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Astucia de los animales

Astucia de los animales

(Mi amiga Encarnación Lorenzo me regaló una preciosa edición de Plutarco -Akal/Clásica, Madrid, 2005- que contiene las Vidas de los diez oradores, Sobre la astucia de los animales y Sobre los ríos. Por ésta y por muchas otras delicadezas que tiene conmigo, le dedico este breve comentario a la segunda de las obras plutarqueas citadas arriba.)

¿Podemos atribuir razón o inteligencia a los animales? Los estoicos lo negaban. Plutarco polemiza con ellos en su diálogo De sollertia animalium escrito juvenil, tal vez realizado entre el 70 y el 80 después de Cristo.

Quienes defienden en el diálogo las posiciones del autor ponen multitud de ejemplos de comportamientos animales que son incomprensibles si no se supone en ellos razón y hasta virtud. En las hormigas, como en una gota de agua clara, se ve la imagen de un comportamiento natural pero noble: en su sociabilidad, en su carácter amante del trabajo, en el modo en que tratan a sus muertos. Recoge Plutarco la observación correcta de cómo se comen el germen del trigo para evitar su germinación en la despensa del hormiguero y conservar así su valor como alimento. “Su noción de anticipación a la germinación del trigo va más allá de toda concepción de inteligencia”.

De lo más pequeño a lo más grande: los elefantes. Todo el mundo se maravilla de cómo el elefante, tras el aprendizaje y la instrucción, exhibe en los teatros formas y variaciones de sus actividades, cuya variedad y complejidad no es fácil de memorizar y retener ni siquiera para los hombres que los practican.

Refiere también el tópico que cita Crisipo, del perro capaz de una inferencia disyuntiva del tipo: ((A v B) & ¬A) -> B, cuando sigue a su dueño o a una fiera, y elimina la alternativa para escoger el camino correcto en una encrucijada… Son innumerables los ejemplos que cita de lealtad e inteligencia de los perros, los cuales “se purgan a sí mismos produciendo bilis con cierta clase de hierba” (a los míos les encanta la grama).

Resulta interesante constatar cómo Plutarco cita el caso de ballenas que perecen extraviadas encallando en tierra. Lo atribuye a la muerte del pez-guía, una especie de gobio al que la gran ballena respeta y sigue en todo momento…

Y es que los animales del mar también son astutos e inteligentes, no por otro motivo “lo iniciados en los misterios de Eleusis veneran al salmonete”. Y sólo el delfín, además de otras virtudes, tiene aquella que ansían los más grandes filósofos: la amistad sin conveniencia.

Cuenta que Odiseo tenía un delfín grabado en su escudo, porque su hijo Telémaco, tras caer de chico en la parte profunda del mar cerca de la orilla, fue salvado por unos delfines que lo recogieron y lo devolvieron a la superficie.

Nerópolis

Nerópolis

Se piensa mal con la barriga vacía, pero tampoco se comprende muy bien cuando está demasiado llena. La penuria económica condena el conocimiento a la miseria, sin embargo pasa lo mismo con la opulencia: ‘después de comer, ni una carta leer’. Las comilonas lastran el vuelo del pensamiento... Las épocas de miseria material no favorecen  los avances del saber y las ciencias; pero el lujo y el hartazgo sólo engordan una curiosidad malsana y estéril.

Algunas relaciones se repiten en la historia como constantes que hacen pensar que los dioses han repartido la misma harina por todas partes, con la que cada pueblo y cada época amasan panes diferentes. Aunque los bollos y las roscas sean distintos, están hechos de la misma masa, porque los hombres son bastante parecidos en todos los tiempos y en todas partes. Hoy se exagera la influencia del medio, sobre todo la llamada “ideología de género”, pero la naturaleza tiene mucho más peso del que se cree en nosotros y en nosotras mismas.

Leyendo las completísima reconstrucción de la Roma de Nerón que hizo Hubert Monteilhet en su Nerópolis (1984), uno creería que aquellos personajes y modos son nuestros contemporáneos. Nerón vive. Desde luego, si aquellos primeros cristianos hubieran sabido que, diecinueve siglos después, Nerón volvería con unos medios y una determinación mayores y a escala planetaria a un mundo en el que el mensaje de Jesús había sido anunciado por todas partes, lo habrían considerado como un probable signo de que el fin del mundo estaría próximo. Si les hubieran dicho que nuevos Nerones incendiarios jugarían con los átomos de Epicuro y de Lucrecio, habrían considerado ya inminente el Apocalipsis. Pero si se les hubiera explicado que, después de dos mil años de sujeción y dispersión, los judíos volverían a su tierra para construir con las armas en la mano un Estado independiente, entonces tendrían por seguro el final de los tiempos.

A Pedro y Pablo les hubiera parecido inverosímil que durante mil novecientos años dominaran y se difundieran las ideas y creencias cristianas... Sabían que el pueblo renuncia  muy difícilmente a la exposición y la venta pública de niños, la libertad de divorcio y sodomía, a los juegos pornográficos y violentos, al culto de guías divinizados y dioses ambivalentes, o al placer de exterminar a las minorías que el monstruo frío de la razón de Estado, sobre todo en tiempos de penuria, designa como chivos expiatorios para su venganza.

Hoy como ayer se repiten parecidas ilusiones, desesperaciones, incertidumbres, ansias de maravillas extraterrestres y de milagros, abducciones a los cielos, mezcladas con el espectáculo incesante de los reales infiernos de aquí abajo. Pan y circo: feroz deseo de salvación, evasión o narcótico. Inmigración incontrolable, crecimiento vertical de los barrios populares, mientras los señores abandonan el lupanar de Roma para retirarse a villas más tranquilas y dignos espacios campestres en que poder meditar, como sénecas, sobre la vanidad de los placeres de este mundo, después de saciarse de todos. Nerón toca la cítara, rodeado por una plebe a la que halaga, juerguista y vociferante, de oportunistas y libertos insolentes, mirados con ojeriza por una aristocracia afligida, estoica y decadente...

