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Literatura

PASIONES ESCRITAS

PASIONES ESCRITAS

Sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

De la Elegía a Ramón Sijé, Miguel Hernández.

Luis Cernuda, en sus Consideraciones provisionales sobre la poesía española contemporánea, describe cómo la pasión avasalla los versos de Miguel Hernández. Cuenta cómo pasó de un folklorismo latente a cultivar la tendencia barroca (en Perito en lunas).

Cernuda considera el barroquismo, plaga de la literatura española; como el esteticismo, lo es de la inglesa; el academicismo, de la francesa; y la pedantería, de la alemana.

Recuerda de qué manera Miguel Hernández se ganó la vida ayudando a José M. Cossío en la preparación de la obra Los toros en la poesía española, y alude a las dos grandes amistades e influencias de Hernández: Neruda y Aleixandre. Aunque Lorca le ninguneó, “a Lorca también debió algo” –dice Cernuda.

***

Miguel Hernández muestra de qué extraña manera, de una vida brevísima, estrellada contra la guerra, dura, aprisionada y desesperada de ausencias, puede surgir una obra excelente cuando sobra el talento. “No hay mal que por bien no venga”. Como dice el poeta, lo primero que vio fue una herida y fue nutrido con un zumo de espada loca y homicida, y con leche de tueras, amargos purgantes del todo inmerecidos.

Sus versos –dice Cernuda- despiertan quizá una simpatía que incluso se antepone a la consideración de su valor poético. Cernuda lo pinta más de poeta que de artista, “fogoso y de retórica pronta”, al extremo contrario de un Garcilaso. Y es que para Cernuda, “la destrucción y la muerte, sea bajo tal o cual pretexto, no se pueden cantar ni mucho menos glorificar”. Y sin embargo, se pregunta extrañado cómo es posible que la poesía se pusiera de moda con la guerra.

Emociones a flor de muerte, bajo "el resplandor de los dientes que acechan".

La poesía de Miguel Hernández fue evolucionando hacia la sencillez del lenguaje hablado y el tono directo. Sus mejores poemas –según Manolo Madrid- fueron los últimos. Esos que apenas pudo garabatear con lápiz en papel higiénico o de estraza y que su esposa, Josefina Manresa, quesadeña, sacaba ocultos, como sacros misterios, de la cárcel. Los póstumos del Cancionero y romancero de ausencias, o los de El hombre acecha.

 ***

Manuel Expósito me convocó para una tertulia televisiva, que comparase a San Juan de la Cruz con Miguel Hernández. Y se celebró en el oratorio de San Juan de la Cruz en Úbeda, a salvo del horno en que se habían convertido las calles en este fin de primavera infernal. Allí tuve la oportunidad de conocer a Fernando Donaire, estudioso del cine de Almodóvar, prior de los carmelitas descalzos de Úbeda, y autor de un libro sobre Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, que tuvo la amabilidad de regalarme: De luz y de sombra (Monte Carmelo, 2013).

En la tahona donde lideraba la tertulia poética su neocatólico amigo Ramón Sijé, le prestaron los clásicos a Miguel Hernández. Y entre ellos, sin duda, los tres poemas por los que Juan de la Cruz se ha consagrado como uno de los más grandes, si no el mayor: Cántico, Noche y Llama.

Similar tragedia de incomprensión de sus contemporáneos y aún paisanos o correligionarios, de extemporaneidad, y de ausencias del Amado o de la amada. Sendas voces ardientes y puras. Teopatía mística del de Fontiveros; vitalismo trágico del de Orihuela.

Sólo el amor nos salva y queda en nada, o sólo en sexo, sin la virtualidad creadora del Verbo. Ya lo explicó Sócrates en el Banquete platónico, el amor es una poética, su erótica simbólica, tansustanciada, liberada de la carne en el místico, mas estéril en lo mundano; el amor fértil, nostálgico de carne, de besos, de melosos humores y del abrazo de la esposa viva, de la sonrisa del hijo muerto, del llanto del hijo hambriento, en Miguel.

Esperanza y fe, tras dejar todo cuidado olvidado entre azucenas; de la esperanza a la desesperación del que se sabe condenado sin remedio... "Como el toro he nacido para el luto". El amor es un entusiasmo que salva si se recibe en estado de gracia, como un don, como un duende. Iluminación.

Naturalismo panteísta en Hernández, donde la contemplación de la belleza del campo contrasta brutalmente con el sudor del trabajo y con la sangre que hizo crecer los olivos: el arrullo de la reja, los andamios de las flores, la alegría de abotonado hielo ensangrentado con que truena abriéndose la sandía, donde los lirios sirven de orinales del relente...

Aunque las aladas almas de las rosas vistan también al almendro de nata, el campo de Miguel es muy diferente de los bosques, riveras e ínsulas extrañas por donde correteó la gacela adamando. Allí, en mitad de esas "arenas de pana torturada", cielo o abismo nihilista, campo de batalla, donde el poeta ha re-querido al amigo, al compañero prematuramente ido, al camarada con el que se compartieron ilusiones, pretensiones y sueños.

