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El amor loco

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“No niego que el amor no ande en discusiones con la vida. Digo que debe vencer y por eso debe elevarse a tal consciencia poética de sí mismo, que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria”

André Breton. El amor loco, VII

 El centro asociado “Andrés de Vandelvira” de la UNED (Úbeda-Jaén) ha publicado mi traducción de L’amour fou de André Breton (1937) como homenaje póstumo al profesor Luis María Diosdado, que puso exquisito y tenaz cuidado en corregírmela.

La obra, publicada en 1937, pertenece a un género inclasificable, pues mezcla sin solución de continuidad autobiografía, poesía, estética, crítica, crónica histórica, epistemología, psicoanálisis, filosofía, mántica…, y concluye con una emocionada epístola que Breton destina al porvenir de su hija Alba.

Después del ateísmo filantrópico del XIX, asumiéndolo, y en medio del nihilismo materialista e inhumano del XX, con el que discute, el gran líder del surrealismo hizo un meritorio esfuerzo por devolver al mundo su encanto, entre dos guerras mundiales, buceando en los misterios psicofísicos del deseo, en los anhelos del cuerpo pero también en las infinitas aspiraciones del espíritu; nadando desnudo en la belleza convulsa de la naturaleza, en las frías aristas del cristal o en el secreto escondido en los capullos de la vida, en el corazón de las plantas, y recogidos y expresados también en las vanguardias del arte.

Comienza proponiendo un concepto convulsivo de belleza: erótica-velada, estallante-fija, mágica-circunstancial. Breton busca una síntesis entre la mística romántica del amor y su negación. Defiende el amor personal, monógamo, refutando a quienes en nombre del marxismo, tergiversándolo, proponen su asilvestramiento.

A fines de los años veinte, los jóvenes de París aplaudían su intención de enriquecer la sensibilidad y el conocimiento con una nueva poética que tenía mucho de liturgia esotérica. Y en mitad de los dos nuevos monstruos que crecían a diestro y siniestro, fascismo y comunismo, Breton mantuvo una actitud irreductible, reconociendo no obstante la necesidad de reformas sociales y solidarizándose sobre todo con la defensa de la libertad.

En L’amour fou he encontrado una firme reivindicación de la imaginación al lado de una capacidad para el análisis racional en la línea de la mejor tradición cartesiana. La imaginación es el sentido de lo maravilloso que no sólo está en el origen de la poesía, sino también en la raíz misma de toda filosofía y toda ciencia. Frente a la sordidez del realismo, el surrealismo supuso una estética alternativa, capaz de sublimar y hallar belleza en nombre del poder incontestable y misterioso del deseo.

En la obra se escruta el sentido de los hallazgos aparentemente fortuitos, de objetos que cobran un sentido especial para el artista, o se explora el valor de los encuentros cruciales, tras esas esperas iluminadas por "la canción de centinela" del poeta: esos trueques misteriosos entre lo corporal y lo mental, lo físico y lo metafísico, el azar y la necesidad.

Alude a lo que revela la emoción, ya que la emoción especial de cada encuentro significativo nos informa –según Breton- de un aspecto esencial de nuestra existencia. En este sentido, en el corazón de la obra nos describe su encuentro con Jacqueline Lamba que tuvo lugar el 29 de mayo de 1934. De esa felicísima unión nacería Alba a finales de 1935, a la que dedica la conmovedora carta del último capítulo del libro.

Para el lector español la obra tiene un valor añadido, al incluir el viaje que realizó con su amor a Tenerife, la extraordinaria descripción de su paisaje y su extraña y exótica vegetación, que representa para el poeta un paradigma de lo que busca como belleza.

También hay lugar para "el mal rollo" conyugal, que en el capítulo VI Breton asocia a las “malas vibraciones” que contagian a los amantes, como las inquietantes sombras de un delirio criminal que subsisten en un fuerte, un viejo caserón y una playa inhóspita, a causa de un antiguo uxoricidio, cuyos motivos psicológicos y detalles el autor nos despeja.

Los amantes del arte descubrirán en las páginas de El amor loco la gestación de una obra muy celebrada de Giacometti, y agudas alusiones a Lautréamont, Valéry, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé…, a la pintura de Gustav Moreau, Picasso, Arp, Dalí…, o a las ocurrencias de Max Ernst. El librillo está ilustrado con fotografías de Man Ray o Bassaï, escogidas por el propio autor.

