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SIGNAMENTO

MADRE PRÓDIGA

MADRE PRÓDIGA

El de la "madre pródiga" es un nuevo carácter literario, apropiado para el drama social y teatral del siglo XXI.

A La Cangura de Larva, el tomo guirigay de Julián Ríos, le ahogaba el hogar porque prefería holgar, dulce holgar. Abandonó a sus hijos en Australia. Cortó a dentelladas el asfixiante cordón umbilical (es metáfora). Il faut voyager pour aimer de loin sa maison!, se decía.

Quería realizarse en liza y paliza comiendo perritos y pizza.. Trabajó de mecanógrafa en una revista del corazón londinense. Se vino al smog de Londres para respirar turbio. Hizo amistades de party en party, "amistades a mitades" -escribe Herr Narrator.

El marido fue duro. Le mandó la foto fúnebre de Tommy con la inscripción: "Partió su mami, partió su corazón".

Le dio por beber mucho a Kendy, La Cangura pródiga. La resaca le daba llorona y echaba mano al bolsón marsupio para mostrar la foto familiar.


Contó a Milalias, confesor freudulento, que por nada del mundo se volvería a casar pero que estaba pensando en tener otro hijo. Tal vez se sintiese vacía.

¡Qué Tommy ni qué niño muerto! -exclamó casi sin querer Milalias. Se agarró a La Cangura, hembra grandota y, torpes cada uno, casi se arrojan bailando por la ventana.

***

Larva no es novela, sino caja de juegos para políglotas cultos o filólogos culteranos, embarrada de interjecciones y saltos de página: o la babel de una noche de san Juan en beodisea londinense para dar que leer y hablar; un ingenioso invento de palabras, analogías, calambours o equívocos como chinoiseries, alusivas a una incesante orgía de la que se espera con desespero la iluminación.

IL TRAMONTO

IL TRAMONTO

HIPNOTIZADA POR EL ÁRBOL, EN UN PASTEL DE PURA BELLEZA

Sobre un cuadro de Giorgione (Zorzo). "Tramonto y san Roque" (1505-1508)

"Un intenso sentimiento físico de ansiedad habíase apoderado de ella mientras contemplaba el retrato de san Antonio y san Jorge pintado por Giorgione. Había un árbol en segundo término al que ella nunca había prestado la debida atención. Lo había visto, desde luego, ya que este cuadro ella lo contemplaba a menudo, pero nunca había sentido su significancia, aunque no habría sabido decir qué era esa significancia. Allí estaba, en medio de la claridad, en medio de la brillante obscuridad, en medio de una atmósfera límpida, densa y amarilla, en medio de ningún sitio con unas lejanas nubes deslizándose tras él, ligando a ambos santos y al propio tiempo separándolos y existiendo por sí mismo sin tener nada que ver con ellos, un árbol ridículamente frágil, poético, vibrante, inmóvil que era también un árbol especial y particular en un atardecer especial y particular cuando los dos santos (qué raro) estaban ocupados en sus respectivas faenas (ignorándose mutuamente) en una especie de claro sombrío y a la par brillante (¿qué demontre, sin embargo, sucedía en primer término?) junto a un exquisito y reluciente estanque del cual emergían con cautela dos pequeños y domesticados demonios en provecho de san Antonio, mientras tras ellos san Jorge, con un yelmo como una perla, atropellaba a un dragoncillo igualmente domesticado e inofensivo".

Iris Murdoch. The sacred and profane love machine, Londres 1974.

                                                      ***

La escritora irlandesa olvida la figura de san Roque y su ayudante, Gotardo de Hildesheim que, a sus pies, le cura las yagas. La presencia de san Roque, protector de la peste, ha lllevado a pensar que la intención del cuadro fue agradecer el fin de la epidemia de 1504 en Venecia.

En el borde derecho aparece san Antonio Abad en una caverna. Tanto este como san Jorge son símbolos de la victoria sobre el mal. Como en La tempestad, los dos grupos de personajes están separados por un torrente. Otros seres extraños, un pájaro con el pico abierto y un animal semisumergido recuerdan al Bosco. Pero el protagonista del cuadro, a parte del árbol que fascinó a Iris Murdoch en la Galería Nacional de Londres, es el paisaje y su impacto cromático de luz cálida y dorada.

