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Keyserling: el arte de filosofar

Keyserling: el arte de filosofar

A pesar de la gran popularidad que su obra y personalidad alcanzó en España, donde sin duda fue tenido muy en cuenta por Ortega, o en Argentina y en Méjico, la filosofía del conde lituano-alemán Herman Graf Keyserling ha sido casi olvidada.

Una noche de insomnio me puse a releer mis notas sobre Keyserling (Könno 1880-Innsbruck 1946), tomadas de La angustia del mundo. Esta obrita no aparece en el elenco que ofrece mi Larousse. La leí de prestado, tal vez de la biblioteca municipal, creo que pertenecía a la famosa colección Austral.

Me he encontrado con jugosas frases en torno al Sentido (Sinn), ámbito que el filósofo contrapone al fenoménico, objeto de la ciencia y la técnica.

¿Paráfrasis?, ¿citas?, ¿síntesis personales? Las pongo en la Red por si incitan a alguna reflexión o comentario:

 - El sentido es algo cambiante y mecánicamente imperceptible, como la expresión de un rostro o la ejecución de un músico...

 - El valor espiritual de un discurso  no depende sólo de la corrección lógica, sino también del arte, que sabe hacer convergir todos los medios de expresión disponibles hacia la evocación del sentido viviente, que es una meta tanto más inaccesible a toda expresión convencional cuanto aquél [el sentido viviente] es más vivo, vasto y profundo.

Keiserling, casado con Goedela von Bismarck, fue un extraordinario viajero, uno de sus libros más leídos fue precisamente Diario de viaje de un filósofo (1919). Cosmopolita, viajó mucho por Oriente pero también por América. Su nombre -me enteré por la Internet- aparece en la letra de un tango. Fue amigo y admirador de Tagore, y el aprecio fue recíproco. En Buenos Aires se dejó deslumbrar por Victoria Ocampo, a la que "tiró los tejos". Ella le rechazó con elegancia. 

K. pensaba que el único tema filosófico es el de las relaciones del espíritu con la naturaleza, o del mundo con Dios. Para K., filosofar es un auténtico arte. El pensamiento trabaja con las leyes del pensamiento y los datos científicos, exactamente como el músico con los sonidos.

A pesar de su europeísmo, Keyserling estaba convencido de que la cultura del futuro uniría los aspectos técnológicos y dominadores de la cultura occidental con los aspectos místicos y espirituales dominantes en la cultura oriental, en un fondo común.

Emparentada con la filosofía vitalista de Nietzsche y Spengler, con el espiritualismo de Schelling, el intuicionismo de Bergson, el historicismo de Dilthey o el ingenio analítico de Simmel, su prosa clara es expresión de una filosofía antiacadémica, antiintelectualista. Aunque algunos críticos le consideren un autor "mesiánico" y algo ególatra, sus fuentes últimas son el magisterio nada despreciable de Platón y Kant.

Expulsado de estonia por los bolcheviques, Fundó una Schule der Weisheit, una "Escuela de sabiduría", en Darmstadt, bajo el mecenazgo del gran duque de Hesse (1920), escuela que luego fue cerrada por el régimen nazi.

Keyserling apela a la fuerza del sentimiento, pero conserva los valores espirituales, amenazados por la civilización mecánica y la cultura de masas.

Viajó por España, donde impartió conferencias en 1926 (en la Residencia de Estudiantes) y en 1930. Consideró a España una "virgen prometedora", más africana que europea, pero, por eso mismo, España es reservorio de valores que en el norte se han perdido, y esperanza restauradora del pueblo europeo. Hernán Cortés, Torquemada o Felipe II le parecen al lituano tipos genuinamente africanos. Caracteriza al pueblo español como dinámico, intrépido e idealista.

 

Recuerda Mundo

Recuerda Mundo

Recuerda Mundo es una original novela ecológica, tejida hábilmente por Virginia Ferrer con los hilos argumentales de ciertos delitos mediambientales y varios amores trágicos. Es también un homenaje a la prudencia y sagacidad femeninas, bajo el amparo del símbolo del agua y de la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada de los grandes filósofos antiguos: la cual mejora la vida y salud humana. Compuesta por doña Oliva Sabuco.
Esta originalísima obra renacentista, publicada en Madrid por P. Madrigal en 1587 es una bella enciclopedia de saberes tradicionales, médicos y humanísticos, que hoy conviene recordar y aplicar y que sirven de fondo moral y mítico a la novela de Virginia.
Parte de la acción de Recuerda Mundo (ed. Sirpus, colección Techo de Cristal, Barcelona 2008) se desarrolla en el acuífero del Calar del Mundo, en Riópar Viejo, y en Alcaraz (Albacete), donde nacieron el gran humanista Pedro Simón Abril, el arquitecto Andrés de Vandelvira, y Miguel y Luisa Oliva Sabuco, padre e hija a quienes hoy las eruditas y eruditos disputan o atribuyen la autoría, aun parcial o completa, de la Nueva Filosofía.
Tuve la oportunidad de conocer a la doctora Virginia Ferrer en el III Congreso Internacional sobre Oliva Sabuco celebrado durante los días 18 y 19 (Sep 2010) en Alcaraz. Y pude así comprobar su sobresaliente formación filosófica y científica. Me alegró que compartiésemos un concepto de educación y pedagogía similar, donde la formación (no mera instrucción) tiene más que ver con la gestión de los afectos, con la poética, la narrativa y el arte, que con el frío tecnicismo de la pedagogía à la page. Las personas no somos ni animales ni máquinas, ni resortes conductistas ni ciborgs. Nos constituimos en una red de relaciones sentimentales y morales, arrastramos una genealogía moral como un karma que pasa de padres a hijos y muchas veces padecen las hijas o los hijos, como consecuencia de los pecados o errores de los padres... 