Subjetivismo abnegado del místico; comunitarismo liberal del poeta republicano. En ambos casos, la sublime elevación supone un tremendo sacrificio. En esa apuesta le va al poeta la vida. Es la vida del inocente cordero que destila su savia redentora en pasiones estéticas, intelectualizadas. En ambos casos, los indicios y señales de la unión conyugal conllevan un sentido que la trascienden, que la superan.

Enorme ese Miguel que reniega del hambre... en sus versos finales, porque el hambre nos vuelve fieras, nos nivela con esos tiburones "que entienden la vida por un botín sangriento", nos regresa a la pezuña, al dominio del colmillo...

"Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera

hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.

Yo, animal familiar, con esta sangre obrera

os doy la humanidad que mi canción presiente"

"Hambre", de El hombre acecha.

Nota bene

Al lector curioso que quiera seguir la tertulia televisada sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz, celebrada al final de la primavera de 2017 en el Oratorio de San Juan de la Cruz de los frailes carmelitas en Úbeda: 

https://www.youtube.com/watch?v=I6Dqhrl9WUQ&sns=em


TRAICIÓN AL HOMBRE

TRAICIÓN AL HOMBRE

El problema de los tres cuerpos

En junio de 2017 Liu Cixin cumplirá cincuenta y cuatro años. Este ingeniero chino ha llegado a ser famoso y cosmopolita escritor de ciencia ficción. Sin embargo, su novela El problema de los tres cuerpospromete al principio más que da. Seguramente sabe a poco porque es la primera parte de una trilogía y deja así con ganas de más, como la serie Rama del gran Arthur C. Clarke.

Buen armazón técnico sobre el que se especula y fantasea, literatura amena, sencilla, algún simil original (“brillando como el mercurio contra las plumas de un cisne negro”), algún momento poético (“en el profundo silencio de la medianoche, el universo se revelaba a quien estuviera escuchando como una vasta desolación”), sentimientos que se ocultan, apenas se comunican, salvo la pasión política destructiva de la que parte el relato en plena Revolución Cultural (1966-1976), o mejor será decir anticultural, cuando la Joven Guardia Roja, fanatizada por Mao, declaraba capitalistas y reaccionarias las tesis de Einstein y torturaba o ejecutaba a científicos e intelectuales acusándoles de traidores al pueblo… Aquellos años en que la politización de todo resultaba tan grotesca que se llegó a proponer marchar en formación girando sólo a la izquierda, o que las luces de los semáforos se invirtiera de forma que no fuera el verde, sino el rojo de la Revolución el que permitiera seguir avanzando, años aquellos en que se podía acabar en prisión por cambiarle el marco al retrato del “Gran Timonel”.

La novela plantea, y no precisamente con optimismo, las consecuencias de un probable contacto con otra inteligencia extraterrestre dentro de un clima de antihumanismo, de desconfianza total ante las posibilidades creativas de la raza humana. La protagonista inicial de la novela ha sufrido la injusticia que se cometió contra su padre y contra ella misma durante la mal llamada "Gran Revolución Cultural Proletaria", y llega a la conclusión de que la humanidad es tan insoportablemente malvada que le vendría bien ser invadida, reformada, colonizada, domesticada o destruida por una inteligencia superior y forastera.

“La posibilidad de que el ser humano llegara a alcanzar por sí mismo un auténtico despertar ético resultaba así tan ridícula como imaginar que uno podía despegar los pies de la tierra a base de tirarse del pelo. Necesitaba la ayuda de una fuerza externa”.

Clara alusión a la proeza ética del barón de Munchausen. ¡Pero ese es precisamente el milagro de la libertad, el prodigio de la buena voluntad! A mí no deja de sorprenderme que este antihumanismo (o transhumanismo) que considera al ser humano una maldición para el resto de especies del planeta se haya vuelto un clima tan frecuente y universal que haga verosímil que en la novela de Cixin (Liu es apellido) crezca tanto el movimiento de traidores a la humanidad, aunque estos se dividan en extremosos adventistas que buscan el fin de la humanidad propiamente dicha, el apocalipsis, y en redencionistas, partidarios de una nueva religión que rinde culto a los alienígenas sobre los que fantasean. Ahora, a diferencia de tantas otras religiones humanas, quien se hallaba en crisis era su Señor, y la salvación era una responsabilidad que recaía en el creyente. De entre los redencionistas, los supervivencialistas aún confían en la salvación de sus descendientes, colaborando o comprando su libertad en la invasión del planeta por otra especie a la que consideran éticamente superior. 

Al final, los trisolarianos (habitantes de un sistema estelar próximo pero en el que las condiciones de vida son dificilísimas a causa de la caótica temporalidad impuesta por tres soles, el "problema de los tres cuerpos") no resultan menos depredadores o esquilmadores que los humanos. Malignos, los trisolarianos introducen equívocos y “milagros” en los aceleradores de partículas terráqueos para que nuestros científicos desconfíen de las leyes de la física, se desesperen, se suiciden...