Obra sugerente, valiente, alucinante, compleja y singular, cuya portada ilustra un enigmático cuadro de René Magritte, Le Domaine enchanté, como símbolo del eterno femenino, esa diosa ideal y amada sobrenatural que constituye el norte del artista, que lo espera todo del amor.

Acompaño esta edición de El amor loco (Úbeda, 2016) de seis breves comentarios que aspiran a situar la obra en su contexto, aclarando y profundizando su contenido, del cual señalo como principal esta llamada enérgica a la espera del amor:

“Los hombres desesperan estúpidamente del amor –también yo he desesperado-, viven esclavizados por esta idea de que el amor está siempre detrás de ellos, nunca delante: en los siglos pasados, en la mentira olvidada a los veinte años. Aceptan y sobretodo se resignan a admitir que el amor no sea para ellos, con su cortejo de claridades, esa mirada sobre el mundo que está hecha con todos los ojos de los adivinos. Cojean con recuerdos falaces en los que llegan a prestar oídos al origen de una caída inmemorial, para no sentirse demasiado culpables. Sin embargo, para cada uno la promesa de cualquier hora futura contiene todo el secreto de la vida, con el poderío de revelarse un día ocasionalmente en cualquier otro ser” (El amor loco, IV).

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01/07/2016 08:23 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

HUMANISMO NARCISISTA

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Manuel Calvo (Sevilla 1972) es un joven valiente. Ha escrito un ameno libro con el espectacular título (ahora todo es "espectacular", incluso el cesped de los estadios):Del superhombre a Dios. Filosofía para la felicidad (o viceversa, dependiendo de si miramos la portada o la primera página), Almuzara 2016.

¿Un libro valiente, o tal vez temerario? Me lo topé en el anaquel de los libros de autoayuda en la librería de El Corte Inglés de Granada, donde me había refugiado en una tarde de calor y boda. ¡Injusto lugar para un animoso libro de introducción a la filosofía práctica!

Manuel Pimentel Siles introduce el ensayo. Y eso no deja de ser una casualidad de esas que encantaban a los surrealistas porque hallaban en sus azares significativas revelaciones sobre el insondable fondo de sus almas. La casualidad es que a finales de la primavera me topé con un libro de Manuel Pimentel de la misma editorial (Almuzara), tan ilustrado como ameno sobre las Leyendas de Tartessos en el almacén de un amigo, antiguo editor (El Olivo). 

Como me fascinan las culturas antiguas del Mediterráneo, lo devoré en un periquete. También he devorado en un par de sentadas el libro de Manuel Calvo, lo que confirma que no se cae de las manos ni exige un gran esfuerzo, lo cual confirma mi sospecha de que es un excelente profesor, capaz de hacerse entender con facilidad y gusto por su alumnado.

Para su propuesta moral, vagamente ética, se inspira en los clásicos de la filosofía: Parménides, Platón, Aristóteles, Hegel, Sartre, Ortega, pero también en Homero, más en concreto en el concepto de héroe homérico, pero sobre todo en ese sofista, poeta y profeta, que conquistó por igual el corazón de nazis y ácratas, y que ha acabado por integrarse con naturalidad en los manuales de historia de la filosofía, me refiero a Nietzsche, quien postuló la santidad de la Tierra y de la Vida, viendo en la Voluntad de Poder su genuina y trágica esencia.

Manuel parte de una cosmología congruente con la astrofísica actual, la de la "Gran Explosión", admitiendo la sorprendente maravilla (o "milagro" en sentido etimológico) de que de lo inerte proceda lo vivo, y de lo vivo emerja lo consciente; o ese otro prodigio, del todo inimaginable, de que, según Feynman, un sistema físico no sólo tenga una historia, esto es, no sólo sucedan en él eventos en un sentido espacio-temporal, sino que contenga también todas las historias posibles. Que pueda existir algo como un agujero negro, en que no pase el tiempo, ya resulta bastante increíble...

Manuel Calvo admite igualmente que no solo de pan vive el hombre. O sea, que para ser felices necesitamos algo más que salud, dinero y amor. El arranque del libro puede ser muy útil desde el punto de vista de la didáctica de la filosofía en las enseñanzas medias. Alude a encuestas que practica con sus alumnos y a las discusiones que, con la intención de ampliar sus horizontes vitales, pueden generarse a partir de ellas."Nuestro dinero -explica- no es más que una forma refinada y sutil de tener todo aquello que un animal desearía".