Parecida repugnancia de los intransigentes, los fundamentalistas del dios sin imágenes, ante la mediática babel, la babilónica metrópolis global y monstruosa. La holgazanería ya incurable de una Roma invadida por la cigarras, exigiendo subsidio y diversión constante de un Estado providente, tiranizado por la megalomanía del príncipe. La miseria de la muchedumbre de esclavos fabricando baratijas en Corea, China o Singapur, o concentrándose en inmensos suburbios de basuras. El número creciente de prostitutas y prostitutos de todas clases, edades, especialidades y condiciones. La obscenidad y la sangrienta violencia reproduciéndose, como en los munera de los circos y anfitreatos, sólo que más "virtualmente". La brutalidad y la política, próxima a los deportistas y mercenarios, esos gladiadores modernos. La lujuriosa y cruel vulgaridad de los espectáculos públicos.

Sin duda, para que la analogía sea completa, los políticos modernos todavía deben aprender mucho de los métodos de Nerón, quien, tanto por íntima convicción como por calculada demagogia, llevó hasta un grado nunca visto todos los vicios de Sodoma y Gomorra. El programa era simple: hacer disfrutar al pueblo por cualquier medio sin el menor pudor, embrutecerlo a base de placeres incesantes, vaciarlo de sensibilidad y pensamiento, manteniendo así la paz y la tranquilidad al mínimo coste.

Tranquilos. Nosotros somos más delicados. Apreciamos mucho más un accidente de impacto o una boda principesca que una ejecución artística y una degollina escénica. ¡Aún nos quedan restos de escrúpulos cristianos! Menos mal que se debilitan rápidamente. Por desgracia, a medida que perdemos ilusiones se nos va contagiando esa enfermedad que estuvo de moda en el tiempo de los Claudios: el taedium vitae, ese hastío de la vida que se apodera de repente de un enamorado desengañado, un estudiante fracasado, un ama de casa maltratada, un vividor arruinado o un misántropo incurable. El mismo afán de lucro o de consumo expresa esa desesperación: comprar por puro aburrimiento.

La locura de la moral, los abusos de las reglas, las exageraciones del puritanismo, están siendo sustituidos rápidamente por el espectáculo del artista histérico. El mundo se agota en un éxtasis orgiástico y ruidoso, sin enriquecerse ya con nuevas vidas por falta de savia y generosidad. Se diría que la historia tiene leyes que limitan sus esperanzas. De hecho, cuanto más se refina una civilización, menos hijos alumbra. Los pueblos más prolíferos son siempre los más primitivos. Es como si tuviéramos que elegir entre la exquisita pederastia platónica y el machismo infantil y fanático. Es fácil entender que las cosas tengan que ser así. Si hacemos un cálculo racional, es evidente que los hijos traen más preocupaciones y disgustos que satisfacciones, de manera que, o bien se tienen por instinto, o sea por ignorancia, o bien por patriotismo, o por motivos religiosos. Cuando el sacrificio pierde su valor, el bloqueo del crecimiento demográfico es inevitable. No se traen razonablemente niños al mundo, salvo si se mira más allá del placer para defender causas que sobrepasen al individuo. Pero los Medios Masivos de Comunicación repiten una y otra vez que, más allá del individuo, no hay nada.

Es dulce el encanto del ocaso, aunque los días de Roma estén contados. Tarde o temprano, los bárbaros impondrán sus brutales instintos, por razón de su mismo número. Serán más y sus instintos se conservan son fuertes y sus ambiciones intactas. 

Soy un extraño bucle

Soy un extraño bucle

Yo soy un extraño bucle. Tusquets, Barcelona, 2008.

El libro de Douglas R. Hofstadter promete más de lo que da, pero a cambio da lo que no promete. Se presenta como la obra definitiva del autor de Gödel, Escher, Bach, pero no deja de ser un epílogo ameno de aquella increíble caja de juegos y de sorpresas que sacaba punta a las paradojas de toda la vida filosófica, con la maquinilla de hacer punta de los teoremas de Gödel, los descubrimientos de las neurociencias, los modelos algorítmicos de las máquinas de Turing, la revolución de la lógica simbólica, la semántica de Tarski, las definiciones recursivas… todo ello adornado con los perturbadores iconos de Escher y ambientado con las maravillosas fugas de Bach: series armónicas infinitas, sin repetición, representaciones que contienen su propio patrón reproductivo y diversificador...

El segundo libro ya fue anunciado en algunos epígrafes del primero, donde se apuntaba a una explicación “no espiritualista” de la conciencia, a la conciencia como “propiedad” de un sistema, el formado por las interacciones neurales del cerebro, por sus enmarañadas recursividades. El yo ya aparecía allí como un símbolo complejo o un subsistema separado, una constelación de símbolos. El subsistema-yo ha de contar con símbolos de símbolos, y símbolos de las acciones que cumplen los símbolos. Funciona como monitor de la actividad cerebral. El autor define los símbolos como entes neurológicos asociados a conceptos, patrones de activación cerebral.