Así, cuando los miembros de Fronteras de la Ciencia discuten sobre física, usan la abreviatura “SF” no en el sentido de Ciencia Ficción, sino en el sentido de dos figuras o símbolos que acaban conformando una sombría cosmología. La figura del “Shooter” (arquero) y la del “Farmer” (granjero). Nombre de dos hipótesis sobre la naturaleza fundamental de las leyes del universo.

En la hipótesis del arquero, este, por gusto o por razones que no conocemos, dispara a un blanco de modo que cada agujero creado en el mismo se aleja diez centímetros del anterior. Suponiendo que en la superficie del blanco haya vida inteligente bidimensional, sus científicos, tras observar su mundo, descubren una gran ley: “En el universo hay una agujero cada diez centímetros”, confunden así el capricho del arquero (o sus desconocidos motivos) con la realidad.

La hipótesis del granjero es más cruel. Cada mañana el granjero cósmico da de comer a sus pavos. Un pavo científico lleva un año observando el fenómeno y llega a la conclusión de que es una ley del mundo físico que “cada mañana, a las once, llega la comida”. La mañana del día de Acción de Gracias (el granjero es usamericano), el pavo científico anuncia su descubrimiento a los demás pavos, pero por desgracia ese día, a las once, en lugar de la comida aparece el granjero armado con un cuchillo y les corta el cuello a todos.

La fe en la tecnociencia parece el último “clavo ardiendo” de la esperanza humanista, una llave dudosa para abrir la puerta de nuestro futuro, pues sus efectos ecológicos perversos en el planeta Tierra parecen contradecir el candor con que la abrazan ingenieros, científicos y consumidores en general. ¿Mejoran los países ricos gracias a la tecnología? Lo que hacen es protegen su entorno a fuerza de trasladar a las zonas pobres sus industrias contaminantes y sus desechos. La desconfianza en el progreso alienta a quienes están dispuestos a facilitar la invasión de los trisolarianos adoptando un “comunismo panespecie” dispuesto a eliminar al hombre para salvar al oso panda, la ballena o a una rara golondrina.

Los personajes de la novela de Cixin son casi todos científicos, pero el verdadero “sabio” no es un teórico cosmólogo ni un experto en astrofísica o en mecánica de micropartículas, sino un policía fumador, borrachín, malencarado y grosero, con escasa formación teórica, pero con un sentido de la observación envidiable y una capacidad extraordinaria para hallar soluciones prácticas, aplicando un principio simple: “Cuando algo es muy raro, es que hay gato encerrado”, o sea, que detrás de aquello que parece no tener explicación, siempre se esconde la mano de alguien. Este principio se puede generalizar a favor de una hipótesis deísta acerca del sentido del universo.

En la novela aparecen personajes que creen que el progreso tecnológico es una enfermedad de la sociedad; más que un beneficio, es un cáncer que acabará con la vida, a menos que sustituyamos las tecnologías “drásticas” del átomo o la quema de combustibles fósiles por otras más “suaves” como la energía solar y la hidroeléctrica, y siempre a pequeña escala. Este mismo ecologismo aboga por la desurbanización gradual de las metrópolis, redistribuyendo a la población de esos desmesurados centros deshumanizados en pueblos y ciudades autosuficientes, basados en una economía principalmente agrícola.

Cixin plantea otras cuestiones capitales. Por ejemplo: ¿la ignorancia de la humanidad supone una ventaja o un obstáculo evolutivo? Una vez desvelados los misterios del universo, ¿encontrará la humanidad motivos para seguir existiendo? El caso es que personas corrientes como Da Shi (el policía borde al que antes nos hemos referido), absorbidas por sus rutinas, aguantan mejor la angustia ante lo desconocido que los intelectuales o científicos eminentes. Seguramente porque poseen una fortaleza que el conocimiento no proporciona. La gente vulgar, ajena a la ciencia y a la nueva filosofía antihumanista se siente tan instintivamente identificada con su especie que para ellos es impensable traicionar a la raza humana en su conjunto.

“Las élites intelectuales, en cambio, eran distintas, y muchos de sus integrantes habían empezado a concebir el mundo desde una perspectiva alejada del hombre. La humanidad había terminado alumbrando una gran fuerza que, aun habiendo nacido en su mismo seno, abanderaba la desafección hacia sí misma”.

En la atmósfera antiintelectualista de la novela palpita siempre como un ambiente la soledad de la inteligencia y el silencio implacable del universo, su inmensidad insondable y la pequeñez de la Tierra y de las formas de vida que la habitan como insectos.

En nuestra época parecemos andar como Ye, la astrofísica protagonista de la novela, saltando de una consideración vitalista en la que cualquier fenómeno existencial aparece digno y emocionante, a un antihumanismo en que nuestra historia se muestra entera como desvarío o patología cancerosa, una aventura humana que, equivocada o no, resulta insignificante desde una perspectiva galáctica, y con un destino que ni siquiera vale la pena, o que ni siquiera vale más que su aniquilación por una raza extraterrestre.

