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ARQUÍLOCO DE PAROS

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Arquíloco de Paros vivió en el siglo VII a. C. Era hijo de un noble y de una esclava llamada Enipo. Considerado un poeta de la literatura griega arcaica, se ganó la vida como  mercenario. Su condición de bastardo explica su reticencia ante los valores nobiliarios.

"De mi lanza depende el pan que como, de mi lanza el vino de Ismaro. Apoyado en mi lanza bebo."

En lugar de un general "hermoso" y guaperas, prefiere uno bajo y abierto de piernas, pero que ande firme sobre sus pies y sea todo corazón.

Murió defendiendo su patria frente a los de Naxos. La Pitia de Delfos exigió al comandante de los de Naxos, Colondas, que se purificara por haber matado al "ministro de las Musas", tal era el aprecio que se tenía al de Paros, isla de los mármoles más selectos.

Nietzsche lo considera el poeta "dionisíaco" por excelencia, antagonista de Homero, al que considera el poeta "apolíneo". La vida real, sus luchas, fatigas, sufrimientos y amores, es el tema principal de sus elegías, épodos, yambos y tetrámetros trocaicos.

Cuenta en uno de sus versos cómo abandonó el escudo para salvar la vida en mitad de una batalla, lo cual era visto como un deshonor militar en la época, pero ¡qué vale un escudo en comparación con la vida!

Se prometió con una tal Neobula, pero está o su padre le dieron calabazas a favor de un mejor partido. Entonces Arquíloco la difamó en verso y contó cómo se había "beneficiado" a su hermana menor. Se dice que los versos resultaron tan hirientes que las hijas y el padre, Licambes, se suicidaron.

Filóstrato cita a Arquíloco de Paros por elogiar en su poesía y probar en su vida la virtud de la paciente resignación o resistencia al dolor (τλημοσύνη) ante las desgracias y por considerarla un regalo de los dioses como fármaco para afrontarlas. Una excelencia esta, la de la resistencia y la resignación ante las inevitables desgracias de la vida, que  brilla por su ausencia en la Sociedad Anestesiada.

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08/06/2020 07:25 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

DONCEL DE REMEDIOS

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Inventa J. J. Arreola un san Jorge con hábitos de vampiro que acude en auxilio de la doncella inexperta a punto de caer motu proprio en las fauces de un tipo con facha de dragón, lengua florida y chaleco de fantasía.

No se alarme. Respire. El doncel de Arreola arrastra a la bella indecisa lejos de los encantos del dragón, hay que suponer que atrayéndola por gracias y propias y flecos angelicales, entre las cuales se halla un espejo en el bajo vientre en el que la princesa podrá mirarse apropiadamente, siempre que quiera.

Así que el doncel de Arreola la protege en el amplio y aristocrático nido de murciélagos donde, sin más escrúpulo que el de no consumirla, satisface sus apetitos sobrenaturales sorbiendo los rojos fluidos de la joven, salvo los días de ayuno y abstinencia.

Y dice Arreola que cuentan las malas lenguas que el hijodalgo que chupa la sangre de la doncella (falena que escapó por los pelos de abrasarse en el fanal de la noche cavernosa) se escapó de un cuadro de Remedios Varo (1908-1963), imprescindible pintora surreal.

Y yo creo que es cierto. Es este el Doncel de Remedios.

(Ilustración, Personaje 1961, Remedios Varo)

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18/05/2020 18:07 José Biedma López Enlace permanente. Pintura No hay comentarios. Comentar.


ALGUIÉN HABLÓ DE NOSOTROS

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Moralizar con gracia y sin acritud no es fácil. Irene Vallejo lo consigue en su excelente colección de ensayitos Alguien habló de nosotros (Contraseña, Zaragoza 2017). Esta jovencísima escritora (Zaragoza, 1979), doctora en filología clásica, logra un discurso culto y edificante, bienhumorado y preciso, exento de pedantería. Profesa la "Filología" en el sentido más noble y romántico del término, como un humanismo intemporal pero bien nutrido de pensares, historias y lenguas, mostrando cómo nuestros miedos y esperanzas relucen en el uso que damos a ciertas palabras o en el modo en que ellas han vivido y evolucionado para servir a nuestro afán desesperado de comunicación.

Bien cimentada por la cultura clásica eleva a sus sabios, sus mitos, sus héroes trágicos y sus anécdotas, a la categoría de ejemplos éticos, útiles guías para una vida digna, libre, sana y jovial, actualizándolos, devolviéndoles la palabra porque “hablan de nosotros”, murmuran el tesoro de sus experiencias a nuestro atribulado y distraído magín, como presencias reales que nos devuelven el sentido de la vida civilizada y de su bien común.

Si yo todavía ejerciera como profe de filosofía, creo que emplearía con provecho este librito, mucho más denso y profundo de lo que aparenta en una ligera lectura, como valiosa Introducción a la filosofía perenne o como un manual óptimo para la Educación de la ciudadanía, porque enseña deleitando y dando qué pensar, para usar la razón en conversación amistosa, en lugar –como ella misma dice- de empeñarnos en poseerla, polemizando, quejándonos o armando bronca.

Sin caer en el extremo conceptista de su paisano Gracián, la prosa de Irene es de una sobriedad y economía  admirables, muy propia de la mejor tradición gnómica, pues aúna claridad expresiva y profundidad conceptual. Orilla a veces la prosa poética y sin caer en el ripio ofrece curiosas aliteraciones como colofón de cada articulillo y panacea para la memoria, o como ingeniosos juegos de palabras y sabrosas sinopsis:

“Nos toca elegir entre solidaridad o soledad”, “fastos nefastos”, “la comida alimenta la comedia”, “el dulce señuelo de los sueños”, “la mirada se posa y por fin reposa”, “nunca deberíamos confundir amar con amarrar”, “Amor: ciencia de la inocencia”, “las palabras son valiosas si son valerosas”, “nada hay mudo en el mundo”. Orfeo perdió a Euridice en los infiernos porque el amante “miró atrás”, Eróstrato  buscó “la fama por el camino de la infamia”. Caudales, que quiso presumir de mujer exhibiéndola desnuda, “perdió el poder por no tener pudor”. Y, recordando el nudo gordiano que Alejandro cortó con su espada, se afirma con rotundidad: “Dar un tajo puede ser un atajo”.