En la dilucidación del concepto de felicidad, se parte del sabio Estagirita: "la felicidad no es sino lograr realizar la propia naturaleza, actualizar nuestras propias potencialidades". Y está claro que los humanos, además de los consabidos bienes: salud, dinero y amor, también deseamos -o deberíamos desear- virtud, sabiduría y sensibilidad. Pone énfasis como aquél en la práctica, en los hábitos saludables.

Se muestra el autor sutil cuando describe la influencia de Kant en las posiciones de Hawking respecto a la idea de Dios o el destino del alma. O cuando describe el Big-Bang, no como un estado físico, sino como un postulado teórico, hipotético, ideal... "Algo más cercano al mundo inteligible de Platón que al mundo sensible defendido por Hawking".

Tras referir con elocuencia al portento que es la vida, el autor explica la emergencia de la conciencia desde el concepto de antipatía. Me ha sorprendido que afirme categóricamente que sea la antipatía la que nos hace humanos, pues opina es la antipatía lo que nos lleva al "egoísmo" (de ego), al egoísmo de decir "yo", a esesaberse siendo y pensando que es propio de la conciencia reflexionante. Así, el ser humano pudo romper "la triste simpatía animal" con el entorno para enfrentarse conscientemente a su circunstancia.

Por lo tanto el ser humano cometió la proeza original (no el pecado) de distinguirse del medio físico en que vivía adquiriendo una particular dignidad. Esa particular distancia que nos permite hacer de la realidad, incluida la realidad que somos, objeto de conocimiento y deleite estético.

Ni por asomo una antropología tan optimista como la de Manuel Calvo tendrá en cuenta el papel del dolor y la frustración en el surgimiento de la compasión y la conciencia. Soslaya igualmente la íntima relación entre el origen del lenguaje y autoconciencia.

La sombra del vitalismo nietzscheano y el existencialismo sartriano planean sobre toda la segunda parte de la obra: La apología del formidable y valeroso héroe homérico; la simple y alegórica epistemología nietzscheana, tan fantástica, del camello, el león y el niño; la apoteosis de la voluntad de poderío como afán de superación y realización de nuestras dispopsiciones naturales; la libertad sin más límites que la libertad ajena (autonomía kantiana hipertrofiada).

Todo eso está muy bien, si esta voluntad de poderío (prefiero esta traducción de der Wille zur Macht) se interpreta como voluntad de empoderamiento, emprendimiento y libertad. Pero es preciso hacer juegos malabares para hacer del vitalismo nietzscheano un principio ético inocuo, bondadoso, decente o, si quiera, útil.

¿Cómo evitar que este niño que balbucea una nueva moral, desde la voluntad inalienable de desplegar todas sus potencialidades egoístas, tras haberse sacudido tradición, autoridad y ley, cual magnífico león, se convierta en un esteta que asesina por aburrimiento o capricho (cfr. La Soga de Hitchcock)?

Nos libraremos, como Epicuro, del miedo a los dioses, a la muerte y a la propia vida, libres de todo sentimiento de culpa, valientes como Odiseo, pero entonces, ¿no nos entregaremos al libertinaje más autodestructivo y animalesco?

Manuel Calvo hace un valiente alegato a favor de las gracias de Lucifer, "el ángel encargado de llevar la luz", reescribiendo la venerable mitología semita como si Lucifer fuera su auténtico Prometeo, facilitándoles a los hombres el alimento precioso del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, la fruta prohibida: placeres, verdades, sabiduría. En este nuevo imaginario que se nos propone, sacrificio, sufrimiento y penitencia pasan a ser tan reprobables como despreciables. Aunque matiza: "El superhombre no es satánico, pues no adora ni siquiera a Lucifer". Entonces, ¿a quien adora el divinal superhombre de Manuel Calvo? A sí mismo. Porque él superhombre divinal es "el ojo de Dios". Nada hay ya sobre el hombre que no sea el poder propio y su ilusión por hacer cosas y emprender hazañas.

"Si Dios no existe, hay que inventarlo", escribió Voltaire, autor del Cándido. A quienes, como Manuel Calvo, exclaman, con toda candidez: ¡La vida es lo santo!, yo les propondría la lectura de un buen manual de parasitología, un paseo por un psiquiátrico, una tarde en un geriátrico, una caminata por cualquier jungla... Decir que la vida hay que disfrutarla es una trivialidad, pero la realidad es que muchos están privados de hacerlo, aún por naturaleza.

Al lado del héroe homérico que vuelve a casa y salda cuentas con los pretendientes de Penélope exterminándoles en un baño cruento de sangre, está el héroe trágico, aquel que, a pesar de su buena fe, acaba sacándose los ojos porque no quiere ver las fatídicas e inevitables consecuencias de sus actos. Quiero decir con esto que la naturaleza no es madre, sino madrastra, y que todo panteísmo peca de optimismo naturalista y, por tanto de optimismo antropológico.

Cuando Manuel Calvo parafrasea a Nietzsche diciendo de la culpa que es "ese veneno inoculado desde la infancia por los débiles que emponzoña las conciencias de la gente y las empuja por la senda de la infelicidad" (pg 135), tendría también que recordar que los mejores ejemplos de seres humanos sin sentimientos de culpa son ciertos psicópatas y asesinos en serie, y que precisamente porque somos libres somos culpables de lo que hacemos mal. Los excesos de valentía se pagan, muchas veces los pagan otros, no el "valiente". Como decía otro gran héroe trágico, Hamlet, es el miedo el que nos hace prudentes. La enfermedad, la muerte, la impotencia, el desamor..., son hechos temibles, y tan vitales como naturales. No temer lo que merece ser temido no es de cobardes, sino de imprudentes. Lo siento, pero tenía razón Platón: "el bien no es el placer", porque hay placeres crueles, perversos, injustos, indignos, o sea, malos. Lo cual, por supuesto, no significa que no sean buenos muchos placeres, y superiores -como reconoce el autor- los del espíritu.

Manuel Calvo nos llama al orgullo de postularnos como divinales. Eso no está mal, y nos halaga, lo que da poder de persuasión a cualquier retórica. A cambio nos pide que desterremos la humildad como una falsa virtud. Tal hicieron ya los averroístasleyendo muy fielmente a Aristóteles. En efecto, si humildad significa la disposición a ser humillado o la heteronomía y dependencia más rancia respecto a una autoridad cualquiera: la de una iglesia, la de un partido, la de una secta..., ¡pues qué duda cabe que la humildad es una falta de autoestima, y resulta despreciable! Pero reinvindicar un poco de modestia, al menos en mitad de esta cultura narcisista en la que cualquiera se cree dios, tampoco estaría mal. Es cierto que la autoestima -como ya viera Aristóteles, la filo-autía, está en el origen de la verdadera amistad (filía), pero estudios recientes han probado que el exceso de autoestima, la autoestima injustificada, o sea, el narcisismo, puede ser tan nefasto como su ausencia.

No todos tenemos madera de superhéroes. Ni falta que hace. De hecho, no quiero ni debo tener, ni por un momento, la actitud del héroe homérico. Aquiles monta en cólera porque Agamenón le roba a Briseida, puro botín de guerra. Y cuando muere su amado Patroclo, Aquiles manda sacrificar a un montón de prisioneros troyanos en la pila funeraria de su amigo. Odiseo es astuto como un zorro y no duda en mentir si le conviene. No se andaban con chiquitas los héroes homéricos cuando se trataba de imponer su "voluntad de poder".

Del natural, universal y estimable afán de superación, tan encomiable, a la voluntad de poder esteticista, nietzcheana, o narcisista, hay un largo trecho. Si negamos que el bien tenga algo que ver con sacrificarse y controlar los impulsos, entonces el crimen que deseamos está justificado, y no hay humano que no haya querido y podido alguna vez cometer un crimen. Sin ir más lejos, yo me sacrifico todos los días no soltándole a la cara a cierta vecina lo imbécil que me parece. Cierto, la humildad no puede ser fuente de todo valor moral, pero tampoco el orgullo y mucho menos la voluntad de poder. El orgullo de Aquiles causó miles de bajas, también entre sus próximos.

Es cierto que Manuel Calvo matiza el "orgullo de héroe" que nos propone: "un orgullo que no necesita necesariamente ser mostrado a los demás", un "orgullo anónimo". La verdad es que no sé muy bien qué orgullo sería ese que ni siquiera se muestra en las relaciones sociales. Su posición respecto a la voluntad de poder y el orgullo me recuerdan la falacia del falso escocés. Si achacamos a un cristiano los crímenes comentidos por el cristianismo, se defiende falazmente diciendo que no fue el cristianismo sino un falso cristianismo, un pseudocristianismo, quien los cometió; lo mismo con respecto al comunismo. La verdad es que hay en Nietzsche exageraciones que justifican una interpretación "de rebaño", una interpretación racista. Lo mismo que hay en San Pablo motivos para diseñar con su doctrina una iglesia machista, según el propio Manuel Calvo explica.

A pie de página, el autor reconoce que cuando Nietzsche refuta la metafísica tradicional propone en su lugar una nueva (poco racional por cierto y más bien mitográfica). Pero esta ontología metafísica de que "todo lo que existe, existe por sí", y esta antropología metafísica de que "sólo dependemos de nosotros mismos" (pg. 146) me parece del todo insostenible. Más fácil que refutar la primera tesis sería defender la contraria, pues en realidad todo cuanto vemos que existe, todo evento natural, es contingente y depende de otros eventos para ser; lo mismo que en lógica, cualquier proposición que enuncie un hecho real es indeterminada, o sea, incierta.

Respecto a la segunda tesis, la de una ética que emane de nuestra exclusiva y libérrima voluntad, lo cierto es que somos dependientes, que nuestra libertad es limitada, que la autonomía es un ideal, una meta regulativa -como diría Kant-, pero que en la práctica hemos de aceptar fuentes ajenas de la moral y de la ley, distintas de la propia conciencia, distintas de la propia voluntad de poderío. Porque mi gusto muchas veces no es criterio de lo justo. Primero, porque al lado de la buena conciencia, hay una "falsa buena conciencia" y nuestra capacidad para autoengañarnos es considerable. Segundo, porque el valor de la libertad no es un valor absoluto. Ninguno lo es, sino que hay que conciliarlo con otros valores. De hecho, muchas veces preferimos menos libertad a cambio de más seguridad o justicia (virtud esta que brilla por su ausencia en el libro de Manuel Calvo).

Puede que el universo se exprese a través de mí. Pero no cualquier expresión mía es por ello buena, ni mucho menos divina. La idea panteísta (hegeliana) de que Dios es el mundo en proceso dialéctico, que ya existía en el Big-Bang ("feto de Dios") sólo como proyecto, o la idea de que nos hacemos más que humanos por parir y alimentar a Dios y otorgarle continuidad existencial y sabiduría (entendida esta al modo orteguiano como suma de perspectivas parciales) me parece una teodicea muy original y, para ser del todo sincero, un poco narcisista y extravagante.

No obstante, es meritorio el esfuerzo por tramar una visión del mundo coherente, humanista, respetuosa con el saber probado, clara y razonada, sobre hombros de los clásicos.  

 

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JONÁS, PROFETA DESOBEDIENTE

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                                                 Para Magüy

Estimulado por el insólito final de una película recomendable, Clamando al cielo ("Commandments", Daniel Taplitz, 1996), y que recoge el símbolo del hombre tragado y devuelto por el gran pez, he descubierto la originalidad y el encanto del libro bíblico de Jonás. Más que un libro profético es una historia fantástica, irónica y benevolente. La traducción más literal de la película de Taplitz debiera haber sido tal vez "Mandamientos", pero parece que hoy nos da más vergüenza emplear los términos morales o religiosos que los tacos más salaces. Tampoco el pudor escapa a los rigores del tiempo. La vergüenza no se pierde, pero sí cambia aquello por lo que nos avergonzamos.

En los frescos de la sacristía del Hospital de Santiago de Úbeda, los profetas menores están representados por Jonás y Eliseo. En su interpretación del fresco, Joaquín Montes Bardo nos recuerda que el episodio  es una alusión al propio Cristo, imagen de su resurrección: Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches (Mat. 12, 40). La Biblia de los pobres también asociaba el Descendimiento de Cristo con Jonás y la ballena, y su Resurrección con el mismo profeta vomitado por el cetáceo (El Hospital de Santiago en Úbeda: Arte, Mentalidad y Culto).

Leyendo el libro de Jonás da la impresión de que faltan partes. Los saltos son abruptos, como si se tratara del resumen de un relato mayor. Los eruditos sitúan la composición de esta obra hacia el siglo V a. C. Cuenta la historia de un profeta desobediente. El pobre Jonás no desea aceptar el encarguito que le hace el Todopoderoso: convertir a los de Nínive, y huye de su misión profética a Tarsis. Jonás no quiere ejercer de profeta ni arrastrado, ni cobrando. Carece sin más de aptitudes para hacer de profeta, por más que Yavé elija imponerle esta dura e ingrata profesión. Nada escapa a la ira de Yavé, nada puede sustraerse a su voluntad impunemente...

Mientras un gran viento se desencadena sobre el mar y los marineros, gentiles, invocan cada uno a su dios, resulta que Jonás está roncando en la panza de la nave, sobando en el fondo del barco. Esto molesta a los devotos paganos, pasmados ante semejante indiferencia. Jonás no parece muy temeroso de perder la vida. Pasa de la vida, precisamente porque se le ha arrojado a una corriente que no le va. Él mismo les propone a sus compañeros de dramática travesía que le tiren por la borda. Está claro que está gafado por no tener vocación de profeta o por no asumir la "vocación" que se le impone.

Aquellos gentiles, aunque no creyesen en Yavé, eran buena gente. No querían verter sangre inocente. Sin embargo, incapaces de ganar la costa, y convencidos de la culpa del prófugo, acaban tirando a Jonás al mar. Inmediatamente, las olas calmaron  su furia.

Fue entonces cuando Dios dispuso que un gran pez se tragase a Jonás. En el vientre del monstruo, como el carpintero Gepetto, pasó Jonás tres días y tres noches. El vientre de la ballena -dicen los exégetas- representa el Reino de la muerte. Pero ni la muerte quiere a Jonás, se le atraganta al monstruo y el gran bicho le vomita en tierra.

Profeta a la fuerza, marcha por fin a Nínive (una ciudad tan grande que hacían falta tres días -precisamente tres- para recorrerla) y convierte a sus paisanos amenazándoles con el fin del mundo en cuarenta días. A todo esto, el Dios de Jonás es tan pintoresco como su profeta, pues, vistas las sinceras pruebas de arrepentimiento de los ninivitas, Él mismo se arrepiente de haberse propuesto la destrucción de la ciudad. "Y no lo hizo".

Lo cual irrita a Jonás sobremanera, irritación esta que deja al lector -o por lo menos a mí me dejó- estupefacto. ¿Por qué se disgustó tanto Jonás por que Dios no destruyera la ciudad? Pues tal vez porque había predicho que Nínive sería destruida en cuarenta días y ahora su Dios le iba a dejar, como adivino, a la altura de unas zapatillas rusas (de después de la perestroika), y como profeta, totalmente desacreditado. "Vaya un pedagogo que es mi Dios -pensaría tal vez Jonás-; amenaza con un castigo y luego no cumple". Debía sentirse Jonás como tantos profesores que, en lugar de verse respaldados por las autoridades académicas, se bajan los pantalones ante cualquier reclamación, por injusta que fuere, a la primera de cambio. 

No obstante, parece ser que Jonás ya sabía que Yavé es más misericordioso que colérico, más clemente que vengativo. Fue por eso precisamente -según dice- por lo que se apresuró en huir a Tarsis. Ahora, cuando le suplica  a Dios mismo que le dé la muerte, Yahveh le llama al orden, le anima a que no pierda la calma: "¿Te parece bien irritarte?".

Pues sí: Jonás estaba más cabreado que su colega Jeremías. Sale de la ciudad, se hace una cabaña y se sienta  a ver qué hace Dios con la dichosa o maldita ciudad. Los prodigios de Yavé se precipitan... Hace crecer una planta de ricino por encima de Jonás "para dar sombra a su cabeza y librarle así de su mal". Una terapia de choque, diríamos hoy. Contra la mala leche, ¡toma ricino! Pero los designios de Dios son inescrutables, ¡o surrealistas! Quiero decir que están más allá de la capacidad humana de comprensión. Ahora que Jonás se había puesto contento a la sombrica del ricino y ahora que se le había pasado el disgusto por no poder darse el gusto de ver a los ninivitas ardiendo, churrascados vivos, y renegando de sus falsos ídolos, "al rallar el alba, Yavé mandó a un gusano, y el gusano picó al ricino, que se secó". ¿Será ese el gusanillo que dicen matar algunos paisanos míos con copas de aguardiente desde que amanece?...

El caso fue que no contento con dejar a su profeta sin sombra, manda Dios un viento solano que hiere la cabeza de Jonás provocándole un desvanecimiento. Harto de los caprichos del Altísimo -donde dije “destruyo” ahora digo “construyo”- y fastidiado por tantas jugarretas (al contrario que el santo Job), Jonás se desea otra vez la muerte.

       Y Yavé dice:

       «Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?»

Obsérvese como las divinas palabras rezuman dulce y benévola ironía. La solicitud de Dios no sólo se extiende a los animales, sino también, incluso, a los idiotas.

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23/07/2016 09:57 José Biedma López Enlace permanente. Cine No hay comentarios. Comentar.


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