A través de un juego de ordenador, el autor levanta un escenario surrealista en que un Einstein redivivo toca el violín como un mendigo al pie de una inmensa pirámide y maldice la creación contando que “Dios es un jugador sinvergüenza, ¡y nos ha abandonado!”. El juego toma prestada la historia de la humanidad y algunas de sus más emblemáticas figuras, como transfondo sobre el cual desplegar una narrativa del desarrollo heroico de Trisolaris, el planeta de los extraterrestres cuyo propósito a largo plazo será mudarse a la Tierra desplazando o esclavizando a los humanos...

(Continuará)

CUANDO ARDEN LOS LIBROS

CUANDO ARDEN LOS LIBROS

En 1947, Ray Bradbury era un desconocido. Escribió un relato que fue rechazado por varias revistas. Su título, Bright Phoenix (Fénix brillante). Tuvo que esperar a 1963 para que apareciese en un número de Fantasy & Science Fiction que le estuvo dedicado.

Fénix brillante es el germen de una extraordinaria novela de 1953, que dará pie a una excelente película de François Truffaut estrenada en 1966 y protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie (en el papel de una Clarisse de la que me enamoré sin remisión) y Cyril Cusack. El título de la novela de Bradbury, Fahrenheit 451, alude a la temperatura a que arden los libros.

Y de eso va la historia. Una distopía futura en la que los bomberos se dedican a quemar libros porque, según el totalitario gobierno, leer impide ser felices a los ciudadanos ya que les llena de angustia, pues al leer los hombres se muestran disconformes con sus rutinas y cuestionan su realidad.

La resistencia está formada por los hombres-libro, que viven apartados y conservan en su memoria las grandes obras maestras de la literatura universal. Algunos críticos consideran Fahrenheit 451 como una novela filosófica. Es también una advertencia profética. La destrucción de libros no cesa y ha sido una constante a lo largo de la historia, especialmente cuando la barbarie pugna por ocupar el trono decadente de una civilización que se derrumba. Recordemos la gran biblioteca de Alejandría que conservaba los tesoros de la civilización antigua. Tras distintos accidentes fue saqueada por los árabes. También los cristianos se han entregado a esta práctica salvaje. El Indéx librorum prohibitorum fue un incinerador de libros virtual. Y los nazis -es bien sabido- incurrieron también en un bibliocausto.

Según las estimaciones más optimistas, el setenta y cinco por ciento de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió. Tenemos los nombres de centenares de historiadores griegos, pero apenas poseemos las obras de tres de ellos del periodo clásico y algunas más pertenecientes a tiempos posteriores. Sólo conservamos siete de las noventa obras que escribió Esquilo. De las ciento veinte piezas dramáticas que se atribuyen a Sófocles sólo nos han llegado enteras siete tragedias y parte de un drama satírico (Los rastreadores). Eurípides, el tercero de los grandes trágicos griegos, debió de escribir cerca de noventa obras; de las cuales sólo nos han llegado dieciocho enteras. De los grandes sofistas conservamos bien poco; de filósofos de la talla de Epicuro o del primer estoicismo, casi nada…

Tiemblo pensando qué harían con nuestras bibliotecas –en papel o digitales- los salvajes que han hecho todo lo posible por acabar con los restos arqueológicos de aquella bella ciudad de la civilización helenística (madre del cristianismo) que fue Palmira. Fue precisamente cerca de Alepo, la ciudad que sufre hoy terribles bombardeos y toda la miseria de la guerra, donde los arqueólogos encontraron los primeros diccionarios bilingües escritos hacia el 2500 a. C.

Desde hace 55 siglos se escriben libros, ya nacieran en Egipto o en Mesopotamia como tablillas de arcilla, y luego rollos de papiro, piedras grabadas, placas de plomo, tomos de papel, archivos electrónicos de texto... Y desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes por distintos y desconocidos motivos. El inicio de la civilización, de la escritura y de los libros, es también el comienzo de las primeras destrucciones de libros. Lo cierto es que los libros no son destruidos como objetos físicos sino como vínculos de la memoria. Los biblioclastas son memoricidas, dogmáticos que se aferran a una concepción del mundo uniforme, irrefutable, acrítica, atemporal, simple y expresada como actualidad no corruptible. Destruyen en nombre de lo sagrado, a veces de un único libro sagrado.

Es un error atribuir las destrucciones siempre a la ignorancia fanática. Sin embargo -escribe Fernándo Báez[1]- cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión de mitos apocalípticos. Limpiar la memoria, purificarla con fuego es condición de un nuevo renacer. Descartes –tan seguro de su método- pidió una vez a sus lectores quemar los libros antiguos. El jovial David Hume no vaciló en exigir la supresión de todos los libros de metafísica. Lo futuristas en 1910 publicaron un manifiesto en que pedían acabar con todas las bibliotecas. Nabokov quemó un Quijote en el Memorial Hall ante más de seiscientos alumnos, y Martín Heidegger sacó de su biblioteca los libros de Edmund Husserl para que sus estudiantes de filosofía los quemaran en 1933. De los libros desaparecidos, se calcula que sólo un 40% se perdieron por causas naturales, el 60% restante ardió por voluntad humana.

