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SIGNAMENTO

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

(Sobre el libro de Martín Ruiz Calvente: A más Ciencia, más Filosofía, Jaén 2019)

 Sócrates acaba de salvar su pellejo de hoplita en la batalla de Potidea (432 A. C.) y vuelve con todos los honores a Atenas, y con ganas de filosofar, esto es, de intercambiar razones sobre lo bueno y lo bello, a ser posible con el más guapo por fuera y por dentro, parece ser que la palma en kalokagathía (belleza y bondad) le corresponde al agraciado Cármides, hijo de Glaucón, quien fue tío por parte de madre de Platón, que es el que escribe el diálogo muchos años después de la batalla, diálogo de juventud en que cuenta esto y que lleva por nombre: Cármides.

 En un gimnasio se preguntan los tertulianos por lo que hace honradas a las personas, por la excelencia típicamente socrática, la virtud que llama el tábano de Atenas sophrosýne: sensatez, cordura o templanza. Discuten amigablemente, con sensato sosiego y tranquilidad, si la sensatez es un tipo de saber y en qué consistiría. Parece que la sensatez ensimisma y hasta hace más tímido al sensato, se determina al fin como ese conocimiento que exige el mandamiento apolíneo: “conócete a ti mismo”, pues es sensato quien conoce sus límites. Surge así en la historia de la filosofía occidental, nada más y nada menos que el problema de la conciencia reflexiva, ética, que se pregunta por el bien común, más allá del interés particular en que se centra toda la intención del idiota (etimológicamente “idiotez” significa en griego clásico precisamente eso: la incapacidad para pensar el bien común, el interés civil general).

 Todos los demás saberes lo son de algo. Sabe el zapatero hacer zapatos, el médico de enfermedades y remedios, el matemático de números... Pero es evidente que el conocimiento no sólo es razón y discurso, sino también poder. El médico engañado por su mujer puede usar sus conocimientos para envenenar a los adúlteros amantes, y el matemático emplear su ingenio calculando qué cantidad de combustible debe tener una bomba para matar a más gente. No olvidemos nunca que el país con más recursos tecno-científicos en la cuarta década del siglo XX fue precisamente la Alemania de Hitler, muchos de sus sabios repatriados a prisa norteamericanos huyendo de la persecución de su etnia judía.

 Nace con ello la Ciencia del bien y del mal, la Ética, que, como el mismo Sócrates inventado por Platón nos hace ver en el Cármides, es la ciencia más difícil y la más problemática, repleta como está de dilemas y aporías, un saber in fieri, como escribe Martín Ruiz Calvente, en desarrollo incesante. Su principal cuestión moral es: qué debemos hacer con el saber, porque es evidente que la tecno-ciencia pone los medios, cada vez más potentes y sofisticados, pero no los fines, y la tecnología se puede usar lo mismo para un roto que para un cosido, para asesinar que para sanar, para liberar que para alienar, para humanizar que para cosificar. A este respecto, uno recuerda la definición kantiana de la filosofía como relación de todos los saberes a los fines esenciales de la razón humana. Y esos fines no pueden salir de otro sitio sino de la concepción humanista que prima salud (física y mental), libertad y dignidad de las personas. De la cultura artística y literaria, de los relatos edificantes, mayormente, en los que se forma el carácter de las personas.

 He vuelto al Cármides urgido por la lectura de A más ciencia, más filosofía, el libro de mi compañero de la Quinta del Mochuelo Martín Ruiz Calvente, Jaén 2019. Bien fundada y documentada obra que plantea, desde una óptica no positivista ni reduccionista, contraria al cientifismo, la histórica cuestión del conflicto y la colaboración entre saberes y facultades. Hoy sabemos que los progresos científicos dependen de la economía y de decisiones políticas. Por desgracia, han sido los apremios de las guerras los que han impulsado muchas veces las innovaciones técnicas. Así nació el telescopio para ver al enemigo antes de que el adversario nos viera, o la geometría renacentista para medir las órbitas de los proyectiles, a fin de hacerlos más destructivos. Así nació la Internet (Wold Wide Wet, Magna Malla Mundial), como Red civil de comunicación global, de la telemática militar Arpanet.

 Para comprender la historia de la ciencia es indispensable contar con su contexto epocal, político y social. (Esta era la orientación de aquella asignatura: CTS, Ciencia, Tecnología y Sociedad, que se impartió durante uno de los sucesivos e inestables planes diseñados por nuestros políticos, planes que duran lo mismo que sus inestables mayorías, incapaces como son de llegar a consensos sensatos, pero bien capaces de volver locos a profesores y alumnos). Y es evidente que cada innovación técnica plantea problemas filosóficos relativos a su uso y a las consecuencias de sus usos. El libro de Martín contiene precisos datos sobre las innovaciones técnicas y sus aplicaciones, desde la humilde cremallera o el bolígrafo, hasta la biotecnología, la epigenética, la domótica y las Tics.

 Comte creyó que el Mito fue superado definitivamente por la Filosofía, igual que ésta ha sido trascendida por la Ciencia. Exageraba o se equivocaba. La tecno-ciencia por sí misma es ciega respecto a la cuestión del origen y de la finalidad, del bien y del mal. El mito la acompaña y ella misma suscita mitos. Y el mito edificante, la alegoría, la fábula, son valiosos instrumentos didácticos y hasta propedéuticos y heurísticos. Toda ciencia supone una apuesta metafísica por la Verdad, por la Razón y la Experiencia sensible, a favor de la duda metódica y la objetividad intersubjetiva, una lógica y una epistemología, y hasta una ética que incluye la modestia como virtud. Así pues, la Filosofía y su apuesta por la razón (su vigilia y su sueño), no sólo está antes de las tecno-ciencias, sino también durante y después de ellas, como señala el libro de Martín. Las tecno-ciencias pueden y deben ser evaluadas, sobre todo en su uso y por sus consecuencias. No es reaccionario volver al botijo si es menos venenoso y contaminante que la botella de plástico.

 Por otra parte, ya se ha visto que la interdisciplinariedad es fértil, como el mestizaje, que ideas surgidas en un campo de investigación pueden resultar útiles en otro. La misma idea de Consiliencia, de colaboración entre saberes y facultades, en lugar de enfrentamiento, como enseña el libro de Martín, procede de un biólogo especialista en hormigas: E. Wilson. Y hemos de apostar por un currículum educativo flexible y por la consiliencia entre artes, humanidades y ciencias, aún las llamadas "duras". Es absurdo que un literato desprecie el cálculo o que un físico no pueda disfrutar de las satisfacciones, consuelos y revelaciones que proporciona el arte.

