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TRAICIÓN AL HOMBRE

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El problema de los tres cuerpos

En junio de 2017 Liu Cixin cumplirá cincuenta y cuatro años. Este ingeniero chino ha llegado a ser famoso y cosmopolita escritor de ciencia ficción. Sin embargo, su novela El problema de los tres cuerpospromete al principio más que da. Seguramente sabe a poco porque es la primera parte de una trilogía y deja así con ganas de más, como la serie Rama del gran Arthur C. Clarke.

Buen armazón técnico sobre el que se especula y fantasea, literatura amena, sencilla, algún simil original (“brillando como el mercurio contra las plumas de un cisne negro”), algún momento poético (“en el profundo silencio de la medianoche, el universo se revelaba a quien estuviera escuchando como una vasta desolación”), sentimientos que se ocultan, apenas se comunican, salvo la pasión política destructiva de la que parte el relato en plena Revolución Cultural (1966-1976), o mejor será decir anticultural, cuando la Joven Guardia Roja, fanatizada por Mao, declaraba capitalistas y reaccionarias las tesis de Einstein y torturaba o ejecutaba a científicos e intelectuales acusándoles de traidores al pueblo… Aquellos años en que la politización de todo resultaba tan grotesca que se llegó a proponer marchar en formación girando sólo a la izquierda, o que las luces de los semáforos se invirtiera de forma que no fuera el verde, sino el rojo de la Revolución el que permitiera seguir avanzando, años aquellos en que se podía acabar en prisión por cambiarle el marco al retrato del “Gran Timonel”.

La novela plantea, y no precisamente con optimismo, las consecuencias de un probable contacto con otra inteligencia extraterrestre dentro de un clima de antihumanismo, de desconfianza total ante las posibilidades creativas de la raza humana. La protagonista inicial de la novela ha sufrido la injusticia que se cometió contra su padre y contra ella misma durante la mal llamada "Gran Revolución Cultural Proletaria", y llega a la conclusión de que la humanidad es tan insoportablemente malvada que le vendría bien ser invadida, reformada, colonizada, domesticada o destruida por una inteligencia superior y forastera.

“La posibilidad de que el ser humano llegara a alcanzar por sí mismo un auténtico despertar ético resultaba así tan ridícula como imaginar que uno podía despegar los pies de la tierra a base de tirarse del pelo. Necesitaba la ayuda de una fuerza externa”.

Clara alusión a la proeza ética del barón de Munchausen. ¡Pero ese es precisamente el milagro de la libertad, el prodigio de la buena voluntad! A mí no deja de sorprenderme que este antihumanismo (o transhumanismo) que considera al ser humano una maldición para el resto de especies del planeta se haya vuelto un clima tan frecuente y universal que haga verosímil que en la novela de Cixin (Liu es apellido) crezca tanto el movimiento de traidores a la humanidad, aunque estos se dividan en extremosos adventistas que buscan el fin de la humanidad propiamente dicha, el apocalipsis, y en redencionistas, partidarios de una nueva religión que rinde culto a los alienígenas sobre los que fantasean. Ahora, a diferencia de tantas otras religiones humanas, quien se hallaba en crisis era su Señor, y la salvación era una responsabilidad que recaía en el creyente. De entre los redencionistas, los supervivencialistas aún confían en la salvación de sus descendientes, colaborando o comprando su libertad en la invasión del planeta por otra especie a la que consideran éticamente superior. 

Al final, los trisolarianos (habitantes de un sistema estelar próximo pero en el que las condiciones de vida son dificilísimas a causa de la caótica temporalidad impuesta por tres soles, el "problema de los tres cuerpos") no resultan menos depredadores o esquilmadores que los humanos. Malignos, los trisolarianos introducen equívocos y “milagros” en los aceleradores de partículas terráqueos para que nuestros científicos desconfíen de las leyes de la física, se desesperen, se suiciden...

Así, cuando los miembros de Fronteras de la Ciencia discuten sobre física, usan la abreviatura “SF” no en el sentido de Ciencia Ficción, sino en el sentido de dos figuras o símbolos que acaban conformando una sombría cosmología. La figura del “Shooter” (arquero) y la del “Farmer” (granjero). Nombre de dos hipótesis sobre la naturaleza fundamental de las leyes del universo.

En la hipótesis del arquero, este, por gusto o por razones que no conocemos, dispara a un blanco de modo que cada agujero creado en el mismo se aleja diez centímetros del anterior. Suponiendo que en la superficie del blanco haya vida inteligente bidimensional, sus científicos, tras observar su mundo, descubren una gran ley: “En el universo hay una agujero cada diez centímetros”, confunden así el capricho del arquero (o sus desconocidos motivos) con la realidad.

La hipótesis del granjero es más cruel. Cada mañana el granjero cósmico da de comer a sus pavos. Un pavo científico lleva un año observando el fenómeno y llega a la conclusión de que es una ley del mundo físico que “cada mañana, a las once, llega la comida”. La mañana del día de Acción de Gracias (el granjero es usamericano), el pavo científico anuncia su descubrimiento a los demás pavos, pero por desgracia ese día, a las once, en lugar de la comida aparece el granjero armado con un cuchillo y les corta el cuello a todos.

La fe en la tecnociencia parece el último “clavo ardiendo” de la esperanza humanista, una llave dudosa para abrir la puerta de nuestro futuro, pues sus efectos ecológicos perversos en el planeta Tierra parecen contradecir el candor con que la abrazan ingenieros, científicos y consumidores en general. ¿Mejoran los países ricos gracias a la tecnología? Lo que hacen es protegen su entorno a fuerza de trasladar a las zonas pobres sus industrias contaminantes y sus desechos. La desconfianza en el progreso alienta a quienes están dispuestos a facilitar la invasión de los trisolarianos adoptando un “comunismo panespecie” dispuesto a eliminar al hombre para salvar al oso panda, la ballena o a una rara golondrina.

Los personajes de la novela de Cixin son casi todos científicos, pero el verdadero “sabio” no es un teórico cosmólogo ni un experto en astrofísica o en mecánica de micropartículas, sino un policía fumador, borrachín, malencarado y grosero, con escasa formación teórica, pero con un sentido de la observación envidiable y una capacidad extraordinaria para hallar soluciones prácticas, aplicando un principio simple: “Cuando algo es muy raro, es que hay gato encerrado”, o sea, que detrás de aquello que parece no tener explicación, siempre se esconde la mano de alguien. Este principio se puede generalizar a favor de una hipótesis deísta acerca del sentido del universo.

En la novela aparecen personajes que creen que el progreso tecnológico es una enfermedad de la sociedad; más que un beneficio, es un cáncer que acabará con la vida, a menos que sustituyamos las tecnologías “drásticas” del átomo o la quema de combustibles fósiles por otras más “suaves” como la energía solar y la hidroeléctrica, y siempre a pequeña escala. Este mismo ecologismo aboga por la desurbanización gradual de las metrópolis, redistribuyendo a la población de esos desmesurados centros deshumanizados en pueblos y ciudades autosuficientes, basados en una economía principalmente agrícola.

Cixin plantea otras cuestiones capitales. Por ejemplo: ¿la ignorancia de la humanidad supone una ventaja o un obstáculo evolutivo? Una vez desvelados los misterios del universo, ¿encontrará la humanidad motivos para seguir existiendo? El caso es que personas corrientes como Da Shi (el policía borde al que antes nos hemos referido), absorbidas por sus rutinas, aguantan mejor la angustia ante lo desconocido que los intelectuales o científicos eminentes. Seguramente porque poseen una fortaleza que el conocimiento no proporciona. La gente vulgar, ajena a la ciencia y a la nueva filosofía antihumanista se siente tan instintivamente identificada con su especie que para ellos es impensable traicionar a la raza humana en su conjunto.

“Las élites intelectuales, en cambio, eran distintas, y muchos de sus integrantes habían empezado a concebir el mundo desde una perspectiva alejada del hombre. La humanidad había terminado alumbrando una gran fuerza que, aun habiendo nacido en su mismo seno, abanderaba la desafección hacia sí misma”.

En la atmósfera antiintelectualista de la novela palpita siempre como un ambiente la soledad de la inteligencia y el silencio implacable del universo, su inmensidad insondable y la pequeñez de la Tierra y de las formas de vida que la habitan como insectos.

En nuestra época parecemos andar como Ye, la astrofísica protagonista de la novela, saltando de una consideración vitalista en la que cualquier fenómeno existencial aparece digno y emocionante, a un antihumanismo en que nuestra historia se muestra entera como desvarío o patología cancerosa, una aventura humana que, equivocada o no, resulta insignificante desde una perspectiva galáctica, y con un destino que ni siquiera vale la pena, o que ni siquiera vale más que su aniquilación por una raza extraterrestre.

A través de un juego de ordenador, el autor levanta un escenario surrealista en que un Einstein redivivo toca el violín como un mendigo al pie de una inmensa pirámide y maldice la creación contando que “Dios es un jugador sinvergüenza, ¡y nos ha abandonado!”. El juego toma prestada la historia de la humanidad y algunas de sus más emblemáticas figuras, como transfondo sobre el cual desplegar una narrativa del desarrollo heroico de Trisolaris, el planeta de los extraterrestres cuyo propósito a largo plazo será mudarse a la Tierra desplazando o esclavizando a los humanos...

(Continuará)

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06/01/2017 11:25 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

CUANDO ARDEN LOS LIBROS

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En 1947, Ray Bradbury era un desconocido. Escribió un relato que fue rechazado por varias revistas. Su título, Bright Phoenix (Fénix brillante). Tuvo que esperar a 1963 para que apareciese en un número de Fantasy & Science Fiction que le estuvo dedicado.

Fénix brillante es el germen de una extraordinaria novela de 1953, que dará pie a una excelente película de François Truffaut estrenada en 1966 y protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie (en el papel de una Clarisse de la que me enamoré sin remisión) y Cyril Cusack. El título de la novela de Bradbury, Fahrenheit 451, alude a la temperatura a que arden los libros.

Y de eso va la historia. Una distopía futura en la que los bomberos se dedican a quemar libros porque, según el totalitario gobierno, leer impide ser felices a los ciudadanos ya que les llena de angustia, pues al leer los hombres se muestran disconformes con sus rutinas y cuestionan su realidad.

La resistencia está formada por los hombres-libro, que viven apartados y conservan en su memoria las grandes obras maestras de la literatura universal. Algunos críticos consideran Fahrenheit 451 como una novela filosófica. Es también una advertencia profética. La destrucción de libros no cesa y ha sido una constante a lo largo de la historia, especialmente cuando la barbarie pugna por ocupar el trono decadente de una civilización que se derrumba. Recordemos la gran biblioteca de Alejandría que conservaba los tesoros de la civilización antigua. Tras distintos accidentes fue saqueada por los árabes. También los cristianos se han entregado a esta práctica salvaje. El Indéx librorum prohibitorum fue un incinerador de libros virtual. Y los nazis -es bien sabido- incurrieron también en un bibliocausto.

Según las estimaciones más optimistas, el setenta y cinco por ciento de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió. Tenemos los nombres de centenares de historiadores griegos, pero apenas poseemos las obras de tres de ellos del periodo clásico y algunas más pertenecientes a tiempos posteriores. Sólo conservamos siete de las noventa obras que escribió Esquilo. De las ciento veinte piezas dramáticas que se atribuyen a Sófocles sólo nos han llegado enteras siete tragedias y parte de un drama satírico (Los rastreadores). Eurípides, el tercero de los grandes trágicos griegos, debió de escribir cerca de noventa obras; de las cuales sólo nos han llegado dieciocho enteras. De los grandes sofistas conservamos bien poco; de filósofos de la talla de Epicuro o del primer estoicismo, casi nada…

Tiemblo pensando qué harían con nuestras bibliotecas –en papel o digitales- los salvajes que han hecho todo lo posible por acabar con los restos arqueológicos de aquella bella ciudad de la civilización helenística (madre del cristianismo) que fue Palmira. Fue precisamente cerca de Alepo, la ciudad que sufre hoy terribles bombardeos y toda la miseria de la guerra, donde los arqueólogos encontraron los primeros diccionarios bilingües escritos hacia el 2500 a. C.

Desde hace 55 siglos se escriben libros, ya nacieran en Egipto o en Mesopotamia como tablillas de arcilla, y luego rollos de papiro, piedras grabadas, placas de plomo, tomos de papel, archivos electrónicos de texto... Y desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes por distintos y desconocidos motivos. El inicio de la civilización, de la escritura y de los libros, es también el comienzo de las primeras destrucciones de libros. Lo cierto es que los libros no son destruidos como objetos físicos sino como vínculos de la memoria. Los biblioclastas son memoricidas, dogmáticos que se aferran a una concepción del mundo uniforme, irrefutable, acrítica, atemporal, simple y expresada como actualidad no corruptible. Destruyen en nombre de lo sagrado, a veces de un único libro sagrado.

Es un error atribuir las destrucciones siempre a la ignorancia fanática. Sin embargo -escribe Fernándo Báez[1]- cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión de mitos apocalípticos. Limpiar la memoria, purificarla con fuego es condición de un nuevo renacer. Descartes –tan seguro de su método- pidió una vez a sus lectores quemar los libros antiguos. El jovial David Hume no vaciló en exigir la supresión de todos los libros de metafísica. Lo futuristas en 1910 publicaron un manifiesto en que pedían acabar con todas las bibliotecas. Nabokov quemó un Quijote en el Memorial Hall ante más de seiscientos alumnos, y Martín Heidegger sacó de su biblioteca los libros de Edmund Husserl para que sus estudiantes de filosofía los quemaran en 1933. De los libros desaparecidos, se calcula que sólo un 40% se perdieron por causas naturales, el 60% restante ardió por voluntad humana.

El cuento de Bradbury Fénix brillante contiene en esencia la idea de su gran novela, y resulta memorable, aunque sólo sea por la frase que pronuncia el jefe de los bomberos libricidas:

 “¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente como ahora quemo libros?”

 Ya lo dejó escrito antes Heinrich Heine: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres” (Almansor, 1821).

El narrador es el bibliotecario que frente a la actitud fanática e iracunda del bombero censor muestra una serena voluntad estoica, la del que tiene un plan B para salvar la cultura. Así describe –como un Borges- su mundo ilustrado:

“Siempre había considerado mi biblioteca como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas… He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad”

Me resulta interesante añadir a esta breve reseña los autores cuyos nombres cita Bradbury en su cuento de 1947, tal vez como homenaje a la importancia que pudieron tener en su temprana formación estética: Demóstenes, Ismael, Keats, Platón, Einstein, Shakespeare, Lincoln, Poe, Freud, Isaías, Sócrates (que, como Jesús, no escribió nada).

 


[1] Historia universal de la destrucción de libros, Destino, Barcelona 2004.

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19/09/2016 20:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.


HOMBRE MENGUANTE

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Alegorías de Richard Matheson

En 1954 apareció su ya clásica novela Soy leyenda, una original historia en la que el mundo sufre una pandemia de vampirismo y un solo hombre debe enfrentarse a ella. Al final, una vampira mutante ejerce también de vampiresa y engaña al protagonista Robert Neville, que sucumbe víctima de una nueva raza vampírica que dominará la tierra.

Al final de la novela Neville se sentirá ya como un monstruo, como un normal, rodeado como está por todos sitios por esta especie nueva especie dominante. Antes de ser sacrificado, al protagonista le quedará al menos el consuelo de quedar en la memoria histórica de los vampiros como el último hombre, ¡será leyenda!, de ahí el título original I Am Legend[1]. La obra no deja de animar al lector con su suspense, y de sorprenderlo con giros imprevistos del argumento.

Las escenas del protagonista tratando de combatir su soledad haciéndose con la confianza de un perro resultan entrañables.

Por un lado, es interesante el esfuerzo del protagonista por racionalizar lo que está sucediendo. Consigue un microscopio y descubre la raíz vírica de la pandemia vampírica. Intenta explicarse la invisibilidad subjetiva de los vampiros en los espejos, su asco al ajo o su temor a las cruces.

“¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?”.

Un vampiro judío se mostraría indiferente ante la cruz (tal es el caso de la vampiresa que seduce y engaña al protagonista) y reaccionaría negativamente ante el sello de Salomón, la estrella de David o el candelabro de siete brazos.

Y de otro lado, resulta también interesante cómo el autor consigue hacer verosímil lo increíble, el mismo protagonista reflexiona sobre su experiencia sorprendiéndose de lo fácil que nuestro siquismo hace ordinario lo extraordinario, por habituación. Y tal vez sea este el caso de nuestra realidad cotidiana, que sólo maravilla a las mentalidades filosóficas y científicas, pero cuyos milagros, empezando por la gravedad, dejan del todo indiferente al común de los mortales. Incluso “un horror acumulado termina por convertirse en costumbre”.

Al parecer, Soy leyenda no ha suscitado importantes versiones cinematográficas, sino más bien chapuceras, aunque tal vez merezca una buena.

 ***

 En el relato Desde lugares sombríos, Matheson se centra en el caso de un neoyorquino joven que sufre alucinaciones terribles tras haber sido maldecido y hechizado por un brujo zulú cuando viajaba con su mujer por África.

El autor pinta la excitante escena de una afroamericana, la doctora Lurice Howell, inteligente profesora de antropología, culta y civilizada, ejerciendo de bruja ngombo y practicando semidesnuda un complejo ritual de magia ju-ju. Con la inestimable ayuda de un afrodisíaco, entra tras el frenesí de una danza zulú en un éxtasis báquico de celo salvaje.

El punto de vista racional del narrador -padre de la mujer y de Peter y suegro por tanto de la víctima del hechizo- da verosimilitud al cuento. Las magníficas descripciones de Matheson otorgan un enorme poder sugestivo a las creencias exóticas y un notable interés erótico a toda la escena. Allí Lurice aparece como una diosa pagana que redime de sus obsesiones al marido de una amiga neoyorkina mediante un rito ancestral.

 Acero es un relato bastante patético. Dos pobres diablos intentan salir adelante haciendo combatir a un robot anticuado. Este falla más que una escopeta de corchos, se les estropea antes del combate, y uno de los socios se hace pasar por máquina para sufrir casi hasta la muerte contra un modelo mecánico más evolucionado.

La misma idea de disfrazarse de máquina para sobrevivir resulta metafísicamente tan sugerente como éticamente repulsiva. Y sin embargo, en nuestra tecno-civilización, ser un “maquinón” o actuar como un “maquinón” empieza a ser considerado como algo moralmente bueno.

 En Nacido de hombre y de mujer, Matheson asume la perspectiva de un monstruo infantil, al que sus progenitores mantienen encadenado y que acaba concibiendo vengarse de los mismos:

 “Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para debajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo…”.

 En 1957 Richard Matheson adaptó para el cine su novela El hombre menguante, de la que resultó una película de culto: El increíble hombre menguante. Aún recuerdo la viva impresión que me causó en mi más tierna infancia.

Todos estos relatos del maestro de la ciencia ficción y la literatura fantástica pueden desde luego interpretarse como advertencias respecto a la pérdida de valor de la condición humana. Las filosofías postmodernas no han hecho -en algunos y famosos casos- sino dotar de aparente justificación al antihumanismo, al desprecio por el sujeto personal. Hombres menguados.

 

 



[1] He leído la traducción de Jaime Bellavista para Minotauro, Buenos Aires, 1971.

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17/09/2016 14:26 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

ORINAL FLORIDO

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‘Quae nocent docent’

 

“El lado oscuro de la tierra” es el título de una colección de cuentos de Alfred Bester, periodista y escritor fallecido en 1987. Este neoyorquino obtuvo el primer premio Hugo en 1953 por El Hombre demolido. La novela La estrellas, mi destino, publicada a continuación, está considerada uno de los hitos de la ciencia ficción.

The Dark Side of the Earth (1964) recopila una serie de relatos que pienso destripar a continuación. Así que el lector que desee leerlos y tenga tiempo para ello, haría bien en abandonar aquí la lectura de este post. Al que ya los leyó puede serle grato rememorar su argumento o comparar su memoria con la mía.

En El tiempo es el traidor se cuenta la historia de un tipo John Strapp, que se ha hecho megarrico y superpoderoso cobrando una millonada con su capacidad para tomar decisiones acertadas en un ochenta y siete por ciento en un mundo de dimensiones galácticas y sumamente complejo. Tiene una doble personalidad –como Jekyll y Hyde- a causa del trauma de haber perdido tempranamente a su novia. Un amigo consigue resucitarla, pero entonces ella, tan joven como cuando fue asesinada, no le reconoce porque Strapp ha envejecido, de ahí la traición del tiempo.

En realidad, como en otros relatos de Bester, el argumento es un pretexto para construir a grandes brochazos un mundo delirante, repleto de humor negro y personajes estrafalarios que más parecen esperpénticas marionetas que verdaderas criaturas de carne y hueso.

En Los hombres que asesinaron a Mahoma, Bester también refiere a una de sus obsesiones: el tiempo. En este relato, quienes intentan cambiar el presente viajando al pasado no lo consiguen, pues el tiempo de cada vida resulta ser como un largo y exclusivo espagueti, que hunde su raíz en el pasado. Cada cual tiene una línea de tiempo personal, subjetiva, privada. No hay ningún continuum universal, por lo que nadie puede viajar en el tiempo de otro y modificarlo. El pasado es como la memoria; si lo borramos, simplemente dejamos de existir. O pasamos a ser fantasmas, sombras.

En Fuera de este mundo, Bester juega con la paradoja de una equivocación telefónica que resulta ser una llamada desde otra dimensión temporal. Son graciosas sus alusiones a la infidelidad masculina. El protagonista intenta con éxito ligar con la persona que ha marcado su número por error, hasta que acaba comprobando que se trata de una interferencia de otro tiempo.

El Hombre Pi es un Compensador, padece empatía con la estabilidad o inestabilidad del cosmos, de modo que sus actos, bondadosos o malvados, compensan automáticamente los desajustes entre el bien y el mal. Es otro de los temas recurrentes de Bester, lo paranormal y parapsicológico. Hemos sacado de este cuento el lema que adorna la entrada: “Lo que duele enseña”.

El orinal florido juega con el extraordinario valor que cobran los objetos domésticos más vulgares, una tostadora, un orinal, un ventilador del siglo XX... como tesoros arqueológicos en un mundo futuro, postapocalíptico y organizado como un espectáculo de Hollywood, un mundo completamente kitsch, en el que todo el mundo se llama como las grandes figuras del cine de los sesenta del siglo pasado, recreando en sus vidas postizas los ambientes de los films más famosos. Resulta muy original esta especie de revalorización de la realidad (o virtualidad) del XX, respecto a la cual la futuriza que se plantea sería una copia de la copia, una representación de la representación, particularmente ridícula y amanerada.

¿Quiere usted esperar? Es un kafkiano relato sobre la imposibilidad de suscribir un pacto con el Diablo en un mundo en el que este ha dejado de ser una celebridad y no es más que el ejecutivo superior, y casi inasequible, de una gran empresa multinacional. Uno acaba sintiendo ternura por el protagonista, tan desesperado que está dispuesto a vender su alma por un poco de felicidad terrenal, pero que se estrella contra un muro de papel y triquiñuelas leguleyas que lo único que buscan es estafarle y que entregue su alma a cambio de nada.

Su vida ya no es como antes: es una divertida e inocente historia con final feliz entre el último hombre y la última mujer en un Nueva York que se desmorona. Al final, dos enormes cabezas de mantis asoman sus temibles fauces por entre los escombros.

 

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02/09/2016 13:42 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El amor loco

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“No niego que el amor no ande en discusiones con la vida. Digo que debe vencer y por eso debe elevarse a tal consciencia poética de sí mismo, que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria”

André Breton. El amor loco, VII

 El centro asociado “Andrés de Vandelvira” de la UNED (Úbeda-Jaén) ha publicado mi traducción de L’amour fou de André Breton (1937) como homenaje póstumo al profesor Luis María Diosdado, que puso exquisito y tenaz cuidado en corregírmela.

La obra, publicada en 1937, pertenece a un género inclasificable, pues mezcla sin solución de continuidad autobiografía, poesía, estética, crítica, crónica histórica, epistemología, psicoanálisis, filosofía, mántica…, y concluye con una emocionada epístola que Breton destina al porvenir de su hija Alba.

Después del ateísmo filantrópico del XIX, asumiéndolo, y en medio del nihilismo materialista e inhumano del XX, con el que discute, el gran líder del surrealismo hizo un meritorio esfuerzo por devolver al mundo su encanto, entre dos guerras mundiales, buceando en los misterios psicofísicos del deseo, en los anhelos del cuerpo pero también en las infinitas aspiraciones del espíritu; nadando desnudo en la belleza convulsa de la naturaleza, en las frías aristas del cristal o en el secreto escondido en los capullos de la vida, en el corazón de las plantas, y recogidos y expresados también en las vanguardias del arte.

Comienza proponiendo un concepto convulsivo de belleza: erótica-velada, estallante-fija, mágica-circunstancial. Breton busca una síntesis entre la mística romántica del amor y su negación. Defiende el amor personal, monógamo, refutando a quienes en nombre del marxismo, tergiversándolo, proponen su asilvestramiento.

A fines de los años veinte, los jóvenes de París aplaudían su intención de enriquecer la sensibilidad y el conocimiento con una nueva poética que tenía mucho de liturgia esotérica. Y en mitad de los dos nuevos monstruos que crecían a diestro y siniestro, fascismo y comunismo, Breton mantuvo una actitud irreductible, reconociendo no obstante la necesidad de reformas sociales y solidarizándose sobre todo con la defensa de la libertad.

En L’amour fou he encontrado una firme reivindicación de la imaginación al lado de una capacidad para el análisis racional en la línea de la mejor tradición cartesiana. La imaginación es el sentido de lo maravilloso que no sólo está en el origen de la poesía, sino también en la raíz misma de toda filosofía y toda ciencia. Frente a la sordidez del realismo, el surrealismo supuso una estética alternativa, capaz de sublimar y hallar belleza en nombre del poder incontestable y misterioso del deseo.

En la obra se escruta el sentido de los hallazgos aparentemente fortuitos, de objetos que cobran un sentido especial para el artista, o se explora el valor de los encuentros cruciales, tras esas esperas iluminadas por "la canción de centinela" del poeta: esos trueques misteriosos entre lo corporal y lo mental, lo físico y lo metafísico, el azar y la necesidad.

Alude a lo que revela la emoción, ya que la emoción especial de cada encuentro significativo nos informa –según Breton- de un aspecto esencial de nuestra existencia. En este sentido, en el corazón de la obra nos describe su encuentro con Jacqueline Lamba que tuvo lugar el 29 de mayo de 1934. De esa felicísima unión nacería Alba a finales de 1935, a la que dedica la conmovedora carta del último capítulo del libro.

Para el lector español la obra tiene un valor añadido, al incluir el viaje que realizó con su amor a Tenerife, la extraordinaria descripción de su paisaje y su extraña y exótica vegetación, que representa para el poeta un paradigma de lo que busca como belleza.

También hay lugar para "el mal rollo" conyugal, que en el capítulo VI Breton asocia a las “malas vibraciones” que contagian a los amantes, como las inquietantes sombras de un delirio criminal que subsisten en un fuerte, un viejo caserón y una playa inhóspita, a causa de un antiguo uxoricidio, cuyos motivos psicológicos y detalles el autor nos despeja.

Los amantes del arte descubrirán en las páginas de El amor loco la gestación de una obra muy celebrada de Giacometti, y agudas alusiones a Lautréamont, Valéry, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé…, a la pintura de Gustav Moreau, Picasso, Arp, Dalí…, o a las ocurrencias de Max Ernst. El librillo está ilustrado con fotografías de Man Ray o Bassaï, escogidas por el propio autor.

Obra sugerente, valiente, alucinante, compleja y singular, cuya portada ilustra un enigmático cuadro de René Magritte, Le Domaine enchanté, como símbolo del eterno femenino, esa diosa ideal y amada sobrenatural que constituye el norte del artista, que lo espera todo del amor.

Acompaño esta edición de El amor loco (Úbeda, 2016) de seis breves comentarios que aspiran a situar la obra en su contexto, aclarando y profundizando su contenido, del cual señalo como principal esta llamada enérgica a la espera del amor:

“Los hombres desesperan estúpidamente del amor –también yo he desesperado-, viven esclavizados por esta idea de que el amor está siempre detrás de ellos, nunca delante: en los siglos pasados, en la mentira olvidada a los veinte años. Aceptan y sobretodo se resignan a admitir que el amor no sea para ellos, con su cortejo de claridades, esa mirada sobre el mundo que está hecha con todos los ojos de los adivinos. Cojean con recuerdos falaces en los que llegan a prestar oídos al origen de una caída inmemorial, para no sentirse demasiado culpables. Sin embargo, para cada uno la promesa de cualquier hora futura contiene todo el secreto de la vida, con el poderío de revelarse un día ocasionalmente en cualquier otro ser” (El amor loco, IV).

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01/07/2016 08:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Héroes, bestias y mártires de España

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A sangre y fuego, Libros del Asteroide, Barcelona 2013.

De los relatos de Manuel Chaves Nogales no se puede decir que sean fantásticos. Más bien sorprende la trepidante crudeza de su realismo, al que no falta emoción contenida, sobrio lirismo e incluso moraleja filosófica. Se nota en ellos el genio del periodista neutral, adicto a la descripción objetiva de los hechos, del periodista que no se casa con nadie y mantiene sus distancias frente a todos, muy particularmente frente a fanáticos y bandidos, esos que disfrazan sus vicios con el trapo del amor a la patria o el pretexto de una ideología totalitaria.

Su marco es la guerra civil española, la que intentó parar y de la que huyó para que no le fusilaran por tibio, o para no tener que matar en nombre de uno de sus -ismos. Si la primera víctima de toda guerra es la verdad, la segunda es la libertad. A sangre y fuego debió ser compuesto, según nos cuenta la introductora María Isabel Cintas, en la celeridad de su partida al exilio y se publicó por primera vez en una editorial chilena, en 1937. Uso para esta entrada parte de su subtítulo: Héroes, Bestias y Mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. La edición que yo manejo añade dos más de estos extraordinarios relatos, bien fundados en lo que sin duda sucedió.

La perspectiva de un intelectual liberal como Chaves Nogales resulta tan refrescante como insólita. Vio clara el lamentable y absurdo horror de una guerra que no ganaría ninguno de los bandos y perdería sobre todo la población civil, porque España, a la postre, no sería nunca ni comunista ni fascista. Vio claro el miedo a la libertad de ambos bandos cainitas.

En el prólogo se define a sí mismo como antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pues se negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sólo reconocía un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”…

“Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”

Lamenta, en fin, esa “terrible e ininteligible selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores”. Y prevé lo que sucedería aquí una vez que las grandes potencias hubieran dirimido sus diferencias a bombardeo y cañonazo, a golpes en cara ajena:

“Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo…, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra”.

Por sus páginas, además de héroes y bestias de todos los colores y extracciones sociales, pasean personajes históricos como Malraux o Durruti. Y la diversidad de la grey hispana, donde no falta la alusión a  señoritos rojos y a obreros católicos partidarios del orden nacional. No falta el humor, atroz humor negro, en alguno de estos vibrantes relatos, como en el titulado “Los guerreros marroquíes”. Uno de esos feroces africanos, vanguardia de las tropas de Franco, de avanzadilla por el monte, se pierde y es capturado por una patrulla de cabreros milicianos. Malherido lo conducen al pueblo serrano, donde forman espectáculo.

El moro, para salvar su vida, cierra la mano que antes levantaba extendida y grita sin cesar “¡Moro estar rojo, no matar, moro estar rojo!”. En el pueblo serrano le miran como a una alimaña más rara aún que la cabra hispánica. Van a hacerle una foto y le ponen contra una tapia, y él, que no ha visto jamás una cámara de fotos, cree que van a matarle. Pero no. Reunido el comité revolucionario, someten al moro a un interrogatorio del que no sacan nada en claro. Luego de lo cual se entabla un largo debate sobre qué debe hacerse con el prisionero. Los delegados republicanos son partidarios de que sea conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creen que lo lógico es dejarlo en completa libertad, para que se redima de su pasada servidumbre como digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas piensan que hay que curarle primero y luego inscribirle en las milicias para que luche contra los rebeldes, eso sí, debidamente vigilado. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos aglomerados en la plaza exige unánimemente que se le entrege el prisionero para darse la satisfacción de matarlo. “Era lo menos que se podía pedir”.

Mientras tanto, en la casa de socorro operan y curan al moro, el médico de campaña y las enfermeras solícitas ponen en ello un loable celo humanitario que hace sonreír de gratitud al guerrero africano. Así que ya no siente ningún recelo cuando le colocan delante de la tapia. Sonríe ingenuamente a los milicianos. Imagina que van a retratarle otra vez. No tiene tiempo de maravillarse cuando éstos se echan los fusiles a la cara y le acribillan.

Y concluye Manuel Chaves Nogales: “A estas horas, el alma en pena del moro Mohamed debe de andar vagando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntarle: ‘¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?’”.

Lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y del genio español en estos relatos terribles, si conmovedores y desolados a veces, otras heroicos.

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03/05/2015 20:25 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Cuando Herodes la tierra

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Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.

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04/01/2015 20:06 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

In Cold Blood

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¿Puede pasar un reportaje por una novela? Desde luego. Es el caso de A sangre fría, que Truman Capote escribió tras cinco años de intensa investigación y cuyo argumento se ha llevado varias veces a la pantalla. La he leído en la excelente traducción de Jesús Zulaika para Anagrama (Barcelona, 2007). Creo que los reportajes periodísticos de Ryszard Kapuściński (Imperio, Ébano…) contienen más poesía y ficción que esta notable obra del escritor de Nueva Orleans con la que renovó tanto la novela ("novela testimonio") como el periodismo ("reportaje novelado") creando, por así decirlo, un subgénero mixto.

No es la poesía de las grandes praderas sureñas lo que le interesa al autor de In Cold Blood (Nueva york, 1965). “Non fiction novel” –dijo de ella Truman Capote-. La realidad supera a la ficción, estremeciéndonos la mera descripción de los salvajes hechos, ante su dimensión trágica. Una excelente familia de Kansas, trabajadora, cívica y cristiana, es asesinada el 15 de noviembre de 1959 por un puñado de dólares, una radio y unos prismáticos.

Lo sorprendente de la “novela” es que acabamos familiarizándonos más con los asesinos, -con la trivialidad del mal, que diría Hannah Arendt-, que con el terrible destino de las víctimas. A "Capote" (nombre artístico tomado por Truman Streckfus Persons, 1924-1984, de su padrastro cubano) le criticaron por haberse implicado demasiado personalmente con uno de los asesinos, Perry Smith. La acusación seguramente resultaba más maliciosa aún dada la condición homosexual del autor. Sin embargo, al final, y teniendo en cuenta los antecedentes familiares, psicológicos y sociales de los dos desgraciados que les roban la vida a los honrados y civilizados granjeros, todo se explica, pero nada se justifica. O solo, tal vez, se justifica bien que Dick y Perry sean ahorcados cinco años y pico después de sus horrendos crímenes, tras apelar sin éxito a los tribunales.

La descripción y penetración psicológica en los personajes es magistral. El Sr. Clutter, por ejemplo, poseía una impávida seguridad en sí mismo que lo hacía especial, pero que, al mismo tiempo que generaba respeto, limitaba un tanto el afecto que le profesaban sus semejantes. Los Clutter, bien integrados y sobresalientes en su comunidad, pertenecen a un mundo que contrasta vivamente con el de nómados desarraigados al que pertenecen sus asesinos.

De Perry, el mejor representado de los criminales, un chico abandonado, medio indio y lisiado por un accidente de moto, se dice que “sin ser amable, era sentimental”. No carece de sentido estético y guarda celosamente los documentos que simbolizan sus principales vivencias. Él y Dick, su compinche, no tiene nada de tontos. No son malos por ignorantes. Razonan bien y son capaces de exponer su pensamiento con fluidez, oral y por escrito.

Como la ciencia, la narración de Capote parece asumir la objetividad como principio regulativo. Por supuesto, se trata solo de un ideal, de un desideratum. Sobresale allí una perspectiva privilegiada, la del detective Dewey, que se rompe la cabeza buscando pistas y tratando de resolver el crimen múltiple. Es un ejemplo de profesional abnegado, siempre dispuesto a sacrificar su ocio y a olvidarse de la familia para atrapar a los asesinos y proteger a la comunidad.

Cuando tenga todos los elementos y los conozca, acabará pensando que el crimen es un accidente psicológico, un acto virtualmente impersonal, como si a las víctimas las hubiese matado un rayo o arrastrado la corriente de un río desmadrado. Pero su psicologismo, muy propio de la época en que la obra fue escrita, no le impide horrorizarse con el terror y el sufrimiento que imagina soportaron las víctimas.

He aquí –a mi juicio- el mérito de la novela de Capote. Ofrece una exhaustiva explicación psicológica, pero no a costa de oscurecer con ella el fondo moral del asunto, no a costa de hacer pasar la explicación por una justificación ética. La explicación y el problema moral conviven en tensión, pero no como una alternativa excluyente.

Su reportaje ofrece al criminalista un buen esquema del perfil común del asesino múltiple: violencia extrema en la infancia, privaciones emocionales, falta de uno o de ambos progenitores, vida familiar caótica, trastornos en la estructura del afecto, disociación de la rabia y los actos violentos (“a sangre fría”), relaciones personales superficiales, soledad, aislamiento, nada de culpa, ni de remordimientos, ni de depresión…, sus víctimas como figuras claves en alguna configuración traumática del pasado, pérdida del contacto con la realidad, debilidad en el control de los impulsos…

Dewey acaba mirando al asesino sine ira, incluso con cierto sentimiento de piedad solidaria,

“porque la vida de Perry Smith no había sido un lecho de rosas sino una vida patética: un sombrío y solitario proceso de persecución de un espejismo tras otro”.

Sin embargo, ese sentimiento no se degrada en el sentimentalismo que lleva directamente a proclamar el "derecho a la reinserción" y sus corolarios de impunidad y rebajas penales, a los que aquí estamos tan malacostumbrados…

“El sentimiento de Dewey, sin embargo, no era tan profundo como para llevar aparejado el perdón o la clemencia. Esperaba ver a Perry y su compinche ahorcados: colgados por el cuello hasta morir”.

La furia absurda con que dos desalmados liquidan a una buena familia de un pueblecito de Kansas, en la que se encuentran una chica y un chico excelentes en la flor de la juventud, a cambio de nada, es el fruto siniestro de la desesperación del desenraizado, del que en nada valora la vida ajena porque menosprecia y siente como una pesada carga la suya propia.

Perry Smith puede tal vez ser un lunático, pero sabe lo que ha hecho: es culpable. Eliminar su culpa sería menoscabar la poca dignidad humana que le resta, tratarlo como una cosa, como un efecto de las circunstancias y no como causa suficiente y libre de sus actos. Y muere ejecutado como un hombre, sin buscar siquiera consuelo en las ilusiones de la religión. Sabe –como Willie-Jay, otro criminal del "corredor de la muerte"- que todos los crímenes son “variedades del robo”, incluido el asesinato, porque cuando matas a un ser humano le robas la vida.