No desdeña ni la duda metódica ni el preguntar socrático ni las estimulantes paradojas que tanto gustaban a los estoicos, como esta en que oigo ecos de Cernuda: “Nunca somos más libres que cuando decidimos a quien nos encadenamos”, y eso en constante actitud asertiva: “Si vemos sombras es porque alguna luz brilla cerca”. “Todos somos únicos, y eso es precisamente lo que tenemos en común”.

La conexión con el mundo antiguo, o bíblico, y el acervo de su sabiduría proverbial está humorística e irónicamente garantizada, a fin de cuentas, y hasta que llegue el transhumano, el Superhombre o la Supermujer, la naturaleza humana conservará sus constantes emocionales y sus principales desvaríos desde la cromañona que nos parió. ¡Ojo!, que también “en la antigua Grecia las competencias divinas estaban muy bien transferidas”.

La crítica al abigarrado mundo tecnológico de la Aldea global se mantiene equilibrada entre la integración y el apocalipsis, ese mundo de las redes, de prisas, ruidos y consumo compulsivo que parece favorecer todo lo privado, menos la vida privada. Ni desdeña Irene Vallejo la definición del "populismo" reconocimiento sus orígenes romanos, o defender la fragilidad de la democracia, o examinar el “efecto google” de relajación memorística, pues recordamos mejor dónde encontrar un dato que el mismo dato, crítica esta que actualiza la de Platón a la escritura: “monumento del saber”, más que saber propio.

Todos los grandes temas de la filosofía práctica, y sus mejores mentores, incluido Lao Tsé, desfilan por el libro en estas amenas y nutritivas píldoras de sabiduría cosmopolita, tan recomendables para una formación libre del espíritu libre, que no desdeña las humanidades, porque “si disminuye entre los ciudadanos el interés por cuestionar, lo sustituyen intereses cuestionables” y porque “sólo nos protegemos si nos entretejemos”. Ese "entretejerse" ampara y contiene el hacer nuestras todas las edades gracias a la lectura de los clásicos. Como se está viendo.

La edición, impecable.

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08/05/2020 19:44 José Biedma López Enlace permanente. Filosofía general No hay comentarios. Comentar.

MUNDOCHENTA

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Por segunda vez me ha sorprendido y entretenido Jesús Zamora Bonilla con su arte novelístico. Digo por segunda vez, aunque el autor ya ha escrito tres novelas y otros tantos ensayos. La primera, Regalo de Reyes, mereció una crítica en Signamento. He leído la primera y la tercera de sus fábulas: Nosotros, los octogésimos (Amazon, 2020).

Doctor en Filosofía y Ciencias económicas, Decano de la Facultad de filosofía de la UNED, epistemólogo de profesión, sobresaliente tuitero y bloguista, con sus novelas Errar es de ángeles (2018) y Nosotros, los octogésimos, Jesús Zamora Bonilla (Madrid, 1963) culmina una trilogía en la que dice haber parodiado con humor y amabilidad la religión como obstáculo para el desarrollo científico y el conocimiento histórico.

No obstante, en Nosotros los octogésimos, objeto de esta crítica, no le queda más remedio al autor que reconocer que bajo la fantasía del mito siempre se esconde, a la vez que se conserva, alguna verdad fundamental relativa a los orígenes y las intenciones fundacionales de una cultura, así como al bien y al mal, que tan mezclados andan en la selva de lo natural. En este caso, el misterio se oculta en la genética de las bacterias intestinales de los octogésimos, presentes en las sacrosantas heces de los habitantes de Mundochenta, un planeta habitable en la galaxia enana del Boyero.

Sin embargo, dudo que la parodia de la religión, que tan hábilmente y con tan económicos recursos levanta Zamora Bonilla en esta novela, le resulte amable a un espíritu auténticamente religioso. La escatología de la todopoderosa Iglesia de Mundochenta no es precisamente la del final de los tiempos de san Juan, ni la de la apocatástasis de Orígenes ni la de la Ciudad de Dios de san Agustín, y resulta, por decirlo suavemente, mucho menos celeste y más olorosa. Eso sí, la jerarquía de Mundochenta dispone de una autoridad y poder político y terrenal parangonables al que ostentaban nuestros papas al final de la Edad Media y principios de la Moderna, en disputa y articulación con el poder del Imperio, dificultando el desarrollo del conocimiento científico a base de escrúpulos fideístas y fanatismos dogmáticos, lo cual no hace nada de gracia a sus protagonistas: un erudito antropólogo con conexiones revolucionarias y su afectísima e inteligente hija bióloga.

Mejor que por el humor, envidio al novelista por la extraordinaria habilidad y sencillez con que urde tramas y personajes. En Nosotros, los octogésimos, mezcla con una soltura notable la especulación científica, a la que soy tan adicto (en su muy actual directorio de ingeniería genética), con la trama de una novela policíaca a raíz del supuesto suicidio de una jovencita, hija díscola de los malvados optimates de Mundochenta. El autor sabe dosificar la información en un ágil ir y volver por la línea temporal suministrando al lector la información suficiente para mantener en suspense su atención.

La novela también debe su excelencia a lo que no hace, abusar del verde del sexo o del rojo de la sangre, o del maniqueísmo, aun usando de héroes y villanos. Emplea el novelista un lenguaje culto pero sencillo, sobrio, sin aventuras deconstructivas ni pretensión de originalidad estilística, lo que hace su obra fácil y amena; desde el principio al fin la narración discurre serena como río en el cauce amplio de su valle.

Hay que agradecer la urgencia con que Zamora Bonilla la ha rematado para ofrecerla generosamente y gratis en digital durante el confinamiento por pandemia, pero, precisamente por su calidad, hubiera merecido y todavía merece un repaso cuidadoso que permita a su autor salvaguardarla de la maldición multiplicadora del impreso, es decir, de algunos lapsos remediables que en nada ofenden su correcta ortografía, pero que capto sin remedio, seguro que por prurito crónico de antiguo profe de Lengua. ¡Cuidado! Promete continuación.