"El gesto humano, siempre intencional, marca la piel horadando hasta el futuro. Como genotipo afectivo. O un cromosoma aletargado cuyas señales se muestran implacables tarde o temprano. Y se hace visible también al azar, en aquella ascendencia no escogida. Se habla mucho de los hijos de la guerra y de las consecuencias de las posguerras. Y aunque seamos la tercera generación, seguimos en nuestra guerra y nos sigue alimentando esta locura que también somos y fuimos. Porque el amor también es miedo. Porque yo soy parte de mis padres, de mis abuelos y de todos; y soy hija y nieta y sobrina de sus miedos. Y éstos están en mi (...). Sin acumular caricias, besos, abrazos, gestos de ternura o miradas generosas nuestros sentidos son peces extraviados en un estanque seco que se retuercen con ojos descreídos" (pg. 274 y s.).

  

Recuerda Mundo no se cae de las manos. La novela va ganando, página tras página, en interés argumental, y se vuelve al final trepidante, sorprendente y poética. Tal vez el perfil de los personajes sea un tanto maniqueo. Pedro, pastor y médico, resulta tan humano y atractivo como irreal (ideal), al igual que Penny, la sufridora y romántica heroína de la historia, bióloga, madre y mártir; o Clara, una abogada ciega y sagacísima, tan sexy como obsesionada por el cieno de su familia, y segura de la vileza de su hermano Ismael: un arribista narcisista y sin escrúpulos que, junto a un concejal corrupto, dan la nota villana y machista. Pero así debe ser cuando se quiere y se debe hacer literatura "edificante" y se apuesta por la superioridad estética y aristocrática de la tragedia. Como afirma Gemma Lienas en su prólogo, tal vez ésta sea una novela pionera entre las muchas que -dados los problemas que aflijen a nuestro planeta azul- deberían escribirse... ¡y editarse,leerse y comentarse!
La novela está adobada con reflexiones de enjundia que "en absoluto entorpecen el desarrollo argumental" (Gemma Lienas):

"Quizás las tribus, los pueblos o las etnias menos desarrollados tecnológica y materialmente, despojados quizás de bienes artificiales y a los que llamamos salvajes -qué envidia ser salvaje- ahora estén acaparando en cambio en sus corazones tectónicos milenarias formas de ternura planetaria. Y en cambio en Occidente la sequía de las almas avanza. El mundo del progreso está precisamente construido sobre el pilar del desamor. Amar es subversivo. Va contra el orden, el conocimiento y su economía. Y no hay tiempo para todo. Ivan Illich: ’El tiempo de producción es inverso al tiempo del cuidado’" (275y s.).

La obra y la vida de Oliva Sabuco es aquí mucho más que un referente o una ficción histórica, se convierten también en un horizonte para rehabilitar esa ética del cuidado, que han atesorado durante generaciones las mujeres sobre todo, y que hace de la eutrapelia (la buena conversación), la música, la esperanza de bien y el orden de los afectos, una estrategia imprescindible para conquistar en lo cotidiano salud, paz y alegría, confiscadas por las prisas, la codicia y el poder, asesinadas por la "metástasis del desamor". Ese horizonte es el de una nueva -y también clásica- filosofía, sobria y senequista, que reclama una vida más sencilla y sostenible, devolviéndonos un espejo que no sea el de Narciso, sino el del conocimiento de nuestras limitaciones y aptitudes, el respeto por nuestro entorno y por el valor sagrado de la naturaleza que somos y con la que hemos de congraciarnos, microcósmica y macrocósmicamente, si queremos sobrevivir y tener oportunidad de ser felices "in hac lachrimarum valle", donde el agua limpia -raíz elemental- escasea tanto que puede motivar nuevas barbaries.
Sírvanos también Recuerda Mundo de prevención y conjuro contra el microbio emocional de las enfermedades del alma, que igual afligen que hacen enfermar a los cuerpos.

Ovejas eléctricas

Ovejas eléctricas


Dicen que Philip K. Dick acabó convencido de que nuestra época era el eco agónico del imperio romano. La globalización no sería sino un efecto necesario del imperialismo. Pero Philip K. Dick acabó creyendo también que él era la proyección mental de un martir cristiano. En cualquier caso, sus replicantes son extrañamente inferiores a las recreaciones cinematográficas de Ridley Scott en esa obra maestra que es Blade Runner.

Para mí, más preocupante aún que la ambigüedad y la simbiosis hombre-máquina -o mujer-máquina (la cirugía estética funciona como burka de la femineidad occidental)- es la anticipación magistral o profecía del poder espectacular que cobrarían los publicistas ("creativos") en nuestra época, descrita por Frederik Pohl en La guerra de los mercaderes. Mentes cuyas necesidades, deseos y adicciones son producidos y modificados industrialmente, mediante mecanismos cada vez más poderosos, subliminales e insidiosos.

Estamos de acuerdo con Andrés Ibáñez: es una pena que la extraordinaria imaginación de Philip Kinched Dick (1928-1982) sobrepase con mucho su nerviosa y descuidada prosa. Esto se nota sobre todo en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), que sirvió de pretexto a Ridley Scott para su genial Blade Runner. Esta obra trasciende el conflicto entre lo natural y lo artificial y, en cierto sentido, lo supera.

