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HISTORIA DE LOS VISIGODOS

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La historiografía no es sólo la exposición ordenada de los hechos del pasado, sino sobre todo, su interpretación. Cualquier descripción de lo que sucedió supone ya una interpretación; cualquier lenguaje está marcado: genéricamente antropocéntrico, específicamente cultural, familiarmente remite a una coyuntura y a una geografía.

Pensamos según nos va en la vida, por muchos métodos "exactos" que apliquemos. Muchas veces, la estadística o la matemática no son más que retóricas al servicio de una justificación plausible de nuestro particular punto de vista.

Aunque las comparaciones puedan parecer odiosas, me ha sido inevitable comparar el bien documentado libro de Roger Collins sobre La España visigoda (Crítica, Barcelona, 2005) con La España visigoda realizada por los profesores Miguel Avilés, Santos Madrazo, Emilio Mitre y Bonifacio Palacios. El examen pormenorizado de lo poco que sabemos sobre esta época (409-711) de Collins resulta bastante menos clarificador que el librillo de Edaf (1973). Y este, además, contiene en su corazón unas interesantes ilustraciones que brillan por su ausencia en el libro de Collins.

Pocas veces se atreve Collins a sacar consecuencias que expliquen los motivos de los hechos o sus consecuencias. Es interesante, no obstante, lo que alcanza en su página 256:

"Mientras la Galia romana se convertía en Francia, es decir, el territorio gobernado por los reyes francos, Hispania nunca llegó a ser Gotia".

Es cierto. Y, aunque con las conquistas militares de Leovigildo la península consiguió una unidad política consistente, y con la conversión de Recaredo pudo concluirse cierta integración cultural de la mayoría hispanorromana y la minoría dirigente visigoda, la invasión musulmana de 711 abortó ambos procesos.

Aquellos polvos, estos lodos.

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02/08/2017 09:20 José Biedma López Enlace permanente. Historia No hay comentarios. Comentar.

LAS OCTOARAÑAS DE RAMA

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En la coda de su monumental tetralogía de RAMA, Rama revelada, Arthur C. Clarke (en colaboración con Gentry Lee, a su vez colaborador de Carl Sagan) crea una especie alienígena inteligente muy interesante...

Las octoarañas son sordas, pero se comunican estupendamente mediante un código cromático. Se les iluminan unas bandas en la cabeza, unas bandas dinámicas de color de diferentes anchuras, hasta más allá y más acá de los colores visibles para el ojo humano, es decir, un código que incluye también matices diversos de infrarrojos y ultravioletas:

"La octoaraña hizo destellar el amplio carmesí, a lo que siguieron un azul cobalto más estrecho y un brillante amarillo: la frase quería decir ’gracias’ en idioma octoaránido".

La sociedad octoaránida tenía un gran sentido de la ética, desde luego bastante superior al humano. A ninguna octoaraña se le ocurre ejercer la autoridad para mantenerse en el poder, a no ser por el bien común de su especie; mientras que entre los humanos -como recoge el autor y prueban los acontecimientos ocurridos en la colonia de Nuevo Edén- es común que un tirano o una oligarquía, gobierne sólo para mantenerse en el poder, incluso contra el bien común.

Las octoarañas sólo transigen con la guerra in extremis, en caso de peligro inminente para la especie o riesgo para su supervivencia. Una vez acabada la guerra, aquellos ejemplares de octoarañas que hayan intervenido en su declaración o implemento serán exterminados, ya fuesen jefes, oficiales o tropa.

Las octoarañas ponen la información en la cima de su escala de valores.

Pero aún más sugestivo que su lenguaje o su ética resulta su modo de vida, en simbiosis con otras muchas especies que las octo han diseñado o transgenizado según sus necesidades técnicas y vitales:

"Imagina un ingeniero en biología muy experto sentado ante un teclado, diseñando un organismo vivo que satisface ciertas especificaciones sistémicas... Es un concepto que a uno le deja pasmado".

Ya estamos en esas. La ingeniería biológica, genética, será la reina de los saberes en las próximas décadas, o centurias, si es que duramos tanto.

Las "octo" usan microorganismos prediseñados para curar tumores o mejorar el funcionamiento de sus órganos internos, macroorganismos para sembrar o recolectar cosechas, híbridos para fabricar nutrientes, algo parecido a los erizos para producir energía eléctrica... En lugar de máquinas que parecen inteligentes han diseñado vivientes  que parecen máquinas, organizando un millar de formas de vida en una enorme pirámide biológica cuya cúspide ocupan y a la que gobiernan optimizando recursos dentro de un gran sistema simbiótico.

Para iluminarse, por ejemplo, usan enjambres de animales voladores parecidos a luciérnagas terrestres, aunque de mayor tamaño.

Las octoarañas pueden prolongar sus vidas asexuadas casi infinitamente, o decidir madurar sexualmente en un ambiente alternativo mucho más agresivo e inseguro, y con más escasas espectativas de existencia. Pero, ¿quién ha dicho que una vida más larga es preferible a una vida más alta? Cada una, llegado el momento, toma la decisión de ser asexuada o alternativa (con la esperanza de dejar descendencia).

En el momento en que consumen más recursos de los que producen, materiales o inmateriales, muebles o inmuebles, previa advertencia entran en una lista de exterminio programado, indoloro, que optimiza los recursos y las posibilidades de supervivencia de la comunidad. Las exterminandas lo aceptan solidariamente, si disminuyen drásticamente sus aportes optimizadores o cometen un fallo garrafal en las tareas grupales. 

Nicole des Jardins, la doctora negra y protagonista indiscutible de la tetralogía, acaba por hacer amistad con Doctora Azul, una octoaraña. He buscado por la Red alguna representación icónica de las octoarañas, pero las que he encontrado son muy pobres al lado de su descripción literaria: 

"Richard se concentró en la octoaraña jefe y trazó una cuidadosa imagen en su mente: el cuerpo de la octoaraña, casi esférico, era de color gris carbón, tenía un diámetro de cerca de un metro y prácticamente carecía de rasgos distintivos, con la excepción de una hendedura vertical de veinte o veinticinco centímetros de ancho, que iba desde la parte superior hasta la inferior, donde el cuerpo se descomponía en los ocho tentáculos negros y dorados, cada uno de dos metros de largo, que se extendían por el suelo. En el interior de la hendedura vertical había muchas papilas y plegaduras desconocidas. Casi con seguridad, sensores, pensó Richard, la más grande de las cuales era una gran estructura rectangular con forma de lente, que contenía alguna clase de fluido.Cuando los dos pares de seres se miraron con fijeza desde lados opuestos de la sala, una ancha banda de coloración púrpura brillante se extendió alrededor de la “cabeza” de la octoaraña jefe. Esta banda se originó en uno de los bordes paralelos de la hendedura vertical y se desplazó alrededor de la cabeza, para desaparecer dentro del borde opuesto de la hendedura, casi trescientos sesenta grados después. La siguió, al cabo de pocos segundos, una complicada banda de colores, compuesta por barras rojas, verdes y algunas incoloras, que también describieron el mismo recorrido alrededor de la cabeza de la octoaraña."

