle. Pero no. Reunido el comité revolucionario, someten al moro a un interrogatorio del que no sacan nada en claro. Luego de lo cual se entabla un largo debate sobre qué debe hacerse con el prisionero. Los delegados republicanos son partidarios de que sea conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creen que lo lógico es dejarlo en completa libertad, para que se redima de su pasada servidumbre como digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas piensan que hay que curarle primero y luego inscribirle en las milicias para que luche contra los rebeldes, eso sí, debidamente vigilado. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos aglomerados en la plaza exige unánimemente que se le entrege el prisionero para darse la satisfacción de matarlo. “Era lo menos que se podía pedir”.

Mientras tanto, en la casa de socorro operan y curan al moro, el médico de campaña y las enfermeras solícitas ponen en ello un loable celo humanitario que hace sonreír de gratitud al guerrero africano. Así que ya no siente ningún recelo cuando le colocan delante de la tapia. Sonríe ingenuamente a los milicianos. Imagina que van a retratarle otra vez. No tiene tiempo de maravillarse cuando éstos se echan los fusiles a la cara y le acribillan.

Y concluye Manuel Chaves Nogales: “A estas horas, el alma en pena del moro Mohamed debe de andar vagando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntarle: ‘¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?’”.

Lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y del genio español en estos relatos terribles, si conmovedores y desolados a veces, otras heroicos.

La noche del Océano de María Lorenzo

La noche del Océano de María Lorenzo

María Lorenzo nació en Torrevieja en 1977, doctora en Bellas Artes, enseña animación en la Universidad de Valencia. Destacan sus cortometrajes en ese campo: Retrato de D. (2004), La flor carnivora (2009), El gato baila con su sombra (2012), y La noche del Océano (2014). Un de los picto-gramas de esta última obra adorna este artículo.

Su hermana, Encarnación Lorenzo, responsable del magnífico blog Ateneas (sobre mujeres culturalmente relevantes e injustamente olvidadas), y Tinieblas en el corazón (Pensar la antropología), me pidió un comentario sobre el cortometraje de María, halagándome con la idea de que soy experto en ciencia ficción. Bueno, me gusta la literatura fantástica y la sci-fi, pero tampoco me tengo por un experto en ello, además es discutible que el relato de Robert Barlow pertenezca a ese subgénero, más bien lo encuadraría yo en el más general de literatura fantástica. El conflicto entre lo real y lo fantástico aparecen en el relato y en el corto suavizados, lo que hace que lo imposible acabe resultándonos verosímil, clave esta de toda narración que pretenda absorber al lector o al espectador...

He visto por segunda vez el cortometraje de María Lorenzo. Es una delicia. Poético, melancólico, muy plástico, con esa pincelada tan musical y suelta que para nada olvida su base artesanal y pictórica, que para nada renuncia a mostrarse como artificio, acompañado todo ello por una excelente banda sonora de Armando Bernabeu Lorenzo... 

La noche del océano -el relato de Robert Barlow revisado por Lovecraft- nos habla de la fascinación del Océano, una fascinación en cierta medida autodestructiva, tanática. El Océano es un símbolo también de cierto ensimismamiento morboso, como el de quien queda hipnotizado por el sonido de su pulso o el ritmo de su respiración. En pequeñas dosis, desde luego, tales atenciones concentradas pueden servir para limpiar la mente, para desestresar. Son técnicas que explota la Meditación de estirpe oriental, y es lo que busca el protagonista en la soledad de una casita alquilada en la playa, alejándose así de las preocupaciones cotidianas.
Pero al buen tiempo sucede otro... La obsesión por las profundidades marinas y el impulso irresistible a dejar de ser en ellas o a entregarse a ese misterio tremendo, me trae a la memoria la suicida compulsión que sentía mi apreciadísima e hiperestésica Virginia Woolf, cuya obra más fascinante se titula precisamente Las olas... 
En un momento del relato, el protagonista habla de la mirada del Océano, en otro habla de esa masa inquietante de vida y muerte palpitante, imponente y amedrentadora, como si se tratase de una mente que reflexiona (como en Solaris de Lem). Se mira en él como en un espejo en el que aparecen las sombras ambiguas del origen y del final, del alfa y omega de la vida, al menos tal y como la sentimos y la entendemos ahora, desde nuestro diminuto observatorio terrenal.
Alguna vez oí que la composición química de nuestra sangre recuerda mucho la de ese caldo primordial, la de esa inmensa charca cenagosa en la que se criaron los embriones más simples de la vida organizada, de los que procedemos. ¿Parecida proporción de sales en nuestra sangre a la contenida en los océanos? No sé. Lo cierto es que al océano lo llevamos dentro, es nuestro fondo y tal vez también sea nuestro destino. A fin de cuentas, otros mamíferos han vuelto a él, como el hijo pródigo a la casa del padre.
También he oído que el pulso de la marea, ese ir y venir de las olas, que sirve de apropiado bajo continuo al cortometraje de María, relaja porque nos retrotrae al sonido del pulso de mamá, cuando medrábamos seguros en su vientre, al amparo y abrigo de tantos enemigos externos, por completo libres de dolor y de trabajo.
Las referencias al final de todos nosotros, a la muerte de la especie, al sol que declina, la tierra abandonada y las tinieblas que esperan su turno agazapadas en un rincón siniestro, no es nada esperanzadora, ni siquiera si se entrevé la continuidad de la vida en el útero marino, ese nicho en que todo se inició hace cuatro mil millones de años. Esa inquietud, desde luego, es muy propia del underground neorromántico de Lovecraft.

Cuando Herodes la tierra

Cuando Herodes la tierra

Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

AL REVÉS. J.-K. Huysmans y la Red (WWW)

La cacharrería de consumo en que se está deshaciendo poco a poco  el prodigioso impulso mecánico que infló la guerra, las tres grandes guerras, facilita el escape, la fuga del alma. La técnica se ha impuesto  sobre el arte, pero cumple más o menos parecida función mental: el artificio nos sigue ofreciendo un derivativo al hastío. Es el  mismo plan de evasión a paraísos perdidos que concibieron muchos artistas en el final del siglo anterior, incapaces de sufrir por más tiempo la chabacanería de la época: el pesado fardo de la conciencia, la vulgaridad de lo real, la banalidad del mal. Parecida fuga hacia espacios virtuales y tiempos imaginarios, favorecida por la absenta, el opio, los ansiolíticos o el ciberespacio, los videojuegos, los comecocos o las redes sociales.

J.‑K. Huysmans perfiló a la perfección ese movimiento en su depravada y exquisita novela de 1884. En Al revés, Jean des Esseintes, el refinado, sifilítico y aristocrático libertino, impotente ya para disiparse entre los vicios capitales reales, decide intelectualizar la voluptuosidad y refugiarse en excéntri­cas utopías y eternidades estéticas: en el hieratismo místico y sádico de Gustave Moreau o en las visiones simbolistas  de Odilon Redon, en el reino sutil de las fragancias paganas, de las flores exóticas -flores del mal bodelerianas- y en la litera­tura religiosa de la Decadencia, como un gusano lúcido recogido en su crisálida y con la mirada vuelta hacia el sinuoso vuelo de la mariposa del alma, esa flor efímera que enraíza en las entretelas del corazón y despega hacia paraísos artificiales.

Con una conexión wifi a la Red de redes (Magna Malla Mundial) y una tableta o un smartphone a mano, aislarse y explorar los confines del cielo y del infierno le hubiera salido a Des Essein­tes menos costoso y bastante más cómodo. El mundo al revés se ofrece en la pura virtualidad etérea de las sombras, en el cósmico espejo infográfico. La Metafísica invisible de la Tecnología ha sustituido en el último "fin du siècle" a la gran Metafísica del Arte romántica del XIX, como un vasto conjuro contra el "spleen"; una metafísica que va impregnándolo todo con su inmensa telaraña que cubre el mundo de hilos: autovías, caminos, veredas y trampas invisibles. La misma estructura de nuestra conciencia será remodelada para consonar con la de los nuevos medios de telecomunicación, porque siempre acabamos convirtiéndonos en lo que hemos creado.

Los cambios en la tecnología de la comunicación producen tres tipos de efectos: a) modifican la estructura de los intereses  (las cosas en las que se piensa), b) el carácter de los símbolos  (las cosas con las que se piensa), y c) la naturaleza de la comuni­dad (la zona en que se desarrollan los pensamientos).

La máquina es algo más que las ideas con que fue construida. Una vez en funcionamiento, descubriremos con sorpresa u horror que tiene ideas propias; que es capaz de modificar nuestros hábitos y cambiar  nuestra manera de ser. ¿Fue el capitalismo el que produjo el reloj o fue el reloj mecánico el que produjo esa nueva economía que transforma el tiempo en oro?  

Abandonad toda esperanza; no hay retorno, ni escape de la Red. Hace mucho tiempo  que la Naturaleza dejó de ser nuestro nicho "natural". Hemos  construido nuestro propio medio, nuestro paraíso y nuestro infierno. Nuestras enfermedades epocales no son ya ataques del medio natural, sino del hábitat tecnológico en que bullimos incómodos. Hace tiempo, Ernesto Sábato escribía en Hombres y engrana­jes: "No es nada difícil que enfermedades modernas como el cáncer sean esencialmente debidas al desequilibrio que la técnica y la sociedad moderna han producido entre el hombre y su medio". Tampoco hay que entonar salmodias apocalípticas por ello; siempre  hemos existido en crisis, a pique de desaparecer, al borde mismo de la nada (nuestro gran invento), al límite de la naturaleza y al margen de la Providencia y el Azar, no menos misteriosa la una que el otro. La enfermedad misma  es un poderoso acicate. El dolor produce conciencia; la concien­cia, lucidez; mientras que la seguridad y el placer embotan los  sentidos; a fin de cuentas, puede haber tanta sabiduría en el dolor como en el placer...

Sé muy bien que los nuevos medios admiten un uso constructivo y útil y pueden proveer deliciosas y legítimas satisfacciones. Pero también van a multiplicar de forma inaudita, e inédita hasta ayer mismo, la cantidad de nuevos fastidios producidos por el poder despiadado de las pequeñas contrariedades, que son incluso más desastrosas para los caracteres bien templados que las grandes.

Escribir en un ordenador es como hacer signos matemáticos en la arena o escribir en el aire. A través de las infovías telefónicas puedes conectar con todos, pero, para todos, tu entidad no es superior a la de una mota de polvo en un rayo de luz. Ni siquiera tienes ya cuerpo: únicamente nombre de usuario y clave. ¡Ojo con tocar la tecla que no debes, o se te puede ir al diablo todo el  trabajo y hasta tu identidad cibernética! El Maligno tiene por supuesto acceso a todos los circuitos, directorios y archivos, como Dios. Conoce tus más secretas intenciones.

Es curioso que una red nacida para la telecomunicación de secretos oficiales y oficiosos acabe convertida también en pista de circo y salón de bellezas alquiladas, pero ese parece haber sido, sin solución, el porvenir de los códigos elitistas: extrin­fugarse y adocenarse. En las nuevas redes se reproducen y multi­plican todos los géneros de peces y todas las especies de basura,  sin riesgos, sin carne, sin espinas, inodoros e insípidos, puros como imágenes cristalinas, irreales como espíritus luminosos: mariposas de diseño, almas virtuales atrapadas en una vasta Red.