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Carro de noche

Carro de noche

La poesía de Ignacio Gómez de Liaño transporta nobles ecos, heroicas reminiscencias de épocas pasadas, apremios de quimeras antiguas, rumores de fuentes melancólicas en jardines de la memoria, huertos solitarios y bastante exclusivos.

Como el autor reconoce: “mi pasión poética sólo dio fruto en unos pocos años de mi vida, cuando la efervescencia de la imaginación iba a la par que el ímpetu de los afectos y la disponibilidad del espíritu”. Afecto sublimado por la imaginación, ¿puede ser otra cosa la poesía?

Carro de noche (1972-2005) contiene toda la poesía que Gómez de Liaño ha escrito en su vida o –por lo menos- toda la que ha considerado digna de publicación.

Algunos poemas mayores son de corte mitológico, como el que dedica a “La caza de Acteón”, el cazador cazado, devorado por sus propios perros, en castigo por haber contemplado desnuda a la diosa virgen: Diana cazadora. Pero, tratándose de una poesía culta no resulta demasiado esotérica y sí bastante cosmopolita. Aunque predominan las alusiones a la cultura clásica, tampoco faltan referencias al Kalévala finés, a la cultura caballeresca (al Orlando de Ariosto, a Tasso, al Persiles de Cervantes), o, ¿como podía ser de otro modo? a la Noche Oscura de Juan de la Cruz.

Es una poesía que se complace emotivamente más con los carmines engañosos del ocaso, "Cárdenos destellos", que con los cromos nacarados del aurora. ¡Y ello a pesar de que dedica un hermoso poema al mar!

La imaginación del poeta se complace en dibujar la figura de Nerón -declinaje del imperio, topología de la memoria- bajo una gran Bóveda Amarilla:

Yo te digo que lo que ves, lo que imaginas, 

es sólo una ruina, 

una ruina fantástica, laberíntica, secreta, jeroglífica,

la ancha puerta que lleva a los fulgores de la noche 

 y la extrañeza.

Late en esta poesía (cfr. “La Dama del lago”) un dulce deseo thanático de placideces crepusculares en playas caribianas, entre estatuas mutiladas, donde el poeta repasa “los anhelos quemados/ como la grama seca,/ los deseos disueltos/ cual la estela de un barco”, e invoca “a las mansiones celestes de la nada”.    

Tras unos curiosos “Cuadrados” en que la poesía parece disolverse en vocalismo y éste en silencio, Carro de noche acaba con una especie de confesión (“Miente, insulta,…”), escrita en  un registro más moderno y llano, menos intemporal; enseguida, con un muy estoico desprecio de la vanidad (“Qué tonta es la vanidad”) y, por fin, con una provocación (“Apréndelo ya”), casi grosera o mayestática: “A ti te hablo mi estúpido lector, mi enemigo…”.

En fin, en poesía, como el propio autor escribe: “la razón obedece al desvarío” (“Jaspes”), los desvaríos de Gómez de Liaño traen un deje a mar troyano, a habanera de añoranza y a óxido de bronce, al amparo de un cenador cubierto de yedra, “¿Adónde te escondiste?”, donde ábrense flexibles horizontes, más allá de la comprensión, como puertas de sentido, el poeta parece demasiado dispuesto a marchar alegre para "descubrir el reino antiguo de las madres", donde eletean magníficos hipogrifos montados por héroes intemporales.

Para interpretar la poesía de Gómez de Liaño, hallamos una buena clave en una de sus novelas: Musapol (Seix Barral, 1999). Uno de sus personajes, Celso Álvarez, más que querer escribir un gran poema, quiere realizarlo: "En una época en la que el hombre acababa de poner sus plantas en la Luna, la poesía no podía seguir siendo la misma historia de siempre. A menudo la llamaba con expresiones que para él estaban cargadas de sentido, aunque, al oírselas, sus amigos se quedaban perplejos. Pues les decía que había que 'inventar lenguajes', 'provocar al mundo', 'franquear selladamente a Hermes'.

"-Entonces uno se olvida de todo -añadía ensimismado-. Y el suelo refleja, como un espejo, un laberinto de oro que está suspendido del cielo, mientras un carro se aleja por el fondo, escribiendo sus roderas en las tierra. Mis poemas son las roderas de ese carro que se va fuera del Teatro..., el Teatro del Olvido. Todo lo que allí entra se convierte en un punto que se desvanece".

Un arte de la memoria, una ikástica, para recordar, sí, pero también ¡para olvidarse de la triste realidad! Esta poesía tiene mucho de evasión ante un mundo estropeado por un ruido que no gusta, ante una postmodernidad que nos ata a las máquinas, ante una iconoesfera mediática que no sabe más que dar órdenes y suscitar impresiones. El poeta busca en saberes olvidados y en topologías míticas una profundidad que le libre de la superficialidad ambiente, tan real como virtual, tan ramplona como telemática.

La cuidada edición (¡sólo he podido detectar una errata!) se maquetó en Madrid y se imprimió en Sevilla. Libros del Aire, colección Jardín cerrado 2/2010.

Mitologías postmodernas

Mitologías postmodernas

Hay legiones de libracos inútiles, y un puñado de  libritos impagables, necesarios. Éste último es el caso de las Mitologías de la modernidad, de Juan Cueto. Lo adquirí en una edición de 1982, publicada en Barcelona y que se vendió en los kioscos, en una colección pedagógicamente memorable: Temas Clave (Aula Abierta Salvat). He vuelto a este librito, profético y actualísimo en más de un sentido, por encontrar en La mentira social de Ignacio Gómez de Liaño (Tecnos, 1989), que todavía ando estudiando, un resumen de su contenido.

No deja de ser paradójico que la era de la razón moderna, de la secularización ilustrada, finalice con el retorno de lo sagrado en sus especies más perturbadoras e inquietantes: fanatismos, integrismos, sectarismos, fundamentalismos e idolatrías, algunas tan zafias como las que convierten a la exquerida de un torero en una diva mediática, o a la hoja de marihuana en el icono místico de una forma de vida (vegetal, claro).

¿Cúales son las mitologías de la modernidad? Las que rebotan, se reiteran y se difunden globalmente en el tantán de los Medios masivos de comunicación (Mass Media), cuyo ritmo percute acompasada con la economía global, la Internacional Publicitaria.

Ídolos, idolatrías, espectáculos, en el Olimpo de las famas y celebridades elaboradas por esos medios, con sus hitparades, sus rankings, sus índices de audiencia, sus best-sellers, sus campeonatos del mundo. ¡La fama!, esa hermana prostituída de la gloria heroica.

Los héroes y heroínas que evolucionan por ese Olimpo electrónico son de usar y tirar, como los klínex, como cometas de un día. Las masas no sólo disfrutan de la refulgencia de esas estrellas, sino también de su apagón fulminante. Esos astros parecen conservarse en una eterna juventud, gracias a potingues “muy naturales” y artificiosa cirugía, y gracias a la persistencia recalcitrante de sus imágenes.

Opinan de todo, pero no saben de nada, en realidad su juego -porque no hacen otra cosa que jugar- pertenece al orden de la seducción, convertida ella misma en un producto mercantil. La seducción, ¡esa antigua estrategia del diablo! para hacernos delinquir... Su retórica es la del sex appeal, no la de la sexualidad como mecánica de producción, sino la del reclamo sexual como impulso para el consumo. Cómo éste acaba con el deseo, a la vez que lo frustra, las estrategias de seducción son estrategias de simulación, de restauración del deseo erosinado. Como insinúa Baudrillard (De la seducción, 1989), el universo simbólico estrangula al universo real; el maquillaje se impone por todos sitios a la profundidad; las trampas de la apariencia, al imperativo del deber y la verdad.

(Puede que la crítica de Baudrillard sea, ella misma, estrategia de seducción desesperada, si piensa que la verdad sólo seduce mientras se ofrece –al descubrimiento- cubierta de velos).

El mito de un cuerpo perfecto y eterno, de un cuerpo “danone” [con un cerebro “petit swiss”], es, ciertamente, la más desesperada e inverosímil de las creencias. Enlaza con una vieja ilusión hebrea, más primitiva que la creencia pitagórica en el reino de las almas. Pues si resulta problemática la supervivencia de la psique (alma, mente, espíritu), más problemática todavía resulta la pervivencia o resurrección de un cuerpo perfecto, procediendo corporalmente del "polvo" y yendo -como vamos- al polvo, sin remedio. “Toda nuestra cultura del cuerpo –escribe Baudrillard-, incluida la ’expresión’ de su ’deseo’, la estereofonía de su deseo, es de una monstruosidad y una obscenidad irremediable”. Desgraciadamente, incluso la obscenidad requiere refinamiento, siendo por ello sustituida industrialmente por el porno. "La obscenidad tradicional aún tiene un contenido sexual de transgresión, de provocación, de perversión. Juega con la represión, con una violencia fantasmática propia". Sin represión, se acabó el misterio. Triunfo mítico de la "liberación" ("desublimación represiva", diría Marcuse)... "El porno es la síntesis artificial, es el festival y no la fiesta". 

A la perfección corporal se le sacrifica incluso la salud, en un renovado episodio de tragedia narcisista. Narciso autoconsumido en el cuerpo de una top model anoréxica, de una adolescente bulímica, engañada por un espejo convexo de andróginas al servicio de gays.

El colmo de la idolatría es la autoidolatría, esa soberbia estúpida del ignorante que esgrime su derecho a tener opinión o a despreciar cuanto ignora. El colmo de la soberbia es la exaltación orgullosa de lo que no depende sino del oscuro azar de los genes. El colmo de la hybris es cantar como el gallo sobre un montón de estiércol, y creerse creador de sí mismo, self-made-man. Los seres humanos no crean nada, sólo ingenian combinaciones de lo creado. Nietzsche no pudo ni soñar con que sus lemas vitalistas y su apelación a los instintos más rastreros, serían repetidos por las multinacionales etílicas. El propia político acaba convertido por sus asesores de imagen en un esteta narcisista, pendiente de su propia imagen. Política-espectáculo. Así, las mismas melodías edulcoradas que venden detergentes sirven para anunciar símbolos de partidos políticos.

Todo pasa muy deprisa. El mundo desaparece, consumido por del vértigo de la prisa. “A medida que la realidad se acelera, el mundo se empequeñece, se trivializa, se sincroniza, se uniformiza” (Juan Cueto)… “Las cosas ya no duran nada”. La movilidad implica transitoriedad, fugacidad, muerte temprana. Los circuitos de fórmula Uno dibujan los mandalas topológicos del culto universal a la velocidad. Incluso la moda resulta barrida por el vendaval de la novedad, del estilismo estacional y pasajero. La noticia suplanta a la realidad. El periodista imparte cátedra.

Las fábricas programan la obsolescencia de sus productos, los encuentros amorosos mismos se vuelven tan efímeros como estériles.

Frivolidad, superficialidad.

Evasión preprogramada a un paraíso tan perdido como anunciado, donde una pulsera asegura la embriaguez continua, narcosis y analgesia, mientras los mismos medios que muestran el paraíso socializan el miedo en un espectáculo incesante de explosiones, cenizas volcánicas, coches destrozados por las aguas de un tifón o un maremoto, en el último rincón del monitor del mundo.

El mundo deviene iconoesfera de apariencias fugaces, tan dignas de ser gozadas como espectáculo, como de ser olvidadas inmediatamente…

“La vida entera de las sociedades en las que imperan las condiciones de producción modernas se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación” (Guy Debord. La sociedad del espectáculo, Pre-Textos, 1999).

La mediación de la imagen no supone un enriquecimiento de la memoria. Las viejas artes de la memoria son sustituidas por las nuevas y tecnológicas artes intermediarias del show-business: divulgación, vulgarización, interpretación, deformación, difamación, maledicencia, rumorología, interpretación, playback, guía, cicerone, chico/a de compañía, escoliasta, marchante, pinchadiscos…

A éstas y otras mitologías reseñadas por Cueto, Ignacio Gómez de Liaño añade la del “Los pueblos del Tercer Mundo” que, de ser “primitivos” e “inferiores” hace unos años, han pasado a ser, en la opinión de muchos, savia intacta de la que habrá de nutrirse un nuevo mundo…

Al lado de la razón desmitificadora, un yo que se figura propietario del mundo se disgrega en fantasmas virtuales y avatares luminosos.

 

Keyserling: el arte de filosofar

Keyserling: el arte de filosofar

A pesar de la gran popularidad que su obra y personalidad alcanzó en España, donde sin duda fue tenido muy en cuenta por Ortega, o en Argentina y en Méjico, la filosofía del conde lituano-alemán Herman Graf Keyserling ha sido casi olvidada.

Una noche de insomnio me puse a releer mis notas sobre Keyserling (Könno 1880-Innsbruck 1946), tomadas de La angustia del mundo. Esta obrita no aparece en el elenco que ofrece mi Larousse. La leí de prestado, tal vez de la biblioteca municipal, creo que pertenecía a la famosa colección Austral.

Me he encontrado con jugosas frases en torno al Sentido (Sinn), ámbito que el filósofo contrapone al fenoménico, objeto de la ciencia y la técnica.

¿Paráfrasis?, ¿citas?, ¿síntesis personales? Las pongo en la Red por si incitan a alguna reflexión o comentario:

 - El sentido es algo cambiante y mecánicamente imperceptible, como la expresión de un rostro o la ejecución de un músico...

 - El valor espiritual de un discurso  no depende sólo de la corrección lógica, sino también del arte, que sabe hacer convergir todos los medios de expresión disponibles hacia la evocación del sentido viviente, que es una meta tanto más inaccesible a toda expresión convencional cuanto aquél [el sentido viviente] es más vivo, vasto y profundo.

Keiserling, casado con Goedela von Bismarck, fue un extraordinario viajero, uno de sus libros más leídos fue precisamente Diario de viaje de un filósofo (1919). Cosmopolita, viajó mucho por Oriente pero también por América. Su nombre -me enteré por la Internet- aparece en la letra de un tango. Fue amigo y admirador de Tagore, y el aprecio fue recíproco. En Buenos Aires se dejó deslumbrar por Victoria Ocampo, a la que "tiró los tejos". Ella le rechazó con elegancia. 

K. pensaba que el único tema filosófico es el de las relaciones del espíritu con la naturaleza, o del mundo con Dios. Para K., filosofar es un auténtico arte. El pensamiento trabaja con las leyes del pensamiento y los datos científicos, exactamente como el músico con los sonidos.

A pesar de su europeísmo, Keyserling estaba convencido de que la cultura del futuro uniría los aspectos técnológicos y dominadores de la cultura occidental con los aspectos místicos y espirituales dominantes en la cultura oriental, en un fondo común.

Emparentada con la filosofía vitalista de Nietzsche y Spengler, con el espiritualismo de Schelling, el intuicionismo de Bergson, el historicismo de Dilthey o el ingenio analítico de Simmel, su prosa clara es expresión de una filosofía antiacadémica, antiintelectualista. Aunque algunos críticos le consideren un autor "mesiánico" y algo ególatra, sus fuentes últimas son el magisterio nada despreciable de Platón y Kant.

Expulsado de estonia por los bolcheviques, Fundó una Schule der Weisheit, una "Escuela de sabiduría", en Darmstadt, bajo el mecenazgo del gran duque de Hesse (1920), escuela que luego fue cerrada por el régimen nazi.

Keyserling apela a la fuerza del sentimiento, pero conserva los valores espirituales, amenazados por la civilización mecánica y la cultura de masas.

Viajó por España, donde impartió conferencias en 1926 (en la Residencia de Estudiantes) y en 1930. Consideró a España una "virgen prometedora", más africana que europea, pero, por eso mismo, España es reservorio de valores que en el norte se han perdido, y esperanza restauradora del pueblo europeo. Hernán Cortés, Torquemada o Felipe II le parecen al lituano tipos genuinamente africanos. Caracteriza al pueblo español como dinámico, intrépido e idealista.

 

Recuerda Mundo

Recuerda Mundo

Recuerda Mundo es una original novela ecológica, tejida hábilmente por Virginia Ferrer con los hilos argumentales de ciertos delitos mediambientales y varios amores trágicos. Es también un homenaje a la prudencia y sagacidad femeninas, bajo el amparo del símbolo del agua y de la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos: la cual mejora la vida y salud humana. Compuesta por doña Oliva Sabuco.
Esta originalísima obra renacentista, publicada en Madrid por P. Madrigal en 1587 es una bella enciclopedia de saberes tradicionales, médicos y humanísticos, que hoy conviene recordar y aplicar y que sirven de fondo moral y mítico a la novela de Virginia.
Parte de la acción de Recuerda Mundo (ed. Sirpus, colección Techo de Cristal, Barcelona 2008) se desarrolla en el acuífero del Calar del Mundo, en Riópar Viejo, y en Alcaraz (Albacete), donde nacieron el gran humanista Pedro Simón Abril, el arquitecto Andrés de Vandelvira, y Miguel y Luisa Oliva Sabuco, padre e hija a quienes hoy las eruditas y eruditos disputan o atribuyen la autoría, aun parcial o completa, de la Nueva Filosofía.
Tuve la oportunidad de conocer a la doctora Virginia Ferrer en el III Congreso Internacional sobre Oliva Sabuco celebrado durante los días 18 y 19 (Sep 2010) en Alcaraz. Y pude así comprobar su sobresaliente formación filosófica y científica. Me alegró que compartiésemos un concepto de educación y pedagogía similar, donde la formación (no mera instrucción) tiene más que ver con la gestión de los afectos, con la poética, la narrativa y el arte, que con el frío tecnicismo de la pedagogía à la page. Las personas no somos ni animales ni máquinas, ni resortes conductistas ni ciborgs. Nos constituimos en una red de relaciones sentimentales y morales, arrastramos una genealogía moral como un karma que pasa de padres a hijos y muchas veces padecen las hijas o los hijos, como consecuencia de los pecados o errores de los padres... 


"El gesto humano, siempre intencional, marca la piel horadando hasta el futuro. Como genotipo afectivo. O un cromosoma aletargado cuyas señales se muestran implacables tarde o temprano. Y se hace visible también al azar, en aquella ascendencia no escogida. Se habla mucho de los hijos de la guerra y de las consecuencias de las posguerras. Y aunque seamos la tercera generación, seguimos en nuestra guerra y nos sigue alimentando esta locura que también somos y fuimos. Porque el amor también es miedo. Porque yo soy parte de mis padres, de mis abuelos y de todos; y soy hija y nieta y sobrina de sus miedos. Y éstos están en mi (...). Sin acumular caricias, besos, abrazos, gestos de ternura o miradas generosas nuestros sentidos son peces extraviados en un estanque seco que se retuercen con ojos descreídos" (pg. 274 y s.).

  

Recuerda Mundo no se cae de las manos. La novela va ganando, página tras página, en interés argumental, y se vuelve al final trepidante, sorprendente y poética. Tal vez el perfil de los personajes sea un tanto maniqueo. Pedro, pastor y médico, resulta tan humano y atractivo como irreal (ideal), al igual que Penny, la sufridora y romántica heroína de la historia, bióloga, madre y mártir; o Clara, una abogada ciega y sagacísima, tan sexy como obsesionada por el cieno de su familia, y segura de la vileza de su hermano Ismael: un arribista narcisista y sin escrúpulos que, junto a un concejal corrupto, dan la nota villana y machista. Pero así debe ser cuando se quiere y se debe hacer literatura "edificante" y se apuesta por la superioridad estética y aristocrática de la tragedia. Como afirma Gemma Lienas en su prólogo, tal vez ésta sea una novela pionera entre las muchas que -dados los problemas que aflijen a nuestro planeta azul- deberían escribirse... ¡y editarse,leerse y comentarse!
La novela está adobada con reflexiones de enjundia que "en absoluto entorpecen el desarrollo argumental" (Gemma Lienas):

"Quizás las tribus, los pueblos o las etnias menos desarrollados tecnológica y materialmente, despojados quizás de bienes artificiales y a los que llamamos salvajes -qué envidia ser salvaje- ahora estén acaparando en cambio en sus corazones tectónicos milenarias formas de ternura planetaria. Y en cambio en Occidente la sequía de las almas avanza. El mundo del progreso está precisamente construido sobre el pilar del desamor. Amar es subversivo. Va contra el orden, el conocimiento y su economía. Y no hay tiempo para todo. Ivan Illich: ’El tiempo de producción es inverso al tiempo del cuidado’" (275y s.).

La obra y la vida de Oliva Sabuco es aquí mucho más que un referente o una ficción histórica, se convierten también en un horizonte para rehabilitar esa ética del cuidado, que han atesorado durante generaciones las mujeres sobre todo, y que hace de la eutrapelia (la buena conversación), la música, la esperanza de bien y el orden de los afectos, una estrategia imprescindible para conquistar en lo cotidiano salud, paz y alegría, confiscadas por las prisas, la codicia y el poder, asesinadas por la "metástasis del desamor". Ese horizonte es el de una nueva -y también clásica- filosofía, sobria y senequista, que reclama una vida más sencilla y sostenible, devolviéndonos un espejo que no sea el de Narciso, sino el del conocimiento de nuestras limitaciones y aptitudes, el respeto por nuestro entorno y por el valor sagrado de la naturaleza que somos y con la que hemos de congraciarnos, microcósmica y macrocósmicamente, si queremos sobrevivir y tener oportunidad de ser felices "in hac lachrimarum valle", donde el agua limpia -raíz elemental- escasea tanto que puede motivar nuevas barbaries.
Sírvanos también Recuerda Mundo de prevención y conjuro contra el microbio emocional de las enfermedades del alma, que igual afligen que hacen enfermar a los cuerpos.

Ovejas eléctricas

Ovejas eléctricas


Dicen que Philip K. Dick acabó convencido de que nuestra época era el eco agónico del imperio romano. La globalización no sería sino un efecto necesario del imperialismo. Pero Philip K. Dick acabó creyendo también que él era la proyección mental de un martir cristiano. En cualquier caso, sus replicantes son extrañamente inferiores a las recreaciones cinematográficas de Ridley Scott en esa obra maestra que es Blade Runner.

Para mí, más preocupante aún que la ambigüedad y la simbiosis hombre-máquina -o mujer-máquina (la cirugía estética funciona como burka de la femineidad occidental)- es la anticipación magistral o profecía del poder espectacular que cobrarían los publicistas ("creativos") en nuestra época, descrita por Frederik Pohl en La guerra de los mercaderes. Mentes cuyas necesidades, deseos y adicciones son producidos y modificados industrialmente, mediante mecanismos cada vez más poderosos, subliminales e insidiosos.

Estamos de acuerdo con Andrés Ibáñez: es una pena que la extraordinaria imaginación de Philip Kinched Dick (1928-1982) sobrepase con mucho su nerviosa y descuidada prosa. Esto se nota sobre todo en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), que sirvió de pretexto a Ridley Scott para su genial Blade Runner. Esta obra trasciende el conflicto entre lo natural y lo artificial y, en cierto sentido, lo supera.

Culpa y vergüenza

Culpa y vergüenza

El malestar de la cultura

A la vista de mis notas sobre El Malestar de la Cultura, de don Segismundo Freud (¡de 1977, ya ha llovido!), me pregunto hoy si las nuevas generaciones sentirán una identificación tan íntima con el contenido fundamental de esta obra.
¿Es el sentimiento de culpa un estado de ánimo tan central, fuera de la cultura judeocristiana en que mi generación fue educada? Dudo que la culpa pueda llegar a ser hoy una pasión, ni destructiva ni creadora. Nuestra cultura es postcristiana, postjudía, postculpable. Tanto la culpa como la vergüenza están en entredicho. El hecho de que nos sacudamos los sentimientos de culpa o de vergüenza como el que espanta moscas, es un efecto también de la asimilación, profunda, popular, de las "filosofías de la sospecha". Marx, Nietzsche y Freud nos han enseñado a rechazar los balones de responsabilidad, chutándoselos a la "sociedad desigualitaria" (las "injusticias sociales" y el determinismo histórico), los instintos feroces, ¡tan "vitales"!, o la angustia culpable, hija de una educación "represiva".
Si la conciencia y el superego nos hacen cobardes; seamos valientes, narcoticemos la conciencia y riámonos de la autoridad, tanto externa como interna.
Freud señala que la culpa es efecto del miedo a la autoridad y del temor al superyo (esa autoridad paternal e íntima), efecto de la frustración de los instintos y, más vaga y metafísicamente, consecuencia de esa ambigüedad trascendental implícita en el conflicto de ambivalencia, en la eterna lucha entre Eros (el instinto creador y reproductor) y Thanatos (el instinto de destrucción y de muerte).
Para Freud, el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad.

Creo que lo que subyace en el fondo de verdad de este dictamen, es el miedo a la soledad. Una cultura tan individualista como la nuestra, moderna, no puede darse cuenta de lo mucho que necesitamos de los demás, de cómo sus voces nos construyen.
Ansiamos deshacernos de los sentimientos de culpa, incluso aceptando el castigo, o imponiéndonoslo, porque nada nos asusta más que la soledad. La autoridad nos ampara, nos ofrece seguridad. La soledad nos aterroriza y acaba enloqueciéndonos. Sólo así puede entenderse la asunción del castigo como un pacto con la autoridad, como una negociación con el superego. Preferimos el orden de la autoridad al vértigo de la libertad sin límites. Presentimos que nada evitaría que en medio de esa jungla libérrima, nos convirtiésemos antes en víctimas que en verdugos.

¿Tiene esto sentido para una generación que no experimenta remordimientos, que no renuncia a nada, que cree que lo merece todo? Para Freud, la culpa es un fenómeno de la conciencia: "la frustración exterior intensifica enormemente el poderío de la conciencia en el superyo". Así, toda renuncia instintual se convierte en una fuente dinámica de la conciencia moral; toda nueva renuncia a la satisfacción aumenta la severidad e intolerancia de dicha conciencia.
Sin embargo, han concluido los excesos del puritanismo que la filosofía de Freud denunciaba. Lo que "mola" hoy no es la severidad, sino la blandura; lo que mola hoy no es la intolerancia, sino la complacencia con el mal moral y el mal gusto estético. Ansiamos tanto la novedad que nada nos parece intolerable.

Más elemental que la culpa, y más primitivo e inconsciente, me parece a mí el sentimiento de vergüenza, una emoción social muy descuidada, poco tratada como génesis de la conciencia, tanto por moralistas como por psicopedagogos y educadores. Pudor, decoro, miedo al qué dirán, empatía...

Hoy se promueve intencionalmente tanto la desculpabilización (la irresponsabilidad) como la desvergüenza. Nadie es juez de nadie, ni siquiera de sí mismo. La capacidad de juicio yace por los suelos, y el sistema judicial mismo, más que benevolente y compasivo, se muestra, antes que tolerante, cómplice.
Por la misma época que leía el Malestar de la Cultura, anoté unas frases de Alberto Cardín, una frases que ponen de manifiesto esa ansia de barro a la que llamó Freud Thanatos, esa sensación de pesadez con que tantas veces nos castiga la conciencia: vergüenza, o temor a la vergüenza, al ridículo, sentido de la responsabilidad, culpa...
Ansia de dormir, de retornar sin sueños a la vida vegetal, al ser inconsciente:
"El ser inconsciente que queriéndolo todo lo puede todo, que vive sin mediación su deseo, ya que no conoce la instancia de lo imaginario, la propia de la conciencia".

(La imagen que ilustra esta entrada es de un cuadro de Lucien Freud, nieto del fundador del Psicoanálisis)
 

Manirrotismo cósmico

Manirrotismo cósmico

Despilfarro de estrellas
Manuel Fdez. de Liencres. Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre, Úbeda, 2010

La creación, o la evolución, o ambos acontecimientos y procesos, son poco, nada económicos. Para los cosmólogos científicos viene a ser una especie de paradoja, relacionada con las leyes de la termodinámica: ¿por qué ese derroche de energía en producir diversidad, diferenciación, complejidad creciente? ¿Por qué un universo frío y caliente, cuando sería más económico que fuese tibio?

Explique usted, si puede, desde una perspectiva técnico-funcional la cola del pavo real, el cuerno del rinoceronte, el cascabel de la serpiente, la conciencia del ser humano, el arte del Greco, la mancha azul-cielo caudal de la Satyrium spini de la foto.

Y vayámonos al mundo de la cultura, enraizado -no lo olvidemos- en nuestra propia naturaleza, complementario de ella... ¿Para qué sirven hoy las sinfonías de Beethoven?

Bueno, responderá el lector, para que ofrezcan al oído un vibrante, armónico, melodioso espectáculo... A eso voy, que el universo parece organizarse también, como percibió Nietzsche, como una función dramática, unas veces cómica, otras trájica, como un espectáculo.

¿Qué espectador tan inmenso pudo ofrecerse un espectáculo tan vasto como inhumano? Nace una supernova. Aplauso. Explota una supernova. Aplauso. Espectador o espectadores tan imperfectos -los que supuso Nietzsche- que no sólo gozan creando o viendo crecer, sino también borrando de la existencia o viendo cómo las estructuras hermosas se derrumban.
No sólo nosotros estamos aquejados de una tendencia perversa al despilfarro, al manirrotismo, también la vida en particular, y el universo en general. ¿A qué si no esas aparatosas corolas de las flores, concebidas algunas como un teatro para los insectos polinizadores? ¿y esos dibujos y metalizados de los insectos? La evolución, ¿actuando con intenciones de orfebre? El creador, ¿metido a dibujante? Un equiseto puede reproducirse perfectamente sin hojas y sin flores, por esporas, y ahí los tienes, desde el tiempo de los dinosaurios y desde antes, medrando en las humedades. Tanto alarde de pétalos de rosa o de dalia cuesta lo suyo.

Hoy mismo padecemos una crisis provocada por nuestro manirrotismo, porque -como decía mi abuelo- hemos estirado los pies más allá de lo que puede cubrir la manta, ¡y nos hemos quedado hasta con el culo al aire! Entre la avaricia de los bancos, la avaricia de los constructores, la pretensión gastona del público en general, nunca satisfecho con lo que tiene, y la temeridad de unos y otros, hemos gastado lo que no teníamos y muchos ya no pueden pagar lo que le adeudan a otros, que le adeudan a otros, y no sabemos cuando tocaremos el fondo mendaz de lo que se debe.

Y ahí tienes, pisos que no necesitamos, coches que no son necesarios, potingues venenosos y superfluos, animales de compañía que se comen al niño acompañante, lujos inútiles y hasta peligrosos.