Nota: La ilustración de esta entrada es una recreación artística del mundo cilíndrico de Rama, por Jim Burns.

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11/07/2017 12:45 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

MINIMALISMO NEGRO

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La recomendación me vino de uno de los tertulianos de RNE. En un programa de debate cultural que resultó muy interesante y donde salió a relucir la controvertida figura del poeta ultraísta y excepcional periodista César González Ruano, quien engañó y vendió a judíos durante la segunda guerra mundial, e intentó engañar también a la Gestapo que le metió en la cárcel y, no contento con escribir más de 300.000 artículos, también escribió novelas, dramas, y fue biógrafo de Baudelaire y de Mata-Hari.

También se habló en aquella tertulia de Borges y del París de la ocupación nazi, donde la resistencia brilló más bien por su ausencia y donde se habían exiliado importantes representantes de la intelectualidad española que han escrito sobre aquellos años, entre ellos el enorme periodista y narrador Manuel Chaves Nogales, que luego saltó al Reino Unido.

Al final del radiofónico programa, los tertulianos recomendaron lecturas para el verano. Presté atención a una de sus recomendaciones, una novela negra: La chica de Kyushu (1961) de Seicho Matsumoto (1909-1992), traducida por Marina Bornas para Libros del Asteroide (2017).

Su estructura narrativa me ha recordado la del bolero de Ravel. Como si uno fuera un niño, se siente seguro oyendo la repetición de lo mismo, la circunstancias de un par de crímenes, los detalles de sus escenarios, desde la perspectiva de un manojo de personajes entre los cuales se celebra la trama con la simplicidad de una tragedia clásica.

Pero, muy al contrario que en las de Eurípides, los personajes apenas reflexionan a lo grande. No he encontrado en toda la novela un solo aforismo, una sola idea abstracta subrayable, ni una sola generalización memorable o tuiteable. Apenas un par de metáforas y un par de comparaciones. El fondo paisajístico queda resuelto en un leve brochazo de cielo, árbol, edificio, portal o calle.

No sé si esto es más bien un mérito en un género en el que lo que importa es la narración de los hechos. Novela negra minimalista. La novelita gana interés a medida que uno avanza. Todo lo que importa es lo que sucedió, lo que sucede y lo que sucederá. Sus detalles. El final tal vez sea lo mejor, un fin trágico que no pienso reventar aquí. No se cae de las manos, aunque no la tengo por obra maestra.

Particularmente pintoresca resulta la relación de los clientes de un bar de copas con las camareras que no son chicas de alterne, sino otra cosa que recuerda el geishato, madres, incluso abuelas putativas. Cero sexo y cero violencia, salvo la de los crímenes de autor incógnito.

Una frase de Séneca –seguramente añadida por la editorial, que ha cuidado todos los detalles- sirve de colofón:

“Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”.

Deberían colgarla de lema, inscrita en metal noble, a la entrada de nuestro ministerio de Justicia. E implementarla.

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11/07/2017 11:30 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

PASIONES ESCRITAS

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Sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

De la Elegía a Ramón Sijé, Miguel Hernández.

Luis Cernuda, en sus Consideraciones provisionales sobre la poesía española contemporánea, describe cómo la pasión avasalla los versos de Miguel Hernández. Cuenta cómo pasó de un folklorismo latente a cultivar la tendencia barroca (en Perito en lunas).

Cernuda considera el barroquismo, plaga de la literatura española; como el esteticismo, lo es de la inglesa; el academicismo, de la francesa; y la pedantería, de la alemana.

Recuerda de qué manera Miguel Hernández se ganó la vida ayudando a José M. Cossío en la preparación de la obra Los toros en la poesía española, y alude a las dos grandes amistades e influencias de Hernández: Neruda y Aleixandre. Aunque Lorca le ninguneó, “a Lorca también debió algo” –dice Cernuda.

***

Miguel Hernández muestra de qué extraña manera, de una vida brevísima, estrellada contra la guerra, dura, aprisionada y desesperada de ausencias, puede surgir una obra excelente cuando sobra el talento. “No hay mal que por bien no venga”. Como dice el poeta, lo primero que vio fue una herida y fue nutrido con un zumo de espada loca y homicida, y con leche de tueras, amargos purgantes del todo inmerecidos.

Sus versos –dice Cernuda- despiertan quizá una simpatía que incluso se antepone a la consideración de su valor poético. Cernuda lo pinta más de poeta que de artista, “fogoso y de retórica pronta”, al extremo contrario de un Garcilaso. Y es que para Cernuda, “la destrucción y la muerte, sea bajo tal o cual pretexto, no se pueden cantar ni mucho menos glorificar”. Y sin embargo, se pregunta extrañado cómo es posible que la poesía se pusiera de moda con la guerra.

Emociones a flor de muerte, bajo "el resplandor de los dientes que acechan".

La poesía de Miguel Hernández fue evolucionando hacia la sencillez del lenguaje hablado y el tono directo. Sus mejores poemas –según Manolo Madrid- fueron los últimos. Esos que apenas pudo garabatear con lápiz en papel higiénico o de estraza y que su esposa, Josefina Manresa, quesadeña, sacaba ocultos, como sacros misterios, de la cárcel. Los póstumos del Cancionero y romancero de ausencias, o los de El hombre acecha.

 ***

Manuel Expósito me convocó para una tertulia televisiva, que comparase a San Juan de la Cruz con Miguel Hernández. Y se celebró en el oratorio de San Juan de la Cruz en Úbeda, a salvo del horno en que se habían convertido las calles en este fin de primavera infernal. Allí tuve la oportunidad de conocer a Fernando Donaire, estudioso del cine de Almodóvar, prior de los carmelitas descalzos de Úbeda, y autor de un libro sobre Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, que tuvo la amabilidad de regalarme: De luz y de sombra (Monte Carmelo, 2013).

En la tahona donde lideraba la tertulia poética su neocatólico amigo Ramón Sijé, le prestaron los clásicos a Miguel Hernández. Y entre ellos, sin duda, los tres poemas por los que Juan de la Cruz se ha consagrado como uno de los más grandes, si no el mayor: Cántico, Noche y Llama.

Similar tragedia de incomprensión de sus contemporáneos y aún paisanos o correligionarios, de extemporaneidad, y de ausencias del Amado o de la amada. Sendas voces ardientes y puras. Teopatía mística del de Fontiveros; vitalismo trágico del de Orihuela.

Sólo el amor nos salva y queda en nada, o sólo en sexo, sin la virtualidad creadora del Verbo. Ya lo explicó Sócrates en el Banquete platónico, el amor es una poética, su erótica simbólica, tansustanciada, liberada de la carne en el místico, mas estéril en lo mundano; el amor fértil, nostálgico de carne, de besos, de melosos humores y del abrazo de la esposa viva, de la sonrisa del hijo muerto, del llanto del hijo hambriento, en Miguel.