Culpa y vergüenza

Culpa y vergüenza

El malestar de la cultura

A la vista de mis notas sobre El Malestar de la Cultura, de don Segismundo Freud (¡de 1977, ya ha llovido!), me pregunto hoy si las nuevas generaciones sentirán una identificación tan íntima con el contenido fundamental de esta obra.
¿Es el sentimiento de culpa un estado de ánimo tan central, fuera de la cultura judeocristiana en que mi generación fue educada? Dudo que la culpa pueda llegar a ser hoy una pasión, ni destructiva ni creadora. Nuestra cultura es postcristiana, postjudía, postculpable. Tanto la culpa como la vergüenza están en entredicho. El hecho de que nos sacudamos los sentimientos de culpa o de vergüenza como el que espanta moscas, es un efecto también de la asimilación, profunda, popular, de las "filosofías de la sospecha". Marx, Nietzsche y Freud nos han enseñado a rechazar los balones de responsabilidad, chutándoselos a la "sociedad desigualitaria" (las "injusticias sociales" y el determinismo histórico), los instintos feroces, ¡tan "vitales"!, o la angustia culpable, hija de una educación "represiva".
Si la conciencia y el superego nos hacen cobardes; seamos valientes, narcoticemos la conciencia y riámonos de la autoridad, tanto externa como interna.
Freud señala que la culpa es efecto del miedo a la autoridad y del temor al superyo (esa autoridad paternal e íntima), efecto de la frustración de los instintos y, más vaga y metafísicamente, consecuencia de esa ambigüedad trascendental implícita en el conflicto de ambivalencia, en la eterna lucha entre Eros (el instinto creador y reproductor) y Thanatos (el instinto de destrucción y de muerte).
Para Freud, el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad.

Creo que lo que subyace en el fondo de verdad de este dictamen, es el miedo a la soledad. Una cultura tan individualista como la nuestra, moderna, no puede darse cuenta de lo mucho que necesitamos de los demás, de cómo sus voces nos construyen.
Ansiamos deshacernos de los sentimientos de culpa, incluso aceptando el castigo, o imponiéndonoslo, porque nada nos asusta más que la soledad. La autoridad nos ampara, nos ofrece seguridad. La soledad nos aterroriza y acaba enloqueciéndonos. Sólo así puede entenderse la asunción del castigo como un pacto con la autoridad, como una negociación con el superego. Preferimos el orden de la autoridad al vértigo de la libertad sin límites. Presentimos que nada evitaría que en medio de esa jungla libérrima, nos convirtiésemos antes en víctimas que en verdugos.

¿Tiene esto sentido para una generación que no experimenta remordimientos, que no renuncia a nada, que cree que lo merece todo? Para Freud, la culpa es un fenómeno de la conciencia: "la frustración exterior intensifica enormemente el poderío de la conciencia en el superyo". Así, toda renuncia instintual se convierte en una fuente dinámica de la conciencia moral; toda nueva renuncia a la satisfacción aumenta la severidad e intolerancia de dicha conciencia.
Sin embargo, han concluido los excesos del puritanismo que la filosofía de Freud denunciaba. Lo que "mola" hoy no es la severidad, sino la blandura; lo que mola hoy no es la intolerancia, sino la complacencia con el mal moral y el mal gusto estético. Ansiamos tanto la novedad que nada nos parece intolerable.

Más elemental que la culpa, y más primitivo e inconsciente, me parece a mí el sentimiento de vergüenza, una emoción social muy descuidada, poco tratada como génesis de la conciencia, tanto por moralistas como por psicopedagogos y educadores. Pudor, decoro, miedo al qué dirán, empatía...

Hoy se promueve intencionalmente tanto la desculpabilización (la irresponsabilidad) como la desvergüenza. Nadie es juez de nadie, ni siquiera de sí mismo. La capacidad de juicio yace por los suelos, y el sistema judicial mismo, más que benevolente y compasivo, se muestra, antes que tolerante, cómplice.
Por la misma época que leía el Malestar de la Cultura, anoté unas frases de Alberto Cardín, una frases que ponen de manifiesto esa ansia de barro a la que llamó Freud Thanatos, esa sensación de pesadez con que tantas veces nos castiga la conciencia: vergüenza, o temor a la vergüenza, al ridículo, sentido de la responsabilidad, culpa...
Ansia de dormir, de retornar sin sueños a la vida vegetal, al ser inconsciente:
"El ser inconsciente que queriéndolo todo lo puede todo, que vive sin mediación su deseo, ya que no conoce la instancia de lo imaginario, la propia de la conciencia".

(La imagen que ilustra esta entrada es de un cuadro de Lucien Freud, nieto del fundador del Psicoanálisis)
 

Manirrotismo cósmico

Manirrotismo cósmico

Despilfarro de estrellas
Manuel Fdez. de Liencres. Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre, Úbeda, 2010

La creación, o la evolución, o ambos acontecimientos y procesos, son poco, nada económicos. Para los cosmólogos científicos viene a ser una especie de paradoja, relacionada con las leyes de la termodinámica: ¿por qué ese derroche de energía en producir diversidad, diferenciación, complejidad creciente? ¿Por qué un universo frío y caliente, cuando sería más económico que fuese tibio?

Explique usted, si puede, desde una perspectiva técnico-funcional la cola del pavo real, el cuerno del rinoceronte, el cascabel de la serpiente, la conciencia del ser humano, el arte del Greco, la mancha azul-cielo caudal de la Satyrium spini de la foto.

Y vayámonos al mundo de la cultura, enraizado -no lo olvidemos- en nuestra propia naturaleza, complementario de ella... ¿Para qué sirven hoy las sinfonías de Beethoven?

Bueno, responderá el lector, para que ofrezcan al oído un vibrante, armónico, melodioso espectáculo... A eso voy, que el universo parece organizarse también, como percibió Nietzsche, como una función dramática, unas veces cómica, otras trájica, como un espectáculo.

¿Qué espectador tan inmenso pudo ofrecerse un espectáculo tan vasto como inhumano? Nace una supernova. Aplauso. Explota una supernova. Aplauso. Espectador o espectadores tan imperfectos -los que supuso Nietzsche- que no sólo gozan creando o viendo crecer, sino también borrando de la existencia o viendo cómo las estructuras hermosas se derrumban.
No sólo nosotros estamos aquejados de una tendencia perversa al despilfarro, al manirrotismo, también la vida en particular, y el universo en general. ¿A qué si no esas aparatosas corolas de las flores, concebidas algunas como un teatro para los insectos polinizadores? ¿y esos dibujos y metalizados de los insectos? La evolución, ¿actuando con intenciones de orfebre? El creador, ¿metido a dibujante? Un equiseto puede reproducirse perfectamente sin hojas y sin flores, por esporas, y ahí los tienes, desde el tiempo de los dinosaurios y desde antes, medrando en las humedades. Tanto alarde de pétalos de rosa o de dalia cuesta lo suyo.

