Blogia

SIGNAMENTO

FUSE ONE

FUSE ONE

FUSE ONE agrupó a un elenco de músicos de jazz que colaboraron en dos álbumes producidos por Creed Taylor: Fuse One y Silk (1980, 1981). El primero fue arreglado por Jeremy Wall de Spyro Gyra, el segundo por Leon Ndugu Chancler de Weather Report. El grupo produjo un tercer álbum, Ice, en 1984.

 La membresía del grupo no era concreta, pero incluía a Tony Williams, Joe Farrell, John McLaughlin, Stanley Turrentine, Wynton Marsalis, Larry Coryell, Lenny White, Paulinho Da Costa, Ronnie Foster, Stanley Clarke, George Benson, Todd Cochran, Leon "Ndugu" Chancler, Tom Browne, Dave Valentín, Jorge Dalto y Eric Gale.

 Fuse One fue concebido como un foro en el que los principales músicos contemporáneos actuaban de acuerdo con sus propias disciplinas musicales y sin las limitaciones que acompañan a las responsabilidades de los líderes. Cada músico aporta nuevas composiciones e ideas.

 En el disco excepcional cuya carátula ilustra esta entrada interviene Stanley Clarke como director musical, más los músicos que aparecen arriba en cursiva. La Cara A incluye Silk y In celebration of the human spirit; y la cara B: Hot fire y Sunwalk. Se trata de una excelente música de fusión (soul/fusión style), optimista y animosa, con hondas raíces africanas.

BILL EVANS

BILL EVANS

William John Evans nació en Plainfield, Nueva Jersey, en 1929 y murió en Nueva York en 1980. Extraordinario pianista y compositor de jazz, intérprete del cool, el post-boop y la música modal, en la que se improvisa sobre la gravedad de la armonía. Su influencia ha sido inmensa.

Influido por el impresionismo de Debussy y Ravel, trajo al jazz un lirismo relajado, introvertido, rico en melodías, representativo del West Coast Jazz. Fue capaz de integrar -de mestizar su música- con artistas de orígenes étnicos y sociales muy diversos: Oscar Peterson, John Coltrane, Dave Brubeck o Milt Jackson.

Colaboró con Miles Davis a finales de los cincuenta, involucrándose en profundidad en el famoso Kind of Blues (1959). Adoptó principalmente la estructura de trío en la que el piano dialoga con el bajo y la batería. Tocó con Charles Mingus, Art Farmer, Lee Konitz y Oliver Nelson. En 1958 obtuvo el premio de "Pianista revelación". 

Se convirtió en estrella con Paul Motian (batería) y Scott La Faro (bajo). Con ellos grabó en 1961 Sunday at The Village Vanguard. Diez días después murió La Faro con 25 años en un accidente de tráfico. Evans le guardó luto y dejó de tocar durante un año. 

En formación de quinteto tocó con el trompetista Freddie Hubbard. Interpretó con piano eléctrico durante la década de los setenta. Su último trío con Marc Johnson y Joe La Barbera ha sido considerado el mejor desde aquel que formó con Scott La Faro y Paul Motian.

Su adicción a la heroina y la cocaína le pasó factura y el suicidio de su hermano quebró su ánimo. Su feeling sutil y emocionante crearon una estética.

Bajo la dirección de Claus Ogerman, el trío de Bill Evans grabó en 1966 un formidable concierto con una orquesta sinfónica para Verve. Su carátula ilustra esta entrada. Bill Evans escribió entonces que su intención era presentar una gama musical tan variada como fuese posible sin sacrificar la fidelidad a sus habilidades y creencias. Otro motivo (likely reason) fue demostrar que la buena música pertenece a una única categoría, sea jazz o clásica.

En este álbum, el trío de Bill Evans improvisa y crea sobre temas de Granados, Bach, Chopin, Scriabin, Fauré, escogidas por Ogerman para estimular la fértil imaginacion de Evans. También incluye dos composiciones de este y una de Ogerman. Las transiciones de los compáses clásicos al jazz en este memorable álbum son tan geniales como emocionantes.

Si Alan Ginsberg pudo escribir poesías influido por Baudelaire, también la música de jazz puede ser apreciada y acogida fuera de su gueto cultural, como dice Lewis Freedman en su presentación del concierto. Tradición y contemporaneidad conviven y se fertilizan como una pareja de novios. 