Esperanza y fe, tras dejar todo cuidado olvidado entre azucenas; de la esperanza a la desesperación del que se sabe condenado sin remedio... "Como el toro he nacido para el luto". El amor es un entusiasmo que salva si se recibe en estado de gracia, como un don, como un duende. Iluminación.

Naturalismo panteísta en Hernández, donde la contemplación de la belleza del campo contrasta brutalmente con el sudor del trabajo y con la sangre que hizo crecer los olivos: el arrullo de la reja, los andamios de las flores, la alegría de abotonado hielo ensangrentado con que truena abriéndose la sandía, donde los lirios sirven de orinales del relente...

Aunque las aladas almas de las rosas vistan también al almendro de nata, el campo de Miguel es muy diferente de los bosques, riveras e ínsulas extrañas por donde correteó la gacela adamando. Allí, en mitad de esas "arenas de pana torturada", cielo o abismo nihilista, campo de batalla, donde el poeta ha re-querido al amigo, al compañero prematuramente ido, al camarada con el que se compartieron ilusiones, pretensiones y sueños.

Subjetivismo abnegado del místico; comunitarismo liberal del poeta republicano. En ambos casos, la sublime elevación supone un tremendo sacrificio. En esa apuesta le va al poeta la vida. Es la vida del inocente cordero que destila su savia redentora en pasiones estéticas, intelectualizadas. En ambos casos, los indicios y señales de la unión conyugal conllevan un sentido que la trascienden, que la superan.

Enorme ese Miguel que reniega del hambre... en sus versos finales, porque el hambre nos vuelve fieras, nos nivela con esos tiburones "que entienden la vida por un botín sangriento", nos regresa a la pezuña, al dominio del colmillo...

"Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera

hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.

Yo, animal familiar, con esta sangre obrera

os doy la humanidad que mi canción presiente"

"Hambre", de El hombre acecha.

Nota bene

Al lector curioso que quiera seguir la tertulia televisada sobre Miguel Hernández y Juan de la Cruz, celebrada al final de la primavera de 2017 en el Oratorio de San Juan de la Cruz de los frailes carmelitas en Úbeda: 

https://www.youtube.com/watch?v=I6Dqhrl9WUQ&sns=em


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22/06/2017 11:32 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

TRAICIÓN AL HOMBRE

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El problema de los tres cuerpos

En junio de 2017 Liu Cixin cumplirá cincuenta y cuatro años. Este ingeniero chino ha llegado a ser famoso y cosmopolita escritor de ciencia ficción. Sin embargo, su novela El problema de los tres cuerpospromete al principio más que da. Seguramente sabe a poco porque es la primera parte de una trilogía y deja así con ganas de más, como la serie Rama del gran Arthur C. Clarke.

Buen armazón técnico sobre el que se especula y fantasea, literatura amena, sencilla, algún simil original (“brillando como el mercurio contra las plumas de un cisne negro”), algún momento poético (“en el profundo silencio de la medianoche, el universo se revelaba a quien estuviera escuchando como una vasta desolación”), sentimientos que se ocultan, apenas se comunican, salvo la pasión política destructiva de la que parte el relato en plena Revolución Cultural (1966-1976), o mejor será decir anticultural, cuando la Joven Guardia Roja, fanatizada por Mao, declaraba capitalistas y reaccionarias las tesis de Einstein y torturaba o ejecutaba a científicos e intelectuales acusándoles de traidores al pueblo… Aquellos años en que la politización de todo resultaba tan grotesca que se llegó a proponer marchar en formación girando sólo a la izquierda, o que las luces de los semáforos se invirtiera de forma que no fuera el verde, sino el rojo de la Revolución el que permitiera seguir avanzando, años aquellos en que se podía acabar en prisión por cambiarle el marco al retrato del “Gran Timonel”.

La novela plantea, y no precisamente con optimismo, las consecuencias de un probable contacto con otra inteligencia extraterrestre dentro de un clima de antihumanismo, de desconfianza total ante las posibilidades creativas de la raza humana. La protagonista inicial de la novela ha sufrido la injusticia que se cometió contra su padre y contra ella misma durante la mal llamada "Gran Revolución Cultural Proletaria", y llega a la conclusión de que la humanidad es tan insoportablemente malvada que le vendría bien ser invadida, reformada, colonizada, domesticada o destruida por una inteligencia superior y forastera.

“La posibilidad de que el ser humano llegara a alcanzar por sí mismo un auténtico despertar ético resultaba así tan ridícula como imaginar que uno podía despegar los pies de la tierra a base de tirarse del pelo. Necesitaba la ayuda de una fuerza externa”.

Clara alusión a la proeza ética del barón de Munchausen. ¡Pero ese es precisamente el milagro de la libertad, el prodigio de la buena voluntad! A mí no deja de sorprenderme que este antihumanismo (o transhumanismo) que considera al ser humano una maldición para el resto de especies del planeta se haya vuelto un clima tan frecuente y universal que haga verosímil que en la novela de Cixin (Liu es apellido) crezca tanto el movimiento de traidores a la humanidad, aunque estos se dividan en extremosos adventistas que buscan el fin de la humanidad propiamente dicha, el apocalipsis, y en redencionistas, partidarios de una nueva religión que rinde culto a los alienígenas sobre los que fantasean. Ahora, a diferencia de tantas otras religiones humanas, quien se hallaba en crisis era su Señor, y la salvación era una responsabilidad que recaía en el creyente. De entre los redencionistas, los supervivencialistas aún confían en la salvación de sus descendientes, colaborando o comprando su libertad en la invasión del planeta por otra especie a la que consideran éticamente superior. 

Al final, los trisolarianos (habitantes de un sistema estelar próximo pero en el que las condiciones de vida son dificilísimas a causa de la caótica temporalidad impuesta por tres soles, el "problema de los tres cuerpos") no resultan menos depredadores o esquilmadores que los humanos. Malignos, los trisolarianos introducen equívocos y “milagros” en los aceleradores de partículas terráqueos para que nuestros científicos desconfíen de las leyes de la física, se desesperen, se suiciden...

Así, cuando los miembros de Fronteras de la Ciencia discuten sobre física, usan la abreviatura “SF” no en el sentido de Ciencia Ficción, sino en el sentido de dos figuras o símbolos que acaban conformando una sombría cosmología. La figura del “Shooter” (arquero) y la del “Farmer” (granjero). Nombre de dos hipótesis sobre la naturaleza fundamental de las leyes del universo.

En la hipótesis del arquero, este, por gusto o por razones que no conocemos, dispara a un blanco de modo que cada agujero creado en el mismo se aleja diez centímetros del anterior. Suponiendo que en la superficie del blanco haya vida inteligente bidimensional, sus científicos, tras observar su mundo, descubren una gran ley: “En el universo hay una agujero cada diez centímetros”, confunden así el capricho del arquero (o sus desconocidos motivos) con la realidad.