El yo aparece aquí como “un tipo peculiar de bucle abstracto autobloqueado”. Mediante muchos tipos de abstracción, de elaboración de analogías, razonamiento y a través de largas cadenas de citas de toda clase de autoridades (lo que constituye para Hofstadter un pilar indispensable del sistema de creencias de cualquier adulto), construimos un intrincado e interrelacionado conjunto de creencias sobre lo que existe “ahí fuera”; y después, ese conjunto de creencias da un giro y se aplica a sí mismo…

Pero el último libro de Hofstadter da también lo que no promete: una bella y trágica historia de amor como ilustración de la posibilidad real de entrelazamiento y fusión de almas. Sí, el autor cuestiona el dogma: “un cuerpo, un alma” y se sirve para ello de su propia experiencia: su relación con Carol, que falleció trágica y repentinamente en diciembre de 1993.

Para Hofstadter, una persona no es sólo un punto de vista físico, sino el punto de vista de una psique: un conjunto de explosivas asociaciones emergiendo de un enorme banco de recuerdos, pero, lo que es más misterioso aún: con el tiempo ese punto de vista puede ser gradualmente asimilado por alguien más. La mente humana puede ver las otras como las vería otra mente, incluso una mente no-humana, por ejemplo la de una mascota. Estoy bastante de acuerdo con el autor en que la empatía es “la más admirable virtud de la humanidad”, aunque él sólo la admire como un subproducto de la universalidad representacional de la mente.

Por decirlo de otro modo: la consciencia es algo distribuido y la unidad del alma no es más que una ilusión. Nuestras identidades son borrosas. Vivimos unos en otros. Lo singular de nuestra especie ya lo percibió Turing: nuestras máquinas representacionales, nuestros cerebros, son lo suficientemente complejas como para leer e interpretar un conjunto de datos que describen su propia estructura. No sólo crean significado mediante analogías referidas a sucesos externos, sino también interiorizan esas analogías. Esto proyecta nuestra capacidad representacional, isomórfica, hasta el infinito, como un extraño bucle fractal. Un isomorfismo no es más que una analogía formalizada y estricta. Nosotros somos una máquina analógica, una máquina que puede imitar a cualquier otra.

Lo que impregna de extrañeza el bucle que somos es el salto ascendente que va de estímulos en bruto a símbolos. En todo bucle extraño que da origen a una identidad humana, los actos de percepción, abstracción y categorización, todos los cuales comportan saltos de nivel, son componentes fundamentales e indispensables. La forma global (Gestalt) que representa a la propia identidad es percibida de un modo altamente subjetivo a través de procesos activos de categorización, repetición mental, reflexión, confrontación de hipótesis, comparación y juicio.

En algún momento de su evolución, nuestra especie cruzó ese umbral mágico de la universalidad representacional cuando un repertorio de símbolos de un sistema se hace ilimitadamente extensible o, “un sistema de categorías se volvió arbitrariamente extensible”. Por eso somos capaces de modelar dentro de nosotros mismos toscos modelos de otros seres, refinándolos con el tiempo, e incluso somos capaces de inventar seres imaginarios. Una vez superado ese umbral mágico, los seres universales adquirimos una insaciable ansia de conocer las interioridades de otros seres universales. La gente anhela meterse en la cabeza de otras personas, “mirar el mundo” desde otros ojos, fagocitar las experiencias de sus semejantes. De modo que nuestro cerebro está poblado hasta cierto punto de otros yos.

Hofstadter arremete justificadamente contra los egos cartesianos, indivisibles, indisolubles, consciente de que “una enorme red de convenciones lingüísticas y culturales insiste subliminalmente en que somos una única persona”, oponiéndose dicho prejuicio “a que imaginemos cualquier tipo de mezcla, superposición o uso compartido de almas”. Se da la paradoja de que aunque sea la cosa más valiosa que poseemos, el yo no pueda explicarse más que como una alucinación en que se amalgaman otredades… Algunas analogías, de las muchas de que se vale el autor, resultan brillantes, incluso poéticas:

“Somos curiosos collages, extraños planetoides que crecen acumulando costumbres, ideas, estilos, tics, frases, bromas, melodías, esperanzas y temores de otras personas como si fuesen meteoritos que llegaran del espacio exterior, colisionaran con nosotros y se quedasen adheridos. Lo que al principio es un gesto artificial y ajeno, poco a poco se va fundiendo en nuestro propio ‘yo’ como la cera se derrite al sol, y gradualmente se convierte en parte de nosotros como si siempre hubiera sido así (aunque la persona de la que proviene lo haya tomado prestado, a su vez, de un tercero). A pesar de que mi metáfora del meteorito pueda sonar como que somos víctimas de un bombardeo aleatorio, no pretendo decir que absorbamos todo gesto que llegue a la superficie de nuestra esfera; somos muy selectivos y asimilamos sólo los rasgos que codiciamos o admiramos, pero incluso nuestra selectividad se ve influida a lo largo del tiempo por lo que hemos llegado a ser como resultado de nuestras reiteradas asimilaciones. Y lo que una vez estuvo en la superficie acaba enterrado como una ruina romana, cada vez más cerca de ese núcleo nuestro cuyo radio sigue creciendo”.

Como no podía ser de otro modo, Hofstadter combate el dualismo psico-somático, tan arraigado entre nosotros desde los tiempos de Pitágoras. La cuestión del alma no es del tipo todo o nada, sino cuestión de grado. Un mosquito tiene poca o ninguna consciencia. Los sistemas de representación muy pequeños no pueden permitirse el lujo de representarse a sí mismos. Sin embargo tienen alma en mayor o menor medida nuestros semejantes (o análogos) y, desde luego, los animales superiores. El alma no está allí dada desde el huevo, “toma carta de naturaleza de forma lenta, a lo largo de años de desarrollo”. Hofstadter alude intensamente a la importancia de la memoria y de la imaginación, “la interiorización de nuestros deseos, voluntades y aspiraciones” en la constitución de este autosímbolo que es el “yo”, pero -a mi juicio- no desarrolla suficientemente esta idea, ni tampoco el papel de conceptos como bueno y malo, o de emociones como el orgullo y la culpa en la construcción de ese “extraño bucle de autorrepresentación” (cfr. pgs. 228-229).