Hoy mismo padecemos una crisis provocada por nuestro manirrotismo, porque -como decía mi abuelo- hemos estirado los pies más allá de lo que puede cubrir la manta, ¡y nos hemos quedado hasta con el culo al aire! Entre la avaricia de los bancos, la avaricia de los constructores, la pretensión gastona del público en general, nunca satisfecho con lo que tiene, y la temeridad de unos y otros, hemos gastado lo que no teníamos y muchos ya no pueden pagar lo que le adeudan a otros, que le adeudan a otros, y no sabemos cuando tocaremos el fondo mendaz de lo que se debe.

Y ahí tienes, pisos que no necesitamos, coches que no son necesarios, potingues venenosos y superfluos, animales de compañía que se comen al niño acompañante, lujos inútiles y hasta peligrosos.

El filósofo Manuel Fdez. de Liencres, en sus sugestivos Apuntes para un mejor desconocimiento del Hombre (Úbeda, 2010), eleva a la categoría de teoría cosmológica esta tendencia vital y antropológica y acuña para ello la poética expresión: "Despilfarro de estrellas": "Porque hemos observado sin gran esfuerzo que en el Universo material y en el Mundo biológico reina la abundancia, la profusión, la prodigalidad, el despilfarro en suma. Hay millones de galaxias, de sistemas solares, de estrellas, de satélites. Y para engendrar un solo bicho o una sola planta se desperdician cientos de miles de semillas, de simientes... ¿A qué viene tanto manirrotismo?" -se pregunta el filósofo.

M. Fernández de Liencres propone una hipótesis a modo de explicación: La hipótesis de la imperfección creadora. A nuestro pensador le parece evidente que si el mundo se mueve y los seres que en él habitan aspiran y expiran es porque el mundo, o al menos nuestro mundo, está fundamentalmente desequilibrado. En efecto, un objeto en perfecto equilibrio -como el huevo macizo de Parménides- no se movería jamás. Incluso la ciudad, la gran ciudad, fabricada a la medida del hombre para poder satisfacer sus menores caprichos, padece de desequilibrio, pues no puede vivir de sus propias fuerzas y está obligada a depender de la no-ciudad, del campo, más cercano a la Naturaleza.

Precisamente porque todo surge del Desequilibrio Creador, nuestro universo no es nada lógico, aunque sus entes se ajusten al llamado por Fdez. Liencres Principio de Complementariedad, según el cual, las partes de un objeto, sea el que fuere, son distintas pero complementarias, "no son anárquicas ni independientes sino que se necesitan unas a otras para ser un objetivo".

El título de la obra es ambiguo, porque el autor no pretende que ampliemos nuestra ignorancia sobre el hombre, sólo que la mejoremos. Esto es, aún aceptando que el ser humano es la cosa más paradójica y extraña del mundo, una cosa que -citando a Teresa de Jesús- no puede estar siempre en un mismo ser, al reflexionar sobre el ser humano nuestra incomprensión sobre lo que somos puede hacerse algo más lúcida: "cuando se escribe sobre lo que no se entiende queda siempre la sensación de haber aprendido algo" (pg. 46).

En cualquier caso, el ser humano se proyecta desde su base física y animal más allá de sí mismo. Apoya esto el dictamen humanista de Juan de la Cruz: "Un solo pensamiento del Hombre vale más que todo el Universo". Parece ser que, a pesar de la estructura "psicofantástica" de nuestra mente, "habría que defender al Hombre y reconocer su valentía ante la tragedia y sus duros esfuerzos para idealizar la Realidad y para trascender lo que no es otra cosa que un galimatías físico-matemático".

Estos Apuntes, que no aspiran a ser sino ocurrencias de alguien -y esto lo digo yo- que ha vivido, pensado, pintando y reflexionado mucho, terminan con esta conclusión:

"El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, son incomprensibles. El Universo, la Realidad, la Vida, el Hombre, no tienen por qué ser comprendidos. Vivamos y dejemos vivir en paz. Y esperemos. ESPEREMOS"

Y como colofón, un soneto que parece contradecir esta última razón de esperanza, y que termina con este bonito terceto:

Y pues que la razón ya se reclina
pediré para mi alma desmandada
muerte en el pico de una golondrina 

Segunda oportunidad

Segunda oportunidad

Aula de "Segunda Oportunidad", así llaman en algunas instituciones educativas  y servicios sociales municipales a un Aula en la que se reúne al alumnado disidente, disruptivo, díscolo o, simplemente, expulsado de sus clases normales antes de los 16 años por dificultar la convivencia o impedir la enseñanza.

La expulsión suele ser efecto del mal comportamiento reiterado (impertinencias, amenazas, desafíos o agrasiones) y es causado por: frustraciones varias, fracaso escolar, problemas de integración, hiperactividad y falta de concentración, falta de cariño y atención paterna, bajos niveles socioculturales, retrasos educativos significativos y, sobre todo, problemas familiares...

"Tu segunda oportunidad" es el subtítulo de un libro recientemente publicado por Plataforma Editorial: Reinventarse. Tu segunda oportunidad, escrito por Mario Alonso.

Mario Alonso es médico especialista en cirugía general y aparato digestivo, pero es tbn. perito en liderazgo, comunicación, creatividad y gestión del estrés.

El vídeo enlazado nos ofrece una interesante entrevista sobre uno de sus libros de ensayo y autoayuda, y es un buen ejemplo de la energía contagiosa del autor cuya obra anunciamos.