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08/05/2020 11:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

INSULTANDO A SÓCRATES

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Ya en vida, Aristófanes difamó a Sócrates en su obra Las nubes. En ella pinta al tábano de Atenas como un charlatán sin escrúpulos, como un sofista ridículo fundador de una escuela, el Pensatorio, en la que enseña a los jóvenes a aparentar llevar razón sin tenerla y a simular la práctica justa injustamente; y para más inri, el Sócrates de Aristófanes es caricatura de un naturalista ateo que se empeña en ofrecer una explicación materialista de los fenómenos atmosféricos, sin aceptar el concurso de la divinidad, lo que no le impide rezar a las Nubes.

I. S. Stone en un ensayo de 1988, El juicio de Sócrates, trata también mal al fundador de la mayéutica. La animadversión contra Sócrates no es nueva ni un vicio exclusivo de poetas melancólicos que para defenderse de su ingénita debilidad reinventan "la sofistería de la fortaleza", aguda expresión acuñada por Unamuno para referirse a Nietzsche en su ensayo ¿Qué es la verdad? (1906), sino que también arremeten contra el marido de Jantipa ciertos "periodistas de la filosofía" como Stone, delectantes que ejercen de historiadores de las ideas en sus ratos libres y que, al contrario que aquellos vates vitalistas, no han sido capaces de sostener ni por un momento la mirada de la esfinge.

Así por ejemplo el libro de I. F. Stone demuestra lo fácil que resulta comercializar un enfoque "original" de la vida de Sócrates haciendo un uso selectivo y tendencioso de las fuentes al servicio de una visión unilateral del platonismo, rebajado este a "espartanismo fascista". Stone se inspira supuestamente en un irrefrenable amor por la Democracia, para ensalzar el espíritu de tolerancia y libertad de la ateniense, que, según él, estuvo muy acertada al ejecutar por impiedad al maestro de Platón.

Stone no tiene ningún reparo en negar la persecución ateniense de Protágoras como una tontería inventada por Cicerón, Plutarco y Diógenes Laercio; o la de Anaxágoras, como una superchería de Diodoro Sículo; y para insultar a Sócrates "merecidamente ejecutado" bendice la caricatura cómica del muy conservador Aristófanes o concede un exagerado crédito a la Apología escrita por el orador griego Libanio en el siglo IV después de Cristo (después de Cristo y no antes, como repite erróneamente ¡y por dos veces! la edición de Mondadori, en sus pgs. 35 y 225).

Dice Stone que el mito de Prometeo tal y como lo presenta Protágoras personifica las premisas básicas de una sociedad democrática, pero olvida que su exposición se la debemos precisamente a Platón, en el diálogo que le dedica al gran sofista de Abdera. Menosprecia la importancia de la noción de libertad de palabra (parresía) en la obra de Platón y olvida la importante discusión del Gorgias sobre la igualdad (tò íson, 488-489); reduce la sociedad ideal de Platón a una sociedad de castas y llega a hacer afirmaciones tan peregrinas como la de que "Critias perdió la vida en el esfuerzo de poner el ideal platónico en marcha" (pg. 179), dando por seguro que dicho ideal existió bastante antes de la muerte de Sócrates...

 Si bien muchos sabios cristianos como Justino o Erasmo elogiaron a Sócrates considerándolo precursor de la doctrina de salvación de Jesús, y hasta le consideraron santo (se dice que Erasmo rezaba: “Santo Sócrates, ruega por nosotros”), otros, más fideístas que humanistas, se percataron pronto del papel corrosivo de la dialéctica socrática, la cual, con su continuo y tozudo preguntar, gracias a su ironía, no deja dogma indemne, incluido el dogma “democrático”, o, mejor, la superstición populista de que la voz del pueblo es la voz de Dios. El Sócrates platónico deja claro en el Critón que él se considera hijo de las Leyes de Atenas, y que está por consiguiente dispuesto a acatarlas incluso si ellas mandan que él sea ejecutado con cicuta.

El daimon íntimo, la divinidad interior, los dioses interiorizados por Sócrates como voz de la conciencia personal, son la única instancia moral que reconoce el humanismo intelectualista fundado por el gran maestro de Platón, verdadero padre de la muy exigente Ética occidental, que afirma que nunca conviene ser injusto, ni siquiera contando con el respaldo de la masa y aunque resulte agradable o útil. Y es desde ahí, desde el socratismo, desde donde la democracia moderna ha legitimado, por ejemplo, la objeción de conciencia en el trato civil con las armas.

 

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07/01/2020 19:09 José Biedma López Enlace permanente. Filosofía general No hay comentarios. Comentar.

TINTABLANCA

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ÚBEDA, LIBRO DE VIAJE

 ‘Fides, labor et soleris haec et maione donant’

“La fe, el trabajo y la diligencia dan estos y mejores frutos”

Epitafio de don Francisco de los Cobos

(Sacra Capilla del Salvador del Mundo)

 

En noche de niebla, lluvia y ventosa, y a pesar del temporal con nombre de hembra, un ramillete de amigos de los libros se reunieron en El agente secreto, librería que resiste altiva el acoso de las poderosas cadenas de venta online. Me tocó a mí presentar el Libro de Viaje de la aristocrática, exquisita editorial Tintablanca, libro dedicado a Úbeda, ciudad declarada patrimonio de la humanidad junto a su hermana próxima Baeza, lujosa obra escrita por el carolinense Manuel Mateo e ilustrada por el artista Paco Montañés, natural de Alcalá la Real.