La hipótesis del granjero es más cruel. Cada mañana el granjero cósmico da de comer a sus pavos. Un pavo científico lleva un año observando el fenómeno y llega a la conclusión de que es una ley del mundo físico que “cada mañana, a las once, llega la comida”. La mañana del día de Acción de Gracias (el granjero es usamericano), el pavo científico anuncia su descubrimiento a los demás pavos, pero por desgracia ese día, a las once, en lugar de la comida aparece el granjero armado con un cuchillo y les corta el cuello a todos.

La fe en la tecnociencia parece el último “clavo ardiendo” de la esperanza humanista, una llave dudosa para abrir la puerta de nuestro futuro, pues sus efectos ecológicos perversos en el planeta Tierra parecen contradecir el candor con que la abrazan ingenieros, científicos y consumidores en general. ¿Mejoran los países ricos gracias a la tecnología? Lo que hacen es protegen su entorno a fuerza de trasladar a las zonas pobres sus industrias contaminantes y sus desechos. La desconfianza en el progreso alienta a quienes están dispuestos a facilitar la invasión de los trisolarianos adoptando un “comunismo panespecie” dispuesto a eliminar al hombre para salvar al oso panda, la ballena o a una rara golondrina.

Los personajes de la novela de Cixin son casi todos científicos, pero el verdadero “sabio” no es un teórico cosmólogo ni un experto en astrofísica o en mecánica de micropartículas, sino un policía fumador, borrachín, malencarado y grosero, con escasa formación teórica, pero con un sentido de la observación envidiable y una capacidad extraordinaria para hallar soluciones prácticas, aplicando un principio simple: “Cuando algo es muy raro, es que hay gato encerrado”, o sea, que detrás de aquello que parece no tener explicación, siempre se esconde la mano de alguien. Este principio se puede generalizar a favor de una hipótesis deísta acerca del sentido del universo.

En la novela aparecen personajes que creen que el progreso tecnológico es una enfermedad de la sociedad; más que un beneficio, es un cáncer que acabará con la vida, a menos que sustituyamos las tecnologías “drásticas” del átomo o la quema de combustibles fósiles por otras más “suaves” como la energía solar y la hidroeléctrica, y siempre a pequeña escala. Este mismo ecologismo aboga por la desurbanización gradual de las metrópolis, redistribuyendo a la población de esos desmesurados centros deshumanizados en pueblos y ciudades autosuficientes, basados en una economía principalmente agrícola.

Cixin plantea otras cuestiones capitales. Por ejemplo: ¿la ignorancia de la humanidad supone una ventaja o un obstáculo evolutivo? Una vez desvelados los misterios del universo, ¿encontrará la humanidad motivos para seguir existiendo? El caso es que personas corrientes como Da Shi (el policía borde al que antes nos hemos referido), absorbidas por sus rutinas, aguantan mejor la angustia ante lo desconocido que los intelectuales o científicos eminentes. Seguramente porque poseen una fortaleza que el conocimiento no proporciona. La gente vulgar, ajena a la ciencia y a la nueva filosofía antihumanista se siente tan instintivamente identificada con su especie que para ellos es impensable traicionar a la raza humana en su conjunto.

“Las élites intelectuales, en cambio, eran distintas, y muchos de sus integrantes habían empezado a concebir el mundo desde una perspectiva alejada del hombre. La humanidad había terminado alumbrando una gran fuerza que, aun habiendo nacido en su mismo seno, abanderaba la desafección hacia sí misma”.

En la atmósfera antiintelectualista de la novela palpita siempre como un ambiente la soledad de la inteligencia y el silencio implacable del universo, su inmensidad insondable y la pequeñez de la Tierra y de las formas de vida que la habitan como insectos.

En nuestra época parecemos andar como Ye, la astrofísica protagonista de la novela, saltando de una consideración vitalista en la que cualquier fenómeno existencial aparece digno y emocionante, a un antihumanismo en que nuestra historia se muestra entera como desvarío o patología cancerosa, una aventura humana que, equivocada o no, resulta insignificante desde una perspectiva galáctica, y con un destino que ni siquiera vale la pena, o que ni siquiera vale más que su aniquilación por una raza extraterrestre.

A través de un juego de ordenador, el autor levanta un escenario surrealista en que un Einstein redivivo toca el violín como un mendigo al pie de una inmensa pirámide y maldice la creación contando que “Dios es un jugador sinvergüenza, ¡y nos ha abandonado!”. El juego toma prestada la historia de la humanidad y algunas de sus más emblemáticas figuras, como transfondo sobre el cual desplegar una narrativa del desarrollo heroico de Trisolaris, el planeta de los extraterrestres cuyo propósito a largo plazo será mudarse a la Tierra desplazando o esclavizando a los humanos...

(Continuará)

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06/01/2017 11:25 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

LA FILOSOFÍA DE POE

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Cayetano Aranda conoce el incontestable vínculo entre Filosofía y Arte o, como él dice: “el profundo parentesco entre experiencia literaria y pensamiento moderno, entre filosofía y literatura”. Un matrimonio fértil, aunque no siempre bien avenido. De hecho, en nuestra época, la Lógica filosófica engaña a su novio de toda la vida, Arte, con una madura engreída: Matemática, señora aparentemente gélida, pero muy intuitiva y segura de sí misma. El mismo Poe reflexionó con justeza (en La carta robada) sobre los límites del pensar matemático: “Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general…”.

Pura Filosofía nació de los versos de Parménides, ¿por qué no iba también a anidar como un cuervo azabache en los versos de Edgardo Allan Poe? De hecho, el poeta y también filósofo Paul Valéry considera a Poe inventor de varios géneros: el cuento científico, el poema cosmogónico moderno, la novela policíaca…; así como el introductor de estados morbosos en la literatura. Y esa obsesión de Filosofía por Ser, ¿acaso no es un morbo específico de cerebros hiperfetados?

Por supuesto que es precursor de la mal llamada “Ciencia ficción”, que más bien debería llamarse en castellano Ficción científica, y es indudable el vínculo de Poe con la literatura gótica inglesa, pero a pesar de ello tiene razón Cayetano cuando, insistiendo en el difícil encasillamiento de la obra poeana en el género de Literatura Fantástica, género repleto de vampiros, duendes y hadas…, insinúa que todo gran autor crea su propio género. “Sostengo que la teoría de los géneros literarios…, se pierde y extravía en el caso de Poe”. Es ciertamente un caso extraordinario y, por lo mismo, clásico, pero la Teoría Literaria tiene la obligación y la necesidad de comparar y asociar lo similar a lo fantástico, aunque se matice unas veces en alegórico, otras en maravilloso, o se llame cuento de terror o narración de lo siniestro, etc., so pena de acabar en la verdad de Perogrullo: “Poe es Poe”. Sin cajones de sastre y categorías –ya lo vio Kant- no hay ciencia que valga.

