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SIGNAMENTO

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

“El gargallo garlante solía recordar además

 que enigma es el anagrama de imagen”

Julián Ríos. Poundemonium, 1986.

Eugenio D’Ors (1882-1954), original escritor, fue también un notabilísimo filósofo al que algunos desprecian por haber ostentado la Dirección General de Bellas Artes después de nuestra guerra incivil. Como dejó escrito Laín Entralgo, D’Ors difícilmente podía ser “el” intelectual de la España de Franco, y menos todavía “el” mandarín de la cultura retrógrada del nuevo régimen, “para ello le sobraban inteligencia a la europea, ironía expansiva y orsianismo doctrinario”. Por eso fue expulsado de la secretaría del Instituto de España que él mismo había inventado. Tras su nombramiento –tardío- como catedrático de Ciencia de la cultura, D’Ors, autor de La ben plantada (1911), se retiró a su Cataluña como quien cierra el círculo de su existencia, pues con el seudónimo de Xènius había sido también relevante en el noucentisme y la revigorización de la cultura catalana, después de Verdaguer y Maragall.

D’Ors nos dejó en herencia un anecdotario jugoso que supo elevar a categorías útiles para la comprensión de eso que Dilthey llamó Las ciencias del espíritu, para la comprensión de la religión, del arte, la filosofía, la cultura y el hombre, nuestra curiosa y singular especie, empeñada en ajardinar la naturaleza en cuadrantes de cultura e historia. Se atrevió D’Ors con la “filosofía pura”, indagando sobre los radicales de la vida y la realidad. En mi opinión, su libro El secreto de la Filosofía (1947) merecería mucha más atención académica de la que se le presta.

Respecto de la cultura, D’Ors diferenció dos modos cardinales de la actividad creadora humana, que con terminología gnóstica llamó eones: el eón de lo clásico y el eón de lo barroco. Aclaro que los gnósticos entendían por eón (de ηώς: aurora) cada una de las inteligencias eternas, de un sexo u otro o de ambos, que en conjunto integran la plenitud de la divinidad suprema de la que emanan. Evidentemente D’Ors resta alcance al concepto; más estéticos que metafísicos son sus “eones”. En el eón de lo clásico la invención se somete a norma y razón y toma el mundo como cosmos, es decir, como totalidad ordenada y sistema armónico. El eón barroco representa la anarquía, la pasión y el caos. Un ejemplo reciente es la “presunta novela” de Julián Ríos titulada Larva con su cola de Poundemonium. No se trata de una novela porque no es relato, sino explosión del relato que salta y revienta en una babel de interjecciones, asociaciones involuntarias y muñecas rusas que esconden juegos de palabras para filólogos, como original expresión del barroquismo en situación postmoderna.

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”, escribió Pascal. “La razón tiene sentires que el corazón no palpita”, replica D’Ors. Frente a las raisons du coeur, las passions de la raison. El mismo Descartes tuvo que echar marcha atrás y renegar del estoicismo ortodoxo reconociendo en su Tratado de las pasiones del alma dedicado a la princesa Isabel de Bohemia que, una vez domesticadas, las pasiones son tanto más útiles cuanto más intensas y que de su juego depende la felicidad de la vida, más decisivamente que del espíritu de geometría.

Condicionados por la circunstancia y su situación en el mundo, pero movidos por su libertad, los hombres (mujeres y varones) van creando su multiforme obra en esa aventura en el tiempo a que llamamos historia: leyes, instituciones, edificios, teoremas, sinfonías…, pero también insidias, prisiones, artefactos de tortura, guerras, revoluciones, tiranías…, esa cambiante multiformidad puede ser mentalmente ordenada según la mayor o menor prevalencia que en la forma y sentido de cada obra alcance uno u otro de los dos “eones”: el de lo clásico y el de lo barroco. Este esquema –comenta Laín Entralgo en Más de cien españoles, 1981- es insuficiente para construir una teoría de la historia y de la cultura, pero enriquece el acervo categorial del intérprete, pues ya sabemos que ni los conceptos sin intuiciones ni las intuiciones (sensibles) sin conceptos proporcionan verdadero conocimiento.