 El libro de Martín contiene una relación exhaustiva de instituciones mundiales dedicadas a la investigación y el avance de las ciencias, muchos de sus enlaces telemáticos, así como una crítica de aquellas que las parasitan burocráticamente (no se puede confundir el Estado del bienestar con el bienestar del Estado y el engorde mastodóntico y sectario o nepotista de sus instituciones); valiosos testimonios de grandes personalidades de la ciencia: Cajal, Einstein o Severo Ochoa; a la par que pruebas de su modesta y entregada faena como profesor de secundaria y periodista de ideas en el Diario Jaén; útiles sugerencias para plantear la enseñanza de la Filosofía en discusión fecunda e inagotable con la Tecno-ciencia más actual, que más decisivamente incluso que en otras épocas determina nuestras actitudes, nuestras prácticas y nuestras concepciones del mundo, pues hasta para la conservación, restauración o explotación sostenible de la naturaleza, loables fines éticos, es ya imprescindible el concurso de las técnicas.

 

PERSIANAS

PERSIANAS

“Contra las fronteras,
la patria inexpugnable de la conciencia y de la fantasía”

Fernando Parra Nogueras

 

Escriben Literatura los descontentos, los disconformes, los rebeldes, los soñadores, los reflexivos, los solitarios, los raros… “En principio fue el Ensueño” –proclamaba don Wenceslao-. Es así porque escribieron al ser condenados al ostracismo, encerrados en prisión o enviados al exilio: como Séneca, como Boecio, como Maquiavelo, como Wilde, o porque no tienen bastante con la realidad, o porque no les gusta e inventan entonces otra más amable y personal, lejana, sórdida o sublime, tal vez inalcanzable. Y a esa realidad que no les complace la representan como en un salón de espejos de feria, deforme, exagerada en flaco o en gordo, revelando tal vez sus defectos escondidos o sus excelencias épicas, y desde tres posiciones posibles: cólera y violencia; tristeza, nostalgia y llanto; o, tercera postura, más madura y saludable actitud: la burla y el humor que provocan risa o, al menos, tierna sonrisa, haciendo gracia.

 En cualquier ficción hallaremos las tres orientaciones, si bien dominará una sobre otra: la tragedia o el poema de desamor nos hacen llorar, la novela social o el planfleto nos irritan y animan a la reforma o a la revolución; por su parte, el escritor humorista retoca lo vivido o lo fantaseado con el pincel de la comprensión, de la gracia y la ternura. Don Wenceslado, inmortal gallego animador de fragas, lamentaba que en la literatura española cundiese más bien el malhumorismo que el humorismo, y eso a pesar de que su gran obra cosmopolita, el Quijote, luciera buen humor, pues las ridiculeces del antihéroe llaman a comprensión y compasión.

 Fernando Parra Nogueras reinvindica con gracia y humor, sine ira, su condición de charnego de segunda generación, de mestizo cultural, en su espléndida novela de formación: Persianas. Hay en ella la suave melancolía de una juventud feliz pero ya claudicada, en la periferia de la periferia de un arrabal industrial de Tarragona; la angustia de una identidad mixta, plural, de andaluz en Cataluña y de “catalanito que habla fino” en el pueblo natal de sus padres: Chilluévar (Jaén).

A la novela no le falta de nada: ni la crónica de una infancia en el arrabal, “cuando la inocencia nos democratiza y nos hace iguales, lejos todavía de los muros artificiales, las banderas nacionales, las lenguas usadas como guetos de exclusión y las fronteras que los adultos se empeñan en levantar”. No falta tampoco en el relato el suspense del “thriller”, ni el encanto del amor fino, cortés, ni el eco del trueno despiadado del terrorismo de ETA en los años ochenta, ni la noble perplejidad del que constata que después de la masacre de Hipercor en Barcelona cuarenta mil catalanes voten a Herri Batasuna. Ni tan siquiera le falta un fantasma al cuento: el de Severiano Cano el gitano, personaje entrañable entre manes y penates telúricos.

 Antonio Carvajal recomendaba con razón la obra de Fernando Parra: “Prosista culto y elegante, sabio y ponderado crítico, poeta inédito”. Se le olvidó al laureado poeta contarnos que Fernando es también profesor, prologuista y periodista literario, de esos, escasos, que hacen de aristócrata en la plazuela de un Diario, como Ortega o d’Ors. Que es poeta se nota también en Persianas:

 “El despertar de Chilluévar es vocinglero; la gente se da los buenos días como si no hubiera un mañana, con aquella franca jovialidad que se derrama impetuosa de sus voces y que invita a beberse la jornada, confortados por aquel primer sorbo tempranero de vida torrencial. Pero ya antes la orquesta de las persianas ha tocado la obertura de la ópera matutina… La noche parece plegarse en cada uno de estos rollos; cada vecino almacena en ellos un trocito de cielo nocturno y es así como lo hacen amanecer” (cap. 14).

  “La Naturaleza no se resguarda con celo tras una persiana ni esconde más secreto que el de su propio milagro; comparte su prodigio con los hombres en la casa del mundo y su persiana es la apoteosis de la aurora”.

 A pesar de su bien provista mochila de filólogo y lector empedernido de los clásicos (los que deja vivos el insobornable “ballestero del tiempo”), no escribe Fernando para la Academia, sino para el pueblo, para la tierra o para el arrabal convertido en pueblo. Por eso cuenta mucho en pocas páginas. Combina el relato con un ingenioso epistolario, hilvanados con tino en unidad ambos géneros. Dialoga así y pide consejo para sus tribulaciones de adolescente a sus ídolos infantiles: Jessica Fletcher, el Baracus del Equipo A, la Daphne del Scooby, Chanquete el del acordeón, el extraterrestre E.T. o el inspector Macgyver… Pero no deja de ser novela, espejo de realidad vivida.

 Aprecia Fernando la lengua catalana, “que se hizo para la poesía”, “que no se hizo para el insulto ni para esa contundencia autoritaria que tienen algunas consonantes del castellano”, y elogia a los grandes dobladores de la escuela catalana como Constantino Romero, pero denuncia ya, sin envidia ni resentimiento, a esas Aurelias que cifran la virtud de un hombre en el idioma que habla, el pedigrí de su sangre y en el tonto amor a un trapo que llaman bandera,  ese oficialismo marginador que usa el idioma como un gueto excluyente y que, en aquellos años ochenta, todavía no había puesto sus cartas bocarriba:

 “El charnego levantaba así Cataluña con su trabajo sin saber que algún día habría de ser excluido de un proyecto de convivencia que consideraba común”.