Por eso, las últimas palabras de la novela constituyen un melancólico recuerdo de las víctimas, no de los criminales, y muy particularmente de una de ellas, Nancy Clutter, la joven querida por todos, inteligente, trabajadora y guapa, siempre dispuesta a ayudar a los demás, y a la que Perry destrozó el cráneo para esparcir su sangre y sus sesos por su lecho de doncella.

Por lo menos, es verdad, Perry evitó que su compinche, Dick Hickock, previamente, la violara.  

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26/09/2014 21:09 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

AVENTURA INACABADA

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Evelyn Waugh es conocido popularmente como autor de la novela que dio pie a la famosa serie Retorno a Brideshead, que su novela Obra suspendida prefigura. Nació en Londres en 1903 y murió en Somerset en 1966. Fue corresponsal de guerra y se casó dos veces. De su primera mujer –también de nombre Evelyn- se divorció en 1930, el mismo año que se convirtió al catolicismo. Con su segunda mujer, Laura Herbert, tuvo cuatro hijos. Al varón, nacido en 1950, le pusieron Septimus.

De espíritu aventurero, viajó por todo el mundo. Durante la segunda guerra mundial estuvo destinado en Yugoslavia. Su prosa, estilizada y mordaz, juega con una sensibilidad muy particular bajo la capa del humor negro. Retrata a la clase dominante británica, y sus semblanzas, a pesar de su ironía crítica, resultan fascinantes. Reticente con la modernidad, Evelyn Waugh puede ser por ello considerado un referente de la postmodernidad.

Obra suspendida fue escrita en 1939 con un epílogo de 1941, y su traducción fue publicada por Treviana en 2009. Inacabada, ha sido considerada, no obstante, su obra más enigmática. Waugh pensaba que sus dos capítulos conformaban sus mejores páginas. Ignacio Peyró dice que quintaesencian su narrativa: finura satírica, humorismo, soltura, intensidad emocional, rumor de una solemnidad de fondo, destilada belleza de mundos que concluyen...

La inconclusión de la novela tiene un sentido trascendente. Explica su autor en el epílogo:

Nuestra historia, como mi novela, quedó inconclusa, un montón de cuartillas olvidadas en el fondo de un cajón…

¿No son, cualquiera de nuestras vidas, historias inconclusas, relatos sin terminar? Puede que en esta apertura de la biografía moral hallemos –como Kant- razones para la esperanza, como un glorioso fin para una danza, un objetivo trascendente al que apunta la razón universal. Nuestras vidas no serían entonces las estelas en el mar machadianas, sino flechas lanzadas más allá de las nubes, hacia un destino que desconocemos o que solo alcanzamos a vislumbrar.

Describiendo a su padre, pintor extemporáneo, artesano de la copia, el protagonista nos habla del valor defensivo de lo que la gente llama «la frontera de la locura». En la novela no falta un sujeto en el límite abismal de esa frontera delirante: Atwater, el joven conductor que atropella al padre del protagonista y que luego, a pesar de ello, le pide ayuda con una lógica lunática. Acabará prosperando gracias al conflicto bélico. A fin de cuentas, ¿no es la guerra una locura colectiva?

Es paradójico que un escritor exprese amargura y desconfianza hacia el lenguaje, el medio en el que medra y existe. Waugh afirma que ningún provecho aporta depender de la expresión verbal, pues al final nada queda. Cuando se vuelca, no es menos agudo el sufrimiento, y sí más duradero. También sorprende que un converso católico refiera –aun irónicamente- a la posible relación entre masoquismo y virginidad… Todas estas contradicciones dan a su obra un sentido bizarro.

El núcleo de la narración es una platónica relación amorosa entre un escritor maduro y una mujer casada con su mejor amigo, una relación que cristaliza en una amistad con fecha de caducidad. Así describe el protagonista la belleza de su amada:

Este tipo de belleza no dependía de una luz adecuada, ni de un peinado acertado, ni de las ocho horas de sueño profundo, sino de un secreto interior.

Ese secreto puede ser una emoción o un sentimiento que la amada atesora de otro. Un efecto del que no somos causa. En el caso concreto que señala el autor, los celos del marido.

Algunas de las afirmaciones de Waugh resultarían hoy políticamente incorrectas, porque el relativismo antropológico se ha convertido en dogma de fe progresista –valga la contradicción-. Así, señala que «el hombre civilizado» no conoce esas rápidas inflexiones de alegría y tristeza que sufren los salvajes. En 1939 era posible escribir esto sin que a uno le tildasen de etnocéntrico o imperialista.

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16/08/2014 08:38 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El don Juan de Balzac

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El don Juan Belvidero de Balzac se divierte en un palacio de Ferrara con el príncipe d’Este y siete cortesanas graciosísimas. Su padre, un poderoso comerciante orientalista, le ha malcriado a conciencia y yace agónico. En su lecho de muerte, Bartolomeo Belvidero, propietario de un elixir de la vida eterna, pide a su hijo que frote con él su cadaver una vez fallecido, pero don Juan, tras probar con un ojo para reventárselo enseguida, se niega a resucitar al anciano, conservando el elixir para sí.

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanza joven a despreciar el mundo y a manejarlo, para su placer, a su antojo. Su felicidad no es la del burgués, sino la del noble libertino que se apodera de la existencia, como un mono de una nuez, para quitarle rápido los vulgares envoltorios y disfrutar su pulpa.

No se dedica a ningún tipo de liderazgo político o ideológico, convencido de que las almas pequeñas difícilmente creen en las grandes, y de que es difícil cambiar el porvenir con la calderilla de nuestras ideas pasajeras.

Así que, en lugar de andar con la cabeza en las nubes, se tiende, entre galopada y duelo, para secar a besos el labio fresco, tierno, húmedo y perfumado de las mujeres. Como la muerte, don Juan lo devora todo sin perdón y su tránsito deja huellas funestas. «Yo a los palacios subí, a las cabañas bajé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí» -según los versos de Zorrilla.

Pero el don Juan de Balzac no conoce más sino el amor que el escritor francés llama «oriental», de fáciles y largos placeres. Ama a las mujer en las mujeres, al contrario que el marido fiel, que ama a las mujeres en la mujer. Y por eso se entrega a la más profunda seducción de la ironía. Cuando sus queridas suben al cielo en el éxtasis del lecho, él las sigue grave, expansivo, «tan sincero como un estudiante alemán»; pero dice ‘yo’, cuando su amante ebria y delirante exclama ‘nosotros’.

Es un ególatra impenitente. Pero Balzac halla algo de satírico en su sencillez y algo de jovial en sus lágrimas, porque sabe llorar como esas mujeres que le sacan cuantos caprichos conciben a sus maridos. Para don Juan, el universo es él mismo. Amarra su barca a cualquier orilla, pero, dejándose conducir, sólo llega a donde quiere.

Su conversación con el papa Julio II no tiene desperdicio. Moviéndose entre almas católicas como un tiburón alrededor de un banco de sardinas, cuanto más vive, más duda, pues observa que las personas de verdad buenas, delicadas, generosas, justas, prudentes y valerosas, apenas obtienen consideración en nuestra sociedad, y que por nadie somos tan tiernamente amados como por las mujeres en quienes pensamos poco. Por eso, y por puro cálculo egoísta, cuando envejece marcha a Andalucía donde se casa con una Inés educada en colegio de monjas, virgen y supervirtuosa, que le dará un hijo, Philippe Belvidero, tan virtuoso como la madre, «español tan conscientemente religioso como impío era su padre; en virtud quizás del adagio: a padre avaro, hijo pródigo».

El final resulta tan fantástico como siniestro, extrambótico..., diabólico; «gore», según diríamos hoy.

 Bibliogafía

Honoré de Balzac. Cuentos filosóficos. «El elixir de larga vida». Ed. corregida y actualizada por Belén Saborido Palomo, 2012. Ediciones de la isla de Siltolá, Sevilla.

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07/08/2014 10:40 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

EL CHICO SIN COLOR DE MURAKAMI

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A veces la desgracia se nutre de malentendidos. Tsukuro Tazaki, el chico sin color de H. Murakami, fue apartado de su grupo de amigos y no supo por qué. La angustia de ignorar el motivo de que le despreciasen así y una terrible sensación de abandono le transformaron.

Los años de peregrinación del chico sin color -Tusquets, Barcelona 2013-,  me ha parecido lo mejor de cuanto he leído del cosmopolita japonés. Su novela más acabada. Y sin embargo todo en ella parece quedar como en suspenso, como una hoja caída bailando en el aire, sobre todo la soledad melancólica pero esperanzada del personaje principal. Al fondo, como en otros relatos del aspirante al Nobel, una hermosa pianista malograda, con alto cuello de garza -que con saetas de amor fiere cuando los sus ojos alza..., como la doña Endrina del Arcipreste.

La obra contiene finos análisis de sentimientos corrientes y desgraciados, como los celos, «la prisión más desesperanzadora del mundo. Porque es una prisión en la que el preso se confina a sí mismo». Pero el tema central de la novela es la amistad, su encanto, la burbuja de seguridad que crea a su alrededor, su necesidad, su pérdida, su nostalgia, sus inconscientes y vergonzantes fondos. Los personajes refieren sus razones al protagonista en un hermoso lenguaje universitario, mas sin innecesarias pedanterías, mientras suena, como en un sueño, con carga erótica, «Le mal du pays» de Franz Liszt.

Aunque no se trata de una novela filosófica, uno puede hallar aquí interesantes disquisiciones sobre el valor vital de la lógica. Haida, el compañero de natación del chico sin color, afirma: «cuando se avanza en un razonamiento, las hipótesis se vuelven cada vez más frágiles y, por lo tanto, las conclusiones a las que se llega son poco fiables»

Como en un ciprés, cuya línea principal conduce a una cima en crecimiento, de abajo arriba, el hilo narrativo posee también alguna rama horizontal sin concluir, que no llega a darle deformidad al «enhiesto surtidor de sombra y sueño» de don Dámaso, parece más bien un borrador de futuras narraciones, o un enigma que se ofrece a la imaginación del lector y para cuya solución se sugieren distintas posibilidades. Tal es el caso del misterioso pianista de jazz, Midorikawa, quien explica que «cada ser humano tiene su propio color, que siempre lo acompaña en forma de un halo alrededor de su cuerpo. Como un aura», y que él tiene el «superpoder» de ver esos colores. Su lección final: «utiliza el hilo de la lógica para coser a tu cuerpo, lo mejor que puedas, aquello que merece la pena vivir».

Murakami raramente usa metáforas y apenas recurre a comparaciones. Cuando estas aparecen suelen ser muy originales:

«Vivimos en una época de apatía generalizada. Tenemos al alcance muchísima información sobre los demás. Si uno se lo propone, puede obtenerla con facilidad. Sin embargo, realmente no sabemos nada de nadie».

Lo que al fin comprende Tsukuro en una remota casa de campo, a la orilla de un lago finlandés, cerca de la casa natal de Sibelius, es que «los corazones humanos no se unen solo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad.»

Espero de una novela que los tiempos muertos y los actos infructuosos sean sustituidos por episodios emocionantes y significativos. El detalle más cotidiano y sencillo, como el sonido que hace una taza de café de porcelana al caer sobre el platillo, puede ser muy significativo pues delata el estado de ánimo del que la usa. El relato de Murakami cuida con virtuosismo preciosista y muy oriental esos detalles.

Para lectores a los que les guste leer despacio, conscientes de cada palabra que descifren. Sin aspiraciones de descubrir otros mundos, sino más bien con amplia aceptación de este, ya de por sí bastante inquietante y misterioso, bello y melancólico.

Ya es mucho aspirar al Nobel.

 

 

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06/08/2014 11:29 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Espadas vorpalinas

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A finales de los setenta me enamoré de los cuentos supercortos de Fredric Brown, ágiles y humorísticos, con finales sorprendentes, redondos y vitaminosos como una mandarina, pura acción, muy americanos. Le consideraba un autor de ciencia ficción.

Mire usted por donde, en el kiosco del hospital en el que yacía convaleciente mi padre, unos días antes del chupinazo de San Fermín, hallo una novela negra que consideran “la obra cumbre” del norteamericano. Tras haberla disfrutado, pensé que esto de “la obra cumbre” resulta un poco exagerado, un reclamo de la contraportada para animar su compra.

Sin duda, es un notable ejercicio literario, el que hizo Brown para la construcción de esta novela que podríamos llamar “negra” o “policíaca”. Aunque en su foto, el jefe de policía no sale precisamente favorecido. Me ha sorprendido el interesante retrato moral de sus principales personajes, sobre todo del protagonista: un solitario cincuentón, buena persona, propietario de un periódico provinciano que nunca da grandes noticias. Tiene mucho de antihéroe, en parte porque piensa que para hacerse famoso hay que ser un cabrón, y él prefiere llevar una vida sosegada y pasar por “pringao”. Se considera a sí mismo un “fracasado de primera”.

Apostaría a que ese personaje de Doc Stoeger tiene mucho de Fredric Brown. Siempre sucede, desde luego; el escritor no puede inventar sino sobre el tapiz recordado de lo vivido. F. Brown (Cincinati, 1906-1972) se ganó la vida como corrector de pruebas de imprenta, y seguro que fue una buena persona. Sin duda, también gran lector y bebedor empedernido, como Doc Stoeger, el cual se ve envuelto involuntariamente en una trama delirante de asesinatos y gansterismo.

La noche a través del espejo es el título que ha escogido para esta novela, su traductora, Susana Corral. Night of the Jabberwock (1950), en título original. Jabberwock es un personaje del más famoso disparate poético inventado por Lewis Carroll. No deja de ser paradójico que este género literario del absurdo o del sinsentido floreciera en la ordenadísima y puritana Inglaterra victoriana. Por algún sitio tenía que escapar el vapor de la caldera represiva... Edward Lear sirvió de antecedente a Carroll, sus Limeriks tienen, al decir de sus críticos, una gracia solo superada por el Jabberwocky de Carroll y su secuela, A la caza del snark. Estos desvaríos literarios fueron precursores de la posterior literatura del absurdo y de la subversión del lenguaje de Joyce, que tanto se aprecia hoy (académicamente). A Carroll le hubiera hecho mucha gracia que se le apuntase en los libros como precedente de cualquier género de subversión. ¿Cuál es la frontera entre subversión y perversión?

En español, y en esta misma línea creativa, hay que citar el genio memorable de Julio Cortázar, creador de cronopios y famas. Se levanta una realidad aparentemente objetiva aprovechando los valores acústicos de unos significantes tan anticonvencionales como sugestivos. Se provoca de paso un efecto perturbador mezclando afecciones contrarias: seriedad heroica con humor trivial, terror con ridículo. Palabras que no están en el diccionario suenan como palabras verdaderas, circulan como falsas monedas que pasan por auténticas, y ellas solas hacen surgir significados imaginarios en la mente del oyente, o del lector que escucha su original eco interno en un bosque de extrañas asociaciones.

Ni que decir tiene que la traducción aquí es –como diría Ortega- pura pretensión, pura utopía, un imposible a la vez que un desafío, que debemos emprender sabiendo de antemano que solo cabe un menor o mayor grado de acercamiento al efecto original, el cual siempre se nos escapará en lo traducido, aunque lo traducido puede provocar otros efectos distintos de los que provoca el original, puede que hasta mejores. La copia puede mejorar el original, cosa que sucede muy fácilmente con la tecnología actual.

“Galimatazo” es el título que pone a su versión Jaime de Ojeda, en su espléndida traducción de Alicia a través del espejo (Alianza). Lo justifica porque jabber significa en inglés hablar mucho y confusamente, farfullar. He aquí su primera estrofa:

Brillaba, brumeando negro, el sol 

Agiliscosos giroscaban los limazones

Banerrando por los váparas lejanas;

Mimosos se fruncían los borogobios

Mientras el momio rantas murgiflaba.

 

Su original:

 

 Twas brillig, and the slithy toves

Did gyre and gimble in the wabe:

All mimsy were the borogoves,

And the mome raths outgrabe.

 

Y la versión de Susana Carral para la cita de F. Brown en La noche a Través del Espejo:  

 Pentelleaba el sol y los escurrosos tovos

Jugoneaban aspeando la matambecida:

Amagados manerían los borogovos

Y las cerdidas rantas pantimecían.

El reverendo Dodgson (Lewis Carroll) reprodujo por primera vez en 1855 la primera parte del Jabberwocky. Según sus explicaciones, “los borogobios” pertenecen a una especie extinta de loro, desprovisto de alas, con pico torcido hacia arriba. Anidan al pie de los relojes de sol, se alimentan de ternera y hacen muecas de profundo malestar.

¿Son o no son de otro planeta? ¿A qué grupo social aludía esta caricatura en la imaginación portentosa de Carroll?

Contrastan, desde luego, con el rutinario realismo en que se desenvuelve la trama de la novela de Fredric Brown (Cincinati 1906-1972). Toda ella acción y burbon, copa tras copa (como en Bajo el volcán de Malcoln Lowry), como en las novelas negras de Dashiell Hammett. Pero no haré de spoiler (como llama ahora al que revienta un argumento), sólo añadiré que los relatos de Carroll y de Brown siempre acaban bien.

En ellos triunfa la inocencia, ¡como Dios manda!

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24/07/2014 10:12 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Lady Barberina

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En la pasada feria del libro fui incapaz de resistirme a la compra de algunos ejemplares de las primorosas ediciones preparadas por Treviana, ¡y eso que ya no tengo donde meter más libros!: un ejemplar de la Confesiones de San Agustín; una insólita obra de Jaime Balmes, Cartas a un escéptico en materia de religión; Lady Barberina de Henry James; y Obra suspendida de Evelyn Waugh. Libritos en pequeño formato negro con guardas rojas, impresos en Ulm, Alemania, con un papel que es una delicia para el tacto y un balduque también rojo para señalar… Los conseguí en un puesto callejero, a un precio irrisorio.

Acabo de terminar Lady Barberina (1884, 2009), una novelita que casi se lee de un tirón, perfectamente demodé, escrita para un público tan selecto como cursi, y con preocupaciones tan sofisticadas, nada vulgares, que hoy, en la “crisis de los todos”, seguramente ya ni existe, o se esconde en algún sótano o, mejor, en una buhardilla.

Su encanto es el de los mundos que se acaban, de los cuales aún podemos disfrutar por ese espectro gentil que dejan en la buena literatura, como sabemos de la identidad de la libélula por la nerviación y el tinte que mancha las celdas de sus alas. De aquellas refinadas formas solo nos quedan estos florilegios. 

Hermano menor del también famoso psicólogo y filósofo pragmatista William James, el tema de esta obra de Henry fue lugar común en muchas otras: el contraste entre la psicología de la rancia aristocracia inglesa y la fresca ambición de la alta burguesía usamericana, ayuna de la pátina que va dejando en los cuadros el pasado. Dinero y dinámicos recursos, frente a los postines sagrados de la historia. Todo muy anglosajón y distinguido, como si los de abajo –trabajadores y criados- no existiesen, mientras los de arriba sostienen largas conversaciones y observaciones vertidas en un lenguaje tan elegante, que aún introduce galicismos como signo de finas maneras, importadas de los salones ilustrados de la douce France.

El narrador, consciente como el protagonista del misceláneo carácter de las motivaciones humanas, relata con irónica afectación de espectador desinteresado les rapports entre ciudadanos norteamericanos y nobles súbditos ingleses.

Uno se queda con las ganas de descubrir qué es lo que el doctor Jackson Lemon admira con tanto fervor en Lady Barb, la cual siempre permanece distante como una bella obra de arte en su vitrina anticacos. Hija de Lord Canterville, Jackson Lemon quiere a Lady Barberina para sí, como quien se empeña en adquirir la carísima propiedad de una obra de arte, y está dispuesto a pagar cualquier precio para conseguirla. Ni es un tonto ni es un cualquiera, sino un exitoso médico norteamericano que une a su talento profesional su condición de multimillonario.

Lady Barb es su hándicap o su capricho, la guinda del pastel de su biografía. La clave está en el mismo inicio de la obra, una escenografía de caballeros y damas rutilantes en Hyde Park, en el apogeo de la temporada alta: salud, belleza, vanidad, soberbia, riqueza, títulos, ociosidad, convenciones sociales y apaños…

Al final, Lady Barberina resulta un verdadero chasco, una barby sin sustancia, como una esfinge de cartón piedra o un artículo de lujo al que no es posible encontrar utilidad alguna, salvo quizá, la meramente reproductiva. Incapaz de cambiar o adaptarse a otro círculo social que no sea el de su clase, castiga con el látigo de su indiferencia y cierto silencio de superioridad a quienes verá siempre por debajo, adiestrada como está en la perfecta corrección de simulación y autocontrol, de las convenciones que le sirven de corsé (contra las que no obstante se rebelará su hermana Agatha). Pero Lady Barb pertenece por completo al nosotros de un clan, de un mundo congelado en ámbar y clausurado, y al que al fin regresa, incapaz de encontrar interés en el nuevo mundo, o sea, huida de las igualadoras, y a sus ojos escandalosamente vulgares, propuestas norteamericanas.

Es probable que Henry James haya puesto mucho en esta obrita de la fascinación ambigua que él mismo sintió por la Inglaterra victoriana, sus complejos modales y su rancia aristocracia, pues acabó tomando esa nacionalidad, cosa que nunca le perdonaron sus críticos más mordaces.  

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13/07/2014 18:53 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Mejor un duelo de esperanzas

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En los conflictos históricos no suele haber malos ni buenos, al contrario que en las antiguas películas del Lejano Oeste. Pero la guerra es tan atroz, tan mala –como decía Erasmo- que la hacen “mejor” los peores. Respecto a la guerra incivil española, era hora de que algún escritor ecuánime pusiera lo obvio, con todas sus contradicciones, en claro. Es lo que ha hecho Andrés Trapiello con Ayer no más.

Ni los unos ni los otros se empeñaron seriamente en consolidar la democracia en España en los años treinta del siglo pasado. Prefirieron matarse. Si unos estetizaban la política o la absorbían en la religión y el mito, otros politizaban la estética, pero el fin era el mismo: el totalitarismo.

No hubo una posición claramente progresista y otra claramente reaccionaria. Y desde luego, los republicanos, los demócratas fueron demasiado escasos. Ya sabía Aristóteles que sin una clase media fuerte la democracia no se sostiene. Las conductas se volvieron criminales sin solución de continuidad y la República estalló por todas sus costuras. Pero no es cierto que la guerra fuese una fatalidad, ni un azar del destino ni un destino del azar. En los dos bandos hubo quienes la deseaban y esos acabarn por llevarse el gato al agua y ya se sabe lo poco que les gusta a los gatos que los bañen. Los que encendieron la mecha, prefiriendo el fuego a las razones. Vengar injusticias seculares, defender derechos y privilegios, no con la persuasión, sino con las armas. Unamuno se percataba de ello en mayo del 36, en una carta que cita el autor de Ayer no más: anarquistas y fascistas afilaban ya sus espadas. “Y uno y otro [anarquismo y fascismo] en una forma peor que de barbarie, de estupidez” -escribe el vasco agonista.

 “La transformación de la doctrina cristiana o de la utopía del paraíso socialista en eslóganes de violencia despertó en muchos el deseo de asesinato y la seducción de la represión colectiva, y los instintos fratricidas alentados por los padres acabaron también siendo instintos parricidas, que revolvieron a sus hijos contra ellos”.

Eso piensa el atormentado protagonista e historiador de la novela. El cual llega a sospechar que si unos reprimieron y cometieron más fechorías que los otros fue, simplemente, porque pudieron. Si los otros hubiesen podido, sin duda lo hubieran hecho parecido. Recuérdense si no las purgas y las deportaciones masivas de pueblos enteros perpetradas por Stalin. En ambas retaguardias se cometieron excesos de lesa humanidad… “La retaguardia –escribe Trapiello- es por definición tenebrosa”.

Es curioso que hoy algunos saquen a la calle la bandera republicana como símbolo de la resistencia o el derecho al desagravio del bando que perdió la guerra: “durante la guerra por cada bandera republicana había veinte de la Cnt, de la Fai, del Poum, del Pce, de la Ugt, de cualquier partido menos de la República; esto fue algo que les chocó incluso a los fascistas cuando tomaban una posición y se apoderaban de alguna: en el frente republicano no había banderas republicanas”…

Por otra parte, “las verdaderas aspiraciones de los republicanos más centrados: subsidio de desempleo, seguridad social, jubilaciones, matrimonios civiles y divorcios, aborto e igualdad entre hombre y mujeres han quedado cumplidas y rebasadas en muchos casos en esta monarquía”… Y durante el final de la dictadura, en los años del aperturismo. Monarquía, por cierto, que ha jurado respetar un Pacto en el que se afirma, en sus primeras líneas, que el verdadero Soberano es el Pueblo, monarca que, por tanto, reina pero no gobierna, cosa que muchos olvidan.

Desde luego, hay que recordar. La historia es -decía Ortega- el tesoro de los errores. Y es difícil recordar sine ira cuando se ha sido víctima de una terrible injusticia, cuando han matado a tu padre delante de ti o le han encerrado por años sin un juicio justo. Pero no tiene justificación que afecten resentimiento quienes no vivieron aquellos atropellos, y rasquen en el estiércol de la historia con fines propagandistas e con intereses torticeros, como hace la desagradable y maquiavélica Mariví de la novela de Trapiello.

Nada más triste, después de tantos años, que resucitar aquel horror con una “guerra de esquelas”, en que los azules exhiben las de las víctimas del “terror rojo”, y los rojos las de las víctimas franquistas. Por supuesto, tanto la mala como la buena memoria pueden ser un obstáculo para el buen pensamiento. Un buen pensamiento sería el que estuviese gobernado por el afán de conciliación y la voluntad de paz, antes que por el afán de venganza y la búsqueda de un nuevo enfrentamiento, como si España no pudiera dejar de ser jamás aquel “país ineficiente entre dos guerras civiles” del que habló con íntima tristeza don Antonio Machado, cuyo hermano, por cierto, cayó en el otro bando. Traigo igualmente aquí a colación -como Trapiello- el epitafio que adorna la tumba de don Manuel Azaña en Montauban, de un Azaña descorazonado porque era muy consciente de que se habían y se estaban cometiendo fechorías en nombre de la República:

 “Paz, Piedad, Perdón”

 La transición fue posible –Trapiello recoge esta reflexión de Fernando Savater- precisamente por el acuerdo tácito de todas las fuerzas políticas de pasar página… Es inútil querer desenterrar, no ya a los muertos, sino a la propia Guerra Civil para que ahora, por fin, ganen “los buenos”…

Todos fueron culpables, menos, quizá, los tibios, los que tuvieron la suerte de escaparse a tiempo, como algunos líderes liberales, o los que, pudiendo dar rienda suelta a sus malos instintos y ejercer la crueldad con la fuerza en la mano, omitieron hacerlo. El que se comprometió hasta las cachas, muy fácilmente pudo mancharse las manos de sangre, por acción u omisión. Es lo que pasa cuando la razón de la fuerza sustituye a la fuerza de las razones, y la persuasión se subordina a la amenaza y la violencia. De esos, seguramente, de los que pudiendo hacer el mal lo evitaron, hubo también bastantes en ambos bandos y en todas las zonas. Pero el mal es más vistoso y espectacular que el bien. 

Pasada la guerra, todos han querido justificarla en nombre de los más altos ideales: la Libertad, la Justicia Social, la Religión, la Unidad de España… Pero ninguna idea, ningún ideal, valen lo que la vida de un solo hombre. Lo cierto es que “muchos lucharon en el lado bueno con las peores razones, y otros en el lado malo con los mejores propósitos”. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido pedir responsabilidades a los suyos, sino a los contrarios. Es la justificación del Mal a la que aludió Hannah Arendt, filósofa esta a la que se cita varias veces en este libro-novela, pero también libro-ensayo, y muy ajustado y crítico con el programa político de la “Memoria Histórica”.

Dice Hannah Arendt:

“El que se venga no desea perdonar, sino poder hacer lo mismo que le han hecho a él, o sea, reproducir el mal, igual que el que perdona renuncia necesariamente a vengarse, porque también él habría podido ser culpable”.

La memoria hay que cultivarla, desde luego, porque el olvido crece solo. Pero, ¿no servirá la “memoria histórica” al propósito de refundar el mito de una España superior a otra? Para todos nosotros, los hechos acaban por ser interpretaciones, y estas pueden hacerse bajo el peso de una fantasía halagüeña, una ficción que nos retrate como ángeles, y pinte como demonios a los que no piensan como nosotros. La Historia (la historiografía) es siempre una reconstrucción incompleta y problemática de lo que ya no es, y es un hecho que la memoria colectiva deforma el pasado. Omitimos por naturaleza lo que no nos conviene recordar y alimentamos fácilmente ambiciones ilegítimas y deseos destructivos de venganza a base de reproches.

Si nos acercamos demasiado al bosque, solo vemos árboles. La verdadera inteligencia requiere distancia, ascético control de las emociones, ese que nos permite “atinar a saber en qué punto el pasado debe olvidarse para que su peso no sepulte el presente, porque una paz verdadera es imposible sin el olvido”. También el perdón requiere del olvido. Por eso la frase esa de “perdono, pero no olvido” me resulta tan ladina. Al menos, para perdonar es necesaria la voluntad de olvidar el mal que nos causaron.

Puede que -como insinúa Trapiello- a veces sea preferible la paz a la verdad y que otras veces lo sea la justicia a la paz. Sin duda, discernir esto, resulta de lo más difícil.

 

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07/07/2014 20:34 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El Castillo Blanco

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Tiene razón Orhan Pamuk cuando dice que hasta la hormiga más pequeña acarrea su sombra, aguantándola paciente como si llevase tras de sí a su gemela. El protagonista de El Castillo Blanco (1986), un instruido veneciano apresado por los turcos en el siglo XVII, tiene que lidiar con su doble otomano y musulmán. No se convertirá a la fe de Mahoma. Pero acabará cediéndole al Maestro turco buena parte de su destino. ¿Es el destino el que se disfraza de azar, o el azar el que se disfraza de destino?

El doble nos aterroriza con el hechizo de su extraño parecido. Pamuk, entre dos culturas, como su Estambul natal, explora el famoso tema de los gemelos, de los sosias, de los que ocupan el lugar de otro… ¿Metáfora de la admiración que cierto Oriente siente por Occidente, y de la fascinación que el segundo siente por el primero, su extraño, quizá, pero también su complementario?

El doble: un tópico de la literatura universal y de la psicología racional. Un doble perfecto ya no es una copia, sino el mismo original, pero entonces ya no es un doble, me sustituye. En esta época de selfies (autorretratos episódicos, máscaras fugaces), en la que todo el mundo busca una copia que mejore su original (tal vez porque es muy difícil ser original en mitad de la estandarización global), buscamos un parecer que trascienda el ser, un estar apareciendo que nos redima, mariposas efímeras, espectros congelados.

Ocurriendo en un Estambul que se edificó sobre las melancólicos ruinas de Constantinopla, hay cierto y apropiado bizantinismo aquí, cierto trillar sobre lo ya trillado (Cervantes, Shakespeare, Kafka); la relación reversible amo-esclavo (Hegel, Losey). El juego con el doble recuerda esos dibujos de Escher en que el pájaro negro acaba transformado en pájaro blanco, y viceversa. Al final, un bucle infinito, como dos espejos de Borges, uno enfrente del otro, que retratan al retratado, que retrata al retratado…, ad libitum. El bucle de una obsesión compulsiva.

¿Qué tipo de neurosis nos impulsa a contar lo vivido? Tal vez todos los escritores quieran ser otros y por eso crean personajes con la sustancia imaginaria de sus existencias. Tal vez todos los pueblos se miren en el espejo sublimado de otros a los que temen o admiran, o busquen su identidad contra el espejo deformado de aquel al que odian. ¿Será verdad que cuanto más claramente sufrimos la soledad, más atraídos nos sentimos también por el mal? La buena literatura puede servirnos entonces de conjuro. Un buen relato –nos enseña Pamuk- debe tener un comienzo de cuento infantil, el desarrollo terrorífico de una pesadilla, y un final amargo, como el desvanecimiento irremediable y el olvido definitivo de una encantadora melodía.

Para evitar el mal, no basta con rezar oraciones que no se entienden ya, para que todo sea como antes. Dios ha creado inigualables maravillas para doblegar el orgullo humano y denunciar nuestra estupidez, como una peste que diezma a la población o dos hermanos gemelos perfectamente iguales. Y sin embargo, a muchos aprovechará saber que la vida no es solo una espera, sino algo que se puede disfrutar. Y se debe. "Los muertos mueren y las sombras pasan -escribió nuestro Antonio Machado-, lleva quien deja y vive el que ha vivido". 

Para no quedarnos solos, a merced del diablo, uno se cuenta a sí mismo historias cuyos pormenores no sabe si proceden de recuerdos o de sueños. Nada que ver con la petulancia vulgar de esos estúpidos satisfechos de sus vidas, del mundo y de sí mismos. Únicamente las gacelas y los gorriones pueden ser felices sin pensar en quiénes son, en quiénes pueden llegar a ser, y sin que ese enigma les perturbe.

Como a un sultán, a todos nos gustan las historias y el juego de tulipanes que se abren en el jardín de nuestras memorias. Pero nadie es imprescindible en palacio, ni el mejor astrólogo del sultanato, ni siquiera el visir tiene su cabeza a salvo, menos que muchos, el visir. Y por eso, tal vez, unos hombres puedan ocupar el lugar de otros. En cierto sentido, esto es una prueba de que somos iguales en todas partes. Quizá por eso busquemos con tanto ahínco lo extraño y lo sorprendente, contra el agotador aburrimiento, cuando todo nos parece o nos da igual. Pero es preferible buscar lo bizarro fuera de nosotros mismos, pues pensar mucho en quienes somos nos hace desdichados. A pesar de lo mucho que nos complace soñar la vida y, para poseerlos de nuevo, los sueños que perdimos, lo que hemos sido y somos.

Es triste descubrir de qué manera los buenos van siendo tragados lentamente por el mal al que se enfrentan, cómo el pecador busca al pecador para vengar su vergüenza. Ver cómo el resentimiento les cambia. Menos mal que la monstruosa máquina que vamos construyendo para asaltar el castillo blanco de nuestros enemigos se hundirá en un lodazal polaco, y para siempre. 

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29/06/2014 09:21 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Rosa cándida

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Audur Ava Ólafsdóttir.

La primera letra de, en el nombre de esta islandesa, lleva una especie de cruz en su hampa, un trazo que parte la cresta del grafema. No he podido encontrar un símbolo así en los caracteres especiales de mi programa Word de tratamiento de textos. El islandés es una lengua germánica septentrional relacionada con el feroés y los dialectos noruegos de quienes la empezaron a habitar esta isla lejana en el siglo IX. El mundo nórdico, “la últimaThule” de los medievales, parece así el fin del mundo, el extremo hiperbóreo de Europa, donde no paran de soplar galernas y barren el volcánico país continuos temporales. Allí es muy difícil que crezca algo, pero la vida se abre paso si se la cuida lo suficiente.

La autora de Rosa cándida es profesora de historia del arte en Reikiavik y directora del museo de la universidad de Islandia.

“Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres ser feliz un año, cásate; si quieres ser feliz toda la vida, métete a jardinero”, sentendia un proverbio persa. El protagonista de Rosa Cándida (Alfaguara, 2011) tiene un nombre impronunciable y podría hacer suyo el sentido de ese proverbio. Su padre le llama cariñosamente Lobbi, Addi, Dabbi. Y a pesar del consejo paterno de que estudie en la universidad algo relacionado con la botánica o las ciencias de la vida, a pesar de sus excelentes notas y de su talento para el latín y los idiomas, Lobbi decide ser jardinero. Una vocación que le viene de su madre, fallecida en un accidente de tráfico, hada madrina de un jardín y un invernadero que es envidia de todos, en un mundo inhóspito, rocoso y helado.

En la novela no pasa nada del otro mundo. Una hija accidental, un viaje a otro país para rastaurar el jardín de un monasterio con una rosaleda legendaria, una operación de apendicitis, un viaje de mil kilómetros a través de bosques espesos e inacabables, el contacto con una enfermera, con una amiga del colegio y con una chica desconocida que habla otra lengua.

Rosa Cándida (Afleggjarinn, en su título original, 2007) obtuvo el premio Fjöruverdlaun (esa de lleva también un trazo en su cresta), especializado en literatura femenina. Tengo mis dudas de que exista algo así como “literatura femenina”. Prefiero hablar de buena y mala literatura. Además, esta novela ha sido descrita precisamente como une "ode à la sensibilité masculine". Y no importa que sea precisamente una mujer la que exponga así, con literaria maestría y aparente sencillez, algunas de nuestras posibilidades menos reconocidas.

  Además, la novela cuenta no tanto cómo se sienten las mujeres, sino como se siente un nuevo tipo de varón que debe aprender a cocinar, a vestir y lavar a su niña, a tener en condiciones la casa si quiere conservar a su pareja, así como los temores y deseos de su padre viudo, setentón, con un hijo autista y otro veinteañero a punto de saltar del nido, pero sobre todo los de un joven nórdico, pelirrojo, que debe y decide hacer compatible su amor por las rosas y la jardinería con sus imprevistas responsabilidades familiares…

Un joven que desarrolla su sensibilidad de adulto, al margen de estereotipos y convenciones, ofreciendo así un nuevo paradigma masculino en el que hay que negociar las faenas domésticas según las circunstancias. Alguien que contempla la compleja emotividad femenina desde la perplejidad y la fascinación:

 Es evidente que aquí vive una mujer: todo está lleno de trastos inútiles, candelabros, tapetes de encaje, incienso, cojines, libros y fotos, que he de tener cuidado para no mover de su sitio… Cap. 10.

 Las mujeres tienen memoria de elefante y son muy sensibles al poder de todo lo insólito que pueda haber sucedido en sus familias a lo largo de los últimos doscientos años… Cap. dieciocho.

 Estoy intentando comprender cómo piensan las mujeres y llego a la conclusión de que la vida emocional de Anna debe de ser más compleja y variada que la de los chicos que conozco… Cap. 60.

El protagonista concluye:

 Ser hombre es poderle decir a una mujer que no tiene de qué preocuparse. Cap. 50.

  La delicada, compleja interacción, muchas veces silenciosa, entre los personajes, sus almas y sus cuerpos, constituye la interesante sustancia de esta obra exótica y encantadora, en la que todo el mundo es bueno, como rosas cándidas (flores de un rosal sin espinas), incluido por supuesto el prior del monasterio, el padre Tomás, discreto bebedor, políglota y cinéfilo.

Los monjes, más interesados por los libros, se han olvidado del jardín, con su rosaleda en la que florecieron centenares de especies de rosas, algunas rarísimas, más que en ninguna otro jardín del mundo. Pero, tras el trabajo del jardinero protagonista, descubren lo saludable que es salir y disfrutar de su jardín, que acabarán pensando en abrir la público e incluso al turismo.

Todos los personajes parecen nadar en una burbuja pacificada y mística (como la rosa de ocho pétalos que el protagonista quiere plantar en el jardín remoto), en la que los iconos religiosos adquieren un nuevo sentido y valor, al margen de los viejos dogmas, un sentido que se confunde con el de la infancia de Flora Sol, la hija del protagonista, una vida que florece, a pesar de los intereses diversos de los protagonistas, contra el viento y la marea del individualismo al uso, y en mitad de una sociedad envejecida.