BESARÁS SU FRENTE

BESARÁS SU FRENTE

El templo en reconstrucción, "abierto por obras", de la Fundación de la Iglesia San Lorenzo en Úbeda ha acogido durante el mes de abril hasta el mes de mayo (2022), en colaboración con la Fundación Antonio Gala, la exposición "Y besarás la frente de tu tiempo" de la joven y reconocida artista cordobesa Virginia Bersabé.

La mujer mayor es el tema de estas obras de gran formato, colores vivos y fondos neutros. Virginia desarrolla desde 2011 ’Perdidas en un cortijo andaluz’, un proyecto de intervención pictórica sobre muros de cortijos abandonados de Andalucía en el que une su investigación sobre la memoria y las mujeres con la arquitectura abandonada y la historia del campo andaluz.

Pienso que el arte es plurifuncional. No se puede decir que los retratos de Virginia sean bellos, ni que traten de lo bello, pero sí que llaman la atención sobre el tiempo, sus estragos y sus tesoros. Esas carnes trémulas siguen siendo expresión del espíritu. Es difícil que esta muestra te deje indiferente. Da qué pensar.

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

“El gargallo garlante solía recordar además

 que enigma es el anagrama de imagen”

Julián Ríos. Poundemonium, 1986.

Eugenio D’Ors (1882-1954), original escritor, fue también un notabilísimo filósofo al que algunos desprecian por haber ostentado la Dirección General de Bellas Artes después de nuestra guerra incivil. Como dejó escrito Laín Entralgo, D’Ors difícilmente podía ser “el” intelectual de la España de Franco, y menos todavía “el” mandarín de la cultura retrógrada del nuevo régimen, “para ello le sobraban inteligencia a la europea, ironía expansiva y orsianismo doctrinario”. Por eso fue expulsado de la secretaría del Instituto de España que él mismo había inventado. Tras su nombramiento –tardío- como catedrático de Ciencia de la cultura, D’Ors, autor de La ben plantada (1911), se retiró a su Cataluña como quien cierra el círculo de su existencia, pues con el seudónimo de Xènius había sido también relevante en el noucentisme y la revigorización de la cultura catalana, después de Verdaguer y Maragall.

D’Ors nos dejó en herencia un anecdotario jugoso que supo elevar a categorías útiles para la comprensión de eso que Dilthey llamó Las ciencias del espíritu, para la comprensión de la religión, del arte, la filosofía, la cultura y el hombre, nuestra curiosa y singular especie, empeñada en ajardinar la naturaleza en cuadrantes de cultura e historia. Se atrevió D’Ors con la “filosofía pura”, indagando sobre los radicales de la vida y la realidad. En mi opinión, su libro El secreto de la Filosofía (1947) merecería mucha más atención académica de la que se le presta.

Respecto de la cultura, D’Ors diferenció dos modos cardinales de la actividad creadora humana, que con terminología gnóstica llamó eones: el eón de lo clásico y el eón de lo barroco. Aclaro que los gnósticos entendían por eón (de ηώς: aurora) cada una de las inteligencias eternas, de un sexo u otro o de ambos, que en conjunto integran la plenitud de la divinidad suprema de la que emanan. Evidentemente D’Ors resta alcance al concepto; más estéticos que metafísicos son sus “eones”. En el eón de lo clásico la invención se somete a norma y razón y toma el mundo como cosmos, es decir, como totalidad ordenada y sistema armónico. El eón barroco representa la anarquía, la pasión y el caos. Un ejemplo reciente es la “presunta novela” de Julián Ríos titulada Larva con su cola de Poundemonium. No se trata de una novela porque no es relato, sino explosión del relato que salta y revienta en una babel de interjecciones, asociaciones involuntarias y muñecas rusas que esconden juegos de palabras para filólogos, como original expresión del barroquismo en situación postmoderna.

