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SIGNAMENTO

Manirrotismo cósmico

Manirrotismo cósmico

Despilfarro de estrellas
Manuel Fdez. de Liencres. Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre, Úbeda, 2010

La creación, o la evolución, o ambos acontecimientos y procesos, son poco, nada económicos. Para los cosmólogos científicos viene a ser una especie de paradoja, relacionada con las leyes de la termodinámica: ¿por qué ese derroche de energía en producir diversidad, diferenciación, complejidad creciente? ¿Por qué un universo frío y caliente, cuando sería más económico que fuese tibio?

Explique usted, si puede, desde una perspectiva técnico-funcional la cola del pavo real, el cuerno del rinoceronte, el cascabel de la serpiente, la conciencia del ser humano, el arte del Greco, la mancha azul-cielo caudal de la Satyrium spini de la foto.

Y vayámonos al mundo de la cultura, enraizado -no lo olvidemos- en nuestra propia naturaleza, complementario de ella... ¿Para qué sirven hoy las sinfonías de Beethoven?

Bueno, responderá el lector, para que ofrezcan al oído un vibrante, armónico, melodioso espectáculo... A eso voy, que el universo parece organizarse también, como percibió Nietzsche, como una función dramática, unas veces cómica, otras trájica, como un espectáculo.

¿Qué espectador tan inmenso pudo ofrecerse un espectáculo tan vasto como inhumano? Nace una supernova. Aplauso. Explota una supernova. Aplauso. Espectador o espectadores tan imperfectos -los que supuso Nietzsche- que no sólo gozan creando o viendo crecer, sino también borrando de la existencia o viendo cómo las estructuras hermosas se derrumban.
No sólo nosotros estamos aquejados de una tendencia perversa al despilfarro, al manirrotismo, también la vida en particular, y el universo en general. ¿A qué si no esas aparatosas corolas de las flores, concebidas algunas como un teatro para los insectos polinizadores? ¿y esos dibujos y metalizados de los insectos? La evolución, ¿actuando con intenciones de orfebre? El creador, ¿metido a dibujante? Un equiseto puede reproducirse perfectamente sin hojas y sin flores, por esporas, y ahí los tienes, desde el tiempo de los dinosaurios y desde antes, medrando en las humedades. Tanto alarde de pétalos de rosa o de dalia cuesta lo suyo.

Hoy mismo padecemos una crisis provocada por nuestro manirrotismo, porque -como decía mi abuelo- hemos estirado los pies más allá de lo que puede cubrir la manta, ¡y nos hemos quedado hasta con el culo al aire! Entre la avaricia de los bancos, la avaricia de los constructores, la pretensión gastona del público en general, nunca satisfecho con lo que tiene, y la temeridad de unos y otros, hemos gastado lo que no teníamos y muchos ya no pueden pagar lo que le adeudan a otros, que le adeudan a otros, y no sabemos cuando tocaremos el fondo mendaz de lo que se debe.

Y ahí tienes, pisos que no necesitamos, coches que no son necesarios, potingues venenosos y superfluos, animales de compañía que se comen al niño acompañante, lujos inútiles y hasta peligrosos.

El filósofo Manuel Fdez. de Liencres, en sus sugestivos Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre (Úbeda, 2010), eleva a la categoría de teoría cosmológica esta tendencia vital y antropológica y acuña para ello la poética expresión: "Despilfarro de estrellas": "Porque hemos observado sin gran esfuerzo que en el Universo material y en el Mundo biológico reina la abundancia, la profusión, la prodigalidad, el despilfarro en suma. Hay millones de galaxias, de sistemas solares, de estrellas, de satélites. Y para engendrar un solo bicho o una sola planta se desperdician cientos de miles de semillas, de simientes... ¿A qué viene tanto manirrotismo?" -se pregunta el filósofo.

M. Fernández de Liencres propone una hipótesis a modo de explicación: La hipótesis de la imperfección creadora. A nuestro pensador le parece evidente que si el mundo se mueve y los seres que en él habitan aspiran y expiran es porque el mundo, o al menos nuestro mundo, está fundamentalmente desequilibrado. En efecto, un objeto en perfecto equilibrio -como el huevo macizo de Parménides- no se movería jamás. Incluso la ciudad, la gran ciudad, fabricada a la medida del hombre para poder satisfacer sus menores caprichos, padece de desequilibrio, pues no puede vivir de sus propias fuerzas y está obligada a depender de la no-ciudad, del campo, más cercano a la Naturaleza.

Precisamente porque todo surge del Desequilibrio Creador, nuestro universo no es nada lógico, aunque sus entes se ajusten al llamado por Fdez. Liencres Principio de Complementariedad, según el cual, las partes de un objeto, sea el que fuere, son distintas pero complementarias, "no son anárquicas ni independientes sino que se necesitan unas a otras para ser un objetivo".

El título de la obra es ambiguo, porque el autor no pretende que ampliemos nuestra ignorancia sobre el hombre, sólo que la mejoremos. Esto es, aún aceptando que el ser humano es la cosa más paradójica y extraña del mundo, una cosa que -citando a Teresa de Jesús- no puede estar siempre en un mismo ser, al reflexionar sobre el ser humano nuestra incomprensión sobre lo que somos puede hacerse algo más lúcida: "cuando se escribe sobre lo que no se entiende queda siempre la sensación de haber aprendido algo" (pg. 46).

En cualquier caso, el ser humano se proyecta desde su base física y animal más allá de sí mismo. Apoya esto el dictamen humanista de Juan de la Cruz: "Un solo pensamiento del Hombre vale más que todo el Universo". Parece ser que, a pesar de la estructura "psicofantástica" de nuestra mente, "habría que defender al Hombre y reconocer su valentía ante la tragedia y sus duros esfuerzos para idealizar la Realidad y para trascender lo que no es otra cosa que un galimatías físico-matemático".

Estos Apuntes, que no aspiran a ser sino ocurrencias de alguien -y esto lo digo yo- que ha vivido, pensado, pintando y reflexionado mucho, terminan con esta conclusión:

"El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, son incomprensibles. El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, no tienen por qué ser comprendidos. Vivamos y dejemos vivir en paz. Y esperemos. ESPEREMOS"

Y como colofón, un soneto que parece contradecir esta última razón de esperanza, y que termina con este bonito terceto:

Y pues que la razón ya se reclina
pediré para mi alma desmandada
muerte en el pico de una golondrina 

Segunda oportunidad

Segunda oportunidad

Aula de "Segunda Oportunidad", así llaman en algunas instituciones educativas  y servicios sociales municipales a un Aula en la que se reúne al alumnado disidente, disruptivo, díscolo o, simplemente, expulsado de sus clases normales antes de los 16 años por dificultar la convivencia o impedir la enseñanza.

La expulsión suele ser efecto del mal comportamiento reiterado (impertinencias, amenazas, desafíos o agrasiones) y es causado por: frustraciones varias, fracaso escolar, problemas de integración, hiperactividad y falta de concentración, falta de cariño y atención paterna, bajos niveles socioculturales, retrasos educativos significativos y, sobre todo, problemas familiares...

"Tu segunda oportunidad" es el subtítulo de un libro recientemente publicado por Plataforma Editorial: Reinventarse. Tu segunda oportunidad, escrito por Mario Alonso.

Mario Alonso es médico especialista en cirugía general y aparato digestivo, pero es tbn. perito en liderazgo, comunicación, creatividad y gestión del estrés.

El vídeo enlazado nos ofrece una interesante entrevista sobre uno de sus libros de ensayo y autoayuda, y es un buen ejemplo de la energía contagiosa del autor cuya obra anunciamos.

In memoriam Martin Gardner

In memoriam Martin Gardner

De Sábato leí hace más de veinticinco años El túnel, no me acuerdo de qué trata, pero sí de que me pareció un relato excelente, intenso, de los que no puedes abandonar hasta el final. Los personajes de Sobre héroes y tumbas se me aparecieron tan alucinados, como  tenebrosa fue la impresion que recibí de la obra en su conjunto. Su autor bien pudo escribir en sus páginas la frase siguiente, que me parece muy razonable, aunque desoladora:

"Dios existe pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia"

Si J. L. Borges conoció la sentencia, debió de hacer sus delicias. Por cierto... se ha descubierto una obra inédita de Jorge Luis Borges en la universidad de Austin (Texas) y se acaba de publicar en edición de lujo con el título de Los Rivero. La crítica no se pone de acuerdo si se trata de un relato inconcluso o una novela malograda. Lo que sí se sabe es que Borges la escribió unos años después de El Aleph... El diario Clarín recogió la noticia:

Siempre me han parecido más coherentes las Teoimaginerías o las Teofantasías que las Teologías. El "martillo de los teólogos", el problema de la existencia real del mal, físico o metafísico, del sufrimiento y de la maldad moral, hace muy poco razonable la existencia de un Dios creador omnipotente y misericordioso. Voltaire, que creía en Dios, se dio cuenta de la contradicción entre los atributos absolutos de la divinidad: si lo puede todo y lo sabe todo, ¿por qué consiente que los buenos hagan tan poco ruido y los malos tanto?
Un Dios que crea soñando resulta más razonable, aunque no resulte para nada racional. Un Dios que nos inventa un poco por azar... A fin de cuentas, nadie, ni siquiera Dios, puede controlar todos sus sueños...
Las especulaciones teológicas se llevan bien con las demostraciones matemáticas. Algunas de las propuestas más delirantes y sugestivas de la teología del siglo XX no hay que buscarlas en sólo en los gordos libros de Hans Küng, sino que pueden hallarse en los divertidos cuentos espaciales del matemático y novelista Stanislaw Lem.
Martin Gardner, "gurú de los juegos matemáticos", acaba de morir, el haber trabajado durante toda su vida como azote de la seudociencia no le impidió estar versado en teología.
Su libro sobre Paradojas (¡Ajá! Paradojas que hacen pensar, Labor, 1983) estimularon mi gusto adulto por la lógica y mi interés por estudiar sus límites. Todos los libros de Gardner tienen más miga de lo que parece. Todos sus juegos, más seriedad de la que denotan.
Los sabios suelen probar que lo son muriendo de viejos. En verdad, Nietzsche murió relativamente joven, pero Nietzsche nunca pretendió ser sabio, ni siquiera filósofo, sólo un pensador trágico, un profeta dionisíaco y un superartista... Gardner ha muerto con 95 tacos cumplidos, el 22 de mayo, en un hospital de Oklahoma. Tituló en filosofía por la universidad de Chicago.
Los sabios suelen probar que lo son exhibiendo un incombustible sentido del humor. Tal fue siempre el caso de Martin Gardner, padrino de las matemáticas recreativas e inspirador de  Douglas Hofstadter o Roger Penrose, admirado por Stephen Jay Gould o por Arthur C. Clarke.
Los sabios suelen probar que lo son siendo modestos. Algunos filósofos de la lógica se han dado cuenta de que el cerebro humano saca partido de sus errores, y que esa limitación, la de cometer errores (serindipity, chiripas), le permite dar saltos hacia la conclusión o la aplicación práctica, saltos que no puede dar la "perfección" calculadora de la máquina. Gardner decía con gran modestia que se consideraba nada más que un periodista que sacaba partido de las investigaciones de otros.
Los sabios suelen probar que lo son creyendo poquito y sin faltarle el respeto a nadie. Martin Gardner escribió cuentos edificantes para niños, y, junto con Carl Sagan e Isaac Asimov, pusieron en marcha el actualmente llamado Comité para la Investigación Escéptica, institución sin ánimo de lucro que tiene por objetivo el desmontar supersticiones y supercherías seudocientíficas, incluidas las "paranormales".
Sus indudables conocimientos no le impidieron escribir sobre la fe, la oración, el mal y la inmortalidad (Los porqués de un escritor filosófico, Tusquets).
La inquietud por lo divino elevan nuestro espíritu y nos proyecta más allá de la animalidad, a la que también y sin discusión pertenecemos. Las discusiones sobre Dios, bien pueden ser inconclusivas e interminables -como probó Kant-, pero tendemos a ellas por la propia naturaleza de la razón, que no se conforma con lo temporal y condicionado.
Incluso un contestatario incorregible como Noam Chomsky ha tenido que reconocer que la contribución de Gardner a la cultura intelectual contemporánea ha sido única, por su comprensión de las grandes cuestiones que importan. Descanse en paz.

Moral y religión. Kolakowski

Moral y religión. Kolakowski

Necesidad de la religión y del tabú

 

En su obra Si Dios no existe…, el filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927-2009), con generosa claridad, puso de manifestó aquello que tanto le cuesta reconocer al racionalismo ilustrado, incluso en sus figuras más irracionales o pedantes: la imaginación y la emoción, particularmente la idea de Dios y el sentimiento de la fe, son imprescindibles en la orientación ética de nuestra conducta.

El sentido –o la búsqueda de sentido- no se puede reducir al formalismo de la ley (Kant) ni al formalismo de la comunicación entre hipotéticos iguales (Habermas).

Ya conocía a Kolakowski por el muy ingenioso: Conversaciones con el diablo, que publicó en 1979 Monteávila editores. Cuando leí Si Dios no existe… el libro debía de haber sido recién editado por Tecnos (1995). Me ha agradado, más que sorprendido, que Carlos Gómez le dedique una importante mención al “alegato de Kolakowski” en el capítulo 8, “Ética y religión” de La aventura de la moralidad (Alianza, 2007), obra con pretensiones de manual universitario de Ética.

  Kolakowski usa la frase de Dostoievski (“si Dios no existe, todo está permitido”) para explicar la necesaria raíz religiosa o sagrada de la moralidad. La concepción de la fe del filósofo polaco es también ilustrada, deísta. La fe, en un sentido tan general como mínimo, es la confianza en Dios, o sea, la confianza en que el universo genera la cantidad mínima de mal, ,la confianza en que, en última instancia, “no hay mal que por bien no venga”, es decir, que “lo que es, es bueno”. La fe, en este sentido vago de confianza en el Bien, tiene que preceder a todo razonamiento. Se trata de un acto de compromiso moral con la verdad y el valor.

