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JONÁS, PROFETA DESOBEDIENTE

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                                                 Para Magüy

Estimulado por el insólito final de una película recomendable, Clamando al cielo ("Commandments", Daniel Taplitz, 1996), y que recoge el símbolo del hombre tragado y devuelto por el gran pez, he descubierto la originalidad y el encanto del libro bíblico de Jonás. Más que un libro profético es una historia fantástica, irónica y benevolente. La traducción más literal de la película de Taplitz debiera haber sido tal vez "Mandamientos", pero parece que hoy nos da más vergüenza emplear los términos morales o religiosos que los tacos más salaces. Tampoco el pudor escapa a los rigores del tiempo. La vergüenza no se pierde, pero sí cambia aquello por lo que nos avergonzamos.

En los frescos de la sacristía del Hospital de Santiago de Úbeda, los profetas menores están representados por Jonás y Eliseo. En su interpretación del fresco, Joaquín Montes Bardo nos recuerda que el episodio  es una alusión al propio Cristo, imagen de su resurrección: Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches (Mat. 12, 40). La Biblia de los pobres también asociaba el Descendimiento de Cristo con Jonás y la ballena, y su Resurrección con el mismo profeta vomitado por el cetáceo (El Hospital de Santiago en Úbeda: Arte, Mentalidad y Culto).

Leyendo el libro de Jonás da la impresión de que faltan partes. Los saltos son abruptos, como si se tratara del resumen de un relato mayor. Los eruditos sitúan la composición de esta obra hacia el siglo V a. C. Cuenta la historia de un profeta desobediente. El pobre Jonás no desea aceptar el encarguito que le hace el Todopoderoso: convertir a los de Nínive, y huye de su misión profética a Tarsis. Jonás no quiere ejercer de profeta ni arrastrado, ni cobrando. Carece sin más de aptitudes para hacer de profeta, por más que Yavé elija imponerle esta dura e ingrata profesión. Nada escapa a la ira de Yavé, nada puede sustraerse a su voluntad impunemente...

Mientras un gran viento se desencadena sobre el mar y los marineros, gentiles, invocan cada uno a su dios, resulta que Jonás está roncando en la panza de la nave, sobando en el fondo del barco. Esto molesta a los devotos paganos, pasmados ante semejante indiferencia. Jonás no parece muy temeroso de perder la vida. Pasa de la vida, precisamente porque se le ha arrojado a una corriente que no le va. Él mismo les propone a sus compañeros de dramática travesía que le tiren por la borda. Está claro que está gafado por no tener vocación de profeta o por no asumir la "vocación" que se le impone.

Aquellos gentiles, aunque no creyesen en Yavé, eran buena gente. No querían verter sangre inocente. Sin embargo, incapaces de ganar la costa, y convencidos de la culpa del prófugo, acaban tirando a Jonás al mar. Inmediatamente, las olas calmaron  su furia.

Fue entonces cuando Dios dispuso que un gran pez se tragase a Jonás. En el vientre del monstruo, como el carpintero Gepetto, pasó Jonás tres días y tres noches. El vientre de la ballena -dicen los exégetas- representa el Reino de la muerte. Pero ni la muerte quiere a Jonás, se le atraganta al monstruo y el gran bicho le vomita en tierra.

Profeta a la fuerza, marcha por fin a Nínive (una ciudad tan grande que hacían falta tres días -precisamente tres- para recorrerla) y convierte a sus paisanos amenazándoles con el fin del mundo en cuarenta días. A todo esto, el Dios de Jonás es tan pintoresco como su profeta, pues, vistas las sinceras pruebas de arrepentimiento de los ninivitas, Él mismo se arrepiente de haberse propuesto la destrucción de la ciudad. "Y no lo hizo".

Lo cual irrita a Jonás sobremanera, irritación esta que deja al lector -o por lo menos a mí me dejó- estupefacto. ¿Por qué se disgustó tanto Jonás por que Dios no destruyera la ciudad? Pues tal vez porque había predicho que Nínive sería destruida en cuarenta días y ahora su Dios le iba a dejar, como adivino, a la altura de unas zapatillas rusas (de después de la perestroika), y como profeta, totalmente desacreditado. "Vaya un pedagogo que es mi Dios -pensaría tal vez Jonás-; amenaza con un castigo y luego no cumple". Debía sentirse Jonás como tantos profesores que, en lugar de verse respaldados por las autoridades académicas, se bajan los pantalones ante cualquier reclamación, por injusta que fuere, a la primera de cambio. 

No obstante, parece ser que Jonás ya sabía que Yavé es más misericordioso que colérico, más clemente que vengativo. Fue por eso precisamente -según dice- por lo que se apresuró en huir a Tarsis. Ahora, cuando le suplica  a Dios mismo que le dé la muerte, Yahveh le llama al orden, le anima a que no pierda la calma: "¿Te parece bien irritarte?".

Pues sí: Jonás estaba más cabreado que su colega Jeremías. Sale de la ciudad, se hace una cabaña y se sienta  a ver qué hace Dios con la dichosa o maldita ciudad. Los prodigios de Yavé se precipitan... Hace crecer una planta de ricino por encima de Jonás "para dar sombra a su cabeza y librarle así de su mal". Una terapia de choque, diríamos hoy. Contra la mala leche, ¡toma ricino! Pero los designios de Dios son inescrutables, ¡o surrealistas! Quiero decir que están más allá de la capacidad humana de comprensión. Ahora que Jonás se había puesto contento a la sombrica del ricino y ahora que se le había pasado el disgusto por no poder darse el gusto de ver a los ninivitas ardiendo, churrascados vivos, y renegando de sus falsos ídolos, "al rallar el alba, Yavé mandó a un gusano, y el gusano picó al ricino, que se secó". ¿Será ese el gusanillo que dicen matar algunos paisanos míos con copas de aguardiente desde que amanece?...

El caso fue que no contento con dejar a su profeta sin sombra, manda Dios un viento solano que hiere la cabeza de Jonás provocándole un desvanecimiento. Harto de los caprichos del Altísimo -donde dije “destruyo” ahora digo “construyo”- y fastidiado por tantas jugarretas (al contrario que el santo Job), Jonás se desea otra vez la muerte.

       Y Yavé dice:

       «Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?»

Obsérvese como las divinas palabras rezuman dulce y benévola ironía. La solicitud de Dios no sólo se extiende a los animales, sino también, incluso, a los idiotas.

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23/07/2016 09:57 José Biedma López Enlace permanente. Cine No hay comentarios. Comentar.

HUMANISMO NARCISISTA

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Manuel Calvo (Sevilla 1972) es un joven valiente. Ha escrito un ameno libro con el espectacular título (ahora todo es "espectacular", incluso el cesped de los estadios):Del superhombre a Dios. Filosofía para la felicidad (o viceversa, dependiendo de si miramos la portada o la primera página), Almuzara 2016.

¿Un libro valiente, o tal vez temerario? Me lo topé en el anaquel de los libros de autoayuda en la librería de El Corte Inglés de Granada, donde me había refugiado en una tarde de calor y boda. ¡Injusto lugar para un animoso libro de introducción a la filosofía práctica!

Manuel Pimentel Siles introduce el ensayo. Y eso no deja de ser una casualidad de esas que encantaban a los surrealistas porque hallaban en sus azares significativas revelaciones sobre el insondable fondo de sus almas. La casualidad es que a finales de la primavera me topé con un libro de Manuel Pimentel de la misma editorial (Almuzara), tan ilustrado como ameno sobre las Leyendas de Tartessos en el almacén de un amigo, antiguo editor (El Olivo). 