TUBULAR BELLS

TUBULAR BELLS

¿Le sucede a usted que la escucha de una canción o de una melodía le trae un recuerdo y luego otro que tira de un tercero, como las cerezas cuando no han perdido el cabo? ¡Pues claro! A todos nos pasa. Los recuerdos, como las señoras cuando marchan à se repoudre le nez, van y vuelven por parejas y hasta por tríos, o por racimos. Unas evocaciones enlazan con otras como el hipertexto, o como las raíces de los olmos. Es el fenómeno que la psicología ha llamado "la magdalena de Proust". Ya saben: Marcel fue ese vividor francés que quiso dar sentido a su vida disoluta, y a partir del recuerdo del sabor y olor de una magdalena, reconstruyó literariamente El Tiempo perdido.

Cuando reoigo Tubular Bells de Mike Olfield me pasa algo parecido, me viene el aroma marinero de la Barceloneta y luego el menú a base de monjitas con butifarra, mongetes o alubias fritas y con el alioli de una tasca obscura ¡a ¡doscientas pesetas con bebida y pan!, y enseguida acude al magín el agradecimiento. Sí, porque las imágenes rementadas traen también consigo sentimientos antiguos, nobles o de esos que llamamos impropiamente "resentimientos". Sí, rebrota la gratitud al economista Luis Sig Formentín, que puso a mi disposición su apartamiento en esta barriada de la cosmopolita Barcelona (tal vez ya se haya vuelto provinciana), un habitáculo diminuto que compartía con su esposa enfermera. El retrete estaba en el mismo cubo claustrofóbico de la ducha, así que uno podía ducharse mientras se aliviaba. El sueldo de la enfermera no daba par mucho más.

Luis y un servidor tomamos armas en el mismo CIR nº 9 en San Clemente de Sasebas, en la misma séptima compañía en la que yo ejercía como cabo furriel, él fue levado como recluta. Tras jurar bandera, no le volví a ver. Tal vez intercambiamos un par de cartas en lo que hoy se llama "correo de superficie", pero que en realidad era más profundo que el apresurado que viaja por la luz de la Red de redes. Luis fue para mí una de esas personas que tienes la suerte de cruzarte en la vida para que confirmen o restablezcan tu confianza en el género humano, limitando la tendencia hoy vírica a la misantropía.

Oímos juntos Tubullar Bells como quien tiene un jardín y oye en él a un pájaro nuevo sin saber nada de ornitología. Aquellas campanas parecían proceder de un venerable santuario celta y llamar a una nueva religión -o religación- que nos reconciliase con una armonía natural y campestre. El otro día oímos en un programa de la tele la melodía hipnótica de su arranque, que aparecería en El Exorcista, y mi nieto se puso a bailarla espontáneamente. Lo bueno, ni se enrancia ni envejece...

Tubular Bells le valió a Michael Gordon Olfield, nacido en Reading (UK) un Grammy en 1975. Puede decirse que es un música de nuestra generación, la de Luis y la mía, Aunque Mike sea un poco mayor. Su música fusionaba el folklore con el rock y el jazz, recogiendo incluso la influencia de Sibelius y valiéndose de múltiples instrumentos que el compositor lograba sintetizar de lo lindo.

El disco no sólo lanzó al estrellato a su autor, sino también a la recién fundada compañía Virgin Records. Se estrenó un 25 de mayo de 1973 y hoy casi todo el mundo la reconoce como obra maestra. Un crítico dijo de ella que combinaba "lógica y sorpresa, sol con lluvia". Desde luego, cautivó nuestro corazón e imaginación. De las otras obras que he oído de Mike Olfield la que más me ha gustado ha sido Platinum, tan animosa, en una de sus canciones el autor quiso ridiculzar el movimiento Punk. Su sonido cristalino y ritmo trepidante es ideal para conducir y no dormirse por autopistas.

En Crises, su octavo álbum, aparece la canción Moonlight Shadow cantada por su hermana Maggie Reilly. Se considera un tributo a John Lennon tras su asesinato. En disco sencillo fue gran éxito y una de las canciones representativas de los ochenta. En la música que Mike Olfield compuso para la película The Killing Fields (Los gritos del silencio) de Roland Joffé, sobre la guerra civil camboyana, adaptó como tema principal uno de los "Recuerdos de la Alhambra" de Francisco Tárrega. Su última obra reseñada en las enciclopedias es Return to Ommadawn de 2017.