No es un libro común, primero porque no es novela como esas que leemos por entretenimiento, y segundo porque se ha puesto en su edición un cuidado singular, mucho amor (de ese del que nos examinarán al "atardecer", según sentencia de Juan de la Cruz): cinta marca-páginas de seda natural, pegatinas personalizadoras, escogido papel italiano, excepcional cosido de sus páginas protegidas por portadas de algodón rojo, resúmenes caligráficos y aguadas de una calidad extraordinaria con detalles de los monumentos y símbolos de la ciudad de los Cerros. Además de servir de guía, aspira a ser también un cuaderno de viaje que el propietario puede anotar, enriquecer motu proprio añadiendo datos, impresiones, dibujando allí o poniéndole punto final.

El género tiene sus antecedentes clásicos. Cuenta el lidio Pausanias por el primer escritor helénico de un libro y guía de viaje con suDescripción de Grecia (Ἑλλάδος περιήγησις), obra en la que da información tan detallada de los monumentos y leyendas relacionadas con ellos, que los viajeros del XVIII y del romanticismo aún la usaban. Algunos de los descubrimientos arqueológicos de nuestro tiempo se deben a sus descripciones o confirman su exactitud.

La guía de Manuel Mateo está escrita con rigor erudito, fundamento de historiador, a la vez que amena claridad y pasión de enamorado de la ciudad de los Cerros, donde no falta, en su elegante prosa, un contenido lirismo. Y toca los puntos esenciales de nuestra "castellana Andalucía" o de nuestra "andaluza castellanía", según fórmula del admirable cronista Juan Pasquau: la importancia del poder de don Francisco de los Cobos (Úbeda, 1477-1547) y de su linaje en la elevación de sus principales monumentos, el protagonismo del alcaraceño Andrés de Vandelvira en su diseño, arquitecto al que la ciudad ha rendido merecido homenaje con un monumento en su plaza principal (Vázquez de Molina). Los restos del románico o las magníficas interpretaciones del gótico tardío, isabelino.

El sentido del templo de El Salvador del Mundo debería ofrecerse como buen ejemplo universal, paradigma de armonismo. En el mausoleo civil más grande de España se conjugan los más nobles afanes del humanismo renacentista: pacifismo (irenismo), espíritu de concordia entre religiones y tradiciones: las del "Libro" (rabínica, cristiana, musulmana) con la tradición pagana, greco-romana, en una apuesta cosmopolita por preservar la dignidad y la libertad humana, identificando la honra (honradez) con la excelencia moral, con las virtudes de la tradición platónica: templanza, coraje, prudencia, justicia, a las que se unen las teologales y propias del cristiano: fe, esperanza y caridad.

Alude el autor de nuestro libro de viaje a las principales leyendas de la ciudad, de la Casa del alquimista, de Palacio del ahorcado (de los Morales) al siniestro descubrimiento de la emparedada, leyenda con fundamento histórico y biográfico en la persona de Ana de Orozco (Casa de las Torres), víctima del monstruo de los celos. Enfrente de este palacio plateresco, con pinta de fortaleza, se crio y maduró sus sueños el escritor más condecorado de Úbeda: Antonio Muñoz Molina, que en El Jinete Polaco (que Manuel Mateo tiene por su mejor novela) cambió el nombre de la ciudad de Úbeda por “Mágina”, la sierra grande y mágica de montes azules y violáceos que, transfigurándose en dorados y sienas durante el crepúsculo, le sirve de sur horizonte, más allá de "la curva de ballesta" que traza desde la sierra de Cazorla -según machadiana expresión-, el Río Grande, el valle del alto Guadalquivir, que también y mucho se nutre de aquel que corre al lado norte de los Cerros, el río de los limos rojos, el Guadalimar, ahora represado por el embalse del Giribaile.

Merecidas son las alusiones al pasado sefardita de la ciudad, todavía por desenterrar en gran medida, y confirmado por el reciente descubrimiento y adecentamiento de la sinagoga del Agua (s. XIII). Sin duda, Úbeda tenía en el XII y el XIII una de las comunidades moriscas y judías más importantes de la España medieval. Un ejemplo es el palacio de los Granada Venegas, un converso morisco que ayudó a los Reyes Católicos a conquistar Baza y Guadix. O la historia de Samuel ha-Levi (Úbeda 1320-1360), almojarife, o sea recaudador, tesorero, administrador y secretario de Pedro I el Cruel. Acumuló tanta riqueza que abrió casa en Toledo y construyó en Sevilla el palacio más fastuoso de la judería en el barrio de Santa Cruz. Y tampoco sería de extrañar que el Inquisidor de Úbeda, dada la cercanía de su casa, levantada mucho después, a la sinagoga del Agua, mayor representante en la ciudad del Santo Oficio, fuese un converso.

“Marca, frontera, cruce de caminos, territorio permanente de pugna y conquista, la ciudad asumió acentos y culturas dispares y la convivencia entre ellas nunca fue fácil”, pg. 126.

Y por supuesto, no faltan tampoco las referencias a la artesanía del hierro, de la cerámica vidriada, del esparto, que resisten en los tiempos del plástico producido en masa, en estandarizada industria sin mano y sin alma. O a los famosos festivales de primavera, internacionales de música y danza, que se celebran principalmente en la iglesia del enorme hospital de Santiago, diseñado por Vandelvira bajo la iniciativa del obispo Diego de los Cobos y Molina, sobrino del secretario de aquel imperio en el que no se ponía el sol. O a ese mar de olivos, que en secreto oleaje deja su espuma en las huertas a pie de muralla, piélago al que se asoma como desde un muelle-atalaya la famosa Redonda de miradores, bordeando los restos del antiguo alcázar moro y de las murallas que lo defendían, y que ofrece una de las panorámicas más increíbles e inefables que el viajero atento pueda disfrutar.

A este, al viajero soñador e ilustrado, le compromete el autor de esta formidable guía-estímulo a perderse como Álvar Fáñez por los laberintos árabes de la capital de los Cerros, sin prisas, disfrutando de su gastronomía y de sus velados misterios, como patios de finas columnas, más allá del día y de la jornada.

(Icono ilustrativo: interpretación de Paco Montañés del escudo heráldico de la familia de los Cobos)

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21/12/2019 10:43 José Biedma López Enlace permanente. Pueblos y Ciudades No hay comentarios. Comentar.