Es la física lo que nos hace ser lo que somos. Y son las neuronas lo principal de la base física de nuestra mente, de “esa masa vacilante de temores y sueños”. Sin embargo, “el nivel microscópico puede ser –o, más bien, es casi con seguridad- inadecuado a la hora de analizar el cerebro si lo que tratamos de explicar son fenómenos tan enormemente abstractos como los conceptos, las ideas, los prototipos, los estereotipos, las analogías, la abstracción, el hecho de recordar, olvidar, confundir o comparar, la creatividad, la consciencia, la simpatía, la empatía, y así sucesivamente”. “Una criatura capaz de pensar no sabe prácticamente nada del sustrato que hace posible el pensamiento y, sin embargo, lo sabe todo acerca de su interpretación simbólica del mundo y conoce muy íntimamente algo que denomina el ‘yo’”.

Esto implica que somos conscientes de nuestros cerebros en términos no físicos, mentalistas [por qué no "metafísicos"], en términos de deseos y creencias, por ejemplo, mucho antes de que podamos serlo (como neurólogos o estudiantes de neurología) en términos neurológicos de bajo nivel.

Corolario: los humanos hemos evolucionado para percibirnos y describirnos a nosotros mismos desde una perspectiva mentalista, por eso conceptos mentalistas como “creencia”, “esperanza”, “culpa” o “envidia” surgieron miles de años antes de que ningún ser humano se planteara asociarlos a patrones recurrentes y reconocibles en un sustrato físico: el cerebro viviente. A este fenómeno, el autor le llama causalidad descendente, cuyo principio sería: “la forma más eficiente –y en casi todos los casos, más real- de razonar sobre cerebros que albergan símbolos es pensar que las microentidades que hay en ellos son impulsadas por las ideas y los deseos, y no al revés”.

En definitiva, “las propiedades mentales del cerebro no residen al nivel de un único constituyente diminuto, sino al de vastos patrones abstractos en los que intervienen esos constituyentes”. Para Hofstadter -y esto es muy importante porque hace posible la "ilusión" de la libertad- el conocimiento consciente funciona como un agente causal muy real, en el que la potencia causal de ideas e ideales resulta tan real como la de una molécula. Lo que sucede es que cada nivel de descripción –el microscópico y el abstracto- poseen una utilidad distinta.

El mundo macroscópico que experimentamos los humanos es una intrincada combinación de sucesos desde lo más predecible a lo más inesperado. Nos familiarizamos con ese espectro y el grado de predecibilidad se convierte en una segunda naturaleza. Esto sería imposible si los patrones formados por miles o millones de disparos neuronales no poseyeran propiedades de representación que nos permiten registrar y recordar lo que ocurre en el exterior del cráneo. Esta interiorización de los sucesos exteriores mediante patrones simbólicos es un suceso extraordinario, pero ha surgido de la presión evolutiva. Nosotros mismos somos unos enormes epifenómenos de la evolución y recursión sobre sí mismos de esos patrones.

Para esas entidades llamadas “yos” que funcionan como sistemas dotados de bucles de realimentación cada vez más sofisticados y sutiles, el lenguaje teleológico o intencional no sólo se hace indispensable, sino que, además, dejamos de considerar cualquier otra perspectiva. La teleología llega así a dominar nuestra visión del mundo.

Por suerte, el libro de Hofstadter cuenta con lo que no suelen lo tratados filosóficos o científicos hispanos, con un cuidado índice onomástico y analítico, que hace fácil la consulta y el estudio.

El nazi y el judío

El nazi y el judío

In memoriam Eduardo Ruiz Jarén

 

Me he estremecido al redescubrir -¿por casualidad?- un artículo del recientemente fallecido Eduardo Ruiz Jarén, publicado en ALFA nº 21 (dic. 2007): “Heidegger y Lévinas: dos filosofías, un mismo talante filosófico”. Es un artículo denso, en el que Eduardo resume, con su probada maestría pedagógica, las relaciones entre las filosofías de Heidegger y de Lévinas.

El alemán fue profesor del lituano en Friburgo. Y Lévinas leyó apasionadamente Ser y Tiempo, la primera y más influyente obra de Heidegger. Le subyugó sobre todo la superación heideggeriana de concepciones intelectualistas (racionalismo y empirismo) para aterrizar, desde la analítica del Dasein, en la descripción de la existencia cotidiana. Como dijo Ortega en 1930: “… en Heidegger la filosofía visita a domicilio”.

Pero Lévinas caló Sein und Zeit hasta su terrorífico fondo: la creación -sobrehumana o seudohumana, según se mire- del Dasein. Para Lévinas, la ontología contenida allí representa el final de la epopeya moderna de la subjetividad, marcada por el primado de la autonomía sobre la alteridad heterónoma: el fin de la egolatría ilustrada que, como Narciso en el trágico espejo del torrente, se complace en la mismidad, reduciendo todo lo demás a extranjería.

Esa subjetividad hipertrofiada del “yo pienso”, que cree construirse en libérrimo aislamiento, recurre en Heidegger a lo Neutro en su generalidad, como una razón que reduce a su poder al otro, mediante apropiación. Desaparece así la singularidad individual, la diferencia irreductible del prójimo, mientras enfatiza el vínculo con el paisaje convertido en patria.

