De Gran Bretaña y las Américas a Jaén

“Muchos españoles se quejan de la crisis económica, pero no saben nada de lo que tienen. Dicen que, para la Navidad este año, y por motivo de la crisis, los niños sólo van a recibir un promedio de siete regalos cada uno, y la gente gastará menos en lotería (…). No, la gente no valora lo que tiene, no saben lo afortunados que son. Pelean contra el gobierno, los partidos políticos pelean entre sí; ¿por qué no se juntan para trabajar y sacar adelante al país?”
El testimonio es de Susana, una paraguaya afincada en Úbeda. Ella, entre una decena más de hispanoamericanos, ofrecen en el último libro de Jon Lindsay Miles una visión distinta de lo que nos es cercano y familiar. Desde las Américas a Jaén, o From the Americas to Jaén. El libro es bilingüe y también quiere ser usado como material didáctico, pues su autor se gana la vida como profesor de su lengua nativa. Él mismo, nacido en Gran Bretaña, es un inmigrante en Úbeda, y procedía de abuelos inmigrantes que escogieron Londres como destino, ucranianos de origen, durante el período post-revolucionario bolchevique. Estos detalles los escribe en el Epílogo de su libro, añadiéndose así, como uno más, al plantel de inmigrantes.
Es la segunda vez que me enfrento a un texto de Jon Lindsay Miles, pero esta vez lo he hecho de forma más gustosa. Y no es porque su primer libro no fuera excelente, seguramente ese fue el problema, que su inglés es demasiado rico para mi primitivo conocimiento de esa lengua, el caso es que no pude terminarlo y sólo puede desentrañar, con ayuda de un diccionario, sus ricas descripciones del Barrio de San Nicolás, del barrio de los ceramistas y de la Redonda de Miradores de la capital de La Loma. Me refiero a Along the Way. Walking in Úbeda (Immigrant Press, 2009). En sus primeras páginas, Jon hace una extraña descripción del campo andaluz:
“El campo andaluz is a countryside unlike any in England, rather untidy and always dusty-looking even where there’s enough water to grow a little grass. The underlying sandstone is always at the surface, in the stones and broken rubble of its (often exposed) bedrock, and the occasional white building visible on the hills east of town does little to recover the imagined romance of the south of Spain one sees on television in London. But it’s a landscape I like, this dry land under the sun; its barren places offer a silence that suits me.”
También yo adoro ese silencio poblado del campo andaluz cuando no lo matan los generadores, las sopladoras o los todo-terreno.
Mientras he tenido la oportunidad de hacer de cicerone por estos cerros jiennenses, por los que se perdió Alvar Fáñez, siempre me ha gustado adoptar ese extraño punto de vista que suele ofrecerte el forastero. Es como si uno alquilara sus ojos para ver de manera nueva lo que ya casi no mira por ser su panorama de todos los días. Se acaba siendo del todo insensible al horizonte al que se está habituado, incluyendo en esto los sonidos, la música del paisaje, por ejemplo el jolgorio de los vencejos en primavera o el ruido de las campanas durante todo el año, incluso si ese horizonte es tan impresionante como el de los miles de olivos alineados, sobre la curva de ballesta que traza del Alto Guadalquivir, y hasta las montañas azules de Mágina o Cazorla. Y luego están las pequeñas cosas, esas que tampoco vemos y que conforman el horizonte del prójimo humano. He aquí la descripción de una “typically modern Ubetense woman”:
“Her body begins at her White high-heeled slingback shoes, and her pristine slacks form a white skin over her knees, thighs and hips; a large white shoulder-bag hangs against the horizontal red and navy stripes of her white polo shirt, and her tanned arms are crossed in front of her. But it’s her tumbling hair that’s the giveaway; it will be as subtly coloured and perfectly polished when she’s five or fifteen or thirty years older.”
["Su cuerpo comienza en sus zapatos blancos de tacón alto y sus pantalones inmaculados forman una piel blanca sobre sus rodillas, muslos y caderas; un gran bolso blanco cuelga en bandolera contra el rojo horizontal y las rayas azul marino de su polo blanco, y sus brazos bronceados se cruzan por encima de todo. Pero es el pelo suelto lo que la delata; estará tan sutilmente coloreado como perfectamente arreglado cuando tenga cinco, quince o treinta años más”].
Confío en que mi traducción no le parezca al autor demasiado atrevida o mala del todo. Hay demasiado blanco en una acuarela así, pero no es de extrañar que la luz de Andalucía sorprenda e incluso asuste a los nórdicos que se atreven a vivir aquí, mientras que uno la soporta bastante bien, incluso sin gafas de sol y hasta en verano. El cuerpo humano se hace a casi todo. Somos el animal cosmopolita.
En su segundo libro de Immigrant Press (2011), Jon Lindsay hace de periodista o, como él mismo dice, de “mediador” del discurso que se le reveló en el tête à tête con los inmigrantes sudamericanos que accedieron a contarle su historia. Ofreció a cada entrevistado la oportunidad de leerla, una vez interpretada, y de cambiar así cualquier detalle antes de publicarla. Me he enterado por el prólogo –y la mejor prueba de esto es el propio libro- de que testimonio (escrito así también en la versión original inglesa) es categoría de género literario, surgido tras la revolución cubana como medio político de presentación de la biografía y las experiencias de un sujeto subalterno o marginado. Jon Lindsay cita también, como ejemplares del género, los testimonios femeninos producidos en la India, centrados en experiencias de maltrato o tortura.
En su Epílogo, el autor explica los motivos que le llevaron a escribirlo. Le preguntan frecuentemente por qué se estableció en una provincia rural del noreste de Andalucía y explica que encontró aquí buena acogida y amistad. Pero la pregunta sobre por qué dejó su hogar le hizo pensar en las razones que tendrían o darían otros inmigrantes establecidos en Jaén. Así que tomó la decisión de preguntárselo él mismo y empezó con los que dejaron atrás su hogar en América. Deja al lector el trabajo de sacar sus propias conclusiones.
Ortega o Ricoeur han puesto de manifiesto la estructura narrativa de la personalidad humana. Los seres humanos no tenemos sólo vida, sino que somos sobre todo biografía. En cierto sentido profundo, somos cuentos, el que nos contamos a nosotros mismos y a otros para dar coherencia a nuestras vivencias. Sin ese sentido, desesperamos, nos desmoralizamos.
Tengo para mí que ese género del testimonio es sin duda una clase de épica contemporánea, ¡existencias épicas las de estas mujeres y hombres, obligados a buscar fuera de su tierra un mejor sentido para sus vidas o, simplemente, una vida más segura! Estremecen las palabras de Elvira, una colombiana, cuyo relato constituye la parte central de la obra: “Con quien mejor relación tenía en mi familia era con mi hermano Octavio, que sólo me intentó matar dos veces”. Claro que el tal Octavio había pasado cinco años en una prisión de Holanda por tráfico de cocaína.
Me pregunto si yo hubiera tenido el coraje de "Elvira", para dejarlo todo atrás y lanzarme a luchar por la supervivencia en un país extraño. Se extraña de recuperar íntegro el bolso que dejó olvidado en un autobús de línea, “¿cree que habríamos recuperado todo si esto nos hubiera pasado en Colombia?”, pregunta. Elvira –y esto debe de ser tristísimo- acaba reconociendo que confiaría más en un español que en un colombiano, y tras aguantar diversas humillaciones, de compatriotas y de españoles en distintas poblaciones de Jaén, acabará encontrando un hogar en la Calle Pastores de Úbeda.
En general, es consolador que hablen de los españoles más bien que mal. Pero en todas partes, supongo, hay más gente buena que mala, si no, ninguna sociedad funcionaría. Sin embargo, algunos comentarios delatan cierta penuria espiritual con la que transigimos aquí. El desprecio de los compañeros de estudios en los colegios, que tildan a sus hijos de “sudacas”. Un ecuatoriano telefonea a otro dispuesto a seguir su vuelo hacia España: “No vengas –le dice-, aquí la gente quiere más a sus perros que a sus familias”.
Álvaro, un colombiano, encontró trabajo en una discoteca en la España del 2000. Habla con su pareja colombiana, que quiere seguirle a la península con los niños, ésta cuenta: “Me advirtió que la cultura entre los jóvenes en España era distinta, que la mayoría fuman y salen mucho a beber. –No traigas a los niños –me dijo”.
Miriam, dominicana, describe así la vida en España y la frágil moral de los españoles:
“A mi parecer, los jóvenes están algo deprimidos en comparación con los de la isla [Santo Domingo]. Se ve en los mayores también. Si algo no sale bien, la gente se desanima. Dicen que a pesar de todas las circunstancias en los países pobres, la gente se siente más satisfecha. Valoran las cosas más, cuando compran un nuevo par de zapatillas de deporte, por ejemplo. Aquí en Europa tenéis de todo y no valoráis nada”.
Yolanda, nicaragüense, que huye del gobierno Sandinista, afirma:
“los españoles no me han tratado mal, pero debo decir que son por lo general sosos. No demuestran ni la simpatía ni el cariño de los nicaragüenses o la gente de Costa Rica. Cuando me ingresaron en el hospital de Madrid, nadie me visitó”.
Sin embargo –una de cal y otra de arena- tiene otra visión de la juventud española:
“Lo que me gusta mucho de España es que los jóvenes piensan de una manera distinta sobre el futuro. Piensan en la prosperidad, en contraste con los de las generaciones mayores que sufrieron más en el pasado. Este tipo de prosperidad y la actitud para conseguirla no existe en Nicaragua, no es posible. Los jóvenes españoles hacen sus planes para encontrar trabajo, estudiar una carrera, comprar un coche y luego una casa. Me gusta este tipo de actitud, enfocar la vida como un reto. También aprenden más sobre quién es su pareja antes de casarse” (pg. 147).
Siempre hay motivos para la esperanza.
Maeterlinck y los insectos

Por qué me interesan los insectos o, en general, los artrópodos. Su extrañeza. Representan otra posibilidad de la vida.
Mejor que yo lo describe el belga Mauricio Maeterlinck (1862-1949), nobel de literatura, pensador simbolista belga, místico y heterodoxo. Maurice Polydore Marie Bernard, Conde Maeterlinck, transformó la entomología en poesía con sus célebres ensayos sobre la vida de las abejas y de las hormigas. Leí esas obras en la primavera de mi vida, en una edición de la venerable colección Austral, pero desde niño había convivido bastante bien con avispas, escarabajos, y desde joven me fascinaron las libélulas.