In memoriam Martin Gardner

In memoriam Martin Gardner

De Sábato leí hace más de veinticinco años El túnel, no me acuerdo de qué trata, pero sí de que me pareció un relato excelente, intenso, de los que no puedes abandonar hasta el final. Los personajes de Sobre héroes y tumbas se me aparecieron tan alucinados, como  tenebrosa fue la impresion que recibí de la obra en su conjunto. Su autor bien pudo escribir en sus páginas la frase siguiente, que me parece muy razonable, aunque desoladora:

"Dios existe pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia"

Si J. L. Borges conoció la sentencia, debió de hacer sus delicias. Por cierto... se ha descubierto una obra inédita de Jorge Luis Borges en la universidad de Austin (Texas) y se acaba de publicar en edición de lujo con el título de Los Rivero. La crítica no se pone de acuerdo si se trata de un relato inconcluso o una novela malograda. Lo que sí se sabe es que Borges la escribió unos años después de El Aleph... El diario Clarín recogió la noticia:

Siempre me han parecido más coherentes las Teoimaginerías o las Teofantasías que las Teologías. El "martillo de los teólogos", el problema de la existencia real del mal, físico o metafísico, del sufrimiento y de la maldad moral, hace muy poco razonable la existencia de un Dios creador omnipotente y misericordioso. Voltaire, que creía en Dios, se dio cuenta de la contradicción entre los atributos absolutos de la divinidad: si lo puede todo y lo sabe todo, ¿por qué consiente que los buenos hagan tan poco ruido y los malos tanto?
Un Dios que crea soñando resulta más razonable, aunque no resulte para nada racional. Un Dios que nos inventa un poco por azar... A fin de cuentas, nadie, ni siquiera Dios, puede controlar todos sus sueños...
Las especulaciones teológicas se llevan bien con las demostraciones matemáticas. Algunas de las propuestas más delirantes y sugestivas de la teología del siglo XX no hay que buscarlas en sólo en los gordos libros de Hans Küng, sino que pueden hallarse en los divertidos cuentos espaciales del matemático y novelista Stanislaw Lem.
Martin Gardner, "gurú de los juegos matemáticos", acaba de morir, el haber trabajado durante toda su vida como azote de la seudociencia no le impidió estar versado en teología.
Su libro sobre Paradojas (¡Ajá! Paradojas que hacen pensar, Labor, 1983) estimularon mi gusto adulto por la lógica y mi interés por estudiar sus límites. Todos los libros de Gardner tienen más miga de lo que parece. Todos sus juegos, más seriedad de la que denotan.
Los sabios suelen probar que lo son muriendo de viejos. En verdad, Nietzsche murió relativamente joven, pero Nietzsche nunca pretendió ser sabio, ni siquiera filósofo, sólo un pensador trágico, un profeta dionisíaco y un superartista... Gardner ha muerto con 95 tacos cumplidos, el 22 de mayo, en un hospital de Oklahoma. Tituló en filosofía por la universidad de Chicago.
Los sabios suelen probar que lo son exhibiendo un incombustible sentido del humor. Tal fue siempre el caso de Martin Gardner, padrino de las matemáticas recreativas e inspirador de  Douglas Hofstadter o Roger Penrose, admirado por Stephen Jay Gould o por Arthur C. Clarke.
Los sabios suelen probar que lo son siendo modestos. Algunos filósofos de la lógica se han dado cuenta de que el cerebro humano saca partido de sus errores, y que esa limitación, la de cometer errores (serindipity, chiripas), le permite dar saltos hacia la conclusión o la aplicación práctica, saltos que no puede dar la "perfección" calculadora de la máquina. Gardner decía con gran modestia que se consideraba nada más que un periodista que sacaba partido de las investigaciones de otros.
Los sabios suelen probar que lo son creyendo poquito y sin faltarle el respeto a nadie. Martin Gardner escribió cuentos edificantes para niños, y, junto con Carl Sagan e Isaac Asimov, pusieron en marcha el actualmente llamado Comité para la Investigación Escéptica, institución sin ánimo de lucro que tiene por objetivo el desmontar supersticiones y supercherías seudocientíficas, incluidas las "paranormales".
Sus indudables conocimientos no le impidieron escribir sobre la fe, la oración, el mal y la inmortalidad (Los porqués de un escritor filosófico, Tusquets).
La inquietud por lo divino elevan nuestro espíritu y nos proyecta más allá de la animalidad, a la que también y sin discusión pertenecemos. Las discusiones sobre Dios, bien pueden ser inconclusivas e interminables -como probó Kant-, pero tendemos a ellas por la propia naturaleza de la razón, que no se conforma con lo temporal y condicionado.
Incluso un contestatario incorregible como Noam Chomsky ha tenido que reconocer que la contribución de Gardner a la cultura intelectual contemporánea ha sido única, por su comprensión de las grandes cuestiones que importan. Descanse en paz.

Moral y religión. Kolakowski

Moral y religión. Kolakowski

Necesidad de la religión y del tabú

 

En su obra Si Dios no existe…, el filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927-2009), con generosa claridad, puso de manifestó aquello que tanto le cuesta reconocer al racionalismo ilustrado, incluso en sus figuras más irracionales o pedantes: la imaginación y la emoción, particularmente la idea de Dios y el sentimiento de la fe, son imprescindibles en la orientación ética de nuestra conducta.

El sentido –o la búsqueda de sentido- no se puede reducir al formalismo de la ley (Kant) ni al formalismo de la comunicación entre hipotéticos iguales (Habermas).

Ya conocía a Kolakowski por el muy ingenioso: Conversaciones con el diablo, que publicó en 1979 Monteávila editores. Cuando leí Si Dios no existe… el libro debía de haber sido recién editado por Tecnos (1995). Me ha agradado, más que sorprendido, que Carlos Gómez le dedique una importante mención al “alegato de Kolakowski” en el capítulo 8, “Ética y religión” de La aventura de la moralidad (Alianza, 2007), obra con pretensiones de manual universitario de Ética.