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11/12/2013 11:34 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Yan Lianke y la aldea Ding

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Yan Lianke tiene mi edad. Entró en el ejército chino con veinte años (1978), licenciado en ciencias políticas y literatura es sin duda uno de los grandes escritores chinos contemporáneos. En la actualidad trabaja como catedrático de literatura en la Universidad del Pueblo de China. Ha sido propuesto al Premio Príncipe de Asturias y al Nobel. Es coautor del libro español más leído en China, según algunas encuestas: El viaje a Xibanya (Viaje a España), en el que un puñado de autores, entre ellos dos mujeres, reflejan su particular visión de las tierras de Quijote hacia 2009. Al parecer, en su viaje por la piel de toro, España les pareció un país menos "exótico" de lo que esperaban. En el relato de Lianke, uno de sus paisanos elige España para suicidarse pero acaba contagiándose de las ganas de vivir de los españoles.

Aunque Yan Lianke ha sido muy premiado en China, ello no ha impedido que El sueño de la aldea Ding, así como otras obras suyas, hayan sido vetadas allí. El Partido Único se habrá dado por aludido. Pero El sueño de la aldea Ding (Automática editorial, Madrid, 2013) sobresale como un precioso símbolo de una tragedia social y familiar en gran medida universal: la desaparición de la vida tradicional, rural, sus costumbres y sus principios, a favor del crecimiento desenfrenado de las ciudades y su "progresista modernez".

La novela incluye también una conmovedora historia de amor: la de Lingling y Ding Liang, en la que el amor parece, al menos por unos días, y a pesar de la letal enfermedad, ganarle la partida a la convención y a la muerte.

La prosa de Yan Lianke ha logrado una versión española muy idiomática gracias al espléndido trabajo de la ubetense Belén Cuadra Mora, que ha traducido diréctamente del chino. Debo a su abuela Paquita el descubrimiento de este formidable artista de la novelística cosmopolita de nuestro tiempo. Desde aquí se lo agradezco.

La prosa de El sueño de la aldea Ding tiene un ritmo muy especial en el que las reiteraciones, la narración en cursiva de los sueños, el paisaje poético y la rotunda sencillez de los diálogos, marcan el compás, un compás comparable al de una marcha fúnebre, lenta, imparable, solemne, como la sucesión de las estaciones o la caída de las hojas en otoño. 

La voz narrativa es la de un niño muerto, Xiao Qiang. Pero el verdadero protagonista de la historia, visionario y justiciero al fin, es el bedel y casi maestro de la escuela de la aldea, el abuelo Ding Shuiyang, cuyo "daimon" o voz interior, que percibimos más por sus gestos que por sus palabras, es la de un mundo tan simple y honrado como comunitario, un mundo desolado injustamente por la avaricia de unos pocos (y el principal, su propio hijo), que, involuntariamente, han contagiado a los campesinos el Sida, promoviendo la compraventa masiva de sangre. 

De todas formas, no hay maniqueísmo en la novela, ni malos ni buenos, sólo ambiciones, pasiones y sentimientos humanos, demasiado humanos, y una insobornable búsqueda de dignidad en mitad de la pobreza y la epidémica catástrofe...

El autor, en un epílogo emocionado, acaba pidiendo perdón al lector por el dolor que la novela transmite. En verdad sería insoportable si ese dolor no quedara maravillosamente sublimado por tan memorable belleza.

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21/11/2013 10:10 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El mundo de Yesod

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Es fácil formarse una visión idealizada de la Italia del Renacimiento, en ese microcosmos en el que convivieron el poderoso Miguel Ángel con el dulce Rafael, el platónico Ficino con el aristotélico Pomponazzi. Una parte importante de la magia que destila el salto del XV al XVI estriba en el mestizaje cultural de su expresión artística, mezcla de paganismo y cristianismo, de superstición e incipiente ciencia, aristocracia medieval y renovadas energías burguesas, de lo salaz a lo sublime y de lo ideal a lo terrenal, y vuelta a empezar.

Las Memorias de un enano gnóstico de David Madsen, 1995 (Muchnik editores, 2001, trad. Ramón Buenaventura) vuelcan la carga de la época que reconstruyen hacia un “gore” grotesco, mordaz y obsceno, pero no dejan por ello de ser literariamente deslumbrantes, psicológica y filosóficamente sugestivas. Lo terrorífico se confunde ahí con lo sagrado, la crueldad o el éxtasis báquico con el misterio genuino. Sus personajes parecen deslumbrados, atormentados y, por fin, despedazados por la pasión de las ménades o la seducción de Yesod: símbolo del mundo de las inquietudes irracionales, de los estremecimientos en la boca del estómago, de las tripas agitadas por el miedo, en el escenario lunar donde las revelaciones son transmitidas por susurros de los espectros de cristianos sacrificados, devorados por bestias feroces, en el coso mil veces ensangrentado del Coliseo romano.

La recreación histórica de la época del papa Médicis la hace su chambelán más estrafalario: un enano cheposo procedente del Trastévere romano, despreciado por su madre, fulana alcohólica, y vendido por un fanático inquisidor al propietario de un circo itinerante de monstruos desdichados.

La compleja política internacional de la época, en la que las grandes potencias mueven sus piezas de ajedrez en el avispero de una Italia dividida, es contemplada desde el ojo del huracán en el que el papa emite sin cesar bulas que pretende vender a buen precio en los países germánicos pagar sus guerras, ejercer su megalómano mecenazgo artístico y terminar las obras de la basílica de San Pedro, bulas que permiten pecar con impunidad, bulas que incluso perdonan por anticipado pecados aún no cometidos.

Si la novela comienza describiendo el ano supurante de Su Santidad el papa León X, tratado con pis de virgen por su médico de cabecera, así como su afición a los catamitos (nombre romano de los ganímedes raptados para solaz del Divino Guey Celestial), el Lutero escandalizado por la inflación de bulas y el alejamiento jerárquico de la pobreza evangélica no sale mejor parado: “un campesino hijo de campesinos, grande, deslenguado y apestando a pis”, un monje obcecado, loco, torturado por el desdén del padre terrenal, que sublima en desdén del Padre eterno.

Giuseppe Amadonelli, Peppe, el apócrifo autor de estas memorias, profesa la fe gnóstica. Este credo de origen oriental, helenístico, extrae fuerza del indudable hecho de que este mundo nuestro es tan injusto como imperfecto. La consecuencia que el gnosticismo extrae de la inconsistencia lógica y ética del mundo aparente es que no ha podido ser creado por un dios omnipotente y bueno. Por tanto, nuestro universo físico es obra del Diablo. El Supremo Poder Bueno creó el espíritu; el poder malo creó la materia.

A Peppe, el gnosticismo le parece la única doctrina capaz de explicar la miseria de su condición personal: un espíritu inocente y piadoso atrapado en un cuerpo maldito y lamentable. La existencia corpórea, la carne y el sexo, son malos, y el mundo terrenal es el infierno. En el fondo se trata de una fe optimista, porque si esto de aquí es el infierno y no obstante nuestra alma es inmortal, meta-física, nada puede irnos en el futuro peor que ya nos está yendo con tal de que despreciemos esta carne nuestra y las seducciones que nos brindan las mundanas ilusiones.

La bella joven que introduce al enano en la secta gnóstica, Laura, muere quemada en la hoguera y, como la Beatrice del Dante, será el único ideal y el verdadero amor de su vida. Su relación con Laura deparará al enano un sorprendente final casi feliz tras el asesinato de León X, tan dichoso como lo pueda ser la existencia de un enano en un mundo que cree creado por el mismísimo Satán.

Madsen juega inteligente y hasta piadosamente con la blasfemia erudita, así cuando refiere a los escritos de San Agustín como "rapsodias misantrópicas del santo obispo de Cartago”. Giovanni de Médicis, el papa León X, sucesor del papa guerrero Julio II y protector del enano gnóstico, es descrito de este modo: gordo, sensual, mimado, ulceroso, infantil, ridículo, pero tremendamente fascinante, un pedorro enamorado del arte más noble tanto como de ciertos placeres prohibidos, que se convierte en la piedra angular de la existencia de su protagonista, lo que no impide a Peppe la deslealtad más absoluta cuando se trata de salvar el culo, ese mismo que tanto desprecia como gnóstico... Y es que los personajes resultan tan contradictorios en sus decisiones y delirios como nosotros, y por tanto verosímiles.

No sabemos quién es David Madsen, el autor de esta heterodoxa y escatológica crónica de "lo humano demasiado humano": amor, odio, crueldad, obcecación, obsesión soteriológica, afán de venganza, deseo de placer infinito, desprecio y gusto por la carne, interminables comilonas, orgías clandestinas, autos sacramentales de dolor y fuego, procesiones paganas, dionisíacas, en honor del Supremo Pontífice, Vicario de Cristo y Portador de las llaves de Pedro... "La casa del libro" afirma que se trata del seudónimo usado para su carrera literaria por un filósofo, teólogo y terapeuta. En la solapa de la edición de Muchnik que he disfrutado se describe a Madsen como “filósofo inglés apasionado por la teología”.     

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04/10/2013 12:35 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Riña de gatos

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He terminado la novela de Eduardo Mendoza, Riña de Gatos (Madrid 1936). Es atrevida por el marco histórico que escoge para su trama: el revuelto Madrid en el que se preludia la guerra incivil. Por el escenario ficticio pero verosímil de la novela pasean los fundadores de Falange, los conspiradores contra la República, incluido el general Franco, el decrépito populacho de la “famélica legión”, la rancia aristocracia castellana y el mismísimo don Manuel Azaña, como figuras de un sainete cómico.

La novela fue premio Planeta en 2010 y es muy entretenida. Está escrita con esa cachaza de humor compasivo tan característica del autor, que se ha documentado bien y no incurre en el maniqueísmo, tan à la page, de pintar a reaccionarios malísimos y republicanos buenísimos. La psicología de los personajes adquiere profundidad, a pesar del trazo impresionista, goyesco, tan goyesco como el detalle de cartón para tapiz que adorna esta entrada.

El protagonista es un crítico inglés amante de Velázquez, que viaja a Madrid para tasar un cuadro que no se sabrá hasta el final si es o no es un Velázquez. La reflexión sobre los males históricos de España, los cuadros del gran artista y la especulación sobre las circunstancias en que los pintaba, añaden interés a la lectura.

La perspectiva del autor, próxima a la del intelectual inglés apolítico, permite una narración entre divertida, estoica y distanciada, de la crítica situación por la que atrevesaba la Segunda República. Al final, resultan más caricaturescos los espectadores ingleses de su colapso, que las figuras atrapadas en él, que ostentan un perfil inteligente y atormentado, entre melodramático y trágico, sumidos en sus tremendas contradicciones personales, que son también las de la España del momento.

He sorprendido algún anacronismo menor. No se trata de una obra maestra, pero Riña de gatos da que pensar y que prevenir, y ha nutrido bien mi postre de ocio veraniego.

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22/09/2013 11:11 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

La perfecta casada de Wolitzer

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Meg Wolitzer. La esposa.Traducción de Enrique de Hériz.Rocaeditorial, Barna, 2004.

 El arranque de esta novela, trepidante, duro, ágil y atrevido, promete más de lo que luego ofrece. Después, la narración se vuelve algo plana y reiterativa. Al final, la autora te regala una sorpresa poco creíble.

A la esposa perfecta, protagonista de la historia, el escritor Joseph Castleman, nacionalmente famoso e internacionalmente considerado, se lo debe todo.La esposa ha sacrificado una carrera independiente y una vida propia por el bien de su marido y de sus hijos.

Espero que la Wolitzer no pretenda generalizar su dictum de que todos los hombres, y muy especialmente los intelectuales, somos niños grandes. El implícito y explícito feminismo de la obra, que reniega de la “literatura femenina” y denuncia la especial dificultad que tuvo y tiene la mujer para acceder al "cotarro" en el mundo de la Literatura con mayúscula, pone el acento sin embargo en la esencial masculinidad de la gran tradición literaria. Lo cual no deja de ser un tanto contradictorio.

Desde luego, eso armoniza con el complejo perfil psicológico de la protagonista, que, siendo alumna, se enamora del profe universitario, y luego ejerce de abnegada y burlada esposa, la misma que narra en primera persona y que -muy femenina a pesar de todo-, no sabe muy bien lo que quiere, o, si lo sabe, no toma las decisiones pertinentes, o, si las toma, lo hace demasiado tarde o no las lleva a efecto en absoluto.

También tiene su enjundia y justificación la sátira de la vanidad literaria, presente de cabo a rabo en la novela, el vedetismo de los novelistas famosos, su charlatanería, su alcoholismo, muy usamericano, la envidia y competencia por obtener los máximos galardones.

No puedo comprender cómo el crítico Lorrie Moore pudo afirmar que se trata de una novela "alegre". Para mí, hay mucha amargura tanto en su fuerte inicio como en su melancólico e hiperbóreo final. Perfecta y complaciente esposa hasta el acabose, su tono es de principio a fin el del desencanto, pero jamás revelará secreto alguno que rebaje la categoría de su marido. Me recuerda a esas esposas tradicionales que insultan o golpean a su marido pero no consienten que ninguna otra mujer haga lo mismo.

Quizá sea esa misma amargura la que da que pensar sobre un papel, el de esposa leal y madre atentísima, tan maltratado socialmente y tan distorsionado (baste ver las imágenes que aparecen en Google si pones la palabrita "esposa" en la celda). Lo de "mi señora", lo de "la dueña" parece haberse perdido en un pasado casi medieval. Una esposa, hoy, o es "sierva maltratada" o "vampiresa" roba-hijos y roba-bienes, tras una separación traumática. La mayoría de los esposos y esposas no tienen nada que ver con estos espectaculares extremos, por supuesto. Pero nuestra sociedad lo es del espectáculo. Los elogios de la perfecta esposa genérica, universal, se envuelven –también en la novela- en escépticos estereotipos y sarcástica retórica. Ellas no parecen poder vivir bien ni con ellos ni sin ellos.

Me han encantado la traducción y la edición (he detectado con prurito profesional sólo una errata), en buen papel y con una letra tipo Aldus que es una auténtica delicia. Esto también cuenta. Tal vez cuente cada día más, cuando se abaratan y multiplican las ediciones digitales. 

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03/09/2013 10:17 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Murakami: una atmósfera tranquila

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Cuando empecé a leer a Haruki Murakami (Sauce ciego, mujer dormida, 1983) me pregunté: ¿estos son los cuentos del famoso Murakami? ¿Por qué se ha convertido en un bestselista internacional? Sí, ciertamente, algunas de sus comparaciones resultaban originales: “una sonrisa pálida como un atardecer brumoso”, “las arenas movedizas del tiempo”. Algunas de sus descripciones, tan patéticas como poéticas: “Dentro de mi cabeza hay un cuchillo clavado en diagonal en la mórbida carne de mis recuerdos”; o bien, con un toque surreal: “en un bol amasé las sombras del tiempo ya vivido dándoles la forma de un perro pastor alemán, lo arrojé dentro del agua hirviendo y le eché una pizca de sal”… Pero todo eso me parecía insuficiente para explicar tanto crédito. Los asuntos me parecían triviales; las conversaciones, anodinas.

Poco a poco me fui dando cuenta de cómo lo banal podía ir siendo símbolo, quedando así sublimado. Enseguida, el estilo de Murakami (Kioto, 1949) te va envolviendo como una atmósfera tranquila. Te das cuenta de que su sencillez es hija de una estudiada, meticulosa elaboración, y sus relatos tienen la autenticidad de lo vivido, de lo soñado o de lo delirado. Tal vez eso explique por qué usa el material de algunos de sus cuentos más tempranos para integrarlos luego en sus obras mayores… Es el caso, por ejemplo de “La luciérnaga”, que luego reaparece en Tokio blues como uno de sus episodios.

Sus historias, tristes y hermosas, son vividas por seres que tienen dificultades para gozar con relaciones satisfactorias, para tomar por real la vida cotidiana o para dar por ficticios sus sueños y pesadillas. No hay prisa ni apremios en este ambiento que, en Tokio blues, rinde homenaje al Thomas Mann de la Montaña mágica, así como en otras partes a Kafka, o a los clásicos norteamericanos.

Su éxito internacional puede estar en relación con la cultura cosmopolita de sus personajes principales, amigos de la música de los Beatles y del jazz clásico, tanto como de Bach o Mozart, bebedores de coca-cola, cerveza o güisqui, o, cuando más sofisticados…: “pidió un Tío Pepe con Perrier” (Después del terremoto). Subjetividades deslocalizadas. Alguna narración puede trascurrir en una isla griega, otra en un pueblecito de Italia y una tercera en un enclave turístico del Pacífico usamericano. No obstante, en Tokio blues. Norwegian Wood (1987), la narración no pierde un fuerte color local, esto es, japonés.

Es posible que el ritmo hipnótico de esta prosa tenga que ver con el sincopado del jazz, que tanto gusta a Murakami. Hay honradez, modestia, soledad y escepticismo en esta voz que se compadece de unas personalidades siempre al límite de la normalidad o de la locura. La claridad de estilo contrasta con el enigma de lo que pasa. Y el amor resulta allí tan imposible como romántico.

No tengo ni idea de japonés, pero las traducciones que he leído, de Lourdes Porta Fuentes, deben de ser muy buenas cuando no me lo recuerdan para nada: correctas e idiomáticas.

 

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19/08/2013 13:07 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Lo fantástico

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“Al borde de las cosas que no comprendemos del todo, inventamos relatos fantásticos para aventurar hipótesis o para compartir con otros los vértigos de nuestra perplejidad”

Adolfo Bioy Casares

¿Qué es lo fantástico? David Roas en Tras los límites de lo real (Madrid, 2011) se embarca en un ensayo de dilucidación de esta categoría, referida sobre todo al dominio de la literatura. "Una definición de lo fantástico" -reza el subtítulo.

Como la cosa –lo fantástico- comprende en su ser ese no ser de lo que ella no es (que diría Hegel), para saber qué es lo fantástico hay que saber también qué es lo real, es decir, aquello que lo fantástico no es.

Lo real y lo fantástico, desde luego, no se distinguen por que lo real sea algo así como lo inmediato presente o lo que se aparece inmediatamente (la aparición del fenómeno), pues tanto lo real como lo fantástico son construcciones culturales, aunque naturalmente motivadas.

Para Roas, lo que caracteriza esencialmente a lo fantástico es el conflicto entre lo real y lo imposible.

Tras el desencantamiento del mundo producido por el racionalismo, el experimentalismo racionalista, la economía política, el individualismo posesivo, el ateísmo filantrópico y el materialismo histórico…, ¿cómo pudo perdurar e incluso resurgir una literatura fantástica? En una época en que los burgueses se ríen de los espectros como los burgueses americanos se burlan del fantasma escocés en el cuento de Wilde, ¿cómo pudo perdurar el sentido de lo sobrenatural? Es simple: la emoción de lo sobrenatural fue expulsada de la vida y de la naturaleza, los genios abandonaron rápidamente las ermitas y los cenobios, se transformaron en sujetos de sociedades de intercambio de bienes y servicios, así que lo sublime, la emoción de lo sobrenatural se refugió en la literatura.

En los primeros años del XVIII, se divulga el tratado De lo sublime del Pseudo-Longino. La categoría de lo sublime, contrapuesta por Kant a la de lo bello, abarcará lo extraordinario, lo maravilloso y lo sorprendente, haciendo del terror una elevada pasión estética. Lo infinito, o la apariencia de lo infinito, impone sus delicias horrorosas, su pánico imaginario ante una fenomenología de lo negativo y lo oscuro. El Romanticismo se apropiará de lo onírico, lo visionario, lo sentimental, lo macabro, lo terrorífico y lo nocturno, para devolvérnoslo como otredad ignorada y sublime. No todo es lógico, ni todo se deja reducir al principio de razón suficiente, ni todo es explicable. El universo no es una máquina, sino algo más misterioso y menos racional. La realidad tiene un lado más oscuro que el racional-empirismo de la ciencia, simplemente, olvida.

Ya en la segunda mitad del XVIII surge en Inglaterra la novela gótica. Goethe llama a esa región desconocida lo demoníaco. El cuento fantástico irá más lejos que la novela gótica con Hoffmann, Poe, Maupassant…

Incluso después de la mecánica cuántica se hallará un lugar para la literatura fantástica. ¿No será la mecánica cuántica uno de sus géneros? ¿No será la física cuántica un relato fantástico? Por lo menos, ha revelado la naturaleza paradójica e indeterminada de la realidad. El mundo newtoniano de las certezas ya queda lejos, porque la probabilidad y el azar cobran ahora en la cosmología y en el atomismo un papel fundamental. Si varias realidades pueden coexistir simultáneamente, como las superposiciones de estados cuánticos de las partículas subatómicas, no vivimos en el uni-verso sino en “multi-versos”. Es imaginable la coexistencia de infinitas realidades paralelas en las que la energía y las partículas vibren a frecuencias diferentes… La naturaleza misma acaba por concebirse de un modo extraño, increíble, fantástico, si no absurdo. ¿O no es absurdo que el gato de Shrödinger esté al mismo tiempo muerto y vivo? ¿No será el objeto una construcción mental del sujeto como afirman las neurociencias? ¿Qué, si el mundo no es más que una proyección de nuestros delirios! Los filósofos constructivistas (N. Goodman, J. Bruner, P. Watzlawick) postulan que la realidad no existe antes de la conciencia que tenemos de ella. No hay "realidad real", sino representaciones sociales de la realidad.

La cibercultura ha popularizado esas historias cuyos protagonistas viven inmersos en entornos engañosos, luchando con simulacros, como en la mesiánica Matrix (1999-2003)…

En conclusión, la realidad ha dejado de ser una realidad ontológicamente estable y única, y ha pasado a contemplarse como una convención, una construcción, un modelo creado por los seres humanos (o por las máquinas), un simulacro (Baudrillard): un compuesto de constructos tan ficticios como la propia literatura.

Por eso, la narrativa postmoderna rechaza el contrato mimético con la “realidad” y busca ser una realidad autosuficiente que ya no requiere la confirmación de un mundo exterior para existir o funcionar, como un puro experimento verbal que puede tener sentido aunque reduzca al mínimo sus referencias reales.

Ante estos nuevos paradigmas de lo real, lo fantástico debe seguir proponiendo su conflicto entre lo real y lo imposible, desmintiendo los esquemas de interpretación de la realidad y el yo, como el médico que borra la circunferencia de Clinio Malabar (personaje de Leopoldo Lugones), un loco que sólo puede vivir seguro dentro de los límites de una circunferencia que dibuja sin cesar a su alrededor. Temblamos de horror si alguien pone en duda nuestro orden de realidad. Lo fantástico desestabiliza esos límites que nos dan seguridad, el círculo de tiza que nos “protege”, como al loco Malabar, de lo desconocido.

Roas distingue lo fantástico de lo maravilloso. La amenaza de lo imposible no se plantea en esa literatura del “Érase una vez…”, como los cuentos de hadas o El Señor de los Anillos, en los que todo es posible. Lo imposible se vuelve familiar. Pero en la verdadera literatura fantástica lo ominoso (unheimlich, lo tenebroso o inquietante) se produce cuando aparece como real lo que teníamos por mera fantasía. Acontecimientos extraordinarios, numinosos, no es lo mismo que acontecimientos imposibles.

El realismo mágico, sin embargo, plantea la coexistencia no problemática de lo real  y lo sobrenatural, una situación que se consigue mediante un proceso de naturalización y de persuasión que confiere estatus de verdad a lo no existente, hasta que los fenómenos prodigiosos son presentados como si fueran algo corriente, lo que distingue al realismo mágico tanto de la literatura maravillosa como de la fantástica (basada en el enfrentamiento problemático entre lo real y lo imposible).

En lo pseudofantástico se acaba racionalizando lo sobrenatural, o bien la presencia de esto no es más que una excusa para la sátira grotesca o alegórica, o para la lección moral. Roas establece tres grandes grupos de narraciones pseudofantásticas:

a) Las novelas góticas en que se explican los efectos terroríficos que sacuden a los protagonistas mediante trucos mecánicos (Ann Radcliffe),

b) El gótico sobrenatural de Lewis, al servicio de una alegoría iniciática y moralizante.

c) Lo fantasmático en que se recrea la atmósfera de fenómenos psicopatológicos.

El humor negro o lo absurdo resultan categorías limítrofes de lo fantástico. Pero la risa exige una distancia entre el lector y lo narrado, y de este modo desaparece la necesaria identificación empática que exige lo fantástico. Como afirmó Bergson, para reír es necesaria “una anestesia momentánea del corazón”. En el caso de lo grotesco (esperpéntico, cómico y terrible) la distancia es intensificada por la hipérbole y la deformación. No obstante, en la narrativa fantástica actual se está produciendo una sorprendente fusión de lo fantástico con la ironía y la parodia.

Roas distingue el miedo de la angustia. Temor, espanto, pavor, terror…, son especies de miedo; mientras que la inquietud, la ansiedad, la melancolía…, son formas de la angustia. El primero tiene por objeto lo conocido, el segundo lo desconocido. La angustia se vive como una espera dolorosa ante un peligro tanto más temible por cuanto no está claramente definido, como un sentimiento global de inseguridad que resulta incluso más difícil de soportar que el miedo.

Lo fantástico desfamiliariza lo real y produce miedo metafísico o terror cósmico, como en los relatos de Lovecraft. Todo relato fantástico provoca esa inquietud en el receptor. Lo fantástico tiene que ver con los miedos colectivos que atenazan a los seres humanos, con todo aquello que escapa a los límites de la razón. Evidentemente, ante un público escéptico, culto y poco asustadizo, los autores han de afinar el ingenio para dar miedo, ese que tiene que ver con que nuestras convicciones sobre lo real ya no funcionen.

Puede que lo que distingue a lo fantástico romántico de lo fantástico contemporáneo sea que en la actualidad lo fantástico irrumpe como lo anormal en un mundo aparentemente normal, pero no para mostrar la evidencia de lo sobrenatural, sino más bien para postular la posible anormalidad de la realidad, para revelar que nuestro mundo no funciona como creemos, lo fantástico puede devenir así una categoría profundamente subversiva, pues dibuja el perfil de la alteridad, de lo no dicho o no visto por la cultura, contrapuesto a la ideología del momento histórico.

Entre los diversos aspectos que definen la poética fantástica de los autores actuales, Roas analiza cuatro que considera esenciales: a) la yuxtaposición conflictiva de órdenes de realidad, b) las alteraciones de la identidad (la divisibilidad del “yo” ya no se discute); c) el recurso de darle voz al Otro, de convertir en narrador al ser que está más allá de lo real; y d) la combinación de lo fantástico y el humor.

Entre el elenco de autores que cultivan la literatura fantástica en España cita a Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Félix J. Palma, Care Santos, Ignacio Ferrando, Jon Bilbao, Patricia Esteban Erlés, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Miguel Ángel Zapata, y a sí mismo, David Roas. A todos ellos los considera herederos de los grandes maestros: Cristina Fernández Cubas, José María Merino o Juan Jose Millás.

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Las flores de Baudelaire

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"Il est des parfums frais comme des chairs d'enfants,/ Doux comme les hautbois, verts comme les prairies,/ - Et d'autres, corrompus, riches et triomphants,// Ayant l'expansion des choses infinies,/ Comme l'ambre, le musc, le benjoin et l'encens,/ Qui chantent les transports de l'esprit et des sens"

                      Charles Baudelaire

Amena, austera, cosmopolita, nada maniquea, ambientada en el Bilbao de 1917, al socaire de la guerra mundial de las trincheras, Las flores de Baudelaire -novela de Gonzalo Garrido- no se cae de las manos. Avalada por Eduardo Mendoza, prevalece en ella el interés social, histórico y psicológico, sobre las florituras de estilo; y la trama policíaca -de aires "negros" y melancólicos- sobre cualquier prurito poético.

Celebro la defensa intempestiva del toreo, una de las aficiones del protagonista, el fotógrafo e investigador privado Alfredo Maldonado, agnóstico y krausista, distanciado física y moralmente de su mujer, intolerante y pacata. Nuestro héroe -que cuenta la historia en primera persona- entiende la tauromaquia como arte en movimiento y como una disciplina artística en la que la inteligencia y la fuerza se enlazan en un baile de poder y de sumisión hasta la muerte.

Resultan pertinentes y ajustadas las alusiones a la idiosincrasia nacional, a esa que –desdichadamente- no pasa de moda, cuando describe el carácter de uno de los personajes honestos de la novela, el policía Rincón: “Poseía ese sentimiento tan hispano de insolidaridad, de incapacidad de sumar esfuerzos en busca de un objetivo común beneficioso para todos. Prefería mil veces el fracaso al éxito compartido”. Así como la breve disección de uno de los problemas históricos del país vasco, tal vez una de las claves para comprender sus trágicos avatares recientes, pues aquellos polvos trajeron estos lodos:

 “En el País Vasco, la ciudad y el campo se habían enfrentado desde antiguo. La gente rural se sentía agredida por las ideas liberales de los burgueses y por su estilo de vida ostentoso. Y éstos despreciaban la rusticidad de aquéllos y las limitaciones que ponían al crecimiento de la ciudad y al comercio, principal fuente de riqueza. Intereses contrapuestos estaban en liza. Eran dos mundos dándose la espalda que habían sembrado una cultura de incomprensión y rechazo y a los que únicamente los unía su extremado catolicismo.

El desprecio había originado las guerras carlistas y el abandono del vascuence por la burguesía como idioma de relación social, que había acogido al castellano por culto y refinado. Al poco, surgieron movimientos políticos de índole nacionalista, que defendían las ideas conservadoras del campo, contra las corrientes liberalizadoras de la ciudad, y que crecieron en tamaño y fuerza.

Esta fragmentación, alentada por unos y otros, había provocado la radicalización de las posiciones. Cada parte tenía su grupo de adeptos, con su simbología, su lengua y sus valores morales. Eran grupos banderizos, cerrados, compactos, en donde las adhesiones eran totales y las ambigüedades se consideraban traiciones. En tierra de nadie quedaba una parte de la sociedad, indiferente a esas controversias y que deseaba una convivencia pacífica y centrada en sus quehaceres diarios y en la satisfacción de sus necesidades básicas”.

 No falta en la novela una alusión a la financiación extranjera, británica, del movimiento sabiniano.

 “Muchas potencias estaban deseando que España hundiese sus rodillas ante la emergencia de nuevos imperios. Nada mejor para ello que el fomento de la secesión. Inglaterra ya había tenido una buena experiencia con Portugal, a la que había alimentado durante siglos, y Alemania lo estaba intentando en Irlanda apoyando la revuelta de los católicos…”.

 Divide y vencerás.

 La España que rememora Gonzalo Garrido ha dejado en manos de otros países el desarrollo tecnológico (recordemos el “¡que inventen ellos!” unamuniano) y debe comprar la tecnología fuera. Esa dependencia es la ocasión que aprovecha Klaus Krüger, un austriaco, para introducir en Bilbao los nuevos procesos fabriles y convertirse en un empresario todopoderoso, ayudado por el papanatismo que nos caracteriza, pues los empresarios y políticos locales creían, por principio, que todo lo de fuera era mejor que lo de dentro. El asesinato de su nieta, una disminuida psíquica, es el "caso" que pone en marcha la investigación. 

Como sigue sucediendo en gran medida hoy, los partidos políticos eran  más bien un teatro que encubría y disimulaba la vieja y endogámica “microfísica del poder” –por usar una expresión foucaultiana-: el caciquismo, el compadreo, el amiguismo, el nepotismo, el clientelismo… Incluso las cualificaciones profesionales valen menos que estas decisivas acreditaciones de ser el sobrino del fulanico o el cuñado de menganico:

 “Si alguien deseaba trabajar, al margen de sus cualificaciones, debía buscar unos padrinos que lo bendijesen y negociasen su entrada en el mundo laboral”

 “Estos abusos estaban cambiando con la venida de los nuevos aires democráticos que resquebrajaban la armonía de poder que detentaba la clase dirigente y los obligaba, en contra de sus hábitos anteriores, a disimularse en partidos de nuevo cuño. La llegada del socialismo con su marchamo marxista, junto con un nacionalismo envalentonado y un republicanismo anticlerical, empezaban a dejar huella en las tranquilas aguas de la Restauración”

 Y como ha sucedido tantas veces en la historia: “Los problemas de España no habían sido resueltos, sino aplazados”… Los poderosos usaban los nuevos partidos para seguir ostentando el poder personal, sin interés democrático alguno “aunque, con sabiduría de generaciones, eran conscientes de la necesidad de adecuarse a las últimas tendencias y de legitimar sus comportamientos caciquiles por medio de la democracia formal”. En este contexto, la política no es más que la vía más lógica para trepar más rápido, ganar dinero fácil, adquirir protagonismo, subir por la escalera de las vanidades…

En cierto sentido, el mundo descrito por Gonzalo Garrido como marco de su historia policíaca se parece demasiado al presente, incluso incurre en algún anacronismo. No creo, por ejemplo, que existiese la carrera de “económicas” a principios del XX; si acaso, la de “profesor mercantil”.

En mitad de una investigación que va ganando interés a medida que se complica, tampoco faltan alusiones al estado de la enseñanza superior, donde el infértil quijotismo teórico se da la mano con las viejas actitudes despóticas, medievales, en una Universidad de Deusto controlada por la Compañía de Jesús.

Este comentario se mantiene en los márgenes. Del asesinato de la niña y de su resolución por parte del curioso fotógrafo Alfredo Maldonado no hablaré, para no fastidiarle la intriga, ágil y cinematográfica -a la que no falta cierto aliciente sentimental- al posible lector. 

 


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05/01/2013 11:21 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Estreno de Stanislaw Lem

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El hospital de la transfiguración es una novela tan redonda, melancólica y trágica, que resulta difícil creer que fuese terminada por alguien con veintisiete años, alguien que tiene toda la vida por delante. Cuando por fin la censura comunista lo consintió, fue la primera publicada por Stanislaw Lem, en 1956, ocho años después de que su autor la terminara, sin duda uno de los más importantes escritores polacos -si no el mejor- del último siglo.

El tono e incluso el estilo de esta obra están muy lejos del humor cáustico y la especulación estelar, distante y desenfadada, de las obras de ciencia ficción y crítica inteligente que más tarde conquistaron el mundo de las letras, y sin embargo se nota en germen, al final de algún capítulo, cierto atisbo de humor, como una chispa en mitad de una profunda, sombría y desangelada reflexión sobre la condición humana: el hombre como proyecto inconcluso, la extrañeza de los insectos como máquinas vivientes, las limitaciones del materialismo y la desesperación amoral del nihilismo, el valor de la igualdad y la desigualdad, la revolución y la filantropía, el sentido de la historia, la complejidad del cosmos, la miseria humana, la relación entre la demencia y el arte, la idiotez del especialista y, por fin y destruyéndolo todo, el gran interrogante que crea sobre nuestro ser y nuestro destino la barbarie nazi, con la que se cierra la obra.

Menos mal que a la noche aún entra por el ventanuco de una choza incólume un tenue rayo de esperanza, como posibilidad de un renacer y un intentarlo de nuevo, tras un borrón y cuenta nueva, y gracias al tierno y consolador abrazo de una mujer enigmática: la doctora Nosilewska.    

La obra comienza por un funeral y termina en el infierno de un holocausto: los alemanes exterminando sin compasión a los pacientes de un manicomio, para convertirlo en un hospital de la SS. Como su acción transcurre en el aparente aislamiento de un hospital psiquiátrico, es deudora por momentos de La montaña mágica, publicada por Thomas Mann en 1924, y a la que el autor menciona una vez-, nos recuerda las extrañas cavernas y las atmósferas alucinadas de Kafka, aunque también se hallan en ella referencias a la tradición lírica polaca y a los autores clásicos universales.

El poeta Sekulowski, uno de sus personajes centrales –principal interlocutor de su protagonista, Stefan Trzyniecki-, podría haberse sentado a la mesa de Hans Castorp, haber intentado seducir a Madame Chauchat con su labia poética, o departido interminablemente con Settembrini, discutiendo sobre lo humano y lo divino, allá en las alturas, en el sanatorio para tuberculosos soñado por Mann. Sus reflexiones sobre el arte y la locura, breves y directas, poéticas y terribles, dan mucho que pensar.

Así, Sekulowski describe al ser humano como efecto de una rarísima casualidad…

 “Cientos de miles de ardides sujetan ese rarísimo salto de energía que, como un relámpago, desgarra la materia persistente y ordenada: un lazo en el espacio, arrastrándose en medio de un paisaje vacío, pero ¿para qué? ¿Para que el cielo pueda encontrar su confirmación en el ojo de alguien? En el ojo, ¿comprende? ¿No se ha parado nunca a pensar por qué las nubes y los árboles, de color dorado en otoño, pardos en invierno, todo ese paisaje marcado por las estaciones del año, por qué todo nos golpea con su belleza como con un martillo? ¿Con qué derecho sucede así? Si debiéramos ser negro polvo interestelar, jirones de la nebulosa de Orión, la norma es el bramido de las estrellas, el diluvio de meteoritos, el vacío, la oscuridad, la muerte…”.

 Para Sekulowski, la lectura literaria es un intento de olvido; la escritura, un intento de salvación… “como todo”. Cada uno de nosotros, una posibilidad transformada en necesidad. Recoge con gusto la sentencia inimaginable de su amigo médico: “Yo, que una vez fui un espermatozoide y un óvulo…”. Mucho más allá de la vida en el psiquiátrico, más allá de los bosques que rodean el manicomio, los políticos quedan muy al fondo… demasiado tontos para que el poeta pueda prever sus acciones racionalmente, demasiado locos para que resulten afables…

 “Se acerca la época de los enanos acuartelados, de la música en lata, de los cascos que no dejan ver las estrellas. Y dicen que después vendrá la igualdad y la hermandad, pero ¿por qué la igualdad, ¿por qué la libertad? ¡Si precisamente de la desigualdad surgen escenas visionarias y de la desesperación el fuego creador!”

 Desde la óptica egocéntrica y destructiva de Sekulowski, entre la lucidez desesperada, el entusiasmo estético y la locura, la filantropía aparece como algo propio de vírgenes diplomadas a las que se les han agostado las hormonas, y las teorías revolucionarias como aquello a lo que se han dedicado cuatro rebeldes que destacaban entre los bien alimentados, ya que “los indigentes no tienen tiempo para semejantes asuntos”. Y la historia, dominada por el poder del más fuerte, siempre gana, siempre tiene razón y deja al margen a los que no se adaptan. Por eso, para Sekulowski, los manicomios destilan el espíritu de la época.