Maeterlinck comenta los Recuerdos entomológicos de J. H. Fabre. No es necesario tener mucha imaginación para constatar que los insectos no pertenecen a nuestro mundo. Entre los demás animales, e incluso entre las plantas y nosotros, a pesar de su vitalidad muda, parece haber más analogías. Oliva Sabuco comparó al ser humano con un árbol del revés, pero, a pesar de la idealización de la vida social de la hormiga o del antropomorfismo fabulario del canto de la cigarra, es difícil sentirse retratado en la terrible cara de una langosta egipcia o de un escarabajo tigre.
Los insectos transtornan nuestro pensamiento, ofreciendo algo que no parece pertenecer a la fraternidad moral terrestre:
"Diríase que vienen de otro planeta, más monstruoso, más enérgico, más insensato, más atroz, más infernal que el nuestro".
No sorprende que en los relatos de ciencia ficción sean artrópodos con grandes cerebros quienes intentan y hasta consiguen conquistar la tierra, u oponerse a la expansión universal de lo humano.
Es difícil creer que un dios bueno haya materializado una idea de tal naturaleza insectil, por más que se apoderara de la Tierra con una autoridad y fecundidad singulares. Intuimos además que, aunque el ser humano desaparezca, los insectos seguirán habitando nuestro planeta y hasta puede que se conviertan en la estirpe dominante.
En lo muy secreto y pequeño parecen habitar nuestros más misteriosos adversarios, en esas condensaciones de energía más fuertes y mejor armadas.
Misterios segureños

El secreto del monte Salfaraf es una amena y breve fábula montada sobre la bien disciplinada imaginación histórica y los excelentes conocimientos y observaciones "de campo" que su autor, Manuel Martínez Moreno, tiene de las tierras de Segura, pues es natural de Segura de la Sierra (Jaén). Antes de esta novelita, Manuel Martínez ha publicado una bella guía de su pueblo, y un viaje por las Sierras de Segura adobado con sus leyendas (El crimen de la Cumbre, 2009).
Un musulmán, Ibn Al Jatib, convertido a la fuerza al cristianismo y bautizado como Rui Díaz describe el señorío batallador de Don Rodrigo Manrique, Comendador de Segura, su captor y protector.
El relato incluye, como regalo al lector extraño, distraído o forastero, las inmortales Coplas a la muerte de su padre, del hijo del Comendador Rodrigo, el universal poeta Jorge Manrique, que tan prematuramente fue herido de muerte en 1479 combatiendo a favor de Isabel de Castilla, en las peleas de sucesión contra los partidarios de Juana la Beltraneja. Esas coplas de pie quebrado, fúnebres como el repique funeral de una campana (Azorín) constituyen un monumento de la literatura clásica universal, y debemos sentirnos muy orgullosos de que fuesen inspiradas en nuestras sierras de Jaén.
Por cierto, que otro ilustre e ilustrado serrano, Domingo Henares Martínez, ha probado -a mi juicio con argumentos tan verosímiles como plausibles- el nacimiento jiennense de don Jorge Manrique, pues su madre, doña Mencía de Figueroa, prima hermana del Marqués de Santillana, nació en Orcera, o en Beas de Segura, y se hace increíble que, embarazada, fuera a parir a Castilla la Vieja (Paredes de Nava, Palencia) para volver luego, estando los caminos como estaban.
El versátil autor de El Secreto del Monte Arafat, director de la Universidad Popular de Úbeda, nada por aguas superficiales y profundas, y toca distintos registros: el divulgativo, el etnográfico, el popular, el castizo, el histórico, el erudito, el fantástico, para expresar el amor y la fascinación que siente por sus sierras y las gentes de sus sierras, fascinación que comparto:
"La gente a menudo se cree que en la sierra solo se crían setas y guízcanos, o que estas tierras solo dan jamones serranos y serranas jamonas, e ignora que, los montes a los que hoy solamente se mira para ir de caza, albergaron en otro tiempo tesoros indescriptibles de nuestra cultura de los que, si les prestáramos algo de atención, podríamos aprender mucho, tesoros que hablan del pasado y del presente, como voces que yacen en el fondo de una orza, a la espera de que alguien las quiera oír".
No sé si alguien querrá oír esas voces, pero sin duda Manuel las ha sabido hacer sonar en su cerámica orza literaria, con limpia sencillez y sobrie prosa serrana.
Uno de los leitmotiv del relato es el lugar central que ocupaba, en la cartografía -real o imaginaria, no lo sé- manejada por los caballeros templarios, Segura de la Sierra, como vértice del que nacían tanto el Guadalquivir, hacia la vertiente Atlántica, como el Guadalimar, hacia la Mediterránea. El monte Salfaraf, al sur de Segura, cruce de caminos y campo de batallas, sería uno de esos lugares con genio, depositarios de viejos tesoros escondidos en cavernas milenarias, como emblemas de todas las heterodoxias y religiones excluidas: la judía, la musulmana, el esoterismo templario, y la forma mágica y estelar de emplazarse sus viejas y semidestruidas torres de defensa, castillos y atalayas, dependería de icónicos símbolos que vinculan la tierra con el cielo y armonizan las creencias e ideales de los humanos.
Otro interesente tema de la novela, este más histórico, es la toma de la ciudad granadina de Huéscar por fuerzas procedentes sobre todo de Segura, de la Loma de Úbeda y del campo de Montiel, a principios del invierno de 1434. Se adivina que el hecho está bien documentado, y las descripciones de esa ruta imposible y hermosísima, como de otro mundo, que conecta la Sierra de Segura y Cazorla, por Pontones y Santiago de la Espada, con la altiplanicie de la sierra granadina de la Sagra y Huéscar. La última vez que viajé por esos cotos y parajes, que parecen de otro mundo, era otoño y ya nevaba, y temimos quedarnos a mitad de puerto.
En fin, el libro, publicado por Gráficas La Paz de Torredonjimeno, con bonita y variada tipografía, bella portada (diseñada por David Martínez Mulero), útil ilustración y hermoso dibujo de Juan Martos de la Casa, es un regalo para el que ama las Serranías orientales de Jaén, para el historiador o para el turista curioso.
Semblanza, obra y aforismos de Emilio L. Medina

Emilio López Medina nació en Jódar (Jaén) en febrero de 1946, sobre tierra agreste y dura de Sierra Mágina, fértil en espartales y marco natural de añejos romances medievales, tierra de frontera, sierra grande y mágica en cuyos secretos rincones, altos calares, bosques y despeñaderos, medran –según dicen- más especies de fauna y flora que en todo el Reino Unido.
Estudió Filosofía en la universidad de Valencia. De sus preocupaciones por la lógica matemática y su incompatibilidad con la lógica dialéctica nació su primer libro Fundamentos de una Lógica Simbólica de la Contradicción (Pentalfa, Oviedo, 1982).
Emilio ha cultivado también la literatura. Con su drama Faustino obtuvo en 1984 el Segundo Premio “Plaza Mayor” de Teatro de la Casa de España en París. El propio autor define esta obra como “sueño teológico de una noche de difuntos en un solo acto, bastante largo, en el que no hay sexo, pero sí violencia”. Se trata, claro está, de una alegre broma satírica. Faustino, el protagonista, es un opositor que se ha dado a la bebida porque no aprueba las oposiciones. Su novia y sus amigos deciden darle un buen susto en una Noche de Difuntos en que, vestidos de seres sobrenaturales, le someten a juicio sumarísimo. Se trata de un esperpento conceptual concebido para que la sátira y la risa penetren en las ideas aparentemente más profundas y sublimes.
Cuando leí Faustino, hace ya muchos años, recuerdo que me impresionó mucho la admirable facilidad con que Emilio juega en esta obra con los diversos registros léxicos, desde el sermón vulgar al culto y refinado, con expresiones tradicionales y otras creadas por el propio autor. Y, por debajo del más universal discurso de los lugares comunes de la gran cultura, sentí la castiza sencillez del sabio socarrón, tan fino y escéptico, como el buen pueblo machadiano. Tan bondadoso.
Sus trabajos más académicos, aparecidos en revistas especializadas alcanzaron su expresión final en la obra: Prima Philosophia Ordine Geometrico Meditata. Elementos de materialismo metafísico (PPU, Barcelona, 1989). Este tratado metafísico (tan original en una época tan poco propicia a ellos) es el resultado de aplicar a los hallazgos elementales de la meditación cartesiana el rigor de la lógica moderna. El resultado es una amplia cadena de deducciones que evocan las maneras de Spinoza –autor este a quien homenagea con su título.
La tesis central de la Prima Philosophia lópezmedinana es que toda realidad puede reducirse a Espacio como principio constitutivo e inmanente, arcano de lo existente:
«El espacio es, por tanto, una categoría anterior al Tiempo (y a las cosas y los fenómenos). El Tiempo es posterior al Espacio (y a las cosas y fenómenos, puesto que el Tiempo sólo es la percepción del devenir de éstos en el Espacio...). El Tiempo, pues, no es una categoría elemental o fundamental de la Realidad, sino que es una categoría derivada. El Espacio es la categoría primigenia.» (pg. 113).
He tenido el placer de poder discutir con Emilio esta prioridad que le atribuye al espacio sobre el tiempo, y no es cuestión de volver a hacerlo aquí. Sólo diré que el argumento de Emilio se basa sobre todo en que «mientras que el Espacio puede concebirse en sí mismo, en ausencia de seres, el Tiempo no puede concebirse en sí mismo, en ausencia de seres. Se puede pensar un Espacio vacío, pero no un Tiempo vacío» (pg. 112).
Creo que Emilio soslaya que “vacío” es otro nombre del Espacio, la pura abstracción del espacio, o sea, un espacio sin ser. Igual se puede pensar un tiempo ayuno de sucesos (movimientos), una pura presencia eterna, como el Ser de Parménides... En cualquier caso, y aunque pueda no estar de acuerdo con las conclusiones, acepto sin embargo que sean perfectamente legítimas de acuerdo con las tesis racionalistas (cartesianas) de las que Emilio expresamente parte. En este sentido, es posible que la obra bien trabada de Emilio López Medina ponga de manifiesto un desequilibrio materialista del propio dualismo cartesiano, un espacialismo al que estaría abocado per se.
De 1997 es su tesis doctoral: El sistema filosófico de Balmes (Oikos-tau, Barcelona, 1997), en que describe la metafísica de este admirable y olvidado filósofo, con gran claridad y rigor, como un intento de Filosofía Realista.
«Balmes asume plenamente que una filosofía realista, después de la aparición del idealismo psicológico y sobre todo del kantismo, no puede serlo ya al viejo estilo de la Escolástica y ni siquiera de Descartes, sino que ha de renovar y variar sus presupuestos, aceptando la carga que corresponde al sujeto en el proceso del conocer» (pg. 23).