A este respecto, compruebo que en su excelente Antología de la literatura fantástica (Edhasa, Barcelona 1991), J. L. Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo incluyen un relato de Poe: La verdad sobre el caso de M. Valdemar. No es para menos. ¡Ah! El mundo y la razón ya son de por sí fantásticos, misteriosos. Esto último, tras ensayar inútilmente reducir todo a hechos probados, lo reconoció incluso el gran asceta del siglo XX, Ludwig Wittgenstein… Los cuentos de Poe se recogen a veces en inglés bajo el título Weird Tales, o sea, Cuentos de lo extraño, aunque también vale la traducción de weird por bizarro, sobrenatural, raro (queer, término de moda para definir por ejemplo una sexualidad ambigua, que renuncia a las etiquetas). David Roas explica en su ensayo Tras los límites de lo real, cómo tras el desencantamiento burgúes e ilustrado del mundo, el sentido de lo fantástico y sobrenatural se refugió en la literatura. 

Estas y otras ideas las recoge o me las sugiere Cayetano Aranda Torres en su exhaustivo estudio sobre Poe: Una lectura filosófica de E. A. Poe (Editorial Círculo Rojo, 2015). Como ahí se dice, Poe desde luego fue algo más que un fiel heredero de la tradición romántica europea. Fue también –como reconoció sobre todo Baudelaire- el precursor de una nueva estética de la que yo mamé muy joven..., ¡fue el traducido autor de mi primer libro, el primero que compré con mis dineros allá por mis soñadoras soledades de adolescente!: Las aventuras de Arthur Gordon Pym...

Poe, por asignarle una primera excelencia solidaria, reconoció –como Ambrosio Bierce, otro norteamericano literariamente "maldito"- quienes iban a ser las víctimas de una sociedad que todo lo sacrificará en aras del triunfo económico, a la vez que cantaba la crónica de su propia autodestrucción vital, más como “apocalíptico” que como “integrado” en el nuevo orden.

Escritor vigoroso y profundo, Poe nos pinta el devenir de seres singulares (omnia praeclara rara!), fantasmas de la melancolía, en historias con un fin sorprendente que cuestiona el orden natural del mundo, y Cayetano le supone –al menos en cierto sentido- legítimo heredero tanto de la catarsis aristotélica como de la sublimidad idealista. Maestro de lo siniestro (en griego, deinón), del espanto terrible que provoca que lo amistoso se vuelva enemigo, que lo familiar extrañe, que lo querido se vuelva odioso, la magia de Poe está precisamente en ese volver verosímil lo increíble, en ese convertir lo fantástico en real y lo imaginario en cotidiano. Su arte desarma nuestros mecanismos de defensa contra lo irracional, igual que el cuervo posa su recalcitrante Nevermore! sobre la cabeza de la diosa de la moderación y la prudencia: Sagrada Virgen Atenea.

Sí, ciertamente la escritura resultó, para esta alma atormentada y lúcida, poderosa expresión de un síndrome de melancolía, angustia y desesperación, un conjuro contra los propios demonios, una estrategia para no dimitir del deseo, un resucitar en el pensamiento de (genitivo subjetivo y objetivo) la amada muerta. Poe fundó una estética de la ausencia, de lo perdido que nunca retorna, de lo humano que ya no es sino resto mortal emparedado, dentro de una mazmorra o de un féretro y, en fin, una poética de la incertidumbre, de nuestra problemática conciliación con la muerte. Y Cayetano se empeña con razonables motivos en demostrar que fue también un filósofo “en grado sumo”.

Su narrativa se ocupa de fenómenos que escapan al conocimiento metódico de la ciencia normal, pero sin recurrir a procedimientos místicos ni taumatúrgicos, sin renunciar al racionalismo hasta allí donde la razón ya no tiene nada que hacer, hasta su límite explicativo, o hasta el reconocimiento de que las abstracciones resultan impotentes para afrontar el misterio de la realidad, su diversidad incoherente, pues coherente del todo sólo es la identidad del Uno con el Uno, como intuyó Plotino. Se trata de una original simbiosis entre lo misterioso y el imperativo ilustrado de dar cuenta y razón de ello, aun desde el sentido común. Aunque la voluntad quiera reducir las cualidades a objetos, el entendimiento es sensible a efectos sutiles e inmateriales; tales son las Ideas, entre las cuales Belleza ocupa un lugar privilegiado. Todo el romanticismo tardío (incluyo a Nietzsche) es un esteticismo, una exaltación de ese esplendor que no sólo encontramos en el Cielo, sino, muchas veces, y por desgracia ética que no estética, en las simas profundas del Océano o en los calabozos del Infierno. Aunque la construyamos con el intelecto, la belleza no es un mero invento, sino un efecto real del dinamismo cognoscitivo, un efecto tanto de lo terrible como de lo hermoso. “¡Espíritu que moras allí donde,/ en el profundo cielo/ …lo terrible y hermoso / en belleza compiten!”, escribe Poe.

Cayetano desmenuza la cosmogonía poética de Poe, tan cercana en muchos aspectos a la metafísica de los presocráticos, o a la interpretación que hemos venido haciendo de ella desde el romanticismo tardío, con ese descubrimiento de la máxima consistencia del origen, del poder absoluto del arcano primigenio (arjé, αρχή), con la tensión natural que impone hacia la simetría, la vuelta originaria y circular al uno indiferenciado… Si la vida -como suponía H. Spencer- es un proceso de diversificación creciente, de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo heterogéneo, la muerte es un proceso inverso, una gravitación que fuerza a lo diverso a sucumbir y retornar a lo primitivo-primordial, a ese unus que reúne lo versum: la unidad de la diversidad.

Los admiradores y fans de Poe encontrarán en esta obra un tapiz finamente elaborado con los grandes temas de la literatura del bostoniano: la extraña y entraña de la belleza femenina, la excentricidad romántica, su morbosa o tétrica nocturnidad, el sublime regusto del horror, la penumbra que invita a la reflexión, la analogía –tan amada por los surrealistas- entre lo material y lo inmaterial, lo físico y lo metafísico y, en fin, la domesticación artística y sublime de lo bizarro, lo terrible, lo espantoso, lo siniestro...

La obra incluye sendas versiones de un cuento de Poe y su famoso poema El cuervo, un capítulo de su relación con el cine y una cuidada bibliografía. 

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07/12/2016 13:35 José Biedma López Enlace permanente. Filosofía general No hay comentarios. Comentar.

CUANDO ARDEN LOS LIBROS

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En 1947, Ray Bradbury era un desconocido. Escribió un relato que fue rechazado por varias revistas. Su título, Bright Phoenix (Fénix brillante). Tuvo que esperar a 1963 para que apareciese en un número de Fantasy & Science Fiction que le estuvo dedicado.