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

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(Sobre el libro de Martín Ruiz Calvente: A más Ciencia, más Filosofía, Jaén 2019)

 Sócrates acaba de salvar su pellejo de hoplita en la batalla de Potidea (432 A. C.) y vuelve con todos los honores a Atenas, y con ganas de filosofar, esto es, de intercambiar razones sobre lo bueno y lo bello, a ser posible con el más guapo por fuera y por dentro, parece ser que la palma en kalokagathía (belleza y bondad) le corresponde al agraciado Cármides, hijo de Glaucón, quien fue tío por parte de madre de Platón, que es el que escribe el diálogo muchos años después de la batalla, diálogo de juventud en que cuenta esto y que lleva por nombre: Cármides.

 En un gimnasio se preguntan los tertulianos por lo que hace honradas a las personas, por la excelencia típicamente socrática, la virtud que llama el tábano de Atenas sophrosýne: sensatez, cordura o templanza. Discuten amigablemente, con sensato sosiego y tranquilidad, si la sensatez es un tipo de saber y en qué consistiría. Parece que la sensatez ensimisma y hasta hace más tímido al sensato, se determina al fin como ese conocimiento que exige el mandamiento apolíneo: “conócete a ti mismo”, pues es sensato quien conoce sus límites. Surge así en la historia de la filosofía occidental, nada más y nada menos que el problema de la conciencia reflexiva, ética, que se pregunta por el bien común, más allá del interés particular en que se centra toda la intención del idiota (etimológicamente “idiotez” significa en griego clásico precisamente eso: la incapacidad para pensar el bien común, el interés civil general).

 Todos los demás saberes lo son de algo. Sabe el zapatero hacer zapatos, el médico de enfermedades y remedios, el matemático de números... Pero es evidente que el conocimiento no sólo es razón y discurso, sino también poder. El médico engañado por su mujer puede usar sus conocimientos para envenenar a los adúlteros amantes, y el matemático emplear su ingenio calculando qué cantidad de combustible debe tener una bomba para matar a más gente. No olvidemos nunca que el país con más recursos tecno-científicos en la cuarta década del siglo XX fue precisamente la Alemania de Hitler, muchos de sus sabios repatriados a prisa norteamericanos huyendo de la persecución de su etnia judía.

 Nace con ello la Ciencia del bien y del mal, la Ética, que, como el mismo Sócrates inventado por Platón nos hace ver en el Cármides, es la ciencia más difícil y la más problemática, repleta como está de dilemas y aporías, un saber in fieri, como escribe Martín Ruiz Calvente, en desarrollo incesante. Su principal cuestión moral es: qué debemos hacer con el saber, porque es evidente que la tecno-ciencia pone los medios, cada vez más potentes y sofisticados, pero no los fines, y la tecnología se puede usar lo mismo para un roto que para un cosido, para asesinar que para sanar, para liberar que para alienar, para humanizar que para cosificar. A este respecto, uno recuerda la definición kantiana de la filosofía como relación de todos los saberes a los fines esenciales de la razón humana. Y esos fines no pueden salir de otro sitio sino de la concepción humanista que prima salud (física y mental), libertad y dignidad de las personas. De la cultura artística y literaria, de los relatos edificantes, mayormente, en los que se forma el carácter de las personas.

 He vuelto al Cármides urgido por la lectura de A más ciencia, más filosofía, el libro de mi compañero de la Quinta del Mochuelo Martín Ruiz Calvente, Jaén 2019. Bien fundada y documentada obra que plantea, desde una óptica no positivista ni reduccionista, contraria al cientifismo, la histórica cuestión del conflicto y la colaboración entre saberes y facultades. Hoy sabemos que los progresos científicos dependen de la economía y de decisiones políticas. Por desgracia, han sido los apremios de las guerras los que han impulsado muchas veces las innovaciones técnicas. Así nació el telescopio para ver al enemigo antes de que el adversario nos viera, o la geometría renacentista para medir las órbitas de los proyectiles, a fin de hacerlos más destructivos. Así nació la Internet (Wold Wide Wet, Magna Malla Mundial), como Red civil de comunicación global, de la telemática militar Arpanet.

 Para comprender la historia de la ciencia es indispensable contar con su contexto epocal, político y social. (Esta era la orientación de aquella asignatura: CTS, Ciencia, Tecnología y Sociedad, que se impartió durante uno de los sucesivos e inestables planes diseñados por nuestros políticos, planes que duran lo mismo que sus inestables mayorías, incapaces como son de llegar a consensos sensatos, pero bien capaces de volver locos a profesores y alumnos). Y es evidente que cada innovación técnica plantea problemas filosóficos relativos a su uso y a las consecuencias de sus usos. El libro de Martín contiene precisos datos sobre las innovaciones técnicas y sus aplicaciones, desde la humilde cremallera o el bolígrafo, hasta la biotecnología, la epigenética, la domótica y las Tics.

 Comte creyó que el Mito fue superado definitivamente por la Filosofía, igual que ésta ha sido trascendida por la Ciencia. Exageraba o se equivocaba. La tecno-ciencia por sí misma es ciega respecto a la cuestión del origen y de la finalidad, del bien y del mal. El mito la acompaña y ella misma suscita mitos. Y el mito edificante, la alegoría, la fábula, son valiosos instrumentos didácticos y hasta propedéuticos y heurísticos. Toda ciencia supone una apuesta metafísica por la Verdad, por la Razón y la Experiencia sensible, a favor de la duda metódica y la objetividad intersubjetiva, una lógica y una epistemología, y hasta una ética que incluye la modestia como virtud. Así pues, la Filosofía y su apuesta por la razón (su vigilia y su sueño), no sólo está antes de las tecno-ciencias, sino también durante y después de ellas, como señala el libro de Martín. Las tecno-ciencias pueden y deben ser evaluadas, sobre todo en su uso y por sus consecuencias. No es reaccionario volver al botijo si es menos venenoso y contaminante que la botella de plástico.