  Kolakowski usa la frase de Dostoievski (“si Dios no existe, todo está permitido”) para explicar la necesaria raíz religiosa o sagrada de la moralidad. La concepción de la fe del filósofo polaco es también ilustrada, deísta. La fe, en un sentido tan general como mínimo, es la confianza en Dios, o sea, la confianza en que el universo genera la cantidad mínima de mal, ,la confianza en que, en última instancia, “no hay mal que por bien no venga”, es decir, que “lo que es, es bueno”. La fe, en este sentido vago de confianza en el Bien, tiene que preceder a todo razonamiento. Se trata de un acto de compromiso moral con la verdad y el valor.

Todo el mundo alberga una disposición oculta o incluso una compulsión semiconsciente a buscar un orden en el gigantesco montón de basura que llamamos historia de la humanidad. Esta compulsión revela el vínculo real de la mente con el fundamento eterno del significado. Es una opción ontológica creer que lo Eterno manifiesta su presencia real constituyendo, a lo largo de la historia, un término de referencia en el entendimiento que el ser humano tiene de sí mismo. “Si el curso del universo y de los asuntos humanos no tiene un sentido relacionado con la eternidad no tiene ningún sentido” (pg. 157).

Pero la investigación filosófica es incapaz de producir, sustituir o siquiera estimular el acto de fe…, pues la fe no es un acto de asentimiento intelectual a ciertos enunciados, sino un compromiso moral que implica, en un todo indivisible, el asentimiento intelectual y una confianza infinita, inmunes a la refutación empírica. Por otra parte, un creyente debe admitir que Dios no puede ser una hipótesis empírica. Un creyente tiene hoy que admitir a) que su interés por Dios va más allá del interés científico por el conocimiento de las leyes de la naturaleza, b) que aun suponiendo la capacidad explicativa de la existencia de un ser absoluto, estaríamos muy alejados del Dios de los creyentes; amigo y padre, y c) cualquier explicación racional sobre la existencia o esencia de lo divino sería de muy dudosa utilidad, dadas las insuperables dificultades para comprender la idea de creación: seguiríamos sin poder tender un puente entre el ser absoluto y la criatura finita.

La fe es científicamente inútil. Lo único que puede mostrar la teodicea es la no contradictoriedad de la idea de un mundo gobernado por una providencia benevolente y todopoderosa y, sin embargo y a la vez, un mundo que contiene tanto mal (errores, injusticias) como el nuestro. Esa teodicea entrañaría para Kolakowski cierto escepticismo ( o agnosticismo), pues supondría que, en cualquier caso, nunca podremos saber cómo no es autocontradictorio el mundo. “El infinito es por naturaleza incomprensible” (Orígenes). En este sentido, y a pesar de la distinta estructura lógica de sus argumentos, Tomás de Aquino está de acuerdo con Descartes: los dos percibían la imposibilidad de un mundo que revirtiese sobre sí mismo.

“Dios existe” es un juicio existencial sintético y analítico al mismo tiempo. ¿Hay otro juicio que pueda ser existencial, sintético y analítico a un tiempo?: tal vez, “algo existe”, porque su contradictorio, “nada existe” es absurdo.

Aunque Dios no pueda ser abarcado por el conocimiento, la teodicea no es por ello un entretenimiento para mentes ociosas, sino que resulta imprescindible para quienes se nieguen a admitir que “todo es por nada”, que todos nuestros sufrimientos y esfuerzos por salir adelante o mejorar las cosas perecerán para siempre en el vacío, sin dejar ni huella.

En efecto, “Si Dios no existe, todo es permisible”, no vale sólo como norma moral, sino también como principio epistemológico. Por “verdad” entiende el polaco la propiedad de una aserción que la hace adecuada con independencia de quien la pronuncie y de que alguien la sepa… Sólo es posible el uso legítimo del concepto “verdad”, o la creencia de que puede incluso predecirse justificablemente “la verdad” de nuestro conocimiento, si suponemos que existe una mente absoluta. Podemos definir la verdad, ciertamente, mediante la referencia a criterios de eficacia, pero tal definición sin ser autocontradictoria es arbitraria, aceptarla requiere también un acto de fe. Somos incapaces de crear un absoluto epistemológico porque nuestra inteligencia es finita, aunque la ciencia podría seguir siendo eficaz sin suponer metafísicamente que contiene verdad. No obstante, también sería legítimo preguntarnos, eficaz ¿para qué? Para el polaco, tampoco es posible fundar la certeza en un ego trascendental (Descartes, Kant, Husserl)… en definitiva, “es vano perseguir una certeza sin Dios” (pg. 88). “Dios o un nihilismo cognoscitivo, no hay término medio” (90).

Por otra parte, la verdad no es convertible con el bien, al menos para nosotros: “no puede excluirse a priori que la verdad, y no digamos toda la verdad, sea dañina para las criaturas imperfectas y que en algunos casos sea bueno para nosotros estar mal informados…”, la verdad puede entrar en conflicto con otros bienes.

El mal moral no es simple sufrimiento (malum poenae), sino mala voluntad (malum culpae). Es ingenuo creer que basta que una norma sea universalizable (Kant) o pueda ser admitida -o lo sea de hecho- por todos, en un diálogo racional igualitario libre de coacción (Habermas) para que los seres humanos piensen que es irracional saltársela o para que no se la salten en absoluto cuando les conviene. Podemos creer –lo vemos todos los días- que una norma es buena en general, pero no para mí, según qué casos.  “No soy en absoluto inconsecuente si prefiero que otra gente siga reglas que yo no quiero cumplir” (pg. 190).

Y es ingenuo también creer que el hombre es digno per se, que debemos tratar a los demás con la debida dignidad porque sí, “porque yo lo valgo”, como dicen las proclamas publicitarias, mientras vemos todos los días la propensión irreductible del ser humano hacia el comportamiento indigno.

La idea de la dignidad humana sólo puede enraizarse en el orden de lo sagrado, como en el mito cristiano según el cual el humano es imagen de Dios. “La dignidad humana no puede validarse dentro de un concepto naturalista del hombre” (pp. 214-215). Ya sabemos a qué horror puede llevarnos una ética basada en la “lucha por la vida”, la "supervivencia de los más aptos" o el privilegio evolutivo de los más fuertes, los mejor armados, etc.