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”, escribió Pascal. “La razón tiene sentires que el corazón no palpita”, replica D’Ors. Frente a las raisons du coeur, las passions de la raison. El mismo Descartes tuvo que echar marcha atrás y renegar del estoicismo ortodoxo reconociendo en su Tratado de las pasiones del alma dedicado a la princesa Isabel de Bohemia que, una vez domesticadas, las pasiones son tanto más útiles cuanto más intensas y que de su juego depende la felicidad de la vida, más decisivamente que del espíritu de geometría.

Condicionados por la circunstancia y su situación en el mundo, pero movidos por su libertad, los hombres (mujeres y varones) van creando su multiforme obra en esa aventura en el tiempo a que llamamos historia: leyes, instituciones, edificios, teoremas, sinfonías…, pero también insidias, prisiones, artefactos de tortura, guerras, revoluciones, tiranías…, esa cambiante multiformidad puede ser mentalmente ordenada según la mayor o menor prevalencia que en la forma y sentido de cada obra alcance uno u otro de los dos “eones”: el de lo clásico y el de lo barroco. Este esquema –comenta Laín Entralgo en Más de cien españoles, 1981- es insuficiente para construir una teoría de la historia y de la cultura, pero enriquece el acervo categorial del intérprete, pues ya sabemos que ni los conceptos sin intuiciones ni las intuiciones (sensibles) sin conceptos proporcionan verdadero conocimiento.

El modelo de lo clásico ha sido dilucidado magistralmente por el filósofo alemán Gadamer (1900-2002). Se trata de un concepto normativo que merece estatuto en las ciencias del espíritu. Hegel había concebido lo clásico como un concepto estilístico y descriptivo, el de una armonía relativamente efímera de mesura y plenitud, que media entre la rigidez arcaica y la disolución barroca. Para Gadamer (1900-2002), lo clásico es verdadera categoría histórica pues designa un modo característico de ser de la cultura humana en el tiempo: la realización de una conservación que, en una confirmación constantemente renovada, hace posible la existencia de algo que es verdad.

La validez de lo clásico tiene para mentes de distintas épocas un valor vinculante. Lo clásico se destaca a diferencia de los tiempos cambiantes y los gustos efímeros como una conciencia de lo permanente e imperecedero. Por eso lo clásico es una especie de presente intemporal que consuela con su conservación del valor en medio de la incesante ruina del tiempo. Lo clásico se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo y resulta tan elocuente que dice algo a cada presente.

En la comprensión de lo clásico hay siempre algo más que la reconstrucción histórica del mundo pasado al que perteneció la obra. Nuestra comprensión contiene siempre al mismo tiempo la conciencia de la propia pertenencia a ese mundo, como si reviviéramos vidas pasadas. Y con esto se corresponde también la pertenencia de la obra a nuestro propio mundo. Esto es lo que lamentablemente desconoce –o no quiere ver- la crítica historicista que reduce las producciones artísticas a ideologías temporales, sin esperar en la pervivencia ilimitada de lo clásico. En la tradición clásica, el pasado y el presente se hallan en continua mediación (Gadamer, Verdad y método, 1975).

El tiempo, testigo insobornable, pone a cada uno en su sitio. A Eugenio D’Ors en el papel de clásico del pensamiento español y catalán, altura que le corresponde por derecho propio.

Del autor:

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https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

ENDIMIÓN

ENDIMIÓN

John Keats nació sobre un establo del que su padre era encargado en el Londres de 1795. A pesar de este origen humilde, su progenitor le envió a estudiar a la escuela de Enfild a once millas de la ciudad del Támesis. Allí se apasionó por la lectura de los clásicos y se enamoró de la poesía de Spencer. Su padre murió poco después en un accidente y su madre de tuberculosis. Su tutor le puso de aprendiz de cirujano y Keats alternó su vocación poética con estudios de medicina.