El modelo de lo clásico ha sido dilucidado magistralmente por el filósofo alemán Gadamer (1900-2002). Se trata de un concepto normativo que merece estatuto en las ciencias del espíritu. Hegel había concebido lo clásico como un concepto estilístico y descriptivo, el de una armonía relativamente efímera de mesura y plenitud, que media entre la rigidez arcaica y la disolución barroca. Para Gadamer (1900-2002), lo clásico es verdadera categoría histórica pues designa un modo característico de ser de la cultura humana en el tiempo: la realización de una conservación que, en una confirmación constantemente renovada, hace posible la existencia de algo que es verdad.

La validez de lo clásico tiene para mentes de distintas épocas un valor vinculante. Lo clásico se destaca a diferencia de los tiempos cambiantes y los gustos efímeros como una conciencia de lo permanente e imperecedero. Por eso lo clásico es una especie de presente intemporal que consuela con su conservación del valor en medio de la incesante ruina del tiempo. Lo clásico se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo y resulta tan elocuente que dice algo a cada presente.

En la comprensión de lo clásico hay siempre algo más que la reconstrucción histórica del mundo pasado al que perteneció la obra. Nuestra comprensión contiene siempre al mismo tiempo la conciencia de la propia pertenencia a ese mundo, como si reviviéramos vidas pasadas. Y con esto se corresponde también la pertenencia de la obra a nuestro propio mundo. Esto es lo que lamentablemente desconoce –o no quiere ver- la crítica historicista que reduce las producciones artísticas a ideologías temporales, sin esperar en la pervivencia ilimitada de lo clásico. En la tradición clásica, el pasado y el presente se hallan en continua mediación (Gadamer, Verdad y método, 1975).

El tiempo, testigo insobornable, pone a cada uno en su sitio. A Eugenio D’Ors en el papel de clásico del pensamiento español y catalán, altura que le corresponde por derecho propio.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

ENDIMIÓN

ENDIMIÓN

John Keats nació sobre un establo del que su padre era encargado en el Londres de 1795. A pesar de este origen humilde, su progenitor le envió a estudiar a la escuela de Enfild a once millas de la ciudad del Támesis. Allí se apasionó por la lectura de los clásicos y se enamoró de la poesía de Spencer. Su padre murió poco después en un accidente y su madre de tuberculosis. Su tutor le puso de aprendiz de cirujano y Keats alternó su vocación poética con estudios de medicina.

En 1815 el poeta y periodista Leigh Hunt le introduce en los círculos literarios y conoce a figuras de relieve como Shelley, que le animan a escribir y publicar, pero su largo poema Endymion, que consta de cuatro libros en esforzados pentámetros yámbicos, no obtuvo el favor de los críticos que le atacaron con saña. Cuenta ahí el mito de la diosa Luna que desciende y abraza por las noches al hermoso Endimión. Se trata de una alegoría del tortuoso camino que debe seguir el alma del artista hasta alcanzar la belleza ideal.

Como buen romántico, Keats se enamoró apasionadamente de Fanny Brawne que le inspiró sus mejores odas con las que fue mereciendo el favor del público sensible. Enfermo también él de tuberculosis, viajó a Italia en busca de un clima más saludable, sin embargo, el 23 de febrero de 1821 moría en Roma sin haber cumplido los veintiséis. Sus restos yacen en el cementerio protestante de la Ciudad eterna.

La poesía de Keats es tan exquisita como melancólica. Las arenas movedizas de la vida le hacen buscar con ansia espacios de serenidad y quietud, que suele hallar en la belleza natural, pero por su carácter transitorio zozobra en el desaliento (despondence). Este culto a la belleza efímera y al sentido misterioso de la naturaleza viva, así como la melancólica constatación de la mutabilidad y fugacidad de todo, ejercerán influencia perdurable en la lírica posterior europea.

 Endimión ( Ἐνδυμíων) aparece en la mitología como pastor de Asia menor, más raramente como rey o cazador. Hoy un cráter lunar lleva su nombre. El joven era casado y nieto del dios Eolo. Se le consideró precursor de los juegos olímpicos. Era tan hermoso que la Luna (Selene) se enamoró de él y pidió a Zeus o a Hipnos (el Sueño) que le concediese vida eterna, que devino sueño eterno porque Selene le amó tanto que el propio Endimión tomó la decisión de vivir durmiendo, como privilegiado y descuidado lunático. Eso no impidió que Selene tuviese cincuenta hijas de Endimión. ¿Lo hacían en sueños? Joyamaban dormidos. Plinio el Viejo, no obstante, lo menciona como el primer humano que estudió los movimientos de la Luna. Selene se llamó por ello “el amor de Endimión”. Esto parece una racionalización o esfuerzo por explicar racionalmente el mito, su misterio.