El cuento de Bradbury Fénix brillante contiene en esencia la idea de su gran novela, y resulta memorable, aunque sólo sea por la frase que pronuncia el jefe de los bomberos libricidas:

 “¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente como ahora quemo libros?”

 Ya lo dejó escrito antes Heinrich Heine: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres” (Almansor, 1821).

El narrador es el bibliotecario que frente a la actitud fanática e iracunda del bombero censor muestra una serena voluntad estoica, la del que tiene un plan B para salvar la cultura. Así describe –como un Borges- su mundo ilustrado:

“Siempre había considerado mi biblioteca como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas… He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad”

Me resulta interesante añadir a esta breve reseña los autores cuyos nombres cita Bradbury en su cuento de 1947, tal vez como homenaje a la importancia que pudieron tener en su temprana formación estética: Demóstenes, Ismael, Keats, Platón, Einstein, Shakespeare, Lincoln, Poe, Freud, Isaías, Sócrates (que, como Jesús, no escribió nada).

 


[1] Historia universal de la destrucción de libros, Destino, Barcelona 2004.

HOMBRE MENGUANTE

HOMBRE MENGUANTE

Alegorías de Richard Matheson

En 1954 apareció su ya clásica novela Soy leyenda, una original historia en la que el mundo sufre una pandemia de vampirismo y un solo hombre debe enfrentarse a ella. Al final, una vampira mutante ejerce también de vampiresa y engaña al protagonista Robert Neville, que sucumbe víctima de una nueva raza vampírica que dominará la tierra.

Al final de la novela Neville se sentirá ya como un monstruo, como un normal, rodeado como está por todos sitios por esta especie nueva especie dominante. Antes de ser sacrificado, al protagonista le quedará al menos el consuelo de quedar en la memoria histórica de los vampiros como el último hombre, ¡será leyenda!, de ahí el título original I Am Legend[1]. La obra no deja de animar al lector con su suspense, y de sorprenderlo con giros imprevistos del argumento.

Las escenas del protagonista tratando de combatir su soledad haciéndose con la confianza de un perro resultan entrañables.

Por un lado, es interesante el esfuerzo del protagonista por racionalizar lo que está sucediendo. Consigue un microscopio y descubre la raíz vírica de la pandemia vampírica. Intenta explicarse la invisibilidad subjetiva de los vampiros en los espejos, su asco al ajo o su temor a las cruces.

“¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?”.

Un vampiro judío se mostraría indiferente ante la cruz (tal es el caso de la vampiresa que seduce y engaña al protagonista) y reaccionaría negativamente ante el sello de Salomón, la estrella de David o el candelabro de siete brazos.

Y de otro lado, resulta también interesante cómo el autor consigue hacer verosímil lo increíble, el mismo protagonista reflexiona sobre su experiencia sorprendiéndose de lo fácil que nuestro siquismo hace ordinario lo extraordinario, por habituación. Y tal vez sea este el caso de nuestra realidad cotidiana, que sólo maravilla a las mentalidades filosóficas y científicas, pero cuyos milagros, empezando por la gravedad, dejan del todo indiferente al común de los mortales. Incluso “un horror acumulado termina por convertirse en costumbre”.

Al parecer, Soy leyenda no ha suscitado importantes versiones cinematográficas, sino más bien chapuceras, aunque tal vez merezca una buena.

 ***

 En el relato Desde lugares sombríos, Matheson se centra en el caso de un neoyorquino joven que sufre alucinaciones terribles tras haber sido maldecido y hechizado por un brujo zulú cuando viajaba con su mujer por África.

El autor pinta la excitante escena de una afroamericana, la doctora Lurice Howell, inteligente profesora de antropología, culta y civilizada, ejerciendo de bruja ngombo y practicando semidesnuda un complejo ritual de magia ju-ju. Con la inestimable ayuda de un afrodisíaco, entra tras el frenesí de una danza zulú en un éxtasis báquico de celo salvaje.

El punto de vista racional del narrador -padre de la mujer y de Peter y suegro por tanto de la víctima del hechizo- da verosimilitud al cuento. Las magníficas descripciones de Matheson otorgan un enorme poder sugestivo a las creencias exóticas y un notable interés erótico a toda la escena. Allí Lurice aparece como una diosa pagana que redime de sus obsesiones al marido de una amiga neoyorkina mediante un rito ancestral.

 Acero es un relato bastante patético. Dos pobres diablos intentan salir adelante haciendo combatir a un robot anticuado. Este falla más que una escopeta de corchos, se les estropea antes del combate, y uno de los socios se hace pasar por máquina para sufrir casi hasta la muerte contra un modelo mecánico más evolucionado.

La misma idea de disfrazarse de máquina para sobrevivir resulta metafísicamente tan sugerente como éticamente repulsiva. Y sin embargo, en nuestra tecno-civilización, ser un “maquinón” o actuar como un “maquinón” empieza a ser considerado como algo moralmente bueno.

 En Nacido de hombre y de mujer, Matheson asume la perspectiva de un monstruo infantil, al que sus progenitores mantienen encadenado y que acaba concibiendo vengarse de los mismos:

 “Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para debajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo…”.