Para el judío Lévinas, el hecho de la culpabilidad, o de la mala conciencia al menos, delata que otro tipo de filosofía es posible. Heidegger subordina al Ser la libertad del hombre, del ahí del Ser. Lévinas en De otro modo que ser o más allá de la esencia expondrá la anterioridad absoluta en el humano de una exigencia ética que testimonia la presencia en nosotros de la idea de Infinito. Así, Lévinas opone al ‘esse’ metafísico el ‘des-intéressement’: desinterés más allá del ser que traduce la prioridad en el hombre del cuidado del ‘uno-para-el-otro’.

El quid del contraste entre ambos filósofos está en que la fenomenología (de la que Heidegger es heredero) no puede acceder a la justicia. En Heidegger, la libertad –idéntica a la razón- precede distorsionadamente a la justicia. Para Lévinas, la justicia pondrá al Otro antes que al Mismo. El Otro ha sido anterior a mi libertad, es el Decir antes que todo dicho.

Lévinas rebatirá siempre a Heidegger el haber subordinado la existencia y su significación al dominio del Ser. Para el primero, el existente, no la existencia, el ente y no el ser, constituirán siempre la positividad fundamental que sólo será trascendida por un bien que está más allá del ser. Llevará así hasta sus últimas consecuencias una filosofía de lo concreto que no acepta amortiguar en la generalidad la singularidad de lo individual (Eduardo cita aquí la introducción de D. Gillot a Totalidad e Infinito).

Cuando Heidegger critica la orientación de la inteligencia hacia la técnica, mantiene sin embargo un régimen de poder más inhumano que la industrialización. No parece estar seguro de que el nacional-socialismo provenga de la reificación mecanicista de lo humano y que no repose sobre un enraizamiento campesino y una adoración feudal de los hombres esclavizados por los amos y señores que les guían. Triunfo de una libertad heroica basada en la dominación y crueldad pangermana, acaso más palmaria en Heidegger que en Hegel o Nietzsche.

La filosofía heideggeriana marca el apogeo de un pensamiento donde lo finito no se refiere a lo infinito, donde toda deficiencia no es sino debilidad (Nietzsche), donde se subordina la relación con lo Otro a la relación con lo Neutro que es el Ser, y desde aquí continúa la exaltación nietzscheana de la voluntad de poder (der Wille zur Macht). Una religión al revés o una ontología antirreligiosa, un ateísmo en que los textos presocráticos se convierten en anti-Escrituras: la embriaguez destructora, amenizada por los cromatismos líricos de Wagner y la poesía de Hölderlin, o la serenidad lúcida con que el filósofo contempla la cosificación extrema y la eliminación calculada, racional, de los seres humanos cosificados en Auschwitz, enfrentando así, sin sentimientos de culpa, la seducción de la barbarie. Para Lévinas, esta situación es el verdadero escenario de lo diabólico, y “lo diabólico da que pensar”.

No obstante, a pesar de su dura crítica al maestro, buena parte del armazón conceptual de Lévinas procede de él. “Heidegger es el inequívoco inspirador del Decir-dicho en Lévinas” –escribe Eduardo-, un Decir que es también escucha paciente del Otro, y respuesta a una alteridad que –en Lévinas- jamás es neutra, pues “el hombre no puede no ser responsable, no puede dejar de responder con su Decir al otro… No puede no dejarse sub-stituir por el otro y en esta substitución consiste la subjetividad misma del sujeto… Lo que llamamos ‘Alma’ es el otro en mí.” (sentencias procedentes de distintas obras, enlazadas por Eduardo).

En Lévinas la subjetividad aparece originariamente como respuesta al otro, como responsabilidad a priori por el otro. Parte importante de la psicosociología contemporánea corrobora este aserto. Por ejemplo, el descubrimiento de la genealogía de la identidad como interiorización del proceso social de comunicación (H. G. Mead).

A esto le llama Lévinas el orden de una “sensibilidad” originaria, que define la subjetividad como mera “pasividad” o pura exposición a la demanda silenciosa del otro. Esta exposición es vulnerabilidad, puesto que la mera presencia del otro ya “nos traumatiza”, y requiere el esfuerzo de imaginación de ponerse en lugar del otro. A mi juicio, la ética es imposible sin el ejercicio imaginativo de este ponerse en lugar de los demás, incluso en general, en lugar del otro generalizado que H. G. Mead identifica con la idea de Dios.

Lévinas insiste en la imposibilidad de definirnos como idénticos sin el otro. Corolario: imposibilidad del “yo pienso” sin el previo “él piensa”, “nosotros pensamos”, “nosotros hemos pensado”, “ellos pensaron”, incluso sin el “podremos seguir pensando”… Pero también plantea la prioridad de una elección por el Bien en el ‘uno-para-el-otro’ de la responsabilidad. “Es mi sustituirme por otro quien me hace otro que yo y me revela mi yo mismo”. De este modo, significar estaría, al menos al nivel del orden de la sensibilidad, antes que ser y hacerse significativo para el otro: con gestos o con decires.

El papel de la filosofía será para Lévinas la mediación, el calibrar la medida justa (eso me resulta muy socrático) entre el Decir y los dichos, entre la responsabilidad y los derechos, y se orientará como una Sabiduría del Amor. Más allá de la heideggeriana contemplación del ser en camino en la palabra, o del pastoreo y cuidado por las cosas, la sabiduría de Lévinas se propone como servicio y testimonio de un Decir en lo humano.

Tal y como el que le adeudamos a Eduardo Ruiz Jarén.

Descanse en Paz.