He aquí algunos versos del Endymion de Keats traducidos desde el original inglés al español:

 Un poco de belleza es sempiterna alegría

Y su encanto crece cada día,

Jamás caerá en la nada; conservará

Todavía para nosotros un ameno lugar,

Un dormir pleno de sueños dulces,

Un saludable y plácido alentar.

Así, cada mañana trenzamos con la tierra,

En su unión, una florida guirnalda.

A pesar del desaliento y la inhumana penuria

De naturalezas nobles, de la diaria sordidez

De todos los morbosos y lóbregos caminos

Hechos para nuestra búsqueda; sí,

A pesar de todo, alguna forma de belleza

Del obscuro sudario nos libera,

De nuestros espíritus sombríos.

Tal el sol, la luna, los árboles antiguos

Y jóvenes, que extienden el don de su sombra

Sobre el rebaño sencillo; y así son los narcisos

Que medran en un mundo verde;

Y los claros arroyuelos que les ofrecen

Refugio refrescante en la estación calurosa;

Y el claro de helechos en mitad del bosque

Enriquecido y rociado con rosas caninas;

Y tal es también la grandeza de los destinos

Que imaginamos para los muertos poderosos;

Todos los cuentos y mitos oídos y leídos:

Fuente inagotable de inmortal bebida

Vertida sobre nosotros desde celestial orilla.

 

Los poemas de Keats se consagraron en ediciones de altos vuelos con estampaciones de oro sobre marroquín carísimo; su retrato, necesariamente juvenil, rodeado de nácar y rosetas de turquesas y perlas, un excelente presente, cadeau finísimo para damas románticas y dueñas elegantes de la aristocracia inglesa. Por estos ejemplares se puja alto en las mejores subastas del mundo.

Del autor:

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ARQUÍLOCO DE PAROS

ARQUÍLOCO DE PAROS

Arquíloco de Paros vivió en el siglo VII a. C. Era hijo de un noble y de una esclava llamada Enipo. Considerado un poeta de la literatura griega arcaica, se ganó la vida como  mercenario. Su condición de bastardo explica su reticencia ante los valores nobiliarios.

"De mi lanza depende el pan que como, de mi lanza el vino de Ismaro. Apoyado en mi lanza bebo."

En lugar de un general "hermoso" y guaperas, prefiere uno bajo y abierto de piernas, pero que ande firme sobre sus pies y sea todo corazón.

Murió defendiendo su patria frente a los de Naxos. La Pitia de Delfos exigió al comandante de los de Naxos, Colondas, que se purificara por haber matado al "ministro de las Musas", tal era el aprecio que se tenía al de Paros, isla de los mármoles más selectos.

Nietzsche lo considera el poeta "dionisíaco" por excelencia, antagonista de Homero, al que considera el poeta "apolíneo". La vida real, sus luchas, fatigas, sufrimientos y amores, es el tema principal de sus elegías, épodos, yambos y tetrámetros trocaicos.

Cuenta en uno de sus versos cómo abandonó el escudo para salvar la vida en mitad de una batalla, lo cual era visto como un deshonor militar en la época, pero ¡qué vale un escudo en comparación con la vida!

Se prometió con una tal Neobula, pero está o su padre le dieron calabazas a favor de un mejor partido. Entonces Arquíloco la difamó en verso y contó cómo se había "beneficiado" a su hermana menor. Se dice que los versos resultaron tan hirientes que las hijas y el padre, Licambes, se suicidaron.

Filóstrato cita a Arquíloco de Paros por elogiar en su poesía y probar en su vida la virtud de la paciente resignación o resistencia al dolor (τλημοσύνη) ante las desgracias y por considerarla un regalo de los dioses como fármaco para afrontarlas. Una excelencia esta, la de la resistencia y la resignación ante las inevitables desgracias de la vida, que  brilla por su ausencia en la Sociedad Anestesiada.

DONCEL DE REMEDIOS

DONCEL DE REMEDIOS

Inventa J. J. Arreola un san Jorge con hábitos de vampiro que acude en auxilio de la doncella inexperta a punto de caer motu proprio en las fauces de un tipo con facha de dragón, lengua florida y chaleco de fantasía.