 En 1957 Richard Matheson adaptó para el cine su novela El hombre menguante, de la que resultó una película de culto: El increíble hombre menguante. Aún recuerdo la viva impresión que me causó en mi más tierna infancia.

Todos estos relatos del maestro de la ciencia ficción y la literatura fantástica pueden desde luego interpretarse como advertencias respecto a la pérdida de valor de la condición humana. Las filosofías postmodernas no han hecho -en algunos y famosos casos- sino dotar de aparente justificación al antihumanismo, al desprecio por el sujeto personal. Hombres menguados.

 

 



[1] He leído la traducción de Jaime Bellavista para Minotauro, Buenos Aires, 1971.

ORINAL FLORIDO

ORINAL FLORIDO

‘Quae nocent docent’

 

“El lado oscuro de la tierra” es el título de una colección de cuentos de Alfred Bester, periodista y escritor fallecido en 1987. Este neoyorquino obtuvo el primer premio Hugo en 1953 por El Hombre demolido. La novela La estrellas, mi destino, publicada a continuación, está considerada uno de los hitos de la ciencia ficción.

The Dark Side of the Earth (1964) recopila una serie de relatos que pienso destripar a continuación. Así que el lector que desee leerlos y tenga tiempo para ello, haría bien en abandonar aquí la lectura de este post. Al que ya los leyó puede serle grato rememorar su argumento o comparar su memoria con la mía.

En El tiempo es el traidor se cuenta la historia de un tipo John Strapp, que se ha hecho megarrico y superpoderoso cobrando una millonada con su capacidad para tomar decisiones acertadas en un ochenta y siete por ciento en un mundo de dimensiones galácticas y sumamente complejo. Tiene una doble personalidad –como Jekyll y Hyde- a causa del trauma de haber perdido tempranamente a su novia. Un amigo consigue resucitarla, pero entonces ella, tan joven como cuando fue asesinada, no le reconoce porque Strapp ha envejecido, de ahí la traición del tiempo.

En realidad, como en otros relatos de Bester, el argumento es un pretexto para construir a grandes brochazos un mundo delirante, repleto de humor negro y personajes estrafalarios que más parecen esperpénticas marionetas que verdaderas criaturas de carne y hueso.

En Los hombres que asesinaron a Mahoma, Bester también refiere a una de sus obsesiones: el tiempo. En este relato, quienes intentan cambiar el presente viajando al pasado no lo consiguen, pues el tiempo de cada vida resulta ser como un largo y exclusivo espagueti, que hunde su raíz en el pasado. Cada cual tiene una línea de tiempo personal, subjetiva, privada. No hay ningún continuum universal, por lo que nadie puede viajar en el tiempo de otro y modificarlo. El pasado es como la memoria; si lo borramos, simplemente dejamos de existir. O pasamos a ser fantasmas, sombras.

En Fuera de este mundo, Bester juega con la paradoja de una equivocación telefónica que resulta ser una llamada desde otra dimensión temporal. Son graciosas sus alusiones a la infidelidad masculina. El protagonista intenta con éxito ligar con la persona que ha marcado su número por error, hasta que acaba comprobando que se trata de una interferencia de otro tiempo.

El Hombre Pi es un Compensador, padece empatía con la estabilidad o inestabilidad del cosmos, de modo que sus actos, bondadosos o malvados, compensan automáticamente los desajustes entre el bien y el mal. Es otro de los temas recurrentes de Bester, lo paranormal y parapsicológico. Hemos sacado de este cuento el lema que adorna la entrada: “Lo que duele enseña”.

El orinal florido juega con el extraordinario valor que cobran los objetos domésticos más vulgares, una tostadora, un orinal, un ventilador del siglo XX... como tesoros arqueológicos en un mundo futuro, postapocalíptico y organizado como un espectáculo de Hollywood, un mundo completamente kitsch, en el que todo el mundo se llama como las grandes figuras del cine de los sesenta del siglo pasado, recreando en sus vidas postizas los ambientes de los films más famosos. Resulta muy original esta especie de revalorización de la realidad (o virtualidad) del XX, respecto a la cual la futuriza que se plantea sería una copia de la copia, una representación de la representación, particularmente ridícula y amanerada.

¿Quiere usted esperar? Es un kafkiano relato sobre la imposibilidad de suscribir un pacto con el Diablo en un mundo en el que este ha dejado de ser una celebridad y no es más que el ejecutivo superior, y casi inasequible, de una gran empresa multinacional. Uno acaba sintiendo ternura por el protagonista, tan desesperado que está dispuesto a vender su alma por un poco de felicidad terrenal, pero que se estrella contra un muro de papel y triquiñuelas leguleyas que lo único que buscan es estafarle y que entregue su alma a cambio de nada.

Su vida ya no es como antes: es una divertida e inocente historia con final feliz entre el último hombre y la última mujer en un Nueva York que se desmorona. Al final, dos enormes cabezas de mantis asoman sus temibles fauces por entre los escombros.