Como me fascinan las culturas antiguas del Mediterráneo, lo devoré en un periquete. También he devorado en un par de sentadas el libro de Manuel Calvo, lo que confirma que no se cae de las manos ni exige un gran esfuerzo, lo cual confirma mi sospecha de que es un excelente profesor, capaz de hacerse entender con facilidad y gusto por su alumnado.

Para su propuesta moral, vagamente ética, se inspira en los clásicos de la filosofía: Parménides, Platón, Aristóteles, Hegel, Sartre, Ortega, pero también en Homero, más en concreto en el concepto de héroe homérico, pero sobre todo en ese sofista, poeta y profeta, que conquistó por igual el corazón de nazis y ácratas, y que ha acabado por integrarse con naturalidad en los manuales de historia de la filosofía, me refiero a Nietzsche, quien postuló la santidad de la Tierra y de la Vida, viendo en la Voluntad de Poder su genuina y trágica esencia.

Manuel parte de una cosmología congruente con la astrofísica actual, la de la "Gran Explosión", admitiendo la sorprendente maravilla (o "milagro" en sentido etimológico) de que de lo inerte proceda lo vivo, y de lo vivo emerja lo consciente; o ese otro prodigio, del todo inimaginable, de que, según Feynman, un sistema físico no sólo tenga una historia, esto es, no sólo sucedan en él eventos en un sentido espacio-temporal, sino que contenga también todas las historias posibles. Que pueda existir algo como un agujero negro, en que no pase el tiempo, ya resulta bastante increíble...

Manuel Calvo admite igualmente que no solo de pan vive el hombre. O sea, que para ser felices necesitamos algo más que salud, dinero y amor. El arranque del libro puede ser muy útil desde el punto de vista de la didáctica de la filosofía en las enseñanzas medias. Alude a encuestas que practica con sus alumnos y a las discusiones que, con la intención de ampliar sus horizontes vitales, pueden generarse a partir de ellas."Nuestro dinero -explica- no es más que una forma refinada y sutil de tener todo aquello que un animal desearía".

En la dilucidación del concepto de felicidad, se parte del sabio Estagirita: "la felicidad no es sino lograr realizar la propia naturaleza, actualizar nuestras propias potencialidades". Y está claro que los humanos, además de los consabidos bienes: salud, dinero y amor, también deseamos -o deberíamos desear- virtud, sabiduría y sensibilidad. Pone énfasis como aquél en la práctica, en los hábitos saludables.

Se muestra el autor sutil cuando describe la influencia de Kant en las posiciones de Hawking respecto a la idea de Dios o el destino del alma. O cuando describe el Big-Bang, no como un estado físico, sino como un postulado teórico, hipotético, ideal... "Algo más cercano al mundo inteligible de Platón que al mundo sensible defendido por Hawking".

Tras referir con elocuencia al portento que es la vida, el autor explica la emergencia de la conciencia desde el concepto de antipatía. Me ha sorprendido que afirme categóricamente que sea la antipatía la que nos hace humanos, pues opina es la antipatía lo que nos lleva al "egoísmo" (de ego), al egoísmo de decir "yo", a esesaberse siendo y pensando que es propio de la conciencia reflexionante. Así, el ser humano pudo romper "la triste simpatía animal" con el entorno para enfrentarse conscientemente a su circunstancia.

Por lo tanto el ser humano cometió la proeza original (no el pecado) de distinguirse del medio físico en que vivía adquiriendo una particular dignidad. Esa particular distancia que nos permite hacer de la realidad, incluida la realidad que somos, objeto de conocimiento y deleite estético.

Ni por asomo una antropología tan optimista como la de Manuel Calvo tendrá en cuenta el papel del dolor y la frustración en el surgimiento de la compasión y la conciencia. Soslaya igualmente la íntima relación entre el origen del lenguaje y autoconciencia.

La sombra del vitalismo nietzscheano y el existencialismo sartriano planean sobre toda la segunda parte de la obra: La apología del formidable y valeroso héroe homérico; la simple y alegórica epistemología nietzscheana, tan fantástica, del camello, el león y el niño; la apoteosis de la voluntad de poderío como afán de superación y realización de nuestras dispopsiciones naturales; la libertad sin más límites que la libertad ajena (autonomía kantiana hipertrofiada).

Todo eso está muy bien, si esta voluntad de poderío (prefiero esta traducción de der Wille zur Macht) se interpreta como voluntad de empoderamiento, emprendimiento y libertad. Pero es preciso hacer juegos malabares para hacer del vitalismo nietzscheano un principio ético inocuo, bondadoso, decente o, si quiera, útil.

¿Cómo evitar que este niño que balbucea una nueva moral, desde la voluntad inalienable de desplegar todas sus potencialidades egoístas, tras haberse sacudido tradición, autoridad y ley, cual magnífico león, se convierta en un esteta que asesina por aburrimiento o capricho (cfr. La Soga de Hitchcock)?

Nos libraremos, como Epicuro, del miedo a los dioses, a la muerte y a la propia vida, libres de todo sentimiento de culpa, valientes como Odiseo, pero entonces, ¿no nos entregaremos al libertinaje más autodestructivo y animalesco?

Manuel Calvo hace un valiente alegato a favor de las gracias de Lucifer, "el ángel encargado de llevar la luz", reescribiendo la venerable mitología semita como si Lucifer fuera su auténtico Prometeo, facilitándoles a los hombres el alimento precioso del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, la fruta prohibida: placeres, verdades, sabiduría. En este nuevo imaginario que se nos propone, sacrificio, sufrimiento y penitencia pasan a ser tan reprobables como despreciables. Aunque matiza: "El superhombre no es satánico, pues no adora ni siquiera a Lucifer". Entonces, ¿a quien adora el divinal superhombre de Manuel Calvo? A sí mismo. Porque él superhombre divinal es "el ojo de Dios". Nada hay ya sobre el hombre que no sea el poder propio y su ilusión por hacer cosas y emprender hazañas.

"Si Dios no existe, hay que inventarlo", escribió Voltaire, autor del Cándido. A quienes, como Manuel Calvo, exclaman, con toda candidez: ¡La vida es lo santo!, yo les propondría la lectura de un buen manual de parasitología, un paseo por un psiquiátrico, una tarde en un geriátrico, una caminata por cualquier jungla... Decir que la vida hay que disfrutarla es una trivialidad, pero la realidad es que muchos están privados de hacerlo, aún por naturaleza.

Al lado del héroe homérico que vuelve a casa y salda cuentas con los pretendientes de Penélope exterminándoles en un baño cruento de sangre, está el héroe trágico, aquel que, a pesar de su buena fe, acaba sacándose los ojos porque no quiere ver las fatídicas e inevitables consecuencias de sus actos. Quiero decir con esto que la naturaleza no es madre, sino madrastra, y que todo panteísmo peca de optimismo naturalista y, por tanto de optimismo antropológico.