En 1815 el poeta y periodista Leigh Hunt le introduce en los círculos literarios y conoce a figuras de relieve como Shelley, que le animan a escribir y publicar, pero su largo poema Endymion, que consta de cuatro libros en esforzados pentámetros yámbicos, no obtuvo el favor de los críticos que le atacaron con saña. Cuenta ahí el mito de la diosa Luna que desciende y abraza por las noches al hermoso Endimión. Se trata de una alegoría del tortuoso camino que debe seguir el alma del artista hasta alcanzar la belleza ideal.

Como buen romántico, Keats se enamoró apasionadamente de Fanny Brawne que le inspiró sus mejores odas con las que fue mereciendo el favor del público sensible. Enfermo también él de tuberculosis, viajó a Italia en busca de un clima más saludable, sin embargo, el 23 de febrero de 1821 moría en Roma sin haber cumplido los veintiséis. Sus restos yacen en el cementerio protestante de la Ciudad eterna.

La poesía de Keats es tan exquisita como melancólica. Las arenas movedizas de la vida le hacen buscar con ansia espacios de serenidad y quietud, que suele hallar en la belleza natural, pero por su carácter transitorio zozobra en el desaliento (despondence). Este culto a la belleza efímera y al sentido misterioso de la naturaleza viva, así como la melancólica constatación de la mutabilidad y fugacidad de todo, ejercerán influencia perdurable en la lírica posterior europea.

 Endimión ( Ἐνδυμíων) aparece en la mitología como pastor de Asia menor, más raramente como rey o cazador. Hoy un cráter lunar lleva su nombre. El joven era casado y nieto del dios Eolo. Se le consideró precursor de los juegos olímpicos. Era tan hermoso que la Luna (Selene) se enamoró de él y pidió a Zeus o a Hipnos (el Sueño) que le concediese vida eterna, que devino sueño eterno porque Selene le amó tanto que el propio Endimión tomó la decisión de vivir durmiendo, como privilegiado y descuidado lunático. Eso no impidió que Selene tuviese cincuenta hijas de Endimión. ¿Lo hacían en sueños? Joyamaban dormidos. Plinio el Viejo, no obstante, lo menciona como el primer humano que estudió los movimientos de la Luna. Selene se llamó por ello “el amor de Endimión”. Esto parece una racionalización o esfuerzo por explicar racionalmente el mito, su misterio.

He aquí algunos versos del Endymion de Keats traducidos desde el original inglés al español:

 Un poco de belleza es sempiterna alegría

Y su encanto crece cada día,

Jamás caerá en la nada; conservará

Todavía para nosotros un ameno lugar,

Un dormir pleno de sueños dulces,

Un saludable y plácido alentar.

Así, cada mañana trenzamos con la tierra,

En su unión, una florida guirnalda.

A pesar del desaliento y la inhumana penuria

De naturalezas nobles, de la diaria sordidez

De todos los morbosos y lóbregos caminos

Hechos para nuestra búsqueda; sí,

A pesar de todo, alguna forma de belleza

Del obscuro sudario nos libera,

De nuestros espíritus sombríos.

Tal el sol, la luna, los árboles antiguos

Y jóvenes, que extienden el don de su sombra

Sobre el rebaño sencillo; y así son los narcisos

Que medran en un mundo verde;

Y los claros arroyuelos que les ofrecen

Refugio refrescante en la estación calurosa;

Y el claro de helechos en mitad del bosque

Enriquecido y rociado con rosas caninas;

Y tal es también la grandeza de los destinos

Que imaginamos para los muertos poderosos;

Todos los cuentos y mitos oídos y leídos:

Fuente inagotable de inmortal bebida

Vertida sobre nosotros desde celestial orilla.

 

Los poemas de Keats se consagraron en ediciones de altos vuelos con estampaciones de oro sobre marroquín carísimo; su retrato, necesariamente juvenil, rodeado de nácar y rosetas de turquesas y perlas, un excelente presente, cadeau finísimo para damas románticas y dueñas elegantes de la aristocracia inglesa. Por estos ejemplares se puja alto en las mejores subastas del mundo.