 “Todas las deformaciones, las jorobas psíquicas y las excentricidades están tan diluidas en la sociedad que resulta difícil percibirlas, pero aquí, concentradas, revelan claramente el rostro de los tiempos que vivimos. Los manicomios son los museos de las almas…”

 Para Marglewski, médico del hospital en el que el poeta Sekulowski se ha recluido voluntariamente, el genio está asociado necesariamente a la demencia. Balzac es un psicópata maniático; Baudelaire, un histérico; Chopin, un neurasténico; Dante, un esquizoide; Goethe, un alcohólico; y Hölderlin, un esquizofrénico… No extraña que Marglewski describa en una conferencia una forma de locura que consiste en la nostalgia de la locura, una depresión patológica por no poder disfrutar ya de las alucinaciones de la demencia. Sin embargo, para su colega Stefan, nuestro protagonista, las grandes obras no nacen gracias a la demencia sino a pesar de ella.

En el Viejo Mundo, una y otra vez, parecemos destinados a elegir entre formas nobles de sufrimiento, mientras que los norteamericanos, muy contentos de sí mismos, se muestran incapaces de dedicar un minuto a la metafísica: “¡No tienen tiempo para entender la crueldad de las Cosas!”.

El arte, por su parte, no tiene nada que ver ni con la belleza ni con la fealdad, sino con las cosas bien hechas. Y así, por más que un chapucero intente pintar a la mujer más bella del mundo, el resultado será un adefesio; pero Van Gohg pinta un orinal y el resultado nos tira de espaldas. El arte desentraña al hombre, desvela el resplandor del mundo, el eterno paso del tiempo, la katharsis

La perspectiva de Sekulowski es la de la panspermia de Anaxágoras:  

 “todo está en todo. Las estrellas más lejanas influyen en la orla del cáliz de una flor. El rocío de la mañana contiene la neblina de la noche pasada. Todo está entrelazado por una omnipresente dependencia. No hay nada que pueda librarse del poder de todo lo demás”.

 El hombre mismo captura en sí la belleza del mundo entero sometido a miles de leyes mágicas, pero como una esbelta escultura arrastrada hacia el fondo de un estercolero. Toda esa fina arquitectura de huesos, fibras, sentidos y nervios, resulta completamente inútil y, al fin, es el mismo cuerpo el que nos mata. La analogía del cáncer resulta aquí oportuna: “Un tumor es como un pequeño brote que crece en una célula que se rebela”.

El poeta aparece como el mejor interlocutor de este joven Stanislaw Lem, tal vez como un alter ego del protagonista, que a su vez lo es del autor y, seguramente, Sekulowski sea una fuerte tentación para el pensar del genial polaco, Una tentación narcisista, atea, materialista, relativista, una tentación que es castigada en la novela, como si ésta fuese una catarsis y una superación del nihilismo. Pues el poeta –representante de la desesperación más existencialista- delata a los pacientes escondidos y al final es ejecutado por los alemanes, como un frenético más, mientras el protagonista llora por el mucho mal que ha contemplado, en brazos de su compañera. 

Nota: Añadiré que la edición de Impedimenta (Madrid, 2008) es elegante y cómoda para el lector, la traducción directa del original polaco, pero hubiera merecido una revisión final que corrigiera ciertos lapsos.

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06/12/2012 19:35 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El oráculo de Noctiluca

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Llevaba años buscando tiempo para leer a Jesús Maeso de la Torre, primo de mi compañero y sobresaliente músico, Jerónimo Maesso (cuyo apellido ha conservado la doble ese). De rey mago, he regalado su obra Al Garzal, el viajero de los dos orientes, 2008 (2003), la que el autor me ha confesado que considera como su mejor novela, con la intención de que un familiar me la regresara cortésmente para leerla, una vez “usada”. Leo poca novela en verdad, y sobre todo ficción científica y en verano. Había comprado en una librería de segunda mano (la única que conozco en España, regentada por una nórdica en la calle San Miguel de Torremolinos) la novela Tartessos, en una edición especial que hizo ABC en 2006. El autor considera esta novela como primeriza.

Quién lo diría, porque Tartessos me enganchó desde el principio. Puede que contenga alguna pequeña imperfección formal, ¿qué obra de arte está libre de ellas?, como la reiteración del verbo “comparecer” o el galicismo “arribar”, pero la novela, aparte de amenísima, está escrita en un español magnífico y resulta un extraordinario alarde de ficción y reconstrucción histórica verosímil –o tal vez habrá que decir proto-histórica, porque por entonces la historiografía, propiamente dicha, aún tendría que esperar a los viajes de Herodoto de Halicarnaso-. Más meritoria resulta la reconstrucción de Maeso por cuanto de la gran y primera civilización ibérica, del legendario reino de Gerión y de los fantásticos Gargoris y Habis, mitificado por los escritores helenos, o sea del Reino del Ocaso, más allá de las columnas de Hércules, sabemos muy poco.

Tartessos es también un extraordinario libro de viajes: por el mar Exterior, la ruta secreta del estaño, hasta la tenebrosa Albión; por el saco del Mediterráneo, que surcaban las galeras helenas, los piratas etruscos, los mercaderes fenicios, hasta las asombrosas islas egeas y la codiciada costa de Asia Menor, esas gloriosas Mileto y Éfeso de las que, unas generaciones después, emergerán, frescas, críticas y decididas, la ciencia y la filosofía; y por el Tertis (Guadalquivir) hasta sus fuentes al Este, hasta las minas de Cástulo, en las montañas argénteas, allá por los finales del siglo VII y principios del VI a. C.

En el marco de las complejas relaciones políticas y mercantiles de la época, con la Persia de Asurbanipal presionando sobre la gran metrópoli cananea de Tiro y ansiando tragarse las ricas colonias jonias de Asia Menor, y con Cartago, la esmeralda de Pigmalión -fundación fenicia en las costas africanas que disputará a Roma la hegemonía del Mediterráneo-, Jesús Maeso elabora una bella, romántica y dramática trama de conspiraciones y tiernas amistades, que no pierde su suspense e interés hasta el final, a medias feliz, a medias melancólico.

La civilización del Ocaso, así como su rey, el magnánimo e inteligente Argantonio, aparecen magistralmente sublimados:

 “Los tartesios se significaban entre los pueblos del mar por su inclinación a los lujos, a los banquetes opíparos y sobre todo por la liberalidad de sus costumbres y la sensualidad sin trabas… Se vanagloriaban de cuidar sus cuerpos, los relicarios de sus almas inmortales, con la pulcritud del aseo y el ejercicio, de venerar a los ancianos por su sabiduría, y a las mujeres, por atesorar la misteriosa encarnación del enigma de la vida. Insignes gastrónomos, cada ágape solía derivar en una desenfrenada bacanal donde disfrutaban sin cortapisas de la existencia, dando rienda suelta a sus emociones y libérrimos sentimientos… Sus proveedores fenicios, los dotaban de los más exóticos lujos orientales, que eran pagados magnánimamente con ríos de plata. Odiaban el tedio, rechazaban la imposición severa de los moralizadores, y amaban el sesteo de las fiestas de sus divinidades luminosas, los juegos de destreza atlética y sobre todo se entregaban a los ritos sagrados de la muerte de los toros de Poseidón, donde ensalzaban a los burladores y retribuían de camino a sus dioses, ofreciéndoles su sangre.”

 El noble Hiarbas, joven justo, intolerante con la falsedad, fidelísimo a la palabra dada, creía en el destino aunque no en el azar, pues temía las inexorables fuerzas del cielo. Refinado orfebre, pentarca de los Metales en Turpa (la ciudad tartesia apostada frente a la fenicia Gadir), protagoniza la fábula, respeta los más ancestrales ritos de su pueblo, entre los cuales se cuenta el sacrificio del toro… Recuerda así las palabras de su padre, Kulkas, el herrero y fundidor de plata de Egelasta.

 “Degollar a un animal es propio de matarifes incivilizados, hijo, pero los tartesios expresamos nuestro valor inmolando con respeto a la más poderosa de las bestias creada por Poseidón. Rondamos al toro como la hembra corteja al amante, que da su sangre por la vida y danzamos ante sus ojos reduciéndolo con la seducción. Así honramos al dios, a nuestros antepasados y a nosotros mismos, y es el destino ineluctable el que decide quién debe morir y quién debe vivir tras el sagrado ritual, su sangre derramada nos vivifica y alienta. No mostramos crueldad y sí admiración, pues barbarie sería no concederle ninguna posibilidad para defender su vida. ¿Existe algo más bello y honesto, hijo mío?”

 En Egipto, en Creta y en otras partes, también se jugaba y bailaba festivamente con el toro, de hecho, la fiesta que algunos renegados o tradicionalistas a macha martillo llaman "nacional" ha resultado ser bastante internacional, en el pasado y en el presente. Pero en el Tartessos de Jesús Maeso el ritual del toro adquiría -tenía que hacerlo- épicos tintes homéricos.

Hay en toda la obra de Maeso un eco de profundas lecturas clásicas, de erudito historiador y degustador de textos con solera. También, la poética y cercana descripción de un paisaje natural que, como gaditano adoptivo y viajero impenitente, domina. Remedios antiguos, culinaria mediterránea, hábitos y complementos de las distintas razas y pueblos, especias, dulces y salsas, la lectura resulta un regalo para los sentidos y su descuidada memoria…

El autor resucita la sabiduría de un pensamiento mítico-religioso, supersticioso y trágico, que apenas se asoma todavía a la racionalidad presocrática, un pensar que parirá las frutas maduras de la astronomía y las matemáticas, pero que todavía se halla aferrado a un sentir dominado por dioses y diosas de la luz y la oscuridad, por misteriosas y terroríficas fuerzas de los cielos y los mares, la tierra y los infiernos, por un temor conjurado por augurios de sacerdotes y oráculos de pitonisas viperinas y "colocadas", una religiosidad que combina la prostitución sagrada con el enigma trágico, y la recomendación moral con la revelación inspirada y el sacrificio humano. No extrañe que Jesús Maeso se confiese con una mentalidad religiosa, aunque poco afecta a clérigos, jerarquías y rigores dogmáticos. Desde luego, sé de buena tinta que está muy vinculado a la religiosidad popular (su padre, el querido y respetado Marcos, fundó una importante cofradía penitencial en su ciudad natal, Úbeda)… Sibilas y curanderas, y una compasión frente a la esclavitud de profunda raíz cristiana, adquieren en esta excelente obra un protagonismo especial: jóvenes cuyas almas se alimentan de insospechadas armonías, gratitud y venganza, rencores y miedos, deseo, amor y amistad, y galeotes que suplican a sus dioses por que los liberen de una vez de una existencia sin esperanza.

 Gracias al Primer Certamen Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Úbeda” he podido por fin conocer a Jesús Maeso "en persona", pues ha venido generosamente a mi instituto, el Francisco de los Cobos, a pronunciar una conferencia, un lujo éste que ha sido posible gracias a la mediación de un antiguo alumno particularmente emprendedor: Pablo Lozano Antonelli, organizador del evento.

A Jesús Maeso de la Torre no sólo me une el interés por la lectura de sus ya numerosas obras, sino también cordiales y venerables vínculos de paisanaje, que se remontan a nuestros ancestros, en una ciudad como Úbeda, que aun ostentando el título de “ciudad” concedido por medievales reyes, tiene todavía mucho de pueblo. Tras casi haber concluido de devorar con gusto y provecho su Tartessos, el trato con su persona no ha desmerecido para nada el trato con la calidad de su prosa, más bien todo lo contrario. Su vitalismo y jovialidad son los mismos de la voz en off que ya conozco, como señor de sus formidables historias y demiurgo de aventuras posibles en mundos paralelos. Formidable y llano comunicador, Maeso, con un timbre de voz muy radiofónico, es capaz de ganarse la atención del público más difícil: los adolescentes de un instituto de enseñanza media; y mejor aún: capaz de animarlos alegremente a usar de esa "fuente inagotable de placeres" que puede llegar a ser la lectura, cuando como él, se ha aprendido verdadera y apasionadamente a leer, que es también un saber escuchar la voz de vivos y atender el rumor intemporal de los muertos. Desde luego, prueba con ello sus "tablas" de buen maestro y educador. Y ese aspecto educativo me parece a mí que tampoco me resultará desdeñable en sus estupendas novelas históricas. También animan a escribir, la autonomía y el merecido reconocimiento que él ha ganado con mucho oficio.

Le quedo muy agradecido por su intervención, y por las cordiales palabras que me ha dedicado en las guardas de sus libros: Tartessos y El lazo púrpura de Jerusalén (Mondadori, 2008). Tuvo la gentileza de regalarme un ejemplar de esta última obra, cuyas aventuras transcurren en la época de las Cruzadas (como historiador, Maeso reconoce su predilección por la Edad Media). Tras leerlas, las guardaré como tesoros de mi biblioteca. 

Nota bene: La foto que ilustra esta entrada retrata al novelista Jesús Maeso y al autor de la misma en el acto que en ella se comenta (21-XI-2012).

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25/11/2012 21:07 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

EL REINO DE LAS LIBÈLULAS

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Se publicaron mil ejemplares de este librito. Me alegra saber que Mimo Libros de Jaèn ofrece uno de ellos con la siguiente descripciòn: 

El reino de las libèlulas. Gráficas Úbeda. Autor. 1999. In 8º mayor, 86pp-2h. Rústica editorial ilustrada. Biografía del autor al final de texto. Muy buen ejemplar. [PRIMERA EDICION]. Nº de ref. de la librería 28427.

A siete euros con gastos de envìo. No està mal. El autor, o sea un servidor, no ganò nada dinerario con su publicaciòn, al contrario que con otros cuentos, algunos inèditos, que han obtenido modestos galardones, como "Inocente encelado entre palomas", un relato sobre un disminuido llamado Migue, con el que ganè cien mil de las antiguas pesetas en un certamen convocado en Cantabria, y que duerme el sueño de los justos en una carpeta de mi ordenador llamada "Sueños".

En realidad, los mil ejemplares de El reino fueron el pago en especie por la venta -sobre todo a mis alumnos- de Imàgenes e Ideas (Gràficas Ùbeda, 1997), una introducciòn a la filosofìa desde la crìtica de la publicidad que estoy revisando en la actualidad para su reediciòn por Alegorìa en Sevilla. Me enorgullece decir que esta obra fue solicitada por la universidad de Mèjico, de donde proceden la mayorìa de los internautas de mis blogs...

A Medardo Fraile le gustò mi relato, la crònica de lo que en su momento me pareciò memorable de mi mili, aunque no la de todo lo recordable. El juicio de Medardo -indiscutible maestro del relato corto- y su irònico y generoso pròlogo me animaron por fin a publicarlo. Que yo sepa, saliò sòlo con tres o cuatro erratas, que corregìa de mi puño y letra cada vez que regalaba el libro a un amigo o a un familiar, de esos que te guardan afecto, te agradecen el regalo, pero difìcilmente te leen o comentan tus escritos. Una parte de su ediciòn se la entreguè, para su distribuciòn (la distribuciòn lo es todo), a Josè Miguel (ahora no recuerdo su apellido), el dueño de la editorial El Olivo, a cambio de algunos libros de sus colecciones, sobre todo breves obras de referencia para mi biblioteca de profesor de instituto. No sè si se han vendido aquellos ejemplares de El reino de las libèlulas, ni dònde han acabado, espero que no en un trapero, como sucediò con el nutrido resto de la ediciòn de El libro de los cien lapos, que rescatè gracias a la amistad y generosidad del trapero.

Uno de los ùltimos ejemplares de que dispongo se lo he mandado a Salvador Solè Soriano, extraordinario fotògrafo tambièn, en un justo intercambio de narraciones cortas. Èl me habìa mandado cuentos magnìficos, como Tiempo de Isjevos o Gou-Goroo el muy imbècil, que merecen ser publicados, para ser leìdos y analizados. Pero el editor que conozco en Barcelona està màs interesado en publicar libros de autoayuda que relatos fantàsticos, aunque èstos sean buenos y hasta edificantes. No se lo reprocho. Es un empresario, ademàs de un buen amigo, y tiene que vivir, da trabajo, paga impuestos...

El caso es que Salvador se lee cuanto le mando, comenta mis fotos -mucho màs rùsticas que las suyas- y lo critica con una sinceridad de colega antiguo. Y es esto lo que un escritor ansìa: lectores respondones y francos. Asì que añado a esta entrada su juicio sobre El reino...

 

Encuentro que "El reino de las libélulas" está escrito con gran vigor y los retratos psicológicos me parecen coloristas hasta el almodovarismo, aunque obviamente se trata de otro estilo y muy otros personajes. Todo el peso del texto recae en dibujar los caracteres de los personajes y algunos trazos de las relaciones entre ellos. El situar el marco histórico antes, durante y después del 23-F, permite enmarcar el momento social. Las grandes virtudes que le encuentro a esa novelita es la viveza de tus descripciones, el ingenio y la poesía humanista que en ella derrochas, el desparpajo en la jerga militar - que tan bien transmite su idiosincrasia a medio camino entre lo mitológico-épico y lo cazurro-palurdo - y la construcción literaria sólida y de amplia sonoridad. Como defectos (que quizás solo lo sean a mi parecer) citaría la sobre-adjetivación, que espesa el fluir de la lectura, y la ausencia de un discurso narrativo ya que el asunto del 23-F solo aparece en las últimas páginas y el resto es un cuadro pscológico-costumbrista, eso sí, magníficamente trazado. Como yo mismo tengo algún texto donde me propuse conscientemente que no sucediese nada ("Aquí, tan lejos" y "Planeta muerto") considero que la ausencia, o la debilidad, del argumento, sobre todo si es intencional, no alcanza el rango de defecto.

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29/09/2012 10:35 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Involución

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“Las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas… El mundo ya no era un lugar para el pensamiento. Era un lugar para la vegetación, para lo vegetal. Era un invernáculo”

Brian W. Aldiss

 Hallo en una conferencia de Norman Brown una interesante referencia a Hegel. En la Fenomenología del espíritu del filósofo alemán, la vida y el conocimiento de Dios se describen como el amor jugando consigo mismo. Esta idea sería del todo trivial si no se añadiera el rigor, el dolor, la paciencia y la obra de la negación. La negación garantiza la dinámica del mundo, la sustitución de unos seres por otros: la muerte y la resurrección, porque la negación es también síntesis, negación de sí misma y por tanto afirmación.

Como aún creemos en el progreso -y algunos hasta en el progreso automático- ponemos el peso en la innovación, pero nos olvidamos del todo de la importancia de la conservación, incluso de la urgencia del mantenimiento y la restauración. Esto es particularmente cierto en España, país especialista en proyectar obras que se malogran. Construimos cosas que luego se deterioran o desaparecen rápidamente. Insistimos en el crecimiento, pero nos olvidamos de que, para adaptarse, a veces hay que simplificarse, menguar en lugar de crecer; no queremos ver que lo pequeño y simple puede ser también hermoso, incluso más hermoso que la complejidad artificiosa y el gigantismo estéril.

Pasa lo mismo con la idea de evolución. No sólo las ciencias naturales, sino también las humanas han sido fecundadas por esta importante idea, uno de cuyos precedentes -y tal vez no el menos importante- fue precisamente el concepto de superación implícito en la dialéctica del idealismo absoluto de Hegel. Lo nuevo supera a lo viejo, esto es, lo trasciende y conserva. Unas formas superan a otras, unas formas de vida niegan y se sobreponen a las antiguas, pero nada se pierde, lo nuevo conserva lo viejo, incluso se reconcilia con ello en el tiempo.

Sin embargo, una vez más, para que la razón se reconcilie consigo misma se hace preciso saltar, desde la idea de evolución, a la idea contradictoria –o será mejor decir, contraria-: la idea de involución. Brian W. Aldiss la explota magistralmente en una de sus novelas ya clásicas: Invernáculo (Buenos Aires, Minotauro; título original: Hot House, 1962).

El futuro en que se mueven los personajes de esta novela no es un futuro inmediato, sino remoto. El alejamiento del presente facilita la verosimilitud de la fantasía. En ese tiempo, se acerca el día en que el sol se convertirá en una nova, entonces se tragará todo el sistema de planetas y asteroides que gravitan en torno a su radiación. La radiación solar ha crecido tanto que el crecimiento de la vegetación ha adquirido una supremacía indiscutible, los pocos y dispersas tribus de humanos que sobreviven, cinco veces más pequeños que sus antepasados, tienen la piel verdosa y se enfrentan a continuos peligros en el plano medio de la selva, el más seguro, enfrentando los acosos de una vegetación voraz, animada y violenta: lianas que se han vuelto serpientes enormes, matorrales que se han convertido en aves, plantas que se comportan como enormes artrópodos. La rotación de la Tierra sobre sí misma ha cesado, y toda la parte iluminada del planeta es un inmenso bosque, mientras que la superficie en sombra es un desierto, salvo la frontera crepuscular a la que son arrojadas, como por efecto de la marea que sigue a una tormenta feroz, los desechos de la vida que no se adapta a las condiciones crueles de la jungla. Entre nuestro planeta y su  luna, unos inmensos monstruos aracnoides de origen vegetal, los traveseros, han colgado sus enormes telas, colonizando así el espacio intermedio.  

En Invernáculo, las plantas dominan la Tierra de tal manera que obligan al resto de formas de vida a extinguirse o a buscar refugio en la zona crepuscular, donde los rayos del sol colorean las montañas pero dejan los valles en penumbra u obscuridad total. Los humanos no tuvieron más remedio que regresar a la vida arborícola de la que procedían. Un surrealista o involucionado delfín (Sodal Ye, un “trapacarráceo”) transportado en las espaldas de una raza decadente y parasitado por un hongo inteligente (una descendiente de la “morilla”) hace de surrealista profeta final:

  Crecimiento es simetría, simetría hacia arriba y abajo, y lo que llamamos decadencia es en verdad la segunda etapa del crecimiento. Un mismo proceso…, el proceso de la involución, que os hunde en el verdor original…

 Mientras que muchos vegetales han crecido y evolucionado hasta parecer animales y desarrollar algo funcionalmente similar a un sistema nervioso, algunas de las razas humanas que protagonizan la historia apenas saben hablar o han perdido del todo el don de la palabra, los principales en el cuento, pertenecientes a la banda de la matriarca Lily-yo, echan de menos palabras olvidadas que permitían en el pasado expresar matices que ahora se oscurecen o pierden. Esta idea de que en circunstancias adversas vale sobre todo el instinto de supervivencia y se echa el telón para el espectáculo civilizatorio y civilizador de la razón y la  inteligencia es recurrente en otras obras de Aldiss, por ejemplo en Barbagris (1965).

Sin duda, la experiencia como militar de Aldiss, de las selvas de Birmania y Sumatra, países en los que vivió hasta el fin de la segunda guerra mundial, debieron de inspirar las magníficas descripciones de ese mundo- jungla de Invernáculo.

El crecimiento vegetal ha aislado a las criaturas inteligentes, salvo a los “sodales”, que en los océanos han podido mantenerse en contacto unos con otros, de modo que no han perdido la visión de conjunto (ese conocimiento “sinóptico” al que Platón llamó dialéctica). Los sodales han descubierto que el mundo está a punto de acabar. Pero este fin no es más que un nuevo principio. Los incendios que se levantan como columnas desde las zonas más calientes son el efecto de una fuerza llamada involución… El que ilustra a los humanoides de la novela es un hongo (ese tercer género tan descuidado), a través de la boca de un pez:

 Hace muchísimo tiempo los hombres, vuestros remotos antepasados, descubrieron que la vida nacía y se desarrollaba, por así decir, de una partícula de fertilidad: de una ameba que sirvió de puerta de entrada a la vida, como el ojo de una aguja; del otro lado estaban los aminoácidos y el mundo de la naturaleza inorgánica. Y descubrieron, además, que ese complejo mundo inorgánico procedía de una sola partícula, un átomo primario.

Los hombres llegaron a conocer y comprender estos extraordinarios procesos de crecimiento. Pero los sodales descubrieron además que el proceso de crecimiento incluye lo que los hombres llamaban decadencia: que la naturaleza no sólo tiene que construir para destruir, también tiene que destruir para construir… (…)

Al principio, todas las formas de vida de este sistema solar estaban confundidas entre sí, y al parecer se transformaban en otras nuevas. Llegaron a la Tierra desde el espacio como motas, como chispas, en los días de la era cámbrica. Luego esas formas evolucionaron en animales, vegetales, reptiles, insectos… todas las variedades y especies que inundaron el mundo, muchas de ellas hoy extinguidas.

 Se extinguieron porque la vida no sólo evoluciona, sino que la naturaleza también involuciona. Las formas evolucionan hasta distinguirse más y más, pero también involucionan hasta que empiezan a confundirse, pues nunca dejaron de ser un todo interdependiente, viviendo unas de otras, hasta que se funden unas con otras.

En la novela de Aldiss aparecen personajes como los guatapanzas, serviles y sentimentales, dependientes de un gran árbol al que están unidos por largas colas, ¿son humanos o vegetales? Otros como los “pieles ásperas” apenan tiene lenguaje articulado, gruñen, gimen y aúllan, más que hablan, ¿son animales o humanos?

Los niños ferinos, estudiados por la ciencia, retratados por el cine, ¿fueron humanos o animales? En Invernáculo aparecen seres vivos que se reproducen como las plantas, cazan como los animales y emigran como pájaros… ¿cómo incluirlos en nuestra actual clasificación?

Cada nueva generación en ese inmenso bosque donde hierve la muerte y la vida es menos definida que la anterior, la vida ya no tiende a la consciencia sino a la inconsciencia, hacia lo infinitesimal: hacia la partícula embrionaria. De este modo, la Tierra acabará siendo una nueva placenta en la que se gestará un semillero que, tras la muerte del sol, facilitará la emigración de la vida a otros mundos donde puedan general nuevos brotes de diferenciación primero y de reunificación y reconciliación después…

 Las mareas galácticas llevarán las esporas de la vida a otro sistema, del mismo modo que una vez las trajeron aquí. Ya habéis visto que el proceso está en marcha, en las verdes columnas de luz que extraen vida de las selvas. El calor aumenta sin pausa, y el proceso de involución se acelera.

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Las puertas del Cielo

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A finales del siglo XXI, Neol Vorst, un tipo brillante y algo neurótico, vio que la cultura de la Tierra se fragmentaba y decaía. La gente se entregaba a las drogas y a cientos de otros vicios deplorables, y vio que las viejas religiones habían perdido su fuerza. Era el momento adecuado para fundar un credo nuevo: sintético y ecléctico, que prescindiera del misticismo milagrero e infantil de las antiguas religiones y lo reemplazara por un nueva forma de misticismo maduro y científico…

Se trata del arranque del argumento de una buena novela de Robert Silverberg, de esas que no se te caen de las manos ni necesitas confeccionar y estudiar un glosario para entenderlas, con los personajes necesarios y una historia creíble: Las puertas del cielo (Grijalbo, Barcelona, 1991, tradución de Open the sky, 1967). La obra está dedicada a uno de los maestros del género, Frederik Pohl.

Me gustaría saber qué cerca está la utopía y liturgia de los “vorsters” de la fe de los adeptos a la controverida Iglesia de la Cienciología. Aunque en España hemos pasado de unas decenas de mezquitas a miles en pocos años, también contamos ya con más de una docena de “templos” de la nueva religión de origen usamericano. Por lo poco que sé, me parece más razonable el ofrecimiento de Neol Vorst, que el de L. Ron Hubbard...

En la novela de Silverberg, La Hermandad de la Radiación Inmanente ostenta en sus capillas, como símbolo sagrado de su religión, la radiación azul, inocua pero muy espectacular, producida por pequeños reactores Cerenkov sumergidos en agua. Su liturgia mueve a la unidad y rinde culto a los elementos básicos de la física atómica. Su Letanía Electromagnetica, “Franjas del espectro”, reza así:

Demos gracias por la luz, que se extiende más allá de nuestra visión.

Humillémonos ante el calor.

Bendigamos la energía que nos santifica…

 La letanía bendice a Balmer, por darnos las longitudes de onda, a Hertz, al que agradece sus ondas medias de radio, bendice a las microondas y  a los rayos infrarrojos…

Las promesas de esta nueva religión son simples: la inmortalidad del cuerpo en este mundo, mediante la inversión en bioingeniería (laboratorios en Santa Fe, California), y la expansión de la humanidad por las estrellas, gracias a la telekinesis, promovida biológicamente mediante la eugenesia de “espers”, humanos mutantes con aptitudes mentales especiales…

Los vorsters no le adjudicaban propiedades sobrenaturales al fuego azul de sus reactores, “pero eran un instrumento simbólico útil, un foco de los sentimientos religiosos, más atrayente que la crucifixión, más dramático que las Tablas de la Ley”. El caso es que en dos generaciones la religión del Fuego Azul se impone y extiende por todas las clases sociales hasta controlar la Tierra.

La Radiación Inmanente lo tiene difícil sin embargo en Marte, cuyos pioneros, que han trabajado duramente para convertir el planeta en habitable, son escépticos, hombres de acción y utilitaristas redomados. Por su parte, en Venus, que ha dado lugar a una nueva especie de homínidos con branquias y piel azul, los misioneros de Vorst son martirizados, pero en ese planeta, entre las clases inferiores, se extiende como una mancha de aceite una secta herética, fundada por un disidente de la Radiacion Inmanente, David Lázaro: la iglesia de la Armonía trascendente, cuyos sacerdotes y misioneros visten túnica verde en lugar de azul y ofrecen un mito capaz de rendir los corazones y los espíritus, y no sólo el toma y daca de la inmortalidad en el cuerpo actual: “paga tu diezmo y tal vez vivirás para siempre”…

Luego nos enteramos de que el fundador de la Radiación Inmanente, el maquiavélico Vorst, que se conserva activo sobrepasando el siglo y medio de vida gracias a trasplantes y biotecnología, ha pergeñado la misma herejía que ahora, aparentemente, combate, a sabiendas de que su religión tenía un corte demasiado racional, seglar y falto de poesía:

 Falta un Cristo naciendo en el pesebre, un Abraham sacrificando a Isaac, un destello de humanidad, un…

 El golpe de efecto maestro es la resurrección de Lázaro, cuyo cuerpo fue enterrado en una cápsula hermética, como un feto flotando en conservantes y nutrientes, en un desierto de Marte. Cuando el cuerpo del hereje es descubierto, la Hermandad Vorst ya cuenta con tecnología adecuada para resucitar a Lázaro, mientras que los armonistas, que han conseguido hacerse fuertes en su misión en Venus, son capaces de teletransportar colonos a los planetas de otras estrellas. Ambos credos funden sus liturgias, y Vorst, el fundador, parte como misionero hacia otros mundos, mientras que Lázaro se hace cargo de la religión unificada.

 

 En su Sitio de Ciencia Ficción, Francisco J. Suñer Iglesias ofrece una excelente crítica de esta novela de Silverberg. Alaba la sencillez de los recursos empleados, la habilidad con que Silverberg, mediante elipsis, extiende el tiempo de su narración más de cien años, pero censura el recurso facilón a los Deus ex machina (los “espers” con poderes especiales). Enfatiza sobre todo la verosimilitud con que se plantea la posibilidad de que una nueva religión, partiendo de la nada, pero congruente con los nuevos poderes desatados por la tecnociencia, se haga con los poderes mundanos en poco tiempo…

El credo de la Armonía Trascendente, que acaba triunfando en Venus, es descrito así: Cristianismo maquillado, unas gotas de Islam, una pizca de budismo puesto al día, todo ello encajado en una estructura copiada sin el menor recato de Vorst (misticismo tecnocientífico): fórmulas mágicas mezcladas con reactores de cobalto, una letanía del espectro y los electrones, una gran dosis de espiritualidad adornada, y la promesa de una vida larga, si no eterna. Lázaro disiente del fundador por la facilidad con que Vorst confraterniza y negocia con los poderes públicos, pues pronto Radiación Inmanente empezó a introducir hombres y mujeres en los parlamentos, a comprar bancos, empresas públicas, hospitales y compañías de seguros.

Tras su triunfo, el fundador Vorst, con indudables dotes proféticas, idolatrado por sus fieles, aunque lúcido y consciente de sus limitaciones, reflexiona sobre su triunfo:

 Vio como podía remodelar el mundo, más aún, vio cómo había remodelado el mundo. Después, todo se redujo a empezar, a fundar las primeras capillas, a improvisar los rituales del culto, a rodearse de los talentos científicos necesarios para alcanzar sus objetivos. ¿Existia un toque de paranoia en su determinación, unas gotas de Hitler, un matiz de Napoleón, un hálito de Gengis Jan [sic]? Tal vez. A Vorst le complacía considerarse un fanático, e incluso un megalómano. Un megalómano frío, racional y triunfador. No había querido detenerse ante nada para alcanzar sus fines, y era lo bastante precog [profeta, vidente, precognitivo] para saber que los iba a alcanzar.

 ¿Por qué es verosímil la historia? ¿Qué hace que un alto funcionario de las Naciones Unidas de la Tierra (Reynolds Kirby), con una formación racionalista y escéptica, busque consuelo en la religiosidad de la Radiación Inmanente? Busca una alternativa que dé sentido a su vida, más allá de la “Cámara de la Nada” en que distrae sus ocios. Busca también amor, incluso en sus formas menos equitativas y más olvidadas: piedad, compasión, obediencia, humildad, adoración…

La novela sirve como pretexto para la reflexión sobre las relaciones entre el hombre, la ciencia y la religión, igual para un seminario que plantee la necesaria dimensión religiosa de la emotividad humana como para otro que discuta la esencia maníacodepresiva de la religiosidad. ¿Qué relación guarda la religiosidad con la sociabilidad, con la cohesión social? ¿Hasta qué punto aguantan los humanos el individualismo nihilista y desligado? ¿Qué valor psicológico tiene la fe compartida, la “religación” zubiriana, la comunión litúrgica y ritual, en la conservación o recuperación del sentido de seguridad o en la restauración de la seguridad de sentido? ¿Pueden los seres humanos vivir sin esperanzas trascendentes? ¿Qué relación guarda la religión con el poder político?

 

Al funcionario de las Naciones Unidas, con cuyos ojos vemos el mundo superpoblado y decadente de la Tierra al principio de la novela, le importa un bledo la “Unidad Celestial” que propone la secta del Fuego Azul… Kirby describe una miserable capilla vorster, a donde no tiene más remedio que acompañar a un poderoso marciano –ávido de novedades terráqueas- en misión diplomática…:

 La unidad fundamental de todas las cosas no significaba nada para él. Este lugar sólo podía atraer a los cansados, a los neuróticos, a los hambrientos de novedades, a los que pagaban gustosamente una buena cantidad para que les cortases las orejas y les hendiesen la nariz. El hecho de que hubiera estado casi a punto de sumarse a los demás comulgantes ante el altar daba la medida de su propia desesperación.

 Y sin embargo no nos sorprende que al final de la novela Kirby se haya transformado en el vicario supremo de la Iglesia reunificada bajo la figura resucitada de Lázaro, mientras que el marciano que se reía del Fuego Azul en su juventud tolera el vorsterismo en Marte, consciente de su extraordinaria fuerza política y económica…

 

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27/07/2012 13:40 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

La Trilogía celestial de C. S. Lewis

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“Todo lo creado parece carecer de plan para la mente ensombrecida, porque hay más planes de los que ella busca”

                                                  C. S. Lewis. Perelandra.

 

 Mucha gente cree que una visión religiosa del mundo es del todo incompatible con una perspectiva científica. Dicha presunta incompatibilidad depende de hasta dónde llevemos nuestra fe. Me refiero tanto a la fe en una forma de religiosidad como a la fe en una perspectiva científica. Admitir la pluralidad de credos –incluso en ciencia- amplía la tolerancia y reduce el antagonismo entre el objetivismo científico y el subjetivismo religioso. Ningún discurso, por científico que sea, está libre de creencias, aunque sólo sean las cardinales de que lo que se dice supone una aproximación a la verdad, la suposición de que no se miente, la hipóteis de que no se engaña.

Newton y Einstein, dos de los mayores científicos de todos los tiempos, fueron  profundamente religiosos. Históricamente, la relación entre ciencia y religión, desde luego, no ha sido fácil. En cierto sentido es verdad que la ciencia, llamada hasta el siglo XVIII “filosofía” (lógica, filosofía natural y ética) nació de la crítica de una religión poética, de la superación del mito como exclusiva explicación de las cosas por causas trascendentes y fantásticas (Eolo provocando el viento, Zeus lanzando rayos…). Pero la racionalización de la naturaleza, y luego la del orden social, no eliminaron para nada el poder de lo imaginario. No hay pensamiento, por abstracto o general que sea, que no se apoye en imágenes y símbolos. Por el contrario, la razón acabó creando sus propios mitos, entre ellos, el de que la Razón lo es todo. Para Lewis:

 Nuestra mitología se basa en una realidad más sólida de lo que soñamos, pero también está a una distancia casi infinita de esa base (...). La mitología era lo que era: destellos de vigor celestial y belleza cayendo en una jungla de suciedad e imbecilidad (Perelandra, pg. 122)

 Sólo Dios (Maleldil) ve a cualquier criatura como es realmente. Pero ningún ser humano se conformará jamás con su parcial e imperfecta experiencia. Además, como advirtió Kant, es indecente partir de la realidad para definir el mundo moral. Los hechos no nos dicen nada sobre los deberes. Lo que sucede, lo que somos, lo que hacemos, no puede ni debe ser todo. Los eventos no son auténticos y los actos no son justos a no ser que concuerden con cierto ideal conceptual, con cierta ilusión imaginaria. Y la frontera entre los ideales y las ilusiones míticas es imprecisa.

El bien y el mal, como referentes puros o modelos ideales, no son desde luego potencias de este mundo, donde se dan mezclados. Dante, Tomás Moro o Milton traspasaron los límites de la experiencia terrenal cuando crearon sus ficciones, que pueden invocarse como precedentes de la ciencia ficción moderna. No obstante, debemos distinguir entre fantasía religiosa y especulación científica. Si hoy las Metamorfosis de Ovidio o las obras de Dante pueden parecernos “ciencia ficción” es porque hemos perdido la fe en el sistema teológico en que se basaban. Todo lo más podemos ver alegorías, en lo que para nuestros antepasados eran explicaciones plausibles.

Podríamos figurarnos la religión y la ciencia como dos esferas separadas: la primera trataría de los símbolos del espíritu; la segunda, del análisis de la materia. Sin embargo, como diría Lewis, no adoramos a Dios porque sea un espíritu -el Diablo es también un espíritu-, lo adoramos porque es bueno y sabio, una meta regulativa que da sentido moral al universo. Es discutible que la ciencia deba forzosamente ser materialista o que tenga que concebir el universo como una máquina ciega. Paralelamente, no hay necesidad racional alguna de que la religión tenga que ser espiritualista, de hecho se ha expresado históricamente en formas mágicas y materialistas de culto.

Pero desde el mecanicismo del barroco, cuando la naturaleza se imaginaba como un colosal reloj, la ciencia se hizo cada vez más materialista e inmanentista, hasta prescindir del todo del Supremo Relojero, y arrastró consigo a la literatura, alejándola de la fantasía y de la epopeya religiosa, hacia el naturalismo del XIX. Pero el péndulo de la ciencia ha vuelto a oscilar desde el materialismo y el determinismo, a la indeterminación y el energetismo. El azar reaparece como un diablo juguetón en el fondo de los procesos naturales. La cadena de las causas ya no parece tan férrea y acerada, y de nuevo la literatura de ficción se vuelve metafísica, y hasta religiosa. No es casual que mientras el naturalismo agonizaba, la ciencia ficción creciera vigorosamente, extendiéndose hasta el terreno tradicional de la épica religiosa. Un ejemplo modélico es Star Maker (Hacedor de estrellas) de Olaf Stapledon, autor al que cita y admira Lewis, aun sin compartir su filosofía.