Desde el punto de vista lópezmedinano:
«El Espacio-Extensión es el campo donde se dirime la Filosofía o, en otras palabras, el punto de inflexión que marcaría un tipo u otro de filosofía. De manera que... la batalla de Balmes contra el idealismo de Kant va a librarse donde lógicamente sólo podría ser librada: en el problema del Espacio» (pg. 26).
El trabajo de Emilio salda una deuda que la historiografía española reciente ha contraído con este gran pensador -tan injustamente olvidado en nuestros programas académicos-, al que Tierno Galván consideró introductor de la metodología de la duda en el pensamiento español, y Menéndez Pelayo definió como el verdadero introductor de la filosofía moderna en España. Emilio salva el equívoco de la descalificación de Balmes como un mero y tardío escolástico: “simplemente hace una filosofía cristiana nueva, asumiendo los planteamientos modernos”... “llega incluso a criticar muchos presupuestos de Kant (por ejemplo, las Categorías) por su analogía o su inspiración en la filosofía escolástica (en el caso ejemplificado de las Categorías, como inspiradas en el Entendimiento Agente, respecto del cual éstas no serían, según el filósofo catalán, más que un sustitutivo de la función de mediación que el Entendimiento Agente cumpliría en el proceso del conocer, mediación que tanto en un caso como en otro, sería una creación filosófica absolutamente superflua y, como tal, ficticia...» (pgs. 28-30).
En los aspectos filosóficos clásicos, el pensamiento de Balmes –a juicio de nuestro acreditado intérprete- no tiene nada de conservador, su realismo metacrítico fue acusado de afrancesado por el integrismo católico español y de conservador por los sectores revolucionarios, lo que prueba el talante moderado y conciliador de Balmes.
«Siquiera fuese por el intento de pretender levantar una réplica a la Crítica de la Razón Pura, y más en 1845, a los cuarenta y un años de la muerte de Kant, ya sería digna de consideración esta filosofía» (pg.32).
Tras ocuparse de Balmes, nuestro amigo ha publicado una extraordinaria colección de aforismos, género que ha cultivado desde antiguo: Pensamientos del que está de visita (BAAL, Cádiz, 2000).
A continuación, ofrecemos al atento lector de Signamento una selección de los mismos:
I. El hombre que nace y siente
-Con el nacimiento, la materia organizada se convierte en devoradora de vida.
-Sólo las mujeres saben el último saber: que la verdad no es siempre belleza, pero que la belleza es siempre la verdad.
-Quizás el amor hacia una persona en su primera etapa no sea más que la intuición del placer que puede proporcionarnos. En su segunda, la identificación del placer que proporciona. Y en su tercera, si la hubiere, un agradecimiento por la amistad proporcionada en todo ello.
-A mayor amor de sí mismo, menos necesidad de alguien.
-Un gran amor suele acabar en muerte súbita. El pequeño amor no se extingue ni por agotamiento.
-En el odio, el hombre engendra sobre todo violencia; la mujer, creatividad.
-¡Hacer el coito con una mujer tan respetable y seria como su señora! ¿Habráse visto mayor aberración? Es usted un degenerado.
-El matrimonio, la lucha diaria por proveer y levantar la casa y la familia, la convivencia forzada, continua y rutinaria es hasta tal punto determinantemente nefasta, que te impide ver qué maravillosa persona es tu esposa.
-La felicidad es tan difícil, que nos conformamos con su esperanza. La felicidad es la promesa de la felicidad.
-Los placeres de la vida son el vino de los condenados a muerte.
-Cada hombre, en el aspecto emocional, es un ser atado a un recuerdo.
II. El hombre que comprende y ríe
-La persona verdaderamente inteligente busca y comprende en las mismas cosas que quiere saber. Los demás preguntan respuestas.
-Hay dos mentalidades o naturalezas intelectuales: Aquella a la que todo le parece normal y aquella a la que todo le parece anormal y sorprendente (incluso el milagro de vivir más de dos días). Esperad algo sólo de esta última.
-La imaginación es el comienzo de la verdad porque es el principio de la explicación. Es el comienzo del progreso porque es el principio de lo posible.
-Hasta las más sesudas obras filosóficas pueden confundir las ganas con la realidad: por ejemplo, la obra completa de aquél famoso francés-ginebrino que establecía que el hombre es bueno por naturaleza. La razón del motivo no es el motivo de la razón.
-La persona superficial es un elemento necesario. Es el que dota a las ideas de superficie, es decir, de visibilidad. Por ello no estoy en contra de las obras de divulgación. Es más: creo que las verdaderas bases de las teorías, paradójicamente, se exponen en las obras de divulgación, porque en ellas hay que explicar las razones desnudadas de los “sobrepuestos” metalenguajes científicos sobre las que se elevan. En las obras de divulgación hay que volver a las preguntas primeras.
-Lo malo es que hay tontos que estudian mucho. La mezcla, entonces, puede ser explosiva, pues en esta vida no hay nada más nefasto que un tonto con ideas. Y ello porque estos idiotas cultos y locuaces pueden presentar sus idioteces muy cultamente y envueltas en un atractivo y elocuente embalaje verbal: los más infelices son los inteligentes incultos o con dificultades de expresión, pues apenas podrán comunicar su razón o, al menos, atraer hacia ella. ¡Dios mío, líbranos de los tontos que saben mucho!
-Con la ciencia, cada descubrimiento se torna en un nuevo nacimiento de las cosas. Pero ahora esta ciencia pone tales nacimientos al servicio del poder mercantil y sus ventas, y el científico es sólo alguien que investiga para una empresa... Ciencia, <em>ancilla negotii</em>.
-Big-bang, agujeros negros, cuerdas espaciotemporales, paso a otros mundos por túneles cósmicos... Esta ciencia actual, tan modernísima, se está poniendo tan fantástica en la explicación del mundo, que ha conseguido que, comparativamente, sea menos fantástico creer en la existencia de Dios.
-Cada época descubre un matiz del hombre, de la vida o de la naturaleza y lo enfatiza hasta convertirlo en básico.
-Ciencia. El arte de dar una ley a la causalidad
-Superstición. El arte de dar una ley a la casualidad.
-La filosofía es la ciencia que no quiere renunciar a ser arte.
-Todo un conjunto de errores reunidos, coordinados y coherentemente expuestos, constituyen un sistema filosófico. Parodiando a Joubert, podríamos decir que todos los errores serían buenos de decir si se dijeran juntos (o al menos habríamos montado un grandioso espectáculo).
-Al final, la ciencia termina rapiñando la Naturaleza. Por lo menos, la Filosofía la deja como estaba.
-Las verdades están obligadas a no perder su carácter ilusionante, porque nosotros estamos obligados a no perder la esperanza. Son ilusiones obligatorias.
-Si la verdad está desnuda, con las paradojas ejercita la danza de los siete velos.
-Nuestra época es tal que el grado máximo de sabiduría consiste, no como otrora en saber, sino en no dejarse convencer.
-La última ilusión es creer que los demás están perdidos. Es la ilusión definitiva del fanático.
-Cuando la pasión vocifera, la lógica queda afónica de miedo..., pero entonces se levanta el sastrecillo valiente del humor.
-Cuando nos reímos de algo, ese algo queda por debajo de nosotros. Por ende, si nos reímos de nosotros mismos, nos superamos.
-El sentido del humor no es tanto una capacidad, cuanto una predisposición intelectual (y por tanto, adquirible por el ejercicio de la voluntad). Una predisposición a ver el lado serio, triste y contradictorio de las cosas.
-Las ideas son como los vientos. Llegan, te acarician –a veces te azotan- y, si no las embotellas en el momento, se escapan.
-A veces con un pensamiento, con una frase, el día queda redimido.
-Sobre el hombre no pueden hacerse teorías universales, sólo pueden hacerse aforismos.
III. Elementos para una etología
-Llegas a este mundo y te encuentras objetos y personas. Algunos eligen lo más fácil: amar los objetos.
-Si desde la noche de los tiempos se está pidiendo amor al prójimo, ¿no será porque la forma natural de empatía con el prójimo no es el amor?
-Cada hombre ve en el otro un saboteador de su persona.
-El hombre es de naturaleza egoísta en todo tiempo, lugar y ocasión, excepto en una: cuando tiene necesidad de afecto. Y ello sólo porque otra persona puede proporcionárselo.
-Más hermoso y satisfactorio que acumular poder es ser querido. ¿O tal vez quién busca poder busca sólo ser admirado como satisfacción perversa de no ser querido?... El éxito suele convertirse en un sustitutivo de la felicidad.
-Principio del ambicioso: Lo demasiado de una cosa es la falta de alguna otra cosa.
-Principio del virtuoso: Lo demasiado de una cosa es la falta en alguna otra cosa.
-Primeramente, la cuestión estuvo en ser o no ser, eso fue en los tiempos de Shakespeare. Más tarde en tener o no tener, eso fue en los tiempos de Balzac. Después, hasta la invención de la tele, en estar o no estar. A partir de aquí, en aparecer o no aparecer (en ella).
-El hombre que piensa que el destino no le gobierna hace que el destino no le gobierne.
-Lo peor de todo es que la sociedad actual tienta al individuo con la perfección –el cuerpo perfecto, la salud, la educación y el trabajo perfectos- y le obliga, cuando no a serlo, a creerse perfecto o, en su defecto, despreciable.
-El destino son nuestros deseos.
-Para agradar, olvida tu sinceridad.
-Parece que no, pero la honradez es, a la larga, el presupuesto de cualquier poder.
-Cada día hay que regresar inocente a nuestra casa.
-Una vez satisfecho el vientre y el bajo vientre, la siguiente pasión a satisfacer es la vanidad, que es la reina a la sombra de todas. (Eso si el sexo, en todo aquello que no sea descarga hormonal, no es también vanidad). E incluso, Her Nietzsche, la voluntad de poder tal vez no sea más que la voluntad de la vanidad –en sus formas más instintivas, más primitivas, más rudimentarias-. Los romanos, encarnación de la voluntad de poder, ponían un esclavo que iba recitándole al general triunfante: “Recuerda que sólo eres un hombre”.
-Lo que menos perdona el hombre, menos incluso que el dolor físico o la esclavitud, es el desprecio y la humillación. Es más: El hombre olvida antes los amores habidos que las humillaciones recibidas.
-Si Jesucristo no logró hacernos mejores, intentarlo los políticos (y los pedagogos) es una presunción que, más allá de la soberbia, raya no ya en la rebeldía teológica, sino en la tontería teológica.
-Lo que a veces parece maldad no es más que pura incapacidad.