BOLLING & ROMERO

BOLLING & ROMERO

En un mundo inevitablemente globalizado hay que agradecer los esfuerzos por conjugar armónicamente culturas y estilos, en lugar de enfrentarlos violentamente. No otra cosa es lo que ha hecho ejemplarmente el compositor francés, nacido en Cannes en 1930, Claude Bolling. Aficionado al jazz desde su juventud y con formación clásica fue amigo de Duke Ellington, al que también tuvo por mentor.

Bolling grabó en Paris con figuras internacionales como Lionel Hampton o Kenny Clarke. Exploró el ragtime, el Dixieland, el boogie-woogie, el blues... y compuso para Liza Minelli y Juliette Greco, entre otros artistas indiscutibles; para el cine, la música de la violenta historia de gánteres: Borsalino.

El increíble flautista Jean Pierre Rampal le animó a componer para él. La sinergia cuajó en una extraordinaria Suite para flauta y pinano jazz a mediados de los setenta. Su grabación fue un éxito también en EEUU. Por su parte, Pinchas Zukerman le encargó a Bolling una Suite para violín y piano jazz en 1977, otra maravilla.

El guitarrista malagueño Ángel Romero (n. 1946) pertenece a una amplia saga de guitarristas y es experto en la música de Joaquín Rodrigo, cuyos conciertos para guitarra ha interpretado con sobresaliente suficiencia. Él y Bolling se conocieron en 1979. En el Concierto para guitarra clásica y piano jazz, cuya carátula ilustra esta entrada, el británico George Shearing enfrenta a la guitarra de Romero su virtusismo con el piano, el veterano percusionista es el neoyorquino Shelly Mane y el bajista Ray Brown, que nació en Pittsburgh, Pensynlvania, en 1926. 

Este concierto se divide en siete secciones que combinan ritmos y danzas hispanoamericanas con lamentos de blues; frescura, melodía y armonía, con un lirismo exquisito: Danza hispánica, Mejicana, Invención, Serenata, Rapsódica, Africana y Final. Este último movimiento lo añadió Bolling tras su estreno, como regalo de un virtuoso a otro. La grabación es de 1980.

MADRE PRÓDIGA

MADRE PRÓDIGA

El de la "madre pródiga" es un nuevo carácter literario, apropiado para el drama social y teatral del siglo XXI.

A La Cangura de Larva, el tomo guirigay de Julián Ríos, le ahogaba el hogar porque prefería holgar, dulce holgar. Abandonó a sus hijos en Australia. Cortó a dentelladas el asfixiante cordón umbilical (es metáfora). Il faut voyager pour aimer de loin sa maison!, se decía.

Quería realizarse en liza y paliza comiendo perritos y pizza.. Trabajó de mecanógrafa en una revista del corazón londinense. Se vino al smog de Londres para respirar turbio. Hizo amistades de party en party, "amistades a mitades" -escribe Herr Narrator.

El marido fue duro. Le mandó la foto fúnebre de Tommy con la inscripción: "Partió su mami, partió su corazón".

Le dio por beber mucho a Kendy, La Cangura pródiga. La resaca le daba llorona y echaba mano al bolsón marsupio para mostrar la foto familiar.


Contó a Milalias, confesor freudulento, que por nada del mundo se volvería a casar pero que estaba pensando en tener otro hijo. Tal vez se sintiese vacía.

¡Qué Tommy ni qué niño muerto! -exclamó casi sin querer Milalias. Se agarró a La Cangura, hembra grandota y, torpes cada uno, casi se arrojan bailando por la ventana.

***

Larva no es novela, sino caja de juegos para políglotas cultos o filólogos culteranos, embarrada de interjecciones y saltos de página: o la babel de una noche de san Juan en beodisea londinense para dar que leer y hablar; un ingenioso invento de palabras, analogías, calambours o equívocos como chinoiseries, alusivas a una incesante orgía de la que se espera con desespero la iluminación.

IL TRAMONTO

IL TRAMONTO

HIPNOTIZADA POR EL ÁRBOL, EN UN PASTEL DE PURA BELLEZA

Sobre un cuadro de Giorgione (Zorzo). "Tramonto y san Roque" (1505-1508)