Tal vez la ciencia había debilitado las creencias tradicionales del hombre occidental, pero no había podido dotar a este mismo hombre de un conjunto de valores, más allá de la ascética objetivista que dirige la investigación científica. En su versión de tecnociencia, lo que aportaba –lo estamos viendo- se subordinaba a los valores burgueses de la comodidad y el consumismo, y a un utilitarismo depredador, guerrero, dominador y destructivo. La ciencia ficción constituyó el lugar donde se podían criticar los pies de barro de este Frankenstein, de este moderno Prometeo inventado por el ser humano. En la literatura se podían presentar valores superiores, aristocráticos, de forma especulativa y en consonancia o contraste con el saber probado. Se trata de un movimiento metafísico y filosófico que usa el modelo de la “ciencia-ficción” como anticiencia-ficción. Su máximo paladín fue Clive Staples Lewis (1898-1963), un extraordinario filólogo y crítico literario.

 

 Acabo de apurar su “trilogía del espacio” o “trilogía de Ramson”, de la que no dejan de publicarse ediciones en inglés y otras lenguas. La primera novela de la serie, Más allá del planeta silencioso (Out of the Silent Planet, 1938), me produjo el efecto general de un cuento de hadas, pacifista y ecológico. El protagonista, el profesor y filólogo Random, es secuestrado y conducido a Marte (Malacandra). Descubrirá que este planeta tiene poco del dios de la guerra que le está asociado. Es más bien una muestra de coexistencia armónica de especies inteligentes distintas, cuya filosofía contrasta con la de los humanos “torcidos”: los dos secuestradores,  vencidos por un ansia de codicia y dominio tan irrefrenable como destructora.

Lo mejor de Perelandra (Perelandra, 1943), la segunda novela de la trilogía, son las descripciones de ese mundo preadánico e inmaculado que el autor sitúa en Venus, cuya superficie está ocupada por un océano punteado de islas flotantes y dinámicas. En este relato se hace aún más clara la perspectiva humanista y cristiana de Lewis, que reinterpreta los principales hitos del cristianismo (paraíso, pecado, redención) en clave cosmogónica. El malo, el profesor Weston, está dominado por la idea de que la humanidad, una vez corrompido el planeta donde se originó, debe buscar a cualquier precio en el espacio exterior un medio para sembrar su voluntad de poder y su codicia esquilmadora. Lewis habla del “dulce veneno del falso infinito”, según el cual la naturaleza, telúrica o sideral, puede ser obligada a sustentar, en todas partes y para siempre, el tipo de vida contenido en los genitales de nuestra especie.

La dicotomía o antítesis hombre/naturaleza aparece como anticientífica y el emergentismo evolucionista parece eliminar cualquier necesidad de consideración moral… Dice Weston:

 Comprendí de inmediato que no podía admitir ninguna grieta, ninguna discontinuidad, en el despliegue del proceso cósmico. Me convertí en un creyente convicto de la evolución emergente. Todo es uno. La materia prima de la mente, el dinamismo que tiende inconsciente hacia un fin, está presente desde un principio (…). El espectáculo majestuoso de esta tendencia ciega, desarticulada hacia un fin, empujando hacia arriba, siempre hacia arriba en una unificación infinita de logros diferenciados hacia una complejidad siempre creciente de organización, hacia la espontaneidad y la espiritualidad, arrolló toda mi antigua concepción de un deber hacia el hombre como tal. En sí mismo el hombre es nada.

  “La evolución emergente”, privada de sentido y espíritu, de propósito y valor, deviene nihilismo. Sin embargo, Weston postula el espíritu y a Dios, pero sólo como una ambición de la soberbia humana, como el fin de su evolución ciega. He aquí un espiritualismo, basado en el monismo evolucionista, aparentemente científico, y que acaba en un antihumanismo militante, antitético al humanismo cristiano de Lewis, quien en estos relatos opera, sobre todo, como un moralista. Por eso distingue entre los acontecimientos y la superior dignidad del humano. Sabe que la ficción puede ponerse al servicio de una moraleja seria y que el determinismo, en cualquiera de sus especies, es una forma errónea de elección metafísica, que acabará inspirando formas diabólicas de comportamiento, como las del INEC, esa “horrible fortaleza” de la tercera novela de la serie.

Lo importante es la distinción entre el bien y el mal. Y lo importante es la responsabilidad humana, su capacidad para elegir el bien, a pesar de la tentación del mal. El inmoralismo vitalista, de corte nietzscheano (aunque Lewis no cita jamás a Nietzsche, como Platón no citó nunca a Demócrito), muy de moda en la época en que Lewis publica Perelandra, es llevado por éste al absurdo. Dice Weston:

-…El mundo salta hacia adelante a través de los grandes hombres y la grandeza siempre trasciende el simple moralismo. Cuando el salto se ha efectuado, nuestro “diabolismo”, como usted lo llama, se convierte en la moral de la etapa siguiente; pero mientras lo estamos ejecutando, nos llaman criminales, herejes, blasfemos…

-¿Hasta dónde llega? Seguiría obedeciendo a la Fuerza-de-la-Vida si descubriera que está incitándolo a matarme?

-Sí.

-¿O a vender Inglaterra a los alemanes?

-Sí.

-¿O a publicar falsedades como investigación seria en un periódico científico?

-Sí.

-¡Dios lo ayude!

 

El Rey y la Reina de Perelandra son el análogo al Adán y Eva de la Tierra en un mundo virginal en el que el sabor y el olor de los frutos resulta inigualable… Desde Venus, planeta que representará tanto el amor virginal como el impulso fecundador o la caridad cristiana, los prejuicios terrenales se muestran débiles y las principales verdades del cristianismo pueden ser reinterpretadas como certezas. Lo que era mito en un mundo podía ser realidad en algún otro… La triple distinción que separa a la verdad del mito y a ambos de los hechos aparece entonces como puramente terrestre (pg. 86), y como una consecuencia del “pecado original”:

  Carne y uña con la desgraciada división entre el alma y el cuerpo que resultó de la Caída. Incluso en la Tierra los sacramentos existían como un recordatorio permanente de que la división no era ni sana ni definitiva. La Encarnación había sido el principio de su desaparición.

La venida del “Dios hecho Hombre” no habría tenido ningún sentido en un mundo libre de pecado como Perelandra. Sin embargo lo que había pasado en la Tierra (Tellus), cuando Maleldil (Dios) nació como hombre en Belén, había alterado el universo para siempre… Cuando Eva cayó, Dios no era Hombre. Aún no había convertido a los hombres en miembros de Su cuerpo: desde entonces lo había realizado, y de allí en adelante Él salvaba y sufría a través de ellos. Maleldil usa por ello al protagonista para salvar a Perelandra del diablo. “Ramson”, su nombre, significa “rescate”. Uno puede considerar lo acontecido en la Tierra como una simple preparación para la epopeya del enfrentamiento y la victoria del Bien sobre el Mal en los mundos nuevos, de los eldila (ángeles buenos, espíritus planetarios) sobre los espíritus sombríos. Los ángeles son nuestros hermanos mayores, y las bestias nuestros bufones, servidores y compañeros de juego. Así Ransom se ve obligado a subir al mundo metafísico, para actuar lo que la filosofía sólo piensa.

En torno a sus peleas con el diablo –íncubo del científico inmoralista- en las oscuras cavernas de Perelandra, Elvin Ransom de Leicester, el filólogo de Cambridge (alter ego de Lewis), reflexiona sobre la coincidencia última entre predestinación y libertad, pero también sobre interesantes cuestiones, hoy à la page, como las relaciones entre género y lenguaje… Para Ramson, el hecho de que las montañas sean femeninas y los árboles masculinos no es un fenómeno puramente morfológico. Pero tampoco es el género una extensión imaginativa del sexo.

 Nuestros ancestros no hicieron que las montañas fueran femeninas porque proyectaran en ellas las características de las hembras. El verdadero proceso es a la inversa. El género es una realidad, y una realidad más fundamental que el sexo. El sexo es, de hecho, meramente la adaptación a la vida orgánica de una polaridad fundamental que divide a todos los seres creados. El sexo hembra es sencillamente una de las cosas que tiene género femenino; hay muchas otras, y lo masculino y lo femenino nos salen al encuentro en planos de la realidad donde la distinción entre macho y hembra sencillamente no tendría sentido. Lo masculino no es la esencia del macho atenuada, ni lo femenino la de la hembra. Por el contrario, el macho y la hembra de las criaturas orgánicas son reflejos bastante tenues y empañados de lo masculino y lo femenino. Las funciones reproductivas, las diferencias de vigor y tamaño, en parte exhiben, pero en parte también confunden y tergiversan, la polaridad verdadera (pg. 121). 

En la tercera novela de la trilogía, Lewis jugará con la idea de una pluralidad de géneros, desconocidos en Tellus, más allá de la dualidad masculino/femenino. El modelo de familia sigue siendo el cristiano, donde se aprecia la fertilidad y se valora la humildad y hasta la obediencia como un ingrediente que garantiza la continuidad de la relación, pero también se perciben la humildad y la obediencia como necesidades eróticas, si bien la primera de estas virtudes olvidadas se extiende también al varón. De hecho, es el protagonista Mark el que está a punto de descarriarse, mientras que su pareja, Jane, representa el instinto del bien y el poder sobrenatural de la videncia. Su reconciliación sella el final de la trilogía. Sin embargo, en Perelandra (la que algunos críticos consideran la novela más conseguida de Lewis), que constituye una versión fantástica o actualizada de la historia de Adán y Eva, el diablo evita tentar al varón, y ataca a la hembra de la especie con argumentos en los que algunos críticos reconocen acentos del feminismo actual. En Esa horrible fortaleza, se riñe a la pareja protagonista por no haber querido, por egoísmo, tener hijos…

La “horrible fortaleza” es una alegoría contra los peligros del objetivismo y el materialismo de la tecnociencia, peligros éticos y políticos. Una corporación tecnocientífica pretende hacerse con el poder en Inglaterra, bajo el dictado de los poderes de la noche (macrobios). Por supuesto, el INEC (Instituto Nacional de Experimentos Coordinados) se presenta como apolítico, “el verdadero poder lo es siempre”, manipulan la prensa y quieren resucitar al mago Merlín, al que consideran –erróneamente- un potencial aliado.

Es legítimo y bueno para la humanidad que la tecnociencia combata la enfermedad, construya trenes ultrarrápidos o cure el cáncer, pero el fideísmo tecnocientífico traspasa sus límites cuando pretende desenraizar al humano de la Naturaleza, como si ésta, en lugar de una misteriosa madre a la que debemos respeto y cuidado, fuera la escala de mano por la que hemos trepado y que podemos arrojar luego de un puntapié.

Este tipo de anticiencia- ficción tendrá luego su continuación en las poéticas fábulas de Ursula K. Le Guin, aunque ésta las elabore más desde posiciones ecológicas y antropológicas que teológicas. Lewis critica muy especialmente el cientifismo en su pretensión de explicar y manipular la conducta humana, pues la acción humana es el punto donde materia y espíritu se encuentran. El verdadero enemigo de la religión en el XX es el conductismo porque –opina Lewis- la aplicación de la teoría conductista al comportamiento humano lo envilece porque supone que unos científicos carentes de valores manipulan valores de los demás. En That Hideous Strength (1945), el tercer volumen de la trilogía, publicada cuando todavía la pesadilla del nazismo abrumaba a Europa, la corporación maléfica y científica que amenaza con apoderarse de Inglaterra pretende: estirilizar a los incapaces, liquidar a las razas inferiores, crianza selectiva y “educación auténtica”, entendiendo por tal la que no se anda con tonterías y hace del paciente lo que quiere de manera infalible, por mucho que él o sus padres se opongan…

 Desde luego al principio tendría que ser mayormente psicológica. Pero acabaremos por pasar al condicionamiento bioquímico y a la manipulación directa del cerebro (cap. 2).  

 Los conductistas de la novela de Lewis están literalmente poseídos por “macrobios” demoníacos, mientras que sus enemigos, dirigidos por el doctor Random, son siervos de Dios y obran por inspiración suya. Entre los buenos, Lewis resucita nada más y nada menos que al sabio Merlin (Merlinus Ambrosius), en una alianza entre los valores tradicionales, arcaicos, y el humanismo cristiano. La cuestión ética es el recelo de Lewis frente a una moral secular que haga frívolamente borrón y cuenta nueva respecto a la de las religiones tradicionales, pues piensa que los humanos, sin el consuelo y el estímulo de la fe, somos incapaces de ordenarnos razonablemente hacia un fin definitivo, sea la Verdad, la Belleza, la Justicia o el Bien.

Las ciencias han desesperado de la bondad y se han torcido hacia la voluntad de poderío. Si bien –reconoce Lewis- los balbuceos acerca del élan vital y las escaramuzas sobre el pansiquismo parecían encaminadas a la restauración del Anima Mundi de la magia antigua, la soberbia científica no acepta ningún freno, ¡como si el acto de ahogar las repugnancias morales fuese la esencia misma del “progreso”!

Sin embargo, los científicos desquiciados de Belbury (INEC) no renuncian a buscar una alianza con los poderes de la magia antigua, representados por Merlín, puesto que no creen ya en un universo racional y nada les resulta demasiado obsceno, ya que sostienen que toda moralidad es producto subjetivo de la situación física y económica del humano. El progreso representa así para Lewis la encarnación del infierno, un infierno terrenal en que la Naturaleza pasa a ser esclava de la voluntad de dominación. La guerra contribuye diabólicamente a ello, explica Frost, uno de los iniciados de la corporación maléfica:

el efecto de la guerra moderna es eliminar tipos retrógrados, al mismo tiempo que pone a salvo la tecnocracia y aumenta su intervención en los asuntos públicos…

En este programa de “superación de la naturaleza”, incluso el cuerpo tiene que desaparecer, pues sólo una décima parte de él será necesaria para albergar al cerebro. Así tenemos un individuo que es pura cabeza, como la grotesca testa parlante del asesino Alcasan, y a una raza humana convertida en tecnocracia…

En cierto sentido, los científicos del INEC son "postmodernos". Merlín redivivo, que se alía con los buenos, representa un primer estadio. Para el druida cada operación de la Naturaleza es una especie de contacto personal, “como reñir a un chiquillo o dar un latigazo a un caballo”. Después viene el hombre moderno para el cual la Naturaleza es algo muerto, una máquina con que trabajar y que despedaza a su antojo si no le sirve. Finalmente tenemos a la gente del Instituto, que toma el punto de vista del hombre moderno pero desea incrementar su poder apelando a la ayuda de los espíritus extranaturales y antinaturales. A la postre, los estados por debajo de la razón y los estados por encima de ella tienen, por su común contraste con la vida cotidiana, cierta semejanza superficial.

Casi al final de la obra, Wither, uno de los perversos jerarcas del INEC, reflexiona sobre su biografía intelectual:

 Hacía ya tiempo que había dejado de creer en el convencimiento. Lo que fue en su lejana juventud una mera repugnancia estética a las realidades cuando éstas eran demasiado crudas o vulgares, fue profundizándose y ensombreciéndose año tras año, hasta llegar a ser una negación fija de todo lo que era en algún grado diferente de él mismo. Había pasado de Hegel a Hume, luego a través del Pragmatismo, de éste a través del Positivismo Lógico, para llegar finalmente al vacío completo.

El materialismo y del utilitarismo, sobre todo aplicados a la interpretación de la conducta humana, son reducidos al absurdo por Lewis, durante la agonía desesperada de otro de los jerarcas del Instituto. El tal Frost creía –primero teóricamente- que todo cuanto aparece en la mente como motivo o intención es simplemente un subproducto de lo que el cuerpo hace. Y esta convicción teórica acabó llevándola a la práctica: incesantemente actuaba sin motivo, hacía lo que hacía sin saber por qué, con la mente como mera espectadora. Ni siquiera comprendía por qué tenía que existir tal espectador y se resentía de su existencia, “incluso asegurándose a sí mismo que el resentimiento era también un simple fenómeno químico”:

 Lo más cercano a la humana pasión que existía todavía en él era una especie de fría furia contra todos los que creían en la mente. ¡No podía tolerar aquella ilusión! No existían, no debían existir seres como el hombre.

 Frost muere descubriendo que ni la misma muerte puede curarle del todo de la ilusión de ser un alma.

El moralismo de Lewis es tolerante con la diferencia:

Desde luego, hay reglas universales a las cuales toda bondad debe conformarse. Pero esto es sólo la gramática de la virtud. No es allí donde reside la verdadera savia. Si no hace iguales dos briznas de hierba, ¡cuánto menos iguales dos santos, dos naciones, dos ángeles! Toda la obra de sanar a Tellus [el planeta Tierra] depende del cuidado de esta pequeña chispa, de la encarnación de este fantasma, que vive todavía en todo ser real y es diferente en cada uno.

 Pero no se muestra tan tolerante con las veleidades teóricas de los intelectuales y compañeros académicos que intentan demostrar la imposibilidad de la ética, aunque la practiquen, como el profesor nietzscheano de La Soga de Alfred J. Hitchcock que predica a sus alumnos el inmoralismo, pero no piensa jamás que éstos puedan obrar de acuerdo a sus teorías justificandose estéticamente un asesinato, por amor al arte.

La globalización es ya un hecho en la trilogía de Lewis: el veneno procede de Occidente, pero se ha extendido por todas partes. Ramsom pinta así el panorama de la alienación o desnaturalización del ser humano:

 Doquiera que fueses hallarías las máquinas, las ciudades atestadas, los tronos vacíos, los falsos escritos, los lechos estériles; hombres enloquecidos por falsas promesas y amargados por verdaderas miserias, adorando los trabajos de hierro de sus propias manos, separados de su madre la Tierra y de su Padre el Cielo.

 La trilogía concluye con una verdadera apoteosis de espíritus planetarios, celestiales: Mercurio (Viritrilbia), Marte (Malacandra, Mavors, Tyr), Venus (Perelandra)… y hasta Saturno (Lurga)… que acuden en ayuda de los buenos para acabar con la “horrenda fortaleza” mediante un castigo ejemplar. Los componentes del INEC representan en el presente de la novela lo mismo que aquellos que acabaron con Jesús. Mark, el protagonista, que es ateo, lo comprende cuando le imponen, como prueba iniciática para su ingreso en el INEC, la blasfemia de pisar una imagen del Cristo:

El cristianismo podía ser una tontería, pero no había duda de que aquel Hombre [Jesús de Nazaret] había vivido y fue ejecutado por los miembros de Belbury de su época. Y aquello, como comprendió súbitamente, explicaba por qué aquella imagen, aun no siendo en sí para él la imagen de lo Recto y lo Normal, estaba, no obstante, en oposición al pervertido Belbury. Era la imagen de lo que ocurría cuando lo Recto se encontraba con lo Pervertido, una imagen de lo que lo Pervertido hizo a lo Recto.

 

 Bibliografía

  • Clive Staples Lewis. Trilogía de Ramson I: Más allá del planeta silencioso. II: Perelandra. Buenos Aires, 1973. Y III: Esa horrible fortaleza, Orbis, Buenos Aires, 1986.  
  • Robert Scholes & Eric S. Rabkin. La ciencia ficción. Historia, ciencia, perspectiva. Taurus, Madrid, 1982.

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El transhumanismo de Greg Egan

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Si no es la mejor antología de ciencia ficción de los últimos veinte años, reconozcamos al menos que constituye una excelente colección de cuentos de anticipación. Me refiero a Axiomático, de Greg Egan (Arrakis ficción, Granada, 2011). Sergio Mars, quien comenta brevemente al final de la antología la obra del autor australiano, se refiere a su planteamiento como transhumanismo: la reflexión en torno al ser humano cuando, en un futuro inminente, éste empieza a dejar de serlo para convertirse en otra cosa, en un salto evolutivo que ya no está presidido por las leyes de la biología, sino por las posibilidades de la ingeniería biológica.

Estos poderes de la biotecnología abren un campo inmenso para la ética: problemas, dilemas, decisiones de consecuencias difícilmente previsibles. Se trata de una responsabilidad terrible. Piénsese en la selección embrionaria de caracteres con fines eugenésicos, o en la fabricación de niños-mascotas con caducidad programada, o en la producción de quimeras con fines esteticistas, como el leopardo-mujer del cuadro de Khnopff que ilustra esta entrada ("la caricia").

Se trata de ciencia ficción dura, y los conocimientos científicos de Egan son sólidos, está a la última. La perspectiva de Egan es más bien distópica o antiutópica, crítica y reflexiva (a través de los personajes), nada optimista, pero no tecnofóbica. Digamos -citando la autoridad de Habermas- que todo conocimiento tiene su interés y que el conocimiento técnico tiene también el suyo, que es legítimo, pues nos permite trascender las limitaciones naturales. Egan valora fríamente las ventajas y los prejuicios que causarían ciertas posibles invenciones ofrecidas ya por nuestro horizonte histórico.

¿Qué es lo que nos convierte en esencialmente humanos? Tal vez la mente. ¿Y no podría duplicarse ésta en una estructura más permanente y estable que la masa de glándulas, neuronas y glías que en la actualidad le sirven de efímero y deficiente soporte? Si la mente no es más que un sistema de bits y qubits sujetos a un conjunto especial de reglas de transformación, el soporte biológico resulta irrelevante. De ahí la "copia" que aparece en varios relatos, "la joya Ndoli", un dispositivo que tras un periodo de entrenamiento es capaz de replicar, como un doble perfecto, un cerebro personal. En algún momento, "la joya" sustituye al cerebro orgánico antes de que éste empiece a entrar en decadencia, garantizando así su continuidad en el tiempo. Dándose cuenta de sus implicaciones filosóficas, así habla uno de los personajes de Egan:

A los diecinueve, a pesar de estar estudiando económicas, me matriculé en un curso de filosofía. Pero aparentemente el departamento de filosofía no tenía nada que decir sobre el Dispositivo Ndoli, conocido habitualmente como "la joya" (...). Hablaban de Platón, Descartes y Marx, hablaban de San Agustín y -cuando se sentían especialmente modernos y atrevidos- de Sartre, pero si habían oído hablar de Gödel, Turing, Hamsum o Kim, se negaban a admitirlo. Por pura frustración, en un ensayo sobre Descartes, propuse que la idea de que la consciencia humana era un "software" que podía "implementarse" igual de bien sobre un cerebro orgánico o sobre un cristal óptico era en realidad un retroceso al dualismo cartesiano: escribiendo "software" en lugar de "alma". Mi tutor superpuso una línea roja, perfecta, diagonal y luminosa sobre cada párrafo que trataba de esa idea, y escribió en el margen (con letras Times verticales, en negrita y de veinte puntos, con un parpadeo desdeñoso de dos hercios): ¡IRRELEVANTE!

Si no somos más que sistemas de información, sería posible escanear y representar tales sistemas en un mundo paralelo, digital, virtual... Las especulaciones de Egan sirven al propósito de reflexionar sobre la naturaleza del yo y de la identidad personal. ¿Sería congruente considerar como humana una entidad constituida por información pura?

Loraine: No quiero que un ordenador me imite después de mi muerte. ¿De qué me serviría a mí?

David: No desprecies las imitaciones... La vida está compuesta de imitaciones. Cada órgano de tu cuerpo es reconstruido constantemente a su propia imagen. Toda célula que se divide muere y se reemplaza a sí misma con impostoras. Tu cuerpo no contiene ni uno dolo de los átomos con los que naciste... entonces, ¿qué te dota de identidad? Es un patrón de información, no un algo físico. Y si un ordenador empezase a imitar tu cuerpo, en lugar del cuerpo imitándose a sí mismo, la única diferencia sería que el ordenador cometería menos errores

¿Cuáles son las implicaciones de la mecánica cuántica en el concepto de responsabilidad y libre albedrío? En "Órbitas inestables en el espacio de las mentiras", un grupo de vagabundos lucha por su libertad, deambulando entre "núcleos atractores de creencias" entre las que cuentan tanto las supersticiones religiosas como el humanismo o el cientifismo. Los miembros de este grupo se creen libres porque su escepticismo les ha evitado caer bajo la influencia de algún "atractor". Sin embargo, queda también la duda de que su misma actitud responda a fuerzas ajenas a su voluntad, a un atractor de confesión escéptica. Dudar de la propia duda, es lo que nos parece proponer el autor, y sin que ésta nos inmovilice.

Las fantasías de Egan, como cápsulas alucinantes, como las nanomáquinas con que sueña y sirven para alterar por un tiempo la arquitectura del pensamiento con fines recreativos, resultan inocuas, pero marean y asustan: ofrecen inquietantes posibilidades al diseño especulativo de inmediatos futuros, tan sofisticados como transhumanos y aterradores.     

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Más allá del más allá

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He conseguido olvidarme del soporte electrónico y leer en tinta digital, en un ebook ultraligero, una colección del Poul Anderson más genuino. 

Poul Anderson nació en 1926, norteamericano de padres escandinavos. Consiguió ser un reputado escritor de ficción científica en un año sabático que le duró una vida, ganador de varios premios Hugo y Nébula, eso no le impidió ser miembro de la Sociedad del Anacronismo Creativo, en cuyos torneos medievales logró distinguirse. Viajero y aventurero, historiador de talla, doctorado en física (1948), construyó numerosas epopeyas espaciales, especulaciones verosímiles y fabulosas. Falleció en California en 2001 de un cáncer de próstata.

La editorial Martínez Roca editó en 1982 su colección de relatos Beyond the Beyond (1969) con el título, poco apropiado, de Lo mejor de Poul Anderson. La serie está unida por un escenario peculiar, los confines del espacio en que se ha extendido y multiplicado la raza humana contactando con otras culturas, o diversificando las propias, de ahí su título original.

No me extraña que se hayan lanzado acusaciones de plagio contra el guión de Avatar -la celebérrima película de James Cameron- en relación a una novela de Anderson, la que ilustra esta entrada. El relato "Memoria", incluido en la traducción de Martínez Roca, antes citada, me trajo enseguida la película al magín. También allí, Torrek, su protagonista, un terrestre disfrazado de nativo en un planeta remoto, caza a un ave prodigiosa en un nido perdido, en lo alto de un fiordo, como una especie de ritual de iniciación y una prueba de valor. Torrek -o el humano que se oculta en él- preferirá al fin la vida simple de los extraterrestres, al mundo deshumanizado de los imperialistas terráqueos, invasores del espacio. La épica no es incompatible con la lírica en la prosa clara, dialogada y firme, de Anderson, ni siquiera la aventura y el idilio son incompatibles con la reflexión profunda. Algunos botones de muestra:

"La historia demuestra tan concluyentemente como nuestras ecuaciones que la libertad no es una condición 'natural' del hombre. En el mejor de los casos, supone un estado metafísico que con mucha facilidad deriva en la tiranía. Ésta se impone unas veces desde el exterior, gracias a los bien organizados ejércitos de un conquistador, otras proviene del interior..., a través de la voluntad de los hombres que ceden sus derechos a la imagen paterna, al dirigente todopoderoso, al estado absoluto".

 A veces, nada mejor que alejarse para poder ver el conjunto, los grandes fenómenos de masas:

"Naturalmente, el gobierno unificado produjo en la Tierra un tipo de ciudadano de buenas tragaderas. Su vida está tan regulada que su principal libertad reside en la fantasía, bien alimentada por los sensibilizadores y la publicidad. Tal vez para el terrestre medio, esos trillados y viejos espectáculos sean más reales y significativos que su propia vida. De cualquier manera, no supone un gran esfuerzo infundir terror a la manada. Así consiguieron nuestros abuelos implantar el Gran Timo".

En "El hombre sensible" un instituto secreto de expertos ha conseguido hallar la fórmula soñada por Pitágoras: el número del alma humana. Una secuencia de algoritmos supercomplejos permitirá hacer funcionar la sociedad como una máquina, programando al dedillo los cambios sociales mediante una ingeniería exacta. Queda el suspense de si una sociedad así no sería el peor de los totalitarismos, un totalitarismo sin salida dirigido por una aristocracia de tecnócratas. ¿No estaremos ya en ello? Tampoco faltan en la literatura de Anderson alusiones cultas, por ejemplo, al Micromegas de Voltaire. Esta épica espacial sólo parece anticuada por lo "políticamente incorrecto" que resulta que fumen algunos de los protagonistas futuristas de sus relatos, anacrónica por el poco respeto que se le tiene al igualitarismo de género, pero pertenece sin duda a la época dorada de la ciencia ficción y a la gran literatura clásica del XX.  

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08/02/2012 19:14 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

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“Muchos españoles se quejan de la crisis económica, pero no saben nada de lo que tienen. Dicen que, para la Navidad este año, y por motivo de la crisis, los niños sólo van a recibir un promedio de siete regalos cada uno, y la gente gastará menos en lotería (…). No, la gente no valora lo que tiene, no saben lo afortunados que son. Pelean contra el gobierno, los partidos políticos pelean entre sí; ¿por qué no se juntan para trabajar y sacar adelante al país?”

 El testimonio es de Susana, una paraguaya afincada en Úbeda. Ella, entre una decena más de hispanoamericanos, ofrecen en el último libro de Jon Lindsay Miles una visión distinta de lo que nos es cercano y familiar. Desde las Américas a Jaén, o From the Americas to Jaén. El libro es bilingüe y también quiere ser usado como material didáctico, pues su autor se gana la vida como profesor de su lengua nativa. Él mismo, nacido en Gran Bretaña, es un inmigrante en Úbeda, y procedía de abuelos inmigrantes que escogieron Londres como destino, ucranianos de origen, durante el período post-revolucionario bolchevique. Estos detalles los escribe en el Epílogo de su libro, añadiéndose así, como uno más, al plantel de inmigrantes.

Es la segunda vez que me enfrento a un texto de Jon Lindsay Miles, pero esta vez lo he hecho de forma más gustosa. Y no es porque su primer libro no fuera excelente, seguramente ese fue el problema, que su inglés es demasiado rico para mi primitivo conocimiento de esa lengua, el caso es que no pude terminarlo y sólo puede desentrañar, con ayuda de un diccionario, sus ricas descripciones del Barrio de San Nicolás, del barrio de los ceramistas y de la Redonda de Miradores de la capital de La Loma. Me refiero a Along the Way. Walking in Úbeda (Immigrant Press, 2009). En sus primeras páginas, Jon hace una extraña descripción del campo andaluz:

 “El campo andaluz is a countryside unlike any in England, rather untidy and always dusty-looking even where there’s enough water to grow a little grass. The underlying sandstone is always at the surface, in the stones and broken rubble of its (often exposed) bedrock, and the occasional white building visible on the hills east of town does little to recover the imagined romance of the south of Spain one sees on television in London. But it’s a landscape I like, this dry land under the sun; its barren places offer a silence that suits me.”

También yo adoro ese silencio poblado del campo andaluz cuando no lo matan los generadores, las sopladoras o los todo-terreno.

Mientras he tenido la oportunidad de hacer de cicerone por estos cerros jiennenses, por los que se perdió Alvar Fáñez, siempre me ha gustado adoptar ese extraño punto de vista que suele ofrecerte el forastero. Es como si uno alquilara sus ojos para ver de manera nueva lo que ya casi no mira por ser su panorama de todos los días. Se acaba siendo del todo insensible al horizonte al que se está habituado, incluyendo en esto los sonidos, la música del paisaje, por ejemplo el jolgorio de los vencejos en primavera o el ruido de las campanas durante todo el año, incluso si ese horizonte es tan impresionante como el de los miles de olivos alineados, sobre la curva de ballesta que traza del Alto Guadalquivir, y hasta las montañas azules de Mágina o Cazorla. Y luego están las pequeñas cosas, esas que tampoco vemos y que conforman el horizonte del prójimo humano. He aquí la descripción de una “typically modern Ubetense woman”:

 “Her body begins at her White high-heeled slingback shoes, and her pristine slacks form a white skin over her knees, thighs and hips; a large white shoulder-bag hangs against the horizontal red and navy stripes of her white polo shirt, and her tanned arms are crossed in front of her. But it’s her tumbling hair that’s the giveaway; it will be as subtly coloured and perfectly polished when she’s five or fifteen or thirty years older.”

["Su cuerpo comienza en sus zapatos blancos de tacón alto  y sus pantalones inmaculados forman una piel blanca sobre sus rodillas, muslos y caderas; un gran bolso blanco cuelga en bandolera contra el rojo horizontal y las rayas azul marino de su polo blanco, y sus brazos bronceados se cruzan por encima de todo. Pero es el pelo suelto lo que la delata; estará tan sutilmente coloreado como perfectamente arreglado cuando tenga cinco, quince o treinta años más”].

 Confío en que mi traducción no le parezca al autor demasiado atrevida o mala del todo. Hay demasiado blanco en una acuarela así, pero no es de extrañar que la luz de Andalucía sorprenda e incluso asuste a los nórdicos que se atreven a vivir aquí, mientras que uno la soporta bastante bien, incluso sin gafas de sol y hasta en verano. El cuerpo humano se hace a casi todo. Somos el animal cosmopolita.

En su segundo libro de Immigrant Press (2011), Jon Lindsay hace de periodista o, como él mismo dice, de “mediador” del discurso que se le reveló en el tête à tête con los inmigrantes sudamericanos que accedieron a contarle su historia. Ofreció a cada entrevistado la oportunidad de leerla, una vez interpretada, y de cambiar así cualquier detalle antes de publicarla. Me he enterado por el prólogo –y la mejor prueba de esto es el propio libro- de que testimonio (escrito así también en la versión original inglesa) es categoría de género literario, surgido tras la revolución cubana como medio político de presentación de la biografía y las experiencias de un sujeto subalterno o marginado. Jon Lindsay cita también, como ejemplares del género, los testimonios femeninos producidos en la India, centrados en experiencias de maltrato o tortura.

En su Epílogo, el autor explica los motivos que le llevaron a escribirlo. Le preguntan frecuentemente por qué se estableció en una provincia rural del noreste de Andalucía y explica que encontró aquí buena acogida y amistad. Pero la pregunta sobre por qué dejó su hogar le hizo pensar en las razones que tendrían o darían otros inmigrantes establecidos en Jaén. Así que tomó la decisión de preguntárselo él mismo y empezó con los que dejaron atrás su hogar en América. Deja al lector el trabajo de sacar sus propias conclusiones.

Ortega o Ricoeur han puesto de manifiesto la estructura narrativa de la personalidad humana. Los seres humanos no tenemos sólo vida, sino que somos sobre todo biografía. En cierto sentido profundo, somos cuentos, el que nos contamos a nosotros mismos y a otros para dar coherencia a nuestras vivencias. Sin ese sentido, desesperamos, nos desmoralizamos.

Tengo para mí que ese género del testimonio es sin duda una clase de épica contemporánea, ¡existencias épicas las de estas mujeres y hombres, obligados a buscar fuera de su tierra un mejor sentido para sus vidas o, simplemente, una vida más segura! Estremecen las palabras de Elvira, una colombiana, cuyo relato constituye la parte central de la obra: “Con quien mejor relación tenía en mi familia era con mi hermano Octavio, que sólo me intentó matar dos veces”. Claro que el tal Octavio había pasado cinco años en una prisión de Holanda por tráfico de cocaína.

Me pregunto si yo hubiera tenido el coraje de "Elvira", para dejarlo todo atrás y lanzarme a luchar por la supervivencia en un país extraño. Se extraña de recuperar íntegro el bolso que dejó olvidado en un autobús de línea, “¿cree que habríamos recuperado todo si esto nos hubiera pasado en Colombia?”, pregunta. Elvira –y esto debe de ser tristísimo- acaba reconociendo que confiaría más en un español que en un colombiano, y tras aguantar diversas humillaciones, de compatriotas y de españoles en distintas poblaciones de Jaén, acabará encontrando un hogar en la Calle Pastores de Úbeda.

En general, es consolador que hablen de los españoles más bien que mal. Pero en todas partes, supongo, hay más gente buena que mala, si no, ninguna sociedad funcionaría. Sin embargo, algunos comentarios delatan cierta penuria espiritual con la que transigimos aquí. El desprecio de los compañeros de estudios en los colegios, que tildan a sus hijos de “sudacas”. Un ecuatoriano telefonea a otro dispuesto a seguir su vuelo hacia España: “No vengas –le dice-, aquí la gente quiere más a sus perros que a sus familias”.

Álvaro, un colombiano, encontró trabajo en una discoteca en la España del 2000. Habla con su pareja colombiana, que quiere seguirle a la península con los niños, ésta cuenta: “Me advirtió que la cultura entre los jóvenes en España era distinta, que la mayoría fuman y salen mucho a beber. –No traigas a los niños –me dijo”.

Miriam, dominicana, describe así la vida en España y la frágil moral de los españoles:

 “A mi parecer, los jóvenes están algo deprimidos en comparación con los de la isla [Santo Domingo]. Se ve en los mayores también. Si algo no sale bien, la gente se desanima. Dicen que a pesar de todas las circunstancias en los países pobres, la gente se siente más satisfecha. Valoran las cosas más, cuando compran un nuevo par de zapatillas de deporte, por ejemplo. Aquí en Europa tenéis de todo y no valoráis nada”.

Yolanda, nicaragüense, que huye del gobierno Sandinista, afirma:

“los españoles no me han tratado mal, pero debo decir que son por lo general sosos. No demuestran ni la simpatía ni el cariño de los nicaragüenses o la gente de Costa Rica. Cuando me ingresaron en el hospital de Madrid, nadie me visitó”.

Sin embargo –una de cal y otra de arena- tiene otra visión de la juventud española:

“Lo que me gusta mucho de España es que los jóvenes piensan de una manera distinta sobre el futuro. Piensan en la prosperidad, en contraste con los de las generaciones mayores que sufrieron más en el pasado. Este tipo de prosperidad y la actitud para conseguirla no existe en Nicaragua, no es posible. Los jóvenes españoles hacen sus planes para encontrar trabajo, estudiar una carrera, comprar un coche y luego una casa. Me gusta este tipo de actitud, enfocar la vida como un reto. También aprenden más sobre quién es su pareja antes de casarse” (pg. 147). 

Siempre hay motivos para la esperanza.

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Misterios segureños

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El secreto del monte Salfaraf es una amena y breve fábula montada sobre la bien disciplinada imaginación histórica y los excelentes conocimientos y observaciones "de campo" que su autor, Manuel Martínez Moreno, tiene de las tierras de Segura, pues es natural de Segura de la Sierra (Jaén). Antes de esta novelita, Manuel Martínez ha publicado una bella guía de su pueblo, y un viaje por las Sierras de Segura adobado con sus leyendas (El crimen de la Cumbre, 2009).

Un musulmán, Ibn Al Jatib, convertido a la fuerza al cristianismo y bautizado como Rui Díaz describe el señorío batallador de Don Rodrigo Manrique, Comendador de Segura, su captor y protector.
El relato incluye, como regalo al lector extraño, distraído o forastero, las inmortales Coplas a la muerte de su padre, del hijo del Comendador Rodrigo, el universal poeta Jorge Manrique, que tan prematuramente fue herido de muerte en 1479 combatiendo a favor de Isabel de Castilla, en las peleas de sucesión contra los partidarios de Juana la Beltraneja. Esas coplas de pie quebrado, fúnebres como el repique funeral de una campana (Azorín) constituyen un monumento de la literatura clásica universal, y debemos sentirnos muy orgullosos de que fuesen inspiradas en nuestras sierras de Jaén.