Cuando Manuel Calvo parafrasea a Nietzsche diciendo de la culpa que es "ese veneno inoculado desde la infancia por los débiles que emponzoña las conciencias de la gente y las empuja por la senda de la infelicidad" (pg 135), tendría también que recordar que los mejores ejemplos de seres humanos sin sentimientos de culpa son ciertos psicópatas y asesinos en serie, y que precisamente porque somos libres somos culpables de lo que hacemos mal. Los excesos de valentía se pagan, muchas veces los pagan otros, no el "valiente". Como decía otro gran héroe trágico, Hamlet, es el miedo el que nos hace prudentes. La enfermedad, la muerte, la impotencia, el desamor..., son hechos temibles, y tan vitales como naturales. No temer lo que merece ser temido no es de cobardes, sino de imprudentes. Lo siento, pero tenía razón Platón: "el bien no es el placer", porque hay placeres crueles, perversos, injustos, indignos, o sea, malos. Lo cual, por supuesto, no significa que no sean buenos muchos placeres, y superiores -como reconoce el autor- los del espíritu.

Manuel Calvo nos llama al orgullo de postularnos como divinales. Eso no está mal, y nos halaga, lo que da poder de persuasión a cualquier retórica. A cambio nos pide que desterremos la humildad como una falsa virtud. Tal hicieron ya los averroístasleyendo muy fielmente a Aristóteles. En efecto, si humildad significa la disposición a ser humillado o la heteronomía y dependencia más rancia respecto a una autoridad cualquiera: la de una iglesia, la de un partido, la de una secta..., ¡pues qué duda cabe que la humildad es una falta de autoestima, y resulta despreciable! Pero reinvindicar un poco de modestia, al menos en mitad de esta cultura narcisista en la que cualquiera se cree dios, tampoco estaría mal. Es cierto que la autoestima -como ya viera Aristóteles, la filo-autía, está en el origen de la verdadera amistad (filía), pero estudios recientes han probado que el exceso de autoestima, la autoestima injustificada, o sea, el narcisismo, puede ser tan nefasto como su ausencia.

No todos tenemos madera de superhéroes. Ni falta que hace. De hecho, no quiero ni debo tener, ni por un momento, la actitud del héroe homérico. Aquiles monta en cólera porque Agamenón le roba a Briseida, puro botín de guerra. Y cuando muere su amado Patroclo, Aquiles manda sacrificar a un montón de prisioneros troyanos en la pila funeraria de su amigo. Odiseo es astuto como un zorro y no duda en mentir si le conviene. No se andaban con chiquitas los héroes homéricos cuando se trataba de imponer su "voluntad de poder".

Del natural, universal y estimable afán de superación, tan encomiable, a la voluntad de poder esteticista, nietzcheana, o narcisista, hay un largo trecho. Si negamos que el bien tenga algo que ver con sacrificarse y controlar los impulsos, entonces el crimen que deseamos está justificado, y no hay humano que no haya querido y podido alguna vez cometer un crimen. Sin ir más lejos, yo me sacrifico todos los días no soltándole a la cara a cierta vecina lo imbécil que me parece. Cierto, la humildad no puede ser fuente de todo valor moral, pero tampoco el orgullo y mucho menos la voluntad de poder. El orgullo de Aquiles causó miles de bajas, también entre sus próximos.

Es cierto que Manuel Calvo matiza el "orgullo de héroe" que nos propone: "un orgullo que no necesita necesariamente ser mostrado a los demás", un "orgullo anónimo". La verdad es que no sé muy bien qué orgullo sería ese que ni siquiera se muestra en las relaciones sociales. Su posición respecto a la voluntad de poder y el orgullo me recuerdan la falacia del falso escocés. Si achacamos a un cristiano los crímenes comentidos por el cristianismo, se defiende falazmente diciendo que no fue el cristianismo sino un falso cristianismo, un pseudocristianismo, quien los cometió; lo mismo con respecto al comunismo. La verdad es que hay en Nietzsche exageraciones que justifican una interpretación "de rebaño", una interpretación racista. Lo mismo que hay en San Pablo motivos para diseñar con su doctrina una iglesia machista, según el propio Manuel Calvo explica.

A pie de página, el autor reconoce que cuando Nietzsche refuta la metafísica tradicional propone en su lugar una nueva (poco racional por cierto y más bien mitográfica). Pero esta ontología metafísica de que "todo lo que existe, existe por sí", y esta antropología metafísica de que "sólo dependemos de nosotros mismos" (pg. 146) me parece del todo insostenible. Más fácil que refutar la primera tesis sería defender la contraria, pues en realidad todo cuanto vemos que existe, todo evento natural, es contingente y depende de otros eventos para ser; lo mismo que en lógica, cualquier proposición que enuncie un hecho real es indeterminada, o sea, incierta.

Respecto a la segunda tesis, la de una ética que emane de nuestra exclusiva y libérrima voluntad, lo cierto es que somos dependientes, que nuestra libertad es limitada, que la autonomía es un ideal, una meta regulativa -como diría Kant-, pero que en la práctica hemos de aceptar fuentes ajenas de la moral y de la ley, distintas de la propia conciencia, distintas de la propia voluntad de poderío. Porque mi gusto muchas veces no es criterio de lo justo. Primero, porque al lado de la buena conciencia, hay una "falsa buena conciencia" y nuestra capacidad para autoengañarnos es considerable. Segundo, porque el valor de la libertad no es un valor absoluto. Ninguno lo es, sino que hay que conciliarlo con otros valores. De hecho, muchas veces preferimos menos libertad a cambio de más seguridad o justicia (virtud esta que brilla por su ausencia en el libro de Manuel Calvo).

Puede que el universo se exprese a través de mí. Pero no cualquier expresión mía es por ello buena, ni mucho menos divina. La idea panteísta (hegeliana) de que Dios es el mundo en proceso dialéctico, que ya existía en el Big-Bang ("feto de Dios") sólo como proyecto, o la idea de que nos hacemos más que humanos por parir y alimentar a Dios y otorgarle continuidad existencial y sabiduría (entendida esta al modo orteguiano como suma de perspectivas parciales) me parece una teodicea muy original y, para ser del todo sincero, un poco narcisista y extravagante.

No obstante, es meritorio el esfuerzo por tramar una visión del mundo coherente, humanista, respetuosa con el saber probado, clara y razonada, sobre hombros de los clásicos.  

 

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El amor loco

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“No niego que el amor no ande en discusiones con la vida. Digo que debe vencer y por eso debe elevarse a tal consciencia poética de sí mismo, que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria”

André Breton. El amor loco, VII

 El centro asociado “Andrés de Vandelvira” de la UNED (Úbeda-Jaén) ha publicado mi traducción de L’amour fou de André Breton (1937) como homenaje póstumo al profesor Luis María Diosdado, que puso exquisito y tenaz cuidado en corregírmela.

La obra, publicada en 1937, pertenece a un género inclasificable, pues mezcla sin solución de continuidad autobiografía, poesía, estética, crítica, crónica histórica, epistemología, psicoanálisis, filosofía, mántica…, y concluye con una emocionada epístola que Breton destina al porvenir de su hija Alba.

Después del ateísmo filantrópico del XIX, asumiéndolo, y en medio del nihilismo materialista e inhumano del XX, con el que discute, el gran líder del surrealismo hizo un meritorio esfuerzo por devolver al mundo su encanto, entre dos guerras mundiales, buceando en los misterios psicofísicos del deseo, en los anhelos del cuerpo pero también en las infinitas aspiraciones del espíritu; nadando desnudo en la belleza convulsa de la naturaleza, en las frías aristas del cristal o en el secreto escondido en los capullos de la vida, en el corazón de las plantas, y recogidos y expresados también en las vanguardias del arte.