-Se dice muchas veces del hombre que es un animal racional para contraponerlo a la bestia, cuando lo único que garantiza la expresión es que podría tratarse de un animal de bestialidad racional.
-El ruido de sables frente al silencio de las vaginas. El estruendo de la destrucción frente al fru-frú de la creación...
-El hombre, ese exterminador de todo lo que ve, de todo lo que bulle, os hablará, no obstante, de futuro.
-La guerra más importante, aunque silenciosa, de la Humanidad es la que se libra entre los libros. ¡Qué grandioso espectáculo el gigantesco y universal fragor de las ideas!
-El ejército invade; las costumbres, que van a su retaguardia, ocupan. El cañón vence, el canon conquista.
-Los hombres son débiles, no tanto porque tengan un precio, cuanto porque tienen un temor. A un hombre íntegro se le podría destruir por ese su pequeño temor particular.
-La justicia no puede reflejar plenamente la moral porque, por naturaleza, entiende más de derechos que de <em>deberes</em>.
-Hay personas tan ligeras de cascos y tan frívolas que creen tener más virtudes que defectos.
-Si alguna ventaja tiene la miseria es que suprime la creencia en los valores, sobre todo en los superfluos.
-He aquí que el hombre, que vence todas sus necesidades (el hambre, la ignorancia, la enfermedad...), cada vez puede menos con una: la necesidad de diversión.
-El problema de la economía es que se olvida de que ésta no es sólo una cuestión de dinero y bienes, no es una ciencia físico-matemática, sino, antes, de hombres: es una ciencia humana. Por ello, “cuanto más contamos, peor contamos, puesto que no contamos todo” (A. Sauvy).
-Se tiende al lujo y al consumo para suplir la falta de imaginación. Sólo quien tiene imaginación puede vivir austeramente.
-Llamamiento al hombre moderno: Alimente su espíritu. No se preocupe: el espíritu no engorda.
-Uno de los milagros que más me maravilla de la vida moderna es que, a pesar de tener la barriga llena, la gente es disciplinada. Y es que la filosofía que ha asumido plenamente nuestra sociedad es la de llegar al máximo de bestialidad sin romper el orden público.
-Adorar los bienes materiales es una cuestión indispensable para seguir trabajando. Y seguir trabajando es una cuestión indispensable para producir bienes materiales que adorar.
-Si en algunos países se da una competencia feroz en el trabajo y los negocios, en otros se da una <em>incompetencia feroz</em>.
-La mejor caridad es la calidad.
-Ecologismo: Hasta ahora lo civilizado se caracterizaba por la capacidad de generar artificiosidad. Ahora por la capacidad de generar naturaleza. (Siempre la sombra de Rousseau).
-En realidad, lo que tratan de conseguir las buenas formas es la negación de la naturaleza. Lo cual demuestra que, en cuanto que casi todo el mundo está de acuerdo en ellas, casi todo el mundo está de acuerdo en que la naturaleza debe ser negada.
-La cara más terrible del hoy es el ayer por el que ha llegado a ser: la Historia.
-Si no tienen una música superior a la de Mozart, me importa un pito cualquier civilización extraterrestre. Bueno..., me lo pensaría si tuvieran mejor medicina. Pero en cuestión de cacharros, coches y otros objetos, lo tengo muy claro: que se los metan en el culo (si lo hubieren y les cupieren)... Las cosas me interesan como si ya estuviese muerto: es decir nada. Sólo cuando empiezan a molestarme, empiezan a importarme.
-Después de oír a Bach y comparar, se abre ante mí la evidencia de cuánto hemos perdido, de cuánto ha perdido la Humanidad y la cultura. ¿Cómo se puede decir que progresamos? Progresarán las máquinas, como acabamos de decir, pero no el Hombre. Y la Música es su constatación más expresiva.
-De todos modos, el impulso mayor que puede recibir el progreso de una sociedad es el de aquel instinto de los padres de que sus hijos sean mejores que ellos.
IV. ...Pero la creación
-Los hombres realistas no tienen más que un mundo, los hombres idealistas tienen dos, pero los creadores tienen todos los mundos que quieran.
-“La Música ofrece a las pasiones la posibilidad de gozar de sí mismas”. Más que un medio de masturbación espiritual, como insinúa Nietzsche, la Música ofrece a los sentimientos y pasiones individuales la ocasión de afirmarlos como Verdad, como Absoluto.
-Una obra de arte es una inexactitud tratada con métodos exactos o armónicos. Es decir, una idealidad.
-Por lo menos hay que tener el buen gusto de desear el buen gusto.
V. El hombre solo
-Decididamente, lo mejor no llega sin esfuerzo; pero lo peor, aun sin esfuerzo.
-Mientras no se confíe un secreto, el amor y la amistad se mantienen verdes.
-Se es siempre un niño para alguien.
-El llanto es el vómito de la psique.
-Los idiotas comprenden el placer, pero no alcanzan a identificar el dolor ajeno.
-Se puede amar al prójimo y no querer tenerlo al lado.
-El hábito es la transformación de lo ocasional en permanente y estable.
-Inicialmente se hace una cosa por necesidad, enseguida por deber, luego por costumbre, y finalmente por gusto.
-El hábito es una segunda naturaleza que tiene como objeto maniatar y ponerle bridas a la primera, y evitar que se desboque. Con el hábito, la voluntad ha sido vencida por la inteligencia. La inteligencia ha inventado una estrategia para llegar a la resolución de problemas y ha logrado poner la voluntad, y hasta el mismo cuerpo, a su servicio.
-Antes por los salteadores, ahora por los accidentes de tráfico, el viajar siempre es igual. ¿Por qué, si no, nos desean un buen viaje? Porque a priori se supone que es algo peligroso y una tortura. Antes los hombres arriesgaban sus vidas sólo en ocasiones insoslayables e importantes (en una guerra, por ejemplo), ahora por huir (de sí).
-Soy muy ambicioso: quiero la rutina, quiero la normalidad.
-La juventud es la edad en que se exige cuentas a la vida de todo lo que nos debe. La madurez es la edad en que se sabe cuánto le debemos a la vida.
-En nuestra vida real, el texto que uno se aprende o se promete seguir acaba siempre por desaparecer bajo la interpretación.
VI. El hombre y la muerte
-La desgracia viene tan a punto, puedes esperarla con tanta seguridad, que no merece la pena ni esperarla. El pesimismo es el optimismo de la sabiduría.
-Nuestro cuerpo es una bomba que en cualquier instante puede estallar. Un monstruo dormido que puede despertar rugiendo en cualquier momento y que se devorará a sí mismo. Vivir es servir a un cuerpo enfermo o amenazado.
-Antes el hombre se enfrentaba a las guerras, a la degollina, a la esclavitud, al pillaje... Ahora se enfrenta a los análisis de orina.
-El enamorado y el enfermo creen todo lo que necesitan creer.
-La mejor relación que puedes tener con tu cuerpo, como enemigo que es, está en no notarlo, que no se acuerde de ti.
-Que el dolor sea un bien, un motivo de purificación y perfección ante Dios, eso no se lo cree ni Dios... Pero ¿cómo es posible tener ese concepto, no ya de Dios, sino de cualquier ser?
-Pensar que Dios existe es de tontos. Pensar que Dios no existe es de idiotas.
-Yo, por mi parte, hoy creo en Dios; mañana no sé.
-A pesar de todo, parece como si Dios no se defendiera de las críticas. Parece como indefenso.
-Las religiones son las gestoras del miedo, y los sacerdotes sus administradores.
-Algo que no existe, algo que no es mientras se vive, la muerte, la no vida, es curiosamente lo que condiciona absolutamente nuestra vida.
-La muerte de un individuo es, para la Naturaleza, un detalle insignificante; para el individuo es la muerte de toda la Naturaleza.
-Es demasiado fácil amar al muerto.
-Los templos son los mayores monumentos elevados a nuestra ignorancia sobre el mundo.
-Aquí está el cementerio... El cementerio, esa réplica a la ciudad a la que se adjunta, esperando paciente y silenciosamente la mudanza del personal que está de visita en la ciudad, que está de visita en la Vida.
Y hasta aquí, los aforismos de EMILIO LÓPEZ MEDINA
Presentación y selección de José Biedma para Opinatio/Tabularium (lamentablemente desaparecida de la Red), levemente corregida para Signamento. Úbeda, Octubre de 2002/ julio 2011.
Post datum
Hace poco, Emilio ha escrito un libro de aforismos sore EL DOLOR, al que seguirán otros seis, como siete bestias, publicados por Octaedro.
Muerte en Venecia

Gélida perfección de lo sublime
He vuelto a La muerte en Venecia, el excelente relato de Thomas Mann (Der Tod in Venedig), como la abeja que vuelve para apurar el cáliz de la más hermosa flor. Esto tienen las obras maestras, que nunca se agotan. Obra maestra es también Death in Venice, la preciosista y morosa película de Luchino Visconti que ganó la "Palma de Oro" de Cannes en 1971.
He vuelto al cuento, animado por el extraordinario comentario que le dedica José Luis Pardo en su ensayo sobre La banalidad (1989).
Mann fue un artista, pero también un psicólogo y un filósofo, un humanista completo. Su relato es una profunda reflexión sobre las relaciones entre vida y arte, entre sensibilidad y belleza, donde aún resuenan los ecos de Platón. En su primer párrafo ya hay referencias a "la vibración interna del impulso creador" (Cicerón: motus animi continus). El protagonista de la novelita (hablo en diminutivo por la brevedad de la narración, no por su calidad), Gustavo Aschenbach, es sin duda un alter ego del propio Thomas Mann, un híbrido de disciplinada naturaleza alemana y espíritu bohemio (Thomas Mann era hijo de alemán, pero su madre era una mestiza de portugués e hindú). El profesor Aschenbach, en el otoño de su vida, es ya una figura reconocida, ha escrito una epopeya del gran Federico II, en el que recrea las chispeantes conversaciones del déspota ilustrado con Voltaire, una fuerte narración titulada Un miserable, en que demuestra como el conocimiento no puede justificar la perversión moral; y un apasionado ensayo intitulado Espíritu y Arte. Ha sido ennoblecido por su tapiz de la época de Federico y sus textos se estudian ya en las escuelas.
Toda la preciosa y reveladora ambigüedad de la novela y de la película sería aniquilada en reality show, supuestamente reinvindicativo, en homosexualidad y sexo, en nuestros tiempos antiespiritualistas, ramplones y chabacanos. La ambigüedad demoníaca (intermediaria, metaxý) de la forma (idea) se envilecería en mera pornografía, si la tratáramos como trata a las formas gran parte del cine español contemporáneo -por ejemplo.