Argumentum ornithologicum

Argumentum ornithologicum

La lógica y la matemática contemporánea han puesto de manifiesto que entre lo finito y lo infinito hay un abismo insalvable. Partiendo de conjuntos finitos, y mediante un número finito de operaciones conjuntistas como la unión, la intersección, el producto cartesiano (llamado así en honor a Descartes) y el conjunto de las partes, sólo obtenemos de nuevo conjuntos finitos. Lo infinito es inalcanzable desde lo finito.

Tal vez Descartes no se equivocaba cuando renunciaba a explicar la idea de lo infinito como una idea "facticia" o "ficticia", "hecha" o "fabricada" por la mente a partir de la idea de lo finito... La mente que es finita no puede fabricar por sí misma ni de sí misma lo infinito. Lo infinito resulta intelectualmente tan original por lo menos como lo finito. Pero para alcanzar lo infinito hay que dar un salto mortal... Cantor dio ese salto mortal en un sentido muy distinto al que lo dio Kierkegaard. No sorprende que fuese muy distinto, el primero fue un genial matemático y el segundo fue un filósofo romántico y un teólogo existencialista. Cuando Cantor se puso a explorar lo infinito lo primero que descubrió fue que no hay un solo tipo de infinito, una sola cardinalidad infinita, sino muchos infinitos distintos. Hay infinitos numerables (biyectables en el conjunto de los números naturales) e infinitos supernumerables (no biyectables en el

conjunto de los números naturales). Cantor descubrió que el conjunto de los números reales que hay entre 0 y 1  (el continuo) no es biyectable con el conjunto de los números naturales y lo probó mediante su famosa prueba diagonal...

Estos comentarios se me ocurrieron a la vista de la cita en una cibertertulia libresca del Argumentum ornithologicum de Jorge Luis Borges:

 
"Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe" (El Hacedor, Buenos Aires 1960).

El nervio de la argumentación es una reducción al absurdo culminada en una inferencia de la alternativa, que seguramente hubieran hecho las delicias de Gödel.
Sean las proposiciones; X, Y, D, con la siguiente interpretación:
 
X: Veo un número de pájaros
Y: Dicho número es definido
D: Dios existe

y sea el absurdo lógico Z & ¬Z

El impecable esquema del "argumento ornitológico" podría ser:

1. X
2. X -> (Y v ¬ Y)
3. D -> Y
4. ¬ D -> ¬ Y
5. ¬ Y -> (Z & ¬ Z)
6. ¬ ¬ Y    Reducción del absurdo de 5
7. ¬ ¬ D   Modus tollendo tollens (4,6) 
=> D  Simplificación de la doble negación (7)
 

 A mi juicio, la objeción semántica fundamental al "argumento ornitológico" sería la de si es posible ver un número de pájaros sin saber si es definido o indefinido. Sin embargo, la proposición negativa borgiana "no sé cuántos pájaros vi", involucra la suposición de que tenía que ser un conjunto numerable. No obstante, la posibilidad de que fuera un conjunto supernumerable, ¡también conduce a la suposición de la existencia de lo infinito!


No deja de resultar paradójico que la posibilidad de una determinación finita de cualquier evento dependa de la sapiencia infinita de la divinidad.

Sofistas y charlatanes

Sofistas y charlatanes

Los sofistas modernos reducen el pensamiento a un instrumento de la vida. La filosofía a una esclava de las pasiones y de los deseos, aún de los más obscuros deseos; la inteligencia a una sierva de los instintos, incluso de los más bajos instintos.

Relativismo y Escepticismo se han tragado a Criterio. Ya no contamos con regla para distinguir al genio del farsante, al sabio del ocurrente, al erudito del experto en ciencias inútiles y sin objeto. De hecho, la clave de la sofística y de la charlatanería está en la renuncia a todo criterio, incluido el criterio de no contradicción, bajo el "solidario" dictamen de que todas las opiniones valen lo mismo, incluida la opinión, claro, de que ninguna vale nada.

La sofística sólo acabará salvando el criterio del oportunismo político y el sentido de la ocasión oportunista, es decir, la retórica del ombligo: se trata de acumular audiencia, poder y éxito. Se trata de ganar las próximas elecciones. Los charlatanes del ombligo (onfalocracia demagógica) campan por sus respetos. Saben de todo, pero no han tenido tiempo para ocuparse de verdad en nada. Se dispersan. Cotorras del ombligo, del corazón y del c. de la Bernarda, cuyos churretes, pues son churreteros/as, manchan el papel couché y empañan con amenazas e insultos los programas de máxima audiencia, en los que gayos desvergonzados dirigen la orquesta del narcisismo plebeyo. Nietzsche nunca hubiera imaginado que ésta sería en verdad la "gaya ciencia" orquestada por el locuterismo cotidiano: una razón al servicio del glamour o la gloria mundana, instanteneísta, gloria de usar y tirar, o sea, fama efímera, idolatría de masas.

Como en la Atenas de Pericles, la primera generación de sofistas, compuesta por pedagogos eminentes como Protágoras, embajadores agudos como Gorgias, gramáticos sofisticados como Pródico, ha dejado paso a una segunda generación de asesores, consultores, timadores, difamadores, medradores, conjuradores, brujas, chamarileros y parásitos varios, que viven del cuento. La instrumentación de la vanidad del lenguaje se ha transformado en el lenguaje de la vanidad. Pu(r)a cosmética.