Todo el mundo alberga una disposición oculta o incluso una compulsión semiconsciente a buscar un orden en el gigantesco montón de basura que llamamos historia de la humanidad. Esta compulsión revela el vínculo real de la mente con el fundamento eterno del significado. Es una opción ontológica creer que lo Eterno manifiesta su presencia real constituyendo, a lo largo de la historia, un término de referencia en el entendimiento que el ser humano tiene de sí mismo. “Si el curso del universo y de los asuntos humanos no tiene un sentido relacionado con la eternidad no tiene ningún sentido” (pg. 157).

Pero la investigación filosófica es incapaz de producir, sustituir o siquiera estimular el acto de fe…, pues la fe no es un acto de asentimiento intelectual a ciertos enunciados, sino un compromiso moral que implica, en un todo indivisible, el asentimiento intelectual y una confianza infinita, inmunes a la refutación empírica. Por otra parte, un creyente debe admitir que Dios no puede ser una hipótesis empírica. Un creyente tiene hoy que admitir a) que su interés por Dios va más allá del interés científico por el conocimiento de las leyes de la naturaleza, b) que aun suponiendo la capacidad explicativa de la existencia de un ser absoluto, estaríamos muy alejados del Dios de los creyentes; amigo y padre, y c) cualquier explicación racional sobre la existencia o esencia de lo divino sería de muy dudosa utilidad, dadas las insuperables dificultades para comprender la idea de creación: seguiríamos sin poder tender un puente entre el ser absoluto y la criatura finita.

La fe es científicamente inútil. Lo único que puede mostrar la teodicea es la no contradictoriedad de la idea de un mundo gobernado por una providencia benevolente y todopoderosa y, sin embargo y a la vez, un mundo que contiene tanto mal (errores, injusticias) como el nuestro. Esa teodicea entrañaría para Kolakowski cierto escepticismo ( o agnosticismo), pues supondría que, en cualquier caso, nunca podremos saber cómo no es autocontradictorio el mundo. “El infinito es por naturaleza incomprensible” (Orígenes). En este sentido, y a pesar de la distinta estructura lógica de sus argumentos, Tomás de Aquino está de acuerdo con Descartes: los dos percibían la imposibilidad de un mundo que revirtiese sobre sí mismo.

“Dios existe” es un juicio existencial sintético y analítico al mismo tiempo. ¿Hay otro juicio que pueda ser existencial, sintético y analítico a un tiempo?: tal vez, “algo existe”, porque su contradictorio, “nada existe” es absurdo.

Aunque Dios no pueda ser abarcado por el conocimiento, la teodicea no es por ello un entretenimiento para mentes ociosas, sino que resulta imprescindible para quienes se nieguen a admitir que “todo es por nada”, que todos nuestros sufrimientos y esfuerzos por salir adelante o mejorar las cosas perecerán para siempre en el vacío, sin dejar ni huella.

En efecto, “Si Dios no existe, todo es permisible”, no vale sólo como norma moral, sino también como principio epistemológico. Por “verdad” entiende el polaco la propiedad de una aserción que la hace adecuada con independencia de quien la pronuncie y de que alguien la sepa… Sólo es posible el uso legítimo del concepto “verdad”, o la creencia de que puede incluso predecirse justificablemente “la verdad” de nuestro conocimiento, si suponemos que existe una mente absoluta. Podemos definir la verdad, ciertamente, mediante la referencia a criterios de eficacia, pero tal definición sin ser autocontradictoria es arbitraria, aceptarla requiere también un acto de fe. Somos incapaces de crear un absoluto epistemológico porque nuestra inteligencia es finita, aunque la ciencia podría seguir siendo eficaz sin suponer metafísicamente que contiene verdad. No obstante, también sería legítimo preguntarnos, eficaz ¿para qué? Para el polaco, tampoco es posible fundar la certeza en un ego trascendental (Descartes, Kant, Husserl)… en definitiva, “es vano perseguir una certeza sin Dios” (pg. 88). “Dios o un nihilismo cognoscitivo, no hay término medio” (90).

Por otra parte, la verdad no es convertible con el bien, al menos para nosotros: “no puede excluirse a priori que la verdad, y no digamos toda la verdad, sea dañina para las criaturas imperfectas y que en algunos casos sea bueno para nosotros estar mal informados…”, la verdad puede entrar en conflicto con otros bienes.

El mal moral no es simple sufrimiento (malum poenae), sino mala voluntad (malum culpae). Es ingenuo creer que basta que una norma sea universalizable (Kant) o pueda ser admitida -o lo sea de hecho- por todos, en un diálogo racional igualitario libre de coacción (Habermas) para que los seres humanos piensen que es irracional saltársela o para que no se la salten en absoluto cuando les conviene. Podemos creer –lo vemos todos los días- que una norma es buena en general, pero no para mí, según qué casos.  “No soy en absoluto inconsecuente si prefiero que otra gente siga reglas que yo no quiero cumplir” (pg. 190).

Y es ingenuo también creer que el hombre es digno per se, que debemos tratar a los demás con la debida dignidad porque sí, “porque yo lo valgo”, como dicen las proclamas publicitarias, mientras vemos todos los días la propensión irreductible del ser humano hacia el comportamiento indigno.

La idea de la dignidad humana sólo puede enraizarse en el orden de lo sagrado, como en el mito cristiano según el cual el humano es imagen de Dios. “La dignidad humana no puede validarse dentro de un concepto naturalista del hombre” (pp. 214-215). Ya sabemos a qué horror puede llevarnos una ética basada en la “lucha por la vida”, la "supervivencia de los más aptos" o el privilegio evolutivo de los más fuertes, los mejor armados, etc.

Si el hombre es el supremo legislador en cuestiones de bien y mal, tanto si entendemos por “hombre” la conciencia individual o una comunidad que “pacta” un orden civil, entonces no tiene fundamento para respetarse a sí mismo, salvo quizá una conveniencia práctica que podría consistir, a veces, o cuando nadie nos ve, en saltarnos las normas pactadas o engañar a la propia conciencia con pretextos… “Nunca hay escasez de argumentos en apoyo de cualquier doctrina en la que uno quiera creer, por los motivos que sea” (pg. 19): Ley del cuerno de la abundancia -llama el autor a este principio.

Así pues, la idea de dignidad sólo puede basarse en la autoridad de una mente indestructible.

Kolakowski parece haber aprendido bien la lección de Hume: “No asentimos a las creencias morales diciéndonos ‘esto es verdad’ sino sintiéndonos culpables si dejamos de acatarlas”. Las motivaciones morales funcionan porque somos capaces de sentirnos culpables. Y la culpa no es más que la ansiedad –o la vergüenza- que sigue a la transgresión de un tabú. A fin de cuentas, como explicó Freud, el tabú es la forma más primitiva –o genuina- de conciencia moral. En el fondo, los tabúes, al menos en su naturaleza psicológica, no difieren mucho del imperativo categórico de Kant, que trabaja de manera compulsiva rechazando toda motivación consciente, todo interés y todo gusto natural por el placer o la felicidad.

La capacidad de experimentar culpa no procede de la asunción de que uno u otro juicio de valor, v. gr. “la envidia es mala”, sean correctos, ni puede identificarse con el miedo al castigo legal. Es una especie de acto existencial que consiste en preguntarse por el lugar de uno en el orden cósmico. La conciencia de culpa es un sentimiento de temor reverente ante una acción nuestra que ha perturbado la armonía del mundo, una angustia que sigue a la trasgresión de un tabú y que sumerge el mundo en un caos de amenaza e incertidumbre.

¿Es posible una sociedad humana sin tabúes?

Para Kolakowski el ateísmo prometeico, que supone que la capacidad humana de autocreación es ilimitada, es una ilusión pueril: o elegimos un mundo dotado de sentido –guiado por Dios- o un mundo absurdo en el que cualquier tipo de acción estaría justificada porque la elegimos libremente. En el mismo sentido, también Charles Taylor rechaza un mundo moral en que los valores sean simplemente hijos de la elección creativa e individualista. La presencia de valores en sí, de cosas, relaciones e ideales que son buenas independientemente de que yo las elija, o de que nosotros las elijamos, igual que –en negativo- la presencia de tabúes, es el pilar inamovible de cualquier sistema moral viable y un componente integral de la vida religiosa.

Un "tabú" es un vínculo necesario que enlaza el culto de la realidad eterna con el conocimiento del bien y del mal. La religión y la moralidad son una lealtad viva a un orden de tabúes, más que una serie de enunciados sobre el cielo o el infierno o un código de declaraciones normativas.

Resulta patética la incapacidad de los filósofos para –sin tener en cuenta lo dicho más arriba- encontrar un enlace entre juicios descriptivos y normativos (falacia naturalista): las motivaciones morales no funcionan porque extraigamos preceptos de conceptos, aunque se demostrara que el juicio “mentir es malo” es tan verdadero como el teorema de Tales, nada me impediría seguir mintiendo, a no ser mi capacidad para sentirme culpable.

 

El legado Cristianismo

El cristianismo fue para Kolakowski “resultado del encuentro de dos civilizaciones, un doloroso compromiso entre Atenas y Jerusalén” (pg. 60). La convergencia final del Bien o el Uno neoplatónico con el Dios judío y cristiano se hizo necesaria por la necesidad histórica, no lógica, de traducir el mito original al lenguaje filosófico griego y de transformar la Biblia en una historia metafísica. Era una condición para el éxito del cristianismo… pero esta síntesis nunca ha sido satisfactoria. La imagen de un Dios padre tierno y misericordioso no corresponde a una entidad metafísica. El ser absoluto no puede estar sujeto a afectos. Los teólogos no podían casar el caudillo airado del Antiguo Testamento con el Padre amante de Jesús y el Uno de Plotino.

La Iglesia se habría desintegrado si hubiera hecho demasiadas concesiones a Atenas, si no se hubiese negado, clara y obstinadamente, a borrar el límite entre el acto de fe y el acto de asentimiento intelectual; “si no se hubiese definido por criterios que no admitían distinción alguna entre la cultura de las élites y la de los pobres de espíritu”. El antiintelectualismo provocador de Pablo o el credo quia absurdum de Tertuliano nunca han desaparecido del cristianismo, pero su significado ha dependido del contexto histórico.

El fideísmo contendría un elemento de verdad: ni el saber ni la sofisticación hacen mejor la fe cristiana de nadie. La soberbia (hybris) de los muy educados ha sido siempre severamente castigada en todas las iglesias cristianas. Pascal resumió la cuestión diciendo que la religión cristiana, aunque es sabia por tener muchos milagros y profecías para demostrar su vigor, es, por lo mismo, necia, porque no son ésas las cosas que hacen creer a los creyentes; sólo la cruz lo hace.

La cruz, el símbolo de un Dios que sufre y que decide compartir plenamente el destino humano tiene, por lo menos, dos significados:

1. Afirma la creencia en una ley de justicia cósmica que funciona como un mecanismo homeostático: para restablecer el equilibrio perturbado por la fuerza destructora del mal hace falta sufrimiento. El sacrificio tiene sentido en la medida en que llena el vacío que un acto malvado ha abierto en la masa del ser.

2. Reconoce nuestra debilidad: la raza humana necesita que una persona divina compense las enormes deudas en que ha incurrido; al faltarle fuerza para exonerarse, confiesa así su flaqueza moral.

Toda religión es conciencia de la insuficiencia humana y se la vive en la admisión de nuestra fragilidad. Sin embargo, en el mismo acto de comprender su debilidad, la humanidad afirma su grandeza y su dignidad: la humanidad es un tesoro tan precioso a los ojos de Dios que merece el descenso del divino Hijo al mundo de la carne y el dolor, así como la muerte humillante que Él acepta para la curación del hombre. En la figura del Redentor cristalizan los aspectos gloriosos y las ruinas de la existencia humana, la vergonzosa miseria y la infinita dignidad del hombre es el Jesús de los villancicos y de la pintura popular, un invencible protector celestial y, no obstante, un pobre como cada uno de nosotros.

Frente a la crítica anticristiana de Nietzsche, Kolakowski opone un fuerte argumento ad hominem: Si los vencedores tienen razón por definición, una vez que se glorifica la inocencia del proceso natural y la “rectitud” de la fuerza, entonces los cristianos resultaron vencedores. Pues si los “lastimosos y resentidos” cristianos consiguieron imponer sus principios al mundo, no demostraron con ello una “fragilidad envidiosa”, sino una fuerza y una vitalidad considerables.

A la pregunta de si el cristianismo es un humanismo, Kolakowski responde que la respuesta depende de qué entendamos por “humanismo”. Si éste es una doctrina según la cual no hay límites a la autoperfectibilidad humana o que las personas pueden definir arbitrariamente los criterios del bien y mal, entonces el cristianismo es antihumanista. Además, está por ver si un humanismo (o antropocentrismo) tan radical que presupone que la raza humana no halla criterios prefijados o externos, sino que los crea a su gusto, produzca una comunidad humana más pacífica y justa que la que propició el cristianismo. Por el contrario, los últimos ensayos por desencadenar al ser humano de la tiranía imaginaria de Dios han producido esclavitudes más siniestras que las que nunca haya estimulado el cristianismo.

 

En la mística ve Kolakowski el núcleo inmutable de la vida religiosa. Mientras que el protestantismo consideró el misticismo como una desviación peligrosa o una reliquia del gnosticismo pagano; después de la reforma, la Iglesia romana se mostró más capaz de asimilar fenómenos místicos pues podía enclavarlos dentro de las órdenes religiosas, tolerándo la diversidad religiosa, eso sí, con tal de que el místico distinguiese entre Dios y el alma, y no usase la contemplación como pretexto para la desobediencia o la inmoralidad.