Del autor:

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ARQUÍLOCO DE PAROS

ARQUÍLOCO DE PAROS

Arquíloco de Paros vivió en el siglo VII a. C. Era hijo de un noble y de una esclava llamada Enipo. Considerado un poeta de la literatura griega arcaica, se ganó la vida como  mercenario. Su condición de bastardo explica su reticencia ante los valores nobiliarios.

"De mi lanza depende el pan que como, de mi lanza el vino de Ismaro. Apoyado en mi lanza bebo."

En lugar de un general "hermoso" y guaperas, prefiere uno bajo y abierto de piernas, pero que ande firme sobre sus pies y sea todo corazón.

Murió defendiendo su patria frente a los de Naxos. La Pitia de Delfos exigió al comandante de los de Naxos, Colondas, que se purificara por haber matado al "ministro de las Musas", tal era el aprecio que se tenía al de Paros, isla de los mármoles más selectos.

Nietzsche lo considera el poeta "dionisíaco" por excelencia, antagonista de Homero, al que considera el poeta "apolíneo". La vida real, sus luchas, fatigas, sufrimientos y amores, es el tema principal de sus elegías, épodos, yambos y tetrámetros trocaicos.

Cuenta en uno de sus versos cómo abandonó el escudo para salvar la vida en mitad de una batalla, lo cual era visto como un deshonor militar en la época, pero ¡qué vale un escudo en comparación con la vida!

Se prometió con una tal Neobula, pero está o su padre le dieron calabazas a favor de un mejor partido. Entonces Arquíloco la difamó en verso y contó cómo se había "beneficiado" a su hermana menor. Se dice que los versos resultaron tan hirientes que las hijas y el padre, Licambes, se suicidaron.

Filóstrato cita a Arquíloco de Paros por elogiar en su poesía y probar en su vida la virtud de la paciente resignación o resistencia al dolor (τλημοσύνη) ante las desgracias y por considerarla un regalo de los dioses como fármaco para afrontarlas. Una excelencia esta, la de la resistencia y la resignación ante las inevitables desgracias de la vida, que  brilla por su ausencia en la Sociedad Anestesiada.

DONCEL DE REMEDIOS

DONCEL DE REMEDIOS

Inventa J. J. Arreola un san Jorge con hábitos de vampiro que acude en auxilio de la doncella inexperta a punto de caer motu proprio en las fauces de un tipo con facha de dragón, lengua florida y chaleco de fantasía.

No se alarme. Respire. El doncel de Arreola arrastra a la bella indecisa lejos de los encantos del dragón, hay que suponer que atrayéndola por gracias y propias y flecos angelicales, entre las cuales se halla un espejo en el bajo vientre en el que la princesa podrá mirarse apropiadamente, siempre que quiera.

Así que el doncel de Arreola la protege en el amplio y aristocrático nido de murciélagos donde, sin más escrúpulo que el de no consumirla, satisface sus apetitos sobrenaturales sorbiendo los rojos fluidos de la joven, salvo los días de ayuno y abstinencia.

Y dice Arreola que cuentan las malas lenguas que el hijodalgo que chupa la sangre de la doncella (falena que escapó por los pelos de abrasarse en el fanal de la noche cavernosa) se escapó de un cuadro de Remedios Varo (1908-1963), imprescindible pintora surreal.

Y yo creo que es cierto. Es este el Doncel de Remedios.

(Ilustración, Personaje 1961, Remedios Varo)

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

Moralizar con gracia y sin acritud no es fácil. Irene Vallejo lo consigue en su excelente colección de ensayitos Alguien habló de nosotros (Contraseña, Zaragoza 2017). Esta jovencísima escritora (Zaragoza, 1979), doctora en filología clásica, logra un discurso culto y edificante, bienhumorado y preciso, exento de pedantería. Profesa la "Filología" en el sentido más noble y romántico del término, como un humanismo intemporal pero bien nutrido de pensares, historias y lenguas, mostrando cómo nuestros miedos y esperanzas relucen en el uso que damos a ciertas palabras o en el modo en que ellas han vivido y evolucionado para servir a nuestro afán desesperado de comunicación.

Bien cimentada por la cultura clásica eleva a sus sabios, sus mitos, sus héroes trágicos y sus anécdotas, a la categoría de ejemplos éticos, útiles guías para una vida digna, libre, sana y jovial, actualizándolos, devolviéndoles la palabra porque “hablan de nosotros”, murmuran el tesoro de sus experiencias a nuestro atribulado y distraído magín, como presencias reales que nos devuelven el sentido de la vida civilizada y de su bien común.

Si yo todavía ejerciera como profe de filosofía, creo que emplearía con provecho este librito, mucho más denso y profundo de lo que aparenta en una ligera lectura, como valiosa Introducción a la filosofía perenne o como un manual óptimo para la Educación de la ciudadanía, porque enseña deleitando y dando qué pensar, para usar la razón en conversación amistosa, en lugar –como ella misma dice- de empeñarnos en poseerla, polemizando, quejándonos o armando bronca.

Sin caer en el extremo conceptista de su paisano Gracián, la prosa de Irene es de una sobriedad y economía  admirables, muy propia de la mejor tradición gnómica, pues aúna claridad expresiva y profundidad conceptual. Orilla a veces la prosa poética y sin caer en el ripio ofrece curiosas aliteraciones como colofón de cada articulillo y panacea para la memoria, o como ingeniosos juegos de palabras y sabrosas sinopsis:

“Nos toca elegir entre solidaridad o soledad”, “fastos nefastos”, “la comida alimenta la comedia”, “el dulce señuelo de los sueños”, “la mirada se posa y por fin reposa”, “nunca deberíamos confundir amar con amarrar”, “Amor: ciencia de la inocencia”, “las palabras son valiosas si son valerosas”, “nada hay mudo en el mundo”. Orfeo perdió a Euridice en los infiernos porque el amante “miró atrás”, Eróstrato  buscó “la fama por el camino de la infamia”. Caudales, que quiso presumir de mujer exhibiéndola desnuda, “perdió el poder por no tener pudor”. Y, recordando el nudo gordiano que Alejandro cortó con su espada, se afirma con rotundidad: “Dar un tajo puede ser un atajo”.

No desdeña ni la duda metódica ni el preguntar socrático ni las estimulantes paradojas que tanto gustaban a los estoicos, como esta en que oigo ecos de Cernuda: “Nunca somos más libres que cuando decidimos a quien nos encadenamos”, y eso en constante actitud asertiva: “Si vemos sombras es porque alguna luz brilla cerca”. “Todos somos únicos, y eso es precisamente lo que tenemos en común”.

La conexión con el mundo antiguo, o bíblico, y el acervo de su sabiduría proverbial está humorística e irónicamente garantizada, a fin de cuentas, y hasta que llegue el transhumano, el Superhombre o la Supermujer, la naturaleza humana conservará sus constantes emocionales y sus principales desvaríos desde la cromañona que nos parió. ¡Ojo!, que también “en la antigua Grecia las competencias divinas estaban muy bien transferidas”.

La crítica al abigarrado mundo tecnológico de la Aldea global se mantiene equilibrada entre la integración y el apocalipsis, ese mundo de las redes, de prisas, ruidos y consumo compulsivo que parece favorecer todo lo privado, menos la vida privada. Ni desdeña Irene Vallejo la definición del "populismo" reconocimiento sus orígenes romanos, o defender la fragilidad de la democracia, o examinar el “efecto google” de relajación memorística, pues recordamos mejor dónde encontrar un dato que el mismo dato, crítica esta que actualiza la de Platón a la escritura: “monumento del saber”, más que saber propio.

Todos los grandes temas de la filosofía práctica, y sus mejores mentores, incluido Lao Tsé, desfilan por el libro en estas amenas y nutritivas píldoras de sabiduría cosmopolita, tan recomendables para una formación libre del espíritu libre, que no desdeña las humanidades, porque “si disminuye entre los ciudadanos el interés por cuestionar, lo sustituyen intereses cuestionables” y porque “sólo nos protegemos si nos entretejemos”. Ese "entretejerse" ampara y contiene el hacer nuestras todas las edades gracias a la lectura de los clásicos. Como se está viendo.

La edición, impecable.