No se alarme. Respire. El doncel de Arreola arrastra a la bella indecisa lejos de los encantos del dragón, hay que suponer que atrayéndola por gracias y propias y flecos angelicales, entre las cuales se halla un espejo en el bajo vientre en el que la princesa podrá mirarse apropiadamente, siempre que quiera.

Así que el doncel de Arreola la protege en el amplio y aristocrático nido de murciélagos donde, sin más escrúpulo que el de no consumirla, satisface sus apetitos sobrenaturales sorbiendo los rojos fluidos de la joven, salvo los días de ayuno y abstinencia.

Y dice Arreola que cuentan las malas lenguas que el hijodalgo que chupa la sangre de la doncella (falena que escapó por los pelos de abrasarse en el fanal de la noche cavernosa) se escapó de un cuadro de Remedios Varo (1908-1963), imprescindible pintora surreal.

Y yo creo que es cierto. Es este el Doncel de Remedios.

(Ilustración, Personaje 1961, Remedios Varo)

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

Moralizar con gracia y sin acritud no es fácil. Irene Vallejo lo consigue en su excelente colección de ensayitos Alguien habló de nosotros (Contraseña, Zaragoza 2017). Esta jovencísima escritora (Zaragoza, 1979), doctora en filología clásica, logra un discurso culto y edificante, bienhumorado y preciso, exento de pedantería. Profesa la "Filología" en el sentido más noble y romántico del término, como un humanismo intemporal pero bien nutrido de pensares, historias y lenguas, mostrando cómo nuestros miedos y esperanzas relucen en el uso que damos a ciertas palabras o en el modo en que ellas han vivido y evolucionado para servir a nuestro afán desesperado de comunicación.

Bien cimentada por la cultura clásica eleva a sus sabios, sus mitos, sus héroes trágicos y sus anécdotas, a la categoría de ejemplos éticos, útiles guías para una vida digna, libre, sana y jovial, actualizándolos, devolviéndoles la palabra porque “hablan de nosotros”, murmuran el tesoro de sus experiencias a nuestro atribulado y distraído magín, como presencias reales que nos devuelven el sentido de la vida civilizada y de su bien común.

Si yo todavía ejerciera como profe de filosofía, creo que emplearía con provecho este librito, mucho más denso y profundo de lo que aparenta en una ligera lectura, como valiosa Introducción a la filosofía perenne o como un manual óptimo para la Educación de la ciudadanía, porque enseña deleitando y dando qué pensar, para usar la razón en conversación amistosa, en lugar –como ella misma dice- de empeñarnos en poseerla, polemizando, quejándonos o armando bronca.

Sin caer en el extremo conceptista de su paisano Gracián, la prosa de Irene es de una sobriedad y economía  admirables, muy propia de la mejor tradición gnómica, pues aúna claridad expresiva y profundidad conceptual. Orilla a veces la prosa poética y sin caer en el ripio ofrece curiosas aliteraciones como colofón de cada articulillo y panacea para la memoria, o como ingeniosos juegos de palabras y sabrosas sinopsis:

“Nos toca elegir entre solidaridad o soledad”, “fastos nefastos”, “la comida alimenta la comedia”, “el dulce señuelo de los sueños”, “la mirada se posa y por fin reposa”, “nunca deberíamos confundir amar con amarrar”, “Amor: ciencia de la inocencia”, “las palabras son valiosas si son valerosas”, “nada hay mudo en el mundo”. Orfeo perdió a Euridice en los infiernos porque el amante “miró atrás”, Eróstrato  buscó “la fama por el camino de la infamia”. Caudales, que quiso presumir de mujer exhibiéndola desnuda, “perdió el poder por no tener pudor”. Y, recordando el nudo gordiano que Alejandro cortó con su espada, se afirma con rotundidad: “Dar un tajo puede ser un atajo”.

No desdeña ni la duda metódica ni el preguntar socrático ni las estimulantes paradojas que tanto gustaban a los estoicos, como esta en que oigo ecos de Cernuda: “Nunca somos más libres que cuando decidimos a quien nos encadenamos”, y eso en constante actitud asertiva: “Si vemos sombras es porque alguna luz brilla cerca”. “Todos somos únicos, y eso es precisamente lo que tenemos en común”.