Comienza proponiendo un concepto convulsivo de belleza: erótica-velada, estallante-fija, mágica-circunstancial. Breton busca una síntesis entre la mística romántica del amor y su negación. Defiende el amor personal, monógamo, refutando a quienes en nombre del marxismo, tergiversándolo, proponen su asilvestramiento.

A fines de los años veinte, los jóvenes de París aplaudían su intención de enriquecer la sensibilidad y el conocimiento con una nueva poética que tenía mucho de liturgia esotérica. Y en mitad de los dos nuevos monstruos que crecían a diestro y siniestro, fascismo y comunismo, Breton mantuvo una actitud irreductible, reconociendo no obstante la necesidad de reformas sociales y solidarizándose sobre todo con la defensa de la libertad.

En L’amour fou he encontrado una firme reivindicación de la imaginación al lado de una capacidad para el análisis racional en la línea de la mejor tradición cartesiana. La imaginación es el sentido de lo maravilloso que no sólo está en el origen de la poesía, sino también en la raíz misma de toda filosofía y toda ciencia. Frente a la sordidez del realismo, el surrealismo supuso una estética alternativa, capaz de sublimar y hallar belleza en nombre del poder incontestable y misterioso del deseo.

En la obra se escruta el sentido de los hallazgos aparentemente fortuitos, de objetos que cobran un sentido especial para el artista, o se explora el valor de los encuentros cruciales, tras esas esperas iluminadas por "la canción de centinela" del poeta: esos trueques misteriosos entre lo corporal y lo mental, lo físico y lo metafísico, el azar y la necesidad.

Alude a lo que revela la emoción, ya que la emoción especial de cada encuentro significativo nos informa –según Breton- de un aspecto esencial de nuestra existencia. En este sentido, en el corazón de la obra nos describe su encuentro con Jacqueline Lamba que tuvo lugar el 29 de mayo de 1934. De esa felicísima unión nacería Alba a finales de 1935, a la que dedica la conmovedora carta del último capítulo del libro.

Para el lector español la obra tiene un valor añadido, al incluir el viaje que realizó con su amor a Tenerife, la extraordinaria descripción de su paisaje y su extraña y exótica vegetación, que representa para el poeta un paradigma de lo que busca como belleza.

También hay lugar para "el mal rollo" conyugal, que en el capítulo VI Breton asocia a las “malas vibraciones” que contagian a los amantes, como las inquietantes sombras de un delirio criminal que subsisten en un fuerte, un viejo caserón y una playa inhóspita, a causa de un antiguo uxoricidio, cuyos motivos psicológicos y detalles el autor nos despeja.

Los amantes del arte descubrirán en las páginas de El amor loco la gestación de una obra muy celebrada de Giacometti, y agudas alusiones a Lautréamont, Valéry, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé…, a la pintura de Gustav Moreau, Picasso, Arp, Dalí…, o a las ocurrencias de Max Ernst. El librillo está ilustrado con fotografías de Man Ray o Bassaï, escogidas por el propio autor.

Obra sugerente, valiente, alucinante, compleja y singular, cuya portada ilustra un enigmático cuadro de René Magritte, Le Domaine enchanté, como símbolo del eterno femenino, esa diosa ideal y amada sobrenatural que constituye el norte del artista, que lo espera todo del amor.

Acompaño esta edición de El amor loco (Úbeda, 2016) de seis breves comentarios que aspiran a situar la obra en su contexto, aclarando y profundizando su contenido, del cual señalo como principal esta llamada enérgica a la espera del amor:

“Los hombres desesperan estúpidamente del amor –también yo he desesperado-, viven esclavizados por esta idea de que el amor está siempre detrás de ellos, nunca delante: en los siglos pasados, en la mentira olvidada a los veinte años. Aceptan y sobretodo se resignan a admitir que el amor no sea para ellos, con su cortejo de claridades, esa mirada sobre el mundo que está hecha con todos los ojos de los adivinos. Cojean con recuerdos falaces en los que llegan a prestar oídos al origen de una caída inmemorial, para no sentirse demasiado culpables. Sin embargo, para cada uno la promesa de cualquier hora futura contiene todo el secreto de la vida, con el poderío de revelarse un día ocasionalmente en cualquier otro ser” (El amor loco, IV).

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01/07/2016 08:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

TIERRA

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Me confía Guillermo Fernández Rojano en su dedicatoria que vivimos entre palabras y deseos. Es verdad, pero también navegamos entre dolores, placeres y esperanzas.

Los seres humanos, así, en general, nunca antes hemos vivido más y mejor, más en número y en años, con más ocasiones de desarrollar satisfactoriamente nuestros poderes en actividades alegres. Y sin embargo, cunde el desánimo, en un verdadero cataclismo de los espíritus y aquelarre de las pieles.

Del ateísmo filántrópico, hemos pasado al nihilismo inhumano, o animalista, como renunciando ya para siempre al fantástico y soberano bien celestial.

Tras leer, releer y meditar la correctísima prosa poética y los medidos versos de su trilogía Tierra (Órcera, Jaén, MMXV), he buscado sin éxito un antónimo de "sublimación". Una categoría estética que sirva para describir la expresión “llanuras secas manchadas de huertas”, en contraste con “planicies encarnadas enjoyadas de hortales esmeraldinos”; o “cielo blanco encharcado de golondrinas”, en vez de “cielo estrellado de golondrinas”. Por supuesto, que las huertas manchen las llanuras y las golondrinas encharquen el cielo no es precisamente una sublimación de la realidad, sino su humillación, o, dicho más intelectualmente su crítica corrosiva. Y es esta más bien la perspectiva que adopta nuestro poeta.

Si una vez la poesía asumió la función de elevar, alabar o enaltecer la condición humana y el milagro de la realidad, hoy más bien asume la función contraria: denunciar, humillar o denigrar, sin compasión ni piedad, sin autoestima de nuestra condición, lo que somos e incluso lo que aspiramos a ser. Parece que hayamos vuelto al valle de lágrimas medieval, desde la exaltación de la belleza natural y del homo microcosmos renacentista.

Y no obstante, contradictoria o paradójicamente, la poesía, por nihilista y desesperada que sea, es necesariamente expresión "idealizada", sublimada, pues el poeta nihilista no se entrega a la nada si escribe (pues espera quien escribe y de lo que escribe que sea leído y contestado), más bien la glorifica, la nada o el manicomio de este mundo cruel.

 ***

A Manicomio de Dios, el primer libro de la trilogía de Guillermo Fdez. Rojano, podríamos añadirle el subtítulo de Libro de las maldiciones. Si uno acepta la visión del mundo que nos ofrece título y contenido (que bien ilustrarían los más tremendos iconos de El Bosco), igual puede preguntarse si no será nuestro planeta el infierno de otro mundo, o tal vez su purgatorio. Si no seremos almas perdidas para un cielo inalcanzable y cuyo destino no es más que el gusaneje de ese barro y aquel polvo del que sin duda también procedemos.

Para conjurar la compulsión minimalista e hipnótica de sus catáforas he encartado entre sus páginas una estampa de la Madonna della Salute que se venera en la Iglesia de la Santa María Magdalena en Roma.

En el manicomio de Guillermo no falta alguna escena pintoresca, como la de esa anciana que golpea con una maza, sin ira ni compasión, sombras, vejaciones, nombres, pérdidas de nada…, y luego barre las cáscaras para mantener el fuego encendido.