 Se alude con delicadeza a la suerte de la madre del protagonista Rodrigo:

 “Lejos de su familia y con mi padre sobreexplotado en los turnos de la fábrica, la niña embarazada debió sentirse muy sola en aquel piso donde la vista hallaba solo una maraña informe de cables, antenas y cemento, en lugar del infinito campo esmeraldino de los olivares”.

 Nunca había oído esta comparación del olivar a los “campos” íntimos de la joya verde. Algunos juegos de lenguaje son tan divertidos como originales. Pondré un ejemplo: “una gallina cococomenta con las cococomadres algún cococotilleo de la granja”. No me extraña que Fernando Parra haya sido finalista del prestigioso premio Azorín y de unos cuantos más certámenes de periodismo literario, ¡y ya promete segunda novela! Esperemos que su suerte no sea la del albatros de Baudelaire, ese que descansa en la cubierta del barco estabulario, humillado por los marineros supremacistas, “lejos de su natural patria cenital”, que es sin duda el cosmos entero de la letra universalizable.

 La obra crítica de Fernando Parra puede seguirse en su blog, que lleva por título el primer verso de una memorable cuarteta de Juan de la Cruz: http://cesotodoydejemefb.blogspot.com/, dejando mi cuidado/ entre las azucenas olvidado, según describió el santo su envanecimiento místico.

Allí en la luz de su blog también se transforma con su encantadora señora, Beatriz Pastor Becerra (“su chica”, como dicen los cursis hoy) en la romántica y trágica pareja de Píramo y Tisbe, cantada por Ovidio, y que inspiró el Romeo y Julieta del gran dramaturgo inglés, la historia de Basilio y Quiteria de la segunda parte del Quijote y un largo romance de Góngora. En ese blog encontrará el lector curioso otros análisis de Persianas, pero también agudas reflexiones sobre nuestro lenguaje, y ecuánimes críticas de obras ajenas.

 Oportunísima novela. No cierro su persiana de estilo alicantino, amarilla o verde, tan parecida a la franqueza bondadosa y a la parsimonia artesana de su dueño.

 

AUTOESTOP GALÁCTICO

AUTOESTOP GALÁCTICO

Douglas Adams imagina un planeta de inteligencias superavanzadas y especializadas en la construcción de planetas artificiales. Construyen un megaordenador, una superinteligencia del tamaño de una ciudad y capaz de calcular el número de átomos de una galaxia. Y le preguntan cuál es el sentido de la vida.

El maquinón dice que es un problema difícil, para resolverlo necesita cinco mil millones de años. Para resolverlo la computadora diseña una máquina orgánica más poderosa que ella misma: el planeta Tierra. Pero cuando la Tierra estaba punto de resolver el problema del sentido de la vida, los vogones la destruyen para construir una autopista galáctica. No hay lugar para las protestas. El proyecto habíase publicado en el Boletín Oficial de la Galaxia y el plazo de alegaciones y recursos contra la construcción de la Autovía había prescrito.

El autor de esta fábula incluye a un presidente de la galaxia cuya única misión es ofrecer espectáculo, o sea distraer la atención del público de los verdaderos poderes. Nada que no estemos viendo ya.  Otro de sus personajes es un robot maníaco depresivo.

En la historia reciente de la literatura Douglas Adams pasa por ateo redomado, en su Guía del Autoestopista Galáctico parece apostar seriamente por la superioridad de la inteligencia del ratón y del delfín respecto de la humana.

Sus diálogos rozan lo surreal. Una sátira y una humorada fantástica e inverosímil bajo el disfraz de la ficción científica.

SE NOS EXTRAVIÓ JOSÉ LUIS BUENDÍA

SE NOS EXTRAVIÓ JOSÉ LUIS BUENDÍA

José Luis Buendía escogió el título de Extravíos para su colección de artículos periodísticos. Ensayitos de hondura como pase natural bien dado, de Manzanares o de Finito, periodismo de ideas al hilo de la Actualidad pero sin caer ni en su estrés ni en su idolatría, en los que atiende a “lo que pasa en la calle” desde una perspectiva humanista, esto es, ecuménica, nada provinciana ni pueblerina, universal, atenta, entrañada y comprometida en la inalienable dignidad humana, que no se sustenta en lo que el hombre es sino en sus posibilidades, en lo que puede y debe llegar a ser. Grande fue su humanidad facunda, fecunda, docente, civilizadora y letrada.

 “Soy de los que piensan (…) que la cultura es uno de los pocos vehículos con los que cuenta la condición humana para afianzarse como tal, especializando su condición pensante respecto a la de otros semovientes (…). Me sumo a la idea humanista de que el pensamiento, bien adiestrado por el riego cultural, nos hace más libres y dignos, a la par que reafirmo el viejo axioma liberal de que las ideas, por el mero hecho de serlo, no delinquen, por lo que no tiene sentido que ningún poder desde la sombra trate de pastorearlas en ninguna dirección, ya que, cualquiera que se tomara, serviría mejor a los intereses de ese poder que las guía, antes que al desarrollo integral de la persona”.

 “Desarrollo integral de la persona”. Esto recuerda mucho la idea de Democracia de María Zambrano: aquella sociedad en la cual no sólo está permitido, sino exigido, el ser persona. Pero lo viviente -y las sociedades son cosa viva- nunca se actualiza del todo. Gran persona, José Luis, enredado, extraviado y aventurado en el esfuerzo de llegar a ser él mismo.

Como liberal, José Luis Buendía critica el interés de los gobiernos por dirigir la cultura (ese “lujo al que se viste de harapos”), creando ministerios específicos, delegaciones, negociados, concejalías o institutos ad hoc, para usarlos con el único fin de mantener clientelas y colocar nepotes, contratando y subvencionando a ideólogos sectarios, escritorzuelos de cuarto de baño, artistas de poco monta y estómagos agradecidos que ven en esta oportunidad de subirse al carro de los que mandan la solución a sus frustraciones personales. Cultura piramidal y tutelada que produce cantidades ingentes de publicaciones que nadie lee o proyectos costosamente estériles.