"Las masas burguesas [más que "burguesas" yo diría hoy vulgares, o mediáticas y mediatizadas] se recogijan con las figuras acabadas, sin vacilaciones espirituales; pero la juventud apasionada e iconoclasta se siente atraída por lo problemático" (T. Mann)
Ojalá fuera así. Lo problemático es la misma forma que siempre presenta, por lo menos, un doble aspecto. El gran talento artístico no sólo nace de la larva del libertinaje, sino que también se exige a sí mismo disciplina y soledad. Libertad y respeto a la dignidad del espíritu. Juego y placer, pero también esfuerzo. El arte, para quien de verdad lo vive, es una vida enaltecida por aventuras imaginarias.
El arte es imagen, representación, idealidad, teatro. Connotación más que denotación, comprensión más que extensión; creencia y creancia ideal, más que realidad; espíritu y anhelo de la belleza pura, más que sexo; elevación, más que consumición y consumación física. Y es aquí donde la crítica de José Luis Pardo se vuelve muy pertinente:
"Una de las cosas que hacen admirable Death in Venice (Visconti, 1970) es la abrumadora carga de imágenes, susurros, connotaciones jamás resueltas que dominan la película tanto en su forma como en su fondo. Esta película pareció a los críticos tan enigmática que llegó a pensarse que era muda, que hacía falta dotarla de una voz. Lo que la voz decía era, por ejemplo, que el profesor Aschenbach sufría una homosexualidad paranoica cuyo rechazo le impulsaba a refugiarse obsesivamente en el purismo estético, ocultando su deseo perverso e impidiéndole su consumación física. Pero ¿qué es la relación física sino el más grosero modelo de la denotación excluyente y unívoca? La relación física recusa la emoción, obliga al deseo a entrar en la vía muerta de la descarga. Oímos esta voz en la propia película, en boca del colega que reprocha al profesor su cruel y extrasensorial frialdad y le recuerda el fondo diabólico de toda poesía. La misma voz se escucha fuera del film en boca de quienes encuentran el fundamento del perfeccionismo de Aschenbach en el rechazo de su pulsión griega, los que creen que el juego de la seducción de Taszio sólo puede ser el preludio de alguna denotación directa, aquellos que opinan que la película esconde un hardcore gay y temen que lo verdadero les haya sido escamoteado por un director prudente, preciosista y vergonzoso. Quienes hablan así sepultan bajo su voz la fuga de la imagen, y esperan recuperar algún día de las manos de los censores una versión íntegra que excluya la gélida perfección y que incluya, seguramente, la pornografía del inconsciente edípico". La banalidad, 3.6.1 "El spotismo ilustrado".
El propio Thomas Mann nos previene y comunica su repugnancia por "el indecoroso funcionario psíquico de la época, simbolizado en la figura de aquel semipícaro estúpido y morboso que busca su tragedia arrojando a su mujer en brazos de un adolescente, por impotencia, por vicio, por veleidad moral, y cree tener derecho a hacer cosas indignas so pretexto de profundidad de pensamiento".
Más allá del arte, Mann, que se mantuvo firme contra las tentaciones de la voluntad de pode nietzscheana y nazi (¡su crítica a la hipérbole vitalista y a la sofística del Zaratustra es magistral!), Mann es un artista, pero no un malvado. Y así viene a superar toda incertidumbre moral mediante el Milagro de la inocencia renovada, buscando un equilibrio aristocrático de la forma que implica una "decisión moral más allá de todo saber, de todo conocimiento disolvente y apático" (La Muerte en Venecia, Edhasa, Barcelona, 1971, trad. de Martín Rivas).
El mérito de la novela es también el mérito de la película. Volvamos a Pardo:
"El mérito de la película (...) reside en presentar la ’pulsión homosexual’ como una más de las connotaciones en la galaxia de una imagen en la que el ojo no puede ser detenido por ninguna voz, en la que la sexualidad se manifiesta como un invento del deseo y en la que el mismo Taszio no aparece como la obsesión secreta de Aschenbach, sino como la más bella invención del enfermo", La banalidad, pg. 147.
José Luis Pardo propone llamar "crisis de Venecia" al punto de desvanecimiento en el que la imagen (la forma, la idea, y muy particularmente la forma artística, diría yo) escapa de toda voz y, en lugar de enmudecer, se puebla de mil voces que susurran... O la voz inefable del espíritu que sopla donde y como quiere.
Presente continuo

Más cuentos de Medardo Fraile
Los cuentos de Medardo Fraile -madrileño con decisivas raíces ubetenses- están protagonizados por personajes corrientes pero extraordinarios. Son corrientes porque no son nada del otro mundo sino muy de éste, resultan siempre más bondadosos que malvados, más pobres que ricos, y sus vidas van pasando a la velocidad con que devoras las páginas de Antes del futuro imperfecto (ed. Páginas de Espuma, Madrid, 2010). Son personajes extraordinarios por varias razones: llevan nombres arcaicos y sonoros: Kelele, Carmelo, Oria, Eloy, Ciriaco, Otaola, Saturio, Parmenio, Leoncia, Bonifacio, Fuencisla… Desgraciadamente, ¡ya no hay gusto para estos nombres!, será porque “el mundo se encallece y afea cada día más”, o porque se americaniza o gregariza sin remedio, y sin que nos demos cuenta, tan papanatas somos. La asignación de estos nombres no tiene nada de casual:
“Yo he creído siempre que hay nombres, los que no han sido desvirtuados por repetición exhaustiva, que fuerzan al que los lleva a un destino más o menos relacionado con algún personaje relevante que se llamaba igual. Nombres como Benjamín, David, Sara, Lázaro, Beltrán o Ananías no pueden alojarse en cuerpos condenados a una vida vulgar”.
La realidad “parece” desmentir esta tesis; a fin de cuentas..., ¡uno no resucita porque se llame Lázaro!, pero la filosofía parda de Emilia, la mujer de uno de los narradores de estas historias, explica las comillas de ese “parece”:
“las pienses tú o no las pienses, unas cosas pasan y otras no, pero las que no pasan también las llevamos dentro, también nos pasan… Tenlo en cuenta…”.
Es cierto: las ideas promueven sentimientos y emociones, y las ecomiciones y afectos motivan acciones. Los personajes son también extraordinarios porque singulares –especie única- son cada hombre y cada mujer de carne y hueso, nosotros, quienes nacemos, vivimos y morimos, pero sobre todo morimos, como subrayaba Unamuno.
Como profesor y como filósofo (o aprendiz de filósofo), estos cuentos me tocan las entretelas del corazón. Los de su parte primera, “Antes del futuro imperfecto”, están ingeniados sobre recuerdos de las aulas por las que transcurrió la infancia y adolescencia de Medardo en la primera mitad del siglo XX (hace nada), esas aulas que olían “mezclado, suave, dulce, a lápiz, a pis añejo e inocente, a jabón seco en el pebetero de las orejas”… Aquellas aulas en las que la disciplina se suponía y el alumnado aguantaba consciente, y hasta atento, chaparrones de ocho horas. Y campaban por sus respetos profesores aburridísimos, como siempre, y otros u otras que enamoraban al personal sin necesidad de power points ni tecnologías de la información y la comunicación (TICs). Como la señorita Oria, que enamoró a sus alumnos para el latín con cuatro búcaros de Talavera y una docena de rosas.
El profesor de filosofía don Jenaro Seco era un hombre que daba que pensar, y un día, a la pregunta de un alumno sobre si la Filosofía hacía al hombre feliz, sus ojillos se encendieron como ascuas:
“La Filosofía, señor Antolín, hace al hombre más sabio y puede usted decir que el sabio sabe evitar la infelicidad mejor que el resto de los mortales”.
“-O sea, que no es del todo feliz…
“-Cálmese… No sea usted, no sean ustedes vehementes… La vehemencia es el suicidio del deseo… Recuérdenlo”.
La moraleja de este cuento es ingrata para la Filosofía:
“Imagine usted –sigue don Jenaro- que la tortuga de que hablaba Zenón es la felicidad, y Aquiles la persigue convencido de que la alcanzará, pero no la alcanza…”
Pero si para ser filósofo había que ser como don Jenaro, viejo y calvo...
“preferíamos ser cualquier cineasta guapo con cabeza de chorlito y buenas gachís. Y la vida nos fue dando la razón: Aquiles alcanzó a la tortuga, como los policías alcanzan a los ladrones…”.
La diatriba contra la vehemencia de don Jenaro revela un rasgo de la personalidad del autor, don Medardo Fraile, tan original como inédito en nuestra piel de toro: Medardo es un español, muy español, pero de temperamento más bien melancólico. Ni colérico ni sanguíneo, sino algo flemático y bastante melancólico, de esos a los que podrían haber fusilado en una de nuestras guerras civiles por tibios, por no caer ni de uno ni de otro bando, por dudar de casi todo o tener creencias propias (lo cual viene a ser lo mismo), o por no ser hemipléjicos cerebrales (como decía Ortega de los que se definían como de derechas o de izquierdas). No es de extrañar que Medardo -aun “fuera de sí”-, como confiesa que anduvo por allí al final de su libro, haya hecho vida familiar en las nórdicas y frías latitudes de Escocia. Le delatan sus ojos azules, tristes y sagaces, de niño travieso o de sátiro inocente, y los ojos son el espejo del alma. Su mirada de soñador y su dominio del lenguaje, que usa con una transparencia y sobriedad ejemplar, le permiten explotar el juego del cuento, como nadie lo ha sabido hacer durante las últimas décadas, a fin de cuentos –como él mismo señala- el juego no es sino una forma peculiar del sueño. Y alguno de sus últimos relatos, ultrabrevísimos, tienen algo de experimento onírico, como “Retales”.
Es difícil no sentirse entrañadamente solidario de aquel profesor de literatura que un día se ha dejado los modelos en casa y pone por dictado a los alumnos un texto propio, y siente cómo, al apresurarse éstos por borrarlo al final de la clase, la pizarra se convierte en una fosa negra para sus intimidades y sueños…
“Se quedó un buen rato frente a la pizarra, buscando con angustia una brizna de palabra suya, media palabra, nada…”.
La angustia del profesor es también la angustia del escritor Medardo, o del filólogo don Anselmo (“Postrimerías”), o del lector atento por hacer perdurar sus frases, sus escritos, sus lecturas, sus amoríos o sus sueños.
Las descripciones de los personajes son tan escuetas como magistrales:
“Cosme era un fulano enteco con una voz cavernosa y seca oliente a nicotina como si hablaran sus huesos en lugar de él”.