Según Platón, a la cosmética y la sofística, Sócrates opuso la ética y la justicia; a la retórica del insulto o el halago, Sócrates opuso la dialéctica racional que busca, entre amigos, el mutuo entendimiento sobre qué conviene saber y, sobre todo, qué conviene hacer con el saber. Pero Sócrates y los sofistas estuvieron más de acuerdo de lo que parece. Tal vez compartieron una concepción materialista y mecanicista de la naturaleza y, desde luego, todos -incluido Platón- creyeron que los seres humanos podíamos educarnos y mejorarnos a través de un uso razonable y educado del lenguaje.

Aprendí a apreciar a los sofistas (a los de primera generación) a partir del estudio de un magnífico libro editado por el Departamento de Historia de la Filosofía de la Universidad de Valencia, bajo la dirección del fallecido (1995) Fernando Montero: Sócrates y los sofistas, escrito por Neus Campillo Iborra y Serafín Vegas González (Valencia 1976).

Todo lo que merece ser conservado en la actualidad: arte, técnica, ciencia, democracia... se lo debemos a los griegos antiguos. Y todo lo que se ha salido de madre y de quicio, incluido el uso del lenguaje, del que abusamos constantemente, requiere una corrección metafísica, incluso una dieta de silencio.

Hoy como entonces, la ética exige que nos opongamos a los deseos de la mayoría para no apartarnos de lo justo. La democracia siempre requiere esta corrección aristocrática (me refiero a una aristocracia del espíritu, claro), esta crítica intelectual, si no quiere volverse tiranía de la canalla y triunfo del sensualismo grosero. Embaucada por publicistas y demagogos, a la canalla le importa un bledo la perfección del alma.  Y Sócrates, ya lo sabemos, no se preocupa por otra cosa ni con tanto afán.

Una generación basta para olvidar la angelical ambición del alma y reventar el ideal aristocrático de la virtud y la excelencia (areté). Restaurar un norte de perfección y justicia para la grey humana llevará todo el tiempo. Por eso Sócrates sigue exhortándonos a que no nos ocupemos tanto del cuerpo y de los bienes, antes que de la perfección de la mente, pues "no sale de las riquezas la virtud para los hombres, sino de la virtud, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los públicos" (Apología de Sócrates 29-30).

Resulta muy difícil mantener en escuelas, institutos y universidades, este ideal de educación y cultura, mientras los Media prueban con toda riqueza de detalles lo rentable que resulta la explotación de la vanidad y el vicio, al que se llama "enfermedad" no por piedad o compasión, sino por clínico prurito.

 

 

La ruta apasionada de Aleixandre

La ruta apasionada de Aleixandre

En el año 77, con motivo de la concesión del premio Nobel que le había sido otorgado, un periodista preguntó a Vicente Aleixandre por el surrealismo de su poesía... “lo surreal en mi poesía... No sé. Yo he dicho siempre que no soy un poeta surrealista. Para empezar, no creo en el dogma de la escritura automática que propiciaba el movimiento. Ahora bien, si se amplía mucho el término, quizá tenga que admitir que no me sea del todo ajeno. Sí pueden ser aceptados como surrealistas libros como Mundo a solas, Pasión de la tierra, Espadas como labios y algún otro. El surrealismo pudo significar el nacimiento de una actitud distinta a la que había en mi primer libro, Ámbito...”

          Vicente Aleixandre viajó a París precisamente en el momento en que se estaba fraguando el movimiento surrealista, cuyo manifiesto publicó Breton en 1924. Pasión de la tierra incluye poemas de 1928-29, Espadas como labios de 1930-31, Mundo a solas de 1934-1936. Son muchos los poemas de estos libros que tratan del amor. Mencionaré aquellos en cuyos títulos aparece la palabra “amor”: en Pasión de la tierra: “El amor no es relieve”, “Hacia el amor sin destino”, “El amor padecido”; en Espadas como labios: “El más bello amor”, “Poema de amor”; en Mundo a solas: “Bulto sin amor”, “Al amor”, “Filo del amor”, “Tormento del amor”.

          El poema “El amor no es relieve” comienza con una declaración en prosa poética: “Tu compañía es un abecedario. Me acabaré sin oírte... No lloran tus pelos caídos porque yo los recojo sobre tu nuca... En tu cintura no hay más que mi tacto quieto...”

          El poeta entremezcla algunos imperativos: “reclínate clandestinamente... No me ciñas el cuello, que creeré que se va a hacer de noche “, con algunos extraños piropos: “Tus dientes blancos están en el centro de la tierra. Pájaros amarillos bordean tus pestañas... Tu pecho no es de albahaca; pero esa flor, caliente”.

          El poema acaba con una pregunta y un requerimiento como imprecación: “¿Dónde estás, que mi soledad no es morada? Seccióname con perfección y mis mitades vivíparas se arrastrarán por la tierra cárdena”.

          Las frases cortas, como fustazos violentos y contrapuntísticos, de “El amor no es relieve”, se vuelven largos y entrelazados periodos como yedras trasparentes en “Hacia el amor sin destino”: “Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres, y no tengo fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo, con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.”

Puede allí volar un labio sin oírse, puede Vicente prescindir de sus sentimientos, puede crecer una rosa sobre un hombro, late una mariposa de níquel  bajo una superficie encerada. Se expresa la esperanza de que los ojos puedan alguna vez presenciar un paisaje caliente, donde los montes sean de terciopelo. Teme que una muchacha le mienta “una lágrima de mercurio que horade la tierra y se estanque, que no acierte a buscar la raíz y se contente con los labios, con esa dolorosa saliva que resbala” y que le está quemando las manos con su historia...      

          Por fin , en “El amor padecido”, el poeta pide perdón porque “cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente, no asomen todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas, preguntando sobre la ruta apasionada”.