"Un intenso sentimiento físico de ansiedad habíase apoderado de ella mientras contemplaba el retrato de san Antonio y san Jorge pintado por Giorgione. Había un árbol en segundo término al que ella nunca había prestado la debida atención. Lo había visto, desde luego, ya que este cuadro ella lo contemplaba a menudo, pero nunca había sentido su significancia, aunque no habría sabido decir qué era esa significancia. Allí estaba, en medio de la claridad, en medio de la brillante obscuridad, en medio de una atmósfera límpida, densa y amarilla, en medio de ningún sitio con unas lejanas nubes deslizándose tras él, ligando a ambos santos y al propio tiempo separándolos y existiendo por sí mismo sin tener nada que ver con ellos, un árbol ridículamente frágil, poético, vibrante, inmóvil que era también un árbol especial y particular en un atardecer especial y particular cuando los dos santos (qué raro) estaban ocupados en sus respectivas faenas (ignorándose mutuamente) en una especie de claro sombrío y a la par brillante (¿qué demontre, sin embargo, sucedía en primer término?) junto a un exquisito y reluciente estanque del cual emergían con cautela dos pequeños y domesticados demonios en provecho de san Antonio, mientras tras ellos san Jorge, con un yelmo como una perla, atropellaba a un dragoncillo igualmente domesticado e inofensivo".

Iris Murdoch. The sacred and profane love machine, Londres 1974.

                                                      ***

La escritora irlandesa olvida la figura de san Roque y su ayudante, Gotardo de Hildesheim que, a sus pies, le cura las yagas. La presencia de san Roque, protector de la peste, ha lllevado a pensar que la intención del cuadro fue agradecer el fin de la epidemia de 1504 en Venecia.

En el borde derecho aparece san Antonio Abad en una caverna. Tanto este como san Jorge son símbolos de la victoria sobre el mal. Como en La tempestad, los dos grupos de personajes están separados por un torrente. Otros seres extraños, un pájaro con el pico abierto y un animal semisumergido recuerdan al Bosco. Pero el protagonista del cuadro, a parte del árbol que fascinó a Iris Murdoch en la Galería Nacional de Londres, es el paisaje y su impacto cromático de luz cálida y dorada.

BESARÁS SU FRENTE

BESARÁS SU FRENTE

El templo en reconstrucción, "abierto por obras", de la Fundación de la Iglesia San Lorenzo en Úbeda ha acogido durante el mes de abril hasta el mes de mayo (2022), en colaboración con la Fundación Antonio Gala, la exposición "Y besarás la frente de tu tiempo" de la joven y reconocida artista cordobesa Virginia Bersabé.

La mujer mayor es el tema de estas obras de gran formato, colores vivos y fondos neutros. Virginia desarrolla desde 2011 ’Perdidas en un cortijo andaluz’, un proyecto de intervención pictórica sobre muros de cortijos abandonados de Andalucía en el que une su investigación sobre la memoria y las mujeres con la arquitectura abandonada y la historia del campo andaluz.

Pienso que el arte es plurifuncional. No se puede decir que los retratos de Virginia sean bellos, ni que traten de lo bello, pero sí que llaman la atención sobre el tiempo, sus estragos y sus tesoros. Esas carnes trémulas siguen siendo expresión del espíritu. Es difícil que esta muestra te deje indiferente. Da qué pensar.

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

CLÁSICO Y BARROCO (E. D'ORS)

“El gargallo garlante solía recordar además

 que enigma es el anagrama de imagen”

Julián Ríos. Poundemonium, 1986.

Eugenio D’Ors (1882-1954), original escritor, fue también un notabilísimo filósofo al que algunos desprecian por haber ostentado la Dirección General de Bellas Artes después de nuestra guerra incivil. Como dejó escrito Laín Entralgo, D’Ors difícilmente podía ser “el” intelectual de la España de Franco, y menos todavía “el” mandarín de la cultura retrógrada del nuevo régimen, “para ello le sobraban inteligencia a la europea, ironía expansiva y orsianismo doctrinario”. Por eso fue expulsado de la secretaría del Instituto de España que él mismo había inventado. Tras su nombramiento –tardío- como catedrático de Ciencia de la cultura, D’Ors, autor de La ben plantada (1911), se retiró a su Cataluña como quien cierra el círculo de su existencia, pues con el seudónimo de Xènius había sido también relevante en el noucentisme y la revigorización de la cultura catalana, después de Verdaguer y Maragall.

D’Ors nos dejó en herencia un anecdotario jugoso que supo elevar a categorías útiles para la comprensión de eso que Dilthey llamó Las ciencias del espíritu, para la comprensión de la religión, del arte, la filosofía, la cultura y el hombre, nuestra curiosa y singular especie, empeñada en ajardinar la naturaleza en cuadrantes de cultura e historia. Se atrevió D’Ors con la “filosofía pura”, indagando sobre los radicales de la vida y la realidad. En mi opinión, su libro El secreto de la Filosofía (1947) merecería mucha más atención académica de la que se le presta.