Si el hombre es el supremo legislador en cuestiones de bien y mal, tanto si entendemos por “hombre” la conciencia individual o una comunidad que “pacta” un orden civil, entonces no tiene fundamento para respetarse a sí mismo, salvo quizá una conveniencia práctica que podría consistir, a veces, o cuando nadie nos ve, en saltarnos las normas pactadas o engañar a la propia conciencia con pretextos… “Nunca hay escasez de argumentos en apoyo de cualquier doctrina en la que uno quiera creer, por los motivos que sea” (pg. 19): Ley del cuerno de la abundancia -llama el autor a este principio.

Así pues, la idea de dignidad sólo puede basarse en la autoridad de una mente indestructible.

Kolakowski parece haber aprendido bien la lección de Hume: “No asentimos a las creencias morales diciéndonos ‘esto es verdad’ sino sintiéndonos culpables si dejamos de acatarlas”. Las motivaciones morales funcionan porque somos capaces de sentirnos culpables. Y la culpa no es más que la ansiedad –o la vergüenza- que sigue a la transgresión de un tabú. A fin de cuentas, como explicó Freud, el tabú es la forma más primitiva –o genuina- de conciencia moral. En el fondo, los tabúes, al menos en su naturaleza psicológica, no difieren mucho del imperativo categórico de Kant, que trabaja de manera compulsiva rechazando toda motivación consciente, todo interés y todo gusto natural por el placer o la felicidad.

La capacidad de experimentar culpa no procede de la asunción de que uno u otro juicio de valor, v. gr. “la envidia es mala”, sean correctos, ni puede identificarse con el miedo al castigo legal. Es una especie de acto existencial que consiste en preguntarse por el lugar de uno en el orden cósmico. La conciencia de culpa es un sentimiento de temor reverente ante una acción nuestra que ha perturbado la armonía del mundo, una angustia que sigue a la trasgresión de un tabú y que sumerge el mundo en un caos de amenaza e incertidumbre.

¿Es posible una sociedad humana sin tabúes?

Para Kolakowski el ateísmo prometeico, que supone que la capacidad humana de autocreación es ilimitada, es una ilusión pueril: o elegimos un mundo dotado de sentido –guiado por Dios- o un mundo absurdo en el que cualquier tipo de acción estaría justificada porque la elegimos libremente. En el mismo sentido, también Charles Taylor rechaza un mundo moral en que los valores sean simplemente hijos de la elección creativa e individualista. La presencia de valores en sí, de cosas, relaciones e ideales que son buenas independientemente de que yo las elija, o de que nosotros las elijamos, igual que –en negativo- la presencia de tabúes, es el pilar inamovible de cualquier sistema moral viable y un componente integral de la vida religiosa.

Un "tabú" es un vínculo necesario que enlaza el culto de la realidad eterna con el conocimiento del bien y del mal. La religión y la moralidad son una lealtad viva a un orden de tabúes, más que una serie de enunciados sobre el cielo o el infierno o un código de declaraciones normativas.

Resulta patética la incapacidad de los filósofos para –sin tener en cuenta lo dicho más arriba- encontrar un enlace entre juicios descriptivos y normativos (falacia naturalista): las motivaciones morales no funcionan porque extraigamos preceptos de conceptos, aunque se demostrara que el juicio “mentir es malo” es tan verdadero como el teorema de Tales, nada me impediría seguir mintiendo, a no ser mi capacidad para sentirme culpable.

 

El legado Cristianismo

El cristianismo fue para Kolakowski “resultado del encuentro de dos civilizaciones, un doloroso compromiso entre Atenas y Jerusalén” (pg. 60). La convergencia final del Bien o el Uno neoplatónico con el Dios judío y cristiano se hizo necesaria por la necesidad histórica, no lógica, de traducir el mito original al lenguaje filosófico griego y de transformar la Biblia en una historia metafísica. Era una condición para el éxito del cristianismo… pero esta síntesis nunca ha sido satisfactoria. La imagen de un Dios padre tierno y misericordioso no corresponde a una entidad metafísica. El ser absoluto no puede estar sujeto a afectos. Los teólogos no podían casar el caudillo airado del Antiguo Testamento con el Padre amante de Jesús y el Uno de Plotino.

La Iglesia se habría desintegrado si hubiera hecho demasiadas concesiones a Atenas, si no se hubiese negado, clara y obstinadamente, a borrar el límite entre el acto de fe y el acto de asentimiento intelectual; “si no se hubiese definido por criterios que no admitían distinción alguna entre la cultura de las élites y la de los pobres de espíritu”. El antiintelectualismo provocador de Pablo o el credo quia absurdum de Tertuliano nunca han desaparecido del cristianismo, pero su significado ha dependido del contexto histórico.

El fideísmo contendría un elemento de verdad: ni el saber ni la sofisticación hacen mejor la fe cristiana de nadie. La soberbia (hybris) de los muy educados ha sido siempre severamente castigada en todas las iglesias cristianas. Pascal resumió la cuestión diciendo que la religión cristiana, aunque es sabia por tener muchos milagros y profecías para demostrar su vigor, es, por lo mismo, necia, porque no son ésas las cosas que hacen creer a los creyentes; sólo la cruz lo hace.

La cruz, el símbolo de un Dios que sufre y que decide compartir plenamente el destino humano tiene, por lo menos, dos significados:

1. Afirma la creencia en una ley de justicia cósmica que funciona como un mecanismo homeostático: para restablecer el equilibrio perturbado por la fuerza destructora del mal hace falta sufrimiento. El sacrificio tiene sentido en la medida en que llena el vacío que un acto malvado ha abierto en la masa del ser.

2. Reconoce nuestra debilidad: la raza humana necesita que una persona divina compense las enormes deudas en que ha incurrido; al faltarle fuerza para exonerarse, confiesa así su flaqueza moral.