 Por otra parte, ya se ha visto que la interdisciplinariedad es fértil, como el mestizaje, que ideas surgidas en un campo de investigación pueden resultar útiles en otro. La misma idea de Consiliencia, de colaboración entre saberes y facultades, en lugar de enfrentamiento, como enseña el libro de Martín, procede de un biólogo especialista en hormigas: E. Wilson. Y hemos de apostar por un currículum educativo flexible y por la consiliencia entre artes, humanidades y ciencias, aún las llamadas "duras". Es absurdo que un literato desprecie el cálculo o que un físico no pueda disfrutar de las satisfacciones, consuelos y revelaciones que proporciona el arte.

 El libro de Martín contiene una relación exhaustiva de instituciones mundiales dedicadas a la investigación y el avance de las ciencias, muchos de sus enlaces telemáticos, así como una crítica de aquellas que las parasitan burocráticamente (no se puede confundir el Estado del bienestar con el bienestar del Estado y el engorde mastodóntico y sectario o nepotista de sus instituciones); valiosos testimonios de grandes personalidades de la ciencia: Cajal, Einstein o Severo Ochoa; a la par que pruebas de su modesta y entregada faena como profesor de secundaria y periodista de ideas en el Diario Jaén; útiles sugerencias para plantear la enseñanza de la Filosofía en discusión fecunda e inagotable con la Tecno-ciencia más actual, que más decisivamente incluso que en otras épocas determina nuestras actitudes, nuestras prácticas y nuestras concepciones del mundo, pues hasta para la conservación, restauración o explotación sostenible de la naturaleza, loables fines éticos, es ya imprescindible el concurso de las técnicas.

 

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22/11/2019 18:53 José Biedma López Enlace permanente. Filosofía general No hay comentarios. Comentar.

PERSIANAS

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“Contra las fronteras,
la patria inexpugnable de la conciencia y de la fantasía”

Fernando Parra Nogueras

 

Escriben Literatura los descontentos, los disconformes, los rebeldes, los soñadores, los reflexivos, los solitarios, los raros… “En principio fue el Ensueño” –proclamaba don Wenceslao-. Es así porque escribieron al ser condenados al ostracismo, encerrados en prisión o enviados al exilio: como Séneca, como Boecio, como Maquiavelo, como Wilde, o porque no tienen bastante con la realidad, o porque no les gusta e inventan entonces otra más amable y personal, lejana, sórdida o sublime, tal vez inalcanzable. Y a esa realidad que no les complace la representan como en un salón de espejos de feria, deforme, exagerada en flaco o en gordo, revelando tal vez sus defectos escondidos o sus excelencias épicas, y desde tres posiciones posibles: cólera y violencia; tristeza, nostalgia y llanto; o, tercera postura, más madura y saludable actitud: la burla y el humor que provocan risa o, al menos, tierna sonrisa, haciendo gracia.

 En cualquier ficción hallaremos las tres orientaciones, si bien dominará una sobre otra: la tragedia o el poema de desamor nos hacen llorar, la novela social o el planfleto nos irritan y animan a la reforma o a la revolución; por su parte, el escritor humorista retoca lo vivido o lo fantaseado con el pincel de la comprensión, de la gracia y la ternura. Don Wenceslado, inmortal gallego animador de fragas, lamentaba que en la literatura española cundiese más bien el malhumorismo que el humorismo, y eso a pesar de que su gran obra cosmopolita, el Quijote, luciera buen humor, pues las ridiculeces del antihéroe llaman a comprensión y compasión.

 Fernando Parra Nogueras reinvindica con gracia y humor, sine ira, su condición de charnego de segunda generación, de mestizo cultural, en su espléndida novela de formación: Persianas. Hay en ella la suave melancolía de una juventud feliz pero ya claudicada, en la periferia de la periferia de un arrabal industrial de Tarragona; la angustia de una identidad mixta, plural, de andaluz en Cataluña y de “catalanito que habla fino” en el pueblo natal de sus padres: Chilluévar (Jaén).

A la novela no le falta de nada: ni la crónica de una infancia en el arrabal, “cuando la inocencia nos democratiza y nos hace iguales, lejos todavía de los muros artificiales, las banderas nacionales, las lenguas usadas como guetos de exclusión y las fronteras que los adultos se empeñan en levantar”. No falta tampoco en el relato el suspense del “thriller”, ni el encanto del amor fino, cortés, ni el eco del trueno despiadado del terrorismo de ETA en los años ochenta, ni la noble perplejidad del que constata que después de la masacre de Hipercor en Barcelona cuarenta mil catalanes voten a Herri Batasuna. Ni tan siquiera le falta un fantasma al cuento: el de Severiano Cano el gitano, personaje entrañable entre manes y penates telúricos.

 Antonio Carvajal recomendaba con razón la obra de Fernando Parra: “Prosista culto y elegante, sabio y ponderado crítico, poeta inédito”. Se le olvidó al laureado poeta contarnos que Fernando es también profesor, prologuista y periodista literario, de esos, escasos, que hacen de aristócrata en la plazuela de un Diario, como Ortega o d’Ors. Que es poeta se nota también en Persianas:

 “El despertar de Chilluévar es vocinglero; la gente se da los buenos días como si no hubiera un mañana, con aquella franca jovialidad que se derrama impetuosa de sus voces y que invita a beberse la jornada, confortados por aquel primer sorbo tempranero de vida torrencial. Pero ya antes la orquesta de las persianas ha tocado la obertura de la ópera matutina… La noche parece plegarse en cada uno de estos rollos; cada vecino almacena en ellos un trocito de cielo nocturno y es así como lo hacen amanecer” (cap. 14).

  “La Naturaleza no se resguarda con celo tras una persiana ni esconde más secreto que el de su propio milagro; comparte su prodigio con los hombres en la casa del mundo y su persiana es la apoteosis de la aurora”.