Desde luego, es posible hurgar, en ese contradictorio antónimo de lo sublime poético sin caer en lo vulgar, quizá sea ese el arte de Guillermo. Arte de la crueldad, ejercida también consigo mismo. ¿Cómo, si no, íbamos a estar en un manicomio divino?

“La anciana que no conoció varón dedica su vela de veinticuatro horas a combatir la impudicia con canela y agua de rosas, acariciando heridas que suplieron a la penetración, trenzando en su lengua rezos y culebras” (pg. 45).

En sus semblanzas, imaginarias o hiperrealistas, siempre habrá alguna que identifiques como prójima:

“El hombre que pasea su perro enano los domingos a mediodía. No sabe si llueve, si goza, si hay un objetivo para la tarde que no sea esperar la noche”.

Me atrevo a conjeturar que el Dueño del Manicomio sea ese mayúsculo Psicópata de la pg. 39:

“Al hombre que sujeta una larva transparente con los dedos no le queda aliento para defenderse. Bajo el mandato del Psicópata entrega el aire antes de convertirlo en palabra”.

 ***

¿Hermetismo, cubismo? Molina Damiani, al comentar la obra de Guillermo, habla de una "despresurización del neorromanticismo de los decadentes", como si los decadentes viajaran en un avión vintage asaltado por sutiles críticos. Desde luego, poco romanticismo puede hallarse en la impiedad más absoluta, aunque sí, desde luego, corrección formal y belleza estilística, y migajas de autocompasión.

Sí queda romanticismo en la denuncia de la moderna creencia en el progreso (“las plagas del progreso y del retroceso”) o en el desdén hacia “el zapateo hueco de las ideologías”, lo que yo no veo -al contrario que Damiani, al menos en esta trilogía- es una denuncia de la postmoderna deshumanización de las masas y de los pactos neofeudales entre legisladores y delincuentes: “La negra luz de nuestra historia” (sentencia el crítico).

Lúgubre, tétrico, grotesco, son sin duda categorías románticas que cuadran a ciertas estampas de Guillermo:

“La que respira sin oxígeno y se tapa la boca. Se zambulle en el agua y habla con el ahogado de la casa de enfrente, con la piedra ovalada que alguien dejó en el río como ofrenda. Saca la lengua, atrapa una araña roja, contamina a los reunidos en su fúneral” (pg. 63).

"Sórdido" es categoría muy suya, del realismo hispano, manejada genialmente por Quevedo, y que cuadra bien a alguno de estos cromos, muy dados al larvario y el detritus de enterramiento:

“El que penetra la corteza terrestre y remueve la tierra sobrante buscando las lombrices de la sabiduría…”.

He sentido la tentación de poner nombre común a alguno de sus retratos, por ejemplo, "Del fanático" o "Del doctrinario":

“El que se esfuerza por calzar las garras de las aves de presa, condensar el mundo en un principio indestructible, irrechazable, sencillo de aplicar, fácil de entender, complejo desde la oscuridad, ya que a medida que perfora delicadamente el tálamo, las zonas de satisfacción aumentan su densidad” (pg. 56).

Tal vez la desesperanza se nutra aquí de un íntimo moralismo incapaz de aceptar el mal como recurso del bien, un moralismo tan serio que no drena su contrariedad frente a la tragedia del mundo a través del humor y la distancia. Fíjense en esta memorable descripción que llamaré "Del soberbio (o del narcisismo postmoderno)":

“El hombre pequeño que habla a grandes zancadas con voz grave ha comprendido la intensidad de la existencia. Vanidoso idealista ha decidido crear una tierra de libertad a la que pondrá su nombre, sin hacerle el honor a ningún hombre –y esto lo recalca bien con la maza- de poner su nombre, sino hacerse el honor a sí mismo con el suyo. Y no solo con su nombre se honra, sino con cada gesto, con cada manifestación de su voz, con cada mirada de desprecio a los que pasan y lo saludan inclinando la cabeza”.

Confieso que usaré –no plagiaré- alguna de las semblanzas de Manicomio de Dios para mi proyecto de una sátira de tendencia cínica (en el sentido del cinismo antiguo y venerable) sobre el parasitismo social que padecemos, social, moral, profesional, político, económico, sentimental, empresarial, sindical, etc. Un estudio que pergeño por analogía con el parasitismo de protozoos, bacterias, gusanos, insectos y ácaros:

“La que se despierta en mitad de la noche gritando sin aire, se abraza y exige ser abrazada y confisca el oxígeno del otro, una voz que la alivie, y mata por el abrazo de aire tan pesado que deshace su pecho” (86).

A continuación, una descripción del psicoanalista (me parece que es lacaniana, la moza inspirada a la que Guillermo refiere) que me mola cantidá, que usaré como arma arrojadiza contra alguna adversaria dialéctica en Google+:

“El que se esconde en los pliegues de su sombra y golpea con la maza de la razón contra los rostros de sus sueños, los mide con brújula reglada y compás templado, los niega como síntomas, echa cal en las heridas, los cubre con una tonelada de coartadas metódicas, cascotes y broza residuales de la estirpe por cuya sangre fue bendecido y envenenado” (87).

La misma descripción puede servir de ornato a un ensayo que describa la plaga desublimadora del psicoanálisis aplicado.

También puede uno usar alguno de estos microrrelatos como didáctico ejemplo de lo que puede llegar a ser el surrealismo más tétrico y tenebroso:

“Los que, arrimados contra las tapias de los cementerios, no imaginaban dónde irían a parar sus huesos, aún no saben adónde deben ir y vagan bajo tierra, deshuesados, preguntándole a las lombrices”.

“Largas y espesas madejas de tenebrosa bruma...” –parece que estoy oyendo a Cadalso.

 ***

Así en la tierra, segundo libro de la trilogía, parodia la noticia periodística y la crónica histórica, pero ambas se disuelven en negros augurios, lúgubres presagios, espantosas contingencias, dejándonos en suspenso al no ascender nunca desde la anécdota hasta la categoría, desde la tierra al sublime cielo. Me ha gustado menos que Manicomio de Dios, aunque reconozco la originalidad de la fórmula.

Del último libro, de versos, toma su nombre la trilogía que comentamos: Tierra. No esperes, curioso lector, ningún consuelo de él. Su lectura me ha traído a las mientes los caprichos, los desastres de la guerra, los disparates de Goya.

Tremendo poeta, en palabra melancólica, un sobresaliente artesano del lenguaje. Y añejo colega de fechorías periodísticas, complice de soledades en plazuelas provincianas.

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29/06/2016 12:45 José Biedma López Enlace permanente. Poesía No hay comentarios. Comentar.

CERCANÍAS

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Cuando aquel sábado quisimos entrar en el castillo, dos hermosas serranillas ya granadas nos convidaron con un libro de poemas, como quien regala dulces. Al Arcipreste de Hita le hubiera encantado la idea. Y yo sostengo que el autor del Libro de Buen Amor nació en Alcalá la Real, y que por estos pagos del Santo Reino las persiguió con gracia y caballerescos modales. Entiéndase bien que no las acosaba ni las maltrataba, sino que primero las halagaba y luego las rendía. También él cayó una vez, hipnotizado por los andares de una tal doña Endrina, que con saetas de amor hería cuando sus ojos alzaba.