Toda religión es conciencia de la insuficiencia humana y se la vive en la admisión de nuestra fragilidad. Sin embargo, en el mismo acto de comprender su debilidad, la humanidad afirma su grandeza y su dignidad: la humanidad es un tesoro tan precioso a los ojos de Dios que merece el descenso del divino Hijo al mundo de la carne y el dolor, así como la muerte humillante que Él acepta para la curación del hombre. En la figura del Redentor cristalizan los aspectos gloriosos y las ruinas de la existencia humana, la vergonzosa miseria y la infinita dignidad del hombre es el Jesús de los villancicos y de la pintura popular, un invencible protector celestial y, no obstante, un pobre como cada uno de nosotros.

Frente a la crítica anticristiana de Nietzsche, Kolakowski opone un fuerte argumento ad hominem: Si los vencedores tienen razón por definición, una vez que se glorifica la inocencia del proceso natural y la “rectitud” de la fuerza, entonces los cristianos resultaron vencedores. Pues si los “lastimosos y resentidos” cristianos consiguieron imponer sus principios al mundo, no demostraron con ello una “fragilidad envidiosa”, sino una fuerza y una vitalidad considerables.

A la pregunta de si el cristianismo es un humanismo, Kolakowski responde que la respuesta depende de qué entendamos por “humanismo”. Si éste es una doctrina según la cual no hay límites a la autoperfectibilidad humana o que las personas pueden definir arbitrariamente los criterios del bien y mal, entonces el cristianismo es antihumanista. Además, está por ver si un humanismo (o antropocentrismo) tan radical que presupone que la raza humana no halla criterios prefijados o externos, sino que los crea a su gusto, produzca una comunidad humana más pacífica y justa que la que propició el cristianismo. Por el contrario, los últimos ensayos por desencadenar al ser humano de la tiranía imaginaria de Dios han producido esclavitudes más siniestras que las que nunca haya estimulado el cristianismo.

 

En la mística ve Kolakowski el núcleo inmutable de la vida religiosa. Mientras que el protestantismo consideró el misticismo como una desviación peligrosa o una reliquia del gnosticismo pagano; después de la reforma, la Iglesia romana se mostró más capaz de asimilar fenómenos místicos pues podía enclavarlos dentro de las órdenes religiosas, tolerándo la diversidad religiosa, eso sí, con tal de que el místico distinguiese entre Dios y el alma, y no usase la contemplación como pretexto para la desobediencia o la inmoralidad.

El aristotelismo se convirtió para el cristianismo en un vehículo intelectual por el cual éste se deslizaría en la senda de la secularización y del olvido. La crisis modernista reveló drásticamente el choque entre las pretensiones de la teología natural (teodicea) y la marcha victoriosa del "cientifismo", entendiendo por tal una ideología que reduce el valor cognoscitivo a la aplicación de métodos científicos. Sin embargo, la ciencia es una esquematización conveniente de datos empíricos en forma de construcciones teóricas cuyo valor manipulativo y predictivo es mayor que el cognoscitivo; y por su parte, la verdad religiosa no puede embutirse en formas intelectuales, porque el único acceso a la verdad religiosa es una experiencia privada. De ahí la separación radical entre ciencia y religión.

Con la crisis modernista la Iglesia experimentó pérdidas inmensas. Al mostrarse incapaz de asumir la modernidad fue perdiendo el control sobre la vida cultural y repeliendo a las clases cultas.

Los intentos tardomedievales de separar lo sagrado de lo profano, pretendían liberar la ciencia de la teología; las tendencias análogas de los tiempos modernos persiguen lo contrario: defender lo sagrado de la rapacidad de lo profano, afirmar los derechos de la vida religiosa dentro de una cultura que ha canonizado su propia secularidad o convertido en dogma el agnosticismo y el laicismo.

Sin embargo, lo religioso ha cumplido una función social imprescindible: desde lo sagrado, el egoísmo, la individualidad (y el individualismo disolvente) aparecen como una patología del ser. La idea de participación mística era el modo en que se grababa y se consolidaba la autoridad y la supremacía del “Todo” social en las mentes de los individuos. En nuestro mundo secularizado, la mayor parte de los creyentes siguen ligados, aunque sea por un hilo muy fino, a la tradición religiosa.

Kolakowski piensa que el modo en que las personas perciben y describen los hechos en términos morales es un aspecto de su participación en el reino de lo sagrado y que entre no creyentes es el residuo de un determinado legado religioso que comparten por haber sido educados en una determinada civilización. El lenguaje religioso carece de la universalidad de los lenguajes matemáticos, científicos o musicales, pues el culto real está siempre ligado a una determinada cultura y a una determinada comunidad religiosa. Parece pues difícil que quepa acuerdo en materia de religión.

Moral y religión son lógicamente independientes, pero los criterios morales no pueden ser validados en último término sin recurrir al depósito de la sabiduría trascendente, de lo que se seguiría que los ateos deben sus virtudes, bien a una tradición religiosa que han logrado conservar en parte, o a un don de Dios.

Una valiosa advertencia

No hay razón para esperar que en una sociedad en la que se hayan eliminado todos los tabúes y donde se haya esfumado la conciencia de culpa, sólo la coerción legal pueda impedir el desmoronamiento de la vida comunitaria y la disolución de los vínculos humanos no obligatorios. De hecho, una sociedad sin tabúes no ha existido nunca. Bien es verdad que éstos pueden seguir operando durante mucho tiempo por la fuerza inerte de la tradición, después de desaparecer las creencias religiosas en que se sustentaban.

Es indudable que desde el XVII hemos progresado hacia un orden legal-racional que sustituye al orden sagrado de los tabúes, pero no sabemos si esa sustitución podrá ser absoluta. Kolakowski cree que tenemos buenas razones para conjeturar que el papel de los tabúes en las relaciones sociales es sustancial y que una cultura sin tabúes es como un círculo cuadrado.