Respecto de la cultura, D’Ors diferenció dos modos cardinales de la actividad creadora humana, que con terminología gnóstica llamó eones: el eón de lo clásico y el eón de lo barroco. Aclaro que los gnósticos entendían por eón (de ηώς: aurora) cada una de las inteligencias eternas, de un sexo u otro o de ambos, que en conjunto integran la plenitud de la divinidad suprema de la que emanan. Evidentemente D’Ors resta alcance al concepto; más estéticos que metafísicos son sus “eones”. En el eón de lo clásico la invención se somete a norma y razón y toma el mundo como cosmos, es decir, como totalidad ordenada y sistema armónico. El eón barroco representa la anarquía, la pasión y el caos. Un ejemplo reciente es la “presunta novela” de Julián Ríos titulada Larva con su cola de Poundemonium. No se trata de una novela porque no es relato, sino explosión del relato que salta y revienta en una babel de interjecciones, asociaciones involuntarias y muñecas rusas que esconden juegos de palabras para filólogos, como original expresión del barroquismo en situación postmoderna.

“El corazón tiene razones que la razón no conoce”, escribió Pascal. “La razón tiene sentires que el corazón no palpita”, replica D’Ors. Frente a las raisons du coeur, las passions de la raison. El mismo Descartes tuvo que echar marcha atrás y renegar del estoicismo ortodoxo reconociendo en su Tratado de las pasiones del alma dedicado a la princesa Isabel de Bohemia que, una vez domesticadas, las pasiones son tanto más útiles cuanto más intensas y que de su juego depende la felicidad de la vida, más decisivamente que del espíritu de geometría.

Condicionados por la circunstancia y su situación en el mundo, pero movidos por su libertad, los hombres (mujeres y varones) van creando su multiforme obra en esa aventura en el tiempo a que llamamos historia: leyes, instituciones, edificios, teoremas, sinfonías…, pero también insidias, prisiones, artefactos de tortura, guerras, revoluciones, tiranías…, esa cambiante multiformidad puede ser mentalmente ordenada según la mayor o menor prevalencia que en la forma y sentido de cada obra alcance uno u otro de los dos “eones”: el de lo clásico y el de lo barroco. Este esquema –comenta Laín Entralgo en Más de cien españoles, 1981- es insuficiente para construir una teoría de la historia y de la cultura, pero enriquece el acervo categorial del intérprete, pues ya sabemos que ni los conceptos sin intuiciones ni las intuiciones (sensibles) sin conceptos proporcionan verdadero conocimiento.

El modelo de lo clásico ha sido dilucidado magistralmente por el filósofo alemán Gadamer (1900-2002). Se trata de un concepto normativo que merece estatuto en las ciencias del espíritu. Hegel había concebido lo clásico como un concepto estilístico y descriptivo, el de una armonía relativamente efímera de mesura y plenitud, que media entre la rigidez arcaica y la disolución barroca. Para Gadamer (1900-2002), lo clásico es verdadera categoría histórica pues designa un modo característico de ser de la cultura humana en el tiempo: la realización de una conservación que, en una confirmación constantemente renovada, hace posible la existencia de algo que es verdad.

La validez de lo clásico tiene para mentes de distintas épocas un valor vinculante. Lo clásico se destaca a diferencia de los tiempos cambiantes y los gustos efímeros como una conciencia de lo permanente e imperecedero. Por eso lo clásico es una especie de presente intemporal que consuela con su conservación del valor en medio de la incesante ruina del tiempo. Lo clásico se conserva porque se significa e interpreta a sí mismo y resulta tan elocuente que dice algo a cada presente.

En la comprensión de lo clásico hay siempre algo más que la reconstrucción histórica del mundo pasado al que perteneció la obra. Nuestra comprensión contiene siempre al mismo tiempo la conciencia de la propia pertenencia a ese mundo, como si reviviéramos vidas pasadas. Y con esto se corresponde también la pertenencia de la obra a nuestro propio mundo. Esto es lo que lamentablemente desconoce –o no quiere ver- la crítica historicista que reduce las producciones artísticas a ideologías temporales, sin esperar en la pervivencia ilimitada de lo clásico. En la tradición clásica, el pasado y el presente se hallan en continua mediación (Gadamer, Verdad y método, 1975).

El tiempo, testigo insobornable, pone a cada uno en su sitio. A Eugenio D’Ors en el papel de clásico del pensamiento español y catalán, altura que le corresponde por derecho propio.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm