RAZÓN DEL AFORISMO

<< Un brujo sin humor es un vulgar sacerdote,
un filósofo sin humor es un peligroso enemigo >>
Barón de Hakeldama: La miseria iluminada
En alusión al melancólico príncipe de Éfeso, Heráclito, tildado de llorón porque no pudo bañarse dos veces en el mismo río, José Luis Trullo dirige en Sevilla la colección φιλεῖ que aspira a concitar la reflexión en torno a la naturaleza del aforismo, Naturaleza a la que en general gusta esconderse, según el Efesio. El aforismo se consolida hoy en España como ese género literario que filosofa sin renunciar al arte, en Mester de Brevería –si me permiten el neologismo.
Emilio López Medina, decano del aforismo español, disciplina con la que ha venido dominando a siete bestias, siete, ha publicado otro librito interesante: Origen y razón del aforismo (2025) en el que reflexiona sobre la razón de ser del susodicho. Trata en su primera parte del origen, asociado al genio de los legendarios Siete sabios de la Grecia antigua, de cómo estos formularon sus sentencias, muchas con forma de imperativo o mandamiento sagrado (“Conócete a ti mismo”), pero fundadas en la razón natural y relativas a la virtud cívica, siempre en busca de la verdad y de la excelencia (“todo con medida”).La palabra “aforismo” fue empleada por Hipócrates (460-370 a. C.), abuelo de la medicina empírica, en un sentido muy diferente al más amplio que le concedemos hoy, el de sentencia sabia o frase que da que pensar; es voz derivada del griego ‘horos’ (marcar) y ‘apo’ (fuera), es decir, marcar fuera, delimitar un concepto; con ella, los sanitarios hipocráticos aludían a lo que nosotros llamamos hoy definición, refiriendo concretamente a un hecho o a una regla para la práctica de la Medicina.
Fue otro médico, Galeno, quien en el siglo II-III de nuestra era extendió su significación: “El aforismo es una fuente de doctrina que brevemente declara la propiedad de las cosas”. El aforismo se abrirá, pues, a la ironía, a la paradoja, a la ocurrencia humorística e incluso a la lírica. Emilio López Medina cita en su ensayito sobre la génesis y evolución del aforismo a Epicuro, a Gracián (adepto a los epigramas satíricos de Marcial, su remoto paisano) y a su admirado Nietzsche…, todos ellos grandes maestros del "aforismo". Considera a esta expresión más amplia y menos austera que "la sentencia", por lo que también las sentencias (y apotegmas, adagios, proverbios,dichos aureos, refranes...) pueden ser considerados aforismos. La RAE delimita el aforismo como “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”, lo cual elevaría el aforismo por encima del proverbio o del refrán, a no ser que consideremos también como ciencia y oficio..., el decisivo arte de vivir.
El aforismo es versátil y también se ve impregnado a veces de exaltación dramática o de poesía, por lo que resulta difícil dividir entre aforismos de índole filosófica y aforismos de índole poética, pues tanto la filosofía como la poesía pueden tomar forma sentenciosa o aforística. En segundo lugar, el librito que comento nos regala una breve, pero sesuda ponencia, en la que López Medina reflexiona sobre “la razón aforística”, como buscando una preceptiva que nos permita decidir en qué consiste la verdad de los aforismos. Y es que la razón –como el ser de Aristóteles– se dice y funciona de muchas maneras… Tenemos a Kant por "cartógrafo de la razón", pues trazó el mapa con sus diversas regiones, incluso dejando espacio para el mar de La Fe. El filósofo prusiano distinguió entre el uso teórico ocientífico y el uso trascendental o lógico que nos aclara cómo es posible el anterior; reconoce también otras dos razones prácticas, una que busca la felicidad (pragmática)y otra la dignidad (razón ética); además, no contento con ellas, Kant escribe su Tercera crítica, la del Juicio, para explicar cómo juzgamos sobre lo bonito, lo bello, lo sublime, lo hermoso de ver y de gustar, etc…; y hasta añade un criterio de razón para lo religioso, hallando incluso razonable postular, dentro de ciertos límites, la espontaneidad creadora de la Libertad,la Inmortalidad del alma y la existencia del Soberano Bien (Dios). Y todavía así –añado yo–, Kant se quedó corto, pues le faltaron al menos dos críticas: una de la Razón comunicativa (una pragmática social) y otra de la Razón técnica, que hoy llamamos precisamente razón tecno-lógica.
Pues el caso es que Emilio nos habla en su librito también de esta razón menor, que presume incluida en las anteriores: la razón aforística, que él con rigor analítico piensa como no analítica, sino que más bien se trataría de una razón sintética y hasta meta-sintética, una como intuición de fundamento inductivo derivada de la experiencia vital (razón vital e histórica, orteguiana), próxima a la razón suficiente leibniciana y al método analógico, una especie de razón común vivencial y biográfica, constructora de conocimientos, razón flexiva, asertiva (y por eso más existencial que esencial), inexacta y de expresión breve o brevísima. López Medina pone ejemplos sabrosos para aclararnos todos estos aspectos de La Razón Aforística (uso aquí las “Mayúsculas honoríficas” de Agustín Gª Calvo). El librito contiene además un rico comentario sobre la Traducción de San Jerónimo de la famosa afirmación sanjuanista: “En el principio era el Logos…, y el Logos era Dios”. Jerónimo tradujo el semánticamente riquísimo Logos helenístico del Nuevo Testamento gnóstico, que no sólo refiere a la palabra y reglas de la razón, sino también a las leyes del orden real…, el eximio traductor vertió el Logos de San Juan por Verbum, es decir, tradujo Logos por Palabra, con lo que –según la exégesis de Emilio– individualizó y separó el concepto Dios respecto de la carga de realidad que portaba el término original Logos. Culminaba así la escisión paulatina de la idea original del Logos entre la lógica de la palabra y la lógica de la realidad, y que incluía y significaba ambas. La filosofía subsiguiente ensayaría la difícil reunificación (adecuación, coincidencia, verificación, isomorfismo…) de ambas lógicas, la del pensamiento y la del mundo.
Origen y razón del aforismo se corona con un manojo de aforismos que tratan del aforismo y la filosofía, a los que podríamos llamar “metaforismos” o aforismos de segundo orden. Añadiré aquí a los usos de la razón aforística predominantes, el filosófico y el poético (zambraniano), una tercera pata para su necesario sostén: el uso lúdico de la razón aforística. Si el aforismo aspira a revelarnos el sentido profundo de tales o cuales experiencias vitales, también juega a ocultarnos la mano que lo escribe, como esa que metió el conejo en la chistera y que es distinta de la que lo saca para sorprendernos y maravillarnos en el escenario. El juego de ocultar para mostrar o mostrar para ocultar, el disimulo de toda escenografía inventada por la escritura (Francisco J Ramor), es privilegiada imitación del pensamiento, “su monumento” –como dijo Platón.
El aforismo como juego de palabras, alarde de ingenio creador o invención de neologismos, cumple también una función iluminadora, como los “parapensares” de Miguel Agudo Orozco, función que Carlos Edmundo de Ory asignó a sus “aerolitos”, con los que el aforista pretende a veces azuzar las conciencias adormecidas o, mediante un delirio inventado, facilitar el vuelo de nuestra imaginación tal que suelen hacer las famosas greguerías de Ramón, carentes por completo, al contrario que muchos de los aforismos de Emilio, de una bendita función moralizadora o edificante. Salvador Dalí también cultivó el aforismo –mayormente oral y provocativo– en este sentido que igualmente podríamos llamar lúdico:
“Pienso que la vida debe ser una fiesta continua. Estoy contra Descartes porque era un señor que pensaba. Yo no pienso nunca: juego”.
A los aforismos de Emilio tampoco le han faltado nunca las francas y juguetonas razones de la ironía y del buen humor... "Quien sabe decir, sabe sentir" –nos dejó escrito Cervantes.