PERSONAS DE ROJANO
He conocido a los anómalos, pintorescos o estrambóticos personajes de Guillermo Fernández Rojano (Personae, 2026) en su Taller clandestino de las letras. Los figura o inventa de muchas clases, condiciones y épocas...
El poeta romántico August Schwender (1869-1958) existió realmente, pero no conocemos a quién quería disparar, ni si sería a él mismo. Comparecen en sus páginas también amas de casa, madres de familia como la poco gentil Leonarda Cianciulli, cuyas intenciones son maternales, salvar a su hijo de las balas del enemigo, sólo que para ello tuvo que hacer jabón con los restos mortales de dos o tres inocentes vecinas a las que asesinó. Creía que sacrificándoles a otros seres humanos, las potencias celestiales u obscuras salvarían a su cachorro. Puro atavismo.
Y es que –como dice Rojano‒, las creencias, indecisiones y peligros son neutralizados fácilmente por el ímpetu de supervivencia, esa energía que Spinoza llamó conatus o esa fuerza primitiva y activa a la que Leibniz llamó “mónada”, energía o entelequia que percibe y apetece. Desear y conseguir, that’s the question! Devorar o ser devorado, that’s the question!. Sobre todo deseamos seguir siendo, aunque sea a pesar de otros o en otros. Esa energía toma hoy en los febriles hijos e hijas de la prisa, es decir, en nuestra modernidad, el modo patológico de la ansiedad, ansiedad que Rojano define como un temor sin motivo.
Nuestros antepasados del Paleolítico inferior rumiaban otros motivos balbuciendo una jerga elemental que sólo el sueño –o la pesadila‒ podría descifrar, recuperando con ello una memoria ancestral, recuerdos remotos de antepasados que sobreviven ocultos dentro de nosotros, como coleópteros diminutos bajo la hojarasca.
No he podido decidir aún sin Rojano ama o desama los puentes, a los que dedica cuentos y versos. Habla mucho de ellos, dice, verbigracia, que se inventaron para quienes creen en obstáculos insalvables, se dejan llevar por las medidas o tienen miedo de no llegar a donde sea: a Durango desde Sinaloa, por ejemplo. Se ve que Rojano ha viajado mucho.
Fue Eduardo Chicharro Briones (1905-1964) quien convirtió en icono postista al “pequeño hombre que fuma”, que Rojano resucita para que anuncie los saltos mortales y tirabuzones del diablo por nuestros territorios mundanos, porque el mundo se desliza a lo largo de los mil doscientos kilómetros de la espina dorsal del demonio, que no era para Platón sino un intermediario (algo metaxy), un puente entre los dioses y los humanos. Por supuesto ese daimon socrático tiene poco con ver con el Maligno cristiano, emparentado éste con aquel que desafió a Yavé y gustaba asumir perfil rastrero de Serpiente. No le pidas consejos a Satán; quiere quedarse con tu alma.
El alma del demonio cristiano es experta en caer donde el agua corre a hilitos de luz, las espigas son la medida del silencio y la inmundicia humana aún sigue evaporándose, según poetiza Rojano, y eso gracias a la descodificación cuántica, al entrelazamiento de iones, que consiente tales saltos mortales, los del diablo y los del autor de PERSONAE.
Resucita también a Filipo II (no confundir con nuestro Felipe II). Rojano refiere al padre de Alejandro que llamamos Magno o el Grande, macedón borrachín que no mandó edificar ningún Escorial, Filipo II de Macedonia es descrito por Demógenes como rey rudo, de temperamento fuerte, aficionado a la caza y nada moderado ni en el comer ni en el beber. No obstante, no era ningún tonto y llamó a Aristóteles, hijo del médico de su padre el rey Amintas III de Macedonia, educado en la Academia de Platón, para que se hiciese cargo de la educación del joven Alejandro. El sabio estagirita le enseñó al príncipe retórica, pero también música y canto, artes estas de las que Filipo se burlaba por parecerle cosa de afeminados.