El obsequio resultó ser un magnífico libro, ligero pero grande, de un poeta andaluz: Ángel Mendoza (Puerto de Santa María, 1969). El vate había ganado merecidamente el Premio de poesía "Arcipreste de Hita 2001", que otorga el Ayuntamiento de Alcalá, ciudad que ha sabido reconstruir como un hermoso parque arqueológico, monumental y turístico su fortaleza de la Mota. La edición ha sido cuidada por Pre-textos (Valencia, 2002). Desde aquel sábado, el librillo no se me ha caído de las manos.

Suena clara, sincera y noble, la nostálgica voz de este poeta, contenida y coloquial, bien medida, a veces rimada, jamás con ripios. Su obra, Cercanías, se divide en "Días", "Sueños" y "Páginas". Y tal vez hubiera podido también llamarse Lejanías, porque bastantes poemas ofrecen un flash back sentimental hacia una infancia y juventud que ya pasó. Algún poema cuenta una historia, un cuento en el que más tarde o más temprano se involucra la experiencia sentimental del autor, pues ahora el capitán Garfio es un hombre sin manos que... "ya no toca el mundo / ni aprieta el corazón de las mujeres / ni acaricia sus noches".

Hallo igual en sus versos finas ocurrencias metafísicas: "Lo mismo que ese libro que dejo a la mitad, / perdido para siempre. / Ciertos días nos pasan, y nunca sé decir / de qué silencio vienen". Que "siempre llegue una tarde sin amor" es, sin dudarlo, "un triste argumento para el corazón". O se oyen ecos del melancólico Heráclito: "El tiempo es un niño que nos roba la fruta / y escapa con los cielos del verano". La poesía, ¿oficio de melancólicos?.

Hallamos también aquí, y no sólo porque lleve ese título una parte, muchas referencias a los valores creativos y consoladores de los sueños. No extraña que el poeta haya titulado uno de sus poemas con el nombre de la filósofa malagueña María Zambrano, quien se atrevió a trocar el famoso cogito cartesiano en un "sueño, luego existo".

El sueño salva o no las apariencias: "Las miradas de sueño" y "los sueños de las miradas", el "sueño remoto" y el "sueño sin raíz"... Tal vez por poeta soñador, aun Ángel, deteste los cielos rasos, pues los aborregados, los adornados por nubes y hasta esos terribles, turbios y tormentosos de los entretiempos, incitan mejor a soñar o a escudriñar, como querían los surrealistas, el objeto final de nuestros deseos.

Aunque se confiesa amigo del Tiempo, no deja de lamentar con rotundos quejíos las facturas -en vejez y muertes- que "el tiempo y sus matones" nos hacen a todos pagar. Como profeta lamenta esa perspectiva de soledad, de edad ligera, de acabose en el hondo océano de la fosa ("Proyecto", "Inviernos").

Tras la desilusión de un amor que no pudo ser, el maestro se permite ofrecernos una recomendación: "no ofrezcas el amor a quien pasó de largo". Pero esa añoranza que deja lo que no pudo ser se compensa felizmente con el sabor de los amores cumplidos en "Astronomía": 

"Porque cruza el amor con brillo de cometa,

hoy celebro este cielo

de mirarte y saber lo infinito tan cerca,

lo imposible tan cierto"

El fin final buscado, la meta a la que aspira el poeta (platónico o sanjuanista) es Luz, luz presentida. La luz es la última esperanza tras el túnel mundano, y tal vez sea por ello por lo que eleva el poeta su gratitud deísta ("Oración") a la verdadera protagonista de la caverna platónica, la escasa claridad de ese enorme útero mundano que a todos nos contiene. Como en la prisión de Segismundo, hay que acabar reconociendo que "En todo lo que existe, y en todo lo que existes / hay luz de calabozo".

Pero esa caverna es también la morriña de aquella ternura de la niñez en que el poeta se refugia, como quien retorna a aquel paisaje de la infancia, a aquel pulso de olas, que se rememora en muchos de sus versos. Así, cuando recuerda navidades pasadas, esperando ahora un "regalo prodigioso, un retorno sin heridas". O cuando se enternece mirando el álbum de cartón con futbolistas de la "Liga 78-79": "que me miran igual que me han mirado siempre, / que no saben que nunca soy el mismo". También dedica uno de sus poemas a los "Dibujos animados", con un fin inquietante de cadáveres de cucarachas bajo el armario...

Me emocionó principalmente el poema "Poética", a pesar de su tono nihilista: "la certeza de que tanto es nada". Al parecer del vate, sólo nos redime la suerte de poderlo contar. Y es aquí donde, no sin ironía, el poeta espera, gracias a sus canciones y lectores, ser "otro en los otros más allá de la muerte", para que este "rumor de Noche" no signifique nada (o igual signifique nada).

El héroe profundo, el alterego del autor, es un "niño antiguo" que recorre solo un bosque poblado de ruidos inciertos, un niño que esquiva sus miedos "con la vela encendida de su voz temblorosa".

Excelente poeta -me sentencia en sueños el Arcipreste.

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01/05/2016 08:38 José Biedma López Enlace permanente. Poesía No hay comentarios. Comentar.

BOCA DE ASNO

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Hace algo menos de tres lustros, Guillermo Fernández Rojano, escritor del Santo Reino, me escribía desde Orcera, donde no sé si se siguen criando podencas santas y aceites afrutadísimos. De mi edad, el poeta estudió filología semítica y se doctoró en hispánicas. Obtuvo el primer premio "Gabriel Celaya" en 1998.

Entonces me enviaba una cuidada edición de su poemario Boca de asno, con breve y jugoso prólogo de José Viñals (Germania, 1999). Ahora repaso aquellos versos, en general amargos como el corazón de una alcaucil crudo o la grasa de aceituna picual. Giran en torno al material óseo que soporta nuestros otoñales dolores. El bardo recomienda:

Aférrate a la vida de tu sueño

recorre su laberinto, disfruta

también el éxtasis inconmensurable

de no volver, de estar al borde constantemente.

Es una razón fronteriza (como la descrita por Eugenio Trías) en delirio vanguardista, la que articula un lenguaje así, reinvindicando, muy paradójicamente, una vida sin memoria. Menos mal que parece haber puerta de escape de nuestras angustias, pues 

Ves a alguien que sonríe y aprovechas

para meterte dentro de su cuerpo.

Ya eres feliz, ya amas, ya no estás contigo.

Escribir para agarrarse a algo que tenga forma, proclamando la catástrofe de todo. Y la blasfemia, oración nihilista, a un dios "que colecciona prepucios / y se emborracha de delitos". Al que todavía se agradece su "ética delirante" y una "risa suficiente".

Guillerno aporta una sardónica reflexión de filólogo en su poema "Tautos":

Sólo la palabra

cuyo significado desconocemos

es la que podemos comprender

sin ningún género de dudas.

La palabra es sin duda "el lugar de la mentira", tanto si nos acaricia por dentro, como si nos revienta el alma, palabra envenenada, palabra que tergiversa el paisaje convirtiéndolo en impudicia.

Como a los curas, a los poetas no les cuesta mucho contradecirse. Así, este se lamenta, desde un espacio superpuesto, de que el dolor pueda ser mudo; y desde el por detrás del espacio, del vacío que le llena por dentro; o se queja de la aburrida felicidad del mundo.

Menos mal que ha visto el citado vacío poblarse de presagios. Mas me temo que sean funestos.

Muy pocas concesiones hay en estos poemas a la melodía, más bien poseen sus versos un ritmo de campanas tocando a difunto, a golpe de badajo de anáfora.