Fénix brillante es el germen de una extraordinaria novela de 1953, que dará pie a una excelente película de François Truffaut estrenada en 1966 y protagonizada por Oskar Werner, Julie Christie (en el papel de una Clarisse de la que me enamoré sin remisión) y Cyril Cusack. El título de la novela de Bradbury, Fahrenheit 451, alude a la temperatura a que arden los libros.

Y de eso va la historia. Una distopía futura en la que los bomberos se dedican a quemar libros porque, según el totalitario gobierno, leer impide ser felices a los ciudadanos ya que les llena de angustia, pues al leer los hombres se muestran disconformes con sus rutinas y cuestionan su realidad.

La resistencia está formada por los hombres-libro, que viven apartados y conservan en su memoria las grandes obras maestras de la literatura universal. Algunos críticos consideran Fahrenheit 451 como una novela filosófica. Es también una advertencia profética. La destrucción de libros no cesa y ha sido una constante a lo largo de la historia, especialmente cuando la barbarie pugna por ocupar el trono decadente de una civilización que se derrumba. Recordemos la gran biblioteca de Alejandría que conservaba los tesoros de la civilización antigua. Tras distintos accidentes fue saqueada por los árabes. También los cristianos se han entregado a esta práctica salvaje. El Indéx librorum prohibitorum fue un incinerador de libros virtual. Y los nazis -es bien sabido- incurrieron también en un bibliocausto.

Según las estimaciones más optimistas, el setenta y cinco por ciento de toda la literatura, filosofía y ciencia griega antigua se perdió. Tenemos los nombres de centenares de historiadores griegos, pero apenas poseemos las obras de tres de ellos del periodo clásico y algunas más pertenecientes a tiempos posteriores. Sólo conservamos siete de las noventa obras que escribió Esquilo. De las ciento veinte piezas dramáticas que se atribuyen a Sófocles sólo nos han llegado enteras siete tragedias y parte de un drama satírico (Los rastreadores). Eurípides, el tercero de los grandes trágicos griegos, debió de escribir cerca de noventa obras; de las cuales sólo nos han llegado dieciocho enteras. De los grandes sofistas conservamos bien poco; de filósofos de la talla de Epicuro o del primer estoicismo, casi nada…

Tiemblo pensando qué harían con nuestras bibliotecas –en papel o digitales- los salvajes que han hecho todo lo posible por acabar con los restos arqueológicos de aquella bella ciudad de la civilización helenística (madre del cristianismo) que fue Palmira. Fue precisamente cerca de Alepo, la ciudad que sufre hoy terribles bombardeos y toda la miseria de la guerra, donde los arqueólogos encontraron los primeros diccionarios bilingües escritos hacia el 2500 a. C.

Desde hace 55 siglos se escriben libros, ya nacieran en Egipto o en Mesopotamia como tablillas de arcilla, y luego rollos de papiro, piedras grabadas, placas de plomo, tomos de papel, archivos electrónicos de texto... Y desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes por distintos y desconocidos motivos. El inicio de la civilización, de la escritura y de los libros, es también el comienzo de las primeras destrucciones de libros. Lo cierto es que los libros no son destruidos como objetos físicos sino como vínculos de la memoria. Los biblioclastas son memoricidas, dogmáticos que se aferran a una concepción del mundo uniforme, irrefutable, acrítica, atemporal, simple y expresada como actualidad no corruptible. Destruyen en nombre de lo sagrado, a veces de un único libro sagrado.

Es un error atribuir las destrucciones siempre a la ignorancia fanática. Sin embargo -escribe Fernándo Báez[1]- cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión de mitos apocalípticos. Limpiar la memoria, purificarla con fuego es condición de un nuevo renacer. Descartes –tan seguro de su método- pidió una vez a sus lectores quemar los libros antiguos. El jovial David Hume no vaciló en exigir la supresión de todos los libros de metafísica. Lo futuristas en 1910 publicaron un manifiesto en que pedían acabar con todas las bibliotecas. Nabokov quemó un Quijote en el Memorial Hall ante más de seiscientos alumnos, y Martín Heidegger sacó de su biblioteca los libros de Edmund Husserl para que sus estudiantes de filosofía los quemaran en 1933. De los libros desaparecidos, se calcula que sólo un 40% se perdieron por causas naturales, el 60% restante ardió por voluntad humana.

El cuento de Bradbury Fénix brillante contiene en esencia la idea de su gran novela, y resulta memorable, aunque sólo sea por la frase que pronuncia el jefe de los bomberos libricidas:

 “¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente como ahora quemo libros?”

 Ya lo dejó escrito antes Heinrich Heine: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres” (Almansor, 1821).

El narrador es el bibliotecario que frente a la actitud fanática e iracunda del bombero censor muestra una serena voluntad estoica, la del que tiene un plan B para salvar la cultura. Así describe –como un Borges- su mundo ilustrado:

“Siempre había considerado mi biblioteca como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas… He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad”

Me resulta interesante añadir a esta breve reseña los autores cuyos nombres cita Bradbury en su cuento de 1947, tal vez como homenaje a la importancia que pudieron tener en su temprana formación estética: Demóstenes, Ismael, Keats, Platón, Einstein, Shakespeare, Lincoln, Poe, Freud, Isaías, Sócrates (que, como Jesús, no escribió nada).

 


[1] Historia universal de la destrucción de libros, Destino, Barcelona 2004.

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19/09/2016 20:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

HOMBRE MENGUANTE

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Alegorías de Richard Matheson

En 1954 apareció su ya clásica novela Soy leyenda, una original historia en la que el mundo sufre una pandemia de vampirismo y un solo hombre debe enfrentarse a ella. Al final, una vampira mutante ejerce también de vampiresa y engaña al protagonista Robert Neville, que sucumbe víctima de una nueva raza vampírica que dominará la tierra.

Al final de la novela Neville se sentirá ya como un monstruo, como un normal, rodeado como está por todos sitios por esta especie nueva especie dominante. Antes de ser sacrificado, al protagonista le quedará al menos el consuelo de quedar en la memoria histórica de los vampiros como el último hombre, ¡será leyenda!, de ahí el título original I Am Legend[1]. La obra no deja de animar al lector con su suspense, y de sorprenderlo con giros imprevistos del argumento.

Las escenas del protagonista tratando de combatir su soledad haciéndose con la confianza de un perro resultan entrañables.

Por un lado, es interesante el esfuerzo del protagonista por racionalizar lo que está sucediendo. Consigue un microscopio y descubre la raíz vírica de la pandemia vampírica. Intenta explicarse la invisibilidad subjetiva de los vampiros en los espejos, su asco al ajo o su temor a las cruces.

“¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?”.

Un vampiro judío se mostraría indiferente ante la cruz (tal es el caso de la vampiresa que seduce y engaña al protagonista) y reaccionaría negativamente ante el sello de Salomón, la estrella de David o el candelabro de siete brazos.