 

El amor loco

El amor loco

“No niego que el amor no ande en discusiones con la vida. Digo que debe vencer y por eso debe elevarse a tal consciencia poética de sí mismo, que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria”

André Breton. El amor loco, VII

 El centro asociado “Andrés de Vandelvira” de la UNED (Úbeda-Jaén) ha publicado mi traducción de L’amour fou de André Breton (1937) como homenaje póstumo al profesor Luis María Diosdado, que puso exquisito y tenaz cuidado en corregírmela.

La obra, publicada en 1937, pertenece a un género inclasificable, pues mezcla sin solución de continuidad autobiografía, poesía, estética, crítica, crónica histórica, epistemología, psicoanálisis, filosofía, mántica…, y concluye con una emocionada epístola que Breton destina al porvenir de su hija Alba.

Después del ateísmo filantrópico del XIX, asumiéndolo, y en medio del nihilismo materialista e inhumano del XX, con el que discute, el gran líder del surrealismo hizo un meritorio esfuerzo por devolver al mundo su encanto, entre dos guerras mundiales, buceando en los misterios psicofísicos del deseo, en los anhelos del cuerpo pero también en las infinitas aspiraciones del espíritu; nadando desnudo en la belleza convulsa de la naturaleza, en las frías aristas del cristal o en el secreto escondido en los capullos de la vida, en el corazón de las plantas, y recogidos y expresados también en las vanguardias del arte.

Comienza proponiendo un concepto convulsivo de belleza: erótica-velada, estallante-fija, mágica-circunstancial. Breton busca una síntesis entre la mística romántica del amor y su negación. Defiende el amor personal, monógamo, refutando a quienes en nombre del marxismo, tergiversándolo, proponen su asilvestramiento.

A fines de los años veinte, los jóvenes de París aplaudían su intención de enriquecer la sensibilidad y el conocimiento con una nueva poética que tenía mucho de liturgia esotérica. Y en mitad de los dos nuevos monstruos que crecían a diestro y siniestro, fascismo y comunismo, Breton mantuvo una actitud irreductible, reconociendo no obstante la necesidad de reformas sociales y solidarizándose sobre todo con la defensa de la libertad.

En L’amour fou he encontrado una firme reivindicación de la imaginación al lado de una capacidad para el análisis racional en la línea de la mejor tradición cartesiana. La imaginación es el sentido de lo maravilloso que no sólo está en el origen de la poesía, sino también en la raíz misma de toda filosofía y toda ciencia. Frente a la sordidez del realismo, el surrealismo supuso una estética alternativa, capaz de sublimar y hallar belleza en nombre del poder incontestable y misterioso del deseo.

En la obra se escruta el sentido de los hallazgos aparentemente fortuitos, de objetos que cobran un sentido especial para el artista, o se explora el valor de los encuentros cruciales, tras esas esperas iluminadas por "la canción de centinela" del poeta: esos trueques misteriosos entre lo corporal y lo mental, lo físico y lo metafísico, el azar y la necesidad.

Alude a lo que revela la emoción, ya que la emoción especial de cada encuentro significativo nos informa –según Breton- de un aspecto esencial de nuestra existencia. En este sentido, en el corazón de la obra nos describe su encuentro con Jacqueline Lamba que tuvo lugar el 29 de mayo de 1934. De esa felicísima unión nacería Alba a finales de 1935, a la que dedica la conmovedora carta del último capítulo del libro.

Para el lector español la obra tiene un valor añadido, al incluir el viaje que realizó con su amor a Tenerife, la extraordinaria descripción de su paisaje y su extraña y exótica vegetación, que representa para el poeta un paradigma de lo que busca como belleza.

También hay lugar para "el mal rollo" conyugal, que en el capítulo VI Breton asocia a las “malas vibraciones” que contagian a los amantes, como las inquietantes sombras de un delirio criminal que subsisten en un fuerte, un viejo caserón y una playa inhóspita, a causa de un antiguo uxoricidio, cuyos motivos psicológicos y detalles el autor nos despeja.

Los amantes del arte descubrirán en las páginas de El amor loco la gestación de una obra muy celebrada de Giacometti, y agudas alusiones a Lautréamont, Valéry, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé…, a la pintura de Gustav Moreau, Picasso, Arp, Dalí…, o a las ocurrencias de Max Ernst. El librillo está ilustrado con fotografías de Man Ray o Bassaï, escogidas por el propio autor.

Obra sugerente, valiente, alucinante, compleja y singular, cuya portada ilustra un enigmático cuadro de René Magritte, Le Domaine enchanté, como símbolo del eterno femenino, esa diosa ideal y amada sobrenatural que constituye el norte del artista, que lo espera todo del amor.