El filósofo Manuel Fdez. de Liencres, en sus sugestivos Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre (Úbeda, 2010), eleva a la categoría de teoría cosmológica esta tendencia vital y antropológica y acuña para ello la poética expresión: "Despilfarro de estrellas": "Porque hemos observado sin gran esfuerzo que en el Universo material y en el Mundo biológico reina la abundancia, la profusión, la prodigalidad, el despilfarro en suma. Hay millones de galaxias, de sistemas solares, de estrellas, de satélites. Y para engendrar un solo bicho o una sola planta se desperdician cientos de miles de semillas, de simientes... ¿A qué viene tanto manirrotismo?" -se pregunta el filósofo.

M. Fernández de Liencres propone una hipótesis a modo de explicación: La hipótesis de la imperfección creadora. A nuestro pensador le parece evidente que si el mundo se mueve y los seres que en él habitan aspiran y expiran es porque el mundo, o al menos nuestro mundo, está fundamentalmente desequilibrado. En efecto, un objeto en perfecto equilibrio -como el huevo macizo de Parménides- no se movería jamás. Incluso la ciudad, la gran ciudad, fabricada a la medida del hombre para poder satisfacer sus menores caprichos, padece de desequilibrio, pues no puede vivir de sus propias fuerzas y está obligada a depender de la no-ciudad, del campo, más cercano a la Naturaleza.

Precisamente porque todo surge del Desequilibrio Creador, nuestro universo no es nada lógico, aunque sus entes se ajusten al llamado por Fdez. Liencres Principio de Complementariedad, según el cual, las partes de un objeto, sea el que fuere, son distintas pero complementarias, "no son anárquicas ni independientes sino que se necesitan unas a otras para ser un objetivo".

El título de la obra es ambiguo, porque el autor no pretende que ampliemos nuestra ignorancia sobre el hombre, sólo que la mejoremos. Esto es, aún aceptando que el ser humano es la cosa más paradójica y extraña del mundo, una cosa que -citando a Teresa de Jesús- no puede estar siempre en un mismo ser, al reflexionar sobre el ser humano nuestra incomprensión sobre lo que somos puede hacerse algo más lúcida: "cuando se escribe sobre lo que no se entiende queda siempre la sensación de haber aprendido algo" (pg. 46).

En cualquier caso, el ser humano se proyecta desde su base física y animal más allá de sí mismo. Apoya esto el dictamen humanista de Juan de la Cruz: "Un solo pensamiento del Hombre vale más que todo el Universo". Parece ser que, a pesar de la estructura "psicofantástica" de nuestra mente, "habría que defender al Hombre y reconocer su valentía ante la tragedia y sus duros esfuerzos para idealizar la Realidad y para trascender lo que no es otra cosa que un galimatías físico-matemático".

Estos Apuntes, que no aspiran a ser sino ocurrencias de alguien -y esto lo digo yo- que ha vivido, pensado, pintando y reflexionado mucho, terminan con esta conclusión:

"El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, son incomprensibles. El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, no tienen por qué ser comprendidos. Vivamos y dejemos vivir en paz. Y esperemos. ESPEREMOS"

Y como colofón, un soneto que parece contradecir esta última razón de esperanza, y que termina con este bonito terceto:

Y pues que la razón ya se reclina
pediré para mi alma desmandada
muerte en el pico de una golondrina 

Segunda oportunidad

Segunda oportunidad

Aula de "Segunda Oportunidad", así llaman en algunas instituciones educativas  y servicios sociales municipales a un Aula en la que se reúne al alumnado disidente, disruptivo, díscolo o, simplemente, expulsado de sus clases normales antes de los 16 años por dificultar la convivencia o impedir la enseñanza.

La expulsión suele ser efecto del mal comportamiento reiterado (impertinencias, amenazas, desafíos o agrasiones) y es causado por: frustraciones varias, fracaso escolar, problemas de integración, hiperactividad y falta de concentración, falta de cariño y atención paterna, bajos niveles socioculturales, retrasos educativos significativos y, sobre todo, problemas familiares...

"Tu segunda oportunidad" es el subtítulo de un libro recientemente publicado por Plataforma Editorial: Reinventarse. Tu segunda oportunidad, escrito por Mario Alonso.

Mario Alonso es médico especialista en cirugía general y aparato digestivo, pero es tbn. perito en liderazgo, comunicación, creatividad y gestión del estrés.

El vídeo enlazado nos ofrece una interesante entrevista sobre uno de sus libros de ensayo y autoayuda, y es un buen ejemplo de la energía contagiosa del autor cuya obra anunciamos.