La decadencia del cine

La decadencia del cine

Alfonso Basallo se pregunta en un ensayo reciente por qué triunfan por doquier las películas basura y por qué no vuelven los años dorados de Hollywood. Podríamos preguntarnos lo mismo en el mundo de la educación: ¿cómo es posible que teniendo más medios que nunca lo hagamos peor que Sócrates o que Jesús, que ni siquieran escribieron nada?

        Todo hace pensar que el séptimo arte ha llegado al fin de su edad de oro (1930-1970) y que será muy difícil que se repita un periodo de esplendor como aquél que generó mitos universales desde la pantalla. Según Basallo, ello se explica por dos motivos, que deseamos comentar brevemente:

        1ª La inflación de imagen. Vivimos permanentemente en una iconoesfera sobresaturada de estímulos. Casi es inútil que los dueños de los bares coloquen varios monitores en los ángulos preferentes de sus locales, casi nadie los mira ya. El hartazgo de imágenes ha empachado tanto el paladar del telespectador, que los guionistas, directores y productores, se han visto obligados, para llamar la atención del público, a elaborar un cine cada vez más efectista y extravagante, tan impactante como vacío, tan

estimulante como efímero.

        2ª La ruptura entre arte e industria. El cine en su edad de oro mantuvo un cierto equilibrio entre calidad y exigencias comerciales... Ese equilibrio se ha roto en beneficio de la industria. El único criterio es la taquilla. El resultado es el "fast film", el cine basura, películas de ver y olvidar.

        El motor de la máquina de los sueños se ha ido apagando y también el carácter mítico de las historias, por la ausencia de dos valores: la poesía y el humanismo –dice Basallo-. No se supone la unidad del orden, y por eso los guiones están llenos de agujeros, resultan previsibles a la vez que inverosímiles, con desenlaces que atentan contra la lógica, al contrario que los guiones de Hitchcock, por ejemplo, que en sus finales ataba los cabos sueltos y desperdigados por toda la narración.

        Respecto a la falta de "humanismo" del cine actual, creo que Basallo podría haber profundizado un poco más en su tesis, de haber reflexionado sobre el fundamento de cualquier humanismo aceptable. Su carácter utópico y ucrónico. No puede hacerse cine que dure, precisamente porque no se cree en lo eterno. Supongo que Basallo no quiere decir que el cine para ser bueno deba ser edificante, moralizante o ejemplarizador. La cuestión es de más

calado. No es posible apreciar lo humano sin un referente más que humano. El hombre sólo vale verdaderamente por sus aspiraciones, por sus modelos, por su real o imaginaria, auténtica o fantástica identidad con lo divino, y el cine actual sólo aspira a que pasemos un rato entretenido, a acelerarnos el pulso o encongernos el corazón por  un rato. Falta auténtica ambición artística, porque ya nadie cree en nada.

        Por eso, los directores no tienen nada positivo que decir, ni siquiera nada que criticar. La crítica, en efecto es un tipo de pensamiento que compara lo real con lo ideal, pero a falta del segundo término de la comparación, la crítica no es más que el gesto escandalizante del cínico: constata nuestra precariedad, pero en lugar de entusiasmar con ello, nos desconsuela, nos paraliza. El cine nihilista puede servir provisionalmente e incluso ser hermoso, como un destello efímero, como un ocaso transitorio. Acepto el modelo magnífico de la cinematografía de Ridley Scott. "Thelma y

Louise"  sería el antiwestern, por lo que tiene de vagabundeo sin

horizontes, de negación de hogar, familia, sociedad, vida.

        El análisis de Basallo parece confirmar una vez más el diagnóstico de George Steiner: el arte declina sin remedio al carecer de una representación de lo sagrado, sin convicción por parte del creador, no puede haber efecto de verosimilitud en el espectador. La fabulación pierde así su credibilidad, la voz tras las voces carece de autoridad y no nos merece confianza, si el artífice ni siquiera cree en la relevancia y valor de su propia obra... Nos damos cuenta desde el primer momento de que aquello es una mentira.

        Sucede que los artistas ya no cumplen con su función profesional, ya no saben mentir de verdad. O diseñan un universo fantástico e infantil sin parangón con el real, o se limitan a documentalizar lo real siguiendo el modelo del "reality show", pegándose al absurdo cotidiano y a la cretinez mediocrática con auténtica óptica de miopes o alucinados. La recreación sublime del presente, del pasado o del futuro, que aunaba lo bello y lo auténtico, se ha esfumado. A falta de ideales, nos quedamos necesariamente

sin ideas y sin arte, sólo contamos con efectos especiales y con un

espectáculo alucinante, hipnotizante, o el espectáculo de la bestia humana semicataléptica, envilecida por el dinero y el enfermizo voyeurismo de sus primos primates, enjaulada en la urna trasparente de El Gran Hermano, que más bien se muestra un grandísimo “primo”.

        Por eso la desconfianza es mutua. Hace tiempo que los directores -hablo en general, desde luego- dejaron de pensar que sus públicos estuviesen compuestos por personas inteligentes, bien formadas, capaces de desentrañar el sentido de una elipsis, como aquella excepcional de Kubrick en su "Odisea del espacio...", que llevaba directamente desde el instrumento-hueso del antropoide a la nave espacial del 2001... Todo ha de estar explícito, como en la pornografía, bien masticadito y predigerido, y sin embargo, ni siquiera hay ya obscenidad alguna, ni auténtica sensualidad, en el revelado de los últimos y más oscuros pliegues de la piel, en el modo en que los sesos se estampan contra la pared después del

disparo, sólo ilusión de realidad, apariencia de realidad, simulacro, no arte, no ficción verdadera.