(Tengo que consultar si es cierto que Platón recoge en su Carta XIII su afición a la pelota –hecho al que alude Rojano de pasada‒. Según este, el Divino ateniense saluda y pide al tirano de Siracusa Dionisio que salude “a los compañeros de pelota en cuyas espinillas tantos recuerdos dejé”. No puedo fiarme mucho del autor de Personae porque inventa bastante, eso sí, a partir de acaecimientos confirmados por los historiadores. ¿De verdad era Platón faltón en la cancha? No me lo puedo creer).
Rojano llama Aristógeno a Ἀριστόξενος (354-300) reconocido filósofo de Tarento ( colonia griega de Τάρας), quien fue también músico y teórico de la música de la escuela peripatética. Su padre Espíntaro había sido discípulo de Sócrates. A Aristóxeno o Aristógeno no le gustó que Aristóteles nombrara a Teofrasto como su sucesor en la dirección del Liceo. Se dice que consiguió curar con la dulce melodía de su flauta a un hombre que había enloquecido por el sonido violento de una trompeta. Rojano le atribuye al flautista un fantástico sueño para describir la modernidad: una caída al vacío desde el puente más alto del mundo, un vacío que una voz seductora de mujer describe como fértil: “una inundación de ser en el ser, una caída hacia arriba”. Sí, se puede caer hacia arriba. Con el progreso de la tecnología, y otros que le acompañan como el de la infertilidad femenina y masculina, se puede decir con acierto que estamos cayendo hacia arriba. Aristógeno, mientras soñaba revelaciones luminosas o sombrías, roncaba como hombre humilde y sabio con sensibilidad para la música. La música –dice Rojano‒ actúa como elemento de absorción y transformación de las frecuencias negativas en positivas.
No fue este el caso del profesor Frederick Fredrickson, especialista en arqueología, al que volvieron loco los restos óseos de una joven del Neolítico. Su cerebro entró en cortocircuito y escribió en seco con la pluma de cuervo del Barón Corvo un ritual sadomasoquista que él mismo, en una reencarnación anterior, habría realizado con una espina dorada (recordemos la que Machado sentía no seguir padeciendo en el corazón clavada), cometido sobre el cuerpo hermoso de Irina, joven de veintidós años con un tatuaje flamígero en el muslo derecho, un as negro de picas en el glúteo izquierdo y dos anillos en el clítoris. Tres días duró el incendio sensual, infernal y morboso, semen y sangre, placer y dolor extremos e insensatos. Mientras Irina agonizaba por las numerosas heridas que iba causándole el profesor con la aguda espina, Frederick contemplaba el gran vacío anterior a la creación del universo… Olvidemos estas extravagantes alucinaciones, el feo cajón de arañas del profe nórdico y la letra seca de su pluma de cuervo...
Más interesante es la historia de Julius Boring empeñado en un proyecto malvado: cómo molestar a los mejores amigos, provocándoles las emociones más podridas de la humanidad sin vernos afectados. ¡No se puede ser más miserable! Hay gente pa’tó, y muchos sacan por internet entradas para las calderas de Pedro Gotero (o Botero).
Meno mal que enseguida, a vuela pluma, trae a colación Rojano, sin venir mucho a cuento, que la madre de Kant, Anna Regina Reuter, nacida en Núremberg, era hija de un fabricante alemán de sillas de montar. (Todavía recuerdo la cara que se le puso a un profesor de instituto de Hamburgo, especialista en Filosofía, cuando me oyó decir a los alumnos que la familia paterna de Kant procedía de Escocia. Cara de pocos amigos, si hubiera tenido entonces a mano un cuchillo me habría apuñalado. ¡Los alemanes pueden ser tan chovinistas como los francesas, o más!). Vale nombrar al padre y a la madre. Los padres son tan importantes como las madres, aunque estén menos presentes, menos a mano de sus crías, sus retoños sólo necesitan sentirlos proximos, creer que sus padres puedan acudir en una urgencia, que puedan contar con ellos. Kant no hubiera sido el mismo que conocemos e ilustró el mundo sin el pietismo que le inspiró e inculcó Regina de pequeño, piedad cristiana, educación severa que activó en él un pensamiento independiente y crítico de rechazo de la cobardía y la pereza que engendran aquiescencia frente a tiranos y abusones, y fomentan una comodidad enfermiza. ¡Lo que tenemos hoy, por no hacerle caso a Enmanuel!, porque la razón aún no ha sido hallada y las lenguas que intentaron darle sentido, como declara Rojano, adolecían de valor.