La conexión con el mundo antiguo, o bíblico, y el acervo de su sabiduría proverbial está humorística e irónicamente garantizada, a fin de cuentas, y hasta que llegue el transhumano, el Superhombre o la Supermujer, la naturaleza humana conservará sus constantes emocionales y sus principales desvaríos desde la cromañona que nos parió. ¡Ojo!, que también “en la antigua Grecia las competencias divinas estaban muy bien transferidas”.

La crítica al abigarrado mundo tecnológico de la Aldea global se mantiene equilibrada entre la integración y el apocalipsis, ese mundo de las redes, de prisas, ruidos y consumo compulsivo que parece favorecer todo lo privado, menos la vida privada. Ni desdeña Irene Vallejo la definición del "populismo" reconocimiento sus orígenes romanos, o defender la fragilidad de la democracia, o examinar el “efecto google” de relajación memorística, pues recordamos mejor dónde encontrar un dato que el mismo dato, crítica esta que actualiza la de Platón a la escritura: “monumento del saber”, más que saber propio.

Todos los grandes temas de la filosofía práctica, y sus mejores mentores, incluido Lao Tsé, desfilan por el libro en estas amenas y nutritivas píldoras de sabiduría cosmopolita, tan recomendables para una formación libre del espíritu libre, que no desdeña las humanidades, porque “si disminuye entre los ciudadanos el interés por cuestionar, lo sustituyen intereses cuestionables” y porque “sólo nos protegemos si nos entretejemos”. Ese "entretejerse" ampara y contiene el hacer nuestras todas las edades gracias a la lectura de los clásicos. Como se está viendo.

La edición, impecable.

MUNDOCHENTA

MUNDOCHENTA

Por segunda vez me ha sorprendido y entretenido Jesús Zamora Bonilla con su arte novelístico. Digo por segunda vez, aunque el autor ya ha escrito tres novelas y otros tantos ensayos. La primera, Regalo de Reyes, mereció una crítica en Signamento. He leído la primera y la tercera de sus fábulas: Nosotros, los octogésimos (Amazon, 2020).

Doctor en Filosofía y Ciencias económicas, Decano de la Facultad de filosofía de la UNED, epistemólogo de profesión, sobresaliente tuitero y bloguista, con sus novelas Errar es de ángeles (2018) y Nosotros, los octogésimos, Jesús Zamora Bonilla (Madrid, 1963) culmina una trilogía en la que dice haber parodiado con humor y amabilidad la religión como obstáculo para el desarrollo científico y el conocimiento histórico.

No obstante, en Nosotros los octogésimos, objeto de esta crítica, no le queda más remedio al autor que reconocer que bajo la fantasía del mito siempre se esconde, a la vez que se conserva, alguna verdad fundamental relativa a los orígenes y las intenciones fundacionales de una cultura, así como al bien y al mal, que tan mezclados andan en la selva de lo natural. En este caso, el misterio se oculta en la genética de las bacterias intestinales de los octogésimos, presentes en las sacrosantas heces de los habitantes de Mundochenta, un planeta habitable en la galaxia enana del Boyero.

Sin embargo, dudo que la parodia de la religión, que tan hábilmente y con tan económicos recursos levanta Zamora Bonilla en esta novela, le resulte amable a un espíritu auténticamente religioso. La escatología de la todopoderosa Iglesia de Mundochenta no es precisamente la del final de los tiempos de san Juan, ni la de la apocatástasis de Orígenes ni la de la Ciudad de Dios de san Agustín, y resulta, por decirlo suavemente, mucho menos celeste y más olorosa. Eso sí, la jerarquía de Mundochenta dispone de una autoridad y poder político y terrenal parangonables al que ostentaban nuestros papas al final de la Edad Media y principios de la Moderna, en disputa y articulación con el poder del Imperio, dificultando el desarrollo del conocimiento científico a base de escrúpulos fideístas y fanatismos dogmáticos, lo cual no hace nada de gracia a sus protagonistas: un erudito antropólogo con conexiones revolucionarias y su afectísima e inteligente hija bióloga.