Y de otro lado, resulta también interesante cómo el autor consigue hacer verosímil lo increíble, el mismo protagonista reflexiona sobre su experiencia sorprendiéndose de lo fácil que nuestro siquismo hace ordinario lo extraordinario, por habituación. Y tal vez sea este el caso de nuestra realidad cotidiana, que sólo maravilla a las mentalidades filosóficas y científicas, pero cuyos milagros, empezando por la gravedad, dejan del todo indiferente al común de los mortales. Incluso “un horror acumulado termina por convertirse en costumbre”.

Al parecer, Soy leyenda no ha suscitado importantes versiones cinematográficas, sino más bien chapuceras, aunque tal vez merezca una buena.

 ***

 En el relato Desde lugares sombríos, Matheson se centra en el caso de un neoyorquino joven que sufre alucinaciones terribles tras haber sido maldecido y hechizado por un brujo zulú cuando viajaba con su mujer por África.

El autor pinta la excitante escena de una afroamericana, la doctora Lurice Howell, inteligente profesora de antropología, culta y civilizada, ejerciendo de bruja ngombo y practicando semidesnuda un complejo ritual de magia ju-ju. Con la inestimable ayuda de un afrodisíaco, entra tras el frenesí de una danza zulú en un éxtasis báquico de celo salvaje.

El punto de vista racional del narrador -padre de la mujer y de Peter y suegro por tanto de la víctima del hechizo- da verosimilitud al cuento. Las magníficas descripciones de Matheson otorgan un enorme poder sugestivo a las creencias exóticas y un notable interés erótico a toda la escena. Allí Lurice aparece como una diosa pagana que redime de sus obsesiones al marido de una amiga neoyorkina mediante un rito ancestral.

 Acero es un relato bastante patético. Dos pobres diablos intentan salir adelante haciendo combatir a un robot anticuado. Este falla más que una escopeta de corchos, se les estropea antes del combate, y uno de los socios se hace pasar por máquina para sufrir casi hasta la muerte contra un modelo mecánico más evolucionado.

La misma idea de disfrazarse de máquina para sobrevivir resulta metafísicamente tan sugerente como éticamente repulsiva. Y sin embargo, en nuestra tecno-civilización, ser un “maquinón” o actuar como un “maquinón” empieza a ser considerado como algo moralmente bueno.

 En Nacido de hombre y de mujer, Matheson asume la perspectiva de un monstruo infantil, al que sus progenitores mantienen encadenado y que acaba concibiendo vengarse de los mismos:

 “Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para debajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo…”.

 En 1957 Richard Matheson adaptó para el cine su novela El hombre menguante, de la que resultó una película de culto: El increíble hombre menguante. Aún recuerdo la viva impresión que me causó en mi más tierna infancia.

Todos estos relatos del maestro de la ciencia ficción y la literatura fantástica pueden desde luego interpretarse como advertencias respecto a la pérdida de valor de la condición humana. Las filosofías postmodernas no han hecho -en algunos y famosos casos- sino dotar de aparente justificación al antihumanismo, al desprecio por el sujeto personal. Hombres menguados.

 

 



[1] He leído la traducción de Jaime Bellavista para Minotauro, Buenos Aires, 1971.

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17/09/2016 14:26 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

ORINAL FLORIDO

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‘Quae nocent docent’

 

“El lado oscuro de la tierra” es el título de una colección de cuentos de Alfred Bester, periodista y escritor fallecido en 1987. Este neoyorquino obtuvo el primer premio Hugo en 1953 por El Hombre demolido. La novela La estrellas, mi destino, publicada a continuación, está considerada uno de los hitos de la ciencia ficción.

The Dark Side of the Earth (1964) recopila una serie de relatos que pienso destripar a continuación. Así que el lector que desee leerlos y tenga tiempo para ello, haría bien en abandonar aquí la lectura de este post. Al que ya los leyó puede serle grato rememorar su argumento o comparar su memoria con la mía.

En El tiempo es el traidor se cuenta la historia de un tipo John Strapp, que se ha hecho megarrico y superpoderoso cobrando una millonada con su capacidad para tomar decisiones acertadas en un ochenta y siete por ciento en un mundo de dimensiones galácticas y sumamente complejo. Tiene una doble personalidad –como Jekyll y Hyde- a causa del trauma de haber perdido tempranamente a su novia. Un amigo consigue resucitarla, pero entonces ella, tan joven como cuando fue asesinada, no le reconoce porque Strapp ha envejecido, de ahí la traición del tiempo.

En realidad, como en otros relatos de Bester, el argumento es un pretexto para construir a grandes brochazos un mundo delirante, repleto de humor negro y personajes estrafalarios que más parecen esperpénticas marionetas que verdaderas criaturas de carne y hueso.

En Los hombres que asesinaron a Mahoma, Bester también refiere a una de sus obsesiones: el tiempo. En este relato, quienes intentan cambiar el presente viajando al pasado no lo consiguen, pues el tiempo de cada vida resulta ser como un largo y exclusivo espagueti, que hunde su raíz en el pasado. Cada cual tiene una línea de tiempo personal, subjetiva, privada. No hay ningún continuum universal, por lo que nadie puede viajar en el tiempo de otro y modificarlo. El pasado es como la memoria; si lo borramos, simplemente dejamos de existir. O pasamos a ser fantasmas, sombras.

En Fuera de este mundo, Bester juega con la paradoja de una equivocación telefónica que resulta ser una llamada desde otra dimensión temporal. Son graciosas sus alusiones a la infidelidad masculina. El protagonista intenta con éxito ligar con la persona que ha marcado su número por error, hasta que acaba comprobando que se trata de una interferencia de otro tiempo.

El Hombre Pi es un Compensador, padece empatía con la estabilidad o inestabilidad del cosmos, de modo que sus actos, bondadosos o malvados, compensan automáticamente los desajustes entre el bien y el mal. Es otro de los temas recurrentes de Bester, lo paranormal y parapsicológico. Hemos sacado de este cuento el lema que adorna la entrada: “Lo que duele enseña”.

El orinal florido juega con el extraordinario valor que cobran los objetos domésticos más vulgares, una tostadora, un orinal, un ventilador del siglo XX... como tesoros arqueológicos en un mundo futuro, postapocalíptico y organizado como un espectáculo de Hollywood, un mundo completamente kitsch, en el que todo el mundo se llama como las grandes figuras del cine de los sesenta del siglo pasado, recreando en sus vidas postizas los ambientes de los films más famosos. Resulta muy original esta especie de revalorización de la realidad (o virtualidad) del XX, respecto a la cual la futuriza que se plantea sería una copia de la copia, una representación de la representación, particularmente ridícula y amanerada.

¿Quiere usted esperar? Es un kafkiano relato sobre la imposibilidad de suscribir un pacto con el Diablo en un mundo en el que este ha dejado de ser una celebridad y no es más que el ejecutivo superior, y casi inasequible, de una gran empresa multinacional. Uno acaba sintiendo ternura por el protagonista, tan desesperado que está dispuesto a vender su alma por un poco de felicidad terrenal, pero que se estrella contra un muro de papel y triquiñuelas leguleyas que lo único que buscan es estafarle y que entregue su alma a cambio de nada.