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Rojano adorna el arranque de la segunda parte de su PERSONAE con una larga cita de Jorge Luis Borges, al que tuvo la suerte de conocer personalmente y con el que departió durante unos días en un hotel de Ginebra, roma de Calvino. Cuenta en esta segunda parte la historia de la hermana Remigia, de origen galorromano por parte de padre y andaluza por parte de madre. Ella, como Meleagro de Gádara, saltan de unas edades a otras como quien se va de vacaciones a la costa o a la sierra... ¡Ay, si se pudiese saltar el tiempo como se salta el espacio! Tendríamos trenes temporales de alta velocidad para experimentar qué se siente en una cacería de mamuts, en una fiesta de gladiadores o en una orgía alejandrina. En general, creo que preferiría transportarme al futuro, porque ofrece más sorpresas, puede que desagradables. El futuro descansa en las rodillas de los dioses, mientras que del pasado tenemos una idea basada en indicios, por lo menos aproximada.
Los personajes de Rojano saltan desde el Egeo de la época de Safo o de Alejandro al presente siglo XXI, a la aldea de Los Maguillos, lugar rústico y perdido en las Sierras de Arugas y Zenabres, que no sé si son montes inventados, pero que sin duda han de estar abandonados o muy poco poblados en los altos del Segura, cerca de los Campos de Hernán Pelea, por ejemplo, esa extraordinaria y altísima planicie con clima propio. Por allí --contaba mi padre-- se refugió un empresario extorsionado por ETA para evitar los saqueos de la banda mafiosa y fanática de paletos asesinos. Un vasco exiliado por el totalitarismo nacionalista, como tantos. En esos parajes no es imposible que una paisana lleve el nombre helenístico de Apolonia, el precioso de Balbina o el rotundo de Remigia, la cual Remigia llegó a muy vieja, hasta el punto de que tenía ya ganas de que el Señor la recogiera porque a esas carnes de ancianidades amojamadas les duele andar y les pesa hasta el aire que respiran. Lo sé bien por mi madre que está para cumplir los noventa y tres y todavía se vale por sí misma gracias a Dios para lo elemental, pero muchas tardes dice lo que Balbina, que ya no sabe que hace acá, que ya no hay nadie fuera de nosotros que la conozca, porque su marido y amigos han palmado. Duele vivir a esas edades, sobre todo si duermes sola y de noche. Remigia predecía la llegada de tormentas por el dolor de sus huesos y adivinaba los abortos espontáneos de fetos mal concebidos. Pesaba menos que la ropa gris y negra con que vestía. Vivía en un mundo que se acaba, un mundo en el que un águila puede llevarse a un pollo delante de tus narices, la garduña entra una noche en el gallinero y decapita a treinta gallinas y una vaca cae en una ciénaga que se la traga entera mientras te mira con sus ojazos trágicamente.
Meneagro de Gádara, hijo de Éukrates, antólogo y compositor de epigramas, tuvo una segunda oportunidad con Balbina en los altos de Los Maguillos, adonde acudió haciéndose pasar por un buhonero y vendiendo hojas escritas por acreditados poetas de la Antigüedad clásica. Y se hizo a aquella vida dura de establos, viñas, terrones, bosques y olivar, donde no hay más calor en invierno que el que se extrae de la leña quemada en el hogar y donde el sol, para la Virgen de agosto, cuando las chicharras te laceran los oídos con sus celos interminables, cae con mala leche. El Meleagro de Rojano apura la vida malamente, atándose una soga al cuello, con un tosco cigarro entre los labios, mientras los últimos versos de un epigrama surgen con toda claridad en su mente.
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