Este peluquero, Cosme, resultará un héroe anónimo, o sea una buena persona, que acaba cerrando su barbería por no callar o largar a un viejo tristón y delgaducho que se planta en ella a mendigar atención y desahogar las odiseas de su vida de paria y exiliado.
En “Amor”, un relato en verdad poético, se contrapone la filosofía especulativa a la filosofía de las cosas. El protagonista, Parmenio, acaba sustituyendo la primera por la segunda para encontrar a su media naranja. Tras aburrir a su primera novia con preguntas metafísicas e inquietudes existenciales…
“Cuando conoció a Acacia resucitó de nuevo y manso, tembloroso, totalmente domado por el perfume de ella, le dijo:
“-He visto una rosa cuando atravesaba el parque, le he arrancado un pétalo y era como tu piel…
“Y otro día:
“-Quiero que florezcas a mi lado año tras año, Acacia…
“Y una filosofía de cosas se fue enredando en sus vidas, sin que ninguno de ellos acertara a expresarla.”
Sin llegar nunca a pedantes, algunos personajes resultan sentenciosos y sabios, como el tío Alberto de uno de los protagonistas o el corresponsal de Obdulia, en “Carta de un encuentro”:
“Pero en la vida ganamos perdiendo y perdemos ganando”.
Ramón, el corresponsal, que vive casado en Francia, le ofrece a Obdulia –viuda con quien tuvo su historia de jóvenes- un noviazgo platónico que resucite ya en el otoño de la vida el sueño del amor, “para sentir la vida”, un noviazgo basado en el respeto. Se cita à propos a Simone de Beauvoir:
“cuando se respeta profundamente a alguien se rehúsa forzar su alma sin su consentimiento”.
La frase podría servir de lema para un curso de prevención del maltrato...
Aunque Medardo nunca abandona del todo el realismo, un realismo que a veces propone auténticos enigmas en los eventos que narra, alguno de sus últimos cuentos sorprende por su delirante fantasía, próxima a la de un Stanislaw Lem, como en “Culturalia”, relato en que un escritor venezolano, Fermín Onrubia, solicitaba, en un opúsculo perdido, un premio Nobel de Literatura para Sócrates, quien, como se sabe, no escribió nada. El opúsculo incluía una correspondencia ficticia pero muy notable entre la Academia Sueca, y Pericles y su amante Aspasia. Allí sale a la luz la “incorrección política de Platón” y la posibilidad de ser escritor sin escribir, escribiendo con la vida, pues a fin de cuentas...
“las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra”…
Es una suerte para todos nosotros que Medardo Fraile no se encuentre entre ellas, aunque no estaría de más que su bohonomía y su humor amable influyeran mucho más en lo que nos pasa.
El humanismo del Doctor Zhivago

Mi padre me llevó a ver Doctor Zhivago cuando todavía ni el bozo me sombreaba el labio superior; a una segunda sesión del Cinema Central, creo. Bajo el guiño cómplice de las estrellas, mientras comíamos pipas sin sentirlo, aquella película de David Lean (1965) revelaba divinos misterios sobre la superioridad del amor sobre la violencia. Me enamoré sin remedio de Julie Christie, o sea, de su personaje Lara (Larisa Fiódorovna). Y durante años, la espalda desnuda y perlada de sudor de una mujer, creo que la de Geraldine Chaplin en el papel de Tonia, amiga y esposa de Yuri Andréyevich, fue un referente en el despertar o el ensoñar de mis emociones masculinas.
El Círculo de Lectores ha publicado recientemente la primera traducción directa, del ruso al español, de la magnífica novela de Borís Pasternak, escrita muchos años antes de que fuese publicada en Italia, a finales de 1957, tras salir de Rusia clandestinamente. Borís Pasternak recibió el Nobel de Literatura en 1958, pero renunció a él para no tener que abandonar la Unión Soviética, a pesar de su distancia con el comunismo oficial y tras sufrir críticas y amenazas.
Además de narrador, Pasternak fue filósofo y poeta. Fácilmente puede verse en el protagonista de su novela un alterego del autor. El médico Zhivago es también poeta y ha sido muy influido por la filosofía de su tío materno Nikolái Nikoláyevich Vedeniapin, sacerdote secularizado, espíritu libre con un noble sentido de la igualdad para con todas las criaturas vivientes, y enemigo de cualquier especie de gregarismo nacionalista o partidista, al que considera “refugio de la mediocridad”.
El tío Kolia piensa que el hombre no vive en la naturaleza, sino en la historia, fundada por Cristo, y que el Evangelio es su fundamento. Pero ¿qué es la historia? Es el establecimiento de trabajos seculares destinados a elucidar progresivamente el enigma de la muerte y lograr su superación en el futuro. Su clave está en el amor al prójimo, “esa suprema forma de energía viva que colma el corazón del hombre y exige expansionarse y ser consumida”.
Los principales elementos constitutivos del hombre moderno son -según esta visión- la idea de la libre individualidad y la idea de la vida como sacrificio. Los antiguos ignoraban la historia en este sentido. “Sólo después de Cristo los siglos y las generaciones han respirado con libertad. Sólo después de Él dio inicio la vida en la posteridad, y el hombre no muere ya en la calle, arrojado en una cuneta, sino en su casa, en la historia, en el momento álgido de una actividad consagrada a superar la muerte”.
Cierto vitalismo naturalista impregna toda la novela de Pasternak, en la que la nieve, los ríos, los bosques, los ruiseñores y hasta los lobos, no son meros eventos o criaturas naturales, sino símbolos, porque todo cuanto acontece en la tierra donde se entierran los muertos acontece también en otro lugar, en aquel que unos llaman reino de Dios, otros historia, y unos terceros de manera diferente… Pero este vitalismo y esta sublimación de la naturaleza no se degrada –como en Nietzsche- en un esteticismo retórico y soberbio. Tolstoy pensaba que “cuanto más persigue un hombre la belleza, más se aleja del bien”. Sin embargo, el tio Kolia, a partir del alma del cristianismo, desarrolla una nueva concepción del arte. Piensa que si la fiera que duerme en el hombre se pudiera contener mediante amenazas de cárcel o de castigos eternos, el emblema supremo de la humanidad sería un domador de circo con la fusta y no un predicador dispuesto a sacrificarse a sí mismo (Cristo). Pero lo que durante siglos ha elevado al hombre por encima de las bestias no ha sido el bastón, sino la música: la fuerza irrefutable de la verdad desarmada, la atracción de su ejemplo, el ejemplo de Jesús:
“Hasta ahora se consideraba que lo principal del Evangelio eran las máximas y las reglas morales comprendidas en los mandamientos, pero para mí lo más importante es que Cristo habla con parábolas extraídas de la vida diaria, explicando la verdad a la luz de la cotidianidad. En la base de todo esto yace el pensamiento de que aquello que une a los mortales es inmortal y que la vida es simbólica porque está llena de significado”.
La llegada de Cristo al mundo antiguo, a la Roma superpoblada, es descrita por Nicolái Nikoláyevich de este modo:
“Roma era un mercadillo de dioses tomados en préstamo y de pueblos conquistados, una aglomeración a dos niveles, en la tierra y en el cielo, una porquería, un nudo triple apretado sobre sí mismo, como una obstrucción intestinal. Dacios, hérulos, escitas, sármatas, hiperbóreos, pesadas ruedas sin radios, ojos flotando en grasa, bestialidad, dobles papadas, peces alimentados con la carne de esclavos de vasta cultura, emperadores analfabetos. En el mundo había más hombres que los que habría más tarde, estaban apretujados en los pasillos del Coliseo y sufrían.
“Y he aquí que en aquel amasijo de mal gusto de mármol y oro llegó él, ligero y vestido de luz, ostentosamente humano, intencionalmente provincial, galileo, y desde ese instante los pueblos y los dioses dejaron de existir y comenzó el hombre, el hombre carpintero, el hombre agricultor, el hombre pastor en medio de su rebaño de ovejas en la puesta de sol, el hombre que no estaba en absoluto orgulloso de su nombre, el hombre del que se habla con reconocimiento en todas las canciones de cuna de las madres y en todas las galerías de cuadros del mundo”.
Para Gordon -el amigo judío del doctor Zhivago-, el cristianismo, así entendido, volvió anticuado el concepto de nación o de pueblo…
“Puedo entender todavía qué sentido tenía la palabra ‘pueblo’ en tiempos de César, para hablar de los pueblos galo, suevo, ilirio. Pero desde entonces es sólo una invención que existe para que sobre ella puedan pronunciar discursos los zares, los políticos y los reyes: el pueblo, mi pueblo… ¿Cómo se puede hablar de pueblos en la era cristiana? En ese modo de existencia pensado con el corazón y en esa nueva forma de relaciones entre los hombres que se llama reino de Dios no hay pueblos, sino individuos. El cristianismo, el misterio del individuo, es precisamente lo que hay que conferir a los hechos a fin de que éstos adquieran un significado para el hombre”.
Es curioso y doloroso para Gordon, hebreo de origen, pensar así, porque sabe que:
“la idea nacional ha impuesto a los judíos la necesidad abrumadora de ser y seguir siendo un pueblo, y nada más que un pueblo, por los siglos de los siglos, cuando, gracias a una fuerza salida de sus filas, el mundo entero se liberó de esa humillante tarea. ¡Qué cosa tan asombrosa! ¿Cómo ha podido suceder? Esa fiesta, esa liberación de la diablura de la mediocridad, ese vuelo por encima de la estupidez cotidiana, todo eso nació en la tierra de ellos, hablaba en su lengua y pertenecía a su tribu… ¿Cómo pudieron dejar que se les escapara un alma de una belleza y una fuerza tan devoradoras?... ¿Por qué razón son tan ociosamente faltos de talento los escritores amantes del pueblo, sea cual sea su nacionalidad?”
¿Cómo sintió y sufrió, un hombre que compartía este humanismo, este individualismo cristiano, la guerra, la revolución bolchevique, la guerra civil?
Con resignación y esperanza, haciendo el bien donde podía, curando a los enfermos y heridos, como médico regular o como médico partisano, viviendo un amor prohibido pero predestinado, imposible de evitar, con Lara, “la criatura más pura del mundo”, a la que el golfo de Komarovski pudo tal vez seducir unos meses, pero sin poder corromperla jamás, y cuyo esposo la dejó abandonada con su hija para convertirse en el intachable y temible comisario militar Strélnikov, que acabará suicidándose en Varíkino.