Su vida ya no es como antes: es una divertida e inocente historia con final feliz entre el último hombre y la última mujer en un Nueva York que se desmorona. Al final, dos enormes cabezas de mantis asoman sus temibles fauces por entre los escombros.

 

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02/09/2016 13:42 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

JONÁS, PROFETA DESOBEDIENTE

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                                                 Para Magüy

Estimulado por el insólito final de una película recomendable, Clamando al cielo ("Commandments", Daniel Taplitz, 1996), y que recoge el símbolo del hombre tragado y devuelto por el gran pez, he descubierto la originalidad y el encanto del libro bíblico de Jonás. Más que un libro profético es una historia fantástica, irónica y benevolente. La traducción más literal de la película de Taplitz debiera haber sido tal vez "Mandamientos", pero parece que hoy nos da más vergüenza emplear los términos morales o religiosos que los tacos más salaces. Tampoco el pudor escapa a los rigores del tiempo. La vergüenza no se pierde, pero sí cambia aquello por lo que nos avergonzamos.

En los frescos de la sacristía del Hospital de Santiago de Úbeda, los profetas menores están representados por Jonás y Eliseo. En su interpretación del fresco, Joaquín Montes Bardo nos recuerda que el episodio  es una alusión al propio Cristo, imagen de su resurrección: Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches (Mat. 12, 40). La Biblia de los pobres también asociaba el Descendimiento de Cristo con Jonás y la ballena, y su Resurrección con el mismo profeta vomitado por el cetáceo (El Hospital de Santiago en Úbeda: Arte, Mentalidad y Culto).

Leyendo el libro de Jonás da la impresión de que faltan partes. Los saltos son abruptos, como si se tratara del resumen de un relato mayor. Los eruditos sitúan la composición de esta obra hacia el siglo V a. C. Cuenta la historia de un profeta desobediente. El pobre Jonás no desea aceptar el encarguito que le hace el Todopoderoso: convertir a los de Nínive, y huye de su misión profética a Tarsis. Jonás no quiere ejercer de profeta ni arrastrado, ni cobrando. Carece sin más de aptitudes para hacer de profeta, por más que Yavé elija imponerle esta dura e ingrata profesión. Nada escapa a la ira de Yavé, nada puede sustraerse a su voluntad impunemente...

Mientras un gran viento se desencadena sobre el mar y los marineros, gentiles, invocan cada uno a su dios, resulta que Jonás está roncando en la panza de la nave, sobando en el fondo del barco. Esto molesta a los devotos paganos, pasmados ante semejante indiferencia. Jonás no parece muy temeroso de perder la vida. Pasa de la vida, precisamente porque se le ha arrojado a una corriente que no le va. Él mismo les propone a sus compañeros de dramática travesía que le tiren por la borda. Está claro que está gafado por no tener vocación de profeta o por no asumir la "vocación" que se le impone.

Aquellos gentiles, aunque no creyesen en Yavé, eran buena gente. No querían verter sangre inocente. Sin embargo, incapaces de ganar la costa, y convencidos de la culpa del prófugo, acaban tirando a Jonás al mar. Inmediatamente, las olas calmaron  su furia.

Fue entonces cuando Dios dispuso que un gran pez se tragase a Jonás. En el vientre del monstruo, como el carpintero Gepetto, pasó Jonás tres días y tres noches. El vientre de la ballena -dicen los exégetas- representa el Reino de la muerte. Pero ni la muerte quiere a Jonás, se le atraganta al monstruo y el gran bicho le vomita en tierra.

Profeta a la fuerza, marcha por fin a Nínive (una ciudad tan grande que hacían falta tres días -precisamente tres- para recorrerla) y convierte a sus paisanos amenazándoles con el fin del mundo en cuarenta días. A todo esto, el Dios de Jonás es tan pintoresco como su profeta, pues, vistas las sinceras pruebas de arrepentimiento de los ninivitas, Él mismo se arrepiente de haberse propuesto la destrucción de la ciudad. "Y no lo hizo".

Lo cual irrita a Jonás sobremanera, irritación esta que deja al lector -o por lo menos a mí me dejó- estupefacto. ¿Por qué se disgustó tanto Jonás por que Dios no destruyera la ciudad? Pues tal vez porque había predicho que Nínive sería destruida en cuarenta días y ahora su Dios le iba a dejar, como adivino, a la altura de unas zapatillas rusas (de después de la perestroika), y como profeta, totalmente desacreditado. "Vaya un pedagogo que es mi Dios -pensaría tal vez Jonás-; amenaza con un castigo y luego no cumple". Debía sentirse Jonás como tantos profesores que, en lugar de verse respaldados por las autoridades académicas, se bajan los pantalones ante cualquier reclamación, por injusta que fuere, a la primera de cambio. 

No obstante, parece ser que Jonás ya sabía que Yavé es más misericordioso que colérico, más clemente que vengativo. Fue por eso precisamente -según dice- por lo que se apresuró en huir a Tarsis. Ahora, cuando le suplica  a Dios mismo que le dé la muerte, Yahveh le llama al orden, le anima a que no pierda la calma: "¿Te parece bien irritarte?".

Pues sí: Jonás estaba más cabreado que su colega Jeremías. Sale de la ciudad, se hace una cabaña y se sienta  a ver qué hace Dios con la dichosa o maldita ciudad. Los prodigios de Yavé se precipitan... Hace crecer una planta de ricino por encima de Jonás "para dar sombra a su cabeza y librarle así de su mal". Una terapia de choque, diríamos hoy. Contra la mala leche, ¡toma ricino! Pero los designios de Dios son inescrutables, ¡o surrealistas! Quiero decir que están más allá de la capacidad humana de comprensión. Ahora que Jonás se había puesto contento a la sombrica del ricino y ahora que se le había pasado el disgusto por no poder darse el gusto de ver a los ninivitas ardiendo, churrascados vivos, y renegando de sus falsos ídolos, "al rallar el alba, Yavé mandó a un gusano, y el gusano picó al ricino, que se secó". ¿Será ese el gusanillo que dicen matar algunos paisanos míos con copas de aguardiente desde que amanece?...

El caso fue que no contento con dejar a su profeta sin sombra, manda Dios un viento solano que hiere la cabeza de Jonás provocándole un desvanecimiento. Harto de los caprichos del Altísimo -donde dije “destruyo” ahora digo “construyo”- y fastidiado por tantas jugarretas (al contrario que el santo Job), Jonás se desea otra vez la muerte.

       Y Yavé dice:

       «Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?»

Obsérvese como las divinas palabras rezuman dulce y benévola ironía. La solicitud de Dios no sólo se extiende a los animales, sino también, incluso, a los idiotas.

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23/07/2016 09:57 José Biedma López Enlace permanente. Cine No hay comentarios. Comentar.


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