Mejor que por el humor, envidio al novelista por la extraordinaria habilidad y sencillez con que urde tramas y personajes. En Nosotros, los octogésimos, mezcla con una soltura notable la especulación científica, a la que soy tan adicto (en su muy actual directorio de ingeniería genética), con la trama de una novela policíaca a raíz del supuesto suicidio de una jovencita, hija díscola de los malvados optimates de Mundochenta. El autor sabe dosificar la información en un ágil ir y volver por la línea temporal suministrando al lector la información suficiente para mantener en suspense su atención.

La novela también debe su excelencia a lo que no hace, abusar del verde del sexo o del rojo de la sangre, o del maniqueísmo, aun usando de héroes y villanos. Emplea el novelista un lenguaje culto pero sencillo, sobrio, sin aventuras deconstructivas ni pretensión de originalidad estilística, lo que hace su obra fácil y amena; desde el principio al fin la narración discurre serena como río en el cauce amplio de su valle.

Hay que agradecer la urgencia con que Zamora Bonilla la ha rematado para ofrecerla generosamente y gratis en digital durante el confinamiento por pandemia, pero, precisamente por su calidad, hubiera merecido y todavía merece un repaso cuidadoso que permita a su autor salvaguardarla de la maldición multiplicadora del impreso, es decir, de algunos lapsos remediables que en nada ofenden su correcta ortografía, pero que capto sin remedio, seguro que por prurito crónico de antiguo profe de Lengua. ¡Cuidado! Promete continuación.

INSULTANDO A SÓCRATES

INSULTANDO A SÓCRATES

Ya en vida, Aristófanes difamó a Sócrates en su obra Las nubes. En ella pinta al tábano de Atenas como un charlatán sin escrúpulos, como un sofista ridículo fundador de una escuela, el Pensatorio, en la que enseña a los jóvenes a aparentar llevar razón sin tenerla y a simular la práctica justa injustamente; y para más inri, el Sócrates de Aristófanes es caricatura de un naturalista ateo que se empeña en ofrecer una explicación materialista de los fenómenos atmosféricos, sin aceptar el concurso de la divinidad, lo que no le impide rezar a las Nubes.

I. S. Stone en un ensayo de 1988, El juicio de Sócrates, trata también mal al fundador de la mayéutica. La animadversión contra Sócrates no es nueva ni un vicio exclusivo de poetas melancólicos que para defenderse de su ingénita debilidad reinventan "la sofistería de la fortaleza", aguda expresión acuñada por Unamuno para referirse a Nietzsche en su ensayo ¿Qué es la verdad? (1906), sino que también arremeten contra el marido de Jantipa ciertos "periodistas de la filosofía" como Stone, delectantes que ejercen de historiadores de las ideas en sus ratos libres y que, al contrario que aquellos vates vitalistas, no han sido capaces de sostener ni por un momento la mirada de la esfinge.

Así por ejemplo el libro de I. F. Stone demuestra lo fácil que resulta comercializar un enfoque "original" de la vida de Sócrates haciendo un uso selectivo y tendencioso de las fuentes al servicio de una visión unilateral del platonismo, rebajado este a "espartanismo fascista". Stone se inspira supuestamente en un irrefrenable amor por la Democracia, para ensalzar el espíritu de tolerancia y libertad de la ateniense, que, según él, estuvo muy acertada al ejecutar por impiedad al maestro de Platón.

Stone no tiene ningún reparo en negar la persecución ateniense de Protágoras como una tontería inventada por Cicerón, Plutarco y Diógenes Laercio; o la de Anaxágoras, como una superchería de Diodoro Sículo; y para insultar a Sócrates "merecidamente ejecutado" bendice la caricatura cómica del muy conservador Aristófanes o concede un exagerado crédito a la Apología escrita por el orador griego Libanio en el siglo IV después de Cristo (después de Cristo y no antes, como repite erróneamente ¡y por dos veces! la edición de Mondadori, en sus pgs. 35 y 225).

Dice Stone que el mito de Prometeo tal y como lo presenta Protágoras personifica las premisas básicas de una sociedad democrática, pero olvida que su exposición se la debemos precisamente a Platón, en el diálogo que le dedica al gran sofista de Abdera. Menosprecia la importancia de la noción de libertad de palabra (parresía) en la obra de Platón y olvida la importante discusión del Gorgias sobre la igualdad (tò íson, 488-489); reduce la sociedad ideal de Platón a una sociedad de castas y llega a hacer afirmaciones tan peregrinas como la de que "Critias perdió la vida en el esfuerzo de poner el ideal platónico en marcha" (pg. 179), dando por seguro que dicho ideal existió bastante antes de la muerte de Sócrates...