La metafísica y la antropología del doctor Zhivago suponen que la misma vida que vivimos es ya resurrección, sin que nos demos cuenta. No hay que darle tanta importancia como le damos a la conciencia del propio yo, en realidad ésta es un veneno si no la usamos bien. Es verdad que es una luz que ilumina el camino ante nosotros, para que no tropecemos: “La conciencia son los faros encendidos delante de una locomotora en marcha. Dirija la luz hacia el interior y se producirá una calamidad”. No somos conscientes de nuestra sustancia corporal, del funcionamiento de nuestros riñones, de nuestro hígado, porque la conciencia se manifiesta hacia el exterior, en los actos, en la obra de nuestras manos, en la familia, en los demás… “El alma del hombre es precisamente el hombre presente en los otros hombres”.
Uno de los primeros títulos de la novela, cuya escritura se remonta a 1946, fue: “No habrá muerte”, título extraído del Apocalipsis de Juan Evangelista (21,4). “No habrá muerte –explica el doctor, como si se tratase de un conjuro, ante el lecho de la moribunda Anna Ivánovna- porque lo que fue ya ha pasado”… “No habrá muerte porque esto ya lo vimos, es viejo y aburre, y ahora es preciso algo nuevo, y lo nuevo es la vida eterna”.
Obligado a militar en un grupo de partisanos, las arengas revolucionarias cansan al doctor, los torrentes de palabras superfluas, inconsistentes, oscuras, “justo eso de lo que la vida ansía liberarse”. Frente a esa cháchara hipócrita de los comisarios comunistas, “mediocremente elevada y tenebrosa”, Yuri busca el refugio en el aparente mutismo de la naturaleza, en la ausencia de palabras durante un trabajo largo y obstinado, en el silencio de un sueño profundo, en la verdadera música y en el quieto contacto de los corazones…
Poético romanticismo en mitad del horror, de la guerra, de la penuria, del cainismo, del canibalismo, del terror. La verdadera libertad no es la de las palabras y las reivindicaciones, sino la caída del cielo, en contra de lo esperado. La libertad por casualidad, por equivocación.
Frente a la revolución con que soñaban las clases medias –a las que pertenecen por ambiente y educación el autor y su protagonista- , la revolución bolchevique de 1917, nacida de la guerra, una revolución de soldados, aparece primero como una necesaria simplificación de la vida, incluso como una necesaria erradicación “de la delicadeza de sentimientos superfluos”. Incluso el tío Kolia, referente filosófico de la adolescencia de Yuri, se vuelve bolchevique. Una nueva esperanza se eleva tras siglos de servilismo e injusticias. Pero, tras la grandiosidad y la eternidad del momento, la dictadura del proletariado acabará dejándole helado el corazón al doctor Zhivago, porque “ya no hay personas honestas ni amigos. Ni siquiera gente competente”.
El Moscú soviético le expulsará de su seno hacia los Urales, la familia huye del hambre, con el sueño idílico de cultivar la tierra, viviendo de sus manos. Ni los rojos, ni los blancos ni los verdes, le convencen. “Pertenecer a un determinado tipo es la muerte del hombre”. Si, por el contrario, a uno no saben cómo catalogarlo, si uno está libre de sí mismo, “ha obtenido una partícula de inmortalidad”…
De marxista, pues, nada de nada. Pasternak lo deja claro:
“El marxismo es demasiado poco dueño de sí mismo para ser una ciencia. Las ciencias, por lo general, son equilibradas. ¿Marxismo y objetividad? No conozco una corriente más replegada en sí misma y más alejada de los hechos que el marxismo. Todos están preocupados en verificar sus ideas por la experiencia, pero quienes tienen el poder, en virtud de la leyenda sobre su propia infalibilidad, dan la espalda a la verdad con todas sus fuerzas. La política no me dice nada. No me gustan las personas indiferentes a la verdad… Yo era un ferviente partidario de la revolución, pero ahora creo que, con la violencia, nunca se podrá lograr nada. El bien se atrae con el bien”.
Luego está el culto a la personalidad, esos líderes políticos a quienes la fatuidad había extirpado todo signo de vida y de humanidad. El odio de los necios al espíritu y el desprecio a los intelectuales, la inhumanidad convertida en conciencia de clase, la barbarie como modelo de firmeza proletaria. “Entonces a la tierra rusa llegó la mentira. La principal desgracia, la raíz del mal futuro, fue la pérdida de la confianza en el valor del propio criterio” –dice Lara.
Huyendo de todos, y temiendo la muerte, Lara y el doctor Zhivago harán nido en Varíkino. Allí un abismo les separa del resto del mundo, la aversión compartida a todo lo que de fatalmente típico tenía el hombre contemporáneo: la exaltación afectada, la animación ruidosa y la mortal ausencia de inspiración…
En la soledad de Varíkino escribirá Yuri sus mejores poemas, tras la marcha dolorosa de su amor. Luego, la decadencia, el apoyo de Marina, su tercera pareja, hija de su antiguo portero, y de la que aún tiene dos hijos… Y un ataque al corazón en un tranvía moscovita que rueda a duras penas… Fin trágico dulcificado por la salvación de su obra poética, consagrada en una novela idealista, romántica, histórica, inspirada por un humanismo cristiano muy ruso y original, pero universalizable, como el sentido del deber y de la belleza, a la que el doctor Zhivago definió agradecidamente como la felicidad de poseer una forma, felicidad que debemos al resplandor de Dios.
A la sombra del granado

-La verdad no puede contradecir a la verdad, ¿no es cierto, Zuhayr?
-Por supuesto, no podría ser de otra manera. Está escrito en el Alcorán, ¿verdad?
-¿Y por eso es cierto?
-Bueno…, quiero decir… Escúchame, anciano, hoy no he venido aquí a discutir blasfemias.
-Entonces te haré otra pregunta: ¿es lícito unir lo que conocemos a través de la razón con aquello que nos dicta la tradición?
-Supongo que sí.
-¡Lo supones! ¿Es que no os enseñan nada hoy en día? ¡Condenados tontos! Te planteo un dilema que ha confundido a nuestros teólogos durante siglos, y lo único que se te ocurre decir es “supongo que sí”. No es una buena respuesta. En mis tiempos se enseñaba a los jóvenes a ser más rigurosos. ¿No has leído las obras de Ibn Rushd, uno de nuestros grandes pensadores, y un gran hombre a quien los cristianos de Europa llaman Averroes? Debes de haber leído sus libros. Había por lo menos cuatro en la biblioteca de tu padre.
Zuhayr se sentía avergonzado, humillado.
-Los estudié de tal forma que no pude sacar ninguna conclusión positiva de ellos. Mi maestro decía que Ibn Rushd era un hombre ilustrado, pero también un hereje.
-Los ignorantes sólo pueden difundir ignorancia. Esa acusación es falsa. Ibn Rushd era un gran filósofo, lleno de talento. A mi modo de ver, estaba equivocado, pero no por las razones que te dio ese estúpido que contrataron para que te enseñara teología. Para resolver la supuesta contradicción entre razón y tradición, aceptó las enseñanzas de los místicos, con sus significados aparentes y sus significados ocultos. Sin embargo, aunque es cierto que las apariencias y la realidad no son siempre la misma cosa, Ibn Rushd insistió en que las interpretaciones alegóricas eran el corolario inevitable de la verdad. Es una pena, pero no creo que al afirmar eso se haya basado en motivos fundados.
-¿Cómo lo sabes? –preguntó Zuhayr, molesto-. Tal vez creyó que era la única forma de extender el conocimiento y sobrevivir.
-Era absolutamente sincero –afirmó al-Zindiq con una certeza propia de su edad-. En una ocasión dijo que el peor día de su vida fue aquel en que llevó a su hijo a la mezquita para las plegarias del viernes y una multitud los echó. No le afectó sólo la humillación, sino también la convicción de que las pasiones de la gente sin instrucción acabarían ahogando la religión más moderna del mundo. En cuanto a mí, creo que Ibn Rushd no era suficientemente hereje. Aceptó la idea de que el universo está al servicio de Dios –Zuhayr comenzó a temblar-. ¿Tienes frío, chico?
La idea de un universo desligado del Creador hace temblar a Zuhayr, que acabará echándose al monte (Las Alpujarras), en el levantamiento contra la autoridad cristiana de Granada.
A la sombra del Granado (Madrid, 2005), la novela histórica de Tariq Alí, cuenta la situación que se produce en Al-andalus unos años después de la toma de Granada por las tropas de Isabel y Fernando (1492). La historia de una familia de terratenientes musulmanes en el clima del eclipse de una civilización mestiza: la andalusí,así como el terrible trilema que se les plantea a muchos señores andalusíes al filo del cambio de siglo: inclinar la cabeza y convertirse al cristianismo, abandonar la tierra en la que habían trabajado, jugado, luchado y amado durante ocho siglos, o retirarse a las montañas para resistir y pelear.
Lo peor de la novela –a mi juicio- es el perfil fanático, tan simple como siniestro, que se le atribuye a Cisneros, al que se hace directamente responsable de una terrible y masiva quema de libros musulmanes en la Granada de 1499. ¡Menos mal que por lo menos accede a salvar los de medicina y astronomía, eso sí, requisados para la futura biblioteca de Alcalá! Frente al Cisneros reprimido y obsesionado por la “pureza de sangre”, se idealiza un pasado andalusí, tolerante e integrador, en que convivirían las tres culturas sin conflictos durantes siglos, y en el que el único problema y la razón de su debilidad y postrer derrota sería la incapacidad de los señores andalusíes para mantenerse unidos frente al "bárbaro" del norte.
Sobre este mito de "las tres culturas" conviviendo en paz, o sobre el otro de la superior "tolerancia" de la cultura musulmana peninsular sobre la cristiana, puede leerse en línea mi artículo "La filosofía y el mito andalusí", donde también se alude a la filosofía poítica, califal y totalitaria, de Averroes.
Tariq Alí es una interesante personalidad cosmopolita, un activista de izquierdas, redactor de New Left Review, director de cine, ensayista y novelista. Y ve en las religiones un sistema de opresión institucionalizado: “La historia está llena de jóvenes tontos que se emborrachan con la religión y se precipitan a luchar contra los infieles” (cap. VIII). Desde luego, las religiones han sido también eso, ¡y muchas más cosas! De origen paquistaní, pero formado en Oxford, Tariq Alí fue uno de los diecinueve firmantes del Manifiesto de Porto Alegre (Brasil, 2005). El protagonista intelectual de la novela, me parece una especie de alter-ego del escritor y se hace llamar Al-Zindiq, el escéptico. Su biblioteca manuscrita se salva y viaja a Fez, si no recuerdo mal...