 A pesar de su bien provista mochila de filólogo y lector empedernido de los clásicos (los que deja vivos el insobornable “ballestero del tiempo”), no escribe Fernando para la Academia, sino para el pueblo, para la tierra o para el arrabal convertido en pueblo. Por eso cuenta mucho en pocas páginas. Combina el relato con un ingenioso epistolario, hilvanados con tino en unidad ambos géneros. Dialoga así y pide consejo para sus tribulaciones de adolescente a sus ídolos infantiles: Jessica Fletcher, el Baracus del Equipo A, la Daphne del Scooby, Chanquete el del acordeón, el extraterrestre E.T. o el inspector Macgyver… Pero no deja de ser novela, espejo de realidad vivida.

 Aprecia Fernando la lengua catalana, “que se hizo para la poesía”, “que no se hizo para el insulto ni para esa contundencia autoritaria que tienen algunas consonantes del castellano”, y elogia a los grandes dobladores de la escuela catalana como Constantino Romero, pero denuncia ya, sin envidia ni resentimiento, a esas Aurelias que cifran la virtud de un hombre en el idioma que habla, el pedigrí de su sangre y en el tonto amor a un trapo que llaman bandera,  ese oficialismo marginador que usa el idioma como un gueto excluyente y que, en aquellos años ochenta, todavía no había puesto sus cartas bocarriba:

 “El charnego levantaba así Cataluña con su trabajo sin saber que algún día habría de ser excluido de un proyecto de convivencia que consideraba común”.

 Se alude con delicadeza a la suerte de la madre del protagonista Rodrigo:

 “Lejos de su familia y con mi padre sobreexplotado en los turnos de la fábrica, la niña embarazada debió sentirse muy sola en aquel piso donde la vista hallaba solo una maraña informe de cables, antenas y cemento, en lugar del infinito campo esmeraldino de los olivares”.

 Nunca había oído esta comparación del olivar a los “campos” íntimos de la joya verde. Algunos juegos de lenguaje son tan divertidos como originales. Pondré un ejemplo: “una gallina cococomenta con las cococomadres algún cococotilleo de la granja”. No me extraña que Fernando Parra haya sido finalista del prestigioso premio Azorín y de unos cuantos más certámenes de periodismo literario, ¡y ya promete segunda novela! Esperemos que su suerte no sea la del albatros de Baudelaire, ese que descansa en la cubierta del barco estabulario, humillado por los marineros supremacistas, “lejos de su natural patria cenital”, que es sin duda el cosmos entero de la letra universalizable.

 La obra crítica de Fernando Parra puede seguirse en su blog, que lleva por título el primer verso de una memorable cuarteta de Juan de la Cruz: http://cesotodoydejemefb.blogspot.com/, dejando mi cuidado/ entre las azucenas olvidado, según describió el santo su envanecimiento místico.

Allí en la luz de su blog también se transforma con su encantadora señora, Beatriz Pastor Becerra (“su chica”, como dicen los cursis hoy) en la romántica y trágica pareja de Píramo y Tisbe, cantada por Ovidio, y que inspiró el Romeo y Julieta del gran dramaturgo inglés, la historia de Basilio y Quiteria de la segunda parte del Quijote y un largo romance de Góngora. En ese blog encontrará el lector curioso otros análisis de Persianas, pero también agudas reflexiones sobre nuestro lenguaje, y ecuánimes críticas de obras ajenas.

 Oportunísima novela. No cierro su persiana de estilo alicantino, amarilla o verde, tan parecida a la franqueza bondadosa y a la parsimonia artesana de su dueño.

 

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17/11/2019 12:45 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

AUTOESTOP GALÁCTICO

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Douglas Adams imagina un planeta de inteligencias superavanzadas y especializadas en la construcción de planetas artificiales. Construyen un megaordenador, una superinteligencia del tamaño de una ciudad y capaz de calcular el número de átomos de una galaxia. Y le preguntan cuál es el sentido de la vida.

El maquinón dice que es un problema difícil, para resolverlo necesita cinco mil millones de años. Para resolverlo la computadora diseña una máquina orgánica más poderosa que ella misma: el planeta Tierra. Pero cuando la Tierra estaba punto de resolver el problema del sentido de la vida, los vogones la destruyen para construir una autopista galáctica. No hay lugar para las protestas. El proyecto habíase publicado en el Boletín Oficial de la Galaxia y el plazo de alegaciones y recursos contra la construcción de la Autovía había prescrito.

El autor de esta fábula incluye a un presidente de la galaxia cuya única misión es ofrecer espectáculo, o sea distraer la atención del público de los verdaderos poderes. Nada que no estemos viendo ya.  Otro de sus personajes es un robot maníaco depresivo.

En la historia reciente de la literatura Douglas Adams pasa por ateo redomado, en su Guía del Autoestopista Galáctico parece apostar seriamente por la superioridad de la inteligencia del ratón y del delfín respecto de la humana.

Sus diálogos rozan lo surreal. Una sátira y una humorada fantástica e inverosímil bajo el disfraz de la ficción científica.

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24/07/2019 11:08 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

SE NOS EXTRAVIÓ JOSÉ LUIS BUENDÍA

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José Luis Buendía escogió el título de Extravíos para su colección de artículos periodísticos. Ensayitos de hondura como pase natural bien dado, de Manzanares o de Finito, periodismo de ideas al hilo de la Actualidad pero sin caer ni en su estrés ni en su idolatría, en los que atiende a “lo que pasa en la calle” desde una perspectiva humanista, esto es, ecuménica, nada provinciana ni pueblerina, universal, atenta, entrañada y comprometida en la inalienable dignidad humana, que no se sustenta en lo que el hombre es sino en sus posibilidades, en lo que puede y debe llegar a ser. Grande fue su humanidad facunda, fecunda, docente, civilizadora y letrada.

 “Soy de los que piensan (…) que la cultura es uno de los pocos vehículos con los que cuenta la condición humana para afianzarse como tal, especializando su condición pensante respecto a la de otros semovientes (…). Me sumo a la idea humanista de que el pensamiento, bien adiestrado por el riego cultural, nos hace más libres y dignos, a la par que reafirmo el viejo axioma liberal de que las ideas, por el mero hecho de serlo, no delinquen, por lo que no tiene sentido que ningún poder desde la sombra trate de pastorearlas en ninguna dirección, ya que, cualquiera que se tomara, serviría mejor a los intereses de ese poder que las guía, antes que al desarrollo integral de la persona”.