Por cierto, que otro ilustre e ilustrado serrano, Domingo Henares Martínez, ha probado -a mi juicio con argumentos tan verosímiles como plausibles- el nacimiento jiennense de don Jorge Manrique, pues su madre, doña Mencía de Figueroa, prima hermana del Marqués de Santillana, nació en Orcera, o en Beas de Segura, y se hace increíble que, embarazada, fuera a parir a Castilla la Vieja (Paredes de Nava, Palencia) para volver luego, estando los caminos como estaban.

El versátil autor de El Secreto del Monte Arafat, director de la Universidad Popular de Úbeda, nada por aguas superficiales y profundas, y toca distintos registros: el divulgativo, el etnográfico, el popular, el castizo, el histórico, el erudito, el fantástico, para expresar el amor y la fascinación que siente por sus sierras y las gentes de sus sierras, fascinación que comparto:

"La gente a menudo se cree que en la sierra solo se crían setas y guízcanos, o que estas tierras solo dan jamones serranos y serranas jamonas, e ignora que, los montes a los que hoy solamente se mira para ir de caza, albergaron en otro tiempo tesoros indescriptibles de nuestra cultura de los que, si les prestáramos algo de atención, podríamos aprender mucho, tesoros que hablan del pasado y del presente, como voces que yacen en el fondo de una orza, a la espera de que alguien las quiera oír".

No sé si alguien querrá oír esas voces, pero sin duda Manuel las ha sabido hacer sonar en su cerámica orza literaria, con limpia sencillez y sobrie prosa serrana.

Uno de los leitmotiv del relato es el lugar central que ocupaba, en la cartografía -real o imaginaria, no lo sé- manejada por los caballeros templarios, Segura de la Sierra, como vértice del que nacían tanto el Guadalquivir, hacia la vertiente Atlántica, como el Guadalimar, hacia la Mediterránea. El monte Salfaraf, al sur de Segura, cruce de caminos y campo de batallas, sería uno de esos lugares con genio, depositarios de viejos tesoros escondidos en cavernas milenarias, como emblemas de todas las heterodoxias y religiones excluidas: la judía, la musulmana, el esoterismo templario, y la forma mágica y estelar de emplazarse sus viejas y semidestruidas torres de defensa, castillos y atalayas, dependería de icónicos símbolos que vinculan la tierra con el cielo y armonizan las creencias e ideales de los humanos.

Otro interesente tema de la novela, este más histórico, es la toma de la ciudad granadina de Huéscar por fuerzas procedentes sobre todo de Segura, de la Loma de Úbeda y del campo de Montiel, a principios del invierno de 1434. Se adivina que el hecho está bien documentado, y las descripciones de esa ruta imposible y hermosísima, como de otro mundo, que conecta la Sierra de Segura y Cazorla, por Pontones y Santiago de la Espada, con la altiplanicie de la sierra granadina de la Sagra y Huéscar. La última vez que viajé por esos cotos y parajes, que parecen de otro mundo, era otoño y ya nevaba, y temimos quedarnos a mitad de puerto.

En fin, el libro, publicado por Gráficas La Paz de Torredonjimeno, con bonita y variada tipografía, bella portada (diseñada por David Martínez Mulero), útil ilustración y hermoso dibujo de Juan Martos de la Casa, es un regalo para el que ama las Serranías orientales de Jaén, para el historiador o para el turista curioso.

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24/08/2011 10:45 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Presente continuo

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Más cuentos de Medardo Fraile

Los cuentos de Medardo Fraile -madrileño con decisivas raíces ubetenses- están protagonizados por personajes corrientes pero extraordinarios. Son corrientes porque no son nada del otro mundo sino muy de éste, resultan siempre más bondadosos que malvados, más pobres que ricos, y sus vidas van pasando a la velocidad con que devoras las páginas de Antes del futuro imperfecto (ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2010). Son personajes extraordinarios por varias razones: llevan nombres arcaicos y sonoros: Kelele, Carmelo, Oria, Eloy, Ciriaco, Otaola, Saturio, Parmenio, Leoncia, Bonifacio, Fuencisla… Desgraciadamente, ¡ya no hay gusto para estos nombres!, será porque “el mundo se encallece y afea cada día más”, o porque se americaniza o gregariza sin remedio, y sin que nos demos cuenta, tan papanatas somos. La asignación de estos nombres no tiene nada de casual:

“Yo he creído siempre que hay nombres, los que no han sido desvirtuados por repetición exhaustiva, que fuerzan al que los lleva a un destino más o menos relacionado con algún personaje relevante que se llamaba igual. Nombres como Benjamín, David, Sara, Lázaro, Beltrán o Ananías no pueden alojarse en cuerpos condenados a una vida vulgar”.

La realidad “parece” desmentir esta tesis; a fin de cuentas..., ¡uno no resucita porque se llame Lázaro!, pero la filosofía parda de Emilia, la mujer de uno de los narradores de estas historias, explica las comillas de ese “parece”:

“las pienses tú o no las pienses, unas cosas pasan y otras no, pero las que no pasan también las llevamos dentro, también nos pasan… Tenlo en cuenta…”.

Es cierto: las ideas promueven sentimientos y emociones, y las ecomiciones y afectos motivan acciones. Los personajes son también extraordinarios porque singulares –especie única- son cada hombre y cada mujer de carne y hueso, nosotros, quienes nacemos, vivimos y morimos, pero sobre todo morimos, como subrayaba Unamuno.

Como profesor y como filósofo (o aprendiz de filósofo), estos cuentos me tocan las entretelas del corazón. Los de su parte primera, “Antes del futuro imperfecto”, están ingeniados sobre recuerdos de las aulas por las que transcurrió la infancia y adolescencia de Medardo en la primera mitad del siglo XX (hace nada), esas aulas que olían “mezclado, suave, dulce, a lápiz, a pis añejo e inocente, a jabón seco en el pebetero de las orejas”… Aquellas aulas en las que la disciplina se suponía y el alumnado aguantaba consciente, y hasta atento, chaparrones de ocho horas. Y campaban por sus respetos profesores aburridísimos, como siempre, y otros u otras que enamoraban al personal sin necesidad de power points ni tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Como la señorita Oria, que enamoró a sus alumnos para el latín con cuatro búcaros de Talavera y una docena de rosas.

El profesor de filosofía don Jenaro Seco era un hombre que daba que pensar, y un día, a la pregunta de un alumno sobre si la Filosofía hacía al hombre feliz, sus ojillos se encendieron como ascuas:

“La Filosofía, señor Antolín, hace al hombre más sabio y puede usted decir que el sabio sabe evitar la infelicidad mejor que el resto de los mortales”.

“-O sea, que no es del todo feliz…

“-Cálmese… No sea usted, no sean ustedes vehementes… La vehemencia es el suicidio del deseo… Recuérdenlo”.

La moraleja de este cuento es ingrata para la Filosofía:

“Imagine usted –sigue don Jenaro- que la tortuga de que hablaba Zenón es la felicidad, y Aquiles la persigue convencido de que la alcanzará, pero no la alcanza…”

Pero si para ser filósofo había que ser como don Jenaro, viejo y calvo...

“preferíamos ser cualquier cineasta guapo con cabeza de chorlito y buenas gachís. Y la vida nos fue dando la razón: Aquiles alcanzó a la tortuga, como los policías alcanzan a los ladrones…”.

La diatriba contra la vehemencia de don Jenaro revela un rasgo de la personalidad del autor, don Medardo Fraile, tan original como inédito en nuestra piel de toro: Medardo es un español, muy español, pero de temperamento más bien melancólico. Ni colérico ni sanguíneo, sino algo flemático y bastante melancólico, de esos a los que podrían haber fusilado en una de nuestras guerras civiles por tibios, por no caer ni de uno ni de otro bando, por dudar de casi todo o tener creencias propias (lo cual viene a ser lo mismo), o por no ser hemipléjicos cerebrales (como decía Ortega de los que se definían como de derechas o de izquierdas). No es de extrañar que Medardo -aun “fuera de sí”-, como confiesa que anduvo por allí al final de su libro, haya hecho vida familiar en las nórdicas y frías latitudes de Escocia. Le delatan sus ojos azules, tristes y sagaces, de niño travieso o de sátiro inocente, y los ojos son el espejo del alma. Su mirada de soñador y su dominio del lenguaje, que usa con una transparencia y sobriedad ejemplar, le permiten explotar el juego del cuento, como nadie lo ha sabido hacer durante las últimas décadas, a fin de cuentos –como él mismo señala- el juego no es sino una forma peculiar del sueño. Y alguno de sus últimos relatos, ultrabrevísimos, tienen algo de experimento onírico, como “Retales”.

Es difícil no sentirse entrañadamente solidario de aquel profesor de literatura que un día se ha dejado los modelos en casa y pone por dictado a los alumnos un texto propio, y siente cómo, al apresurarse éstos por borrarlo al final de la clase, la pizarra se convierte en una fosa negra para sus intimidades y sueños…

“Se quedó un buen rato frente a la pizarra, buscando con angustia una brizna de palabra suya, media palabra, nada…”.

La angustia del profesor es también la angustia del escritor Medardo, o del filólogo don Anselmo (“Postrimerías”), o del lector atento por hacer perdurar sus frases, sus escritos, sus lecturas, sus amoríos o sus sueños.

Las descripciones de los personajes son tan escuetas como magistrales:

“Cosme era un fulano enteco con una voz cavernosa y seca oliente a nicotina como si hablaran sus huesos en lugar de él”.

Este peluquero, Cosme, resultará un héroe anónimo, o sea una buena persona, que acaba cerrando su barbería por no callar o largar a un viejo tristón y delgaducho que se planta en ella a mendigar atención y desahogar las odiseas de su vida de paria y exiliado.

En “Amor”, un relato en verdad poético, se contrapone la filosofía especulativa a la filosofía de las cosas. El protagonista, Parmenio, acaba sustituyendo la primera por la segunda para encontrar a su media naranja. Tras aburrir a su primera novia con preguntas metafísicas e inquietudes existenciales…

“Cuando conoció a Acacia resucitó de nuevo y manso, tembloroso, totalmente domado por el perfume de ella, le dijo:

“-He visto una rosa cuando atravesaba el parque, le he arrancado un pétalo y era como tu piel…

“Y otro día:

“-Quiero que florezcas a mi lado año tras año, Acacia…

“Y una filosofía de cosas se fue enredando en sus vidas, sin que ninguno de ellos acertara a expresarla.”

Sin llegar nunca a pedantes, algunos personajes resultan sentenciosos y sabios, como el tío Alberto de uno de los protagonistas o el corresponsal de Obdulia, en “Carta de un encuentro”:

“Pero en la vida ganamos perdiendo y perdemos ganando”.

Ramón, el corresponsal, que vive casado en Francia, le ofrece a Obdulia –viuda con quien tuvo su historia de jóvenes- un noviazgo platónico que resucite ya en el otoño de la vida el sueño del amor, “para sentir la vida”, un noviazgo basado en el respeto. Se cita à propos a Simone de Beauvoir:

“cuando se respeta profundamente a alguien se rehúsa forzar su alma sin su consentimiento”.

La frase podría servir de lema para un curso de prevención del maltrato...

Aunque Medardo nunca abandona del todo el realismo, un realismo que a veces propone auténticos enigmas en los eventos que narra, alguno de sus últimos cuentos sorprende por su delirante fantasía, próxima a la de un Stanislaw Lem, como en “Culturalia”, relato en que un escritor venezolano, Fermín Onrubia, solicitaba, en un opúsculo perdido, un premio Nobel de Literatura para Sócrates, quien, como se sabe, no escribió nada. El opúsculo incluía una correspondencia ficticia pero muy notable entre la Academia Sueca, y Pericles y su amante Aspasia. Allí sale a la luz la “incorrección política de Platón” y la posibilidad de ser escritor sin escribir, escribiendo con la vida, pues a fin de cuentas...

“las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra”…

Es una suerte para todos nosotros que Medardo Fraile no se encuentre entre ellas, aunque no estaría de más que su bohonomía y su humor amable influyeran mucho más en lo que nos pasa.

  

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02/05/2011 21:00 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El humanismo del Doctor Zhivago

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Mi padre me llevó a ver Doctor Zhivago cuando todavía ni el bozo me sombreaba el labio superior; a una segunda sesión del Cinema Central, creo. Bajo el guiño cómplice de las estrellas, mientras comíamos pipas sin sentirlo, aquella película de David Lean (1965) revelaba divinos misterios sobre la superioridad del amor sobre la violencia. Me enamoré sin remedio de Julie Christie, o sea, de su personaje Lara (Larisa Fiódorovna). Y durante años, la espalda desnuda y perlada de sudor de una mujer, creo que la de Geraldine Chaplin en el papel de Tonia, amiga y esposa de Yuri Andréyevich, fue un referente en el despertar o el ensoñar de mis emociones masculinas.

El Círculo de Lectores ha publicado recientemente la primera traducción directa, del ruso al español, de la magnífica novela de Borís Pasternak, escrita muchos años antes de que fuese publicada en Italia, a finales de 1957, tras salir de Rusia clandestinamente. Borís Pasternak recibió el Nobel de Literatura en 1958, pero renunció a él para no tener que abandonar la Unión Soviética, a pesar de su distancia con el comunismo oficial y tras sufrir críticas y amenazas.

Además de narrador, Pasternak fue filósofo y poeta. Fácilmente puede verse en el protagonista de su novela un alterego del autor. El médico Zhivago es también poeta y ha sido muy influido por la filosofía de su tío materno Nikolái Nikoláyevich Vedeniapin, sacerdote secularizado, espíritu libre con un noble sentido de la igualdad para con todas las criaturas vivientes, y enemigo de cualquier especie de gregarismo nacionalista o partidista, al que considera “refugio de la mediocridad”.

El tío Kolia piensa que el hombre no vive en la naturaleza, sino en la historia, fundada por Cristo, y que el Evangelio es su fundamento. Pero ¿qué es la historia? Es el establecimiento de trabajos seculares destinados a elucidar progresivamente el enigma de la muerte y lograr su superación en el futuro. Su clave está en el amor al prójimo, “esa suprema forma de energía viva que colma el corazón del hombre y exige expansionarse y ser consumida”.

Los principales elementos constitutivos del hombre moderno son -según esta visión- la idea de la libre individualidad y la idea de la vida como sacrificio. Los antiguos ignoraban la historia en este sentido. “Sólo después de Cristo los siglos y las generaciones han respirado con libertad. Sólo después de Él dio inicio la vida en la posteridad, y el hombre no muere ya en la calle, arrojado en una cuneta, sino en su casa, en la historia, en el momento álgido de una actividad consagrada a superar la muerte”.

Cierto vitalismo naturalista impregna toda la novela de Pasternak, en la que la nieve, los ríos, los bosques, los ruiseñores y hasta los lobos, no son meros eventos o criaturas naturales, sino símbolos, porque todo cuanto acontece en la tierra donde se entierran los muertos acontece también en otro lugar, en aquel que unos llaman reino de Dios, otros historia, y unos terceros de manera diferente… Pero este vitalismo y esta sublimación de la naturaleza no se degrada –como en Nietzsche- en un esteticismo retórico y soberbio. Tolstoy pensaba que “cuanto más persigue un hombre la belleza, más se aleja del bien”. Sin embargo,  el tio Kolia, a partir del alma del cristianismo, desarrolla una nueva concepción del arte. Piensa que si la fiera que duerme en el hombre se pudiera contener mediante amenazas de cárcel o de castigos eternos, el emblema supremo de la humanidad sería un domador de circo con la fusta y no un predicador dispuesto a sacrificarse a sí mismo (Cristo). Pero lo que durante siglos ha elevado al hombre por encima de las bestias no ha sido el bastón, sino la música: la fuerza irrefutable de la verdad desarmada, la atracción de su ejemplo, el ejemplo de Jesús:

“Hasta ahora se consideraba que lo principal del Evangelio eran las máximas y las reglas morales comprendidas en los mandamientos, pero para mí lo más importante es que Cristo habla con parábolas extraídas de la vida diaria, explicando la verdad a la luz de la cotidianidad. En la base de todo esto yace el pensamiento de que aquello que une a los mortales es inmortal y que la vida es simbólica porque está llena de significado”.

 La llegada de Cristo al mundo antiguo, a la Roma superpoblada, es descrita por Nicolái Nikoláyevich de este modo:

 “Roma era un mercadillo de dioses tomados en préstamo y de pueblos conquistados, una aglomeración a dos niveles, en la tierra y en el cielo, una porquería, un nudo triple apretado sobre sí mismo, como una obstrucción intestinal. Dacios, hérulos, escitas, sármatas, hiperbóreos, pesadas ruedas sin radios, ojos flotando en grasa, bestialidad, dobles papadas, peces alimentados con la carne de esclavos de vasta cultura, emperadores analfabetos. En el mundo había más hombres que los que habría más tarde, estaban apretujados en los pasillos del Coliseo y sufrían.

“Y he aquí que en aquel amasijo de mal gusto de mármol y oro llegó él, ligero y vestido de luz, ostentosamente humano, intencionalmente provincial, galileo, y desde ese instante los pueblos y los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre, el hombre carpintero, el hombre agricultor, el hombre pastor en medio de su rebaño de ovejas en la puesta de sol, el hombre que no estaba en absoluto orgulloso de su nombre, el hombre del que se habla con reconocimiento en todas las canciones de cuna de las madres y en todas las galerías de cuadros del mundo”.

Para Gordon -el amigo judío del doctor Zhivago-, el cristianismo, así entendido, volvió anticuado el concepto de nación o de pueblo…

“Puedo entender todavía qué sentido tenía la palabra ‘pueblo’ en tiempos de César, para hablar de los pueblos galo, suevo, ilirio. Pero desde entonces es sólo una invención que existe para que sobre ella puedan pronunciar discursos los zares, los políticos y los reyes: el pueblo, mi pueblo… ¿Cómo se puede hablar de pueblos en la era cristiana? En ese modo de existencia pensado con el corazón y en esa nueva forma de relaciones entre los hombres que se llama reino de Dios no hay pueblos, sino individuos. El cristianismo, el misterio del individuo, es precisamente lo que hay que conferir a los hechos a fin de que éstos adquieran un significado para el hombre”.

 Es curioso y doloroso para Gordon, hebreo de origen, pensar así, porque sabe que:

  “la idea nacional ha impuesto a los judíos la necesidad abrumadora de ser y seguir siendo un pueblo, y nada más que un pueblo, por los siglos de los siglos, cuando, gracias a una fuerza salida de sus filas, el mundo entero se liberó de esa humillante tarea. ¡Qué cosa tan asombrosa! ¿Cómo ha podido suceder? Esa fiesta, esa liberación de la diablura de la mediocridad, ese vuelo por encima de la estupidez cotidiana, todo eso nació en la tierra de ellos, hablaba en su lengua y pertenecía a su tribu… ¿Cómo pudieron dejar que se les escapara un alma de una belleza y una fuerza tan devoradoras?... ¿Por qué razón son tan ociosamente faltos de talento los escritores amantes del pueblo, sea cual sea su nacionalidad?”

¿Cómo sintió y sufrió, un hombre que compartía este humanismo, este individualismo cristiano, la guerra, la revolución bolchevique, la guerra civil?

Con resignación y esperanza, haciendo el bien donde podía, curando a los enfermos y heridos, como médico regular o como médico partisano, viviendo un amor prohibido pero predestinado, imposible de evitar, con Lara, “la criatura más pura del mundo”, a la que el golfo de Komarovski pudo tal vez seducir unos meses, pero sin poder corromperla jamás, y cuyo esposo la dejó abandonada con su hija para convertirse en el intachable y temible comisario militar Strélnikov, que acabará suicidándose en Varíkino.

La metafísica y la antropología del doctor Zhivago suponen que la misma vida que vivimos es ya resurrección, sin que nos demos cuenta. No hay que darle tanta importancia como le damos a la conciencia del propio yo, en realidad ésta es un veneno si no la usamos bien. Es verdad que es una luz que ilumina el camino ante nosotros, para que no tropecemos: “La conciencia son los faros encendidos delante de una locomotora en marcha. Dirija la luz hacia el interior y se producirá una calamidad”. No somos conscientes de nuestra sustancia corporal, del funcionamiento de nuestros riñones, de nuestro hígado, porque la conciencia se manifiesta hacia el exterior, en los actos, en la obra de nuestras manos, en la familia, en los demás… “El alma del hombre es precisamente el hombre presente en los otros hombres”.

Uno de los primeros títulos de la novela, cuya escritura se remonta a 1946, fue: “No habrá muerte”, título extraído del Apocalipsis de Juan Evangelista (21,4). “No habrá muerte –explica el doctor, como si se tratase de un conjuro, ante el lecho de la moribunda Anna Ivánovna- porque lo que fue ya ha pasado”… “No habrá muerte porque esto ya lo vimos, es viejo y aburre, y ahora es preciso algo nuevo, y lo nuevo es la vida eterna”.

Obligado a militar en un grupo de partisanos, las arengas revolucionarias cansan al doctor, los torrentes de palabras superfluas, inconsistentes, oscuras, “justo eso de lo que la vida ansía liberarse”. Frente a esa cháchara hipócrita de los comisarios comunistas, “mediocremente elevada y tenebrosa”, Yuri busca el refugio en el aparente mutismo de la naturaleza, en la ausencia de palabras durante un trabajo largo y obstinado, en el silencio de un sueño profundo, en la verdadera música y en el quieto contacto de los corazones…

Poético romanticismo en mitad del horror, de la guerra, de la penuria, del cainismo, del canibalismo, del terror. La verdadera libertad no es la de las palabras y las reivindicaciones, sino la caída del cielo, en contra de lo esperado. La libertad por casualidad, por equivocación.

Frente a la revolución con que soñaban las clases medias –a las que pertenecen por ambiente y educación el autor y su protagonista- , la revolución bolchevique de 1917, nacida de la guerra, una revolución de soldados, aparece primero como una necesaria simplificación de la vida, incluso como una necesaria erradicación “de la delicadeza de sentimientos superfluos”. Incluso el tío Kolia, referente filosófico de la adolescencia de Yuri, se vuelve bolchevique. Una nueva esperanza se eleva tras siglos de servilismo e injusticias. Pero, tras la grandiosidad y la eternidad del momento, la dictadura del proletariado acabará dejándole helado el corazón al doctor Zhivago, porque “ya no hay personas honestas ni amigos. Ni siquiera gente competente”.

El Moscú soviético le expulsará de su seno hacia los Urales, la familia huye del hambre, con el sueño idílico de cultivar la tierra, viviendo de sus manos. Ni los rojos, ni los blancos ni los verdes, le convencen. “Pertenecer a un determinado tipo es la muerte del hombre”. Si, por el contrario, a uno no saben cómo catalogarlo, si uno está libre de sí mismo, “ha obtenido una partícula de inmortalidad”…

De marxista, pues, nada de nada. Pasternak lo deja claro:

 “El marxismo es demasiado poco dueño de sí mismo para ser una ciencia. Las ciencias, por lo general, son equilibradas. ¿Marxismo y objetividad? No conozco una corriente más replegada en sí misma y más alejada de los hechos que el marxismo. Todos están preocupados en verificar sus ideas por la experiencia, pero quienes tienen el poder, en virtud de la leyenda sobre su propia infalibilidad, dan la espalda a la verdad con todas sus fuerzas. La política no me dice nada. No me gustan las personas indiferentes a la verdad… Yo era un ferviente partidario de la revolución, pero ahora creo que, con la violencia, nunca se podrá lograr nada. El bien se atrae con el bien”.

 Luego está el culto a la personalidad, esos líderes políticos a quienes la fatuidad había extirpado todo signo de vida y de humanidad. El odio de los necios al espíritu y el desprecio a los intelectuales, la inhumanidad convertida en conciencia de clase, la barbarie como modelo de firmeza proletaria. “Entonces a la tierra rusa llegó la mentira. La principal desgracia, la raíz del mal futuro, fue la pérdida de la confianza en el valor del propio criterio” –dice Lara.

Huyendo de todos, y temiendo la muerte, Lara y el doctor Zhivago harán nido en Varíkino. Allí un abismo les separa del resto del mundo, la aversión compartida a todo lo que de fatalmente típico tenía el hombre contemporáneo: la exaltación afectada, la animación ruidosa y la mortal ausencia de inspiración…

En la soledad de Varíkino escribirá Yuri sus mejores poemas, tras la marcha dolorosa de su amor. Luego, la decadencia, el apoyo de Marina, su tercera pareja, hija de su antiguo portero, y de la que aún tiene dos hijos… Y un ataque al corazón en un tranvía moscovita que rueda a duras penas… Fin trágico dulcificado por la salvación de su obra poética, consagrada en una novela idealista, romántica, histórica, inspirada por un humanismo cristiano muy ruso y original, pero universalizable, como el sentido del deber y de la belleza, a la que el doctor Zhivago definió agradecidamente como la felicidad de poseer una forma, felicidad que debemos al resplandor de Dios.

 

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02/05/2011 20:26 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

A la sombra del granado

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 -La verdad no puede contradecir a la verdad, ¿no es cierto, Zuhayr?

-Por supuesto, no podría ser de otra manera. Está escrito en el Alcorán, ¿verdad?

-¿Y por eso es cierto?

-Bueno…, quiero decir… Escúchame, anciano, hoy no he venido aquí a discutir blasfemias.

-Entonces te haré otra pregunta: ¿es lícito unir lo que conocemos a través de la razón con aquello que nos dicta la tradición?

-Supongo que sí.

-¡Lo supones! ¿Es que no os enseñan nada hoy en día? ¡Condenados tontos! Te planteo un dilema que ha confundido a nuestros teólogos durante siglos, y lo único que se te ocurre decir es “supongo que sí”. No es una buena respuesta. En mis tiempos se enseñaba a los jóvenes a ser más rigurosos. ¿No has leído las obras de Ibn Rushd, uno de nuestros grandes pensadores, y un gran hombre a quien los cristianos de Europa llaman Averroes? Debes de haber leído sus libros. Había por lo menos cuatro en la biblioteca de tu padre.

Zuhayr se sentía avergonzado, humillado.

-Los estudié de tal forma que no pude sacar ninguna conclusión positiva de ellos. Mi maestro decía que Ibn Rushd era un hombre ilustrado, pero también un hereje.

-Los ignorantes sólo pueden difundir ignorancia. Esa acusación es falsa. Ibn Rushd era un gran filósofo, lleno de talento. A mi modo de ver, estaba equivocado, pero no por las razones que te dio ese estúpido que contrataron para que te enseñara teología. Para resolver la supuesta contradicción entre razón y tradición, aceptó las enseñanzas de los místicos, con sus significados aparentes y sus significados ocultos. Sin embargo, aunque es cierto que las apariencias y la realidad no son siempre la misma cosa, Ibn Rushd insistió en que las interpretaciones alegóricas eran el corolario inevitable de la verdad. Es una pena, pero no creo que al afirmar eso se haya basado en motivos fundados.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Zuhayr, molesto-. Tal vez creyó que era la única forma de extender el conocimiento y sobrevivir.

-Era absolutamente sincero –afirmó al-Zindiq con una certeza propia de su edad-. En una ocasión dijo que el peor día de su vida fue aquel en que llevó a su hijo a la mezquita para las plegarias del viernes y una multitud los echó. No le afectó sólo la humillación, sino también la convicción de que las pasiones de la gente sin instrucción acabarían ahogando la religión más moderna del mundo. En cuanto a mí, creo que Ibn Rushd no era suficientemente hereje. Aceptó la idea de que el universo está al servicio de Dios –Zuhayr comenzó a temblar-. ¿Tienes frío, chico?

 

La idea de un universo desligado del Creador hace temblar a Zuhayr, que acabará echándose al monte (Las Alpujarras), en el levantamiento contra la autoridad cristiana de Granada.

A la sombra del Granado (Madrid, 2005), la novela histórica de Tariq Alí, cuenta la situación que se produce en Al-andalus unos años después de la toma de Granada por las tropas de Isabel y Fernando (1492). La historia de una familia de terratenientes musulmanes en el clima del eclipse de una civilización mestiza: la andalusí,así como el terrible trilema que se les plantea a muchos señores andalusíes al filo del cambio de siglo: inclinar la cabeza y convertirse al cristianismo, abandonar la tierra en la que habían trabajado, jugado, luchado y amado durante ocho siglos, o retirarse a las montañas para resistir y pelear.

Lo peor de la novela –a mi juicio- es el perfil fanático, tan simple como siniestro, que se le atribuye a Cisneros, al que se hace directamente responsable de una terrible y masiva quema de libros musulmanes en la Granada de 1499. ¡Menos mal que por lo menos accede a salvar los de medicina y astronomía, eso sí, requisados para la futura biblioteca de Alcalá! Frente al Cisneros reprimido y obsesionado por la “pureza de sangre”, se idealiza un pasado andalusí, tolerante e integrador, en que convivirían las tres culturas sin conflictos durantes siglos, y en el que el único problema y la razón de su debilidad y postrer derrota sería la incapacidad de los señores andalusíes para mantenerse unidos frente al "bárbaro" del norte.

Sobre este mito de "las tres culturas" conviviendo en paz, o sobre el otro de la superior "tolerancia" de la cultura musulmana peninsular sobre la cristiana, puede leerse en línea mi artículo "La filosofía y el mito andalusí", donde también se alude a la filosofía poítica, califal y totalitaria, de Averroes.

Tariq Alí es una interesante personalidad cosmopolita, un activista de izquierdas, redactor de New Left Review, director de cine, ensayista y novelista. Y ve en las religiones un sistema de opresión institucionalizado: “La historia está llena de jóvenes tontos que se emborrachan con la religión y se precipitan a luchar contra los infieles” (cap. VIII). Desde luego, las religiones han sido también eso, ¡y muchas más cosas! De origen paquistaní, pero formado en Oxford, Tariq Alí fue uno de los diecinueve firmantes del Manifiesto de Porto Alegre (Brasil, 2005). El protagonista intelectual de la novela, me parece una especie de alter-ego del escritor y se hace llamar Al-Zindiq, el escéptico. Su biblioteca manuscrita se salva y viaja a Fez, si no recuerdo mal...

En The Shadow of the Pomegranate Tree (1992) -que he leído en traducción de Maria Eugenia Ciocchini (1993)-, y en el bando cristiano, el antagonista de Cisneros es don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, capitán general de Granada. Don Íñigo tiene amigos entre la nobleza andalusí, no tiene inconveniente en vestirse con ropas moriscas, y es partidario de cumplir lo acordado en los términos de la rendición, respetando al vencido. Al final, no tendrá más remedio que elegir, contra su conciencia, la violencia de la represión y su ruptura con el mundo andalusí, que irremediablemente se eclipsa.

La novela está llena de alusiones a la vida cotidiana de los terratenientes agrícolas andalusíes, a su organización patriarcal y económica. El Banu Hudayl es el indiscutible protagonista y víctima trágica de la historia, con sus leyendas heroicas, sus historias de amores -lícitos e ilícitos-, sus pasiones oscuras y sus renuncias lúcidas. Las recetas de la cocina antigua, los productos de la huerta intensiva, se asocian a los “zajal”, poémas estróficos populares de trasmisión oral, o a los comentarios sobre la poética de Ibn Hazm...

Para quienes hemos vivido y andado mucho por esos paisajes de Gharnata y Las Alpujarras granadinas, la novela tiene un valor doblado. Muy entretenida y documentada, aunque algo maniquea, como casi todos los cuentos con que se mece la cuna del ser humano...

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07/03/2011 19:49 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

El conformista

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Matanza y melancolía, así tendría que haberse llamado la novela de Moravia o la película de Bernardo Bertolucci.

Yo no creo que Marcello Clerici mereciera morir como lo mata Alberto Moravia al final de su novela. Tampoco Edipo, ni Yocasta, merecieron su suerte. ¿Quién la merece? 

Para mí, “El conformista” tendrá siempre la finísima cara de Jean Louis Trintignant, esos rasgos suaves, finos, esa mirada elegante y distante, esa sonrisa contenida, aristocrática. También Giulia, su mujer, instintiva y salvaje, inocente y vital, tendrá siempre las formas exuberantes de Stefania Sandrelli, con ese precioso hoyuelo en la barbilla y esa mueca de niña caprichosa. Una pantera con piel de cebra.

Cuando Bernardo Bertolucci  adaptó para el cine en 1969 la novela de Alberto Moravia (1951) escogió para hacer de mujer del profesor Quadri a una jovencísima Dominique Sanda, que sin embargo supo hacer de maestra de ceremonias en la célebre escena del baile con Stefania Sandrelli. Entonces me pareció una mujer fatal, ambigua e inteligente. Hoy me parece casi una niña en la entrevista que le hizo la televisión francesa en 1971, en la que reprime deliciosamente una sonrisa abierta y pícara, seductora, consciente de su propio encanto, mientras habla seriamente de su carrera con un timbre suave y grave, en un francés transparente.

A finales de los setenta, Dominique Sanda se convertiría en una de las más hermosas y sutiles actrices del mundo con un papel central, como una guinda sobre un pastel, en un puñado de excelentes películas europeas.

Marcello Clerici, el Conformista, es una víctima de las circunstancias. Su padre acaba loco, su madre, a la que nunca le ha interesado en serio la maternidad, liada con un jovencito al que mantiene y rodeada de pequineses. De chico, los compañeros se burlan de Marcello por sus modales sensibles, y un chófer, Lino, intenta abusar de él a cambio de una pistola, con la que Marcello cree haberle asesinado. Toda su vida expiará este crimen imaginario. Hay en El conformista como una referencia lejana a un cristianismo crepuscular… Giulia, en el epílogo, comparada a Eva, expulsada del Paraíso pequeño-burgués, tras la caída de Mussolini.

Marcello lucha melancólicamente por una normalidad que debe conquistar al precio más alto: el precio de la complicidad con el régimen fascista. Pero, en realidad, Marcello no cree en nada, o en casi nada, es un héroe existencialista, un funcionario que, simplemente, cumple con su deber. No me extraña que la primera novela de Moravia  (Gli indifferenti, 1929) sea considerada como un buen ejemplo de esta tendencia existencialista.

La novela El conformista podría haberse titulado Matanza y melancolía, palabras que obsesionan al padre orate del protagonista, en el siquiátrico en el que acaba recluido. Nace de esa visión trágica de una Europa, madre de la civilización, engolfada en el canallismo y la barbarie, en dos terribles guerras civiles; nace de “la desolación de los desiertos en los que el hombre va en pos de su propia sombra y se siente perseguido y culpable”. Y no hay solución: entregarse a la fatalidad de un orden en el que no se cree, pero que es a fin de cuentas orden, normalidad, familia... o entregarse a "la torpe paz ofrecida por la naturaleza indulgente".

Marcello es un enigma para todos, menos para Moravia, que disecciona con delicadeza quirúrgica las causas de su gélido comportamiento: su miedo a la libertad. Miedo a la anormalidad, a la diferencia. Lo que ansía Marcello sobre todas las cosas –y no puede conseguir jamás- es ser uno más, huir de la soledad, de la locura a la que nos lleva sin remedio esa misma soledad. Por eso lucha denodadamente contra la repugnancia y el desapego. De pronto, la hermosa frente de una prostituta, o la luminosa frente de Lina, la mujer de Quadri, parecen ofrecer una tabla de salvación, pero se trata de un promesa vana: la prostituta se entrega por dinero al primero que la compra; y a Lina (Dominique Sanda, en la ficción de Bertolucci) le gustan las mujeres y odia al funcionario fascista bajo el que se oculta Marcello.

A Marcello le fastidia el triunfalismo con que la prensa italiana anuncia la victoria de Franco, le repugna la corrupción del fascismo italiano, pero con todo, ha elegido su camino hacia la normalidad, y la normalidad en ese momento es esa especie de locura, ese patrioterismo hueco al que tiene por fuerza que conservarse fiel. Él no es un fanático, sino un siervo trágico de los ídolos tribales -o nacionales- de la historia. Entre el fanatismo y el servilismo no queda más que la indiferencia, una indiferencia que expulsa contradictoriamente de sí –a cada paso- la duda.

Es trágico ver a la inteligencia teniendo que comulgar con ruedas de molino; es trágico ver a la sensibilidad debiendo transigir sin remedio con la ordinariez, pero eso es lo que debe hacer Marcello a cada instante para buscar la normalidad y la respetabilidad de ser uno de tantos.

Marcello profesa un existencialismo kantiano, actúa como si creyera, frente al fascio y frente a la iglesia romana. Ansía redimirse a través de las costumbres vulgares, cumpliendo inmejorablemente lo que se le ordena, pero no puede evitar a cada paso la sensación de extravío: ¿de dónde vengo?, ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿quiénes son éstos que me acompañan?...

“Este extravío no le hacía sufrir, al contrario, le complacía como un sentimiento que le resultaba familiar y que tal vez constituía el fondo mismo de su ser más íntimo. ‘Eso’, pensó fríamente, ‘¡yo soy como aquel fuego, allá lejos, en la noche… arderé con fuerza y me apagaré sin razón, sin consecuencias… un punto de destrucción suspendido en la oscuridad'”.

Quedan eso sí, los rescoldos que se conservan en el interior de ese fuego, así como la chispa que lo enciende sin cesar, algo más antiguo que la realidad del amor, el deseo:

“El deseo no era en realidad sino la ayuda, decisiva y poderosa, que la naturaleza prestaba a algo que ya existía antes de ella y sin ella”.

Ese furor que se transforma en ideas y sentimientos lejanísimos, debido a una misteriosa y espiritual alquimia, y que ya no parece servir ni estar marcado por el sello de la necesidad.

No somos meros juguetes de la necesidad, de la fatalidad. Escogemos, sí, pero ese escoger deja en nosotros una melancolía teñida de remordimiento, que provoca el recuerdo de las cosas que hubieran podido ser y a las que, al escoger, era preciso por fuerza renunciar.

Nadie puede conformarse hasta el punto de volverse otro. Pero esa angustia sartriana de elegir, se traduce en Moravia en una romántica y simpar melancolía.

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18/02/2011 21:15 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Ovejas eléctricas

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Dicen que Philip K. Dick acabó convencido de que nuestra época era el eco agónico del imperio romano. La globalización no sería sino un efecto necesario del imperialismo. Pero Philip K. Dick acabó creyendo también que él era la proyección mental de un martir cristiano. En cualquier caso, sus replicantes son extrañamente inferiores a las recreaciones cinematográficas de Ridley Scott en esa obra maestra que es Blade Runner.

Para mí, más preocupante aún que la ambigüedad y la simbiosis hombre-máquina -o mujer-máquina (la cirugía estética funciona como burka de la femineidad occidental)- es la anticipación magistral o profecía del poder espectacular que cobrarían los publicistas ("creativos") en nuestra época, descrita por Frederik Pohl en La guerra de los mercaderes. Mentes cuyas necesidades, deseos y adicciones son producidos y modificados industrialmente, mediante mecanismos cada vez más poderosos, subliminales e insidiosos.