 Si bien muchos sabios cristianos como Justino o Erasmo elogiaron a Sócrates considerándolo precursor de la doctrina de salvación de Jesús, y hasta le consideraron santo (se dice que Erasmo rezaba: “Santo Sócrates, ruega por nosotros”), otros, más fideístas que humanistas, se percataron pronto del papel corrosivo de la dialéctica socrática, la cual, con su continuo y tozudo preguntar, gracias a su ironía, no deja dogma indemne, incluido el dogma “democrático”, o, mejor, la superstición populista de que la voz del pueblo es la voz de Dios. El Sócrates platónico deja claro en el Critón que él se considera hijo de las Leyes de Atenas, y que está por consiguiente dispuesto a acatarlas incluso si ellas mandan que él sea ejecutado con cicuta.

El daimon íntimo, la divinidad interior, los dioses interiorizados por Sócrates como voz de la conciencia personal, son la única instancia moral que reconoce el humanismo intelectualista fundado por el gran maestro de Platón, verdadero padre de la muy exigente Ética occidental, que afirma que nunca conviene ser injusto, ni siquiera contando con el respaldo de la masa y aunque resulte agradable o útil. Y es desde ahí, desde el socratismo, desde donde la democracia moderna ha legitimado, por ejemplo, la objeción de conciencia en el trato civil con las armas.

 

TINTABLANCA

TINTABLANCA

ÚBEDA, LIBRO DE VIAJE

 ‘Fides, labor et soleris haec et maione donant’

“La fe, el trabajo y la diligencia dan estos y mejores frutos”

Epitafio de don Francisco de los Cobos

(Sacra Capilla del Salvador del Mundo)

 

En noche de niebla, lluvia y ventosa, y a pesar del temporal con nombre de hembra, un ramillete de amigos de los libros se reunieron en El agente secreto, librería que resiste altiva el acoso de las poderosas cadenas de venta online. Me tocó a mí presentar el Libro de Viaje de la aristocrática, exquisita editorial Tintablanca, libro dedicado a Úbeda, ciudad declarada patrimonio de la humanidad junto a su hermana próxima Baeza, lujosa obra escrita por el carolinense Manuel Mateo e ilustrada por el artista Paco Montañés, natural de Alcalá la Real.

No es un libro común, primero porque no es novela como esas que leemos por entretenimiento, y segundo porque se ha puesto en su edición un cuidado singular, mucho amor (de ese del que nos examinarán al "atardecer", según sentencia de Juan de la Cruz): cinta marca-páginas de seda natural, pegatinas personalizadoras, escogido papel italiano, excepcional cosido de sus páginas protegidas por portadas de algodón rojo, resúmenes caligráficos y aguadas de una calidad extraordinaria con detalles de los monumentos y símbolos de la ciudad de los Cerros. Además de servir de guía, aspira a ser también un cuaderno de viaje que el propietario puede anotar, enriquecer motu proprio añadiendo datos, impresiones, dibujando allí o poniéndole punto final.

El género tiene sus antecedentes clásicos. Cuenta el lidio Pausanias por el primer escritor helénico de un libro y guía de viaje con suDescripción de Grecia (Ἑλλάδος περιήγησις), obra en la que da información tan detallada de los monumentos y leyendas relacionadas con ellos, que los viajeros del XVIII y del romanticismo aún la usaban. Algunos de los descubrimientos arqueológicos de nuestro tiempo se deben a sus descripciones o confirman su exactitud.

La guía de Manuel Mateo está escrita con rigor erudito, fundamento de historiador, a la vez que amena claridad y pasión de enamorado de la ciudad de los Cerros, donde no falta, en su elegante prosa, un contenido lirismo. Y toca los puntos esenciales de nuestra "castellana Andalucía" o de nuestra "andaluza castellanía", según fórmula del admirable cronista Juan Pasquau: la importancia del poder de don Francisco de los Cobos (Úbeda, 1477-1547) y de su linaje en la elevación de sus principales monumentos, el protagonismo del alcaraceño Andrés de Vandelvira en su diseño, arquitecto al que la ciudad ha rendido merecido homenaje con un monumento en su plaza principal (Vázquez de Molina). Los restos del románico o las magníficas interpretaciones del gótico tardío, isabelino.