 “Desarrollo integral de la persona”. Esto recuerda mucho la idea de Democracia de María Zambrano: aquella sociedad en la cual no sólo está permitido, sino exigido, el ser persona. Pero lo viviente -y las sociedades son cosa viva- nunca se actualiza del todo. Gran persona, José Luis, enredado, extraviado y aventurado en el esfuerzo de llegar a ser él mismo.

Como liberal, José Luis Buendía critica el interés de los gobiernos por dirigir la cultura (ese “lujo al que se viste de harapos”), creando ministerios específicos, delegaciones, negociados, concejalías o institutos ad hoc, para usarlos con el único fin de mantener clientelas y colocar nepotes, contratando y subvencionando a ideólogos sectarios, escritorzuelos de cuarto de baño, artistas de poco monta y estómagos agradecidos que ven en esta oportunidad de subirse al carro de los que mandan la solución a sus frustraciones personales. Cultura piramidal y tutelada que produce cantidades ingentes de publicaciones que nadie lee o proyectos costosamente estériles.

Como amigo, José Luis tuvo la amabilidad de dedicarme su libro de 1999 con unas palabras cariñosas de reconocimiento a mis escritos filosóficos, donde agradece su claridad. En su prólogo señala el título escogido, Extravíos, en referencia no sólo a sus meditaciones como posible desorden de un caminar sin orientación fija (afectación de humildad), sino al extravío de estas tierras, Jaén y Andalucía, “que nos han llevado a ocupar un lugar muy diferente al que por justicia nos corresponde”.

Echo de menos en el libro un índice con los títulos de los artículos. Su temática es tan variada como los hechos que comenta. Con prosa culta pero no pedante, algo barroca como candelabro semanasantero, fija José Luis su atención sobre todo en las víctimas, en los humildes, en las personas de corazón limpio, como en esa camarera con nombre de flor, en ese cándido y laborioso Rafalito, un tanto disminuido en lo intelectual, pero que porta agua y escalera en las procesiones de Semana Santa, sintiéndose útil a la comunidad, como Cireneo ayudando al Salvador con la cruz…, o en ese soldado que se vuelve loco y dispara a sus compañeros, o en ese médico “especialista en humanidad”, o en esas seis prostitutas que se hacen cargo de los seis niños abandonados por su madre, relato verdadero.

Una prosa fundamentalmente poética, plena de referencias literarias, mas tan bien enraizada en las honduras del cantar popular, que tanto gustaba a José Luis como la tauromaquia. Así refiere a los cantaores y guitarristas flamencos, a “estas músicas sin parangón, bañadas de soles atávicos y metidas, como un avispero, en las venas de razas muy distintas”. O describe a Rosario (Charo) López desgranando una bulería por soleá: “No debía de quererte”, “como un torero que confirmara la alternativa de su pena en la plaza de las emociones ajenas”… “De esa catarsis abrasadora, sólo podrá redimirnos el rejonazo certero de otro cante”.

El timbre de estos excelentes y cuidados escritos es intensamente emocional. Y ello me conmueve tanto como la grata reminiscencia de la persona a la que conocí y a la que debo muchos buenos ratos. Corresponsal fiel,  José Luis fue responsable del excelente proyecto que se llevó a cabo por medio de suplementos semanales, el de una Enciclopedia de Andalucía que es obra de referencia hoy en cualquier buena biblioteca pública. Le debo agradecimiento por lo bien que allí me trató cuando empezaba yo a publicar sátiras, cuentecillos, poemas y manuales educativos.

Ahora que nos falta, recuerdo su gesto, su humor, su enfervorizada protesta en el coso de San Nicasio, al que siempre acudía en los festejos de la feria de San Miguel, su reparo por la baja calidad del ganado bravo: ¡cabras desmochadas!, gritaba, respetuoso siempre con los toreros (¡ponte tú!), gran conocedor de las suertes, sobre las que escribió en abundancia.

Añoro su papel de patriarca de las letras cuando profes de todas las provincias nos juntábamos en el tórrido Jaén para corregir exámenes de Selectividad y él encargaba la comida –recia y bien regada- en un castizo restaurante de la capital del Santo Reino, solidario con los maestros de Instituto de Secundaria, aun siendo él de Universidad. Lo recuerdo asociado al recuerdo de Ramón Poblaciones, que además de profesor de literatura y padre ejemplar debutó como novillero, y al de la también fallecida Carmen Orzáez con la que compartí mesa y mantel en Villacarrillo durante dos o tres cursos de feliz diáspora.

Fue en una de aquella "ligaíllas" que echamos en Úbeda o Jaén, no lo sé, seguramente con nuestro común amigo Rafael Bellón Zurita, cronista de Úbeda, cuando José Luis me contó una de sus experiencias, que me sirvió luego para componer un cuento integrado en Criaturas de luz de luna. La experiencia de ese intelectual insobornable al que un politicastro pueblerino, antiguo condiscípulo, invita a dar una conferencia en su pueblo natal, pero se olvida de publicitarla o de buscar público atento y, a última hora, conduce a la “Casa de cultura” a los habitantes de un siquiátrico.

Por ninguna cosa se ha de llorar, dijo el filósofo, si no es por la pérdida del amigo, porque todas las otras cosas están "en las arcas" (digamos hoy en los supermercados) y sólo el amigo mora en las entrañas. Se nos fue José Luis, pero dejó rastro, pisada, traza, reliquia, prosa lírica, como su hermoso homenaje a Juan de la Cruz.

Además de sus Extravíos me queda el desgarrón de su ausencia, su gesto de buena persona, sus hábitos de tolerancia propios de gran conversador, su sensibilidad romántica y un tanto trágica como el mejor cande jondo, su fina melancolía y sus cartas, a las que –si Dios me da fuerzas y tiempo- volveré algún día para convertirlas en símbolo y señal de perenne solidaridad en la luz de los buenos sentimientos.

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08/07/2019 09:39 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.


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