Cruje y se desliza una sombra en el espejo, la de un -no sabemos si mayestático- que a veces se queja y a veces habla rumano, amada o amante, pero que nos promete un goce que solo es "la rebelión de todos los miembros a permanecer unidos", un placer que consume.

Sí, la nieve se mezcla aquí con la pedrería fugaz de las cerezas en estación incierta: el eros con el thanatos, la saliva con la ceniza. Resulta pobre la esperanza de que el dolor no sea superior a la vida, si ni tan siquiera la música es superior a la vida, pues...

¿Qué música ha sido capaz de reparar

el verdadero dolor que nos mantiene vivos?

El dolor es tema principal de todo esto, el dolor ¿hecho tiempo?, ¿eso somos? El tiempo, hecho dolor, ¿eso acabamos siendo? Nuestra esencia, esa duración real de pasillo a condena capital.

Esta afirmación del dolor como soporte de la vida me recuerda la afirmación del filósofo y piloto Manuel Fernández de Liencres en su Apertura para un mejor desconocimiento del hombre (2010). Recordaba allí en sus postrimerías como algunos teólogos explicaban la cruz del Cristo por la necesidad de Dios de igualarse en dolor y en angustia a sus criaturas. ¿No será el dolor consecuencia directa de Su imperfección creadora? ¿Se trata entonces de una imperfección sin límites? -se preguntaba Manuel, mientras ansiaba también como poeta "medir por su sombra cada estrella".

Eso confesaba el ubetense, mientras Rojano alababa también a la rosa por su espina, sufriendo la mundana mordida de una boca de asno, mientras Manuel además pedía -para su alma desmandada- "muerte en el pico de una golondrina".

 

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01/04/2016 10:05 José Biedma López Enlace permanente. Poesía No hay comentarios. Comentar.

El nombre del mundo es bosque

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Ursula K. Leguin, la escritora norteamericana de ciencia ficción, ganó en 1973 el prestigioso premio Hugo con su novela corta El nombre del mundo es bosque. Luego la amplió con otra del mismo título en 1976. La traducción al español de Matilde Horne para la editorial Minotauro (1986) se la presté este verano a Tania Poyuelo, una estudiante aventajada de griego clásico.

Tania me ha pasado un breve y jugoso comentario que tengo el gusto de publicar aquí:

En esta obra de Úrsula K. Le Guin podemos ver la invasión de otro planeta por los terráqueos. Estos destruyen sus bosques y los athsianos, los habitantes de este planeta, cambian. 

 

Ellos son muy pacifistas, gente que no guarda rencor a nadie. Pero el odio hacia los terráqueos y ver la forma de actuar de estos los hace cambiar. Pasan de ser gente que no haría daño ni a una mosca a matar a miles y miles de personas. Nace el odio en ellos.
Esto es un claro ejemplo de como el odio nos puede cambiar a todos. Da igual que seamos muy tranquilos, que no seamos violentos o que queramos mucho a una persona, que si comenzamos a sentir odio, somos capaces de las cosas más atroces. Así de simple. Esto está en nuestra naturaleza y no podemos cambiarlo.
Así que cuando salga en las noticias que alguien ha hecho una cosa atroz y todos sus vecinos salgan diciendo que es muy raro, que era una persona muy buena, muy tranquila..., no os alarméis. El ser humano tiene sentimientos, sí, pero hay algunos que le cuesta controlarlos, como el odio; y además, es el animal que ha cometido y que comete las mayores barbaries. 

 

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14/10/2015 19:54 José Biedma López Enlace permanente. Antropología No hay comentarios. Comentar.

Héroes, bestias y mártires de España

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A sangre y fuego, Libros del Asteroide, Barcelona 2013.

De los relatos de Manuel Chaves Nogales no se puede decir que sean fantásticos. Más bien sorprende la trepidante crudeza de su realismo, al que no falta emoción contenida, sobrio lirismo e incluso moraleja filosófica. Se nota en ellos el genio del periodista neutral, adicto a la descripción objetiva de los hechos, del periodista que no se casa con nadie y mantiene sus distancias frente a todos, muy particularmente frente a fanáticos y bandidos, esos que disfrazan sus vicios con el trapo del amor a la patria o el pretexto de una ideología totalitaria.

Su marco es la guerra civil española, la que intentó parar y de la que huyó para que no le fusilaran por tibio, o para no tener que matar en nombre de uno de sus -ismos. Si la primera víctima de toda guerra es la verdad, la segunda es la libertad. A sangre y fuego debió ser compuesto, según nos cuenta la introductora María Isabel Cintas, en la celeridad de su partida al exilio y se publicó por primera vez en una editorial chilena, en 1937. Uso para esta entrada parte de su subtítulo: Héroes, Bestias y Mártires de España. Nueve novelas cortas de la guerra civil y la revolución. La edición que yo manejo añade dos más de estos extraordinarios relatos, bien fundados en lo que sin duda sucedió.

La perspectiva de un intelectual liberal como Chaves Nogales resulta tan refrescante como insólita. Vio clara el lamentable y absurdo horror de una guerra que no ganaría ninguno de los bandos y perdería sobre todo la población civil, porque España, a la postre, no sería nunca ni comunista ni fascista. Vio claro el miedo a la libertad de ambos bandos cainitas.

En el prólogo se define a sí mismo como antifascista y antirrevolucionario por temperamento, pues se negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sólo reconocía un “odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”…

“Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”

Lamenta, en fin, esa “terrible e ininteligible selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores”. Y prevé lo que sucedería aquí una vez que las grandes potencias hubieran dirimido sus diferencias a bombardeo y cañonazo, a golpes en cara ajena:

“Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo…, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra”.

Por sus páginas, además de héroes y bestias de todos los colores y extracciones sociales, pasean personajes históricos como Malraux o Durruti. Y la diversidad de la grey hispana, donde no falta la alusión a  señoritos rojos y a obreros católicos partidarios del orden nacional. No falta el humor, atroz humor negro, en alguno de estos vibrantes relatos, como en el titulado “Los guerreros marroquíes”. Uno de esos feroces africanos, vanguardia de las tropas de Franco, de avanzadilla por el monte, se pierde y es capturado por una patrulla de cabreros milicianos. Malherido lo conducen al pueblo serrano, donde forman espectáculo.

El moro, para salvar su vida, cierra la mano que antes levantaba extendida y grita sin cesar “¡Moro estar rojo, no matar, moro estar rojo!”. En el pueblo serrano le miran como a una alimaña más rara aún que la cabra hispánica. Van a hacerle una foto y le ponen contra una tapia, y él, que no ha visto jamás una cámara de fotos, cree que van a matarle. Pero no. Reunido el comité revolucionario, someten al moro a un interrogatorio del que no sacan nada en claro. Luego de lo cual se entabla un largo debate sobre qué debe hacerse con el prisionero. Los delegados republicanos son partidarios de que sea conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creen que lo lógico es dejarlo en completa libertad, para que se redima de su pasada servidumbre como digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas piensan que hay que curarle primero y luego inscribirle en las milicias para que luche contra los rebeldes, eso sí, debidamente vigilado. Y, finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario y los milicianos aglomerados en la plaza exige unánimemente que se le entrege el prisionero para darse la satisfacción de matarlo. “Era lo menos que se podía pedir”.