El sentido del templo de El Salvador del Mundo debería ofrecerse como buen ejemplo universal, paradigma de armonismo. En el mausoleo civil más grande de España se conjugan los más nobles afanes del humanismo renacentista: pacifismo (irenismo), espíritu de concordia entre religiones y tradiciones: las del "Libro" (rabínica, cristiana, musulmana) con la tradición pagana, greco-romana, en una apuesta cosmopolita por preservar la dignidad y la libertad humana, identificando la honra (honradez) con la excelencia moral, con las virtudes de la tradición platónica: templanza, coraje, prudencia, justicia, a las que se unen las teologales y propias del cristiano: fe, esperanza y caridad.

Alude el autor de nuestro libro de viaje a las principales leyendas de la ciudad, de la Casa del alquimista, de Palacio del ahorcado (de los Morales) al siniestro descubrimiento de la emparedada, leyenda con fundamento histórico y biográfico en la persona de Ana de Orozco (Casa de las Torres), víctima del monstruo de los celos. Enfrente de este palacio plateresco, con pinta de fortaleza, se crio y maduró sus sueños el escritor más condecorado de Úbeda: Antonio Muñoz Molina, que en El Jinete Polaco (que Manuel Mateo tiene por su mejor novela) cambió el nombre de la ciudad de Úbeda por “Mágina”, la sierra grande y mágica de montes azules y violáceos que, transfigurándose en dorados y sienas durante el crepúsculo, le sirve de sur horizonte, más allá de "la curva de ballesta" que traza desde la sierra de Cazorla -según machadiana expresión-, el Río Grande, el valle del alto Guadalquivir, que también y mucho se nutre de aquel que corre al lado norte de los Cerros, el río de los limos rojos, el Guadalimar, ahora represado por el embalse del Giribaile.

Merecidas son las alusiones al pasado sefardita de la ciudad, todavía por desenterrar en gran medida, y confirmado por el reciente descubrimiento y adecentamiento de la sinagoga del Agua (s. XIII). Sin duda, Úbeda tenía en el XII y el XIII una de las comunidades moriscas y judías más importantes de la España medieval. Un ejemplo es el palacio de los Granada Venegas, un converso morisco que ayudó a los Reyes Católicos a conquistar Baza y Guadix. O la historia de Samuel ha-Levi (Úbeda 1320-1360), almojarife, o sea recaudador, tesorero, administrador y secretario de Pedro I el Cruel. Acumuló tanta riqueza que abrió casa en Toledo y construyó en Sevilla el palacio más fastuoso de la judería en el barrio de Santa Cruz. Y tampoco sería de extrañar que el Inquisidor de Úbeda, dada la cercanía de su casa, levantada mucho después, a la sinagoga del Agua, mayor representante en la ciudad del Santo Oficio, fuese un converso.

“Marca, frontera, cruce de caminos, territorio permanente de pugna y conquista, la ciudad asumió acentos y culturas dispares y la convivencia entre ellas nunca fue fácil”, pg. 126.

Y por supuesto, no faltan tampoco las referencias a la artesanía del hierro, de la cerámica vidriada, del esparto, que resisten en los tiempos del plástico producido en masa, en estandarizada industria sin mano y sin alma. O a los famosos festivales de primavera, internacionales de música y danza, que se celebran principalmente en la iglesia del enorme hospital de Santiago, diseñado por Vandelvira bajo la iniciativa del obispo Diego de los Cobos y Molina, sobrino del secretario de aquel imperio en el que no se ponía el sol. O a ese mar de olivos, que en secreto oleaje deja su espuma en las huertas a pie de muralla, piélago al que se asoma como desde un muelle-atalaya la famosa Redonda de miradores, bordeando los restos del antiguo alcázar moro y de las murallas que lo defendían, y que ofrece una de las panorámicas más increíbles e inefables que el viajero atento pueda disfrutar.

A este, al viajero soñador e ilustrado, le compromete el autor de esta formidable guía-estímulo a perderse como Álvar Fáñez por los laberintos árabes de la capital de los Cerros, sin prisas, disfrutando de su gastronomía y de sus velados misterios, como patios de finas columnas, más allá del día y de la jornada.

(Icono ilustrativo: interpretación de Paco Montañés del escudo heráldico de la familia de los Cobos)