Estamos de acuerdo con Andrés Ibáñez: es una pena que la extraordinaria imaginación de Philip Kinched Dick (1928-1982) sobrepase con mucho su nerviosa y descuidada prosa. Esto se nota sobre todo en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), que sirvió de pretexto a Ridley Scott para su genial Blade Runner. Esta obra trasciende el conflicto entre lo natural y lo artificial y, en cierto sentido, lo supera.

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30/08/2010 11:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki

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UN TIPO SINGULAR EN EL OJO DEL HURACÁN 

 

            Avadoro, una historia española (1814) fue la edición más completa que pudo ver su autor antes de suicidarse en su biblioteca (1815). La obra que más tarde se traduciría con el título de Manuscrito encontrado en Zaragoza (Valdemar, Madrid 2002) está constituida por  "jornadas", a la manera de los decamerones y hectamerones antiguos.

            Fue escrita en una época apasionada por la arqueología, la exploración y la reconstitución erudita de civilizaciones exóticas, elaborada por un noble singular, Jan Potocki, testigo originalísimo de la crisis del Ancien Regime. "Viajero infatigable, escritor polimórfico e inquieto, entre ilustrado e iluminado, libertino revolucionario y enciclopedista desencantado, afín a los Ideólogos y rayano en la locura. Es un nómada expatriado, ignorado y malinterpretado como su propio entorno: el conde polaco Jan Potocki" (Domínguez Leiva).

            Jan Potocki nació en 1761, en Pików, Podolia, actual Ucrania, un año después de la publicación del Tristan Shandy de Sterne, en el año de la Nouvelle Héloïse,  tres años antes del Dictionnaire philosophique de Voltaire, así como de la obra fundadora del género gótico, The Castle of Otranto, de Horace Walpole. Empedernido viajero, fundador de la arqueología eslava, se hizo famoso en su patria, Polonia, por haber sido el primero que sobrevoló Varsovia en globo aerostático.

            Polonia era por entonces un país heterogéneo y anacrónico, en el que intentaban convivir polacos, rusos, alemanes, lituanos, judíos y armenios..., católicos, ortodoxos, protestantes y judíos; en que los nobles elegían al rey formando confederaciones rivales, apoyadas por ejércitos extranjeros. Los Potocki se alían con los franceses y los austríacos. En 1767, los rusos invaden el país y, en 1772, se lo reparten con Prusia y Austria.

            Domínguez Leiva (cfr. infra, Bibl.) afirma que para un escritor sepultado por la sombra enorme de su abuelo, Waclaw Potocki, hombre de guerra en la transición cultural del Renacimiento al ocaso del Barroco, la crítica ilustrada a los prejuicios de la vieja nobleza tenía que estar cargada de significaciones psicológicas. Claro, y de contradicciones dolorosas, que acabaron con su vida. La esmerada educación que recibió en Polonia, Lausana y Ginebra (1774-1778) le volvieron apasionado por las ciencias y el cosmopolitismo. Dos años después de su nacimiento hablan en público las cabezas cortadas de Cazotte. En su formación cuentan las novelas libertinas francesas, tanto como los tratados científicos, los opúsculos filosóficos, los panfletos holandeses, las Noches de Young, los Poemas de Ossian y las novelas macabras de Walpole. Por eso es uno de los autores que más lúcidamente sintetizan en su personalidad y su obra todas las tensiones de su siglo y el tránsito crítico de una época a otra, desde el culto a la Razón a la mística del Terror.

            En 1778 se enrola en Viena en el conflicto de sucesión de Baviera, como oficial pro-austríaco. Por esta época se iniciará en la masonería; nada de extraño, teniendo en cuenta que su familia acaudillaba la logia polaca. En el año de la primera edición de la Crítica de la razón pura, 1781, Potocki viaja por primera vez a España.

            Tras una batalla contra el Estado y a favor de la libertad de prensa, montó su propia imprenta. Es posible que después de haber servido en el ejército austro-húngaro como lugarteniente de artillería, en una guarnición próxima a Budapest, y en una expedición de castigo contra Malta y los berberiscos, pasase de Túnez a España, donde todavía reinaba Carlos III, una España que se le debió de antojar tan pintoresca como culturalmente activa. Le atrajo sobre todo Andalucía, que no tardaría en convertirse en meta obligada de los turistas románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba… y recorrió -como puede verse en el Manuscrito- los caminos y montañas de Sierra Morena, estudiando de cerca las costumbres gitanas y el calé, de lo que hay huella también en su opereta Les bohémiens d’Andalousie, representada en el castillo de Enrique de Prusia en 1794.

            Se casó con Julia Teresa Lubomirska. Corrieron escandalosos rumores sobre supuestas relaciones de Jan con su suegra, así como con su propia madre y su hermana; relaciones incestuosas y complejas cuya realidad o fantasía haya su eco en el Manuscrito.

            Entre 1785 y 1787 vive en París, donde nace su hijo Alfred. Asiste allí al salón materialista de Mme. Helvetius. Conoce a Volney, ideólogo y mitólogo francés que asocia a Jesucristo con Krishna. Traba amistad con los hermanos Humboldt, el lingüista Guillaume y el biólogo Alexandre. Frecuenta asimismo la extraña secta de la "Confrérie des Lanturlerus", de espiritualidad sincrética, a la que también pertenece el futuro zar Pablo I. Suscribe todas las ideas progresistas de entonces. Efectúa pequeños viajes, visita Inglaterra en pleno escándalo con Vathek. En Spa conoce a la novelista Mme. de Genlis con quien mantendrá una larga correspondencia.

            Diputado de Posnania en la Gran Dieta, surgida del levantamiento contra los rusos, denuncia el peligro reaccionario prusiano e impone el estudio obligatorio de la historia de Oriente en la Comisión de la Educación Nacional. Fue entonces cuando instalará en su casa una imprenta libre, imprimiendo en ella sus Voyages, su Essay sur l’Historie Universelle y un manual de guerra clandestina. Abre un club político, una biblioteca pública, se endeuda y publica un Essay d’Aphorismes sur la Liberté, antes de sobrevolar Varsovia en globo con J. P. Blanchard, pionero de la aviación.

            En 1790 regresa a Francia, es vigilado por espías y se introduce en los círculos jacobinos. Conoce a Condorcet. En 1791 viajó otra vez por España, con mirada de etnólogo y antropólogo, en un viaje documentado de tres meses, camino de Marruecos. Llegó a España con el ministro de Polonia. Y descubrió un país arcaico, un mundo de gitanos nómadas próximo al de los bohemios de su Galitzia natal. Potocki, contemplando en el verano de 1791 cómo los españoles bombardean Tánger, se refugia en el Consulado español, y luego en casa del embajador de Suecia, desde cuya terraza, cubierto con un "enorme sombrero andaluz" contempla el ataque. Una bomba explota cerca y decide pasar a la Península. Con el barón de Rosestein, embajador de Suecia, llega a Cádiz. La misma noche que desembarca asiste a un espectáculo de baile flamenco. Las bailarinas gaditanas le entusiasman, como entusiasmaron a los Césares.

            En Inglaterra lee las tesis contrarrevolucionarias de Burke y se presenta a Gibbons. Entabla amistad con el poeta maldito Coleridge, toxicómano y visionario, así como con Beckford, el autor "decadente" de Vathek, obra maestra de la perversidad, redactada en francés como el Manuscrit y que influirá poderosamente en su pensamiento.

            En 1792 retorna a Polonia, amenazada de desmembramiento. En su castillo pululan los emigrados franceses que pasan el día en fiestas rococó. Potocki pone en escena obritas absurdas (avant la lettre), tituladas Parades, que retoman el tema barroco y calderoniano del teatro en el teatro. Se rodea de siervos estrafalarios, de cosacos y de seres deformes. Todo será una fête galante pero triste, a la manera de los Pierrots de Watteau, de los que Verlaine sacará su "spleen".

            En los años del Terror francés (1793-1796) vive en Alemania. El héroe polaco Kosciusko se rebela y es aplastado por los prusianos y los rusos. Desencantado, el conde escribe Les Bohémiens d’Andalousie, que prefigura rasgos del Manuscrito. Uno de sus personajes, Fernando, es un noble disfrazado de gitano, como el personaje Avadoro, para escapar a la cólera de su padrastro.

            En 1791, después de la muerte de su mujer, el conde se aleja de los prusianos y asiste a la coronación de Pablo I en Moscú. Durante su viaje etnológico por el Cáucaso empieza, en Astrakán, la redacción del Manuscrito, curiosamente situado en España, país sobre el que no escribió ni ensayos históricos ni libros de viajes. Tal vez viviendo entre nómadas caucásicos recordó a los gitanos españoles…

            El Manuscrito procede a la vez del Shauerroman (Shauer: chubasco, horror) de Achim d’Arnim y de la gothic novel de Walpole, así como de la influencia del Candide de Voltaire, a los que habría tal vez que añadir los aquelarres de Goya (1797 es el año de los Caprichos), el libertinaje de Casanova, el iluminismo del conde de Gabbalis, así como las fuentes formales del Decamerón y Gil Blas.  

            De regreso a Podolia, se casa por segunda vez y se consagra a la educación de sus hijos. En 1802 publica su mejor obra de investigación: Histoire primitive des Peuples de la Russie. En 1803 muere su padre en Viena, y Potocki estudia en Italia la cronología del Oriente antiguo. En el año que Napoleón es elegido emperador, publica las diez primeras jornadas del Manuscrit en Petersburgo (1803). Aboga por el ideal paneslavista ruso y propone un proyecto de conquista comercial de Asia a través de Afganistán.

            En 1808, año en que comienza la acción del Manuscrito con el sitio francés de Zaragoza, Potocki se separa de su segunda mujer, y escribe las jornadas 23ª a la 30ª. En 1809 se publican en alemán las Abentheuer in der Sierra Morena. En 1812, su primogénito vive en directo el desastre napoleónico en Rusia. Se retira definitivamente a su propiedad de Uladowka, donde agobiado por las deudas y fracasos editoriales, depresiones y neuralgias, se suicida en su biblioteca, con una bala extraída de la perinola de un azucarero barroco perteneciente a su madre y que antes ha hecho bendecir por su capellán.

            Contemporáneo de Lichtenberg, Potocki redactó su curiosa novela entre 1797 y 1814, después de la gran crisis de la conciencia europea (1680-1715) y antes de las Restauraciones monárquicas contrarrevolucionarias (1815): un Siglo de las Luces que termina en Siglo Iluminado. Hoy nos parece un interlocutor privilegiado del s. XXI.

           

EL MANUSCRITO. UN SUEÑO SECRETO

 

            El Manuscrito es una Summa rococó, laberíntica y enigmática, dotada de un humor muy especial, corrosivo, que incluso anticipa el de Groucho Marx. Pero el juego entre ironía y tragedia es constante, como en Voltaire. Es así una alucinación histórica escrita con alma de volteriano y el síntoma de una civilización aristocrática en crisis, aislada y alienada, marcada por la erosión gradual de las relaciones humanas y por un fetichismo morboso. Cuando escribe el inicio de la obra, la Revolución francesa y el Terror han sellado el fin del Antiguo Régimen y por tanto el ocaso de la cultura aristocrática. Dos años antes, Polonia ha sido desmembrada por tercera vez, tras una sangrienta represión prusiana y rusa. El autor propone una evasión a España y el Mediterráneo como una terapia después de largos años de conmociones sangrientas.

            El Manuscrito se recuperó en los años 90 del siglo pasado, gracias a la primera edición íntegra en francés. Potocki utiliza la distorsión del tiempo para crear un universo entre mimético y simbólico y para proponer una relectura heterodoxa de la Historia Universal, desde el s. XII a C. hasta el año 1808 d. C. Resulta una obra característica del ocaso del Antiguo Régimen, en la tradición de la novela gótica (cuyos tres pilares son el crimen, el sexo y lo sobrenatural) y de las obsesiones sadianas y goyescas. La figura del complot islámico y judío que preside la acción remite a la paranoia finisecular de las sociedades secretas y las relaciones entre el universo potockiano con la masonería. Pero Potocki no es un plagiador, más bien desarticula la ideología gótica y romántica, procurando sobrepasar el empuje del irracionalismo en su propia obra: un carnaval filosófico por el que desfilan los discursos, ideas y contradicciones de la Ilustración, animando el conflicto entre la razón instrumental y el pensamiento talmúdico, anunciando la problemática de la novela moderna y su crítica postmoderna.

            Aunque Radrizzani afirmó que el autor se retrató en clave detrás de algunos personajes, Jan Potocki nunca fue oficial napoleónico ni participó en el sitio de Zaragoza. La ciudad no cumple más función narrativa que albergar el Manuscrit. Tal vez Potocki quiso utilizar su valor simbólico de resistencia antinapoleónica. Por otra parte, la Cábala (comentario infinito de la Torá o el Pentateuco) está asociada a Zaragoza, pues en 1240 nació en esta ciudad Abraham Abufalia, de quien deriva todo el cabalismo español y provenzal. Y en esta ciudad imprimió Bahya ben Asher el primer libro cabalístico de la historia. ¡Y fue la patria de Goya, pintor con el que tanto tiene que ver el mundo imaginario del Manuscrit! A Goya se atribuyó un retrato del conde polaco, y no es imposible que se conociesen.

            El Manuscrito pertenece todavía al XVIII: escenas galantes, gusto por el ocultismo, jovialidad e inteligencia, sobriedad y precisión sin rebabas ni excesos ("elegante sequedad", dice R. Caillois). Pero la obra del conde anticipa el romanticismo, una nueva sensibilidad con estremecimientos inéditos, fascinada por lo horrible y lo macabro.

            En los relatos publicados en San Petersburgo en 1804-1805 se repite siempre una misma historia, los encuentros y amores de un viajero con dos hermanas que lo arrastran a su lecho, solas o con su madre. El carácter de estos encuentros se edulcora en la edición de 1814 (Dix Journées de la vie d’Alphonse van Worden). Después de la orgía, vienen las apariciones, los esqueletos y los castigos sobrenaturales... Los gestos más turbadores son velados, pero no disimulados. Las hermanas son musulmanas, lo que permite añadir las supuestas costumbres los harenes en los que, según la leyenda occidental (cfr. Fátima Mernissi), ellas encuentran natural repartirse al mismo hombre, al mismo tiempo que se dan placer entre sí. Su verdadera naturaleza se revela poco a poco hasta que aparecen como lo que son: criaturas demoníacas, súcubos o entidades astrológicas vinculadas a la constelación de Géminis.

            El retorno de un mismo acontecimiento en el irreversible tiempo humano es un recurso frecuente en la literatura fantástica. Caillois sin embargo, que es un experto en aquélla, dice no conocer una combinación tan atrevida, deliberada y sistemática de los dos polos de lo admisible: La irrupción de lo insólito absoluto y la repetición de lo único por excelencia, para conducir al colmo del espanto. Se produce lo que no puede ser, un milagro escandaloso y que, además, produce efectos recurrentes. 

           

            ¿Que importancia atribuía el conde a la única obra de ficción que escribió?

            Su compañero Klaproth, que había viajado con Potocki (pronúnciese Pototski), le estaba agradecido, así que dirigió la edición de sus obras eruditas en 1829. Le nombró campeón de la libertad en su juventud ("sectateur de cette liberté, qui est toujous en péril quand on en parle trop"). Y añade que durante un viaje que hizo a Holanda en 1787, durante una revolución popular, la contemplación del furor de las masas disminuyó el entusiasmo del conde por la libertad de los pueblos, y su confianza en la felicidad que ella traería al género humano.

            El Manuscrito, parte casi secreta de su obra, heredero también de las novelas de jinete (Reiterroman), prolonga las fantasías de Cazotte y anuncia los espectros de Hoffmann. Pertenece todavía al XVIII pero anticipa el romanticismo: una nueva sensibilidad con estremecimientos inéditos, fascinada por lo horrible y lo macabro.

            "El texto se hace espejo de un universo de perspectivas múltiples, donde coexisten varios sistemas de valores, conceptos religiosos y filosóficos aparentemente incompatibles. Es la ‘modernidad’ aparente de un texto que, como el Quijote y las grandes novelas del siglo XX, trasciende su época y el género de la novela" (Radriazzani, 1989). Incorpora algunos recursos de Las Mil y una noches. Novela que el autor idolatró, ya que con su mayordomo turco, buscó obsesivamente los manuscritos más antiguos de esta obra.

            S. Tarnowski le atribuye la intención principal de desacreditar la noción tradicional del honor y la historia del cristianismo, con los relatos del Judío Errante y el sistema deísta del personaje Velázquez, con una intriga iluminista o masónica como tema principal; y tres temas: el mal, el sexo y lo sobrenatural.

           

 

RECURRENCIAS Y BUCLES. ROCOCÓ Y ROMANTICISMO

 

            El retorno de un mismo acontecimiento en el irreversible tiempo humano es un recurso frecuente en la literatura fantástica. En la obra se produce lo que no puede ser: un milagro escandaloso que, además, produce efectos recurrentes. En la advertencia preliminar, que no apareció en la edición de San Petersburgo, el autor cuenta que siendo oficial de las tropas francesas, durante el sitio de Zaragoza, unos días después de la toma de la ciudad encontró, en una casita apartada que parecía no haber sido visitada por ningún francés, un manuscrito español en el que hablaba de bandoleros, aparecidos y cabalistas (un "roman bizarre").

            Las aventuras de Alfonso encuadran la novela de Avadoro, que ocupa el grueso del Manuscrit y cuya narración sirve a la vez de marco en que se insertan otras muchas, hasta una quíntuple inserción. La narración de Avadoro es una novela dentro de la novela que fue editada de modo independiente en 1813 bajo el título de Avadoro, histoire espagnole. Avadoro narra aventuras fantásticas, picarescas, históricas y eróticas.

            Dentro del marco narrativo del diario de Alfonso se encastra el de Avadoro, en el que se enmarcan las narraciones de Velázquez, las de Torres Rovellas, etc. Se organiza así una maraña de relatos que se encastran entre sí como muñecas rusas o cajas chinas, como piezas de un relato supremo. Se crea de este modo un extrañamiento continuo o un lugar imaginario de errancia utópica. Un arabesco rococó que refleja la simbiosis y la crisis de la jerarquía entre los elementos del conjunto. Pero la fábula puede ser interpretada como un juego de metonimias, en el que, como en un espejo fractal, cada fragmento refleja el conjunto y el conjunto multiplica la misma estructura que cada fragmento. También como una permanente digresión, que remite a un futuro cada vez más lejano e hipotético la resolución de las distintas historias narradas.

            El marco que da sentido a todos los relatos es la iniciación de Alfonso, que supone el eco de antiguos exempla medievales de relaciones sexuales mortíferas con súcubos e íncubos. Las recurrencias forman bucles extraños: unas narraciones se autentifican por otras. Ciertos narradores intervienen como personajes de relatos de otros narradores (17 masculinos y 8 femeninos). Las coincidencias aparecen como en la filosofía surrealista con un sentido íntimo y providencial, reiteradas, maniáticas, circulares, próximas al universo freudiano de la neurosis o del mundo de los rituales.

            Buscando antecedentes hispanos, Busqueros alude al Buscón (1626) y Camille de Tormes al Lazarillo. La onomástica potockiana multiplica las raíces de base "mor", aludiendo al origen musulmán converso de los personajes y sugiriendo una relación secreta con los Gomélez: Moro, Moreno, Maura, etc. Como en la tradición talmúdica, la variación paragramática o anagramática de un mismo nombre teje así combinaciones y permutaciones de una misma esencia. Las letras parecen atravesar el tiempo con su permanencia.

 

 

            Alfonso, el narrador del pretendido manuscrito es proclamado gobernador de Zaragoza en 1761, el texto retranscribe un diario, jornada a jornada, del año 1739, y es encontrado por otro narrador, un oficial francés, en 1809. Alfonso es uno de los tres pilares de la obra, junto a Avadoro y Velázquez. Alfonso acepta pasivamente la decadencia del ideal heroico, en un mundo en que las guerras se hacen ya a impulsos de banqueros y opinión pública.

            En la novela, la sociedad mundana de la época rococó se oculta bajo las máscaras de judíos, musulmanes y gitanos de opereta, en festejos dementes. El Manuscrit refiere a un grupo social, el aristocrático, que es a la vez el medio existencial y público soñado de la obra potockiana. Tal vez Potocki imaginó el Manuscrit como una gigantesca escenificación rococó en la que Alfonso, el soberano, es conducido a un ingenioso jardín con ermitaños, patíbulos, castillos evanescentes, subterráneos, huríes orientales, salvajes amerindios, actores disfrazados de seres demoníacos, de judíos errantes y de bellas "historias trágicas" próximas a la ópera, en alternancia con pasatiempos bufos. Está muy presente la tradición rococó de la "Commedia dell’arte", con su estereotipación de los personajes, como las marionetas que maneja Voltaire en sus cuentos. Voltaire no entra en la interioridad de sus personajes, sólo refleja su conducta según el método empirista. También Potocki rechaza dotar a sus personajes de interioridad. Pero no son del todo fantoches: Voltaire y Potocki son agudos observadores de la humanidad y con un solo gesto o palabra reflejan estados psicológicos profundos.

            Potocki propone así una fantasía escapista, un retorno nostálgico a la atmósfera festiva de la cultura rococó, con efectos contrapuntísticos, evocadores de la música de la época (Haydn y Mozart). El estilo del Manuscrito es de una sequedad elegante, sobrio y preciso, muy típico del siglo XVIII, aunque otros aspectos apunten hacia el romanticismo, "style coupé" del siglo XVIII, con articulación sincopada, típica del rococó, estilo de la "mis en question", del distanciamiento irónico.

            El rococó representa una ruptura respecto a la lógica, el racionalismo y el cartesianismo, hacia un escepticismo sofisticado. Busca sus ideales en mundos exóticos, en el "noble salvaje" o en el mundo chino, como un eco del empirismo sensualista de Locke y sus seguidores. Tras el desmantelamiento del teocentrismo medieval, al antropocentrismo renacentista también entra en crisis, la metafísica en descrédito y los axiomas racionalistas son abandonados a favor de los fenómenos captados por los sentidos, originando así un realismo cínico y un hedonismo estético.

            La prosodia de Potocki es siempre la misma y un único modelo de frase y estilo unifica la novela. La frase  potockiana es predominantemente racionalista, analítica, de ascendencia volteriana, breve a fuerza de eliminar connotaciones emocionales, acerada e irónica, marcada por la abstracción. Predominan los nombres y adjetivos abstractos. No hay efusiones líricas. Potocki suprime numerosas transiciones, fragmentando el periodo clásico. Ensambla sus frases sin insistir en los engarces, consiguiendo una gran sutilidad nerviosa y vertiginosos cambios de ritmo.

 

            Potocki pinta y rechaza la subjetividad romántica. El Romanticismo insiste en resimbolizar el mundo, mientras P insiste en explorar la reificación y miseria del hombre-cosa, sin acceder a ninguna trascendencia liberadora.

            Por otra parte, no sabemos nada del aspecto físico de Alfonso, Avadoro o Velázquez. La descripción de la vestimenta motiva a veces largos párrafos (como en los libros de viajes de Madame d’Aulnoy). Según el modelo del "cuento oriental" libertino cumple una función de encanto erótico, propia del espacio del tocador (boudoir), fundamental en la producción novelesca del XVIII o en la Historia de mi Vida de G. Casanova.

            La declaración racionalista de principios contrasta con la fertilidad alegórica de la fantasía y del arabesco. El conde esgrime en la ficción la prosa de los philosophes, que contrasta con la vertiginosa estructura temporal de la obra, del mismo modo que la concisión de la prosa volteriana lo hace con su estructura rococó.

 

EROTISMO GOYESCO. SEXUALIDAD ENMARAÑADA

 

            Entre sensualismo libertino y organicismo romántico, frente a la estructura paranoica del erotismo gótico o la desolacion del goyesco, Potocki ofrece una visión caleidoscópica del erotismo del XVIII, el voyerismo asociado a la lectura, el relativismo orientalista, la lógica iniciática, la aritmética de la repetición y la combinación. Oponiéndose a la trascendencia del amor romántico, juega con los límites de un Eros libertino, la figura redentora es la hija de Alfonso y la propia obra.

            La iniciación sexual de Pedro Velázquez, contada en clave geométrica, jornada 25ª: "Las dos compañeras de mi lecho [se refiere a su tía Antonia con su doncella Marica] me estrecharon con tanta fuerza entre sus brazos que me pareció imposible librarme de ellas. Además, ni siquiera lo deseaba, porque de repente sentí nacer en mí sensaciones desconocidas e incluso inapreciables. Un sentido nuevo se formaba por toda la superficie de mi cuerpo, y sobre todo en los puntos en que tocaba con las dos mujeres, lo cual me recordó algunas propiedades de las curvas osculatrices. Quería darme a mí mismo razón de lo que sentía, pero mi cabeza ya no podía percibir el hilo de ninguna idea. Al fin, mis sensaciones se desarrollaron en una serie ascendente hacia el infinito..."

            Pero el desencanto erótico se presenta como frustración de un erotismo que no alcanza la trascendencia y que no cumple lo que ansía. Tras la desmesura de la evasión, el hecho de no poder alcanzar la totalidad de ser revela la condena de ser; por eso el yo sale de viaje buscando más Yo en los Otros, la "excedance" (E. Lévinas) de la propia imaginación se expone en un excentrismo exótico. El incesto y la androginia operarían luego como ficciones de regreso a la unión inicial de partida, tras el fracaso de la promesa evasiva del placer sexual.

 

 

            El primer fundador de la estirpe de los Gomélez, a la que pertenecen las bellas musulmanas y el rubio oficial valón Alfonso, fue Massud ben Taher, hermano de Yusuf ben Taher. Según la edición española del Manuscrito de Mauro Armiño se trata de Tarik (¿Massud o Yusuf?), el jefe militar bereber que desenbarcó en Gibraltar (Gebal-Taher), llamado por contrincantes del rey Rodrigo. Caído en desgracia, se refugia con los suyos en las Alpujarras, que Emina describe como una prolongación de Sierra Morena, "cadena que separa el reino de Granada del reino de Valencia". Los visigodos no habrían tenido tiempo de entrar en las Alpujarras, de modo que sus altos valles estarían habitados por un antiguo pueblo, los túrdulos, ni cristianos ni musulmanes, tribu de origen fenicio no invadida por los visigodos. Massud aprendió su lengua y los convirtió al islam, mezclando a su gente con ellos por medio de matrimonios mixtos. Descubre un tesoro en las Alpujarras y decide implantar la dinastía Alí en el mundo. Tras 806 años, un iniciado llamado Bellah asesina al jefe Sefí, quien quería vender el secreto del tesoro subterráneo a Carlos V. Bellah crea un sistema complejo de iniciación para evitar futuras traiciones. Dos siglos más tarde el jefe Massoud sobrevive a una epidemia de peste que diezma a los habitantes del laberinto subterráneo y descubre el tesoro de Massún. Con la ayuda de Avadoro, un pícaro convertido en importante diplomático durante la guerra de Sucesión española y decepcionado del mundo, organiza un plan para iniciar en los secretos a la secta a los descendientes de la rama cristiana del clan Gomélez. Treinta años después, el guarda valón Alfonso van Worden (hijo de una Gomélez, una de las ramas de los Abencerrajes de Granada) y el geómetra Pedro Velázquez, ambos traumatizados por la educación recibida, son atraídos hacia las Alpujarras, donde son sometidos a la iniciación esotérica del jeque Massoud. Alfonso es seducido por dos primas suyas de la rama Gomélez, drogado y conducido hasta el patíbulo de los bandidos Zoto. El jeque Masoud, disfrazado de ermitaño, finge exorcizar a un saltinbanqui que asegura haber tenido relaciones con súcubos. El Gran Inquisidor, también un agente de los Gomélez, pone a prueba a Alfonso antes de permitir que lo libere el bandido Zoto, quien le narra su historia. Alfonso se acuesta nuevamente con sus primas y vuelve a ser drogado y conducido al patíbulo, donde encuentra al cabalista Pedro Uzeda, también de los Gomélez, quien le lleva a su castillo y le lee historias terroríficas. Alfonso se entretiene con los relatos de Avadoro, jefe de un campamento de gitanos, donde Alfonso pasa cuarenta y nueve jornadas, tras las que es presentado al jeque Massoud, quien le desvela la historia de su clan y la iniciación que acaba de vivir. El jeque dinamita la caverna del tesoro y da por imposible el sueño de los Gomélez al descubrir que no es ilimitado. Los distintos clanes se distribuyen los restos y Alfonso hace carrera militar con la parte del tesoro que le toca. Su hija, fruto de la unión con la prima Zibedea, princesa de Orán, se casa con el hijo de Velázquez. Alfonso es nombrado gobernador de Zaragoza y redacta en español un manuscrito de sus aventuras, que encuentra cuarenta años más tarde, en 1808, un oficial francés, quien es apresado por un capitán español descendiente del clan Gomélez, quien le traduce el texto al francés.

            El narrador es Alfonso van Worden quien es seducido en Venta Quemada (a media jornada del cadalso donde penden los ahorcados) en 1737 por "dos damas cuya tez de lirio y rosas contrastaba perfectamente con el ébano de sus doncellas", extrañas musulmanas que aseguran ser familiares suyos.

            El final no es sino una ruina romántica, un final grandilocuente y operístico, pesimista. el mundo de los Gomélez se destruye irremisiblemente, el libro de Alfonso, también, no es más que una ruina, el resto de una civilización oculta que se extingue, como las que Potocki visita en sus viajes por el Caúcaso. La mina de oro se agota, en un símbolo dramático de involución y empobrecimiento espiritual, debido a la perversión materialista del ideal alquímico. El siglo XVIII rinde auténtico culto a las ruinas "La ruina es una elección imposible entre natura y cultura, libertad y determinismo, energía y orden, historia y memoria, totalidad y fragmento, fin y comienzo" (Le Brun, 1987). Ante la irrupción de los “Grandes Relatos” de la modernidad (Kant, Hegel, Marx), monumentales y neoclásicos, el Manuscrito se yergue como una ruina entrañable y una construcción invisible, con su interminable ambiente de derrumbe.

 

 

FILOSOFÍA (Carnaval filosófico o Commedia dell’arte filosófica. )

 

            Para M. Skrzypek, Potocki era un filósofo y su novela esconde un sistema de filosofía que el autor transmite subliminalmente: el materialista de los ideólogos franceses[1]. El misterio sólo representa para los autores libertinos un enigma indescifrable: viven al margen de la religión, ni dentro ni fuera.

            Para Domínguez Leiva lo que nos ofrece Potocki es una “polifonía dialógica”. El autor  no privilegia ninguna doctrina o teoría en su novela, al contrario que el perverso marqués. Cada idea encuentra su parodia. La poesía de la obra resulta de todo lo ambiguo, vago, impreciso y doble. Como los cuentos volterianos, el Manuscrito es tbn literatura de evasión y catarsis, un engranaje que permite al autor superar sus decepciones. Potocki deconstruye todos los géneros que usa -novela gótica, libertina, picaresca, filosófica-, privilegia la ironía escéptica a medio camino de Voltaire y Hume, lo cual le distingue claramente de los Ideólogos.

            Presenta bajo un ángulo novedoso los debates filosóficos de la época. El marqués de Sade fue el primero en utilizar la etiqueta de "roman philosophique" y reconoció como maestro suyo a su fundador, el abate Prévost. La intención filosófica preside las novelas de Las Luces: Candide, La Nouvelle Heloïse, Jacques le Fataliste o Les liaisons dangereuses. Entre la ironía dieciochesca y el espiritualismo romántico. Racionalidad desencantada, nostálgica de los misterios de la imaginación.

            Potocki, que tenía una buena formación matemática, aboga por la complejidad, reflejo del intrincado mundo histórico, a la vez que forma superior de la inteligencia. Velázquez, el matemático despistado, representa un diálogo clásico entre la razón y la sinrazón y expresa gran parte de la carga filosófica de la obra.

            En 1918 T. Sinko dedicó un libro al contenido filosófico de la novela, titulado Histoire de la religion et la philosophie dans le roman de Jan Potocki. Potocki aparece como un deísta defensor acérrimo de las Luces. Investigó las fuentes filosóficas del Manuscrit: la Hermética griega, Filón, Filóstrato, filósofos modernos: Herbert de Cherbury, Blount, Toland, Voltaire, Helvétius, La Mettrie o Volney. Relatos insertos como la Historia de Menipea y la discusión que sigue expresan una crítica del cristianismo: rechazo del alma sobrenatural y de la concepción monista del humano, cuyos pensamientos tienen su origen en las impresiones sensoriales. Toda la crítica polaca posterior ha aceptado las tesis de Sinko.

            Pero también se puede leer el relato marco del Manuscrito como un "Bildungsroman" filosófico en el que Alfonso van Worden representa el sistema cristiano puesto en cuestión por las Luces, encarnadas en la obra por la figura del Sabio Mahometano, el jeque de los Gomélez. Alfonso es un personaje tentado y refleja el pasmo de la moral heroica y cristiana, en crisis, ante el desafío de las Luces.

            La mezcla de erotismo, exotismo y crueldad, resultan tan modernas que W. Haas adapta en el año 1964 el Manuscrit al cine, con una iconografía surrealista que hizo del film una cinta mítica y una obra de culto, aclamada por la crítica. La idea de un despertar bajo el patíbulo, que parece sacada de un episodio de Jacques le Fataliste de Diderot, resulta muy sugestiva, incluso filosóficamente.

            Los personajes de Potocki son hombres-relato, hombres-discurso; la falta de  profundidad psicológica se compensa así con un verdadero calado metafísico. Así, por ejemplo, Velázquez es el emblema del racionalismo, y debe contemplar amargamente cómo, después de seguir las huellas de Locke y de Newton y haber alcanzado los últimos límites de la inteligencia humana, asegurando incluso los principios de uno y los cálculos del otro en el abismo de la metafísica, sólo ha logrado figurar en el número de los locos, ante los moros nómadas de los alrededores de Ceuta, con lo que rompe todas sus tablillas de cálculo diferencial e integraciones para marcarse unos pasos de zarabanda…

            La cuestión del punto de vista de la narración es fundamental en la obra. El polaco es de los primeros autores que intenta obtener un efecto fantástico por este conflicto de perspectivas y focalizaciones. Pero su perspectivismo va más allá del juego fantástico, tocando temas como el voyeurismo, como cuando la orgía de Thivaut es narrada desde otra óptica por Orlandine. Un mismo acontecimiento aparece a veces desde tres puntos de vista distintos. Esta repetición tal vez tenga connotaciones cabalísticas, pero sobre todo confieren a la obra una dimensión irónica. Ironismo, ludismo... "Potocki parece invitar al lector a participar en un juego complejo".

            Todos los narradores del ciclo de la Venta Quemada (probablemente origen del pueblo que hoy se llama Aldea Quemada) se han drogado con el vino de Alicante que altera su percepción y les hace olvidar lo ocurrido. Cada narración resulta defectuosa y solicita otra que llene su vacío, como en la tradición cabalística que se perpetúa, a través de filosofías judías, hasta el deconstruccionismo derridiano. La pérdida de sentido impone un reinicio. El Talmud distingue cuatro niveles de lectura Pchat (sentido literal), Rémèz (sentido alusivo), Drach (sentido solicitado) y Sod (sentido escondido o secreto). La obra de P se inscribe en el conflicto de interpretaciones que anima el Talmud, referencia latente en toda la novela y que explica su vitalidad en el debate hermenéutico postmoderno. Para responder a su solicitación infinita es necesaria una crítica plural y contrastada.

            El análisis de lo que le dicen confronta a menudo a Alfonso Van Worden a una duda irreductible que se convierte en desconfianza hermenéutica. Hay una sospecha o desconfianza continua en el tejido de las locuciones. El pensamiento descubre cuanto encubre. Potocki se adelanta así a Nietzsche. Y la hipertextualidad potockiana anuncia directamente el mundo cibernético de Internet. El Manuscrito resulta ser así un auténtico clásico postmoderno.

            El enciclopedismo del personaje Diego Hervás recuerda en más de un detalle a Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), admirador de Genovesi, Locke y Malebranche, pero también acorde con Descartes en la aplicación de la duda. La Historia de la vida del hombre, enciclopedia publicada entre 1789 y 1799, fundamenta un canon del conocimiento en la órbita de Bacon.

            Nos hallamos ante una verdadera tragedia del saber. Todos los personajes se quejan de verse superados por las brechas de lo que saben: "Nous ne connaissons pas bien la nature des démons, parce que dans notre science, comme dans toutes les autres, on ne peut pas tout savoir" (Manuscrit trouvé à Saragosse, 104, primera edición integral elaborada por René Radrizani, Paris, J. Corti, 1989, pg.104). Hay en ello también la huella de la errancia de un sentido nunca pleno, paralelo al resultado de las historias quebradas y enlazadas, pues ningún relato es el Relato, como ningún libro es el Libro (Domínguez Leiva).

            Schopenhauer, influido por los estudios orientalistas, retomará la idea hindú del Eterno Retorno poco después de la publicación del Manuscrit. Para el racionalista Potocki, el onirismo, como la locura, seguían siendo el Otro inimaginable de la Razón, una interrupción, una ausencia y un silencio. El siglo de las Luces tiene un temor específico a la locura, signo de la precariedad de una Razón que puede derrumbarse en cualquier momento, o cuyo sueño produce monstruos, como en la sentencia de Iriarte tomada por Goya. Potocki era demasiado volteriano y racionalista para arrojarse al anverso de la razón. Se contentó con pasearse por sus meandros limítrofes.

            Frente al romanticismo que buscará en la noche sus metáforas predilectas (Himnos a la Noche, de Novalis), los ideólogos intentan recrear las ciencias humanas: sueño racionalista de "deshumanización del hombre", reducido a abstracciones matemáticas, como un resorte del Gran Engranaje, pues según el Descartes de la segunda Meditation, la única idea clara que concibe el cogito respecto de las cosas corpóreas es su extensión (étendue), esencia de la materia. De ahí la exploración racional y naturalista de los espacios domésticos, "d’après nature" (v. la pintura de Fielding, Hogarth, Chardin, quines buscan representar la materialidad de las cosas, sin adjetivación, su estricta presencia).

            Pero Potocki logra conciliar el mecanicismo de la razón instrumental con otro modo de pensamiento y otra forma de raciocinio. En el Manuscrito el espacio cartesiano se torna laberíntico y sobrenatural. Del espacio newtoniano y racional al espacio de los ocultistas, mimético y simbólico (cfr. Böhme, o Boehme, Goethe, Blake): geometría divina, criptograma de Dios que niega la separación entre el espacio exterior y el interior, entre el mundo y el Yo. Escaleras, laberintos, fortalezas, elementos y formas son signos de una realidad espiritual escondida debajo de la materia. Potocki, iniciado en el ocultismo, se muestra sensible a ciertas teorías paradójicas, desde Berkeley hasta el Mundus subterraneus de Kircher (1678). Lo “pintoresco” se convierte así en un espacio simbólico de lugares y paisajes que recuerdan a la imaginación las descripciones de poemas y novelas (Dictionnaire de l’Academie). A la par, es espacio sublime (Addison, Pleasures of Imagination, inspirado en Sobre lo sublime de Longino, del I a. C.). El espacio sublime es el espacio infinito, productor de admiración y temor en el individuo, como en la pintura de G. Friedrich, hasta lo sublime de las tinieblas (Piranesi, Carceri d’invenzione).