Mientras tanto, en la casa de socorro operan y curan al moro, el médico de campaña y las enfermeras solícitas ponen en ello un loable celo humanitario que hace sonreír de gratitud al guerrero africano. Así que ya no siente ningún recelo cuando le colocan delante de la tapia. Sonríe ingenuamente a los milicianos. Imagina que van a retratarle otra vez. No tiene tiempo de maravillarse cuando éstos se echan los fusiles a la cara y le acribillan.

Y concluye Manuel Chaves Nogales: “A estas horas, el alma en pena del moro Mohamed debe de andar vagando por el paraíso en busca de Mahoma para preguntarle: ‘¿Me quieres explicar, ¡oh, Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?’”.

Lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y del genio español en estos relatos terribles, si conmovedores y desolados a veces, otras heroicos.

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03/05/2015 20:25 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

La noche del Océano de María Lorenzo

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María Lorenzo nació en Torrevieja en 1977, doctora en Bellas Artes, enseña animación en la Universidad de Valencia. Destacan sus cortometrajes en ese campo: Retrato de D. (2004), La flor carnivora (2009), El gato baila con su sombra (2012), y La noche del Océano (2014). Un de los picto-gramas de esta última obra adorna este artículo.

Su hermana, Encarnación Lorenzo, responsable del magnífico blog Ateneas (sobre mujeres culturalmente relevantes e injustamente olvidadas), y Tinieblas en el corazón (Pensar la antropología), me pidió un comentario sobre el cortometraje de María, halagándome con la idea de que soy experto en ciencia ficción. Bueno, me gusta la literatura fantástica y la sci-fi, pero tampoco me tengo por un experto en ello, además es discutible que el relato de Robert Barlow pertenezca a ese subgénero, más bien lo encuadraría yo en el más general de literatura fantástica. El conflicto entre lo real y lo fantástico aparecen en el relato y en el corto suavizados, lo que hace que lo imposible acabe resultándonos verosímil, clave esta de toda narración que pretenda absorber al lector o al espectador...

He visto por segunda vez el cortometraje de María Lorenzo. Es una delicia. Poético, melancólico, muy plástico, con esa pincelada tan musical y suelta que para nada olvida su base artesanal y pictórica, que para nada renuncia a mostrarse como artificio, acompañado todo ello por una excelente banda sonora de Armando Bernabeu Lorenzo... 

La noche del océano -el relato de Robert Barlow revisado por Lovecraft- nos habla de la fascinación del Océano, una fascinación en cierta medida autodestructiva, tanática. El Océano es un símbolo también de cierto ensimismamiento morboso, como el de quien queda hipnotizado por el sonido de su pulso o el ritmo de su respiración. En pequeñas dosis, desde luego, tales atenciones concentradas pueden servir para limpiar la mente, para desestresar. Son técnicas que explota la Meditación de estirpe oriental, y es lo que busca el protagonista en la soledad de una casita alquilada en la playa, alejándose así de las preocupaciones cotidianas.
Pero al buen tiempo sucede otro... La obsesión por las profundidades marinas y el impulso irresistible a dejar de ser en ellas o a entregarse a ese misterio tremendo, me trae a la memoria la suicida compulsión que sentía mi apreciadísima e hiperestésica Virginia Woolf, cuya obra más fascinante se titula precisamente Las olas... 
En un momento del relato, el protagonista habla de la mirada del Océano, en otro habla de esa masa inquietante de vida y muerte palpitante, imponente y amedrentadora, como si se tratase de una mente que reflexiona (como en Solaris de Lem). Se mira en él como en un espejo en el que aparecen las sombras ambiguas del origen y del final, del alfa y omega de la vida, al menos tal y como la sentimos y la entendemos ahora, desde nuestro diminuto observatorio terrenal.
Alguna vez oí que la composición química de nuestra sangre recuerda mucho la de ese caldo primordial, la de esa inmensa charca cenagosa en la que se criaron los embriones más simples de la vida organizada, de los que procedemos. ¿Parecida proporción de sales en nuestra sangre a la contenida en los océanos? No sé. Lo cierto es que al océano lo llevamos dentro, es nuestro fondo y tal vez también sea nuestro destino. A fin de cuentas, otros mamíferos han vuelto a él, como el hijo pródigo a la casa del padre.
También he oído que el pulso de la marea, ese ir y venir de las olas, que sirve de apropiado bajo continuo al cortometraje de María, relaja porque nos retrotrae al sonido del pulso de mamá, cuando medrábamos seguros en su vientre, al amparo y abrigo de tantos enemigos externos, por completo libres de dolor y de trabajo.
Las referencias al final de todos nosotros, a la muerte de la especie, al sol que declina, la tierra abandonada y las tinieblas que esperan su turno agazapadas en un rincón siniestro, no es nada esperanzadora, ni siquiera si se entrevé la continuidad de la vida en el útero marino, ese nicho en que todo se inició hace cuatro mil millones de años. Esa inquietud, desde luego, es muy propia del underground neorromántico de Lovecraft.

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Cuando Herodes la tierra

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Miguel Agudo Orozco es un tipo singular. Construye agudezas con palabras, lo cual es propio de su Género, pero además construye poemas y panfletos con imágenes, letras, palabras, lo cual no va incluido en el nom de famille. No es que piense con palabras; eso lo hacemos todos. No es que hable pronunciando fonemas y escriba escribiendo grafemas; eso es irremediable; sino que piensa lo que piensan las palabras, los sonidos y las letras, como si les diera estatuto de autonomía o vacación.

De su obra literaria sólo conozco su libro Cuando Herodes la Tierra. Muy cuidado, impreso con tipografía Ibarra y cuya cubierta está inspirada en la primera edición de las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna. En deuda con las greguerías está, por ejemplo, su poema El Péndulo, que reza así:

 El péndulo

dice no

constantemente

al tiempo.

Comparto con Miguel la costumbre de llevar el reloj adelantado. En mi caso cinco minutos. Pero él me ha revelado un posible motivo:

 Tengo el reloj adelantado

                                      cinco minutos

para vivir con la esperanza

de un presente mejor.

Miguel piensa –y piensa bien- que nos engañamos para dormir, que no cerramos los ojos, sino que más bien abatimos los párpados. Y que de ese modo perdemos la mirada en nuestra carne. Frotamos la oscuridad como una lámpara maravillosa que nos alumbra sueños. No dice, sin embargo, que esos sueños, demasiadas veces, son sólo pesadillas. Pero pertenece a las prerrogativas del poeta la exaltación del sueño, tanto como la exaltación de la realidad, si no son la misma cosa.

Hay en este libro un recuerdo de amores Más o menos realizados:

Tu recuerdo

                        salobre

sólo me da

                        más sed.

Me gustaría transcribir entero el poema que Miguel dedica a la luna, pero me da mucha pereza. A pesar de ser un tema muy manido por poetas y/o lunáticos, nuestro colega sabe encontrar figuras innovadoras: “el iceberg errante aún no deshelado”, “el lunar de lana de una enorme oveja negra”, “la roca iluminada como al final de un túnel”.

Su adicción o profesión filosófica presenta por síntoma su vocación inquisidora: “Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos?”.

Hablando de vocación, alguno de sus poemas la tiene de haiku:

 Otoño

 La copa

del árbol

derramada

en el charco

El misterio del título nos lo desvela el último de sus poemas. Parece que Herodes no arremetió contra cachorros humanos, sino contra el planeta inocente, y ya nunca heredaremos la tierra. 

Sé de buena tinta que está a punto de presentar un nuevo poemario. Estoy en ascuas.

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04/01/2015 20:06 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.


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