El aristotelismo se convirtió para el cristianismo en un vehículo intelectual por el cual éste se deslizaría en la senda de la secularización y del olvido. La crisis modernista reveló drásticamente el choque entre las pretensiones de la teología natural (teodicea) y la marcha victoriosa del "cientifismo", entendiendo por tal una ideología que reduce el valor cognoscitivo a la aplicación de métodos científicos. Sin embargo, la ciencia es una esquematización conveniente de datos empíricos en forma de construcciones teóricas cuyo valor manipulativo y predictivo es mayor que el cognoscitivo; y por su parte, la verdad religiosa no puede embutirse en formas intelectuales, porque el único acceso a la verdad religiosa es una experiencia privada. De ahí la separación radical entre ciencia y religión.

Con la crisis modernista la Iglesia experimentó pérdidas inmensas. Al mostrarse incapaz de asumir la modernidad fue perdiendo el control sobre la vida cultural y repeliendo a las clases cultas.

Los intentos tardomedievales de separar lo sagrado de lo profano, pretendían liberar la ciencia de la teología; las tendencias análogas de los tiempos modernos persiguen lo contrario: defender lo sagrado de la rapacidad de lo profano, afirmar los derechos de la vida religiosa dentro de una cultura que ha canonizado su propia secularidad o convertido en dogma el agnosticismo y el laicismo.

Sin embargo, lo religioso ha cumplido una función social imprescindible: desde lo sagrado, el egoísmo, la individualidad (y el individualismo disolvente) aparecen como una patología del ser. La idea de participación mística era el modo en que se grababa y se consolidaba la autoridad y la supremacía del “Todo” social en las mentes de los individuos. En nuestro mundo secularizado, la mayor parte de los creyentes siguen ligados, aunque sea por un hilo muy fino, a la tradición religiosa.

Kolakowski piensa que el modo en que las personas perciben y describen los hechos en términos morales es un aspecto de su participación en el reino de lo sagrado y que entre no creyentes es el residuo de un determinado legado religioso que comparten por haber sido educados en una determinada civilización. El lenguaje religioso carece de la universalidad de los lenguajes matemáticos, científicos o musicales, pues el culto real está siempre ligado a una determinada cultura y a una determinada comunidad religiosa. Parece pues difícil que quepa acuerdo en materia de religión.

Moral y religión son lógicamente independientes, pero los criterios morales no pueden ser validados en último término sin recurrir al depósito de la sabiduría trascendente, de lo que se seguiría que los ateos deben sus virtudes, bien a una tradición religiosa que han logrado conservar en parte, o a un don de Dios.

Una valiosa advertencia

No hay razón para esperar que en una sociedad en la que se hayan eliminado todos los tabúes y donde se haya esfumado la conciencia de culpa, sólo la coerción legal pueda impedir el desmoronamiento de la vida comunitaria y la disolución de los vínculos humanos no obligatorios. De hecho, una sociedad sin tabúes no ha existido nunca. Bien es verdad que éstos pueden seguir operando durante mucho tiempo por la fuerza inerte de la tradición, después de desaparecer las creencias religiosas en que se sustentaban.

Es indudable que desde el XVII hemos progresado hacia un orden legal-racional que sustituye al orden sagrado de los tabúes, pero no sabemos si esa sustitución podrá ser absoluta. Kolakowski cree que tenemos buenas razones para conjeturar que el papel de los tabúes en las relaciones sociales es sustancial y que una cultura sin tabúes es como un círculo cuadrado.

Estoicos y mulas

Estoicos y mulas

Fueron muchos los viajeros ingleses que dejaron durante la Ilustración y el romanticismo sus recuerdos de España por escrito: Christopher Hervey, Edward Clarke, Richard Twiss, Henri Swinburne, William Beckord, Joseph Townsend... El americano Washington Irving supo fundir la historia y la leyenda.

A partir de las guerras napoleónicas, los ingleses se interesaron por España, cuando los ejércitos inglés y francés escogieron la península ibérica para dirimir sus diferencias.

Richard Ford (1796-1858) sistematizó la imagen romántica, pintoresca, de España en su Handbook for travellers in Spain and Readers at Home (1847). Británico de clase alta, conservador y protestante, entre 1831 y 1833 recorrió, a veces a lomos de su jaca cordobesa, más de tres mil kilómetros de la piel de toro. Sobre todo, los cuatro reinos de Andalucía: Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada. Por entonces, "las tres provincias vascongadas son llamadas solamente El Señorío, pues el rey de las Españas es sólo señor de esta libre cuna de los invencibles descendientes de los primeros habitantes de la Península".

A España le atribuía entonces diez o doce millones de almas, la inmensa mayoría ignorante, la mayoría malnutrida: "la causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de cultivo y de la tristeza y miseria, es el mal gobierno, civil y religioso, que puede observarse por todas partes".

España es -para Ford- el país de los imprevisto. Ford se dejó a su familia en Sevilla para viajar solo: las jornadas corrientes en España, de trescientas a quinientas millas de una tirada, pocas señoras inglesas podrían resistirlas, atravesando pueblos en los que "hasta hace poco" se desconocía el uso del tenedor.

Describe un mundo atrasado: "En Madrid, incluso después de la muerte de Fernando VII, el Prado, su paseo, estaba lleno de coches antediluvianos, cocheros grotescos y lacayos parejos...".

Ford elogia el admirable estoicismo de los españoles para todo tipo de privaciones, especialmente cuando viajan. Y los pinta muy corteses y acogedores con las señoras y los extranjeros.

Y volviendo al estoicismo, se detiene en el elogio de la mula: "La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande; sin embargo, por un extraño error de la economía política (cosa muy española), se ha querido prohibir hace mucho tiempo la cría de mulas para favorecer la del caballo. Una de las razones que se alegaban era que la mula es un animal que no se reproduce, argumento que se podría o se debía aplicar igualmente al fraile, que es una casta en la que España podía aspirar al primer premio, en cantidad y en corpulencia".

La cocina española le parece a Ford en su mayor parte oriental. Al mejor pan se le llama "candeal", el peor, el "de munición". Las mesetas centrales de España eran entonces la tierra que -según Ford- producía el mejor trigo del mundo.

"El genio culinario español está condensado en la olla", incluso en la "olla podrida" o "pot pourri" en barro... "Sólo se hace bien en Andalucía, y solamente en las casas cuidadosas y bien acomodadas"... "los garbanzos son la legumbre propia del país... introducida por los cartagineses". Desgraciadamente, "la reforma y amortizaciones apagaron el hogar de las cocinas eclesiásticas" donde mejor se comía la olla en grande.

Ford se deshace en elogios del cerdo español: "el cerdo de España ha tenido siempre y tiene un gusto incomparable... el jamón trascendentalmente superlativo"

No deja de ser curioso que proponga la etimología del árabe "tachim" para "tocino"...

Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki

Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki

 

UN TIPO SINGULAR EN EL OJO DEL HURACÁN 

 

            Avadoro, una historia española (1814) fue la edición más completa que pudo ver su autor antes de suicidarse en su biblioteca (1815). La obra que más tarde se traduciría con el título de Manuscrito encontrado en Zaragoza (Valdemar, Madrid 2002) está constituida por  "jornadas", a la manera de los decamerones y hectamerones antiguos.

            Fue escrita en una época apasionada por la arqueología, la exploración y la reconstitución erudita de civilizaciones exóticas, elaborada por un noble singular, Jan Potocki, testigo originalísimo de la crisis del Ancien Regime. "Viajero infatigable, escritor polimórfico e inquieto, entre ilustrado e iluminado, libertino revolucionario y enciclopedista desencantado, afín a los Ideólogos y rayano en la locura. Es un nómada expatriado, ignorado y malinterpretado como su propio entorno: el conde polaco Jan Potocki" (Domínguez Leiva).

            Jan Potocki nació en 1761, en Pików, Podolia, actual Ucrania, un año después de la publicación del Tristan Shandy de Sterne, en el año de la Nouvelle Héloïse,  tres años antes del Dictionnaire philosophique de Voltaire, así como de la obra fundadora del género gótico, The Castle of Otranto, de Horace Walpole. Empedernido viajero, fundador de la arqueología eslava, se hizo famoso en su patria, Polonia, por haber sido el primero que sobrevoló Varsovia en globo aerostático.

            Polonia era por entonces un país heterogéneo y anacrónico, en el que intentaban convivir polacos, rusos, alemanes, lituanos, judíos y armenios..., católicos, ortodoxos, protestantes y judíos; en que los nobles elegían al rey formando confederaciones rivales, apoyadas por ejércitos extranjeros. Los Potocki se alían con los franceses y los austríacos. En 1767, los rusos invaden el país y, en 1772, se lo reparten con Prusia y Austria.

            Domínguez Leiva (cfr. infra, Bibl.) afirma que para un escritor sepultado por la sombra enorme de su abuelo, Waclaw Potocki, hombre de guerra en la transición cultural del Renacimiento al ocaso del Barroco, la crítica ilustrada a los prejuicios de la vieja nobleza tenía que estar cargada de significaciones psicológicas. Claro, y de contradicciones dolorosas, que acabaron con su vida. La esmerada educación que recibió en Polonia, Lausana y Ginebra (1774-1778) le volvieron apasionado por las ciencias y el cosmopolitismo. Dos años después de su nacimiento hablan en público las cabezas cortadas de Cazotte. En su formación cuentan las novelas libertinas francesas, tanto como los tratados científicos, los opúsculos filosóficos, los panfletos holandeses, las Noches de Young, los Poemas de Ossian y las novelas macabras de Walpole. Por eso es uno de los autores que más lúcidamente sintetizan en su personalidad y su obra todas las tensiones de su siglo y el tránsito crítico de una época a otra, desde el culto a la Razón a la mística del Terror.

            En 1778 se enrola en Viena en el conflicto de sucesión de Baviera, como oficial pro-austríaco. Por esta época se iniciará en la masonería; nada de extraño, teniendo en cuenta que su familia acaudillaba la logia polaca. En el año de la primera edición de la Crítica de la razón pura, 1781, Potocki viaja por primera vez a España.

            Tras una batalla contra el Estado y a favor de la libertad de prensa, montó su propia imprenta. Es posible que después de haber servido en el ejército austro-húngaro como lugarteniente de artillería, en una guarnición próxima a Budapest, y en una expedición de castigo contra Malta y los berberiscos, pasase de Túnez a España, donde todavía reinaba Carlos III, una España que se le debió de antojar tan pintoresca como culturalmente activa. Le atrajo sobre todo Andalucía, que no tardaría en convertirse en meta obligada de los turistas románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba… y recorrió -como puede verse en el Manuscrito- los caminos y montañas de Sierra Morena, estudiando de cerca las costumbres gitanas y el calé, de lo que hay huella también en su opereta Les bohémiens d’Andalousie, representada en el castillo de Enrique de Prusia en 1794.

            Se casó con Julia Teresa Lubomirska. Corrieron escandalosos rumores sobre supuestas relaciones de Jan con su suegra, así como con su propia madre y su hermana; relaciones incestuosas y complejas cuya realidad o fantasía haya su eco en el Manuscrito.

            Entre 1785 y 1787 vive en París, donde nace su hijo Alfred. Asiste allí al salón materialista de Mme. Helvetius. Conoce a Volney, ideólogo y mitólogo francés que asocia a Jesucristo con Krishna. Traba amistad con los hermanos Humboldt, el lingüista Guillaume y el biólogo Alexandre. Frecuenta asimismo la extraña secta de la "Confrérie des Lanturlerus", de espiritualidad sincrética, a la que también pertenece el futuro zar Pablo I. Suscribe todas las ideas progresistas de entonces. Efectúa pequeños viajes, visita Inglaterra en pleno escándalo con Vathek. En Spa conoce a la novelista Mme. de Genlis con quien mantendrá una larga correspondencia.

            Diputado de Posnania en la Gran Dieta, surgida del levantamiento contra los rusos, denuncia el peligro reaccionario prusiano e impone el estudio obligatorio de la historia de Oriente en la Comisión de la Educación Nacional. Fue entonces cuando instalará en su casa una imprenta libre, imprimiendo en ella sus Voyages, su Essay sur l’Historie Universelle y un manual de guerra clandestina. Abre un club político, una biblioteca pública, se endeuda y publica un Essay d’Aphorismes sur la Liberté, antes de sobrevolar Varsovia en globo con J. P. Blanchard, pionero de la aviación.

            En 1790 regresa a Francia, es vigilado por espías y se introduce en los círculos jacobinos. Conoce a Condorcet. En 1791 viajó otra vez por España, con mirada de etnólogo y antropólogo, en un viaje documentado de tres meses, camino de Marruecos. Llegó a España con el ministro de Polonia. Y descubrió un país arcaico, un mundo de gitanos nómadas próximo al de los bohemios de su Galitzia natal. Potocki, contemplando en el verano de 1791 cómo los españoles bombardean Tánger, se refugia en el Consulado español, y luego en casa del embajador de Suecia, desde cuya terraza, cubierto con un "enorme sombrero andaluz" contempla el ataque. Una bomba explota cerca y decide pasar a la Península. Con el barón de Rosestein, embajador de Suecia, llega a Cádiz. La misma noche que desembarca asiste a un espectáculo de baile flamenco. Las bailarinas gaditanas le entusiasman, como entusiasmaron a los Césares.

            En Inglaterra lee las tesis contrarrevolucionarias de Burke y se presenta a Gibbons. Entabla amistad con el poeta maldito Coleridge, toxicómano y visionario, así como con Beckford, el autor "decadente" de Vathek, obra maestra de la perversidad, redactada en francés como el Manuscrit y que influirá poderosamente en su pensamiento.

            En 1792 retorna a Polonia, amenazada de desmembramiento. En su castillo pululan los emigrados franceses que pasan el día en fiestas rococó. Potocki pone en escena obritas absurdas (avant la lettre), tituladas Parades, que retoman el tema barroco y calderoniano del teatro en el teatro. Se rodea de siervos estrafalarios, de cosacos y de seres deformes. Todo será una fête galante pero triste, a la manera de los Pierrots de Watteau, de los que Verlaine sacará su "spleen".

            En los años del Terror francés (1793-1796) vive en Alemania. El héroe polaco Kosciusko se rebela y es aplastado por los prusianos y los rusos. Desencantado, el conde escribe Les Bohémiens d’Andalousie, que prefigura rasgos del Manuscrito. Uno de sus personajes, Fernando, es un noble disfrazado de gitano, como el personaje Avadoro, para escapar a la cólera de su padrastro.

            En 1791, después de la muerte de su mujer, el conde se aleja de los prusianos y asiste a la coronación de Pablo I en Moscú. Durante su viaje etnológico por el Cáucaso empieza, en Astrakán, la redacción del Manuscrito, curiosamente situado en España, país sobre el que no escribió ni ensayos históricos ni libros de viajes. Tal vez viviendo entre nómadas caucásicos recordó a los gitanos españoles…

            El Manuscrito procede a la vez del Shauerroman (Shauer: chubasco, horror) de Achim d’Arnim y de la gothic novel de Walpole, así como de la influencia del Candide de Voltaire, a los que habría tal vez que añadir los aquelarres de Goya (1797 es el año de los Caprichos), el libertinaje de Casanova, el iluminismo del conde de Gabbalis, así como las fuentes formales del Decamerón y Gil Blas.  

            De regreso a Podolia, se casa por segunda vez y se consagra a la educación de sus hijos. En 1802 publica su mejor obra de investigación: Histoire primitive des Peuples de la Russie. En 1803 muere su padre en Viena, y Potocki estudia en Italia la cronología del Oriente antiguo. En el año que Napoleón es elegido emperador, publica las diez primeras jornadas del Manuscrit en Petersburgo (1803). Aboga por el ideal paneslavista ruso y propone un proyecto de conquista comercial de Asia a través de Afganistán.

            En 1808, año en que comienza la acción del Manuscrito con el sitio francés de Zaragoza, Potocki se separa de su segunda mujer, y escribe las jornadas 23ª a la 30ª. En 1809 se publican en alemán las Abentheuer in der Sierra Morena. En 1812, su primogénito vive en directo el desastre napoleónico en Rusia. Se retira definitivamente a su propiedad de Uladowka, donde agobiado por las deudas y fracasos editoriales, depresiones y neuralgias, se suicida en su biblioteca, con una bala extraída de la perinola de un azucarero barroco perteneciente a su madre y que antes ha hecho bendecir por su capellán.

            Contemporáneo de Lichtenberg, Potocki redactó su curiosa novela entre 1797 y 1814, después de la gran crisis de la conciencia europea (1680-1715) y antes de las Restauraciones monárquicas contrarrevolucionarias (1815): un Siglo de las Luces que termina en Siglo Iluminado. Hoy nos parece un interlocutor privilegiado del s. XXI.

           

EL MANUSCRITO. UN SUEÑO SECRETO

 

            El Manuscrito es una Summa rococó, laberíntica y enigmática, dotada de un humor muy especial, corrosivo, que incluso anticipa el de Groucho Marx. Pero el juego entre ironía y tragedia es constante, como en Voltaire. Es así una alucinación histórica escrita con alma de volteriano y el síntoma de una civilización aristocrática en crisis, aislada y alienada, marcada por la erosión gradual de las relaciones humanas y por un fetichismo morboso. Cuando escribe el inicio de la obra, la Revolución francesa y el Terror han sellado el fin del Antiguo Régimen y por tanto el ocaso de la cultura aristocrática. Dos años antes, Polonia ha sido desmembrada por tercera vez, tras una sangrienta represión prusiana y rusa. El autor propone una evasión a España y al Mediterráneo como una terapia después de largos años de conmociones sangrientas.

            El Manuscrito se recuperó en los años 90 del siglo XIX, gracias a la primera edición íntegra en francés. Potocki utiliza la distorsión del tiempo para crear un universo entre mimético y simbólico y para proponer una relectura heterodoxa de la Historia Universal, desde el s. XII a C. hasta el año 1808 d. C. Resulta una obra característica del ocaso del Antiguo Régimen, en la tradición de la novela gótica (cuyos tres pilares son el crimen, el sexo y lo sobrenatural) y de las obsesiones sadianas y goyescas. La figura del complot islámico y judío que preside la acción remite a la paranoia finisecular de las sociedades secretas y las relaciones entre el universo potockiano con la masonería. Pero Potocki no es un plagiador, más bien desarticula la ideología gótica y romántica, procurando sobrepasar el empuje del irracionalismo en su propia obra: un carnaval filosófico por el que desfilan los discursos, ideas y contradicciones de la Ilustración, animando el conflicto entre la razón instrumental y el pensamiento talmúdico, anunciando la problemática de la novela moderna y su crítica postmoderna.

            Aunque Radrizzani afirmó que el autor se retrató en clave detrás de algunos personajes, Jan Potocki nunca fue oficial napoleónico ni participó en el sitio de Zaragoza. La ciudad no cumple más función narrativa que albergar el Manuscrit. Tal vez Potocki quiso utilizar su valor simbólico de resistencia antinapoleónica. Por otra parte, la Cábala (comentario infinito de la Torá o el Pentateuco) está asociada a Zaragoza, pues en 1240 nació en esta ciudad Abraham Abufalia, de quien deriva todo el cabalismo español y provenzal. Y en esta ciudad imprimió Bahya ben Asher el primer libro cabalístico de la historia. ¡Y fue la patria de Goya, pintor con el que tanto tiene que ver el mundo imaginario del Manuscrit! A Goya se atribuyó un retrato del conde polaco, y no es imposible que se conociesen.

        El Manuscrito pertenece todavía al XVIII: escenas galantes, gusto por el ocultismo, jovialidad e inteligencia, sobriedad y precisión sin rebabas ni excesos ("elegante sequedad", dice R. Caillois). Pero la obra del conde anticipa el romanticismo, una nueva sensibilidad con estremecimientos inéditos, fascinada por lo horrible y lo macabro.

            En los relatos publicados en San Petersburgo en 1804-1805 se repite siempre una misma historia, los encuentros y amores de un viajero con dos hermanas que lo arrastran a su lecho, solas o con su madre. El carácter de estos encuentros se edulcora en la edición de 1814 (Dix Journées de la vie d’Alphonse van Worden). Después de la orgía, vienen las apariciones, los esqueletos y los castigos sobrenaturales... Los gestos más turbadores son velados, pero no disimulados. Las hermanas son musulmanas, lo que permite añadir las supuestas costumbres de los harenes en los que, según la leyenda occidental (cfr. Fátima Mernissi), ellas encuentran natural repartirse al mismo hombre, al mismo tiempo que se dan placer entre sí. Su verdadera naturaleza se revela poco a poco hasta que aparecen como lo que son: criaturas demoníacas, súcubos o entidades astrológicas vinculadas a la constelación de Géminis.

            El retorno de un mismo acontecimiento en el irreversible tiempo humano es un recurso frecuente en la literatura fantástica. Caillois sin embargo, que es un experto en aquélla, dice no conocer una combinación tan atrevida, deliberada y sistemática de los dos polos de lo admisible: La irrupción de lo insólito absoluto y la repetición de lo único por excelencia, para conducir al colmo del espanto. Se produce lo que no puede ser, un milagro escandaloso y que, además, produce efectos recurrentes. 

           

            ¿Que importancia atribuía el conde a la única obra de ficción que escribió?

            Su compañero Klaproth, que había viajado con Potocki (pronúnciese Pototski), le estaba agradecido, así que dirigió la edición de sus obras eruditas en 1829. Le nombró campeón de la libertad en su juventud ("sectateur de cette liberté, qui est toujous en péril quand on en parle trop"). Y añade que durante un viaje que hizo a Holanda en 1787, durante una revolución popular, la contemplación del furor de las masas disminuyó el entusiasmo del conde por la libertad de los pueblos, y su confianza en la felicidad que ella traería al género humano.

            El Manuscrito, parte casi secreta de su obra, heredero también de las novelas de jinete (Reiterroman), prolonga las fantasías de Cazotte y anuncia los espectros de Hoffmann. Pertenece todavía al XVIII pero anticipa el romanticismo: una nueva sensibilidad con estremecimientos inéditos, fascinada por lo horrible y lo macabro.

            "El texto se hace espejo de un universo de perspectivas múltiples, donde coexisten varios sistemas de valores, conceptos religiosos y filosóficos aparentemente incompatibles. Es la ‘modernidad’ aparente de un texto que, como el Quijote y las grandes novelas del siglo XX, trasciende su época y el género de la novela" (Radriazzani, 1989). Incorpora algunos recursos de Las Mil y una noches. Novela que el autor idolatró, ya que con su mayordomo turco buscó obsesivamente los manuscritos más antiguos de esta obra.

            S. Tarnowski le atribuye la intención principal de desacreditar la noción tradicional del honor y la historia del cristianismo, con los relatos del Judío Errante y el sistema deísta del personaje Velázquez, con una intriga iluminista o masónica como tema principal; y tres temas: el mal, el sexo y lo sobrenatural.

           

 

RECURRENCIAS Y BUCLES. ROCOCÓ Y ROMANTICISMO

 

            El retorno de un mismo acontecimiento en el irreversible tiempo humano es un recurso frecuente en la literatura fantástica. En la obra se produce lo que no puede ser: un milagro escandaloso que, además, produce efectos recurrentes. En la advertencia preliminar, que no apareció en la edición de San Petersburgo, el autor cuenta que siendo oficial de las tropas francesas, durante el sitio de Zaragoza, unos días después de la toma de la ciudad encontró, en una casita apartada que parecía no haber sido visitada por ningún francés, un manuscrito español en el que hablaba de bandoleros, aparecidos y cabalistas (un "roman bizarre").

            Las aventuras de Alfonso encuadran la novela de Avadoro, que ocupa el grueso del Manuscrit y cuya narración sirve a la vez de marco en que se insertan otras muchas, hasta una quíntuple inserción. La narración de Avadoro es una novela dentro de la novela que fue editada de modo independiente en 1813 bajo el título de Avadoro, histoire espagnole. Avadoro narra aventuras fantásticas, picarescas, históricas y eróticas.

            Dentro del marco narrativo del diario de Alfonso se encastra el de Avadoro, en el que se enmarcan las narraciones de Velázquez, las de Torres Rovellas, etc. Se organiza así una maraña de relatos que se encastran entre sí como muñecas rusas o cajas chinas, como piezas de un relato supremo. Se crea de este modo un extrañamiento continuo o un lugar imaginario de errancia utópica. Un arabesco rococó que refleja la simbiosis y la crisis de la jerarquía entre los elementos del conjunto. Pero la fábula puede ser interpretada como un juego de metonimias, en el que, como en un espejo fractal, cada fragmento refleja el conjunto y el conjunto multiplica la misma estructura que cada fragmento. También como una permanente digresión, que remite a un futuro cada vez más lejano e hipotético la resolución de las distintas historias narradas.

            El marco que da sentido a todos los relatos es la iniciación de Alfonso, que supone el eco de antiguos exempla medievales de relaciones sexuales mortíferas con súcubos e íncubos. Las recurrencias forman bucles extraños: unas narraciones se autentifican por otras. Ciertos narradores intervienen como personajes de relatos de otros narradores (17 masculinos y 8 femeninos). Las coincidencias aparecen como en la filosofía surrealista con un sentido íntimo y providencial, reiteradas, maniáticas, circulares, próximas al universo freudiano de la neurosis o del mundo de los rituales.

            Buscando antecedentes hispanos, Busqueros alude al Buscón (1626) y Camille de Tormes al Lazarillo. La onomástica potockiana multiplica las raíces de base "mor", aludiendo al origen musulmán converso de los personajes y sugiriendo una relación secreta con los Gomélez: Moro, Moreno, Maura, etc. Como en la tradición talmúdica, la variación paragramática o anagramática de un mismo nombre teje así combinaciones y permutaciones de una misma esencia. Las letras parecen atravesar el tiempo con su permanencia.

 

 

            Alfonso, el narrador del pretendido manuscrito es proclamado gobernador de Zaragoza en 1761, el texto retranscribe un diario, jornada a jornada, del año 1739, y es encontrado por otro narrador, un oficial francés, en 1809. Alfonso es uno de los tres pilares de la obra, junto a Avadoro y Velázquez. Alfonso acepta pasivamente la decadencia del ideal heroico, en un mundo en que las guerras se hacen ya a impulsos de banqueros y opinión pública.

            En la novela, la sociedad mundana de la época rococó se oculta bajo las máscaras de judíos, musulmanes y gitanos de opereta, en festejos dementes. El Manuscrit refiere a un grupo social, el aristocrático, que es a la vez el medio existencial y público soñado de la obra potockiana. Tal vez Potocki imaginó el Manuscrit como una gigantesca escenificación rococó en la que Alfonso, el soberano, es conducido a un ingenioso jardín con ermitaños, patíbulos, castillos evanescentes, subterráneos, huríes orientales, salvajes amerindios, actores disfrazados de seres demoníacos, de judíos errantes y de bellas "historias trágicas" próximas a la ópera, en alternancia con pasatiempos bufos. Está muy presente la tradición rococó de la "Commedia dell’arte", con su estereotipación de los personajes, como las marionetas que maneja Voltaire en sus cuentos. Voltaire no entra en la interioridad de sus personajes, sólo refleja su conducta según el método empirista. También Potocki rechaza dotar a sus personajes de interioridad. Pero no son del todo fantoches: Voltaire y Potocki son agudos observadores de la humanidad y con un solo gesto o palabra reflejan estados psicológicos profundos.

            Potocki propone así una fantasía escapista, un retorno nostálgico a la atmósfera festiva de la cultura rococó, con efectos contrapuntísticos, evocadores de la música de la época (Haydn y Mozart). El estilo del Manuscrito es de una sequedad elegante, sobrio y preciso, muy típico del siglo XVIII, aunque otros aspectos apunten hacia el romanticismo, "style coupé" del siglo XVIII, con articulación sincopada, típica del rococó, estilo de la "mis en question", del distanciamiento irónico.

            El rococó representa una ruptura respecto a la lógica, el racionalismo y el cartesianismo, hacia un escepticismo sofisticado. Busca sus ideales en mundos exóticos, en el "noble salvaje" o en el mundo chino, como un eco del empirismo sensualista de Locke y sus seguidores. Tras el desmantelamiento del teocentrismo medieval, al antropocentrismo renacentista también entra en crisis, la metafísica en descrédito y los axiomas racionalistas son abandonados a favor de los fenómenos captados por los sentidos, originando así un realismo cínico y un hedonismo estético.

            La prosodia de Potocki es siempre la misma y un único modelo de frase y estilo unifica la novela. La frase  potockiana es predominantemente racionalista, analítica, de ascendencia volteriana, breve a fuerza de eliminar connotaciones emocionales, acerada e irónica, marcada por la abstracción. Predominan los nombres y adjetivos abstractos. No hay efusiones líricas. Potocki suprime numerosas transiciones, fragmentando el periodo clásico. Ensambla sus frases sin insistir en los engarces, consiguiendo una gran sutilidad nerviosa y vertiginosos cambios de ritmo.

 

            Potocki pinta y rechaza la subjetividad romántica. El Romanticismo insiste en resimbolizar el mundo, mientras Potocki insiste en explorar la reificación y miseria del hombre-cosa, sin acceder a ninguna trascendencia liberadora.

            Por otra parte, no sabemos nada del aspecto físico de Alfonso, Avadoro o Velázquez. La descripción de la vestimenta motiva a veces largos párrafos (como en los libros de viajes de Madame d’Aulnoy). Según el modelo del "cuento oriental" libertino, cumple una función de encanto erótico, propia del espacio del tocador (boudoir), fundamental en la producción novelesca del XVIII o en la Historia de mi Vida de G. Casanova.

            La declaración racionalista de principios contrasta con la fertilidad alegórica de la fantasía y del arabesco. El conde esgrime en la ficción la prosa de los philosophes, que contrasta con la vertiginosa estructura temporal de la obra, del mismo modo que la concisión de la prosa volteriana lo hace con su estructura rococó.

 

EROTISMO GOYESCO. SEXUALIDAD ENMARAÑADA

 

            Entre sensualismo libertino y organicismo romántico, frente a la estructura paranoica del erotismo gótico o la desolacion del goyesco, Potocki ofrece una visión caleidoscópica del erotismo del XVIII, el voyerismo asociado a la lectura, el relativismo orientalista, la lógica iniciática, la aritmética de la repetición y la combinación. Oponiéndose a la trascendencia del amor romántico, juega con los límites de un Eros libertino, la figura redentora es la hija de Alfonso y la propia obra.

            La iniciación sexual de Pedro Velázquez, contada en clave geométrica, jornada 25ª: "Las dos compañeras de mi lecho [se refiere a su tía Antonia con su doncella Marica] me estrecharon con tanta fuerza entre sus brazos que me pareció imposible librarme de ellas. Además, ni siquiera lo deseaba, porque de repente sentí nacer en mí sensaciones desconocidas e incluso inapreciables. Un sentido nuevo se formaba por toda la superficie de mi cuerpo, y sobre todo en los puntos en que tocaba con las dos mujeres, lo cual me recordó algunas propiedades de las curvas osculatrices. Quería darme a mí mismo razón de lo que sentía, pero mi cabeza ya no podía percibir el hilo de ninguna idea. Al fin, mis sensaciones se desarrollaron en una serie ascendente hacia el infinito..."

            Pero el desencanto erótico se presenta como frustración de un erotismo que no alcanza la trascendencia y que no cumple lo que ansía. Tras la desmesura de la evasión, el hecho de no poder alcanzar la totalidad de ser revela la condena de ser; por eso el yo sale de viaje buscando más Yo en los Otros, la "excedance" (E. Lévinas) de la propia imaginación se expone en un excentrismo exótico. El incesto y la androginia operarían luego como ficciones de regreso a la unión inicial de partida, tras el fracaso de la promesa evasiva del placer sexual.

 

 

            El primer fundador de la estirpe de los Gomélez, a la que pertenecen las bellas musulmanas y el rubio oficial valón Alfonso, fue Massud ben Taher, hermano de Yusuf ben Taher. Según la edición española del Manuscrito de Mauro Armiño se trata de Tarik (¿Massud o Yusuf?), el jefe militar bereber que desembarcó en Gibraltar (Gebal-Taher), llamado por contrincantes del rey Rodrigo. Caído en desgracia, se refugia con los suyos en las Alpujarras, que Emina describe como una prolongación de Sierra Morena, "cadena que separa el reino de Granada del reino de Valencia". Los visigodos no habrían tenido tiempo de entrar en las Alpujarras, de modo que sus altos valles estarían habitados por un antiguo pueblo, los túrdulos, ni cristianos ni musulmanes, tribu de origen fenicio no invadida por los visigodos. Massud aprendió su lengua y los convirtió al islam, mezclando a su gente con ellos por medio de matrimonios mixtos. Descubre un tesoro en las Alpujarras y decide implantar la dinastía Alí en el mundo. Tras 806 años, un iniciado llamado Bellah asesina al jefe Sefí, quien quería vender el secreto del tesoro subterráneo a Carlos V. Bellah crea un sistema complejo de iniciación para evitar futuras traiciones. Dos siglos más tarde el jefe Massoud sobrevive a una epidemia de peste que diezma a los habitantes del laberinto subterráneo y descubre el tesoro de Massún. Con la ayuda de Avadoro, un pícaro convertido en importante diplomático durante la guerra de Sucesión española y decepcionado del mundo, organiza un plan para iniciar en los secretos a la secta a los descendientes de la rama cristiana del clan Gomélez. Treinta años después, el guarda valón Alfonso van Worden (hijo de una Gomélez, una de las ramas de los Abencerrajes de Granada) y el geómetra Pedro Velázquez, ambos traumatizados por la educación recibida, son atraídos hacia las Alpujarras, donde son sometidos a la iniciación esotérica del jeque Massoud. Alfonso es seducido por dos primas suyas de la rama Gomélez, drogado y conducido hasta el patíbulo de los bandidos Zoto. El jeque Masoud, disfrazado de ermitaño, finge exorcizar a un saltinbanqui que asegura haber tenido relaciones con súcubos. El Gran Inquisidor, también un agente de los Gomélez, pone a prueba a Alfonso antes de permitir que lo libere el bandido Zoto, quien le narra su historia. Alfonso se acuesta nuevamente con sus primas y vuelve a ser drogado y conducido al patíbulo, donde encuentra al cabalista Pedro Uzeda, también de los Gomélez, quien le lleva a su castillo y le lee historias terroríficas. Alfonso se entretiene con los relatos de Avadoro, jefe de un campamento de gitanos, donde Alfonso pasa cuarenta y nueve jornadas, tras las que es presentado al jeque Massoud, quien le desvela la historia de su clan y la iniciación que acaba de vivir. El jeque dinamita la caverna del tesoro y da por imposible el sueño de los Gomélez al descubrir que no es ilimitado. Los distintos clanes se distribuyen los restos y Alfonso hace carrera militar con la parte del tesoro que le toca. Su hija, fruto de la unión con la prima Zibedea, princesa de Orán, se casa con el hijo de Velázquez. Alfonso es nombrado gobernador de Zaragoza y redacta en español un manuscrito de sus aventuras, que encuentra cuarenta años más tarde, en 1808, un oficial francés, quien es apresado por un capitán español descendiente del clan Gomélez, quien le traduce el texto al francés.

            El narrador es Alfonso van Worden quien es seducido en Venta Quemada (a media jornada del cadalso donde penden los ahorcados) en 1737 por "dos damas cuya tez de lirio y rosas contrastaba perfectamente con el ébano de sus doncellas", extrañas musulmanas que aseguran ser familiares suyos.

            El final no es sino una ruina romántica, un final grandilocuente y operístico, pesimista. el mundo de los Gomélez se destruye irremisiblemente, el libro de Alfonso, también, no es más que una ruina, el resto de una civilización oculta que se extingue, como las que Potocki visita en sus viajes por el Caúcaso. La mina de oro se agota, en un símbolo dramático de involución y empobrecimiento espiritual, debido a la perversión materialista del ideal alquímico. El siglo XVIII rinde auténtico culto a las ruinas "La ruina es una elección imposible entre natura y cultura, libertad y determinismo, energía y orden, historia y memoria, totalidad y fragmento, fin y comienzo" (Le Brun, 1987). Ante la irrupción de los “Grandes Relatos” de la modernidad (Kant, Hegel, Marx), monumentales y neoclásicos, el Manuscrito se yergue como una ruina entrañable y una construcción invisible, con su interminable ambiente de derrumbe.

 

 

FILOSOFÍA (Carnaval filosófico o Commedia dell’arte filosófica. )

 

            Para M. Skrzypek, Potocki era un filósofo y su novela esconde un sistema de filosofía que el autor transmite subliminalmente: el materialista de los ideólogos franceses[1]. El misterio sólo representa para los autores libertinos un enigma indescifrable: viven al margen de la religión, ni dentro ni fuera.

            Para Domínguez Leiva lo que nos ofrece Potocki es una “polifonía dialógica”. El autor no privilegia ninguna doctrina o teoría en su novela, al contrario que el perverso marqués. Cada idea encuentra su parodia. La poesía de la obra resulta de todo lo ambiguo, vago, impreciso y doble. Como los cuentos volterianos, el Manuscrito es también literatura de evasión y catarsis, un engranaje que permite al autor superar sus decepciones. Potocki deconstruye todos los géneros que usa -novela gótica, libertina, picaresca, filosófica-, privilegia la ironía escéptica a medio camino de Voltaire y Hume, lo cual le distingue claramente de los Ideólogos.

            Presenta bajo un ángulo novedoso los debates filosóficos de la época. El marqués de Sade fue el primero en utilizar la etiqueta de "roman philosophique" y reconoció como maestro suyo a su fundador, el abate Prévost. La intención filosófica preside las novelas de Las Luces: Candide, La Nouvelle Heloïse, Jacques le Fataliste o Les liaisons dangereuses. Entre la ironía dieciochesca y el espiritualismo romántico. Racionalidad desencantada, nostálgica de los misterios de la imaginación.

            Potocki, que tenía una buena formación matemática, aboga por la complejidad, reflejo del intrincado mundo histórico, a la vez que forma superior de la inteligencia. Velázquez, el matemático despistado, representa un diálogo clásico entre la razón y la sinrazón y expresa gran parte de la carga filosófica de la obra.

            En 1918 T. Sinko dedicó un libro al contenido filosófico de la novela, titulado Histoire de la religion et la philosophie dans le roman de Jan Potocki. Potocki aparece como un deísta defensor acérrimo de las Luces. Investigó las fuentes filosóficas del Manuscrit: la Hermética griega, Filón, Filóstrato, filósofos modernos: Herbert de Cherbury, Blount, Toland, Voltaire, Helvétius, La Mettrie o Volney. Relatos insertos como la Historia de Menipea y la discusión que sigue expresan una crítica del cristianismo: rechazo del alma sobrenatural y de la concepción monista del humano, cuyos pensamientos tienen su origen en las impresiones sensoriales. Toda la crítica polaca posterior ha aceptado las tesis de Sinko.

            Pero también se puede leer el relato marco del Manuscrito como un "Bildungsroman" filosófico en el que Alfonso van Worden representa el sistema cristiano puesto en cuestión por las Luces, encarnadas en la obra por la figura del Sabio Mahometano, el jeque de los Gomélez. Alfonso es un personaje tentado y refleja el pasmo de la moral heroica y cristiana, en crisis, ante el desafío de las Luces.

            La mezcla de erotismo, exotismo y crueldad, resultan tan modernas que W. Haas adapta en el año 1964 el Manuscrit al cine, con una iconografía surrealista que hizo del film una cinta mítica y una obra de culto, aclamada por la crítica. La idea de un despertar bajo el patíbulo, que parece sacada de un episodio de Jacques le Fataliste de Diderot, resulta muy sugestiva, incluso filosóficamente.

            Los personajes de Potocki son hombres-relato, hombres-discurso; la falta de  profundidad psicológica se compensa así con un verdadero calado metafísico. Así, por ejemplo, Velázquez es el emblema del racionalismo, y debe contemplar amargamente cómo, después de seguir las huellas de Locke y de Newton y haber alcanzado los últimos límites de la inteligencia humana, asegurando incluso los principios de uno y los cálculos del otro en el abismo de la metafísica, sólo ha logrado figurar en el número de los locos, ante los moros nómadas de los alrededores de Ceuta, con lo que rompe todas sus tablillas de cálculo diferencial e integraciones para marcarse unos pasos de zarabanda…

            La cuestión del punto de vista de la narración es fundamental en la obra. El polaco es de los primeros autores que intenta obtener un efecto fantástico por este conflicto de perspectivas y focalizaciones. Pero su perspectivismo va más allá del juego fantástico, tocando temas como el voyeurismo, como cuando la orgía de Thivaut es narrada desde otra óptica por Orlandine. Un mismo acontecimiento aparece a veces desde tres puntos de vista distintos. Esta repetición tal vez tenga connotaciones cabalísticas, pero sobre todo confieren a la obra una dimensión irónica. Ironismo, ludismo... "Potocki parece invitar al lector a participar en un juego complejo".

            Todos los narradores del ciclo de la Venta Quemada (probablemente origen del pueblo que hoy se llama Aldea Quemada) se han drogado con el vino de Alicante que altera su percepción y les hace olvidar lo ocurrido. Cada narración resulta defectuosa y solicita otra que llene su vacío, como en la tradición cabalística que se perpetúa, a través de filosofías judías, hasta el deconstruccionismo derridiano. La pérdida de sentido impone un reinicio. El Talmud distingue cuatro niveles de lectura Pchat (sentido literal), Rémèz (sentido alusivo), Drach (sentido solicitado) y Sod (sentido escondido o secreto). La obra de P se inscribe en el conflicto de interpretaciones que anima el Talmud, referencia latente en toda la novela y que explica su vitalidad en el debate hermenéutico postmoderno. Para responder a su solicitación infinita es necesaria una crítica plural y contrastada.

            El análisis de lo que le dicen confronta a menudo a Alfonso Van Worden a una duda irreductible que se convierte en desconfianza hermenéutica. Hay una sospecha o desconfianza continua en el tejido de las locuciones. El pensamiento descubre cuanto encubre. Potocki se adelanta así a Nietzsche. Y la hipertextualidad potockiana anuncia directamente el mundo cibernético de Internet. El Manuscrito resulta ser así un auténtico clásico postmoderno.

            El enciclopedismo del personaje Diego Hervás recuerda en más de un detalle a Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), admirador de Genovesi, Locke y Malebranche, pero también acorde con Descartes en la aplicación de la duda. La Historia de la vida del hombre, enciclopedia publicada entre 1789 y 1799, fundamenta un canon del conocimiento en la órbita de Bacon.

            Nos hallamos ante una verdadera tragedia del saber. Todos los personajes se quejan de verse superados por las brechas de lo que saben: "Nous ne connaissons pas bien la nature des démons, parce que dans notre science, comme dans toutes les autres, on ne peut pas tout savoir" (Manuscrit trouvé à Saragosse, 104, primera edición integral elaborada por René Radrizani, Paris, J. Corti, 1989, pg.104). Hay en ello también la huella de la errancia de un sentido nunca pleno, paralelo al resultado de las historias quebradas y enlazadas, pues ningún relato es el Relato, como ningún libro es el Libro (Domínguez Leiva).

            Schopenhauer, influido por los estudios orientalistas, retomará la idea hindú del Eterno Retorno poco después de la publicación del Manuscrit. Para el racionalista Potocki, el onirismo, como la locura, seguían siendo el Otro inimaginable de la Razón, una interrupción, una ausencia y un silencio. El siglo de las Luces tiene un temor específico a la locura, signo de la precariedad de una Razón que puede derrumbarse en cualquier momento, o cuyo sueño produce monstruos, como en la sentencia de Iriarte tomada por Goya. Potocki era demasiado volteriano y racionalista para arrojarse al anverso de la razón. Se contentó con pasearse por sus meandros limítrofes.

            Frente al romanticismo que buscará en la noche sus metáforas predilectas (Himnos a la Noche, de Novalis), los ideólogos intentan recrear las ciencias humanas: sueño racionalista de "deshumanización del hombre", reducido a abstracciones matemáticas, como un resorte del Gran Engranaje, pues según el Descartes de la segunda Meditation, la única idea clara que concibe el cogito respecto de las cosas corpóreas es su extensión (étendue), esencia de la materia. De ahí la exploración racional y naturalista de los espacios domésticos, "d’après nature" (v. la pintura de Fielding, Hogarth, Chardin, quines buscan representar la materialidad de las cosas, sin adjetivación, su estricta presencia).

            Pero Potocki logra conciliar el mecanicismo de la razón instrumental con otro modo de pensamiento y otra forma de raciocinio. En el Manuscrito el espacio cartesiano se torna laberíntico y sobrenatural. Del espacio newtoniano y racional al espacio de los ocultistas, mimético y simbólico (cfr. Böhme, o Boehme, Goethe, Blake): geometría divina, criptograma de Dios que niega la separación entre el espacio exterior y el interior, entre el mundo y el Yo. Escaleras, laberintos, fortalezas, elementos y formas son signos de una realidad espiritual escondida debajo de la materia. Potocki, iniciado en el ocultismo, se muestra sensible a ciertas teorías paradójicas, desde Berkeley hasta el Mundus subterraneus de Kircher (1678). Lo “pintoresco” se convierte así en un espacio simbólico de lugares y paisajes que recuerdan a la imaginación las descripciones de poemas y novelas (Dictionnaire de l’Academie). A la par, es espacio sublime (Addison, Pleasures of Imagination, inspirado en Sobre lo sublime de Longino, del I a. C.). El espacio sublime es el espacio infinito, productor de admiración y temor en el individuo, como en la pintura de G. Friedrich, hasta lo sublime de las tinieblas (Piranesi, Carceri d’invenzione).

            El Gran Engranaje de Newton se ve concretizado arquitectónicamente en una obra aterradora y visionaria de Boullé, el Cenotafio de Newton (1784), utopía de una razón deshumanizante. Otro espacio utópico de la época es el Panopticon de Bentham. La masonería sacraliza la Arquitectura durante todo el siglo, conserva el vocabulario y los emblemas de las míticas cofradías esotéricas de constructores medievales, representando a Dios como el Gran Arquitecto del Universo. Pero no se puede reducir el Manuscrito a un esquema puramente masónico. Potocki y su familia pertenecieron al Gran Oriente polaco, de tendencia racionalista y deísta, opuesta al iluminismo místico de las logias egipcias de Cagliostro. La masonería resucita los misterios egipto-helenísticos, imitando a  los humanistas neoplatónicos que renovaron su saber gracias a la tradición hermética.

            Fichte afirma en la Doctrina de la ciencia, tres años antes de la redacción del Manuscrito, un idealismo subjetivo en el que el mundo y el espacio son la apariencia producida por el Yo absoluto, obligado a limitarse y darse un objeto para tomar conciencia de sí mismo. Los poetas románticos aniquilan el universo newtoniano, para ellos el mundo es un todo orgánico, energía dinámica, amor y presencia de la divinidad. El universo de Potocki resulta diametralmente opuesto a estas corrientes filosóficas y estéticas que gestan el pensamiento del XIX. El Hombre-cosa no puede acceder a la resimbolización y rehumanizacion del mundo.

            Potocki sólo es sensible a las categorías primarias de Locke, desdeña por completo los colores, los olores y los sabores: le importa la solidez, la extensión, la forma, el número, el movimiento o el reposo para describir lo real espacialmente. Le interesan los “espacios de la subversión”: castillos góticos, laberintos subterráneos, tierra baldía (terre gaste), cárceles inquisitoriales, ciudades malditas, minas de oro, locus amoenus erótico de la caverna, mausoleos. Potocki se ríe de todos los valores mientras muestra una verdadera fascinación por la cultura material y una cosificación económica del mundo. El espacio de la alcoba libertina es una caverna, como en los cuadros enigmáticos del primer Goya. Todos los lugares se comunican entre sí.

            El empirismo tampoco desdeñó la analogía del hombre-máquina: resemblance, contiguity and causation: leyes de asociación de ideas de Hume, inspiradas por la ley de la gravitación de Newton. Los Ideólogos finiseculares radicalizan el breviario empirista. Herbart se propone matematizar la psicología. Cabanis: "le cerveau sécrète la pensée comme le foie sécrète la bile"... "je sens, je suis". Obsesión frenológica de Gall. Este reduccionismo racionalista, materialista y censista, está presente en el Manuscrito, reacio a la revolución rusoniana. Pues Rousseau añadió al reduccionismo racionalista "l’historien du coeur humain", la historia del espíritu, abriendo las puertas tanto al Idealismo alemán como al Romanticismo estético. Kant opondrá la Vernunft, la intuición trascendental, los  a-priori categóricos. Se afirmará el poder de la Razón pura, del Sujeto (Fichte), del reino interior de la verdad. Paralelamente, los románticos afirmarán una psicología voluntarista, holista, vitalista y organicista, exaltando los poderes inconscientes del Yo, llevando el asociacionismo de Hartley hasta los umbrales del psicoanálisis. Los románticos exploran antiguos y nuevos métodos: el onirismo, la religión, la contemplación de la Naturaleza, el éxtasis demiúrgico, el satanismo, la perversión sexual o las sustancias psicotrópicas. La psicología sigue viviendo hoy de las fulgurantes iluminaciones románticas.

            ¿Mauvaise foi en Potocki al ocultar y rechazar a las clases dominadas? ¿Evasión de la realidad social inmediata por parte de una clase social anacrónica? ¿Es la novela gótica conservadora, antirrevolucionaria? El relativismo moral y filosófico del Manuscrit tal vez se inscriba en la tradición de las grandes novelas satíricas, de las obras que muestran a las claras las contradicciones del corazón humano: "C’est là la grande énigme du coeur humain, que personne ne fait ce qu’il doit faire. Tel ne voit de bonheur que dans le mariage, passe sa vie à faire un choix et meurt célibataire". 

 

 

PSICOANÁLISIS Y RELIGIÓN

 

            Philip K. Dick retomará el tema de la función irreal de la conciencia. Merleau-Ponty: "lo que protege al hombre del delirio de y de la alucinación es la estructura de su espacio". Alterándolo, Potocki nos introduce en un espacio laberíntico cercano a las patologías del sentimiento de la realidad de los psicoasténicos, quienes experimentan sentimientos de desorientación y creen que las cosas y los lugares desaparecen, o de los esquizofrénicos, para quienes el espacio mismo está desestructurado y dislocado como la realidad propia. Sabemos que el conde polaco sufría ataques neurálgicos agudos.

            El laberinto estructura también la narración. Su función cabalística, retomada por los alquimistas, se atribuye al rey Salomón. Se busca una guía para conseguir el Opus Magnum, símbolo de muerte y resurrección espiritual. Los masones retomaron la iconografía laberíntica y la plasmaron en las catedrales góticas europeas, logia invisible como la del célebre laberinto de Leonardo. La espiral es también imagen humana del infinito. El centro del laberinto está siempre en blanco.

            Potocki se opone tanto a la teodicea barroca como a la rebelión luciferina de los románticos. Su obra se inscribe en la transición del escepticismo ilustrado al irracionalismo romántico. Potocki fue un historiador de las religiones. "Las religiones están sometidas a una fuerza lenta y continua que tiende incesantemente a cambiar su forma y su naturaleza, y por eso al cabo de varios siglos resulta que una religión que se cree siempre idéntica termina ofreciendo sin embargo a la creencia de los hombres otras opiniones: alegorías cuyo sentido ya no se capta, o dogmas en los que sólo se cree a medias" (J 33ª pg, 563).

            Denuncia la ilusión infantil de la oscuridad: "Tot había envuelto sus ideas en una metafísica muy oscura, pero que por eso parecía mucho más sublime". Cristo es un personaje más en el Manuscrit. El Valle de los Hermanos podría ser una alusión a la Logia de los Tres Hermanos, a la que pertenecían varios miembros de la familia Potocki. La Venta es el nombre con el que designaban los Carboneros su Logia y el lugar donde se reunían era conocido como El Valle. Los Carboneros se llamaban a veces Primos. Ante la Venta hay un tronco para limosnas y precisamente la caridad era una de las actividades principales de las logias... El propio patíbulo alude a ceremonias masónicas que se celebraban al lado de las columnas, donde estaban escritas las letras J y B, que, leídas en clave masónica dan el nombre GIBET, o patíbulo. Para los verdaderos masones las riquezas son vanas quimeras. Así se explicaría la destrucción final del tesoro y la pasiva actitud de Alfonso. El Manuscrito puede interpretarse como un "roman à clef" esotérico, pero el desencanto de Potocki contamina igualmente este simbolismo haciendo que juegue con el pastiche masónico, o el esoterismo judío, como juegos, dos discursos más entre todos los discursos de su época, testimoniando las contradicciones de una civilización que agoniza.

            La reflexión sobre la religión preside toda la obra hasta que Velázquez la teoriza en su célebre discurso. Redacta la obra en el momento en que se publican Les Ruines de Volney, "verdadero testamento del siglo XVIII en materia de religión", y tal vez en respuesta al resurgir del cristianismo que siguió a la publicación del Génie du Christianismo de Chateaubriand. Las figuras del sabio egipcio (Keremón) y del sabio mahometano (el jeque) relativizan la ideología cristiana, la ecuación entre religión y moral, así como la idea de la religión revelada. Para Keremón incluso el platonismo deriva de los misterios egipcios, según la tesis que retomó el historiador E. Dodds: "Platón, que había pasado dieciocho años en Egipto, llevó a los Griegos la doctrina del verbo, lo que le valió el sobrenombre de 'divino'. Keremón pretendía que todo eso no estaba completamente en el espíritu de la antigua religión egipcia, que ella había cambiado, y que toda religión debía cambiar".

            Como volteriano y deísta, a las paradojas de las religiones reveladas, Potocki opone la idea de una religión natural, basada en el razonamiento universal y fuente de unión solidaria entre los hombres. Para Velázquez, filosofía y teología son líneas asíndotas, se aproximan pero no se encuentran. La existencia de Dios se afirma y acepta desde la impronta o huella que el hombre ha guardado de él en la conciencia. Se admite un trasfondo de las religiones, cuyo fundamento es esa huella indeleble. Este razonamiento está inspirado en la Profesion de foi du vicaire saboyard. Para Velázquez la ciencia conduce hacia la afirmación de la religión. “Si tout dans ce monde a un but bien marqué, la conscience ne peut avoir été donnée a l’hombre pour rien“.. Potocki reduce al absurdo tanto el sistema mecánico y empirista como las religiones basadas en supuestos étnicos. Ilustra los límites de la razón: "Nous sommes des aveugles qui touchons à quelques bornes et savons le bout de quelques rues, mais il ne faut pas nous demander le plan entier de la ville"... Ridiculiza tanto el racionalismo eurocéntrico como el teocentrismo islámico.

            Velázquez anima la materia con pulsiones y afirma, adelantándose al psicologísmo y al existencialismo, que "la voluntad precede al pensamiento, y es resultado inmediato de la necesidad o de la pena" (Schopenhauer y Nietzsche). Adelantándose a su tiempo, este personaje aplica en 1739 las matemáticas a los problemas morales y psicológicos como propondrán a fines de siglo los ideólogos G. Cabanis, Destutt de Tracy, Maine de Biran o C. F. Volney. A Volney le conoció Potocki personalmente en el salón de Mme. Helvétius.