En The Shadow of the Pomegranate Tree (1992) -que he leído en traducción de Maria Eugenia Ciocchini (1993)-, y en el bando cristiano, el antagonista de Cisneros es don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, capitán general de Granada. Don Íñigo tiene amigos entre la nobleza andalusí, no tiene inconveniente en vestirse con ropas moriscas, y es partidario de cumplir lo acordado en los términos de la rendición, respetando al vencido. Al final, no tendrá más remedio que elegir, contra su conciencia, la violencia de la represión y su ruptura con el mundo andalusí, que irremediablemente se eclipsa.
La novela está llena de alusiones a la vida cotidiana de los terratenientes agrícolas andalusíes, a su organización patriarcal y económica. El Banu Hudayl es el indiscutible protagonista y víctima trágica de la historia, con sus leyendas heroicas, sus historias de amores -lícitos e ilícitos-, sus pasiones oscuras y sus renuncias lúcidas. Las recetas de la cocina antigua, los productos de la huerta intensiva, se asocian a los “zajal”, poémas estróficos populares de trasmisión oral, o a los comentarios sobre la poética de Ibn Hazm...
Para quienes hemos vivido y andado mucho por esos paisajes de Gharnata y Las Alpujarras granadinas, la novela tiene un valor doblado. Muy entretenida y documentada, aunque algo maniquea, como casi todos los cuentos con que se mece la cuna del ser humano...
Indiscreta

Uno se da cuenta viendo cine antiguo, tan antiguo como uno mismo, de los cambios sociales, sobre todo si atiende a los pequeños detalles. Por ejemplo, uno se percata de lo que ha avanzado el socialismo en Occidente desde la película de Stanley Donen, Indiscreta (1958), si repara en la indiferencia, o desvergüenza, con que Ingrid Bergman acepta el servilismo de los criados, mientras se enamora de un diplomático experto en finanzas (Cary Grant).
La clase alta era entonces una verdadera aristocracia que saboreaba muy hedonistamente el bienestar de la postguerra, quiero decir que no imitaba a las masas ni se calzaba vaqueros, presumía de gustos sofisticados, y seguramente servía de espejo en el que se miraban las clases bajas ascendentes o los sectores sociales emergentes. Clubes selectos y un Rolls Royce siguiendo discretamente a los novios, mientras deambulan por Londres... en el lujoso apartamento de ella, Picasso al fondo.
Por lo demás, lo de siempre, lo del género, él intenta burlarla, pero ella acaba conquistándolo, sometiéndolo, domesticándolo.
La película es todavía deudora del teatro, del buen teatro. De hecho, procede de una obra del dramaturgo Norman Krasna que él mismo, oscarizado, adaptó al cine, y en este sentido no es más que "un ejercicio de estilo", un entretenimiento elegante y algo melancólico, perfecto para el lucimiento de dos actores en la plenitud de su madurez artística y personal.
Y los actores hacen un poco de sí mismos. Anna Kalman es una actriz solitaria y desencantada del amor, y Phillip Adams (Cary Grant) un donjuan rico y mujeriego, que goza de las mujeres más hermosas, evadiendo compromisos de estabilidad matrimonial, mediante el subterfugio de decir que es casado y que su mujer no le concede el divorcio por motivos religiosos. Ambos están en plena madurez, Cary Grant despliega toda su elegancia y parte de su vis cómica, sobre todo en la escena del baile escocés de la rueda, y la belleza de la Bergman, la dulzura de su sonrisa, quitan el sentío.Los diálogos son tan sutiles y el amor que sienten el uno por el otro es tan romántico y caballeresco, que la generación joven -adiestrada en desublimar el amor en sexo- tendrá serias dificultades para entenderlos. Aquel era un mundo de salas de fiestas y no de discotecas, de restaurantes exquisitos y no de hamburgueserías. Y todavía los hijos de los ricos no se disfrazaban de pordioseros, las clases cultivadas se enorgullecían de serlo y no disimulaban ni su buen gusto ni su cultez. Todavía el animalismo no había acabado con los abrigos de pieles.
No he logrado enterarme del por qué del título, Indiscreet, pues la Anna Kalman a la que interpreta la Bergman tiene poco o nada de indiscreta... Tal vez indiscreto sea el espectador que quiere ver más de lo que ve. Y se queda con las ganas.
El conformista

Matanza y melancolía, así tendría que haberse llamado la novela de Moravia o la película de Bernardo Bertolucci.
Yo no creo que Marcello Clerici mereciera morir como lo mata Alberto Moravia al final de su novela. Tampoco Edipo, ni Yocasta, merecieron su suerte. ¿Quién la merece?
Para mí, “El conformista” tendrá siempre la finísima cara de Jean Louis Trintignant, esos rasgos suaves, finos, esa mirada elegante y distante, esa sonrisa contenida, aristocrática. También Giulia, su mujer, instintiva y salvaje, inocente y vital, tendrá siempre las formas exuberantes de Stefania Sandrelli, con ese precioso hoyuelo en la barbilla y esa mueca de niña caprichosa. Una pantera con piel de cebra.
Cuando Bernardo Bertolucci adaptó para el cine en 1969 la novela de Alberto Moravia (1951) escogió para hacer de mujer del profesor Quadri a una jovencísima Dominique Sanda, que sin embargo supo hacer de maestra de ceremonias en la célebre escena del baile con Stefania Sandrelli. Entonces me pareció una mujer fatal, ambigua e inteligente. Hoy me parece casi una niña en la entrevista que le hizo la televisión francesa en 1971, en la que reprime deliciosamente una sonrisa abierta y pícara, seductora, consciente de su propio encanto, mientras habla seriamente de su carrera con un timbre suave y grave, en un francés transparente.
A finales de los setenta, Dominique Sanda se convertiría en una de las más hermosas y sutiles actrices del mundo con un papel central, como una guinda sobre un pastel, en un puñado de excelentes películas europeas.
Marcello Clerici, el Conformista, es una víctima de las circunstancias. Su padre acaba loco, su madre, a la que nunca le ha interesado en serio la maternidad, liada con un jovencito al que mantiene y rodeada de pequineses. De chico, los compañeros se burlan de Marcello por sus modales sensibles, y un chófer, Lino, intenta abusar de él a cambio de una pistola, con la que Marcello cree haberle asesinado. Toda su vida expiará este crimen imaginario. Hay en El conformista como una referencia lejana a un cristianismo crepuscular… Giulia, en el epílogo, comparada a Eva, expulsada del Paraíso pequeño-burgués, tras la caída de Mussolini.
Marcello lucha melancólicamente por una normalidad que debe conquistar al precio más alto: el precio de la complicidad con el régimen fascista. Pero, en realidad, Marcello no cree en nada, o en casi nada, es un héroe existencialista, un funcionario que, simplemente, cumple con su deber. No me extraña que la primera novela de Moravia (Gli indifferenti, 1929) sea considerada como un buen ejemplo de esta tendencia existencialista.
La novela El conformista podría haberse titulado Matanza y melancolía, palabras que obsesionan al padre orate del protagonista, en el siquiátrico en el que acaba recluido. Nace de esa visión trágica de una Europa, madre de la civilización, engolfada en el canallismo y la barbarie, en dos terribles guerras civiles; nace de “la desolación de los desiertos en los que el hombre va en pos de su propia sombra y se siente perseguido y culpable”. Y no hay solución: entregarse a la fatalidad de un orden en el que no se cree, pero que es a fin de cuentas orden, normalidad, familia... o entregarse a "la torpe paz ofrecida por la naturaleza indulgente".
Marcello es un enigma para todos, menos para Moravia, que disecciona con delicadeza quirúrgica las causas de su gélido comportamiento: su miedo a la libertad. Miedo a la anormalidad, a la diferencia. Lo que ansía Marcello sobre todas las cosas –y no puede conseguir jamás- es ser uno más, huir de la soledad, de la locura a la que nos lleva sin remedio esa misma soledad. Por eso lucha denodadamente contra la repugnancia y el desapego. De pronto, la hermosa frente de una prostituta, o la luminosa frente de Lina, la mujer de Quadri, parecen ofrecer una tabla de salvación, pero se trata de un promesa vana: la prostituta se entrega por dinero al primero que la compra; y a Lina (Dominique Sanda, en la ficción de Bertolucci) le gustan las mujeres y odia al funcionario fascista bajo el que se oculta Marcello.
A Marcello le fastidia el triunfalismo con que la prensa italiana anuncia la victoria de Franco, le repugna la corrupción del fascismo italiano, pero con todo, ha elegido su camino hacia la normalidad, y la normalidad en ese momento es esa especie de locura, ese patrioterismo hueco al que tiene por fuerza que conservarse fiel. Él no es un fanático, sino un siervo trágico de los ídolos tribales -o nacionales- de la historia. Entre el fanatismo y el servilismo no queda más que la indiferencia, una indiferencia que expulsa contradictoriamente de sí –a cada paso- la duda.
Es trágico ver a la inteligencia teniendo que comulgar con ruedas de molino; es trágico ver a la sensibilidad debiendo transigir sin remedio con la ordinariez, pero eso es lo que debe hacer Marcello a cada instante para buscar la normalidad y la respetabilidad de ser uno de tantos.
Marcello profesa un existencialismo kantiano, actúa como si creyera, frente al fascio y frente a la iglesia romana. Ansía redimirse a través de las costumbres vulgares, cumpliendo inmejorablemente lo que se le ordena, pero no puede evitar a cada paso la sensación de extravío: ¿de dónde vengo?, ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿quiénes son éstos que me acompañan?...
“Este extravío no le hacía sufrir, al contrario, le complacía como un sentimiento que le resultaba familiar y que tal vez constituía el fondo mismo de su ser más íntimo. ‘Eso’, pensó fríamente, ‘¡yo soy como aquel fuego, allá lejos, en la noche… arderé con fuerza y me apagaré sin razón, sin consecuencias… un punto de destrucción suspendido en la oscuridad'”.
Quedan eso sí, los rescoldos que se conservan en el interior de ese fuego, así como la chispa que lo enciende sin cesar, algo más antiguo que la realidad del amor, el deseo:
“El deseo no era en realidad sino la ayuda, decisiva y poderosa, que la naturaleza prestaba a algo que ya existía antes de ella y sin ella”.
Ese furor que se transforma en ideas y sentimientos lejanísimos, debido a una misteriosa y espiritual alquimia, y que ya no parece servir ni estar marcado por el sello de la necesidad.
No somos meros juguetes de la necesidad, de la fatalidad. Escogemos, sí, pero ese escoger deja en nosotros una melancolía teñida de remordimiento, que provoca el recuerdo de las cosas que hubieran podido ser y a las que, al escoger, era preciso por fuerza renunciar.
Nadie puede conformarse hasta el punto de volverse otro. Pero esa angustia sartriana de elegir, se traduce en Moravia en una romántica y simpar melancolía.