Acompaño esta edición de El amor loco (Úbeda, 2016) de seis breves comentarios que aspiran a situar la obra en su contexto, aclarando y profundizando su contenido, del cual señalo como principal esta llamada enérgica a la espera del amor:

“Los hombres desesperan estúpidamente del amor –también yo he desesperado-, viven esclavizados por esta idea de que el amor está siempre detrás de ellos, nunca delante: en los siglos pasados, en la mentira olvidada a los veinte años. Aceptan y sobretodo se resignan a admitir que el amor no sea para ellos, con su cortejo de claridades, esa mirada sobre el mundo que está hecha con todos los ojos de los adivinos. Cojean con recuerdos falaces en los que llegan a prestar oídos al origen de una caída inmemorial, para no sentirse demasiado culpables. Sin embargo, para cada uno la promesa de cualquier hora futura contiene todo el secreto de la vida, con el poderío de revelarse un día ocasionalmente en cualquier otro ser” (El amor loco, IV).

Héroes, bestias y mártires de España

Héroes, bestias y mártires de España

A sangre y fuego, Libros del Asteroide, Barcelona 2013.

De los relatos de Manuel Chaves Nogales no se puede decir que sean fantásticos. Más bien sorprende la trepidante crudeza de su realismo, al que no falta emoción contenida, sobrio lirismo e incluso moraleja filosófica. Se nota en ellos el genio del periodista neutral, adicto a la descripción objetiva de los hechos, del periodista que no se casa con nadie y mantiene sus distancias frente a todos, muy particularmente frente a fanáticos y bandidos, esos que disfrazan sus vicios con el trapo del amor a la patria o el pretexto de una ideología totalitaria.

Su marco es la guerra civil española, la que intentó parar y de la que huyó para que no le fusilaran por tibio, o para no tener que matar en nombre de uno de sus -ismos. Si la primera víctima de toda guerra es la verdad, la segunda es la libertad. A sangre y fuego debió ser compuesto, según nos cuenta la introductora María Isabel Cintas, en la celeridad de su partida al exilio y se publicó por primera vez en una editorial chilena, en 1937. Uso para esta entrada parte de su subtítulo: Héroes, Bestias y Mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. La edición que yo manejo añade dos más de estos extraordinarios relatos, bien fundados en lo que sin duda sucedió.

La perspectiva de un intelectual liberal como Chaves Nogales resulta tan refrescante como insólita. Vio clara el lamentable y absurdo horror de una guerra que no ganaría ninguno de los bandos y perdería sobre todo la población civil, porque España, a la postre, no sería nunca ni comunista ni fascista. Vio claro el miedo a la libertad de ambos bandos cainitas.

En el prólogo se define a sí mismo como antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pues se negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sólo reconocía un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”…

“Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”

Lamenta, en fin, esa “terrible e ininteligible selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores”. Y prevé lo que sucedería aquí una vez que las grandes potencias hubieran dirimido sus diferencias a bombardeo y cañonazo, a golpes en cara ajena:

“Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo…, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra”.

Por sus páginas, además de héroes y bestias de todos los colores y extracciones sociales, pasean personajes históricos como Malraux o Durruti. Y la diversidad de la grey hispana, donde no falta la alusión a  señoritos rojos y a obreros católicos partidarios del orden nacional. No falta el humor, atroz humor negro, en alguno de estos vibrantes relatos, como en el titulado “Los guerreros marroquíes”. Uno de esos feroces africanos, vanguardia de las tropas de Franco, de avanzadilla por el monte, se pierde y es capturado por una patrulla de cabreros milicianos. Malherido lo conducen al pueblo serrano, donde forman espectáculo.

El moro, para salvar su vida, cierra la mano que antes levantaba extendida y grita sin cesar “¡Moro estar rojo, no matar, moro estar rojo!”. En el pueblo serrano le miran como a una alimaña más rara aún que la cabra hispánica. Van a hacerle una foto y le ponen contra una tapia, y él, que no ha visto jamás una cámara de fotos, cree que van a matarle. Pero no. Reunido el comité revolucionario, someten al moro a un interrogatorio del que no sacan nada en claro. Luego de lo cual se entabla un largo debate sobre qué debe hacerse con el prisionero. Los delegados republicanos son partidarios de que sea conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creen que lo lógico es dejarlo en completa libertad, para que se redima de su pasada servidumbre como digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas piensan que hay que curarle primero y luego inscribirle en las milicias para que luche contra los rebeldes, eso sí, debidamente vigilado. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos aglomerados en la plaza exige unánimemente que se le entrege el prisionero para darse la satisfacción de matarlo. “Era lo menos que se podía pedir”.

Mientras tanto, en la casa de socorro operan y curan al moro, el médico de campaña y las enfermeras solícitas ponen en ello un loable celo humanitario que hace sonreír de gratitud al guerrero africano. Así que ya no siente ningún recelo cuando le colocan delante de la tapia. Sonríe ingenuamente a los milicianos. Imagina que van a retratarle otra vez. No tiene tiempo de maravillarse cuando éstos se echan los fusiles a la cara y le acribillan.

Y concluye Manuel Chaves Nogales: “A estas horas, el alma en pena del moro Mohamed debe de andar vagando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntarle: ‘¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?’”.

Lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y del genio español en estos relatos terribles, si conmovedores y desolados a veces, otras heroicos.

Cuando Herodes la tierra

Cuando Herodes la tierra

Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.