            Ya hemos aludido al personaje de Diego Hervás, inspirado en la figura de su contemporáneo Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), quien escribió una enciclopedia: Historia de la vida del hombre (1789-9) en siete volúmenes, y fue el creador de la filología comparada. De la teología, Hervás salta a la ciencia de los sueños, asociando así las quimeras metafísicas con este fenómeno psíquico. El hombre más materialista y desesperado del universerso potockiano grita antes de morir: "¡O Dios, si hay uno, ten piedad de mi alma, si tengo una!". La ironía triste del Manuscrito muestra el patetismo de las trampas racionales frente a los misterios inexplicados e inexplicables de la condición humana.

            El punto culminante del relativismo moral en la novela es la figura sadiana de Belial de Gehena, el personaje más diabólico del Manuscrito. Su parábola volteriana simboliza toda la novela: "Des insectes très petits rampaient sur le sommet de hautes herbes. L’un d’eux dit aux autres. Voyez ce tigre couché près de nous; c’est le plus doux des animaux, jamais il ne nous a fait de mal. Le mouton, au contraire, est un animal féroce; s’il en venait un, ils nous dévorait avec l’herbe qui nous sert d’asile; mais le tigre est juste, el nous vengerait".

          El perspectivismo que estructura la novela queda plasmado en este escepticismo irreductible: "Vous pouvez en conclure que toutes les idées du juste et de l’injuste, du bien et du mal, sont relatives et nullement absolues ou générales".

         Si a Potocki le obsesionan las perversiones no es por una mística del materialismo como en Sade, o por provocacion byroniana, sino por relativismo cultural.

            El M puede leerse como la soledad del hombre-cosa encerrado en el laberinto de una razón instrumentalizada y reductora, de ahí el desencanto frente a toda trascendencia y la impotencia de resimbolizar el mundo como hacen los románticos. Explica así negativamente la lógica profunda de la reacción romántica, que quiso salir del laberinto potockiano.

            En el Manuscrit hay una voluntad aristocráticamente orientada a lo oscuro y opuesta de algún modo a la claridad de las Luces... un desvío de la causalidad empírica y de la historia. El terror sublime y gótico funciona como un encubrimiento antiintelectualista, como una mistificación ideológica de las clases dominantes.

            Cien años antes de Frazer, la escuela de mitología comparada a la que Potocki pertenece había ya entendido la lógica histórica de las religiones y sus leyes implícitas: "Comme je vous l’ai dit: les religions changent comme tout dans ce monde". En esto mantiene posiciones próximas a las de los ideólogos del XVIII y contrarias al revival reaccionario del Génie du Christianisme. El Manuscrito responde contra el romanticismo ultra. Sin embargo, su autor defiende el cristianismo a su manera, una de las proezas del Manuscrito, por ejemplo, es la reescritura de la escena de Jesús en el templo vista a través del narrador, el Judío Errante.

 

 

UN POLACO AFRANCESADO Y SU VISIÓN DE ESPAÑA

 

            Potocki decide escribir en francés, lo que tal vez explica cierta pobreza lingüística del Manuscrit, como sus contemporáneos W. Beckford o G. Casanova. El francés funcionaba entonces como lengua de la diplomacia y la civilización europeas del siglo XVIII,. En la Europa de las Luces, el francés sustituyó al latín como lengua de civilización, el francés rejuvenecía el escolasticismo latino y se mostraba claro, seguro y vivo. Reflejar un mundo imaginario eslavo y barroco en el lenguaje del clasicismo francés supone en sí un proyecto complejo y dialéctico significativo... La tensión de la prosa de Potocki procede precisamente del contraste entre su impecable lógica formal y las paradojas y ambigüedades conceptuales que solapa, llevando  hasta el límite el contraste entre un francés racionalizante y la construcción de un referente laberíntico y engañoso.

 

            La visión del Manuscrito defiende el mosaico étnico y cultural español, oponiéndose tanto a la hispanofobia ilustrada como a la hispanomanía romántica. La única alusión a la patria natal del escritor aparece en la comparación entre los vampiros polacos y los españoles. Los de España son espíritus inmundos que animan el primer cuerpo que encuentran, dándole toda clase de formas.

            ¿Por qué un conde polaco escribe una documentada y extensa novela sobre un país como España que ha visitado durante poco tiempo (un solo y breve viaje), cuya historia apenas guarda relación con su vida?

            Potocki refleja la mutación del Estado Español entre 1650 y 1730, el cambio de dinastía en España, o sea, desde el reinado de Felipe IV y el conde duque de Olivares (1621-1665) hasta el de Felipe V (1700-1746) tras la guerra de Sucesión, con la reestructuración burocrática de cargos, la nueva dependencia de la nobleza respecto del absoluto poder real. Retrata sobre todo a la nobleza en crisis. Los burgueses se hacen fuertes. Describe cómo, incapaces de seguirles en el lujo, los nobles venidos a menos les desprecian y ridiculizan. Los ideales de la nobleza patriarcal, heroica, guerrera o conquistadora, son sistemáticamente puestos en ridículo, sobre todo a través de las obsesiones del padre de Alfonso, auténtico psicópata del florete. Los cargos y títulos ya no significan nada.

            La corrupción del clero, clase pasiva, aparece generalizada. Potocki asume los principios utilitarios de la clase emergente, se ocupa de pequeños artesanos como el armero Zoto, quien trata de mantener el lujo de su mujer, émula de su hermana que ha casado con un rico mercader de aceite. En general, sus personajes reniegan de la clase baja, clase que utiliza el sexo como estrategia de ascensión social. En pleno periodo postrevolucionario, la existencia del proletariado es considerada como una bajeza... De ahí el absurdo sistema de valores de Avadoro, quien, por pundonor, prefiere mendigar a ser comerciante. En el Manuscrito apenas hay espacio para el tercer estado. El universo de Potocki, a modo de torre ebúrnea, es el universo de las clase dominante. La evocación de sociotipos como los marineros mediterráneos, los corsarios malteses o los labriegos murcianos, es pintoresca y rápida. Las clases obreras entran en la novela a través del estereotipo del bandido y el pícaro. Avadoro es una especie de pícaro delectante, hijo de un burgués excéntrico que lo mete en un colegio de curas del que escapa, para volversde mendigo, diplomático y, por fin, jefe de una banda de gitanos (v. cómo los gitanos fueron perseguidos durante todo el siglo en el manual de Gonzalo Anes).

            El ocultamiento ideológico de los que verdaderamente trabajan es el aspecto más falso de la obra. Potocki se refugia en un Antiguo Régimen de opereta, donde las masas revolucionarias no existen, nadie muere de hambre y los bandidos son agentes de una rica secta musulmana que entretiene a un joven aristócrata. Los conflictos entre personajes reflejan los vaivenes anímicos de una clase en proceso de transformación y que sacrifica sus valores seculares para adaptarse a los tiempos y seguir en el poder.

            Sin embargo, el interés de Potocki por la historia de España es profundo, por su analogía con la historia de su patria. "A la muerte de Carlos II, España entra en una crisis que Polonia conocerá durante todo el siglo XVIII hasta su desaparición: clanes aristocráticos opuestos y apoyados por potencias extranjeras" (Triaire, 1991). Durante la guerra de Sucesión, narrada en el Manuscrit, se oponen los partidarios del Emperador (Castelli, Toledo, las duquesas de Ávila y de Sidonia) y los aliados del rey de Francia (el duque de Arcos, marqués de Medina, Busqueros, Uscariz), como se oponían en Polonia las facciones pro-prusianas y rusas dos años antes del inicio de la redacción del Manuscrito.

            El periodo de la historia del Manuscrito corresponde grosso modo a la decadencia española y al auge del imperialismo francés. Pero Potocki enmarca el oasis narrativo de la iniciación erótico-filosófica en Sierra Morena, entre la guerra de Portugal del padre de Van Worden (1640) que describe con todo lujo de detalles, la guerra de Sucesión española de Avadoro (1702-1713) y la contienda de Alfonso en el conflicto dinástico austríaco (1748). Incluso toma partido en las revueltas indígenas de América, como la de Tupac Amaru, las tensiones pre-independentistas a través de Alonso Torres, que desarticula el dramatismo real de la represión española.

            El mundo fabuloso que crea Potocki en su extraño "Decamerón" refleja la historia profunda de la España de la época, donde el dinero y la economía juegan un papel de primer plano. Potocki retrata la casa de comercio de Moro, afincada en Cádiz, que había desplazado a Sevilla en el comercio de Indias, los mecanismos del capitalismo comercial de la época, la España afrancesada... incluso categorías claves del orden sexual como el embebecido, el cortejo o la serenata; oficios y tipos sociales, incluyendo la caricatura en el caso de Cabrónez,

el bandidaje andaluz (Testalunga), las instituciones influyentes como el Consejo de Castilla, la Audiencia, las órdenes militares (Calatrava), clericales, el Santo Oficio. El Madrid picaresco de la Plaza del Sol, la Cebada, San Roque, las geografías del crimen tan bien como las rutas de Sierra Morena o Sicilia.

            España era perfecta para ilustrar una reacción antimoderna: no conocía la revolución industrial. Y, en la montaña (Las Alpujarras, Sierra Morena), pervive el antiguo subconsciente cultural precristiano. Y preestatal. Lo que Potocki nos describe con las historias de Zoto es el nacimiento de la mafia siciliana y calabresa. Nos contagia así su propia fascinación literaria y etnográfica por los espacios criminales y la emblemática de los marginados de la historia de España: judíos, conversos, cabalistas, moriscos resistentes, bohemios nómadas, sociedades secretas, masonería, el Judío Errante.

            Frente al mito nacionalista hispano (el origen godo), Potocki presenta una España compuesta por etnias y colectivos marginados y heterodoxos, remontándose incluso a Tartessos en las primeras páginas. Los misteriosos túrdulos perdieron sus antiguos libros hasta que fueron cristianizados. Con estos parias entran en contacto otros parias, el grupo chiíta de Massud ben Taher, caído en desgracia ante Omeyas y Abasides. La familia Gomélez tomará su nombre del lenguaje túrdulo: "Gomélez" significa la Montaña.

            En la Francia del XVIII la hispanofobia era general, la idea de España funcionaba como estereotipo del fanatismo intolerante, de la crueldad oscurantista, supersticiosa, dominada por un clero omnipotente. Para Montesquieu, España representa en el Esprit des Lois (XIX, X) un país en el que "las pasiones multiplican los delitos". Estas opiniones se radicalizaron con el proceso de 1778 contra el ministro de Carlos III Pablo de Olavide, masón perseguido por la Inquisición, y cuya labor fue tan importante en la repoblación de una parte de Sierra Morena. Pero Potocki sólo juega con los símbolos, no encuentra en el ocultismo un potente aliado para una cosmovisión idealista y romántica.

            La naturaleza de Sierra Morena se convierte en el escenario de una ópera, un espacio gótico o un “jardin romanesque”, como los definidos en la Théorie des Jardins de la Nature de Morel, donde recomienda crear un desierto árido, suspender rocas aterradoras y levantar ruinas sublimes que permitan al feliz propietario impresionar a sus visitantes y encantarles... Son los jardines del Palacio de los arzobispos de Salzburgo. El rococó llevó hasta sus últimas consecuencias estor retorcimientos escenográficos: Mr. Hamilton buscaba para su gruta de Pain’s Hill a alguien dispuesto a no cortarse el pelo, la barba ni las uñas, durante siete años y a permanecer en silencio por la suma de setecietas libras, incorporando así la escultura viviente de un eremita a su magnífico jardín.

 

            Había otras visiones de España que Potocki explota literariamente.

            La imagen de España en la literatura francesa, según I. Herrero y L. Vázquez, "Le portrait de la nation espagnole", in Studies on Voltaire, 303, (1992), 278-288:

 

            1. Para ciertos antiilustrados, España es un cordón sanitario contra la impiedad, el afeminamiento y el libertinaje. En el siglo XVIII, muchas libertinas fueron en femenino lo que Sade y Casanova, pero no se atrevieron a exponer sus aventuras reales o imaginarias por escrito. Una de las demi-mondaines más perversas fue Claudine de Tencink, pero escribió novelas sentimentales... Felicité de Choiseul-Meuse se jactó de ser la autora de Julie, ou j’ai sauvé ma rose (1807), en la que aparece uno de los raros manifiestos lésbicos de la época.

            2. España galante de fiestas, corridas, chichisveos y serenatas nocturnas.

            3. Imagen de los conquistadores y el mundo imaginario de la Nueva España.

            4. España como lugar de viajes y aventuras picarescas, especialmente a partir de la reedición de Gil Blas (1784) y sus famosas posadas (auberges espagnoles).

 

            El español vive dividido entre el placer refinado y la crueldad supersticiosa: Eros y Tanatos. Este marco ofrece un perfecto escenario para la representación del contexto de crisis de la Ilustración, un terreno privilegiado de ensoñación fantástica. El Diable Amoureux de Cozotte anuncia el interés novelesco por una España fantástica, inspirada por fuentes españolas, como El diablo cojuelo de Vélez de Guevara. En el Diable la acción se traslada, como el en Manuscrito, del reino de Nápoles al misterioso "château de Maravillas", situado en Extremadura, inaugurando una geografía fantástica que influirá en Sade: Rodrigue ou la Tour enchantée. España es referencia obligada para la novela gótica inglesa. En The Monk, del joven M. G. Lewis ya están presentes personajes pseudohistóricos como los Medinacelli y elementos culturales como el peregrinaje a Santiago y un universo diegético que retomará Potocki: el Prado, Murcia, Córdoba, los Capuchinos, Santa Clara... España se ha convertido en un frenético "paisaje mental" de sexo, violencia y sobrenaturalismo. El Diablo de El Monje se lleva a Ambrosio, volando, hasta Sierra Morena, donde le anuncia, antes de arrojarlo al abismo, que Antonio, con cuyo cadáver intentó copular, era su hermana. Exotismo de España: el oriente del Occidente. El Manuscrit, con su lectura heterodoxa de la Historia de España, anuncia la fascinación irracionalista de la generación romántica francesa de 1820.