Como amigo, José Luis tuvo la amabilidad de dedicarme su libro de 1999 con unas palabras cariñosas de reconocimiento a mis escritos filosóficos, donde agradece su claridad. En su prólogo señala el título escogido, Extravíos, en referencia no sólo a sus meditaciones como posible desorden de un caminar sin orientación fija (afectación de humildad), sino al extravío de estas tierras, Jaén y Andalucía, “que nos han llevado a ocupar un lugar muy diferente al que por justicia nos corresponde”.

Echo de menos en el libro un índice con los títulos de los artículos. Su temática es tan variada como los hechos que comenta. Con prosa culta pero no pedante, algo barroca como candelabro semanasantero, fija José Luis su atención sobre todo en las víctimas, en los humildes, en las personas de corazón limpio, como en esa camarera con nombre de flor, en ese cándido y laborioso Rafalito, un tanto disminuido en lo intelectual, pero que porta agua y escalera en las procesiones de Semana Santa, sintiéndose útil a la comunidad, como Cireneo ayudando al Salvador con la cruz…, o en ese soldado que se vuelve loco y dispara a sus compañeros, o en ese médico “especialista en humanidad”, o en esas seis prostitutas que se hacen cargo de los seis niños abandonados por su madre, relato verdadero.

Una prosa fundamentalmente poética, plena de referencias literarias, mas tan bien enraizada en las honduras del cantar popular, que tanto gustaba a José Luis como la tauromaquia. Así refiere a los cantaores y guitarristas flamencos, a “estas músicas sin parangón, bañadas de soles atávicos y metidas, como un avispero, en las venas de razas muy distintas”. O describe a Rosario (Charo) López desgranando una bulería por soleá: “No debía de quererte”, “como un torero que confirmara la alternativa de su pena en la plaza de las emociones ajenas”… “De esa catarsis abrasadora, sólo podrá redimirnos el rejonazo certero de otro cante”.

El timbre de estos excelentes y cuidados escritos es intensamente emocional. Y ello me conmueve tanto como la grata reminiscencia de la persona a la que conocí y a la que debo muchos buenos ratos. Corresponsal fiel,  José Luis fue responsable del excelente proyecto que se llevó a cabo por medio de suplementos semanales, el de una Enciclopedia de Andalucía que es obra de referencia hoy en cualquier buena biblioteca pública. Le debo agradecimiento por lo bien que allí me trató cuando empezaba yo a publicar sátiras, cuentecillos, poemas y manuales educativos.

Ahora que nos falta, recuerdo su gesto, su humor, su enfervorizada protesta en el coso de San Nicasio, al que siempre acudía en los festejos de la feria de San Miguel, su reparo por la baja calidad del ganado bravo: ¡cabras desmochadas!, gritaba, respetuoso siempre con los toreros (¡ponte tú!), gran conocedor de las suertes, sobre las que escribió en abundancia.

Añoro su papel de patriarca de las letras cuando profes de todas las provincias nos juntábamos en el tórrido Jaén para corregir exámenes de Selectividad y él encargaba la comida –recia y bien regada- en un castizo restaurante de la capital del Santo Reino, solidario con los maestros de Instituto de Secundaria, aun siendo él de Universidad. Lo recuerdo asociado al recuerdo de Ramón Poblaciones, que además de profesor de literatura y padre ejemplar debutó como novillero, y al de la también fallecida Carmen Orzáez con la que compartí mesa y mantel en Villacarrillo durante dos o tres cursos de feliz diáspora.

Fue en una de aquella "ligaíllas" que echamos en Úbeda o Jaén, no lo sé, seguramente con nuestro común amigo Rafael Bellón Zurita, cronista de Úbeda, cuando José Luis me contó una de sus experiencias, que me sirvió luego para componer un cuento integrado en Criaturas de luz de luna. La experiencia de ese intelectual insobornable al que un politicastro pueblerino, antiguo condiscípulo, invita a dar una conferencia en su pueblo natal, pero se olvida de publicitarla o de buscar público atento y, a última hora, conduce a la “Casa de cultura” a los habitantes de un siquiátrico.

Por ninguna cosa se ha de llorar, dijo el filósofo, si no es por la pérdida del amigo, porque todas las otras cosas están "en las arcas" (digamos hoy en los supermercados) y sólo el amigo mora en las entrañas. Se nos fue José Luis, pero dejó rastro, pisada, traza, reliquia, prosa lírica, como su hermoso homenaje a Juan de la Cruz.

Además de sus Extravíos me queda el desgarrón de su ausencia, su gesto de buena persona, sus hábitos de tolerancia propios de gran conversador, su sensibilidad romántica y un tanto trágica como el mejor cande jondo, su fina melancolía y sus cartas, a las que –si Dios me da fuerzas y tiempo- volveré algún día para convertirlas en símbolo y señal de perenne solidaridad en la luz de los buenos sentimientos.

ROSAL TARDÍO DE UN PATIO DEL ALBAYCÍN

ROSAL TARDÍO DE UN PATIO DEL ALBAYCÍN

Me ha resultado muy refrescante la lectura de Los inquisidores de Granada, de Gabriel Sánchez Ogáyar (Ginger ape books, 2012) que se edita como primer volumen de una trilogía. Se trata de una novela de aventuras enmarcada en los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista de Granada, cuando la tensión entre religiones y modos de vida se trenza en la ciudad de la Alhambra con codicias de bienes materiales, ambiciones de poder, envidias, amores y fanatismos.

 Cuando todavía no había estilete racional que separara el íntimo músculo de la religión del tocino exterior de la política, la mejor manera de eliminar a un contrincante era naturalmente acusarle de apóstata o de hereje. Pero en la novela ya asoma la distinción entre tolerantes y fanáticos, porque se ha dado siempre. Cisneros, pobre, cae entre estos últimos, mientras su antecesor como arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera, se eleva al coro de los santos, cristiano sincero pero comprensivo con musulmanes y judaizantes. Se trata de personajes históricos sobre los que el autor aporta además, como epílogo, una breve y bien documentada biografía.

 La novela ofrece un exótico paseo por la Granada de fines del reinado de los Reyes Católicos. Sólo por eso ya merece lectura. Capital de un reino decadente recién capitulado ante los ejércitos cristianos. Se ve que su autor conoce muy bien la ciudad mestiza que describe arqueológicamente. Una hermosa historia de amores insatisfechos y trágicos se cruza con la crónica de una felonía. No falta acción y el argumento rueda trepidante hacia su solución final, como debe ser. No se cae de las manos y deja buen sabor de boca.

 Por supuesto, el autor puede objetar que se trata de una licencia narrativa, a fin de cuentas, Cisneros no es el peor tipo de la novela, sino Bernardo, un frailucho gordo, analfabeto, hedonista y avaricioso, pero me duele y cuesta pensar que Cisneros fuera un tipo tan simple como del relato se pueda deducir: el reformador de los franciscanos, luego regente por dos veces de la corona española, que no sólo fue un firme evangelizador de musulmanes y judíos, sino que también emprendió admirable labor cultural con la fundación de la Universidad de Alcalá y la edición de La Biblia Políglota. Hasta qué punto fue su intención o responsabilidad directa la conversión forzada de musulmanes y judíos en el Reino de Granada, o la quema, desde luego injustificable desde una moral actual, de una parte de su legado cultural, libresco, en la plaza Bib-Rambla, es algo que no podemos saber con seguridad, como tampoco conocemos las presiones políticas, los desórdenes civiles o el nivel de amenazas bajo los cuales actuaba. El levantamiento del Albaicín no fue moco de pavo, ni el de las Alpujarras. Están de acuerdo los historiadores en que hubo crueldades y se cometieron injusticias y traiciones por ambos bandos. La primera víctima de una guerra, como decía Erasmo, es siempre la verdad. No conocemos el cariz completo de los motines y conjuras a que debió hacer frente el que fuese también confesor de la reina Isabel la Católica. Y es muy limitado asociar la figura del Cardenal exclusivamente a la Inquisición (y de paso a los mitos de su “leyenda negra”), Inquisición española que, por cierto, fue el primer tribunal del mundo que prohibió la tortura y en el que, en contra de la opinión común, nunca se aceptaron denuncias anónimas. Durante el siglo XVI “en España mueren por herejía muchas menos personas que en cualquier país de Occidente” (v. María Elvira Roca. Imperiofobia y leyenda negra, 2017, pg. 277).

 Se sabe que cuando Cisneros envió a su secretario Fray Francisco Ruiz a evangelizar a las Américas mandó con él a tres jerónimos encargados precisamente de evitar los abusos de poder. El que fuera restaurador de la liturgia mozárabe no debió parecerse mucho al tipo soberbio y resentido cuya sombra aparece y desaparece al fondo de la amena novela de Sánchez Ogáyar. Es verdad que donde se queman libros se acaban quemando hombres, pero dudo mucho que Cisneros pueda ser asimilado al mito del cruel inquisidor español creado interesadamente por protestantes y enemigos del imperio de Felipe II.

 Pero se trata de una ficción, aunque inspirada en hechos históricos. Aquí las aventuras no se pierden en el sentimentalismo ni se demoran en el retrato psicológico (Cisneros, que pasó por la cárcel, tuvo también sus crisis de fe), aunque hacen ciertas concesiones oportunas a la retórica de la época. Y el relato de Los Inquisidores de Granada se muestra hábilmente tejido a dos voces: la del narrador omnisapiente y la de Amín Hanza, joven e incorruptible cadí musulmán de Granada. La obra incluye útiles aclaraciones a pie de página sobre lugares y cosas. Y al fin, menos mal, en su argumento, que no pienso reventar al curioso lector, la verdad y el bien acaban imponiéndose como el mosto de aceituna flota iridiscente sobre el torrente del Darro y el curso del Genil. Nobleza obliga.

 Agradezco con esto la amable y personal dedicatoria.

 

ZABARRA Y LA LITERATURA HISPANO-HEBREA

ZABARRA Y LA LITERATURA HISPANO-HEBREA

 

“Me han combatido los necios porque amé la inteligencia”

Yosef Zabarra

 Yosef ben Meir ben Zabarra (o Sabarra o Sabara) nació hacia 1140 y falleció hacia 1200. Fue un judío barcelonés, médico políglota y científico, experto en el Talmud, autor del Libro de las delicias o Libro de los entretenimientos (Séfer Saasuim), considerado uno de los mejores maqamas (prosas rimadas) jamás escritas. Escribió también un poema didáctico sobre anatomía, un tratado en prosa sobre Los aspectos de la orina, más sátiras que se han perdido. El Libro de los entretenimientos se imprimió por primera vez en Constantinopla en 1577, la primera traducción al español fue la magnífica edición de Marta Forteza-Rey para Editora Nacional (1983), con la que aquí me oriento.

 Como el Libro del buen amor, El libro de los entretenimientos tiene forma autobiográfica. Está dedicado a Seset Benbeniste, miembro de una de las más importantes familias judías de la época, médico como Zabarra y consejero de los reyes de Aragón Alfonso II y Pedro II. La obra de Zabarra compila cuentos, aforismos, sentencias, reflexiones y poesía lírica. Su estilo mosaico recoge y engarza expresiones literales de la Biblia con un argumento fantástico: la peregrinación del autor con un demonio venido de lejos: Enán.

Árabes y judíos se hacían un verdadero lío con los textos que les legó la antigua cultura griega cuando citan a Esculapio, Hipócrates el piadoso, Platón, Diógenes o Aristóteles…, pero los más ilustres e ilustrados se esforzaron por rescatar lo que sentían como un saber superior, añejo antes que caduco. Así, por ejemplo se atribuye a Aristóteles la siguiente afirmación de que cinco cosas son perdidas o sin fundamento: “la lluvia sobre el vino, una vela a la luz del sol, una doncella desposada con quien no puede hacer el amor, guisos exquisitos colocados delante de un borracho, y favores hechos a quien no los reconoce” (cap. VIII).

Maqama es un término árabe que significa lugar, el sitio en el que se reunían los varones de pie para hablar y comentar sus asuntos: de ahí el sentido de narración, aventuras, comentarios morales o científicos, lucimiento verbal y erudito. Por supuesto, en la traducción se pierde el efecto significante del virtuosismo lingüístico, poético, juegos de palabras y hasta palíndromos, pero a pesar de ello el texto es ameno y no pierde su gracia vetusta y el eco misterioso de un tiempo periclitado, porque “el hombre es hijo de su tiempo”. Se sabe que en Al-Ándalus se escribieron maqamas desde el siglo XI, única forma narrativa que se desarrolló en la literatura árabe, tenemos las maqamas zaragozanas escritas por Abu Tahir al-Saraqusti (m. 1143) en las que emplea un lenguaje enigmático, y las de Abu Amir ben García, un vasco que fue secretario de Muyahid de Denia (Maqamas y Risalas andaluzas, Fernando de la Granja, Madrid, 1976).

 La presencia de los judíos en nuestra península es muy antigua. En las expediciones de los fenicios a la península ibérica ya participaban “hombres del rey Salomón” y es muy probable que en las colonias que establecieron en el litoral Mediterráneo hubiese israelitas. Pero la llegada más numerosa debió de producirse con la destrucción en el año 70 de Jerusalen y su templo, con la Diáspora (exilio). La situación de los judíos después de la invasión de los bárbaros del Norte fue lamentable, los godos convertidos al catolicismo con Recaredo impusieron a los judíos la elección entre la conversión obligatoria al cristianismo o la expulsión. No extraña que los invasores musulmanes hallaran leales auxiliares en los judíos. Se sabe que en la batalla de Guadalete uno de los caudillos más destacados de las tropas árabes, Kaula al-Yahudi, era de origen judío. A fin de cuentas, musulmanes y judíos reconocían un antepasado común en Abraham, como ramas de un mismo tronco semita. Bajo el dominio musulmán, pronto prosperaron centros de población y cultura judía en Lucena o Granada. Algunos califas de Córdoba tomaron a judíos como médicos, consejeros y ministros, por su alto nivel cultural. Tras siglos de convivencia, los judíos hicieron suya la incipiente literatura árabe, así como su lengua. Las formas poéticas árabes influyeron en la poesía hebraico-española, sobre todo en la profana.

 El régimen de tolerancia religiosa y libertad de los reinos de taifas se rompió con la llegada de los bereberes almorávides, gentes fanatizadas que ni siquiera entendían bien el árabe. Muchos judíos tuvieron que emigrar. Y algo parecido ocurrió después de la invasión de los almohades, pues estos prohibieron en sus dominios toda religión que no fuera la islámica. La mayoría de los mozárabes (cristianos) y judíos optaron por emigrar hacia los Estados cristianos del norte de la Península. Otros como Maimónides fingieron una conversión al Islam, aunque eso le supuso al gran sabio judío cordobés cambiar a menudo de residencia para evitar la delación.

 En Cataluña, que entonces formaba parte de la Septimania, los reyes francos concedieron a las aljamas judías bastantes privilegios. Dada la intransigencia de los almohades, el centro de literatura hispano-hebraica se desplazó desde Al-Ándalus hacia Toledo y Barcelona. En los reinos de Castilla y Aragón muchos judíos ejercerán como almojarifes (recaudadores de impuestos), contables y administradores de rentas, alfaquíes (doctores de la ley), secretarios de correspondencia, intérpretes, astrólogos, médicos… Los Ibn Susan en Castilla y los Ibn Seset e Ibn Rabalia en Aragón se transmitieron sus cargos en la Corte durante generaciones. San Fernando de Castilla y Jaime I de Aragón mostraron su gratitud a sus leales y competentes funcionarios judíos. Fueron judíos los que vertieron al romance durante la época de Alfonso el Sabio las obras orientales enriqueciendo nuestro idioma con arabismos.

 Durante el XIII y el XIV se mantuvo la influencia de la literatura oriental, el exemplo 42 de El Conde Lucanor, obra del infante don Juan Manuel, plagia el relato de La lavandera y el demonio que aparece en el Libro de los entretenimientos de Zabarra. Y en el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita abundan los ecos de las maqamas árabes y hebreas, un juego parecido de intenciones sensuales y espirituales, de móviles religiosos y profanos, de seriedad y picardía. Todo ello a pesar de la presión integrista, ya que en el siglo XIII, la vigilancia de la Iglesia contra los judíos se fue extremando como consecuencia de la aparición de la herejía cátara y del panteísmo psicológico de los filósofos musulmanes que influyó a los judíos. Nace la Inquisición y la misión represiva de dominicos y franciscanos. A la Inquisición acudieron incluso judíos tradicionalistas en busca de apoyo contra los ataques a su fe de la filosofía maimonista, lo que explica un auto de fe contra las obras de Maimónides en Montpellier (1232). Por una parte, muchos conversos judaicos experimentaron un celo de neófito, y otros, judíos relapsos, volvían a su fe tras fingir su conversión, todo ello enrarecía la convivencia social. En 1391 se produjo la espantosa matanza y saqueo de la aljama de Sevilla, a la que siguieron las de casi todas las aljamas de Levante, Cataluña, Mallorca y Castilla. Hay que añadir que los monarcas españoles muchas veces hacían lo que podían para disminuir el antisemitismo, no tanto por motivos humanitarios sino por el provecho que sacaban de la población hebrea.

 Como dijimos, con la llegada de los almohades, los escritores hebreos andaluces emigraron a las comunidades judías del sur de Francia, el Languedoc y la Provenza, donde a fines del XII había una intensa vida cultural. La maqamas anteriores a la que nos ocupa combinaban enseñanzas morales con fábulas y alegorías filosóficas, unas son misóginas mientras que también las hay que hacen el elogio de las mujeres usando la prosa rimada. El más clásico de los escritores hispano-hebráicos es Yehudah ben Salomón al-Harizí (1170-1235), cuyas maqamas son más lúdicas que moralistas.

 El libro de los entretenimientos debió escribirse cuando Zabarra volvió a Barcelona, antes de 1194. La relación del protagonista con el pícaro Enan es ambigua. Enan es un demonio tan humano que algunos críticos piensan que se trata de un desdoblamiento de personalidad, pues ambos personajes se llaman Yosef (José) y la relación del autor con el demonio puede decirse que es de amor-odio, de atracción y repulsión. El entretenimiento y la comicidad jovial se mezclan con la moralina más rancia y muchas veces contradictoria. El tono general es sentencioso: “plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada”, “la persona harta pisotea el panal de miel”, “el vino quita la ropa en tiempo de frío”. Todo el capítulo VII es una relación de “sentencias agradables que he recogido de libros árabes”, “gentiles palabras”, o sea “paganas”.

 “Un muchacho perverso, cuya madre era una ramera, estaba lanzando piedras.

Dijo Diógenes: ‘No arrojes más, no sea que hieras a tu padre’”

 “En todo viaje o desplazamiento hay bendición o salvación”, así que incluso andar con un demonio por el mundo se impone como una ingrata obligación del conocimiento, un deber gnóstico. Está claro que el demonio no es tonto, sino más bien ingenioso: “No podrás saber el secreto de mi nombre hasta que andes en mi compañía” –le dice Enan, que acabará confesando su veterana alcurnia demoníaca, su parentesco con tan famosos demonios como Satán…. Es imposible que Zabarra no le reconozca ninguna virtud a Enan, pues en todo caso se apartaría de él, dado que “la separación del necio es mejor que la compañía del sabio”.

 No faltan observaciones de buen fisiólogo: “las cualidades espirituales van a la zaga de la naturaleza del cuerpo y de los miembros”, en un esfuerzo por deducir el carácter de la corformación física. Se espigan en el texto hermosas metáforas: “no he encontrado escorias en la plata de su afecto”, “la noche ha extendido sus alas y la aurora parpadea”; o hipérboles muy andaluzas: “Lloró de tal manera que con sus lágrimas casi limpió sus mejillas”. El trato a las mujeres resulta ambivalente: “toda las mujeres son cazadoras de almas”, “todo su amor depende de su placer y de su necesidad momentánea”, pero “hay mujeres sabias e inteligentes, virtuosas y fieles”.

 Se cita a menudo a Sócrates como filósofo “teólogo”, epíteto común en los textos árabes, y como racionalista domesticador de las pasiones. A este respecto es conveniente escuchar el consejo del prójimo, porque es desapasionado. El fin moralizante está muy claro: “Por tres cualidades se conoce al hombre: en su comportamiento con el prójimo, la sobriedad en la comida y su amor a todos los hombres”. Un cosmopolitismo con futuro. Interesantes resultan las advertencias prácticas: “No tomes veneno confiando en el antídoto”, “en la paciencia reposa el espíritu”, “no digas ‘cuando tenga tiempo estudiaré’, pues quizás no tengas tiempo”. Se llevan mal la sabiduría y la vanagloria y “tampoco luce la sabiduría en los seres violentos o feroces”: "el que hace de la sabiduría una corona para su cabeza, hace de la humildad una suela para su sandalia" (R. Yishaq Ben Eliezer).

Los historiadores de la ciencia podrán encontrar en la maqama de Zabarra buena documentación sobre los conocimientos anatómicos, dietéticos y médicos de finales del siglo XII, mezclados con suspersticiones étnicas como la consideración de la sangre menstrual como corrupta, o con extravagantes explicaciones especulativas sobre la polución nocturna, el control de la orina o el porqué de que los bastardos suelan salir más listos que los legítimos: “Mejor es bastardo humilde que bien nacido insolente”.

 Los últimos capítulos adoptan un tono satírico y profético, sobre una ciudad imaginaria que Zabarra desea abandonar, “lugar de pecado y delito”, donde todo el mundo golpea a todo el mundo mediante el azote de la calumnia, “para encender el fuego del odio y excitar el espíritu de la envidia”, donde los ignorantes difaman a los instruidos “sin tener en cuenta sus propias imperfecciones y defectos”:

 “A la derecha se levanta la canalla, a izquierda se alzan los ignorantes, el mozo ataca al anciano, el villano al noble, y el sabio depende del necio”

 Zabarra abandona la ciudad del demonio porque “No puedo morar más en una ciudad donde sólo se honra al necio y al ignorante, mientras que en la ciudad a la que quiero volver vive un anciano dotado de espíritu profético”.

Este anciano resulta ser el gran príncipe R. Seset Benveniste al que está dedicado el libro. Y Zabarra hace confesión de fe. Apuesta por la piedad y la humildad como virtudes religiosas principales: “La huella de la humildad es el temor de Dios” y “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Será la piedad la que conduzca a la resurrección de los muertos, según está escrito: “He aquí que Yo haré penetrar el espíritu en vosotros y reviviréis” (Ex. 37,5).

 Como comenta Marta Forteza-Rey en su magnífica edición, el autor trata de equilibrar al final con su erudición talmúdica el aspecto laico de la obra. Concluirá en oración:

“Que Dios nos haga merecedores de ser contados entre los justos y de tener la muerte de los rectos; que nos dé nuestra parte con sus siervos, según su mucha misericordia. Amén”.

Una novela de Iris Murdoch

Una novela de Iris Murdoch

Julius King es el protagonista de la novela de Iris Murdoch: Una derrota bastante honrosa (A fairly honourable defeat, 1970). El relato sólo deviene histórico por el hecho de que sus burgueses ingleses usan el teléfono fijo y se escriben largas cartas en papel. No sé si los ingleses siguen bebiendo té, jerez, güisqui y ginebra en tan grandes dosis. La presión de la inmigración ya forma parte del fondo del escenario de la obra.

A pesar de la vocación filosófica de la autora, el relato no contiene largas reflexiones sobre el bien, el amor y la belleza (temas centrales de toda su obra), sino más bien una puesta a prueba vívida del poder limitado del bien y del amor en las relaciones humanas. Igual que La Soga de Hitchcock es una impecable refutación del vitalismo esteticista de Nietzsche que no declara muy expresamente la teoría sino más bien sus terribles y funestas consecuencias prácticas, la novela de Murdoch refuta la vía erótica hacia la idea del bien propuesta por Platón en el Banquete o, por lo menos, muestra su contingencia y falibilidad.

Novela de tesis, tal vez, aunque esta no se exponga de forma declarativa, sino que más bien el lector tenga que deducirla de la acción contada. En la que por otra parte se cruzan personajes diversos que sostienen puntos de vista contradictorios sobre la realidad que sienten y piensan. Se nota que Iris Murdoch, licenciada en Lenguas Clásicas, tenía una formación clásica oxoniense. Aunque sólo una vez se cita a Platón, una a Wittgenstein y otra a Frege, la autora cursó estudios de filosofía en Cambridge, donde tuvo por maestro a Wittgenstein y publicó el primer ensayo en inglés sobre Sartre. Además de un montón de novelas, escribió también poemarios y piezas teatrales. Hay bastante de teatral en la novela que comentamos, de oscura comedia de enredos y errores. Los capítulos quedan definidos como escenarios domésticos de los que entran y salen personajes que interactúan en ausencia y con un limitado conocimiento unos de otros.

 Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Iris Murdoch. Ramón Luque ha publicado un ensayo sobre la escritora y en la red se puede encontrar un cómo se ha hecho (making of) de su trabajo como aproximación literaria y cinematográfica al mundo de Iris Murdoch. Ensayo sobre la intensidad (Letra Capital, marzo 2019). Copio aquí palabras de su presentación porque pueden aplicarse a Una derrota bastante honrosa:

 “La escritura de Murdoch fue intensa, con momentos emocionantes, personajes salvajes que amas u odias, tramas que no te dejan respiro... Literatura entretenida y divertida pero ojo, nada comercial, más bien culta, exigente pero amable, intelectual pero con corazón”.

 Julius King, su protagonista, es un elegante judío (Kahn fue su apellido genuino), un tipo “escurridizo” que consiguió escapar del exterminio nazi, rico y culto, recuerda el don Juan de Torrente Ballester, un intelectual esteticista y “cínico” (en el sentido moderno de que se acomoda perfectamente a unas convenciones de las que descree), un donjuanesco bon vivant que juega mefistofélicamente con el resto de los personajes como si fueran marionetas hasta que se aburre, todo ello gracias a su poder de seducción con el que normalmente acierta disparando hacia el talón de Aquiles de la vanidad y la extraordinaria capacidad humana para el autoengaño. Más limitado es el poder de su correlato femenino, la apasionada, atractriva soberbia e inestable Morgan Browne. King es “diabólico” en el sentido etimológico de la palabra, es capaz de mostrarse encantador para deshacer el status quo en el que viven su bienestar los demás. Da igual si son parejas homosexuales que matrimonios convencionales y consistentes.

 La novela no es feminista, pero tal vez cabría decir que es muy femenino su penetrante análisis de los estados emocionales, si estamos dispuestos a reconocer la superioridad femenina para la captación de los matices sentimentales, tanto de las relaciones heterosexuales como de las homosexuales. En cualquier caso, es exquisita la perspicacia con que muestra el hecho y las consecuencias de la dependencia emocional entre personas, tanto con vivientes reales como con fantasmas imaginarios de seres queridos, ya difuntos. Magistral, respecto a la descripción de la “telepatía del silencio” que caracteriza a un matrimonio bien avenido, o respecto al retrato de la relación de una mujer con su bolso…

 Singular es el personaje de Leonard Browne, un proletario que contrasta su estatus con el del resto de los personajes, que se está muriendo de cáncer de cadera. Leonard habla contra el sistema desde una vitalidad ofendida por las circunstancias. Le gusta alimentar a las palomas y polemizar sarcásticamente con su hijo, que le cuida y al que maltrata.

 Diálogos rápidos, trepidantes se combinan armoniosamente con la reflexión y el fino dibujo de los estados de ánimo de los personajes para poner de manifiesto tanto la necesidad que tenemos de formar lazos sentimentales como su fragilidad. El personaje más fuerte, el triunfador, el “rey” (King), acaba siendo el hedonista mefistofélico que sólo juega con los demás porque sabe y puede vivir solo.

Quien se basta a sí mismo, quien cuenta con suficientes recursos económicos y atractivos personales, y no necesita del reconocimiento de los demás, ése gana la partida, pero ¿quién se basta a sí mismo?

REGALO DE REYES

REGALO DE REYES

La novela de Jesús Zamora Bonilla (Madrid, 1963) es muy entretenida. Y digo “novela” porque después de las deconstrucciones del género o tras su hibridación y mestizaje con otros géneros como la historia, la crónica, la poesía, la divulgación científica o la filosofía, Regalo de Reyes (Barcelona, 2015) no aspira ni pretende ofrecer sino un espejo colorista de su tiempo, esto es, una novela, eso sí, de suspense, misterio y aventura, condimentados con algo de rojo y verde, o sea, de violencia y sexo. Bueno, tal es nuestra condición y tales son, por naturaleza, nuestros específicos colores.

 El filólogo buscará inútilmente en sus casi seiscientas páginas alardes de estilo, creaciones surreales o meta-literarias, pero su “estilo” es tan natural como el agua de una fuente serrana, tan ligero como las nubes que pasan, tan coloquial como se habla, tanto, que cuando usa algún cultismo pide perdón por ello atribuyéndolo a la pedantería del personaje. Se le escapan ciertos laísmos, que al dialecto castellano se le perdonan.

 Tampoco el filósofo hallará en la novela reflexiones profundas o discusiones sutiles, salvo quizá una pequeña muestra de humanismo clásico, la defensa anecdótica de la tradición epicúrea y su fantástica reconciliación imaginaria –tan delirante como metafísica gnóstica- con el relato canónico y evangélico del cristianismo. Y esto último sorprende especialmente y es muestra de meritoria ascesis y prudente contención, porque Zamora Bonilla es doctor en Filosofía y en Ciencias económicas, y catedrático de Filosofía de la Ciencia en la UNED.

 Es sólo una buena novela –repetimos- y por tanto un verosímil espejo fractal de nuestras vidas actuales, y por allí circulan y vuelan personajes, familiares y virtuales, reales y mediáticos, sujetos de toda condición: conductores de autobús, cerrajeros y empleadas domésticas, profes de instituto y estudiantes de bachillerato, condesas de la prensa rosa, profetas del “misterio”, señoritos calaveras, políticos progres y conservadores, leales chóferes magrebíes, arqueólogos eminentes, francesas complacientes, bailarinas sensuales, miembros del Opus Dei y traficantes de antigüedades exnazis.

Me ha resultado completamente admirable la ingeniosa hilazón de la trama argumental ya que es trepidante y fácil de seguir a pesar de su complejidad y de sus saltos geográficos y temporales. Le sienta bien cierto exotismo, pues la acción transcurre tanto en Madrid como en un palacio señorial de Polonia, en un yacimiento arqueológico en Siria, en las islas Maldivas o en el golfo de Cádiz cerca de Zahara de los Atunes, en cuya playa confiesa el autor haberla concebido muy peripatéticamente.

 No es irrelevante que sea faena de melómano: empieza y acaba como las sinfonías, con dos llamadas de atención, pura descripción de hechos criminales, terroríficos, que no entorpecen para nada el tono jocoso general, realista, de "buen rollo", irónico más que sarcástico. Su epílogo contrasta con la tragedia pasada y remata la broma dejándonos bastante tranquilos, viendo como colean seguros y aún con porvenir sus personajes principales, lo cual es siempre de agradecer.

 Aunque tengo por probado el escepticismo anti-apocalíptico y anti-sobrenatural de su autor, su posicionamiento contra la superstición y el dogmatismo religioso, su trato con el gran relato cristiano de la vida de Jesús resulta amable y discreto; su jugueteo con el símbolo de la fe católica y con las contradicciones de sus devotos es por lo menos educado y hasta compasivo, y demuestra más curiosidad y conocimiento que desdén o resentimiento.

 Como a uno le ha quedado un buen sabor de boca tras la lectura de Regalo de Reyes, es muy probable que en próximas calendas me entregue también a la lectura de Errar es de Ángeles, obra novelesca que Javier Zamora Bonilla (quien también ha cultivado el ensayo académico y no tanto), tuvo la generosidad de ofrecer gratis en formato digital. Y en mi e-book lo guardo como un valor ya seguro.