            El Gran Engranaje de Newton se ve concretizado arquitectónicamente en una obra aterradora y visionaria de Boullé, el Cenotafio de Newton (1784), utopía de una razón deshumanizante. Otro espacio utópico de la época es el Panopticon de Bentham. La masonería sacraliza la Arquitectura durante todo el siglo, conserva el vocabulario y los emblemas de las míticas cofradías esotéricas de constructores medievales, representando a Dios como el Gran Arquitecto del Universo. Pero no se puede reducir el Manuscrito a un esquema puramente masónico. Potocki y su familia pertenecieron al Gran Oriente polaco, de tendencia racionalista y deísta, opuesta al iluminismo místico de las logias egipcias de Cagliostro. La masonería resucita los misterios egipto-helenísticos, imitando a  los humanistas neoplatónicos que renovaron su saber gracias a la tradición hermética.

            Fichte afirma en la Doctrina de la ciencia, tres años antes de la redacción del Manuscrito, un idealismo subjetivo en el que el mundo y el espacio son la apariencia producida por el Yo absoluto, obligado a limitarse y darse un objeto para tomar conciencia de sí mismo. Los poetas románticos aniquilan el universo newtoniano, para ellos el mundo es un todo orgánico, energía dinámica, amor y presencia de la divinidad. El universo de Potocki resulta diametralmente opuesto a estas corrientes filosóficas y estéticas que gestan el pensamiento del XIX. El Hombre-cosa no puede acceder a la resimbolización y rehumanizacion del mundo.

            Potocki sólo es sensible a las categorías primarias de Locke, desdeña por completo los colores, los olores y los sabores: le importa la solidez, la extensión, la forma, el número, el movimiento o el reposo para describir lo real espacialmente. Le interesan los “espacios de la subversión”: castillos góticos, laberintos subterráneos, tierra baldía (terre gaste), cárceles inquisitoriales, ciudades malditas, minas de oro, locus amoenus erótico de la caverna, mausoleos. Potocki se ríe de todos los valores mientras muestra una verdadera fascinación por la cultura material y una cosificación económica del mundo. El espacio de la alcoba libertina es una caverna, como en los cuadros enigmáticos del primer Goya. Todos los lugares se comunican entre sí.

            El empirismo tampoco desdeñó la analogía del hombre-máquina: resemblance, contiguity and causation: leyes de asociación de ideas de Hume, inspiradas por la ley de la gravitación de Newton. Los Ideólogos finiseculares radicalizan el breviario empirista. Herbart se propone matematizar la psicología. Cabanis: "le cerveau sécrète la pensée comme le foie sécrète la bile"... "je sens, je suis". Obsesión frenológica de Gall. Este reduccionismo racionalista, materialista y censista, está presente en el Manuscrito, reacio a la revolución rusoniana. Pues Rousseau añadió al reduccionismo racionalista "l’historien du coeur humain", la historia del espíritu, abriendo las puertas tanto al Idealismo alemán como al Romanticismo estético. Kant opondrá la Vernunft, la intuición trascendental, los  a-priori categóricos. Se afirmará el poder de la Razón pura, del Sujeto (Fichte), del reino interior de la verdad. Paralelamente, los románticos afirmarán una psicología voluntarista, holista, vitalista y organicista, exaltando los poderes inconscientes del Yo, llevando el asociacionismo de Hartley hasta los umbrales del psicoanálisis. Los románticos exploran antiguos y nuevos métodos: el onirismo, la religión, la contemplación de la Naturaleza, el éxtasis demiúrgico, el satanismo, la perversión sexual o las sustancias psicotrópicas. La psicología sigue viviendo hoy de las fulgurantes iluminaciones románticas.

            ¿Mauvaise foi en Potocki al ocultar y rechazar a las clases dominadas? ¿Evasión de la realidad social inmediata por parte de una clase social anacrónica? ¿Es la novela gótica conservadora, antirrevolucionaria? El relativismo moral y filosófico del Manuscrit tal vez se inscriba en la tradición de las grandes novelas satíricas, de las obras que muestran a las claras las contradicciones del corazón humano: "C’est là la grande énigme du coeur humain, que personne ne fait ce qu’il doit faire. Tel ne voit de bonheur que dans le mariage, passe sa vie à faire un choix et meurt célibataire". 

 

 

PSICOANÁLISIS Y RELIGIÓN

 

            Philip K. Dick retomará el tema de la función irreal de la conciencia. Merleau-Ponty: "lo que protege al hombre del delirio de y de la alucinación es la estructura de su espacio". Alterándolo, P nos introduce en un espacio laberíntico cercano a las patologías del sentimiento de la realidad de los psicoasténicos, quienes experimentan sentimientos de desorientación y creen que las cosas y los lugares desaparecen, o de los esquizofrénicos, para quienes el espacio mismo está desestructurado y dislocado como la realidad propia. Sabemos que P sufría ataques neurálgicos agudos.

            El laberinto estructura también la narración. Su función cabalística, retomada por los alquimistas, se atribuye al rey Salomón. Se busca una guía para conseguir el Opus Magnum, símbolo de muerte y resurrección espiritual. Los masones retomaron la iconografía laberíntica y la plasmaron en las catedrales góticas europeas, logia invisible como la del célebre laberinto de Leonardo. La espiral es también imagen humana del infinito. El centro del laberinto está siempre en blanco.

            Potocki se opone tanto a la teodicea barroca como a la rebelión luciferina de los románticos. Su obra se inscribe en la transición del escepticismo ilustrado al irracionalismo romántico. Potocki fue un historiador de las religiones. "Las religiones están sometidas a una fuerza lenta y continua que tiende incesantemente a cambiar su forma y su naturaleza, y por eso al cabo de varios siglos resulta que una religión que se cree siempre idéntica termina ofreciendo sin embargo a la creencia de los hombres otras opiniones: alegorías cuyo sentido ya no se capta, o dogmas en los que sólo se cree a medias" (J 33ª pg, 563).

            Denuncia la ilusión infantil de la oscuridad: "Tot había envuelto sus ideas en una metafísica muy oscura, pero que por eso parecía mucho más sublime". Cristo es un personaje más en el Manuscrit. El Valle de los Hermanos podría ser una alusión a la Logia de los Tres Hermanos, a la que pertenecían varios miembros de la familia Potocki. La Venta es el nombre con el que designaban los Carboneros su Logia y el lugar donde se reunían era conocido como El Valle. Los Carboneros se llamaban a veces Primos. Ante la Venta hay un tronco para limosnas y precisamente la caridad era una de las actividades principales de las logias... El propio patíbulo alude a ceremonias masónicas que se celebraban al lado de las columnas, donde estaban escritas las letras J y B, que, leídas en clave masónica dan el nombre GIBET, o patíbulo. Para los verdaderos masones las riquezas son vanas quimeras. Así se explicaría la destrucción final del tesoro y la pasiva actitud de Alfonso. El Manuscrito puede interpretarse como un "roman à clef" esotérico, pero el desencanto de Potocki contamina igualmente este simbolismo haciendo que juegue con el pastiche masónico, o el esoterismo judío, como juegos, dos discursos más entre todos los discursos de su época, testimoniando las contradicciones de una civilización que agoniza.

            La reflexión sobre la religión preside toda la obra hasta que Velázquez la teoriza en su célebre discurso. Redacta la obra en el momento en que se publican Les Ruines de Volney "verdadero testamento del siglo XVIII en materia de religión", y tal vez en respuesta al resurgir del cristianismo que siguió a la publicación del Génie du Christianismo de Chateaubriand. Las figuras del sabio egipcio (Keremón) y del sabio mahometano (el jeque) relativizan la ideología cristiana, la ecuación entre religión y moral, así como la idea de la religión revelada. Para Keremón incluso el platonismo deriva de los misterios egipcios, según la tesis que retomó el historiador E. Dodds: "Platón, que había pasado dieciocho años en Egipto, llevó a los Griegos la doctrina del verbo, lo que le valió el sobrenombre de "divino". Keremón pretendía que todo eso no estaba completamente en el espíritu de la antigua religión egipcia, que ella había cambiado, y que toda religión debía cambiar".

            Como volteriano y deísta, a las paradojas de las religiones reveladas, Potocki opone la idea de una religión natural, basada en el razonamiento universal y fuente de unión solidaria entre los hombres. Para Velázquez, filosofía y teología son líneas asíndotas, se aproximan pero no se encuentran. La existencia de Dios se afirma y acepta desde la impronta o huella que el hombre ha guardado de él en la conciencia. Se admite un trasfondo de las religiones, cuyo fundamento es esa huella indeleble. Este razonamiento está inspirado en la Profesion de foi du vicaire saboyard. Para Velázquez la ciencia conduce hacia la afirmación de la religión. “Si tout dans ce monde a un but bien marqué, la conscience ne peut avoir été donnée a l’hombre pour rien“.. Potocki reduce al absurdo tanto el sistema mecánico y empirista como las religiones basadas en supuestos étnicos. Ilustra los límites de la razón: "Nous sommes des aveugles qui touchons à quelques bornes et savons le bout de quelques rues, mais il ne faut pas nous demander le plan entier de la ville"... Ridiculiza tanto el racionalismo eurocéntrico como el teocentrismo islámico.

            Velázquez anima la materia con pulsiones y afirma, adelantándose al psicologísmo y al existencialismo, que "la voluntad precede al pensamiento, y es resultado inmediato de la necesidad o de la pena" (Schopenhauer y Nietzsche). Adelantándose a su tiempo, este personaje aplica en 1739 las matemáticas a los problemas morales y psicológicos como propondrán a fines de siglo los ideólogos G. Cabanis, Destutt de Tracy, Maine de Biran o C. F. Volney. A Volney le conoció Potocki personalmente en el salón de Mme. Helvétius.

            Ya hemos aludido al personaje de Diego Hervás, inspirado en la figura de su contemporáneo Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), quien escribió una enciclopedia: Historia de la vida del hombre (1789-9) en siete volúmenes, y fue el creador de la filología comparada. De la teología, Hervás salta a la ciencia de los sueños, asociando así las quimeras metafísicas con este fenómeno psíquico. El hombre más materialista y desesperado del universerso potockiano grita antes de morir: "¡O Dios, si hay uno, ten piedad de mi alma, si tengo una!". La ironía triste del Manuscrito muestra el patetismo de las trampas racionales frente a los misterios inexplicados e inexplicables de la condición humana.

            El punto culminante del relativismo moral en la novela es la figura sadiana de Belial de Gehena, el personaje más diabólico del Manuscrito. Su parábola volteriana simboliza toda la novela: "Des insectes très petits rampaient sur le sommet de hautes herbes. L’un d’eux dit aux autres. Voyez ce tigre couché près de nous; c’est le plus doux des animaux, jamais il ne nous a fait de mal. Le mouton, au contraire, est un animal féroce; s’il en venait un, ils nous dévorait avec l’herbe qui nous sert d’asile; mais le tigre est juste, el nous vengerait".

            El perspectivismo que estructura la novela queda plasmado en este escepticismo irreductible: "Vous pouvez en conclure que toutes les idées du juste et de l’injuste, du bien et du mal, sont relatives et nullement absolues ou générales".

            Si a P le obsesionan las perversiones no es por una mística del materialismo como en Sade, o por provocacion byroniana, sino por relativismo cultural.

            El M puede leerse como la soledad del hombre-cosa encerrado en el laberinto de una razón instrumentalizada y reductora, de ahí el desencanto frente a toda trascendencia y la impotencia de resimbolizar el mundo como hacen los románticos. Explica así negativamente la lógica profunda de la reacción romántica, que quiso salir del laberinto potockiano.

            En el Manuscrit hay una voluntad aristocráticamente orientada a lo oscuro y opuesta de algún modo a la claridad de las Luces... un desvío de la causalidad empírica y de la historia. El terror sublime y gótico funciona como un encubrimiento antiintelectualista, como una mistificación ideológica de las clases dominantes.

            Cien años antes de Frazer, la escuela de mitología comparada a la que Potocki pertenece había ya entendido la lógica histórica de las religiones y sus leyes implícitas: "Comme je vous l’ai dit: les religions changent comme tout dans ce monde". En esto mantiene posiciones próximas a las de los ideólogos del XVIII y contrarias al revival reaccionario del Génie du Christianisme. El Manuscrito responde contra el romanticismo ultra. Sin embargo, su autor defiende el cristianismo a su manera, una de las proezas del Manuscrito, por ejemplo, es la reescritura de la escena de Jesús en el templo vista a través del narrador, el Judío Errante.

 

 

UN POLACO AFRANCESADO Y SU VISIÓN DE ESPAÑA

 

            Potocki decide escribir en francés, lo que tal vez explica cierta pobreza lingüística del Manuscrit, como sus contemporáneos W. Beckford o G. Casanova. El francés funcionaba entonces como lengua de la diplomacia y la civilización europeas del siglo XVIII,. En la Europa de las Luces, el francés sustituyó al latín como lengua de civilización, el francés rejuvenecía el escolasticismo latino y se mostraba claro, seguro y vivo. Reflejar un mundo imaginario eslavo y barroco en el lenguaje del clasicismo francés supone en sí un proyecto complejo y dialéctico significativo... La tensión de la prosa de Potocki procede precisamente del contraste entre su impecable lógica formal y las paradojas y ambigüedades conceptuales que solapa, llevando  hasta el límite el contraste entre un francés racionalizante y la construcción de un referente laberíntico y engañoso.

 

            La visión del Manuscrito defiende el mosaico étnico y cultural español, oponiéndose tanto a la hispanofobia ilustrada como a la hispanomanía romántica. La única alusión a la patria natal del escritor aparece en la comparación entre los vampiros polacos y los españoles. Los de España son espíritus inmundos que animan el primer cuerpo que encuentran, dándole toda clase de formas.

            ¿Por qué un conde polaco escribe una documentada y extensa novela sobre un país como España que ha visitado durante poco tiempo (un solo y breve viaje), cuya historia apenas guarda relación con su vida?

            Potocki refleja la mutación del Estado Español entre 1650 y 1730, el cambio de dinastía en España, o sea, desde el reinado de Felipe IV y el conde duque de Olivares (1621-1665) hasta el de Felipe V (1700-1746) tras la guerra de Sucesión, con la reestructuración burocrática de cargos, la nueva dependencia de la nobleza respecto del absoluto poder real. Retrata sobre todo a la nobleza en crisis. Los burgueses se hacen fuertes. Describe cómo, incapaces de seguirles en el lujo, los nobles venidos a menos les desprecian y ridiculizan. Los ideales de la nobleza patriarcal, heroica, guerrera o conquistadora, son sistemáticamente puestos en ridículo, sobre todo a través de las obsesiones del padre de Alfonso, auténtico psicópata del florete. Los cargos y títulos ya no significan nada.

            La corrupción del clero, clase pasiva, aparece generalizada. Potocki asume los principios utilitarios de la clase emergente, se ocupa de pequeños artesanos como el armero Zoto, quien trata de mantener el lujo de su mujer, émula de su hermana que ha casado con un rico mercader de aceite. En general, sus personajes reniegan de la clase baja, clase que utiliza el sexo como estrategia de ascensión social. En pleno periodo postrevolucionario, la existencia del proletariado es considerada como una bajeza... De ahí el absurdo sistema de valores de Avadoro, quien, por pundonor, prefiere mendigar a ser comerciante. En el Manuscrito apenas hay espacio para el tercer estado. El universo de Potocki, a modo de torre ebúrnea, es el universo de las clase dominante. La evocación de sociotipos como los marineros mediterráneos, los corsarios malteses o los labriegos murcianos, es pintoresca y rápida. Las clases obreras entran en la novela a través del estereotipo del bandido y el pícaro. Avadoro es una especie de pícaro delectante, hijo de un burgués excéntrico que lo mete en un colegio de curas del que escapa, para volversde mendigo, diplomático y, por fin, jefe de una banda de gitanos (v. cómo los gitanos fueron perseguidos durante todo el siglo en el manual de Gonzalo Anes).

            El ocultamiento ideológico de los que verdaderamente trabajan es el aspecto más falso de la obra. Potocki se refugia en un Antiguo Régimen de opereta, donde las masas revolucionarias no existen, nadie muere de hambre y los bandidos son agentes de una rica secta musulmana que entretiene a un joven aristócrata. Los conflictos entre personajes reflejan los vaivenes anímicos de una clase en proceso de transformación y que sacrifica sus valores seculares para adaptarse a los tiempos y seguir en el poder.

            Sin embargo, el interés de Potocki por la historia de España es profundo, por su analogía con la historia de su patria. "A la muerte de Carlos II, España entra en una crisis que Polonia conocerá durante todo el siglo XVIII hasta su desaparición: clanes aristocráticos opuestos y apoyados por potencias extranjeras" (Triaire, 1991). Durante la guerra de Sucesión, narrada en el Manuscrit, se oponen los partidarios del Emperador (Castelli, Toledo, las duquesas de Ávila y de Sidonia) y los aliados del rey de Francia (el duque de Arcos, marqués de Medina, Busqueros, Uscariz), como se oponían en Polonia las facciones pro-prusianas y rusas dos años antes del inicio de la redacción del Manuscrito.

            El periodo de la historia del Manuscrito corresponde grosso modo a la decadencia española y al auge del imperialismo francés. Pero Potocki enmarca el oasis narrativo de la iniciación erótico-filosófica en Sierra Morena, entre la guerra de Portugal del padre de Van Worden (1640) que describe con todo lujo de detalles, la guerra de Sucesión española de Avadoro (1702-1713) y la contienda de Alfonso en el conflicto dinástico austríaco (1748). Incluso toma partido en las revueltas indígenas de América, como la de Tupac Amaru, las tensiones pre-independentistas a través de Alonso Torres, que desarticula el dramatismo real de la represión española.

            El mundo fabuloso que crea Potocki en su extraño "Decamerón" refleja la historia profunda de la España de la época, donde el dinero y la economía juegan un papel de primer plano. Potocki retrata la casa de comercio de Moro, afincada en Cádiz, que había desplazado a Sevilla en el comercio de Indias, los mecanismos del capitalismo comercial de la época, la España afrancesada... incluso categorías claves del orden sexual como el embebecido, el cortejo o la serenata; oficios y tipos sociales, incluyendo la caricatura en el caso de Cabrónez,

el bandidaje andaluz (Testalunga), las instituciones influyentes como el Consejo de Castilla, la Audiencia, las órdenes militares (Calatrava), clericales, el Santo Oficio. El Madrid picaresco de la Plaza del Sol, la Cebada, San Roque, las geografías del crimen tan bien como las rutas de Sierra Morena o Sicilia.

            España era perfecta para ilustrar una reacción antimoderna: no conocía la revolución industrial. Y, en la montaña (Las Alpujarras, Sierra Morena), pervive el antiguo subconsciente cultural precristiano. Y preestatal. Lo que Potocki nos describe con las historias de Zoto es el nacimiento de la mafia siciliana y calabresa. Nos contagia así su propia fascinación literaria y etnográfica por los espacios criminales y la emblemática de los marginados de la historia de España: judíos, conversos, cabalistas, moriscos resistentes, bohemios nómadas, sociedades secretas, masonería, el Judío Errante.

            Frente al mito nacionalista hispano (el origen godo), Potocki presenta una España compuesta por etnias y colectivos marginados y heterodoxos, remontándose incluso a Tartessos en las primeras páginas. Los misteriosos túrdulos perdieron sus antiguos libros hasta que fueron cristianizados. Con estos parias entran en contacto otros parias, el grupo chiíta de Massud ben Taher, caído en desgracia ante Omeyas y Abasides. La familia Gomélez tomará su nombre del lenguaje túrdulo: "Gomélez" significa la Montaña.

            En la Francia del XVIII la hispanofobia era general, la idea de España funcionaba como estereotipo del fanatismo intolerante, de la crueldad oscurantista, supersticiosa, dominada por un clero omnipotente. Para Montesquieu, España representa en el Esprit des Lois (XIX, X) un país en el que "las pasiones multiplican los delitos". Estas opiniones se radicalizaron con el proceso de 1778 contra el ministro de Carlos III Pablo de Olavide, masón perseguido por la Inquisición, y cuya labor fue tan importante en la repoblación de una parte de Sierra Morena. Pero Potocki sólo juega con los símbolos, no encuentra en el ocultismo un potente aliado para una cosmovisión idealista y romántica.

            La naturaleza de Sierra Morena se convierte en el escenario de una ópera, un espacio gótico o un “jardin romanesque”, como los definidos en la Théorie des Jardins de la Nature de Morel, donde recomienda crear un desierto árido, suspender rocas aterradoras y levantar ruinas sublimes que permitan al feliz propietario impresionar a sus visitantes y encantarles... Son los jardines del Palacio de los arzobispos de Salzburgo. El rococó llevó hasta sus últimas consecuencias estor retorcimientos escenográficos: Mr. Hamilton buscaba para su gruta de Pain’s Hill a alguien dispuesto a no cortarse el pelo, la barba ni las uñas, durante siete años y a permanecer en silencio por la suma de setecietas libras, incorporando así la escultura viviente de un eremita a su magnífico jardín.

 

            Había otras visiones de España que Potocki explota literariamente.

            La imagen de España en la literatura francesa, según I. Herrero y L. Vázquez, "Le portrait de la nation espagnole", in Studies on Voltaire, 303, (1992), 278-288:

 

            1. Para ciertos antiilustrados, España es un cordón sanitario contra la impiedad, el afeminamiento y el libertinaje. En el siglo XVIII, muchas libertinas fueron en femenino lo que Sade y Casanova, pero no se atrevieron a exponer sus aventuras reales o imaginarias por escrito. Una de las demi-mondaines más perversas fue Claudine de Tencink, pero escribió novelas sentimentales... Felicité de Choiseul-Meuse se jactó de ser la autora de Julie, ou j’ai sauvé ma rose (1807), en la que aparece uno de los raros manifiestos lésbicos de la época.

            2. España galante de fiestas, corridas, chichisveos y serenatas nocturnas.

            3. Imagen de los conquistadores y el mundo imaginario de la Nueva España.

            4. España como lugar de viajes y aventuras picarescas, especialmente a partir de la reedición de Gil Blas (1784) y sus famosas posadas (auberges espagnoles).

 

            El español vive dividido entre el placer refinado y la crueldad supersticiosa: Eros y Tanatos. Este marco ofrece un perfecto escenario para la representación del contexto de crisis de la Ilustración, un terreno privilegiado de ensoñación fantástica. El Diable Amoureux de Cozotte anuncia el interés novelesco por una España fantástica, inspirada por fuentes españolas, como El diablo cojuelo de Vélez de Guevara. En el Diable la acción se traslada, como el en Manuscrito, del reino de Nápoles al misterioso "château de Maravillas", situado en Extremadura, inaugurando una geografía fantástica que influirá en Sade: Rodrigue ou la Tour enchantée. España es referencia obligada para la novela gótica inglesa. En The Monk, del joven M. G. Lewis ya están presentes personajes pseudohistóricos como los Medinacelli y elementos culturales como el peregrinaje a Santiago y un universo diegético que retomará Potocki: el Prado, Murcia, Córdoba, los Capuchinos, Santa Clara... España se ha convertido en un frenético "paisaje mental" de sexo, violencia y sobrenaturalismo. El Diablo de El Monje se lleva a Ambrosio, volando, hasta Sierra Morena, donde le anuncia, antes de arrojarlo al abismo, que Antonio, con cuyo cadáver intentó copular, era su hermana. Exotismo de España: el oriente del Occidente. El Manuscrit, con su lectura heterodoxa de la Historia de España, anuncia la fascinación irracionalista de la generación romántica francesa de 1820.

La venta abandonada es un símbolo exótico y escapista del ser interior, un refugio psíquico abandonado y expoliado. El Manuscrito es así una obra bizarra, de la lejanía, escrita en Rusia por un polaco, evoca la belleza y el interés que tuvo un mundo en trance de desaparecer.

            La apariencia uniforme, monoétnica y católica, encubre un mundo subterráneo que Potocki destapa, y que incluso está amparado por un régimen represivo pero cómplice. Se puede decir que deconstruye la identidad hispánica. ¿Cómo conocía tan bien España? A través de los Libros de Viajes y bibliografía diplomática, a través de la literatura picaresca española. que hacía furor en el resto de Europa. España ofrecía un marco ideal para la transposición de la novela gótica por la crueldad y el horror que el imaginario francés de la guerra de la independencia (el Vietnam de la época) le atribuían. Caro Baroja consideró la España de Potocki como una tendenciosa fantasía, el mundo que retrata sería la leyenda de la España pícara y violenta de 1590 a 1660. En efecto, en la década de 1780 a 1790 sólo se quemó en Sevilla a una bruja, pero el mundillo de Carlos IV era reacio a tomar en serio las viejas tradiciones esotéricas. El mundo mágico que explota Potocki interesó más en el XVI y XVII que en el XVIII. Sin embargo, hemos de reconocer que la España de Potocki es bastante más compleja que la de los ilustrados y románticos.

           

 

TEMPORALIDAD Y FICCIÓN. MÁRGENES DE LA HISTORIA

 

            Podemos advertir en el proyecto potockiano un ansia de totalizar los conocimientos históricos sobre la evolución de las civilizaciones. Mezcla, antes que W. Scott, personajes ficticios con históricos, monarcas, ministros, cortesanos, embajadores, militares, o construye personajes de ficción sobre personajes reales, como sucede con la historia del personaje Hervás y los trabajos del erudito jesuita Lorenzo Hervás y Panduro. Potocki fue un historiador apasionado del Antiguo Testamento y, como tal, refleja la crisis de la Historia Sagrada, producida por el descubrimiento de la cultura egipcia. Si los judíos vivieron mucho tiempo bajo la dominación de los egipcios, tuvieron que estar influidos por una civilización superior en sabiduría, lo que implica que el Pueblo Elegido tuvo que ser tributario de una Ley no revelada, copiada de los egipcios. Potocki refleja esta crisis en la historia del J Errante (Asuero), central en la novela.

            El Judío Errante es una alegoría de lo absurdo de la Historia humana cuando ésta da la espalda a la Trascendencia, justificada filosóficamente por el materialista Velázquez, en alternancia con la enunciación narrativa del Judío. La versión más antigua de esta leyenda la encontramos en una crónica boloñesa en la que se relatan acontecimientos hasta el 1228. Unos peregrinos que regresaban de Tierra Santa el año 1223 habían visto en Armenia a un judío que sería el mismo que, yendo Jesús con la cruz a cuestas, le pegó para que fuera más deprisa. Hacia 1650 se difunde por toda Europa una extensa biografía, Histoire admirable du juif errant.

           

            En paralelo con la familia Uzeda, emblema de la tradición judía, el otro protagonista colectivo es el Islam, representado por la familia Gomélez y que se fusiona con la Uzeda, aludiendo así a la idea de una raza humana común, defendida filosóficamente por Las Luces.

            No obstante, el Manuscrit produce una visión de la historia universal que sustituye la canónica. Los protagonistas pertenecen a dos comunidades excluidas: judíos y musulmanes. Por supuesto, no hay ninguna sublimación de las mismas. Los Gomélez tienen la intención fanática de hacer triunfar la secta de Alí y de los judíos, Potocki cuenta historias como ésta: "Como buen judío, Herodes , le arrendó a Cleopatra las provincias que ésta le había arrebatado" (J 22ª).

            Potocki fue un apasionado del judaísmo y del análisis de las relaciones entre el judaísmo y las filosofías orientales. La vida cultural polaca estaba viviendo el debate entre hassidismo y Haskala o Luces judaicas, opuestas al oscurantismo místico del primero, influenciado por la cábala. Los judíos polacos eran sefarditas y ejercieron un papel determinante en la vida intelectual de Polonia. Podolia era una región eminentemente judía, donde vivía Rabbi Nahman (1772-1811), una leyenda del hassidismo.

            Potocki parece plantearse la posibilidad de una racionalización exhaustiva de la historia. Velázquez habla del proyecto de su padre (J 22ª) de aplicar el cálculo al estudio de la historia "para determinar qué proporción y qué relación de probabilidad había entre lo ocurrido y lo que hubiera podido ocurrir... creía que podía representarse las acciones humanas mediante figuras de geometría". Las decisiones se pueden inferir mediante cálculo diferencial a partir de los impulsos implicados en el comportamiento, por ejemplo, y en el caso de Marco Antonio, entre la fuerza de su ambición y la fuerza de su amor por Cleopatra. Mientras su tía le tira los tejos, Velázquez alucina pensando en "la posibilidad de aplicar el cálculo al sistema entero de la naturaleza" (24ª).

            La creencia básica de la Ilustración, la secularización de la divina providencia en progreso histórico y emancipación racional parece hacer aquí aguas, frente a la visión de la historia como pesadilla, como sucesión de acontencimientos que arrastran a los personajes, quienes carecen de control sobre ellos. Potocki es pesimista: la historia aparece como entramado absurdo de crímenes e intrigas, justificados con supersticiones que manipulan los poderosos. Ni siquiera es posible retirarse de ella para cultivar el propio espíritu o la propia huerta, como en el Cándido de Voltaire. Si lo haces, te despojan. Eso sucedió al buen judío Isquías, abuelo del Judío Errante, y exclama... : "en este mundo hay que ser martillo o yunque, golpear o ser golpeado". Los personajes muestran la crisis de ideales y valores decepcionantes y engañosos. La condensación lógica y rítmica produce con su concesión escueta un efecto voltairiano de cruel futilidad, de total desencanto.

            Potocki analiza fríamente la decadencia romana, igual que Gibbons lo hacía también en ese momento. Aunque se hace eco de la egiptomanía abierta por la invasión napoleónica de Egipto en 1798 ("Platón, que pasó dieciocho años en Egipto, llevó a Grecia la doctrina del verbo, lo cual le valió de parte de los griegos el apodo de "divino"" J 36ª, 619), el revival romano de la Revolución y el Imperio de Napoleón ofrecen su lado más oscuro. Y así, en su visión de la temporalidad propiamente humana se mezclan la melancolía y el escepticismo, una erotología triste con un sobrenaturalismo desencantado.  

 

 

Bibliografía

 

Jan Potocki. Manuscrit trouve à Saragosse, texte établi et présenté par Roger Caillois

Gallimard, Paris, 1958

Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza, prólogo de Julio Caro Baroja, trad. y nota bibliográfica de José Luis Cano, Madrid, Alianza Editorial, 1970.

Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza. El club Diógenes, Valdemar, trad., prólogo y notas de Mauro Armiño, Valdemar, 2002.

Antonio Domínguez Leiva. El laberinto imaginario de Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza (Estudio crítico). UNED ediciones, Madrid, 2000.



[1] Según el dicc. de Louis-Marie Morfaux el término "ideología" fue creado por Destutt de Tracy (1796) para evitar el término psicología (ciencia del alma) y designar la ciencia de las ideas. Filósofos de su escuela fueron Cabanis (1757-1808), Laromiguière, Volney, llamados ideólogos. Potocki conoció a Volney en París (1785-1787), entonces frecuentó el salón de Mame Helvetius (materialismo polémico y radical) y la extraña secta de la "Confrérie des Lantrurlerus", de espiritualidad sincrética. Destutt de Tracy publicó en 1801 el primer volumen de sus Éléments d’idéologie. Los ideólogos fueron los herederos directos del espíritu de la Ilustración y, sobre todo, del influjo de Condillac (1715-1780). Se hicieron sospechosos a Napoleón. Les molestó en especial que restaurase la religión. Por su parte, el emperador llegó a atribuir a su "oscura metafísica" todos los males de Francia, haciéndolos responsables en 1812 de una conspiración contra él. De Tracy, muy apreciado por Thomas Jefferson, con quien sostuvo correspondencia desde 1806 a 1826 publicó en 1818 un Tratado de Economía Política. Los ideólogos ayudaron a Maine de Biran (1766-1824) a desembarazarse del empirismo de Locke y Condillac.

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Mitad de Memorias de Medardo Fraile

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Publicado en el Ideal de Jaén (24 VII 2009)

por José Biedma López 

con el título "Las Memorias de Medardo Fraile"

 

Medardo Fraile es un orgullo para Jaén y para Úbeda, de donde fueron su madre y madrina. Y ha escogido muy bien el título de sus memorias: El cuento de siempre acabar, que alude al cuento que, ¡ay, sin remedio!, somos todos. El suyo no acaba en estas memorias, que sólo refieren una parte de su vida, tal vez la más decisiva y emocionante. Nuestras vidas son ríos que van a la mar, pero también cuentos de muchos personajes; y nuestras biografías, nudos de relaciones sociales y de conversaciones íntimas; o sea, puro teatro.

Por las páginas de El cuento de siempre acabar circulan muchísimas de las figuras importantes en la cultura española, literaria, teatral y artística, de la postguerra, tantas que a veces marean. La cultura –en un sentido general y antropológico- no la hacen sólo los intelectuales, claro; pero en un sentido moral e ideal, sí es cierto que son ellos quienes conservan o inventan sus grandes símbolos, y crean su sentido, en la medida en que nos es dado crear a los pobrecitos humanos, bajo libertad vigilada, o limitada por las circunstancias.  

Los primeros capítulos de esta obra tienen un extraordinario valor añadido para los ubetenses. Hemos conocido o conocemos a quienes han conocido… o hemos oído hablar de muchos de los paisanos, ilustres o corrientes, que circulan por sus páginas, a pie, en moto o en cochaco.

Medardo ofrece un zoom de aproximación a la obra y el autor, en contacto con la vida y la obra de muchos otros autores. Lo vemos carteándose con Pemán (más liberal de lo que se cree), tertuliando en el café Gijón con Buero Vallejo o Aldecoa, yendo al cine con Carmen Martín Gaite, sincerándose con Sánchez Ferlosio, intercambiando lecturas con José García Nieto, conversando con José Hierro, o bebiendo vino y hablando de toros con Díaz-Cañabate, fundando el grupo Arte Nuevo (“una luz y un eco hacia la eternidad”) con Alfonso Paso, Alfonso Sastre et al. Y renovando la escena en la segunda mitad de los cuarenta con obras que fueron bien acogidas por el público y la crítica: 23 obras estrenadas en 2 años, algunas de las cuales “piden que las recordemos o, en cualquier caso, merecen una mención o comentario” (8, V). Pero también lo vemos retratándose con Aleixandre, entrevistando a Menéndez Pidal y a  Pedro Laín Entralgo, felicitado por Gerardo Diego, aprendiendo de Antonio Machado, telefoneando a Dámaso Alonso, o invitando a una obra de teatro de Arte Nuevo a doña Carmen Polo de Franco…

Tras haber tenido la suerte de conocerle personalmente, y después de haber leído la mayoría de sus cuentos y artículos (La familia irreal inglesa), todavía me ha sorprendido el desparpajo sincero y liberal con que nos cuenta Medardo en El cuento de siempre acabar sus primeros escarceos sexuales en aquella España en que todo estaba prohibido y, por tanto, se deseaba apasionadamente, y sus maduros desahogos, romances y amoríos.

Aprecio mucho el equilibrio y la modestia de su punto de vista, mucho más por cuanto resulta extraordinario en un país tan dado a la exageración y la desmesura. Contra la inveterada costumbre española de “tomar partido hasta mancharse” o empalar sin compasión al oponente político (simbólica o realmente), la “memoria histórica” de Medardo, que padeció la guerra en Madrid y no está dispuesto (pg. 353) ni a olvidarla ni a ponerla en marcha otra vez,  no tiene nada de triunfalista, nada de revanchista, nada de resentida, respecto a los acontecimientos “inciviles” que presenció, en un entorno familiar partido entre “republicanos” y “nacionales”.

Medardo sabe que la diferencia fundamental no es la que separa a los de izquierdas y a los de derechas, rojos y azules, sino la que distingue a las buenas de las malas personas. No escatima juicios morales benevolentes y tiene el decoro de no descalificar a quien no se portó bien. Sabe perdonar y lamenta la ocasión perdida en los cuarenta y cincuenta para una reconciliación real de los españoles tras la tragedia de todos. Lamenta también el desconocimiento total de la realidad española que tenían los que hacían política de oposición fuera de España. Desgraciadamente, en aquellos años “no había nadie capaz de aguar el rojo o el azul para convertir a España en rosa –ni rosa ni azul-. (…) Desde el final de la guerra, la política la hicieron los muertos, no los vivos” (pg. 154).  

No insulta a nadie. Su vena satírica –que la tiene y socarrona- no se desborda nunca. Se detiene en la fina frontera que separa la fina ironía del cruel sarcasmo. Pueden leerse como ejemplos de lo que digo la descripción de una conferencia de Santiago Carrillo en Glasgow, a principios de los setenta, o la excursión realizada –en calidad de reportero- en la compañía de Otto de Habsburgo -y su pintoresco chófer- al retiro de su ilustre ascendiente: Carlos I de España y V de Alemania.

Las descripciones de Medardo Fraile son magistrales –en el sentido genuino de esta palabra-. No sólo traza en quince líneas el retrato psico-fisiológico de un personaje, sino que también nos ofrece un video dinámico, con que percibe el lector su potencial creador o destructor, de genio singular o común, o de mentecato.

Para quienes estamos interesados por la historia del pensamiento español, ofrece el autor nombres que tal vez merezcan ser investigados: Tomás Ducay, Francisco Soler, Francisco Pérez Navarro. También hallarán, el historiador de la literatura o el crítico, sugestiones interesantes y bien ponderadas sobre teatro y narrativa de obras y autores injustamente postergados (Alejandro Núñez Alonso. La gota de mercurio) o incomprensiblemente “galardonados”.

Autor nómada y andaluz cosmopolita, Medardo acabará viviendo en Glasgow y casado con una escocesa, sus memorias tienen también el adobo del libro de viajes, entre Madrid y Úbeda, primero; luego París: “no subí a la torre Eiffel porque no quise ver París sin la torre Eiffel”. Me agrada compartir con él la sorpresa ante el descubrimiento de la encantadora Place des Vosgues. También anduvo por África, Mallorca, Inglaterra. La memoria retiene momentos –no sabemos por qué- que no podemos engarzar en el argumento principal de nuestra vida: una mujer madura montando en una motocicleta, el comentario de la dueña de una pensión, la mirada de una meretriz… El escritor los salva del sinsentido, ofreciéndonos con ellos algo tan sentido como universal.

El encuentro precoz del niño Medardo con el Andrenio del Criticón de Gracián fue sin duda premonitorio.  (Confieso que también a mí me ha fascinado siempre esta obra que aún no he podido concluir). La mirada del autor de El cuento de siempre acabar ha heredado mucho de la aguda e inocente curiosidad de Andrenio, pero ahora, en su madurez, también posee la juiciosa lucidez desengañada de Critilo. A fin de cuentas, como le oí una vez a Antonio Gala –otro de los personajes que transitan vestido de hombre por estas memorias- la vida es una historia que siempre acaba mal.

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31/07/2009 13:21 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.


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