La venta abandonada es un símbolo exótico y escapista del ser interior, un refugio psíquico abandonado y expoliado. El Manuscrito es así una obra bizarra, de la lejanía, escrita en Rusia por un polaco, evoca la belleza y el interés que tuvo un mundo en trance de desaparecer.

      La apariencia uniforme, monoétnica y católica, encubre un mundo subterráneo que Potocki destapa, y que incluso está amparado por un régimen represivo pero cómplice. Se puede decir que deconstruye la identidad hispánica. ¿Cómo conocía tan bien España? A través de los Libros de Viajes y bibliografía diplomática, a través de la literatura picaresca española. que hacía furor en el resto de Europa. España ofrecía un marco ideal para la transposición de la novela gótica por la crueldad y el horror que el imaginario francés de la guerra de la independencia (el Vietnam de la época) le atribuían. Caro Baroja consideró la España de Potocki como una tendenciosa fantasía, el mundo que retrata sería la leyenda de la España pícara y violenta de 1590 a 1660. En efecto, en la década de 1780 a 1790 sólo se quemó en Sevilla a una bruja, pero el mundillo de Carlos IV era reacio a tomar en serio las viejas tradiciones esotéricas. El mundo mágico que explota Potocki interesó más en el XVI y XVII que en el XVIII. Sin embargo, hemos de reconocer que la España de Potocki es bastante más compleja que la de los ilustrados y románticos.

           

 

TEMPORALIDAD Y FICCIÓN. MÁRGENES DE LA HISTORIA

 

            Podemos advertir en el proyecto potockiano un ansia de totalizar los conocimientos históricos sobre la evolución de las civilizaciones. Mezcla, antes que W. Scott, personajes ficticios con históricos, monarcas, ministros, cortesanos, embajadores, militares, o construye personajes de ficción sobre personajes reales, como sucede con la historia del personaje Hervás y los trabajos del erudito jesuita Lorenzo Hervás y Panduro. Potocki fue un historiador apasionado del Antiguo Testamento y, como tal, refleja la crisis de la Historia Sagrada, producida por el descubrimiento de la cultura egipcia. Si los judíos vivieron mucho tiempo bajo la dominación de los egipcios, tuvieron que estar influidos por una civilización superior en sabiduría, lo que implica que el Pueblo Elegido tuvo que ser tributario de una Ley no revelada, copiada de los egipcios. Potocki refleja esta crisis en la historia del J Errante (Asuero), central en la novela.

            El Judío Errante es una alegoría de lo absurdo de la Historia humana cuando ésta da la espalda a la Trascendencia, justificada filosóficamente por el materialista Velázquez, en alternancia con la enunciación narrativa del Judío. La versión más antigua de esta leyenda la encontramos en una crónica boloñesa en la que se relatan acontecimientos hasta el 1228. Unos peregrinos que regresaban de Tierra Santa el año 1223 habían visto en Armenia a un judío que sería el mismo que, yendo Jesús con la cruz a cuestas, le pegó para que fuera más deprisa. Hacia 1650 se difunde por toda Europa una extensa biografía, Histoire admirable du juif errant.

           

            En paralelo con la familia Uzeda, emblema de la tradición judía, el otro protagonista colectivo es el Islam, representado por la familia Gomélez y que se fusiona con la Uzeda, aludiendo así a la idea de una raza humana común, defendida filosóficamente por Las Luces.

            No obstante, el Manuscrit produce una visión de la historia universal que sustituye la canónica. Los protagonistas pertenecen a dos comunidades excluidas: judíos y musulmanes. Por supuesto, no hay ninguna sublimación de las mismas. Los Gomélez tienen la intención fanática de hacer triunfar la secta de Alí y de los judíos, Potocki cuenta historias como ésta: "Como buen judío, Herodes , le arrendó a Cleopatra las provincias que ésta le había arrebatado" (J 22ª).

            Potocki fue un apasionado del judaísmo y del análisis de las relaciones entre el judaísmo y las filosofías orientales. La vida cultural polaca estaba viviendo el debate entre hassidismo y Haskala o Luces judaicas, opuestas al oscurantismo místico del primero, influenciado por la cábala. Los judíos polacos eran sefarditas y ejercieron un papel determinante en la vida intelectual de Polonia. Podolia era una región eminentemente judía, donde vivía Rabbi Nahman (1772-1811), una leyenda del hassidismo.

            Potocki parece plantearse la posibilidad de una racionalización exhaustiva de la historia. Velázquez habla del proyecto de su padre (J 22ª) de aplicar el cálculo al estudio de la historia "para determinar qué proporción y qué relación de probabilidad había entre lo ocurrido y lo que hubiera podido ocurrir... creía que podía representarse las acciones humanas mediante figuras de geometría". Las decisiones se pueden inferir mediante cálculo diferencial a partir de los impulsos implicados en el comportamiento, por ejemplo, y en el caso de Marco Antonio, entre la fuerza de su ambición y la fuerza de su amor por Cleopatra. Mientras su tía le tira los tejos, Velázquez alucina pensando en "la posibilidad de aplicar el cálculo al sistema entero de la naturaleza" (24ª).

            La creencia básica de la Ilustración, la secularización de la divina providencia en progreso histórico y emancipación racional parece hacer aquí aguas, frente a la visión de la historia como pesadilla, como sucesión de acontencimientos que arrastran a los personajes, quienes carecen de control sobre ellos. Potocki es pesimista: la historia aparece como entramado absurdo de crímenes e intrigas, justificados con supersticiones que manipulan los poderosos. Ni siquiera es posible retirarse de ella para cultivar el propio espíritu o la propia huerta, como en el Cándido de Voltaire. Si lo haces, te despojan. Eso sucedió al buen judío Isquías, abuelo del Judío Errante, y exclama... : "en este mundo hay que ser martillo o yunque, golpear o ser golpeado". Los personajes muestran la crisis de ideales y valores decepcionantes y engañosos. La condensación lógica y rítmica produce con su concesión escueta un efecto voltairiano de cruel futilidad, de total desencanto.

            Potocki analiza fríamente la decadencia romana, igual que Gibbons lo hacía también en ese momento. Aunque se hace eco de la egiptomanía abierta por la invasión napoleónica de Egipto en 1798 ("Platón, que pasó dieciocho años en Egipto, llevó a Grecia la doctrina del verbo, lo cual le valió de parte de los griegos el apodo de "divino"" J 36ª, 619), el revival romano de la Revolución y el Imperio de Napoleón ofrecen su lado más oscuro. Y así, en su visión de la temporalidad propiamente humana se mezclan la melancolía y el escepticismo, una erotología triste con un sobrenaturalismo desencantado.  

 

 

Bibliografía

 

Jan Potocki. Manuscrit trouve à Saragosse, texte établi et présenté par Roger Caillois

Gallimard, Paris, 1958

Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza, prólogo de Julio Caro Baroja, trad. y nota bibliográfica de José Luis Cano, Madrid, Alianza Editorial, 1970.

Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza. El club Diógenes, Valdemar, trad., prólogo y notas de Mauro Armiño, Valdemar, 2002.

Antonio Domínguez Leiva. El laberinto imaginario de Jan Potocki. Manuscrito encontrado en Zaragoza (Estudio crítico). UNED ediciones, Madrid, 2000.



[1] Según el dicc. de Louis-Marie Morfaux el término "ideología" fue creado por Destutt de Tracy (1796) para evitar el término psicología (ciencia del alma) y designar la ciencia de las ideas. Filósofos de su escuela fueron Cabanis (1757-1808), Laromiguière, Volney, llamados ideólogos. Potocki conoció a Volney en París (1785-1787), entonces frecuentó el salón de Mame Helvetius (materialismo polémico y radical) y la extraña secta de la "Confrérie des Lantrurlerus", de espiritualidad sincrética. Destutt de Tracy publicó en 1801 el primer volumen de sus Éléments d’idéologie. Los ideólogos fueron los herederos directos del espíritu de la Ilustración y, sobre todo, del influjo de Condillac (1715-1780). Se hicieron sospechosos a Napoleón. Les molestó en especial que restaurase la religión. Por su parte, el emperador llegó a atribuir a su "oscura metafísica" todos los males de Francia, haciéndolos responsables en 1812 de una conspiración contra él. De Tracy, muy apreciado por Thomas Jefferson, con quien sostuvo correspondencia desde 1806 a 1826 publicó en 1818 un Tratado de Economía Política. Los ideólogos ayudaron a Maine de Biran (1766-1824) a desembarazarse del empirismo de Locke y Condillac.

Con el aire que viene del desierto

Con el aire que viene del desierto

Plinio dice que los etíopes se sustentaban sobre todo de langostas. En muchas mesas reales estos ortópteos constituyeron un manjar apreciado. La Biblia recomienda comerla. Los evangelistas Mateo y Marcos afirman que Juan el Bautista se alimentaba de miel silvestre y de langostas. Los chapulines –saltamontes- se comen en los estados del sureste y centro de México, y su sabor, mezcla de hierbas, chicharrón y camarón, no defrauda a quienes los prueban. A la langosta peregrina se la conoce como crevettes du Sahara, "camarones del desierto".

En fin, un argumento más, a favor de la increíble biodiversidad de la Tierra y la indudable multiplicidad de culturas humanas: lo que ha sido fuente de proteínas para unos, ha resultado una maldición divina para otros.

Sobre este asunto, Manuel Ramírez Muñoz publicó en 2007 un libro muy bien editado por la Universidad y el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria: Con el aire que viene del desierto. Canarias y las plagas de langosta peregrina.

Su autor, en una cariñosa dedicatoria, me animaba a conocer, gracias a su obra, un poco de la historia de nuestra mayor región ultraperiférica. En efecto, en su libro se explica como la economía canaria, -antes de estar montada sobre el turismo, claro- se caracterizaba por una extraordinaria fragilidad ante dos enemigos feroces y a veces en temible maridaje: la sequía y la langosta.

Que la langosta, el “Cigarrón de Berbería” ha sido una antigua amenaza, y no sólo en Canarias, sino también en las zonas más secas de la vertiente mediterránea de iberia, lo muestra la definición que ofrece Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611). Define allí la langosta como “animalejo infecto y por mal nuestro conocido, según el daño que hace en los frutos de la tierra (…) plaga y aÇote de Dios por los pecados de los hombres”, definición que suaviza el diccionario actual de la RAE: “insecto ortóptero de la familia de los acrídidos (…) fitófago, y en ciertas circunstancias se multiplica extraordinariamente, formando espesas nubes que arrasan comarcas enteras”.

La especie causante de las invasiones más importantes en las regiones peninsulares no es la langosta peregrina (Schistocerca gregaria), sino las que unos autores llaman dociostaurus maroccanus y otros Stauronotus maroccanus. La que ilustra este artículo es una especie, casi doméstica, fotografiada en la Loma de Úbeda. La cifras de la langosta peregrina cuando se agrega son espectaculares: la nube viviente, el enjambre, puede contar con 40.000 millones de individuos, un peso de 80.000 toneladas, superando los 1000 kms cuadrados.

El libro de Manuel Ramírez explica, con erudito fundamento de historiador avezado, como los canarios intentaron atajar este plaga con ruido, con humo, con gasolina, con rezos, y hasta de qué modo hoy se combate y previene esta constante amenaza.

Astucia de los animales

Astucia de los animales

(Mi amiga Encarnación Lorenzo me regaló una preciosa edición de Plutarco -Akal/Clásica, Madrid, 2005- que contiene las Vidas de los diez oradores, Sobre la astucia de los animales y Sobre los ríos. Por ésta y por muchas otras delicadezas que tiene conmigo, le dedico este breve comentario a la segunda de las obras plutarqueas citadas arriba.)

¿Podemos atribuir razón o inteligencia a los animales? Los estoicos lo negaban. Plutarco polemiza con ellos en su diálogo De sollertia animalium escrito juvenil, tal vez realizado entre el 70 y el 80 después de Cristo.

Quienes defienden en el diálogo las posiciones del autor ponen multitud de ejemplos de comportamientos animales que son incomprensibles si no se supone en ellos razón y hasta virtud. En las hormigas, como en una gota de agua clara, se ve la imagen de un comportamiento natural pero noble: en su sociabilidad, en su carácter amante del trabajo, en el modo en que tratan a sus muertos. Recoge Plutarco la observación correcta de cómo se comen el germen del trigo para evitar su germinación en la despensa del hormiguero y conservar así su valor como alimento. “Su noción de anticipación a la germinación del trigo va más allá de toda concepción de inteligencia”.

De lo más pequeño a lo más grande: los elefantes. Todo el mundo se maravilla de cómo el elefante, tras el aprendizaje y la instrucción, exhibe en los teatros formas y variaciones de sus actividades, cuya variedad y complejidad no es fácil de memorizar y retener ni siquiera para los hombres que los practican.

Refiere también el tópico que cita Crisipo, del perro capaz de una inferencia disyuntiva del tipo: ((A v B) & ¬A) -> B, cuando sigue a su dueño o a una fiera, y elimina la alternativa para escoger el camino correcto en una encrucijada… Son innumerables los ejemplos que cita de lealtad e inteligencia de los perros, los cuales “se purgan a sí mismos produciendo bilis con cierta clase de hierba” (a los míos les encanta la grama).

Resulta interesante constatar cómo Plutarco cita el caso de ballenas que perecen extraviadas encallando en tierra. Lo atribuye a la muerte del pez-guía, una especie de gobio al que la gran ballena respeta y sigue en todo momento…

Y es que los animales del mar también son astutos e inteligentes, no por otro motivo “lo iniciados en los misterios de Eleusis veneran al salmonete”. Y sólo el delfín, además de otras virtudes, tiene aquella que ansían los más grandes filósofos: la amistad sin conveniencia.

Cuenta que Odiseo tenía un delfín grabado en su escudo, porque su hijo Telémaco, tras caer de chico en la parte profunda del mar cerca de la orilla, fue salvado por unos delfines que lo recogieron y lo devolvieron a la superficie.